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jueves, 9 de abril de 2026

La transición conservadora

 Ser conservador después de Franco, en El País, por Ignacio Peyró, 20 nov 2025:

La Transición debe mucho al reformismo moderado, pero la derecha solo empezó a seducir a la mayoría electoral en los años noventa, con su conversión liberal

En apenas unos años, España iba a convertirse en una democracia avanzada, en miembro de la OTAN y de las Comunidades Europeas, pero el 20 de noviembre de 1975 no era un día para ser determinista. “Cuando hablamos de Salamina”, escribe Huizinga, “hay que hacerlo como si los persas aún pudieran ganar”. Y hace hoy 50 años, nadie podía saber quién iba a ganar el futuro en España. Al recordar aquel tiempo, el hispanista Trevor Dadson incidía en una paradoja: si el mundo celebró la Transición española, fue precisamente porque nadie en el mundo tenía demasiada confianza en que la Transición saliese bien. No era una cautela inútil, como se vio, años después, en las transiciones del espacio pos-soviético. Y en la España de 1975 también podían ganar los persas. A Franco le sucedía, según lo estipulado, una Monarquía tradicional, de amplios poderes y alineada con los principios del Movimiento. Y desde su kilómetro cero, la Transición se iba a ver acompañada, sobre un fondo de crisis económica, del ruido de sables y de los bombazos de una ETA que, por ejemplo, saludó el año auroral de 1978 con 65 muertos. Por supuesto que hubo presiones externas y, ante todo, una mayoría interna que quiso poner al país en hora con las democracias occidentales. A la vez, no había certezas como para justificar las esperanzas. Y una España que llevaba siglo y medio surtiendo a Europa de pintoresquismo y anomalías bien podía seguir siendo different un tiempo más.

Escribe Diogo Noivo que la Transición portuguesa la hizo la izquierda y la consolidó la derecha, en tanto que la Transición española fue un movimiento de la derecha que la izquierda haría irrevocable. Son generalidades, claro, que hay que tomar cum grano salis. En lo que afecta a España, en todo caso, permiten reintegrar el mérito conservador en nuestra Transición. Conservadores fueron muchos de sus artífices. Conservador fue el cambio “de la ley a la ley”. Conservador fue el paradigma de la reforma frente a la ruptura o la continuidad, como iba a ser ejemplarmente conservador mostrar —tanto a las filas ajenas como al búnker propio— que la moderación política puede llevarse adelante con una voluntad política ardorosa. En la Transición hubo, por tanto, rasgos de una operación conservadora como no se veían desde tiempos de Cánovas. Con dos créditos especiales. En primer lugar, la confirmación de que en la Historia hay grandes procesos y condicionantes materiales, pero los hombres y sus pasiones —el Rey y Suárez, Torcuato, Tarancón— siguen siendo determinantes. Y, en segundo lugar, el entendimiento del conservadurismo como ligado por fuerza al reformismo, según lo quiso esa guía de conservadores que fue Edmund Burke. Sí, finalmente hay una conclusión de escepticismo conservador: se podía haber hecho mejor, pero es arrogante pensar que se podía haber hecho perfecto.

Reivindicar la huella conservadora en la Transición quiere menos provocar que reclamar un patrimonio compartido. Al fin y al cabo, del 75 en adelante todo el mundo iba a hacer cosas inesperadas que terminaríamos incluso incorporando a una cierta mitología común. Los procuradores franquistas votan su suicidio ritual. Un ex secretario general del Movimiento legaliza el PCE. Los comunistas despliegan en su Comité Central “la bandera con los colores del Estado”. Los socialistas españoles abandonan el colectivismo (15 años antes que los laboristas británicos) y acometerán una revolución industrial. Cuando el giro político se completa y el centroderecha vuelve a gobernar, hará a su vez otras cosas inesperadas como abrazar la descentralización política o sentenciar la mili. A los 25 años de la muerte de Franco, en el momento en que el centroderecha gana por mayoría absoluta, Aznar afirma: “Hoy se acabó la Guerra Civil como argumento político”.

Era una ocasión para la grandilocuencia histórica, pero con estas palabras Aznar también buscaba confirmar algo más práctico: que los españoles quedaban manumitidos de la necesidad de ser progresistas. Si en tiempos de Franco esa militancia progresista podía sentirse como una obligada resistencia íntima, una democracia consolidada ya solo necesitaba demócratas. En la práctica, sin embargo, pasados 50 años, bien podemos pensar que no ha logrado ser así. Prueba de ello es que seguimos escribiendo sobre la posibilidad de ser conservador después de la muerte de Franco, cuando nadie en Polonia dudaría si es posible ser socialdemócrata después de Jaruzelski. En la democracia española, los progresistas se han comportado menos como actores de la obra que como dueños del teatro. El dóberman en el 96, el Tinell en 2003 o el Muro de 2023 son muestras de la inferioridad moral adjudicada a una derecha para cuya exclusión, por cierto, nunca se ha necesitado de la compañía de ninguna derecha extrema. Sea en la Academia o en la cultura popular, el liberal-conservadurismo solo aparece en España como cuota o como nicho, y la mirada foránea a nuestro país se articula en exclusiva a través de su canon progresista. Con todo, alguna culpa tendrá la derecha cuando sus líderes morales aún son intelectuales conversos de la izquierda. Feijóo, que en su juventud votó al PSOE, acaba de confesar su amor por la canción de autor de izquierdas: un espacio compartido, en el mejor de los casos; también, en el peor, un síntoma de la ancilaridad de la derecha en el sistema cultural español. En definitiva, la izquierda ha proyectado sobre la derecha la mala conciencia de que el dictador se les muriese de viejo. Algo llamativo, pues a la pregunta “¿dónde estabas tú en 1972?”, no hay tantos que puedan responder con plena felicidad ni en nuestra izquierda ni en nuestros nacionalismos.

La primacía de la izquierda en la democracia española cuaja en unos años ochenta en que la derecha está desorientada y dividida. Solo en los noventa, con su conversión liberal, la derecha empieza a seducir a mayorías. La democracia española por fin tiene su segundo violín. Aquel PP sitúa ya como “referente político inmediato” a la UCD y no a su presidente de honor, Manuel Fraga. Y frente al “complejo de derecha” de la década anterior, Aznar afirmará que no padece “mala conciencia democrática”. Lo demás es una historia que aún vemos y sentimos: al envite del modelo neoconservador, le sigue, con Rajoy, un repliegue tecnocrático. El PP, en todo caso, se va caracterizando como un partido de síntesis y concertación liberal-conservadora, de base amplia, institucional y europeísta, intelectualmente inhibido por su voluntad de ensamblar sensibilidades y, en todo caso, amigo de las vías medias que abre el encuentro entre dos ideales no siempre fáciles de objetivar como son el liberalismo y el humanismo cristiano. En todo caso, su propia solidez e implantación como partido le han sido de ayuda ante amenazas existenciales: el asedio de Ciudadanos, el deterioro causado por la corrupción, el desgaste de la gestión de la crisis o el afloramiento de cainismos en los años de Casado.

La novedad de estos años para el conservadurismo español es que el PP no solo se ve hostilizado por el PSOE. Vox va a nacer como una corrección en materia de valores: un PP auténtico, antes de su reposicionamiento en la internacional de la derecha identitaria, por donde sopla el aire de los tiempos. Así, mientras una rara discusión llevaba a FAES a acusar a Vox de “corromper el conservadurismo”, la prensa ha tenido que corregir el tiro aceleradamente para subrayar que la derecha dura ya no es el nuevo punk sino nada menos que el nuevo pop. Como a la izquierda radical, a la derecha dura la Transición tampoco le sirve para nada: véase su ausencia en los fastos monárquicos de estos días. El 20 de noviembre de 2000, Josep Ramoneda se quejaba de un aniversario “rodeado de indiferencia ciudadana”. Veinticinco años después, no diremos que es un homenaje oblicuo, pero Franco ha regresado con fuerza a la conversación del presente. Durante mucho tiempo, cuando la extrema derecha miraba al pasado, citaba a Franco y se encomendaba a la retórica de Blas Piñar, no ganó un solo voto. Ahora utiliza TikTok para hablar del futuro y la derecha tradicional todavía no ha encontrado el modo de pararla.

lunes, 6 de abril de 2026

Informe sobre economía global

 Primeros compases de una marcha fúnebre geoeconómica, en El País, Claudi Pérez, Madrid - 5 abr 2026:

Los expertos ven una estanflación similar a la de los setenta o incluso una recesión global en el peor de los escenarios, pero las previsiones no son sólidas por la elevada incertidumbre geopolítica

“¿Alguien ha apuntado la matrícula de ese camión?”. Algo así debió pensar medio mundo en la segunda mitad de 2008, cuando el sistema perdió el control y atropelló —de forma casi literal— a la economía y a los mercados internacionales. En aquella matrícula ponía Lehman Brothers, según una estupenda crónica de Alan Blinder, de Princeton, por aquel entonces, pero pocos economistas vieron venir ese crash que acabó siendo la Gran Recesión. También ahora muy pocos expertos tienen claro lo que se avecina, con la guerra en Irán y el formidable shock energético asociado. Todo el mundo ve la matrícula de Trump en el camión que acaba de arrollarnos, pero aún no están claras las lesiones económicas que puede generar: eso dependerá de la duración del conflicto, del bloqueo del estrecho de Ormuz, del impacto en las infraestructuras energéticas del Golfo y, en fin, del humor de la pareja Trump-Netanyahu, que junto con Putin en Ucrania están haciendo bailar a la geoeconomía global al son de una marcha fúnebre geopolítica. Con la incertidumbre en máximos, los historiadores económicos sostienen que se avecina una enfermedad económica setentera, la estanflación, una fea combinación de estancamiento económico e inflación; en el peor de los casos, una sacudida que terminará en una recesión global. Los especialistas en macroeconomía y en los mercados financieros se aferran a un refrán caribeño, “lo más seguro es que quién sabe”. Y los expertos en commodities, las materias primas de toda la vida, probablemente quienes hoy manejan mejor información, llevan cinco semanas echándose las manos a la cabeza.

Allá por 2008 muy pocos acertaron con lo que venía. Uno de ellos fue Nouriel Roubini, que ahora vaticina que la escalada bélica en el Golfo irá a más y provocará bajo crecimiento, alta inflación y, de propina, enormes riesgos de crisis financiera. Otro de los que lo vieron venir hace casi dos décadas, Raghuram Rajan, ve el petróleo camino de los 150 dólares por barril, tal vez incluso de los 200, y apunta que los efectos devastadores del parón energético se irán infiltrando en toda la economía a través de las cadenas de suministro hasta provocar una recesión severa. Ann Pettifor, economista británica que también predijo la última gran crisis del capitalismo, alerta del potencial acelerador de los mercados financieros para noquear a la economía real. Steve Keen, economista poskeynesiano que también acertó cuando la Gran Crisis, es el más agorero: vislumbra la mayor crisis de la economía moderna, y subraya que la guerra ha funcionado como un catalizador que expone las vulnerabilidades de la economía global. Que son muchas: el riesgo de castañazo del dólar, de burbuja de la inteligencia artificial o de tensiones en los mercados de divisas, de deuda, de crédito privado y de renta variable.

Joan Robinson, formidable economista ya fallecida, solía decir que el presente es “un tiempo comprendido entre un futuro desconocido y un pasado irrevocable”. En una conversación con este periódico, Paul De Grauwe, profesor de Lovaina, parafrasea a Robinson para asegurar que las previsiones económicas son, a día de hoy, espejismos organizados: “Nadie puede predecir qué sucederá con las guerras, y por lo tanto es imposible hacer previsiones sólidas, y eso tiene implicaciones para los consumidores, los inversores, las empresas y los gobiernos”. La OCDE y la Organización Mundial del Comercio acaban de publicar sus vaticinios, y el Fondo Monetario Internacional lo hará en solo unos días; todos ellos adoptan tonos más o menos lúgubres. En el mejor de los casos, si la guerra termina pronto y los desperfectos no son mayúsculos, el impacto se dejará notar en la inflación, en unas décimas de crecimiento, en una dislocación que va para largo en el sector energético y en primas de riesgo mayores en muchos ámbitos. El peor de los escenarios tiende al negro: una recesión severa a escala global si Ormuz no se reabre pronto, con un potencial desestabilizador enorme si los mercados aceleran con el pulgar hacia abajo.

Las primeras sacudidas ya se dejan notar, pero la risa va por barrios: la conmoción económica es global, pero muy asimétrica. Los tiros, grosso modo, van por aquí.

Perdedores (y ganadores). Los países importadores de energía están mucho más expuestos que los exportadores (Estados Unidos lo es desde 2019 gracias al fracking; Rusia también sale muy favorecida de este lío, y los países del Golfo que consigan seguir vendiendo gas y petróleo). Asia y Europa salen peor parados. Los países pobres, y en general las rentas bajas, estarán entre los más desfavorecidos: los fertilizantes ya se están encareciendo y los alimentos van a subir de precio. En los países más pobres se gasta más en torno al 40% de la renta en alimentación; en los emergentes, el 20%; en los países ricos, el 9%. Hay aún un tercer grupo de perdedores: los países con escasas reservas energéticas y más dependientes de las importaciones de energía de Golfo. Quienes hayan hecho los deberes y tengan reservas (China) o energías renovables (España) pueden salir mejor parados. España, además, se beneficiará de un estímulo adicional gracias al turismo.

Energía. El bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que circula una quinta parte de la energía que consume el mundo entero, y los daños en las infraestructuras del Golfo han dejado ya “la mayor perturbación de la historia del mercado petrolero”, por encima de la guerra de Ucrania o del shock petrolero de los 70, según la Agencia Internacional de la Energía. El FMI insta a los gobiernos a prepararse para lo impensable: hay un déficit de unos 10 millones de barriles de petróleo diarios, según Oxford Economics, y ni siquiera son descartables los problemas de escasez ni los racionamientos. Las economías importadoras de África, Oriente Próximo y América Latina son ya las más afectadas. La factura será cara para las grandes economías industriales de Asia, con presiones sobre la balanza de pagos, sus monedas y sus finanzas públicas. El impacto en Europa será notable: después de Ucrania se habló mucho de independencia energética, pero básicamente se cambió energía barata rusa por gas estadounidense. Italia y Reino Unido están más expuestas por su dependencia del gas; Francia y España, menos por el poderío nuclear francés y la apuesta por las renovables española. Incluso entre los productores del Golfo las perspectivas son sombrías: tienen dificultades para transportar el crudo y el gas natural, y los misilazos de Irán hacen prever menos estabilidad; un futuro de lo más incierto. “En todo el mundo el bloqueo de Ormuz provoca un shock de oferta que traerá estanflación: recortes de PIB y subidas de precios que no serán peores en Europa que en otros lugares como Asia”, resume De Grauwe.

Estados Unidos. “Somos exportadores de energía, y aun así la posibilidad de recesión es elevada, porque es probable que el bloqueo de Ormuz se prolongue. Además, ese riesgo llega en un contexto de señales preocupantes en el mercado de crédito privado, de valoraciones bursátiles muy elevadas, de burbuja en la IA y de finanzas públicas insostenibles”, asegura a este diario el economista Desmond Lachamn, del ultraconservador American Enterprise Institute. Los progresistas piensan lo mismo: “Trump ha cometido un grave error de cálculo con Irán: va a tener que elegir entre una escalada o el abandono total del Oriente Próximo. Y va a sufrir el impacto en casa, por la pérdida de poder adquisitivo”, afirma por correo electrónico James Galbraith, de la Universidad de Texas. El shock económico tendrá consecuencias de largo plazo, con Europa tratando de librarse de la dependencia de Washington en energía y en seguridad, y con China afianzando posiciones en la lucha por la hegemonía global, como gran potencia de la energía renovable.

Cadenas de suministro y alimentación. Los últimos petroleros que salieron de Ormuz antes de la invasión están llegando a su destino. El desvío de buques por otras rutas y el aumento del coste de los fletes y de los seguros elevará los precios y los plazos de entrega de todo tipo de mercancías en todo el mundo, y corre el riesgo de trastornar las cadenas de suministro globales. Un tercio de los fertilizantes pasa por Ormuz: la amenaza sobre las cosechas y el precio de los alimentos ya se empieza a notar. La dislocación de las cadenas de suministro afectará a la industria de las economías desarrolladas, con el riesgo de cierre de fábricas por el efecto combinado del aumento de precios de la energía y la falta de suministros. Hay ya serios riesgos de desabastecimiento en productos como el helio (fundamental para los semiconductores) y el azufre (clave para la producción de níquel en Indonesia y las baterías de los coches eléctricos).

Inflación. El castigo en la inflación y en el PIB de los precios energéticos tiene una coda preocupante. Con el tiempo, las subidas en el coste del transporte encarecen también los precios industriales, y se producen efectos de segunda ronda (histéresis, en la jerga imposible de los economistas) con las lógicas demandas de incrementos salariales que exacerban las presiones inflacionistas. El estrés de los grandes bancos centrales del mundo va a ser máximo: las recesiones tras episodios de incrementos fulgurantes del precio de la energía no las causa la inflación, sino las subidas de los tipos de interés. “Las alzas de tipos no resuelven los shocks de oferta y agravan la desaceleración de las economías. El BCE no debería sobrerreaccionar”, dice De Grauwe. Pero el mercado descuenta ya dos subidas de tipos este 2026. Fráncfort tiene el gatillo fácil.

Mercados financieros. Ha habido ya caídas bursátiles en todo el mundo, aunque relativamente moderadas: los mercados siguen apostando a un final inminente del conflicto. Hasta ahora han acertado poco y mal. Han subido los intereses que paga la deuda pública en las economías avanzadas y en las emergentes. Hay presiones sobre las balanzas comerciales de los países importadores de energía, que se traducen en estrés en los mercados de divisas. “Abróchense los cinturones”, resumía hace unos días la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva. Si la guerra continúa se activará una especie de correa de transmisión que va de los mercados energéticos a los mercados financieros, y de los mercados financieros a la economía real. Hay un déficit de suministro del 10 millones de barriles de petróleo al día en la demanda mundial de crudo: varios países han aplicado ya planes de choque para evitar el encarecimiento de los carburantes, pero si la guerra se prolonga esas medidas no bastarán, y tampoco hay margen fiscal para mucho más. Además, es probable que una de las soluciones a este lío sea un menor consumo, aunque el mundo parezca poco preparado para eso.

Catastrofismo, versión 2026. El economista Andy Xie, ex del MIT, del FMI y de Morgan Stanley, y uno de los que más acertó con Lehman Brothers e incluso antes, con la crisis asiática, dibuja un panorama desolador. En agosto de 2008 lo clavó: “El apocalipsis está cerca”. Ahora regresa a los tonos graves del catastrofismo: “A medida que los inventarios de petróleo disminuyan, los precios de la energía subirán aún más. Cuando el precio del petróleo esté lo suficientemente alto, los mercados bursátiles se desplomarán, y desencadenarán una recesión global. La economía estadounidense depende de su mercado de valores. Las enormes inversiones en inteligencia artificial que mantienen a flote la economía solo pueden continuar en un mercado al alza: cuando el mercado se desplome, la burbuja de la IA corre el riesgo de colapsar. Trump no puede continuar la guerra con un mercado bursátil en colapso y una recesión a la vuelta de la esquina: el encarecimiento de la energía pondrá punto final a la guerra, pero con consecuencias devastadoras sobre la economía real”, escribe Xie en el South China Morning Post. El apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas. Pero cuidado con ese casi cuando la economía es una arma de guerra más.

miércoles, 1 de abril de 2026

Tres artículos olvidados de Manuel Chaves Nogales

 Tres artículos olvidados de Manuel Chaves Nogales, por Manuel Chaves Nogales, El País, 16 may 2025:

La profesora de Filología Inglesa Yolanda Morató ha rescatado 500 reportajes, análisis y crónicas que el periodista sevillano escribió sobre la Segunda Guerra Mundial. Lea aquí tres de estos artículos olvidados escritos entre París y Londres

Un trabajo de investigación detectivesco en hemerotecas de decenas de países ha permitido rescatar el articulismo que Manuel Chaves Nogales escribió desde Londres y París durante la Segunda Guerra Mundial. Este corpus periodístico se recopilará en tres volúmenes que durante este 2025 publicara la editorial El Paseo.

Supera la crueldad nazi a los bárbaros, 6 de febrero de 1940

Los relatos de atrocidades cometidas por los alemanes, en Polonia, están demostrando algo que el mundo se resistía a creer. Que la dominación hitleriana se asienta, no en el sometimiento y explotación del vencido, no en la imposición de la ley más o menos dura del vencedor, sino en el aniquilamiento total del adversario y su extirpación radical merced al progreso mecánico moderno para suprimir a masas enormes de humanidad y reducir a la esclavitud total a los supervivientes.

Esta realidad actual es tan monstruosa, que es de difícil comprensión, porque nunca antes había sido posible ni siquiera en épocas más luctuosas, más bárbaras. Los grandes caudillos bárbaros de la antigüedad no eran más piadosos que los nacionalsocialistas, pero por mucha que fuera su crueldad, tenían un límite: el de la imposibilidad física de asesinar o esclavizar a muchedumbres ilimitadas. Se podía pasar a degüello a una guarnición, cargar de cadenas a los habitantes de una ciudad, de un país, pero no había el modo físico de aniquilar a pueblos enteros de millones de habitantes.

Los nacionalsocialistas están haciendo esto en Polonia, sistemáticamente, científicamente. Para esto sirve la ciencia humana. El Estado moderno, con su vasta organización policíaca, sus armas automáticas y sus campos de concentración, ha proporcionado a la barbarie nacionalsocialista un instrumento de dominación ideal con el que habría soñado Gengis Khan.

El mundo incrédulo se resiste a creerlo; cuando se habla del terror nazi en Polonia, las gentes ingenuas se imaginan sencillamente escenas dramáticas de ocupación por un ejército victorioso, como tantos otros casos de conquista registrados en la historia de la edad moderna.

Siempre hubo matanzas, deportaciones en masa de judíos, siempre se ha perseguido a intelectuales rebeldes y siempre se ha fusilado a los patriotas vencidos. Ha sido necesario que el Vaticano, prescindiendo de su cautela política, lance al mundo, por medio de la radiodifusión, un grito agudo de horror para que empiece a entreverse la horrenda verdad. Pero los sacerdotes fusilados por docenas, como los patriotas ejecutados a millares, no representan la máxima crueldad del nazismo. Lo espantoso es el pensar en los cientos de miles de hombres deportados, encerrados en campos de concentración, traídos y llevados como ganado, desposeídos de todos sus bienes y separados de sus familias. Para poner una barrera a esta barbarie nazi, está la guerra, y solo quienes sigan haciéndose vanas ilusiones sobre el verdadero sentido de la dominación hitleriana, pueden desinteresarse de la contienda europea. Quienes sabemos, por dolorosa experiencia, lo que el nazismo significa, no admitimos esa opción.

"La vida de los perros y los gatos", Correio da Manhã, 10 de enero de 1941

Cuando estalló la guerra, había alrededor de diez millones de gatos y más de tres millones de perros en Inglaterra. En total, suponían trece millones de bocas inútiles que alimentar. Alrededor de un millón de gatos fueron sacrificados en los primeros meses de la guerra, debido a las exigencias de la evacuación. Sin embargo, no tardó mucho en empezar una campaña de protección de los gatos, espoleada por la especial simpatía ―podríamos decir incluso que por la debilidad de los ingleses ― por los animalillos domésticos.

Se dice que los gatos son imprescindibles para combatir las ratas; y aunque no parece muy seguro que los felinos domésticos, que llevan una vida regalada, se dediquen a su antigua actividad de cazadores, se dice que su simple presencia en los hogares mantiene alejados a los roedores. Se cita como ejemplo el terrible caso de Madrid, donde la población, hambrienta por el asedio, se vio obligada a devorar todos los gatos de la ciudad. El general Franco hizo su entrada triunfal en la capital de España acompañado de un auténtico ejército de gatos, destinado a purgar la capital.

Gracias a estas razones se salvaron las vidas de los gatos de Londres; es muy común ver a los gatos en edificios destruidos por los bombardeos alemanes, rescatados por vecinos compasivos, que les llevan leche y cortezas de queso todos los días. En la City, sobre todo, tras los destrozos provocados por los incendios, hay toda una población felina que vive entre los escombros, apoyada por la buena voluntad de los empleados y las mecanógrafas de las oficinas cercanas, cuya primera preocupación cada día es poner algo de comida al alcance de los gatos abandonados.

Para esta población de gatos callejeros sólo hay un día de ayuno: el domingo, cuando no abren las oficinas. Ahora, sin embargo, hay un aspecto más serio: no está solo el problema de los gatos, sino también el problema de los perros. ¿Cómo seguir alimentando, sobre todo con carne, a tres millones de perros cuando las raciones de carne ya empiezan a restringirse a lo estrictamente indispensable para la población?

El Ministerio de Abastecimiento ha anunciado que la persona que alimente a los perros con cualquier tipo de carne que pueda ser utilizada en la alimentación humana será severamente castigado. Inmediatamente han surgido unos curiosos clubes “Pro-carne para perros”, que han empezado a actuar con gran dinamismo. Y los amigos de los perros, por legiones, se preparan para garantizar la subsistencia de sus antiguos compañeros.

Las ligas de defensa canina están trabajando para garantizar que los perros sean alimentados regularmente con carne de caballo, que en Inglaterra no se utiliza en la alimentación humana. Pero como no existe una carnicería que venda carne de caballo, los dueños de los perros tendrán que unirse para adquirir al por mayor los restos equinos que estén disponibles.

Lo que se teme es que las ligas protectoras de caballos (que también existen en gran número en Inglaterra) entren en conflicto con las ligas caninas, cuyos objetivos deben de parecerles abominables.

En este caso, la única solución para los perros ingleses es que se vuelvan vegetarianos. Y lo peor es que ya se hacen campañas para que a los perros solo les den, además de sobras, verduras que los humanos no podamos utilizar. Por otra parte, el perro se encuentra con un formidable competidor, el cerdo, cuya voracidad debe alimentarse si los ingleses quieren seguir comiendo su tocino frito, la base tradicional del desayuno británico.

Malos tiempos, estos de ahora, para el fiel amigo del hombre. El perro era una figura muy importante en la vida inglesa; gozaba de innumerables privilegios y consideraciones. Ser un cachorro en Inglaterra era mucho mejor que ser judío en algunos países o demócrata en otros. Había establecimientos en Londres dedicados específicamente a la venta de comida para perros: hoy, por supuesto, están todos cerrados. Aquellas papillas científicas, aquellos jabones y cremas que hacían que les brillase el pelaje, aquellos elegantes collares e, incluso, las máscaras antigás fabricadas especialmente para que las utilizaran... Todo eso, ¡pobres perros!, ya ha desaparecido.

El inglés sabe que le espera una guerra larga y dura, y ya se ha resignado a ver a su perro compartir sus sufrimientos. Y si no fuera por las sociedades protectoras de razas caninas, me atrevería a decir que, si fuera necesario, los ingleses se comerían a sus perros sin el menor remordimiento, siempre y cuando pudieran seguir luchando hasta la victoria.

"Duros cuando ganan y blandos cuando pierden", Diario de Pernambuco, 9 de febrero de 1943

Parece imposible que los alemanes sean tan duros cuando ganan y tan blandos cuando pierden. Realmente, sorprende ver la manera en que acusan los golpes de los adversarios y pierden, de repente, toda integridad.

El Reich ha decretado un extravagante luto nacional por el desastre de Stalingrado, con marchas fúnebres, supresión de espectáculos y lamentaciones de sus dirigentes, lo que revela una Alemania blanda y sentimental, que en nada se parece a la Alemania arrogante, inhumana y cruel de otros días, cuando cantaba victoria.

Es evidente que los alemanes saben golpear a los demás con trances inhumanos, pero no saben soportar con dignidad los golpes que reciben, que les hacen gimotear lastimeramente.

Ahora dicen que ese sexto ejército, flor y nata del militarismo alemán y que había devastado Francia, Bélgica, Holanda y Grecia, sin mostrar un solo gesto de piedad por los pueblos que destruyó, quiere hacerse acreedor de la piedad universal, presentándose ahora ante el mundo como un desdichado paladín de la civilización, del humanitarismo y de la cultura, además de víctima inocente de la ferocidad enemiga.

Casi parece que fueran los rusos lo que hubiesen invadido Alemania, cuando los que llevaron la muerte y la desolación a los vastos territorios rusos, saqueando y asesinando a millones de seres que defendían su tierra, sus hogares, su patria y su independencia, fueron los alemanes.

Si los dirigentes nazis tuvieran un mínimo de pudor no se atreverían a hacer estas pomposas exequias, ni a derramar lágrimas de piedad sobre sus aniquilados ejércitos a los que, de haber caído dignamente, les bastaría con un silencio respetuoso.

Los agresores de Stalingrado deberían haber caído como los héroes de la Antigüedad, sin un lamento a la hora de exhalar el alma, arrostrando con dignidad las consecuencias de su propia dureza del alma. Ante las naciones, lloran por los estragos causados por la guerra.

sábado, 28 de marzo de 2026

Filme Dos fiscales

 ‘Dos fiscales’: escalofriante y rotundo retrato de Serguei Loznitsa del terror estalinista, en El País, Elsa Fernández-Santos, 27 mar 2026: 

El cineasta estrena una sólida ficción sobre las purgas de finales de los años treinta a los viejos bolcheviques y disidentes del partido comunista

Las monstruosas purgas que Stalin llevó a cabo en los años treinta del pasado siglo representan la gran traición de la Unión Soviética. Para el cineasta Serguei Loznitsa, nacido en Bielorrusia, criado en Ucrania y formado en Moscú, siguen apelando al presente. Dos fiscales, sobria y devastadora ficción sobre un joven fiscal comunista dispuesto a denunciar las torturas de una cárcel estalinista, muestra a través de un laberinto burocrático kafkiano cómo el poder corrupto y sus mentiras tejen la telaraña que lleva al totalitarismo.

Loznitsa, documentalista de archivos y a pie de calle, estrenó en 2018 El juicio, impresionante recuento del proceso que en 1930 inició la represión estalinista y predijo la escabechina interna que estaba por llegar. Ahora, con una ficción inspirada en la autobiografía del físico y escritor Georgy Demidov, prisionero en el gulag durante 14 años, el cineasta disecciona el camino sin retorno de un hombre que cree en la justicia de su país.

Ambientada en 1937 —año que supuso el punto de inflexión en la Unión Soviética, con incontables inocentes acusados de disidencia, o en el que las autoridades soviéticas truncaron la película de Eisenstein El prado de Bezhin—, Dos fiscales cuenta la historia de este joven abogado (increíble la actuación de Aleksandr Kuznetsov) que, tras visitar en la cárcel a un viejo miembro del partido, decide denunciar los abusos que sufre entre rejas.

Si la primera parte de la película transcurre en la prisión, la segunda —dividida por una larga y escalofriante conversación entre el joven fiscal y el preso— introduce al espectador en una pesadilla casi peor: la paranoia de un país en el que ya nadie puede fiarse de nadie. Narrado de forma seca y rotunda, asistimos a un viaje al vacío desde la mirada de un hombre que habla de leyes y verdad sin darse cuenta de que a nadie le importan. Loznitsa muestra una jerarquía carcelaria y burocrática arrogante y pétrea, indiferente a su crueldad, así como la claustrofobia insoportable de un cementerio en vida en el que se multiplican las rejas con su horrible sonido de llaves que abren y cierran.

La rigurosa puesta en escena resulta poderosa en la arquitectura de los espacios, sobre todo el de la prisión, y en sus huellas, con la gran puerta de hierro de la cárcel como símbolo de ese pozo infernal de la historia soviética. También en una fotografía de colores verde-marrones-rojo cuya oscuridad lo acaba contagiando todo. En contraste con ese fondo oscuro, Loznitsa sitúa pequeños detalles en blanco de figuras y esculturas de Stalin como símbolo omnipresente frente a la mirada cada vez más desconcertada del actor Aleksandr Kuznetsov, cuyos ojos se clavan sin remedio en el espectador.

Dos fiscales, de Serguei Loznitsa. Ucrania, estrenada el 27 de marzo de 2025.

viernes, 27 de marzo de 2026

"Altas capacidades". Anatomía del arribismo

 Altas capacidades: así son. Y así nos parecen, en El País, Carlos Boyero, 27 mar 2026:

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. La nueva película de Víctor García León lo logra

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. O tan solo sonreír. O ambas cosas. Altas capacidades lo consigue. Y con frecuencia me provoca un rictus en la boca, siento vergüenza ante la actitud de la mayoría de los personajes. A unos los desprecio por trepas y patéticos. Y es cruel la descripción de los dueños del tinglado. No hay piedad ante el comportamiento, los modales, la falsedad, el manejo mezquino del poder o las fatuas aspiraciones de los que, con su servilismo, pretenden buscarse profesional y socialmente un pálido lugar en el sol. Solo me merecen respeto los niños y la amarga lucidez y el pragmatismo de una señora colombiana, cuyo marido, presunto traficante, fue asesinado en la puerta del colegio de su hijo. Lo que veo y escucho posee acidez necesaria y brillante mala hostia, un patetismo en las falsas relaciones de los personajes que puede desatarte el rubor. Incluso al extremo de plantearte con cierto miedo eso de “yo no quiero ser como ellos, tan artificiales y falsos”.

¿Cómo ascender en la escala de trabajo y socialmente?, se pregunta el matrimonio que la protagoniza. Pues logrando que admitan a tu niño en un elitista colegio donde son educados (o maleducados) los hijos de la clase superior. Entre otros, el crío de tu jefe, altísimo directivo de una banca de inversión. Eso, cree el pobre siervo, será muy útil para su carrera, le permitirá el acceso a las fiestas de la élite en sus casoplones de los municipios residenciales más ricos de Madrid, accederá a los previsibles beneficios que dona el andar cerca del poder, aunque sea recogiendo sus despectivas migajas. La sátira es creíble. Y sutil. Y nada parece forzado. Diálogos, situaciones, gestos tan leves como reveladores, comportamientos, poseen un tono real, aunque el efecto que provocan en los receptores sea capaz de despertarles el rubor.

Es transparente la inteligencia que desprende el guion y lo adecuadamente que se ha trasladado a las imágenes. Incluyo las interpretaciones, con un Juan Diego Botto encarnando magistralmente a un fulano tan aparente, gélido y arrogante como despreciable y mezquino.

La dirige Víctor García León, que ha heredado la sorna y la mala hostia que caracterizaban al cine de su padre, el director José Luis García Sánchez, una de las personas más brillantes, graciosas y corrosivas que he conocido en mi vida. Víctor ya había mostrado numerosos dones para narrar historias, dotándolas de un amargo sentido del humor en películas que me divirtieron tanto como Más pena que Gloria y Vete de mí (coescritas con Jonás Trueba) y la tan osada como original Selfie. Los europeos, adaptando una novela del inolvidable Rafael Azcona, no me gustó. Y lamento que no haya más películas en la filmografía de alguien tan listo. Y, aquí, tan bien acompañado en el guion de Altas capacidades por Borja Cobeaga, alguien en posesión de gracia, agudeza y sentido de la observación.

Tiempo después de haber visto esta película, me sigue apareciendo un gesto de asco cuando pienso en el matrimonio que componen con acierto Marian Álvarez e Israel Elejalde. La pareja se merece mutuamente. Tan mediocres, tan arribistas, tan ruines, tan grises. Ni siquiera puedo compadecerles. Pero sospecho que, debido a su insistencia y a su absoluta falta de escrúpulos, este tipo tan aparentemente normal acabará siendo jefe de algo. Aunque sea en escala mínima. Y siempre babeando ante sus superiores.

Altas capacidades

Dirección: Víctor García León.

Intérpretes: Marian Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto, Pilar Castro, Natalia Reyes, Bea Segura.

Género: comedia. España, 2026.

Duración: 101 minutos.

Estreno: 27 de marzo.

martes, 24 de marzo de 2026

Reimpresa la biografía de San Agustín de Peter Brown

 Agustín de Hipona’, vida de uno de los artífices de la Antigüedad tardía, El País, Manel García Sánchez, 13 feb 2026:

Se reedita el monumental trabajo de Peter Brown sobre el santo de los siglos IV y V, padre de la Iglesia y filósofo mayúsculo que fundó el sistema que explica la cosmovisión cristiana.

Agustín de Hipona (Tagaste, 354-Hipona, 430) es uno de los primeros autores de autobiografías. Cualquier amante del género no debería perderse la lectura de sus Confesiones, una de las obras más emotivas y sinceras de aquella época de angustia que fue la del conflicto entre paganos y cristianos, una autobiografía, decía Agustín, cuyo asunto no era otro que la evolución de su propio corazón, de un yo en busca de Él. Si el lector es amante de las biografías, sabe que los historiadores anglosajones nos llevan años luz de ventaja en ello, como si en Oxford o Cambridge fuese imperativo divulgar desde la excelencia. Peter Brown (Dublín, 1935) no es precisamente un advenedizo, sino que su fantástica biografía, la de aquel filósofo educado pagano convertido en un cristiano mejor gracias a la tenacidad de su madre, la psicoanalizable Mónica, y santificado tras su muerte, data de 1967. Traducida en 1970 por aquella insigne empresa cultural cosmopolita que fue Revista de Occidente, reeditada por Acento en 2001 con el epílogo de Brown de 1999, ahora Taurus nos regala la reedición de un modelo del género y un clásico mayúsculo sobre los estudios agustinianos.

Brown es profesor emérito de Historia en Princeton y no puede resultar más evocador que José Enrique Ruiz-Domènec mencione a Thomas Mann en el prólogo, sabedor de que el ilustre historiador vive muy cerca de la casa que habitaron los Mann en aquel templo del saber tras su exilio en Estados Unidos. Uno se lo imagina en la fastuosa Wright Library del Princeton Theological Seminary investigando con pasión en la estela de su celebrado El mundo de la Antigüedad tardía (Taurus), título de otra obra maestra que nos muestra por qué Brown es considerado uno de los descubridores de ese periodo histórico que, entre Diocleciano y Mahoma, desde la crisis del siglo III del Imperio Romano hasta la conquista árabe, tuvo una voz propia muy alejada de aquella decadencia del cristiano Imperio Romano predicada con fanatismo ilustrado por Gibbon o Montesquieu. La vida y obra de Agustín se nos explica deliberadamente a contracorriente. El Bajo Imperio Romano fue algo muy diferente a lo que se nos había dicho: angustia y conflicto sí, decadencia y oscuridad para nada.

¿Por qué leer hoy una biografía de Agustín de Hipona? Sencillamente porque este padre de la Iglesia, filósofo mayúsculo y creador de una teología de la historia en La ciudad de Dios, no solo fue uno de los artífices de ese periodo que conocemos como Antigüedad tardía, sino que sus reflexiones sobre el tiempo, la teoría de las dos espadas sobre el poder del emperador o del papa como vicario de Dios, su filosofía con la Providencia como motor de la historia o su precartesiano si fallor sum  ["si me engaño, existo"] dotaron al cristianismo de las armas intelectuales necesarias para combatir en pie de igualdad contra el conglomerado heredado de la filosofía pagana. Agustín es el fundador del sistema filosófico que explica la cosmovisión cristiana, el filósofo substantivo de la historia que reflexiona sobre la profunda crisis producida por las vándalas invasiones bárbaras, sobre los conflictos entre paganos y cristianos, sobre cómo siempre de una crisis emerge una nueva era de prodigios culturales que anuncia la cercana Edad Media.

Debería complementarse la lectura de esta magnífica biografía con otros libros de Brown: el innovador El cuerpo y la sociedad. Los cristianos y la renuncia sexual (Muchnik), el iluminador El culto a los santos en la Antigüedad tardía (Ediciones Sígueme) o, más reciente, el erudito Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d. C.) (Acantilado). Si la lectura de Agustín nos enseña cómo el filósofo o el teólogo hicieron siempre gala de un espíritu crítico, azote de herejías y cristianizador del platonismo, la lectura del Agustín de Hipona nos enseña cómo el pensamiento no ha de ser nunca concebido como un repertorio de dogmas, sino como un ejercicio de crítica, no como la adopción de un conjunto de opiniones heredadas, sino como una construcción propia que desmantela simplificaciones maniqueas. Una biografía monumental que nos invita a pensar y sentir mejor, a volver una y otra vez sobre uno de los personajes más grandes y fascinantes de la Antigüedad tardía y de todos los tiempos.

sábado, 21 de marzo de 2026

Vicent sobre Cesare Pavese

 I

 Despertarse sin una mujer al lado, por Manuel Vicent, en El País, 21 mar 2026:

El poeta italiano Pavese era “terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado escribiendo en los cafés llenos de humo”

Ante el despecho de no sentirse amado, el poeta Cesare Pavese había escrito en su diario: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Pocos días antes de suicidarse le confesó a su amiga Pierina que nunca se había despertado con una mujer al lado, que nunca había experimentado la mirada que dirige a su amante una mujer enamorada. Ni siquiera había obtenido de su madre el amor maternal que todo niño merece. Tampoco le ayudaba para conquistar a una mujer su carácter introvertido, agrio, pesimista y su rostro ceniciento. El último amor frustrado lo tuvo Pavese con la actriz norteamericana Constance Dowling, famosa por sus ojos color avellana, durante el rodaje de una película en Roma. El poeta enamorado le ofreció matrimonio, pero ella se casó con otro. A este desamparo debemos uno de sus versos más desesperados: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Imagino a Cesare Pavese aquel sábado 26 de agosto de 1950 en Turín con un maletín en la mano en el que llevaba su libro Diálogos con Leucó y ninguna ropa, cruzando la plaza Carlo Felice, frente a la estación de ferrocarril Porta Nova, un lugar céntrico de la ciudad, en dirección al albergo Roma, situado bajo los soportales. Allí pidió una habitación. Se tendió en la cama vestido con el traje oscuro y la camisa blanca; se aflojó el nudo de la corbata; los pies desnudos, lívidos, ligeros como dos alas dispuestas a volar. Acababa de obtener un último desaire amoroso, había realizado tres llamadas de teléfono sin respuesta.

Era una tarde caliginosa de verano, la ciudad desierta a esa hora estaba impregnada por el sopor que subía desde el río Po. Hasta esa habitación de la segunda planta con el balcón abierto y los visillos flotando llegaba a veces el sonido de alguna motocicleta que cruzaba la plaza. Puede que llevara en el transportín una chica feliz, enamorada, que regresaba con su novio de un día en el campo. Tal vez el poeta imaginó aquello que había escrito. Después de darse un revolcón en la hierba, “la muchacha, sentada, se acicala el peinado / y no mira a su compañero, tendido, con los ojos abiertos”.

Hay cosas que uno no se perdona. No me perdonaré no haber visitado aquella habitación del albergo Roma cuando en uno de mis viajes pasé por Turín. Supe cómo era por la forma con que la describió la escritora Natalia Ginzburg cuando la visitó siete años después de que Cesare Pavese se hubiera suicidado. Habían sido muy amigos, trabajaban en la editorial Einaudi, ambos fueron represaliados y desterrados por el fascismo. Al entrar en el albergo, Natalia detrás del mostrador encontró a la hija de la familia. Todo seguía igual en el recibidor. Los dos radiadores, la moqueta roja, los dos sillones raídos, el espejo velado. La recepcionista le dijo: “Sé lo que busca. Es la habitación 346 de la segunda planta”. Subieron y ella abrió con la llave que llevaba en el bolsillo del delantal.

En la habitación el tiempo se había detenido con el aire estancado tal como la había dejado la muerte. La misma cama estrecha con cabecera de hierro, el perchero, la silla, la mesa de madera, la lámpara de plástico sobre la mesilla de noche donde el poeta, antes de tomarse los siete tubos de barbitúricos, dejó escrito en el vano de una página de su libro Diálogos con Leucó: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado”. Nadie había tocado aquellos enseres. Frente a la cama, Natalia pensó que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Conocía todos sus fracasos amorosos, primero con ella misma, después con Battistina Pizzardo, activista del Partido Comunista, luego con Bianca Garufi, otra escritora. Lo recordaba terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado, escribiendo en los cafés llenos de humo. La escritora comenzó a llorar.

Abro su libro de poemas de Pavese este día en que el sol de una radiante primavera invita a todo, excepto a suicidarse. Leo: “¡Oh, cuánto tiempo ha pasado desde que jugaba a piratas malayos!“. Otros días, otros juegos, otros arrebatos de la sangre ante rivales más escurridizos: los pensamientos y los sueños”.

Aquel atardecer de un sábado de 1950, mientras en la habitación del hotel Roma permanecía el cadáver de Cesare Pavese, no muy lejos de la plaza bajo la luna de agosto se había establecido una verbena con farolillos; sonaba la orquestina de saxos, trompetas y acordeones con la voz de un vocalista que cantaba dulces boleros de amor, y muchachas de faldas floreadas y chicos con mucha brillantina en el pelo bailaban con los cuerpos muy pegados, ajenos a que el máximo poeta de Italia permanecía muerto por todos los amores imposibles tras los visillos de aquel balcón abierto. La música cesó casi de madrugada. Por la mañana del domingo, el camarero del hotel, al no haber obtenido respuestas a sus llamadas, entró en la habitación y descubrió el cadáver. En ese momento tal vez las campanas de la catedral de San Juan Bautista repicaban alegremente llamando a misa mayor.

II

Pavese: la muerte tiene ojos color avellana, en El País, por Manuel Vicent, 26 mar 2011:

La escritora Natalia Ginzburg regresó a Turín siete años después de que su amigo Cesare Pavese se hubiera suicidado. Turín era la ciudad donde se habían conocido de jóvenes, habían trabajado juntos en la editorial Einaudi, tal vez se habían enamorado en secreto. Viejos tiempos, otros días, otros juegos. Después de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, que se había cebado con su familia, Natalia volvía desde Londres con su segundo marido y apenas cruzó el vestíbulo de la estación de Porta Nuova se dirigió a la plaza porticada de Carlo Felice. Llena de melancolía percibió que la ciudad seguía oliendo a hollín, que los comercios y los cines mantenían los mismos nombres, allí estaba también el puesto de helados rosas y blancos, que le recordaban los días felices de su niñez, pero ahora había trolebuses y algún paso subterráneo nuevo.

Natalia conocía todos sus avatares amorosos. Lo recordó terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado

La escritora se detuvo ante la puerta del albergo Roma, situado bajo las arcadas de la plaza y decidió entrar. Detrás del mostrador encontró a la mujer de siempre, una hija de la familia que había regentado este humilde hotel desde hacía más de cien años. En el angosto recibidor todo seguía igual. Los dos radiadores, la moqueta roja, los dos pequeños sillones raídos, el espejo velado. La mujer de la recepción conocía el pasado de Natalia Ginzburg y supo enseguida el motivo de la visita: "La habitación que busca es la 346, está en la segunda planta" -le dijo-. Subió agarrada a la barandilla metálica de la escalera y una criada le abrió la puerta con una llave que se sacó del bolsillo del delantal. En aquella habitación el tiempo también se había detenido. Estaba intacta, tal como la dejó la muerte, con el aire estancado. La misma cama estrecha con cabecera de hierro, el perchero, la silla, la mesa de madera, el teléfono negro colgado en la pared, la lámpara de plástico en la mesilla de noche, la cortina de la ventana. Nadie había tocado ninguno de estos enseres desde entonces, hacía siete años. La escritora comenzó a llorar.

Un sábado, 26 de agosto de 1950, Cesare Pavese dejó la casa de su hermana María con la que vivía y se dirigió al albergo Roma con un maletín en el que no llevaba ninguna prenda de ropa sino un solo libro, Diálogos con Leucó. La humedad que liberaba el río Po envolvía en un calor pegajoso de final de verano la ciudad desierta. El poeta acababa de sufrir el último desaire amoroso, pidió habitación y una vez instalado en ella realizó tres llamadas de teléfono mientras la oscuridad de la tarde se instalaba en la ventana. Se oían escapes de motocicletas que cruzaban la plaza. El poeta tal vez imaginó que cada una de aquellas máquinas llevaría en el trasportín a una muchacha feliz de regreso del campo después de darse con su novio un revolcón sobre la hierba, como había descrito en unos de sus poemas. "La muchacha, sentada, se acicala el peinado / y no mira al compañero, tendido, con los ojos abiertos".

No obtuvo ninguna respuesta a sus tres llamadas, el último hilo que le unía a la vida. El poeta se descalzó, se tendió en la cama con la camisa blanca y el traje oscuro, se aflojó el nudo de la corbata y los pies pálidos, desnudos formaron dos alas dispuestas a volar. Pocos días antes había confesado en una carta a su amiga Pierina que nunca se había despertado con una mujer al lado, que nunca había experimentado la mirada que dirige a un hombre una mujer enamorada. Ni siquiera había tenido el amor maternal, que cualquier niño merece. Su madre Consolina había tratado siempre con un rigor absorbente a su hijo Cesare, el menor de cinco hermanos, tres de ellos ya muertos, y le había transferido los traumas que ella había sufrido con su marido, quien en el lecho de muerte pidió ver por última vez a una vecina, que había sido su amante, y ella se negó a dejarla pasar. Esta escena cargó la neurosis del adolescente hasta convertirlo en un ser introvertido, solitario, negado para la amistad y a la hora de conquistar a una mujer tampoco le ayudaba su rostro ceniciento, su carácter agrio y pesimista y al mismo tiempo excesivamente enamoradizo.

Natalia Ginzburg admiraba su obra, había sido su confidente y tal vez uno de sus amores frustrados. Nacida en Palermo en 1916, hija del judío Giuseppe Levi, profesor de medicina, perseguido por sus ideas antifascistas, su familia se trasladó a Turín donde Natalia se casó con el historiador Leone Ginzburg, de origen ruso, cofundador de la editorial Einaudi, también encarcelado por su ideología, confinado en un pueblo de los Abruzzos y finalmente torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli en 1944 por los nazis. Pavese y Natalia habían sido compañeros, camaradas, amigos antes de la guerra. Se veían todos los días en la editorial donde él trabajaba de lector y traductor. Natalia conocía todos sus avatares amorosos. Primero fue su pasión por Battistina Pizzardo, activista del Partido Comunista. Ella se sirvió de su amor para usarlo de correo en la clandestinidad y gracias a este favor el enamorado fue a la cárcel y luego desterrado a Brancaleone Calabro. Allí escribió el libro de poemas Trabajar cansa, pero al volver a Turín se encontró a Battistina, la mujer de la voz ronca, casada con un antiguo novio.

Pavese había conseguido librarse de ir a la guerra por ser asmático y terminada la contienda, afiliado al PCI, siguió trabajando en la editorial Einaudi, escribiendo novelas y enamorándose equivocadamente. Esta vez el fracaso lo obtuvo de Bianca Garuffi, otra escritora, empleada en las mismas oficinas y con la que publicó un libro creado a medias. La relación fue tormentosa. Frente a la cama que la muerte dejó hecha en la habitación 346 del albergo Roma, Natalia Ginzburg pensó que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Lo recordó terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado, escribiendo en los cafés llenos de humo alguno de aquellos versos: "Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran a la cara, entre los tallos delgados la mujer le muerde los cabellos y después muerde la hierba". El último amor que lo arrebató de la vida fue el que mantuvo con la actriz norteamericana Constance Dowling, ex amante de Elia Kazan, de la que quedó colgado durante un rodaje en Roma. Le ofreció matrimonio, pero la rubia que fue famosa por sus ojos de avellana se casó con otro. ¿Ojos color de avellana? Fue a esta mujer a la que el poeta dedicó el verso más famoso que han ido repitiendo desde entonces todos los amantes desesperados: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

El despecho le obligó a escribir en su diario: "Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más". De hecho no cumplió su palabra porque en el albergo Roma, un momento antes de tomar varios tubos de barbitúricos, de aflojarse el nudo de la corbata y de tumbarse en la cama con el traje oscuro y los pies desnudos había escrito en una página en blanco del libro Diálogos con Leucó: "Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado".

Natalia Ginzburg pensó que su amigo había elegido morir esa tarde de agosto tórrido como un forastero, cuando ninguno de sus amigos estaba en la ciudad. No fue necesario abandonar la cama, solo el alba como su última amante entró en el cuarto vacío. Al día siguiente era domingo y las campanas de Santa María tocaron a misa sobre el cadáver del poeta y los fieles acicalados al salir a la plaza compraban helados rosas y blancos a sus niños. Siete años después de aquello, allí frente a la cama vacía Natalia Ginzburg, su amor secreto, se secaba las lágrimas.

domingo, 15 de marzo de 2026

Historia de un soldado

I

 Plácido García-Planas, Noticia del soldado Josep Dardichon, en La Vanguardia, 14/03/2026:

Es interesante recibir hoy una postal de la Primera Guerra Mundial con sensaciones escritas a pluma que nos servirán para la Tercera Guerra Mundial: el futuro será más negro si lo imaginamos de color blanco

La encontré perdida en un rastro y nunca imaginé que me llevaría tan lejos. Era la libreta sentimental y militar de un recluta del ejército francés, Josep Dardichon Fàbregas. Nacido en Barcelona el 12 de junio de 1886, era hijo del francés Émile Dardichon, del textil, y de la catalana Miquela Fàbregas.

Catalán y catalanista, tenía nacionalidad francesa y en Francia debía cumplir el servicio militar. Escribió y garabateó la libreta, en catalán prefabriano y francés, entre 1906 y 1907. “Joseph Dardichon Fabregas. Soldat al Regiment n. 12 Compañia n. 11 a la Ciutadela de Perpiña. (Pirineus Orientals). Fransa”, anotó en la primera página.

Era, siete años antes de 1914, una premonición del suicidio de Europa. En la libreta, el recluta mezcla prácticas de tiro con relatos de amor. Sangrientos cantos de guerra con cuplés picantes. Dibujos del Cu-cut con el número de soldados que Alemania podía sumar en tiempos de guerra. Todo en un mismo cóctel: en un relato de amor apasionado, escribe que ella “se desnuda y se mete en la cama” y la frase roza el dibujo de la trinchera que le enseñan a cavar.

Lo más revelador de esta libreta es el roce entre la pulsión sensual (y sexual) que le sale del cuerpo y la rigurosidad militar que el ejército francés intenta meterle en el mismo cuerpo. Él sólo concibe una forma de morir: por amor a otro cuerpo humano. Y el ejército francés le subraya que la forma más sublime de morir es por amor al cuerpo del Estado: en el campo de batalla.

La libreta contenía una inesperada bala final. Una carta doblada y colocada en la última página, fechada diez años después en Barcelona, el 17 de agosto de 1917. Está firmada por el cónsul de Francia en Catalunya y dirigida a “madame Dardichon”, en Mollet.

“Tengo el honor de hacerle llegar, en pliego separado, un diploma referente al sargento Josep Dardichon del 238 regimiento de Infantería, muerto al servicio y en la defensa de Francia. Le agradecería que devolviera, debidamente firmado, el recibo que le adjuntamos. Reciba, señora, mis saludos más distinguidos”. Así es la guerra: un diploma a cambio de una vida. Pavana [burocrática] para un recluta difunto.

Estiré de su hilo vital en los archivos franceses y averigüé que lo mataron los alemanes –¿o lo mató Europa?– en un coletazo de la ofensiva del Somme.

Narré lo que pude rescatar de su historia en estas páginas, el mismo día en que, cien años atrás, había estallado la Primera Guerra Mundial.

Y ahí quedó la cosa.

Ahora, de repente, doce años después recibo una postal del soldado Dardichon. Está escrita desde la Primera Guerra Mundial y podía estar escrita hoy desde el Donbass o el Pérsico.

La pone en mis manos, amablemente, una descendiente indirecta del soldado, Maria José Surribas, que conserva cuatro fotografías y once postales enviadas desde la Francia en guerra.

En una de ellas –escrita a su cuñado el 15 de abril 1915– me llaman la atención dos párrafos, quince líneas cargadas de optimismo. La postal está ilustrada con cañones franceses de 75 mm, la pieza de artillería más revolucionaria de la Primera Guerra Mundial.

“El otro día los alemanes probaron de atacar nuestras trincheras –explica el soldado Dardichon–, pero nuestros cañones 75 tiraron dentro de las filas enemigas causando una verdadera carnicería, en un campo de 500 metros de ancho había más de 150 muertos!”.

“Los estamos golpeando más fuerte de lo que nadie ha golpeado desde la Segunda Guerra Mundial”, acaba de afirmar Trump de los iraníes.

“¡Tengo la impresión –seguía escribiendo el soldado en la postal de 1915– de que la guerra acabará pronto, dentro de un par de meses! Austria y Hungría pagarán los platos rotos”.

“Esto es una excursión, una excursión corta”, dijo Trump el jueves al definir la Tercera Guerra del Golfo.

Lo más corto en este tipo de excursiones suele ser la vida. Cuando escribió la postal, al soldado Dardichon sólo le quedaban 544 días de existencia. Salió de las trincheras de Vermandovillers con la bayoneta calada el 10 de octubre de 1916. Tenían órdenes de avanzar cinco kilómetros. Y los avanzaron: arrebataron a los alemanes los bosques carbonizados de Chaulnes y Ablaincourt. Pero él, ya con el grado de sargento, cayó avanzando, como cayeron cincuenta de sus soldados.

Cada cien metros hacia ese objetivo le costó a Francia una vida. ¿Cuántas vidas por barril de petróleo nos costará esta guerra?

II

HISTÒRIA DEL SOLDAT JOSEP DARDICHON FÀBREGAS

Plàcid Garcia-Planas

 Tenia unes ganes boges de lligar. Acabava de fer vint anys i el van uniformar com a soldat de la República Francesa. S'acabava de comprar una llibreta al Grand Bazar et Nouvelles Galeries de Perpinyà. I, a la ciutadella de la capital del Rosselló, va començar a escriurehi. El que sentia –en direm amor– i el que li ensenyaven a la mili –guerra–. Deu anys després, el 10 d'octubre del 1916, el noi que escrivia va sortir amb la baioneta calada d’una trinxera de Vermandovillers, al front del Somme. No es pot  saber quants petons va arribar a fer en aquells deu anys. Només sabem quants quilòmetres havia d’arrabassar als alemanys: cinc. Nascut a Barcelona el 12 de juny del  1886,  Josep Dardichon Fàbregas era fill del francès Émile Dardichon tintorer tèxtil, ram de l’aigua– i de la catalana Miquela Fàbregas. Català de cultura i de sentiment, tenia nacionalitat francesa i a França havia de fer el servei militar. Va escriure a la llibreta –en català sense normes i en francès– des del 27 de setembre del 1906 fins a la primavera del 1907. 

“Joseph Dardichon Fabregas. Soldat al Regiment n. 12. Compañía n. 11 a la Ciutadela de Perpiña (Pirineus Orientals). Fransa”, va anotar a la primera pàgina.  És el quadern d’un ésser tremendament enamoradís. “T’estimo, y tinc por que un altre vingui y te me prengui, y si per desgracia aixó fos, em moriré de pena pues si tu ja no m’estimas, que m’importa la vida”, diu al començament. La resta de la llibreta és una bogeria de poemes apassionats, couplets picants i desbocades narracions d’amor, tot ben barrejat amb les instruccions que l’exèrcit francès li marca i que van acabar amb una carta de gel: la que algú, deu anys després, va col·locar al final de la llibreta. 

L’exèrcit li diu, i ell apunta a la llibreta, tot el que el bon soldat francès ha de dur al damunt. Al cos, entre moltes altres coses, la xapa d’identitat, uns calçotets, corbata, mocador, cantimplora, tres cartutxeres, un fusell i un ganivet de baioneta. Al damunt de la motxilla, unes sandàlies de descans, una mica de llenya, una cassola i una llauna de carn en conserva. Dins de la motxilla, també entre un munt de coses, calçotets de recanvi, raspall per a la roba, un altre per a les dents, paquets d’arròs i llenties,  una cullera, una llauna de sardines, cinquanta grams de galetes i cinc paquets amb vuit cartutxos de tres bales cadascun. Total, 120 bales. 

Carregant  bales i galetes, al costat d’altres reclutes de la Catalunya francesa –Soler, Batlle, Marty, Bonnet... – l’exèrcit el fa caminar 208 quilòmetres de Perpinyà a Larzac passant per Narbona i Besiers. Ja al camp de Larzac, l’ensenyen a llegir el cel. I ell dibuixa l’estrella polar, “que ens mostra constantment la dirección del Nord”. En El nord. El Somme. La trinxera per la qual un dia sortiria amb la baioneta calada. L’estrella polar... “Em sentia com un home dret en un planeta sobtadament arrencat de la seva òrbita", va escriure David Lloyd George dels dies en què va esclatar la Primera Guerra Mundial. “Diuen que l’amor es cec –escriu el recluta a la llibreta–, pero jo crech que no, pues estic ben convensut que l’amor es una de las cosas que fa mes obrir l’ull. L’amor no nomes no es cec, sino que tambe es molt xerraire.” L’exèrcit francès li explica que el món és gran, i el el dibuixa entre dos oceans glacials. I que Europa té imperis: e l en  traça les fronteres. L’exèrcit l’ensenya  a  cavar trinxeres davant l’enemic, i el va dibuixant la trinxera entre els paràgrafs d’una delirant narració, Martir d'amor!...

“L’escena te lloch en lo poble de X... situat als peus de la bella montanya camaril de la Patrona de la Patria estimada”, comença la història... “se despulla i se fica al llit”, diu la frase que a la llibreta passa just per sota de la trinxera. L’exèrcit francès li fa dibuixar una trinxera i per una trinxera, deu anys després, sortirà amb la baioneta calada per enfonsar-la en la carn dels alemanys. L’exèrcit també li explica com són els enemics. “Els alemanys estan àvids d’prendre”, apunta a la llibreta. I li fan escriure la lletra de La Marsellesa i li ensenyen com cantar-la: “A les armes, Que la ciutadans, formeu els batallons. Marxeu! Marxeu! sang impura amari els nostres solcs.” L’exèrcit francès li indica el nombre de soldats que l’enemic és capaç de mobilitzar: Alemanya, 2.500.000 en temps de guerra. El mateix nombre que França. De sobte, a la llibreta, entre el nombre de soldats que és capaç de llançar contra tu l'enemic, el recluta Dardichon escriu la lletra de L’emigrant, poema de la pàtria (sense exèrcit) que e l sent meu cor, cuan de tu més dins: “Dolça Catalunya, patria del s’allunya d’anyorança se mort”. 

Legalment francès i resident a Espanya, l’embolic de pàtries era considerable al seu cor: el 1905, un any abans de fer el servei militar, va ajudar a pagar una multa governativa de Tralla. 125 pessetes al setmanari catalanista La L'exèrcit francès també li ensenya, i e l cal·ligrafia aplicadament a la llibreta, cants de guerra que aplanarien el camí cap a les trinxeres del Somme. Com la Cançó de la partida: “Del nord al migdia, la trompeta de guerra. Ha sonat l’hora del combat. Terribles enemics de França, reis ebris de sang i orgull, el poble sobirà s’avança. Tirans!, baixeu al taüt. La República ens crida, sapiguem vèncer o sapiguem morir. La República ens crida. Un francès ha de viure per ella, per ella un francès ha de morir”. Dels manuals d'entrenament militar previs a la Primera Guerra Mundial –com ha estudiat Pompeu Casanovas– els més violents no eren els alemanys, obsessionats per l’ordre del conjunt. Eren els francesos, que intentaven imposar una jerarquia interna fèrria i una disciplina individual que  no s’aturava amb el càstig físic. El màxim enemic de l’oficial francès no és l’adversari exterior, sinó el de sota, el soldat de tropa, que pot posar en perill les operacions perquè es rebel·la i no encaixa en el disseny de campanya (durant la Guerra Mundial, França va  afusellar  gairebé mil propis soldats). Entre enceses proclames per Primera dels seus tancar l'enemic en taüts, el recluta Dardichon dibuixa el pagès amb barretina, lligaire i morrut, de la revista Cu-cut, assaltada un any abans pels militars (espanyols). I dibuixa el seu enemic: Lerroux. 

També apunta les qualificacions que els oficials li posen al tot, en final de la instrucció militar. Queda el primer en servei en campanya, en aptitud de comandament i en tir. Entre tret i tret, més couplets a la llibreta: “Coneixia totes les famílies, tots els (il·legible), totes les xafarderies. El nom de les dones infidels i el nombre dels seus amants. Coneixia les pitjors relacions, els marits contents i cornuts. Coneixia les noies decents i les que ja no ho eren”. I, cal·ligrafiats amb amor, més cants per esbudellar-se: “Amb la veu dels canons d’alarma, França crida als seus fills. Defensem-la, soldats, com es defensa una mare. Morir per la Pàtria. Morir per la Pàtria. És la sort més bonica, la més digna d'enveja.” Una enveja tremenda, efectivament. Una dècada després, algú va col·locar, dins de la llibreta, una carta datada a Barcelona el 17 d’agost del 1917. És una carta escrita pel cònsol general de França a Catalunya i dirigida a “madame Dardichon” –la seva dona? la seva mare?– amb domicili al número 11 del carrer Balmes de Mollet del Vallès. “Tinc l'honor de fer-li arribar, en plec separat, un diploma referent al sergent Josep Dardichon del 238 regiment d’Infanteria, mort en servei i en la defensa de França . Li agrairia que tornés, degudament firmat, el rebut que li més adjuntem. Rebi, senyora, les meves salutacions distingides”. 

Així és la guerra a Europa: un diploma a canvi d’una vida. Pavana per a un recluta difunt. El van matar els alemanys o el va matar Europa?– el 10 d'octubre del 1916, en una cuada de l’ofensiva del Somme. Va sortir de les trinxeres de Vermandovillers amb la baioneta calada. Tenien ordres d’avançar cinc quilòmetres. I els van avançar: van arrabassar als alemanys els boscos de Chaulnes i Ablaincourt (o el que en quedava). Però Josep Dardichon Fàbregas, ja amb el grau de sergent, va caure avançant  amb  cinquanta  dels seus soldats:  cada cent metres li va costar a França una vida. ¿Quants dels soldats alemanys en què havia d’enfonsar la baioneta tenien, com ell, més sensualitat que pàtria al cos? “Senyors, atacarem demà. En mataran tots els de la primera onada. També els de la segona. I els de la tercera. Uns quants homes de la quarta aconseguiran el seu objectiu. La cinquena onada guanyarà la posició. Gràcies, senyors”, va declarar el general de l’Estat Major Charles Mangin al front de Verdun. És com una cançó de bressol fúnebre. Com la cançó de bressol que el recluta Dardichon, entre couplets gairebé pornos, havia escrit a la seva llibreta d’instrucció: “Angel de la Son desplega las alas, torna al cel que el meu fill ja calla. Torna al cel, Angel de la Guarda, que el fill del meu cor ja el guarda un altre angel”. 

martes, 3 de marzo de 2026

Nueva edición del Zohar

 ‘Zohar’, el libro más importante de la mística hebrea, en El País, por Juan Arnau, 3 mar 2026:

Lola Josa presenta una selección exquisita de fragmentos de esta obra universal atribuida a Moisés de León. Nacida en los Campos de Castilla en el siglo XIII, heredera de la cábala de Gerona y Barcelona, anticipa la gran mística española de los Siglos de Oro

Para el cabalista el mundo oculto es infinitamente superior al manifiesto. En eso coindice con la astrofísica moderna. En el universo predominan la materia y la energía oscuras. Su fundamento (Ein Sof) es un secreto inagotable que nunca colmará nuestras inquisiciones, “una energía oscura más rápida que la luz”, escribe Lola Josa, autora de esta esplendorosa antología. Hay en el Zohar una idea de especial significación para este cronista: sólo se puede conocer lo falso. Lo verdadero hay que serlo. “Cuando la Luz se propaga, su esplendor despierta preguntas que todavía la esconden más”. Estudiar y no saber. Como en el mito védico, la definición del misterio último es una pregunta: ¿Quién?

La situación plantea un desafío creativo no muy diferente del matemático: crear un lenguaje capaz de trasmitir el Infinito sin privarlo de su esencia enigmática. Ese lenguaje habrá de ser paradójico, irónico y, por encima de todo, apuntar a una posible superación de lo simbólico. La mayoría de las palabras del Zohar, trilíteras, incluyen la antítesis de lo que significan. Una estrategia antigua que Jacques Derrida rescata en Cómo no hablar, ensayo dedicado a la teología negativa. Decir a Dios afirmando lo que no es. Paradojas cruzadas entre silencio, negación y escritura, donde el lenguaje desconcierta la lógica y socava la certidumbre. Vanidad del significado, inevitable en el pensamiento discursivo. Cada respuesta plantea una nueva pregunta. De ahí que la lengua divina no formule un mensaje. Cobra sonoridad y el iniciado se convierte en caja de resonancia. El vacío de Dios es una luz que se oculta a sí misma. Un rayo de tiniebla, que diría Juan de la Cruz, del que la propia Josa ha destapado raíces hebreas.

Hay en todo esto un juego erótico. Un poder femenino que desea recibir el Infinito deviene potencia dadora masculina. Esa es la fricción erótica de la creación. El arte de recibir (Kli) y el poder de dar (Or). Ambos se buscan en ese juego del escondite que es el universo. Pero todo en su justa medida. No hay libertad sin limitaciones. En el origen de los tiempos, la luz del Ein Sof era demasiado intensa y amenazaba con arrasar la creación. El infinito tuvo que retirarse, contraerse, creando un hueco donde fuera posible el crecimiento de las cosas. Una idea fascinante. Un dios que se encoge para que el mundo sea. Una creación anónima y discreta, de un joven artista adolescente, que confirma la intuición de Aristóteles: la metafísica no es lo que está más allá de la Física, sino lo que está detrás de la Física.

El cabalista busca ese recogimiento. Encarna como ningún otro la “desaparición del autor” de la que hablaba Maurice Blanchot. Quien escribe se borra como sujeto soberano y deja que la obra se imponga por sí misma. El cabalista revive la experiencia impersonal del lenguaje. Habita, como Borges, en la eterna biblioteca del Tanaj, busca el infinito entre líneas. De todo lo creado, la Torá es lo más logrado y luminoso, vestido del enigma supremo, tejido hecho de palabras. De ahí que la cultura hebrea sea la cultura letrada por excelencia. Pero las letras son también números, por eso los judíos han sido siempre buenos contables.

Las letras no sólo muestran, también esconden. Son velos que sugieren formas que el procedimiento hermenéutico y criptográfico convierte en revelaciones pasajeras. Y así se va haciendo camino. Las palabras, tan condicionadas ellas, son el trampolín hacia lo incondicionado. La lectura metódica, vertical o invertida, el valor numérico de las letras, permiten un álgebra que genera nuevos significados, todos ellos vanos, pasajeros, que susurran el secreto del origen. Procedimiento irónico. El cabalista sabe que todo entender es un espejismo, pero no ceja en su empeño. Estudiar y no saber.

El Zohar está sembrado de motivos hindúes. El Infinito emite un punto ígneo de luz, del interior de la llama surgen los tonos que colorean el mundo. Se lo llama Uno, Aleph, pues, aunque la divinidad contiene muchas formas, sigue siendo una. Hay también admoniciones morales: “El rumbo que escojas en este mundo será el que te guie una vez muerto”. Alguna de tono confuciano: “Acuérdate del Creador en tu juventud, antes de que lleguen los días malos”. El libro se cierra con la mención a la morada suprema, la morada del Amor, donde todo existe y perdura. “Quien ama el Amor, ama lo eterno, que es Amor y cumple, amando, con el Amor”. Disolviendo fugazmente los límites entre el yo y el otro. La eternidad se enamora de las producciones del tiempo.

Zohar. Libro del esplendor, Edición y traducción de Lola Josa. Atalanta, 2026 384 páginas, 27 euros

domingo, 1 de marzo de 2026

Adam Smith

 I

 La mano visible de Adam Smith: por qué sus ideas siguen siendo influyentes, en El País, Carlos Rodríguez Braun, 1 mar 2026:

El pensador escocés, considerado por muchos como “el padre del capitalismo”, publicó hace 250 años ‘La riqueza de las naciones’, su obra magna. En ella acuñó la metáfora de la mano invisible, que no se refiere a un orden mágico, sino a un mercado con un marco institucional que propicia el crecimiento. Sus ideas influyeron decisivamente en el pensamiento liberal, especialmente por su confianza en la libertad del individuo y por su recelo hacia el intervencionismo del Estado

El título completo del libro que Adam Smith publicó en 1776 fue: Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Considerando que no fue el primer texto de economía, ni de liberalismo, y que no estuvo exento de errores, ¿por qué atrajo, y aún atrae, tanta atención?

Sospecho que la respuesta está en su título. Parece que Smith (1723-1790), efectivamente, explicó bien la naturaleza y las causas del crecimiento económico, y lo hizo desde una perspectiva moderna, institucional y multidisciplinar, porque Smith era un pensador con amplias miras más allá de la economía; y con un matizado liberalismo que hizo que su análisis fuera convincente y aplicable tanto en su tiempo como en el nuestro.

Las primeras palabras del libro son: “El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente” (La riqueza de las naciones, Alianza; todas las citas corresponden a esta edición).

Este comienzo ya traza una línea divisoria con la falacia que basa la prosperidad en los recursos naturales o los metales preciosos. A Smith no le asombraría saber que el petróleo ayudó a enriquecer a los noruegos, pero no a los venezolanos.

Precisará la modernidad de su análisis, separando la riqueza de una nación de la del Estado, porque para él la riqueza que cuenta es la del pueblo: “Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable”.

Pero si el trabajo es la causa de la riqueza ¿por qué no hubo riqueza desde Adán?

Economía, incentivos e instituciones

Smith explica el aumento de la riqueza por la productividad del trabajo, y en concreto por su división, que no puede fructificar hasta que crezca el tamaño del mercado. Por eso cuando selecciona los dos acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad no se le ocurren inventos sino dos extensiones del mercado: el descubrimiento de América y el paso hacia Oriente por el cabo de Buena Esperanza.

La riqueza se crea mediante la producción y el comercio, y no existe la suma cero, otra venerable falacia, según la cual lo que ganan unos lo pierden otros. Todos pueden ganar, y todos cuentan con un poderoso incentivo, una regularidad de la naturaleza humana que Smith subraya en varias ocasiones: el deseo de mejorar nuestra condición, “que nos acompaña desde la cuna y no nos abandona hasta la tumba”.

Todos queremos mejorar, y lo logramos relacionándonos con los demás. Smith no postula el individualismo, porque no hay prosperidad sin intercambios voluntarios en provecho mutuo. Y su mensaje también es contrario al egoísmo, porque los egoístas atienden al propio interés a expensas del ajeno. El mercado es lo contrario, donde la gente satisface su propio interés a la vez que el ajeno.

No basta, sin embargo, con ciudadanos productivos y deseosos de progresar, sino que es imprescindible un marco institucional propicio. Eso ha hecho que la visión multidisciplinar smithiana del crecimiento haya tenido impacto en los teóricos del desarrollo. La economía necesita paz, y por eso “la defensa es mucho más importante que la opulencia”; y también seguridad jurídica: “El comercio y la industria rara vez florecen durante mucho tiempo en un Estado que no disfruta de una administración regular de la justicia, donde el pueblo no se siente seguro en la posesión de sus propiedades, donde el cumplimiento de los contratos no está amparado por la ley”.

Estado y libertad

De lo dicho hasta aquí se desprende que Smith pondera el papel del Estado. ¿En qué medida? Él mismo aclara que en un sistema liberal el soberano ha de cumplir con tres deberes: la defensa, la justicia, y “edificar y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que jamás será del interés de ningún individuo o pequeño número de individuos el edificar y mantener, puesto que el beneficio nunca podría reponer el coste que representarían para una persona o un reducido número de personas, aunque frecuentemente lo reponen con creces para una gran sociedad”.

Se comprende fácilmente que el tercer deber puede justificar un indefinido intervencionismo. Y, de hecho, el escocés recomienda medidas antiliberales en diversos campos, desde la educación y la protección de bandera en la navegación hasta la regulación de la banca, entre otras —la cuestión ha sido intensamente debatida—.

Su propia desconfianza práctica en el mercado, empero, da pistas sobre su posición liberal. En efecto, Smith defiende el capitalismo, pero no a los capitalistas, a los que acusa abiertamente: “Es raro que se reúnan personas del mismo negocio, aunque sea para divertirse y distraerse, y que la conversación no termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”. Pero este recelo no lo lleva a inclinarse en favor del político o estadista —“animal insidioso y astuto”—, sino de los más vulnerables, como son típicamente los consumidores: “El consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor”. No le impresionarían, por tanto, las manifestaciones nacionalistas ruidosas de los empresarios que reclaman protección para sus “sectores estratégicos” y la “soberanía” variopinta, haciendo pagar más a la gente.

Tampoco aceptaba la habitual arrogancia de los poderosos a la hora de interferir en la propiedad de sus súbditos: “Resulta por ello una grandísima impertinencia y presunción de reyes y ministros pretender vigilar la economía privada de los ciudadanos, y restringir sus gastos… Ellos son, siempre y sin ninguna excepción, los máximos dilapidadores de la sociedad. Que vigilen ellos sus gastos, y dejen confiadamente que los ciudadanos privados cuiden de los suyos. Si su propio despilfarro no arruina al Estado, el de sus súbditos jamás lo hará”.

El camino hacia la riqueza, por tanto, descansa más en los ciudadanos que en las autoridades: “Toda persona, en tanto no viole las leyes de la justicia, queda en perfecta libertad para perseguir su propio interés a su manera y para conducir su trabajo y su capital hacia la competencia con toda otra persona o clase de personas. El soberano queda absolutamente exento de un deber tal que al intentar cumplirlo se expondría a innumerables confusiones y para cuyo correcto cumplimiento ninguna sabiduría o conocimiento humano podrá jamás ser suficiente: el deber de vigilar la actividad de los individuos y dirigirla hacia las labores que más convienen al interés de la sociedad”.

Realista mano invisible

La metáfora más famosa de la economía, la mano invisible, ha sido confundida con la competencia perfecta, que nunca estuvo en la mente de Smith —“si ninguna nación pudiese desarrollarse salvo con el disfrute de una libertad y una justicia perfectas, entonces en el mundo ninguna nación podría haberse desarrollado jamás”—.

La sociedad es un orden complejo, de tal manera que conviene dejar en paz al ser humano, que “al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”. Criticó Smith la desigualdad en la riqueza, pero subrayó la responsabilidad “de la política de Europa, que en ninguna parte deja que las cosas se desenvuelvan con completa libertad”.

Adam Smith cometió errores, como en su defectuosa teoría del valor objetiva o en su pronóstico del poco futuro de las sociedades anónimas. Pero acertó en su teoría fundamental, a saber, que la riqueza de las naciones depende del esfuerzo de cada uno de nosotros para salir adelante —en un contexto pacífico, justo y con una fiscalidad moderada—, y en la idea de que a menudo lo logramos a pesar del Gobierno.

Con prudencia y realismo previno contra la utopía y advirtió sobre la dificultad de las reformas liberalizadoras, porque las regulaciones intervencionistas “no solo introducen desórdenes muy peligrosos en el estado del cuerpo político, sino que son desórdenes con frecuencia difíciles de remediar sin ocasionar, al menos durante un tiempo, desórdenes todavía mayores”.

Reivindicación y legado

Adam Smith es reivindicado por economistas actuales, lo que resulta notable considerando cómo han cambiado tanto la economía real como la teoría económica.

Su visión institucional y multidisciplinar ha sido saludada por destacados académicos. Hablando solo de nuestro tiempo, y limitándonos a los premios Nobel de Economía, han estudiado a Smith y apreciado su pensamiento figuras como Friedrich Hayek, George Stigler, Amartya Sen, Ronald Coase, James M. Buchanan, Vernon Smith y Douglass North. Esta lista no pretende ser exhaustiva, sino solo ilustrativa del impacto científico que han tenido el profesor escocés y su magnum opus oeconomicum.

En cuanto a su legado doctrinal y político, Smith tiene, a causa de su matizado liberalismo, críticos entre los economistas más intervencionistas y también entre las huestes liberales, en particular en la Escuela Austriaca de Economía —pero no toda ella: Hayek lo alaba—.

Por fin, cabe detectar un legado smithiano en la política y la opinión pública. Se extiende el aprecio por el comercio y el mercado, y cunde una reacción política y popular en contra de las intromisiones de las autoridades y su onerosa fiscalidad.

[Carlos Rodríguez Braun (Buenos Aires, 1948) es catedrático jubilado de Historia del Pensamiento Económico y miembro del Real Colegio Libre de Eméritos. Es traductor de La riqueza de las naciones y de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith.]

II

Adam Smith, el afán moral del ‘padre del capitalismo’, por Rafa de Miguel, en El País, 1 mar 2026:

El pensador escocés fue sobre todo un filósofo preocupado por la empatía. Estudió la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos

Edimburgo es una ciudad que rebosa felicidad y cultura. Un incesante río de turistas, que en verano llegan a ser cientos de miles, recorre cada día la empinada Royal Mile, la principal arteria de la ciudad vieja, que conduce al castillo. La imponente estatua en bronce de Adam Smith, a los pies de la catedral de St. Giles, los observa. El ilustre pensador escocés podría ver, a corta distancia, a su contemporáneo David Hume, también inmortalizado en esas calles.

Smith, autor de La riqueza de las naciones y de la Teoría de los sentimientos morales (en su día mucho más aclamada y leída; hoy objeto de historiadores), formó parte de la llamada “Ilustración escocesa”, un breve periodo en la historia, entre 1745 y 1789, en el que se reemplazaron el valor, la lealtad, la religión y la violencia de las dagas por el progreso, la ley, el comercio internacional y el cultivo de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. La “Atenas de Gran Bretaña”, fue llamada Edimburgo.

Una ciudad “cuyo clasicismo fue elevado de su frialdad por un gótico que la rescató de lo grotesco”, escribió el historiador James Buchan. Su obra, Capital of the Mind: How Edinburgh Changed the World (Capital de la mente: cómo Edimburgo cambió el mundo), dedica amplias páginas a la figura de Smith, tan reivindicada como malinterpretada por unos y por otros.

Cuando Smith regresó a Edimburgo para pasar allí sus últimos años, escribió al rector de la Universidad de Glasgow para confirmar con nostalgia que sus 13 años en esa institución como profesor de Filosofía Moral “habían sido los más honorables y felices de toda su vida”.

El pensador escocés recibe desde hace tiempos los títulos de “padre del capitalismo”, “padre del pensamiento económico moderno” o “padre del libre mercado”. A su nombre irá asociada ya para siempre la metáfora de la mano invisible (y que solo utiliza en una ocasión en La riqueza de las naciones) y esa idea reducida a la expresión mínima que viene a decir que la búsqueda egoísta del interés particular actúa en beneficio de la prosperidad general.

Y sin embargo, el núcleo central del pensamiento moral de Smith es la simpatía o la empatía: la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos. O su brillante aportación de la figura del “espectador imparcial”, un juez imaginario y objetivo de naturaleza mental. En definitiva, nuestra conciencia. Lo que nos permite evaluar nuestras propias acciones para comprobar en qué medida resultan aceptables para los demás.

Smith fue sobre todo un filósofo, preocupado por la moral. Si su mano invisible ha sido interpretada como un mecanismo automático e involuntario cuyo resultado es imponer la armonía en los mercados, el propio filósofo insistió hasta el final en vincular ese bienestar económico con el cumplimiento consciente de normas sociales y morales anteriores. De hecho, uno de sus últimos añadidos a su obra, que nunca dejó de completar, fue la llamada “corrupción de los sentimientos morales”, el resultado no deseado de una admiración excesiva hacia los ricos y un desprecio injusto hacia los pobres.