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lunes, 30 de marzo de 2026

La mujer según Schopenhauer

 [Transcripción corregida de Schopenhauer despreciaba la naturaleza femenina (y la psicología moderna prueba que tenía razón)

 ¿Alguna vez has amado a alguien y aún así sentiste que había algo de falsedad en todo aquello? ¿Has tenido la sensación de que el afecto que recibiste era un teatro cuidadosamente ensayado para obtener algo a cambio? ¿O, peor, te diste cuenta de que entregaste tu alma por una mirada y solo después entendiste que aquello era solo estrategia, no sentimiento? 

"La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas". Estas no son palabras de un hombre frustrado con el amor, son de Arthur Schopenhauer, uno de los filósofos más oscuros y sinceros de la historia. Para él, la mujer era la manifestación más perfecta de la trampa que la naturaleza construyó para mantener girando el ciclo de la vida, aunque eso costara la dignidad, la libertad o la lucidez del hombre. 

Tal vez tú ya hayas sentido eso, pero jamás te atreviste a ponerlo en palabras. Quizás sospechaste de ese cambio repentino de humor, de esa lágrima demasiado rápida, de esa desaparición fría después de noches intensas, y, quizá muy en el fondo, te odiaste por darte cuenta de que, incluso después de todo eso, todavía querías más. 

En este video vamos a atravesar un territorio peligroso. Entre las ideas brutales de Schopenhauer y los datos de la psicología moderna hay un hilo invisible que cose instintos, manipulación, amor y destrucción. No vamos a hacer un manifiesto de odio; vamos a desenterrar una verdad que muchos hombres sienten, pero no tienen el valor de nombrar. Y quizá, solo quizá, al final de este recorrido no odies a nadie, pero tampoco vuelvas a confiar. 

De la misma manera, Arthur Schopenhauer no odiaba a las mujeres como un hombre herido odia. Las despreciaba como un pensador que ve a través de la ilusión. Y eso es mucho más peligroso. Su desprecio era filosófico, casi clínico. No gritaba contra ellas, las describía como quien revela un fraude ancestral. Y lo que decía todavía resuena con una fuerza incómoda, en los callejones de la experiencia masculina moderna. Para Schopenhauer, la mujer no era el sexo bello, como romantizan los poetas. Era el sexo necesario, un cuerpo moldeado por la naturaleza, no para encantar, sino para atrapar. 

Escribió: "Solo un hombre cuya razón ha sido oscurecida por sus impulsos sexuales podría llamar sexo bello a una raza de hombros estrechos, caderas anchas y piernas cortas." Así comenzaba el ataque, rompiendo el encantamiento, rasgando el barniz del deseo con la hoja de la razón. Mientras otros filósofos especulaban sobre el alma femenina, Schopenhauer la reducía a un reflejo del instinto biológico. No había misterio, no había una esencia elevada, había función, supervivencia, repetición e engaño. Pero antes de juzgarlo con los ojos de hoy, hay que recordar lo que lo movía: el disgusto por la vida. Para él vivir era sufrir. La existencia era una prisión impuesta por la voluntad, una fuerza ciega, irracional, que nos empuja a continuar incluso cuando todo en nosotros pide silencio. Y la mujer era la embajadora de esa voluntad, el señuelo, el anzuelo, el recurso que la naturaleza utiliza para garantizar que el hombre, aún lúcido, se doblegue ante el ciclo de la reproducción. Schopenhauer miraba el cuerpo femenino con la frialdad de quien ve una trampa sofisticada, la piel suave, la voz tierna, la expresión vulnerable. No eran cualidades morales, sino estrategias evolutivas. "No había afecto ahí", decía él, "había cálculo, pero un cálculo sin conciencia, lo que lo volvía todavía más peligroso. La mujer, según él, no manipulaba porque fuera mala: manipulaba porque era eficaz. Estaba optimizada para seducir, para domesticar al hombre a través de la emoción y, lo más cruel, lo hacía naturalmente, con la fluidez de quien nació para ello. Este pensamiento puede sonar brutal, y lo es, pero detente y piensa. ¿Cuántas veces tú, hombre, no te has visto haciendo de todo por alguien que parecía frágil, enamorada, encantada contigo, y después te diste cuenta de que aquello no era amor, sino necesidad disfrazada?

¿Cuántas veces esa dulzura inicial se transformó en frialdad, en manipulación silenciosa, en exigencias sin nombre? Schopenhauer veía en eso un patrón, no una excepción. La mujer sería, en sus palabras, el  medio por el cual la naturaleza garantiza que el hombre se ilusione lo suficiente como para convertirse en padre: nada más, nada menos. Afirmaba que la mujer no ama al hombre, ama lo que él puede ofrecer. Y eso no es una elección consciente, es programación, evolución. Y eso lo hacía reír amargamente del romanticismo, del ideal del amor eterno, de los poetas que escribían sobre almas gemelas, porque para él todo eso era parte de la gran ilusión. 

La mujer no jura eternidad, ofrece afecto mientras eso le convenga, y cuando ya no le conviene, se va. Así de simple. No son crueles, son funcionales. Ese podría ser el resumen de la visión shopenhaueriana. Y, si eso duele, quizá es porque algo dentro de ti reconoce esa lógica, porque aunque lo niegues con palabras, el cuerpo lo recuerda. La memoria afectiva guarda esas partidas inexplicables, esa mirada que ya no brilla, ese silencio que sustituye al toque, y aquí reside la genialidad oscura de Schopenhauer.

Se dio cuenta de todo esto siglos antes de la psicología moderna, antes de que se hablara de hipergamia, teoría del apego, condicionamiento emocional, recompensa intermitente. Antes de tener datos, estudios gráficos, él ya veía los patrones. La mujer, según él, no es villana, es vector, un vector que dirige al hombre hacia el sufrimiento, porque lo seduce con la promesa de completitud, pero entrega solo fragmentos. No miente, oscila; no destruye, recalibra la entrega conforme cambian las ventajas. Y el hombre ama con profundidad, con construcción, con proyección; ama como quien apuesta todo, y es precisamente por eso que se quiebra, no por ella, sino porque creyó que ella era como él. 

Ese es el error que Schopenhauer quería exponer. El error de pensar que hay simetría donde hay estrategia, de creer que el amor de ella tiene la misma lógica que el tuyo, de imaginar que su afecto se sostiene en lo que eres y no en lo que entregas. Pero ¡cuidado! Schopenhauer no proponía venganza, proponía desencantamiento. Quería quitar el velo, no el corazón. Quería que el hombre dejara de ser marioneta del romanticismo y empezara a mirar a la mujer como se mira a una esfinge, con respeto, pero con desconfianza. La mujer para él era como un espejo que devuelve la imagen que necesitas ver para que sigas sirviendo a su guion. Y cuando ya no sirves, rompe el espejo sin drama, sin culpa, solo reinicio, porque su supervivencia exige movimiento y la tuya exige ceguera a menos que despiertes. Schopenhauer creía que los hombres sufrían, no por las mujeres en sí, sino por las ideas que proyectaban en ellas. 

Sufrían porque romantizaban el instinto, transformaban tácticas en sentimientos, cambiaban supervivencia por fidelidad y daban el alma esperando recibir amor. Pero ella nunca prometió el alma, solo sonrió, solo susurró, solo fue lo que necesitaba hacer en ese momento. La filosofía de Schopenhauer nos pide algo muy difícil, que miremos aquello que deseamos y nos preguntemos: ¿esto es amor o es ilusión programada? ¿Es reciprocidad o necesidad disfrazada? ¿Me ama, o solo me usa como puente hacia algo mejor? Si esas preguntas duelen es porque aún hay esperanza. Pero, cuando ya no duelan, cuando la lucidez sustituya al deseo, verás lo que Schopenhauer vio: a la mujer como la trampa más hermosa jamás creada, pero, aún así, una trampa. Y una vez que ves la trampa, ya no eres más una víctima. Te conviertes en algo raro, peligroso, soberano. 

Ahora, dime algo: ¿alguna vez has sentido que das demasiado y, aún así, no te respetan? No es por falta de esfuerzo, es porque el respeto no se pide, se proyecta. Y esa proyección comienza en cómo entrenas tu mente para mantener la frialdad y el enfoque en situaciones críticas. Ocurre que muchos crecieron con la idea de ser bueno, ser comprensivo, pero eso no forma hombres fuertes, eso forma personas fácilmente manipulables. Existe un modelo de autocontrol mental que está siendo usado por quienes decidieron dejar de agradar y empezar a imponerse con presencia. Grabamos un video explicando cómo esa estructura funciona en la vida real. 

Para acceder, escanea el código en pantalla o haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado. ¿Alguna vez intentaste razonar con tu propio deseo? Intentaste explicarte con lógica por qué debías irte, pero no pudiste levantarte de su cama. ¿Escuchaste esa voz racional diciéndote, "Esto va a destruirte y aún así te quedaste?" El filósofo puede entender el mundo, el poeta sentirlo, pero ninguno de los dos escapa de la mujer que encarna el deseo. Y quizás sea precisamente ahí donde el hombre empieza a perderse, cuando intenta usar la razón para descifrar el instinto y termina vencido por algo que nunca fue creado para ser racional. 

Schopenhauer lo veía con una lucidez dolorosa. Para él, el hombre es un animal que sufre porque piensa, pero cuando el pensamiento se encuentra con el deseo, algo se rompe. La claridad se convierte en delirio, la lógica se dobla y el hombre racional se transforma en siervo voluntario de la ilusión. Creía que el deseo sexual, especialmente el deseo por una mujer idealizada, es la forma más eficiente que tiene la naturaleza de esclavizar al hombre. Y lo más cruel lo hace con su consentimiento. El amor es una ilusión proyectada por la voluntad para mantener viva a la especie, decía él. Detente y piensa. ¿Qué lleva a un hombre a abandonar su lucidez? ¿Qué lo hace ignorar advertencias, consejos, señales claras de manipulación o egoísmo? ¿Por qué insiste en arreglar a una mujer que lo despreció otra vez? ¿Por qué cree que esta vez será diferente? La respuesta es simple y brutal. El deseo lo ciega porque el instinto ganó. La mujer en este juego no necesita ser malintencionada, solo necesita existir con las características que activan ese código ancestral. La vulnerabilidad que despierta protección, la belleza que sugiere fertilidad, la mirada que promete exclusividad, el lenguaje corporal que susurra rendición. Pero todo eso es solo forma. La esencia puede estar vacía o peor, puede ser estratégica. Y aquí entra la ironía cruel. El hombre confunde instinto con amor, confunde atracción con conexión, confunde entrega hormonal con profundidad emocional. Mientras tanto, la mujer, aunque no sea plenamente consciente, juega otro juego. Un juego donde el afecto se concede en función de la conveniencia, no de la eternidad.

Ella no está interesada en la poesía del alma. Ella está biológicamente optimizada para elegir al compañero que le ofrezca más ventajas evolutivas. Esto es hipergamia. Y no se trata de oportunismo vulgar, se trata de programación biológica. Ella no decide dejarte porque encontró a alguien mejor. Simplemente siente que ya no te necesita y su deseo, igual que el tuyo, habla más fuerte que la razón. Mientras tú crees que el amor es sacrificio, ella se mueve por selección. Mientras tú te convences de que todo vale la pena por ella, ella solo observa quién entrega más valor con menos costo emocional. Es cruel, sí, pero es real. Y es aquí donde la psicología moderna se encuentra con Schopenhauer. Estudios como los de David Bus muestran que las mujeres priorizan características como estatus, recursos, estabilidad y dominio emocional, especialmente en contextos a largo plazo. Es decir, incluso sin saberlo están calibrando, comparando, eligiendo todo el tiempo. Y si aparece alguien que ofrece una condición más ventajosa, aunque sea emocionalmente inferior, su cuerpo responde antes que su cerebro. Lo sientes cuando de repente empieza a responder con menos entusiasmo, cuando sus ojos pierden el brillo pero tú sigues intentando reavivar la llama, cuando dice que necesita espacio y tú le das más amor, y cuanto más entregas más se aleja. No es maldad, es algoritmo biológico. Y ahí es donde la razón masculina colapsa, porque sigue intentando amar a una mujer que ya dejó de elegirlo. Sigue invirtiendo en una conexión que para ella expiró. 

Él intenta racionalizar lo irracional. Intenta demostrar valor en un terreno donde el valor se mide por instinto, no por argumento. Y cuanto más se humilla, más pierde valor ante sus ojos. Schopenhauer veía este patrón como una comedia trágica, el hombre ebrio de deseo, arrodillado ante una figura que a sus ojos es divina, pero que en  realidad es solo humana, con instintos tan egoístas como los de él. La diferencia es que ella sabe lo que quiere, él no.

La mujer no necesita entender filosofía para manipular. Manipula con la respiración, con la ausencia, con el cambio de tono, con la espera, con el silencio. Y él intentando ser racional empieza a decaer emocionalmente. Se vuelve dependiente, se vuelve predecible, se vuelve débil, pero el deseo no quiere fuerza, quiere satisfacción. Y cuando te conviertes en necesidad, ella pierde el interés. Porque lo que atrae no es el amor que suplica, es el amor que se mantiene. Es el hombre que no se  inclina, incluso deseando. Esa es la trampa. ¿Crees que siendo bueno, sensible, dedicado, vas a ser amado con la misma intensidad? 

Pero ella fue hecha para desear el desafío, el riesgo, la incertidumbre y tú te volviste demasiada certeza. Schopenhauer no tenía Tinder, no conocía datos de neurociencia, no leía estudios sobre dopamina o el ciclo ovulatorio, pero observaba y veía. Veía que el hombre es derrotado no porque ama, sino porque no entiende lo que ama. El deseo para él es el verdugo de la razón. Y mientras el hombre desee sin comprender, amará sin ser amado. Por eso escribió: "La mujer es por naturaleza mentirosa, no por maldad, sino por necesidad." Y hoy la ciencia coincide. La mujer se miente a sí misma para mantener el autoengaño. Cree que todavía ama, hasta el día que deja de hacerlo. Jura que es diferente, hasta el día que encuentra a alguien mejor. Y, el hombre, si no despierta, siempre será el último en darse cuenta. Schopenhauer no quería que odiaras a las mujeres. Quería que vieras el teatro y que aprendieras a salir del escenario antes de que se apaguen las luces. Porque cuando el deseo gobierna a la razón, el amor se convierte en esclavitud. Y solo el hombre que entiende esto es capaz de amar sin destruirse.

Ella llega con los ojos grandes, la sonrisa contenida, los gestos suaves. La escuchas decir que está cansada de hombres que solo la quieren por interés y tú de inmediato te ofreces como la excepción. Crees que entendiste el juego, pero aún ni siquiera has notado que el juego ya empezó y que ella ya va ganando. La mujer moderna no necesita gritar para dominar. ha aprendido o mejor dicho ha evolucionado para conseguir lo que quiere con la mínima exposición y el máximo impacto. La psicología lo llama poder oculto, una forma de influencia sutil, indirecta, que moldea comportamientos, altera decisiones y redefine dinámicas sin nunca parecer agresiva. 

Schopenhauer, con su brutalidad habitual ya había observado este fenómeno siglos atrás. Decía que la mujer no conquista por la lógica, sino por la emoción, y que en el fondo lo que ejerce no es amor, sino control emocional disfrazado de afecto. Pero hoy con el lenguaje pulcro de las universidades, lo que Schopenhauer gritaba con desesperación se traduce en términos como comunicación indirecta, manipulación emocional, recompensa intermitente y narcisismo encubierto. La verdad es que detrás de la dulzura hay una maquinaria psíquica extremadamente eficaz. Robert Green, en su libro Las 48 leyes del poder, escribió: "El manipulador emocional seduce no con promesas directas, sino con una aparente carencia. Te necesita y eso te hace ceder." ¿Y quién más que la mujer ha aprendido a usar su propia vulnerabilidad como arma? Ella no grita, se calla, no exige, suspira, no reclama, mira con decepción y de repente tú estás haciendo todo para recuperar el brillo en sus ojos. Esa es la belleza cruel del poder oculto. Ella no manda, pero tú obedeces y aún crees que fue idea tuya. 

Sam Benin, especialista en narcisismo, escribió sobre el arquetipo de la narcisista femenina encubierta. Aquella que parece víctima, pero es depredadora. Aquella que llora y te controla con sus lágrimas. Aquella que se muestra frágil y te debilita al hacerte su héroe. Aquella que se aleja sin motivo y tú pasas días intentando entender en qué fallaste y tal vez no fallaste. Tal vez solo sintió que estabas demasiado entregado y por lo tanto demasiado predecible. Y como toda criatura de poder se alimenta de tu desequilibrio. Esto no es teoría, es un patrón. La psicología evolutiva muestra que las mujeres desarrollaron a lo largo de milenios habilidades sociales y emocionales muy superiores a las de los hombres por pura cuestión de supervivencia. Mientras los hombres guerreaban con espadas, ellas guerreaban con palabras. Mientras ellos imponían fuerza, ellas imponían culpa y a lo largo de generaciones ganaron. Schopenhauer veía esto con asombro.

Decía que la mujer parecía frágil, pero que su influencia era silenciosa, persistente, implacable. No te derriba con violencia, te desgasta con expectativas no dichas, con emociones inestables, con ausencias estratégicas. Su arma no es el enfrentamiento, es el colapso interno que induce en ti. Y lo más cruel es que no puedes probar nada. Ella no hizo nada, simplemente no estaba lista. Necesitaba tiempo. Sintió que algo cambió. Y tú, racional, intentas entender, analizas conversaciones, revisas mensajes, buscas errores. Mientras tanto, ella ya está en otra fase del ciclo, no porque sea cruel, sino porque es adaptativa. Necesita seguir, necesita evolucionar, necesita, como diría la psicología, buscar recursos más alineados con su valor percibido. Tú te destruyes buscando coherencia donde solo había instinto. Y aquí está el punto más aterrador. Ella no sabe qué está manipulando. Cree en sus propias emociones, llora de verdad, sufre, pero en el fondo sufre porque perdió el control, no porque te perdió a ti. El amor para ella es fluido, condicional, temporal, pero dicho con tanta intensidad que tú crees que es eterno y eso es lo que te rompe. Schopenhauer escribía: "La mujer seduce para obtener, y retira el afecto cuando ya tiene lo que quiere. Su amor no es eterno, es oportuno". 

La psicología moderna dice lo mismo. Con otras palabras, la mujer regula la entrega emocional según el retorno percibido. No da lo que siente, da lo que cree que mereces según el momento. Y si mereces menos, se aleja. Si te vuelves necesitado, se enfría. Si cuestionas, guarda silencio. Y al final tú te vuelves el manipulable. Y ella la que se aleja para protegerse. 

Mira, esto no se trata de demonizar, se trata de ver el juego tal como es: ¿crees que ella es dulce porque sonríe? pero ¿has pensado en cuántas veces esa sonrisa te puso de rodillas? ¿Cuántas veces pediste disculpas por cosas que ni entendías? ¿Cuántas veces te sentiste culpable solo porque ella ya no estaba feliz, aunque tuviera todo? Esa es la fuerza del poder oculto. Ella nunca pide, pero siempre recibe. Y tú, que solo querías amar y ser amado, terminas convirtiéndote en un espectro de ti mismo, caminando sobre cáscaras de huevo, autocensurándote, intentando agradar, con la esperanza de que esa dulzura regrese. Pero no regresa, porque nunca fue real. Fue un mecanismo, una invitación, una fase del ciclo. La psicología moderna confirma lo que Schopenhauer gritaba: ella no te ama. Ella te regula, no con maldad, sino con precisión. Y el hombre que no ve esto, se destruye intentando recuperar un paraíso que nunca existió. ¿Alguna vez te has detenido a pensar en cuántos hombres conoces que se han destruido por amor? Que abandonaron amigos, proyectos, identidad, todo, en nombre de una mujer; que confundieron devoción con valor, y sumisión con afecto. Ellos no gritan, no lloran en público: simplemente desaparecen poco a poco, primero en la mirada, luego en las palabras, hasta que no queda nada que no sea una versión domesticada de sí mismos con la esperanza de ser aceptados. Esa es la tragedia silenciosa del hombre que ama demasiado. No se da cuenta de que al ofrecerlo todo pierde justamente lo que lo hacía deseable, su fuerza, su soberanía, su esencia. 

Schopenhauer no se guardaba palabras al describir a este tipo de hombre. Para él, el romanticismo era una enfermedad, una especie de alucinación colectiva que hacía que el hombre actuara en contra de sí mismo. El hombre enamorado es un loco, un esclavo, un ciego conducido por la belleza hasta el abismo de su propia anulación. ¿Y no es eso lo que pasa? Al principio ella parece perfecta: se ríe de tus chistes, admira tu ambición, dice que nunca conoció a alguien como tú. Tú crees que encontraste la excepción, y entonces empiezas a moldear tu vida en torno a ella. Renuncias a pequeños placeres, a amigos, a hábitos, a ti mismo. Ella nunca te pidió eso, pero tampoco lo impidió. Y, cuando te das cuenta, estás tratando de mantener la relación con sacrificios que ella ni siquiera nota. Haces más, das más, amas más, pero recibes cada vez menos. El afecto de ella, que antes era abundante, ahora es racionado. Y piensas, "Tengo que hacerlo mejor." Y lo haces. Y mientras más das, más se aleja. Mientras más demuestras, más te pone a prueba. Hasta que un día simplemente dice: "Eres maravilloso, pero ya no siento lo mismo." ¿Y qué haces tú? Suplicas, prometes, dices que vas a cambiar. Y en ese momento ya no eres un hombre, eres solo un reflejo roto de alguien que se perdió dentro de un amor que nunca fue recíproco, solo fue conveniente. 

La psicología moderna llama a esto autoaniquilación emocional. Existe cuando la persona pierde la capacidad de verse como individuo, porque toda su identidad está atada a la aceptación del otro. Y el hombre que ama demasiado vive exactamente eso: solo se siente valioso cuando está complaciendo, cuando está siendo validado, cuando está siendo necesario. Pero el amor verdadero, si es que eso existe, no se sostiene en la necesidad, florece en la libertad. Y la mujer, al darse cuenta de que el hombre se entregó demasiado, pierde el interés porque dejó de ser un reto, dejó de ser hombre.

Schopenhauer veía esto con un desprecio casi cínico. Para él, el hombre que idealiza a la mujer se convierte en un mendigo emocional, viviendo de migajas, buscando miradas, sonrisas, palabras dulces que él mismo le enseñó a usar en su contra. Nada es más repulsivo que un hombre que suplica amor. Él ya perdió. Y es verdad. Porque cuando el amor se convierte en súplica, ya no es amor, es dependencia, es adicción, es miedo hasta estar solo, es necesidad de aprobación. ¿Y sabes cuál es el problema de eso? La mujer lo siente. Aunque no sepa explicarlo, lo percibe. Percibe que ahora él vive por ella y eso, lejos de encantarla, la aleja. La naturaleza de la atracción es brutal. Respeta el misterio, no la entrega absoluta. La psicología ya confirmó lo que Schopenhauer intuía. El amor incondicional es hermoso en teoría, pero en la práctica el deseo requiere condición, necesita margen, frontera, límite. Y el hombre que ama demasiado, ya no tiene límite. Dice sí a todo, acepta todo, tolera todo y, en el fondo, espera que ese sacrificio conmueva, impresione, conquiste. Pero no conmueve, no impresiona, no conquista. Porque nadie desea lo que ya se posee por completo. Y el hombre que se entrega demasiado se vuelve predecible, sumiso, domesticado.

Schopenhauer nos advertía sobre ese abismo. El hombre que ama sin medida se convierte en un siervo de su propia ilusión. Y cuando la mujer se va (y ella siempre se va), si ese patrón se instala, él no sufre por perderla a ella, sufre porque, al perderla, se da cuenta de que ya no queda nadie dentro de sí. La autoaniquilación es eso, no es la pérdida de su amor, es el olvido del amor propio. Y lo más cruel es que este tipo de hombre no es débil, es generoso, es sensible, es muchas veces noble, pero no entendió algo simple: el amor sin límite no genera admiración, genera desprecio. Y el desprecio es el fin del deseo. Por eso Schopenhauer no defendía el odio como respuesta, defendía el alejamiento, la claridad, el desapego. Él decía: "El sabio no se entrega a la pasión. Observa, elige, permanece entero." Y tal vez ese sea el único camino posible. Amar, pero mantenerse entero. Entregar, pero jamás suplicar. desear, pero nunca perderse. Porque al final el hombre que ama demasiado no sufre por amar, sufre porque olvidó amarse también.

No necesitas odiarla, ni luchar contra ella, ni desenmascararla. Todo eso seguiría siendo girar alrededor de ella. Solo necesitas ver, ver con ojos desencadenados, ver sin esperanza de reciprocidad, ver sin el deseo de salvarla o de perderte por ella. Schopenhauer lo entendió antes que todos. Él no proponía que el hombre se volviera frío. Proponía que se volviera intocable, no emocionalmente insensible, sino emocionalmente libre. Porque el verdadero poder masculino no está en dominar, convencer o poseer. Está en no ser dominado. Está en rechazar el papel de rehén emocional. Está en amar sin perder el trono. Hoy, más que nunca, esa soberanía está en riesgo. Vivimos en un mundo moldeado por la seducción. No solo la seducción del cuerpo femenino, sino la seducción de la validación, de la dopamina, del match, del elogio, de la sonrisa, de la promesa de que esta vez será diferente, pero nunca lo es. Y tú ya lo sabes, el hombre que sobrevive en este nuevo mundo no es el más fuerte físicamente, ni el más rico, ni el más popular: es el hombre que sabe decir no a lo que brilla, pero no alimenta. Es el hombre que ve el juego y se rehúsa a jugarlo. Porque, mientras sigas buscando la aprobación femenina, estarás fuera de ti. Vivirás en función de reacciones, likes, respuestas, silencios. estarás permanentemente distraído de quién eres (y no existe sufrimiento mayor que ese, estar lejos de ti mismo). Schopenhauer escribía: "El hombre sabio pone su felicidad, no en la satisfacción del deseo, sino en su negación". Lo que él quería decir es simple, pero exige valor: te liberas cuando dejas de desear aquello que te esclaviza. Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo que susurra todo el tiempo que, sin ella, no eres nada? Es necesario reaprender a estar solo, no como castigo, sino como ritual, porque la soledad no es ausencia, es reinicio. Es en el silencio de la ausencia femenina donde escuchas por primera vez tu propia voz sin interferencias. Es cuando dejas de agradar, de demostrar, de conquistar, que comienzas a reconstruirte como hombre. Y ese hombre, cuando renace, viene distinto: ama con lucidez, toca sin perderse, cuida, pero también impone. Observa antes de entregarse. 

Ese hombre no odia a las mujeres, pero tampoco las endiosa. Él ve y, porque ve, elige. Y, si ella juega con encanto, pero no entrega presencia, él se aleja. Si ella seduce, pero manipula, él guarda silencio. Si ella exige, pero no respeta, él cierra la puerta con la calma de quien ya no necesita explicarse. Ese hombre ha aprendido que el cariño es bueno, pero no es moneda para comprar afecto. Que el sexo es poderoso, pero no es suficiente para sostener un vínculo. Que la belleza es encantadora, pero sin integridad es solo otra trampa más. Y, sobre todo, ese hombre ha aprendido que el mayor error es intentar ser amado a cualquier costo, porque el amor verdadero no nace de la actuación, nace de la presencia. 

Schopenhauer con su filosofía de la negación del deseo, nos señala una dirección. La libertad no está en ser amado por ella, sino en no necesitar serlo. Ese es el punto de ruptura. El momento en que el hombre deja de negociar su dignidad por migajas emocionales. El momento en que dice: "Yo soy suficiente." Y eso no es arrogancia, es soberanía. Es la firmeza de quien camina con los  pies en la tierra, incluso cuando el corazón todavía late por ella. Es el poder de quien sabe lo que siente, pero no se inclina ante el sentimiento. Es la madurez de quien ama, pero jamás suplica. Y,  paradójicamente, es ese hombre el que más atrae, porque es raro, es peligroso, no necesita. Y el mundo no sabe cómo lidiar con alguien que no necesita. Ese hombre observa la seducción y sonríe. Observa la manipulación y se retira. observa la pasión y respira hondo antes de ceder porque conoce el abismo. Ha estado ahí y decidió no volver jamás. Ahora quiere otra cosa. No solo sexo, no solo compañía, sino respeto, ¿verdad? Presencia real. Y si eso no llega, prefiere el silencio. Y cuando ese hombre encuentra a una mujer, una mujer real, consciente, completa, no la domina, la invita a caminar a su lado, nunca adelante, nunca detrás. Pero si ella vacila, él se va, no con rabia, con respeto, por ella y por sí mismo. Esa es la soberanía y se construye en el silencio de los días en que eliges quedarte solo en lugar de mendigar compañía, en los momentos en que eliges leer, construir, entrenar, respirar, en lugar de correr detrás de quien ya dejó claro que no te ve. La soberanía nace cuando te bastas a ti mismo y eso sí es  amor, no por ella, por ti.

No tienes que estar de acuerdo con todo lo que escuchaste. De hecho, sería extraño si lo estuvieras, porque si todavía amas con los ojos cerrados, si aún crees que la dulzura siempre es sincera, si todavía entregas tu alma como si fuera un regalo, entonces quizás sigues dentro de la ilusión. Y todo esto que leíste puede haberte parecido demasiado amargo, pero la verdad no pide permiso para ser digerida, solo necesita ser vista y una vez vista lo transforma todo. Schopenhauer no escribió para destruir el amor, escribió para destruir la mentira. Esa que nos hace confundir la sumisión con el romanticismo. Esa que nos enseña a arrodillarnos ante el afecto cuando deberíamos caminar a su lado. Esa que convierte a hombres increíbles en sombras de sí mismos. intentando agradar a quien nunca los vio por completo. La psicología moderna, con sus tablas y estudios, solo confirmó lo que él ya gritaba desde su ventana existencial. La mujer no es la villana, pero el hombre que duerme frente a ella es la víctima ideal. El amor solo vale la pena cuando puedes amar sin perderte, sin dejar de ser hombre, sin apagarte por un poco de cariño, sin confundir presencia con actuación. Poco a poco aprendes a amar con los ojos abiertos, a desear con lucidez, a ofrecer el corazón, pero con los pies en la tierra.

Y un día sin drama, sin dolor, sin lamento, simplemente sonreirás ante la belleza y seguirás tu camino, porque ya entendiste. Quiero contarte algo, algo personal. Hace años me arrodillé, no literalmente, sino por dentro. Me anulé, me silencié, me incliné ante un amor que parecía serlo todo. Hice de todo, aguanté de todo y lo peor, pensé que era algo hermoso. Creí que era maduro, creí que eso era amor. Pero cuando ella se fue, porque, claro, se fue, me di cuenta de que quien se había ido primero fui yo. Me fui apagando poco a poco y al final ni yo sabía quién era. Fue entonces cuando encontré a Schopenhauer y no, él no me hizo odiarla. Me hizo mirarme al espejo y darme cuenta de lo ingenuo que era, de cuánto necesitaba su aprobación, porque no había construido nada dentro de mí que me mantuviera en pie.

Ese dolor, esa soledad, ese vacío se convirtieron en suelo firme, se convirtieron en disciplina, se convirtieron en lucidez. Y hoy, si estoy aquí compartiendo estas ideas contigo, es porque sé, con cada célula de mi cuerpo, que tú también ya pasaste por esto, y, si no, lo pasarás. Pero ahora quizá estés más preparado.

Gracias por llegar hasta aquí. No escuchaste un video, atravesaste un espejo y espero que haya salido del otro lado más entero, más lúcido y mucho más peligroso. Ah, y si todo esto resonó contigo, haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado para entender cómo aplicar este método que transforma reactividad en autocontrol y caos interno en presencia firme. Si sobreviviste hasta aquí, felicidades. No todos tienen estómago o valor para enfrentar todo esto sin salir corriendo a ver un reality motivacional de pareja feliz al atardecer; pero, si sentiste que algo de aquí te tocó en un lugar donde nadie llega, entonces haz lo siguiente. Deja un comentario diciendo, "Vi el teatro. Solo quien entendió sabrá." Dale like al video porque el algoritmo todavía es un poco más tonto que la naturaleza femenina. y suscríbete al canal porque los próximos videos van a hacer que Schopenhauer parezca un romántico optimista y esos videos que están apareciendo en la pantalla, uno de ellos va a liberarte, el otro va a romperte de nuevo. Buena suerte eligiendo.

miércoles, 21 de enero de 2026

El infanticidio y destrozo a las mujeres caídas de Irlanda

 El cruel drama de las "mujeres caídas": cómo Irlanda destrozó la vida de más de 60.000 madres, en El Mundo, Andrés Seoane, 6 mayo 2025:

Auspiciada por el Estado y dirigida por la Iglesia, entre 1922 y 1998 existió una red de hogares para madres y bebés que provocó la muerte de más de 9.000 niños. Caelainn Hogan narra su terrible historia en ‘La república de la vergüenza y reclama justicia. "Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes". Hay sábanas con los nombres de los casi 800 niños muertos colgadas en las puertas de la fosa común de 796 bebés hallada en el antiguo Hogar para madres y bebés de Tuam, Galway.

El libro es La república de la vergüenza, por Caelainn Hogan. Traducción de Elena Pérez San Miguel. Errata Naturae. 328 páginas.

En 2014, Irlanda se vio sacudida por una noticia impactante. Según las investigaciones de la historiadora local Catherine Corless los cadáveres de casi 800 bebés y niños yacían en los terrenos del Hogar para Madres y Bebés Bon Secours de su pueblo, Tuam, ubicado en el condado de Galway al oeste del país y regentado entre 1925 y 1961 por las Hermanas del Buen Socorro. Corless descubrió cientos de certificados de defunción -las causas de muerte más comunes apuntadas eran debilidades congénitas, enfermedades infecciosas y desnutrición- pero ningún registro de entierro.

Ante el revuelo del caso, se abrió una investigación y entre 2016 y 2017 las excavaciones realizadas en una fosa común sin marcar, ubicada en la antigua fosa séptica del edificio, revelaron los restos de 796 individuos de edades comprendidas entre las 35 semanas de gestación y los tres años. La gravedad del horrible hallazgo llevó a la creación de una Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés que se propuso explorar y documentar el legado persistente de las instituciones religiosas en Irlanda.

Fue en ese 2017, con la polémica candente, cunado la periodista experta en conflictos, migración y marginación Caelainn Hogan (Dublín, 1988), regresó a su Dublín natal tras varios años trabajando en países como Nigeria, Sudáfrica, Estados Unidos, Siria o España -donde escribió reportajes sobre el movimiento antidesahucios y las protestas de los indignados-. "Ese año ocurrieron en Irlanda muchas cosas que generaron un profundo debate social sobre el embarazo y los derechos reproductivos, las personas separadas de sus hijos y el trato que la Iglesia y el Estado habían dado a las mujeres embarazadas y sus bebés. Muchos supervivientes comenzaron a la voz y a contar sus terribles historias, y al empezar a hablar con ellas me di cuenta de que era un problema persistente, que no era algo del pasado o de la historia, sino que afectaba a miles de vidas hoy en día".

De todas esas conversaciones, reportajes e investigaciones nació el espeluznante y conmovedor ensayo La república de la vergüenza (Errata Naturae), que recoge muchos de estos testimonios y glosa el funcionamiento de esta red de instituciones, regentadas por la Iglesia pero apoyadas y sufragadas por el Estado, para ocultar, castigar y explotar a las llamadas "mujeres caídas o descarriadas". Narrado en primera persona, Hogan, hija de padres que nunca se casaron, comprobó con espanto que ella misma y su madre podían haber acabado en un lugar así.

"No hablé con nadie en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones. Nací en 1988, y sólo un año después de que el estado cambiara la ley de ilegitimidad (Legitimacy of Children Act) [hasta 1987 los hijos nacidos fuera del matrimonio tenían en Irlanda un estatus legal inferior], así que si hubiera nacido solo unos meses antes... Al hablar con supervivientes descubrí que muchas mujeres y niñas todavía eran enviadas a estos hogares para madres y bebés en mi época, y que el último, en Donegal, dirigido por laicos, pero con una fuerte influencia de la Iglesia, no cerró hasta 2006", explica. "También descubrí que era algo mucho más común de lo que parece, no hablé con ninguna persona en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones".

Las popularmente conocidas como lavanderías de la Magdalena nacieron en el siglo XVIII para ayudar a mujeres que habían caído en la prostitución, a las que buscaban trabajo como lavanderas o sirvientas, pero en el siglo XX sus prácticas habían cambiado mucho. Regentadas por órdenes de monjas como las Hermanas del Buen Socorro, de la Misericordia, del Sagrado Corazón o las Hijas de la Caridad, estas instituciones repartidas por todo el país se convirtieron en lugares donde niñas y mujeres, llamadas "penitentes" eran encarceladas y condenadas a la servidumbre. Y en los hogares maternales, las mujeres que habían quedado embarazadas fuera del matrimonio eran ocultadas, y en la mayoría de los casos sus bebés eran adoptados, muchas veces ilegalmente.

Miedo, culpa y vergüenza

"En los años 90, mucha gente comenzó a hablar sobre lo que les había sucedido en estas instituciones religiosas y eso erosionó la autoridad y el poder casi omnipotente que la Iglesia había tenido en el país. Se comenzaron a investigar cosas como y el abuso infantil sistémico en escuelas y reformatorios y también los casos de las lavanderías de la Magdalena y los hogares para madres y bebé, descubriendo poco a poco la trama de encarcelamientos, trabajos forzados, abusos sexuales, maltratos físicos, negligencias médicas", explica la autora. El libro relata muchas experiencias escalofriantes de estas "penitentes", algunas enviadas allí por sus propias familias, otras convencidas por monjas y sacerdotes, algunas embarazadas a raíz de violaciones dentro o fuera del hogar familiar...

"Se las obligaba a trabajar gratis y se les negaba cualquier contacto con sus hijos, incluso información. A veces, pasaban toda su vida en estas instituciones hasta su muerte, y muchas llegaron a tomar los votos para mejorar algo su vida. Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes", resume Hogan para quien lo peor de todo era el estigma, "la culpa, el miedo y la vergüenza" que las religiosas inculcaban en las mujeres. "Los embarazos eran tratados como delitos, así que ellas eran tratadas como delincuentes y se hablaba en términos penales de sus embarazos y sus hijos. Lejos de ser refugios u hogares, eran prisiones reales y morales que causaron un daño inconmensurable a generaciones enteras". "Muchas madres vivieron toda su vida en silencio. Lo peor es la sensación de vergüenza, miedo y culpa que se les inculcó"

Y, todo ello ocurrió, como destaca Hogan, con la connivencia del Estado. "Aunque estos centros ya existían, desde 1922 [año de la independencia de Irlanda] fue muy útil para el Estado poder recluir a mujeres y niños en estas instituciones y ceder ese poder a la Iglesia en lugar de tener que mantener a estas familias que consideraban inferiores e inmorales. Hasta los años 70 no existía ningún tipo de apoyo o ayuda social para las madres solteras porque el Estado no las consideraban familias ante la ley y no querían apoyarlas", denuncia Hogan.

"Por eso, estaban felices de enviarlas a instituciones, de pagar su internamiento a las monjas y hacer desaparecer lo que consideraban un problema, la prueba de la sexualidad extramatrimonial, algo que la Iglesia y el Estado afirmaban que no debía existir. Irlanda era una teocracia de facto y en este ideal de nación católica perfecta las mujeres y niñas embarazadas, eran un desafío literalmente físico. Y fueron tratadas como una amenaza y desaparecieron a través de estas instituciones".

El último hogar de este tipo cerró sus puertas en 1998, sin embargo, la sombra de estos lugares sigue muy viva en la memoria irlandesa, donde si bien sigue existiendo una enorme influencia de la Iglesia, la conservadora, restrictiva y patriarcal moral social que permitió la normalización y larga supervivencia de estas instituciones está en extinción, como apunta Hogan con un ejemplo.

"En 2018, el año de la visita del Papa, aprobamos un referéndum a favor del derecho al aborto y de la derogación de la prohibición constitucional del aborto", explica. "Durante la misa papal charlé con varias mujeres de fe para quienes ver al Papa significaba mucho. Pero también habían votado a favor de la derogación de la prohibición del aborto y eran proelección. Y no son casos aislados. La Iglesia debe lidiar con que mucha gente en sus filas cree en una mayor igualdad y libertad de la que ellos ofrecen actualmente".

En busca de justicia

En 2021 se publicó, tras varios retrasos, el informe de la Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés, y los datos fueron demoledores. Casi 60.000 madres solteras y unos 57.000 niños, de los cuales más de 9.000 murieron, pasaron por los hogares investigados por la comisión en esos más de 70 años, la mayoría entre las décadas del 60 y 70. Se sucedieron las disculpas públicas, del Taoiseach Micheál Martin al propio Papa Francisco, pero, como denuncia Hogan, los resultados han sido más bien escasos.

"El Estado está dilatando y restringiendo las indemnizaciones, pero si los afectados mueren sus familias seguirán reclamando justicia". "En cuanto a la Iglesia, las órdenes religiosas implicadas se han negado, en su mayoría, a ofrecer compensación económica a las víctimas e incluso a ofrecer información a muchos supervivientes sobre sus hijos o mares, lo que es terrible", lamenta. "En Bessborough, hogar ubicado en Cork, sabemos hoy que murieron más de 900 niños, pero aún desconocemos dónde están enterrados más de 800".

Sin embargo, la periodista considera todavía más mezquina la actitud del Gobierno irlandés. "Se aprobó un plan de reparaciones del que, de golpe, se excluyó a unos 20.000 supervivientes de forma arbitraria, con excusas tan peregrinas como que no habían pasado más de seis meses en estos hogares. Además, de los 800 millones de euros previstos, hasta ahora sólo se han gastado 55", denuncia.

También, abunda, se les niega a muchos su identidad real, prohibiéndoles acceder a sus historiales médicos y partidas de nacimientos, incluso amparándose en las leyes de protección de datos de la Unión Europea. "Todas las promesas comienzan a parecer pura palabrería. La mayoría de esta gente sólo quiere respuestas, saber donde está enterrado su bebé o su madre. El Estado está dilatando, negando y restringiendo las indemnizaciones, pero no entienden que si los afectados mueren sus familias continuarán reclamando justicia. El silencio se ha roto y la verdad, al final, triunfará", concluye.

El franquista Patronato de Protección a la Mujer

 Celda, oración y castigo: la oscura máquina de represión sexual y moral de la mujer en el franquismo, en El Mundo, Irene Merayo Alba, 21 enero 2026: 

El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución clave del franquismo dedicada a vigilar, internar y corregir a quienes se apartaban del ideal femenino del nacionalcatolicismo, cuenta Carmen Guillén en el libro 'Redimir y adoctrinar'. Celda, oración y castigo: la oscura máquina de represión sexual y moral de la mujer en el franquismo

La historia es un relato de silencios: casi tanto importa lo contado como aquello que permanece en la sombra. El recién terminado 2025 marcó 40 años -que no son tantos- desde el cierre de una de las instituciones más oscuras y desconocidas del franquismo, tan arraigada que sobrevivió incluso al régimen: el Patronato de Protección a la Mujer. Sin embargo, el desaparecido organismo no está en el imaginario colectivo de la mayoría de los españoles.

El Patronato fue concebido como un organismo de control moral femenino, basado en un sistema carcelario, trabajos forzados, oración, disciplina y castigo, legitimado por el nacionalcatolicismo, con esa alianza entre Iglesia y Estado. A pesar de que la institución existía desde tiempos previos -durante la II República operaba con fines más laicos-, fue el régimen franquista el que le dio esta finalidad en 1941 y hasta 1985, cuando experimentó un final paulatino ya bien entrada la democracia, regulado por una legislación entonces obsoleta, de 1952.

La historiadora Carmen Guillén (Mazarrón, 1988) realiza un brillante trabajo en Redimir y adoctrinar (Crítica), un libro que nace a partir de su tesis doctoral y que, por primera vez, arroja luz a una institución durante décadas casi desconocida a diferencia de otras similares como la Sección Femenina (activa de 1934 a 1977) o Auxilio Social (1936 a 1976). Estas fueron disueltas al poco tiempo de llegar la democracia y no tuvieron un papel tan relevante como el Patronato en la represión sexual de la mujer de la época.

La institución, presidida de manera honorífica por Carmen Polo, esposa de Franco, se convirtió rápidamente en un elemento clave del sistema represivo del régimen. En un inicio, se concibió con el objetivo específico de "redimir" a la prostituta, por considerarse la antítesis de la "mujer ideal" que promovía el franquismo. Sin embargo, la moral imperante pronto decidió extender estos castigos, disfrazados de asistencia social, a toda aquella que no encajase en el paradigma establecido, pasando a marcar a todas ellas con la etiqueta de "mujeres caídas" y con el peligro adicional de que su principal objetivo eran las menores de edad, llegando a causar daños irreversibles en su desarrollo ya no solo como mujeres sino como personas.

Aunque, como se dice, el Patronato se justificó oficialmente como una respuesta a la prostitución, su radio de acción fue, en la práctica, mucho más amplio. Por la falta de documentación clara, se desconoce el número exacto de víctimas -Guillén estima que serían varias decenas de miles-, pero la autora subraya que el porcentaje de mujeres internadas por ejercer la prostitución fue mínimo.

La mera sospecha de que una mujer no se ajustase al modelo femenino dominante -ser joven, pobre, rebelde, soltera, miembro del colectivo LGTBI o simplemente vulnerable- podía bastar para activar los mecanismos de control. La institución funcionó así como una red de vigilancia moral desplegada sobre el conjunto de la población femenina por todo el territorio. El discurso oficial fue que el objetivo fundamental que se perseguía era redimir a la "mujer caída" y ayudar a la que está en peligro de caer, siempre bajo criterios arbitrarios.

El proceso de ingreso no requería una intervención judicial. Las denuncias procedían con frecuencia del entorno más cercano: familiares, vecinos... "La sociedad española se convirtió de alguna forma en el mejor aliado del Patronato", afirma Guillén. El régimen logró que todos interiorizasen de tal manera el discurso sobre los roles de género que el control dejó de ser exclusivamente institucional para convertirse en una práctica social compartida. La vergüenza, el miedo y el estigma actuaban como mecanismos disciplinarios tan eficaces como el resto de castigos formales.

Una vez dentro, la vida cotidiana en los centros del Patronato -a menudo propiedades de congregaciones religiosas, a modo de reformatorios encubiertos- estaba marcada por la disciplina, el trabajo forzado y el adoctrinamiento religioso. Lejos de cualquier finalidad asistencial, la institución funcionaba como un sistema de reeducación moral. "Fundamentalmente lo que se quería era adoctrinar a la población femenina, anestesiar su capacidad de pensamiento crítico", explica Guillén. La mujer era concebida como una pieza clave en la transmisión de los valores del régimen: responsable del hogar, de la familia y de la educación de los hijos, su desviación suponía una amenaza para el orden franquista y su adecuación al régimen era de un valor incalculable, puesto que crearía hijos igualmente adeptos.

En Redimir y adoctrinar, Carmen Guillén describe con detalle un sistema de castigos que no respondía a faltas concretas, sino a una lógica disciplinaria permanente. Las sanciones incluían el aislamiento en celdas, la retirada de correspondencia, la prohibición de visitas, la humillación pública o los traslados forzosos entre centros de provincias lejanas, una de las prácticas más temidas. El castigo no tenía tanto una función correctiva como ejemplarizante: generar miedo, obediencia y, sobre todo, sumisión.

El control se extendía también al cuerpo y a la maternidad. Aunque buena parte de estos episodios siguen siendo difíciles de documentar por el cierre de archivos, el libro recoge testimonios que apuntan a separaciones forzosas de madres e hijos, embarazos vividos bajo una vigilancia extrema y una gestión de la maternidad atravesada por la culpa y el castigo. En junio del año pasado tuvo lugar un acto simbólico por parte de la Iglesia para con las supervivientes -como prefieren ser llamadas-, en el que "no se les permitió hablar de bebés robados, de daños físicos o de suicidios", denuncia Guillén, subrayando que incluso hoy sigue existiendo resistencia a nombrar todas las violencias ejercidas dentro de estas instituciones.

El control se ejercía a través de una estructura jerárquica perfectamente organizada, con una junta central en Madrid, juntas provinciales y locales, y una amplia red de personal femenino. Las congregaciones religiosas asumieron un papel central en el funcionamiento diario de los centros. "Sin ellas el Patronato no sería nada", afirma la historiadora. Eran las encargadas del adoctrinamiento cotidiano -oración, los llamados ejercicios espirituales, asistencia a misa-, de la evaluación de las internas y de decidir cuándo podían abandonar la institución.

Durante décadas, el Patronato de Protección a la Mujer ha permanecido fuera del relato dominante sobre la represión franquista. A diferencia de otras formas de violencia más visibles -fusilamientos, cárcel, exilio o depuración administrativa-, la represión moral y sexual ejercida sobre las mujeres no encontró un lugar claro en la memoria colectiva ni en la historiografía: "Dentro de la narrativa creada no está esta represión, porque se ejerció principalmente hacia el colectivo femenino", explica la autora, pues además el franquismo jamás contó con ningún tipo de institución que controlase la moral de los hombres.

Esta invisibilidad no fue casual, sino que tuvo varias causas. Por un lado, estuvo condicionada por la naturaleza misma de la violencia ejercida: cotidiana, íntima, silenciosa, más lejos del espacio público. Por otro, por la enorme dificultad para acceder a las fuentes. Buena parte de la documentación del Patronato desapareció o quedó fragmentada. "Hace una década, cuando empecé a trabajar sobre el tema, me dijeron que se habían conservado 1.133 cajas de documentación, pero que tras una inundación en los años 90 solo quedaban 31", explica la historiadora. A ello se suma la dificultad de acceder a archivos por la legislación vigente: la Ley de Protección de Datos y los plazos de acceso establecidos por la Ley de Memoria Histórica impiden todavía consultar una parte sustancial del material, especialmente la correspondiente a los últimos años en que la institución estuvo en activo.

Las vías de salida del Patronato eran tan restrictivas como el propio sistema. Oficialmente, solo existían dos: el matrimonio o la vida religiosa. Algunas mujeres eran colocadas como trabajadoras domésticas en hogares considerados "adecuados", de familias "de bien". En la práctica, la fuga fue una de las formas más habituales de abandonar los centros, e incluso muchas internas llegaron a quitarse la vida ante la desesperación. Los criterios para decidir quién estaba preparada para salir eran, como reconoce Guillén, "tremendamente ambiguos", al depender de nuevo de juicios morales subjetivos.

Es evidente que el dolor no terminaba al cruzar la puerta. El paso por el Patronato dejaba una marca imborrable. "No es solo un daño puntual, sino que es transversal a toda una vida", explica la historiadora. Muchas supervivientes relatan haber sufrido durante décadas ansiedad, miedo, estrés postraumático y un profundo sentimiento de estigmatización. A ello se sumaba el silencio: durante años, muchas no contaron su experiencia ni siquiera a sus familias. La vergüenza y el tabú sellaron ese mutismo colectivo y una autocensura femenina que sobrevive, aunque diferente, décadas después.

La herencia incómoda

Uno de los aspectos más perturbadores que revela Redimir y adoctrinar es la continuidad del Patronato más allá de la muerte de Franco. Lejos de desaparecer con el fin del régimen, la institución siguió funcionando durante años en un contexto ya democrático, amparada por una legislación heredada y por la inercia administrativa. "No hubo una ruptura clara", explica Guillén, sino un desmantelamiento lento y silencioso que permitió que muchas de estas prácticas se prolongaran bien entrada la Transición, hasta 1985.

La ausencia de una depuración institucional y la falta de reconocimiento de las víctimas contribuyeron a reforzar el silencio. Durante décadas, el Patronato quedó fuera del debate público y de las políticas de memoria, lo que explica en parte por qué se prolongó tanto y por qué su historia sigue siendo hoy tan desconocida. No fue solo una cuestión de olvido, sino también de incomodidad: asumir lo ocurrido implica reconocer que la violencia moral contra las mujeres no terminó con la muerte del dictador.

En tiempos polarizados en que, frente a los avances en igualdad, algunas mujeres jóvenes llegan a romantizar modelos de feminidad conservadora como el de las tradwives, Guillén concibe su libro como una advertencia y una herramienta para pensar el presente y recordar hasta qué punto estos ideales de mujer "correcta", obediente y sacrificada no son naturales o biológicos, sino construcciones históricas que, cuando se institucionalizan, generan pequeñas violencias en el día a día actual.

El pasado año el Gobierno de España reconoció a la primera víctima del Patronato, Eva García de la Torre, y con ella muchas otras mujeres han comenzado a contar públicamente su experiencia en los últimos años. Tras más de una década de trabajo, la historiadora habla de un "momento dulce": un tiempo en el que, por primera vez, existe investigación y, sobre todo, una atención social creciente hacia una historia que permaneció enterrada.

Actualmente hay un movimiento colaborativo en el proceso de recuperación de la memoria del Patronato. "Ahora somos más de 30 o 40 investigadoras trabajando sobre la institución", señala Guillén. Todas ellas, mujeres.

Ese impulso no responde solo a una deuda con el pasado, sino a una necesidad contemporánea. "Conocer de dónde vienen estos discursos es el primer paso para poder eliminarlos y garantizar que no se repitan", afirma Guillén. Mirar de frente al Patronato es un ejercicio de memoria histórica, pero también una forma de entender cómo ciertas ideas sobre la culpa, la maternidad o el lugar de la mujer siguen pesando, todavía hoy, sobre los hombros de varias generaciones.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Preguntas que las mujeres evaden con mentiras.

Según una psicóloga. Preguntas que una mujer nunca contestará con la verdad.

¿Cuántos hombres has tenido?
¿Sientes atracción por tus amigos hombres?
¿Eres realmente feliz conmigo?
¿Alguna vez has sido infiel emocionalmente?
¿Todavía sientes algo por tu ex?

Lo que hay que hacer es creer en sus acciones y no en sus palabras. Y cuanto más tranquilo eres, mayor será su sinceridad.

Señales que hay que descifrar cuando una mujer desea a un hombre

 7 Palabras Que Ella Dice Cuando Está Deseándote (Pero las Disfraza) 

Marian Rojas Estapé. [Transcripción de vídeo de YouTube]

Índice:

El lenguaje emocional oculto  e indirecto de las mujeres.

Palabra #1: Cuando disfraza el deseo con cortesía.

Palabra #2: El poder de la insinuación silenciosa.

Palabra #3: Cuando dice “no sé”, pero quiere algo más.

Palabra #4 y #5: Lo que realmente significan sus silencios.

Palabra #6 y #7: El lenguaje del afecto y el deseo.

Conclusión y reflexión final.

[...]

Te prometo que cuando termines de escuchar este vídeo vas a empezar a ver patrones que antes eran invisibles para ti. Vas a reconocer momentos del pasado y vas a pensar, "Dios mío, ¿cómo no me di cuenta en ese momento?" Pero lo más importante es que vas a poder reconocer estas señales en tiempo real, en tus interacciones presentes y futuras, y eso puede cambiar completamente la calidad de tus relaciones. 

Empecemos con una de las frases más sutiles, pero más reveladoras. Cuando una mujer te dice: "Qué interesante eso que haces", especialmente cuando se refiere a tu trabajo, tu pasión, tu proyecto personal, no estás simplemente haciendo conversación educada. Lo que está sucediendo a nivel neurológico es fascinante. Su cerebro está activando lo que llamamos el sistema de apego y el sistema de admiración, dos circuitos neuronales que son fundamentales en la formación de vínculos románticos profundos. Verás, para el cerebro femenino la admiración es un precursor poderoso del deseo. No estamos hablando de admiración superficial, estamos hablando de un reconocimiento genuino de tu valor como persona, de lo que aportas al mundo, de tu propósito. Y esto activa en su cerebro una cascada de neurotransmisores, particularmente dopamina y oxitocina, que son las sustancias químicas del vínculo y la atracción. Pero aquí está el matiz importante que no puedes perderte. No es solo que diga que algo es interesante, es como lo dice, es el contexto en el que lo dice, es si hace preguntas adicionales, si genuinamente quiere saber más, si sus ojos se iluminan cuando hablas de ello. Una cosa es decir por cortesía, "Ah, qué interesante" y cambiar de tema inmediatamente. Otra muy distinta es cuando ella profundiza, cuando quiere saber los detalles, cuando te hace preguntas que demuestran que realmente está prestando atención y que tu mundo interior le importa. Recuerdo a un paciente que vino a mi consulta absolutamente confundido, porque una colega de trabajo con la que había desarrollado una amistad de repente había dejado de hablarle. Él insistía en que solo eran amigos, que nunca había habido nada romántico. Pero cuando me contó sus interacciones, resulta que esta mujer constantemente le preguntaba sobre su trabajo como arquitecto. Quería saber sobre sus proyectos. Le pedía que le explicara conceptos técnicos. Se quedaba después de las reuniones para seguir conversando sobre sus ideas y él, completamente ciego a las señales, la trataba exactamente igual que a cualquier otro compañero de trabajo. Cuando finalmente ella conoció a alguien más y empezó una relación, dejó de buscar conversaciones con mi paciente y él sintió la pérdida, pero no entendía por qué. Le dolía perder esa conexión, pero no se daba cuenta de que lo que ella había estado buscando todo ese tiempo era algo más profundo y sus palabras de admiración por su trabajo eran en realidad una invitación a que él viera el interés romántico que había detrás.

Palabra #2: El poder de la insinuación silenciosa 

El cerebro femenino usa la admiración como una puerta de entrada al deseo porque es seguro, porque no la expone demasiado, porque si tú no correspondes, ella puede retroceder fácilmente sin haber arriesgado demasiado su dignidad. Es una forma inteligente, sofisticada de testear el terreno. Y si tú respondes bien, si tú también muestras interés en su mundo, en lo que ella hace y le apasiona, entonces esa puerta se abre más y más. Esta frase es absolutamente reveladora y la mayoría de los hombres la pasan por alto por completo. Cuando una mujer dice, "Deberíamos hacer esto más seguido después de pasar tiempo contigo", lo que su cerebro está comunicando es, "Estoy cómoda contigo. Disfruto tu compañía y quiero que esto que estamos compartiendo ahora mismo eh no sea un evento aislado, sino el comienzo de un patrón. Déjame explicarte la neurociencia detrás de esto. El cerebro humano y especialmente el cerebro femenino en el contexto de las relaciones está constantemente evaluando patrones y posibilidades futuras. No vive solo en el presente, vive en la proyección. Y cuando una mujer disfruta genuinamente de un momento contigo y su cerebro decide que esto es algo valioso, algo que quiere repetir, esa frase aparece de manera casi automática. Pero aquí está lo crucial. Ella no te está diciendo directamente, "Me gustas y quiero verte más". Está usando lo que llamamos una invitación indirecta. Está creando una apertura para que tú, si estás interesado, tomes la iniciativa de concretar ese más seguido. Y esto es importantísimo entenderlo porque si tú simplemente respondes, "Sí, totalmente", pero luego no haces nada al respecto, si no propones un plan concreto, si dejas que pasen semanas sin volver a conectar, su cerebro interpreta eso como falta de interés de tu parte." Y ahí es donde se produce uno de los malentendidos más dolorosos en las relaciones modernas.

Ella pensó que estaba siendo clara, queestaba abriendo una puerta, que te estaba dando luz verde. Tú pensaste que simplemente estaba siendo amable al estar de acuerdo. Y el resultado es que ambos terminan frustrados, ella sintiéndose rechazada y tú, sin entender que salió mal. He tenido mujeres en mi consulta que me dicen con lágrimas en los ojos. Le dije que deberíamos vernos más. Fui tan clara como pude ser, sin parecer desesperada. Y él no hizo nada. No me volvió a buscar. Obviamente no le interesaba. Y he tenido hombres que me dicen, "Pensé que solo estaba siendo educada. No quería incomodarla siendo intenso o pareciendo que malinterpretaba las cosas." Esto es lo que necesitas grabar en tu cerebro. Cuando una mujer sugiere repetir una experiencia contigo, cuando verbaliza el deseo de que algo se convierta en un patrón, no está siendo educada, está siendo valiente, está arriesgándose a comunicarte de la forma más segura que su cerebro le permite, que tú le importas, que disfruta de ti, que quiere más. Y tu respuesta a esa invitación debe ser igualmente clara, no con palabras vacías, sino con acciones concretas. Esta es una de las señales más profundas y significativas y también una de las más ignoradas por los hombres que no entienden cómo funciona la intimidad emocional en el cerebro femenino. 

 Palabra #3: Cuando dice “no sé”, pero quiere algo más

Cuando una mujer te dice que nunca había compartido algo contigo, que no suele hablar de cierto tema, que eres de las pocas personas con las que se siente cómoda siendo vulnerable, eh, lo que está sucediendo es absolutamente extraordinario desde el punto de vista neurológico. El cerebro tiene un sistema de evaluación de seguridad que está constantemente activo, particularmente en las mujeres que evolutivamente han tenido que ser más cautelosas con quien confían debido a factores de supervivencia y reproducción. Este sistema que involucra la amígdala y el córtex prefrontal está siempre preguntándose, ¿es seguro abrirme con esta persona? ¿Puedo confiar en que no van a usar mi vulnerabilidad en mi contra? ¿Esta persona va a respetar lo que comparto? Cuando ese sistema de seguridad determina que sí, que eres confiable, que eres diferente, que con contigo ella puede bajar sus defensas, se produce una liberación de oxitocina, la hormona del vínculo, y se establece lo que llamamos intimidad emocional. Y aquí está el punto crucial que muchos hombres no entienden. Para las mujeres, la intimidad emocional es el camino más directo hacia el deseo físico. No funciona al revés, como muchas veces sucede en los hombres, donde el deseo físico puede llevar a la intimidad emocional.

Palabra #4 y #5: Lo que realmente significan sus silencios

En las mujeres, el cerebro necesita sentirse emocionalmente seguro y conectado para que el deseo físico florezca completamente. Entonces, cuando ella te dice, "Nunca había hablado de esto con nadie", no está simplemente compartiendo un dato. Te está diciendo: "Tú eres especial para mí. Has conseguido acceder a una parte de mí que está cerrada para el resto del mundo. Confío en ti de una manera que no confío en otros." Y eso, neurológicamente hablando, es el fundamento sobre el cual se construye el deseo profundo y duradero. Tuve una paciente que me contó una historia desgarradora. Ella había compartido con un hombre que le interesaba un momento muy doloroso de su pasado, algo que raramente hablaba porque era muy personal y vulnerable. Ella pensó que él entendería la magnitud de lo que estaba haciendo, la confianza que estaba depositando en él, pero él simplemente dijo, "Gracias por compartir eso." Y cambió de tema incómodo con la profundidad emocional del momento. Ella se sintió expuesta, rechazada en su vulnerabilidad y se cerró por completo. Lo que podría haber sido el comienzo de una conexión profunda se convirtió en el final de cualquier posibilidad romántica. Cuando una mujer se abre contigo de esta manera, necesitas entender el regalo que te está dando. Necesitas honrar esa confianza no solo con palabras, sino con tu presencia, con tu atención plena, con tu reciprocidad. Porque si tú también te abres, si tú también compartes algo vulnerable, lo que sucede es que se crea un bucle de intimidad creciente que es la base de las relaciones más significativas y apasionadas. El humor es una de las herramientas más poderosas de conexión humana y el cerebro femenino es particularmente sensible a esto. Cuando una mujer te dice que la haces reír de una manera especial, que tu sentido del humor es diferente, que contigo se ríe de verdad, lo que está comunicando va mucho más allá de un simple cumplido sobre tus chistes. Déjame explicarte qué sucede en el cerebro cuando reímos. La risa activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, endorfinas y creando una sensación de placer y bienestar. Pero aquí está lo fascinante. Cuando esa risa es provocada por alguien específico, el cerebro empieza a asociar a esa persona con esas sensaciones positivas. Es condicionamiento clásico aplicado a las relaciones humanas. Cada vez que ella se ríe contigo, su cerebro está literalmente programándose para sentirse bien en tu presencia. Pero hay algo aún más profundo sucediendo. El humor compartido,  especialmente el humor que surge de referencias internas de historias que solo ustedes dos entienden, crea lo que llamamos un mundo relacional privado. Es como un lenguaje secreto que solo ustedes hablan y eso genera un sentido de conexión única, de ser un equipo, de estar en el mismo lado mirando al mundo juntos. Cuando una mujer verbaliza que tú la haces reír como nadie más, lo que está diciendo es, "Tú entiendes algo sobre mí que otros no entienden. Tú tocas una parte de mí, mi lado lúdico, mi niña interior, mi capacidad de no tomarme tan en serio de una manera que es única." 

Palabra #6 y #7: El lenguaje del afecto y el deseo

Y eso para el cerebro femenino es increíblemente atractivo porque sugiere compatibilidad profunda, sugiere que la vida contigo sería más ligera, más disfrutable, más viva. He visto esto una y otra vez en parejas exitosas. No son necesariamente las parejas más lógicas sobre el papel, no son las que tienen más en común en términos de hobbies o backgrounds. Son las parejas que tienen esa química del humor, que se hacen reír mutuamente, que encuentran diversión en la cotidianidad.

Y cuando estás en esas primeras etapas de conocer a alguien y ella te dice esto, es una señal clara de que hay una conexión real, de que su cerebro te está categorizando como alguien especial.

Pero ojo, y esto es importante, no estamos hablando de ser un payaso, no estamos hablando de estar constantemente tratando de hacerla reír como si fuera tu trabajo. Estamos hablando de un humor auténtico, de momentos genuinos, de risa compartida, de esa sensación de que juntos ven el mundo de una manera similar y pueden encontrar alegría en las pequeñas cosas. Esta frase es absolutamente reveladora sobre el estado neurológico de atracción. Cuando una mujer dice que contigo el tiempo pasa volando, que no se da cuenta de las horas, que siempre se sorprende cuando ve qué tarde es, lo que está describiendo es un estado de flujo social, un estado de absorción total en la interacción contigo. El  cerebro tiene una estructura llamada el reloj interno, que está regulado por el núcleo supraquasmático y otras regiones que nos mantienen conscientes del paso del tiempo. Pero cuando estamos profundamente absortos en algo, cuando estamos experimentando lo que los psicólogos llamamos flow o flujo, ese sentido del tiempo se distorsiona. Las horas pasan como minutos, nos olvidamos de comer, de revisar el teléfono, de todo lo demás que usualmente nos interrumpe. Esto solo sucede cuando el cerebro está completamente comprometido, completamente presente, completamente disfrutando de la experiencia. Y en el contexto de una interacción social, esto es una señal inequívoca de conexión profunda. 

Conclusión y reflexión final

Su cerebro está tan estimulado por tu presencia, tan gratificado por la conversación, tan enganchado en la dinámica entre ustedes, que literalmente pierde la noción del tiempo. Contrasta esto con las interacciones que sentimos que se arrastran, donde constantemente estamos mirando el reloj, donde 5 minutos parecen horas. Esas son interacciones donde el cerebro no está comprometido, donde hay incomodidad, aburrimiento o simplemente falta de química. Pero cuando ella verbaliza que contigo el tiempo vuela, te está diciendo: "Mi cerebro está feliz aquí."

sábado, 11 de octubre de 2025

Vida en un colegio mayor femenino

 I 

 Mi vida en un colegio mayor femenino y religioso: "Ya me relaciono con chicos en clase o saliendo de fiesta. Me parece más natural", en El Mundo, por Charo Lagares, 11 octubre 2025:

Han dejado sus casas y la minoría de edad. Aquí son nuevos hasta los acentos. En un colegio mayor femenino y religioso, la vida universitaria galvaniza su sentido: las estudiantes, de Palma de Mallorca a Buenos Aires, buscan la semilla de la curiosidad. En el camino encuentran una familia. Y, por norma, a sí mismas.

Algunas noches, los pasillos del Colegio Mayor Roncalli, femenino y religioso, se convierten en mosaicos. Las estudiantes imprimen fotografías y las colocan con cuidado, sin hacer ruido, sobre la madera. Toda tradición implica previsión, pero cada 12 meses se reproduce la sorpresa: tras la puerta de las fotografías convertidas en teselas biográficas está a punto de celebrarse un cumpleaños. Sus amigas se han ocupado de recolectar y componer lo que la generación a la que pertenecen debería disfrazarlas de alienígenas: un álbum físico.

Las imágenes reúnen migajas de los últimos años. Las de tercer curso han cumplido 20 y llegaron a la verja del colegio mayor aún trastabillando desde los 17, los resultados de la prueba de acceso a la universidad todavía frescos en las notificaciones, las consecuencias del mejor verano de sus vidas aún en las puntas del pelo quemado. Entre ellas, cuentan, se ha urdido una nueva red de apegos que las ubica entre la familia y la amistad. Frente a ellas desayunan, con ellas charlotean en el salón después de la cena, bajo el mismo techo duermen y aprenden a ajustar la rueca de la lavadora, junto al caballo de la otra se les aran los muslos de agujetas. Se hacen adultas con ellas.

Todas buscan lo mismo que perseguía María de Maeztu cuando en 1915 fundó la Residencia de Señoritas. Persiguen, cuenta Alejandra, de 21 años, nacida en Ciudad Real, aprender. "Mis tíos vinieron todos a colegios mayores y me lo recomendaron por las experiencias que vivieron. Me decían que lo bueno de un colegio mayor, aparte de tener la oportunidad de vivir en Madrid porque estudias aquí, es todo lo que te ofrece: las actividades, las relaciones que generas y la oportunidad de poder aprender. Se ofrecen muchas propuestas que igual en una residencia, que es más sólo para vivir, no. Y seguir aprendiendo fuera de la familia me parecía muy interesante".

A Ana, mallorquina al borde de la mayoría de edad y con el grado de Farmacia recién estrenado, le interesaba dar con un sitio en el que "hubiese más niñas que estuvieran pasando por la misma etapa que yo. Niñas que estuviesen en la universidad, que tuviesen más o menos mi edad y un poco mi estilo. Además de que, bueno, el ambiente femenino yo personalmente es en el que me siento más cómoda".

Orden y cobijo

Como en la residencia por la que pasó Elena Fortún o en la que impartió clase María Zambrano, tras las puertas del Roncalli sólo se admiten mujeres. A alguna la posibilidad de no tener que cruzarse con un chico a las siete de la mañana mientras va a desayunar con el pelo pugnando por transmutar en nido de cigüeña le supone un alivio. "Simplemente creo que voy a estar más cómoda", coinciden Alejandra y Virginia, ambas en último curso. "Hay otros momentos en los que puedes estar con chicos y creo que esto también te da una oportunidad para generar unas relaciones más fuertes entre compañeras. También pienso que cuando estás con chicos te puedes distraer con otras cosas. Hay más cotilleos. En los colegios mixtos pasan muchas cosas y aquí está bien aprender a dejar eso en otros aspectos de tu vida y centrarte en una convivencia más natural, donde puedas ser un poco tú misma. Aquí se genera un ambiente de confianza y a mí me parece un requisito superimportante para el sitio en el que vas a vivir y vas a pasar mucho tiempo".

"Nosotras somos tres hermanas y estoy acostumbrada a convivir con ellas. De hecho, hemos estado aquí las tres. Es tanta la convivencia que muchas amigas de aquí son como hermanas. Si estás mal, a quien recurres al final es a tus amigas del cole mayor. Ya me relaciono con chicos en clase, tomando algo o saliendo de fiesta. Me parece más natural". Ellos, por supuesto, pueden acceder a las instalaciones del colegio. En la pista de pádel, dos chicos juegan con dos colegialas. Hasta las 11 de la noche, el peloteo puede continuar. Después, cada mochuelo volará a su olivo.

Las benjaminas, Ana y Patricia, han llegado al salón de piedra del Roncalli también por recomendación familiar. Sus hermanas mayores inauguraron su vida universitaria tras las mismas paredes. Algunas aún lo hacen. Las ramas de una misma familia se enlazan en las casi 200 habitaciones que forman el edificio. Pero con sus colegialas de referencia no comparten apellido. Al aterrizar en Madrid, a cada estudiante se le asigna una madrina, otra residente con un par de años de experiencia como ventaja y estudios universitarios similares. A ella podrá recurrir si se atraganta con un proceso de solicitud de la facultad, si se le han extraviado unos manuales o si la nostalgia le está aguando los apuntes.

Familia a estrenar

En lugar de novatadas, prohibidas en el colegio, lo que la recién llegada recibe es una boya emocional. "Yo venía con cero expectativas, si soy sincera, pero te sorprenden porque te acogen muy bien, te arropan mucho. Después de todos los años que llevan el consejo y la directiva, saben lo que es irse de tu casa y dejar de repente a tu familia. Saben cómo ayudar a compensar. Están superpendientes. A veces te escribe a la subdirectora y te dice 'vamos a tomar un café' y tú 'ah, qué habré hecho', y era simplemente para hablar y preguntarte qué tal estás, cosas que crees que no necesitas y que luego te vienen fenomenal. Y al menos para nosotras", apuntan Alejandra y Virginia, "que hemos estado aquí mucho tiempo, muchas de las subdirectoras son casi amigas. Somos una familia. Nos tratan como iguales. Creo que este sentimiento de familia es bastante complicado conseguirlo en otras situaciones en tu vida. El nivel de profundidad de la sensación de casa que se genera aquí yo no me lo esperaba. Me da una alegría profunda, es igual que tener hermanas aunque no sean de mi carne, y pertenecer a una comunidad que no está formada sólo por tu grupo de amigas, sino también por otra gente con la que tienes la misma afinidad. Es algo que no me esperaba y que me ha encantado conocer y experimentar".

“Por todo lo que te ofrece, es más barato vivir aquí que en un piso”

Mientras María Ángeles Martín Rodríguez Ovelleiro habla, una estudiante se sienta en el reposabrazo de su sillón como si, en efecto, estuviera en casa. Ella lo está. Nació y se crio en el terreno del Roncalli. Su madre había sido la encargada de fundarlo en los años 50 y hoy ella, profesora de universidad, continúa la tarea. Supone uno de los excepcionales casos en los que la trabajadora vive en su puesto de trabajo. Marido, hijos y un dálmata que menea la cola por el vestíbulo incluidos. "Esto era un descampado. Tras la Guerra Civil se quiso reconstruir la zona universitaria y ella tuvo que pedir permiso a mi padre para solicitar un crédito y encargarse de este terreno. Era una situación muy inusual: mi madre, muy jovencita, con cuatro hijos y las uñas pintadas de rojo, al frente de un colegio".

A toda costa

A través de la Universidad de San Luis y de las relaciones que María Ángeles Rodríguez-Ovelleiro forjó con instituciones hispanoamericanas, las primeras residentes solían cruzar el Atlántico. Las hijas de algunos diplomáticos se sumaron. Nunca, presumen, se han visto obligadas a elaborar un plan de publicidad. El boca a boca ha encadenado las generaciones de estudiantes. "Yo estoy aquí como un homenaje a mi madre, que hizo una cosa espectacular. Sigue con sus labios y uñas rojas y, cuando la llamo para comentarle algo, todo le parece estupendo. ¿Septiembre? Le encanta septiembre porque se llena de niñas nuevas. Para ella, la universidad es una forma de ser. En casa podíamos, yo qué sé, ser traficantes de droga, pero había que ser universitario. Porque era una cualidad casi humana, del saber hacer, no solamente intelectual. Y para las mujeres en su época no era sencillo. La universidad para ella era algo tan virtuoso que no existía mejor cosa. Ahora lo damos por hecho, pensamos que es lo que hay que hacer, que es el trámite de una vida, cuando es y debería ser el origen del saber, de adquirir conocimientos y un saber estar en el mundo".

El resto del equipo directivo se reparte las tareas según sus dones. María organiza las conferencias. Cuida el saber. "El universitario es el que está abierto al mundo, al que todo le interesa. Vamos proponiendo temas que nos parecen que son importantes en ese momento para lograr una mirada más profunda sobre ellos. O igual sucede algo que les llama la atención, como cuando estalló la guerra de Ucrania o la expansión de la IA, y nos piden que se hable de ello". Marta, que "haría horas extra por verlas competir y superarse", se encarga de las actividades deportivas.

Todo incluido

Olena, de 21 años, refugiada por la guerra de Ucrania y becada en el colegio, es la única colegiala a la que la creación artística la seduce con más fuerza que la adrenalina. Es la que con frecuencia aparece registrada en los cursos de fotografía y teatro. Es la única que estudia Bellas Artes. El resto del alumnado, unas 180 estudiantes, se decanta por híbridos bilingües de Derecho y Administración de Empresas. Se infiltran entre ellas estudiantes de Ingeniería y Farmacia, pero la aspirante a empresaria domina las estadísticas. Cada familia paga por habitación unos 1.100 euros mensuales. Los precios, señalan desde la dirección, son "baratísimos. Nos están ahogando a tasas. Es mucho más barato vivir en un colegio mayor, por todo lo que te ofrece, que en un piso. El único requisito es que sean universitarias".

“Antes tenía actitud. Ahora, no. La convivencia te hace bajar a la tierra”

Mafalda está a punto de dejar de serlo. Va a terminar su ciclo universitario en la otra punta del mundo: en diciembre volará a Buenos Aires. Será un viaje de regreso. En ella reverbera el origen del colegio, ligado a las estudiantes hispanoamericanas. Por una cascada de recomendaciones familiares, la estudiante de Business Analytics y Relaciones Internacionales ha vivido durante los tres últimos años en el Roncalli. "Como ellos ya lo habían hecho, en mi familia me dijeron que tenía que vivir en uno. No entendía nada al principio: que si fiestas de novatos, que si capeas. Nada. Pero me dijeron: 'La vas a pasar bien, vos andá. Aunque quizás relajá un poco con lo argentino'. Yo esperaba que estuvieran como más relajadas acá, pero nada que ver: encontré a gente superintensa como yo, extrovertida, más introvertida, pero ya parte de mi grupo. También fui a un colegio de mujeres y allí había formado un grupo de amigas que no podría encontrar en otro lado. Son como mi familia. Y me pasó lo mismo acá".

Siente ahora, reconoce, cierta nostalgia por lo que no ha podido hacer. El viaje a Rusia que organizó el colegio por el centenario de la revolución, por supuesto, se lo perdió. La excursión cultural a Sicilia la ha pillado más cerca. Tras pasar por Tánger y la India, ahora el colegio, que entre semana organiza actividades de voluntariado entre las que se incluye el reparto de comida a las personas sin hogar, comienza a preparar un viaje benéfico a Inglaterra. "Creemos que es muy importante que se den cuenta del valor que tiene el otro, el valor que tiene uno mismo y el valor que tiene el tiempo cuando lo entregan".

Mafalda se lleva esa lección, unos truquitos para el perfeccionamiento de la siembra de botellas de alcohol no autorizadas en el jardín y el propósito de no poner etiquetas al resto ni a uno mismo. "Cuando llegué tenía mucha actitud. Y hoy en día, nada. Como que encuentro ese equilibrio entre el resto y yo. La convivencia te hace bajar a la tierra. Hay momentos de epifanía, como en la cena de Navidad, con todas las colegialas, con la dirección, con la gente que trabaja aquí y decís 'guau, qué flash'. En qué poco tiempo te sentís tan cómoda y tan vos misma con esta gente. Entonces te das cuenta de que estás viviendo esto y la suerte que tenés".

II

Sonia López Iglesias, experta en adolescentes: "Si un hijo nos habla mal, somos nosotros quienes tenemos que bajar las pulsaciones. Aunque nos saquen dos cabezas, ellos no son adultos", en El Mundo, Mar Muñiz, 8 octubre 2025:

A las familias nos preocupa que nuestros hijos no se suban a un coche con alguien que haya bebido, que no abusen de las pantallas, que estudien... pero no siempre pensamos en su salud mental. Esta autora ha publicado un libro que pone el foco en esta cuestión.

Sonia López Iglesias, experta en adolescentes: "Si un hijo nos habla mal, somos nosotros quienes tenemos que bajar las pulsaciones. Aunque nos saquen dos cabezas, ellos no son adultos". Lucas Raspall, experto en crianza positiva: "De niños, vienen llorando y pidiendo aúpa. Cuando a un adolescente le pasa algo, llega enfadado o echándonos la culpa, pero es lo mismo". La psicóloga Sara Tarrés destapa el penúltimo tabú de la crianza: sí, tu hijo puede caerte mal. Cristina Cuadrillero, experta en adolescentes, sobre las fiestas de graduación: "Estoy de acuerdo en reconocer el esfuerzo, pero sin florituras ni rivalidad por ver a quién le queda mejor el modelito"

La adolescencia nos trae a muchas familias por el camino de la amargura. En este penar hablamos de los dolores de cabeza que nos acarrea, de la ruptura de la armonía familiar, de "qué he hecho yo para merecer esto" y, en casos más excepcionales, soltamos un "anda, que si lo llego a saber...". Pero en estas escenas (quejas más bien) no ponemos la lupa en los objetos de nuestro desvelo, los propios adolescentes, y menos en cómo anda su estado emocional.

Hace unos años nadie hablaba de salud mental, pero ahora este tema ocupa lugares centrales del debate público. El 10 de octubre se celebra su Día Mundial y según la I Radiografía del Autocuidado de la Salud en España (ANEFP), tenemos cinco puntos débiles: el estrés, la ansiedad, las relaciones personales, el dinero y el trabajo. También, dice ese informe, los hombres y los mayores ofrecen más resistencia a ir al psicólogo que las mujeres y los jóvenes.

Siguiendo con los datos y, sobre todo, con los adolescentes, el último estudio de la OMS dice que el 15% de ellos padece alguna enfermedad mental y que el 60% ha manifestado episodios de ansiedad. Para la maestra, psicopedagoga y experta en adolescencia del Club de Malasmadres Sonia López Iglesias (Igualada, 1975), "no se trata de un asunto nuevo, sino de algo que está dejando de ser un tabú". "Pensábamos que era solo un problema sanitario, pero no, interpela a toda la sociedad. Es hora de invertir no solo en parches, sino en prevención", continúa López.

Después de escribir El privilegio de vivir con un adolescente (Destino, 2023), publica ahora Cuando la adolescencia duele (Destino), un libro que arranca con el prólogo de su hijo Xavier, de 17 años, titulado Te necesito a mi lado.

PREGUNTA. ¿A quién duele la adolescencia?

RESPUESTA. A ellos y a las familias. Es una etapa muy compleja para ambos. Los padres tienden a reaccionar ante conductas que son totalmente normales en esa etapa. Los hijos se sienten dolidos cuando los adultos no acompañamos sus necesidades, que son distintas a las de la infancia.

P. Cuando un adolescente habla mal a sus padres o les cierra la puerta en las narices, sabemos que no es nada personal, pero por eso, ¿debemos dejarlo pasar como si nada?

R. Soy docente desde hace 30 años y tanto en casa como en el instituto, dejo claro que tienen derecho a estar enfadados pero no a pagarlo conmigo. Valido tu emoción, pero no soy tu saco de boxeo. Tenemos que enseñarles desde niños que sus actos y decisiones tienen consecuencias.

P. Insistes en que las consecuencias deben ser lógicas. ¿Te refieres a proporcionadas?

R. No solo. Tiene que estar alineada también con el límite que se haya incumplido. Si ha venido sin avisar una hora más tarde, nada tiene que ver con que le quites el móvil. Lo que conviene es que el siguiente día venga una hora antes, para que entienda tu malestar. Y si lo cumple, recupera tu confianza y la hora de antes.

P. Suena bien, pero los límites nos traen de cabeza o, mejor dicho, su incumplimiento.

R. Con los adolescentes no podemos imponer límites, sino consensuarlos con con ellos. Así sera más fácil que tengan conductas adecuadas, aunque tendrán muchas desajustadas. Pero no lo hacen porque quieren, sino porque están removidos. Crecer duele. Están aprendiendo a tomar decisiones, que es algo que no han hecho nunca antes, y se equivocan, como los adultos. Además, la corteza prefrontal, que se ocupa de la organización, la organización, la regulación de impulsos, etc., está fuera de cobertura, en plena transformación, y por eso se desregulan tantas veces.

P. Y muchos adultos van (vamos) detrás...

R. No tenemos que justificar que se desregulen, pero saber por qué pasa nos sirve para no reaccionar igual y acompañar desde la calma. Como adultos tenemos que ser nosotros los que ayudemos a que ese cerebro madure, pero es difícil. Yo misma, que soy docente desde hace 30 años, hay días que no tengo la serenidad para acompañar como se debe. Nuestra misión es ocuparnos, formarnos y entender que portarse así es su forma de pedirnos ayuda, pero tampoco llenarnos de culpa.

PREGUNTA. ¿Cuáles son errores más comunes que cometemos los padres con los adolescentes?

RESPUESTA. El primero es no confiar en ellos, lo que nos lleva a sobreprotegerlos. Hay que darles estrategias y habilidades y sociales para que afronten retos, porque si no, se quedan desprotegidos precisamente. El segundo es no usar una comunicación respetuosa y afectiva. Si solo hacemos juicios de valor y soltamos el sermón él no va a mostrar interés para contar lo que le pasa: sus ilusiones, retos, problemas... Si solo le juzgamos no le dejamos experimentar y elegimos por ellos. Eso hace que cuando tengan que tomar decisiones, si no estamos a su lado se sienten desprotegidos y se frustran. Y otro error es pensar que no necesitan nuestra presencia y disponibilidad. Hay que estar, pero a una distancia prudencial; darles alas para volar y motivos para que quieran volver a nuestro nido.

P. ¿El vínculo se puede romper de modo irreversible?

R. Siempre hay una oportunidad para reestablecer vínculos. Siempre estamos a tiempo para cambiar las cosas. Pero tenemos que hacerlo los adultos. Ellos no pueden.

P. Pongamos algún ejemplo práctico. Si nos hablan sin respeto, ¿qué hacemos?

R. Como adultos tenemos que parar la conversación, porque ellos no pueden bjar la intensidad. Tenemos que poner espacio y bajar las pulsaciones. A veces nuestros hijos nos sacan dos cabezas y creemos que son adultos, pero no lo son. No podemos dejarnos llevar y contagiarnos, porque nos ponemos a su altura. En casa o en el aula, cada día tengo motivos para engancharme con un niño, pero no lo puedo hacer.

P. Más: no quieren sacar el móvil de su cuarto por la noche.

R. Antes de dar ese teléfono hay que consensuar las normas de uso y establecer horarios con y sin móvil. El teléfono lo pagas tú y si no hacen buen uso del terminal, lo puedes retirar. Pero hay que dar ejemplo, porque los adultos nos quejamos pero hacemos lo mismo. Debemos ser referentes, lo que hará que ser adolescente duela menos.

P. Otro: se niegan a recoger su cuarto.

R. Si la habitación está desordenada, una consecuencia puede ser no dejarle salir hasta que no la recoja. Pero a esta edad siempre hay que negociar. A lo mejor no quiere hacer su cama por la mañana, porque ellos no se activan temprano, como los adultos, pero sí están de acuerdo en hacerla al llegar del instituto, por ejemplo.

P. A veces los padres no tenemos tanta paciencia.

R. Y por supuesto que tenemos derecho. Por eso muchas veces es mejor que intervenga la pareja, si tenemos. No obstante, si perdemos el control debemos pedir disculpas y daremos el mejor ejemplo. Favorece el vínculo, que es la base para prevenir problemas de salud mental.

P. Los padres y madres solemos creer que fuimos adolescentes más respetuosos.

R. Nuestra adolescencia fue parecida a la suya, lo que pasa es que algunos fueron educados a través del miedo. Con una mirada de nuestro padre no decíamos ni mú. Recordar esos años nos facilita empatizar con nuestros hijos, pero mostrarles amor incondicional no quiere decir que validemos cuando se portan mal. También hay que ser conscientes de cómo nos comunicamos con ellos: nosotros les gritamos, amenazamos, sermoneamos, les faltamos el respeto también... La comunicación tiene que ser afectiva y efectiva.

P. Parece que tenemos que estar preparadísimos antes de tener un hijo. No sé si los padres de antes lo estaban, la verdad.

R. Educar es el oficio más dificil del mundo y el único en el que te dan el título antes de aprenderlo. Es una responsabilidad que tú has decidido tener y si quieres hacerlo conscientemente, debes formarte, aunque no hace falta doctorarse.

III

Graduaciones en fin de curso: manicura y peluquería para las adolescentes, vestidos de Shein, fiestas con barra libre y autocar... ¿Se nos están yendo de las manos?, Mar Muñiz, El Mundo, 17 junio 2025:

Acaba el año escolar y ya no solo quienes pasan a la universidad (o la terminan) celebran el fin de una etapa: los eventos para festejar el cierre de un ciclo académico se adelantan cada vez más y en 4º de la ESO están normalizadas. El look escogido para la ocasión merece capítulo aparte en la preparación.

Graduaciones en fin de curso: manicura y peluquería para las adolescentes, vestidos de Shein, fiestas con barra libre y autocar... ¿Se nos están yendo de las manos? ¿Hay que recoger a los adolescentes cuando salen de fiesta por la noche?: "Mis hijos creen que mi trabajo es estar a su disposición 24 horas al día con el gorrito de chófer puesto". Cómo no parecerle a tu adolescente una madre histérica y exagerada (spoiler: es difícil). Borracheras adolescentes: "Después de un coma etílico, compré un alcoholímetro. Mi hija soplaba cuando llegaba a casa".

En junio acaba el curso escolar y la redes sociales están llenas estos días de fotos y vídeos de graduaciones. No hablamos, o no solo, de ceremonias universitarias con estudiantes veinteañeros, sino de adolescentes que terminan la Secundaria (4º de la ESO) o el Bachillerato, es decir, de chavales entre los 16 y los 18 años.

Hace unas décadas, quienes terminaban su etapa en el instituto lo hacían sin recogida oficial de diploma, sin público y mucho menos sin vestido ni traje. Las fiestas de celebración consistían en quedadas casi espontáneas en la discoteca de turno y sanseacabó. Pero de aquella liturgia, muy de andar por casa, ya no queda apenas rastro. Ahora se organizan eventos de envergadura que incluyen, por lo general, ceremonias de entrega de títulos abiertas a las familias, cenas de despedida con los profesores, fiestas nocturnas para el jolgorio posterior y, ojo con esto, regalos de más o menos quilates (según presupuestos), para agasajar a la muchachada por su titulación.

La influencia de las películas y series norteamericanas, que han retratado hasta la saciedad sus famosos bailes de graduación (prom, en inglés), se queda corta con la formidable caja de resonancia que son Instagram y TikTok. La bola de nieve ha ido engordando hasta el punto de que las niñas dedican semanas (si no meses) a preparar el gran día y, para ello, lo primero es el vestido. En esos días, el trajín en las webs de fast fashion, tipo Shein, es continuo en los móviles adolescentes.

Una madre sufridora sostiene que, por lo general, las niñas que se gradúan empiezan a echar el ojo a los vestidos dos o tres meses antes. "Se agotan en seguida, porque los compran en las mismas tiendas. Hay chicas que los encargan online, pero otras van presencialmente con sus madres porque se los quieren probar. En alguna del centro de Madrid, se forman colas tremendas antes de abrir", cuenta.

Y como en cualquier evento de calado, repetir look es trágico. "Es habitual que haya un grupo de Whatsapp de las niñas de la clase. Cuando alguna elige vestido, lo sube al chat para que ninguna otra escoja el mismo", aclara esa misma madre. El resultado es que la graduación se convierte casi en un desfile uniformado, donde apenas cambian los diseños pero sí los colores. Después, los días previos del gran día, es momento del bronceado y la última puesta a punto con sesión de peluquería y manicura.

Carmen López Suárez es doctora en Educación y Pedagogía, CEO de Hijos con Éxito y autora del recién publicado Pon límites, no pantallas (Roca Editorial). Explica que tal homogeneización es esperable en la adolescencia: "En esta etapa chicas y chicos anhelan con todas sus fuerzas pertenecer al grupo, ser aceptados, reconocidos y valorados. Para pertenecer tienen que imitar". Replicar les sirve para aprender habilidades sociales y valores de grupo, por ejemplo, pero también "tiene como contrapartida una falta de reflexión crítica y una reproducción excesiva del entorno sin criterio".

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Ante esta tendencia, ¿no es un poco exagerada tanta preparación para una graduación que, en muchos casos, no supone siquiera ni un cambio de instituto? Cristina Cuadrillero, psicóloga y creadora del blog de Instagram @miadolescenteyyo, ha vivido en primera persona estos eventos con las distintas graduaciones de sus hijas: "En general, las chicas sufren un estrés innecesario con esta cuestión. ¡Dios mío, cuando se casen..!", bromea.

Considera que, salvo para aquellas que supongan un cambio importante, como Bachillerato o la Universidad, lo adecuado es hacer un reconocimiento al esfuerzo y dar ánimos para enfrentar la nueva etapa, pero "sin florituras ni rivalidad por ver a quién le queda mejor el modelito". "Y sin esperar un luisvi como recompensa", añade, en alusión a un famoso vídeo que se viralizó hace años en el que una madre le regalaba a su hija un bolso de Louis Vuitton por sacar buenas notas.

"Me parece bien que celebren con sus compañeros el final de la ESO porque algunos no harán el Bachillerato, pero un picoteo y un baile hasta las mil me parece suficiente", sostiene. Añade Cuadrillero que se da la paradoja de las dobles celebraciones: "A veces el fiestón está organizado antes de tener las notas de los exámenes. Si suspenden, algunos chavales llegan a graduarse dos años consecutivos. ¿Tiene sentido?", protesta la psicóloga.

Carmen López también está en desacuerdo con agasajar con regalos a los chavales y propone alternativas: "Podemos ir a comer a ese restaurante que les gusta, sacar entradas para un parque de atracciones o invitarlos a lanzarse por tirolina". Además, la propia celebración de graduación puede considerarse un regalo en sí: "Las graduaciones al estilo americano me parecen un despropósito. Suponen un gasto de dinero inasumible para muchas familias y de tiempo en época de exámenes que debería dedicarse a estudiar o repasar". Y añade: Son una pasarela de moda, especialmente para las chicas, que soportan más presión estética que sus compañeros".

La influencia norteamericana

Lo que sucede aquí es reflejo de lo que acontece al otro lado del charco, aunque hay notables diferencias. Para el baile, las chicas llevan vestidos largos y los chicos, traje. Ellos, por cierto, se ocupan de pagar tanto la cena como el ramo de flores de las adolescentes que serán su pareja ese día. Martina, que tiene 18 años y acaba de llegar de EE. UU. tras terminar el Bachillerato, explica a propósito de la ceremonia de graduación: "Allí se la toman muy en serio. Hay una gran fiesta y los padres hacen a los hijos regalos muy importantes".

Su madre corrobora: "Joyas, ordenadores, un coche, viajes... A esta celebración acuden las familias al completo y muchas de ellas llevan hasta fotógrafo propio. Hay que tener en cuenta que allí es común que los hijos se vayan de casa para estudiar en la universidad. El cambio vital para ellos es mayor que aquí".

La bola de nieve de la que hablábamos antes empieza a gestarse cada vez a edades más tempranas. Una niña madrileña que a punto está de terminar 5.º de Primaria, cuenta: "Una compañera y yo ya hemos hablado con las niñas de 6.º que se gradúan ahora sobre dónde han comprado sus vestidos. Tenemos que coger ideas", afirma con seguridad.