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miércoles, 1 de abril de 2026

Chaves Nogales inspira filmes que se están rodando

 ‘A sangre y fuego’: la resurrección del gran relato de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil, en El País, Mar Padilla, 1 ENE 2023:

El libro, que acaba de ser traducido al alemán, inspira proyectos audiovisuales de Juan Antonio Bayona y Rodrigo Sorogoyen

Hay libros como bumeranes, que vuelven, ofreciendo retazos del pasado con la urgencia del primer vuelo. Ese es el caso de A sangre y fuego, el libro sobre la Guerra Civil de Manuel Chaves Nogales. La obra del periodista sevillano —un compendio de relatos sobre milicianos, herreros, monjas, falangistas, madres, oficinistas y también personajes reales, como André Malraux o Rafael Alberti, reconvertidos en víctimas, antihéroes, asesinos o desertores, atrapados entre los extremismos y la locura de la guerra— vive una resurrección.

Publicada en plena guerra, en 1937, en una editorial chilena llamada Ercilla, inédita en España hasta 1993, cuando recuperó la obra la editorial Renacimiento, y relanzada por Libros del Asteroide en 2011; el interés por este libro revive: en 2018 tuvo una adaptación en podcast emitida en Onda Cero bajo la dirección de Carlos Alsina. A principios de 2021, Movistar+ anunció una serie inspirada en la obra de Chaves, firmada por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, director y guionista de As bestas o El reino, pero en abril la plataforma se desligó de la iniciativa. Desde entonces, Sorogoyen busca financiación y nuevos aliados para sacarla adelante. “Es el proyecto de mi vida y estoy seguro de que tarde o temprano saldrá. No tengo prisa”, confirma en conversación telefónica.

Con el título provisional de La guerra, la serie de seis capítulos —de los que tres ya tienen el guion prácticamente desarrollado— está inspirada “en el espíritu” de Chaves, concede Sorogoyen, pero no en sus relatos de ficción de A sangre y fuego. Sí tiene ese punto de vista del sevillano “hacia las personas que sufrieron la guerra desde los dos bandos, intentando ser objetivo, algo tan difícil en una contienda así, sin apostar por el blanco o el negro, sino por la gama de grises”, dice.

La obra de Chaves, “tan oculta y silenciada durante tanto tiempo”, denuncia Sorogoyen, la descubrió hace muchos años gracias a la recomendación de un amigo, y le impresionó esa “mirada nada simplista” que él quiere aplicar a su serie. “Cada vez se habla menos de la guerra y es un hecho fundamental en nuestra historia. Si se hiciera una encuesta a los jóvenes, muy pocos sabrían explicar lo que ocurrió. Y hay que hacerlo”.

El que ya está en marcha es el proyecto de Juan Antonio Bayona, director de Un monstruo viene a verme o La sociedad de la nieve. Bayona está trabajando en la adaptación de A sangre y fuego con Agustín Díaz Yanes como guionista y lleva varios años inmerso en el proyecto. El cineasta barcelonés lo explicó en el marco del festival de cine de Sevilla, celebrado en noviembre. En un encuentro con el público, Bayona detalló que del libro de Chaves le interesó “especialmente la visión humanista” sobre la guerra, que llevaba varios años desarrollando la idea y que este escritor tenía un significado sentimental para él porque su padre —originario de la localidad de Osuna— era sevillano, como el periodista. Bayona cuenta con el beneplácito de la familia Chaves. Conoció personalmente a Pilar, la hija mayor del autor de Juan Belmonte, matador de toros, fallecida en 2021 a los 101 años, y ha tenido acceso a todo tipo de testimonios y documentos. Al ser preguntados por este periódico, ni Bayona ni Yanes han querido ampliar la información, alegando que aún es pronto para hablar del proyecto.

Criterio propio

“Es un libro que habla del impacto de la guerra en personas normales, de la crueldad y de la estupidez a la que las arrastra. De ahí la importancia del subtítulo: Héroes, bestias y mártires de España”, explica Antony Jones Chaves, nieto del periodista, sobre una obra traducida al alemán en noviembre por la editorial Kupido. El esfuerzo de divulgación de la obra de su abuelo lleva implícito, según Jones, el compromiso por la libertad y la democracia, y con proyectos como el de Bayona aspira a llegar a públicos de diferentes generaciones y puntos de vista distintos. “La idea es que la gente piense, que reflexione”, añade. “Mi abuelo resaltaba el peligro que supone dejarse llevar por bandos extremos, esos que te obligan a elegir. Su advertencia es que hay que luchar por ser libre y tener independencia de criterio”.

En carne viva

Nacido en 1897 en Sevilla, Chaves Nogales empezó de adolescente a escribir en el periódico sevillano El Liberal. Después se fue a Madrid, donde trabajó en la revista Estampa y el Heraldo de Madrid, hasta que en 1930 se hizo cargo del diario republicano Ahora, ubicado en la Cuesta de San Vicente. Eran buenos tiempos: vivía con su familia en un piso señorial, en el mismo edificio de la Redacción, y era muy conocido y respetado. Pero no se dejó llevar por espejismos. “Yo tengo la impresión de que todo esto es pasajero. Nosotros acabaremos en una buhardilla pobre de una callejuela de París”, le dijo a Pío Baroja, uno de los escritores que llamó para colaborar en su periódico junto con Valle-Inclán, Unamuno o Josefina Carabias.

Su vaticinio resultó exacto: cuando el 6 de noviembre de 1936 el Gobierno de la República abandonó su puesto en Madrid para trasladarse a Valencia, él abandonó el suyo. Se exilió y, por un tiempo, él y su familia malvivieron en una pensión de “un arrabal de París, que es donde caen los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando”, escribe en el prólogo de A sangre y fuego, “una pieza maestra, de una lucidez excepcional, no contaminada por el odio entre bandos”, según Ignacio Garmendia, editor de la obra completa de Chaves para Libros del Asteroide, publicada en 2020.

Su olfato nunca le engañó. En la década de los treinta entendió el tenebroso futuro que se avecinaba sobre España y Europa y así lo transmitió en artículos y reportajes. Fue testigo directo del impacto de la Revolución Rusa, del auge de los fascismos en Berlín y Roma, y recorrió la geografía española tomando notas sobre vidas que se iban resquebrajando en brechas ideológicas cada vez más enfrentadas. Con el alzamiento de las tropas de Franco, luchando “contra el fascismo con el arma de mi oficio”, según escribe en el citado prólogo, continuó dirigiendo el diario. Y allí siguió hasta que temió por su vida. “Yo era perfectamente fusilable”, tanto para los que se alzaron contra la República como para los revolucionarios, argumentó en el libro. Por eso decidió huir.

De ahí surge A sangre y fuego, “un escrito en carne viva”, explica María Isabel Cintas, investigadora y experta en la obra de Chaves. El origen viene de la urgencia de plasmar el dolor y la sinrazón de lo que vio, escuchó y vivió los meses que permaneció en Madrid. “Hablaba con mucha gente, de diferentes bandos. Tenía muchas fuentes. Tomaba notas y hacía entrevistas a los milicianos que volvían por la noche a la ciudad y le contaban episodios de lo que ocurría en el frente”, detalla Cintas. La guerra la vivió en el periódico mismo, en la misma Cuesta de San Vicente, donde había barricadas. Con el traslado del Gobierno republicano dio la guerra por perdida y se marchó, pero siguió el curso de los acontecimientos una vez abandonó Madrid.

Personas reales

Tal y como explica el propio Chaves en el prólogo, los protagonistas de sus historias están basados en personas reales, muchas de ellas identificadas por Cintas. Es el caso del “camarada Arnal” del relato El tesoro de Briesca, inspirado en Emiliano Barral, un escultor anarquista amigo de Chaves, que iba a verlo a la Redacción y que murió defendiendo Madrid en otoño del 36. O la figura de Daniel, el trabajador alérgico a sectarismos que protagoniza el relato Consejo obrero, trasunto de la figura del propio autor, según la investigadora.

Las historias del libro, publicadas por entregas durante el transcurso de la guerra en periódicos y revistas argentinas, mexicanas, cubanas, francesas, inglesas y neozelandesas, y después con formato de libro en Chile, Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, hablan del terror que devora a hombres tranquilos, de empresarios chivatos y de obreros cobardes, de la eclosión de un nacionalismo alucinado que lleva a algún personaje a gritar “viva el cocido y abajo el Foreign Office”, de armas y explosivos escondidos en los sótanos del Teatro Real (Madrid), de quintacolumnistas que ven fusilar a su padre sin apenas pestañear y de señoritos a caballo por campos andaluces “capaces de lidiar lo mismo una corrida de un miura que un Ayuntamiento del Frente Popular”.

Rescatada de un negro olvido gracias a Cintas, al editor Abelardo Linares y al escritor Andrés Trapiello, la mirada de Chaves sobre la guerra, cruda y audazmente libre, ha sido reivindicada por autores tan distintos como Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Felipe Benítez Reyes, Jorge Martínez Reverte, Mar Abad o Ignacio Martínez de Pisón.

Según Garmendia, la vigencia de A sangre y fuego se debe a la clarividencia que transmite por “defender la democracia en un momento como aquel, a su potencia superadora de los extremismos”. El editor y crítico anima a leer al periodista sevillano “por su escritura, absolutamente moderna y actual”, y por su legado: “Aprender que el diálogo es la herramienta básica entre las personas”.

Europa en llamas

Más allá de la Guerra Civil, Chaves fue uno de los grandes cronistas europeos de la primera mitad del convulso siglo XX. Un periodista que estaba en el sitio adecuado en momentos clave, un escritor que se pateó callejuelas y aldeas por todo el continente y que, a su vez, entrevistó a Alfonso XIII, al emperador Haile Selassie, a Charles Chaplin, a Joseph Goebbels o a Winston Churchill.

No le gustó lo que vio. En junio de 1932, en una conferencia en el Ateneo de Sevilla, advirtió: “He conocido de cerca las dictaduras roja, negra y parda. Y soy enemigo de todas ellas porque rebajan la dignidad del hombre. En el mundo no hay más que un régimen posible: el de la república democrática tolerante y comprensiva”.

La guerra española le llevó a vivir “por la parte habitable del mundo que queda”, escribió. Pero después llegó la Segunda Guerra Mundial y la claudicación francesa —”Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material y física”, dijo al respecto en su obra La agonía de Francia, de 1940— y tuvo que huir de nuevo. De París se fue a Londres, donde se sintió libre. Trabajó en la BBC, en The Evening Standard, pero estaba solo, sin su familia. Murió de una peritonitis el 8 de mayo de 1944 en la capital británica. En España, la locura de la guerra había dado paso a la desquiciada dictadura franquista. A su hermano le prohibieron publicar una esquela en el diario Abc con su nombre y, 12 días después de su muerte, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo sentenciaba a Chaves Nogales, cuando ya había fallecido, por “delito consumado de masonería”, ordenando la “busca, captura y prisión del condenado”.

Tres artículos olvidados de Manuel Chaves Nogales

 Tres artículos olvidados de Manuel Chaves Nogales, por Manuel Chaves Nogales, El País, 16 may 2025:

La profesora de Filología Inglesa Yolanda Morató ha rescatado 500 reportajes, análisis y crónicas que el periodista sevillano escribió sobre la Segunda Guerra Mundial. Lea aquí tres de estos artículos olvidados escritos entre París y Londres

Un trabajo de investigación detectivesco en hemerotecas de decenas de países ha permitido rescatar el articulismo que Manuel Chaves Nogales escribió desde Londres y París durante la Segunda Guerra Mundial. Este corpus periodístico se recopilará en tres volúmenes que durante este 2025 publicara la editorial El Paseo.

Supera la crueldad nazi a los bárbaros, 6 de febrero de 1940

Los relatos de atrocidades cometidas por los alemanes, en Polonia, están demostrando algo que el mundo se resistía a creer. Que la dominación hitleriana se asienta, no en el sometimiento y explotación del vencido, no en la imposición de la ley más o menos dura del vencedor, sino en el aniquilamiento total del adversario y su extirpación radical merced al progreso mecánico moderno para suprimir a masas enormes de humanidad y reducir a la esclavitud total a los supervivientes.

Esta realidad actual es tan monstruosa, que es de difícil comprensión, porque nunca antes había sido posible ni siquiera en épocas más luctuosas, más bárbaras. Los grandes caudillos bárbaros de la antigüedad no eran más piadosos que los nacionalsocialistas, pero por mucha que fuera su crueldad, tenían un límite: el de la imposibilidad física de asesinar o esclavizar a muchedumbres ilimitadas. Se podía pasar a degüello a una guarnición, cargar de cadenas a los habitantes de una ciudad, de un país, pero no había el modo físico de aniquilar a pueblos enteros de millones de habitantes.

Los nacionalsocialistas están haciendo esto en Polonia, sistemáticamente, científicamente. Para esto sirve la ciencia humana. El Estado moderno, con su vasta organización policíaca, sus armas automáticas y sus campos de concentración, ha proporcionado a la barbarie nacionalsocialista un instrumento de dominación ideal con el que habría soñado Gengis Khan.

El mundo incrédulo se resiste a creerlo; cuando se habla del terror nazi en Polonia, las gentes ingenuas se imaginan sencillamente escenas dramáticas de ocupación por un ejército victorioso, como tantos otros casos de conquista registrados en la historia de la edad moderna.

Siempre hubo matanzas, deportaciones en masa de judíos, siempre se ha perseguido a intelectuales rebeldes y siempre se ha fusilado a los patriotas vencidos. Ha sido necesario que el Vaticano, prescindiendo de su cautela política, lance al mundo, por medio de la radiodifusión, un grito agudo de horror para que empiece a entreverse la horrenda verdad. Pero los sacerdotes fusilados por docenas, como los patriotas ejecutados a millares, no representan la máxima crueldad del nazismo. Lo espantoso es el pensar en los cientos de miles de hombres deportados, encerrados en campos de concentración, traídos y llevados como ganado, desposeídos de todos sus bienes y separados de sus familias. Para poner una barrera a esta barbarie nazi, está la guerra, y solo quienes sigan haciéndose vanas ilusiones sobre el verdadero sentido de la dominación hitleriana, pueden desinteresarse de la contienda europea. Quienes sabemos, por dolorosa experiencia, lo que el nazismo significa, no admitimos esa opción.

"La vida de los perros y los gatos", Correio da Manhã, 10 de enero de 1941

Cuando estalló la guerra, había alrededor de diez millones de gatos y más de tres millones de perros en Inglaterra. En total, suponían trece millones de bocas inútiles que alimentar. Alrededor de un millón de gatos fueron sacrificados en los primeros meses de la guerra, debido a las exigencias de la evacuación. Sin embargo, no tardó mucho en empezar una campaña de protección de los gatos, espoleada por la especial simpatía ―podríamos decir incluso que por la debilidad de los ingleses ― por los animalillos domésticos.

Se dice que los gatos son imprescindibles para combatir las ratas; y aunque no parece muy seguro que los felinos domésticos, que llevan una vida regalada, se dediquen a su antigua actividad de cazadores, se dice que su simple presencia en los hogares mantiene alejados a los roedores. Se cita como ejemplo el terrible caso de Madrid, donde la población, hambrienta por el asedio, se vio obligada a devorar todos los gatos de la ciudad. El general Franco hizo su entrada triunfal en la capital de España acompañado de un auténtico ejército de gatos, destinado a purgar la capital.

Gracias a estas razones se salvaron las vidas de los gatos de Londres; es muy común ver a los gatos en edificios destruidos por los bombardeos alemanes, rescatados por vecinos compasivos, que les llevan leche y cortezas de queso todos los días. En la City, sobre todo, tras los destrozos provocados por los incendios, hay toda una población felina que vive entre los escombros, apoyada por la buena voluntad de los empleados y las mecanógrafas de las oficinas cercanas, cuya primera preocupación cada día es poner algo de comida al alcance de los gatos abandonados.

Para esta población de gatos callejeros sólo hay un día de ayuno: el domingo, cuando no abren las oficinas. Ahora, sin embargo, hay un aspecto más serio: no está solo el problema de los gatos, sino también el problema de los perros. ¿Cómo seguir alimentando, sobre todo con carne, a tres millones de perros cuando las raciones de carne ya empiezan a restringirse a lo estrictamente indispensable para la población?

El Ministerio de Abastecimiento ha anunciado que la persona que alimente a los perros con cualquier tipo de carne que pueda ser utilizada en la alimentación humana será severamente castigado. Inmediatamente han surgido unos curiosos clubes “Pro-carne para perros”, que han empezado a actuar con gran dinamismo. Y los amigos de los perros, por legiones, se preparan para garantizar la subsistencia de sus antiguos compañeros.

Las ligas de defensa canina están trabajando para garantizar que los perros sean alimentados regularmente con carne de caballo, que en Inglaterra no se utiliza en la alimentación humana. Pero como no existe una carnicería que venda carne de caballo, los dueños de los perros tendrán que unirse para adquirir al por mayor los restos equinos que estén disponibles.

Lo que se teme es que las ligas protectoras de caballos (que también existen en gran número en Inglaterra) entren en conflicto con las ligas caninas, cuyos objetivos deben de parecerles abominables.

En este caso, la única solución para los perros ingleses es que se vuelvan vegetarianos. Y lo peor es que ya se hacen campañas para que a los perros solo les den, además de sobras, verduras que los humanos no podamos utilizar. Por otra parte, el perro se encuentra con un formidable competidor, el cerdo, cuya voracidad debe alimentarse si los ingleses quieren seguir comiendo su tocino frito, la base tradicional del desayuno británico.

Malos tiempos, estos de ahora, para el fiel amigo del hombre. El perro era una figura muy importante en la vida inglesa; gozaba de innumerables privilegios y consideraciones. Ser un cachorro en Inglaterra era mucho mejor que ser judío en algunos países o demócrata en otros. Había establecimientos en Londres dedicados específicamente a la venta de comida para perros: hoy, por supuesto, están todos cerrados. Aquellas papillas científicas, aquellos jabones y cremas que hacían que les brillase el pelaje, aquellos elegantes collares e, incluso, las máscaras antigás fabricadas especialmente para que las utilizaran... Todo eso, ¡pobres perros!, ya ha desaparecido.

El inglés sabe que le espera una guerra larga y dura, y ya se ha resignado a ver a su perro compartir sus sufrimientos. Y si no fuera por las sociedades protectoras de razas caninas, me atrevería a decir que, si fuera necesario, los ingleses se comerían a sus perros sin el menor remordimiento, siempre y cuando pudieran seguir luchando hasta la victoria.

"Duros cuando ganan y blandos cuando pierden", Diario de Pernambuco, 9 de febrero de 1943

Parece imposible que los alemanes sean tan duros cuando ganan y tan blandos cuando pierden. Realmente, sorprende ver la manera en que acusan los golpes de los adversarios y pierden, de repente, toda integridad.

El Reich ha decretado un extravagante luto nacional por el desastre de Stalingrado, con marchas fúnebres, supresión de espectáculos y lamentaciones de sus dirigentes, lo que revela una Alemania blanda y sentimental, que en nada se parece a la Alemania arrogante, inhumana y cruel de otros días, cuando cantaba victoria.

Es evidente que los alemanes saben golpear a los demás con trances inhumanos, pero no saben soportar con dignidad los golpes que reciben, que les hacen gimotear lastimeramente.

Ahora dicen que ese sexto ejército, flor y nata del militarismo alemán y que había devastado Francia, Bélgica, Holanda y Grecia, sin mostrar un solo gesto de piedad por los pueblos que destruyó, quiere hacerse acreedor de la piedad universal, presentándose ahora ante el mundo como un desdichado paladín de la civilización, del humanitarismo y de la cultura, además de víctima inocente de la ferocidad enemiga.

Casi parece que fueran los rusos lo que hubiesen invadido Alemania, cuando los que llevaron la muerte y la desolación a los vastos territorios rusos, saqueando y asesinando a millones de seres que defendían su tierra, sus hogares, su patria y su independencia, fueron los alemanes.

Si los dirigentes nazis tuvieran un mínimo de pudor no se atreverían a hacer estas pomposas exequias, ni a derramar lágrimas de piedad sobre sus aniquilados ejércitos a los que, de haber caído dignamente, les bastaría con un silencio respetuoso.

Los agresores de Stalingrado deberían haber caído como los héroes de la Antigüedad, sin un lamento a la hora de exhalar el alma, arrostrando con dignidad las consecuencias de su propia dureza del alma. Ante las naciones, lloran por los estragos causados por la guerra.