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lunes, 19 de enero de 2026

La desamericanización del mundo según Pankaj Mishra

 Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo, por Pankaj MishraEl País,18 ene 2026

La civilización universal que ofrecía Estados Unidos solo era un espejismo. Su desaparición es posiblemente más esclarecedora y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Casi un año después de la llegada de Donald Trump al poder, da la impresión de que lo que define el carácter actual de EE UU no es la democracia, ni la libertad, sino el supremacismo blanco violento

En 1990, mientras el comunismo soviético se derrumbaba y parecía que estábamos ante el fin de la historia, el escritor V. S. Naipaul alabó la americanización del mundo. En una conferencia pronunciada en el Manhattan Institute, una institución neoyorquina de derechas, afirmó que la idea estadounidense de la búsqueda de la felicidad había puesto fin al largo debate ideológico sobre qué vida y qué sociedad eran mejores y estaba creando una civilización universal.

El americanismo que expresaba Naipaul en 1990, tan lleno de seguridad en sí mismo, nacía de una realidad innegable: con la caída del comunismo, quienes habían intentado construir sociedades socialistas o socialdemócratas habían sufrido una pérdida decisiva de legitimidad y credibilidad. Estaba asentándose la idea de que la historia misma había desembocado en la democracia y el capitalismo de estilo estado­unidense. En 1999, el columnista de The New York Times Thomas Friedman podía anunciar sin reparos: “Quiero que todo el mundo sea estadounidense”.

Sin embargo, en 2026 es difícil evitar la sospecha de que la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal. Era un espejismo muy seductor y su desaparición constituye un momento de enorme gravedad, posiblemente más esclarecedor y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Además, el mundo, que ha pagado un precio demasiado alto por la búsqueda de la felicidad de una pequeña minoría estado­unidense, debe someterse a una rápida desamericanización, intelectual, espiritual y geopolítica.

Mientras Trump estrangula a Venezuela y amenaza a Groenlandia, da la impresión de que lo que define el carácter actual y el destino de Estados Unidos no es la democracia, sino el supremacismo blanco violento. Esta realidad supone una reivindicación de los historiadores que han trabajado para crear un gran archivo de estudios sobre las prácticas estadounidenses de esclavitud, genocidio e imperialismo racista. Pero también necesitamos comprender la novedad histórica que supuso esa civilización universal, su atractivo y su extraordinaria hegemonía como sistema de creencias durante cuatro décadas, capaz de formar ideas, preferencias, aspiraciones y propósitos en todo el mundo. Solo entonces podremos empezar a esbozar el mundo desamericanizado que está por venir.

El premio Nobel de Literatura polaco Czeslaw Miłosz escribió: “Los estadounidenses aceptaban su sociedad como si fuera un producto del propio orden natural; estaban tan convencidos de ello que tendían a compadecerse del resto de la humanidad por haberse desviado de la norma”. Pero la gran anomalía en la historia de la humanidad ha sido precisamente Estados Unidos. Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.

Estados Unidos inició su ascenso a principios del siglo XX con una extraordinaria variedad de productos de consumo —los automóviles Ford, el cine de Hollywood, las máquinas de coser Singer, las maquinillas de afeitar Gillette—, por lo que no solo se convirtió en imperio, sino también en un emporio comercial, y encabezó una revolución dentro del consumo de masas mediante la creación de unas necesidades materiales, sociales y psicológicas antes desconocidas.

La expansión estadounidense fue acompañada de unos valores de igualitarismo sin precedentes. Este espíritu democrático peculiar se basaba, más que en un amplio compromiso de justicia social, en la socialización del consumo y la equiparación de las costumbres, lo que Sinclair Lewis calificó sagazmente en Babbitt como “el aspecto mental y espiritual de la supremacía estadounidense”. Ese espíritu eliminaba las distinciones de gusto basadas en la clase social y hacía que las desigualdades económicas y sociales parecieran menos ofensivas que en otras sociedades. Al presentar la libertad como libertad de elección, el mercado pasó a ser la verdadera esfera de los ciudadanos.

El imperio estadounidense, que hacía que toda resistencia en su contra pareciera antidemocrática, enfermizamente radical o reaccionaria, creció durante las guerras mundiales que devastaron Europa y gran parte de Asia. A partir de 1945, fue acogido con gratitud por los líderes de Europa occidental, que pensaban que era fundamental intensificar la presencia del aliado norteamericano en el continente para garantizar su propia supervivencia.

Pero el “poder blando” de Estados Unidos en la Europa de la posguerra no se limitó al soborno de políticos europeos, los incentivos económicos que ofrecía la CIA a intelectuales anticomunistas y la sutil propaganda de la Voz de América y el International Herald Tribune. Ya en 1930, Cesare Pavese, uno de los escritores italianos que se sentían asfixiados por el fascismo, decía que la ficción estadounidense ofrecía “el testimonio de una vida vivida con mucho —quizás demasiado— entusiasmo”. Años más tarde, en esa misma década, un joven Italo Calvino “sentía”, al pasar por un cine que proyectaba películas estadounidenses en su pequeña ciudad italiana, “la llamada de ese otro mundo que era el mundo”.

A partir de 1945, Estados Unidos reforzó la difusión de una cultura popular capaz de seducir con su alegría y su optimismo a un mundo lleno de dificultades, sobre todo a las generaciones jóvenes. El nuevo espíritu estadounidense depositaba la responsabilidad del desarrollo personal en el aumento de los ingresos y el consumo; vinculaba la autoestima de cada persona a la envidia y la comparación con los bienes materiales de los demás. Como consecuencia, Estados Unidos generó una gran transformación mundial de la propia imagen individual y colectiva; los irresistibles cultos del Nuevo Mundo al hedonismo, la abundancia y la inmediatez pusieron en tela de juicio y, muchas veces, derribaron los modelos tradicionales de realización personal y trascendencia.

En muchas sociedades no occidentales, el modelo de adaptación individual a la sociedad moderna había subrayado un proceso lento y frugal de aprendizaje, disciplina y una ética de responsabilidad social, pero este modelo quedó obsoleto cuando se impuso la idea estadounidense de que había que consumir en privado el yo y el mundo mediante la satisfacción continua de las ansias libidinosas de riqueza y poder.

A pesar de la desindustrialización de la economía estadounidense, esta siguió produciendo novedades constantes: Google, el MacBook, eBay, Wikipedia y Amazon, entre otras. Las tecnologías digitales norteamericanas fueron las primeras en ofrecer una rápida gratificación de dopamina a personas aisladas que vivían en unas sociedades cada vez más atomizadas. Las redes sociales, al mismo tiempo que prometían la libre expresión y el empoderamiento político, contribuyeron a universalizar un peculiar modo de individualismo basado en el consumo.

Hoy, sin embargo, los gigantes de Silicon Valley como Meta y X respaldan a Trump, el principal beneficiario de una corrupción política, mental y espiritual generalizada a través de las redes sociales; y da la impresión de que los modelos estadounidenses de individualismo han sido una forma de engaño. Durante todo este tiempo, mientras prometían a los seres humanos un poder y una identidad extraordinarios, estaban convirtiéndolos en meros nodos que vomitan datos en las redes digitales: unas automatizaciones que allanan el camino para la IA.

En muchos otros aspectos, nuestro mundo fracturado actual, desde el Caribe hasta Palestina, es consecuencia de una americanización cultural y espiritual temeraria. Hace tiempo que los mercaderes, movidos fundamentalmente por la búsqueda del dinero y el poder, dominan la vida pública de Estados Unidos y las sociedades americanizadas. El hecho de que sus deseos estuvieran totalmente carentes de cualquier valor positivo, como el bien común, o incluso de una mínima preocupación por las consecuencias y la responsabilidad, ha fomentado una tendencia al comportamiento extremista y, en última instancia, al militarismo endémico y al belicismo.

Es posible que Donald Trump y su banda de multimillonarios tecnológicos, criptobros, magnates del petróleo y banqueros en la sombra sean la encarnación inequívoca del Homo americanus, definido por Octavio Paz como un “gigante fanático” que “no padece de soberbia”, sino que “es sencillamente un sin ley”. Pero la interminable “guerra contra el terrorismo” de Estados Unidos, que causó la muerte y el desplazamiento de millones de personas en el sur de Asia, Oriente Próximo y el norte de África y que no acarreó ningún castigo para sus defensores políticos y periodísticos, ya había puesto de relieve que la clase dirigente estadounidense recurría cada vez más a la fuerza bruta para mantener su hegemonía mundial. La prueba más llamativa de una dinámica global incontrolable de nihilismo es que, en Estados Unidos, los políticos, tanto demócratas como republicanos, y los periodistas, tanto progresistas como de derechas, siguen siendo aliados de un régimen explícitamente genocida en Israel.

Hoy puede resultar extraño que una sociedad de inmigrantes, tan profundamente definida (y limitada) por las necesidades sociales y psicológicas de los exiliados y los desarraigados, se considerara a sí misma un modelo —la ciudad sobre la colina— que el resto de la humanidad debía emular. Pero más extraordinario todavía es que gran parte de la población mundial aceptara sin más esa declaración.

Durante décadas, el sueño de la emancipación a través de la modernidad estadounidense capturó la imaginación política y moral de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo. Estados Unidos se convirtió en una segunda patria para asiáticos y africanos, igual que París o Londres habían sido en otro tiempo las ciudades de adopción de muchos europeos y latinoamericanos.

Ahora hay millones de personas de todo el planeta en estado de shock al ver a Trump encabezando un movimiento de extrema derecha que se opone ferozmente en todo el mundo libre a la inmigración y desprecia toda posibilidad de humanidad común, justicia social o igualdad de derechos. No es exagerado decir que el descontento que está aflorando en todo el mundo respecto a Estados Unidos es seguramente un fenómeno más amplio y traumático que la desilusión de los románticos europeos del siglo XIX con la Francia revolucionaria o la pérdida de fe de mediados del siglo XX en el dios (comunista) que había fracasado.

Llevar a cabo una desamericanización del mundo rápida y profunda se ha convertido en un imperativo moral y existencial. Millones de personas seducidas por las tecnologías digitales estadounidenses porque les prometían la emancipación personal han sufrido la manipulación de la mente y el espíritu por la avalancha de desinformación. Incluso los criterios básicos a los que han recurrido los seres humanos durante siglos —el bien y el mal, la verdad y la falsedad— están desapareciendo. En todas partes, las personas se ven reducidas a juguetes de una clase dominante experta en trastocar los valores y convertir el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma.

Para escapar de nuestro aterrador abismo moral, debemos recuperar valores deliberadamente suprimidos en una sociedad de individuos competitivos construida sobre el modelo estadounidense, valores como la solidaridad, la compasión y el bien común. Es de suponer que este intento no va a contar con la ayuda de los beneficiarios del siglo americano, las clases políticas y mediáticas de Europa occidental, que son incapaces de romper su larga y lucrativa historia de amor con Estados Unidos. Las élites no están preparadas para diagnosticar el mal que ha provocado desde hace tiempo un espíritu social de codicia, miedo y rivalidad en sus propias sociedades. Tampoco pueden empezar a comprender la experiencia generalizada de indefensión intelectual y espiritual que vivimos hoy.

Por suerte, la necesaria desamericanización del mundo no dependerá de ellos. En las últimas décadas, las revoluciones democráticas y del conocimiento en Asia, Latinoamérica y África han dado a luz una sociedad civil de movimientos transnacionales. Las redes no estatales y muchos grupos de interés por encima de las fronteras han reunido a activistas preocupados por los derechos humanos, la pobreza, la justicia ecológica, la vivienda social y la igualdad de género, ya sea en la India o en el Amazonas.

Justo cuando empezaba a ser evidente que el sueño americano no era más que un sueño, dos papas sucesivos con experiencia en América Latina asumieron el liderazgo moral del mundo con sus encíclicas sobre el cambio climático, la pobreza y la desigualdad. La religión tradicional se ha tergiversado y convertido en una farsa en manos de sus beatos representantes estadounidenses, como J. D. Vance, o de un clero español que abraza a la extrema derecha. Aun así, para construir un orden social genuinamente igualitario, sostenible y justo y luchar contra problemas como el cambio climático y la inteligencia artificial, hace falta la sabiduría filosófica acumulada durante el largo pasado de la humanidad.

Por supuesto, son necesarias nuevas instituciones mundiales de coordinación económica y política. Pero la desamericanización requiere asimismo que cada persona cambie por completo su forma de percibir el significado y el marco general de su propia vida, su manera de actuar en la relación interdependiente con los demás y con el mundo natural. Ya tenemos claro que el mundo no puede sobrevivir a la fe nihilista de Estados Unidos en el individuo aislado de la sociedad, que consume el mundo de forma privada. Este es el verdadero significado del repentino y sorprendente fin del fin de la historia.

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 1969) es novelista y ensayista. Es autor de libros como La edad de la ira (2017), Fanáticos insulsos (2020) y El mundo después de Gaza. Una breve historia (2025), todos en Galaxia Gutenberg.

jueves, 1 de enero de 2026

La llamada posreligión

 La idea del cristianismo como única verdad quedó obsoleta: bienvenidos a la posreligión, en El País, por Mar Padilla, 27 DIC 2025:

Un nuevo paisaje espiritual con formas híbridas se dibuja. Muchos agnósticos ya abrazan la meditación zen, la tecnología o trabajan la conexión de cuerpo, mente y espíritu

Estos días andamos sumergidos en el acuerdo tácito de comer y beber como si no hubiera mañana, en la maravillosa calidez de la compañía de familia y amigos, recordando a los que ya no están y mirándonos a los ojos al brindar por el río del tiempo y la rueda de la vuelta a empezar.

Algunos irán a misa, muchos a comprar regalos y casi todos, ni que sea por un instante, pensarán en ese no-sé-qué entre el más acá y el más allá. Aquella Verdad del antiguo Dios Todopoderoso hace mucho que dejó de ser única, pero en este siglo XXI, tan tecnológico y pos-posmoderno, las creencias persisten. El primer Barómetro sobre Religión y Creencias de la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de Presidencia, señala que el 49% de personas en España declara tener creencias religiosas —mayoritariamente católica—, mientras un 51% no las tiene. De este grupo, uno de cada tres cree en algún tipo de espiritualidad. “La sociedad española se está postsecularizando” —explica al teléfono la doctora en Derecho Eclesíastico, polítóloga y socióloga Eugenia Relaño, una de las autoras del barómetro—, “está viviendo un proceso de cambio sociorreligioso muy acelerado. Y a la vez están surgiendo formas híbridas de espiritualidad”.

Los datos atestiguan que hay nuevas formas de relacionarse con la cuestión de creer, al margen (al menos en parte) de las instituciones religiosas tradicionales. Es un nuevo paisaje religioso-cultural que algunos catalogan con el nombre de posreligión. La misma Rosalía, en su promoción de su disco Lux, habla de este concepto, refiriéndose a una espiritualidad fuera de dogma, más terrenal y libre. En una entrevista con Billboard afirmó que le interesa mucho “el concepto de posreligión, esa apertura en la que uno pueda resonar con ideas del cristianismo” y del resto de las grandes religiones. No en vano, una de las inspiraciones de Lux es Simone Weil, quien en Carta a un religioso escribió: “La fe no es adhesión a un credo, sino un acto de atención total hacia la realidad”.

En este camino en busca de sentido (parafraseando el clásico de Viktor Frankl El hombre en busca de sentido), Relaño destaca que, más allá del binomio del creer / no creer, el paisaje religioso está viviendo una transformación rica y compleja, en la que muchos católicos no se consideran personas espirituales, sino que viven la religión como un hecho cultural y social, “como un marcador de pertenencia”, dice.

Relaño señala también que muchos agnósticos están adquiriendo creencias espirituales heterodoxas: la meditación zen, las terapias holísticas —que buscan la conexión de cuerpo, mente y espíritu—, el transhumanismo digital —la creencia de que con ayuda de la tecnología nuestras vidas serán mucho más duraderas—, el sufismo —una rama mística del islam—, o el neopaganismo —que recuperan rituales de adoración a diversos dioses, como el culto a los dioses olímpicos que se está volviendo a practicar en Grecia—. Es un nuevo paisaje inédito donde “cada uno se monta su propia semántica sobre lo que considera sagrado y lo que no”, y en el que los jóvenes viven sus creencias con naturalidad y libertad.

Para la socióloga francesa Corinne Valasik, autora junto el teólogo Xavier Gué del libro Religions en postmodernité. Vers une postreligion? (religiones en la posmodernidad. ¿Hacia una posreligión?, sin traducir al español), estamos ante una amalgama de acciones y devociones a imagen y semejanza del mundo actual: fragmentado, multicultural, neoliberal, identitario, globalizado y localizado, definido por internet y también por la crisis ecológica. De ahí la idea del término de posreligión. “No se trata de decir que la religión ya no forma parte de la sociedad, sino que adopta formas diferentes”, argumenta por correo electrónico Valasik.

Su tesis es que el concepto moderno de religión, que surgió en la Ilustración y estableció el cristianismo como “la única y verdadera”, se ha quedado obsoleto, y que el nuevo concepto da cabida a otros modos de creer, a dimensiones que a veces se dejan de lado como la relación con los antepasados, los espíritus o las nuevas formas de reencantamiento del mundo.

Hay otro factor que influye en estos cambios: en la actualidad, las personas con movilidad geográfica, que se cuentan por millones, mantienen vínculos muy fuertes con su país de origen gracias a las nuevas tecnologías, a través de las redes, lo que está dando lugar “al desarrollo de identidades transnacionales que están remodelando profundamente las religiones”, según Valasik.

En este nuevo mapa de creencias, la tierra —en el sentido local, y también en el planetario— parece recobrar su peso perdido. Según Paolo Pecere, autor de El sentido de la naturaleza (Anagrama), la nueva espiritualidad responde a un malestar muy extendido en la sociedad actual, donde la vida al aire libre y la proximidad a otros seres vivos están muy limitadas en comparación con el pasado.

Ante ello, muchos están regresando a lo rural, al contacto con el campo, buscando el cuidado y el bienestar psicofísico. Según Pecere, “necesitamos una implicación sensorial y emocional, que puede suscitarse de diversas formas, como el contacto directo con el medio ambiente, con otros animales, la unión emocional con el paisaje, e incluso formas de religión o espiritualidad”.

Otros pensadores también apuntan a la idea de que la espiritualidad está resurgiendo, abriéndose a otras posibilidades. “El ser humano es religioso por naturaleza, es decir, no se conforma con la dimensión inmanente o terrenal, sino que necesita la trascendente o espiritual. Necesita re-ligarse [religión viene del latín religare, que significa “volver a unir”] a algo más grande que él mismo”, explica por email el escritor y sacerdote Pablo d’Ors, autor de Biografía del silencio, Los contemplativos o Devoción.

Algo parecido opina el ensayista Juan Arnau, para quien nuestra cultura magnifica el ego hasta cotas estratosféricas, otorgando además a las abstracciones físicomatemáticas categoría de realidad. “Desde la revolución científica y la Ilustración se ha estado manejando un materialismo ramplón, fisicalista y mecánico”, escribe en su libro La meditación soleada.

En este nuevo paisaje de creencias, algunos se aprovechan de las necesidades humanas de conexión y pertenencia para hacer manipular o negocio. En el libro Conspirituality (Conspiritualidad, que publicará Capitán Swing), los ensayistas Derek Beres y Julian Walker advierten contra el auge de los influencers que mezclan espiritualidad y bienestar new age con discursos paranoicos, destapando estafas y dinámicas sectarias que proliferan en Internet, engañando a los que buscan alivio en tiempos inciertos.

Las noticias explican que el número de personas que se describen como “paganas” —que creen en brujas, chamanes y druidas— se acerca a los 75.000 en el Reino Unido; hay encuentros evangélicos a favor del Armagedón en Estados Unidos, y en Argentina se organizan conferencias a precio de oro sobre la eterna juventud. A la hora de vivir en este misterioso mundo hay que ir con cuidado y no dejarse trolear. Y, si se puede, ir siempre bien acompañados. En La meditación soleada, Arnau escribe: “Lo único cierto no es la muerte. Lo único cierto es que ahora estamos vivos”. Brindemos por ello.

Tres preguntas que hacerse antes de una decisión que nos atasca

 Tres preguntas que ayudan a tomar una decisión si estamos paralizados, en El País, por Patricia Fernández Martín, 1 ENE 2026:

La paradoja de la elección: tener más opciones no nos hace más libres sino más insatisfechos. Tener claros nuestros valores y prioridades ayuda a evitar el inmovilismo y la ansiedad ante las alternativas infinitas

En una época en la que parece que podemos elegirlo todo, nunca nos habíamos sentido tan inseguros como ahora. La promesa de libertad ilimitada se ha transformado en una fuente constante de ansiedad. Tener más opciones no siempre significa más bienestar, a veces implica tener más dudas, más culpa y más vacío. Este fenómeno se ha llamado parálisis por elección y ocurre cuando el exceso de posibilidades nos impide decidir. El cerebro se bloquea, dudamos, comparamos, postergamos… Al final, elegimos con la sensación de haber fracasado en algo. Esa indecisión cotidiana es el reflejo de un malestar contemporáneo: la dificultad de tolerar la renuncia que implica cualquier decisión.

El psicólogo Barry Schwartz ha definido este conflicto como la paradoja de la elección: más opciones no nos hacen más libres, sino más insatisfechos. En una cultura que premia la perfección, el error se vive como un fracaso personal y activa el sistema de amenaza del cerebro. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, demostró que nuestra mente no está preparada para procesar tanta información ni para sostener tanta ambigüedad. Dudamos porque nos invade el miedo a elegir mal. Aparecen el FOMO (miedo a perder algo) y el FOBO (miedo a elegir mal). Ambos bloquean el movimiento. El resultado es un tipo de ansiedad que muchas personas describen como agotamiento mental, procrastinación o insatisfacción amplificada por las redes sociales. Nos asomamos a vidas ideales y aparentemente perfectas. Elegimos desde la comparación y no desde el deseo genuino. Así, la identidad se vuelve un proyecto en permanente revisión. Y cuanto más nos comparamos, más nos alejamos de lo que somos. El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, señala que la sobreabundancia de estímulos destruye el deseo. Demasiadas posibilidades saturan el sistema dopaminérgico. Mientras dudamos, cabe preguntarse quién gana en este sistema. Las plataformas digitales se benefician de nuestra atención dividida: cuanto más tiempo pasamos comparando o postergando, más rentables somos. El capitalismo emocional se alimenta de nuestra inseguridad y de la promesa de una opción mejor. Una sociedad indecisa, saturada y cansada es también más manipulable.

Las investigaciones en neurociencia muestran que más del 90% de nuestras decisiones se toman de forma automática, guiadas por emociones y experiencias previas. De hecho, como señala Gerald Zaltman, profesor de Harvard, “el 95% de nuestras decisiones se toman subconscientemente”, lo que refuerza la idea de que decidimos mucho más desde la emoción que desde el análisis racional. Por lo tanto, la indecisión no siempre tiene que ver con la falta de información o con que necesitemos más opciones, sino con la dificultad de una verdadera conexión emocional. Dudar de manera prolongada, en muchos casos, también es un mecanismo de defensa. Nos protege del malestar que imaginamos tras un posible error: la culpa, la decepción o la mirada ajena. Por ejemplo, una persona que rechaza un nuevo trabajo “porque no está segura” quizá no esté dudando del empleo ni necesite más información, sino que su conflicto viene de su incapacidad para tolerar el cambio o decepcionar a su entorno.

La psicología señala varios antídotos ante el vértigo de la elección: conexión con los valores y el sentido, pausa y reconceptualizar lo que significa la libertad. La terapia de aceptación y compromiso (ACT, por sus siglas en inglés), por ejemplo, propone un cambio de enfoque: elegir desde los valores, que no son metas concretas como tener éxito o ser feliz, sino direcciones vitales. Por ejemplo, si uno de mis valores es cuidar, puedo expresar ese valor siendo médico o maestro: lo esencial no es el rol, sino la coherencia con uno mismo. Esto está relacionado con el propósito como brújula interior que orienta las decisiones: para qué hago las cosas. La construcción de este sentido implica revisar vínculos y prioridades. Es importante parar para escuchar emociones y detener la voz autocrítica.

Existen algunas preguntas que pueden ayudar antes de decidir:

—¿Qué haría si no tuviera miedo a equivocarme?

—¿Esta decisión me da paz o ansiedad?

—¿De quién es el deseo que me mueve?

La parálisis por elección no es un defecto personal, sino un síntoma de una sociedad saturada de estímulos. Mucha de la insatisfacción del individuo actual emerge de ello y de nuestro entorno. Aprender a elegir no consiste solo en tener más opciones o analizarlas de forma obsesiva y neurótica, sino en conectar con lo esencial. Para ello es importante aceptar la pérdida que implica cada elección, sostener la duda sin huir de ella y decidir desde la coherencia interna más que desde el miedo. Quizás elegir hoy en día consista en eso: detenerse, aprender a escucharse y avanzar con sentido. No se trata de acertar, sino de vivir en paz con lo que se elija.

Patricia Fernández Martín es psicóloga clínica

jueves, 11 de diciembre de 2025

Las filólogas hablan sobre la cuestión del género, por Álex Grijelmo

 ‘Som dones i diem prou’. 70 mujeres, casi todas profesionales de la lengua y feministas, escriben críticamente sobre el lenguaje inclusivo, en El País, por Álex Grijelmo, 19 SEPT 2022:

El debate sobre el sexismo en el lenguaje ha venido impulsado sobre todo por sociólogas, dirigentes políticas, juristas, filósofas, periodistas, profesoras… Y en él rara vez se ha prestado atención a lo que piensan las filólogas. Para cubrir ese vacío se publicó hace unos meses el libro Som dones, som lingüistes, som moltes i diem prou (“Somos mujeres, somos lingüistas, somos muchas y decimos basta”). Con la coordinación de Carme Junyent, barcelonesa de 67 años, feminista, profesora de Lingüística en la Universidad de Barcelona, en él escriben 70 mujeres, casi todas ellas muy relevantes profesionales de la lengua (principalmente en la docencia). La obra sólo está disponible en catalán y la ha editado Eumo, pero sus textos son aplicables al castellano. La mayoría de las autoras se declaran feministas; y en los demás casos se deduce de lo que explican. Aun a riesgo de descontextualización y de algún fallo al traducir, creo que vale la pena extraer de sus textos unas cuantas afirmaciones:

“Se puede ser feminista y utilizar el masculino genérico”. “Lo que debe cambiar son las ideas interiorizadas, no la lengua”.

“El lenguaje inclusivo es inviable en la literatura. Si lo usamos en un texto narrativo, la ideología pasa por delante del relato, y la novela se convierte en un panfleto”.

“El lenguaje políticamente correcto es muchas veces gramaticalmente incorrecto”. “El debate sobre el sexismo en la lengua ha obviado el rigor científico”.

“Algunas inconsistencias lingüísticas muestran que las instituciones ignoran el funcionamiento de la gramática”.

“Si yo he salido más o menos viva de este debate es porque soy una mujer”.

“¿Quién es la Generalitat de Cataluña para hacer propuestas de cómo debemos hablar o escribir?”.

“El cambio en el léxico es radicalmente diferente del cambio gramatical”.

“No conozco otro país donde, con el pretexto de visibilizar a las mujeres, se haya reprimido tanto un colectivo” (el de los trabajadores en servicios lingüísticos de organismos públicos catalanes).

“Los correctores que trabajan en la Administración deben someterse a unos políticos que, salvo excepciones, ni saben de lengua ni la respetan”.

“Desdoblar ‘hombres y mujeres’, ‘niños y niñas’ pero no ‘los empresarios’, ‘los banqueros’, ‘los inspectores de Hacienda’ indica que no hablamos de un fenómeno estrictamente gramatical”. “Si desdoblamos unos términos pero no otros, “¿no podemos estar enviando a los niños un mensaje envenenado?”. “Alternar desdoblamientos y no desdoblamientos (caso muy frecuente) puede provocar problemas de interpretación”.

“No es lo mismo ir a cenar con los vecinos que ir a cenar con el vecindario”.

“En algunas lenguas el género no marcado es el femenino, y no hay nada que muestre que las mujeres resulten socialmente más visibles”.

“Me molesta que se cuestione si soy lo suficientemente feminista porque uso el masculino genérico”.

“La lengua no es machista. (...). Hemos desprestigiado a los profesionales de la lengua, que se encuentran luchando solos contra una fe”.

“La lengua es un castillo de naipes. Y cuando se tira de una carta existe el peligro de que se derrumbe”. “Los desdoblamientos hacen ver que hay dos colectivos separados”.

“El desdoblamiento de género es un parche mal puesto”.

“Combatamos el machismo y la represión de las mujeres, pero dejando las lenguas en paz”.

Señoros de izquierdas, por Luz Sánchez-Mellado

 ‘Señoros’ de izquierdas, en El País, por Luz Sánchez-Mellado, 11 DIC 2025:

Nuestro hombre se camufla cual pulpo por arrecife hasta ganarse la obediencia de sus presas antes de entrarles a saco

El señoro de izquierdas es una subespecie pelín más evolucionada que el señoro a secas. El eslabón perdido entre el Homo erectus y el Babosus concienciatus. Merecería un capítulo, digo paper, propio en la revista Macho’s Nature, que procedo a patentar, no sea que se me adelante algún criptobro y la monetice. Nuestro hombre, Paco Jones en adelante por no levantar ampollas, puede ser octogenario, boomer, milenial o zeta. Aunque el grueso de los ejemplares españoles anda entre los 40 y los 60 años, como ciertos amigos del presidente del Gobierno, su seña de identidad no es su edad ni su fenotipo ni su hábitat, que puede ser desde un partido a un periódico, sino su capacidad de adaptación al medio.

A diferencia del señoro de derechas, que se gusta horrores y no tiene remilgos en pregonar su misoginia en cuanto coge confianza, nuestro espécimen es más taimado. Se camufla cual pulpo por arrecife adoptando los tips de feminismo que ha aprendido en el cursillo de diversidad del curro con el fin de trepar en la cadena trófica, mimetizarse con el entorno, protegerse de las chivatas depredadoras y acechar a sus presas hasta ganarse su obediencia y, entonces, entrarles a saco. Así, desdobla primorosamente el género entre señoras y señores, compañeras y compañeros, y amigas y amigos, y los más lanzados pueden hasta hablar en femenino y clamar que están hasta el coño de tanto machirulo, tía.

Da igual que sea hetero, homo o no binario; tampoco es la orientación ni la identidad sexual lo que lo define, sino el hecho de ver a las mujeres como iguales en teoría, pero creer a unos más iguales que otras en la práctica, y considerar, en el fondo de sus testículos, que las feministas son una panda de insatisfechas a las que les das la mano y se cogen el brazo. Simpático y rumboso como él solo, cuando por fin alguien se atreve a denunciarlo, ya se ha hecho con una camarilla de señores, y señoras, que le disculpan porque ya sabes cómo es Paco cuando se le calienta la bragueta, pero luego no es nadie y es buena gente: un señoro, sí, pero nuestro señoro. Nada nuevo bajo el agujero de la capa de ozono. La mala noticia es que aún pasa. La buena, que ya no cuela. A ver si, al final, van a ser los Pacojones y no las feministas de los ídem los que callen al perro.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Cualquiera tiempo con Franco fue peor.

 Aniversario del 20N. Por qué con Franco no se vivía mejor: cuando el Régimen creía que el papel de la mujer era “encontrar a quién someterse” en El País, por Natalia Junquera, Madrid - 16 NOV 2025:

 Pese al revisionismo histórico y el discurso de la extrema derecha, el desmontaje de la legislación de la dictadura ha llevado a España a la época de mayor libertad y progreso.

“Si quieres identificar una dictadura, es muy sencillo: Todo lo que no es obligatorio está prohibido”. La frase del periodista Iñaki Gabilondo ilustra con lucidez casi cuatro décadas de franquismo, pero la desmemoria, el desconocimiento y el revisionismo histórico que practica y difunde la extrema derecha han provocado que esa distinción no parezca tan evidente para más de un 21% de la población que considera, según una encuesta reciente del CIS, que esos años fueron “buenos” o “muy buenos” para el país. La idea de que con Franco vivíamos mejor se ha expresado en el Parlamento —“Este es el peor Gobierno en 80 años”, declaró el líder de Vox, Santiago Abascal—, y también fue en la sede de la soberanía nacional donde un diputado —Manuel Mariscal, del mismo partido— se jactó de que “gracias a las redes sociales”, los jóvenes están “descubriendo que la etapa posterior a la Guerra Civil no fue una etapa oscura, sino de reconstrucción, progreso y reconciliación”.

La historiadora Carmina Gustrán, comisionada del Gobierno para la celebración de los 50 años de España en Libertad, el programa estatal relacionado con el aniversario de la muerte de Franco, explica que “todos los actos diseñados [más de un centenar] buscan ampliar el conocimiento sobre la dictadura, su miseria económica y moral” y, al tiempo, festejar la “gran transformación” desde la reconquista de la democracia. “Hemos pasado de ser un país que reprimía, encarcelaba y aplicaba terapias de conversión a los homosexuales, a ser un referente mundial en políticas LGTBIQ+. Hemos pasado de la dote para que las mujeres dejaran sus trabajos al casarse, a altas tasas de empleabilidad femenina, con mujeres ocupando cada vez más puestos de responsabilidad en empresas e instituciones. De ser un país de emigrantes, con miles de personas que salían del país cada año, a ser uno de acogida...”.

Estos son algunos de los hitos de esa gran transformación:

“Hágase la ciega, la sorda y la muda”

“Si la mujer es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadosa”, escribía Antonio Vallejo-Nágera, psiquiatra de cabecera del franquismo, “débese a los frenos que obran sobre ella, pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer, entonces despiértase en el sexo femenino el instinto de crueldad”. Amparado en esos estudios que pedían “reformas sociales indispensables para restar adeptos a la causa marxista”, el Régimen se puso manos a la obra en la fabricación de frenos para contener socialmente a las mujeres después de los “excesos” de la República. Como primera medida, “la salud de la raza”, explica el historiador Paul Preston en El holocausto español, “exigía separar a los niños de sus madres rojas” en las cárceles. Las disparatadas teorías eugenésicas de Vallejo-Nágera “se emplearon para justificar el secuestro de niños republicanos” y que no germinara en ellos el peligroso “gen marxista”.

En 1942 se creó el Patronato de Protección a la Mujer para, según el decreto franquista, “apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de la religión católica”. La llamada Liga Española contra la Pública Inmoralidad; la Sección Femenina; el consultorio de Elena Francis... todo estaba orientado a sepultar los derechos y libertades alcanzados en la República y recluir a las mujeres en cocinas y paritorios. Curiosamente, la única con poder en las instituciones del Régimen, Pilar Primo de Rivera, al frente de la Sección Femenina, y hermana de José Antonio, fundador de Falange, decía cosas como estas: “La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular o disimular, no es más que un eterno deseo de encontrar a quién someterse”; “Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles”.

En esa reeducación también jugó un papel determinante un consultorio radiofónico ideado como una especie de policía moral que sirvió, durante décadas, para legitimar el franquismo. El libro Las cartas de Elena Francis (Cátedra) recoge cuantiosos ejemplos. A una madre con cuatro hijos que confiesa la infidelidad de su marido, la locutora le aconseja: “Es mucho mejor que se haga la ciega, la sorda y la muda. Procure hacer lo más grato posible su hogar...”. A otra mujer que le habla de las palizas que recibe en presencia de su hija de 10 años, le recomienda: “Sea valiente, no descuide un solo instante su arreglo personal. Y cuando él llegue a casa, esté dispuesta a complacerlo en cuanto le pida...”.

Y la prueba del algodón, el Código Civil y el Código Penal. Con Franco, España volvió a la legislación de 1889. “Artículo 60: ”El marido es el representante de su mujer"; “Artículo 61: ”Tampoco puede la mujer, sin licencia o poder de su marido, adquirir por título oneroso ni lucrativo, enajenar sus bienes, ni obligarse, sino en los casos y con las limitaciones establecidas por la Ley". Es decir, un sistema de tutela similar al de países como Arabia Saudí o Qatar. Además, en mayo de 1942, el franquismo recuperó el delito de adulterio, pero con diferencias según quien lo cometiera porque, aunque “idéntico en su esencia” era “diverso por la gravedad del daño, mucho mayor en la infidelidad de la esposa”. Así, según el Código Penal, cometía adulterio “la mujer casada que yace con varón que no sea su marido y el que yace con ella sabiendo que está casada, aunque después se declare nulo el matrimonio”. Si el adúltero era el hombre, se hablaba de “amancebamiento”. La mujer era culpable siempre; el hombre, solo si tenía a su amante en la casa conyugal.

En 1958, y gracias a la presión de una abogada falangista, Mercedes Formica, conmocionada por el asesinato a puñaladas de una mujer a manos de su marido, se introdujeron algunas reformas en el Código Civil —los cambios fueron conocidos como “la re-formica”—. Como recuerda el historiador Nicolás Sesma en Ni una, ni grande, ni libre, “se equiparó la consideración jurídica del adulterio y se redujo la unilateralidad en la disposición del patrimonio inmobiliario y el régimen de gananciales. Se mantenía, sin embargo, la necesidad de contar con el permiso del marido para la participación en procedimientos legales, la aceptación de herencias y el ejercicio de la función de albacea”. Ya en 1975, el trabajo incansable de otra jurista, María Telo, favoreció nuevos cambios para que las españolas casadas pudieran abrir cuentas en el banco, trabajar y disponer de su salario sin permiso del marido.

La ley del divorcio se aprobó en 1981. La de igualdad, en 2007 (con la abstención del PP). El 3 de diciembre de 1986 se practicó el primer aborto legal en España —se había despenalizado para algunos supuestos—; en 2010 entró en vigor la ley de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo. En 2022, la modificación del Código Penal que castiga con prisión de tres meses a un año o con trabajos en beneficio de la comunidad a quienes acosen a las mujeres que deciden abortar. Hoy hay más universitarias (56,8%) que universitarios. En el Gobierno de la nación tres son vicepresidentas y ocho, ministras. En los Ejecutivos regionales hay cinco presidentas; en el Congreso, las mujeres son el 44% del hemiciclo. Una bióloga molecular de León, Sara García, astronauta de reserva, investiga sobre nuevos fármacos contra el cáncer. En 2007, una almeriense de 26 años, Rosa María García-Malea, se convirtió en la primera mujer piloto de caza del Ejército...

A la cárcel por homosexual

En 1954, el Régimen franquista incluyó a los homosexuales en la ley de vagos y maleantes, junto a “los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados”. La norma permitía, como “medida de seguridad”, internar a gais en “instituciones especiales, y, en todo caso, con absoluta separación de los demás”. En 1970, cinco años antes de la muerte de Franco, la ley fue sustituida por la de “peligrosidad y rehabilitación social”. La dictadura los consideraba ahora una especie de enfermos a los que había que “curar” y los separaba en “pasivos” o “activos”. Las lesbianas eran enviadas al manicomio. Entre los represaliados del colectivo, Rampova relataba a este periódico a punto de cumplir 50 años: “En la prisión de Barcelona me enviaron a un pabellón de invertidos para menores. Los presos pagaban a los vigilantes para colarse y violarnos. Luego nos pegaban palizas para demostrar que ellos no eran gais. Venían cinco, seis veces al día. A veces hasta ocho. He tenido más violaciones que relaciones consentidas”. Después de la cárcel, llegaba el destierro. De uno a dos años.

El pasado julio se cumplieron 20 años de la entrada en vigor de la ley del matrimonio igualitario. España fue el tercer país del mundo en aprobarlo.

Ya en 1938, durante la Guerra Civil, el BOE publicó la ley de prensa que estableció un sistema de censura previa “frente al libertinaje democrático”. De acuerdo a la norma, correspondía al “jefe del servicio de prensa de cada provincia”, elegido por el ministro, ”ejercer la censura de acuerdo con las orientaciones que se le dicten". El Ministerio podía “castigar gubernativamente todo escrito que tienda, directa o indirectamente, a mermar el prestigio de la Nación o del Régimen, entorpezca la labor de Gobierno en el Nuevo Estado o siembre ideas perniciosas entre los intelectualmente débiles”. Los mecanismos se fueron perfeccionando para que en España nadie leyera, oyese o viese algo que no fuera del gusto de las autoridades franquistas.

En 1966, siendo ministro de información Manuel Fraga, se aprobó una nueva ley de prensa que pretendía ser más aperturista, lo que no impidió cierres de periódicos como el diario Madrid. Dos años después de la muerte de Franco un decreto estableció: “La libertad de expresión y el derecho a la difusión de informaciones por medio de impresos gráficos o sonoros no tendrá más limitaciones que las establecidas en el ordenamiento jurídico con carácter general”.

Recientemente, sin embargo, en Ayuntamientos gobernados por el PP y Vox se han producido episodios de censura, como la cancelación en Briviesca (Burgos) de la obra El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca, que narra, precisamente, la historia de un maestro republicano, Antonio Benaiges, torturado, fusilado y arrojado a una fosa común en 1936.

Una de las charlas del programa España en libertad, titulada Del milagro a la realidad: dictadura, transición y democracia desde la historia económica, desmontó varios mitos alrededor de Franco. “Los países de la Europa Occidental”, explicó Vicente Pinilla, catedrático de historia económica, “tardaron cinco años en recuperar el PIB per cápita previo a la guerra. A España le costó 17″.“En 1975, el gasto público suponía el 11,7% del PIB mientras que la media europea estaba entre el 40% y el 50%”, añadió. Margarita Vilar, doctora en Economía, recordó que en los años sesenta, un trabajador de la misma industria, cualificación y cargo “ganaba tres veces más en Suiza y dos veces más en Alemania” y explicó cómo la ley de bases de seguridad Social, que entró en vigor en enero de 1967 y por la que algunos atribuyen falsamente a Franco la creación del Estado del bienestar, no tenía “nada que ver con las medidas que se aprobaron en democracia para reducir la desigualdad y tratar de cubrir universalmente a la población”. “En aquella ley”, aclaró, “el coste de pago era mucho mayor para el asalariado que para los empresarios”.

Paula Rodríguez, doctora en Economía, se refirió a los engañosos datos de paro durante el franquismo “a costa de expulsar del mercado de trabajo a las mujeres [solo los hombres cuyas esposas no trabajaran fuera de casa podían acceder al llamado subsidio familiar] y por la emigración española”. Después de la primera etapa del exilio, que supuso una mutilación cultural e intelectual (Luis Buñuel, Rafael Alberti, Federica Montseny, Clara Campoamor...), aproximadamente dos millones de españoles abandonaron el país entre 1960 y 1975. La emigración, como recuerda Arturo Lezcano en El país invisible (Libros del KO) fue una especie de Plan Marshall privado [del real España fue excluida por su régimen político]. La dictadura, que en 1941 había llegado a prohibir la emigración por decreto, luego agradeció la generosa aportación de sus remesas.

Sobre la supuesta inteligencia económica de Franco, una anécdota: a principios de los cuarenta fue estafado por un austriaco, Albert Edward Wladimir Fülek Edler von Wittinghausen, que le convenció de que tenía la fórmula para convertir agua, extractos de plantas y otros ingredientes secretos en un combustible superior a la gasolina, la fikelina, como la llamaba cariñosamente el dictador. En su biografía, Paul Preston relata que Franco se apresuró a anunciar que España sería autosuficiente en energía y un país rico exportador de petróleo. Ignacio Martínez de Pisón explica en El estafador que engañó a Franco que la primera ley de protección de la industria nacional durante la dictadura fue precisamente para favorecer el desarrollo de la fikelina, incluyendo la expropiación de unos terrenos a las afueras de Madrid para instalar una fábrica y la construcción de unos tanques subterráneos para almacenar la nueva pócima. Descubierto el engaño, el timador fue encarcelado discretamente y en 1946, deportado a Alemania.

“La dictadura”, resume la historiadora Carmina Gustrán, “fue especialista en tergiversar la realidad. Franco celebró en 1964 sus ’25 años de paz’ cuando lo que se había sufrido en España desde 1939 era fundamentalmente unas políticas de la venganza por las que los franquistas sistemáticamente encarcelaron, asesinaron y robaron a los republicanos y sus familias. Presumió de desarrollo económico sin hablar de los altísimos costes sociales, ni del éxodo rural, ni de las remesas de los emigrantes; ni de la construcción sin planificación en la costa, ni de los barrios de chabolas a las afueras de grandes ciudades sin agua, luz, alcantarillado, escuelas o transporte público”. La historiadora pone un ejemplo más de “los bulos que se repiten de un modo sistemático y con fines políticos”: “Los proyectos de pantanos no son una invención del franquismo. La II República ya tenía un Plan Nacional de Obras Hidráulicas en 1933, promovido por Indalecio Prieto. Franco continuó con el desarrollo de infraestructuras que ya estaban planificadas y para ello utilizó, en muchos casos, mano de obra esclava, de presos mayoritariamente políticos. En la construcción de pantanos, además, se enriquecieron las grandes empresas vinculadas al régimen con prácticas profundamente corruptas y el uso de esa mano de obra esclava”. “El franquismo”, concluye, “fue una máquina de crear infelicidad”.

Hoy, España es un país receptor de emigrantes. Este año ha superado el millón de afiliados latinoamericanos a la Seguridad Social de un total de 21,8 millones de cotizantes. El diario británico Financial Times acaba de describir la economía del país como “la de mayor crecimiento de Europa y una de las más sólidas del mundo desarrollado”.

domingo, 26 de octubre de 2025

Glorias y miserias del periodismo, según Manuel Vicent

I

Otras luces de bohemia, en El País, por Manuel Vicent, 26 OCT 2025:

Están aquí otra vez aquellos periodistas patibularios de antaño que han hecho de la comunicación un negocio sucio.

A principios del siglo pasado, en el mundo del periodismo, junto a grandes nombres que han perdurado en la memoria, Azorín, Julio Camba, Josep Pla, Chaves Nogales, se movían unos seres famélicos, bohemios, confidentes de la policía, alimentados por el fondo de reptiles, que también decían llamarse periodistas. Hubo uno, el famoso Gálvez, quien para despertar compasión se paseaba por las tertulias con un recién nacido muerto metido en una caja de zapatos. Eran unos seres tronados que no pretendían otra cosa, salvo la de seguir vivos. Sus querellas las resolvían personalmente a bastonazos en los cafés. Valle-Inclán reflejó aquel mundo sórdido en la obra Luces de bohemia. No obstante, la dignidad de este oficio siempre estuvo a salvo debido a que el talento y el estilo literario de algunos periodistas de entonces desafiaban al de los mejores escritores del momento, y durante la dictadura, aunque fueran amordazados, hubo muchos que lucharon por abrir alguna grieta de libertad en el muro jugándose el pellejo y hoy es obligado citar sus nombres, sin los cuales no podría entenderse el espíritu de la Transición. El periodismo que durante los primeros años de la democracia fue una fiesta de la inteligencia ha ido derivando hasta caer en un albañal que permite que tenga el mismo valor una opinión inteligente, una noticia contrastada y un análisis certero que el insulto, la calumnia, la provocación y el rebuzno. La verdad y la basura se expanden juntas. La noticia es hoy una mercancía que se vende, se compra, se adultera, se pudre y desaparece tirando de la cadena. Están aquí otra vez aquellos periodistas patibularios de antaño que han hecho de la comunicación un negocio sucio y de la lucha política un espectáculo intestinal. Pese a todo, quedan algunos héroes que luchan todavía por su dignidad. Pero de creer que este, el de periodista, era el mejor oficio del mundo, uno empieza a sentirse humillado de pertenecer a una profesión que está totalmente degradada.

II

Los que no agacharon la cabeza, en El País, por Manuel Vicent, 21 JUN 2025:

El 9 de junio se celebró un acto de homenaje a un grupo de periodistas que durante la dictadura puso de su parte el esfuerzo necesario para recuperar la libertad y la democracia

En la calle Larra, 14, de Madrid, se hallaban las redacciones y rotativas donde antes de la Guerra Civil se editaban varias revistas y periódicos que hoy tienen una resonancia mítica en la historia del periodismo. El edificio original se construyó en 1906 como sede del semanario ilustrado Nuevo Mundo, en el que publicaron Unamuno y Ramiro de Maeztu. En 1917 se alumbró allí el periódico El Sol, fundado por el industrial papelero Urgoiti bajo la inspiración intelectual de José Ortega y Gasset, quien había abandonado el diario de su familia, El Imparcial, para convertir El Sol en el periódico referente y de mayor prestigio de la época. En 1931, apenas unas semanas antes de la proclamación de la República, Ortega publicó en sus páginas el famoso artículo "El error Berenguer", que fue el golpe de gracia que acabó con la monarquía.

El uso del edificio evolucionó a lo largo del tiempo. De esas rotativas salió también la revista La Esfera, se instalaron las cabeceras de La Voz y de la editorial Calpe. Por ese edificio pasaron todos los periodistas famosos del momento, Azorín, Mariano de Cavia, Chaves Nogales, Julio Camba, Araquistáin, Díaz Canedo, Corpus Barga, Juan de la Encina, Bergamín. Durante el franquismo la Falange se incautó del edificio e instaló allí el diario Arriba, su órgano oficial y posteriormente, también el deportivo Marca hasta 1963, en que el edificio fue abandonado. En 1987 lo adquirió la Fundación del Diario Madrid, una institución que pastorea Miguel Ángel Aguilar, un periodista muy singular que no deja por un momento en reposo su imaginación.

Bajo su iniciativa, el pasado 9 de junio se celebró en esos salones históricos de Larra, 14, un acto de homenaje a un grupo de periodistas que durante la dictadura franquista, cada uno a su manera y con distinta influencia e intensidad en la prensa, la radio y la imagen, puso de su parte el esfuerzo necesario para recuperar la libertad y la democracia perdidas después de la guerra. Un comité de expertos seleccionó 20 nombres. Lógicamente, había muchos más, que quedaron fuera de la lista, pero la muestra fue sacada entre los supervivientes y con eso bastaba. La lista la componían José Antonio Martínez Soler, Gorka Landaburu, Iñaki Gabilondo, Nativel Preciado, Soledad Gallego Díaz, Andrés Rábago, El Roto; Román Orozco, Víctor Márquez Reviriego, Manuel Pérez Barriopedro, Juan Luis Cebrián, Joan Tapia, Luis del Olmo, Raúl Cancio, César Lucas, Rosa Montero, Pilar Cernuda, Juan de Dios Mellado, Maruja Torres, Rosa María Mateo y el que esto firma.

Tuve que improvisar unas palabras en nombre de los homenajeados. Como en un ejercicio de autocomplacencia recordé que durante el Imperio Romano, cuando el ejército llegaba a Roma por la vía Apia después de una gran batalla victoriosa, solo desfilaban los soldados que habían agachado la cabeza mientras pasaban las flechas. Los valientes que lucharon en primera fila y dieron el pecho con bravura cayeron en combate y se quedaron sin poder recibir el premio a su valor ante el pueblo pasando bajo todos los arcos del triunfo. Añadí que todos los que estábamos allí puede que no fuéramos héroes, pero no habíamos agachado la cabeza durante la dictadura y unos frontalmente y otros mediante el humor habíamos puesto algo por nuestra parte para recuperar la libertad, salvar el honor del periodismo y contribuir a sacar la carreta del charco durante la Transición en el camino hacia la nueva frontera de Europa. Algunos que estaban de pie en aquella tarima habían sido torturados por la policía política del dictador, otros habían sido víctimas de los atentados de ETA.

No obstante, mientras hablaba sobre los pequeños sueños de cada día que se alcanzan simplemente cumpliendo con el deber, imaginaba que en aquel edificio de Larra, 14, permanecían las sombras de los periodistas míticos que pasaron por allí hasta altas horas de la madrugada escribiendo sus crónicas. Me acordaba de Chaves Nogales, que siempre estaba donde debía estar para contar las cosas que sucedían en la calle. Fue famoso en su tiempo, pero después de la guerra cayó en el olvido, tal vez porque ninguno de los dos bandos le consideraba uno de los nuestros, sino el dueño de una voz libre, propia, comprometida con la democracia y consigo mismo. Me acordaba del fotógrafo Alfonso, del dibujante satírico Luis Bagaría, dueño de un lápiz mordaz y revolucionario, de quien Ortega decía: “El perfil con que Bagaría nos pinte será el que de nosotros perdure”. Y sobre todo me acordaba de cuatro periodistas contemporáneos que no estaban en la tarima porque se los había llevado la muerte hacia su reino. Eduardo Haro Tecglen, cuyo pesimismo congénito era un estado de lucidez; Luis Carandell, un espíritu burlón capaz de convertir la historia en una divertida anécdota; Francisco Umbral, que utilizó el éxito en una forma de venganza; Manuel Vázquez Montalbán, que se movió entre el marxismo pop y la gente derrotada. Y tantos otros que practicaron el periodismo como si fuera un arte y dieron lo mejor de su talento por la libertad.

III

Pícaros, bohemios, sablistas y hampones, en El País, Manuel Vicent 7 JUN 2014:

El ingenio y la miseria recorren la vida de Pedro Luis de Gálvez, cuyo éxito literario le llegó en la cárcel

En aquel Madrid de entreguerras, de sardinas de bota y máscaras de Solana, había poetas cuya inspiración, entre soneto y soneto, antes que nada estaba puesta al servicio de comer algo caliente una vez al día. Si no hay estafador que no sea simpático, tampoco existió entonces ningún bohemio que no fuera un pícaro más o menos ingenioso a la hora de matar el hambre.

A inicios del siglo pasado, en las tertulias de los cafés de la calle de Alcalá y alrededores de la Puerta del Sol pululaba una cuerda de poetas, escritores y periodistas hambrientos, hampones, sablistas y patibularios. En aquella baraja hubo cuatros ases indiscutibles que han pasado a la historia con todo merecimiento. Alejandro Sawa, (1862-1909), ciego, loco y muerto a los 47 años, debe su máxima gloria a haber inspirado a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella en Luces de bohemia; Emilio Carrere, (1881-1947), hijo de madre soltera y de un famoso abogado, pasó por todas las ideologías, incluso la del manicomio, desde el socialismo hasta el franquismo, con indudable talento literario, aunque su obra maestra consistió en dilapidar la considerable fortuna que heredó de sus antepasados y no ceder hasta alcanzar la máxima penuria; Eugenio Noel (1885-1936) fue un predicador contra las corridas de toros e hizo de esa misión un medio sagrado y ratonero de vida, y no se sabe si sentía más placer en ser zaherido e insultado por los aficionados que en sentirse glorificado por los antitaurinos como redentor en sus correrías por los pueblos de España.

Hubo otros ases y reyes con meritos indudables en esta baraja, pero ningún naipe puede compararse en grado de ingenio y miseria a Pedro Luis de Gálvez. Había nacido en Málaga en 1882, hijo de un general carlista; se fugó de un seminario, ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, quiso ser actor y en cierta ocasión su padre lo bajó del escenario del Teatro de la Comedia a garrotazos en plena función. Su carrera pública se inició al ser condenado a 14 años de cárcel por proclamar en un mitin contra la Monarquía que a Alfonso XIII le supuraban los oídos. Fue en Cádiz en 1904. De aquel quilombo huyó vestido de cura, pero fue capturado por la Guardia Civil en un pueblo cerca de Córdoba y llevado a la cárcel de Ocaña, donde desarrolló la actividad de amaestrar ratas mientras al mismo tiempo escribía versos que gustaban mucho a uno de los carceleros. La fama fue a visitarle a la propia celda. Aquel carcelero ilustrado insistía en que se presentara a un concurso de cuentos promovido por el periódico El Liberal y se ofreció a mandar el escrito de forma clandestina al jurado. El preso renuente, por fin, escribió un relato titulado El ciego de la flauta, que ganó el primer premio. Fue un bombazo. El éxito literario ablandó el rigor de la justicia y Pedro Luis de Gálvez, indultado, se presentó triunfalmente ante los corros de poetas y literatos de la calle de Alcalá exigiendo su parte en la tarta de la gloria.

El héroe comenzó a llenar de versos y artículos los periódicos de la época. Su protector, el gran periodista Miguel Moya, director de El Liberal, le envió de corresponsal a Melilla, más que nada por quitárselo de encima. Pese a que había comprado unas mulas para el ejército y después las había revendido en propio beneficio, Gálvez regresó a Madrid con una medalla militar. Sus sonetos dedicados a cualquier prohombre siempre precedían a un certero sablazo, sus artículos líricos y relatos nunca estaban a la altura de su ingenio de superviviente, que solía acompañar con una puesta en escena imaginativa de carácter necrófilo.

Ha pasado a los anales de la picaresca la secuencia macabra, auténtica o falsa, que realizó en el café Fornos, donde se presentó con un hijo recién nacido muerto dentro de una caja de cartón oculta bajo el gabán que mostraba en las mesas pidiendo caridad para su entierro. O el rito funerario que oficiaba a medias con su compinche Gonzalo Seijas. Juntos explotaban el negocio de la extremaunción. En cualquier buhardilla costrosa, uno de los dos se hacía pasar por agonizante; llamaban a un cura para recibir los santos óleos y éste avisaba luego a la asociación de damas protectoras de los moribundos, las cuales siempre dejaban unos billetes debajo de la almohada para el entierro y los funerales. La pareja de agonizantes se iba luego a celebrarlo a cualquier colmado.

Sin que nadie supiera la razón, Gálvez desaparecía de escena una larga temporada y de repente volvía, casado con hijos, o soltero, precedido de las hazañas que de él se contaban en sus correrías por Barcelona. De hecho, en algo había cambiado: ahora los sablazos ya no eran de uno, sino de nueve duros, uno por cada hijo, según decía. En otra de sus fugas llegó un rumor a las tertulias de que se había casado con una marquesa que lo mantenía. Mientras tanto, sus escritos se leían en los periódicos, y en los banquetes de homenaje declamaba versos, unos muy inspirados, otros de cuyos ripios bien pudo volverse a construir un acueducto como el de Segovia.

De pronto, un día en aquel Madrid brillante como el vientre de una sardina hizo acto de presencia la Guerra Civil, como un incendio esperado, y aquel poeta y periodista bohemio cambió las lañas, el chambergo y el cuello de pajarita por el mono azul de miliciano, con un cincho del que colgaba un pistolón de mando en plaza. Se habían terminado los sonetos. Cuenta Ramón Gómez de la Serna que un día lo vio pasar por delante de Lyon d’Or así equipado y le saludó con la mano en la culata. Esa imagen fue el principal motivo que le movió a exiliarse a Buenos Aires.

El misterio de Pedro Luis de Gálvez en medio del incendio revolucionario de 1936 no ha terminado de aclararse. Según sus enemigos, el poeta bohemio se dedicó a vengarse de cuantos le habían humillado durante sus tiempos de penuria. De hecho, se convirtió en dueño y señor de vidas ajenas y ejercía el castigo o el perdón magnánimo a merced de su capricho. Uno del que presumía haber salvado de la muerte era Ricardo Zamora, el portero mítico de fútbol, a quien sacó de la prisión y desde un balcón lo presentó a la plebe: “Éste es mi amigo. Me dio de comer. Que nadie lo toque. Lo prohíbo yo”. Las escenas patibularias de Gálvez durante la Guerra Civil entran en lo más patético de la historia negra. Era como el Rubio de La malquerida, un infeliz que solo quería mando y que al parecer ejercía el papel de verdugo y de salvador a partes iguales. Libró de la cuneta a Ricardo León, a Emilio Carrere, a Pedro Mata; en cambio unos afirman y otros niegan que tuvo personalmente que ver en la muerte de Muñoz Seca. “A éste dejádmelo a mí”, gritaba. “Honradísimo, Gálvez, honradísimo”, contestaba el humorista. Pero, según Gómez de la Serna, este lance es inverosímil porque Gálvez nunca ordenó la muerte de alguien, como en este caso, a quien había dedicado un soneto. Finalmente probó su propia medicina, esta vez por el bando contrario. Cuando al final de la guerra fue capturado por las tropas nacionales, Pedro Luis de Gálvez tenía enmarcado en su habitación un gran retrato de Franco creyendo que este talismán lo salvaría. Murió fusilado en la cárcel de Porlier el 30 de abril de 1940.

lunes, 13 de octubre de 2025

El influjo de Jung en la cinematografía

 Carl Jung: lo que compartimos y no sabemos qué es. En El País, por Juan Arnau, 4 OCT 2025:

Para el psiquiatra lo inconsciente es insondable y oscuro pero subyace un orden: los arquetipos, cuya huella artística más profunda se encuentra en el cine.

La literatura es la herramienta más eficaz para entender la mente. Poetas, novelistas y mitógrafos son los que mejor han entendido las inclinaciones que desencadenan el deseo, la idea fija, las ambiciones y obsesiones que acechan la psique. La mente no está hecha de neuronas, está hecha de sueños, imaginación y poesía (a veces oscura). Esta premisa narrativa hizo que la psiquiatría dinámica de finales del XIX se centrara en las historias clínicas para entender los entresijos de la demencia. Un tiempo en que los médicos escuchaban a sus pacientes y no se limitaban a recetar fármacos. El relato como agente de sanación. El laboratorio no puede entender la psique, mientras que Cicerón o Kafka sí pueden hacerlo. “Quien quiera conocer el alma humana llegará desgraciadamente a saber muy poco de ella por boca de la psicología experimental”, escribe Jung. Y recomienda renunciar a la ciencia exacta, a la bata del laboratorio, y, al modo de un Dostoievski, vagabundear por el mundo observando pasiones, delirios y extravagancias de la humana fantasía, “por los terrores de las prisiones, los manicomios y los hospitales, por las turbias tabernas arrabaleras, los burdeles y casas de juego, por los salones elegantes, las bolsas, los mítines socialistas, las iglesias y las sectas fanáticas, viviendo en carne propia amores, odios y todas las formas de la pasión.”

Kant consideraba que la psicología jamás podría ser una ciencia, pues era incapaz de sustentarse en las matemáticas. Tampoco podía ser una disciplina experimental, dada la dificultad de observarse a uno mismo. El flujo temporal de la experiencia interior carece de la estabilidad mínima para una observación eficaz. Kant expresa como ningún otro ese rechazo tan ilustrado a la introspección: “Jugar a espiarse a uno mismo es invertir el orden natural de los poderes cognitivos. El deseo de investigarse a uno mismo o es ya una enfermedad de la mente (hipocondría) o es una forma de contraerla y terminar en un manicomio”. La observación de otras mentes está igualmente plagada de dificultades. Para Kant, la psicología solo puede aspirar a ser una descripción del alma (un relato) en contraposición a la ciencia. Desgraciadamente, los primeros psicólogos quisieron desmentir a Kant y, llevados por el deseo arrebatador de ser “ciencia”, optaron por matematizar la mente. La consecuencia ha sido devastadora. Hoy en los programas de las facultades de psicología no se estudian los sueños, la imaginación, los mitos o la poesía, se limitan a hacer encuestas.

Hay algo que compartimos los seres humanos y no sabemos qué es. Esa fue la gran intuición de Jung, que permea la cultura contemporánea desde que en 1916 publicara “La estructura del inconsciente”. La idea, como todas las ideas, no era nueva, la había formulado in extenso Carl Gustav Carus, médico y pintor del romanticismo alemán, y el joven Edvard von Hartmann, pero Jung logró ponerla sobre el tapete de la Europa intelectual de entreguerras y, desde entonces, ha dado mucho juego en el arte, la literatura, el cine, la clínica y la filosofía.

Lo inconsciente es insondable y oscuro, pero subyace un orden: los arquetipos. Una herencia platónica que ofrece un marco simbólico para entender las motivaciones ocultas. A diferencia del inconsciente personal de Freud, Jung sostiene que dicho ámbito más allá de la conciencia contiene patrones universales de experiencia que se expresan en mitos, sueños, religiones y narraciones. Toda una mina para los guionistas. Arquetipos como el Héroe, la Sombra, el Sabio, la Madre, el Trickster y el Anima/Animus son formas simbólicas que estructuran la experiencia en todas las culturas. Un descubrimiento que no solo ha influido en la psicoterapia y la psicología compleja clínica, sino también en la teoría literaria, la mitología comparada, los guiones cinematográficos, el diseño de videojuegos y la publicidad.

Jung tuvo una visión amplia e integradora de la psique. Aunque se formó como psiquiatra, su interés por lo simbólico, numinoso y trascendente lo llevó a estudiar religiones comparadas, alquimia y astrología. Esa actitud enciclopédica es su gran valor. Reconoció en el budismo, el hinduismo y el taoísmo modelos útiles para entender la mente que la psicología occidental había ignorado. Lector del I Ching, los Yogasūtra y el Libro tibetano de los muertos, combinó sus análisis con textos alquímicos que abordan las metamorfosis del alma, abriendo la puerta a una psicología donde lo sagrado es una dimensión interior de la psique y no algo religioso. Una visión secular que permite reinterpretar los símbolos religiosos no desde el dogma ortodoxo, sino como imágenes vivas del alma.

El arte como alquimia mental y manifestación de lo inconsciente. La obra de Jung ha dejado una huella reconocible en pintores visionarios como Max Ernst, expresionistas abstractos como Mark Rothko (el lienzo como revelación interna), surrealistas como Leonora Carrington o Remedios Varo (lo esotérico femenino), y artistas chamánicos como Joseph Beuys, que conciben el arte como sanación y ritual. También advertimos su influencia en novelistas como Doris Lessing y Philip K. Dick, en Hermann Hesse (que fue amigo suyo) y en las obras formalmente revolucionarias de James Joyce (Ulises, Finnegans Wake). Pero donde ha dejado una huella más profunda es en el cine. En El resplandor de Stanley Kubrick, Jack Torrance es poseído por contenidos inconscientes y el Hotel Overlook funciona como espacio simbólico que activa su sombra y su locura. Ingmar Bergman explora en Persona la disolución de las fronteras del yo, la fusión de las identidades de las protagonistas refleja el arquetipo de la sombra y el proceso de individuación. La máscara social de la “persona” se desmorona y revela los conflictos inconscientes de la psique. Algo parecido hace Christopher Nolan en Inception y Memento, o Aronofsky en Pi, Black Swan o The Fountain. La confrontación con la sombra, la disolución del ego y la búsqueda de una totalidad interior se han convertido en temas recurrentes de los guionistas. Los protagonistas atraviesan crisis que los enfrentan a fuerzas arquetípicas (el sabio, el héroe, la madre o el ánima), traduciendo al lenguaje fílmico símbolos del inconsciente colectivo. No sorprende que el cine sea hoy un ritual laico para la exploración del alma.

Juan Arnau es filósofo, ensayista y colaborador de EL PAÍS. Su último libro se titula ‘La meditación soleada’ (Galaxia Gutenberg, 2024).

Sobre la inutilidad y peligros de cualquier ideología.

 De Tomasini, en Quora:

Yo siempre desconfío de las ideologías. No porque me crea más listo que Marx, Adam Smith o el vecino del quinto que vota lo mismo desde que Franco era un chaval, sino porque he comprobado que, en sí mismas, las ideologías son como las navajas suizas: ni buenas ni malas… hasta que alguien decide abrir la hoja equivocada.

De niño, mientras otros recitaban el catecismo, yo estaba ocupado en sobrevivir al puré con huesos que me servían en el comedor. Aquello sí era ideología: la ideología de la mala cocina. Y, como toda ideología, estaba sostenida por una comunidad de fieles que decían: “cómetelo, que alimenta”. Igualito que cuando los políticos nos sirven leyes frías y nos obligan a tragarlas con sonrisa.

Dato curioso: el término ideología fue inventado en 1796 por Destutt de Tracy, un francés que quería crear una ciencia de las ideas. Acabó siendo insulto: Napoleón llamó a los ideólogos “charlatanes inútiles”. Yo no sé tú, pero me siento identificado. De hecho, si me hubieran dado un euro cada vez que alguien me llama “ideólogo de pacotilla” por escribir en internet, ya tendría para pagar una ronda de Coca-Colas (sí, mi droga legal más peligrosa).

Lo divertido es que las ideologías funcionan como ropa de segunda mano: a algunos les queda bien, a otros les aprieta, y siempre hay alguien que se la pone solo para aparentar. Yo, por ejemplo, nunca me sentí cómodo en ninguno de los tres disfraces más comunes: ateo, comunista, anarquista. No porque no respete a quienes los usan, sino porque no me gusta que me clasifiquen como si fuera un Pokémon. ¿Qué sigue? ¿Que me lancen una Pokéball en el metro con el grito de “¡socialdemócrata, te elijo a ti!”?

La cuestión es que las ideologías son como los paraguas. Si las coges en el momento justo, te salvan de la tormenta. Pero si sigues llevándolas abiertas cuando ya salió el sol, lo único que logras es parecer idiota. Lo mismo pasa con el nacionalismo, el feminismo, el liberalismo o el madridismo: depende de cuándo y cómo lo uses. Y cuidado, porque algunos han terminado en guerras, hogueras y tertulias de televisión (que, para mí, es la peor forma de violencia).

En mi historia, nunca fue un manifiesto el que me salvó, sino pequeños actos prácticos: la tía que me acogió a regañadientes, el amigo que me prestó un sofá, la psicóloga que fingía que entendía mis cartas interminables. Ellos no me recitaron a Bakunin ni a Ayn Rand: me dieron techo, pan y, a veces, paciencia. Y eso me enseñó que, más allá de las ideologías, la supervivencia depende de gestos concretos.

En sí mismas las ideologías no son ni buenas ni malas: son como cuchillos, mariposas o suegras. Todo depende de en qué momento decidas sacarlas a pasear. Lo malo es que siempre habrá alguien que, por llevar la contraria, intente cortar filetes con el borde romo o cazar mariposas con un martillo.

sábado, 4 de octubre de 2025

Elena Mujina, la gimnasta más destrozada de la historia

 Yelena, Elena (o Lena) Múkhina (o Mújina). El destino más trágico en la historia de la gimnasia

Elena Vyacheslavovna Mukhina se hizo famosa de la noche a la mañana, en 1978, al ganar el Campeonato Mundial de Concurso Completo. Dos años después, sufrió una grave lesión que la dejó postrada en cama durante 26 años.

Mukhina nació el 1 de junio de 1960 en Moscú. Elena perdió a su madre a los cuatro años, quemada cuando se incendió su casa, y a su padre, a los cinco años, porque la abandonó para casarse por segunda  vez y terminó en la cárcel como responsable del incendio. Fue criada por su abuela Anna Ivanovna, una mujer muy exigente y poco afectiva. Desde pequeña, a diferencia de sus compañeros que soñaban con ser patinadores artísticos, Elena quería ser gimnasta. Y así lo consiguió: "Un día, una mujer desconocida apareció en clase. Se presentó como Antonina Pavlovna Olezhko, Maestra de Deportes. Y dijo: "Si alguien quiere unirse a la sección de gimnasia, que levante la mano". Casi grité de alegría", recordó. La excepcional motivación, talento, trabajo y tenacidad de Mukhina la consolidaron de inmediato. Sus éxitos no pasaron desapercibidos, y el Dinamo de Moscú contrató para entrenarla al renombrado Alexándr Yuriévich Eglit. Pero Eglit trabajaba en el CSKA de Moscú y no quería abandonar a sus alumnos, aunque la admitió con 14 años en el club CSKA para estudiar maestría en deportes, y en 1974 invitó a su colega Mijail o Mikhail Klimenko para que añadiera a su pupila a su propio grupo. Klimenko, quien anteriormente solo había entrenado a hombres, vio a Lena Mujina en acción y aceptó. Desde entonces toda la corta carrera de Elena Mukhina estuvo ligada a este entrenador, que reaparecerá a menudo en sus pesadillas.


La gimnasia femenina entonces había pasado a ser acrobática con las riesgosas innovaciones de Olga Kórbut. En dos años Lena logró un avance increíble, y para el verano de 1976 tuvo la oportunidad de asistir a los Juegos Olímpicos de Montreal. Su programa, de combinaciones únicas, se denominó "cósmico". Pero las autoridades temían llevarla a Canadá por la irregularidad de sus actuaciones.

Mukhina sufrió su primera lesión grave a los 15 años. En 1975, durante la Espartaquiada celebrada en Leningrado, Lena Mujina aterrizó torpemente de cabeza en un foso de espuma. Las radiografías revelaron que la caída le había desgarrado las apófisis espinosas de sus vértebras cervicales. Y aunque Lena fue hospitalizada, todos los días, tras las visitas médicas, Klimenko venía a recogerla y la llevaba al gimnasio, donde le quitaba el collarín ortopédico, tan necesario para su recuperación, y Mukhina entrenaba hasta la noche. Unos días después, notó un entumecimiento en las piernas durante el entrenamiento y una extraña sensación de debilidad que se acentuaba. 

El momento de gloria de Mukhina llegó al año siguiente. En el Campeonato de la URSS quedó segunda en el concurso completo, y compitió en el Campeonato Europeo de Atletismo Senior en Praga, donde perdió por un estrecho margen ante la reconocida gimnasta rumana Nadia Comaneci en la prueba individual y ganó tres medallas de oro en aparatos individuales, cautivando a jueces y aficionados con su excepcional técnica. Además Lena realizó ahí por primera vez el complejo elemento en las barras asimétricas que posteriormente llevó su nombre: el bucle Mukhina.

En 1977, mientras entrenaba en casa, antes del Campeonato Mundial, Mukhina se golpeó el costado con la barra inferior de las asimétricas y se le astillaron las costillas. "Sentí como si me las hubiera fracturado", dijo Lena más tarde. "Pero después, tras permanecer sentada en el tatami diez minutos, semi inconsciente, seguí entrenando en suelo y viga. Cuando las cosas se pusieron realmente mal, fui a ver a mi entrenador, pero él solo murmuró entre dientes: 'Siempre estás buscando una excusa para no hacer nada'".

En 1978, dos semanas antes de los Juegos Juveniles de la Unión Soviética, Mukhina se dislocó completamente el pulgar en las barras paralelas y se lo recolocó ella misma apretando los dientes y cerrando los ojos. Sin embargo no acabaron ahí las lesiones: en el calentamiento previo de la competición citada calculó mal su carrera (la limpieza había borrado las marcas de tiza del suelo del gimnasio), se cayó tras un salto y se golpeó la cabeza. El coreógrafo, para evitar llamar la atención de los entrenadores, le trajo sales aromáticas a escondidas y Mukhina, al bajar de cada aparato, ocultaba el algodón con las palmas de las manos.

La carrera de Mukhina culminó en 1978. Ganó el título de gimnasta más fuerte del país y posteriormente el Campeonato Mundial de Francia. Primero ganó el título por equipos y un día después se proclamó campeona general, derrotando, entre otras, a la campeona general de los Juegos Olímpicos de 1976, Nadia Comăneci. Se clasificó para la final en tres de los cuatro aparatos, y obtuvo otro conjunto completo de medallas ganando la plata en barras asimétricas y en la viga de equilibrio, y compartiendo el oro en suelo con la bicampeona olímpica Nellie Kim, de Montreal. Elena Mukhina se convirtió en la cuarta gimnasta soviética, tras Galina Shamrai, Larisa Latynina y Lyudmila Turishcheva, en proclamarse campeona mundial general.

Pero su tensión desmesurada no podía pasar desapercibida. Cuando Mukhina se cruzaba con otra gimnasta periódicamente en el gimnasio parecía desganada y lloraba a menudo. Una vez dijo que ni siquiera podía cruzar toda la avenida frente al Complejo Deportivo CSKA antes de que cambiara el semáforo; simplemente no tenía fuerzas. Mientras tanto, su programa libre en prácticamente todos los aparatos seguía siendo el más difícil del mundo.


En el otoño de 1979, Mukhina se rompió una pierna durante una exhibición en Inglaterra. Llevó una escayola seis semanas, pero, al quitársela, se descubrió que los huesos rotos se habían separado. Los reposicionaron y le volvieron a colocar la escayola, pero al día siguiente su entrenador insistió en que volviera al gimnasio a practicar con aparatos y aterrizara en los ejercicios con una sola pierna. Dos meses después de que le quitaran la escayola, ya estaba realizando todas sus rutinas.

Klimenko siempre estaba increíblemente nervioso antes de las competiciones: me acosaba”, recordó Mukhina. “Probablemente porque entendía perfectamente que su propio bienestar y su carrera dependían directamente de si yo entraba o no en la selección nacional. Yo, en cambio, era… Soy extremadamente responsable con mi entrenamiento. Hubo momentos en que, para bajar de peso, corría por la noche y luego iba al gimnasio por la mañana. Y, sin embargo, me decían constantemente que era una imbécil y que debería alegrarme de que alguien se fijara en mí y me diera una oportunidad."

Lena llegó a su último campamento de entrenamiento en Minsk a principios de julio de 1980, pero con dolor en tobillos y rodillas por sobrecarga y bursitis en la mano. El equipo de gimnasia de la URSS se preparaba para los Juegos Olímpicos y su entrenador Klimenko había viajado a Moscú un par de días (pues se rumoreaba que Mukhina podría no ser incluida en el equipo principal, y Klimenko había ido a defender a su alumna en la cima). Lena estaba trabajando de forma independiente y, durante un entrenamiento, decidió probar una combinación nueva en suelo, un salto Thomas. La idea era que, tras una voltereta y un salto muy difícil (voltereta y media, con giro de 540 grados) el aterrizaje no fuera de pie, como era usual, sino de cabeza, en voltereta. Pero el impulso de la gimnasta falló al no alcanzar la altura suficiente, y, ante las miradas del entrenador principal del equipo femenino Aman Shaniyazov, la entrenadora estatal Lidiya Ivanova y el entrenador de acrobacia (nadie más había en el gimnasio), se estrelló contra el suelo de mentón y se fracturó el cuello. Simplemente, según uno de los entrenadores, no se impulsó con la pierna lesionada durante la carrera. Pero siguió con el entrenamiento tres días, e ingresó al fin con una vértebra cervical dañada en el hospital 19 de Moscú.

Durante los primeros ocho años se sometió a varias cirugías. La primera, de columna, se realizó tan solo un día después de la lesión en Minsk; duró varias horas, pero el resultado (debido en gran medida a la demora) fue decepcionante: como su cerebro había permanecido en compresión severa mucho tiempo, Mujina quedó tetrapléjica, completamente paralizada de cuello para abajo.

En el verano de 1985, Elena fue derivada al artista circense y especialista en rehabilitación de discapacidades músculo-esqueléticas Valentin Dikul. Pero fue hospitalizada de nuevo un par de meses después por fallo de ambos riñones. Una operación posterior le desarrolló una fístula en el costado que persistió un año y medio. En cada ocasión, los médicos luchaban por sacar a Mukhina del largo coma postoperatorio; su cuerpo se negaba a luchar por la vida.

"Tras tantas cirugías, decidí que, si quería vivir, tenía que escapar de los hospitales", contó Lena. "Y me di cuenta entonces de que necesitaba cambiar radicalmente mi enfoque de la vida. Que debía dejar de envidiar a los demás y aprender a disfrutar de lo que tenía a mi alcance. De lo contrario, podría volverme loca. Me di cuenta de que los mandamientos 'no pienses mal', 'no actúes mal' y 'no tengas celos' no son solo palabras. Que existe una conexión directa entre ellos y cómo se siente una persona. Empecé a sentir estas conexiones. Y reparé en que, comparada con la capacidad de pensar, la incapacidad de moverme es algo insignificante..."

"Claro, al principio me compadecí muchísimo. Sobre todo cuando volví a casa por primera vez después de la lesión, donde había caminado y donde todo aún requería que alguien estuviera de pie. Además, casi todos los que venían a visitarme me preguntaban: "¿Piensas demandarme?".

Le dieron un pequeño departamento donde la niña fue atendida en toda su vida posterior y se hizo una mujer. Durante todo este tiempo nunca se rindió. Pero incluso algunos años después de la caída terrible solo podía sentarse en una silla, sostener una cuchara y escribir un poco. Los profesores acudían a ella, le daban conferencias y le ponían exámenes. Así logró graduarse en el Instituto de Educación Física de Moscú.

Cuando ocurre una lesión siempre surge la pregunta de quién tiene la culpa. Cuando le preguntaron a Lena qué pensaba sobre eso, respondió evasivamente: "Le enseñé a Klimenko que puedo entrenar y competir con cualquier lesión...". "Todo me había conducido a ello. No estaba preparada física ni emocionalmente. Mi lesión era de esperar; fue un accidente que se podía haber anticipado. Era inevitable. Me habían dicho más de una vez que me rompería el cuello haciendo ese elemento. Me había lastimado gravemente varias veces, pero él solo respondió que la gente como yo no se rompe el cuello".

Según una entrevista de Larisa Latynina a Mijail Klimenko, este quedó devastado por su lesión. Ya no esperaba que fuera incluida en la lista del equipo olímpico soviético y, aunque no cabía duda de que el equipo femenino soviético de gimnasia ganaría el oro en los Juegos Olímpicos de Verano, como ya había sucedido en juegos anteriores y era lo habitual, Klimenko quería que Mukhina entrenara para que él se convirtiera en "entrenador de una campeona olímpica". Y, tras estos acontecimientos, Klimenko no fue a visitarla, siguió un tiempo trabajando en el Club Deportivo Central del Ejército y después emigró a Italia. Dicen que estaba conmocionado y aterrado por lo sucedido. Elena sufrió al pensar que la había olvidado. Un amigo común intentó congraciarlos, pero él nunca se atrevió a quedar con ella en persona. Nunca más volvieron a verse.

No sabían o no querían saber entonces el precio que Elena estaba pagando por estos entrenamientos. Ni que cada vez que salía del hotel para entrenar nunca apartaba la vista de los coches que pasaban, calculando automáticamente el tiempo que tardarían en frenar si se lanzaba bajo sus ruedas. Y se fijaba en la repisa de la ventana de su habitación para calcular cómo saltaría para asegurarse. Cuando lo contó a una compañera en una conversación, esta le preguntó horrorizada por qué no había dejado antes la gimnasia.

"No sé", respondió. "Soñé que me caía varias veces. Me vi siendo sacada del pasillo y sabía que tarde o temprano sucedería. Me sentía como un animal azotado a lo largo de un pasillo interminable. Pero seguía volviendo al pasillo. Debió de ser el destino. No se puede disputar con el destino."

¿Se sintió ofendida? No en apariencia. Cuando la amiga se enteró de su muerte, recordó que una vez la llevaron a su casa y recordó sus palabras. «No hace falta que me ayuden», objetaba Lena con calma a su intento de ajustar las almohadas o acercar algo. «No debería acostumbrarme demasiado a la ayuda de los demás».

Mukhina no buscó nunca a los periodistas. Incluso un breve periodo de exposición pública, cuando el presidente del COI Juan Antonio Samaranch le entregó la Orden Olímpica, máximo galardón del movimiento olímpico (1983), fue bastante doloroso para ella en sentido físico y psíquico. Pese a sus terribles condiciones, Mukhina logró mantener la capacidad de hablar con notable calma sobre cualquier tema y llamar a las cosas por su nombre. Por tanto, todo ese descarado espectáculo de la ceremonia del premio, con visitas de periodistas y fotógrafos a su pequeño apartamento, no le gustó y, de hecho, la ofendió. Consideraba a los medios de comunicación hipócritas y ostentosos y siempre que pudo los rehuyó.

Era insoportablemente difícil describir su condición con palabras. Elena no podía estar de pie ni sentada ni sostener una cuchara; ni siquiera marcar un número de teléfono. Para poder leer algo, recurría a un truco comprobado y eficaz: pedía a alguien que fijara un papel con texto en la pared, a la altura de sus ojos. Al hablar por teléfono apoyaba la oreja en el auricular y podía hablar así por un buen rato.

Aprendió a refugiarse en sí misma en un mundo irreal para las personas sanas, donde rastreaba las cadenas de los orígenes y de la herencia. Creía sinceramente que una persona podía tener varias vidas en diferentes líneas temporales. Afirmaba ver no solo el pasado, sino también el futuro de las personas con las que interactuaba. Hablaba de ello con placer. Esta pasión (pero, ¿se puede llamar pasión cuando esencialmente se convirtió en vida?) tuvo diversas consecuencias, incluso graves, para quienes la rodeaban. Fue Mukhina quien una vez disuadió a una de sus amigas cercanas de enviar a su hijo recién nacido con una cardiopatía grave al hospital. La convenció de que el bebé simplemente no sobreviviría. Como resultado, varios años después, el niño fue sometido a cirugía, pero la familia se desintegró: el padre del niño nunca pudo perdonar ni a Mukhina ni a su esposa la llegada tardía del niño al hospital. La visión centrada en sí misma de Elena pudo malograr una vida ajena.

Como me contó una amiga cercana, el ánimo de Mukhina se deprimió notablemente al enterarse de que su antiguo entrenador había regresado a Moscú desde Italia, donde había trabajado durante muchos años. Se negó rotundamente a reunirse con Klimenko, quien seguía siendo para ella el fantasma más aterrador de su vida pasada. Lena también quedó devastada por la muerte de su abuela en la primavera de 2005. Se negó a ingresarla en una residencia de ancianos, pese a que la anciana de 90 años requería cuidados constantes; aunque ya estaba perdiendo la cabeza y sentía que se moría, le gritaba constantemente a su nieta: "¡No te dejaré. Ven conmigo!".

Mukhina también sobrevivió a esta pesadilla. Cuando Anna Ivanovna falleció, solo pidió una cosa: que, llegado el momento, bajo ninguna circunstancia la enterraran junto a su abuela. Y que no se le realizara ninguna autopsia. Que la dejaran sola. Apenas hablaba con su padre. Él mismo, todavía no anciano, solo empezó a visitar la casa tras enterarse de que Mukhina, gracias al increíble esfuerzo de muchas personas por ella, había conseguido una pensión presidencial personal. Y siguió viniendo. Por dinero...

Quizá simplemente estaba cansada de vivir. De buscar constantemente una respuesta a por qué algo, que no fuera la vida humana, podía ser tan valioso en su país. Incluso en conversaciones con sus seres más cercanos, básicamente solo dos amigos, Mukhina nunca se permitió quejarse de su destino. Aunque, pensándolo bien, qué aterrador era que la única variedad en su vida fuera una ocasional excursión en silla de ruedas al pasillo o a la cocina, con el único propósito: ver qué sucedía allí, más allá de las paredes de la habitación donde había pasado 26 años.

Elena Mukhina murió el 22 de diciembre de 2006. Se celebró un servicio conmemorativo en su honor el 27 de diciembre. Y está enterrada en el cementerio Troekurovskoye de Moscú.

Elena nunca tuvo a nadie que la protegiera. Y eso la convirtió en una víctima propicia para el cruel sistema del estado. 

Referencias

Elena Vaitsekhovskaya, "Elena Mukhina: Una tragedia de 26 años ". Sport-Express, 26 de diciembre de 2006.

Andrey Uspensky, "Mukhina's Loop ", Novaya Gazeta, núm. 38, 29 de mayo de 2003.