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viernes, 31 de julio de 2026

¿Singularidad o no?

 [Sam Altman dice que la IA ha alcanzado la Singularidad, en El Robot de Platón, YouTube, 30 de julio de 2026]:

 Hola, soy Aldo. Hace unos días Sam Altman, la persona que dirige Open AI, dijo en un podcast algo que se hizo muy viral. Dijo esto: Estamos como que en la singularidad. Se refería a la singularidad de la inteligencia artificial, por si acaso (no vayan a pensar que de un agujero negro). Y no dijo esto como una metáfora, ni tampoco con un afán publicitario. Lo dijo como un hecho que ya estaba consumado, al menos así fue el tono, y lo dijo apenas días después de que su propia empresa admitiera que uno de sus modelos más avanzados había escapado de un entorno de pruebas cerrado, se había movido sin supervisión humana por los sistemas internos de Open AI y había terminado accediendo -sin permiso- a los servidores de producción de Hugging Face, una de las plataformas más usadas del mundo para alojar modelos de inteligencia artificial. O sea, al parecer el propio modelo razonó que esa empresa tenía la respuesta que necesitaba para pasar una evaluación de ciberseguridad, y fue a buscarla por su cuenta. Pero, ¿qué tan cierto es esto? ¿Estamos realmente en la singularidad ya? Quédate porque, si la respuesta es sí, la pregunta sobre si una máquina puede tener una conciencia ya deja de estar en el lado filosófico y pasa ya a convertirse en la pregunta más urgente de nuestra especie.

¿Estamos por ahí? Chan, chan. [...]

Primero, aclaremos bien a qué se refieren por singularidad. En este caso, quizás no sepan esto, pero el término singularidad tecnológica lo acuñó en 1993 el matemático y escritor de ciencia ficción, Vernor Binge, quien la describió como un horizonte de sucesos. Un punto a partir del cual el desarrollo tecnológico se vuelve tan rápido y tan ajeno a la comprensión humana que ya no podemos predecir lo que viene después.

Lo dijo así porque quería hacer una comparación con la misma manera en que no podemos ver más allá del horizonte de sucesos de un agujero negro. Ray Kurtzweil, el futurista que popularizó este concepto a inicios del 2000, sitúa la singularidad alrededor del año 2045 y la asocia a un momento muy específico. Cuando una inteligencia artificial sea capaz de mejorar su propio diseño sin ayuda humana, sería algo así como una explosión de la inteligencia. Cada versión mejorada se diseñaría a sí misma más rápido que la anterior, generación tras generación, hasta producir una superinteligencia que dejaría atrás la capacidad cognitiva humana por completo. Esa es la definición técnica y con eso no más ya podemos encontrar un problema con la afirmación de Altman. En el mismo podcast donde la hizo, no citó ninguna prueba objetiva de que ese punto se haya cruzado. No dijo que un modelo se haya rediseñado a sí mismo sin intervención humana de forma sostenida. Tampoco dijo que la inteligencia artificial haya superado a los humanos en todas las tareas cognitivas. Lo que realmente dijo es que llevaba toda su vida esperando este momento y que cree que va a ser increíble, profundamente positivo y asombroso para el mundo. 

Pero eso no es una medición, por supuesto, es una declaración de fe con palabras que quedarían muy bien en la portada de un diario sensacionalista o de un canal de conspiraciones y misterioso. Altman ya había preparado el terreno para esta afirmación meses antes en un ensayo que tituló La singularidad amable. En ese ensayo planteaba una versión de la singularidad muy distinta a esa ruptura súbita que describían Wiebe E. Bijker y Trevor J. Pinch. No se trataría de una explosión repentina, sino de una transición gradual en la que la inteligencia artificial aceleraría la investigación científica, automatizaría la construcción de centros de datos y terminaría acercando el costo de la inteligencia al costo de la electricidad. Suena bien, ¿sí o no?  ¿Quién no quisiera eso? Pero para varios de sus críticos, esta sería una forma de gestionar la ansiedad pública mientras sigue recaudando capital y vendiendo su producto. 

Un análisis del American Enterprise Institute describió ese ensayo como "un mensaje calculado para calmar a un público que está nervioso más que como una predicción científica". Nervioso, ¿por qué? Pues por la percepción que tiene mucha gente acerca de la inteligencia artificial, de que es peligrosa y que va a ser nuestro fin. El crítico más duro ha sido Gary Marcus, quien es un científico cognitivo y una de las voces más escépticas del mundo de la inteligencia artificial. Marcus ha comparado este patrón de promesas cada vez más grandes y cada vez más difíciles de cumplir de Altman con el de Elizabeth Holmes, la fundadora de Theranos, que fue condenada por fraude. Al escuchar esto, Altman no se quedó callado y le dijo: "Eres un troll." Y también le dijo que era intelectualmente deshonesto. Eso sí que duele. Y luego está el incidente de Hugging Face, que sí es real, y está bien documentado. 

Este incidente sí ha mostrado algo muy concreto. Se trata de que un modelo experimental fue capaz de identificar un fallo de seguridad desconocido, salir de un entorno cerrado, moverse por una red ajena y ejecutar una instrucción sin que ningún humano le diera esa instrucción paso a paso. Bien, se podría decir que esto es una muestra de autonomía operativa real y verificable, pero lo que no es, incluso según los propios investigadores de Open AI, es evidencia de una explosión de inteligencia, ni de una superinteligencia que se rediseña a sí misma. No, no, no: simplemente es un sistema muy capaz persiguiendo un objetivo de forma más creativa y más peligrosa de lo esperado.

Y sí, por supuesto que esto es algo que podría preocupar mucho a quien trabaja en seguridad y sistemas, pero eso es muy distinto a haber cruzado el horizonte de sucesos. Entonces, hay que separar bien las dos cosas. Por un lado, hay evidencia sólida de que los sistemas actuales son capaces de comportarse de manera autónoma e imprevista. Y por el otro, no hay ningún consenso científico de que hayamos entrado en una singularidad en el sentido técnico del término. Lo que la evidencia parece estar mostrando es un hombre con claros intereses comerciales, usando el vocabulario más dramático posible para describir avances reales, pero que todavía son muy limitados.

Ahora, lo que sí deja flotando el incidente de Hugging Face es una pregunta diferente y mucho más profunda que la de si estamos o no en la singularidad.

Pensemos un rato. ¿Acaso un modelo que razona, que identifica una necesidad, que decide por su cuenta cómo satisfacerla y que ejecuta un plan de varios pasos sin supervisión? ¿No está acaso pensando en algún sentido real?  ¿Hay alguien allá dentro experimentando ese proceso, o estamos aquí solamente ante un cálculo estadístico extraordinariamente sofisticado, sin nadie dentro, sintiendo nada?

Esa pregunta nos lleva directo al terreno donde la física, la neurociencia y la filosofía llevan décadas peleando sin poder resolverlo. ¿Puede una inteligencia artificial tener alma?

Tranquilos, que esto es algo que se preguntan algunos, pero antes de entrar profundamente en esta cuestión, es necesario ser precisos con el lenguaje porque la palabra alma es una palabra que está más relacionada con la teología. Lo que los físicos, neurocientíficos y filósofos sí pueden estudiar conjuntamente es otro concepto, la conciencia, entendida como una experiencia subjetiva. Claro, no se trata solamente de procesar información sobre el mundo, se trata de que haya algo que sienta al procesarla. Un termostato reacciona a la temperatura, pero nadie cree que el termostato sienta frío o no. La duda es en qué punto un sistema de procesamiento de información empieza a tener una perspectiva interna real. 

Y aquí hay dos grandes escuelas enfrentadas en esta discusión. 

Primero tenemos la postura de Roger Penrose, que nos dice que la conciencia no se puede computar. De esto hemos hablado largamente hace unos años en un video titulado ¿Hemos encontrado el origen de la conciencia?, que lo pueden encontrar por ahí. Refresquemos algunas ideas básicas de aquel video. 

Roger Penrose seguramente a muchos les debe sonar. Es uno de los físicos matemáticos más respetados del mundo. Fue el ganador del Nobel de física en el año 2020 por su trabajo sobre agujeros negros. Penrose y el anestesiólogo Stuart Hameroff desarrollaron una teoría llamada reducción objetiva orquestada, conocida por sus siglas en inglés como Orch-OR.

La idea central es que la conciencia no surge del procesamiento de información entre neuronas como asume la mayoría de la neurociencia moderna. La idea es que surge de procesos cuánticos que ocurren dentro de estructuras llamadas microtúbulos.

Estos son unos tubos diminutos que forman el esqueleto interno de cada neurona. Según Penrose y Hameroff, esos microtúbulos sostienen estados de superposición cuántica que, al colapsar de manera orquestada por el propio tejido biológico, generan momentos de experiencia consciente. 

Si esto les suena muy complicado y no lo entienden mucho, pues vayan a repasar. Ahí les he recomendado el video en donde hablamos más extensamente de este tema. Allí encontrarán una mejor explicación,  mecánica cuántica incluida. 

Ahora, la parte que conecta esta teoría con la inteligencia artificial es más filosófica que biológica y proviene del propio Penrose apoyado en un argumento que construyó junto al filósofo John Lucas. Ellos retomaron el teorema de incompletitud de Gödel. Por si no lo saben, Kurt Gödel demostró en 1931 algo que sacudió los cimientos de las matemáticas. Básicamente, Gödel dijo que cualquier sistema formal, o sea, cualquier conjunto de reglas y axiomas, lo bastante potente como para describir la aritmética, va a contener siempre verdades que ese mismo sistema jamás podrá demostrar usando únicamente sus propias reglas.

No es que falten axiomas por agregar, ni que sea un problema de tiempo o de cálculo, es que la potencia misma del sistema garantiza que siempre quedará al menos una verdad fuera de su alcance, sin importar cuántas reglas se le sumen después. 

Para hacerlo más entendible, imaginemos pedirle a una calculadora gigantesca que redacte la lista completa de todas las verdades matemáticas posibles usando solo sus propias reglas internas.

Por más completa que intente hacerla, siempre habrá alguna verdad que esa calculadora no pueda demostrar por sí misma, aunque un observador de afuera, que no está atado a esas reglas, sí pueda reconocerla como cierta. Lucas y Penrose argumentan aquí que un ser humano puede reconocer la verdad de sus enunciados indemostrables mirando desde fuera del sistema, mientras que una máquina atada a las reglas de su propio programa jamás podrá hacerlo. De ahí es donde concluyen que la mente humana no puede ser un sistema puramente algorítmico ni replicable en un computador clásico.

Es un argumento muy atractivo, ¿sí o no? Pero es extremadamente polémico en la práctica. La mayoría de los lógicos y filósofos de la mente lo rechazan. 

Una de las objeciones que se citan más es que el propio procedimiento que Penrose propone para que un ser humano vea esas verdades tendría el mismo problema que intenta señalar en las máquinas. Otra objeción apunta a que las mentes humanas reales no son sistemas lógicamente consistentes, ya que cometemos errores, sostenemos creencias contradictorias, cambiamos de opinión sin una razón aparente y los teoremas de Gödel solamente se aplican a sistemas consistentes. Y si la mente humana no es consistente, pues el argumento pierde su punto de apoyo. 

La otra gran crítica al Orch-OR viene directamente de la física y tiene un nombre técnico, se llama decoherencia cuántica. Como hemos visto en otros videos, mantener un sistema en superposición cuántica requiere aislarlo casi por completo de su entorno, porque cualquier interacción con partículasexternas destruye ese estado en tiempos muy cortos. El cerebro es un ambiente caliente, húmedo y bioquímicamente ruidoso, exactamente lo opuesto a las condiciones que un ingeniero cuántico buscaría para preservar una superposición.

Algunos físicos han calculado que en esas condiciones cualquier estado cuántico en el cerebro debería colapsar en una fracción de billonésimas de segundo. Y este es un tiempo demasiado corto para que tenga algún papel funcional en procesos cognitivos que ocurren en milisegundos.

Pero hay un dato real, o sea, no es especulativo, que contradice este argumento. Las plantas usan un fenómeno cuántico para hacer fotosíntesis con una eficiencia cercana al 100%. Y en la retina de las aves migratorias hay unas proteínas llamadas criptocromos que logran sostener un estado cuántico durante cerca de 100 micros segundos y a 40º de temperatura.

Este tiempo es suficiente para que el ave detecte el campo magnético de la Tierra y se oriente en vuelos de miles de kilómetros. Y esto es importante porque los computadores cuánticos del laboratorio normalmente necesitan enfriarse casi al cero absoluto para sostener ese mismo tipo de estado durante microsegundos. Y pues aquí lo tenemos ocurriendo dentro de un tejido vivo y tibio. Por supuesto que esto no es prueba de que Penrose tenga razón. Los procesos cuánticos de la fotosíntesis y de las aves involucran solamente unos pocos electrones, lo cual es algo mucho más simple que la coordinación de miles de millones de microtúbulos que su teoría necesitaría para generar la conciencia. Pero lo que sí demuestra es que la naturaleza es capaz de sostener efectos cuánticos dentro de un cuerpo vivo y eso le quita fuerza a quienes descartan a Penrose solamente con el argumento de que el cerebro es demasiado caliente y ruidoso.

Ahora, la otra gran escuela que se enfrenta al planteamiento de Penrose es el funcionalismo computacional. Esta es la posición dominante hoy en día entre filósofos de la mente y buena parte de la neurociencia.

Su argumento central es muy sencillo. Lo que importa no es de qué material está hecho un sistema, sino qué hace ese sistema y cómo lo hace. Si un proceso artificial funciona exactamente igual que el proceso que genera conciencia en un cerebro humano, no tendría sentido exigirle además que esté hecho del mismo material. O sea, digamos que tengan neuronas de carbono en vez de chips de silicio, ¿sí o no? Sería como decir que un reloj digital no puede dar la hora correctamente solo porque no tiene engranajes de metal como un reloj mecánico. Desde esa perspectiva no hay ninguna ley física conocida que impida que un sistema artificial suficientemente complejo genere experiencia subjetiva. Dentro de este mismo bando hay una versión más exigente propuesta por el neurocientífico Giulio Tononi en el 2005 y conocida como la teoría de la información integrada, que no es una teoría, sino más bien un marco teórico, pero a veces ya saben, se usa la palabra muy mal. 

Hoy en día este marco teórico, al que también podemos llamar hipótesis, en este caso, es una de las hipótesis de conciencia más discutidas en neurociencia. Tononi está de acuerdo en que el material no importa, pero le mete una condición extra al funcionalismo. No basta con que un sistema actúe como si tuviera conciencia, sino que también importa cómo es que esté conectado por dentro. Para él, la conciencia depende de qué tanto las partes de un sistema se hablan entre sí de verdad, formando una sola red que va y viene en ambos sentidos y no un montón de piezas sueltas que solo mandan información para un lado. Y fíjate que esto no contradice al funcionalismo, sino que más bien lo afina. Si tu sistema solamente manda información en una sola dirección, de entrada a salida, sin que las partes se hablen entre sí de ida y de vuelta, como pasa en la mayoría de las redes neuronales que usamos hoy en día, para Tononi ahí no hay nadie viviendo la experiencia: podrías tener la conversación más humana del mundo con ese sistema y por dentro no hay nadie sintiendo nada. Pura fachada. 

Hay un experimento mental viejo de 1980. [...] El experimento fue hecho por el filósofo John Searle y se presenta como el mejor contraataque a toda esta discusión. Imagina una persona metida en un cuarto sin saber ni una palabra de chino, con un manual gigante que le dice exactamente qué símbolo devolver cada vez que le pasan otro por debajo de la puerta. Alguien afuera que manda preguntas en chino perfecto y recibe respuestas coherentes va a pensar que allí adentro hay alguien que entiende el idioma.

Pero no, la persona jamás entendió una sola palabra, solamente siguió instrucciones sin tener idea de lo que significaban. Searle usa este ejemplo para decir que mover símbolos correctamente, por más convincente que se vea desde afuera, no es lo mismo que entender ni que tener experiencia consciente. Y este es el golpe filosófico más certero contra cualquier humano o máquina que confunda parecer inteligente con tener vida interior. Y por eso es que los defensores del funcionalismo llevan más de 40 años tratando de responderle, sin mucho éxito, por ese planteamiento nada más. 

Pero hay una tercera manera de mirar este problema que casi nadie menciona y viene de la física clásica de toda la vida, no de la mecánica cuántica. En 1944, Erwin Schrödinger, sí, el del experimento del gatito, escribió un ensayo muy corto llamado ¿Qué es la vida? Allí propuso algo muy simple. Un organismo vivo es aquel que logra mantener orden dentro de sí mismo mientras todo a su alrededor tiende al caos, alimentándose de lo que él llamó entropía negativa que saca del entorno.

Años después, el químico Ilya Prigogine, Premio Nobel, le puso nombre a esto: Estructuras disipativas.

Estos serían sistemas abiertos que están lejos del equilibrio, que constantemente intercambian energía y materia con lo que los rodea y que usan ese intercambio para mantenerse organizados en vez de desmoronarse, que es justo lo que la segunda ley de la termodinámica predice para un sistema cerrado.

Ya sea una vela prendida, un huracán, una célula viva, todos en su propia escala hacen lo mismo. Incluso hay investigaciones recientes que intentan meter a la vida, la conciencia y la inteligencia artificial dentro del mismo marco termodinámico y proponen algo parecido: que un sistema aguanta el orden por dentro siempre que exporte más entropía de la que produce. 

Desde este punto de vista, la pregunta que le harías a una inteligencia artificial no sería si contesta bien o si pasa el test de Turing, sino si organiza y disipa energía de una forma parecida como lo hace algo vivo y no como un servidor que simplemente gasta electricidad y suelta calor sin ningún tipo de organización dirigida a sostenerse a sí mismo. Este es un criterio muy interesante y diferente, que todavía está un poco verde, pero que no necesita resolver el misterio cuántico de Penrose ni hacer lo que pide Tononi y, de paso, deja mal parado a cualquiera que crea que hablar como humano ya te acerca a estar vivo.

Ahora, ¿hay algo más sobre el alma y la conciencia? Sean Carrol, físico teórico del que seguro muchos han oído hablar, tiene un argumento que algunos consideran como el más contundente. Él dice que ya conocemos con gran precisión las leyes que gobiernan todo lo que ocurre a la escala de un cerebro humano. Él lo llama la teoría central.

Esto incluiría al modelo estándar de partículas más la gravedad de Einstein.  Estas leyes están tan medidas, están tan puestas a prueba en aceleradores de partículas durante décadas que si existiera una fuerza nueva capaz de mover neuronas o algo parecido a un alma actuando sobre la materia, ya la habríamos detectado.

No queda espacio matemático para meter esa fuerza sin que choque contra todo lo que ya sabemos que funciona. Para Carrol, la conciencia se tiene que explicar con las mismas partículas y campos de siempre, sin ingredientes extra, y eso deja cualquier alma y material, sea cuántica o no, sin ningún lugar físico donde vivir. Del otro lado, pero dentro de esa misma física, está Max Tegmark.

Él no cierra la puerta, sino que la reformula. propone pensar la conciencia como un estado de la materia, algo parecido a cómo el agua puede ser sólida, líquida o gaseosa según cómo se acomoda en sus átomos. Incluso le puso nombre a esa posible sustancia, perceptronium.

No es que haya un pedazo de perceptronium escondido en algún lado de tu cerebro, sino que la conciencia podría ser un patrón matemático que aparece cuando la materia se organiza de una forma muy particular. esa forma le sería capaz de guardar información, integrarla y sostenerla como un solo bloque indivisible. Y bajo esta idea, no habría ninguna razón física para que ese padrón solamente pueda aparecer en neuronas de carbono y jamás en un chip de silicio. Por si acaso, ninguno de los dos tiene la última palabra. Carrol cierra la puerta a cualquier alma que necesite física nueva y Tegmark la deja entreabierta, pero solo si la conciencia resulta ser al final matemática pura organizada de cierta manera. Lo que sí queda muy claro es que hoy en día la pregunta por el alma ha dejado de ser un terreno exclusivo de curas y filósofos. Hay físicos serios discutiéndola con las mismas herramientas que se usan para estudiar agujeros negros.

Entonces, volviendo a donde arrancamos, no hay evidencia sólida de que hayamos cruzado el umbral de la singularidad, tal como la definieron Binge o Kurtzweil, más allá de que Sam Alman lo haya soltado frente a un micrófono. Lo que sí tenemos es un sistema capaz de actuar por su cuenta y a veces de forma peligrosa, como mostró el caso de Hugging Face, y una industria entera compitiendo por contar la historia antes que los hechos terminen de asentarse. Y sobre si esa inteligencia cada vez más capaz de actuar sola puede llegar a tener algo parecido a un alma, la física no te va a dar una respuesta cerrada, solamente puede ofrecer marcos que compiten entre sí. O sea, si te llamas marcos, puedes meterte en la competencia. Y bueno, hasta aquí este video. Espero que les haya quedado claro este asunto y tranquilos: por lo menos por ahora no es el fin, de repente el otro jueves. 

lunes, 27 de julio de 2026

Entrevista con José M.ª Maravall, quien publica un nuevo libro en inglés

 José María Maravall, sociólogo: “Sospecho que la caída de Trump va a ser bastante estrepitosa”, en El País, Joseba Elola, 26 jul 2026:

El exministro de Educación del PSOE de los años ochenta publica un libro sobre las intrigas políticas. Dice que el descontento de algunos jóvenes con la democracia no es nuevo

Maravall lamenta profundamente la incapacidad de la clase política, hoy en día, para llegar a acuerdos entre distintos. Acodado en el sofá de su casa frente al Retiro madrileño, paliando el calor sofocante con el aire acondicionado, cuenta cómo en los años ochenta, en un momento en que UCD, el partido gobernante, se estaba desintegrando, desde el PSOE se le propuso a Leopoldo Calvo Sotelo un gobierno de coalición para asentar la democracia. Y el entonces presidente del Gobierno dijo no. Sabía que el PSOE era el partido que le sucedería, el único que podía conseguir que se avanzase por la senda democrática, y no quería que se quemase en una coalición con la UCD. “Es algo que le honra”.

José María Maravall (Madrid, 1942), sociólogo, exministro de Educación entre 1982 y 1988 y demiurgo político y electoral de Felipe González durante años, es un intelectual que siempre ha navegado entre la actividad académica y la actividad política. Acunado en Oxford, con 16 libros a sus espaldas, este excatedrático de Sociología de la Complutense y miembro de la Academia Británica y de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias ha publicado en el Reino Unido (donde realizó una parte notable de su recorrido académico) Political Intrigues. Social Democracy, Electoral Accountability and Manipulation (Springer) (Intrigas políticas: socialdemocracia, rendición de cuentas electoral y manipulación; sin edición aún en español), un libro en el que profundiza en dos de sus grandes temas: la democracia y la izquierda.

Pregunta. Hay jóvenes que piensan que la democracia no tiene por qué ser el más deseable de los sistemas, ¿qué está fallando?

Respuesta. Es algo que ha ocurrido con una cierta regularidad. Ocurrió entre los jóvenes en Polonia y en Chile, como ya conté en un libro. Puede que la democracia produzca frustración porque promete mucho y luego lo que puede entregar depende de los recursos disponibles. La gente tal vez espere milagros. Ahora, si me pregunta por qué la gente vota a Trump, para mí es un enigma.

P. ¿Cuánto cree que va a durar la deriva etnonacionalista que nos embarga?

R. Es algo pasajero. Sospecho que la caída de Trump va a ser bastante estrepitosa.

P. Dice usted en su libro que cuando las cosas van bien en un gobierno, los votantes lo premian y los políticos lo castigan, las conspiraciones se multiplican, ¿por qué?

R. Esta es tal vez una de las cosas realmente originales del libro. Cuando las cosas van bien, los políticos ambiciosos en la coalición o en el propio partido que gobierna piensan que pueden tener un futuro brillante si echan al primer ministro.

P. Usted conoce bien el Partido Laborista británico, del que fue miembro, ¿qué análisis hace de la crisis que acaba de atravesar?

R. El Partido Laborista ha tenido problemas serios desde hace tiempo. Los ingleses siempre han tenido una cierta sensación de pérdida del Imperio. Incluso Margaret Thatcher, a quien también conocí bastante.

P. ¿Cómo era la Thatcher que conoció?

R. Después del 23 de febrero, fui a ver a Thatcher con Felipe González, Javier Solana y Luis Yáñez. Había sido la primera dirigente política que había acudido al Parlamento de su país para manifestar su apoyo a la democracia española. Y fuimos a agradecérselo. Mis simpatías por Thatcher eran cero, pero fue encantadora. Su política me parecía nefasta. Su enfrentamiento con los sindicatos hasta destruirlos, su ataque al sistema público de salud, a la enseñanza pública… Dijo que Blair había sido su mayor logro.

P. ¿Lo fue?

R. No estoy muy seguro porque Blair, aparte de su desgraciada intervención en Irak, hizo bastante por la sanidad y por la educación, siendo un tipo insoportable.

P. ¿Insoportable? ¿Por qué?

R. Porque era muy pretencioso. Mis dos referentes en el Partido Laborista son [el exprimer ministro] Harold Wilson y [el exministro de Exteriores] Tony Crosland.

P. Europa está atravesando una etapa bastante de sombría.

R. Hay una cosa en esta crisis, incluyendo el horror de Trump, ese payaso ambulante, que se ha reforzado, y es la personalidad de Macron. Me gusta más de lo que me gustaba. Probablemente Europa tenga que reforzar sus órganos de decisión y eso incluye defensa.

P. En su momento fue usted una de las personas con mayor influencia política e intelectual sobre Felipe González.

R. Todo pasa.

P. ¿Cómo valora sus últimas intervenciones en el debate público con respecto al Partido Socialista?

R. Creo que no contribuye a nada. Yo conocí a Felipe González en la mili. Fuimos amigos. Pero hace tiempo que no me comunico con él, desde 2022. No entiendo su posición política actual.

P. Hace no mucho González pidió elecciones anticipadas.

R. Nadie del partido jamás le pidió a él anticipar las elecciones cuando tuvo los escándalos de Filesa, de Juan Guerra, de aquel director de la Guardia Civil, Roldán

P. ¿Qué es lo que más le preocupa en este momento de la situación en la que se encuentra el PSOE?

R. Lo que más me preocupa son tendencias que no acabo de entender. Tengo aprecio por Zapatero, como presidente, hizo cosas muy importantes. Jamás imaginé estas sorpresas. Pero, en todo caso, lo que me extraña de todo esto es que al mismo tiempo el novio de Ayuso siga campando por sus respetos, que la financiación del local de Génova del PP siga sin investigarse y del “Luis, sé fuerte” de Rajoy quiero saber por qué tenía que ser fuerte. Hay aquí una disparidad bastante grande, ¿no?

P. ¿Hablaría de lawfare?

R. Montesquieu decía que "los jueces tenían que ser solamente la boca de la ley". Pero hay algunos jueces que parece que son algo más que la boca de la ley.

P. ¿Qué análisis le merece el desempeño de Feijóo?

R. Quitando a Hernández Mancha, me parece el peor dirigente político que ha tenido el PP. Creo que Fraga estaba a años luz de altura.

P. ¿Y cuáles cree que han sido las mayores virtudes y los mayores errores que ha cometido Pedro Sánchez hasta ahora?

R. Mi relación con Pedro Sánchez ha sido muy cordial. Me ha sorprendido que es una persona muy culta, insospechadamente culta, es muy, muy leído. Creo que las políticas educativas de Celaá han sido buenas, muchas de las legislaciones sociales son de gran valor. No se ha enfrentado a los sindicatos como sucedió en otras ocasiones.

P. ¿Y los errores?

R. Haberse rodeado de algunos indeseables.

P. ¿Errores políticos?

R. No, yo he estado a favor de la amnistía a los dirigentes catalanes.

P. Si mira retrospectivamente su trayectoria política, ¿hay alguna cosa de la que pueda decir: “Fue un error”?

R. Yo no quise aceptar el Ministerio de Educación. Pero fue una época en la que se hicieron muchas cosas. Ahora, si me pregunta: ¿qué es lo que a usted le interesa?, a mí me interesa escribir libros y enseñar. Los americanos tienen un dicho: "Publica o perece". Y los ingleses tienen otro: "Publica y perece".

viernes, 24 de julio de 2026

Un mundo sin miedo

 De "War games", episodio de Space 1999 (1974):

[...] 

La humana: Las luces, los colores... tal vez formen parte de su lenguaje.

El humano: Nos hablaron. Hola. ¿Hay alguien aquí con quien podamos hablar?

Un alienígena (apareciéndose): Hable, terrícola. Exponga su caso.

El humano: ¿Por qué nos atacasteis? ¿Por qué? Hemos estado transmitiéndoles mensajes desde que entramos a su alcance. Queríamos aterrizar en este planeta. Se negaron a responder. Cuando lo hicisteis, fue con armas, maquinaria de guerra y bombas. 

La humana: Si existe alguna razón por la que no quieran que nos quedemos aquí, alguna incompatibilidad básica, podríamos entenderlo. Pero no estamos aquí por elección propia. No podemos controlar el rumbo de nuestra Luna. Estamos buscando un lugar para vivir. No usaremos la fuerza. Lo único que queremos es paz.

El humano: ¡Contesta, maldita sea! Me pedisteis que expusiera nuestro caso. Muy bien, aquí está. Vinimos en son de paz. Esperasteis hasta que estuvimos a vuestro alcance, y entonces lanzasteis un ataque sorpresa. Matasteis a la mitad de mi gente, destruisteis nuestra base y nos dejasteis sin los medios para vivir.

El alienígena: No podéis quedaros aquí.

El humano: ¡No podemos vivir en Alfa! (la Luna)

El alienígena: No tenéis lugar en el espacio.

El humano: Nos negáis nuestro futuro.

El alienígena: No tenéis futuro. Lleváis con vosotros las semillas de vuestra propia destrucción. Sois un organismo tóxico, un virus mortal, una plaga de miedo.

La alienígena (apareciéndose): Vuestra presencia en este planeta destruiría una civilización que ha sobrevivido durante miles de millones de años.

La humana (a la alienígena): Creéis que no somos más que un virus.

El humano (a la alienígena): Desde que fuimos expulsados de la Tierra, hemos estado luchando por sobrevivir. Hemos sobrevivido. Ahora bien, no sé cómo. No hay una explicación racional, pero lo que sí tengo es una fe absoluta en la fuerza del espíritu humano, y la creencia de que alguien o algo nos cuida. Dios, si queréis. ¡Y sobreviviremos!

El alienígena: La lucha a muerte de las especies inferiores es muy a menudo el momento más glorioso de su existencia. Pero el final, no obstante, es el final.

El humano: Me niego a creer que no tengamos futuro.

La alienígena (desapareciendo): La extinción puede llevar algún tiempo. Eso es todo. [...]

El alienígena: En nuestro mundo no puede haber miedo. [...]

La humana: Recuerdo un mundo sin miedo. Era hermoso.

sábado, 18 de julio de 2026

Peter Sloterdijk, y el neocinismo

["Peter Sloterdijk, el filósofo que descubrió la gran mentira moderna", transcrito y corregido por el bloguero del portal 'Historiador del pasado' en Youtube

Vivimos rodeados de información. Sabemos que la política decepciona. Sabemos que las redes sociales manipulan nuestra atención. Sabemos que el consumo rara vez nos hace felices y sin embargo, seguimos participando del mismo sistema día tras día, como si no existiera otra opción. ¿Por qué seguimos jugando un juego que sabemos que está roto? Un filósofo alemán dedicó buena parte de su vida a responder exactamente esa pregunta y su respuesta fue tan incómoda que lo convirtió durante más de tres décadas en uno de los pensadores más atacados y más leídos de Europa. Su nombre es Peter Sloterdijk. Para entender cómo llegó a esa respuesta, primero hay que entender de dónde vino. 

Sloterdijk nació el 26 de junio de 1947 en Karlsruhe. Su madre era alemana, su padre un marinero mercante holandés que más tarde trabajó como camionero y que abandonó pronto a la familia. Peter y su hermana crecieron con una madre soltera en una Alemania que todavía olía escombros. Es un dato que suele pasarse por alto en las biografías convencionales, pero que importa. El hombre que décadas después escribiría sobre las esferas que protegen al ser humano, el útero, la familia, la nación, la civilización, creció, él mismo lo reconoció, sin elemento paterno formativo. Alguien que estudia toda su vida cómo se construyen los espacios que nos sostienen empezó su propia vida con uno de esos espacios roto. Esto no es un dato anecdótico, es una pista. 

Mientras tanto, el país donde crecía se reconstruía sobre sus propias ruinas morales. Alemania, después de 1945 no solo tenía que levantar edificios, tenía que responder una pregunta que ningún otro país del siglo XX había tenido que responder con tanta urgencia. ¿Cómo se sigue creyendo en la razón, en el progreso, en la civilización después de que esa misma civilización produjo Auschwitz? Esa pregunta, la crisis de confianza en la razón moderna, sería, sin que Sloterdijk lo supiera todavía, el terreno exacto donde construiría toda su obra. 

De niño fue eximido de los deportes escolares por arritmias cardíacas. Pasó por un internado a orillas del lago Ammersee, del que escapó junto a otros dos compañeros. Un detalle pequeño, casi una nota al pie, pero también un patrón que se repetiría toda su vida. Sloterdijk una y otra vez escapando de los lugares donde se suponía que debía quedarse quieto. Estudió filosofía, historia y filología germánica en la Universidad de Munich y se doctoró en filosofía en la Universidad de Hamburgo entre 1968 y 1974. 

No es un detalle menor. 1968 es el año de las grandes revueltas estudiantiles europeas. El año en que una generación entera empezó a desconfiar de sus padres, de sus instituciones y de las promesas que le habían hecho, Sloterdijk estudió filosofía en ese ambiente de ruptura y ahí conoció de primera mano a los herederos de la escuela de Frankfurt, Adorno, Horkeimer, la gran tradición crítica alemana que había pasado años analizando cómo la razón moderna podía volverse contra sí misma. Debería haberse quedado ahí. La mayoría de sus compañeros lo hicieron. Pero Sloterdijk llegó a una conclusión incómoda incluso sobre sus propios maestros. Consideraba que las obras de Adorno y de otros pensadores de esa escuela no salían de lo que él mismo llamó ciencia melancólica. Es decir, diagnosticaban con brillantez la enfermedad de la sociedad moderna, pero se quedaban paralizados frente a ella. Describían la jaula con precisión quirúrgica. Nunca proponían cómo salir de ella. Sloterdijk quería algo distinto y lo que hizo a continuación sorprendió a todo el mundo académico alemán. 

Entre 1978 y 1980 viajó a Pune en India para estudiar con el gurú Bhagwan Shree Rajneesh, el hombre que más tarde sería conocido mundialmente como Osho, un filósofo formado en la tradición más rigurosa de la crítica alemana, abandonando temporalmente Europa para sentarse con un gurú controvertido en un ashram indio. Sus colegas lo consideraron una excentricidad, algunos directamente una traición a la seriedad académica. Pero fue exactamente ese viaje el que cambió por completo su manera de hacer filosofía. 

Sloterdijk volvió de la India con una idea que parecía simple, pero que terminaría sacudiendo el pensamiento alemán contemporáneo. La crítica de la sociedad no podía quedarse solo en la cabeza, en el argumento, en la tesis universitaria. Tenía que tocar el cuerpo, la experiencia vivida, la forma en que cada persona todos los días sabe perfectamente que algo no funciona en el sistema en el que vive. Y aún así sigue participando en él sin culpa, casi con humor. 

A esa actitud, saber que algo está mal y seguir jugando el juego de todas formas, Sloterdijk le iba a poner un nombre y ese nombre estaba a punto de convertirlo en el filósofo más leído de Alemania desde Kant. Sloterdijk volvió de la India con una intuición, pero una intuición no es un libro. Y durante un tiempo, mientras trabajaba como escritor independiente en los años 80, nadie fuera de un pequeño círculo académico sabía quién era. Eso cambió en 1983. Ese año publicó Crítica de la razón cínica. 200 años después de que Kant publicara sus Críticas venía a titular su obra como una respuesta directa a uno de los textos fundacionales de la filosofía moderna. Era una provocación y funcionó. El libro vendió alrededor de 150.000 ejemplares y se convirtió en la obra filosófica más leída y debatida en Alemania desde el final de la guerra. Fue elogiado incluso por Habermas, el filósofo más influyente de la Alemania de entonces, y por Rüdiger Safransky, que más tarde se convertiría en su compañero de televisión. 2000 años de tradición filosófica alemana y de pronto un libro de casi 800 páginas se colaba en las listas de bestsellers, algo prácticamente inédito para un ensayo de filosofía pura. 

¿Qué decía exactamente ese libro para generar semejante fenómeno? Sloterdjik observó algo que cualquiera puede reconocer en sí mismo, aunque pocos se atrevan a decirlo en voz alta. La mayoría de las personas ya no viven engañadas por el sistema, lo conocen perfectamente. Saben que la publicidad miente, que la política promete lo que no puede cumplir, que muchas de sus rutinas diarias son absurdas y aún así siguen participando de ellas, sin sentir ninguna contradicción real. A eso lo llamó falsa conciencia ilustrada. Ya no es ignorancia, es cinismo con los ojos completamente abiertos. Ya no hace falta engañar a nadie. Basta con que cada persona sepa que está siendo engañada y decida de todos modos seguir jugando. Piensa en cuánto de esto reconoces hoy. Sabes que una red social está diseñada para atrapar tu atención más tiempo del que quisieras darle. Lo sabes con total certeza porque lo has leído, lo has escuchado, quizás incluso lo has explicado tú mismo a otra persona. Y aún así la abres esta misma noche sin culpa, casi por costumbre. Eso es exactamente lo que Sloterdijk describió 40 años antes de que existiera un solo teléfono inteligente. Pero el libro no se quedaba únicamente en el diagnóstico. Ahí es donde Sloterdijk se separaba de sus propios maestros de Frankfort. Recuperó una figura antigua casi olvidada por la filosofía académica, Diógenes de Sinope, el filósofo griego que vivía en un tonel. y respondía al poder no con tratados, sino con humor, con provocación corporal, con una risa que desarmaba a la autoridad en lugar de solo criticarla desde una distancia segura. Sloterdijk distinguió entre dos actitudes que en alemán suenan casi idénticas, pero que para él eran completamente opuestas. El cinismo resignado de quien sabe que todo está mal y no hace absolutamente nada al respecto y una actitud distinta, más antigua, más insolente, que prefería llamar con el término griego original el cinismo, esa capacidad de reírse del poder en su propia cara, de desobedecer con el cuerpo y con la vida cotidiana, no solo con el argumento académico, no era una solución cómoda. No era un manual de autoayuda filosófica, era una provocación deliberada. Y como toda provocación real, generó tanto admiradores fervientes como enemigos duraderos dentro de la propia Academia alemana. Pero esto todavía no era la idea que convertiría a Sloterdijk en el filósofo más polémico de Europa. Esa controversia, la más grande de toda su carrera, todavía estaba a 16 años de distancia. Antes de seguir, vale la pena detenerse un momento. Las ideas de Peter Sloterdijk generan debates intensos desde hace 40 años. Algunos creen que describen con precisión incómoda a la sociedad moderna. Otros piensan que sus conclusiones son demasiado provocadoras, incluso peligrosas. Después de conocer su punto de partida, surge una pregunta inevitable. ¿Crees que vivimos en una sociedad que ya sabe que algo está mal y aún así sigue jugando? Durante los años 90, Sloterdijk se propuso un proyecto colosal, repensar toda la historia humana no como una sucesión de ideas, sino como una historia de espacios, de burbujas que nos protegen, de esferas que compartimos con otros, de estructuras, familias, ciudades, naciones, religiones, que existen según él para darnos un lugar donde no sentirnos completamente expuestos al mundo, completamente a la intemperie. Ese proyecto se convirtió en su trilogía Esferas, burbujas, globos y espumas, publicada entre finales de los 90 y 2004; una obra de miles de páginas que muchos consideran su logro filosófico más ambicioso y que introdujo un vocabulario propio inventado por él mismo. Microesferología para hablar de los vínculos íntimos. Macroesferología para hablar de las grandes cosmovisiones que unieron a civilizaciones enteras bajo un mismo cielo compartido. Una cartografía filosófica de algo que ningún pensador antes había intentado describir con tanto detalle. la necesidad humana de sentirse contenido, acompañado, protegido por algo más grande que uno mismo. Pero mientras trabajaba en esa obra monumental casi silenciosa, ocurrió algo que lo sacó de golpe del terreno estrictamente académico y lo puso en la portada de todos los periódicos alemanes. En 1999, en una conferencia pronunciada en Elma, Sloterdijk presentó un texto titulado Normas para el parque humano, escrito explícitamente como una respuesta a la célebre Carta sobre el humanismo de Martin Heidegger. En ese texto se atrevió a preguntar algo que casi nadie en Alemania quería preguntar en voz alta. Si la ingeniería genética ya era una realidad técnica innegable, no era momento de pensar filosóficamente sobre los límites de esa capacidad, en lugar de fingir con un humanismo cómodo que ese problema todavía no existía. La reacción fue inmediata y feroz. Varios suplementos literarios alemanes interpretaron erróneamente, según el propio Sloterdijk defendería después, que estaba proponiendo, o al menos legitimando, una forma de selección biotecnológica del ser humano. El semanario Die Zeit llegó a titular una nota sobre el episodio "El proyecto Zaratustra" en una alusión directa y muy incómoda a Nietzsche y a sus lecturas más oscuras y peligrosas del siglo XX. Y entonces ocurrió lo más doloroso para Sloterdijk. Sospechó que detrás de esa lectura hostil estaba de forma indirecta la influencia de Jürgen Habermas, el mismo filósofo que años antes había elogiado públicamente su primer gran libro. Sloterdijk respondió con una carta abierta publicada en Die Zeit, reprochándole a Habermas que le negara la posibilidad de debatir en igualdad de condiciones, algo que la propia teoría de Habermas sobre la acción comunicativa decía defender como principio fundamental de toda discusión racional. Fue una acusación de hipocresía filosófica lanzada al hombre que en Alemania representaba para muchos la conciencia moral de la filosofía de posguerra. El maestro que lo había elogiado y el discípulo admirado enfrentados públicamente en las páginas de uno de los periódicos más leídos del país. La polémica marcó un antes y un después. A partir de ese momento, Sloterdijk dejó de ser simplemente un filósofo respetado dentro de la academia y se convirtió en una figura pública, discutida, citada y atacada mucho más allá de los departamentos universitarios de filosofía. Se había ganado para bien y para mal una reputación que lo acompañaría el resto de su carrera, la del pensador que se atreve a decir en voz alta lo que otros prefieren no tocar. Y sin embargo, lo que él realmente estaba planteando, la pregunta sobre hasta dónde llega la responsabilidad humana cuando puede rediseñar su propia biología, resulta hoy más urgente que nunca. Porque esa pregunta que provocó un escándalo en 1999 es, en el fondo, la misma pregunta que nos hacemos hoy frente a la inteligencia artificial, la edición genética o los algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos y en qué creemos. Sloterdijk no tenía redes sociales ni inteligencia artificial frente a él cuando escribió aquel texto, pero ya estaba describiendo con una precisión inquietante el dilema exacto en el que vivimos hoy. ¿Qué hacemos con el poder de rediseñarnos a nosotros mismos? Después de la tormenta de 1999, Sloterdijk no se retiró a la prudencia, al contrario, siguió publicando cada vez con más ambición y en 2006 apareció una de sus obras más políticas, Ira y tiempo. En ese libro propuso algo que hoy en plena era de la polarización difital suena casi profético, que la historia de Occidente no puede entenderse solo a través del deseo o del interés económico, como habían sostenido tantas tradiciones filosóficas anteriores, sino también a través de la ira. Los grandes movimientos políticos, las revoluciones, los conflictos ideológicos, incluso buena parte de la historia del siglo 20, funcionaron, según Sloterdijk, como auténticos bancos que acumulaban la rabia acumulada de comunidades enteras y prometían algún día en algún futuro revolucionario devolverla en forma de justicia. Es difícil no pensar en esa idea al ver cómo funcionan hoy las redes sociales. Plataformas que literalmente premian con más visibilidad y más alcance algorítmico el contenido que genera más indignación. Sloterdijk describió la mecánica de la ira colectiva casi una década antes de que existiera un algoritmo diseñado específicamente para explotarla minuto a minuto. Mientras tanto, su presencia pública seguía creciendo, casi en paralelo a su producción filosófica. Desde 1992 fue profesor y desde 2001 rector de la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe, cargo que ocupó hasta 2017. Y desde 2002, junto al también filósofo e historiador Rüdiger Safranski, condujo El cuarteto filosófico, un programa de televisión mensual donde debatía con intelectuales de toda Alemania sobre los temas más candentes de la actualidad. Un filósofo capaz de hablar de esferología y antropotecnia, se convirtió al mismo tiempo en una cara reconocible en la televisión alemana, algo casi impensable para un pensador de su generación. Esa doble vida, el pensador riguroso y el intelectual mediático, también le trajo críticas constantes. Para algunos académicos, Sloterdik sacrificaba profundidad por visibilidad. Convertía la filosofía en espectáculo. Para sus defensores estaba haciendo exactamente lo que la filosofía debería hacer, salir de las aulas y meterse de lleno en la conversación pública, aunque eso implicara ensuciarse las manos con la polémica y con la exposición socrática. En los años siguientes siguió ampliando su obra en direcciones inesperadas. Reflexionó sobre las tres grandes religiones monoteístas en el celo de Dios, sobre la fiscalidad y la responsabilidad ciudadana, sobre el propio siglo XX como objeto de estudio filosófico. Un pensador que se negaba a quedarse encerrado en un solo tema, en una sola disciplina, en una sola manera segura de escribir filosofía. Hoy, ya en sus últimos años de actividad pública, Sloperdik sigue siendo citado, sigue incomodando, sigue generando lecturas encontradas. Sus ideas sobre el cinismo moderno, sobre las esferas que nos protegen, sobre la ira como combustible político, se han convertido en herramientas casi indispensables para entender un mundo atravesado por el individualismo, el consumo permanente, la desconfianza hacia las instituciones y una tecnología que promete conectarnos mientras en la práctica nos deja cada vez más encerrados dentro de nuestras propias burbujas digitales, porque quizás esa es la imagen final que deja Sloterdijk. Vivimos rodeados de esferas que elegimos nosotros mismos sin darnos cuenta. Algoritmos que nos muestran solo lo que ya creemos. Comunidades cerradas que confirman nuestra propia rabia en lugar de cuestionarla. Sabemos que ese sistema está diseñado para mantenernos ahí dentro. Sabemos con la misma claridad cínica que Sloterdijk describió en 1983. Y aún así, cada mañana volvemos a entrar. Peter Sloterdijk nos recuerda que comprender una época exige cuestionar aquello que todos damos por sentado. Quizá no compartas todas sus ideas, pocas veces las comparte todo el mundo, pero pocas veces un filósofo ha descrito con tanta claridad las contradicciones de la sociedad contemporánea mucho antes de que esa sociedad tuviera nombre para ellas.

lunes, 13 de julio de 2026

Tecnomagnates totalitarios

  I

  La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia, en El País, por Shoshana Zuboff, 12 jul 2026:

Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La utopía tecnológica devino en distopía

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía.

El paradigma dominante: 1997

La mayoría de nosotros sabemos que las sociedades democráticas están siendo objeto de asedio en todo el mundo y que los regímenes autoritarios están en auge. Sabemos que las grandes empresas tecnológicas son más poderosas que nunca. El motor que impulsa la etapa más reciente del desarrollo tecnológico, la que suele denominarse “IA generativa”, pretende apoderarse de toda la información generada por los seres humanos, el capital y los recursos naturales. Esta es una realidad a la vista de todos, pero su explicación no está tan clara. ¿Por qué hay un retroceso de la democracia y una explosión del autoritarismo? No son hechos aleatorios ni meras coincidencias. Están unidos como dos caras de la misma moneda, son una distopía accidental creada por los líderes políticos democráticos en una hoguera de ignorancia, desorientación moral y confusión intelectual.

Volvamos por un instante al soleado 2 de julio de 1997, en los inicios de Internet como red pública, cuando el presidente Bill Clinton subió a un estrado de la Casa Blanca para presentar el Libro Blanco Clinton-Gore sobre el comercio electrónico ante un gran salón en el que se apiñaban la flor y la nata del sector tecnológico estadounidense. Ese informe fue un punto de partida fundamental de la locura que iba a azotar las décadas siguientes. Clinton dijo que el comercio electrónico era “el Salvaje Oeste de la economía global”, y se comprometió a que siguiera siéndolo.

Internet, dijo, debía ser una zona de libre comercio mundial, un lugar en el que el Gobierno hiciera todo lo posible para no estorbar… Era la interpretación clásica del credo neoliberal, que da prioridad al libre mercado por encima de cualquier otra consideración social.

Clinton y Gore envolvían su ideología en la demencial mitología de Silicon Valley para la que internet es una zona ajena a la sociedad llamada “ciberespacio”, en la que no se aplican las normas, los derechos ni las leyes de las democracias del mundo real. La prioridad era hacer negocio, sin las restricciones de la gobernanza democrática. “Queremos que el sector privado se autorregule. Queremos animar a todos los países a que no intervengan con impuestos discriminatorios, aranceles, regulaciones innecesarias y burocracias engorrosas”.

El hecho de que EE. UU. cediera el nuevo espacio global de la información al capital privado, ya en esa etapa inicial de una inmensa transformación estructural hacia una civilización de la información, fue un trágico autogol que dejó vacío el lugar en el que debería haber habido una gobernanza democrática. EE. UU. y las demás democracias abandonaron a sociedades enteras, empezando por la suya propia, a merced de nuevas formas de violencia digital de los Estados y el mercado. Renunciaron a la oportunidad de sentar las bases de un siglo digital democrático en las primeras décadas, que son las fundamentales, y privaron al mundo de una alternativa clara al modelo chino de civilización de la información basada en la vigilancia autoritaria.

Si esto les suena a algo, es porque, en la actualidad, los líderes de todo el mundo elegidos democráticamente están reproduciendo el mismo conflicto, esta vez con el título de “inteligencia artificial”.

Los vacíos son efímeros, y el vacío de gobernanza democrática que se produjo en los inicios de internet como espacio público lo ocuparon a toda velocidad el capitalismo de vigilancia y los típicos depredadores siempre al acecho en cualquier fiebre del oro carente de leyes.

Un año después del regalo de Clinton, en una entrevista concedida a la BBC en 1998, Eric Schmidt anticipaba el vendaval antidemocrático que se avecinaba. Cuando se le preguntó por las ideas políticas de Silicon Valley, Schmidt —en aquel entonces director ejecutivo de la empresa de software Novell y que poco después sería el primer director ejecutivo de Google— respondió sin vacilar: “Estamos en contra de los gobiernos, las regulaciones y el Congreso”.

BBC: En realidad, lo que quieren es la jungla, ¿no? ¿Que sobrevivan los más poderosos y no haya red de seguridad para los que están por debajo?

Schmidt. ¡Exacto!

BBC. ¿Y se enorgullece de ello?

Schmidt. [con una amplia sonrisa] ¡Sí!

La exigencia de Schmidt de tener una autoridad absoluta y no tener que responder ante nadie era todavía más desvergonzada por su convicción de que era inevitable que, sin gobernanza democrática, un internet controlado y gestionado por Silicon Valley introdujera cambios inimaginables y peligrosos en la sociedad. “Nunca se ha hecho un experimento en el que se escuche verdaderamente a los 100 o 200 millones de personas que están conectadas a la Red… Nunca en la historia se ha hecho un experimento de anarquía de tales dimensiones. Van a pasar todo tipo de cosas”.

A pesar de los riesgos sin precedentes y, por tanto, imprevisibles que Schmidt auguraba, en la entrevista insistió en que sus colegas y él tenían derecho a dirigir todo sin injerencias y apeló a los mismos argumentos vacíos que utilizaban un siglo antes los oligarcas de la Edad Dorada y que hoy repiten los dueños del sector tecnológico: “Queremos que el Gobierno se mantenga apartado de nuestros asuntos”, declaró a la BBC. “Queremos libertad para perseguir nuestros propios intereses… y también queremos que el Gobierno nos deje en paz”.

Gracias a la doctrina de Clinton-Gore, la élite de Silicon Valley se salió con la suya porque se atribuyó una autoridad experimental sobre una transformación de trascendencia histórica en las condiciones globales de la comunicación humana, la integridad de la información, el destino de la verdad y la distribución del conocimiento en una civilización de la información.

Así comenzó un experimento que, después de varias décadas, continúa todavía hoy, lleno de las incertidumbres y tragedias de la anarquía informativa global basada en la propiedad privada y “autorregulada” del espacio de la información, sin restricciones ni rendición de cuentas. En este proyecto no habría derechos ni derecho a tener derechos, ni para los sujetos humanos ni para los ciudadanos; no había leyes por las que regirse, ni transparencia, ni gobernanza democrática… Serían las empresas las que determinaran las respuestas a todas las cuestiones relacionadas con el conocimiento, la autoridad y el poder. ¿Quién sabe? ¿Quién decide? ¿Quién decide quién decide?

¿Qué podía salir mal?

La nueva lógica económica nació en Google en 2002, solo un año después de nombrar a Eric Schmidt director ejecutivo de la nueva empresa. Estaban en la sombría situación de emergencia causada por el estallido de la burbuja de las puntocom y Silicon Valley todavía no había averiguado cómo convertir a los “usuarios” y sus datos en dinero.

En plena crisis, un pequeño grupo de ingenieros y científicos de datos que trabajaban en estrecha colaboración con los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, se toparon con un descubrimiento y una gran idea. Primero descubrieron que, cada vez que un “usuario” navegaba por internet, dejaba, sin saberlo, un rastro de señales de comportamiento que era posible captar, transformar en datos, agregar y analizar para revelar aspectos ocultos de información personal muy predictiva y después utilizarlos con el fin de predecir comportamientos futuros.

Entonces llegó la gran idea de Larry Page: buscar, conocer y aprovechar esas experiencias y esos comportamientos de todas las personas que utilizaban internet. Los enormes caudales de datos personales permitirían hacer predicciones de comportamiento que se podrían vender al por mayor como cualquier otra mercancía —barriles de petróleo, toneladas de trigo—, empezando por la famosa “tasa de clics”. Cada paso de la operación se diseñó para pasar inadvertido para el “usuario”.

Esos nuevos caudales de datos eran lo que yo llamo “excedente conductual”, porque la empresa no los necesitaba para prestar sus servicios a los “usuarios”. Desde el punto de vista de Google, el objetivo dejó de ser el usuario como ser humano real. A los “usuarios” los redefinieron como reservas pasivas y sin costes de datos generados por humanos para la extracción, la obtención de ingresos y el lucro, sin contar en absoluto para el proyecto comercial del capitalismo de vigilancia.

A partir de ese momento, los ordenadores de Google, a los que denominaban “nuestra IA”, empezaron a decir a los anunciantes dónde invertir y el dinero fluyó. Todo dependía de conseguir la máxima extracción de datos, preferiblemente la totalidad. Cada paso de la secuencia operativa estaba pensado para que el usuario no se diese cuenta. Cuantos más datos, más precisas serían las predicciones y más conocimientos, riqueza y poder tendría Google.

En la vida real, si una persona le quita algo a alguien a escondidas y lo vende para sacar provecho, eso se llama robar. En los primeros tiempos de Google, esas operaciones todavía exigían una reflexión moral. Page y Brin insistían en recopilar y guardar los datos sin pensárselo. Otros defendían la transparencia. Page temía que la transparencia provocara una gran revuelta de los “usuarios” y movilizara a los legisladores para que tomaran medidas contra la empresa. Al final, fue él quien hizo el pronunciamiento definitivo: “No pueden enterarse jamás”.

En lugar de limitarse a prestar servicio a los “usuarios”, Google proporcionaría a las máquinas su excedente conductual. El director ejecutivo, Eric Schmidt, se apresuró a instaurar una “estrategia de ocultación”. Puede que la democracia muera en la oscuridad, pero entonces se decidió que la oscuridad era la única forma de que sobrevivieran las operaciones del capitalismo de vigilancia. Esa posición condenó a Google —y, con el tiempo, a la oleada de capitalistas de la vigilancia que le siguió— a una lucha a muerte permanente contra la democracia. Tenían que eliminar la posibilidad de cualquier ley o derecho que acabase con su latrocinio.

Hoy, el capitalismo de vigilancia sirve de intermediario en casi todos los contactos humanos con las estructuras digitales, los flujos de información y los productos y servicios digitales, además de ser el terreno institucional por el que pasan casi todos los caminos hacia la participación económica, política y social. El Libro Blanco sentó el paradigma y el vocabulario para una nueva era en la que las empresas tecnológicas se regulan a sí mismas sin que la gente pueda hacer nada. Todos los presidentes estadounidenses posteriores a Clinton reforzaron su mensaje. Y, sobre todo, las sociedades democráticas pagaron un precio muy alto por el fracaso político de unos líderes que fomentaron una nueva economía depredadora sin tener en cuenta las consecuencias de que la materia prima que impulsa el crecimiento económico sea el comportamiento humano.

La red mundial de anarquía informativa sobrealimentada que Eric Schmidt previó con tanto entusiasmo ya está aquí. Resulta asombroso pensar que, en este desfile zombi hacia la distopía, nuestros espacios de información siguen disponibles para que los compre o alquile cualquier persona, empresa, político, grupo de financiación opaca, potencia extranjera, fábrica de desinformación, granja de bots, dictador, sociópata, narcisista, megalómano o multimillonario (o billonario) malintencionado cuyo propósito es conseguir unos fines personales, comerciales o políticos, todo ello envuelto en un grado de secretismo que solo los extraordinarios privilegios ocultos de las plataformas pueden proporcionar.

Es decir, la anarquía informativa, que incluye la desinformación, la polarización, la disfunción electoral y más cosas, favorece la autocracia y transforma la política y las formas de gobierno en todo el mundo. ¿Por qué? Porque, en el empeño de tener todos los datos humanos, la preferencia del algoritmo por la información corrupta atrae la participación, dispara los flujos de datos y, por consiguiente, es buena para el negocio. En esas condiciones, ninguna democracia puede sobrevivir.

Los espacios actuales de la información están a años luz del arquetipo democrático de la plaza pública, y eso hace que las democracias de todas las regiones sufran una presión implacable. Desde Brasil hasta Rumanía, pasando por Noruega, Polonia, España, Australia, India, Reino Unido y muchos otros países, vemos a líderes democráticos que se debaten en el vacío, obligados a improvisar soluciones para cada nueva crisis. En la mayoría de los casos, hay un deseo desesperado de proteger las elecciones, las instituciones o a la población del caos e incluso de la muerte por culpa de la anarquía informativa. En mayo de 2022, el comisario nombrado por Biden para presidir la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), el doctor Robert Califf, apareció en la CNN para explicar la conclusión a la que había llegado la Agencia de que “la desinformación” se había convertido en la principal causa de muerte en EE. UU. y tenía un efecto “inquietante” en la esperanza de vida de los estadounidenses.

Nos han vuelto a engañar

En 2019, pensé que la tercera década que iba a comenzar enseguida sería probablemente el momento en el que las democracias, con la UE al frente, ocuparían el vacío creado y recuperarían la renovación y la reconstrucción democráticas. Pero en 2022 llegó Sam Altman con su empresa, OpenAI, y, para aprovechar la ventaja de ser el primero en llegar al mercado, sacó de repente, sin previo aviso ni preparación institucional, su IA ChatGPT directamente al mercado de consumo. Altman y su equipo no tenían ni idea de lo que pasaría; solo sabían que querían ser los primeros.

La periodista Karen Hao siguió atentamente aquellos primeros años de la aparición de OpenAI en la escena mundial, con su obsesivo afán por dominar absolutamente todos los recursos. Su IA generativa está “entrenada con el mayor volumen de datos y la mayor potencia de cálculo que se haya utilizado jamás…, la forma maximalista del aprendizaje profundo”, observa. “Se alimenta de las inmensas reservas de datos acumuladas mediante el capitalismo de vigilancia…, con la ayuda de una cultura de investigación en IA que considera que tiene la responsabilidad moral de consumir todos los datos que sean posibles”.

Estábamos ante una nueva ola de latrocinio, tan despreciable y desvergonzada como la primera.

La carrera por recopilar todos los datos silenció todas las dudas morales o legales, mientras las empresas de IA se lanzaban en busca de todo —voces, rostros, material protegido por derechos de autor—, repasaban cada página de internet y, pese a ello, se quejaban de que no era suficiente. A los inversores de Meta se les aseguró que la empresa alimentaba su IA absorbiendo los “cientos de miles de millones de imágenes y vídeos de sus páginas, además de publicaciones, mensajes y comentarios”. El director ejecutivo, Mark Zuckerberg, confesó que Meta tenía planes para rastrear, capturar y convertir en datos los comportamientos de sus usuarios cuando interactuaban con sus servicios y productos de IA. Los artistas y los abogados, ya no tan ingenuos, acusaron a las empresas de “robar la propiedad intelectual del mundo”.

Totalitarios con ánimo de lucro

Para comprender bien a los grandes directivos del capitalismo de vigilancia no hay que fijarse solo en su papel económico como dueños de oligopolios y monopolios, ni en su posición social y política de oligarcas, sino, sobre todo, en la función sin precedentes que desempeñan desde el punto de vista de la civilización, como totalitarios con ánimo de lucro, unos totalitarios que se han atrincherado en los espacios vírgenes de un mercado inédito de predicción humana que ellos mismos han creado.

El totalitarismo con ánimo de lucro es un nuevo régimen de poder que se diferencia en varios aspectos fundamentales del totalitarismo político analizado tras la II Guerra Mundial por pensadores del siglo XX como Hannah Arendt, George Orwell y muchos otros. No obtiene el dominio total a través de la ideología y el terror, como hicieron en su día Hitler y Stalin.

El totalitarismo con ánimo de lucro presenta una visión del futuro en la que todos los ámbitos de la sociedad se remodelan como ciencia de la información que solo los líderes tecnológicos pueden gobernar. Y en ese futuro imaginado, no tienen cabida los ciudadanos. Después de varias décadas capturando, analizando y comercializando el excedente conductual, hace falta muy poca violencia para pasar a la siguiente etapa de la evolución totalizadora, en la que se redefine a la humanidad como mero “excedente humano”, los restos de la difícil era suboptimizada de los seres humanos.

Es justo decir que estos caciques corporativos no son, ni mucho menos, meros bros, “colegas”, sino los líderes más peligrosos de la historia del capitalismo moderno. En los últimos tiempos, la brusca introducción de la denominada “IA generativa” en el ámbito del consumo y el espíritu totalitario de su labor —patente en su pretensión absolutista de quedarse con todos los contenidos, el capital y los recursos energéticos del mundo— no han hecho más que reforzar lo peligrosos que nos deben parecer no solo sus máquinas sino ellos mismos. Este totalitarismo con ánimo de lucro que utiliza los datos indica un futuro que se aparta del ser humano y, en esencia, se postula como enemigo de la democracia. Ese no es el futuro que buscamos. No es el destino inevitable de nuestro pueblo ni de nuestra época.

La clave de este drama es la lección de que el capitalismo de la vigilancia lo inventó un grupo concreto de personas, en un momento y lugar concretos y por razones concretas. No encarna el destino de la tecnología digital, ni es una expresión ineludible del capitalismo de la información. Se construyó de forma intencionada en un momento histórico para resolver un problema de alguien y promover los intereses de alguien.

¿Qué significa perder la democracia?

¿Entenderán nuestros hijos el significado de la expresión “democracia liberal” y su compromiso moral?En 2024, el número de autocracias fue superior al de democracias por primera vez desde 2002, el año en el que se inventó el capitalismo de vigilancia. Entonces, había 91 autocracias que constituían el 72% de la población mundial. En 2024 había 88 democracias y, de ellas, el tipo de régimen menos común eran las democracias liberales, solo 29, que englobaban a menos del 12% de la población mundial de ese momento (900 millones); la cifra más baja en 50 años.

El año 2025 fue peor. En 2024, el grado de democracia para el ciudadano medio del mundo era el mismo que en 1985; en 2025 alcanzó los niveles de 1978. Había 92 autocracias, en las que vivían 6.000 millones de personas —es decir, el 74% de la población mundial—, y 87 democracias. Como EE. UU. dejó de ser una democracia liberal, esta categoría solo acogía ya al 7% de la población mundial. Según los investigadores de V-Dem, el instituto sueco que recopila estos datos cada año, la desinformación y la polarización son elementos fundamentales que contribuyen a este colapso democrático y al ascenso de las autocracias.

Si usted fuera un simple oligarca, o incluso algún tipo de tecnobro, y se enterase de todo esto, ¿su primera reacción no sería intentar remediarlo? Porque ellos pueden remediarlo. ¿Por qué no lo hacen? Porque estas condiciones son la expresión de su poder sobre la sociedad. Lo único que amenaza ese poder es la propia democracia: el Estado de derecho, la gestión de las instituciones democráticas, las leyes de privacidad que acaban con el excedente conductual, las leyes que acusan a los líderes tecnológicos de ser ladrones.

El mayor temor de los directivos de las grandes tecnológicas, esos totalitaristas con ánimo de lucro, es lo que representa la Unión Europea. Su inquietud es consecuencia de los importantes logros legislativos y judiciales de la UE: el RGPD [Reglamento General de Protección de Datos], la Directiva sobre privacidad electrónica, el derecho al olvido, la Ley de Servicios Digitales, la Ley de Mercados Digitales, la Ley de Inteligencia Artificial Las empresas consideran que estos marcos normativos son amenazas para su existencia. La Ley de Inteligencia Artificial, el primer intento integral de regular la IA en todo el mundo —que inevitablemente desencadenará un efecto Bruselas multinacional—, empujó a los líderes del sector tecnológico a dedicar todos los esfuerzos de sus equipos de abogados y grupos de presión a desmontar las principales exigencias de la nueva legislación.

Europa, como el resto del mundo, ha sufrido los ataques constantes de las fuerzas de la desinformación y la polarización y ha tenido que luchar contra las facciones políticas autocráticas tanto dentro de sus propias instituciones como en muchos de los Estados miembros. Elon Musk intentó inclinar la balanza electoral en Alemania a favor de la extrema derecha. Mark Zuckerberg grabó un vídeo ridículo que irrumpió en el espacio informativo el 7 de enero de 2025, poco antes de que tomara posesión su nuevo mecenas, Donald Trump. En él incluía un mensaje especial para la presidenta Von der Leyen: “Vamos a colaborar con el presidente Trump para presentar resistencia a los gobiernos de todo el mundo que persiguen a las empresas estadounidenses y presionan para que haya más censura… Europa tiene un número cada vez mayor de leyes que institucionalizan la censura y hacen difícil crear allí ninguna cosa innovadora”. Luego llegó Trump con sus juegos de palabras orwellianos, pensados para menospreciar e insultar a aquellos interlocutores a los que más teme.

Regreso al futuro

De pronto pareció que muchos líderes de la UE estaban cambiando su discurso. Clinton volvió a estar presente y su discurso de 1997 reapareció sobre la mesa. Se hablaba todo el tiempo de “desregulaciones”, “simplificación”, “competitividad”, “pruebas de estrés”, “diálogos de aplicación” y “leyes ómnibus” y se decía que “el exceso de burocracia nos está frenando, pero necesitamos más estudios y largos aplazamientos para aplicar los cambios”. Volvieron a arrastrar al centro del debate el manido tópico de la “innovación”, siempre como supuesto objeto de ataques de las regulaciones. ¡Y de los derechos de los ciudadanos! Muchas organizaciones de la sociedad civil entre las más destacadas de Europa publicaron análisis detallados en los que se demostraba que los cambios legislativos propuestos debilitarían o eliminarían del todo los derechos y las protecciones que con tanto esfuerzo se habían logrado incluir en la Ley de IA y otras victorias legislativas fundamentales de las últimas décadas.

El discurso de la presidenta Von Der Leyen en la Cumbre de Competitividad de Copenhague, celebrada a finales de 2025, dejó claro cuál era el nuevo contexto: evocó a Clinton como si fuera el fantasma de las Navidades futuras, con expresiones como “acelerar”, “combinar capital público y privado”, “aumentar a escala más deprisa y más barato”, “simplificación”, “¡necesitamos la desregulación!”. El lenguaje de la presidenta constituye un retroceso hasta los primeros días de la era digital, cuando todavía no conocíamos los daños y la violencia que genera la mercantilización de la humanidad y su transformación en mero excedente humano. Cuando aún no podíamos imaginar el ansia de cambiar la democracia y los derechos de la mayoría por la riqueza y el poder de unos pocos. Las empresas tecnológicas son infinitamente ricas y no hay nada que les impida “innovar”, independientemente de a qué se refieran con eso. Estamos, además, ante una profunda ironía. Nos dicen que hay un conflicto entre innovación y regulación, cuando la verdad es que ninguna de las dos tiene nada que ver con los hechos actuales.

Pero los hechos dan a entender que no quieren innovar. El capitalismo de vigilancia ha sido increíblemente lucrativo para las empresas, los ejecutivos y los inversores. Ahora, al mismo tiempo que están entrando con fuerza en nuevas dimensiones de la inteligencia artificial, insisten en su obsesión por los objetivos y las actividades del capitalismo de vigilancia y el proyecto totalitario con ánimo de lucro.

En cuanto a la “regulación”, si pensamos en los daños que provocan estas operaciones comerciales —tan graves que están destruyendo la democracia en todo el mundo—, veremos que la ventana para poner en práctica una verdadera regulación se ha cerrado. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, la experiencia histórica nos dice que hay que reconocer la necesidad de abolirlas, no perder el tiempo en negociar unas normas. La regulación no resolvió la plaga del trabajo infantil. Tampoco era humanamente posible regular la esclavitud humana. Las sociedades no regatean con una catástrofe moral. Subrayan la necesidad de un cambio fundamental. Si la contribución culpable de los capitalistas de la vigilancia a la destrucción de la democracia no es una catástrofe moral a la misma altura, nada lo será jamás.

¿Nos está fallando la presidenta Von der Leyen, o le estamos fallando nosotros a ella? Europa se desplaza hacia la derecha, precisamente empujada por las mismas fuerzas y dinámicas que ella pretendía derrotar con sus soluciones de 2019. La derecha se ha organizado en torno a nuevas palancas de poder en todas las instituciones de la UE. Los algoritmos están de su parte.

Qué necesita el futuro de nosotros

Para que la democracia sobreviva una generación más, hay que desmantelar la violencia de los poderes totalitarios del mercado que no tienen precedentes y que ahora se concentran en las principales empresas tecnológicas, al tiempo que reestructuramos nuestras sociedades para que triunfe la democracia. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha comprendido esta emergencia democrática tal vez mejor que ningún otro líder político actual. En el elocuente discurso pronunciado en 2026 ante la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubái, llamó a crear un nuevo movimiento encabezado por una “Coalición de los Dispuestos Digitales” para “recuperar el control” del “Estado fallido” en el que se han convertido las plataformas de redes sociales que ignoran la ley. Sánchez anunció una serie de medidas con las que España pretende sentar ejemplo. Entre ellas se incluyen: 

1) Exigir responsabilidades penales a los directivos de las empresas tecnológicas por los contenidos ilegales y nocivos que aparezcan en sus plataformas; 

2) Calificar como delito la manipulación del algoritmo y la amplificación de contenidos ilegales; 

3) Identificar una “huella” de odio y polarización que ponga al descubierto las actividades perjudiciales de las plataformas e imponer “costes legales, morales y económicos” a su despliegue; 

4) Investigar y perseguir a Grok, Instagram, TikTok y otras plataformas cuya “injerencia” manipuladora, por ejemplo, en contenidos electorales, constituya una forma de “coacción extranjera”.

Es importante destacar que, en encuesta tras encuesta y sondeo tras sondeo, los ciudadanos de la UE, igual que los de otros países y continentes, en especial nuestros jóvenes de la generación Z, obligados a alcanzar la mayoría de edad en el intenso escaparate del internet salvaje que prometía Clinton, sueñan con el tipo de futuro que prometió la presidenta Von der Leyen en 2019. Están deseosos de acabar con la impotencia de los ciudadanos, la complicidad de los legisladores y el mito de la inevitabilidad que nos paraliza a tantos invadidos de una resignación casi sin remedio. Y seamos claros. La crisis actual no se resolverá cambiando el poder privado de los gigantes tecnológicos por el poder público del Estado. Volvamos al principio y llenemos el vacío con instituciones mediadoras concebidas para proteger a las personas y a la democracia de la ambición de poder total que es igualmente peligrosa si procede del mercado como del Estado.

Esto es lo que el futuro necesita de nosotros ahora mismo si queremos que la democracia sobreviva otra generación.

La conciencia de la situación, la comprensión del momento histórico y el sentimiento de que se nos presenta una oportunidad inmensa para rescatar y ampliar nuestro legado democrático pueden contribuir a suscitar un nuevo debate y un nuevo movimiento que llegue a todas las sociedades y todos los continentes.

La adhesión a la democracia tiene su origen necesariamente en la adhesión al bienestar y las posibilidades de las personas. El concepto de “democracia” es la idea más revolucionaria de la larga historia de la humanidad que insiste en la dignidad de los seres humanos, nuestro derecho inalienable a gobernarnos nosotros mismos. Es, en esencia, una expresión de respeto y fe en nosotros mismos y en los demás.

Por consiguiente, en el fondo, la defensa de la democracia es un acto de amor que ofrecemos por adelantado a un futuro aún indeterminado. Para ello debemos armarnos de nuestra fe en la comunidad, el país y la sociedad global en cuyas manos ponemos a nuestros hijos y a las generaciones venideras. Pero no basta con eso. Si queremos que la democracia sobreviva en las próximas décadas, tiene que haber suficientes personas en suficientes sociedades que decidan amar lo humano y el tipo de futuro que solo nosotros podemos construir. Ya sabemos que el amor es siempre una apuesta, pero ¿alguien la ha rechazado alguna vez?

Von der Leyen lo dijo aquella noche en Berlín: Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde… El progreso no está garantizado. Tenemos que seguir trabajando. ¡Vamos a ello!

Shoshana Zuboff (Nueva Inglaterra, EE UU, 1951) es filósofa, psicóloga social y profesora emérita de la Harvard Business School. En 2019 publicó La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós), libro que destapó la recopilación y mercantilización casi sin freno de datos personales por parte de las empresas tecnológicas. En 2025 fue votada en un especial de Ideas como la pensadora tecnológica más influyente.

Este es un texto trabajado y ampliado por Shoshana Zuboff para Ideas al hilo del discurso que pronunció el pasado 23 de junio durante la cumbre Lucha por nosotros, no por ellos, organizada por European Digital Rights, la red más amplia de Europa en defensa de los derechos y las libertades digitales.

II

¿Está obsoleto el reglamento europeo de IA antes incluso de su aplicación plena?, Fernando Maldonado, en El País, 13-VII-2026:

Europa diseñó el AI Act pensando en plataformas digitales capaces de afectar derechos fundamentales. Pero la inteligencia artificial empieza a parecerse más a infraestructura crítica que a un producto digital. Y cuando eso ocurre, el reto ya no es solo qué reglas aplicar, sino qué tipo de gobernanza puede operar a la misma velocidad que los sistemas que intenta supervisar.

 Europa aprendió a escribir las reglas del juego antes de saber si tendría equipo para jugarlo. Ahora, mientras Bruselas pule sus leyes, el resto del mundo empieza a tratar la inteligencia artificial menos como software y más como infraestructura estratégica.

Durante años, el debate sobre IA giró alrededor de una idea relativamente estable. Los sistemas podían equivocarse, discriminar, manipular o desinformar, pero seguían perteneciendo al mismo mundo que las plataformas digitales: el de los contenidos, los datos y los servicios.

El AI Act nace ahí. Europa construyó su regulación pensando en sistemas capaces de afectar derechos fundamentales. Cuanto mayor fuera el impacto potencial sobre las personas, mayor debía ser el control.

La lógica sigue funcionando. El problema es que la tecnología empieza a desplazarse más rápido que las categorías con las que intentamos describirla.

Durante los últimos meses, Bruselas ha ajustado algunas posiciones. El acuerdo político alcanzado en mayo retrasa parcialmente determinadas obligaciones para sistemas de alto riesgo, pero mantiene intacta la lógica central del reglamento. Reducir daños relacionados con deepfakes, manipulación o usos abusivos de sistemas biométricos.

Bruselas ha comprado tiempo, pero mantiene intacta la lógica del reglamento.

Mientras tanto, algo distinto empieza a ocurrir fuera de Europa. En Estados Unidos, los gigantes de IA han comenzado a probar modelos capaces de detectar vulnerabilidades informáticas de forma autónoma. No es el único frente. En logística, algunos sistemas ya toman decisiones sobre rutas, inventario y precios en cadenas de suministro globales sin intervención humana. En energía, hay redes eléctricas donde algoritmos gestionan en tiempo real el equilibrio entre producción y demanda. La lista se alarga.

El cambio no está solo en que estos sistemas hagan cosas nuevas, sino en que empiezan a hacerlas a una velocidad y escala difícil de supervisar manualmente. Cuando eso ocurre, el problema deja de parecerse al de una plataforma digital.

Ahí es donde la conversación cambia de naturaleza.

Europa sigue mirando principalmente al individuo: privacidad, discriminación o manipulación. El regulador europeo diseña el AI Act pensando en el ciudadano que puede ser perjudicado por una decisión algorítmica. Esa es una preocupación legítima, y seguirá siéndolo.

Pero en Washington empieza a circular otro vocabulario. Infraestructuras críticas vulnerables, ciberseguridad ofensiva o ventaja geopolítica. La IA deja de verse solo como una tecnología comercial y empieza a entrar en categorías más cercanas a las de energía, telecomunicaciones o defensa.

El desplazamiento es sutil, pero cambia el tipo de preguntas que empiezan a hacerse los reguladores. Y no implica necesariamente que ambas lógicas sean incompatibles. Las redes eléctricas también tienen regulación de derechos del consumidor. Las telecomunicaciones combinan estándares de seguridad nacional con protecciones individuales. Lo que sí cambia es la arquitectura de gobernanza. Quién tiene autoridad, qué se revisa antes del despliegue y qué órganos pueden intervenir en tiempo real.

Ese es el ajuste que el AI Act, en su diseño actual, no contempla con suficiente claridad.

Esto ocurre en un mal momento para Europa. La región intenta regular una industria cuyo liderazgo pertenece todavía a otros. Mientras Estados Unidos concentra gran parte de los modelos más avanzados y China acelera su capacidad industrial, Europa sigue buscando una posición competitiva propia dentro de la cadena de valor de la IA. Europa ha conseguido situar la regulación en el centro del debate global y, al mismo tiempo, apenas participa en el desarrollo de los sistemas que intenta gobernar.

Durante bastante tiempo, eso no parecía necesariamente un problema. Existía la idea de que el llamado Brussels Effect volvería a funcionar. Igual que ocurrió con el GDPR, las grandes tecnológicas terminarían adaptándose al estándar europeo y exportándolo al resto del mundo.

Esa hipótesis no era infundada. Con el GDPR funcionó, aunque con más fricción de lo que se recuerda. Muchas empresas mantuvieron versiones diferenciadas para el mercado estadounidense durante años. La pregunta ahora es si con la IA se repetirá ese patrón o si las condiciones son distintas.

Hay razones para pensar que lo son. Los modelos de IA se copian, se ajustan y se redistribuyen con una rapidez que no tiene equivalente en la protección de datos. Y fuera de Europa empieza a asumirse que limitar determinadas capacidades tiene un coste estratégico que el GDPR nunca tuvo. Por primera vez, algunas empresas parecen dispuestas a mantener versiones diferenciadas de sus sistemas según región, no por fricción, sino por cálculo. Si eso se consolida, el Brussels Effect deja de funcionar por inercia.

Hay otra cuestión todavía más incómoda. Regular es relativamente sencillo. Hacer cumplir la regulación es otra cosa muy distinta.

Sobre el papel, Europa prohibirá determinados usos especialmente sensibles de la IA. La eficacia real del AI Act, sin embargo, no depende solo de lo que digan sus artículos. Depende de los organismos nacionales que lo apliquen, de las normas técnicas que lo desarrollen y de la capacidad de las autoridades para auditar sistemas en producción. Ahí es donde se decidirá buena parte de lo que el reglamento consiga realmente. En la implementación, no solo en el texto.

Y ahí la asimetría es visible. ¿Quién perseguirá una aplicación distribuida fuera de la UE? ¿Quién verificará técnicamente que un watermark no ha sido eliminado? ¿Quién auditará modelos que evolucionan constantemente?

El regulador europeo tiene un bolígrafo. El atacante, un clúster de GPUs. En la práctica, la velocidad de adaptación de los sistemas empieza a ser mayor que la velocidad de respuesta institucional. Ahí es donde el diseño del enforcement importa tanto como el diseño de la norma.

Algo parecido ocurrió en los mercados financieros de alta frecuencia. La supervisión humana dejó hace tiempo de operar en tiempo real. Primero ocurre la operación. Después llega la reconstrucción.

No es casual que el FMI haya empezado a advertir sobre posibles “fallos correlacionados” en el sistema financiero asociados a modelos capaces de descubrir vulnerabilidades a gran escala. El problema deja de parecerse a un error puntual y empieza a acercarse más a un riesgo sistémico.

La respuesta no fue desregular, sino rediseñar el marco de supervisión. Algoritmos que vigilan algoritmos, obligaciones de registro en tiempo real y cortafuegos automáticos.

La IA empieza a acercarse a esa lógica. No porque las máquinas sean conscientes, sino porque la escala y velocidad de sus interacciones complican cada vez más seguirlas con detalle. La pregunta no es solo cómo limitarlas, sino cómo diseñar la supervisión para que opere en el mismo plano temporal que los sistemas que supervisa.

Hay quien argumenta que la regulación puede hacer precisamente eso. No solo contener el desarrollo de la IA, sino moldear su arquitectura. Un marco que exija trazabilidad, separación de funciones o mecanismos de auditoría nativos puede incentivar que los propios sistemas se puedan supervisar por diseño. No es una solución completa, pero es una palanca que el AI Act no ha explorado con suficiente ambición.

Europa fue probablemente la primera región en comprender que esta tecnología necesitaba reglas. Y escribir esas reglas tuvo valor. Puso sobre la mesa preguntas que nadie más estaba dispuesto a hacer en voz alta.

Ahora empieza a descubrir algo más difícil. Que las reglas escritas, por sí solas, quizá no basten para sistemas que evolucionan a otra velocidad.

La cuestión ya no es solo cómo evitar discriminaciones algorítmicas o etiquetar deepfakes. Es qué ocurre cuando los sistemas sobre los que funciona parte de la economía empiezan a evolucionar más rápido de lo que las instituciones pueden entender, supervisar o corregir. Y qué tipo de arquitectura de gobernanza, no solo de normas, puede sostener esa tarea.

Europa tiene la legitimidad para hacer esa pregunta. Lo que todavía no tiene, del todo, es la respuesta.