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sábado, 29 de agosto de 2026

Un artículo sobre el antifeminismo

 Cuando las mujeres "tenían el cerebro de un chimpancé o un negro", por Manuel Espín, autor de Insumisas, en El Confidencial.

El choque de posiciones será brutal en esta época, en la que el término feminismo se empieza a utilizar en la prensa a la vez que despierta encarnizadas polémicas. Falta que desde una atalaya supuestamente científica se cuestione su capacidad. Lo va a hacer en 1900 un libro que despierta polémica y en el que los tradicionales estereotipos sobre la debilidad femenina aparecen revestidos de un barniz que presuntamente se apoya en el avance científico. El médico alemán Paul Julius Moebius o Möbius (1864-1907) lanza un texto que revuelve las aguas, Sobre la imbecilidad fisiológica de la mujer, (Über den psychologischen Schwachsinn des Weibes, Halle: Marhold, 1900)) donde compara el tamaño del cerebro femenino con el del chimpancé y el de un "negro", en lo que constituye una expresión de acentuado carácter racista. En su trabajo quiere demostrar que el instinto femenino tiene más importancia que el masculino porque en ellas se asemeja a los grandes animales y genera un carácter dependiente, alegre, pero que busca la seguridad. Moebius, que no se presenta como contrario a las mujeres, describe al género femenino como una carga para el hombre, a quien corresponden las nobles iniciativas, dado que ellas carecen de capacidad para distinguir el bien del mal y subordinan todo a la costumbre y la opinión ajena. Esperar algo de una mujer es un ejercicio inútil porque no se les puede pedir otra cosa que no sea ser "sanas y tontas". De las "exaltadas locas modernas" —es decir las sufragistas y las que luchan por una educación igualitaria y poder tener un sitio en el espacio de la ciencia y la creación artística— afirma que "paren mal y son pésimas madres". Cree que la menopausia da lugar a un debilitamiento de las facultades mentales que acentúa la incapacidad de las mujeres.

Moebius se propone demostrar "cuán loco es el feminismo", destacando que "el amor conyugal y el matrimonio alcanzan una preponderancia sobre los demás instintos, que, en condiciones normales la mujer obtiene sin esfuerzo la victoria". Destacando "la paciencia en la mujer, como cuando asiste solícitamente al niño enfermo; y en casos semejantes en que se refieren a un sentimiento de amor es especialmente femenino". Cita a Lombroso y Ferrero para destacar su inferioridad mental, y destaca lo que denomina "antagonismo entre la vocación natural de la mujer y la vocación auténtica" como la de las que aspiran a ser doctoras o artistas "producto de una degeneración": "Las mujeres dotadas de talento son real y verdaderamente víctimas, sea porque merced a sus aptitudes intelectuales renuncian a los impulsos de la naturaleza, sea porque cuando son madres deben esforzarse en servir a dos señores distintos".

Moebius: "La mujer está destinada a ser madre; luego todo lo que tienda a entorpecer ese deber es falso y dañoso"

Afirma que, salvo en las actrices y las cantantes, las mujeres no son indispensables, tampoco las pintoras, escultoras o doctoras, más allá de la poesía o las escritoras de novelas. "Las mujeres —afirma— viven pendientes de sus hijos y de su marido; lo que es extraño a la familia no les interesa"; mientras carecen del sentido de lo justo. "El disimulo, o sea el embuste, es el arma natural y más indispensable para la mujer [...] a la que la Naturaleza exige amor y abnegación maternales".

Moebius replica a Ibsen y su Nora, a la que considera "degenerada e histérica" por abandonar su hogar y su familia "para satisfacer aspiraciones cerebrales". Cree que "los verdaderos enemigos de las mujeres son los feministas, los que quieren anular las diferencias entre los dos sexos": "La mujer está destinada a ser madre; luego todo lo que tienda a entorpecer ese deber es falso y dañoso".

La primera edición española de ese libro tiene una peculiaridad: está traducido y prologado por Carmen de Burgos, que representa precisamente lo que Moebius critica. Ese prólogo es discrepante pero no incisivo, lo que muestra la difícil posición en la que ella se debió encontrar. La autora pone en evidencia a varios tipos de feminismos: por una parte el de las reivindicaciones pertenecientes a las clases elevadas de la sociedad, de carácter conservador, y las mujeres del pueblo, de las que dice que no son feministas "sino esencialmente anarquistas; no piden jamás la identidad absoluta de los sexos, [sino que desean] la igualdad humana dentro de la justicia equitativa". Su opinión es relativamente poco agresiva respecto a Moebius; puntualiza Carmen de Burgos en sus opiniones sin entrar a degüello a rebatir las del conocido médico que generó polémica a principios del XX. Así explica la peculiar actitud de Carmen de Burgos su reciente biógrafa Asunción Valdés:

"Hay que ponerse en el lugar de Colombine en una época en la que las mujeres estaban tratadas como menores o inferiores en los códigos que establecían una permanente tutela sobre ellas. Ya sabemos que en la Grecia clásica venían a ser como una especie de metecos o extranjeros, bajo unos criterios que nada tienen que ver con los de nuestro tiempo. De Burgos sabía nadar y guardar la ropa porque ella era profesora y ser docente tenía una gran importancia; pero a la vez debía guardar las formas. Era erudita, culta, tenía grandes conocimientos, ejercía el periodismo y valoraba su función social; pero no podía dar argumentos a quienes la calificaban de rebelde, destructiva de la familia y la sociedad, peligrosa [...]. Los epítetos que se utilizaban habitualmente para denigrar a las mujeres con ideas propias. Porque en esa época salirse del rol que se las asignaba, siempre lejos de lo público (el arte, la política, la creación, la profesión...) era un acto de rebeldía".

'Insumisas' (Almuzara): es la historia de la lucha de quienes a lo largo de los siglos XIX y XX se rebelaron contra los roles establecidos, y por acceder a la educación, al sufragio, a la creación cultural, la ciencia, la política y el deporte.

Manuel Espín: es doctor en Sociología (UNED) y licenciado en Derecho, Ciencias de la Información y Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha impartido clases, cursos y asignaturas en diversos centros superiores y trabajado en importantes medios de comunicación. Entre sus últimos libros, 'Vida cotidiana en la España de la posguerra' (2022), 'La España Ye-yé' (2023) y 'Sexo en el franquismo' (2025).

A las feministas se las llamaban "locas, marimachos, atentatorias contra los valores familiares y la estabilidad del matrimonio, malas madres [...]" y no puede sorprender encontrarnos con opiniones de pensadores de la época, sin ir más lejos de Schopenhauer para quien las mujeres no eran más que "señoras de pelo largo y caderas anchas". Por eso Carmen evita denominarse feminista. Traduce el libro de Moebius y lo prologa porque necesita dinero, evita una carnicería sobre ese texto que debía aborrecer, pero dice lo que quiere aunque con buenas formas, cuando se fija en personajes como Madame Curie, las primeras mujeres científicas, y fija la atención en la terrible situación de las cárceles en general y en especial las femeninas, en las que en lugar de tener oportunidad de salir de la delincuencia sus condiciones se agravan y están todavía más expuestas, en una línea de continuidad como la que ya había expresado Concepción Arenal.

El mito de la debilidad femenina

A lo largo de la historia, especialmente en la época de la Ilustración y el XIX, en la que la especulación científica adquiere carta de naturaleza y protagonismo social, hay un argumento supuestamente científico utilizado para evitar la presencia de las mujeres en los espacios de creación y de decisión: su naturaleza débil, inestabilidad emocional, fragilidad física y psíquica... que la hace extremadamente endeble y vulnerable. Se viene a decir que por naturaleza la mujer es voluble y sometida a vaivenes emocionales, porque el territorio de los sentimientos le pertenece y es donde se hace fuerte dentro de un mundo aparte y cerrado, en lo que se viene a llamar universo o misterio femenino, que se quiere ligar a ese misterio de la vida que constituye la capacidad de engendrar.

No debe sorprender que a mediados del XIX se volviera a las categorías de Galeno del siglo II, cuando hablaba de esa enfermedad femenina que afectaba a vírgenes, monjas, viudas y algunas casadas que las hacía mostrarse especialmente sensibilizadas, incluso sexualmente desequilibradas, y que en la época victoriana se categoriza como histeria femenina, en lo que llegó a ser una especie de saco de todo revuelto. Esa constitución inestable hace imprescindible la tutela masculina y la justifica. A la vez, representa un elemento de exclusión de las mujeres en la vida pública y los espacios laborales fuera del hogar de la misma manera que la creación femenina se presenta bajo matiz sesgado; es propia de un ser inferior y desprestigiado cuya credibilidad se pone en duda al describírsela bajo el riesgo de sus patologías propias dependientes de una naturaleza inestable.

El mito adquiere presencia en un tiempo de exaltación de la ciencia cuando en la sociedad victoriana se buscan respuestas a ese mal, etapa represiva en lo relacionado con la sexualidad contemplada como tabú. Todavía más para las mujeres que ni siquiera pueden mencionar sus contenidos en una conversación para evitar ser degradadas al más bajo estrato de la calificación social. La llamada histeria femenina adquiere connotación sexual especialmente morbosa. Con tratamientos consistentes en hipnosis, curas de sueño, temporadas de reposo o lavados vaginales y masajes practicados por una comadrona. Tanto que, a finales de ese siglo y el principio del XX, se empiezan a comercializar aparatos estimuladores mecánicos que pasan a ser eléctricos.

La llamada histeria femenina adquiere connotación sexual morbosa. Se empiezan a comercializar estimuladores mecánicos que luego son eléctricos

Para Freud esa (presunta) patología es debida a cualquier huella de un trauma sufrido en la infancia que pervive en el subconsciente. El estereotipo de la histeria femenina sobrevive hasta convertirse en un lugar común que se utiliza para categorizar a su inestabilidad mental, y que le impide asumir funciones de responsabilidad, con lo que su ámbito de influencia se circunscribe al doméstico y familiar. La descripción de esa situación que en la actualidad podríamos enmarcar en lo psico-social-cultural no tuvo en cuenta hechos a considerar de evidente importancia:

- Hasta épocas todavía recientes el matrimonio en la burguesía y la aristocracia era acordado y formaba parte de una negociación casi comercial, donde la novia aparecía como el objeto predestinado a cumplir la función reproductora y a atender los requerimientos sexuales del varón.

- Había mujeres que sentían aversión al sexo con su esposo, y que eran incapaces de explicarlo. Se las negaba la capacidad de manifestar el deseo y carecían de opinión. Cualquier mujer que hubiera mencionado sus gustos y preferencias al cónyuge se exponía a ser considerada como una prostituta.

- Desde el nacimiento el plan femenino estaba orientado hacia el matrimonio, y fuera del mismo no existía factor de recambio. La dependencia respecto al marido era emocional pero fundamentalmente económica. Él provenía de recursos económicos a la familia, y cualquier decisión por parte de ella habría sido una especie de suicidio. Todavía más en sociedades como la española donde no existía el divorcio.

Cualquier mujer que hubiera mencionado sus gustos y preferencias al cónyuge se exponía a ser considerada como una prostituta

- Ese malestar femenino incapaz de ser verbalizado generaba frustración, desasosiego, nerviosidad y malestar constante. Y el pretexto de la disfunción de la mujer era utilizado por ella para evitar una práctica conyugal incapaz de producirle la menor satisfacción. Mientras debía estar al servicio del esposo cuándo, dónde y cómo él quisiera.

- La tradición asumía que las mujeres eran más frágiles que los hombres en todos los sentidos, y que había enfermedades que formaban parte de su identidad, más allá de las fisiológicas. En un proceso donde interiorizaban desde que tenían conciencia esa diferencia, en la que la naturaleza femenina era descrita bajo condicionantes distintos a los masculinos; lo que contribuía a delimitar los espacios para cada cual.

domingo, 23 de agosto de 2026

Diario de una alpinista que murió joven

 Miriam García Pascual, el mito de la alpinista que murió joven y dejó por testamento un libro devorado por varias generaciones, en El País, por Óscar Gogorza, 23 ago 2026:

Bájame una estrella’, escrito por la escaladora y publicado en 1991, fue el primer libro de la editorial Desnivel y con más de 35.000 ejemplares vendidos sigue siendo el libro de referencia de su catálogo

Miriam García Pascual aún tenía que hacer una última cosa antes de salir de expedición. No era su mayor apremio pero deseaba dejarlo hecho para que las cosas siguiesen su curso. Los últimos días antes de viajar hacia el Meru, en el Himalaya indio, pasaron rápido, volando entre un torbellino de preparativos, pero Miriam supo encontrar un hueco para entregar en la sede de la madrileña revista Desnivel un texto que deseaba convertir en libro. De hecho, acabó siendo un libro, el primero de la incipiente editorial, una obra titulada Bájame una estrella que Miriam nunca llegó a ver publicada. Murió tratando de escalar el Meru (6.450 m) el 25 de mayo de 1990. Aquel día, Miriam y sus compañeros de cordada, el guipuzcoano Jesús Buezo Risi y el aragonés Miguel Ángel Lausín fueron sepultados por una avalancha y sus cuerpos nunca fueron recuperados.

Miriam contaba apenas 26 años y ya había compartido cuerda con la élite masculina del alpinismo español, como una más. En aquellos años apenas había mujeres como ella, extremadamente valiente, fuerte, una que aprendía con rapidez gracias a su apetito voraz por descubrir todas las variantes posibles del mundo vertical. Pero, curiosamente, coincidió en el tiempo con dos de las mujeres más importantes en la historia de la escalada y el alpinismo: Lynn Hill, estadounidense, y la francesa Catherine Destivelle, cuyo perfil era casi idéntico al de Miriam. Muchos opinan que pudo haber sido nuestra Destivelle.

La noticia de su desaparición y la de sus dos compañeros rompió brevemente el hechizo de esos años en los que vivir al día, a salto de mata, enlazando ascensiones y sobreviviendo casi con lo puesto no era infrecuente. Como si el traje de alpinista permitiese aspirar a cierta forma de inmortalidad.

José Bedia escaló con Miriam en Yosemite, en 1987. Se habían conocido unos años antes en las paredes intimidantes del valle de Ordesa, habían probado el conglomerado de Riglos, también la caliza de Etxauri y coincidieron en el valle californiano, meca de las grandes paredes de granito. Acabaron escalando juntos la vía Mescalito al Capitán: “Le puse como condición que ella hiciese de primera los largos de artificial, porque a mí lo de usar los ganchos me daba bastante respeto. Yo me comprometí a hacer el resto, lo que me tocase”, recuerda Bedia. Al acabar la vía, felices, se fotografiaron en el campo IV apoyados en un coche de época. Unos días antes de volar hacia el Himalaya, Miriam visitó a Bedia en su casa recién comprada en Bilbao y, allí, compartiendo un café, le invitó a unirse a la expedición. “Tuve que decir que no con gran pesar”, explica, “porque acababa de comprar una casa y esto me obligó a hacerme fijo en la empresa para la que trabajaba ocasionalmente para así poder afrontar la hipoteca. Esa carga económica me salvó la vida, porque seguramente hubiese fallecido con ellos. Su muerte fue un palo muy grande, muy impactante”.

Hoy, gracias a su libro, Miriam es una referencia que con el paso del tiempo ha alcanzado cierto halo místico, a la vez que representa un ejemplo para todos los jóvenes que aspiran a esquivar de alguna manera el convencionalismo social. Bájame una estrella es, sencillamente, el libro de montaña más vendido por Desnivel, rivalizando con obras de la talla de Los conquistadores de lo inútil, de Lionel Terray. En el departamento de comunicación de la editorial, recuerdan que se publicó en 1991: “Fue nuestro primer libro, así que le tenemos mucho cariño, tanto por Miriam, como por lo que supuso para nosotros. Aún hoy, 35 años después, sigue siendo nuestro buque insignia, nuestro referente. Oficialmente hemos indicado 10 ediciones, pero son más ya que desde el año de su publicación, cuando aún se hacía todo casi manualmente, se reimprimió a menudo. Calculamos unos 30.000 o 35.000 ejemplares vendidos; quizás más ya que las tiradas entonces eran de 3.000 a 5.000 ejemplares”.

La obra póstuma de la navarra Miriam García Pascual es mucho más que un libro de relatos de montaña. “Es un libro de vida”, resume Bedia. Es su testamento escrito a modo de diario durante un viaje de ocho meses por América que llevó a cabo entre 1987 y 1988 y que discurrió entre las paredes de Yosemite y las de Patagonia, pasando por los Andes Peruanos y por México… y gastando en total unas 350.000 pesetas (2.100 euros aproximadamente). El texto, perfectamente ilustrado por su amiga Mónica Serentill, propone un trabajo de introspección enmarcado en el mundo del alpinismo. Miriam formula preguntas y busca respuestas mientras acomete ascensiones de vanguardia. “Ante todo, Miriam era una mujer libre. No conocía barreras, ni en lo referido al alpinismo ni en las relaciones con los hombres. Pero atesoraba más virtudes que la mayoría de los hombres. Ella quería exprimir a tope la vida, sin líos, sin ataduras, siempre con la libertad como condición”, explica Bedia. El paso del tiempo no ha servido para contradecir la imagen que el libro propone: ella fue exactamente lo que el libro refleja, y por ello las personas que la conocieron y trataron pueden reconocerla a través de su lectura. Lo que no sabía casi nadie era que fuese capaz de escribir así.

Retrato de Miriam García Pascual.

A finales de los años 80, no todo resultaba sencillo para Miriam, ni siquiera saberse libre. Bájame una estrella ahonda en temas universales abordados por la literatura como el miedo, la soledad, el amor, la amistad o la búsqueda de una identidad propia lejos de la vida convencional. Hay placer y hay dolor. La huida libre tiene sus peajes. Hay certezas pero también dudas afiladas. Preguntas que nunca pudo responder. Para conmemorar el 25 aniversario de su muerte, Desnivel quiso destacar algunas de las frases del libro, de apenas 65 páginas, y escogió esta: “Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad”.

lunes, 3 de agosto de 2026

Schopenhauer y las mujeres

  [Traducción y transcripción desde YouTube, corregidas por el bloguero, de  Schopenhauer siempre tuvo razón sobre las mujeres, por Kait Willett]

Capítulo 1: Introducción

En febrero de 2026, una mujer invitó a 400 hombres a una mansión y se acostó con tantos como pudo. Delante de la cámara a cambio de dinero, Luego anunció que estaba embarazada de tres posibles padres. Ni idea de cuál.

Su nombre es Bonnie Blue. Y esto no se trata de juzgarla. Ella es la imagen más clara que tenemos de en qué se han convertido las citas modernas. Ahora, esto es lo que el video va a revelar que: las mujeres nunca han sido menos conscientes emocionalmente de una relación. Y como consecuencia, los hombres se han alejado lentamente de comprometerse. Y muchos han dejado de aparecer por completo. Nadie confía en nadie. Y la generación más conectada de la historia es la más solitaria jamás registrada. Y aunque pueda parecer casual, no lo es.

Es un sistema que se está derrumbando. Y un filósofo llamado Arthur Schopenhauer predijo todo esto en 1851.

Al final de este video, sabrás exactamente qué se rompió, a quién está perjudicando más y por qué tenías razón. Que aquí algo anda muy mal. Ahora

Capítulo 2: Quién fue Schopenhauer

Antes de abordar los cinco pilares, es necesario saber exactamente quién fue Schopenhauer, ya que esto es filosofía real, no comentarios de internet. Fue un filósofo alemán. En 1851 publicó un esbozo que da la impresión de que sabía exactamente lo que iba a suceder en nuestra sociedad: una obra llamada Parerga y paralipomenay dentro de ella hay una sección llamada "Aforismos" sobre la sabiduría de la vida y en esa sección expone tres categorías de honor. 

La primera es el honor cívico. El acuerdo mutuo de respetar los derechos de otras personas para que respeten los tuyos. Y esta es la base de una sociedad que funciona. 

El segundo es el honor oficial. La expectativa de que una persona que está sosteniendo los puestos de autoridad están calificados para ocuparlos. 

El tercero, y en el que dedicó más tiempo, es el honor sexual.

Y aquí está lo que diferencia a Schopenhauer de todos los demás comentaristas de internet. No estaba haciendo un argumento moral. En sus palabras, todo el honor realmente se basa en un fundamento utilitario. Utilitario. Existe porque funciona, porque mantiene algo unido. Él no llamó sagrado al honor sexual. Ni siquiera lo llamó dado por Dios, un don divino. Lo que sí lo llamó fue funcional. Y luego describe exactamente cómo funciona. 

Escribió que las mujeres desarrollaron colectivamente lo que él denominó un esprit de corps u honor corporativo, una estrategia de grupo. Y la estrategia en sí era simple: ninguna mujer se entrega a un hombre excepto en el matrimonio, aplicado colectivamente y cada uno con una. El hombre se vería, en sus palabras, "obligado a rendirse y aliarse con una mujer" y a través de ese arreglo el sustento estaba garantizado para toda una raza femenina. Reflexiona sobre eso un segundo.

Schopenhauer argumentaba que el honor sexual en sí mismo era una estrategia femenina colectiva para asegurar a largo plazo compromiso, recursos y protección frente a los hombres. Y solo funcionaba si todas las mujeres participaban. No es justo, ni hermoso, ni cinematográfico: simplemente es un trato, una estructura. Y mantenía cinco cosas en su lugar. Y cuando eso se rompió, esos cinco pilares se rompieron.

Capítulo 3: 1. Compromiso

Lo primero que mantenía unido el honor sexual era el compromiso.

Schopenhauer describió una transacción. Y esa palabra suena fría, especialmente en contraposición a una asociación. Pero en su defensa, estaba siendo honesto sobre lo que subyacía bajo la superficie. Las mujeres mantuvieron la exclusividad sexual. Los hombres, a cambio, se comprometieron del todo, plenamente, con recursos, protección y una relación a largo plazo. Ahora quiero ser clara: esto no es un argumento modernizado de la píldora roja. Se trata de un filósofo de 1851, que describe la arquitectura del acuerdo. El hombre que asume la responsabilidad de todas las necesidades de las mujeres y también las de los hijos que nacen de su unión.

Un acuerdo en el que se basa el bienestar de toda la raza femenina. Ambas partes tenían algo que perder. Y ese era el punto clave. Las mujeres que rompieron este acuerdo no solo se afectaron a sí mismas. Ella traiciona los términos bajo los cuales el hombre capituló. Y como su conducta es tal que disuade y ahuyenta a otros hombres a otros hombres de rendirse de forma similar, pone en peligro el bienestar de todas sus hermanas.

Asusta a otros hombres para que no hagan una rendición similar. Cuando los hombres ven que el trato se rompe, dejan de hacerlo. Y eso, en sí mismo, no perjudica a ninguna mujer. Perjudica a todas las mujeres. Porque el sistema solo funciona si los hombres creen que los términos son fiables. Ahora miren dónde estamos. La Encuesta Social General ha realizado un seguimiento del comportamiento sexual en los Estados Unidos durante décadas. Entre las mujeres nacidas antes de 1910, solo el 3% tuvo dos o más parejas sexuales antes del matrimonio: el 3%. Para la cohorte nacida en la década de 1940, esa cifra era del 26%.

El número medio de parejas sexuales a lo largo de la vida para las mujeres se duplicó, pasando de 2,6 para las mujeres nacidas en la década de 1940 a 5,3 para mujeres nacidas en la década de 1970. Un aumento del doble en una generación. Y el cambio fue más pronunciado entre las mujeres que entre los hombres.

Para 2013, los CDC descubrieron que la brecha entre hombres y mujeres en relación con sus parejas sexuales de por vida ya no era estadísticamente significativa. Significativo: los números convergieron. A nivel poblacional, el comportamiento sexual de las mujeres se volvió prácticamente indistinguible del de los hombres, estadísticamente hablando.

Ese es el cadáver de la espera disolviéndose en los datos. La estructura de Schopenhauer colapsando en tiempo real medida a lo largo de generaciones. Y esto fue lo que siguió.

Menos de la mitad de los hogares estadounidenses ahora incluyen una pareja casada. 47,1% en 2024, frente al 78,8% en 1949.

La edad promedio del primer matrimonio entre los hombres es de aproximadamente 30 años, mientras que para las mujeres es de aproximadamente 28. Y esa es la más alta jamás registrada en la historia estadounidense. Y según el Instituto de Estudios Familiares, casi tres cuartas partes de las mujeres, el 74% y dos tercios de los hombres, el 64% de los que tienen entre 22 y 35 años, declararon no haber tenido citas o haber tenido solo unas pocas en el último año.

El propio informe lo denomina recesión de citas, no son mis palabras: es el Instituto de Estudios Familiares en 2026.

Aquí viene la parte que nadie quiere decir en voz alta: la mitad de estos jóvenes adultos, el 51% dijo que realmente quería comenzar una relación.

Lo desean, pero no lo hacen. La brecha  entre el deseo y la acción es precisamente lo que Schopenhauer describía en 1851, hace 175 años. El acuerdo se disolvió. Sin la imposición colectiva de la exclusividad, los hombres dejaron de ver el compromiso como un intercambio racional. ¿Por qué renunciar a tu libertad, a tus recursos? ¿Cuál será tu futuro cuando los términos del compromiso ya no están garantizados?

Cuando la estructura que antes incentivaba el compromiso desaparece por completo, el compromiso desaparece con ella. Y, una vez más, las personas más afectadas por esto son las mujeres. Todo este sistema fue diseñado para beneficiarlas a ellas. Era su estrategia y la abandonaron. 

Si alguna vez has sentido que todos dicen que quieren una relación, pero nadie sabe cómo construir una, no te lo estás imaginando. Esa brecha es exactamente lo que describió Schopenhauer y ahora mismo estás dentro de ella. Pero las personas que no pueden formar pareja no son los que pagan el precio más alto. El costo más elevado recae sobre las personas que nunca tuvieron voz ni voto en todo esto.

Capítulo 4: 2. Niños

Y las cifras allí son peores de lo que casi nadie está dispuesto a decir en voz alta. La segunda cosa que el honor sexual mantenía unida eran los hijos. El sistema nunca trató solo de los dos adultos que estaban haciendo el acuerdo. Se trataba de lo que el acuerdo producía. Niños nacidos en una estructura donde ambos padres estaban involucrados, donde el compromiso del hombre incluía la responsabilidad por la descendencia, y donde el compromiso y el honor de la mujer le daban al hombre la confianza de que los hijos de la mujer eran suyos. Ahora bien, eso puede sonar realmente incómodo en 2026, pero ese era el mecanismo. La confianza en la paternidad era el motor de gran parte de esto: sin ella, la rendición del hombre no tenía casi ningún sentido común, especialmente desde el punto de vista biológico. Y Schopenhauer fue muy directo sobre lo que sucedía cuando las mujeres rompieron este compromiso: cualquier chica que cometa una violación de esta regla traiciona a toda la raza femenina, porque su bienestar se destruiría si cada mujer fuera a hacer lo mismo. El castigo era el exilio social. Sería expulsada con vergüenza y evitada como la peste. No era crueldad por la crueldad misma, sino una imposición. Porque si una mujer podía romper la estructura sin tener la competencia necesaria, todo el sistema se debilitaba. Miren dónde estamos ahora.

Uno de cada cuatro niños estadounidenses, aproximadamente 19 millones de niños, crece en un hogar sin padre biológico, adoptivo o padrastro. Estados Unidos tiene la tasa más alta de niños que viven en hogares monoparentales de cualquier nación en un estudio global de 130 países.

Eso es más del triple del promedio mundial. Y esto no es estático. El número de niños en hogares sin padre se ha duplicado con creces desde 1970. Aproximadamente la mitad de los niños negros, el 29% de los niños hispanos y el 20% de los niños blancos viven actualmente en hogares sin padre presente. Ahora bien, estas son cifras de la Oficina del Censo publicadas por el Instituto Nacional de Estudios Demográficos, y los resultados son medibles. Los niños en hogares sin padre presentan índices estadísticamente más altos de pobreza, problemas de conducta, menor nivel educativo y mayor encarcelamiento. Es aquí donde Bonnie Blue vuelve a cobrar relevancia.

Tres hombres creen que podrían ser el padre de su hijo. Ella filmó la ecografía. Monetizó el anuncio. La confianza en la paternidad aquí no se acerca a cero, se convierte en el contenido. Schopenhauer describió un sistema donde los niños eran producto de la inversión mutua y la certeza mutua. Lo que estamos viendo ahora es un mundo donde un niño puede ser concebido en una sala con 400 desconocidos distintos. Y la cuestión de quién sea el padre se convierte en una forma de entretenimiento. Ahora bien, Schopenhauer no se sorprendería. Él le dio nombre a este mecanismo. Cuando el espíritu de cuerpo o esprit de corps se disuelve, cuando la confianza en la paternidad se derrumba, cuando el compromiso se vuelve opcional, los niños son siempre las primeras víctimas colaterales. Y esto es lo que hace que sea muy difícil hablar de esto. La conversación en torno a la paternidad se ha vuelto tan politizada que hasta afirmar un censo básico y claro resulta difícil.

Los datos parecen controvertidos. Pero, de nuevo, no son juicios de valor. No son opiniones. Son datos. Son resultados estructurales que se obtienen al eliminar una estructura que incentivaba la inversión de ambos padres. ¿Qué se obtiene? Menos hogares con dos padres. Los hijos no eligieron esto. La estructura les falló. Y si planeas tener hijos o no, estás saliendo con alguien y construyendo una vida dentro de esta cultura que produce estos resultados. Las probabilidades de que una relación dure y el nivel de confianza inicial, todo esto se vio influenciado por la estabilidad de los hogares como aquellos en los que creciste.

Ahora, aquí está la parte que cambia toda esta historia. Todo el mundo asume que un sistema o una estructura como esta fue creada para servir a los hombres. No fue así. Fue creado para apoyar al grupo que ahora está pagando las consecuencias de este colapso. Y una vez que realmente miras objetivamente quién es ese, este argumento deja de ser el que esperabas. 

Capítulo 5: 3. Seguridad femenina

La tercera cosa que el honor sexual mantenía unido es algo que la mayoría de la gente no quiere escuchar. El esprit de corps existía para proteger a las mujeres como clase, como grupo: su único objetivo era brindarles seguridad y poder de negociación sobre los hombres. Y Schopenhauer no fue sutil al respecto. Las mujeres tienen que unirse con una demostración de unidad y presentar un frente indiviso al enemigo común, el hombre, que posee todas las cosas buenas de la tierra en virtud de su poder físico e intelectual superior para sitiarlo y conquistarlo y así obtener posesión de él y de su parte de esos bienes. 

Un enemigo común, asediar y conquistar... Eso es un marco extremo. No te centres en el contexto, sino más bien en el lenguaje; fíjate en lo que realmente está describiendo: la única ventaja que históricamente tenían las mujeres era la capacidad de controlar el acceso al sexo a cambio de un compromiso a largo plazo. Esa era la estrategia. Y funcionó precisamente porque era colectiva, porque una mujer actuando sola no tiene poder real. Las mujeres actuando juntas crean escasez, y la escasez crea presión y ventaja. Esa presión fue lo que obligó a los hombres a aceptar los términos del acuerdo. Que fue muy claro sobre lo que le sucedería a cualquier mujer que rompiera este rango. Es expulsada con vergüenza como quien ha perdido su honor. Ninguna mujer querrá tener nada más que ver con ella. Se la evita como a la peste. El castigo no venía de los hombres, sino de otras mujeres. Porque cada mujer que rompía la regla debilitaba la posición de todas las demás. Aplicación colectiva de la ley para el beneficio colectivo. 

Ahora bien, miren lo que sucedió cuando esto se disolvió. En un estudio publicado en Evolutionary Psychology / Psicología Evolutiva en julio de 2025 que abarca 5.331 participantes en 15 muestras de 11 países. Lo que encontraron fue que el número de parejas sexuales pasadas es inversamente proporcional correlacionado con lo deseables que son como pareja a largo plazo. Es decir, cuanto mayor sea el número de parejas sexuales, menos dispuestas estarán las personas a comprometerse. Y esto se aplicó independientemente del género. No se observó ningún doble rasero o doble moral significativo en estos datos.

Mientras tanto, el 83% de las mujeres afirma preferir una relación comprometida en comparación con el sexo sin compromiso de ellos. Y los consejeros que trabajan con estudiantes informan que existe una relación monógama a largo plazo descrita casi sin excepción como un objetivo deseado. Así pues, las mujeres desean mayoritariamente parejas comprometidas, pero el sistema diseñado para encontrarlas prácticamente ha desaparecido. Y cabe preguntarse: ¿qué lo ha sustituido?

Bueno, OnlyFans alberga ahora a aproximadamente 4,6 millones de creadores, la mayoría de ellos mujeres que mercantilizan el acceso sexual con fines de lucro en lugar de influencia colectiva. Los niveles de felicidad autoinformados por las mujeres también han disminuido tanto en términos absolutos como relativos a los de los hombres, especialmente desde la década de 1970. Betsey Stevenson y Justin Wolfers, de Yale y la Escuela de negocios Wharton de Pensilvania respectivamente, revisaron datos reales por pares. El acuerdo tácito que tenían las mujeres era que las mujeres controlaban colectivamente el acceso para proteger el futuro de cada mujer y sus niños. Cuando se rompió, sí, las mujeres ganaron libertad sexual independiente, pero perdieron poder de negociación colectiva.

El mercado pasó de preguntarse qué se ofrece para obtener acceso exclusivo a preguntarse cómo competir por la atención en un mercado que no tiene barreras de entrada.

Y quiero ser claro porque ya sé lo que van a decir los comentarios. ¿Así que quieren que vuelva a la década de 1950?

No. Quiero que comprendas lo que perdiste para que puedas tomar una decisión informada sobre lo que viene después. No puedes arreglar nada si te niegas a reconocer la causa de la ruptura. Porque Schopenhauer lo llamó utilitario, y tenía razón. El esprit de corps era una utilidad. Cumplía una función, y cuando se eliminó, nada reemplazó la función. A las mujeres se les dijo que habían ganado libertad. Y en algunos aspectos importantes, así fue. Pero libertad sin estructura, solo es caos con mejor imagen de marca. En los datos se muestra lo que realmente está sucediendo; en los resultados no lo que te dicen que sucede.

Está ocurriendo en TikTok. Las mujeres afirman ser menos felices ahora que cuando el sistema estaba intacto. Ese es un resultado cuantificable. Y las personas más perjudicadas por el colapso de la estrategia colectiva femenina son las mujeres.

Ahora, seas hombre o mujer, te encuentras en el mercado exacto que este colapso ha creado. Y puedes sentir la diferencia incluso si no has podido vincularle valor numérico directo. Pero, bajo la influencia y la libertad, el antiguo sistema producía silenciosamente algo más, algo que no se refleja en las tasas de matrimonio ni en las tasas de felicidad.

Capítulo 6: 4. Confianza

Probablemente ni siquiera puedas señalarlo directamente. Y la mayoría de la gente solo se da cuenta después de que ya no está. Lo último que el honor sexual mantenía era confianza. Este es más difícil de cuantificar, pero eso no significa que no sea el más importante porque todo el marco del honor de Schopenhauer, las tres categorías, se basan en el mismo principio. Las expectativas compartidas generan un comportamiento cooperativo. El honor cívico funcionó porque la gente estuvo de acuerdo en lo que era justo. El honor oficial funcionaba porque la gente se ponía de acuerdo sobre qué requisitos debía cumplir una persona, especialmente para ocupar un puesto de poder. Y el honor sexual funcionaba porque ambos sexos estaban de acuerdo con las condiciones. Los hombres conocían el trato, las mujeres conocían el trato, y todos operaban dentro de ese marco. Y ese marco compartido creó algo frágil del que no hablamos lo suficiente.

Confianza entre hombres y mujeres como grupos. Ahora bien, miren dónde estamos. En 1972, el 46% de los estadounidenses dijeron que se podía confiar en la mayoría de las personas. Para 2018, esa cifra cayó al 34%. En una encuesta de Pew de 2023 y 2024, seguía siendo el 34%. El 25% de los hombres de entre 15 y 34 años afirman sentirse solos gran parte del tiempo.

Esta es la tasa más alta de cualquier país de la OCDE. En ningún otro país, la brecha entre la soledad masculina, especialmente en los hombres jóvenes, en comparación con todos Por otra parte, tan amplia como lo es aquí. El 15% de los hombres ahora reportan no tener amistades cercanas, un aumento de cinco veces desde la década de 1990. 

Entre los hombres menores de 30 años, más de uno de cada cuatro dijo no tener ninguna conexión social cercana. Y aquí está la cifra que lo resume todo. El 44% de los hombres jóvenes solteros dicen que temen ser etiquetados como raros y eso hace que sean menos propensos a acercarse a las mujeres. Al mismo tiempo, el 77% de las mujeres de entre 18 y 19 años dicen que temen ser etiquetados como raras y que eso hace que sean menos propensos a acercarse a los hombres. 30 dicen que desearían que los hombres se les acercaran más. Pongamos esas cifras juntas de nuevo, una al lado de la otra. Los hombres tienen miedo de interactuar. Las mujeres están esperando compromiso. Y ninguna de las partes confía lo suficiente en la otra como para cerrar esa brecha. Cuando las reglas compartidas se disolvieron, lo que las reemplazó no fue verdadera libertad. Era la sospecha. Hombres y mujeres dejaron de confiar los unos en los otros porque el marco compartido que tenían ya no existía. Todos juegan con reglas diferentes e interpretan cada interacción a través de una perspectiva diferente. Los hombres calculan el riesgo antes incluso de abrir la boca. Y las mujeres se quedan sentadas preguntándose por qué nadie se les acerca. Y ninguno de los dos grupos realmente entiende ni está dispuesto a aceptar por qué el otro se comporta de esa manera. 

El honor sexual de Schopenhauer les dio un mapa a ambos sexos. Puede que no te haya encantado el mapa. Puede que incluso hayas querido un mapa diferente, pero al menos te dijeron dónde estabas parado. Y ahora mismo, nadie sabe dónde está parado. Y el resultado es una generación que está más conectada digitalmente que cualquier generación anterior, sin embargo, más aislada relacionalmente que cualquier generación que hayamos medido. Y si hablaa con alguien que realmente te atrae, si sientes que es más pesado de lo que debería, eso no es un defecto tuyo. Es lo que sucede cuando dos grupos dejan de compartir las mismas reglas. Entonces, todos estamos tratando de jugar un juego en el que nadie se pone de acuerdo sobre cómo funciona. Ahora bien, debajo de estas cuatro cosas hay una quinta. Y es lo único que le importaba más a Schopenhauer que cualquiera de las primeras. 

Capítulo 7: 5. Contención

También es la más difícil de defender ante un público moderno porque, al principio, sonará como lo opuesto a la libertad. La quinta, lo que el honor sexual mantenía unido era la contención misma. Para entender esto, hay que entender a Schopenhauer más allá de este ensayo. Su visión más amplia es la filosofía desplegada en su El mundo como voluntad y representación. Se construyó sobre una sola idea, la voluntad, la fuerza ciega e insaciable del deseo que impulsa a todos los seres vivos. Sostuvo que esta voluntad, este apetito, este impulso, era la raíz de todo sufrimiento. Y no porque desear cosas está mal, sino porque la voluntad no tiene interruptor de apagado. Siempre quiere más, y si eso queda sin control, destruirá todo a su alrededor. 

La civilización, en su opinión, era el conjunto de estructuras que canalizaban la voluntad. Dicho esto, puedes desear, pero no puedes simplemente tomar. Tienes deseos, pero tienes que ganarte el derecho a actuar en consecuencia. Y el honor sexual era uno de estas estructuras. Tomó el impulso humano más poderoso, y lo situó dentro de un marco de reglas, consecuencias y obligación mutua. La moderación en ese sentido, en ese contexto, no era represión. Se trataba de arquitectura. Se trataba de lo que hacía posible la cooperación entre los sexos.

Ahora miren dónde estamos. El 87% de los hombres entre 18 y 35 años ven pornografía al menos una vez por semana, mientras que entre las mujeres del mismo grupo de edad, el porcentaje es del 28,5%. El niño promedio está expuesto a la pornografía desde los 10 años, antes de que la mayoría de los niños hayan tenido una conversación real con una niña sobre lo que les gusta. Una relación que incluso se ve como una simulación de acceso sexual introducida antes de cualquier marco para lo que es real.

Se requiere conexión. En 1990, el 55% de los adultos estadounidenses de entre 18 y 64 años reportaron tener relaciones sexuales al menos una vez por semana. Para 2024, esa cifra había caído al 37%. Vivimos en la era más sexualmente accesible en el medio ambiente en la historia de la humanidad. El porno es gratis. Las aplicaciones de citas están por todas partes. La cultura de las relaciones casuales es generalizada. Y la gente está teniendo menos sexo que en cualquier otro momento desde que comenzamos a medir esto. Entre los adultos de 18 a 29 años, el 24% informa no haber tenido sexo en el año pasado. Eso es el doble de la tasa de 2010. Entonces tenemos más acceso, pero menos conexión, y eso es producto de una cultura que eliminó la estructura y nunca reemplazó la función. Shopenhauer miraría este día y diría: "Por supuesto, la voluntad sin ningún tipo de estructura no conduce a la satisfacción. Conduce al consumo. Y el consumo sin sentido ni restricción no produce conexión. Produce adicción. Y la pornografía es el ejemplo más claro de esto. Acceso sexual estimulado sin riesgo alguno, cero vulnerabilidad, cero inversión. Y el 87% de los hombres lo consumen semanalmente porque la estructura que antes canalizaba el deseo hacia la asociación con límites y moderación, compromiso y honor, eso se ha ido. Y lo que llenó el vacío es una industria multimillonaria construida para explotar la voluntad sin fricción. El antiguo sistema decía que puedes tener esto, pero debes sacrificar algo para poder tenerlo. Es decir, tienes que ganártelo. El nuevo sistema dice que puedes obtener estimulación gratis y que nunca tienes que hacer nada para ganarla. Y luego actuamos confundidos sobre por qué no se forman relaciones reales, verdaderas y honestas. Schopenhauer describió la voluntad como una fuerza central de la existencia humana. Y describió la civilización como un conjunto de estructuras diseñadas para canalizarla. Y el honor sexual era uno de los canales más importantes. Tomaba el impulso más fuerte que tienen los humanos y lo colocaba dentro de un contenedor con reglas, expectativas y responsabilidad mutua. Si quitas el contenedor, el impulso no desaparece. Lo que hace es encontrar nuevas salidas, pornografía, relaciones parasociales, aplicaciones optimizadas para deslizar el dedo en lugar de conectar. Estos canales que alimentan la voluntad sin llegar a satisfacerla realmente. Porque la voluntad, como Schopenhauer dijo, es insaciable si no hay un significado subyacente asociado a ello. Sin honor, sin límites, sin reglas, sin restricciones. Siempre querrá más. Y, por desgracia, lo consumirá todo.

Tú lo pones delante. El antiguo sistema decía: "Si quieres esto, entonces necesitas convertirte en alguien con quien valga la pena comprometerse". El nuevo sistema dice: "Aquí hay una simulación, y nunca necesitas convertirte en nada para tenerla." Y estamos midiendo los resultados en tiempo real. Y si te encuentras escuchando esto en la generación que tiene acceso a más cosas que cualquier generación anterior, pero que aún se siente más vacía de lo que esperaba o de lo que le prometieron, eso no es un fracaso personal. Ese es tu deseo, sin nada con propósito en qué canalizarlo. La estructura fue eliminada y tú eres quien está pagando por ello con todo.

Capítulo 8: Qué construiremos a continuación

Hay cinco cosas dispuestas una al lado de la otra: el patrón aquí es imposible de pasar por alto. Cinco cosas que esta estructura sostenía, y una pregunta sobre un asunto que quedó para las personas que discutían sobre esto todos los días y se negaron a tocarlo. Schopenhauer nunca predijo a Bonnie Blue. Nunca predijo OnlyFans ni Swiping ni mensajes de texto o relaciones sin sentido. Describió una estructura. Describió lo que mantenía unido. Y describió con detalle preciso lo que sería. 

Todo se desmoronaría cuando se rompiera. El compromiso se volvería condicional y los hombres dejarían de ceder cuando las condiciones parecieran poco fiables. Los niños perderían la estabilidad que les brindaban dos padres comprometidos.

La confianza en la paternidad se erosionaría y, con ella, el incentivo para la paternidad de por vida. Las mujeres perderían poder de negociación colectiva. La sexualidad individual prevalecería. La libertad se conseguiría a costa de la influencia del grupo. Y las personas más perjudicadas por esa disyuntiva serían las propias mujeres. La confianza entre los sexos colapsaría, porque, sin reglas compartidas, lo único que queda para ocupar su lugar es la sospecha. Y una cultura que antes se construyó sobre el honor, los valores y la moderación serían reemplazados por una cultura construida sobre el derecho y el impulso, el deseo sin control, estructura, acceso sin inversión, consumo sin conexión. Las relaciones humanas sustituidas por relaciones de consumo. Ahora bien, no era un profeta: era un ingeniero que leía un plano. Observó los muros de carga y qué sostenían, y el edificio se derrumbó exactamente donde estaban esos muros. 

Y la parte que más debería preocuparte: nos dijo en 1851 que el honor sexual era utilitario. No sobrevivió por ser moral, sobrevivió porque funcionó. Y no lo reemplazamos con algo mejor. No construimos un nuevo sistema, nuevas reglas ni nuevas estructuras. No lo reemplazamos con nada que lo sostuviera. 

Compromiso, familia, seguridad femenina, confianza social o moderación. Simplemente lo quitamos. Y nos dijimos nosotros mismos que eliminarlo era lo mismo que progresar. La verdad es que a los datos no les importa cómo lo llamemos. Ahora bien, para ser claros, Schopenhauer no era uns fantástica persona. Era difícil, a menudo cruel, pesimista y cínico, y tenía muchas opiniones sobre las mujeres que hoy en día resultarían ofensivas. No estoy aquí para rehabilitarlo. Estoy aquí para decirles que su análisis estructural fue preciso. Describió una máquina. Describió sus partes móviles. y él describió con incómoda precisión lo que se rompería si se intentara desmontar la máquina. La desmontamos y ahora estamos entre los escombros culpándonos unos a otros del colapso. En lugar de hacernos la única pregunta que realmente importa, ¿qué construimos ahora?

Porque algo tiene que ser. La antigua estructura parece haber desaparecido y no estoy seguro de que vaya a volver. Pero las cinco cosas que mantenía unidas, el compromiso, los hijos, la seguridad de las mujeres, la confianza y la moderación siguen siendo importantes.

Todavía necesitan un contenedor y ahora mismo no lo tienen. Así que la pregunta no es si Schopenhauer tenía razón. La tenía. La pregunta es qué vamos a hacer con el hecho. 

== Comentarios en YouTube==

"Nunca derribes una valla hasta que entiendas por qué fue construida." - G. K. Chesterton.

El hombre construye una cerca para mantener alejados a los lobos. La esposa está convencida de que los muros son para mantenerla dentro. Ella derriba la cerca y ambos mueren.

«Las mujeres siguen siendo niñas: solo ven lo que está inmediatamente presente, confunden las apariencias con la realidad, prefieren las nimiedades a los asuntos importantes y viven casi exclusivamente en el presente. Por eso son más alegres y mejores consolando a los hombres en el momento, pero también por eso son derrochadoras, no pueden planificar a largo plazo y carecen de prudencia.» - Schopenhauer

Ninguna mujer verá este video. Probablemente el 99% de la audiencia sean hombres que ya sabían de qué se trataba. Ella simplemente está validando nuestras experiencias. Probablemente YouTube impide que las mujeres vean este tipo de contenido.

Schopenhauer era una leyenda que siempre decía la verdad. La cultura de las relaciones casuales y las aplicaciones de citas han sido terribles para la sociedad, pero no puedes decirles la verdad a las personas; simplemente se ofenden al escuchar la realidad.

Leí algunos escritos de Schopenhauer sobre este tema y no encontré más que la verdad. Nadie es más odiado que quien dice la verdad.

Personalmente creo que quienes más sufren la actual falta de compromiso son los niños.

Respecto a la crueldad y mezquindad de Schopenhhauer: no hace falta ser amable y gentil para dar una receta precisa. De hecho, ser amable y gentil es precisamente lo que lleva a la gente a negarse a definir un problema. El "no quiero ofender a nadie" es lo que conduce a un fracaso constante.

Aparte de un coeficiente intelectual elevado, lo único que tenía Schopenhauer era una herencia que le permitía no tener que llevarse bien con los demás.

Cien años después de Schopenhauer, Estados Unidos generó la siguiente generación de honor sexual. Los dos filósofos fueron Disney y Hefner.

miércoles, 8 de julio de 2026

Manipulaciones femeninas

Según la psicóloga Laura, aquí:

Frases para echar a correr cuando las dice una mujer, estratégicamente, para venderte una imagen que no es la suya; en vez de creerlas, hay que comprobar hechos y conductas para verificar que hay disonancia cognitiva:

1. Yo no soy una mujer complicada...

2. Yo no busco nada serio...

3. Yo no soy una mujer interesada...

Maniobras de manipulación socorridas por una mala mujer o mujer tóxica para encadenar un hombre a una relación:

1. Asumir el papel de víctima indefensa y no escuchar los sufrimientos del otro. Eso crea dependencia emocional: solo existen las emociones de ella.

2. Uso hábil del chantaje emocional. Coacción disfrazada de afecto.

3. Aislamiento social. Cierra las puertas a todos tus contactos familiares, y sociales anteriores o nuevos. Reduce tu círculo social poco a poco afectando a tu autoestima.

4. Maneja como nadie los altibajos emocionales. Mezcla momentos de cariñoy valoración con otros de frialdad, distancia e incluso desdén, y sostiene esa ambigüedad en toda la relación creando inseguridad constante. Esta técnica busca desestabilizarte emocionalmente.

5. Promete que va a cambiar. Palo y zanahoria, el futuro nunca llega y siguen los ciclos constante de esperanza y desilusión.

Por lo general, igualmente, las mujeres no se atreven a manipular en estos casos:

1. Alguien que no necesita validarse, o que no necesita que se le confirme lo que vale, o que no se descontrola ante estímulos variables o inseguros, ni es vulnerable.

2. El que tiene criterio propio y consistente y no lo cambia ni lo negocia.

3. El que no reacciona desde el ego a algo que lo incomoda.

4. El que tiene claro que la atracción no es un vínculo.

miércoles, 15 de abril de 2026

Entrevista a transexual

 Benita Castejón: “Empecé a sentir la desventaja de ser mujer desde el instante en que empecé mi transición”, en El País, Luz Sánchez-Mellado, 22 MAR 2026

La vidente y concursante de ‘Top Chef’, que decidió emprender su transición de género a los 60 años, estrena próximamente en TVE un documental sobre su vida

Benita Castejón cita a primera hora de la mañana en El Templo del Maestro Joao, su tienda de esoterismo y consultorio de tarot en un popular barrio de Madrid aún no del todo engullido por la gentrificación. Un enorme local a pie de calle, atiborrado de anaqueles a rebosar de aceites esenciales, amuletos y sortilegios, y con varios retratos enmarcados de la propietaria cuando tenía nombre y aspecto de varón, realizados antes de que emprendiera su transición de género y tuviera DNI de mujer. Hablamos en el cuartito interior donde lee las cartas, aún más sobrecargado de atrezo para hechizos varios, a la luz de una vela led. No sabe una adónde mirar. Bueno, sí. Gasta un verbo tan hipnótico como su rostro, uno de esos de los que no puedes apartar la vista por la perfección quirúrgica de sus rasgos. Benita es, nunca mejor dicho, una mujer hecha a sí misma. Hace pocos meses que se ha sometido, además, a una mamoplastia, una vaginoplastia y otras operaciones para completar su transición de género. Se la ve a la vez hiperactiva y exhausta.

¿Cuántas vidas ha vivido a sus 63 años?

62.

Uy, perdón.

Tranquila. No me importa para nada la edad. Conozco a tanta gente 25 años mayor, que cada vez estoy más convencida de que la edad es el espíritu, la energía y la actitud de la persona. Pero, a lo que íbamos: he vivido muchísimas vidas, y muy diferentes. La de la infancia, la de camarero, la del mundo de la noche y el transformismo, en el que empecé con 13 años. La de peluquero, donde tuve tres premios. Hice cursos de acupuntura, de tarot, he trabajado en medios de comunicación. Todo eso te da conocimiento de gente y de mundos muy diferentes.

¿Empezó en el transformismo con 13 años?

Me faltaba un mes para los 14. A los 15 o 16, me quisieron contratar en una sala, en los bajos del teatro Calderón, te pedían la patente fiscal artística, y yo falsifiqué la firma de mi padre, porque me tenía que autorizar un adulto.

¿Lo hacía por necesidad económica o personal?

Por todo. En esa época, yo salía de una situación económica muy difícil y trabajaba en una cafetería de camarero. Necesitaba dinero, pero lo hacía sobre todo por la fantasía, por los focos, por el maquillaje, por sentirme quien yo quería ser.

¿Quién quería ser?

Pues Rocío Jurado, Marilyn Monroe, las mujeres de las que me disfrazaba. No: me disfrazaba de mujer, pero era mentira, la que vivía disfrazada era yo cuando era camarero, cuando era peluquero, cuando era el maestro Joao.

¿Cuándo se dio cuenta de eso?

El saber quién era yo por dentro lo supe siempre. No tenía duda. Pero aquella época no era la de ahora. Era mucho más difícil. Yo sabía que era una chica. Empecé a indagar para poder ser esa chica. Y lo que descubrí es que ser esa chica me iba a llevar a ser prostituta porque era el único camino que servía. No podía ser peluquera, ni camarera, ni tendera. Tenías que ser prostituta, eso es lo que yo veía: mujeres que, desgraciadamente, acababan en las calles, apaleadas, alcoholizadas. Entonces, yo, además de ser mujer, sabía qué tipo de mujer no quería ser.

No creo que ellas tampoco quisieran ser prostitutas.

Ninguna quería. Se veían obligadas porque en aquella época sus padres las echaban de casa y no tenían otro recorrido. Para que vea la gente lo fuerte que es esto: preferían ser prostitutas, pero mujeres, que quedarse de carpinteros o panaderos.

Y usted, ¿cómo soportaba sentirse mujer y no poder parecerlo?

En mí ha mandado siempre el corazón. Siempre he pensado en mi madre. He decidido llamarme Benita, como ella, por ella. Estoy viviendo por ella. Mi madre jamás me hubiera echado de casa, pero yo pensaba en su sufrimiento. Eso no me quitaba el mío, pero yo hubiera sido egoísta si se lo hubiera echado a ella.

¿Esperó a que ella muriera para emprender su transición?

Me estoy cuestionando eso mucho. Lo anuncié antes de que falleciera. Ella tenía 93 años. Fíjate, yo quería que ella lo autorizase, pero esperando a que ella muriese. No por ella, sino porque ella no tuviera que ver ningún comentario que le hiciese sentirse incómoda ni mal. Las dos estábamos bien. Hay veces que una sopesa si cambiar alguna pieza le va a compensar o no, y para mí, su felicidad estaba por encima de la mía.

Y, a todo esto, ¿qué pensaba su padre?

Mi padre, que era barrendero, murió cuando yo tenía 17 años. Pero le cortaron muy pronto una pierna y nunca pudo trabajar más. Siempre estuvo enfermo. Él no ponía peros, pero tampoco participaba en la casa. Fue mi madre la que llevó adelante a toda la familia, a mis cuatro hermanos y a mí, y, aunque asistía en casa de una familia muy buena, no le quedó pensión ni nada. A mi madre le robaron un niño y una niña en la maternidad, toda la vida nos lo ha dicho, y, ya de mayor, yo le decía que no llorara: que yo era ese niño y esa niña a la vez.

¿Esa dignidad de su madre le ha traído más felicidad o más sufrimiento en la vida?

Más felicidad, pero más esfuerzo, también. Mi madre me condenó a la puntualidad y al agradecimiento. Soy agradecida hasta ir a rastras. Ese comecome lo llevo dentro. Esa es mi herencia. Ser agradecida, ser honrada y querer a fondo perdido. El plazo fijo es para el banco. Entonces, me agarro a quien quiero y, aunque me dé una cruz, me agarro a esa cruz [se le saltan las lágrimas]. Perdón, es que estoy muy sensible.

En absoluto.

Esta transición mía ha sido muy rápida. No me arrepiento. La volvería a hacer mil veces. Pero se te acumula el sentimiento, la emoción, el ahogo. Yo no tengo una pausa desde hace muchos años. Tengo la radio, mi negocio, un concurso de televisión, eventos. No tengo un desahogo nunca.

¿Por qué acepta todo ese trabajo? ¿Le da miedo bajarse de la bici por si se cae?

Sí, lo del trabajo también es una herencia. Cuando tú pasas fatiga, no de no tener para comer, pero sí de apuro y dificultades, y de no tener cosas que otras personas tienen, te es muy difícil parar y decir que no, por si no te vuelven a salir. Solo quiero trabajar, se ha convertido en un mantra.

Pero a los 62 también hay que vivir, ¿no?

Yo vivo a ratos. Como no tengo tiempo para mí soy una indigente de las emociones de los demás. Soy feliz haciendo felices a los demás. Tengo a gente importante en mi vida. Mi Toni, que, además, es mi representante.

¿Es su pareja?

No, no. Te lo prometo. Pero le adoro. Disfrutaría más invitándole a un viaje que haciéndolo yo. O que él tuviera un descanso, antes que yo. Por supuesto, tengo gente que me quiere. Como él, que deja la vida por mí, que me apoya desde el minuto uno. Yo siempre me he puesto la última de todo.

Pero cuando decidió iniciar su transición se puso la primera. ¿Ahora le toca a usted, como en la canción de Bebe?

Pues sí. Lo que pasa es que me da pudor. Entonces, si puedo hacer que alguien lo disfrute conmigo, digo, menos mal, me siento justificada.

¿Se siente nombrada si la defino como mujer trans?

Es que a mí las etiquetas solo me gustan en la ropa, para ver el precio. No. Yo soy yo, bonita.

Muchas mujeres trans esconden sus fotos de antes del cambio. ¿Por qué las tiene usted a la vista?

Porque ninguna de esas imágenes son una ficha policial mía. Ha sido mi pasado. Y en esas fotos yo veo a Benita con el pelo corto. No veo otra cosa.

A su edad, en sus circunstancias. ¿Necesitaba su transformación física?

Sí. Con el tiempo fue creciendo esa necesidad. Hubiera podido no hacerla y seguir viviendo así, pero estoy tan feliz de haberla hecho. Es un milagro.

¿Con sus penitencias? Dice que ha sido duro.

No es un camino de rosas ni muchísimo menos. Hay gente que piensa que te hormonas y eres una mujer: no, una mujer tienes que ser antes. No es que te hormonas y ya. Mira, en los ochenta, cuando yo era adolescente, había en los clubs un cuarto oscuro, donde se hacía lo que fuese. Yo, fíjate, nunca iba a eso, he sido muy complicada, porque reconocía en mí a una mujer y el sexo a ciegas era complicado. Pues, cuando empecé a hormonarme, mi médico me dijo que me metiera a un cuarto oscuro, y él, que es un experto maravilloso, me dijo que experimentara. Y es que no hay muchas mujeres mayores que se hayan empezado a hormonar a los 60. La mayoría llevan hormonándose muchísimos años. Y yo era nueva y mayor a la vez.

Eso es interesantísimo.

Entonces, yo entraba en el cuarto oscuro, figuradamente, e íbamos viendo cómo funcionaba. Hemos ido investigando a ciegas. Yo, en las operaciones, que han sido brutales, me hice el más difícil todavía. Cosas que se hacen en varias veces, me las hice de uno, y en la versión más ambiciosa. Me dijeron que me podía morir, pero yo dije: “adelante, si me muero, me moriré feliz”. Solo tenía miedo de dos cosas: de dejar solo a mi Toni, y de que gente como yo dijera que ellos no podrían hacérselo. Ahora me llama gente que lo daba todo por perdido a su edad, y para ellas soy una esperanza. Ahora, que la gente no piense que esto es ponerse tetas y ya está. Es muy, muy duro.

¿Qué es lo peor?

Las hormonas me dieron un vuelco emocional tremendo. De llorar, de enfadarme sin venir a cuento. De revolucionar mi interior de una manera terrible. Sobre todo, tenía muchísima sensibilidad. Mis amigas me decían: ahora ya sabes lo que tenemos nosotras. He descubierto quién soy y lo volvería a hacer. Pero empecé a sentir la desventaja de ser mujer desde el principio. Desde el momento en que vas al baño y tuve que mear sentada cuando antes tenía las dos opciones. Y, a partir de ahí, todo.

¿Qué opinas de esas feministas que dicen que mujeres como usted nos borran a las mujeres?

Me dan muchísima pena porque descubro que el peor enemigo de la mujer es la mujer. ¿Cuánta exposición de transexuales masculinos hay? Ninguna. ¿Quiénes estamos expuestas? Las féminas. De siempre. Me da mucho coraje.

¿Le ofenden las que dicen “es un puto tío” cuando se expone en redes?

Es que nadie inteligente me ha dicho eso. Como máximo, te llaman Manolo, como si no hubiera Josefas. No me ofende nada de nada. Si se lo dijeran a alguna criatura joven, que no tenga mi fuerza mental, pero yo vengo de vuelta. Al contrario, me da pena esa persona y su limitación mental. Yo he vivido en España cuando a una persona negra se la miraba como si fuera de otro mundo. O cuando se escondía a la gente con síndrome de Down, que se la escondía. Y mira ahora.

En la red X se muestra muy a favor del Gobierno y de su presidente. ¿Por qué se mete en esos ‘fregaos’?

Pues mira, porque lo que diga la gente de mí me trae sin cuidado. Tengo a mi madre siempre presente y recuerdo que cuando iba a votar nos decía: no cojáis papeletas del suelo que os lleva la policía. A su padre lo fusilaron sin juicio en una pared y para ella ir a votar era como ir de boda. Entonces, yo digo: tanto que se ha luchado por la libertad de opinión, yo no me voy a callar lo que opino.

¿Ha querido mucho en la vida?

Con locura, porque solo sé querer como las locas. Cada vez que me he echado una pareja, me enamoro para toda la vida. Luego, ya, dura lo que dura. Y he sufrido mucho por amor. Porque me han dejado, porque una pareja mía falleció, un amor, en plena adolescencia. Vivo permanentemente enamorada.

¿Le ha acompañado alguna pareja en su transición?

No he tenido nunca ninguna pareja que no fuera heterosexual. Y, en todos los casos, he sido su primera relación con una pareja de su sexo. Empecé la transición y rompí con mi pareja de entonces, pero esa pareja se enamoró de mí en una discoteca y, al principio, luchó mucho contra eso. Me dejó tres veces antes de tener una relación de bastantes años. Hay quien me ha preguntado que si me operaba por darle gusto a él después de tantos años y, fíjate, rompimos después de esa operación. No ha tenido absolutamente nada que ver. Lo he hecho por mí.

Estamos hablando donde echa las cartas del tarot. ¿Qué le diría a quien cree que es una estafa y un camelo?

Que esto es como la Iglesia, que crees en algo, lo veas o no, y pasan un cepillo. Esto es lo mismo. Un acto de fe. La gente que viene aquí es porque cree. Yo respeto a todo el mundo, a quien cree y a quien no. Con la diferencia de que esto está a puerta de calle. Cobro lo mismo que cobraba en 2018, cuando me hice conocida en un reality de televisión. Y a quien viene se le hace un tique de caja con su IVA y lo declaro todo. Y lo puedo demostrar a quien quiera.

¿Se ha operado en la sanidad pública?

No, por un tema de tiempo. La sanidad pública es el peor tesoro que nos pueden robar si la hacen privada. Tenemos una sanidad pública buenísima, pero yo no podía esperar, por un tema de edad y de tener tiempo para hacerlo. Pero hay cantidad de gente que no puede. Pero eso de que es gratuita no es cierto. La pagamos todos con los impuestos. No es gratis. Nada lo es.

BENITA HIJA

Benita Castejón (Madrid, 62 años) no tuvo ninguna duda cuando eligió nombre para su nuevo DNI con nombre y sexo de mujer en el Registro. Quiso llamarse Benita, como la madre que la parió y que la sacó adelante, a ella y a sus cuatro hermanos, en una chabola de las que aún quedaban barrios enteros en Madrid cuando ella era pequeña. Camarero, peluquero y transformista antes que tarotista, Benita alcanzó celebridad como polemista y vidente en un programa de televisión y, luego, como concursante de realities. Fue en 'Top chef' donde anunció a sus compañeros y a la audiencia, que había decidido emprender su transición de género hormonal y quirúrgica pasados los 60 años. Pudo morir, dice, pero volvería a hacerlo.

Madre no hay más que dudas

 -Bueno, suegri, ahora que no está Julio, dime la verdad: que él es adoptado, porque tiene esa duda desde hace mucho tiempo.

-Pues... [llega Julio]

-¿De qué habláis?

[La suegri]:

- A ver cómo te lo cuento... ¿Tú te crees que, si él fuera adoptado, yo lo habría elegido a él? ¡Joder!

- Disipada la duda, amor.

- Gracias, mamá... o lo que seas.


lunes, 30 de marzo de 2026

La mujer según Schopenhauer

 [Transcripción corregida de Schopenhauer despreciaba la naturaleza femenina (y la psicología moderna prueba que tenía razón)

 ¿Alguna vez has amado a alguien y aún así sentiste que había algo de falsedad en todo aquello? ¿Has tenido la sensación de que el afecto que recibiste era un teatro cuidadosamente ensayado para obtener algo a cambio? ¿O, peor, te diste cuenta de que entregaste tu alma por una mirada y solo después entendiste que aquello era solo estrategia, no sentimiento? 

"La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas". Estas no son palabras de un hombre frustrado con el amor, son de Arthur Schopenhauer, uno de los filósofos más oscuros y sinceros de la historia. Para él, la mujer era la manifestación más perfecta de la trampa que la naturaleza construyó para mantener girando el ciclo de la vida, aunque eso costara la dignidad, la libertad o la lucidez del hombre. 

Tal vez tú ya hayas sentido eso, pero jamás te atreviste a ponerlo en palabras. Quizás sospechaste de ese cambio repentino de humor, de esa lágrima demasiado rápida, de esa desaparición fría después de noches intensas, y, quizá muy en el fondo, te odiaste por darte cuenta de que, incluso después de todo eso, todavía querías más. 

En este video vamos a atravesar un territorio peligroso. Entre las ideas brutales de Schopenhauer y los datos de la psicología moderna hay un hilo invisible que cose instintos, manipulación, amor y destrucción. No vamos a hacer un manifiesto de odio; vamos a desenterrar una verdad que muchos hombres sienten, pero no tienen el valor de nombrar. Y quizá, solo quizá, al final de este recorrido no odies a nadie, pero tampoco vuelvas a confiar. 

De la misma manera, Arthur Schopenhauer no odiaba a las mujeres como un hombre herido odia. Las despreciaba como un pensador que ve a través de la ilusión. Y eso es mucho más peligroso. Su desprecio era filosófico, casi clínico. No gritaba contra ellas, las describía como quien revela un fraude ancestral. Y lo que decía todavía resuena con una fuerza incómoda, en los callejones de la experiencia masculina moderna. Para Schopenhauer, la mujer no era el sexo bello, como romantizan los poetas. Era el sexo necesario, un cuerpo moldeado por la naturaleza, no para encantar, sino para atrapar. 

Escribió: "Solo un hombre cuya razón ha sido oscurecida por sus impulsos sexuales podría llamar sexo bello a una raza de hombros estrechos, caderas anchas y piernas cortas." Así comenzaba el ataque, rompiendo el encantamiento, rasgando el barniz del deseo con la hoja de la razón. Mientras otros filósofos especulaban sobre el alma femenina, Schopenhauer la reducía a un reflejo del instinto biológico. No había misterio, no había una esencia elevada, había función, supervivencia, repetición e engaño. Pero antes de juzgarlo con los ojos de hoy, hay que recordar lo que lo movía: el disgusto por la vida. Para él vivir era sufrir. La existencia era una prisión impuesta por la voluntad, una fuerza ciega, irracional, que nos empuja a continuar incluso cuando todo en nosotros pide silencio. Y la mujer era la embajadora de esa voluntad, el señuelo, el anzuelo, el recurso que la naturaleza utiliza para garantizar que el hombre, aún lúcido, se doblegue ante el ciclo de la reproducción. Schopenhauer miraba el cuerpo femenino con la frialdad de quien ve una trampa sofisticada, la piel suave, la voz tierna, la expresión vulnerable. No eran cualidades morales, sino estrategias evolutivas. "No había afecto ahí", decía él, "había cálculo, pero un cálculo sin conciencia, lo que lo volvía todavía más peligroso. La mujer, según él, no manipulaba porque fuera mala: manipulaba porque era eficaz. Estaba optimizada para seducir, para domesticar al hombre a través de la emoción y, lo más cruel, lo hacía naturalmente, con la fluidez de quien nació para ello. Este pensamiento puede sonar brutal, y lo es, pero detente y piensa. ¿Cuántas veces tú, hombre, no te has visto haciendo de todo por alguien que parecía frágil, enamorada, encantada contigo, y después te diste cuenta de que aquello no era amor, sino necesidad disfrazada?

¿Cuántas veces esa dulzura inicial se transformó en frialdad, en manipulación silenciosa, en exigencias sin nombre? Schopenhauer veía en eso un patrón, no una excepción. La mujer sería, en sus palabras, el  medio por el cual la naturaleza garantiza que el hombre se ilusione lo suficiente como para convertirse en padre: nada más, nada menos. Afirmaba que la mujer no ama al hombre, ama lo que él puede ofrecer. Y eso no es una elección consciente, es programación, evolución. Y eso lo hacía reír amargamente del romanticismo, del ideal del amor eterno, de los poetas que escribían sobre almas gemelas, porque para él todo eso era parte de la gran ilusión. 

La mujer no jura eternidad, ofrece afecto mientras eso le convenga, y cuando ya no le conviene, se va. Así de simple. No son crueles, son funcionales. Ese podría ser el resumen de la visión shopenhaueriana. Y, si eso duele, quizá es porque algo dentro de ti reconoce esa lógica, porque aunque lo niegues con palabras, el cuerpo lo recuerda. La memoria afectiva guarda esas partidas inexplicables, esa mirada que ya no brilla, ese silencio que sustituye al toque, y aquí reside la genialidad oscura de Schopenhauer.

Se dio cuenta de todo esto siglos antes de la psicología moderna, antes de que se hablara de hipergamia, teoría del apego, condicionamiento emocional, recompensa intermitente. Antes de tener datos, estudios gráficos, él ya veía los patrones. La mujer, según él, no es villana, es vector, un vector que dirige al hombre hacia el sufrimiento, porque lo seduce con la promesa de completitud, pero entrega solo fragmentos. No miente, oscila; no destruye, recalibra la entrega conforme cambian las ventajas. Y el hombre ama con profundidad, con construcción, con proyección; ama como quien apuesta todo, y es precisamente por eso que se quiebra, no por ella, sino porque creyó que ella era como él. 

Ese es el error que Schopenhauer quería exponer. El error de pensar que hay simetría donde hay estrategia, de creer que el amor de ella tiene la misma lógica que el tuyo, de imaginar que su afecto se sostiene en lo que eres y no en lo que entregas. Pero ¡cuidado! Schopenhauer no proponía venganza, proponía desencantamiento. Quería quitar el velo, no el corazón. Quería que el hombre dejara de ser marioneta del romanticismo y empezara a mirar a la mujer como se mira a una esfinge, con respeto, pero con desconfianza. La mujer para él era como un espejo que devuelve la imagen que necesitas ver para que sigas sirviendo a su guion. Y cuando ya no sirves, rompe el espejo sin drama, sin culpa, solo reinicio, porque su supervivencia exige movimiento y la tuya exige ceguera a menos que despiertes. Schopenhauer creía que los hombres sufrían, no por las mujeres en sí, sino por las ideas que proyectaban en ellas. 

Sufrían porque romantizaban el instinto, transformaban tácticas en sentimientos, cambiaban supervivencia por fidelidad y daban el alma esperando recibir amor. Pero ella nunca prometió el alma, solo sonrió, solo susurró, solo fue lo que necesitaba hacer en ese momento. La filosofía de Schopenhauer nos pide algo muy difícil, que miremos aquello que deseamos y nos preguntemos: ¿esto es amor o es ilusión programada? ¿Es reciprocidad o necesidad disfrazada? ¿Me ama, o solo me usa como puente hacia algo mejor? Si esas preguntas duelen es porque aún hay esperanza. Pero, cuando ya no duelan, cuando la lucidez sustituya al deseo, verás lo que Schopenhauer vio: a la mujer como la trampa más hermosa jamás creada, pero, aún así, una trampa. Y una vez que ves la trampa, ya no eres más una víctima. Te conviertes en algo raro, peligroso, soberano. 

Ahora, dime algo: ¿alguna vez has sentido que das demasiado y, aún así, no te respetan? No es por falta de esfuerzo, es porque el respeto no se pide, se proyecta. Y esa proyección comienza en cómo entrenas tu mente para mantener la frialdad y el enfoque en situaciones críticas. Ocurre que muchos crecieron con la idea de ser bueno, ser comprensivo, pero eso no forma hombres fuertes, eso forma personas fácilmente manipulables. Existe un modelo de autocontrol mental que está siendo usado por quienes decidieron dejar de agradar y empezar a imponerse con presencia. Grabamos un video explicando cómo esa estructura funciona en la vida real. 

Para acceder, escanea el código en pantalla o haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado. ¿Alguna vez intentaste razonar con tu propio deseo? Intentaste explicarte con lógica por qué debías irte, pero no pudiste levantarte de su cama. ¿Escuchaste esa voz racional diciéndote, "Esto va a destruirte y aún así te quedaste?" El filósofo puede entender el mundo, el poeta sentirlo, pero ninguno de los dos escapa de la mujer que encarna el deseo. Y quizás sea precisamente ahí donde el hombre empieza a perderse, cuando intenta usar la razón para descifrar el instinto y termina vencido por algo que nunca fue creado para ser racional. 

Schopenhauer lo veía con una lucidez dolorosa. Para él, el hombre es un animal que sufre porque piensa, pero cuando el pensamiento se encuentra con el deseo, algo se rompe. La claridad se convierte en delirio, la lógica se dobla y el hombre racional se transforma en siervo voluntario de la ilusión. Creía que el deseo sexual, especialmente el deseo por una mujer idealizada, es la forma más eficiente que tiene la naturaleza de esclavizar al hombre. Y lo más cruel lo hace con su consentimiento. El amor es una ilusión proyectada por la voluntad para mantener viva a la especie, decía él. Detente y piensa. ¿Qué lleva a un hombre a abandonar su lucidez? ¿Qué lo hace ignorar advertencias, consejos, señales claras de manipulación o egoísmo? ¿Por qué insiste en arreglar a una mujer que lo despreció otra vez? ¿Por qué cree que esta vez será diferente? La respuesta es simple y brutal. El deseo lo ciega porque el instinto ganó. La mujer en este juego no necesita ser malintencionada, solo necesita existir con las características que activan ese código ancestral. La vulnerabilidad que despierta protección, la belleza que sugiere fertilidad, la mirada que promete exclusividad, el lenguaje corporal que susurra rendición. Pero todo eso es solo forma. La esencia puede estar vacía o peor, puede ser estratégica. Y aquí entra la ironía cruel. El hombre confunde instinto con amor, confunde atracción con conexión, confunde entrega hormonal con profundidad emocional. Mientras tanto, la mujer, aunque no sea plenamente consciente, juega otro juego. Un juego donde el afecto se concede en función de la conveniencia, no de la eternidad.

Ella no está interesada en la poesía del alma. Ella está biológicamente optimizada para elegir al compañero que le ofrezca más ventajas evolutivas. Esto es hipergamia. Y no se trata de oportunismo vulgar, se trata de programación biológica. Ella no decide dejarte porque encontró a alguien mejor. Simplemente siente que ya no te necesita y su deseo, igual que el tuyo, habla más fuerte que la razón. Mientras tú crees que el amor es sacrificio, ella se mueve por selección. Mientras tú te convences de que todo vale la pena por ella, ella solo observa quién entrega más valor con menos costo emocional. Es cruel, sí, pero es real. Y es aquí donde la psicología moderna se encuentra con Schopenhauer. Estudios como los de David Bus muestran que las mujeres priorizan características como estatus, recursos, estabilidad y dominio emocional, especialmente en contextos a largo plazo. Es decir, incluso sin saberlo están calibrando, comparando, eligiendo todo el tiempo. Y si aparece alguien que ofrece una condición más ventajosa, aunque sea emocionalmente inferior, su cuerpo responde antes que su cerebro. Lo sientes cuando de repente empieza a responder con menos entusiasmo, cuando sus ojos pierden el brillo pero tú sigues intentando reavivar la llama, cuando dice que necesita espacio y tú le das más amor, y cuanto más entregas más se aleja. No es maldad, es algoritmo biológico. Y ahí es donde la razón masculina colapsa, porque sigue intentando amar a una mujer que ya dejó de elegirlo. Sigue invirtiendo en una conexión que para ella expiró. 

Él intenta racionalizar lo irracional. Intenta demostrar valor en un terreno donde el valor se mide por instinto, no por argumento. Y cuanto más se humilla, más pierde valor ante sus ojos. Schopenhauer veía este patrón como una comedia trágica, el hombre ebrio de deseo, arrodillado ante una figura que a sus ojos es divina, pero que en  realidad es solo humana, con instintos tan egoístas como los de él. La diferencia es que ella sabe lo que quiere, él no.

La mujer no necesita entender filosofía para manipular. Manipula con la respiración, con la ausencia, con el cambio de tono, con la espera, con el silencio. Y él intentando ser racional empieza a decaer emocionalmente. Se vuelve dependiente, se vuelve predecible, se vuelve débil, pero el deseo no quiere fuerza, quiere satisfacción. Y cuando te conviertes en necesidad, ella pierde el interés. Porque lo que atrae no es el amor que suplica, es el amor que se mantiene. Es el hombre que no se  inclina, incluso deseando. Esa es la trampa. ¿Crees que siendo bueno, sensible, dedicado, vas a ser amado con la misma intensidad? 

Pero ella fue hecha para desear el desafío, el riesgo, la incertidumbre y tú te volviste demasiada certeza. Schopenhauer no tenía Tinder, no conocía datos de neurociencia, no leía estudios sobre dopamina o el ciclo ovulatorio, pero observaba y veía. Veía que el hombre es derrotado no porque ama, sino porque no entiende lo que ama. El deseo para él es el verdugo de la razón. Y mientras el hombre desee sin comprender, amará sin ser amado. Por eso escribió: "La mujer es por naturaleza mentirosa, no por maldad, sino por necesidad." Y hoy la ciencia coincide. La mujer se miente a sí misma para mantener el autoengaño. Cree que todavía ama, hasta el día que deja de hacerlo. Jura que es diferente, hasta el día que encuentra a alguien mejor. Y, el hombre, si no despierta, siempre será el último en darse cuenta. Schopenhauer no quería que odiaras a las mujeres. Quería que vieras el teatro y que aprendieras a salir del escenario antes de que se apaguen las luces. Porque cuando el deseo gobierna a la razón, el amor se convierte en esclavitud. Y solo el hombre que entiende esto es capaz de amar sin destruirse.

Ella llega con los ojos grandes, la sonrisa contenida, los gestos suaves. La escuchas decir que está cansada de hombres que solo la quieren por interés y tú de inmediato te ofreces como la excepción. Crees que entendiste el juego, pero aún ni siquiera has notado que el juego ya empezó y que ella ya va ganando. La mujer moderna no necesita gritar para dominar. ha aprendido o mejor dicho ha evolucionado para conseguir lo que quiere con la mínima exposición y el máximo impacto. La psicología lo llama poder oculto, una forma de influencia sutil, indirecta, que moldea comportamientos, altera decisiones y redefine dinámicas sin nunca parecer agresiva. 

Schopenhauer, con su brutalidad habitual ya había observado este fenómeno siglos atrás. Decía que la mujer no conquista por la lógica, sino por la emoción, y que en el fondo lo que ejerce no es amor, sino control emocional disfrazado de afecto. Pero hoy con el lenguaje pulcro de las universidades, lo que Schopenhauer gritaba con desesperación se traduce en términos como comunicación indirecta, manipulación emocional, recompensa intermitente y narcisismo encubierto. La verdad es que detrás de la dulzura hay una maquinaria psíquica extremadamente eficaz. Robert Green, en su libro Las 48 leyes del poder, escribió: "El manipulador emocional seduce no con promesas directas, sino con una aparente carencia. Te necesita y eso te hace ceder." ¿Y quién más que la mujer ha aprendido a usar su propia vulnerabilidad como arma? Ella no grita, se calla, no exige, suspira, no reclama, mira con decepción y de repente tú estás haciendo todo para recuperar el brillo en sus ojos. Esa es la belleza cruel del poder oculto. Ella no manda, pero tú obedeces y aún crees que fue idea tuya. 

Sam Benin, especialista en narcisismo, escribió sobre el arquetipo de la narcisista femenina encubierta. Aquella que parece víctima, pero es depredadora. Aquella que llora y te controla con sus lágrimas. Aquella que se muestra frágil y te debilita al hacerte su héroe. Aquella que se aleja sin motivo y tú pasas días intentando entender en qué fallaste y tal vez no fallaste. Tal vez solo sintió que estabas demasiado entregado y por lo tanto demasiado predecible. Y como toda criatura de poder se alimenta de tu desequilibrio. Esto no es teoría, es un patrón. La psicología evolutiva muestra que las mujeres desarrollaron a lo largo de milenios habilidades sociales y emocionales muy superiores a las de los hombres por pura cuestión de supervivencia. Mientras los hombres guerreaban con espadas, ellas guerreaban con palabras. Mientras ellos imponían fuerza, ellas imponían culpa y a lo largo de generaciones ganaron. Schopenhauer veía esto con asombro.

Decía que la mujer parecía frágil, pero que su influencia era silenciosa, persistente, implacable. No te derriba con violencia, te desgasta con expectativas no dichas, con emociones inestables, con ausencias estratégicas. Su arma no es el enfrentamiento, es el colapso interno que induce en ti. Y lo más cruel es que no puedes probar nada. Ella no hizo nada, simplemente no estaba lista. Necesitaba tiempo. Sintió que algo cambió. Y tú, racional, intentas entender, analizas conversaciones, revisas mensajes, buscas errores. Mientras tanto, ella ya está en otra fase del ciclo, no porque sea cruel, sino porque es adaptativa. Necesita seguir, necesita evolucionar, necesita, como diría la psicología, buscar recursos más alineados con su valor percibido. Tú te destruyes buscando coherencia donde solo había instinto. Y aquí está el punto más aterrador. Ella no sabe qué está manipulando. Cree en sus propias emociones, llora de verdad, sufre, pero en el fondo sufre porque perdió el control, no porque te perdió a ti. El amor para ella es fluido, condicional, temporal, pero dicho con tanta intensidad que tú crees que es eterno y eso es lo que te rompe. Schopenhauer escribía: "La mujer seduce para obtener, y retira el afecto cuando ya tiene lo que quiere. Su amor no es eterno, es oportuno". 

La psicología moderna dice lo mismo. Con otras palabras, la mujer regula la entrega emocional según el retorno percibido. No da lo que siente, da lo que cree que mereces según el momento. Y si mereces menos, se aleja. Si te vuelves necesitado, se enfría. Si cuestionas, guarda silencio. Y al final tú te vuelves el manipulable. Y ella la que se aleja para protegerse. 

Mira, esto no se trata de demonizar, se trata de ver el juego tal como es: ¿crees que ella es dulce porque sonríe? pero ¿has pensado en cuántas veces esa sonrisa te puso de rodillas? ¿Cuántas veces pediste disculpas por cosas que ni entendías? ¿Cuántas veces te sentiste culpable solo porque ella ya no estaba feliz, aunque tuviera todo? Esa es la fuerza del poder oculto. Ella nunca pide, pero siempre recibe. Y tú, que solo querías amar y ser amado, terminas convirtiéndote en un espectro de ti mismo, caminando sobre cáscaras de huevo, autocensurándote, intentando agradar, con la esperanza de que esa dulzura regrese. Pero no regresa, porque nunca fue real. Fue un mecanismo, una invitación, una fase del ciclo. La psicología moderna confirma lo que Schopenhauer gritaba: ella no te ama. Ella te regula, no con maldad, sino con precisión. Y el hombre que no ve esto, se destruye intentando recuperar un paraíso que nunca existió. ¿Alguna vez te has detenido a pensar en cuántos hombres conoces que se han destruido por amor? Que abandonaron amigos, proyectos, identidad, todo, en nombre de una mujer; que confundieron devoción con valor, y sumisión con afecto. Ellos no gritan, no lloran en público: simplemente desaparecen poco a poco, primero en la mirada, luego en las palabras, hasta que no queda nada que no sea una versión domesticada de sí mismos con la esperanza de ser aceptados. Esa es la tragedia silenciosa del hombre que ama demasiado. No se da cuenta de que al ofrecerlo todo pierde justamente lo que lo hacía deseable, su fuerza, su soberanía, su esencia. 

Schopenhauer no se guardaba palabras al describir a este tipo de hombre. Para él, el romanticismo era una enfermedad, una especie de alucinación colectiva que hacía que el hombre actuara en contra de sí mismo. El hombre enamorado es un loco, un esclavo, un ciego conducido por la belleza hasta el abismo de su propia anulación. ¿Y no es eso lo que pasa? Al principio ella parece perfecta: se ríe de tus chistes, admira tu ambición, dice que nunca conoció a alguien como tú. Tú crees que encontraste la excepción, y entonces empiezas a moldear tu vida en torno a ella. Renuncias a pequeños placeres, a amigos, a hábitos, a ti mismo. Ella nunca te pidió eso, pero tampoco lo impidió. Y, cuando te das cuenta, estás tratando de mantener la relación con sacrificios que ella ni siquiera nota. Haces más, das más, amas más, pero recibes cada vez menos. El afecto de ella, que antes era abundante, ahora es racionado. Y piensas, "Tengo que hacerlo mejor." Y lo haces. Y mientras más das, más se aleja. Mientras más demuestras, más te pone a prueba. Hasta que un día simplemente dice: "Eres maravilloso, pero ya no siento lo mismo." ¿Y qué haces tú? Suplicas, prometes, dices que vas a cambiar. Y en ese momento ya no eres un hombre, eres solo un reflejo roto de alguien que se perdió dentro de un amor que nunca fue recíproco, solo fue conveniente. 

La psicología moderna llama a esto autoaniquilación emocional. Existe cuando la persona pierde la capacidad de verse como individuo, porque toda su identidad está atada a la aceptación del otro. Y el hombre que ama demasiado vive exactamente eso: solo se siente valioso cuando está complaciendo, cuando está siendo validado, cuando está siendo necesario. Pero el amor verdadero, si es que eso existe, no se sostiene en la necesidad, florece en la libertad. Y la mujer, al darse cuenta de que el hombre se entregó demasiado, pierde el interés porque dejó de ser un reto, dejó de ser hombre.

Schopenhauer veía esto con un desprecio casi cínico. Para él, el hombre que idealiza a la mujer se convierte en un mendigo emocional, viviendo de migajas, buscando miradas, sonrisas, palabras dulces que él mismo le enseñó a usar en su contra. Nada es más repulsivo que un hombre que suplica amor. Él ya perdió. Y es verdad. Porque cuando el amor se convierte en súplica, ya no es amor, es dependencia, es adicción, es miedo hasta estar solo, es necesidad de aprobación. ¿Y sabes cuál es el problema de eso? La mujer lo siente. Aunque no sepa explicarlo, lo percibe. Percibe que ahora él vive por ella y eso, lejos de encantarla, la aleja. La naturaleza de la atracción es brutal. Respeta el misterio, no la entrega absoluta. La psicología ya confirmó lo que Schopenhauer intuía. El amor incondicional es hermoso en teoría, pero en la práctica el deseo requiere condición, necesita margen, frontera, límite. Y el hombre que ama demasiado, ya no tiene límite. Dice sí a todo, acepta todo, tolera todo y, en el fondo, espera que ese sacrificio conmueva, impresione, conquiste. Pero no conmueve, no impresiona, no conquista. Porque nadie desea lo que ya se posee por completo. Y el hombre que se entrega demasiado se vuelve predecible, sumiso, domesticado.

Schopenhauer nos advertía sobre ese abismo. El hombre que ama sin medida se convierte en un siervo de su propia ilusión. Y cuando la mujer se va (y ella siempre se va), si ese patrón se instala, él no sufre por perderla a ella, sufre porque, al perderla, se da cuenta de que ya no queda nadie dentro de sí. La autoaniquilación es eso, no es la pérdida de su amor, es el olvido del amor propio. Y lo más cruel es que este tipo de hombre no es débil, es generoso, es sensible, es muchas veces noble, pero no entendió algo simple: el amor sin límite no genera admiración, genera desprecio. Y el desprecio es el fin del deseo. Por eso Schopenhauer no defendía el odio como respuesta, defendía el alejamiento, la claridad, el desapego. Él decía: "El sabio no se entrega a la pasión. Observa, elige, permanece entero." Y tal vez ese sea el único camino posible. Amar, pero mantenerse entero. Entregar, pero jamás suplicar. desear, pero nunca perderse. Porque al final el hombre que ama demasiado no sufre por amar, sufre porque olvidó amarse también.

No necesitas odiarla, ni luchar contra ella, ni desenmascararla. Todo eso seguiría siendo girar alrededor de ella. Solo necesitas ver, ver con ojos desencadenados, ver sin esperanza de reciprocidad, ver sin el deseo de salvarla o de perderte por ella. Schopenhauer lo entendió antes que todos. Él no proponía que el hombre se volviera frío. Proponía que se volviera intocable, no emocionalmente insensible, sino emocionalmente libre. Porque el verdadero poder masculino no está en dominar, convencer o poseer. Está en no ser dominado. Está en rechazar el papel de rehén emocional. Está en amar sin perder el trono. Hoy, más que nunca, esa soberanía está en riesgo. Vivimos en un mundo moldeado por la seducción. No solo la seducción del cuerpo femenino, sino la seducción de la validación, de la dopamina, del match, del elogio, de la sonrisa, de la promesa de que esta vez será diferente, pero nunca lo es. Y tú ya lo sabes, el hombre que sobrevive en este nuevo mundo no es el más fuerte físicamente, ni el más rico, ni el más popular: es el hombre que sabe decir no a lo que brilla, pero no alimenta. Es el hombre que ve el juego y se rehúsa a jugarlo. Porque, mientras sigas buscando la aprobación femenina, estarás fuera de ti. Vivirás en función de reacciones, likes, respuestas, silencios. estarás permanentemente distraído de quién eres (y no existe sufrimiento mayor que ese, estar lejos de ti mismo). Schopenhauer escribía: "El hombre sabio pone su felicidad, no en la satisfacción del deseo, sino en su negación". Lo que él quería decir es simple, pero exige valor: te liberas cuando dejas de desear aquello que te esclaviza. Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo que susurra todo el tiempo que, sin ella, no eres nada? Es necesario reaprender a estar solo, no como castigo, sino como ritual, porque la soledad no es ausencia, es reinicio. Es en el silencio de la ausencia femenina donde escuchas por primera vez tu propia voz sin interferencias. Es cuando dejas de agradar, de demostrar, de conquistar, que comienzas a reconstruirte como hombre. Y ese hombre, cuando renace, viene distinto: ama con lucidez, toca sin perderse, cuida, pero también impone. Observa antes de entregarse. 

Ese hombre no odia a las mujeres, pero tampoco las endiosa. Él ve y, porque ve, elige. Y, si ella juega con encanto, pero no entrega presencia, él se aleja. Si ella seduce, pero manipula, él guarda silencio. Si ella exige, pero no respeta, él cierra la puerta con la calma de quien ya no necesita explicarse. Ese hombre ha aprendido que el cariño es bueno, pero no es moneda para comprar afecto. Que el sexo es poderoso, pero no es suficiente para sostener un vínculo. Que la belleza es encantadora, pero sin integridad es solo otra trampa más. Y, sobre todo, ese hombre ha aprendido que el mayor error es intentar ser amado a cualquier costo, porque el amor verdadero no nace de la actuación, nace de la presencia. 

Schopenhauer con su filosofía de la negación del deseo, nos señala una dirección. La libertad no está en ser amado por ella, sino en no necesitar serlo. Ese es el punto de ruptura. El momento en que el hombre deja de negociar su dignidad por migajas emocionales. El momento en que dice: "Yo soy suficiente." Y eso no es arrogancia, es soberanía. Es la firmeza de quien camina con los  pies en la tierra, incluso cuando el corazón todavía late por ella. Es el poder de quien sabe lo que siente, pero no se inclina ante el sentimiento. Es la madurez de quien ama, pero jamás suplica. Y,  paradójicamente, es ese hombre el que más atrae, porque es raro, es peligroso, no necesita. Y el mundo no sabe cómo lidiar con alguien que no necesita. Ese hombre observa la seducción y sonríe. Observa la manipulación y se retira. observa la pasión y respira hondo antes de ceder porque conoce el abismo. Ha estado ahí y decidió no volver jamás. Ahora quiere otra cosa. No solo sexo, no solo compañía, sino respeto, ¿verdad? Presencia real. Y si eso no llega, prefiere el silencio. Y cuando ese hombre encuentra a una mujer, una mujer real, consciente, completa, no la domina, la invita a caminar a su lado, nunca adelante, nunca detrás. Pero si ella vacila, él se va, no con rabia, con respeto, por ella y por sí mismo. Esa es la soberanía y se construye en el silencio de los días en que eliges quedarte solo en lugar de mendigar compañía, en los momentos en que eliges leer, construir, entrenar, respirar, en lugar de correr detrás de quien ya dejó claro que no te ve. La soberanía nace cuando te bastas a ti mismo y eso sí es  amor, no por ella, por ti.

No tienes que estar de acuerdo con todo lo que escuchaste. De hecho, sería extraño si lo estuvieras, porque si todavía amas con los ojos cerrados, si aún crees que la dulzura siempre es sincera, si todavía entregas tu alma como si fuera un regalo, entonces quizás sigues dentro de la ilusión. Y todo esto que leíste puede haberte parecido demasiado amargo, pero la verdad no pide permiso para ser digerida, solo necesita ser vista y una vez vista lo transforma todo. Schopenhauer no escribió para destruir el amor, escribió para destruir la mentira. Esa que nos hace confundir la sumisión con el romanticismo. Esa que nos enseña a arrodillarnos ante el afecto cuando deberíamos caminar a su lado. Esa que convierte a hombres increíbles en sombras de sí mismos. intentando agradar a quien nunca los vio por completo. La psicología moderna, con sus tablas y estudios, solo confirmó lo que él ya gritaba desde su ventana existencial. La mujer no es la villana, pero el hombre que duerme frente a ella es la víctima ideal. El amor solo vale la pena cuando puedes amar sin perderte, sin dejar de ser hombre, sin apagarte por un poco de cariño, sin confundir presencia con actuación. Poco a poco aprendes a amar con los ojos abiertos, a desear con lucidez, a ofrecer el corazón, pero con los pies en la tierra.

Y un día sin drama, sin dolor, sin lamento, simplemente sonreirás ante la belleza y seguirás tu camino, porque ya entendiste. Quiero contarte algo, algo personal. Hace años me arrodillé, no literalmente, sino por dentro. Me anulé, me silencié, me incliné ante un amor que parecía serlo todo. Hice de todo, aguanté de todo y lo peor, pensé que era algo hermoso. Creí que era maduro, creí que eso era amor. Pero cuando ella se fue, porque, claro, se fue, me di cuenta de que quien se había ido primero fui yo. Me fui apagando poco a poco y al final ni yo sabía quién era. Fue entonces cuando encontré a Schopenhauer y no, él no me hizo odiarla. Me hizo mirarme al espejo y darme cuenta de lo ingenuo que era, de cuánto necesitaba su aprobación, porque no había construido nada dentro de mí que me mantuviera en pie.

Ese dolor, esa soledad, ese vacío se convirtieron en suelo firme, se convirtieron en disciplina, se convirtieron en lucidez. Y hoy, si estoy aquí compartiendo estas ideas contigo, es porque sé, con cada célula de mi cuerpo, que tú también ya pasaste por esto, y, si no, lo pasarás. Pero ahora quizá estés más preparado.

Gracias por llegar hasta aquí. No escuchaste un video, atravesaste un espejo y espero que haya salido del otro lado más entero, más lúcido y mucho más peligroso. Ah, y si todo esto resonó contigo, haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado para entender cómo aplicar este método que transforma reactividad en autocontrol y caos interno en presencia firme. Si sobreviviste hasta aquí, felicidades. No todos tienen estómago o valor para enfrentar todo esto sin salir corriendo a ver un reality motivacional de pareja feliz al atardecer; pero, si sentiste que algo de aquí te tocó en un lugar donde nadie llega, entonces haz lo siguiente. Deja un comentario diciendo, "Vi el teatro. Solo quien entendió sabrá." Dale like al video porque el algoritmo todavía es un poco más tonto que la naturaleza femenina. y suscríbete al canal porque los próximos videos van a hacer que Schopenhauer parezca un romántico optimista y esos videos que están apareciendo en la pantalla, uno de ellos va a liberarte, el otro va a romperte de nuevo. Buena suerte eligiendo.