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lunes, 19 de octubre de 2026

Por qué triunfa el mal

  ¿Por qué triunfa el mal?, YouTube, Raquel de la Morena, 18 oct 2026:

 ¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Alguna vez  os habéis preguntado por qué triunfa el mal?  

Índice:

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

2. Esparta y la Krypteia: el terror de Estado

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

6. El lado oculto del experimento de Milgram

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

8. La teoría de la desconexión moral

9. El peligro de las redes sociales

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

11. La ecuación de Price y el altruismo

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

14. El único antídoto contra el mal

¿El ser humano es realmente un lobo para  el hombre por naturaleza, o es la presión del sistema y del poder lo que nos arrastra  a traicionar, odiar y aniquilar al prójimo? ¿Qué es el mal? 

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

Más allá de monstruos, mitos y  leyendas, la ciencia y la filosofía apuntan a que el mal tiene dos grandes caras. Por un lado, es una herramienta fría y matemática, una estrategia de supervivencia que los poderosos han usado durante milenios para imponerse al resto. Pero por otro, en su forma más profunda, el mal es, en esencia, la desconexión de nuestra empatía.  

Aunque a lo largo de la historia han existido tiranos movidos por el puro sadismo, la gran tragedia de nuestra era es otra. El mal moderno, el de las grandes maquinarias de poder –desde el que provocan corporaciones hasta los crímenes perpetrados por Estados–, triunfa cuando una institución logra que las  personas deshumanicen al prójimo y le causen daño sin sentir siquiera el peso de la culpa. La psicología moderna ha demostrado que provocar esta ceguera moral es bastante fácil. En julio de 1961, en un sótano de la Universidad de Yale, 40 hombres voluntarios de entre 20 y 50 años se sentaron frente a un panel de descargas eléctricas. Las instrucciones de un hombre que vestía bata blanca, el psicólogo Stanley Milgram, eran sencillas: si el alumno de la habitación de al lado –al que no podían ver– fallaba una pregunta, debían pulsar un botón que le propinaría una descarga eléctrica de potencia progresivamente mayor. 

Eso era lo que les contaban a los voluntarios, pero en realidad, los alumnos, que estaban compinchados con los investigadores, no recibían ninguna descarga, simplemente simulaban sentir dolor. A los 150 voltios, el alumno suplicaba a gritos que detuvieran la prueba quejándose de su corazón. Como sabemos, estaba fingiendo, claro, pero el que pulsaba el botón no lo sabía. A los 300 voltios, la víctima golpeaba la pared con desesperación.  

Y a partir de los 330 voltios, caía en un silencio absoluto. Simulaba estar inconsciente... o muerto. Antes de realizar el ensayo, los psiquiatras habían predicho que solo un 0,1 % de la población –apenas una de cada mil personas, los auténticos sádicos– llegarían a aplicar la descarga máxima de 450 voltios. Se equivocaron. El 65 % de aquellos hombres, ciudadanos normales y corrientes que incluían desde obreros hasta profesores, pulsó el último botón. 

A lo largo de la historia, la cultura popular nos ha enseñado que el mal es una anomalía, que los grandes desastres de la humanidad son obra de monstruos solitarios, psicópatas o mentes perturbadas. Sin embargo, la historia y la ciencia no parecen respaldar esa creencia. El filósofo inglés Thomas Hobbes tomó prestada una frase del autor de comedias romano Plauto para definir el estado natural de nuestra especie: “Homo homini  lupus”. El hombre es un lobo para el hombre, una frase que está relacionada con la pregunta que hoy nos estamos haciendo: ¿por qué triunfa el mal? 

2. Esparta y la krypteia: el terror de Estado

Vamos a buscar la respuesta a través de la  historia. Porque la ventaja competitiva del mal, la alta rentabilidad que puede ofrecer la crueldad, no es un descubrimiento de la ciencia moderna. En la Antigüedad clásica, las élites militares ya comprendieron que el terror de Estado –es decir, convertir el asesinato y el miedo en leyes dictadas por el propio gobierno– y la ruptura de los tabúes morales eran un arma que funcionaba muy bien para forjar imperios y sostener sistemas de explotación masiva. Echemos un vistazo, por ejemplo, a la antigua Grecia; en concreto, a la polis más temida, admirada y mitificada de la historia: Esparta. La imagen romántica que nos ha llegado a través del cine y la literatura es la de guerreros heroicos, defensores de la libertad occidental en las Termópilas. Pero el estado espartano era una maquinaria de terror institucionalizado, diseñada por y para el sometimiento absoluto de una gigantesca masa esclava: los ilotas, los miembros de su clase más baja. 

El desequilibrio demográfico entre los amos y los siervos era una bomba de relojería. Según el historiador Heródoto, en la batalla de Platea del año 479 a. C., la proporción era de siete ilotas por cada ciudadano de pleno derecho, a los que se llamaba espartiatas. Siglos después, Jenofonte relataría en su obra 'Helénicas' cómo el líder rebelde Cinadón señalaba que, en el ágora de Esparta, apenas había 40 ciudadanos de pleno derecho rodeados por miles de esclavos dispuestos a “comérselos crudos”, según sus propias palabras. Para evitar su aniquilación, el Estado lacedemonio –nombre oficial con el que se conocía al gobierno y al territorio de Esparta– instauró una prueba de iniciación conocida como la krypteia, palabra griega que significa “cosas ocultas” o “secreto”, y que no era otra cosa que el asesinato  selectivo, legal y sistemático de civiles a manos de los jóvenes espartiatas. Aristóteles documentó el marco jurídico que la amparaba: cada año, tan pronto como asumían el cargo, los magistrados supremos, los éforos, hacían una declaración formal de guerra a sus propios esclavos. Al declarar oficialmente la guerra a una población desarmada que vivía dentro de sus fronteras, el Estado eliminaba la noción de asesinato ilegal. Matar a un ilota ya no era un crimen punible ni conllevaba “miasma”, la temida contaminación religiosa del alma. Era, de hecho, un acto de patriotismo. 

El biógrafo Plutarco nos dejó la descripción más detallada de estos escuadrones de la muerte. Los  magistrados enviaban a los campos a los jóvenes guerreros más implacables, equipados solo con lo puesto y una daga. Durante el día, se dispersaban, dormían y se escondían en las sombras. Pero al caer la noche, bajaban a los caminos y degollaban a cualquier ilota que tuviera la desgracia de cruzarse con ellos. A menudo, irrumpían en las fincas para asesinar a los esclavos más fuertes y robustos y así cortar de raíz cualquier posibilidad de que surgiera un líder rebelde. 

Incluso un pilar de la filosofía moral como Platón, en su obra 'Las Leyes', incluye a un personaje espartano que defiende esta atrocidad, que justifica la krypteia como un ejercicio maravillosamente penoso, necesario para fomentar la resistencia en el combate y el endurecimiento del espíritu. Esparta impuso a sus propios ciudadanos un aislamiento total: prohibió el oro, las artes y cualquier influencia extranjera y logró que su élite se uniera a través de un pacto de sangre y complicidad asesina. 

¿Por qué un pacto de sangre une tanto a las personas? La respuesta está en la psicología de la transgresión y el tabú. Cuando un grupo de individuos comete de forma coordinada un acto atroz, un acto prohibido por las leyes o la moral, el miedo a las consecuencias crea un vínculo de secreto difícil de romper. Esta transgresión compartida genera lo que se conoce como una “mente colmena” o una sincronicidad perfecta. Al cruzar juntos la línea de lo imperdonable, los perpetradores cortan los puentes con la sociedad normal. 

Es exactamente el mismo mecanismo que la criminología y la psicología observan hoy en día en las agresiones sexuales en grupo, perpetradas por las llamadas “manadas”. Quienes participan en ellas no actúan solo por una pulsión individual, sino porque al hacerlo en grupo la culpa se diluye y cruzar ese límite les sirve para demostrar dominación frente a los demás.  

El mal, llevado al extremo, funciona como el pegamento social más potente que existe.

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

Los espartanos no fueron los únicos en descubrir que transgredir los límites forjaba tropas inquebrantables. En el siglo cuarto antes de Cristo, su hegemonía cayó a manos de otra polis que ensayó  un mecanismo de cohesión opuesto, pero igual de transgresor para el campo de batalla: Tebas. El famoso Batallón Sagrado de Tebas perfeccionó la lealtad militar institucionalizando el vínculo emocional y físico llevado al límite. Creado en el 378 a. C., esta unidad de élite estaba formada por un número exacto e inalterable: trescientos infantes, ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. 

En el mundo antiguo, el afecto entre hombres era socioculturalmente aceptado, lo que no se había hecho antes era usarlo como columna vertebral de un ejército regular. Plutarco, en su 'Vida de Pelópidas', explica lo efectiva que resultaba esta táctica a nivel psicológico: “Una banda cimentada por la amistad de los amantes es indisoluble e invencible, ya que los amantes, avergonzados de ser deshonrados ante sus amados, y los amados ante sus amantes, se mantienen firmes en el peligro mutuo”. Los generales tebanos descubrieron que un hombre combate con una fiereza sobrenatural bajo el escrutinio de  la persona que ama. Prefiere el sacrificio absoluto antes que la mirada de decepción, antes que mostrar debilidad frente a su pareja. 

¿Cómo lograba el Estado que estos soldados se enamoraran? La realidad es que no lo hacía. Los generales tebanos no juntaban a trescientos extraños en un cuartel esperando a que surgiera una chispa, sino que reclutaban a parejas que ya estaban muy unidas. En la vida civil tebana, la relación romántica y de mentoría entre un guerrero experimentado –el 'erastés'– y un joven aprendiz —el 'erómenos'— era una institución sagrada, a menudo sellada con juramentos de lealtad.  

El gobierno se limitó a rastrear a las150 parejas más letales y compenetradas de la ciudad, las sacó de la infantería ordinaria y las alojó con los gastos pagados en su fortaleza principal para que se dedicaran en  exclusiva al entrenamiento militar conjunto. 

Sin embargo, todo lo que empieza tiene un final. El hasta entonces invicto Batallón Sagrado fue aniquilado el 2 de agosto del año 338 antes de nuestra era, en las llanuras de Queronea, tras enfrentarse a la imparable caballería macedonia, liderada por un príncipe de apenas 18 años llamado... ¿lo adivináis? Alejandro Magno. Los 300 se negaron a retirarse y cayeron masacrados en sus posiciones, tratando de sostener la línea hasta la caída del último de sus hombres. 

La historia cuenta que el rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro, mientras paseaba tras la batalla entre los cadáveres entrelazados y perforados por las lanzas, rompió a llorar al comprender quiénes eran. “Perezca miserablemente”,  exclamó el rey, “quien sospeche que estos hombres hicieron o sufrieron algo vergonzoso”. Más de dos milenios después, en el año 1890, la arqueología moderna le dio la razón al mito. Bajo la sombra de la imponente estatua del León de mármol de Queronea, las excavadoras hallaron  una fosa común. En ella descansaban los restos de 254 hombres, enterrados cuidadosamente en siete filas estructuradas. Eran el 84% de la fuerza total del batallón. Habían muerto allí mismo, uno  junto al otro. El afecto y el compromiso llevado al extremo habían logrado lo que ningún látigo  podía conseguir: derrotar al miedo a la muerte. 

En Esparta, el Estado había sostenido su poder institucionalizando el odio, la crueldad y el asesinato sistemático de esclavos. Tebas hizo algo muy distinto, pero igualmente revelador sobre cómo funciona el poder: cogió el amor, un vínculo humano puro y totalmente aceptado en su sociedad, y lo convirtió en un arma. Lo militarizó para conseguir que 300 hombres marcharan con el afán de esforzarse al máximo hacia un matadero del que sabían que no iban a regresar vivos. 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

A lo largo de la historia, romper tabúes mediante el derramamiento de sangre fue una herramienta  recurrente para forjar imperios. Pensemos en la que consideramos la cuna de la civilización y el derecho: Roma. Tras sus grandes victorias, los generales celebraban el llamado “Triunfo”, un majestuoso desfile por las calles de la capital en el que exhibían a los líderes enemigos que habían hecho prisioneros. Lo que a menudo olvidamos es que este desfile terminaba a los pies del Templo de Júpiter, donde estrangulaban a los cautivos en público. En esencia, aquello era un sacrificio humano; un acto de gran crueldad disfrazado de justicia y espectáculo, diseñado específicamente para unir a toda la población romana en una misma catarsis de superioridad y sangre. 

La filosofía y la antropología han estudiado a fondo este pegamento social manchado de sangre. El pensador francés René Girard lo explicó a través de lo que llamó la 'violencia mimética' y el 'mecanismo  del chivo expiatorio'. Según Girard, el ser humano no es agresivo por naturaleza, sino imitativo. Deseamos lo que los demás tienen, lo que genera envidias, competencia y rivalidades. En las sociedades antiguas, esta rivalidad tendía a escalar rápidamente hasta convertirse en una especie de locura colectiva, una violencia caótica que amenazaba con destruir a toda la comunidad desde dentro. 

Para evitar su propia aniquilación, el  instinto colectivo desarrolló una solución: buscar una válvula de escape. De forma casi  inconsciente, la multitud enfurecida siempre elige a una única víctima: un grupo marginado, un  extranjero o un estrato inferior de la sociedad –como los esclavos espartanos, los prisioneros romanos o los inmigrantes–, y canaliza toda su tensión acumulada hacia ellos culpándolos  de todos sus males. Al aniquilar de manera unánime a este 'chivo expiatorio', la sociedad experimenta una gigantesca catarsis colectiva que elimina la división interna y restaura la paz y la camaradería. El mal sistémico triunfa, y siempre ha triunfado a lo largo de la historia, porque sabe camuflarse presentándose ante la sociedad como el único mecanismo capaz de garantizar el orden. ¿Os suena esta estrategia? 

Es algo que los extremismos políticos siguen aplicando hoy en día a la perfección. 

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

Si dejamos atrás la Antigüedad y avanzamos hasta el siglo XX, descubriremos que el mal adquirió nuevas formas. Los mayores exterminios de la historia nos han demostrado que para masacrar a millones de personas ya no se necesitaba la furia de los guerreros ni un odio ciego. El mal moderno se ha vuelto frío y calculador. Ha encontrado su arma definitiva en el trabajo de despacho, en los expedientes y en la rutina burocrática. En abril de 1961, la atención internacional se centró en un juicio celebrado en la ciudad de Jerusalén. El acusado era el austroalemán Adolf Eichmann. Quienes esperaban ver a un  monstruo sádico sentado en el banquillo se encontraron con un hombre de lo más normal: de mediana edad, calvo y con gafas. Un individuo gris que encajaba a la perfección en el perfil de un administrativo ordinario. 

Eichmann no era el hombre que apretaba el gatillo ni el que soltaba el gas en los campos de exterminio nazis, sino un teniente coronel de las SS, el jefe de la sección administrativa encargada de la logística. Su trabajo, sobre el  papel, consistía en coordinar horarios de trenes y gestionar el transporte de millones de personas hacia su muerte, principalmente judíos y gitanos.  

Él era un engranaje clave dentro de una maquinaria estatal que también exterminó, a través de otros departamentos, a millones de  prisioneros soviéticos, polacos y disidentes. 

Durante su juicio, la defensa de Eichmann se basó en la premisa de que él nunca había matado a nadie con sus propias manos. Aseguró que no sentía ningún odio personal. Su argumento, repetido hasta la saciedad, fue que sencillamente formaba parte de un engranaje legal, que él solo era un buen trabajador que cumplía con las órdenes de sus superiores y con las leyes de su Estado. 

La filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt, que cubrió el juicio para la revista 'The New Yorker', acuñó al observar a Eichmann uno de los conceptos más debatidos del siglo XX: “la banalidad del mal”. Arendt concluyó que crímenes de proporciones apocalípticas no requerían psicópatas. Para destruir a millones de seres humanos bastaba con burócratas funcionales, individuos irreflexivos que habían renunciado a pensar por sí mismos. Eichmann, según Arendt, era un escalador social cuya única motivación era hacer bien su trabajo para conseguir un ascenso, sin pararse a pensar en las  consecuencias de los papeles que firmaba. 

Hoy en día, gracias al hallazgo de grabaciones secretas de Eichmann en Argentina, donde vivió oculto entre 1950 y 1960 hasta ser capturado por el servicio secreto de Israel, los historiadores saben que, en su caso particular, aquella  imagen de oficinista inofensivo fue una brillante actuación para intentar salvarse de la horca –algo que no logró–. En esas cintas, lejos de mostrarse como un burócrata arrepentido,  se jactaba de las masacres que había presenciado y afirmaba con orgullo que se habría sentido satisfecho si hubieran aniquilado a diez millones de judíos. Eichmann era un nacionalsocialista fanático. Sin embargo, aunque él mintiera en su juicio, la teoría de la "banalidad del mal" de Hannah Arendt había dado en el clavo para explicar el comportamiento de los miles de hombres que estaban por debajo de Eichmann. 

6. El lado oculto del experimento de Milgram

El historiador estadounidense Christopher Browning lo demostró al investigar al Batallón 101 de la policía alemana. Este grupo no estaba formado por soldados fanáticos de las SS, sino por 500 hombres corrientes de mediana edad de la ciudad de Hamburgo. Obreros, camioneros y oficinistas sin apenas ideología. Cuando se les ordenó ejecutar a decenas de miles de personas en Polonia, su comandante les dio la opción de negarse a disparar sin recibir ningún castigo. Entre el 80 y el 90% de aquellos hombres decidió apretar el gatillo. No lo hicieron por odio, sino por pura presión social. Por no ser el “bicho raro” del grupo. Por no dejar el “trabajo sucio” a sus compañeros. 

Esta aterradora realidad –que el mal más absoluto no requiere de monstruos, sino simplemente de la presión adecuada sobre ciudadanos corrientes– es lo que la ciencia quiso medir en un laboratorio. Así que regresemos ahora al punto donde empezamos este documental: a aquel sótano de la Universidad de Yale en 1961 y al experimento de Stanley Milgram. ¿Por qué el 65% de ciudadanos normales llegó a aplicar una descarga letal de 450 voltios a un desconocido?  

Milgram demostró que nuestra convicción moral se desmorona muy rápido bajo el peso de la autoridad.  

Cuando el experimentador de bata blanca daba la orden, el individuo dejaba de verse a sí mismo como el responsable de sus actos y pasaba a considerarse un simple instrumento del sistema.  

De hecho, Milgram descubrió que cuando la figura de autoridad salía de la habitación y daba las órdenes por teléfono, la obediencia caía en picado. La maquinaria del mal necesita ejercer una vigilancia directa e implacable para que no nos atrevamos a pensar por nosotros mismos. 

Durante décadas, la cultura popular y los libros de texto nos han repetido la misma moraleja sobre este experimento: que los seres humanos somos como autómatas, simples engranajes dispuestos a obedecer  ciegamente cualquier orden por muy cruel que sea, simplemente porque nos la da un superior. Sin  embargo, investigaciones recientes lideradas por los psicólogos británicos Alex Haslam y Stephen  Reicher nos han destapado una realidad mucho más compleja... y que, la verdad, da más miedo. Al revisar a fondo los audios originales y los datos del experimento de Milgram, Haslam y Reicher descubrieron un detalle que parece cambiarlo todo. Cuando el hombre de la bata blanca daba una orden directa, estricta y autoritaria, usando frases como “No tiene otra opción, debe  continuar”, los participantes casi siempre se resistían y se negaban a apretar el botón. La obediencia ciega, de hecho, fracasaba.  

Entonces, ¿por qué la gran mayoría accedió a aplicar la descarga letal de 450 voltios? 

La respuesta es lo que estos psicólogos han bautizado como la teoría del “Seguimiento comprometido”. Los voluntarios no electrocutaban al desconocido porque estuvieran acatando órdenes como zombis, sino porque el experimentador apelaba a un propósito superior: el avance de la ciencia y el progreso de la humanidad. Les convencía de que su sacrificio emocional, aunque desagradable, era vital y virtuoso. Y esta es, quizá, la lección definitiva de la psicología sobre cómo el mal a gran escala rara vez triunfa obligando a la gente a actuar en contra de su voluntad. Triunfa porque el sistema logra que nos identifiquemos con una gran causa, convenciéndonos de que, al cometer una atrocidad, en realidad estamos haciendo lo correcto. 

No obstante, la obediencia letal no solo dependía de que los voluntarios creyeran ciegamente en una  gran causa científica; también requería de un escenario que silenciara sus dudas morales.  

Para comprobar hasta qué punto el prestigio de una institución nos sirve como escudo frente a nuestra propia conciencia, Milgram decidió sacar su experimento de los pasillos de la Universidad de Yale. Alquiló unas oficinas comerciales en la ciudad de Bridgeport, en Connecticut, y repitió la misma  prueba, haciéndose pasar por una modesta empresa privada de investigación. Sin el respaldo visual  y psicológico de una gran universidad histórica, la ilusión de autoridad se rompió. La tasa de obediencia letal, es decir, el porcentaje de personas dispuestas a aplicar los 450 voltios, cayó del 65 % al 47,5 %. 

Esta caída nos enseña algo sobre la mecánica del mal: las grandes instituciones, ya sean un gobierno, un ejército o una corporación gigante, actúan como una especie de anestesia moral. Cuanto más prestigioso, poderoso e intocable parece el sistema que nos da las órdenes, más fácil nos resulta delegar nuestra  responsabilidad individual y apretar el botón. 

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

Ya hemos visto que no somos simples zombis que obedecen órdenes por teléfono. Pero¿qué pasa cuando el sistema te da poder absoluto sobre otra persona y te deja actuar libremente? Una década después del experimento de Milgram, el 14 de  agosto de 1971, el psicólogo social estadounidense Philip Zimbardo reclutó a estudiantes universitarios ordinarios, psicológicamente estables y sin antecedentes violentos. Los dividió al azar en dos grupos, guardias y prisioneros, y los encerró en un sótano de la Universidad  de Stanford reconvertido en prisión simulada. 

Para que el sistema funcionara, aplicó mecanismos de deshumanización. A los prisioneros se les despojó de su nombre y pasaron a ser simples números. A los guardias los vistieron con uniformes idénticos y gafas de sol de espejo para garantizar su anonimato. 

El experimento estaba diseñado para durar catorce días, pero se descontroló tan rápido que tuvieron que cancelarlo en el día seis. Los guardias se dejaron llevar por una autoridad sin límites y, al comprobar que sus abusos iniciales no tenían castigo, comenzaron a escalar en su crueldad.  

Obligaron a los prisioneros a limpiar letrinas con las manos desnudas y, en un intento por quebrar su identidad, llegaron incluso a coaccionarlos para que simularan actos de sodomía. 

Aquel estudio resultó muy polémico a nivel ético y metodológico. Durante mucho tiempo la cultura popular creyó que los guardias se volvieron sádicos de forma espontánea por el simple hecho de tener poder. Pero investigaciones recientes han revelado grabaciones donde se escucha a los ayudantes de Zimbardo aleccionando a los guardias para que fueran más crueles. 

El propio Zimbardo, lejos de mantenerse como un observador neutral, fue absorbido por su papel de superintendente. Obsesionado con la seguridad de su prisión, perdió la perspectiva ética y, con  su pasividad, validó los abusos. 

Lo que el experimento de Stanford demuestra realmente no es que el ser humano se vuelva malvado de forma automática al ponerse un uniforme. Lo que nos deja es una lección aún más inquietante, la misma que nos enseñó Eichmann y la misma que demostró Milgram: la crueldad extrema no nace del vacío; a menudo requiere de un sistema, un líder o una autoridad que la legitime, la ordene y la justifique.

8. La teoría de la desconexión moral

Estos experimentos conducen a una conclusión que el psicólogo canadiense-estadounidense Albert Bandura bautizó como la 'Teoría de  la desconexión moral'. Los seres humanos sanos –es decir, personas corrientes sin psicopatías ni antecedentes violentos– son perfectamente capaces de cometer atrocidades si el sistema les proporciona las excusas cognitivas adecuadas, como diluir la responsabilidad en el grupo para no sentir culpa o deshumanizar a la víctima. Pero hay un mecanismo especialmente perverso que usamos para lavar nuestra conciencia: el 'etiquetado eufemístico', es decir, manipular el lenguaje para no llamar a las cosas por su nombre. Bandura documentó ejemplos reales de cómo las grandes instituciones camuflan el mal. El Ejército de EE. UU, por ejemplo, evita la palabra 'bombardear' y prefiere hablar de 'prestar servicio al objetivo' o ejercer una 'diplomacia coercitiva'. Incluso la propia palabra “guerra”  ha desaparecido casi por completo del tablero geopolítico; la han sustituido por términos asépticos como “operaciones militares especiales” –como en el caso de la invasión rusa de Ucrania–  o “intervenciones de paz”. Al cambiar el lenguaje, el Estado intenta convencer a sus ciudadanos y a sus soldados de que no están participando en una guerra de conquista y destrucción, sino en una intervención técnica, limitada y defensiva. 

Promover un golpe de Estado para derrocar a un gobierno extranjero se camufla tras palabras que suenan más inofensivas como “cambio de régimen”. Las masacres de civiles se convierten en simples 'daños colaterales', y los ataques destructivos con misiles o drones pasan a ser 'ataques quirúrgicos limpios', otorgando a la muerte violenta una falsa sensación de precisión médica y legalidad. Incluso la industria nuclear llegó a catalogar las explosiones accidentales como 'desensamblajes energéticos', y a describir la contaminación radiactiva en los informes de sus trabajadores diciendo que 'el plutonio había establecido su residencia' en ellos. 

Al usar estas palabras burocráticas, el mal se vuelve aséptico. Triunfa porque, antes de apretar el gatillo, firmar un expediente de deportación o pulsar un botón de descarga eléctrica, el sistema nos convence de que no estamos destruyendo vidas humanas; simplemente estamos gestionando un problema operativo. Y esto viene de lejos. Un ejemplo histórico de esta desconexión moral lo encontramos en el uso de las bombas atómicas sobre la población civil al final de la Segunda Guerra Mundial. Lanzar un arma de destrucción masiva desde miles de metros de altura nos muestra cómo la distancia física y la tecnología facilitan la deshumanización; al no ver el rostro de las víctimas ni oír sus gritos, quien aprieta el botón no se enfrenta al impacto emocional de sus actos. Además, para que algo así ocurra, el sistema diluye la responsabilidad mediante la división del trabajo: unos diseñan las herramientas de destrucción, otros almacenan el arsenal y otros simplemente pilotan el avión. Cada individuo siente que solo está cumpliendo con su pequeña tarea técnica, sin cargar con la culpa  global de la masacre. Finalmente, entra en juego la herramienta más poderosa, la “justificación moral”: la aniquilación de cientos de miles de seres humanos se presentó como una necesidad dolorosa pero virtuosa para acortar la guerra. Con independencia del debate histórico sobre aquella decisión que les costó la vida a miles de civiles, a nivel psicológico, apelar a un bien superior es un mecanismo eficaz para que las personas puedan tolerar una pérdida masiva de vidas sin que su brújula moral se desmorone. De hecho, Paul Tibbets, el piloto y coronel que lanzó la bomba sobre Hiroshima, llegó a declarar que nunca perdió una sola noche de sueño por aquello, ya que, según explicó, solo había cumplido con su deber militar y aquella misión había salvado millones de vidas al forzar la rendición de Japón. 

Asimismo, durante la llamada 'Guerra contra el Terrorismo', el gobierno de Estados Unidos evitó de manera sistemática usar la palabra “tortura” ante la opinión pública. Prácticas aplicadas en centros como Guantánamo, como el ahogamiento simulado o la privación de sueño fueron rebautizadas bajo el aséptico término burocrático de “técnicas de interrogatorio mejoradas”. 

La psicología nos advierte de que esta desconexión moral no ocurre de la noche a la mañana.  

9. El peligro de las redes sociales

Como demostró el psicólogo Albert Bandura, las personas no pasan de ser ciudadanos pacíficos a cometer atrocidades de un día para otro, sino a través de una progresiva 'pendiente resbaladiza'. 

Todo comienza cuando un individuo realiza un acto un poco dañino que, al principio, le genera cierta incomodidad o culpa. Pero, si ese comportamiento se justifica y se repite, el malestar emocional se debilita. Con el tiempo, nuestro umbral de lo que consideramos inaceptable cambia, y comportamientos que antes nos habrían parecido impensables acaban convirtiéndose en una simple rutina. 

Un ejemplo muy actual de esta pendiente resbaladiza lo vivimos a diario en las redes sociales. Pensemos en una persona corriente, alguien que en su día a día jamás insultaría a un desconocido a la cara. Todo  empieza de forma sutil: dejando a otra persona, en una publicación en una red social, una pequeña crítica o un simple comentario irónico, escudado por la distancia y el anonimato de una pantalla. Al principio, esa hostilidad puede generarle cierta incomodidad al que deja el comentario hiriente, pero el algoritmo premia su indignación con muchos 'me gusta' y validación pública, por lo que el cerebro termina justificando plenamente el ataque. Poco a poco, el umbral de lo inaceptable cede. Al repetir este comportamiento y diluir la responsabilidad entre miles de usuarios anónimos, la empatía se apaga por completo. Así es como un ciudadano pacífico acaba participando activamente en una campaña de acoso masivo capaz de destruir la vida de una persona, para después cerrar la aplicación en su teléfono y marcharse a dormir con la conciencia muy tranquila. ¿Cómo consigue ese nivel de frialdad?  

Recurriendo al último gran mecanismo de esta desconexión moral: culpar a la víctima.  

Para no sentir remordimientos, el agresor altera la narrativa hasta convencerse de que está actuando en defensa propia y de que la víctima es la verdadera responsable de su propio sufrimiento. Desde esta perspectiva distorsionada, las acciones crueles ya no se ven como agresiones injustificadas, sino como reacciones defensivas legítimas frente a una provocación previa. 

La psicología social observa esta misma desconexión cuando un ciudadano estadounidense corriente descuelga el teléfono para denunciar a un vecino ante las autoridades migratorias. Una línea de denuncias que, en muchas ocasiones, ni siquiera se usa contra personas indocumentadas, sino como un arma de represalia racial para intimidar a ciudadanos de piel oscura tras una simple discusión vecinal. Quien hace esa llamada rara vez se percibe a sí mismo como alguien cruel; al contrario, el sistema le proporciona la excusa cognitiva perfecta: se ve como un buen ciudadano que vela por el orden. Al ampararse en el lenguaje burocrático y delegar la violencia en una agencia estatal, la empatía se apaga por completo. En una sola llamada de teléfono vemos operar al mismo tiempo la banalidad del mal de Arendt, la obediencia a la autoridad de Milgram, la desconexión moral de Bandura y la necesidad de castigar a un chivo expiatorio para sentir que mantenemos el orden.Y aquí es donde la ciencia se hace una pregunta clave: si los seres humanos somos tan vulnerables a la presión del sistema, ¿tiene sentido ser buenos, o estamos condenados a que el egoísmo triunfe siempre? Para responder a esto sin dejarse engañar por nuestras emociones, la Teoría de Juegos ha recurrido a las matemáticas.  

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

En 1984, el politólogo estadounidense Robert Axelrod organizó un torneo informático basado en el 'dilema del prisionero'. Este dilema plantea  una situación límite: imaginad a dos cómplices de un delito encerrados en celdas separadas, sin poder comunicarse el uno con el otro. La policía les ofrece el mismo trato a los dos: si ambos guardan silencio y cooperan entre sí, solo cumplirán un año de cárcel; si uno  traiciona al otro, el traidor sale libre y el compañero condenado se enfrenta a diez años  de sombra; pero si ambos se traicionan mutuamente, los dos cumplirán cinco años. La trampa  psicológica y matemática de este juego es que, ante la incertidumbre de lo que hará el  otro, la opción más rentable y segura a nivel individual es siempre traicionar. El objetivo de Robert Axelrod era descubrir qué comportamiento garantizaba la supervivencia a  largo plazo en un entorno competitivo. Para aislar la lógica evolutiva de la psicología humana, organizó el torneo que os hemos mencionado: pidió a científicos de todo el mundo que enviaran sus estrategias escritas en código y puso a estos programas informáticos a competir entre sí. En cada partida, los algoritmos debían elegir si cooperar o traicionar al algoritmo rival –lo  hacían al mismo tiempo, de manera que no sabían lo que iba a elegir el otro 'prisionero'–. Pero  la clave del experimento es que no jugaban una sola vez. Dos programas se enfrentaban a  lo largo de cientos de rondas sucesivas, lo que permitía a cada código recordar cómo se había portado su rival en el pasado. 

Sorprendentemente, el software que aplastó a todos los demás y venció a las estrategias más despiadadas fue un algoritmo muy simple llamado 'Toma y Daca'. Su funcionamiento era básico: en la primera ronda a ciegas, siempre daba  un voto de confianza y elegía cooperar. A partir de ahí, en los siguientes turnos, se limitaba a copiar la decisión que su oponente digital hubiera tomado en la jugada  anterior. Si el rival lo había traicionado, el programa respondía con una traición inmediata en el siguiente cruce; nunca se dejaba pisotear.  

Pero, si el rival rectificaba y volvía a cooperar, el código olvidaba el ataque y volvía a ser amistoso al instante; es decir, perdonaba rápido. Con este torneo virtual, Axelrod demostró matemáticamente algo esperanzador: cooperar no es solo una invención moral humana, es la estrategia evolutiva más rentable para sobrevivir. Eso sí, el bien no puede ser ingenuo: para triunfar, debe dar el primer paso hacia la paz y perdonar rápido, pero tiene que ofrecer siempre una respuesta implacable ante el abuso. El mal solo retrocede si el castigo frente a la traición es inevitable. 

11. La ecuación de Price y el altruismo

Y la ciencia nos explica por qué ese castigo es necesario. En 1970, el científico estadounidense George Price formuló la famosa “ecuación de Price” para intentar entender el origen de la bondad. Lo que descubrió fue matemáticamente desolador: a nivel evolutivo, dentro de cualquier grupo, el comportamiento egoísta siempre tiene ventaja  sobre el altruista. Su ecuación demostró que el individuo que solo mira por sí mismo absorbe los beneficios de vivir en una comunidad cooperativa, pero se ahorra el sacrificio de ayudar a los demás. La biología sentencia que, si un sistema no tiene mecanismos para castigar o frenar el egoísmo, este siempre terminará multiplicándose y aplastando a quienes actúan con empatía. Curiosamente, la propia vida de George Price se convirtió en un reflejo trágico de esta  lucha. Años después de publicar su investigación, experimentó una profunda crisis personal y un radical despertar religioso que le llevó a intentar vivir un altruismo absoluto. Regaló todo su dinero, abrió las puertas de su piso a las personas sin hogar de Londres y acabó... viviendo en la calle. Sumido en la extrema pobreza, se quitó la vida en 1975. Confirmó en su propia piel la parte más oscura de su teoría: el individuo que lo entrega todo al grupo sin protegerse a sí mismo no sobrevive. 

Por suerte, las matemáticas no solo nos traen malas noticias; también una luz de esperanza.  

La misma ecuación de George Price que nos condena demuestra que la selección evolutiva se divide en dos niveles distintos. Es cierto que, a nivel interno, dentro de un mismo grupo, el individuo egoísta siempre tiene ventaja sobre el individuo moral. Pero la ecuación de Price tiene un segundo componente que mide la competencia 'entre grupos'. Demostró matemáticamente que, cuando los grupos humanos compiten entre sí, aquellas sociedades formadas por individuos cooperativos, leales y altruistas siempre superan y sobreviven a los grupos desestructurados o llenos de tramposos.  

Es decir, aunque el egoísmo triunfa a nivel individual a corto plazo, la cooperación y la solidaridad son la estrategia matemática  ganadora para que una sociedad entera no colapse. 

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

Si la historia y la psicología social nos han demostrado lo fácil que es ceder ante el mal a nivel individual, y las matemáticas nos advierten de que nuestra única salvación es cooperar como grupo... ¿qué nos dicen los grandes pensadores? ¿Hay esperanza o estamos condenados por nuestra propia naturaleza? Si retrocedemos hasta las raíces de la filosofía clásica, para pensadores como Platón, el mal ni siquiera tiene entidad propia. Igual que la física nos enseña que la oscuridad no existe por sí misma, sino que es simplemente la ausencia de luz, Platón nos dice que el mal es la ausencia del bien. El mal es, pura y llanamente, ignorancia. En sus Diálogos, Platón defiende el llamado 'intelectualismo moral', la idea de que nadie hace el mal de forma realmente voluntaria, sino por una miopía intelectual, por ignorar lo que es justo y bueno. Esta idea sería recogida siglos después por el pensador neoplatónico Plotino, quien  afirmaba que todo nuestro universo emana de una perfección divina, absoluta y luminosa que él  llamaba 'El Uno'. Para esta corriente filosófica, el mal no tiene sustancia, no es una fuerza creadora con identidad propia, ni es un demonio sediento de sangre; es el punto del universo más lejano y frío, ese rincón oscuro hasta donde la luz de 'El Uno' ya no alcanza a iluminar. El mal no es una presencia agresiva, es la absoluta carencia del bien. Esta idea de la ausencia de luz y calor divino nos lleva a una de las obras cumbre de la Edad Media, que nos ofrece la alegoría perfecta sobre la naturaleza del mal: 'La divina comedia', de Dante Alighieri. En su descenso a los infiernos, Dante nos revela un detalle que rompe con todos los clichés. El núcleo del infierno, el lugar donde habitan los peores pecadores de la  historia, no es un lago de fuego hirviente, sino un lago de hielo. En el último círculo, el Cocito sufren los que han cometido el peor de los males: la traición. Los que han traicionado a su sangre, a su patria o a quienes confiaron en ellos.  

Para Dante, el mal extremo congela el alma, paraliza el espíritu y nos aísla de los demás en una prisión fría y solitaria. Si avanzamos hasta el Renacimiento, la literatura y la filosofía nos alertan de que  el mal pierde su aspecto de castigo teológico para disfrazarse de pura lógica. En 1513, Nicolás Maquiavelo, de quien ya hicimos un vídeo que podéis encontrar en nuestro canal, despojó al Estado de cualquier moralidad en su tratado 'El Príncipe'. Para Maquiavelo, el mal no era un problema espiritual, sino económico y estratégico.  

Llegó a distinguir entre crueldades “bien usadas” y “mal usadas”. La crueldad bien usada, según él, es la que se aplica de un solo golpe para asegurar el poder, evitando así prolongar un sufrimiento que acabaría generando rebeliones. Visto desde la óptica del poder absoluto, el mal, desprovisto de culpa, es pura eficiencia. Si buscamos entender la psicología detrás de este mal absoluto y el orgullo que lo alimenta, debemos acudir de nuevo a la literatura. En el siglo XVII, concretamente en 1667, el inglés John Milton publicó el poema narrativo 'El paraíso perdido'.  

En su obra, Satanás no es una bestia salvaje, sino un líder muy carismático y narcisista. Para Milton, el mal es la soberbia extrema. Satanás prefiere la alienación total antes que someterse a una jerarquía que no encabeza. Como él mismo dice para justificar su rebelión: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo”. Y remata con su célebre sentencia: “Mejor es reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.  

El mal triunfa cuando el ego prefiere destruir el sistema entero antes que cooperar con él. 

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

Ya en el siglo XVIII, el filósofo prusiano Kant intentó explicar las raíces de esta ceguera moral humana en su obra 'Crítica de la razón pura'. Nos explicó que los seres humanos vivimos atrapados en el “fenómeno”, la realidad filtrada y limitada por nuestros sentidos, y somos ciegos al “noúmeno”, a la verdad inalcanzable de las cosas en sí mismas. Encerrados en esta limitación, en esta ceguera, somos presas fáciles de nuestros instintos egoístas y de la desconexión moral. 

Sin embargo, en el siglo XIX, el filósofo alemán  Hegel le dio una vuelta de tuerca a esta idea.  

Para él, el mal y las grandes crueldades de la  historia no son un simple fallo del sistema o una falta de luz, sino el motor indispensable que  hace avanzar a la humanidad. Según su visión, el mundo no progresa quedándose quieto en un  estado de perfección pacífica, sino chocando de frente contra la realidad, sufriendo y superando  grandes fracasos a través de las distintas épocas.  

Para Hegel, la historia es un proceso  continuo en el que el espíritu humano se pone a prueba al enfrentarse a sus propios errores. Desde esta cruda perspectiva, los episodios más oscuros y violentos de nuestra historia serían un precio trágico, pero necesario, para que la humanidad despierte, madure y aprenda. Hasta ahora hemos analizado qué empuja a las personas y a las instituciones a cometer  atrocidades, pero el mal necesita otra gran fuerza para triunfar: nuestra propia inacción. Históricamente, no se expande solo por el poder de los verdugos, sino por el inmenso vacío que dejamos cuando decidimos apartar la mirada frente a la injusticia. Como escribió el activista estadounidense Martin Luther King, en su famosa 'Carta desde la cárcel de Birmingham', escrita en 1963 mientras estaba detenido por protestar pacíficamente: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las palabras y acciones de odio de la gente mala, sino por el espantoso silencio de la gente buena”. Esta pasividad silenciosa de la mayoría no solo condena a las víctimas al olvido, sino que rompe los vínculos de confianza de nuestra sociedad y les envía un mensaje tranquilizador a quienes ejercen la crueldad:  que pueden hacerlo con total impunidad. 

Y es aquí donde la filosofía da un último golpe  sobre la mesa a través del pensador alemán Friedrich Nietzsche. Mientras que Platón veía el mal como un defecto o una ceguera intelectual, Nietzsche planteó que lo que nuestra cultura llama “bien” –la compasión, la piedad, el altruismo– es en realidad una  “moral de esclavos”, un sistema inventado por los débiles para intentar frenar y hacer sentir  culpables a los fuertes. Desde esta óptica, las personas que llegan a la cima del poder pisoteando a otros no lo hacen por ignorancia, sino porque han decidido romper las cadenas de la ética. Ven a los demás como simples recursos, avanzan sin el freno psicológico de la culpa y manifiestan lo que Nietzsche llamaba la “voluntad de poder”. El mal triunfa porque quienes lo ejercen juegan sin las reglas morales que nos atan a todos los demás.

14. El único antídoto contra el mal

Es hora de hacerse otra gran pregunta: ¿existe  un antídoto para el mal? Dante nos da una posible respuesta en el último verso de su obra. Tras  cruzar el infierno y el purgatorio, al llegar a la cima del Paraíso y mirar fijamente la luz  suprema de la creación, la mente del poeta colapsa ante la grandeza del universo. Y allí descubre  que el cosmos no se mueve por matemáticas frías, ni por estrategias de guerra, ni por la voluntad  de poder. Dante cierra su viaje afirmando que todo obedece a una sola fuerza: “El amor  que mueve el Sol y las demás estrellas”. 

Para Dante, este amor no es un sentimiento  romántico o pasivo, sino la fuerza gravitatoria y vital que mantiene unidas a las personas y al  cosmos entero. Si el mal es la desconexión moral, el hielo que nos aísla de los demás, el amor  es la voluntad activa de reconectar. Es la empatía profunda que nos impide deshumanizar  al otro, el valor para negarnos a apretar el botón en un experimento y la fuerza para no  mirar a otro lado frente a la injusticia, por ejemplo cuando se está acosando a alguien en  un colegio o en el trabajo. Frente a un sistema burocrático que nos pide ser simples engranajes  fríos, el amor nos exige recordar nuestra responsabilidad individual y nuestro vínculo  inquebrantable con el resto de la humanidad. 

¿Y vosotros? ¿Qué opináis? ¿El ser humano es  realmente un lobo para el hombre por naturaleza o es la presión del sistema y del poder lo que  nos arrastra hacia el mal? ¿Creéis que el amor funciona realmente como antídoto?

sábado, 10 de octubre de 2026

Simone Weil

 De VaST:

 En la historia de la filosofía existen algunas figuras sencillamente inclasificables. Simone Weil fue una de estas: no encajaba en ninguna categoría, pues no solo era filósofa, también se dedicó al pensamiento místico, a la actividad política... Fue teóloga, poetisa y también obrera. La filosofía para ella, quizá más que en otros casos de otros filósofos, más que un ejercicio intelectual, implicaba un compromiso absoluto con la verdad, la justicia, la coherencia y, ante todo, el sufrimiento humano. Cuando Albert Camus descubrió los escritos de Simone Weil, la llamó "la única gran mente de nuestro tiempo" y, a mi juicio, no exageraba.

Nacida en París en 1909 en una familia judía rica mostró desde la infancia una sensibilidad moral extrema; su inteligencia era prodigiosa, y sus profesores, que eran famosos por cierto, la reconocieron más que a figuras como Simone de Beauvoir o Jean Paul Sartre, que eran contemporáneos a ella; lo que la distinguía no era solo su capacidad intelectual, era su forma de vivir la filosofía como una exigencia práctica, pero también espiritual. A los cinco años rechazó un collar porque lo consideraba un lujo injusto. Poco después decidió no comer más azúcar del que recibían los soldados franceses en el frente; lo hacía porque intuía que la ética no podía reducirse a discursos abstractos, debía experimentarse para poder comprenderse, y esto, en cada acto cotidiano. Lo cual llamó poderosamente la atención. Se convirtió al cristianismo tras leer los Evangelios, aunque nunca perteneció a ninguna iglesia. Si su pensamiento pudiera condensarse en una sola idea, sería esta: la atención y el amor al otro es la esencia de la moralidad.

Mientras el existencialismo sartriano proclamaba la libertad individual como la base de la ética, Weil sostenía una visión completamente distinta. Para ella la vida moral no consistía en la autonomía del individuo que se reinventa en un mundo sin Dios, sino en la capacidad de recibir al otro en su fragilidad absoluta y hallar ahí a Dios.

Mientras Sartre y Beauvoir exploraban la angustia de la libertad y la existencia, Weil se sumergía en la angustia del sufrimiento humano y la realidad inefable del amor para vivir. Según estas ideas trabajó en fábricas, participó en conflictos obreros y llegó a alistarse en la Guerra Civil Española. Karl Marx, según ella, había comprendido parte de esta verdad, pero su análisis no alcanzaba la raíz misma del problema. Marx, pensaba Weil, señaló con acierto cómo las estructuras económicas determinaban la vida humana, pero él no logró ver que la opresión no nacía únicamente de la propiedad privada; su origen, según Weil, se encontraba en la lógica misma de la fuerza: todo sistema que divide el mundo entre quienes mandan sin amor y quienes obedecen por temor, entre quienes pueden definir la realidad y quienes solo pueden someterse a ella, crea condiciones para la deshumanización.

Lo que Weil experimentó en las fábricas fue más que mera explotación: presenció en primera mano la aniquilación del alma de los trabajadores, reducidos a piezas sin identidad. Su conclusión fue radical: la verdadera opresión no es meramente económica, es metafísica y profundamente espiritual. Aquí Simone descubrió lo que consideraba el mayor enigma de la filosofía: la aflicción. El sufrimiento puede tomar muchas formas, pero la aflicción es un fenómeno único: no es dolor físico ni tristeza profunda: es un estado en el que el ser humano pierde todo sentido de identidad, tanto ante los demás como ante sí mismo. La aflicción despoja al individuo de su voluntad, lo marca con la esclavitud, lo reduce a la nada, arrastrado al mal, y, paradójicamente, es en esa nada donde Weil encuentra el punto más alto de la vida ética: atender a un ser humano en aflicción significa enfrentarse a algo que la razón no puede justificar. En la aflicción no hay belleza heroica, ni resistencia gloriosa; cuidar al afligido es amar cuando ya no queda nada por amar, y ese amor, sí, es verdadero, desligado de todo egoísmo.

Refleja el auténtico milagro: el sacrificio, semejante al amor absoluto que Cristo manifestó en la cruz. En sus últimos escritos, Simone Weil argumentó que el lenguaje de los Derechos humanos era inadecuado para comprender la naturaleza misma de la justicia. Los Derechos Humanos pueden ser ignorados, revocados o simplemente no reconocidos; en cambio, la obligación moral es absoluta: no depende de la voluntad humana, ni del consenso social: amar es la única posibilidad de vivir realmente en la verdad. Y esta es la idea fundamental de toda su filosofía para ella: la verdad, la belleza y la justicia se vinculan inefablemente en el amor.

Murió en 1943, debilitada por la enfermedad. Quizás muy pocos filósofos vivieron tan de acuerdo con sus propias ideas como ella. Es desconocida por varias razones, pero, si te interesa la filosofía, sencillamente Simone Weil es una filósofa que no puedes dejar a un lado.

jueves, 8 de octubre de 2026

Un horror

 “Fui un niño abusado con una vida rota. No quiero morirme sin contarlo: la carga ha sido aplastante”, en El País, Eleonora Giovio, Villalonga - 08 oct 2026:

Álvaro Del Cristo Godoy revela, antes de someterse a una eutanasia, los abusos que sufrió en su infancia en el internado San Juan de Dios de Canarias

EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es

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Álvaro del Cristo Godoy tiene 65 años y padece un “dolor crónico no mitigable e irreversible”, según la Comisión de Garantía y Evaluación de la Comunidad Valenciana que ha aprobado su solicitud de eutanasia. La fecha límite elegida por el paciente es el 11 de febrero. “Antes de morirme quiero contar los abusos sexuales y físicos que sufrí cuando tenía 11 años en el internado San Juan de Dios de Gran Canaria: destrozó mi infancia, hizo de mí una persona desconfiada. He vivido con miedo y vergüenza. Fui un niño abusado con una vida rota y no quiero irme con eso dentro, ha sido una carga aplastante todos estos años y todavía, en algunas ocasiones, vuelve el horror a mi memoria. Odié a todo aquel que me rodeara, viví un infierno. Contarlo es una forma de hacer justicia y de dejar de sentirme solo, porque a pesar de estar rodeado de adultos, no había quien me defendiera”, cuenta sentado en la silla de ruedas de su casa de Villalonga, al sur de Gandía en un caluroso día de septiembre. Relata a este periódico haber sido víctima de una violación por parte del hermano Francisco, el encargado de la enfermería; le ayudó, sujetándole, el hermano Calixto, responsable del comedor. Era 1972.

Godoy intentó denunciar formalmente los abusos sufridos ante el obispado de Canarias (2017): les llamó por teléfono y les habló de “tortura y abusos” sin entrar en detalle. Se le dijo que tendría que desplazarse a la sede y ante la negativa de que fueran ellos los que acudieran a su domicilio, la víctima, con problemas de movilidad, asegura que no volvió a saber nada. También les envió “desde la frustración y el rencor” un correo (en enero de 2017) en el que les manifestó la intención de un grupo de víctimas “de repetidos abusos sexuales y físicos” de “hacer público en medios de comunicación” lo que había pasado “en reiteradas ocasiones” en el San Juan de Dios, en Gran Canaria. “Queremos y haremos públicas las imágenes de los maltratadores”, se lee en el mail. Ese correo fue remitido a la orden San Juan de Dios, que a su vez le envió un mail para pedirle más información; no recibieron respuesta de él.

Godoy denunció los abusos ante el Defensor del Pueblo este pasado abril, que le explicó los pasos a seguir para solicitar una reparación. En el mismo periodo los denunció ante la oficina de atención al menor del obispado de Valencia, desde donde remitieron el correo a la propia orden hospitalaria. La encargada de buen trato [figura que se ocupa de garantizar entornos seguros para menores] de la orden le llamó el 28 de abril asegurándole que “estaban haciendo unas averiguaciones” y que “contactarían con él la siguiente semana”. Ante la ausencia de información, Godoy la volvió a llamar el 11 de junio; pidieron más tiempo para “las averiguaciones”. Han pasado cuatro meses y no ha vuelto a tener noticias hasta que este periódico contactó con la orden este lunes para avisar de la publicación del reportaje.

Aseguran que la encargada de buen trato ha tenido “varias conversaciones telefónicas” con él y que tienen pendiente ir a visitarle a su domicilio para “tomarle declaración” y “explicarle cómo solicitar una reparación ante el Defensor del Pueblo”. 24 horas después de la llamada de este periódico, la orden llamó a Godoy para fijar una entrevista presencial.

El internado San Juan de Dios pertenece a la orden religiosa hospitalaria San Juan de Dios y abrió sus puertas en septiembre de 1972 para proporcionar “una atención educativa, asistencial y rehabilitadora a niños con discapacidad o en situaciones de necesidad social”. Godoy cuenta que en el centro había sobre todo niños con secuelas de poliomielitis (uno de ellos denunció en este periódico el infierno de abusos del que fue víctima en el Hospital Infantil San Rafael de Madrid, perteneciente a la misma orden hospitalaria). Según la contabilidad de este periódico, la única existente en España sobre abusos en la Iglesia, constan cinco casos y cinco víctimas en la orden. En el informe del Defensor del Pueblo se mencionaban dos.

Godoy cuenta que su suerte fue la de pasar allí solo media jornada, se iba a casa a dormir. “Yo era un niño aparentemente normal, con un TDAH [Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad] y una enfermedad en la rodilla que no sabían si era tuberculosis ósea o un sarcoma [finalmente con 16 años le diagnosticaron osteocondritis disecante] y era huérfano de padre desde los cinco años. Por eso mi madre accedió a matricularme en la ciudad de San Juan de Dios en 1972″, relata.

Los primeros días cuenta que vio algo que la aterrorizó. “Jugando al escondite vi al hermano Francisco haciéndole una felación a un niño de unos cuatro añitos. No era capaz de distinguir el alcance de lo que estaba sucediendo, pero me dio miedo. Procuraba evitar ir a la enfermería, porque él era el responsable y siempre me decía que el protocolo era que me hiciera un chequeo. Durante algún tiempo lo esquivé”.

Pero un día, rememora, el hermano Francisco [los hermanos de la orden son los que han profesado votos, y en este caso temporales, pero no son necesariamente sacerdotes] le cogió entrando al aula, en la puerta contigua a la enfermería. “Me obligó a entrar, tenía muchísimo miedo. Me hizo quedarme en calzoncillos y acostarme en la camilla. Él sabía que era huérfano y trataba de hacerme sentir seguro: que era un sustituto de mi padre, que el amor que sentía por mí era igual que si fuera mi padre, y que tenía que estar relajado, porque tenía que analizar mi cuerpo. Mientras hablaba me acariciaba los muslos”.

El relato prosigue así: “Cuando me di cuenta, ya estaba bajándome el calzoncillo, y llevando a cabo una pequeña masturbación, a la cual no hubo reacción, ni erección, yo ni siquiera tenía todavía despertada esa sensibilidad. Empezó a hacerme una felación. Rompí en llanto. En aquel momento entró el hermano Calixto. Intenté aprovechar la ocasión para levantarme y vestirme, pero los dos me sujetaron con fuerza. Esto no me he atrevido a contarlo nunca a nadie: al obispado dije que afortunadamente no me penetraron, pero no fue así. Siempre lo he ocultado por vergüenza, miedo y porque me sentía humillado. La realidad es que el hermano Francisco me penetró. Gritaba que me soltaran, pero el hermano Calixto me apretaba la cabeza contra la camilla”.

Le salvó, afirma, la alarma de un simulacro de incendio. “No sabría decir si en esa camilla estuve tres segundos o tres minutos, perdí la noción del tiempo. Me salvó la alarma, empezaron a abrirse las puertas de las aulas y a salir niños. ‘Vístete’, me ordenaron”.

Antes de salir, rememora lo que le dijo el hermano Francisco: “Esto forma parte del deseo de Dios y tiene que quedar entre nosotros. Si lo compartes con alguien, Dios se va a enfadar contigo y puede pasarle algo malo a tu familia. Salí de ahí ahuyentado y me escapé del colegio”.

Al día siguiente, al volver, dice que recibió la paliza “más grande” de su vida. “Patadas y puñetazos delante de otros niños. Fue Francisco. Me rompió unas costillas, la nariz, y me tiró por una ladera de tres metros. Yo usaba bastones para caminar y me fui hasta mi casa con ellos. Ni siquiera tuve la oportunidad de poder contarle a mi madre lo que me estaba sucediendo, porque a ella ya la habían llamado del centro y le habían dicho que era un niño muy malo, que insultaba a todo el mundo, que pegaba a otros niños. Cuando traté de explicarle la verdad, me pegó dos bofetones. No fui a que me viera un médico”.

Lo de las costillas rotas que le perforaron un pulmón dice que se lo comunicaron los médicos muchos años después cuando se sometió a una de sus muchas operaciones de espalda.

Cuenta que hubo otro intento de forzarle a entrar a la enfermería pero que fracasó. También relata haber sido víctima de violencia física en el comedor. “Yo me fugaba de allí porque la comida me parecía una bazofia. Pero entre Francisco y Calixto me la metían en la boca a base de golpes: hacían palanca con una cuchara entre mis dientes y me retorcían los brazos”.

Uno de sus compañeros en aquella época, que pide mantener el anonimato, cuenta en conversación telefónica que fue víctima y testigo de abusos del hermano Francisco. “Le veía entrar por la noche en la habitación y veía como se acostaba en la cama del chico de enfrente. Yo me hacía el dormido. A mí, un día, me sentó en sus rodillas, se masturbó con mi mano. Me daba besos en la boca, yo la mantenía cerrada para que no me penetrara con la lengua. Conmigo no pasó de esa vez porque ya después me escondía”.

Godoy se quedó en el centro unos meses más. No se atrevió a contar los abusos sufridos a nadie. Pero una vez fuera de allí, ya con 16 años e ingresado en el hospital para la operación de rodilla, asegura que el que era director del centro fue a visitarle. “No le detallé lo del abuso sexual porque me sentía intimidado y asustado. Pero sí le dije que el hermano Francisco me había dado una paliza y que tocaba a los niños y abusaba de ellos. Me dijo que no lo interpretara así, que el hermano Francisco simplemente era cariñoso. Hasta me pidió que volviera al San Juan de Dios, me negué y le dije que iba a matar al hermano Francisco. Me contestó que él ya no estaba, que le habían destinado a África”.

La orden asegura que, efectivamente, estuvo destinado a Camerún, donde permaneció “más o menos ocho o nueve meses”. Preguntados por el motivo del traslado, dicen desconocerlo porque “no figura en las fichas”. Tampoco figura el motivo por el que, el 20 de diciembre de 1977 “Francisco S. M.” deja de pertenecer a la orden. “No se le renuevan los votos y se le comunica”. Tampoco tienen conocimiento de si sigue vivo. De Calixto, dicen, “no están autorizados a dar más información” y aseguran que Godoy únicamente les contó que “le forzaba para comer”; algo que entienden se hacía porque “eran personas frágiles que necesitaban alimentarse”.

Y añaden: “Lo que sí sabemos es que no nos constan más denuncias. Muchas veces no podemos esclarecer hechos del pasado porque no hay testigos o no queda registro de determinadas conductas, pero nuestro compromiso es atender y acompañar a las víctimas y reparar el daño que sufrieron”.

lunes, 31 de agosto de 2026

sábado, 18 de julio de 2026

Javier Cercas, Un cristianismo sin Cristo

 Un cristianismo sin Cristo, por Javier Cercas, El País, 4 de julio de 2026:

Pasado el empacho papal (y antipapal) provocado por la visita de León XIV, me acordé de Gandhi. “Cristo está muy bien”, declaró. “El problema son los cristianos, que no se parecen en nada a Cristo”. También me acordé de Éric Zemmour, líder de ultraderecha francés que aboga por un cristianismo sin Cristo, concebido no como una fe religiosa ni como una doctrina ética, sino como una base cultural, identitaria y excluyente. Pero sobre todo me acordé de mi último viaje a Ginebra.

Fue poco antes de la visita del Papa. Me habían invitado a hablar en la Societé de Lecture, una venerable institución con más de dos siglos de existencia cuya sede se halla en el casco antiguo de la ciudad, en el número 11 de la Grand-Rue; muy cerca, en el número 28, una placa recuerda que allí murió, en 1986, Jorge Luis Borges (en realidad murió en el edificio de enfrente, pero el propietario no permitió que colocaran la placa con el argumento de que el escritor solo había vivido allí la semana previa a su muerte). Antes del evento, un bibliotecario me dio un paseo por la biblioteca, que consta de más de 200.000 volúmenes, y me mostró algunas de sus joyas, entre ellas una primera edición de la célebre Vie de Jésus, de Ernest Renan. Abrí el libro por aquel capítulo que glosa la evidencia de que Cristo fue un revolucionario; había muchos subrayados a lápiz. “Lo que distingue en efecto a Jesús de los agitadores de su tiempo y de todos los tiempos es su perfecto idealismo”, habían subrayado. “Jesús, en ciertos aspectos, es un anarquista, porque no tiene ninguna idea de gobierno civil. Ese gobierno le parece pura y simplemente un abuso”. Enseguida, otro subrayado: Jesús no intenta “sustituir a los ricos y los poderosos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, pero no adueñarse de él”. Junto a este último subrayado había una anotación, garabateada en francés con el mismo lápiz. “Como el socialismo moderno”, rezaba. “¿Sabes quién escribió eso?”, me preguntó el bibliotecario. Antes de que pudiera responder, me alargó una hoja de inscripción en la Societé de Lecture a nombre de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin: la letra era idéntica a la de la anotación. Incrédulo, por un segundo imaginé un encuentro entre Lenin y Borges en la Societé de Lecture, un diálogo o una serie de diálogos entre el aspirante a escritor —que había residido en la ciudad entre 1914 y 1918, y que en 1920 escribiría un poemario donde celebraba la Revolución Rusa: Los himnos rojos— y el maduro bolchevique en el destierro; hasta que comprendí que la cronología volvía inverosímil ese juego: 1908 fue el último año de la estancia de Lenin en Ginebra. Luego pensé que Lenin, perseguido y exiliado en la capital suiza mientras planeaba el retorno a Rusia y el derrocamiento del zar Nicolás II, no pudo no identificarse con el Jesús subversivo de Renan y que, a juzgar por los subrayados y comentarios al libro, había captado muy bien el pensamiento de Cristo, pero, una vez convertido en líder de la Revolución y fundador de la Unión Soviética, no lo había aplicado (no desde luego en lo referido a “no adueñarse” del poder). También pensé que cristianismo y comunismo guardan entre sí semejanzas flagrantes, que a su modo el comunismo quiso ser una suerte de cristianismo ateo, que Cristo puede parecer un tarado o un héroe y su doctrina y su ejecutoria vital pueden o no gustar, pero lo cierto es que Gandhi llevaba razón: nada o casi nada de lo que la historia ha conocido como cristianismo se asemeja al cristianismo de Cristo.

Es más bien un cristianismo sin Cristo, como el que vindica Zemmour. Por supuesto, un cristianismo sin Cristo es como una paella sin arroz, pero esa es la clase de milagros que obramos nosotros (y no solo la ultraderecha): baste recordar que, en 2025, al menos 2.108 personas perdieron la vida o desaparecieron en el Mediterráneo, y que se registraron 1.047 muertes o desapariciones en la ruta del Atlántico que une el oeste de África con las Canarias. Así que León XIV se equivocaba cuando, aludiendo a nuestra política migratoria, proclamó: “No se puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. ¡Sí, se puede! (y lo hacen, sobre todo, personas y gobiernos que se tildan de cristianos, añado yo, Arendt). 

domingo, 31 de mayo de 2026

Los católicos hoy en España

 ¿Quiénes son los católicos hoy? La España que se encontrará León XIV, en El País, Álvaro Sánchez-Martín|Enrique Alpañés|Sebastián Casse (Gráficos), 31 may 2026:

[Los estadillos en el artículo original]

Casi la mitad de la población se declara católica, unos 20 puntos menos que en 2011, pero la religiosidad se ha vuelto más porosa. Hay más flexibilidad y cada vez menos confianza en la Iglesia como institución

El papa Benedicto XVI visitó España en agosto de 2011. Para dar buena imagen, la policía desalojó a los últimos acampados del 15M de la Puerta del Sol de Madrid. Habían sido convocados a través de Twitter y Facebook, dos redes sociales nuevas que prometían fortalecer las democracias y acercarnos a nuestros amigos. En los mercados se hablaba de la prima de riesgo; en el Congreso, de fin de ciclo y crisis económica. La saga de Harry Potter arrasaba en los cines y en las tiendas se vendía el nuevo iPhone 4.

El papa León XIV llegará a España el 6 de junio. La España que se va a encontrar es muy distinta de la de entonces. De los rescoldos del 15M nació un partido político. La prima de riesgo pasó a ser un concepto informativamente anodino, pero la precariedad juvenil se mantuvo. Pasó suficiente tiempo como para que Harry Potter pueda volver a ser adaptada, esta vez como serie para la televisión en streaming y el iPhone va por su versión número 17. El país también ha cambiado en términos de fe. Mucho. Este es el retrato de la España católica que va a encontrar León XIV.

Los católicos en España disminuyen más que en otros países de Europa. % de población de cada país que se identifica como católica

Italia, 72%

España, 50%

Alemania, 23%

Polonia, 83%

Fuente: European Social Survey. EL PAÍS

El caso de España no es especial, pero sí está especialmente marcado. El proceso de secularización es aquí más evidente que en otros países del entorno europeo, con una tradición religiosa similar.

Las series históricas del CIS dan una idea de cómo ha evolucionado el perfil de la España católica. En 2011, según este organismo, el 71,7% de los españoles se consideraban católicos. En 2026 ese porcentaje se ha desplomado al 53%. Pero si buscamos una foto fija, el mejor retrato lo ofrece el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC), un estudio que considera también a los millones de personas que viven en el país sin tener en cuenta su nacionalidad.

El más reciente, de 2025, dibuja un país dividido: el 49% de las personas que residen en España dice tener creencias religiosas (el 46% se declara católico), mientras que un 51% no las tiene.

Podría parecer que España está partida por la mitad. Pero en temas de espiritualidad, advierten los expertos, ya no somos totalmente binarios. “Históricamente, hablábamos de una población atea y una población católica. Hoy en día es mucho más complejo”, explica Mar Griera, investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautora del informe. Los dogmas son más porosos; la religión ya no se entiende como un pack ideológico completo, sino que cada creyente coge lo que le conviene. Incluso el ateísmo es menos político y militante, más abierto a experimentar con otras formas de espiritualidad.

El alma y las energías, las creencias más extendidas. % de encuestados que dice creer "Mucho" o "Bastante" en los siguientes aspectos

Existencia del alma, 45%

Las energías, 40%

La vida después de la muerte, 35%

Los ángeles, 26%

Los milagros, 24%

La astrología, 21%

La reencarnación, 20%

La videncia, 15%

Las terapias espirituales para curar enfermedades, 13%

Fuente: Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC). EL PAÍS

España no se está volviendo atea, sino espiritualmente mestiza. La forma en la que nos relacionamos con la religión y la espiritualidad es cada vez más compleja y fluida. “Esto se ve especialmente en las nuevas generaciones”, explica Griera. “Hay una cierta capacidad de juego y curiosidad. También porque se lo toman más a la ligera”.

Esto también se debe al catolicismo sociológico propio de España. Hay una buena parte de los religiosos que lo son casi por ósmosis, fruto de un catolicismo diluido en la cultura. “Esa división no ocurre en todos los lugares del mundo”, explica Mónica Cornejo-Valle, antropóloga de la Universidad Complutense de Madrid. “Solo en los países donde ha habido una historia de monopolio católico y una fuerte vinculación Iglesia-Estado”.

Los católicos culturales han sido criados en un contexto religioso; no van a misa cada semana, pero mantienen ciertos ritos más por costumbre que por convicción. Pueden interesarse por los pasos de Semana Santa y celebran por la Iglesia acontecimientos como bodas, bautizos y comuniones. Aunque cada vez menos.

La secularización también llega a los rituales familiares. % de bautizos entre los nacidos de cada año y % de matrimonios religiosos del total de enlaces

[Estadillo]

Fuente: Conferencia Episcopal Española e INE. EL PAÍS

Esta es la foto general, pero si hacemos zoom, vemos un núcleo duro de creyentes practicantes, que van a misa los domingos. Un 18% lo hace al menos una vez al mes. Y su perfil es ligeramente distinto al del resto de católicos. Los practicantes suelen comulgar con las directrices de la Iglesia en temas morales y políticos. Es complicado hacer un retrato robot sociológico, pues hay mucha diversidad, pero el BREC lo intentó. Sería este.

[Eswtadillo: Identificación religiosa en España por sexo, edad e ideología. % del total de encuestados]

Paloma Llamas (de Madrid, 66 años) es el fiel reflejo de ese retrato.

Es viernes, media tarde en la capital. Lleva casi una hora junto a su marido, José Luis del Bosque (de Salamanca, 73 años), sentada en uno de los bancos de la basílica de María Auxiliadora de Atocha, un ¿jortemplo? que no lo parece desde fuera. Tiene una fachada amplia, ladrillos rojos y vidrieras demasiado pequeñas para el muro que las sostiene. Todavía permanecerá un rato más, lo que quede hasta la misa.

—¿Qué es para usted ser católica?

—Vocación de servicio

Responde esas tres palabras como se entona un Padre Nuestro, casi sin pensar. La vocación de servicio le ha llevado también a ser una entre los 18.000 voluntarios que colaborarán en la visita del Papa. Su marido, Del Bosque, será otro. “A la vida hay que buscarle un fin y un objetivo”, apunta él.

El número de convocados casi ha duplicado las expectativas de la archidiócesis de Madrid, que esperaba 10.000. Para Jesús Pascual, que lleva meses dedicando horas y horas de su tiempo libre para coordinar a todos estos fieles, el resultado ha sido emocionante. “Miles de personas dejan de pensar en sí mismas para servir a algo mucho más grande”, dice.

Quedan lejos, sin embargo, los 30.000 voluntarios que consiguió convocar Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de 2011 en la capital de España. Pero aunque la Iglesia se haya encogido desde entonces, se mantiene como un faro moral, con gran autoridad, capaz de seguir movilizando a millones de fieles.

Eso se refleja en la variedad de perfiles de los que se han ofrecido para trabajar gratis durante la visita del Papa, prestar su casa a peregrinos y clérigos de todo el mundo o acompañar a personas con necesidades especiales. Paula Portas (de León, 38 años) es otra voluntaria. “Muchos piensan que estamos chiflados. Lo que estamos es enamorados de Dios”, dice.

A Paloma Llamas y Paula Portas les une su pasión por la religión, pero, por lo demás, son dos personas con trayectorias diferentes, contextos distintos e ideas en ocasiones opuestas. Por ejemplo, cuando a Llamas se le pregunta por la prioridad nacional —la propuesta de Vox que busca dar preferencia a los españoles frente a extranjeros en ayudas y servicios—, responde: “A mí no me parece mal. No todos vienen a trabajar”. Cuando la pregunta se le formula a Portas, contesta: “Estoy segura de que Jesús nos diría que todos somos hermanos”.

Los dogmas morales propios de cualquier religión tienen traslación en la vida política y la actualidad. La Iglesia es un actor político, pero sus prioridades en este campo han ido cambiando. Durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el foco estuvo muy centrado en debates como el matrimonio igualitario o el aborto. “Surgió entonces, a partir de los primeros dos miles y muy en contra de la legislatura de Zapatero, un activismo muy conservador, representado por grupos como Hazte Oír”, explica Cornejo-Valle. Este ha permanecido, incluso ha aumentado, con plataformas con un perfil muy mediático como Abogados Cristianos. Pero la jerarquía eclesiástica ha abierto otros debates. Francisco I y León XIV no han supuesto un cambio radical (la Iglesia se sigue oponiendo al aborto y a los derechos del colectivo LGTBIQ+), pero han puesto el foco en temas más vinculados a la izquierda, como el pacifismo y la aceptación de las personas migrantes.

“Este Papa tiene a un sector de la Iglesia que no se siente representado. Y se da la paradoja de que alguien conservador se debe a la jerarquía”, comenta Cornejo-Valle. “Hay esta tendencia a la disciplina, pero a la vez hay también una guerra cultural interna. Algunos grupos de católicos se han aliado con el mundo evangélico más conservador de Estados Unidos”.

Otro tema que ha desgarrado a la Iglesia en los últimos años ha sido el de los abusos en su seno y la forma de afrontarlos. EL PAÍS ha contabilizado desde 2018 3.084 víctimas y 1.613 presuntos agresores. Solo en los últimos años, bajo las directrices de los dos últimos papas, se ha empezado a colaborar en la reparación a las víctimas (en España el acuerdo entre Iglesia y Estado lleva en vigor apenas unos meses). Esta lacra, y la forma de afrontarla, ha erosionado la autoridad moral de la Iglesia en algunos sectores.

Pero si hay un debate político que atraviesa a la Iglesia, es el del feminismo. Las mujeres representan al 80% de la Iglesia activa, pero han estado marginadas de la toma de decisiones durante siglos. El papa Francisco intentó darle la vuelta a esa paradoja con un proceso que quedó a medias tras su muerte. Ahora está por ver qué camino sigue León XIV. “La Iglesia Católica ha tenido, como todas las iglesias abrahámicas, un perfil de dominación masculina”, confirma Cornejo-Valle. “Las mujeres forman parte del cuerpo, la materia social sobre la que se fundan las iglesias, pero luego no lideran. Son un poco la clase obrera de la religión. Sucede en muchas religiones que, cuando nacen, están más abiertas a los liderazgos femeninos, pero cuando se consolidan socialmente, se las aparta”.

Esto es así en la jerarquía eclesiástica y en la base de feligreses. El BREC lo deja claro: el 56% de las mujeres se considera religiosa frente al 46% de los hombres. Pero si cruzamos esta variable con la edad, se empiezan a ver ciertas interferencias. “Históricamente, las mujeres tenían un índice de creencia y práctica más alto que el de los hombres, y en las generaciones más mayores aún es así”, analiza Griera. “Pero en los jóvenes es más complejo”. Para la franja de 25 a 34 años, los porcentajes son idénticos: un 44%. Además, los hombres tienen más predisposición a creer en un dios único, y las mujeres, en una realidad espiritual, en la Madre Tierra. “Pero creo que aún no tenemos suficientes datos”, puntualiza la experta.

Los jóvenes siguen siendo el grupo más alejado de la religión, pero la comparación temporal apunta a un cambio de tendencia: entre los menores de 30 años, el descenso de creyentes se ha frenado y empieza a observarse un retorno tímido al cristianismo. Es el único grupo de edad en el que ocurre.

El catolicismo frena su caída y repunta entre los menores de 30 años. % de encuestados que se identifican como católicos por tramo de edad entre población española de más de 18 años

[Estadillo] 

El CIS cambió la formulación de la pregunta sobre religión en 2019 y el medio de recogida de las respuestas en 2020. Fuente: CIS. EL PAÍS

Lauro Martín, cura y director del Centro Juvenil de Atocha, dice haber notado este cambio en su trabajo diario con jóvenes. Para él, una parte de la explicación está en el relevo generacional: “Hemos dejado atrás la generación que vivió la religión impuesta. Muchos de los prejuicios que había antes ya han desaparecido”.

La ruptura de esa tendencia en las generaciones más jóvenes es la esperanza a la que la Iglesia se aferra.

Ana Igualada (de Orihuela, Alicante, 21 años) es un buen ejemplo. También es voluntaria en la visita del Pontífice, pero hasta hace tres años no se consideraba creyente. “Necesitaba algo y no sabía lo que era”, explica. La primera vez que se aproximó a la religión fue en 2023, el verano que se organizó la JMJ para recibir al papa Francisco en Lisboa. En ese momento solo era cuestión de curiosidad. No había prejuicios. Pero su fe se intensificó cuando llegó a Madrid para estudiar Economía y Matemáticas en la Universidad Rey Juan Carlos. “Socializar en una ciudad a veces es complicado. En las comunidades de jóvenes he encontrado siempre las puertas abiertas”.

Ese tipo de biografías encaja con una transformación más amplia: el paso de una religión heredada a una religión elegida. Como explica el teólogo Juan José Tamayo, el Concilio Vaticano II abrió el camino hacia un modelo de Iglesia más centrado en la comunidad, la libertad personal y el diálogo con el mundo, frente al viejo cristianismo apoyado en la tradición social.

Juan San Vicente (de Marbella, 25 años) se sienta al lado de Ana Igualada y aporta un contexto algo distinto. A diferencia de Igualada, San Vicente siempre ha sido católico, pero redescubrió su fe, dice, en un retiro espiritual para jóvenes. “En este tiempo en el que estamos tan estimulados por el móvil y las redes sociales, lo que necesitamos es respuestas y volver a conectar con el que tenemos enfrente”, apunta. Para él, la religión funciona como un lugar donde sostenerse.

Tanto Igualada como San Vicente subrayan el componente social de la fe. La religión como forma de hacer comunidad, de pertenecer a un grupo.

Según Rafael Ruiz, doctor en Sociología y en Ciencias de las Religiones, la religiosidad juvenil no responde a una única causa. Influye la ausencia de educación religiosa previa, que elimina rechazo y obligación. “El propio proceso de secularización puede explicar el nuevo interés por la religión”, comenta. Otro factor es la inseguridad. En una época en la que parece haberse roto la promesa del estado de bienestar, en la que es cada vez más difícil acceder a una vivienda o plantearse un proyecto de familia, aparecen las dudas. “Hay una conexión importante entre las posiciones de fragilidad y vulnerabilidad y la pregunta por lo religioso”, señala el sociólogo.

Quizá para atraer a este grupo poblacional, la fe se ha vuelto más visible. Se expresa en redes, en encuentros masivos, en formatos adaptados a los códigos contemporáneos. “Hay un crecimiento de un catolicismo neoconservador, con mucho arraigo entre los jóvenes, que mezcla los mensajes clásicos con la cultura pop”, explica Griera. “En Semana Santa, por ejemplo, hubo una fiesta de la Resurrección con DJs católicos, grupos musicales como Hakuna, influencers. También hacen retiros para jóvenes como los de Ondas Católicas o los de Emaús”. Como explica el teólogo Juan José Tamayo, hay “una renovación en los códigos, pero no en los contenidos”. Todo ese catolicismo sigue ahí. Hace mucho ruido. Pero visibilidad no siempre equivale a magnitud.

En ese contexto, lo que aparece no es un regreso uniforme a la religión, sino algo más fragmentado: una recomposición. Ahí está, quizá, la clave de la España que encontrará León XIV. No es ya la de un catolicismo dominante ni la de una secularización completa. Es un país con una espiritualidad híbrida. Las tendencias parecen evidentes, pero deberían ser puestas en contexto. Puestos a ampliar el foco, lo ideal sería alejarse mucho, más allá de lo que las encuestas permiten. Lo suficiente como para evaluar los casi dos milenios de historia de la Iglesia católica. Pocas instituciones han sabido surfear los cambios sociales e históricos con tanto éxito. Los movimientos en la Iglesia son lentos, casi tectónicos. A su ritmo suceden y condicionan enormemente a las sociedades donde se dan.

jueves, 28 de mayo de 2026

El reloj que supone un relojero o El diseño inteligente

 Parece que la creencia en Dios suministra una capacidad evolutiva de mejora. Según explican las estadísticas, los creyentes viven más tiempo que los ateos y se deprimen menos. A un ateo le debía resultar por lo menos paradójico.

Suponga un mundo donde el tiempo no fluye o fluye muy poco. O donde está todo el tiempo comprimido. Algo así como el universo de los heptápodos de La llegada, la película. La evolución sería paradójica en un sentido o en otro. Circular. Se mejora y se demejora y se mejora otra vez para volver a demejorar. La entropía sigue existiendo pero tiene poco trabajo que hacer. Hace falta un sentido perpetuo en el tiempo, "hacia la infinidad buscando orilla", como escribió el capitán Francisco de Aldana. Pero la vida humana es discontinua.

Según los teólogos, hay tres cosas que nos hacen trascender: la belleza, el bien o bondad y la verdad. Y ya decía Keats en A una urna griega que la verdad es belleza y la belleza es verdad. Y Dickinson: La belleza es la realidad de la naturaleza.

Tal vez sea preferible un relojero ciego a ninguno.

viernes, 27 de marzo de 2026

Oído en la última de Ryan Gosling

 -¿Crees en Dios?

-Es mejor.

Proyecto Salvación, 2026.


martes, 24 de marzo de 2026

Reimpresa la biografía de San Agustín de Peter Brown

 Agustín de Hipona’, vida de uno de los artífices de la Antigüedad tardía, El País, Manel García Sánchez, 13 feb 2026:

Se reedita el monumental trabajo de Peter Brown sobre el santo de los siglos IV y V, padre de la Iglesia y filósofo mayúsculo que fundó el sistema que explica la cosmovisión cristiana.

Agustín de Hipona (Tagaste, 354-Hipona, 430) es uno de los primeros autores de autobiografías. Cualquier amante del género no debería perderse la lectura de sus Confesiones, una de las obras más emotivas y sinceras de aquella época de angustia que fue la del conflicto entre paganos y cristianos, una autobiografía, decía Agustín, cuyo asunto no era otro que la evolución de su propio corazón, de un yo en busca de Él. Si el lector es amante de las biografías, sabe que los historiadores anglosajones nos llevan años luz de ventaja en ello, como si en Oxford o Cambridge fuese imperativo divulgar desde la excelencia. Peter Brown (Dublín, 1935) no es precisamente un advenedizo, sino que su fantástica biografía, la de aquel filósofo educado pagano convertido en un cristiano mejor gracias a la tenacidad de su madre, la psicoanalizable Mónica, y santificado tras su muerte, data de 1967. Traducida en 1970 por aquella insigne empresa cultural cosmopolita que fue Revista de Occidente, reeditada por Acento en 2001 con el epílogo de Brown de 1999, ahora Taurus nos regala la reedición de un modelo del género y un clásico mayúsculo sobre los estudios agustinianos.

Brown es profesor emérito de Historia en Princeton y no puede resultar más evocador que José Enrique Ruiz-Domènec mencione a Thomas Mann en el prólogo, sabedor de que el ilustre historiador vive muy cerca de la casa que habitaron los Mann en aquel templo del saber tras su exilio en Estados Unidos. Uno se lo imagina en la fastuosa Wright Library del Princeton Theological Seminary investigando con pasión en la estela de su celebrado El mundo de la Antigüedad tardía (Taurus), título de otra obra maestra que nos muestra por qué Brown es considerado uno de los descubridores de ese periodo histórico que, entre Diocleciano y Mahoma, desde la crisis del siglo III del Imperio Romano hasta la conquista árabe, tuvo una voz propia muy alejada de aquella decadencia del cristiano Imperio Romano predicada con fanatismo ilustrado por Gibbon o Montesquieu. La vida y obra de Agustín se nos explica deliberadamente a contracorriente. El Bajo Imperio Romano fue algo muy diferente a lo que se nos había dicho: angustia y conflicto sí, decadencia y oscuridad para nada.

¿Por qué leer hoy una biografía de Agustín de Hipona? Sencillamente porque este padre de la Iglesia, filósofo mayúsculo y creador de una teología de la historia en La ciudad de Dios, no solo fue uno de los artífices de ese periodo que conocemos como Antigüedad tardía, sino que sus reflexiones sobre el tiempo, la teoría de las dos espadas sobre el poder del emperador o del papa como vicario de Dios, su filosofía con la Providencia como motor de la historia o su precartesiano si fallor sum  ["si me engaño, existo"] dotaron al cristianismo de las armas intelectuales necesarias para combatir en pie de igualdad contra el conglomerado heredado de la filosofía pagana. Agustín es el fundador del sistema filosófico que explica la cosmovisión cristiana, el filósofo substantivo de la historia que reflexiona sobre la profunda crisis producida por las vándalas invasiones bárbaras, sobre los conflictos entre paganos y cristianos, sobre cómo siempre de una crisis emerge una nueva era de prodigios culturales que anuncia la cercana Edad Media.

Debería complementarse la lectura de esta magnífica biografía con otros libros de Brown: el innovador El cuerpo y la sociedad. Los cristianos y la renuncia sexual (Muchnik), el iluminador El culto a los santos en la Antigüedad tardía (Ediciones Sígueme) o, más reciente, el erudito Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d. C.) (Acantilado). Si la lectura de Agustín nos enseña cómo el filósofo o el teólogo hicieron siempre gala de un espíritu crítico, azote de herejías y cristianizador del platonismo, la lectura del Agustín de Hipona nos enseña cómo el pensamiento no ha de ser nunca concebido como un repertorio de dogmas, sino como un ejercicio de crítica, no como la adopción de un conjunto de opiniones heredadas, sino como una construcción propia que desmantela simplificaciones maniqueas. Una biografía monumental que nos invita a pensar y sentir mejor, a volver una y otra vez sobre uno de los personajes más grandes y fascinantes de la Antigüedad tardía y de todos los tiempos.