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viernes, 22 de mayo de 2026

La inevitable pequeñez del EE. UU. trumposo

 Estados Unidos: el suicidio de una superpotencia, en El País, por Timothy Snyder, 22 may 2026 

Los imperios surgen y caen, pero nunca antes se habían inmolado. Es lo que ocurre con Trump, que lleva a su país hacia la irrelevancia por culpa de una mezcla de codicia e ineptitud

Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos. La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).

Admitir este suicidio estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.

Una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) a un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.

Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias sobre cómo definir ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.

Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó. Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.

Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. Pero la Administración de Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan. Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.

En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.

Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora, en los Estados Unidos de Trump, la ciencia está bajo ataque. Igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia gracias a instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos (a menudo inmigrantes). Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.

Por eso, el Gobierno de Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos para subsidiar los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por publicar —The Co-Creation, de la bióloga Olivia Judson—, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, superpotencia mundial en energías limpias.

Lo mismo se puede aplicar a la tecnología que sostiene el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este Gobierno prioriza equipamientos del pasado. Por ejemplo, unos nuevos buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. El plan es pura fantasía. Incluso si se construyen, serán totalmente inadecuados para la guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania nos da un primer atisbo).

La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la Administración de Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar “acuerdos”. Hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por motivos puramente personales. Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas ni apreciación del sistema internacional (las leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y alegra a los enemigos de Estados Unidos.

Lo cual nos lleva de vuelta a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al menos parte del tiempo. Pero la Administración de Trump pierde una y otra vez. La guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en ella algún objetivo, no lo consiguió. Las políticas de Trump dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad iraní.

Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.

Ya no tiene sentido hablar de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo el mando de Trump es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia. Lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado en pos de reestructurar la política estadounidense de modo que otorgue a la ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.

Timothy Snyder (Ohio, EE UU, 1969) es catedrático de Historia en la Universidad de Yale. Especialista en Europa central y oriental, es el autor de una veintena de libros, incluidos Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg, 2017) y Sobre la libertad (Galaxia Gutenberg, 2024).

lunes, 19 de enero de 2026

La desamericanización del mundo según Pankaj Mishra

 Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo, por Pankaj MishraEl País,18 ene 2026

La civilización universal que ofrecía Estados Unidos solo era un espejismo. Su desaparición es posiblemente más esclarecedora y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Casi un año después de la llegada de Donald Trump al poder, da la impresión de que lo que define el carácter actual de EE UU no es la democracia, ni la libertad, sino el supremacismo blanco violento

En 1990, mientras el comunismo soviético se derrumbaba y parecía que estábamos ante el fin de la historia, el escritor V. S. Naipaul alabó la americanización del mundo. En una conferencia pronunciada en el Manhattan Institute, una institución neoyorquina de derechas, afirmó que la idea estadounidense de la búsqueda de la felicidad había puesto fin al largo debate ideológico sobre qué vida y qué sociedad eran mejores y estaba creando una civilización universal.

El americanismo que expresaba Naipaul en 1990, tan lleno de seguridad en sí mismo, nacía de una realidad innegable: con la caída del comunismo, quienes habían intentado construir sociedades socialistas o socialdemócratas habían sufrido una pérdida decisiva de legitimidad y credibilidad. Estaba asentándose la idea de que la historia misma había desembocado en la democracia y el capitalismo de estilo estado­unidense. En 1999, el columnista de The New York Times Thomas Friedman podía anunciar sin reparos: “Quiero que todo el mundo sea estadounidense”.

Sin embargo, en 2026 es difícil evitar la sospecha de que la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal. Era un espejismo muy seductor y su desaparición constituye un momento de enorme gravedad, posiblemente más esclarecedor y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Además, el mundo, que ha pagado un precio demasiado alto por la búsqueda de la felicidad de una pequeña minoría estado­unidense, debe someterse a una rápida desamericanización, intelectual, espiritual y geopolítica.

Mientras Trump estrangula a Venezuela y amenaza a Groenlandia, da la impresión de que lo que define el carácter actual y el destino de Estados Unidos no es la democracia, sino el supremacismo blanco violento. Esta realidad supone una reivindicación de los historiadores que han trabajado para crear un gran archivo de estudios sobre las prácticas estadounidenses de esclavitud, genocidio e imperialismo racista. Pero también necesitamos comprender la novedad histórica que supuso esa civilización universal, su atractivo y su extraordinaria hegemonía como sistema de creencias durante cuatro décadas, capaz de formar ideas, preferencias, aspiraciones y propósitos en todo el mundo. Solo entonces podremos empezar a esbozar el mundo desamericanizado que está por venir.

El premio Nobel de Literatura polaco Czeslaw Miłosz escribió: “Los estadounidenses aceptaban su sociedad como si fuera un producto del propio orden natural; estaban tan convencidos de ello que tendían a compadecerse del resto de la humanidad por haberse desviado de la norma”. Pero la gran anomalía en la historia de la humanidad ha sido precisamente Estados Unidos. Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.

Estados Unidos inició su ascenso a principios del siglo XX con una extraordinaria variedad de productos de consumo —los automóviles Ford, el cine de Hollywood, las máquinas de coser Singer, las maquinillas de afeitar Gillette—, por lo que no solo se convirtió en imperio, sino también en un emporio comercial, y encabezó una revolución dentro del consumo de masas mediante la creación de unas necesidades materiales, sociales y psicológicas antes desconocidas.

La expansión estadounidense fue acompañada de unos valores de igualitarismo sin precedentes. Este espíritu democrático peculiar se basaba, más que en un amplio compromiso de justicia social, en la socialización del consumo y la equiparación de las costumbres, lo que Sinclair Lewis calificó sagazmente en Babbitt como “el aspecto mental y espiritual de la supremacía estadounidense”. Ese espíritu eliminaba las distinciones de gusto basadas en la clase social y hacía que las desigualdades económicas y sociales parecieran menos ofensivas que en otras sociedades. Al presentar la libertad como libertad de elección, el mercado pasó a ser la verdadera esfera de los ciudadanos.

El imperio estadounidense, que hacía que toda resistencia en su contra pareciera antidemocrática, enfermizamente radical o reaccionaria, creció durante las guerras mundiales que devastaron Europa y gran parte de Asia. A partir de 1945, fue acogido con gratitud por los líderes de Europa occidental, que pensaban que era fundamental intensificar la presencia del aliado norteamericano en el continente para garantizar su propia supervivencia.

Pero el “poder blando” de Estados Unidos en la Europa de la posguerra no se limitó al soborno de políticos europeos, los incentivos económicos que ofrecía la CIA a intelectuales anticomunistas y la sutil propaganda de la Voz de América y el International Herald Tribune. Ya en 1930, Cesare Pavese, uno de los escritores italianos que se sentían asfixiados por el fascismo, decía que la ficción estadounidense ofrecía “el testimonio de una vida vivida con mucho —quizás demasiado— entusiasmo”. Años más tarde, en esa misma década, un joven Italo Calvino “sentía”, al pasar por un cine que proyectaba películas estadounidenses en su pequeña ciudad italiana, “la llamada de ese otro mundo que era el mundo”.

A partir de 1945, Estados Unidos reforzó la difusión de una cultura popular capaz de seducir con su alegría y su optimismo a un mundo lleno de dificultades, sobre todo a las generaciones jóvenes. El nuevo espíritu estadounidense depositaba la responsabilidad del desarrollo personal en el aumento de los ingresos y el consumo; vinculaba la autoestima de cada persona a la envidia y la comparación con los bienes materiales de los demás. Como consecuencia, Estados Unidos generó una gran transformación mundial de la propia imagen individual y colectiva; los irresistibles cultos del Nuevo Mundo al hedonismo, la abundancia y la inmediatez pusieron en tela de juicio y, muchas veces, derribaron los modelos tradicionales de realización personal y trascendencia.

En muchas sociedades no occidentales, el modelo de adaptación individual a la sociedad moderna había subrayado un proceso lento y frugal de aprendizaje, disciplina y una ética de responsabilidad social, pero este modelo quedó obsoleto cuando se impuso la idea estadounidense de que había que consumir en privado el yo y el mundo mediante la satisfacción continua de las ansias libidinosas de riqueza y poder.

A pesar de la desindustrialización de la economía estadounidense, esta siguió produciendo novedades constantes: Google, el MacBook, eBay, Wikipedia y Amazon, entre otras. Las tecnologías digitales norteamericanas fueron las primeras en ofrecer una rápida gratificación de dopamina a personas aisladas que vivían en unas sociedades cada vez más atomizadas. Las redes sociales, al mismo tiempo que prometían la libre expresión y el empoderamiento político, contribuyeron a universalizar un peculiar modo de individualismo basado en el consumo.

Hoy, sin embargo, los gigantes de Silicon Valley como Meta y X respaldan a Trump, el principal beneficiario de una corrupción política, mental y espiritual generalizada a través de las redes sociales; y da la impresión de que los modelos estadounidenses de individualismo han sido una forma de engaño. Durante todo este tiempo, mientras prometían a los seres humanos un poder y una identidad extraordinarios, estaban convirtiéndolos en meros nodos que vomitan datos en las redes digitales: unas automatizaciones que allanan el camino para la IA.

En muchos otros aspectos, nuestro mundo fracturado actual, desde el Caribe hasta Palestina, es consecuencia de una americanización cultural y espiritual temeraria. Hace tiempo que los mercaderes, movidos fundamentalmente por la búsqueda del dinero y el poder, dominan la vida pública de Estados Unidos y las sociedades americanizadas. El hecho de que sus deseos estuvieran totalmente carentes de cualquier valor positivo, como el bien común, o incluso de una mínima preocupación por las consecuencias y la responsabilidad, ha fomentado una tendencia al comportamiento extremista y, en última instancia, al militarismo endémico y al belicismo.

Es posible que Donald Trump y su banda de multimillonarios tecnológicos, criptobros, magnates del petróleo y banqueros en la sombra sean la encarnación inequívoca del Homo americanus, definido por Octavio Paz como un “gigante fanático” que “no padece de soberbia”, sino que “es sencillamente un sin ley”. Pero la interminable “guerra contra el terrorismo” de Estados Unidos, que causó la muerte y el desplazamiento de millones de personas en el sur de Asia, Oriente Próximo y el norte de África y que no acarreó ningún castigo para sus defensores políticos y periodísticos, ya había puesto de relieve que la clase dirigente estadounidense recurría cada vez más a la fuerza bruta para mantener su hegemonía mundial. La prueba más llamativa de una dinámica global incontrolable de nihilismo es que, en Estados Unidos, los políticos, tanto demócratas como republicanos, y los periodistas, tanto progresistas como de derechas, siguen siendo aliados de un régimen explícitamente genocida en Israel.

Hoy puede resultar extraño que una sociedad de inmigrantes, tan profundamente definida (y limitada) por las necesidades sociales y psicológicas de los exiliados y los desarraigados, se considerara a sí misma un modelo —la ciudad sobre la colina— que el resto de la humanidad debía emular. Pero más extraordinario todavía es que gran parte de la población mundial aceptara sin más esa declaración.

Durante décadas, el sueño de la emancipación a través de la modernidad estadounidense capturó la imaginación política y moral de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo. Estados Unidos se convirtió en una segunda patria para asiáticos y africanos, igual que París o Londres habían sido en otro tiempo las ciudades de adopción de muchos europeos y latinoamericanos.

Ahora hay millones de personas de todo el planeta en estado de shock al ver a Trump encabezando un movimiento de extrema derecha que se opone ferozmente en todo el mundo libre a la inmigración y desprecia toda posibilidad de humanidad común, justicia social o igualdad de derechos. No es exagerado decir que el descontento que está aflorando en todo el mundo respecto a Estados Unidos es seguramente un fenómeno más amplio y traumático que la desilusión de los románticos europeos del siglo XIX con la Francia revolucionaria o la pérdida de fe de mediados del siglo XX en el dios (comunista) que había fracasado.

Llevar a cabo una desamericanización del mundo rápida y profunda se ha convertido en un imperativo moral y existencial. Millones de personas seducidas por las tecnologías digitales estadounidenses porque les prometían la emancipación personal han sufrido la manipulación de la mente y el espíritu por la avalancha de desinformación. Incluso los criterios básicos a los que han recurrido los seres humanos durante siglos —el bien y el mal, la verdad y la falsedad— están desapareciendo. En todas partes, las personas se ven reducidas a juguetes de una clase dominante experta en trastocar los valores y convertir el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma.

Para escapar de nuestro aterrador abismo moral, debemos recuperar valores deliberadamente suprimidos en una sociedad de individuos competitivos construida sobre el modelo estadounidense, valores como la solidaridad, la compasión y el bien común. Es de suponer que este intento no va a contar con la ayuda de los beneficiarios del siglo americano, las clases políticas y mediáticas de Europa occidental, que son incapaces de romper su larga y lucrativa historia de amor con Estados Unidos. Las élites no están preparadas para diagnosticar el mal que ha provocado desde hace tiempo un espíritu social de codicia, miedo y rivalidad en sus propias sociedades. Tampoco pueden empezar a comprender la experiencia generalizada de indefensión intelectual y espiritual que vivimos hoy.

Por suerte, la necesaria desamericanización del mundo no dependerá de ellos. En las últimas décadas, las revoluciones democráticas y del conocimiento en Asia, Latinoamérica y África han dado a luz una sociedad civil de movimientos transnacionales. Las redes no estatales y muchos grupos de interés por encima de las fronteras han reunido a activistas preocupados por los derechos humanos, la pobreza, la justicia ecológica, la vivienda social y la igualdad de género, ya sea en la India o en el Amazonas.

Justo cuando empezaba a ser evidente que el sueño americano no era más que un sueño, dos papas sucesivos con experiencia en América Latina asumieron el liderazgo moral del mundo con sus encíclicas sobre el cambio climático, la pobreza y la desigualdad. La religión tradicional se ha tergiversado y convertido en una farsa en manos de sus beatos representantes estadounidenses, como J. D. Vance, o de un clero español que abraza a la extrema derecha. Aun así, para construir un orden social genuinamente igualitario, sostenible y justo y luchar contra problemas como el cambio climático y la inteligencia artificial, hace falta la sabiduría filosófica acumulada durante el largo pasado de la humanidad.

Por supuesto, son necesarias nuevas instituciones mundiales de coordinación económica y política. Pero la desamericanización requiere asimismo que cada persona cambie por completo su forma de percibir el significado y el marco general de su propia vida, su manera de actuar en la relación interdependiente con los demás y con el mundo natural. Ya tenemos claro que el mundo no puede sobrevivir a la fe nihilista de Estados Unidos en el individuo aislado de la sociedad, que consume el mundo de forma privada. Este es el verdadero significado del repentino y sorprendente fin del fin de la historia.

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 1969) es novelista y ensayista. Es autor de libros como La edad de la ira (2017), Fanáticos insulsos (2020) y El mundo después de Gaza. Una breve historia (2025), todos en Galaxia Gutenberg.

lunes, 7 de julio de 2025

El Imperio Británico mató a 165 millones de indios en 40 años entre 1880 y 1920

 "El imperio británico mató a 165 millones de indios en 40 años: cómo el colonialismo inspiró el fascismo", en Izquierda Castellana, 20 abril, 2023, traducido de Ben Norton, "British empire killed 165 million Indians in 40 years: How colonialism inspired fascism", en Geopolitical Economy, 12 de diciembre de 2022:

El colonialismo británico causó al menos 100 millones de muertes en India en aproximadamente 40 años, según un estudio académico.

Y durante casi 200 años de colonialismo, el imperio británico robó al menos $ 45 billones en riqueza de la India, calculó un destacado economista.

Los crímenes genocidas cometidos por los imperios europeos fuera de sus fronteras inspiraron a Adolf Hitler y Benito Mussolini, lo que llevó al surgimiento de regímenes fascistas que llevaron a cabo crímenes genocidas similares dentro de sus fronteras.

El antropólogo económico Jason Hickel y su coautor Dylan Sullivan publicaron un artículo en la respetada revista académica World Development titulado «Capitalismo y pobreza extrema: un análisis global de salarios reales, altura humana y mortalidad desde el largo siglo 16».

En el informe, los académicos estimaron que India sufrió 165 millones de muertes adicionales debido al colonialismo británico entre 1880 y 1920.

«Esta cifra es mayor que el número combinado de muertes de ambas guerras mundiales, incluido el holocausto nazi», señalaron.

Agregaron: «La esperanza de vida india no alcanzó el nivel de la Inglaterra moderna temprana (35,8 años) hasta 1950, después de la descolonización».

India 165 millones de muertos Colonialismo británico

Hickel y Sullivan resumieron su investigación en un artículo en Al Jazeera, titulado «Cómo el colonialismo británico mató a 100 millones de indios en 40 años».

Explicaron:

Según la investigación del historiador económico Robert C. Allen, la pobreza extrema en la India aumentó bajo el dominio británico, del 23 por ciento en 1810 a más del 50 por ciento a mediados del siglo XX. Los salarios reales disminuyeron durante el período colonial británico, alcanzando un nadir en el siglo 20, mientras que las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. Lejos de beneficiar al pueblo indio, el colonialismo fue una tragedia humana con pocos paralelos en la historia registrada.

Los expertos coinciden en que el período de 1880 a 1920, el apogeo del poder imperial de Gran Bretaña, fue particularmente devastador para la India. Los censos de población exhaustivos llevados a cabo por el régimen colonial a partir de la década de 1880 revelan que la tasa de mortalidad aumentó considerablemente durante este período, de 37,2 muertes por cada 1.000 personas en la década de 1880 a 44,2 en la década de 1910. La esperanza de vida disminuyó de 26,7 años a 21,9 años.

En un artículo reciente en la revista World Development, utilizamos datos del censo para estimar el número de personas asesinadas por las políticas imperiales británicas durante estas cuatro décadas brutales. Los datos sólidos sobre las tasas de mortalidad en la India solo existen desde la década de 1880. Si usamos esto como línea de base para la mortalidad «normal», encontramos que unos 50 millones de muertes adicionales ocurrieron bajo la égida del colonialismo británico durante el período de 1891 a 1920.

Cincuenta millones de muertes es una cifra asombrosa, y, sin embargo, esta es una estimación conservadora. Los datos sobre salarios reales indican que para 1880, los niveles de vida en la India colonial ya habían disminuido dramáticamente desde sus niveles anteriores. Allen y otros académicos argumentan que antes del colonialismo, los niveles de vida indios pueden haber estado «a la par con las partes en desarrollo de Europa occidental». No sabemos con certeza cuál era la tasa de mortalidad precolonial de la India, pero si asumimos que era similar a la de Inglaterra en los siglos 16 y 17 (27,18 muertes por cada 1.000 personas), encontramos que 165 millones de muertes adicionales ocurrieron en la India durante el período de 1881 a 1920.

Si bien el número exacto de muertes es sensible a las suposiciones que hacemos sobre la mortalidad inicial, está claro que en algún lugar cercano a 100 millones de personas murieron prematuramente en el apogeo del colonialismo británico. Esta es una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas en la historia de la humanidad. Es mayor que el número combinado de muertes que ocurrieron durante todas las hambrunas en la Unión Soviética, la China maoísta, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu.

Esta asombrosa cifra no incluye las decenas de millones de indios más que murieron en hambrunas provocadas por el hombre causadas por el imperio británico.

En la notoria hambruna de Bengala en 1943, se estima que 3 millones de indios murieron de hambre, mientras que el gobierno británico exportó alimentos y prohibió las importaciones de granos.

Los estudios académicos realizados por científicos encontraron que la hambruna de Bengala de 1943 no fue el resultado de causas naturales; fue el producto de las políticas del primer ministro británico Winston Churchill.

El propio Churchill fue un notorio racista que declaró: «Odio a los indios. Son un pueblo bestial con una religión bestial».

A principios de la década de 1930, Churchill también admiraba al líder nazi Adolf Hitler y al dictador italiano que fundó el fascismo, Benito Mussolini.

Los propios partidarios académicos de Churchill admitieron que «expresó admiración por Mussolini» y, «si se veía obligado a elegir entre el fascismo italiano y el comunismo italiano, Churchill elegiría sin vacilar el primero».

El político indio Shashi Tharoor, que se desempeñó como subsecretario general de las Naciones Unidas, ha documentado exhaustivamente los crímenes del imperio británico, particularmente bajo Churchill.

«Churchill tiene tanta sangre en sus manos como Hitler», enfatizó Tharoor. Señaló «las decisiones que él [Churchill] firmó personalmente durante la hambruna de Bengala, cuando 4,3 millones de personas murieron debido a las decisiones que tomó o respaldó».

La galardonada economista india Utsa Patnaik ha estimado que el imperio británico drenó 45 billones de dólares de riqueza del subcontinente indio.

En una entrevista de 2018 con el sitio web de noticias indio Mint, explicó:

Entre 1765 y 1938, el drenaje ascendió a £ 9.2 billones (equivalente a $ 45 billones), tomando los ingresos excedentes de exportación de la India como medida y componiéndolos a una tasa de interés del 5%. A los indios nunca se les acreditó sus propias ganancias de oro y divisas. En cambio, a los productores locales aquí se les «pagó» el equivalente en rupias del presupuesto, algo que nunca encontrarías en ningún país independiente. El «drenaje» varió entre el 26-36% del presupuesto del gobierno central. Obviamente, habría marcado una enorme diferencia si las enormes ganancias internacionales de la India se hubieran retenido dentro del país. India habría estado mucho más desarrollada, con indicadores de salud y bienestar social mucho mejores. Prácticamente no hubo aumento en el ingreso per cápita entre 1900 y 1946, a pesar de que India registró el segundo mayor excedente de exportaciones en el mundo durante tres décadas antes de 1929.

Dado que todas las ganancias fueron tomadas por Gran Bretaña, tal estancamiento no es sorprendente. La gente común moría como moscas debido a la desnutrición y la enfermedad. Es sorprendente que la expectativa de vida al nacer de los indios fuera de solo 22 años en 1911. El índice más revelador, sin embargo, es la disponibilidad de granos alimenticios. Debido a que el poder adquisitivo de los indios comunes estaba siendo reducido por los altos impuestos, el consumo anual per cápita de granos alimenticios se redujo de 200 kg en 1900 a 157 kg en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, y se desplomó aún más a 137 kg en 1946. Ningún país en el mundo de hoy, ni siquiera el menos desarrollado, está cerca de la posición que estaba la India en 1946.

Patnaik enfatizó:

El mundo capitalista moderno no existiría sin el colonialismo y el drenaje. Durante la transición industrial de Gran Bretaña, de 1780 a 1820, el drenaje de Asia y las Indias Occidentales combinadas fue de alrededor del 6 por ciento del PIB de Gran Bretaña, casi lo mismo que su propia tasa de ahorro. Después de mediados del siglo 19, Gran Bretaña tenía déficits en cuenta corriente con Europa continental y América del Norte, y al mismo tiempo, estaba invirtiendo masivamente en estas regiones, lo que significaba tener déficits de cuenta de capital también. Los dos déficits se sumaron a grandes y crecientes déficits de balanza de pagos (BdP) con estas regiones.

¿Cómo fue posible que Gran Bretaña exportara tanto capital, que se destinó a la construcción de ferrocarriles, carreteras y fábricas en los Estados Unidos y Europa continental? Sus déficits de la balanza de pagos con estas regiones se estaban resolviendo apropiándose del oro financiero y las divisas ganadas por las colonias, especialmente la India. Cada gasto inusual como la guerra también se puso en el presupuesto indio, y todo lo que India no pudo satisfacer a través de sus ganancias cambiarias anuales se mostró como su endeudamiento, en el que se acumularon intereses.

domingo, 15 de junio de 2025

EE. UU. / Europa

 Hay un proverbio en Suecia que dice: «El dinero es todo lo que tiene un pobre». Un estadounidense no lo entendería. Los europeos pagan más impuestos que los estadounidenses, pero el ciudadano europeo promedio obtiene más ventajas por ellos: buen y extenso transporte público, educación primaria y secundaria de alta calidad, educación superior de bajo costo, atención médica más accesible y menor desigualdad de ingresos, lo que se traduce en una menor delincuencia. Cuentan con leyes laborales y sindicatos más sólidos, lo que facilita la conciliación de la vida laboral y personal. Muchas ciudades europeas se construyeron mucho antes de la invención del automóvil, por lo que hay menos dependencia del coche y barrios de uso mixto, lo que reduce la expansión suburbana.

 Estados Unidos tuvo la oportunidad de crear una nación verdaderamente maravillosa, con abundantes recursos y sin un lastre histórico debilitante. Pero en la obsesiva búsqueda de beneficios a costa de sus ciudadanos, y con una pseudoética fundada en el lucro, solo han logrado crear una protosociedad primitiva basada en la amenaza de la violencia y la indigencia, y en un nivel aberrante y casi intolerable de egoísmo. Cien millones de gordos, 37 millones de pobres, y una prisa tal por hacer todo que ni siquiera le han puesto un nombre al país y en su lengua no existe gentilicio para nuestro estadounidense. Mientras otras naciones industrializadas avanzan lentamente, Estados Unidos no solo ignora resueltamente el progreso de los demás, sino que parece empeñado en regresar a su pasado más oscuro, adoptando ahora ideas del siglo XIX de superioridad racial, misoginia, división social, corrupción política generalizada y servidumbre por deudas (disfrazada de inevitables "préstamos estudiantiles" o deudas por salud) y una legislación laboral prácticamente inexistente. Estados Unidos no solo ha perdido el rumbo, sino que es improbable que recupere el rumbo progresista. Pienso que es posible que Estados Unidos esté en un declive irreversible.

 EE. UU. combina el mayor costo de vida y la inflación, creando una tormenta perfecta. Los precios de los bienes raíces en EE. UU. son una locura. ¡El costo de la educación también es exorbitante! Las escuelas estadounidenses han aumentado drásticamente sus precios. En Europa, puedes obtener una educación decente a un precio razonable, con escuelas reconocidas mundialmente, incluso siendo estudiante estadounidense.

Allí hay mucha confusión e ignorancia terminológica. El socialismo (y otros -ismos como el comunismo y el capitalismo) son sistemas económicos, no sistemas de gobierno como la democracia. Eso lo han entendido muy bien en China.

Europa está hecha para que la colectividad pueda ayudar a sus individuos. Se ocupa de los desafortunados. EE. UU. no está hecha para el individuo, sino para el automóvil, que separa más que une; ni siquiera abundan las aceras. El distanciamiento es esencial en su sistema. El socialismo como sistema económico puede coexistir con la democracia como sistema de gobierno, pero mucha gente los considera allí como si fueran mutuamente excluyentes. Me pregunto si una educación más clara sobre estos conceptos podría cambiar la forma en que se debaten las políticas, pero hay demasiados estigmas. No se puede llamar sociedad desarrollada a una que cuenta con 37 millones de pobres en dinero, y muchos más en ideas.

El propósito inasistido de Marx era expandir la democracia para incluir el control de la producción. Es una pena que muchos supuestos estados socialistas se convirtieran en autocracias.

En Europa hay estado social y democrático de derecho, no en Estados Unidos, que no es realmente una nación. Es un estado fallido y más bien un imperio presiglo XX, como el Imperio austrohúngaro o el Sacro Imperio Romano Germánico. Un conglomerado de culturas y poblaciones aglomeradas por la violencia y que, en el mejor de los casos, se toleran mutuamente. Y, al igual que los imperios que mencioné, está al final de su ciclo.

Hubo una época en que todos querían vivir en Estados Unidos por sus oportunidades. Pero hoy, debido a la política actual, ni siquiera se considera ir de vacaciones a Estados Unidos. Sobre todo si tienes una hija con diabetes tipo 1 u otra que vaya a una escuela de baile y tenga que ir al médico por un dolor de garganta muy fuerte, de forma que el doctor le pida 500 dólares antes siquiera de verla... En Europa ¡en la escuela todavía podemos estudiar latín! Pero, en defensa de los estadounidenses, puedes viajar muy barato y seguir hablando solo inglés, encontrar la misma comida rápida, hoteles y centros comerciales. Es igual en todas partes... Realmente no experimentan las diferencias. En Europa hay equilibrio entre la vida laboral y personal: 8 horas de trabajo, 8 horas de vida, 8 horas de sueño... y un mínimo de 21 días de vacaciones. Algunos empleadores incluso te instan a tomarte al menos 3 semanas seguidas para recargar las pilas. ¡Una semana para descomprimir, otra para recuperarse y la última para simplemente disfrutar de las vacaciones!

Estados Unidos es un país del tercer mundo, gobernado por una plutocracia muy rica y con un ejército descomunal. ¡Y la alimentación! En Europa no se puede usar un ingrediente hasta que se demuestre su seguridad. En EE. UU., sí se puede usar a menos que se demuestre que es inseguro, lo que puede llevar décadas de enfermedades, muertes o deterioro de la salud de las personas para el resto de sus vidas. El impacto en la salud de esta "pequeña diferencia" es asombroso. Compras casi cualquier cosa en un supermercado estadounidense y la lista de ingredientes es básicamente un deseo de muerte, una película de terror. Basta comparar el Fanta naranja de allí con el español.

 Hay una diferencia difícil de definir. En Europa es la disposición de los adultos a sacrificar voluntariamente sus "derechos" individuales si ven los beneficios para todos, especialmente para sus hijos. Esto se considera una fortaleza, mientras que en Estados Unidos, donde el individualismo y los derechos individuales se consideran intocables, podría considerarse una debilidad. En resumen, en Europa existe un mayor sentimiento de responsabilidad colectiva. Un ejemplo: en el Reino Unido, hace casi 29 años, un loco entró en una escuela de Dunblane, Escocia, con armas legales y asesinó a 18 niños y a un profesor. Algo similar ocurrió en Estados Unidos en una escuela de Sandy Hook en 2012, donde 20 niños y seis adultos fueron asesinados. La diferencia es la siguiente: tras el incidente de Dunblane, bajo una enorme presión pública, se endurecieron las leyes sobre armas y se prohibieron ciertos tipos de armas. En el Reino Unido, no ha habido ni una sola muerte en tiroteos escolares en los casi treinta años transcurridos desde entonces, y no existe ningún grupo de presión que presione a favor de la liberalización de las leyes de armas, ni es tema de debate para ningún partido político. Tras el atentado de Sandy Hook, las leyes de armas en Estados Unidos no han cambiado, y gran parte de la población defiende con vehemencia su derecho individual a portar armas, sin estar dispuesta a sacrificarlo ni a comprometerlo. Ha habido unas trescientas muertes en tiroteos escolares en los trece años transcurridos desde Sandy Hook. En resumen, los británicos decidieron sacrificar voluntariamente algunos (no todos) de sus derechos a portar armas para proteger a sus hijos, y lo lograron. Los estadounidenses no están dispuestos a sacrificar esos derechos. Se suele decir que los estadounidenses valoran la libertad de portar armas, mientras que los europeos valoran la libertad de portarlas. Los estadounidenses eligen la libertad de portar armas. Los británicos eligen la libertad de portarlas frente a las consecuencias de las armas. Ningún niño europeo recibe entrenamiento de tiro real en la escuela. Hay un condicionamiento o programación cultural estadounidense, muy calvinista, que implica enorgullecerse de trabajar cincuenta, sesenta o incluso ochenta horas semanales y defender o justificar cosas que benefician principalmente a los empleadores y a los muy ricos. Es como si tuvieran gafas para ver como malo lo que es bueno para los empleados y la gente común.

Europa no necesita el sueño americano porque está despierta. Trump no puede ni sabe despertarse de esa pesadilla americana, ese estado fallido. La realidad europea, con todos su problemática, sí es un sueño; la realidad estadounidense es algo de lo que no te puedes despertar. Nada de infraestructura eficaz y bien mantenida. Nada de atención médica, educación y servicios públicos buenos y asequibles. Nada de seguridad laboral y prestaciones. Nada de vacaciones y bajas por enfermedad pagadas. Nada de alimentos saludables y asequibles. Nada de servicios de emergencia bien capacitados y equipados. Nada de excelentes servicios sociales. Ningún entorno ni escuelas seguros. Nada está en buen estado, ni siquiera el agua potable del grifo, etc. etc.