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lunes, 6 de abril de 2026

Fraseología de los billetes de ira sin vuelta

 Todos hemos tenido ese momento, ese preciso instante en el que alguien te saca de quicio de tal manera que solo quieres pronunciar estas cuatro palabras:Vete a la... 

Pero claro, somos gente con educación, con vocabulario, con fineza. Así que hoy os traigo diez formas variadas de mandar a alguien a la miércoles sin perder la compostura.

Algunas más elegantes, otras menos, pero siempre sin usar las palabrotas. Frases cuidadosamente recopiladas tras una intensa investigación en los rincones más profundos y cuestionables de internet. Sí, he sacrificado mi algoritmo por vosotros. Frases encontradas en foros olvidados, comentarios de madrugada, y probablemente escritas por gente inspirada por hechos reales en distintas partes del mundo hispanohablante. Sacad papel y boli. Hoy repartimos billetes de ira sin vuelta.

Cómprate un desierto y lo barres. Empieza por el Sáhara y sigue con el de Gobi.

No te vayas, pero cierra por  fuera.

Que te den por donde amargan los pepinos.

Vete a contar los frailes, que creo que se ha perdido uno.

Cómprate un bosque y piérdete, o cómprate un euro de desierto o bosque y piérdete.

Vete a donde pican las gallinas.

¿Por qué no vas a la esquina a ver si llueve? Y si llueve, te esperas a ver si sale el arcoiris. De allí no te muevas. Lo mejor es que en la esquina seguramente hay una reunión de gente como tú esperando el parte meteorológico. 

Vete a dar una vuelta y cuando te canses sigue. Es como el camino de Santiago, pero sin la parte de volver a casa. 

Si ves un cartel que dice fin del mundo, vas por buen camino. Por el equipaje, no te preocupes, tu pesadez ya la llevas contigo. 

Me encantaría seguir hablando contigo, pero he quedado para mirar cómo se seca una pared y no quiero llegar tarde. Es una sesión de meditación profunda con el gotelé No me esperes. El color blanco hueso tiene un algo dramático que no me puedo perder.

Estimado señor o señora, hágame el favor de practicar sus aficiones lejos de mi perímetro. Le sugiero el Polo Norte. Allí el silencio es absoluto y las posibilidades de coincidir conmigo inexistentes. El aire frío despeja la mente y a usted claramente le hace falta.

Ayuda a salvar la salud mental y limpia el entorno de personajes intensos. Son herramientas de supervivencia social. Seguimos.

Vete a freír espárragos, pero a fuego lento ¿eh?, de uno en uno y en una cocina que esté por lo menos a tres provincias de distancia. Y cuando acabes, sigue con alcachofas. Tenemos todo el siglo. Si se te acaba el aceite, vete a buscarlo a Italia, a pie. 

Que miras, bobo, que miras bobo. Anda, anda para allá, bobo. Anda para allá. Funciona mejor si acabas de ganar un mundial, pero en la oficina para el que te mira el monitor también sirve.

Camina. que el pasto no crece si te quedas ahí parado mirando

Vete a hacer gárgaras a Niágara que te pago el billete de ida, y el de vuelta, ya, si eso, hablamos en 2090. Aprovecha el caudal para limpiar también tus ideas. 

Por favor, vete y disfruta de tu propia compañía. Es el experimento psicológico definitivo. ¿Cuánto tiempo te aguantas? 

Tu compañía es un el lujo que ya no me puedo permitir. Quédatela toda. 

Creo que nos favorece la distancia. La perspectiva mejora cuando no puedo distinguir tus rasgos faciales. 

Mi cariño por ti es inversamente proporcional a los metros que nos separan.

Y esta es mi favorita: 

Ve a ver si ya puso la puerca. Si la puerca no ha puesto, te sientas y le das ánimos. No vuelvas hasta que los lechones tengan universidad y carrera. 

Y aquí lo tenéis, billetes directos al olvido, sin palabrotas, como lo queríamos y sin despeinarse. Recordad, no es mala educación, es higiene emocional. Hay gente que simplemente necesita que le indiques la salida.

Reprensiones de madre

Te lo dije

Pero ¿tú que te has creído?

¡La madre que te parió! ¡La madre que te trajo!

Arreando, que es gerundio

¿Tú-que-te-piensas? ¿Que yo soy el Banco de España?

¡Dos [lo que sea] te voy a comprar!

¿Te crees que el dinero crece en los árboles? Ve y cógelo. 

¡No me, no me que te, que te...!

Cuando tú vas yo vengo

A la cárcel vas a venir a robar...

¿Te doy una razón para llorar?

Cuando seas mayor, comerás huevos

¡Como vaya yo y lo encuentre, vas a saber lo que es bueno / te vas a enterar!

Si no te las comes, te las cenas y si no, te las desayunas.

 Si eres mayorcito para trasnochar, lo eres para madrugar.

Pero ¿vas con esas pintas?

Eso ¿es un vestido o una camiseta?

¡Cualquier día cojo la puerta y me voy!

Retírate el pelo de la cara

¿A que voy yo y lo encuentro?

Como sigas llorando, te voy a dar una razón para que llores de verdad

Como te caigas, cobras

Si te tragas el chicle, se te va a quedar pegado en las tripas

¿Ahora sales? ¡Pero si es la hora de volver!

Esto me duele más a mí que a ti

Como tenga que ir yo...

Pues que no te lo tenga que repetir

Es la primera vez que me siento en todo el día

Créeme, ¡es por tu bien!

Tu madre sabe lo que es mejor para ti

Llévate una chaqueta por si refresca

Cuando tengas tu casa harás lo que quieras. Mientras vivas en esta, se hará lo que yo diga

Y  si tus amigos se tiran por un puente ¿tú también?

No tardes, y me traes las vueltas

Abrígate, que hace frío.

Pero ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Ya verás, cuando llegue tu padre

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Pregúntale a tu padre

Un día cojo la puerta, me voy, y a ver cómo os las apañáis sin mí

Verás como saque la zapatilla...

Pues si te enfadas ya tienes dos problemas, enfadarte y desenfadarte

Come y calla.

Mamá, ¿qué hay de comer?  - Comida.

Si te duele es que está curando.

Si estás enfermo para ir a clase, también lo estás para salir con los amigos.

Esto no es un hotel en el que uno viene, come y se va

A ver si te cortas el pelo, que dentro de poco no vas a ver ni torta.

Bébete el zumo, que se le van las vitaminas

Algo habrás hecho.

Que sea la última vez que... [cualquier cosa mala].

"Porque sí" y "porque no".

¿Es que tengo que ir detrás de vosotros para que hagáis las cosas bien?

¿Para qué me preguntas, si vas a hacer lo contrario?

De puertas para afuera todo es fiesta y de puertas para adentro todo molesta.

Cuando tengas hijos te acordarás de mí.

A tu madre no le levantes la voz ¡eh!

¡Ni peros, ni peras!

¡Ni moto, ni mota!

¿Quién te crees que soy? ¿La sirvienta?

Te lo digo por tu bien

¡Niño! ¡Ven acá p'acá!

¿Qué pasa? ¿Que tus amigos no tienen casa?

¿Qué te crees, que nací ayer?

Algún día me lo agradecerás.

¿Cuento hasta tres? Uno, dos y tres.

Cuando seas madre lo entenderás.

¿Y mi beso?

Porque soy tu madre, y punto.

Yo no digo nada, pero te están viendo los reyes magos...

Ya dirás ¡qué razón tenía mi madre...!

Esta habitación no se recoge sola.

Recoge tu cuarto, que parece una leonera.

Ya estás tardando.

Es la primera vez que me siento hoy.

¿De verdad me tengo que levantar?

Un día me matáis del disgusto.

Lleva el paraguas que va a llover.

La madre que te parió, que he sido yo.

El vago trabaja dos veces.

¿Es que te crees que me chupo el dedo?

Quien tiende bien, plancha la mitad.

Eso te pasa por andar descalzo.

Estas no son horas [de llamar a una casa decente].

Todo lo que me he sacrificado por ti y así me lo pagas.

A que cobras.

Tú ve, que el no ya lo tienes

Ponte recta, que te va a salir chepa.

Pregúntale a tu padre.

Verás como saque la zapatilla.

Cómete eso, que es lo mejor.

Ponte muda limpia por si te pasa algo y tienes que ir al hospital.

¡Me vas a enterrar!

Ya verás como se entere [o cuando venga] tu padre.

¿Pero qué te piensas, que soy tu criada?

Para salir de fiesta nunca estás cansado.

Yo a tu edad…

Te bañas o te bañas.

Supongo que lo que no está en su sitio es para tirar.

Te voy a lavar la boca con jabón.

Cuando lleguemos a casa vas a ver.

Ya tendrás a tus hijos

Tú no te mandas solo-a

¿Me estás avisando o pidiendo permiso?

A ver si te echas novio/a y te largas de una vez.

Entre tu padre, tu hermano y tú, me vais a matar de un disgusto.

Hasta que ocurre.

Llámame cuando llegues.

¡Cuántos niños en África querrían comer tu comida!

¿No te comes eso? ¡Si es lo más rico / lo mejor! 

Hasta que no lo rompas no te vas a quedar tranquilo. 

Deja el móvil que te vas a quedar ciego.

¡Tráeme las vueltas!

Apaga la luz, que no soy Iberdrola.

Quien quiera peces, que se moje el culo.

Los hombres no lloran

Para que llores con motivo (una tunda)

Me vais a volver loca

No pises el suelo, está fregado

Te da todo igual, te entra por una oreja y te sale por la otra

Mamá, ¿Qué hay hoy para comer? Lo que voy a cocinar

Ya te acordarás de mí, ya. 

No. Y punto.

No me hagas levantar.

¿Te aburres? Pues cómprate un mono / Pues date cabezazos contra la pared. /  Pues ordena tu habitación.

¿Otra vez lo mismo para comer? Son lentejas, si quieres las comes y si no las dejas

Porque lo digo yo y punto, que por algo soy tu madre.

¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?

Quién madruga, Dios le ayuda

Si no estudias, nunca llegarás a nada / no serás nada en la vida

Comiendo no se habla

El saber no ocupa lugar

No te metas al agua sin hacer tus dos horas de digestión

Cede el asiento a las personas mayores

No hables con desconocidos

Si tú no crees en ti misma, nadie lo hará

Me vas a sacar canas verdes

No hagas ruido al comer, cierra la boca

La cama te llama, ve a ver qué quiere

Es de mala educación hablar con la cabeza vacía

La pregunta del aragonés, que preguntas lo que ves

Cuando vuelva, lo quiero ver todo ordenado

Te calmas o te calmo

¿Quién crees que te lava la ropa?

Aquí huele a pies

¿Para qué se inventó el teléfono?

Eres idéntico a tu padre.

Deberías aprender de fulanito...

¿Qué te cuesta avisar?

Esa muchacha no te conviene

Que yo sepa no soy tu empleada

Mastica bien los alimentos

Parece que le hablo a la pared

¿Crees que estoy pintada?

Guarda las lágrimas para cuando me muera

¿Y a quién le pediste permiso? ¿Acaso ya te mandas solo?

Con la verdad se va a todas partes

Si no te lo comes todo te quedas sin postre

Da siempre los buenos días

A mí no me importan tus amigos, me importas tú

Pobre de ti como me traigas un suspenso

Mamá, ¿Qué hay hoy para comer? -Lo que voy a cocinar


viernes, 27 de febrero de 2026

Diccionario audiovisual de gestos españoles

 Diccionario audiovisual de gestos españoles

https://mele.web.uah.es/diccionario_gestos/#

Ana M.ª Cestero Mancera, Mar Forment Fernández, M.ª José Gelabert Navarro, Emma Martinell Gifre

El Diccionario audiovisual de gestos españoles es un inventario de gestos básicos, de uso habitual, en España. Viene a cubrir una laguna importante en el material complementario para el aprendiz y el profesor de ELE, pues ofrece información fundamental sobre signos no verbales y muestra su producción en diálogos que se ofrecen en formato audiovisual. Asimismo, puede constituir una ayuda para profesionales de la traducción, para agentes culturales, para agentes turísticos, para profesionales de las actividades relativas a la integración de los inmigrantes. Podrá ser, además, un material de consulta para antropólogos, lingüistas, psicólogos y especialistas en lenguas de signos.

En el ámbito del ELE, sigue las directrices trazadas por el Marco común europeo de referencia para las lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación (MCER) (Consejo de Europa 2002). La competencia comunicativa, sumada a unas competencias generales, no relacionadas directamente con la lengua, se ejerce en un ámbito específico, a través de la recepción y la interpretación de secuencias de discursos -textos- y, claro está, a través de la elaboración y la emisión de otras tantas secuencias discursivas. La competencia lingüística comunicativa se considera, aplicada a diferentes niveles, gramatical, sociolingüística, discursiva, estratégica y sociocultural. Asimismo, se acepta que la estrategia es, en primera instancia, verbal y, en segunda instancia, se usa con vistas a suplir deficiencias del componente verbal o, simplemente, para dotar de más eficacia comunicativa al texto, según los determinados contextos de actuación.

Las directrices del Instituto Cervantes, en correspondencia con los dictados del MCER, establecen que los aprendientes de español son agentes sociales dispuestos a realizar acciones intencionadas, las tareas, y dotados de recursos cognitivos, emocionales y volitivos –como miembros de una comunidad hablante de otra lengua–, que deben llegar a dominar las estrategias de comportamiento verbal –y no verbal- en cada situación para conseguir el resultado concreto que se habían propuesto.

La gestualidad del hombre responde, en parte, al bagaje cultural propio del grupo en el que está inserto. Y habrá una parte de la gestualidad, más sintomática, que no permitirá distinguir a miembros de culturas diferentes, hablantes de lenguas diversas. No en vano se discute el alcance de los gestos universales. Otra parcela de la gestualidad responde, en cada individuo, a unas coordenadas concretas: ¿habrá, pues, idiolectos gestuales? Sin embargo, la parcela de la gestualidad susceptible de una descripción sistemática, de una ejecución regular, de un valor estable y –no lo olvidemos– con capacidad de sustitución del mensaje verbal o con capacidad de refrendarlo, sí debe aprenderse cuando se aprende una lengua extranjera.

Hablar de gestualidad, de gestos, no es más que una simplificación práctica. Los movimientos del cuerpo humano van de la mano de la distribución del espacio (proxémica), y la organización del tiempo (cronémica). Además, el campo de las emisiones verbales onomatopéyicas o de las emisiones vocales interjectivas (paralenguaje) suele interferir con la actividad gestual (Poyatos 1994, 2002, 2017; Martinell 2007, 2016, 2018; Matsumoto et alii 2016; Cestero 2017). Y, en un terrero puramente verbal, la gestualidad y la fraseología resultan inseparables (Forment 1996, 1997).

El aprendiente de ELE aspira a aplicar unas expresiones verbales a la ejecución de unas funciones comunicativas, y a obtener, mediante ese acto de competencia comunicativa, la comprensión del interlocutor, es decir, a alcanzar su meta. Es lógico que, al tiempo que va dominando paso a paso el vocabulario, las estructuras gramaticales, las condiciones de uso de las expresiones lingüísticas, las reglas de la interacción (reguladas tradicional y socialmente), vaya actuando con soltura progresiva tanto en la interpretación de la gestualidad de los interlocutores con quienes interactúa como en la ejecución de su propia gestualidad, no siempre –como hemos dicho— similar a la de su lengua.

A este fin, las autoras del Diccionario audiovisual de gestos españoles, con dilatada experiencia en el campo del ELE como profesoras y como autoras de materiales, hemos dirigido nuestros esfuerzos a proporcionar información desde varios ángulos. Hemos querido elaborar una obra que favorezca o exija la interacción del usuario con ella, aprovechando las nuevas tecnologías, y que permita ver el gesto en uso, además de conocer datos relevantes sobre su producción, significado o función. Quien se acerque al Diccionario verá la ejecución de cada uno de los gestos, al tiempo que oirá un diálogo-muestra de situaciones prototípicas de uso. Ello le permitirá contextualizarlo, a través del tipo de interacción en la que se produce, e interpretar la función comunicativa que cumple. Tendrá disponibles, además, algunas expresiones lingüísticas que pueden emitirse a la vez que el gesto o que tienen igual significado o cumplen la misma función, la descripción de la realización del gesto, así como anotaciones necesarias relativas al significado y al uso del gesto, cuando sea preciso; además, en algunos casos, se remite a otras entradas por existir similitud relevante en los gestos correspondientes (→). El Diccionario cuenta con 156 entradas y 278 diálogos representados.

La comunicación que se produce a través de los gestos es básicamente funcional. Así, utilizamos estos signos para realizar actos de comunicación: bien relacionados con la interacción social (saludar, despedirse, pedir perdón, etc.), bien relacionados con la estructuración y el control de la comunicación misma (dirigirse a alguien; iniciar un turno de habla o terminarlo; pedir la palabra; relacionar partes y elementos del discurso; pedir que se repita algo; pedir que se hable más alto, más bajo o más despacio; subsanar deficiencias de fluidez discursiva, o mostrar seguimiento de la comunicación) o bien relacionados con prácticas habituales en la comunicación interactiva humana (identificar personas y objetos; describir personas, lugares, objetos y cosas; sugerir o aconsejar; exteriorizar vivencias, sensaciones, sentimientos y deseos; ubicar objetos, sucesos, lugares o personas; dar instrucciones, o pedir a otros que hagan algo). Por ello, hemos tomado como eje vertebrador del conjunto de gestos básicos que presentamos en este Diccionario un repertorio de funciones, elaborado a partir de los contenidos funcionales del Plan Curricular del Instituto Cervantes (Instituto Cervantes 2006; Cestero 2007, 2017), sin descuidar la información recogida en diccionarios o repertorios de gestos españoles específicos para ELE (Meo-Zilio y Mejía 1980-1983; Coll, Gelabert y Martinell 1990; Takagaki, Ueda, Martinell y Gelabert 1998; Martinell y Ueda 1998; Cestero Mancera 1999; Nascimento 2012).

1. Referencias bibliográficas

Cestero Mancera, Ana M.ª (1999): Repertorio básico de signos no verbales del español, Madrid: Arco/Libros.

Cestero Mancera, Ana M.ª (2007): “La comunicación no verbal en el Plan Curricular del Instituto Cervantes: apuntes para su enseñanza”, Frecuencia L. Revista de Didáctica de Español Lengua Extranjera, 34, pp. 15-21.

Instituto Cervantes (2006): Plan curricular del Instituto Cervantes. Niveles de referencia para el español, 3 volúmenes, Madrid: Instituto Cervantes-Biblioteca Nueva.

Matsumoto, David, Hyisung C. Hwang y Mark G. Frank (eds.) (2016): APA Handbook of Nonverbal Communication, Washington, DC: American Psychological Association.

Martinell Gifre, Emma (2016): “La comunicación no verbal: nuevos ámbitos de especialización profesional”, en: A. M. Bañón, M. del M. Espejo, B. Herrero y J. L. López (eds.), Oralidad y Análisis del Discurso. Homenaje a Luis Cortés Rodríguez, Almería: Universidad de Almería, pp. 421-435.

Martinell Gifre, Emma (2018): “Culturas, lenguas y gestos”, Revista Comunicación, 27, año 39, núm. 2, p. 83-97.

Martinell Gifre, Emma (2007): “La gestualidad hoy, en el marco de la competencia intercultural y de la tendencia a la globalización”, en E. Balmaseda Maestu (coord.), XVII Congreso Internacional de la Asociación del Español como lengua extranjera (ASELE), vol. 1, Logroño: Universidad de La Rioja, 65–82. [Disponible en:  https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/asele/pdf/17/17_0065.pdf]

Cestero Mancera, Ana M.ª (2017): “La comunicación no verbal”, en Ana M. Cestero e Inmaculada Penadés (eds.), Manual del profesor de ELE, Alcalá de Henares: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá, pp. 1051-1122.

Coll, Josep, M.ª José Gelabert y Emma Martinell (1990): Diccionario de gestos con sus giros más usuales, Madrid: Edelsa.

Consejo de Europa (2002): Marco común europeo de referencia para las lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación, Madrid: Secretaría General Técnica del MECD-Subdirección General de Información y Publicaciones / Anaya. (Traducción en español del Instituto Cervantes)

Forment Fernández, Mar (1996): ¿Gesticulamos o hablamos de gestos? Notas sobre fraseología del español, Tesis de Licenciatura inédita, Barcelona: Universidad de Barcelona.

Forment Fernández, Mar (1997): “La verbalización de la gestualidad en el aprendizaje de E/LE”, Frecuencia-L 4, pp. 27-31. [Disponible en:  http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero5/mforment.htm]

Martinell, Emma e Hiroto Ueda (eds.) (1998): Diccionario de gestos españoles. [Disponible en: https://lecture.ecc.u-tokyo.ac.jp/~cueda/index.html]

Meo-Zilio, Giovanni y Silvia Mejía (1980-1983): Diccionario de gestos: España e Hispanoamérica, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.

Nascimento Dominique, Nilma (2012): La comunicación sin palabras. Estudio comparativo de gestos usados en España y Brasil, Alcalá de Henares: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá.

Poyatos, Fernando (1994): La comunicación no verbal. 3 vols., Madrid: Istmo.

Poyatos, Fernando (2002): Nonverbal Communication across Disciplines. 3 vols. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins.

Poyatos, Fernando (2017): La comunicación no verbal en la enseñanza integral del Español como Lengua Extranjera, E-eleando. ELE en Red, monografía 1. [Disponible en: http://www.meleuah.es/e-eleando/]

Takagaki, Toshihiro, Hiroto Ueda, Emma Martinell y M.ª José Gelabert (1998): Pequeño diccionario de gestos hispánicos, Tokyo: Hakusuisya.

2 Repertorio de funciones

Su clasificación es la siguiente:

1. Dar y pedir información. Al margen de la función de identificar (a los locutores, a las personas o a entidades referenciales), tienen cabida aquí las funciones destinadas a proporcionar información espacial, temporal y de cantidad.

2. Describir. Se establece distinción entre la descripción de personas y la descripción de objetos y de lugares.

3. Referirse a acciones y actividades cotidianas. En este caso, tienen cabida, por un lado, los gestos que reproducen miméticamente acciones o actividades cotidianas y, por otro, los gestos que evocan acciones o actividades cotidianas. Consideramos que la evocación responde a un distanciamiento entre el gesto y su contenido, por lo general basado en la proximidad entre una estructura lingüística y el propio gesto.

4. Expresar opiniones, actitudes y conocimientos. En este apartado hemos agrupado nueve tipos de funciones, que tienen en común expresar la posición de quien habla y hace el gesto, esto es, tanto opiniones como valoraciones, actitudes y conocimiento.

5. Expresar gustos, deseos y sentimientos. Aquí se recogen dieciséis funciones. Cabe decir que el número de ellas, como en el caso anterior, no ha venido determinado por la diversidad de los valores, sino por la existencia, a nuestro juicio, de un gesto bien definitorio.

6. Intentar influir en el interlocutor. De nuevo en el mismo ámbito de la interacción a la que pertenecía claramente el apartado 1, con sus gestos, en este resulta evidente la decisión de quien interviene y hace el gesto de influir en quien lo percibe, con el propósito de obtener alguna respuesta, ya sea verbal o no verbal. Sabemos que esa línea abarca del consejo a la orden tajante; de la instrucción a la advertencia; del consuelo a la intervención.

7. Relacionarse socialmente. Siempre en el ámbito de la interacción, nos encontramos aquí con la zona más ritualizada, donde las costumbres dictan unas normas tanto de comportamiento, como de intervención verbal y gestual.

8. Estructurar el discurso. Se trata de las funciones prácticas que permiten que las personas que interactúan alternen sus papeles en la emisión y en la recepción de los discursos; que preparan los finales de las intervenciones, que solicitan la repetición de los mensajes, etc., es decir, que regulan la práctica del diálogo. Hemos identificado diez tipos diferentes de funciones.

3 Organización de la información

Las entradas, por tanto, están clasificadas por las macrofunciones mencionadas, que constituyen las diferentes partes del diccionario. Normalmente, al inicio de cada gran apartado, se ofrece una explicación general. La organización de la información que se da sobre cada una de las funciones concretas recogidas en el Diccionario, y sobre los gestos que las cumplen, que se listan por orden alfabético, es la siguiente:

En primer lugar, se consigna la Expresión lingüística. Se presentan seguidos, separados por comas, términos o expresiones lingüísticas que cumplen la misma función o tienen el mismo significado que el gesto. Pueden ser una sola o varias; pueden consistir en una palabra (un verbo, por ejemplo), un conjunto de palabras o una unidad fraseológica. Cuando se ha considerado necesario, se ha incluido una explicación, siempre referida al componente verbal, no al gesto.

En segundo lugar, se ofrece la Descripción de la realización del gesto. Es el intento de que, al margen de que el usuario vea la producción del gesto, comprenda cómo es a través de su explicación mediante palabras. La descripción verbalizada a veces se enriquece con alguna observación.

En tercer lugar, aunque no siempre aparece, puede haber un apartado titulado Significado y uso. En él se ofrece información relevante sobre el gesto, por ejemplo, variantes, nivel sociocultural o grupo etario de quienes suelen realizarlo, etc., es decir, matices más referidos a posibilidades de realización y a personas que suelen emplearlo que a su propio significado. En ocasiones, el gesto, además del significado que determina el lugar en la clasificación que se le ha asignado, puede adquirir otros valores, siempre de acuerdo con la situación comunicativa.

En cuarto lugar, se ofrece uno o más Diálogos con los que se ejemplifican, contextualizados, los gestos del Diccionario. Normalmente, se presenta más de un diálogo para cada gesto, a fin de se disponga de un ejemplo del gesto en relación a más de una forma de expresión lingüística equivalente. Se ha intentado que los diálogos se asemejen a los posibles en situaciones cotidianas. En cada diálogo se indica el lugar exacto en el que se realiza el gesto. Al pinchar en el enlace del video se puede ver la representación del diálogo hecha por actores profesionales.

martes, 24 de febrero de 2026

Frases hechas con historia

 ¿Recuerdas el sonido de la voz de tus abuelos? Esas frases llenas de sabiduría que soltaban casi sin pensar y que parecían tener respuesta para todo.

Número 15. Ser más feo que Picio. Empezamos nuestro viaje con una comparación que seguro has oído alguna vez. Cuando alguien era, digamos, poco agraciado. La sentencia era clara. Es más feo que picio. Pero, ¿quién fue este pobre hombre para cargar con semejante fama? La historia es más bien una leyenda, pero es tan trágica como fascinante. El folklore nos lleva a la Granada del siglo XIX, donde vivía un zapatero. La leyenda cuenta que este hombre, Francisco Picio, fue condenado a muerte por un crimen que no cometió. Justo en el último momento, cuando ya esperaba el final en la capilla, llegó la noticia de su indulto. El shock de pasar de la muerte a la vida en un instante fue tan brutal que su cuerpo reaccionó de la forma más extraña y terrible. Se le cayó todo el pelo, incluidas cejas y pestañas, y su cara se llenó de tumores que lo deformaron. Su apariencia se volvió tan grotesca que la gente lo evitaba. Así, el pobre Picio, un hombre marcado por una desgracia y una reacción inexplicable, se convirtió en el estándar de la fealdad en el imaginario español.

Número 14. A buenas horas, mangas verdes. Esta es la frase perfecta para esa ayuda que llega tarde cuando ya has resuelto el problema tú solo. Ahora vienes a buenas horas mangas verdes. Pero, ¿quiénes  eran estos tipos de mangas verdes y por qué tenían fama de impuntuales? La Santa Hermandad estaba formada por milicias encargadas de patrullar los caminos, y vestían un uniforme muy característico con unas llamativas mangas de color verde. El problema es que con los medios de la época casi nunca llegaban a tiempo para pillar a los bandidos. Cuando por fin aparecían, la gente con una mezcla de resignación e ironía les soltaba: "A buenas horas, mangas verdes". Una frase que ha sobrevivido 500 años para recordarnos que hay ayudas que simplemente llegan tarde.

Número 13. Irse por los cerros de Úbeda.  Cuando alguien en una conversación empieza a divagar y a salirse del tema, decimos que se está yendo por los cerros de Úbeda. La expresión es muy gráfica, pero su origen es una leyenda de guerra con un pequeño problema de calendario. La historia nos sitúa en la reconquista durante el asedio a la ciudad de Úbeda por el rey Fernando III el Santo, en 1233. Momentos antes de la batalla, uno de sus capitanes desaparece. La batalla se libra, los cristianos ganan y después el capitán reaparece. El rey mosqueado le pregunta dónde diablos se había metido. La respuesta del capitán fue, "Señor, que me perdí por los cerros de Úbeda." Lo gracioso es que la leyenda le atribuye esta excusa a Álvar Fáñez, un famoso guerrero que en realidad vivió en el siglo XI y era compañero del Cid. No pudo estar en esa batalla. La excusa ya en su tiempo sonó a cuento chino y se convirtió en el hazmerreír de la corte, que asumió que se había escondido por miedo. Así que aunque la anécdota sea históricamente imposible, nos dejó para siempre esta genial expresión.

Número 12. No saber ni J. De física cuántica no sé ni J. Es la forma más castiza de declararse un completo ignorante en algo. Pero, ¿por qué la J? ¿Qué tiene de especial esta letra? Su origen no tiene nada que ver con bailes regionales, sino con la propia escritura. Proviene de la letra iota. Iota, la más pequeña del alfabeto griego. En la caligrafía antigua, el trazo de la J era uno de los más simples y pequeños. Por lo tanto, decir que alguien no sabe ni J era la forma de decir que no sabe hacer ni el trazo más básico que su desconocimiento es absoluto. Es como decir hoy no sabe hacer ni la O con un canuto. 

Número 11. Quien se fue a Sevilla perdió su silla, un clásico de los juegos infantiles. Te levantas un momento y al volver alguien te ha quitado el sitio. El usurpador te lo suelta con una sonrisilla, quien se fue a Sevilla perdió su silla. Lo que pocos saben es que la historia real es una traición familiar por un asiento mucho más importante. Un arzobispado. Estamos en el siglo XV. Alonso de  Fonseca el Viejo, era arzobispo de Sevilla. Su sobrino del mismo nombre, pero "el Mozo" acababa de ser nombrado arzobispo de Santiago de Compostela, una zona por entonces muy conflictiva. El sobrino le pidió al tío intercambiar temporalmente sus puestos para que el veterano pacificara Galicia mientras él se quedaba en la tranquila Sevilla. El tío fue, puso orden, pero al volver, sorpresa, el sobrino se negó a devolverle el arzobispado. Se había hecho fuerte en la silla de Sevilla. El lío fue tan grande que tuvieron que intervenir el Papa y el Rey para echar al sobrino. Curiosamente, el dicho original era quien se fue de Sevilla perdió su silla refiriéndose al tío, pero el uso popular le dio la vuelta. 

Número 10. Tirar la casa por la ventana. Celebrar algo a lo grande sin reparar en gastos es tirar la casa por la ventana. Pero, ¿de dónde viene esta imagen tan bestia? ¿De verdad lanzaba sus muebles a la calle? Pues parece que sí. Una de las teorías más populares nos lleva al siglo XVIII, con la creación de la Lotería Nacional por Carlos III en 1763. Ganar un premio gordo en aquella época era un cambio de vida total. La leyenda cuenta que los afortunados en un arrebato de euforia se deshacían de sus viejos y humildes muebles de la forma más visual posible, arrojándolos por la ventana para hacer sitio a todo lo nuevo y lujoso que iban a comprar. Aquel gesto de ostentación quedó como el símbolo definitivo del derroche. 

Número nueve, montar un pollo. Cuando se arma un escándalo o una bronca monumental, decimos que alguien ha montado un pollo y no, no tiene que ver con un gallinero, o al menos no directamente. Existe una teoría muy popular que dice que todo es un error ortográfico. La expresión original sería montar un poyo con la Y griega o ye. Un poyo, del latín podium, era un pequeño banco de piedra o una tarima que se usaba en las plazas para dar discursos.

Como estos discursos a menudo eran políticos o religiosos y muy polémicos, subirse al poyo era sinónimo de empezar una perorata que acababa en un escándalo monumental. Sin embargo, muchos lingüistas no están convencidos y creen que el origen es más simple y que pollo se refiere al alboroto típico de un corral. Sea como sea, la idea de armar jaleo sigue intacta. Estamos a mitad de nuestro viaje y ya hemos visto de todo, leyendas, traiciones y hasta muebles volando. La sabiduría de nuestros abuelos estaba llena de estas pequeñas píldoras de historia. 

Venga, sigamos que aún quedan historias buenísimas.

Número ocho, estar en Babia. ¿Me escuchas? Parece que estás en Babia. Estar distraído con la mente en otro lugar es estar en Babia. Y no, Babia no es un lugar imaginario, sino una comarca muy real en León. Durante la Edad Media, esta zona montañosa era el lugar de descanso favorito de los Reyes de León. Cansados de las intrigas de la corte, se iban a Babia a cazar y a desconectar de todo. Cuando los súbditos iban a palacio a pedir audiencia y el rey no estaba, la respuesta era siempre la misma. El rey está en Babia. La frase se hizo tan popular que empezó a usarse para cualquiera que estuviera ausente mentalmente, como si su mente, igual que los reyes, se hubiera escapado a ese paraíso leonés.

Número siete, no hay tutía. Cuando algo no tiene remedio, cuando es imposible, decimos con resignación, "No hay tutía." Suena a que una tía podría ser la solución a nuestros problemas, pero el origen es mucho más curioso y tiene que ver con la farmacia medieval. La frase original era: "No hay atutía." La atutía o tutía era un ungüento hecho con óxido de zinc, que se consideraba una especie de panacea, sobre todo para las enfermedades de los ojos. Cuando una dolencia era tan grave que ni la valiosísima atutía podía curarla, se decía que para ese mal no había atutía, o sea, que no había remedio. Con el tiempo, la gente olvidó lo que era la tutía y por cómo sonaba, la expresión derivó en el familiar No hay tu tía.

Número seis, tomar las de Villadiego. Huir, poner pies en polvorosa, pirarse a toda prisa. Eso es tomar las de Villadiego. ¿Quién era ese Villadiego y por qué su nombre es sinónimo de fuga? La teoría más aceptada nos lleva a la Edad Media y a un tiempo de persecución religiosa. Villadiego no es una persona, sino un pueblo de Burgos. El rey Fernando III el Santo le concedió a este pueblo un privilegio que lo convertía en un refugio para los judíos perseguidos. La expresión completa era tomar las calzas de Villiego. Al parecer, los judíos que huían hacia allí se ponían unas calzas o prendas distintivas que funcionaban como un salvoconducto indicando que estaban bajo la protección real. Por tanto, cuando el peligro acechaba, tomaban las de Villadiego y emprendían una huida rápida hacia la seguridad de esa villa. 

Número cinco, la ocasión la pintan calva. Aprovecha que la ocasión la pintan calva. Nos anima a no dejar pasar una oportunidad. La imagen es rara. Una oportunidad calva. La respuesta está en la mitología clásica. Los griegos y romanos personificaban la oportunidad llamada Kairós para los griegos como una figura con una larga melena de pelo por delante, pero completamente calva por detrás. Se la  representaba, además, corriendo de puntillas sobre una rueda para simbolizar lo rápido que pasa. El significado era claro. A la oportunidad solo la puedes agarrar por los pelos cuando viene de frente. Si la dejas pasar y te da la espalda, ya no hay por dónde cogerla. Por eso la pintan calva. Para recordarnos que las oportunidades hay que pillarlas al vuelo. 

Número cuatro, estar a la cuarta pregunta. Hoy casi no se oye, pero nuestros abuelos, para decir que estaban sin un duro, decían que estaban a la cuarta pregunta. Y sí, el origen es un interrogatorio, viene de los antiguos procedimientos judiciales. Cuando detenían a alguien, le hacían una serie de preguntas de rigor conocidas como las generales de la ley. Las tres primeras eran sobre su nombre, origen, etcétera. La cuarta pregunta era siempre la misma. ¿Tiene usted bienes de fortuna? Como te puedes imaginar, la mayoría de los detenidos, ya fuera por pobreza real o para evitar embargos, respondían que no. La respuesta era tan previsible que en la calle estar a la cuarta pregunta se convirtió en sinónimo de no tener un céntimo. 

Número tres, ponerse las botas, comer hasta reventar, disfrutar de un festín o forrarse con un negocio. Todo eso es ponerse las botas. ¿Y qué tiene que ver el calzado con la abundancia? El origen es militar y social. Antiguamente, los soldados de a pie, la tropa, llevaban un calzado humilde como alpargatas. Las botas altas de cuero eran un lujo, un símbolo de status reservado para los caballeros y oficiales que  combatían a caballo. Eran ellos, por supuesto, los que mejor comían y los que se llevaban la mayor parte del botín. Así que llevar botas era sinónimo de ser de la clase privilegiada, la que comía bien y se enriquecía. De ahí que ponerse las botas pasar a significar darse un buen homenaje, ya sea en la mesa o en la cartera. 

Número dos, dormir a pierna suelta. Dormir profundamente, sin preocupaciones de un tirón. La  expresión evoca una relajación total, pero su origen es bastante oscuro y nos lleva a una cárcel. Antiguamente, a los presos se les inmovilizaba con grilletes en los tobillos. A los más conflictivos o a los que intentaban fugarse, a veces se les aplicaba un castigo peor, un grillete que sujetaba una sola pierna a la pared, obligándoles a mantenerla rígida. Era una tortura que impedía dormir y encontrar una postura cómoda. Por el contrario, cuando aún preso lo liberaban de ese cepo y podía por fin dormir con las dos piernas libres sin ataduras, se decía que podía dormir a pierna suelta. Era el máximo símbolo de alivio, un placer que solo se valora cuando se pierde. 

Número uno, se armó la Marimorena. Y llegamos al número uno. Cuando estalla una pelea monumental, un caos absoluto, exclamamos, Se armó la Mari Morena. Pero, ¿quién fue esta mujer para dar nombre a la madre de todas las broncas? La leyenda nos lleva al Madrid del siglo XV, a una taberna en la caba baja. La regentaba un matrimonio y la mujer María era conocida por su fuerte carácter y al parecer por su tez morena, de ahí el apodo "la Mari Morena". La historia que se sitúa sobre 1579 cuenta que unos soldados exigieron que les sirvieran del mejor vino, uno que los taberneros reservaban para su clientela fina. Ante la negativa, los soldados intentaron cogerlo por la fuerza. La reacción de Mari Morena fue legendaria. Se enfrentó a ellos armada con lo primero que pilló y organizó una pelea tan descomunal que se hizo famosa en todo Madrid. Su genio fue tal que su nombre quedó para siempre ligado a cualquier trifula que se precie.

Y así hemos rescatado del olvido 15 joyas de nuestro lenguaje. Hemos conocido a un zapatero  desgraciado, a unos guardias tardones y a una tabernera que no se andaba con chiquitas. Cada refrán es una ventana a la historia de la España que vivieron nuestros abuelos. Son mucho más que frases. Son el ADN de nuestra cultura, un legado de ingenio que se niega a desaparecer. Y recordarlos es en parte recordar quiénes somos. 

lunes, 23 de febrero de 2026

Algunas frases españolas de gramática parda

 Estas cinco frases españolas no significan lo que crees y si las entiendes mal pierdes el plan, el examen y la dignidad. Para Fernán Caballero, la gramática parda se limita a tres principios: "Ver venir, Dejarse ir y Tenerse allá".Vamos con ellas. 

Frase número uno. Ya vemos

Empezamos con la más peligrosa socialmente. Ya vemos. Suena abierta, flexible, moderna, democrática... Mentira. Significado real en la mayoría de los casos: No hay plan. No me quiero comprometer. No insistas. Y Probablemente, no. Mini escena:

-Oye, quedamos el viernes.

- Bueno, ya vemos.

-Perfecto. ¿A qué hora...?

Ya vemos es un no con traje y corbata.

Remate, si organizas tu agenda con Ya vemos, te quedas en casa, vamos a crecer juntos.

Frase número dos, está chupado. 

Ahora la frase que más hace reír a los estudiantes. Está chupado. Sí, suena raro y no, no significa lo que estás pensando, pero sí se usa, muchísimo. Significa: es muy fácil, facilísimo. Pan comido versión calle. Pero hay una ley universal. Cuando alguien dice está chupado, no está chupado. 

-Oye, tranquilo, el examen está chupado.

-Ah, vale, pues no estudio.

-Necesito repetir curso. 

Remate a está chupado: confianza peligrosa.

Frase número tres, no te rayes

Frase nacional multiuso, no te rayes. Sirve para estrés, drama, errores, caos, decisiones malas y  decisiones peores. Ejemplos rápidos:

-Oye, perdí las llaves.

-Ah, no te rayes. 

-Oye, di el mensaje a grupo equivocado

-Hombre, no te rayes, tío. 

-Creo que insulté a su abuela.

-Ah, no te rayes.

Es terapia exprés sin factura. 

Remate: funciona el 30% de las veces, pero se intenta. 

Frase número cuatro, luego te digo.

Esta frase parece responsable, luego te digo, pero no lo es. Posibles significados reales: No lo sé. No quiero decidir. Me da pereza pensar. Voy a desaparecer. Y es para que lo olvides. Mini escena:

-Oye, ¿comemos mañana?

-Sí, luego te digo.

-Vale, perfecto.

Luego te digo, es el "modo avión" conversacional.

Remate, si dependes de eso, ya no hay plan. 

Frase número cinco. Ya, si eso.

Nivel avanzado, cinturón negro social. Ya sí eso no tiene traducción exacta, es energía. Significa quizá, puede ser, no prometo nada, no cuentes conmigo o probablemente no, pero con cariño. 

-Oye, vamos al gym a las 7.

Ya, si eso. 

Pero todos sabemos que nadie va, hombre.

-Terminamos el proyecto hoy. 

-Ya, sí eso

Pero no se terminó. 

Remate: es el "Sí, pero no", pero educado.

Bloque extra. Frases rápidas: un bonus.

Minifrases que también rompen cerebros:

A ver, no siempre es mirar, puede significar: Explícate, dime, te escucho, sorpréndeme o no te creo todavía. Depende al cien por cien de la cara. 

Hombre, no habla de género. Es reacción emocional, sorpresa, duda, desacuerdo suave.

-Hombre, no sé yo. 

Eso ya es un no con música.

Tal cual. Significa exactamente, totalmente, cien por cien, es así. Tal cual es el confirmado español. 

Estas frases no salen en los cursos; pero salen todos los días en conversaciones reales. Puedes saber gramática perfecta, pero si no entiendes estas frases, estás en modo turista lingüístico. Escribe en comentarios qué frase te confundió más o cuál entendiste mal y pagaste el precio. Y, tranquilo, no te rayes.

lunes, 26 de enero de 2026

El inventor de palabras para sentimientos secretos

 El inventor de palabras para los sentimientos secretos: "No estamos obligados a preservar el vocabulario de hace cuatro siglos si ya no describe el mundo en que vivimos", en El Mundo, por Jose María Robles 25 enero 2026:

El arqueólogo del lenguaje John Koenig ha creado 800 nuevos términos para definir nostalgias, penurias y alegrías. En 'Diccionario de tristezas sin nombre' publica la mitad.

El inventor de palabras para los sentimientos secretos: "No estamos obligados a preservar el vocabulario de hace cuatro siglos si ya no describe el mundo en que vivimos"

Por la ventana del despacho de John Koenig se cuelan algunos haces de luz que le dan a la estancia una atmósfera mágica, como de trastienda de anticuario o librería de viejo. Tal vez el dueño de la vivienda haya bajado la persiana casi del todo para ver mejor la pantalla del ordenador. Pero quizá lo ha hecho para aislarse del exterior: Koenig vive en Mineápolis y la ciudad es desde hace días un polvorín tras la muerte ya de dos vecinos tiroteados por los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y la posterior oleada de protestas callejeras.

"No creo que nadie sepa realmente qué pensar de lo que está ocurriendo, estamos muy poco familiarizados con este tipo de situaciones. Es algo innecesario y brutal", cuenta por videollamada a propósito del clima de tensión quien, durante su época de estudiante en África central, sí se acostumbró a tener que enseñar su identificación cuando y donde cualquier gendarme lo reclamase arbitrariamente.

Por suerte, las vivencias de Koenig en el extranjero no siempre fueron perturbadoras. La década que residió en Ginebra entre los ocho y los 18 años -su padre trabajaba para una multinacional, de ahí su movilidad a edad temprana- explica en gran parte el proyecto al que ha dedicado la vida adulta: el Diccionario de tristezas sin nombre (ed. Capitán Swing), uno de los títulos más especiales de la temporada literaria.

Su condición de expatriado estadounidense en un colegio de la políglota y multicultural suiza le proporcionó a Koenig una cosmovisión ancha donde las palabras representan mucho más que una simple transacción oral o escrita. "Cuando estás rodeado de otras maneras de entender el mundo reflejadas en el lenguaje y la diversidad flota en el ambiente, te das cuenta de que no hay una forma correcta de ser", explica. "Convivía con tantas personas diferentes que no me quedó otra que percibir la vida como un inmenso bufé del que podía coger su creatividad para interpretarla a mi manera".

Cuarentón nacido en Idaho, Koenig se dedica desde hace más de década y media a crear palabras que definen emociones y sensaciones crípticas, algunas de ellas inatrapables desde hace siglos. Semejante labor arqueo-etimológica le ha convertido en el Indiana Jones de los entusiasmos secretos. En Diccionario de tristezas sin nombre explora un centenar de lenguas vivas y muertas de todo el planeta -del latín al japonés, del hebreo al euskera- en un impulso tan conmovedor como admirable por actualizar el lenguaje relativo a la experiencia humana. Sus términos, elaborados como collages saltarines, hacen referencia a dolores, alegrías, ansiedades y otras palpitaciones íntimas de la cotidianeidad.

Así, crisalismo se refiere a la tranquilidad que produce sentirse bajo techo durante una tormenta; exulancia acota la renuncia a hablar de una experiencia propia porque los demás no son capaces de valorarla, ya sea por envidia, compasión o simple extrañeza; anemoia es eso que, por ejemplo, provoca la contemplación de una foto antigua y remite a la nostalgia de una época que nunca hemos vivido; zenosine expresa la percepción de que el tiempo pasa cada vez más rápido; liberosis atrapa el deseo de preocuparse menos de las cosas que producen parálisis; fensividad delimita la reacción de un amigo cuando muestra interés por una de nuestras obsesiones; yráth apunta a la sed de misterio en una época de respuestas fáciles; y sonder es lo que sentimos en medio de un concierto, un atasco o una tragedia colectiva y refleja la consciencia de que cualquier ser humano tiene una historia interesante detrás.

El gran peligro de la 'insultocracia': "Cuando los políticos se comportan como hooligans, los ciudadanos empiezan a serlo"

"Hay un gran punto ciego en el lenguaje de las emociones, inmensos boquetes léxicos que ni siquiera sabemos que nos faltan", anota Koenig en su libro. "Tenemos miles de palabras para referirnos a distintos tipos de pinzones, goletas y ropa interior histórica, pero sólo un vocabulario rudimentario para captar las deliciosas sutilezas de la experiencia humana", denuncia lo obsoleto que se ha quedado el campo semántico referente a los estados de ánimo.

Con la intención de llenar semejante vacío, Koenig ha acuñado en torno a 700-800 entradas para su originalísimo diccionario, que nació con formato de blog, después mutó en canal de YouTube -tiene más de 400.000 suscriptores y 13 millones de visualizaciones- y ahora llega a las librerías de 10 países con una selección de 300-400 definiciones. Se trata de un repositorio deslumbrante gracias también a la labor de Magdalena Palmer, responsable de su traducción al castellano.

"Me gusta decir que parecen más pequeños poemas que cualquier otra cosa. ¿Mi favorita? Veo el resultado como una paleta de colores y no sería capaz de decidirme entre el morado y el naranja", bromea este sociólogo y diseñador gráfico de formación y publicista de profesión, al que un curso de escritura creativa transformó en inventor de palabras. "De todas las que he inventado, la que más impacto ha tenido es sonder", revela. "A mucha gente le resultó útil abrazar una definición como ésta porque, especialmente ahora, cuesta encontrar la humanidad en el prójimo: es demasiado fácil reducir a los demás a simples extras en nuestro día a día".

¿Cómo definiría su labor?

Es como pulir una piedra preciosa o ponerle un asa a una nube: materializar lo que antes no tenía forma y pasaba inadvertido. Los sentimientos son invisibles, te atraviesan la cabeza, pero si les pones nombre puedes hacerlos tangibles y luego compartirlos con alguien más. El lenguaje se creó para unir a la gente. El problema es que se ha vuelto demasiado sofisticado como tecnología. Es como si estuviéramos dentro de Matrix y sólo viéramos su destello, no la realidad que representa.

Explíquese, por favor.

Por una parte, el libro aspira a enriquecer el lenguaje. Por otro, quiere burlarse de la consideración de nuestras palabras como algo por lo que es digno morir. No tenemos que hacer eso. Nuestras palabras tienen 400 años, no estamos obligados a preservarlas si ya no describen el mundo en que vivimos o cómo nos sentimos.

Diccionario de tristezas sin nombre está dividido en seis capítulos: el mundo exterior, el yo interior, la gente que conocemos, la gente que no conocemos, el paso del tiempo y la búsqueda de sentido. Los nuevos sustantivos, verbos y adjetivos parecen más pensados para el autoconsumo que para el uso conversacional. Eso sí, a diferencia de los manuales de autoayuda con pretensión de superventas, el trabajo de Koenig no busca generar ningún efecto imitación.

"No recomendaría a todo el mundo que se pusiera a poner nombre a sus sentimientos", matiza el autor. "Me considero una persona rara y aislada, también bondadosa. Para mí inventar palabras es casi como hacer meditación. Intenté reservar la mayor parte de mis textos para mí. Todo el mundo escribe hoy para un determinado público e intenta darle lo que quiere, así que yo intenté hacer justo lo contrario: hablar conmigo mismo y permitir que otros sintonizaran a través del libro".

Que nadie piense que este yanqui trotamundos lleva 15 años en permanente estado de gracia. Parte de la inspiración se la debe a la mente-colmena sustentada por internet. Al correo electrónico de Koenig llegan mensajes de todo el planeta cuyos remitentes le detallan sus humores más íntimos con la esperanza de que pueda darles nombre. Su bandeja de entrada es, por tanto, más un diván que una pila bautismal.

¿Por qué tenemos más palabras para lo triste que para lo alegre?

Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera... [recuerda el mítico inicio de la novela Ana Karenina]. Si todos los días te encuentras bajo un cielo azul, ¿qué sentido tiene hacerle más de una foto? La vida es más interesante cuando no es lo que te esperas ni lo que sueñas. Personalmente, cuando me sale algo perfecto, me siento un poco triste. A esa sensación la llamo cairoesclerosis.

¿Qué emoción o sentimiento le ha costado más codificar?

Hay algunas que, cuando intentas expresarlas con palabras, se deshacen. Descubrí que el amor romántico es una de ellas. No hay demasiadas referencias al amor ni a las relaciones en el libro, seguramente porque son cuestiones muy íntimas y porque ya se ha dicho todo sobre ellas. Me pasa lo mismo con la tecnología. Cuanto más escribía sobre ella, más me sentía como un anciano gritándole a una nube, porque los cambios se suceden muy rápidamente. Por cierto, escribí el diccionario antes de la irrupción de la IA.

El de Koenig es el tipo de libro que ChatGPT va a tardar en poder escribir, porque implica introspección psicológica, exploración paisajística y celebración de lo esencialmente humano. Pero, sobre todo, porque invita a usar el lenguaje con empatía en un momento histórico en el que éste se emplea con demasiada frecuencia como arma arrojadiza en redes sociales, programas de televisión o atriles políticos.

"El lenguaje es un milagro, un truco de magia", resume. "Deberíamos reflexionar más sobre las palabras en general y ser más cautos sobre las consecuencias que tienen en nosotros".

La actualidad confirma que hablar de neologismos puede dar lugar a debates intensos... por no decir inflamables. "Todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet", confesaba el escritor Arturo Pérez Reverte hace un par de semanas en estas mismas páginas. El también miembro de la RAE refutaba el viejo lema de la institución para denunciar la vulgarización de la lengua debido, entre otros motivos, al alud de coloquialismos incorporados en los últimos años. "Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre", exponía Reverte con amargura.

Diccionario de tristezas sin nombre se sitúa en las antípodas del empobrecimiento del lenguaje. Además, da la casualidad de que en su prólogo incluye un pequeño guiño al castellano: la mención de duende -el pellizco flamenco- junto a otros términos que hacen referencia y emociones supuestamente intraducibles, como hygge, saudade o schadenfreude. "Aprendí español, pero lo fui perdiendo", lamenta Koenig. "Es un idioma hermoso, me aseguraré de que mis hijos lo aprendan. Me encantan los idiomas -es una tragedia que estén desapareciendo tantos pequeños- y coleccionar diccionarios para perderme en ellos".

¿Qué lengua siente más afín a su manera de estar en el mundo? ¿A cuál suele recurrir para inventar nuevas palabras?

Con el griego antiguo suelo dar en el clavo. Por eso muchas de las nuevas palabras suenan a diagnósticos médicos [sonríe]. Es una lengua poética, casi sagrada, pero a la vez muy lúdica.

¿La publicación del libro supone el fin de su proyecto?

Llevo tanto tiempo trabajando en él que no creo que pueda parar. Para mí representa una forma de vida. Sigo tomando notas de cosas que me encantaría poder definir.

jueves, 22 de enero de 2026

Palíndromos, por Carlo Frabetti

 Palíndromos. Por Carlo Frabetti, en El País, 14-XI-2025:

Desde la más remota antigüedad, los palíndromos han intrigado tanto a los estudiosos de lenguaje como a los ocultistas.

No se puede envolver un huevo con papel de aluminio sin que se formen arrugas, como vimos la semana pasada; pero, como señala Rafael Granero: “Matemáticamente (y físicamente), no es posible adaptar una superficie plana (inelástica o de elasticidad limitada) a una esférica sin deformarla: o se estira, o se arruga, o se rompe. Ni lo contrario, y por eso no podemos aplanar la piel entera de media naranja sin que se cuartee. Pero si hacemos jugar al calor... Existen envoltorios termo ajustables, como las fundas termorretráctiles: una lámina plástica que, al aplicarle calor, se contrae y se adapta perfectamente a la forma del objeto”.

En cuanto a los animales cuyo nombre contiene las cinco vocales una sola vez, Fernando Garro ha “cocinado” astutamente el acertijo, poniendo de manifiesto, una vez más, la importancia de la precisión en los enunciados: “Mi cuñado es un animal y se llama Aurelio”.

El juego del lenguaje

Debí precisar que me refería al nombre común de un animal no humano, y en ese caso hay algunas respuestas discutibles y/o jocosas, como “zarigüeyo” (no aceptado por la RAE pero sí coloquialmente). O “paquidermo”, que no es el nombre de un animal sino de un orden taxonómico (hoy en desuso, por cierto); pero es habitual llamar paquidermo a un elefante (aunque actualmente lo correcto es llamarlo proboscídeo), por lo que se puede dar por buena la respuesta de Javier Andueza. Y si aceptamos los diminutivos cariñosos, podrían valer “sabuesito” (bien, el corrector no lo subraya en rojo) y “hormigüela” (este sí).

En la misma línea jocosa, Bretos Bursó propone “futbolinera” (mujer aficionada al futbolín) como palabra que contiene las cinco vocales en orden inverso al alfabético. Y sin alejarnos del fútbol, también podría servir un partido entre Portugal y Chile: sería una competición lusochilena.

En cuanto al mayor número cuyo nombre contiene las cinco vocales sin repetirlas, Bursó propone “noventa y un mil”; pero Granero se pasa al catalán y ataca con “quatre trillons”, y Bursó contrataca con “cent quadrillons”. ¿Quién da más?

La respuesta de Jaime Zubieta al tercer acertijo de la semana pasada es “Esta frase no tiene treinta y cinco letras”. ¿Hay alguna otra solución?

Y la respuesta “oficial” al cuarto acertijo es “cinco”; pero ¿hay alguna más?

Simetría verbal

Al hablar de juegos y acertijos con las palabras, es inevitable mencionar los palíndromos.

Un palíndromo es una palabra o frase cuyas letras están dispuestas de tal manera que no cambia al leerla de derecha a izquierda. Hay muchas palabras palindrómicas, sobre todo entre las más cortas: asa, ama, ara, ata, efe, eme, ene, oro, oso, ojo… ¿Cuántas puedes encontrar de tres letras? Y, yendo al otro extremo, ¿cuál es la palabra palindrómica más larga?

En cuanto a las frases palindrómicas, recordemos un par muy logradas, una popular (en castellano) y otra culta (en latín): “Dábale arroz a la zorra el abad” e “In girum imus nocte et consumimur igni” (Damos vueltas en la noche y nos consume el fuego). El palíndromo latino podría ser una antigua adivinanza relativa a las mariposas nocturnas o a las antorchas; o a los demonios, según algunos, por lo que se lo conoce como el verso del diablo. Guy Debord, fundador de la Internacional Situacionista, adoptó el palíndromo In girum… como divisa y realizó en 1978 un cortometraje con este título. Y, siguiendo con el latín, es de obligada mención el misterioso multipalíndromo del Cuadrado Sator: SATOR AREPO TENET OPERA ROTAS (pero ese es otro artículo).

En castellano, el palíndromo de la zorra y el abad es difícilmente superable. ¿Se te ocurre alguno?

(Casualmente, o tal vez no, esta es la entrega nº 545 de El juego de la ciencia: un número palindrómico, también llamado capicúa).

sábado, 17 de enero de 2026

La tribuna de Pérez Reverte sobre el español de la RAE

 Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor, en El Mundo, por Arturo Pérez-Reverte, 11 enero 2026:

 Crece la impresión de que la Real Academia Española ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería.

La célebre divisa de la Real Academia Española -Limpia, fija y da esplendor- surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se cumple. No porque el español esté en decadencia -al contrario, camina más vivo e imparable que nunca- sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería. Decir que la RAE ya no limpia, ni fija, ni da esplendor es, lamentablemente, una impresión generalizada.

Intentaremos explicarlo, aunque ni sea fácil ni sea cómodo, ni agradable. Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos. Debates que a menudo han opuesto y oponen dos formas distintas de entender la RAE, su función y sus obligaciones.

El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan principalmente lingüistas -aunque no se trata de grupos compactos-, es que la Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre.

Como institución colectiva, y desde hace tiempo, la RAE ha estado esquivando la constante petición de algunos académicos -cada vez menos, pues los más combativos van falleciendo o se cansan de bregar- en los debates de los plenos de los jueves: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, a modo de balance, y no para imponer normas policiales, sino para prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes, docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar -advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio- no responde sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Que -a diferencia de la notoria incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares- sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes.

Fijar no es congelar la lengua

En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados, explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad académica. ¿Se escribe solo o sólo? ¿Guion o guión? ¿Mayúsculas opcionales?... La respuesta académica suele ser tibia: «depende», «es válido», «se recomienda, pero no es obligatorio». Una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados -muchos de ellos fueron en vida o son hoy académicos- para quienes la lengua era y es una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto. Y con esa claudicación, en vez de orientar hacia el buen uso, la RAE lo desprecia.

Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay.

Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social.

Y, bueno. Los resultados están a la vista. La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez. El antes buscado esplendor exigía distancia, profundidad, autoridad y exigencia sin complejos. Además, y como postre, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento léxico. Aunque a veces los adapta, no siempre propone alternativas convincentes o realistas -todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet-. Y cuando las alternativas razonables son asumidas, llegan tarde o no se aplican. El mensaje implícito es de resignación: la lengua cambia, y poco se puede hacer; sólo seguirle el paso, aunque sea cojeando.

La politización del lenguaje

Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos -Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Esa prudencia, o ambigüedad, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía. Cada vez que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad. Y no se trata de negar debates sociales, que son necesarios, sino de establecer con claridad qué pertenece al ámbito de la lengua y qué al de la ideología, y ser inflexible con quienes desde el interés partidista intentan contaminar la lengua o adaptarla a sus intereses. Al no plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio.

Otro síntoma inquietante es la invisibilidad intelectual de muchos actuales académicos. Históricamente, la RAE estaba integrada por figuras literarias y filológicas de primer orden, cuya autoridad provenía tanto de su obra como de su pensamiento. Hoy, aunque sigue habiendo elementos brillantes entre los lingüistas -Ignacio Bosque, Pedro Álvarez de Miranda- y también hay escritores de reconocido prestigio y notables académicos de otras especialidades, sus voces públicas suenan aisladas, cuando suenan, y la institución en su conjunto no proyecta una voz prestigiosa y sólida. Las discusiones importantes sobre la lengua se dan fuera de la Academia, en universidades, medios, redes sociales y espacios independientes. La RAE suele reaccionar tarde y mal, y rara vez lidera el debate. Ha pasado de ser un faro que guía a comentarista de lo que hay.

Pero lo más grave, en mi opinión, es que en el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se anteponen, más de lo necesario, los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la obra de Soledad Puértolas, Carlos García Gual, Juan Mayorga, José María Merino, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, José Manuel Sánchez Ron, Clara Sánchez, Javier Cercas y tantos otros académicos vivos o muertos.

La inversión de la autoridad lingüística

Tradicionalmente, los buenos escritores no se limitaban a utilizar la lengua española: la afinaban. La literatura era un laboratorio de posibilidades expresivas, de creación e innovación, pero sobre todo un espacio de autoridad. Un uso reiterado en Cervantes, Galdós, Borges o Vargas Llosa tenía más peso que mil ocurrencias bastardas o efímeras. La Academia observaba todo eso registrando cuanto había, pero aconsejando utilizar lo mejor. Don Manuel Seco, al que mi querido don Gregorio Salvador definió como «el académico perfecto», abrió siempre su diccionario al lenguaje popular y su evolución natural, pero nunca perdió de vista la autoridad superior de los grandes escritores. Durante mucho tiempo -llevo 23 años en la RAE y he conocido otras épocas- los sucesivos directores de la RAE incluido Darío Villanueva, el penúltimo de ellos, mantuvieron un exquisito y útil equilibrio entre lingüistas y creadores. Hoy ocurre todo lo contrario. Los debates lingüísticos -aquellas tradicionales papeletas de toda la vida- han desaparecido de los plenos y se solventan en comisiones parciales o con decisiones casi personales, ajenas al criterio general. En 2009, cuando Ignacio Bosque iba a publicar su importantísima Gramática, todos los académicos leímos, comentamos y discutimos durante mucho tiempo el borrador. Hoy eso sería imposible: suele imponerse el hecho consumado.

Recuerdo con añoranza mi primera década en la Academia, en la que tardé años en abrir la boca si no me preguntaban. Hoy están lejos los tiempos en que los jueves suponían fascinantes discusiones de gran altura: lingüistas de categoría como García Yebra, Rodríguez Adrados, Manuel Seco, Gregorio Salvador, se medían y enfrentaban en debates inteligentes, respetables y amistosos con Camilo José Cela, José Luis Sampedro, Mario Vargas Llosa, Claudio Guillén, Carmen Iglesias, Francisco Ayala o Castilla del Pino. Ahora, lamentablemente, el núcleo de lingüistas al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma. Que la Academia tome ese material como referencia prioritaria equivale a aceptar como patrón lo que antes habría considerado síntoma de deterioro.

Una de las actitudes más discutibles, siempre en mi opinión, es que la RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo. Antes, el diccionario y la gramática no sólo indicaban qué se decía, sino qué se debía o podía evitar. En el Diccionario o fuera de él constaban marcas claras: incorrecto, impropio, desaconsejado, vulgar... Hoy, esas advertencias se han atenuado o desaparecido, sustituidas por fórmulas ambiguas: se documenta, se usa, es frecuente en la lengua hablada. El problema no es admitir que un uso existe, pues la RAE está obligada a registrarlo, sino elevarlo a la categoría de aceptable o correcto sin un juicio crítico. Cuando se deja de señalar un error, el error ya no se percibe como tal: el hablante pierde herramientas para distinguir entre el descuido y el rigor, entre una solución pobre y una rica, entre una desviación ocasional y una norma consolidada. Y de ese modo la Academia ya no corrige la incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.

La marginación de los escritores solventes

Mientras tanto, como dije, la voz de los académicos escritores que por naturaleza son creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje, apenas cuenta hoy en la RAE. Muchos de ellos, vivos o recientemente fallecidos, han señalado errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma, sólo para ver cómo el sector ahora dominante en la Academia -los talibanes del todo vale- los ignora o trata como opiniones respetables, pero irrelevantes. Durante el mandato del actual director -al que por otra parte se deben importantes logros, como la labor panhispánica en América y la salvación económica de una RAE asfixiada por el ex presidente Mariano Rajoy- se ha roto el vínculo histórico, el respeto mutuo, el equilibrio al que antes aludía entre creación literaria y técnica lingüística. Y esto es especialmente grave, porque los escritores no sólo conservan la lengua: la trabajan y proyectan hacia el futuro. Son quienes exploran sus límites sin romper su coherencia. Prescindir de su criterio equivale a amputar la dimensión estética e intelectual del idioma, reduciéndolo a un mero instrumento funcional. La lengua sin autoridad literaria se vuelve plana; y una academia que no escucha a quienes mejor la manejan renuncia a dar esplendor en el sentido más profundo del término.

El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad.

Decir que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da esplendor no es negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su necesario futuro, sino prevenir una crisis. La lengua española no necesita una policía autoritaria, pero sí una institución capaz de establecer criterios, defender la excelencia y asumir que toda norma implica incomodar a alguien. Sin limpieza no hay claridad; sin fijación no hay estabilidad; sin esplendor no hay belleza. Si la RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica. La Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento, más el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias sólo contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su grandeza.