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lunes, 19 de enero de 2026

La desamericanización del mundo según Pankaj Mishra

 Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo, por Pankaj MishraEl País,18 ene 2026

La civilización universal que ofrecía Estados Unidos solo era un espejismo. Su desaparición es posiblemente más esclarecedora y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Casi un año después de la llegada de Donald Trump al poder, da la impresión de que lo que define el carácter actual de EE UU no es la democracia, ni la libertad, sino el supremacismo blanco violento

En 1990, mientras el comunismo soviético se derrumbaba y parecía que estábamos ante el fin de la historia, el escritor V. S. Naipaul alabó la americanización del mundo. En una conferencia pronunciada en el Manhattan Institute, una institución neoyorquina de derechas, afirmó que la idea estadounidense de la búsqueda de la felicidad había puesto fin al largo debate ideológico sobre qué vida y qué sociedad eran mejores y estaba creando una civilización universal.

El americanismo que expresaba Naipaul en 1990, tan lleno de seguridad en sí mismo, nacía de una realidad innegable: con la caída del comunismo, quienes habían intentado construir sociedades socialistas o socialdemócratas habían sufrido una pérdida decisiva de legitimidad y credibilidad. Estaba asentándose la idea de que la historia misma había desembocado en la democracia y el capitalismo de estilo estado­unidense. En 1999, el columnista de The New York Times Thomas Friedman podía anunciar sin reparos: “Quiero que todo el mundo sea estadounidense”.

Sin embargo, en 2026 es difícil evitar la sospecha de que la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal. Era un espejismo muy seductor y su desaparición constituye un momento de enorme gravedad, posiblemente más esclarecedor y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Además, el mundo, que ha pagado un precio demasiado alto por la búsqueda de la felicidad de una pequeña minoría estado­unidense, debe someterse a una rápida desamericanización, intelectual, espiritual y geopolítica.

Mientras Trump estrangula a Venezuela y amenaza a Groenlandia, da la impresión de que lo que define el carácter actual y el destino de Estados Unidos no es la democracia, sino el supremacismo blanco violento. Esta realidad supone una reivindicación de los historiadores que han trabajado para crear un gran archivo de estudios sobre las prácticas estadounidenses de esclavitud, genocidio e imperialismo racista. Pero también necesitamos comprender la novedad histórica que supuso esa civilización universal, su atractivo y su extraordinaria hegemonía como sistema de creencias durante cuatro décadas, capaz de formar ideas, preferencias, aspiraciones y propósitos en todo el mundo. Solo entonces podremos empezar a esbozar el mundo desamericanizado que está por venir.

El premio Nobel de Literatura polaco Czeslaw Miłosz escribió: “Los estadounidenses aceptaban su sociedad como si fuera un producto del propio orden natural; estaban tan convencidos de ello que tendían a compadecerse del resto de la humanidad por haberse desviado de la norma”. Pero la gran anomalía en la historia de la humanidad ha sido precisamente Estados Unidos. Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.

Estados Unidos inició su ascenso a principios del siglo XX con una extraordinaria variedad de productos de consumo —los automóviles Ford, el cine de Hollywood, las máquinas de coser Singer, las maquinillas de afeitar Gillette—, por lo que no solo se convirtió en imperio, sino también en un emporio comercial, y encabezó una revolución dentro del consumo de masas mediante la creación de unas necesidades materiales, sociales y psicológicas antes desconocidas.

La expansión estadounidense fue acompañada de unos valores de igualitarismo sin precedentes. Este espíritu democrático peculiar se basaba, más que en un amplio compromiso de justicia social, en la socialización del consumo y la equiparación de las costumbres, lo que Sinclair Lewis calificó sagazmente en Babbitt como “el aspecto mental y espiritual de la supremacía estadounidense”. Ese espíritu eliminaba las distinciones de gusto basadas en la clase social y hacía que las desigualdades económicas y sociales parecieran menos ofensivas que en otras sociedades. Al presentar la libertad como libertad de elección, el mercado pasó a ser la verdadera esfera de los ciudadanos.

El imperio estadounidense, que hacía que toda resistencia en su contra pareciera antidemocrática, enfermizamente radical o reaccionaria, creció durante las guerras mundiales que devastaron Europa y gran parte de Asia. A partir de 1945, fue acogido con gratitud por los líderes de Europa occidental, que pensaban que era fundamental intensificar la presencia del aliado norteamericano en el continente para garantizar su propia supervivencia.

Pero el “poder blando” de Estados Unidos en la Europa de la posguerra no se limitó al soborno de políticos europeos, los incentivos económicos que ofrecía la CIA a intelectuales anticomunistas y la sutil propaganda de la Voz de América y el International Herald Tribune. Ya en 1930, Cesare Pavese, uno de los escritores italianos que se sentían asfixiados por el fascismo, decía que la ficción estadounidense ofrecía “el testimonio de una vida vivida con mucho —quizás demasiado— entusiasmo”. Años más tarde, en esa misma década, un joven Italo Calvino “sentía”, al pasar por un cine que proyectaba películas estadounidenses en su pequeña ciudad italiana, “la llamada de ese otro mundo que era el mundo”.

A partir de 1945, Estados Unidos reforzó la difusión de una cultura popular capaz de seducir con su alegría y su optimismo a un mundo lleno de dificultades, sobre todo a las generaciones jóvenes. El nuevo espíritu estadounidense depositaba la responsabilidad del desarrollo personal en el aumento de los ingresos y el consumo; vinculaba la autoestima de cada persona a la envidia y la comparación con los bienes materiales de los demás. Como consecuencia, Estados Unidos generó una gran transformación mundial de la propia imagen individual y colectiva; los irresistibles cultos del Nuevo Mundo al hedonismo, la abundancia y la inmediatez pusieron en tela de juicio y, muchas veces, derribaron los modelos tradicionales de realización personal y trascendencia.

En muchas sociedades no occidentales, el modelo de adaptación individual a la sociedad moderna había subrayado un proceso lento y frugal de aprendizaje, disciplina y una ética de responsabilidad social, pero este modelo quedó obsoleto cuando se impuso la idea estadounidense de que había que consumir en privado el yo y el mundo mediante la satisfacción continua de las ansias libidinosas de riqueza y poder.

A pesar de la desindustrialización de la economía estadounidense, esta siguió produciendo novedades constantes: Google, el MacBook, eBay, Wikipedia y Amazon, entre otras. Las tecnologías digitales norteamericanas fueron las primeras en ofrecer una rápida gratificación de dopamina a personas aisladas que vivían en unas sociedades cada vez más atomizadas. Las redes sociales, al mismo tiempo que prometían la libre expresión y el empoderamiento político, contribuyeron a universalizar un peculiar modo de individualismo basado en el consumo.

Hoy, sin embargo, los gigantes de Silicon Valley como Meta y X respaldan a Trump, el principal beneficiario de una corrupción política, mental y espiritual generalizada a través de las redes sociales; y da la impresión de que los modelos estadounidenses de individualismo han sido una forma de engaño. Durante todo este tiempo, mientras prometían a los seres humanos un poder y una identidad extraordinarios, estaban convirtiéndolos en meros nodos que vomitan datos en las redes digitales: unas automatizaciones que allanan el camino para la IA.

En muchos otros aspectos, nuestro mundo fracturado actual, desde el Caribe hasta Palestina, es consecuencia de una americanización cultural y espiritual temeraria. Hace tiempo que los mercaderes, movidos fundamentalmente por la búsqueda del dinero y el poder, dominan la vida pública de Estados Unidos y las sociedades americanizadas. El hecho de que sus deseos estuvieran totalmente carentes de cualquier valor positivo, como el bien común, o incluso de una mínima preocupación por las consecuencias y la responsabilidad, ha fomentado una tendencia al comportamiento extremista y, en última instancia, al militarismo endémico y al belicismo.

Es posible que Donald Trump y su banda de multimillonarios tecnológicos, criptobros, magnates del petróleo y banqueros en la sombra sean la encarnación inequívoca del Homo americanus, definido por Octavio Paz como un “gigante fanático” que “no padece de soberbia”, sino que “es sencillamente un sin ley”. Pero la interminable “guerra contra el terrorismo” de Estados Unidos, que causó la muerte y el desplazamiento de millones de personas en el sur de Asia, Oriente Próximo y el norte de África y que no acarreó ningún castigo para sus defensores políticos y periodísticos, ya había puesto de relieve que la clase dirigente estadounidense recurría cada vez más a la fuerza bruta para mantener su hegemonía mundial. La prueba más llamativa de una dinámica global incontrolable de nihilismo es que, en Estados Unidos, los políticos, tanto demócratas como republicanos, y los periodistas, tanto progresistas como de derechas, siguen siendo aliados de un régimen explícitamente genocida en Israel.

Hoy puede resultar extraño que una sociedad de inmigrantes, tan profundamente definida (y limitada) por las necesidades sociales y psicológicas de los exiliados y los desarraigados, se considerara a sí misma un modelo —la ciudad sobre la colina— que el resto de la humanidad debía emular. Pero más extraordinario todavía es que gran parte de la población mundial aceptara sin más esa declaración.

Durante décadas, el sueño de la emancipación a través de la modernidad estadounidense capturó la imaginación política y moral de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo. Estados Unidos se convirtió en una segunda patria para asiáticos y africanos, igual que París o Londres habían sido en otro tiempo las ciudades de adopción de muchos europeos y latinoamericanos.

Ahora hay millones de personas de todo el planeta en estado de shock al ver a Trump encabezando un movimiento de extrema derecha que se opone ferozmente en todo el mundo libre a la inmigración y desprecia toda posibilidad de humanidad común, justicia social o igualdad de derechos. No es exagerado decir que el descontento que está aflorando en todo el mundo respecto a Estados Unidos es seguramente un fenómeno más amplio y traumático que la desilusión de los románticos europeos del siglo XIX con la Francia revolucionaria o la pérdida de fe de mediados del siglo XX en el dios (comunista) que había fracasado.

Llevar a cabo una desamericanización del mundo rápida y profunda se ha convertido en un imperativo moral y existencial. Millones de personas seducidas por las tecnologías digitales estadounidenses porque les prometían la emancipación personal han sufrido la manipulación de la mente y el espíritu por la avalancha de desinformación. Incluso los criterios básicos a los que han recurrido los seres humanos durante siglos —el bien y el mal, la verdad y la falsedad— están desapareciendo. En todas partes, las personas se ven reducidas a juguetes de una clase dominante experta en trastocar los valores y convertir el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma.

Para escapar de nuestro aterrador abismo moral, debemos recuperar valores deliberadamente suprimidos en una sociedad de individuos competitivos construida sobre el modelo estadounidense, valores como la solidaridad, la compasión y el bien común. Es de suponer que este intento no va a contar con la ayuda de los beneficiarios del siglo americano, las clases políticas y mediáticas de Europa occidental, que son incapaces de romper su larga y lucrativa historia de amor con Estados Unidos. Las élites no están preparadas para diagnosticar el mal que ha provocado desde hace tiempo un espíritu social de codicia, miedo y rivalidad en sus propias sociedades. Tampoco pueden empezar a comprender la experiencia generalizada de indefensión intelectual y espiritual que vivimos hoy.

Por suerte, la necesaria desamericanización del mundo no dependerá de ellos. En las últimas décadas, las revoluciones democráticas y del conocimiento en Asia, Latinoamérica y África han dado a luz una sociedad civil de movimientos transnacionales. Las redes no estatales y muchos grupos de interés por encima de las fronteras han reunido a activistas preocupados por los derechos humanos, la pobreza, la justicia ecológica, la vivienda social y la igualdad de género, ya sea en la India o en el Amazonas.

Justo cuando empezaba a ser evidente que el sueño americano no era más que un sueño, dos papas sucesivos con experiencia en América Latina asumieron el liderazgo moral del mundo con sus encíclicas sobre el cambio climático, la pobreza y la desigualdad. La religión tradicional se ha tergiversado y convertido en una farsa en manos de sus beatos representantes estadounidenses, como J. D. Vance, o de un clero español que abraza a la extrema derecha. Aun así, para construir un orden social genuinamente igualitario, sostenible y justo y luchar contra problemas como el cambio climático y la inteligencia artificial, hace falta la sabiduría filosófica acumulada durante el largo pasado de la humanidad.

Por supuesto, son necesarias nuevas instituciones mundiales de coordinación económica y política. Pero la desamericanización requiere asimismo que cada persona cambie por completo su forma de percibir el significado y el marco general de su propia vida, su manera de actuar en la relación interdependiente con los demás y con el mundo natural. Ya tenemos claro que el mundo no puede sobrevivir a la fe nihilista de Estados Unidos en el individuo aislado de la sociedad, que consume el mundo de forma privada. Este es el verdadero significado del repentino y sorprendente fin del fin de la historia.

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 1969) es novelista y ensayista. Es autor de libros como La edad de la ira (2017), Fanáticos insulsos (2020) y El mundo después de Gaza. Una breve historia (2025), todos en Galaxia Gutenberg.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Entrevista al sociólogo Manuel Castells

 Manuel Castells, sociólogo: “El mundo está en un proceso de autodestrucción”, en El País, por Delia Rodríguez, 20 DIC 2025 

El intelectual catalán, que es el sociólogo español más citado del mundo, reclama la necesidad de una mayor espiritualidad en tiempos de crisis profunda

Dice Manuel Castells (Hellín, Albacete, 1942) que la historia contemporánea está llena de paradojas, algo que encaja en quien es vital por temperamento e intenta conciliar sus propias contradicciones. Es un intelectual —el sociólogo español más citado del mundo—, pero estuvo en las barricadas del Mayo Francés. Es anarquista de corazón, pero fue ministro de Universidades. Dedicó su gran obra La era de la información, una trilogía visionaria que pronto cumplirá 30 años, a internet, pero no usa redes. Desconfía de las estructuras de poder, pero es católico.

Castells analiza sociedades a partir de los datos, aunque cree que la salida al proceso autodestructivo contemporáneo puede ser irracional. Ha recibido todos los honores y asesorado a grandes líderes, pero sigue dirigiendo tesis de alumnos. Catedrático de la Universidad del Sur de California y emérito de la de Berkeley, adora visitar la de Tsinghua, en China, cada año. Teórico global, pasa todo el tiempo posible en Barcelona: su primera especialización fue el estudio de las ciudades, y dice que esta es la mejor. Allí nos encontramos, y a lo largo de una charla que comienza en su despacho y continúa con un arroz frente al mar, intentamos aprovechar su visión privilegiada para entender qué demonios pasa en el mundo.

Pregunta. Hace unos meses estuvo en China. ¿Qué ocurre allí?

Respuesta. Un proceso de transformación tecnológico, económico y social como nunca se ha visto en la historia. Es la economía número uno en el mundo, y en tecnología la única alternativa a EE UU, lo cual antes no nos importaba pero ahora nos damos cuenta de lo frágil de depender de una potencia que hasta ahora era amigable, pero que puede no serlo. Las teorías neoclásicas decían que el mercado y la internacionalización tenían que ser los motores del desarrollo. Bueno, la gran historia ha sido Asia: Japón, sudeste asiático y ahora China. En todos los casos, el Estado ha sido el verdadero motor. Podemos estar en desacuerdo políticamente —a mí lo del Estado no me gusta mucho—, pero rompe toda la teoría. La paradoja más extraordinaria es que el gran milagro económico del siglo XXI lo ha dirigido un Estado comunista. La mejor empresa del siglo XXI ha sido un Estado comunista.

P. ¿Hasta qué punto la fiebre por la IA es una huida hacia adelante de un capitalismo agotado?

R. La innovación tecnológica en la IA es absolutamente real, y ha despertado el interés de los mercados financieros. Lo que es totalmente ficción es la idea de que las máquinas en sí son inteligentes y humanas: no pueden tomar decisiones, excepto si las programamos para ello. La IA transforma todos los dominios, es como internet, no es un sector, no está separada de lo que hacemos, es todo. Pedro Sánchez me encargó crear un Consejo Asesor Internacional de Inteligencia Artificial. Es muy incipiente, pero la preocupación es que, incluida en todas las actividades sin control, pueda provocar desajustes. Está el tema de si eliminará trabajo, pero toda la historia de la tecnología es al revés. Cuando incluyes más tecnología, ciertos sectores pierden pero otros aumentan. La novedad es que ahora sean los trabajos más cualificados los que están en peligro. Hay que acompañar la transformación tecnológica de una transformación formativa, sobre todo en la universidad. Los muy formados van a tener que formarse más todavía para adaptarse al nuevo mundo.

P. Dentro de 100 años, ¿qué pensarán de los cambios que estamos viviendo: internet, el móvil, la IA?

R. La actividad humana está determinada por energía e información. La revolución industrial fue la transformación de la energía. La transformación de la información es la revolución informática de los años sesenta y setenta, tan importante como la industrial. Lo que fue el motor eléctrico para difundir la energía a todos sitios ha sido internet. La sociedad ya se ha transformado. Yo la llamo sociedad red porque es una nueva estructura social, distinta de la industrial porque está constituida en redes, la forma organizativa más flexible con diferencia. Hasta que no hemos tenido una tecnología capaz de difundir a través de redes toda la información y toma de decisiones, no ha habido cambio social. Para que esa estructura social exista y se desarrolle, hace falta una digitalización de todo. Y ahí está ese dato de la tesis de uno de mis alumnos: está digitalizado el 99% de toda la información. Ya estamos digitalizados. Nada de lo que tú haces o de lo que yo hago escapa.

P. Han vuelto la meditación, las creencias de todo tipo… ¿Es un repliegue interior ante el caos del mundo, como en los años setenta? ¿No hemos conseguido hacer nada más con nuestras individualidades conectadas?

R. Los que nos lo podemos permitir (hay quien no puede porque si se desconecta se muere de hambre) podemos construir espacios de libertad. Muchísima gente necesita meditar, cortar, purificarse. El mundo en que vivimos es más violento, más despiadado. La religión y otras formas de espiritualidad se hacen cada vez más importantes. No es una cuestión de fe, que quien la tiene la tiene y quien no la tiene no la tiene. La necesidad de que haya algo espiritual más allá de lo que nos agarra cada día es cada vez mayor, y la gente encuentra distintas soluciones. Yo personalmente creo que es fundamental en este momento reclamar el papel de la religión y la espiritualidad como contrapeso a un mundo que se autodestruye. No es solo el clima: las guerras, la tecnología sin control, todo. Ahí tiene que haber una reacción política y no la hay. Con razón o sin ella la gente no se fía de la política. Entonces tienen que ser fuerzas interiores, fuerzas que nazcan de dentro de nosotros para el autocontrol, más que para el control externo. Lo único que nos queda es una pulsión interior que (independientemente de las estructuras religiosas) está ahí. Y de eso no se puede dudar, no se puede romper.

P. ¿El motivo es la destrucción del papel de las instituciones, del “de arriba abajo” que viene con internet?

R. Absolutamente. De todo lo que he hecho lo que más ha impactado fue una trilogía. Todo el mundo se fijó en el primer volumen: la sociedad red, la tecnología, la economía global… porque lo escribí en los noventa y se ha expandido. No hice futurología, la digitalización ya estaba en su embrión. Pero hay otra cosa: existen dos fuerzas muy contradictorias que organizan nuestra sociedad, lo que he llamado la red y el yo. El segundo volumen va sobre el poder de la identidad. Puede ser macro (cultural, política, etcétera) o una identidad que, si no perteneces o no quieres pertenecer a ninguna comuna cultural, te la buscas tú. Buscas una vida interior. La identidad juega a dos niveles. Muchos intelectuales de izquierda tienen un racionalismo clásico, pero lo importante en la vida es lo que la gente considera importante, y no somos racionales, somos animales emocionales, eso ya está establecido por la neurociencia. Nuestros intelectuales no entienden el nacionalismo catalán o vasco, ni la construcción de comunas religiosas islámicas (que si no son toleradas derivan en radicalismo y destrucción de las estructuras de opresión). El feminismo es identidad. Pero como ataca la base de dominación patriarcal, que es la más antigua, estamos en una reacción violenta contra el feminismo y cualquier otra forma de identidad cultural y sexual. Que está en la base del trumpismo, de Vox y de todos los movimientos de extrema derecha en toda Europa que están ganando.

P. Movimientos que de alguna manera vienen de internet y a la vez reaccionan contra él.

R. Sí, porque internet no es un mundo en sí. Internet somos nosotros. En internet estamos todos. El feminismo se desarrolló mucho con internet, pero también el antifeminismo, el sexismo, el nazismo. Es una plataforma que construimos por cómo somos y qué hacemos cada día. Toda la utopía —en la que yo participé— del principio, del “creamos una comunidad universal y nos relacionamos libremente unos con otros”… Nos relacionamos, sí, pero con quienes queremos. Y si yo soy un racista, pues utilizo internet para encontrar más racistas.

P. Entonces, ¿el problema de internet no es la hiperconexión, sino la homofilia? Ese juntarnos con los que son exactamente iguales que nosotros.

R. Homofilia es una expresión perfecta. Se han inventado otra, las cámaras de eco, pero es exactamente eso. Internet somos nosotros colectivamente a partir del principio que señalas, es decir, yo voy con los míos, yo decido quiénes son. Ahí me encuentro en casa, y no voy con los otros, no leo a los otros, no discuto con los otros, los ignoro o extermino. Y esta es la fragmentación total. Una sociedad con instituciones que ya no cohesionan y en la que internet permite el separatismo cultural. No es culpa de internet, es maravilloso, con comunas maravillosas: el arte, la cultura, la ciencia. Pero también fragmenta. Cuando una sociedad es fragmentada, esa fragmentación se amplifica por internet. Y lo mismo con la IA. El problema no es en sí la tecnología, sino la amplificación de tendencias destructivas en nosotros. Diría que todos somos las dos cosas, ángeles y demonios. Somos unos animales poco controlados que hemos construido unos instrumentos tan potentes que, si nos ponemos en serio a oponernos, nos podemos destruir fácilmente.

P. La teoría era que las comunidades menos favorecidas iban a empoderarse en las redes, pero estamos viendo lo contrario, una unión inédita entre el poder tecnológico y político.

R. Las dos cosas. Por un lado internet fue, y es, la base de grandes movimientos sociales transformadores. El 15-M en España no hubiera podido existir sin él, ni los movimientos sociales que siguen sucediendo en el mundo. Por otro lado, los grupos poderosos dominan cada vez más a través de sistemas de control algorítmico, y los grupos destructivos, antifeministas, racistas, etcétera, también se están organizando por internet. No es que empezáramos con una cosa y luego ocurrió la otra. Es que conforme internet salió de pequeñas comunidades bienintencionadas (científicos, intelectuales…) y se expandió al mundo, pues se ha hecho el mundo. Y el mundo está lleno de, yo digo, no solo de gente mala, sino de la parte mala de todos nosotros. Si lo puedes articular en redes en el ámbito planetario o local, todo esto se amplifica.

P. ¿Conserva el optimismo? ¿Sigue creyendo en la revolución?

R. Bueno, digamos transformación social. La revolución para mí tiene un sentido estricto, que es político. Sucede cuando hay un cambio, una destrucción de un Estado, de un sistema institucional. Hablar de revolución tecnológica también es correcto. Sobre el optimismo: soy un clásico, sigo repitiendo la famosa frase de Gramsci, pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad. Si eres optimista pero no sabes en qué mundo vives, te va a ir mal. Hay que analizar. Y si analizo, veo un mundo actual claramente en proceso autodestructivo.

P. ¿Qué está pasando en EE UU?

R. El cambio fundamental del orden mundial, que lo convierte en desorden. Está siendo (ahí sí puedo usar el término) una revolución: es un cambio de sistema institucional. El trumpismo no es efímero. Viene de un agente del antisistema político que es Trump. No es un antisistema anticapitalista: es el más capitalista de todos. Es otra paradoja de la historia: un multimillonario se convierte en el agente de transformación del sistema político apoyado por la clase obrera.

P. ¿Cree que será importante un Papa estadounidense?

R. Fundamental, como lo ha sido Francisco. El papel de la Iglesia católica puede ser fundamental, pero, si no, será otro grupo religioso. Porque es que no queda nada. La democracia solo existe en las mentes de las personas. Y si la gente no cree en los partidos, en la democracia, en las instituciones, pues se acabó. En ese contexto, cuanto más antisistema político eres, mejor. El éxito de Podemos fue ese, pero cuando pasó a ser parte del sistema, se acabó. Y lo mismo ahora: la política de moda es la antipolítica. Vox es un partido antisistema. El revolucionario Trump no solo está transformando el sistema institucional, sino también la globalización, que estaba basada en la ausencia de fronteras económicas. Los aranceles se usan como estrategia geopolítica. El mundo se mueve otra vez por el nacionalismo, la gran palabra. EE. UU., China, Japón. En Europa, los movimientos de extrema derecha son nacionalistas, antieuropeos, empezó con el Brexit. La discusión pública en España era “el nacionalismo es retrógrado, todos somos ciudadanos del mundo”. Y al contrario, había un resurgir en todo el mundo.

P. ¿Es una forma de poner límites a la sociedad digital?

R. Cuando hablamos de que las redes sociales son instrumentos de odio, de racismo, de sexismo, y del nacionalismo de todo tipo, bueno o malo, ¿de qué estamos hablando? De que las tendencias en la sociedad de internet las amplifica. Internet no es, por definición no puede ser, nacionalista. Es global. Pero es la plataforma global para el nacionalismo de cada Estado.

P. Culpamos de todo a internet, pero en su último libro (La sociedad digital, Alianza, 2024) dice que es pánico moral, reacción al cambio.

R. Cualquier cambio importante en el mundo de la comunicación se acompaña de la reacción contraria. Ocurrió con la televisión. A los profesionales de un medio les cuesta pasar a otro. Lo otro son los intelectuales. Los que han tenido alguna influencia histórica ya no tienen, se encuentran desintermediados por internet. Pueden publicar sus columnas o sus libros o sus artículos, igual que cualquiera publica lo que quiere en internet. Los influencers son más influyentes que los intelectuales. Entonces atacan al mensajero. Hombre, si todavía estás pensando en Kant en lugar de ocuparte de lo que pasa en el mundo y proporcionando ideas que a la gente le interesen… Están desorientados con internet porque eran el referente cultural y ahora se pierden en la cacofonía general.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Byung-Chul Han explica por qué el capitalismo necesita líderes idiotas en el poder

¿Por qué el capitalismo siempre coloca líderes idiotas en el poder?  Byung-Chul Han

 [Transcrito y corregido de Youtube]

 El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana. Para operar en un quirófano necesitas una década de formación. Para pilotar un avión comercial, miles de horas de práctica supervisada. Para reparar un sistema eléctrico, certificaciones que demuestren que no matarás a nadie por negligencia. Pero, para controlar arsenales nucleares, firmar órdenes de movilización que envían a miles de personas a morir, o decidir qué industrias quiebran y cuáles reciben rescates multimillonarios, solo necesitas una cosa, saber aparecer en una pantalla. 

Un comediante ucraniano que interpretaba a un presidente en una serie de televisión ahora firma decretos que determinan si habrá guerra o paz. Un magnate estadounidense cuya única experiencia administrativa real fue despedir participantes en un reality show controló durante cuatro años los códigos nucleares de la mayor potencia militar del planeta.

No son anomalías, son el estándar. Y lo más inquietante no es que hayan llegado, es que mientras estaban ahí, el mundo siguió funcionando. Las bolsas subieron, los bancos operaron, las corporaciones se expandieron como si la figura en la pantalla fuera completamente prescindible para el funcionamiento real del poder. Hay un sentimiento que recorre las sociedades contemporáneas, una angustia que no siempre se nombra, pero que todos reconocemos.

La sensación de que no hay ningún adulto en la sala; de que las decisiones que determinan si viviremos en paz o en crisis están en manos de personajes que parecen protagonistas de una sátira, no estadistas capacitados para gobernar... ¿Cómo llegamos hasta aquí? Esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es, ¿para qué los necesitan?

La narrativa oficial es tranquilizadora. Los idiotas llegaron al poder porque las masas fueron manipuladas. Las redes sociales envenenaron el debate público. Los algoritmos crearon burbujas de desinformación. El populismo explotó el resentimiento de los perdedores de la globalización. La democracia, ese experimento frágil, finalmente mostró su defecto fatal: confiar en el criterio de personas no preparadas para tomar decisiones complejas. 

Esta explicación tiene la virtud de ser coherente y la desgracia de ser completamente insuficiente, porque trata el fenómeno como una anomalía, como un virus que infectó un sistema previamente sano, como si antes de Trump, antes de Zelenski, antes del desfile de bufones mediáticos que ocupan los más altos cargos, el poder hubiera estado en manos de mentes brillantes tomando decisiones racionales en favor del bien común, como si este fuera el desvío y no la consolidación de algo que llevaba décadas gestándose. La teoría de la manipulación de masas tiene un problema estructural. Asume que existe un votante ideal, racional, informado, que fue corrompido por fuerzas externas. Pero ese votante nunca existió. Nunca votamos por competencia técnica.

Siempre votamos por narrativa, por identidad, por el líder que nos hace sentir algo. Lo que cambió no fue el electorado, fue que el sistema dejó de necesitar disimular.

Antes, los actores del poder necesitaban mantener la ilusión de que la política importaba. Necesitaban líderes que al menos aparentaran entender economía, geopolítica, administración pública.

Hoy esa pantalla cayó y lo que quedó expuesto no es el caos. Es una máquina funcionando con perfecta eficiencia, pero sin conductor. Estos líderes no son errores del sistema, son el producto final, no son la enfermedad, son el síntoma de un cuerpo que ya aprendió a funcionar sin cerebro. Y la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo detener la invasión de los incompetentes, sino por qué un sistema que se jacta de ser meritocrático, eficiente y racional los prefiere exactamente así: visibles, ruidosos y completamente prescindibles para las decisiones que realmente importan. Para entender por qué los prefiere así, necesitamos nombrar lo que está ocurriendo. Los griegos tenían una palabra para esto, caquistocraciael gobierno de los peores, de los menos calificados, de aquellos cuya única virtud es no tener vergüenza suficiente para rechazar el cargo. Pero caquistocracia suena a decadencia, a colapso, a final de ciclo.

Y lo que estamos presenciando no es el final de nada, es la culminación de un diseño. El capitalismo financiero contemporáneo operó una escisión que pocos advierten. Separó la autoridad escénica del poder administrativo. El líder que aparece en la pantalla y el poder que toma las decisiones reales ya no son la misma entidad. El presidente gesticula, twitea, genera controversia, ocupa todos los titulares. Mientras tanto, la burocracia permanente, los bancos centrales, las corporaciones multinacionales, los fondos de inversión que controlan infraestructuras críticas operan en un silencio absoluto, sin cámaras, sin escrutinio, sin resistencia. El líder mediático funciona como un pararrayos. Atrae toda la electricidad de la indignación popular hacia su figura.

Las marchas, los hashtags, las columnas de opinión, los memes, los debates familiares, todo se consume discutiendo su último escándalo, su última declaración aberrante, su incompetencia evidente. Y mientras esa tormenta descarga su furia sobre él, la estructura de la casa permanece intacta.

Nadie está cuestionando quién redacta las leyes de desregulación financiera. Nadie está vigilando qué corporación acaba de comprar el sistema de agua potable de tu ciudad. Nadie está siguiendo el dinero. Guy Debord escribió en 1967 que, en la sociedad del espectáculo, todo lo que era vivido directamente se ha convertido en representación.

No estaba prediciendo el futuro, estaba describiendo el mecanismo que haría inevitable esta realidad. La política dejó de ser el ejercicio del poder y se convirtió en la representación del poder. El líder dejó de ser quien gobierna y se convirtió en quien aparenta gobernar. El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en un acto de consumo de imagen. Por eso Trump y Zelenski no son anomalías, son la lógica llevada a su conclusión natural. Trump transformó la Casa Blanca en un plató de televisión porque entendió que eso era exactamente lo que se esperaba de él. No llegó a Washington para cambiar el sistema, llegó para ser su entertainer en jefe. Su función no era gobernar, era mantener el show. Cada tweet polémico, cada declaración escandalosa, cada controversia fabricada cumplía el mismo propósito. Mantener todas las miradas fijas en él, mientras detrás del escenario quienes realmente importaban hacían su trabajo sin interferencias. Desmontó regulaciones ambientales, firmó recortes fiscales para corporaciones, nombró jueces que alterarían leyes por décadas. Pero lo que el público recuerda son sus peleas con celebridades y sus errores ortográficos en redes sociales.

Zelenski es aún más revelador. Interpretaba a un profesor de historia que, harto de la corrupción política, se convertía en presidente de Ucrania en una serie de televisión llamada Servidor del Pueblo.

La serie tuvo tanto éxito que creó un partido político con el mismo nombre y ganó las elecciones. El pueblo no votó por un programa de gobierno; votó por la ficción, esperando que se hiciera realidad. Jean Baudrillard llamó a esto el simulacro, el momento en que la copia sustituye al original, en que la imagen importa más que la sustancia. Zelenski no fue elegido a pesar de ser actor. Fue elegido precisamente porque ya había interpretado el papel. La realidad política había muerto. Lo que quedó fue el casting. Pero aquí está la parte que incomoda: esto funciona. Funciona porque el sistema económico global ya no necesita líderes competentes. Necesita gestores de emociones colectivas.

Necesita a alguien que sepa leer un prompter, que genere engagement, que mantenga a la audiencia entretenida; mientras la economía sigue operando en piloto automático. Los bancos centrales ya tienen sus fórmulas. Las corporaciones ya tienen sus lobbies. Los tratados comerciales ya están negociados por tecnócratas que nunca aparecerán en un debate televisado. El presidente es la mascota del sistema, no su cerebro. Y lo más aterrador es que el mercado financiero no solo tolera esta dinámica, la prefiere. Un líder que gasta toda su energía política en guerras culturales y polémicas de redes sociales es un líder que no está interfiriendo con lo que realmente importa. La acumulación de capital.

Ladra mucho, muerde poco, o mejor dicho, ladra tanto que la audiencia no nota que ya no tiene dientes. La consecuencia de esta dinámica no es el caos, es algo peor, la normalización. Nos acostumbramos a que la política sea entretenimiento, a consumir noticias como quien consume una serie de televisión, esperando el próximo giro argumental, el próximo escándalo, la próxima temporada.

El electorado, entrenado por algoritmos que premian la novedad y el shock, ya no vota por programas de gobierno, vota por arcos narrativos, por el candidato que ofrece la historia más emocionante, no el plan más coherente. Esto ha reconfigurado por completo lo que significa ganar en política. Ya no ganas por tener las mejores ideas, ganas por tener la mejor presencia escénica, por saber cuándo gritar, cuándo susurrar. ¿Cuándo generar indignación y cuándo fingir empatía? La campaña electoral dejó de ser un debate de propuestas y se convirtió en una audición para protagonista de un drama colectivo. Y cuando el líder finalmente llega al poder, el guion sigue escribiéndose con la misma lógica. Cada decisión se mide por su impacto mediático, no por su efectividad administrativa.

Cada crisis se gestiona pensando en cómo se verá en los titulares, no en cómo se resolverá en la práctica. Gobernar se volvió indistinguible de actuar. Frente a esto emergen las soluciones de siempre. Necesitamos líderes más educados, dicen algunos. Debemos regular las redes sociales, proponen otros. La respuesta es más democracia directa, más participación ciudadana, insisten los optimistas.

Todas estas propuestas tienen algo en común: son completamente inútiles, no porque sean malintencionadas, sino porque no atacan la raíz. Puedes exigir que los candidatos tengan doctorados, pero, si el sistema sigue premiando la capacidad de generar titulares por encima de la capacidad de gobernar, solo conseguirás idiotas con diplomas. Puedes regular las redes sociales hasta el autoritarismo, pero, si la televisión, la radio y los periódicos ya llevan décadas convirtiendo la política en espectáculo, solo estarás cerrando una ventana mientras todas las puertas permanecen abiertas.

Puedes multiplicar los referendums y las consultas populares, pero, si el votante sigue consumiendo política como entretenimiento, solo estarás democratizando el circo, no desmontándolo. El problema no es quién está en el escenario, el problema es que exista un escenario. El problema no es que el actor sea malo, es que estemos buscando actores cuando necesitaríamos ingenieros. Y, sobre todo, el problema es que hemos dejado de preguntarnos si acaso necesitamos ese escenario, si el protagonista que tanto miramos tiene algún poder real o si lo que llamamos democracia no es más que el derecho a elegir qué máscara usará el siguiente decorado de un sistema que ya decidió hacia dónde va. Ahora podemos ver lo que estaba oculto a plena luz. La idiotez no es estupidez, es camuflaje. La incompetencia del líder no es un defecto que el sistema tolera, es una funcionalidad que el sistema necesita.

Porque un líder que parece ridículo desarma cualquier crítica seria antes de que llegue a las estructuras reales. Nos pasamos años riéndonos de los errores ortográficos de Trump, de sus exabruptos, de su estética de millonario de telenovela. Mientras tanto, ¿quién estaba revisando los contratos de reconstrucción? ¿Quién seguía el dinero de los rescates bancarios? ¿Quién vigilaba las leyes que permitieron la mayor transferencia de riqueza hacia arriba en décadas? 

Nadie, porque estábamos ocupados compartiendo memes. La futilidad es la armadura perfecta para la impunidad. Cada escándalo del líder histriónico drena toda la energía crítica del público hacia su figura. Mientras nadie pregunta quién escribió la legislación que desreguló las finanzas, qué corporación privatizó un servicio público o dónde están las cuentas offshore de quienes realmente deciden, Zelenski llegó como el outsider que enfrentaría a las élites, pero los oligarcas que controlaban Ucrania antes de su elección siguieron controlándola después. Las mismas redes de poder, los mismos intereses. Solo cambió la cara en la pantalla, solo cambió el actor encargado de absorber la frustración popular mientras el guion permanecíai ntacto. El sistema no necesita líderes brillantes porque los líderes brillantes son peligrosos. Un estadista con visión real puede cuestionar el orden establecido, pero un comediante, un magnate de reality shows, un personaje que solo entiende de trending topics, es perfectamente inofensivo. No puede amenazar lo que no comprende, no puede desmantelar lo que ni siquiera sabe que existe. Por eso, el capitalismo financiero prefiere gobernantes que provengan del entretenimiento, no a pesar de su falta de experiencia política, sino exactamente gracias a ella. Su única función es mantener el espectáculo en marcha, absorber la insatisfacción colectiva y renovar cada 4 años la ilusión de que algo puede cambiar. El sistema no colocó a un payaso en el trono por equivocación: necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Entonces, ¿qué hacemos con esta revelación?

La primera respuesta instintiva es buscar un líder mejor, alguien más preparado, más honesto, más capaz. Pero ya vimos que esa solución no toca la raíz. El problema no es la calidad del actor, es la existencia del teatro. La alternativa real no es política en el sentido tradicional, es perceptiva. Es un cambio radical en donde colocamos nuestra atención, llamémoslo el asetismo de la atención; retirar deliberadamente nuestra mirada del escenario y dirigirla hacia los bastidores. Dejar de consumir política como si fuera entretenimiento. Dejar de reaccionar a cada declaración escandalosa, a cada tweet polémico, a cada controversia fabricada. Porque cada segundo que invertimos discutiendo al payaso es un segundo que no estamos vigilando quién está moviendo los hilos, quién financia realmente las campañas, qué corporaciones redactan los proyectos de ley que los legisladores solo firman.

¿Qué fondos de inversión controlan la infraestructura crítica de tu ciudad? ¿Quién se benefició del último rescate financiero? Esas preguntas no generan memes, no se vuelven virales, no alimentan el ciclo del espectáculo y precisamente por eso son las únicas que importan. La solución no es cambiar al líder, es dejar de mirarlo. Tal vez lo más revolucionario que podemos hacer en este momento no sea marchar ni votar diferente, ni compartir el próximo hashtag indignado. Tal vez sea algo mucho más simple y más difícil, negarnos a seguir el guion. Negarnos a consumir el escándalo del día, negarnos a alimentar con nuestra atención el único recurso que el espectáculo necesita para perpetuarse.

Porque, si hay algo que este sistema no soporta, es el silencio. Y nada aterra más al circo que una audiencia que se levanta y se va. Si este análisis cambió tu forma de ver el poder, si ahora puedes nombrar lo que antes solo sentías como malestar difuso, escribe en los comentarios.

Ya no miro el escenario. Es una marca de lucidez compartida, una forma de reconocernos entre quienes dejamos de aplaudir el circo para empezar a vigilar la caja fuerte. 

Volvamos al inicio, pero con otros ojos. El mundo está dirigido por personas que, en cualquier otra profesión, habrían sido despedidas en su primera semana. Esa frase, que al principio sonaba como denuncia, ahora revela su verdadera naturaleza. No es una falla: es el diseño perfecto para un sistema que ya no necesita conductores, porque lo que llamamos incompetencia es, en realidad, la cualificación exacta para el cargo. El líder idiota no está ahí para tomar decisiones, está ahí para simular que alguien las está tomando. No está ahí para gobernar, está ahí para que creamos que todavía existe algo llamado gobierno. Su función no es dirigir la máquina, es distraernos del hecho de que la máquina ya no tiene volante. Esta es la orfandad política que mencionamos, ese terror existencial de descubrir que no hay ningún adulto en la sala. Pero ahora podemos reformular esa angustia. No es que no haya adultos, es que dejamos de necesitarlos.

El capitalismo financiero llegó a un punto de automatización tan completo que el liderazgo humano se volvió decorativo. Los algoritmos de trading mueven mercados. Los bancos centrales aplican fórmulas predeterminadas. Las corporaciones ejecutan planes estratégicos diseñados por consultoras que nadie eligió. El sistema opera en piloto automático, y el líder es simplemente la interfaz humana de un mecanismo que ya decidió su propio rumbo. Trump nunca tuvo el poder que aparentaba tener. Zelenski nunca controló lo que decía controlar, no porque fueran débiles, sino porque elpoder ya no reside donde solía residir.

igró, se dispersó, se volvió difuso, técnico, administrativo, se escondió en cláusulas de tratados comerciales, en decisiones de juntas directivas, en algoritmos que determinan qué ves, qué compras, qué piensas. Y aquí está la gran ironía. Mientras nos obsesionamos con el idiota en el trono, con su incompetencia evidente, con sus declaraciones absurdas, el verdadero poder celebra. Porque cada minuto que dedicamos a indignarnos por lo que el líder dijo, es un minuto que no dedicamos a cuestionar por qué las grandes corporaciones no pagan impuestos. ¿Por qué los salarios no crecen mientras las ganancias corporativas explotan? ¿Por qué cada crisis financiera termina con rescates para los bancos y austeridad para el resto? El idiota es el escudo perfecto.

Mientras exista, mientras ocupe la pantalla, mientras monopolice nuestra atención y nuestra rabia, el sistema real puede operar sin resistencia, sin cuestionamientos, sin amenaza de transformación, pero ahora lo sabemos. Y saber cambia todo, porque una vez que ves el mecanismo, no puedes dejar de verlo.

Una vez que entiendes que el escándalo del día es una cortina de humo, que ell íder ruidoso es una distracción funcional, que tu indignación está siendo administrada como un recurso más, ya no puedes participar del juego con la misma inocencia.

El poder no está donde nos dijeron que estaba. Y esa revelación, por más incómoda que sea, es también liberadora. Porque si el trono está vacío, si el líder es un decorado, entonces nuestra energía política no debería gastarse en cambiar la decoración, debería invertirse en desmantelar el teatro completo. ¿Has sentido esa transformación? ¿Ese momento en que dejas de discutir lo que dijo el político y empiezas a preguntar quién le escribió el discurso? Comparte en los comentarios en qué momento dejaste de mirar el escenario y empezaste a buscar los cables. Esas experiencias de despertar colectivo construyen el mapa que todos necesitamos. Hay una verdad que atraviesa todo lo que hemos analizado. Una verdad tan simple que resulta obscena.

El sistema no se equivocó al colocar a un payaso en el trono. El sistema necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Durante décadas nos vendieron la idea de que la democracia era el gobierno del pueblo, que nuestro voto importaba y quizás alguna vez fue verdad. Pero ese tiempo terminó. Lo que tenemos ahora es una simulación tan perfecta que nos cuesta aceptar que es simulación. Un teatro tan bien montado que seguimos comprando entradas, aunque ya sepamos que los actores no escriben el guion, que el decorado es cartón pintado, que la obra se representa para mantenernos en la butaca, mientras en otro edificio, sin cámaras ni audiencia, se toman las decisiones reales. El verdadero poder no necesita aplausos, necesita silencio, y nada genera más ruido que un idiota al mando. Mientras discutimos si el líder es fascista o incompetente, mientras compartimos indignados su última barbaridad, el sistema que lo colocó ahí sigue acumulando,  concentrando, extrayendo, sin freno, sin oposición, sin que siquiera sepamos sus nombres, pero ahora tú lo sabes y eso te convierte en un problema para el espectáculo, porque el espectáculo solo funciona si la audiencia cree en él. El día que dejemos de aplaudir, el día que dejemos de consumir el escándalo del día, el día que dirijamos nuestra atención hacia donde realmente duele, el circo colapsa. Desaprender eso es un acto de resistencia. Negarse a seguir el guion, a consumir la indignación programada, a invertir energía emocional en peleas diseñadas para agotarnos es sabotear el único recurso que el sistema necesita: nuestra atención. Tal vez la revolución no sea tomar el poder. Tal vez sea dejar de mirarlo donde nos dijeron que estaba y empezar a buscarlo donde realmente opera. Tal vez sea entender que el enemigo no es el idiota en el trono, sino el mecanismo que hace que el trono no importe. Tal vez sea aprender a vivir sin esperar al líder correcto, al partido correcto, a la elección correcta. Asumir que, si queremos transformar algo, tendremos que hacerlo sin pedir permiso al espectáculo, porque el espectáculo nunca dará permiso para su propia abolición. Esta no es una conclusión, es una apertura, un punto de partida para mirar de otra forma, para dejar de ser audiencia y empezar a hacer otra cosa. Algo que se reconoce en la lucidez compartida de quienes ya no aplauden. El circo seguirá, pero no necesitas quedarte en la función.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Los jóvenes se aproximan a la espiritualidad.

 Por qué los jóvenes vuelven a creer en Dios: "A mí me ha ayudado mucho más la Iglesia que mi psicóloga", en El Mundo, por Rodrigo Terrasa (Madrid) 3 noviembre 2025:

Dios está de moda. Y no sólo lo dice Rosalía... Tras décadas de secularización acelerada, se está produciendo un leve repunte del catolicismo en varios países del mundo. También en España. Y detrás están las nuevas generaciones: "Nos hemos cansado de la sobredosis de superficialidad".

"Yo tenía una vida completamente alejada del Señor... Hacía cosas que para el Señor no se pueden hacer. Salía con chicos, digamos que no era casta antes del matrimonio, me emborrachaba y nunca iba a misa. Vamos, no tenía una vida demasiado tranquila... Hasta que todo cambió".

Cristina Sempere tiene 27 años, es sevillana, trabaja como profesora de inglés y hasta hace unos años tenía una vida tan normal como la de cualquier joven de su edad y una cuenta de TikTok en la que subía bailecitos como los de cualquier otra tiktoker de veintitantos años. Hace algo más de un año los borró todos. Y empezó de nuevo. Su último vídeo en la red social tiene más de 50.000 visualizaciones, pero Cristina ya no repite coreografías infantiles: ahora explica cómo rezar el rosario. "Mi primer vídeo con contenido católico ya fue viral y desde entonces mis seguidores no han dejado de crecer".

Cristina cuenta cómo maquillarse para ir a misa, te ayuda a hacer tu propio altar en casa o a usar agua bendita para perdonar nuestros pecados veniales. Habla de "auténticos influencers" como Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus, o el adolescente italiano Carlo Acutis, el primer santo millennial. Recomienda libros para encontrar la fe, enseña lo que lleva una mujer católica en el bolso y hace unboxing de biblias, reliquias y estampitas. También habla de sus tips para "sobrevivir" siendo joven en castidad.

-¿Ahora tienes pareja, Cristina?

-He conocido a chicos de todas partes, pero nunca he tenido pareja. Ahora estoy conociendo a alguien, pero en castidad. Y nunca he sido más feliz. El hecho de estar con alguien, que me vea y no me quiera tocar un pelo es un descanso y me protege para tener una relación más sana.

Entre su cuenta en castellano y otra que tiene en inglés, Cristina Sempere acumula cerca de 30.000 seguidores, cientos de videos y una homilía infinita de hashtags: #soycatolico, #misa, #pecado, #virgenmaria, #PapaLeón, #JesúsTeAma, #JesusIsKing, #catholictiktok...

El pasado verano, Roma acogió por primera vez un Jubileo al que acudieron cerca de mil influencers católicos como ella y "misioneros digitales" de 46 países de todo el mundo. El objetivo del Vaticano era poner el foco en el entorno virtual en plena crisis global de fe. "La Iglesia no es para solo unos pocos, es para todo el mundo, pero hay que salir a la calle a recoger a la gente, a llamarles y las redes sociales son un modo fantástico de evangelizar", celebra Cristina.

Según las estimaciones de la Iglesia, el número de católicos está aumentando a nivel mundial, pero el crecimiento se debe casi de forma exclusiva a África. En Europa y Estados Unidos, el desplome ha sido constante en las últimas décadas. Y España no es una excepción. El barómetro del CIS dice que algo más de la mitad de los españoles se declaran católicos y sólo un 18,8% son practicantes. En 1978 los creyentes en nuestro país eran un 90,5%. Y en los 47 años que el CIS lleva preguntando por nuestra fe, el porcentaje de ciudadanos que se declaran ateos, agnósticos o no creyentes ha pasado de un pírrico 7,6% a un 40%.

El último Observatorio Demográfico de CEU-CEFAS revela que el porcentaje de bebés bautizados y niños que hacen la Primera Comunión ya es menor del 50%, las bodas por la Iglesia han caído drásticamente desde 2001 y las vocaciones se han hundido sin remedio desde los años 60. El mínimo histórico de nuestra creencia se alcanzó justo hace dos años, cuando sólo el 51% de los españoles se declaraba católico y parecía irremediable que, en cuestión de meses, España dejara de ser mayoritariamente católica por primera vez en más de 16 siglos.

Sin embargo, algo parece haber cambiado.

"El proceso de secularización acelerada que se estaba viviendo en países como Estados Unidos o España se ha detenido y, de repente, estamos viviendo un repunte religioso", explica el sociólogo Luis Miller, científico titular del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. "Es un repunte muy leve, pero un repunte".

Según sus análisis, por primera vez desde los años 80, las encuestas han detectado un ligero rebrote del catolicismo. En los dos últimos años la proporción de católicos ha subido alrededor de dos puntos. Y el crecimiento es especialmente llamativo entre los jóvenes: el número de católicos menores de 34 años en nuestro país ha pasado de un 34% a un 42,8%.

"No es una reconversión masiva, pero sí un cambio de tendencia", analizaba Miller hace unos días en las páginas de EL MUNDO. "Después de décadas de retirada, la fe parece haber dejado de retroceder".

Y la culpa (o el mérito) parece ser de los más jóvenes.

Dios está de moda. El grupo musical católico Hakuna llena cada recinto en el que actúa. La literatura religiosa registra récords de facturación en España. Los retiros espirituales de Effetá tienen lista de espera. La fe es viral en las redes sociales mientras los reguetoneros le cantan al Señor, Dani Alves se hace predicador, el luchador Ilia Topuria se declara "supercreyente" y Tamara Falcó promociona apps de oración: "Si no voy a misa, me entra ansiedad".

La película de Alauda Ruiz de Azúa Los domingos, que cuenta la historia de una joven que decide ingresar en un convento, se ha convertido en el fenómeno cinematográfico del momento. Y hasta Rosalía, que ya jugaba con toda la iconografía religiosa en El mal querer, se viste ahora de monja para promocionar su nuevo disco: Lux.

"Una motomami sabe que el mejor artista es Dios", decía ya la cantante en la promoción de su último álbum, en 2022. Tres años después, su calculada campaña para anunciar su próximo trabajo ha sabido conectar con un fenómeno que empieza a emerger entre las nuevas generaciones.

"La religión ya no es la chapa de un cura desde un púlpito, ya no es algo aburrido. Ver a jóvenes hablando de su fe en las redes es muy contagioso"

Quique Mira, influencer católico

"Nos hemos cansado de la sobredosis de superficialidad que el mundo nos propone, del mensaje supermán de productividad, eficacia y éxito que nos llena de fiesta, dinero, alcohol y sexo pero al final no nos hace felices", resume Quique Mira. De profesión, evangelizador.

Quique tiene 27 años, 173.000 seguidores en Instagram y otros 68.000 en TikTok. Es, al igual que Mery Lorenzo, su mujer, influencer católico y generador de contenidos religiosos. Además es fundador y director de Aute, una entidad que genera contenido de alta producción para compartir el mensaje del Evangelio entre los jóvenes y que incluso ha desarrollado una aplicación llamada WayUpp, una especie de Airbnb que "digitaliza realidades eclesiales", es decir que geolocaliza parroquias, retiros espirituales y movimientos religiosos para conectar a los jóvenes con la Iglesia.

"La nueva ola de contenido digital ha dado mucha autenticidad a la fe", celebra él. "La religión ya no es la chapa de un cura desde un púlpito, ya no es algo alejado y aburrido. Ver a jóvenes hablando de su fe en las redes sociales sin miedo es muy contagioso".

La historia personal de Quique no es muy diferente a la de Cristina Sempere en Sevilla. Ninguno de los dos venía de una familia especialmente religiosa. "Mis padres están divorciados. Mi padre es ateo y mi madre cree, pero a su forma", cuenta ella. "A mi madre le costó muchísimo entender mi nueva vida porque es cero creyente, cero practicante", cuenta él.

Cristina estudió en las Salesianas, pero creció convencida de que la Iglesia era una institución retrógrada, homófoba y machista. "En la vida me hubiera imaginado que acabaría yendo a misa todos los días", reconoce ahora.

-¿Ya no te parece machista la Iglesia?

-¿Cómo va a ser machista si la segunda persona más importante después de Cristo es la Virgen María?

-¿Y te gusta Rosalía?

-Soy muy fan, tengo todos sus álbumes y siempre ha sido una persona muy espiritual. No creo que su estilo de vida esté en plena coherencia con la Iglesia, pero rezo por su camino. Ojalá verla algún día en misa.

Tras una adolescencia "complicada", la inquietud espiritual acercó a Cristina a la brujería y al new age y después de vivir un tiempo en Italia -ya saben, "completamente alejada del Señor"- sintió lo que ella denomina "un llamado".

"Empecé un proceso de deconstrucción de todo lo que pensaba que era la Iglesia y todos mis tremendos prejuicios y encontré respuestas cuando estaba más perdida", asegura. "La Iglesia ofrece orden, ideas claras y estabilidad, no da lugar a dudas y ofrece respuestas concisas y sentimiento de comunidad justo cuando hay más jóvenes solos o atrapados en la incertidumbre. A mí me ha ayudado mucho más la Iglesia que mi psicóloga".

"La Iglesia ofrece orden, ideas claras y estabilidad, sentimiento de comunidad justo cuando hay más jóvenes solos o atrapados en la incertidumbre", Cristina Sempere, profesora e influencer católica

Quique, desde Valencia, coincide: "Cuando todo va bien es fácil creer que tus elecciones son las buenas, pero cuando empiezas a pasarlo mal, lo superficial desaparece y empiezan a brotar preguntas".

Hasta los 19 años, vivió volcado en el fútbol, los amigos y la fiesta. "Trabajaba gestionando clubes de noche en Barcelona y vivía siguiendo mis instintos y buscando sólo mi placer y el éxito. Disparaba en todas las direcciones, pero no era feliz en ninguna", admite. "Hasta que un día conocí a un sacerdote y me cautivó su forma de ver la vida. Me adentré en el estudio de la Biblia, en la misa, y me enamoré".

-¿A qué has tenido que renunciar?

-No he renunciado a nada, he elegido. Dios ha ordenado muchas horas desordenadas en mi vida. Le ha dado sentido y ahora es mi centro y es hacia donde miro. Es un regalo que ha cambiado mi vida y creo que no tengo que esconderme por ello. Se ha roto un tabú y que cada vez seamos más jóvenes los que nos pronunciemos de forma pública sobre nuestra fe anima a otros a acercarse sin miedo.

Los chavales de su generación empiezan a creer más y además también ejercen más su fe. Entre quienes se definen como católicos en España, la práctica religiosa muestra también un pequeño giro. A comienzos de los 2000, el 40% de los católicos iba a misa al menos una vez al mes. Esa cifra se redujo drásticamente en las dos décadas siguientes hasta caer a un 24%, pero en los últimos cinco años ha subido hasta el 26%. Y otra vez el salto viene impulsado por los más jóvenes. Sólo los creyentes mayores de 65 años van más a misa que los católicos menores de 24: acuden a la iglesia un 35,5%.

"Entre las nuevas generaciones se está produciendo una reivindicación de los valores tradicionales como rechazo a un movimiento cultural muy potente que se venía dando desde hace 15 o 20 años", explica Luis Miller, que lleva un tiempo analizando los efectos secundarios de la polarización salvaje en nuestro país y ha encontrado también razones ideológicas en este nuevo fenómeno.

"Lo que ha pasado tanto en España como en Estados Unidos es que en los últimos años se ha producido un alineamiento entre religión y política que antes no existía", asegura el autor de Polarizados. La política que nos divide (Deusto). "En algún momento de la última gran crisis económica, con el final del Gobierno de Zapatero y el 15-M, la izquierda dejó de identificarse como religiosa de forma mayoritaria. La irrupción de Podemos supuso un cambio ideológico y cultural importantísimo en nuestro país al que no hemos dado el valor suficiente, pero se instauró un anticatolicismo en España ante el que ahora surge una reacción similar a la que puede ocurrir con el feminismo o expresiones culturales como los toros".

"Mi generación ha visto cómo todo lo que parecía seguro se ha desplomado y cuando no hay nada a lo que agarrarte, siempre emerge la religión", Israel Merino, periodista

De repente, jóvenes no necesariamente criados en un entorno religioso están fascinados por la religión, por la Iglesia, el misticismo, la fe y las conexiones con lo sobrenatural y hasta con el nuevo Papa: el "papa Bob", como es conocido Robert Prevost, es tendencia en las redes sociales.

"Igual Dios es el único que puede llenar el vacío", decía hace unos días Rosalía en una entrevista en el pódcast Radio Noia. "Me he pasado toda la vida con esta sensación de vacío. A veces te confundes, pensando que con algo material lo puedes llenar, con una experiencia, un lío en el que te metes o incluso las relaciones románticas en las que pones a la pareja en un pedestal. A lo mejor estamos confundiendo este espacio. Será que este espacio es el espacio de Dios", reflexionaba Rosalía repantigada en una cama junto a la periodista Mar Vallverdú durante la promoción de su nuevo disco.

"Desde la pandemia se ha producido un resurgir espiritual y místico entre los más jóvenes", apunta el escritor y periodista Israel Merino, de 24 años. "El islam también lo está petando y hay un nuevo interés por el mundillo esotérico, el tarot y hasta el zodiaco. Y en ese contexto, la religión católica no tiene rival: tiene mejor marketing que nadie porque su imaginario es potentísimo".

En un artículo titulado Rosalía en la era de Dios, Merino hablaba estos días de la conexión del disco de la artista catalana con una época en la que los jóvenes buscan consuelo desesperadamente. "Ella es tremendamente inteligente y ha sabido ver la ola que viene. Mi generación ha visto cómo todo lo que se consideraba seguro se ha desplomado", asegura el periodista en conversación telefónica. "Nos dijeron que con una carrera y un máster íbamos a tener un trabajo de puta madre. Y si sabías inglés, ya eras la hostia. Pero eso se ha caído. Todo lo establecido se ha ido al garete y cuando no hay nada a lo que agarrarte, siempre emerge la religión".

-¿Hay un componente reaccionario en este auge de la fe?

-Seguro que lo hay y los movimientos más reaccionarios se aprovecharán de él para sus maléficos planes, pero creer que todo lo religioso es reaccionario es absurdo, una payasada que la izquierda perderá por goleada si sigue instalada en los marcos de hace 30 años.

"La gente tiene la imagen del joven que va a misa como un chaval con mocasines y camisa blanca que vota a Vox, pero cuando te adentras en la iglesia te encuentras de todo: desde el empresario al que no llega a fin de mes, de un color y de otro", cuenta Quique Mira. "Y cada vez somos más". Ocurre en España y está ocurriendo en el resto del mundo. 

"Hay una reivindicación de valores tradicionales similar a la que ocurre frente al feminismo o en expresiones culturales como los toros", Luis Miller, sociólogo

El periódico The Guardian hablaba en abril del "resurgimiento" de la religión entre los jóvenes del Reino Unido. En 2018, tan solo el 4% de los británicos de entre 18 y 24 años afirmaban asistir a la iglesia al menos una vez al mes. Hoy, según un estudio titulado The Quiet Revival (El renacimiento silencioso), la cifra ha aumentado al 16%.

"Antes la confirmación se describía, en tono de broma, como el sacramento de despedida, porque ya no volvíamos a ver a los jóvenes hasta que se casaban", sugería en aquel reportaje Georgia Clarke, directora del ministerio juvenil de la iglesia católica de Santa Isabel de Portugal, en Richmond. "Ahora, entre el 80 y el 90% de los adolescentes se mantienen conectados con la Iglesia después de la confirmación mediante encuentros semanales, tutorías y retiros, donde se abordan temas que van desde la ansiedad climática hasta el acceso a la Universidad".

En Francia, país eminentemente laico, el número de bautizos de adultos y adolescentes se ha disparado y sólo durante la última Semana Santa recibieron el primer sacramento un 45% más de adultos que el año pasado. Son los datos más altos registrados por el episcopado francés desde hace más de 20 años.

Y en Estados Unidos ya se habla de "un cambio histórico". Por primera vez en décadas, los adultos millennials o de la generación Z son los feligreses más habituales, superando a las generaciones más mayores. Y el salto se produce especialmente entre los varones y sobre todo a partir de la pandemia del coronavirus.

"Es la primera vez que registramos un interés espiritual de tal magnitud liderado por las generaciones más jóvenes", aseguraba el pasado mes de abril David Kinnaman, director ejecutivo de Barna Group, una organización de investigación cristiana sobre tendencias religiosas. "Sin duda, hay un renovado interés en Jesús".

Un estudio del grupo sostenía entonces que el "compromiso con Jesús" ha aumentado en 15 puntos porcentuales entre los hombres estadounidenses de la generación Z entre 2019 y 2025 y en casi 20 puntos entre los millennials en el mismo periodo.

"Me extrañaría mucho que en España volviera la práctica religiosa o se produzcan conversiones masivas porque la gente sigue sin ir a misa, no da dinero a la Iglesia y cada vez hay menos vocaciones", matiza Luis Miller. "Pero sí vamos hacia un tiempo de mayor identidad religiosa, con cada vez más gente mostrando su fe en público. Antes casi daba vergüenza decir que creías en Dios o ibas a la iglesia y eso se está perdiendo. Ya no penaliza, sino que incluso da réditos y se convierte en producto de marketing".

Hace sólo unas semanas, el modelo e influencer Pablo García, conocido en las redes sociales como Pablo Garna, anunció a sus cerca de 800.000 seguidores en Instagram que lo dejaba todo para ingresar en un seminario.

Sólo unos días después, el empresario sevillano Álvaro Ferrero seguía un camino similar. A sus 30 años ha dejado a su pareja, ha vendido sus negocios y ha ingresado en el seminario de Alcalá de Henares. "He decidido dejarlo todo para seguir a Dios", se confiesa. Sus seguidores en las redes sociales se han multiplicado por cinco desde su anuncio viral.

"Yo crecí en una familia católica y viví la fe en casa y en la escuela. Pero luego me fui a estudiar a Madrid y me alejé mucho de Dios, desconecté", explica él. "He vivido en 10 países diferentes, he salido mucho y le he dado muchas vueltas a la cabeza durante este tiempo, pero sentía que algo me faltaba. Hay gente que lo encuentra haciendo yoga, en la cultura zen, en el misticismo o en otras religiones, pero igual su mensaje no cala tanto como el de Jesucristo".

-¿Y qué buscas tú en el seminario?

-Mi único anhelo es ser santo.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Las bonobas impusieron el matriarcado para evitar el infanticidio de la sociedad chimpancé.

 Las cinco bonobas que mataron a un macho desafían el mito de la especie pacifista: “El ataque más violento jamás observado”, en El País, por Javier Salas, 22 de octubre de 2025:

Este linchamiento, grabado en vídeo en plena selva, matiza la realidad de los bonobos. Las hembras ejercen el poder sobre los machos, más grandes y fuertes, gracias a un matriarcado tejido con intensos lazos sociales. Cinco bonobas lincharon hasta la muerte a un macho por agredir a una cría.

Nadie ha vuelto a ver a Hugo desde el 18 de febrero de 2025. Aquel día, a las tres y media de la tarde, se escuchó un griterío en medio de la selva de Salonga, en la República Democrática del Congo. Dos minutos después, llegó el primer testigo humano, que puso a grabar su cámara. Cinco hembras, Polly, Tao, Ngola, Djulie y Bella, estaban vapuleando a este macho de casi veinte años, que yacía boca abajo en el suelo.

El ataque duró veinticinco minutos interminables para Hugo, que se cubría la cabeza como podía mientras todo el clan observaba la escena sin intervenir, incluidos algunos familiares. “Las hembras saltaron alternativamente sobre el cuerpo de Hugo, pisoteándole la espalda y mordiéndole la cabeza, las piernas, el cuello, los dedos de las manos y de los pies. Una de ellas le arrancó de un mordisco parte de la oreja; otras dos practicaron frotamientos genitales entre sí encima de él. Una de las agresoras le mordió el pie y masticó el tejido arrancado, para después morderle los testículos”, describen en detalle los científicos que han publicado ahora el caso.

Hugo tenía el rostro desfigurado, sangraba en los labios y las cejas, una amplia sección de piel arrancada del cuello, sus nudillos mordidos hasta el hueso, y graves heridas en los testículos y el pene. A duras penas logró huir del escenario dos horas después. “Sigue desaparecido y estamos bastante seguros de que no ha sobrevivido”, responde ahora Sonya Pashchevskaya, primatóloga y testigo directo de un ataque que sirve para matizar las complejidades de una especie idealizada como "jipis eróticofestivos": los bonobos.

Su realidad ayuda a leer el mosaico evolutivo que conformamos los grandes simios: humanos, orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos. Estas dos últimas especies, las más cercanas a nosotros, son algo así como un juego de espejos. Los chimpancés machos manejan con mano de hierro la jerarquía social y forman lazos duraderos entre ellos, mientras que son violentos con las hembras para asegurarse la descendencia. Los bonobos viven en un matriarcado: las hembras dominan al grupo mediante alianzas que, entre otros comportamientos, reafirman frotando mutuamente sus vulvas (buscando el placer con su clítoris).

Desde que Jane Goodall observara aterrorizada las crueles guerras entre chimpancés, siempre se ha idealizado a los bonobos como el reverso pacifista, sobre todo tras los populares libros de Frans de Waal. “Aunque es cierto que son mucho más pacíficos”, matiza Pashchevskaya, “la imagen hippie de la sociedad bonoba procede en gran parte de poblaciones en cautividad”. Los silvestres son menos idílicos, como explica esta investigadora del Instituto Max Planck (Alemania). “La pacífica sociedad bonoba, que se mantiene gracias a que las hembras asumen el dominio sobre los machos, puede verse interrumpida ocasionalmente por sucesos extremos como este, que sería la excepción que confirma la regla”.

Los machos son más grandes y fuertes; la violencia, como herramienta de control social, la ejercen ellas. Y quizá por eso ha pasado más desapercibida. “Refleja una visión muy centrada en los machos”, admite Martin Surbeck, que también ha trabajado con los bonobos de LuiKotale, en el parque nacional de Salonga, aunque no en este trabajo. Surberck, de la Universidad de Harvard, publicó en abril un estudio que repasa treinta años de observaciones para entender el poder de las bonobas. El 85 % de las coaliciones violentas las protagonizan hembras que tratan de mantener a raya a los machos, por lo que es una ferocidad claramente funcional: para evitar que se conviertan en chimpancés. En ciertas comunidades, el 100 % de los conflictos los ganan las hembras, mostrando que el dominio es estructural.

Poder social, no físico

“El poder de estas coaliciones de hembras es uno de los principales mecanismos que invierte las dinámicas de poder entre sexos dentro de los grupos de bonobos”, añade Surbeck por email. Cuando las bonobas arman alianzas agresivas para ejercer el control social sobre los machos, demuestran que el poder puede nacer no de la fuerza física, sino del apoyo social.

Ahí es donde empieza a cobrar sentido el ataque de las cinco hembras contra Hugo. Según los primatólogos que siguen a esa comunidad, este macho tuvo un par de días antes un gesto agresivo con la cría de la más joven de las atacantes, Bella (15 años). El infanticidio es una herramienta común de los machos de muchas especies para asegurarse el éxito reproductivo: yo tengo hijos cuando la hembra ya no cuida de los hijos que tuvo con otros. “Las hembras bonobo, sin embargo, han logrado revertir esa tendencia, que los chimpancés sí cumplen, gracias a una cooperación inusual entre ellas”, explica Pashchevskaya, “y llegan a atacar a los machos que se portan mal con los pequeños”. “La violencia extrema se explicaría mejor como respuesta a la amenaza extrema: el infanticidio”, resume la autora principal de este caso detallado en la revista Current Biology. Hace años se dio un caso similar, aunque peor documentado. La primatóloga reconoce que solo pueden especular, explica: “¿Por qué no se producen infanticidios dentro del grupo entre bonobos? Pues porque esto es lo que sucede si un macho lo intenta”. Si las hembras son capaces de ejecutar un acto de violencia de tal magnitud contra un macho adulto, continua la científica, quizá eso sea precisamente lo que mantiene a raya las agresiones masculinas como las de los chimpancés.

Nahoko Tokuyama, otra experta en bonobas, se muestra “muy sorprendida” por el episodio. “Aunque a veces se vuelvan violentas, yo creía que las hembras de bonobo no llegarían a herir a un oponente tan seriamente”, asegura. “Creo que Hugo provocó a las hembras de forma particularmente severa. La agresión contra una cría constituye una violación grave de las normas de la sociedad bonoba y casi siempre provoca represalias por parte de las hembras”, añade Tokuyama, de la Universidad Central de Tokio, autora de varios estudios sobre las coaliciones de bonobas salvajes. “Es seguro que este caso representa el ataque más violento jamás documentado en bonobos”, resume.

Penes heridos y vulvas amigas

En cuanto al simbolismo de los detalles más escabrosos, los expertos en esta especie son cautelosos. Las heridas en los genitales de Hugo, por ejemplo. Los chimpancés que agreden a machos de otros grupos suelen atacar ahí, en parte para eliminar competencia reproductiva. “Son una parte fácil de dañar cuando solo se usan dientes y manos, así que sería prudente no atribuirles un significado simbólico demasiado profundo”, advierte Pashchevskaya. Pero añade: “Quizá comunique algo como ‘no te pases de la raya”.

El frotamiento de genitales de las hembras sobre el cuerpo del agredido sería más normal. Las bonobas lo hacen mucho, para tejer esos lazos de sororidad que a escala social terminan por formar una red matriarcal. “También lo hacen cuando se reencuentran tras un tiempo, como una especie de ‘hola, me alegro de verte”, señala Pashchevskaya. Profundiza Liza Moscovice, autora de varios estudios sobre las bonobas y sus comportamientos sexuales: “Es común en situaciones tensas, como durante ataques en coalición. El frotamiento genital ayuda a las hembras a coordinar su comportamiento, confirmar el apoyo mutuo y posiblemente reducir el estrés en momentos de tensión”. Tokuyama indica que “probablemente intentaban tanto aliviar el estrés como reafirmar su vínculo cooperativo entre ellas”. “En resumen, en este caso”, zanja la autora principal del estudio sobre la muerte de Hugo, “el frotamiento genital facilita la cooperación: ‘Estoy contigo en esto”.

domingo, 5 de octubre de 2025

La crisis de los veinte. Angustia en la generación Z.

 I

 La crisis de los 20: por qué hay jóvenes tan infelices, en El País, por Daniel Soufi, 5 OCT 2025:

La crisis vital se apodera de los jóvenes en una etapa que debería ser de entusiasmo. Son más conscientes de su salud mental, las redes sociales generan depresión y ansiedad, y tienen unas perspectivas de futuro peores que las de sus padres, con una situación económica que hace cada vez más difícil consolidar un proyecto de vida. ¿Qué podemos hacer para cambiar de rumbo?

Los jóvenes están mal, se sienten muy tristes, de bajón absoluto. Lo peor no es la ansiedad, ni estar enganchado al móvil, ni sentirse solo, ni estar sin trabajo, ni siquiera saber que es imposible comprarse una casa; lo peor es que, hasta hace unos pocos años, ninguno de ellos esperaba encontrarse con nada de esto.

En agosto, un artículo publicado en la revista científica estadounidense PLOS One señaló que hoy no hay ningún grupo de edad más insatisfecho que la juventud. Hasta hace poco, la curva de la felicidad seguía un patrón claro: empezaba alta en la infancia y la juventud, se hundía en la mediana edad y repuntaba en la vejez. Los jóvenes, que solían ser el segundo grupo más feliz, son los únicos que han caído. Los más afectados son los adolescentes y los adultos jóvenes, desde los 12 hasta los 24 años. El estudio se basa en encuestas a millones de personas, recogidas en más de 40 países. Y aunque siempre conviene ser prudentes con las conclusiones de las encuestas, la tendencia es difícil de cuestionar.

¿Son los jóvenes demasiado sensibles? La mal llamada generación de cristal recurre más al psicólogo que sus padres o sus abuelos, y maneja con soltura términos como TOC, TDAH, burnout o síndrome del impostor. ¿Ha influido esa mayor conciencia sobre la salud mental en su estado de ánimo? “No necesariamente, pero es evidente que el concepto de felicidad no es el mismo para alguien de 20 años que para su abuela”, responde Alejandro Cencerrado, físico, analista del Instituto de la Felicidad de Copenhague y autor de En defensa de la infelicidad (Ediciones Destino, 2022). “Si a alguien nacido a principios del siglo XX, en algún momento de su vida, le hubieran preguntado si tenía depresión, ni siquiera habría sabido qué contestar. Y eso que vivían situaciones muy duras”.

El mundo cambia y cualidades que hace 20 años se consideraban esenciales para ser inteligente, como tener una memoria enciclopédica, no son las mismas que hoy permiten desenvolverse y superar obstáculos. Del mismo modo, los factores que hace 50 años definían la felicidad, como tener una familia con un formato tradicional o tener una buena relación con Dios, difieren de los que influyen en nuestro bienestar actual. “Es realmente difícil comparar las respuestas de un chaval que pasa el día en TikTok con las de dos personas que vivieron una guerra. Cada uno valora las cosas de manera distinta”.

La felicidad solo empezó a medirse de forma sistemática en los años setenta. En 1972, Bután introdujo el concepto de Felicidad Nacional Bruta y, poco después, encuestas como la World Values Survey incluyeron preguntas sobre satisfacción vital. El gran salto llegó en las dos últimas décadas, con encuestas internacionales de gran escala, lo que refleja que nunca antes habíamos estado tan empeñados en cuantificar nuestro bienestar. “La paradoja es que, cuanto más nos obsesiona medir la felicidad, más sensibles nos volvemos a problemas de salud mental como la depresión”, afirma Cencerrado.

Sin embargo, existen indicadores más objetivos que los cuestionarios sobre felicidad en los que se basan estos estudios. En Estados Unidos, la tasa de suicidio en adolescentes de 12 a 17 años creció un 70% entre 2008 y 2020. En la Unión Europea también se observa un aumento, con España pasando de 1,99 a 2,94 por cada 100.000 jóvenes de 15 a 19 años entre 2011 y 2022. También se han incrementado los ingresos hospitalarios por trastornos mentales en menores y el consumo de psicofármacos. En el Reino Unido, por ejemplo, las prescripciones de antidepresivos en adolescentes de 12 a 17 años se duplicaron entre 2005 y 2017, en un contexto en el que hay médicos que alertan del exceso de medicación, y no solo en jóvenes.

Según el informe de PLOS One, la infelicidad juvenil empieza a crecer claramente desde 2012. ¿Qué ocurrió en ese momento cuyo impacto tuvo un efecto global que no se ha detenido hasta el día de hoy?

La primera hipótesis vincula esta crisis de los 20 con la llegada de las redes sociales y los smartphones. El sociólogo Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa (Deusto, 2024), explica por videollamada que existen demasiados estudios, de muy distintos tipos, como para negar una relación causal entre estas tecnologías y el deterioro de la salud mental de los jóvenes. “Las redes sociales son una causa sustancial —no solo una pequeña correlación— de la depresión y la ansiedad, y por tanto de conductas asociadas a estas enfermedades, incluida la autolesión y el suicidio”.

Lo que plantea Haidt es que el problema no es solo la ansiedad o el aislamiento que puedan causar Instagram o TikTok, sino que lo verdaderamente grave es que estas plataformas han reconfigurado por completo la forma en que los jóvenes socializan. Por eso, advierte, si un adolescente decidiera abandonar las redes para protegerse, su salud mental podría quedar todavía más debilitada al quedar excluido de la vida social de su grupo. Haidt lo define como un efecto de cohorte y de red: toda una generación atrapada en un sistema en el que todos estarían mejor si se desconectaran, pero en el que quien lo hace en solitario acaba aislado.

Algo tan esencial para el bienestar como el descanso también se ha visto trastocado por la llegada de los smartphones. En España, un 83% de los jóvenes de entre 18 y 34 años presenta alguno de los síntomas del trastorno de insomnio, y alrededor de un 13% cumple los criterios para que sea crónico, mientras que solo uno de cada cuatro admite dormir bien y lo suficiente, según el estudio Hábitos y prevalencia de trastornos del sueño en España de 2024. Las dificultades para conciliar y mantener el sueño se han agravado en las dos últimas décadas: hace 20 años, la proporción de personas con insomnio crónico era la mitad. Y son los menores de 35 años quienes más han sufrido este deterioro.

El doctor Javier Albares, experto en sueño y autor de Generación Zombi (Península, 2025), advierte que el abuso de móviles y tabletas está moldeando una “generación atrapada en una espiral de hiperestimulación, adicción y privación crónica del sueño”. Según explica, las pantallas no solo roban horas de descanso, sino que también lo fragmentan: “Aumentan el número de despertares que suceden a lo largo de la noche, y, en consecuencia, disminuyen tanto la calidad como la cantidad del descanso”. Asegura que la mitad de los adolescentes responde mensajes durante la madrugada y un porcentaje similar consulta el teléfono al menos una vez en plena noche. “Esta falta de sueño se traduce en fatiga, menor rendimiento académico, irritabilidad y más riesgo de ansiedad o depresión”.

Haidt reconoce que una tendencia tan global responde a una acumulación de factores. Según el experto, otra de las causas del aumento del malestar juvenil es la “sobreprotección de los niños en el mundo real”. En las últimas décadas, señala, los menores han perdido la posibilidad de jugar libremente en la calle, sin supervisión adulta, en grupos mixtos y con cierto grado de riesgo, algo que antes era habitual y que resultaba crucial para desarrollar resiliencia, autonomía y capacidad de afrontar la incertidumbre. Haidt lo resume con una fórmula clara: hoy existe sobreprotección en el mundo real y desprotección en el mundo virtual. “Se limita cada vez más la libertad de los niños fuera de casa, mientras que se les deja expuestos sin control en internet y en las redes sociales”, advierte.

Los datos de los estudios sobre la felicidad no sorprenden al filósofo y profesor de Literatura Jesús G. Maestro, cuyo canal de YouTube goza de enorme popularidad entre los jóvenes. Maestro se da cuenta de ello cada vez que entra en un aula. Pero rechaza la idea de que los mileniales sean una generación hiperprotegida: “Es falso, es la generación más desprotegida de las últimas décadas”, asegura por teléfono. “No puede estar muy protegida una generación a la que se le ha privado de conocimientos esenciales para enfrentarse a la vida y se la ha expuesto a las redes sociales e internet sin ningún tipo de resguardo, donde la presión psicológica es fortísima y muchos no lo resisten”.

Para el autor de Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (HarperCollins, 2025), el malestar de los jóvenes tiene una causa muy concreta: el idealismo de sus padres. “Es una generación a la que se le prometió todo y se ha encontrado con nada”. Según Maestro, los boomers educaron a sus hijos para enfrentarse a un mundo que no existe. “La educación debe orientarse a hacer compatible al ser humano con la realidad. Y la realidad es la de un mundo depredador regido por la lógica de mercado”. Maestro critica la dureza con la que a menudo se juzga a esta generación: “De los mileniales se habla muy mal sin saber lo que se dice. Se les presenta como vagos, tontos o inútiles. Se ha vertido contra ellos lo peor. Y no se puede ayudar a una persona malinterpretándola”.

Como dice Maestro, muchos jóvenes crecieron con la promesa de que al hacerse mayores se encontrarían con un mundo mejor que el de sus padres, con oportunidades para realizarse y ser felices. Sin embargo, la realidad que aguarda a quien sale hoy del instituto o de la universidad es desoladora. La situación económica de los jóvenes es mucho peor que la de la generación anterior. Según el INE, en 2004, las personas en edad de jubilarse eran el grupo con mayor riesgo de pobreza (30%); el año pasado esa cifra se redujo a la mitad (16,8%), mientras que golpea con más fuerza a los jóvenes (21%) y a los niños (29%). En paralelo, el patrimonio medio de una familia joven se ha reducido a la mitad entre 2002 y 2022. La tasa de paro juvenil, aunque en mínimos desde 2008, sigue en torno al 25%.

“Hay sensación de desánimo”, dice por teléfono la socióloga Patricia Castro, autora de Tu precariedad y cada día la de más gente (Apostroph, 2023). “La generación de nuestros padres, aunque viniera de un entorno de pobreza, tenía la percepción de un progreso vital, de que si estudiabas tu vida podría mejorar y lograrías un trabajo mejor. En gran medida, esa esperanza se ha perdido”. España es, de hecho, uno de los países donde el ascensor social funciona peor: más de un 35% de la desigualdad de ingresos está determinada por factores de origen —sobre todo, el nivel socioeconómico de los padres—, una de las cifras más altas de la OCDE. De este caldo de cultivo nace el reciente debate entre boomers y jóvenes que constatan vivir peor que sus padres.

Castro afirma que las nuevas generaciones padecen un “nihilismo light”, han perdido la fe en que sea posible luchar por un mundo con mejores condiciones. “Además, la sociedad les hace sentir que la responsabilidad de su precariedad recae sobre ellos mismos. Es una autodestrucción hacia dentro: te culpas a ti mismo de tu situación”. Añade que los jóvenes viven en un mundo cada vez más atomizado, donde se ha perdido el sentido de comunidad. “No sienten que juntos puedan lograr nada”, señala. Coincide con Maestro en que la generación anterior ha juzgado con excesiva dureza a los jóvenes: su adicción a las nuevas tecnologías, su incapacidad para ganarse la vida, incluso el reciente auge conservador. “Se ha culpabilizado a gente que ni siquiera ha tenido la oportunidad de cagarla”.

Las soluciones que proponen los expertos para revertir la infelicidad juvenil y para que la adolescencia vuelva a ser una de las etapas más plenas de la vida son diversas. Una de las más reiteradas es garantizar el acceso de los jóvenes a tratamientos de salud mental. Según el Libro Blanco de la Psiquiatría en España, elaborado por la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM), la ratio es de apenas 10 profesionales por cada 100.000 menores de 14 años, una cifra significativamente por debajo de las tasas observadas en otros países.

Jonathan Haidt sugiere retrasar el acceso a las redes sociales hasta los 14 años y advierte de que la irrupción de la inteligencia artificial podría resultar aún más dañina para los jóvenes que las propias redes. Y, aunque sea obvio, seguro que ayuda la mejora de condiciones económicas, en especial, en trabajo y vivienda. Para Patricia Castro, la clave está en reforzar los vínculos: “No todos vamos a tener el trabajo de nuestros sueños ni a vivir en el centro de la ciudad, pero lo que no falta es gente en el mundo”. Jesús G. Maestro, fiel a su oficio de profesor de Literatura, propone una receta muy concreta: “Leer El Quijote. Si algo enseña es que el idealismo conduce al fracaso”. Y advierte: “Si no cuidas a la gente joven, estropeas el futuro de la sociedad”.

II

La crisis de los 20 es la nueva crisis de los 40: los problemas de los jóvenes pulverizan la curva de la infelicidad. En El País, por Enrique Alpañés, Madrid - 27 AGO 2025:

Un estudio señala un cambio de paradigma por la crisis de salud mental de las nuevas generaciones. El malestar, hoy en día, disminuye con los años

La curva de infelicidad está desapareciendo, pero esta no es una buena noticia. Hasta ahora, la satisfacción vital tenía forma de sonrisa. Empezaba alta en la juventud, se hundía en la mediana edad, en lo que en España se ha venido a llamar la crisis de los 40, y después repuntaba. La infelicidad, por el contrario, tenía forma de joroba o sonrisa invertida :-( . Pero un amplio estudio que se publica este miércoles en la revista científica PLOS One muestra cómo se ha erosionado esta curva hasta casi desaparecer. No es que la crisis de los 40 haya remitido, es que se ha empezado a ver algo que podríamos definir como la crisis de los 20. La infelicidad empieza ahora en alto, a edades muy tempranas, y tiende a disminuir a lo largo de la vida.

El estudio ha sido realizado con las respuestas de más de 10 millones de adultos de Estados Unidos (hechas entre 1993 y 2024), con un análisis longitudinal en el que participan 40.000 hogares del Reino Unido, y con dos millones de cuestionarios de la encuesta Global Minds, realizada en 44 países (entre ellos España). Muchos datos, muchos países, pero una conclusión unívoca. “La verdad es que nos sorprendió que los resultados fueran tan globales”, reconoce David G. Blanchflower, economista de la Universidad de Londres y autor principal del estudio.

Los autores no han preguntado por los motivos, pero apuntan a las consecuencias de la pandemia, a la crisis de la vivienda y, sobre todo, al uso masivo de teléfonos inteligentes. Esto explicaría la uniformidad de datos en contextos que son muy diversos. “Lo que tienen en común, por ejemplo, un chico de Alemania y otro de Nueva York es el acceso a internet y a los teléfonos inteligentes”, explica Blanchflower. “En los países en desarrollo, sin embargo, vimos que quienes no tenían acceso a internet no mostraban una salud mental tan deficiente”.

El autor no cree que esto se deba tanto al efecto de los móviles en sí, sino a la forma en la que depredan el tiempo libre, rebañándolo hasta hacerlo desaparecer. “Los móviles han desplazado las actividades beneficiosas. Los niños ya no juegan, no hablan… pasar mucho tiempo en internet aleja a las personas de actividades útiles”.

(En azul, la antigua curva de la infelicidad, con una joroba en la mediana edad. En rojo discontinuo, la nueva gráfica, una línea descendente. Véase el enlace inicial).

Esto podría explicar otro de los datos destacados del estudio. Las mujeres jóvenes presentan niveles de malestar significativamente más altos que los hombres jóvenes en todos los países analizados. Esta es una constante en todos los estudios que analizan el impacto de internet y las redes sociales en el bienestar percibido. El ejemplo más reciente lo ofrecía el estudio HBSC (por sus siglas en inglés Health Behaviour in School-ages Children), publicado por el Ministerio de Sanidad español. Señalaba que esta problemática afecta el doble a las chicas (con una prevalencia del 51,2%) que a los chicos (del 25,2%).

El presente estudio es importante por la gran cantidad de datos en los que se basa. Y porque pone el malestar de las nuevas generaciones en un contexto más amplio, comparando con la satisfacción autopercibida de sus mayores. Sus conclusiones son demoledoras, pero no sorprendentes. Algo se empezó a torcer a partir de 2010 y hay mucha literatura científica que ha dado buena cuenta de ello. Las tasas de depresión y ansiedad entre adolescentes se dispararon un 50%. Las de suicidio lo hicieron en un 32%. Los miembros de la generación Z —nacidos a partir de 1996— empezaron a padecer ansiedad, depresión y otros trastornos mentales, alcanzando niveles más altos que cualquier otra generación en la historia.

La crisis de los 20 ha pulverizado la curva de la infelicidad. Pero hay que tener en cuenta que esta es una foto fija que se tendrá que ir actualizando. Los jóvenes de la generación Z, con más problemas de salud mental que sus mayores, llegarán a los 40 y 50 años. Y nada garantiza que no se enfrenten entonces a los mismos estragos vitales que han afectado a las generaciones anteriores. Mientras tanto, nuevas generaciones se irán añadiendo a la curva, y nada apunta a que tengan menos dependencia del móvil. Dicho de otra forma, la curva de la felicidad ha desaparecido solo de momento. Es esperable que se vuelva a producir en unos años, solo que más extrema. Tocar fondo implicará ir aún más abajo.

“No sé cómo evolucionará la situación”, reconoce Blanchflower. “Cada año se suma una nueva cohorte de 12 años y el resto envejece un año, pero nada cambia, el grupo nacido desde el año 2000 parece tener mala salud mental. Espero que podamos detener esto”. No parece fácil, explica el autor. Las hospitalizaciones entre jóvenes por depresión siguen en aumento, los suicidios, el consumo de antidepresivos… Porque este estudio se basa en la salud mental autopercibida, pero está subrayado por todos estos datos, que han repuntado en los últimos años entre las generaciones más jóvenes. Según el Informe Nacional sobre la Calidad y las Disparidades en la Atención Sanitaria de 2022, en Estados Unidos, entre 2016 y 2019, las tasas de visitas a urgencias con un diagnóstico principal relacionado con la salud mental aumentaron en el grupo de edad de 0 a 17 años, pasando de 784,1 por cada 100.000 habitantes a 869,3 por cada 100.000 habitantes.

La crisis de la mediana edad se empezó a describir en 2008. Desde entonces, se ha constatado en más de 600 estudios en diferentes países. El aumento de la preocupación, el estrés y la depresión con la edad ha sido ampliamente documentado en la sociología en los últimos 20 años. El propio Blanchflower estudió el fenómeno en estudios precedentes. “En toda una serie de artículos defendí que la forma de U era un dato importante, ¡hasta que dejó de serlo! Esos datos eran correctos, pero algo ha cambiado, no parece que estuviera escrito en los genes”, señala.

Maite Garaigordobil Landazabal, catedrática de Evaluación y Diagnóstico Psicológicos de la Universidad del País Vasco, destaca positivamente el actual estudio por la gran base de datos en la que se basa. En declaraciones al portal científico SMC señala que “resulta relevante porque cuestiona un hallazgo empírico muy consolidado: la existencia de la curva en U del bienestar y de la joroba del malestar a lo largo de la vida”. Garaigordobil considera que los resultados son “muy novedosos” y que “rompen con una de las regularidades más citadas en ciencias sociales”. En el mismo portal, Eduard Vieta, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona, abunda en la calidad de los datos y se muestra de acuerdo con el diagnóstico. Pero añade una posible causa más. “Creo que falta mencionar el contraste entre las expectativas y la realidad. Las generaciones jóvenes de la mayor parte de países incluidos en el trabajo han recibido una educación muy sobreprotectora y han desarrollado una baja tolerancia a la frustración. Creo que este aspecto es también relevante para explicar su malestar emocional”, añade.

El artículo concluye que esta tendencia global exige atención urgente de gobiernos, investigadores y sociedad civil para revertir el declive en el bienestar juvenil. Cuando se le pregunta a Blanchflower por alguna idea o medida concreta, sugiere restringir el acceso al teléfono como una posibilidad. Pero sobre todo ofrecer alternativas. Volver a migrar la vida social, pero en sentido inverso, de la pantalla a la calle. Fomentar el juego, los encuentros sociales y el tiempo al aire libre. “Animar a los niños a que se comporten como niños”, añade.