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domingo, 3 de diciembre de 2023

Divisiones del consumidor según los marketólogos

Por ejemplo, según el consultor Joseph Chris, los potenciales clientes, consumidores o votantes pueden ser:

Pertenecientes (The Belongers): Presentan una fuerte identificación con grupos de pertenencia, (familia, asociaciones civiles, etc.), y tendencia a posturas conservadoras.

Triunfadores (The Achievers): Su objetivo es el ascenso en la escala social, tienden a priorizar el logro de objetivos y el ascenso social. Destinan más horas diarias que la media al esfuerzo laboral.

Emuladores (The Emulators): Tienden a imitar los modos de vida y elecciones de las personas que visualizan como "triunfadoras". Suelen simular un nivel económico superior al real.

Salvadores (The Saviors): Suelen involucrarse en causas sociales, ecológicas o de bien público, donar su tiempo y su dinero a organizaciones solidarias y practicar el voluntariado. Consideran positivamente el destino de la humanidad, en tanto se multipliquen las acciones altruistas.

Fatalistas (The Doomsdayers): A la inversa de los "salvadores", tienen una visión apocalíptica acerca de la humanidad y su destino. Tienden a integrarse a pequeñas comunidades rurales y entornos protegidos.

Integradores (The Integrators). Son personas exitosas, que logran el éxito y el reconocimiento y en general adquieren grandes fortunas que destinan en parte a obras filantrópicas. Este tipo de personalidad es muy escasa.

Supervivientes (The Survivalists): Suelen ser personas de bajos recursos, que se esfuerzan por obtener y conservar puestos de trabajo que les permitan estabilidad económica. Tienden a sentirse inseguros respecto del futuro y ser cuidadosos en el uso del dinero.

 Según este enfoque, las dimensiones son:

Innovadores (Actualizers): grupo de altos ingresos y recursos para quienes la independencia es muy importante

Cumplidores (Fulfillers): consumidores de pensamiento racional bien educados

Creyentes (Believers): de carácter más social, creen en la opinión de otros consumidores

Triunfadores (Achievers): quieren sobresalir en su trabajo y suelen seguir las tendencias exitosas

Esforzados (Strivers): no tienen recursos pero quieren convertirse en triunfadores

Experimentadores (Experiencers): tienen altos recursos, pero también necesitan un modo de autoexpresión

Hacedores (Makers): tienen recursos limitados y quieren convertirse en mejores personas

Luchadores (Strugglers): tienen menos recursos y, por lo tanto, son los menos propensos a adoptar cualquier innovación

lunes, 4 de septiembre de 2023

Edward Bernays, el genio de la manipulación que además era sobrino de Freud

 Edward Bernays y el arte de manipular, El Mundo, 22 de nov. de 2017:

Tal día como hoy, [hace más me medio siglo], nació el creador de esta idea: "No necesitas un automóvil, pero te hará más feliz." Y EE. UU. fue un país sobre ruedas. Y logró que las mujeres fumaran y que el hombre llevara el reloj en la muñeca. El Reina Sofía lo recupera.

Como los de muchos hombres verdaderamente poderosos o inmensamente ricos, el nombre de Edward Bernays, inventor de la propaganda y las relaciones públicas, resulta desconocido, pese a haber sido uno de los más influyentes de un siglo XX que vivió casi por completo. Si usted se siente atraído irremediablemente por un producto que, si se para a pensarlo, en realidad no necesita, o siente simpatía por un partido al que no sabe por qué vota, es porque ha sucumbido, como todos, a las artes de ese mago de la manipulación que fue Edward Bernays.

Antes de él los estadounidenses no desayunaban huevos con panceta, los varones no llevaban reloj de pulsera y las mujeres no fumaban porque estaba mal visto. Todas estas transformaciones las ideó este vienés nacido el 22 de noviembre de 1891 y doble sobrino de Sigmund Freud: la madre de Bernays era Anna Freud, hermana del creador del psicoanálisis, quien estaba casada a su vez con Martha Bernays, hermana del padre de Edward. La familia de éste emigró a Estados Unidos siendo él niño. Para 1912, Bernays se había graduado en agricultura y en periodismo, a partir de lo cual empezó a publicar una revista sobre investigación médica. Desde Europa, su tío Sigmund le enviaba sus escritos por si eran de interés para el boletín, y así fue como el joven supo de la existencia de un conjunto de pulsiones inconscientes a las que su tío aludía, como el Ello, que gobernaban buena parte del proceder de cualquier individuo. 

Todo el trabajo de Bernays tomó como fundamento el descubrimiento de esos mecanismos que pronto entendió susceptibles de ser manipulados con fines económicos -de consumo- y políticos. No había atisbo de mala conciencia en él, convencido como estaba de que la propaganda y su versión light, las relaciones públicas, eran disciplinas necesarias para «convivir en una sociedad funcional sin sobresaltos». En su libro de 1928, titulado precisamente Propaganda, resumía su maestría en el arte de conseguir que las personas se comportaran de manera irracional, si se lograba vincular los productos (o las políticas) con sus emociones y deseos más acendrados. Durante la I Guerra Mundial, se puso al servicio del Gobierno de EE. UU. para motivar a los jóvenes para que se alistaran en el ejército.

Después lo contrató la Compañía Americana de Tabaco, que no tenía bastante con los millones de fumadores varones que había en el país. Bernays envió a un grupo de jóvenes modelos a marchar en el desfile de Pascua de Nueva York y avisó a la prensa de que aquellas mujeres iban a encender «antorchas de libertad». A su señal, las chicas encendieron cigarrillos Lucky Strike frente a los fotógrafos. La operación la remató contratando a cientos de mujeres para que fumasen en lugares públicos y pagando a directores de cine para que las actrices fumasen en sus películas, hecho que al poco tiempo se consideró moderno y sofisticado. 

Las tabacaleras y el propio Bernays se hicieron ricos con aquella campaña maestra en lo que hoy llamamos normalización de un hábito mal visto con anterioridad. El agrónomo y periodista vio antes que nadie el potencial mercantilista de las teorías de su tío. Él hizo surgir la asociación entre automóvil y masculinidad, y la del reloj de muñeca -que por iniciativa suya comenzaron a llevar los soldados en las trincheras- con la hombría y el coraje. La conquista por las tabacaleras del mercado femenino obedecía a un mecanismo semejante que debía mucho a Freud: fumar era para ellas una manera de apropiarse de un atributo masculino, algo que, según el eminente psiquiatra, desea inconscientemente toda mujer. 

Bernays, de confesión judía, dijo haberse distanciado del término propaganda cuando se enteró de que Goebbels consultaba su libro Cristalizando la opinión pública. Pero propaganda era convencer a cada estadounidense de que necesitaba un coche -y que, por tanto, había que desmantelar los tranvías- y, sobre todo, orientar al electorado hacia un modelo de dos partidos hegemónicos, para evitar la fragmentación del voto y el «caos».

Los lobbies estaban encantados con Bernays. El del sector cárnico lo enroló para hacer ver a todos los norteamericanos que un desayuno en condiciones debía incluir bacon, y así quedó establecido en cada hogar del país y luego en los hoteles de todo el mundo. La United Fruit Company acostumbraba a poner y quitar gobernantes en las repúblicas centroamericanas, que Bernays bautizó como «bananeras». Cuando el Gobierno reformista de Guatemala quiso frenar su poder, el publicista se las arregló para hacerlo quedar ante el mundo como «comunista». En sus más de 103 años de vida -falleció en 1995-, Bernays trabajó para mejorar la imagen de firmas como Monsanto, Shell, Boeing, General Motors, Pfizer y Goodyear. Asesoró en cuestión de relaciones públicas a varios presidentes de EE. UU., entre ellos Wilson, Hoover y Eisenhower. Calvin Coolidge fue quien más necesitó de sus servicios. Para contrarrestar su imagen de persona distante y poco empática, a Bernays se le ocurrió organizar desayunos en la Casa Blanca a los que acudían estrellas de Hollywood, maniobra con la que logró que apareciera en las portadas de los periódicos. 

Una buena manera de profundizar en la figura de Bernays se presentará el próximo 4 de diciembre con la proyección en el Reina Sofía de la serie de Adam Curtis para la BBC El siglo del yo, que presentará el periodista de EL MUNDO Luis Martínez.

Cómo hay que manejar la mente sin que se note

El sueño de Bernays se ha materializado, dos décadas después de su muerte, en realidades hoy comunes, como los expertos en mejorar reputaciones en internet y, a nivel general, en el manejo de los asuntos mundiales por parte de grandes corporaciones. Él hablaba de un «gobierno invisible» que todo lo podía: «Nuestras mentes son moldeadas, nuestros gustos son formados, nuestras ideas son sugeridas, mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar...». Hombres como él mismo. En 1955 publicó el libro 'La ingeniería del consentimiento', que definió como «la manera de controlar la mente de la gente sin que ésta lo note» y que venía a ser, claro, 'la negación del consentimiento'.