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viernes, 16 de enero de 2026

Chistes políticos

 1.

 El Presidente Aznar va a visitar una clase de cuarto curso de una escuela primaria. Su llegada, sin previo aviso, se produjo durante una discusión acerca de los vocablos y sus significados. La maestra le saludó e interrumpió la lección. Aznar le animó a continuar la clase con el debate gramatical. Ella, por cortesía, pidió al Presidente que participara en la discusión sobre el significado de la palabra "tragedia".

Entonces, el Presidente tomó la palabra y pidió a la clase un ejemplo de frase que incluyera el vocablo "tragedia".

- Si un amigo mío está jugando en la calle y lo atropella un automóvil, eso es una tragedia -dijo un niño, tras ponerse educadamente de pie.

- No -respondió Aznar-. Eso sería un accidente.

- Si un autobús de transporte escolar cae por un barranco y mueren todos sus ocupantes, eso sería una tragedia -dijo una niña, tras levantar la mano pidiendo la palabra.

- Me temo que no -sostuvo el Presidente- A eso podríamos llamarlo una gran pérdida.

El silencio reinó en el aula. Ningún alumno se animó a dar un ejemplo de frase. Aznar los incitó a continuar dando ejemplos:

- ¿Es que no hay nadie que pueda darme un ejemplo de lo que es una tragedia?

Finalmente, en el fondo de la clase, un niño pequeño levantó su mano y con voz muy tenue, se animó a decir:

- Si el avión presidencial en el que viajan el Sr. Presidente de España y todo el Gabinete Ministerial es destruido en vuelo por un misil, haciéndolo añicos, eso sería una tragedia.

- ¡Fantástico! -dijo Aznar-. ¡Eso está muy bien! ¿Y podrías decirme por qué eso sería una tragedia?

- Sí, claro -explicó el pequeño-: Porque, en primer lugar, no sería un accidente, y en segundo lugar, tampoco sería una gran pérdida.

 2.

 Un senador estadounidense estaba de visita en Sudamérica cuando recibió una llamada urgente de Trump para reunirse en la Casa Blanca por una cuestión importante. Pero perdió el vuelo de ida, así que tuvo que viajar en la avioneta de un piloto bisoño a la siguiente gran ciudad. Aparte del piloto, había dos pasajeros más en la avioneta: un sacerdote y un soldado licenciado que regresaba a casa. Al volar a 3.000 metros de altura, el motor del avión se paró. El piloto dijo: "Lo puse en modo de planeo y tenemos 5 minutos para el impacto". El piloto tenía puesto su paracaídas, y solo había dos más en el compartimento trasero. El senador dijo: "Tengo una reunión urgente con Trump" y, sin decir más, se puso un paracaídas y saltó tras el piloto. Entonces el sacerdote le dijo al soldado: "Hijo, soy un hombre de Dios: toma el paracaídas". El soldado respondió: "No se preocupe, padre: el senador ha saltado con mi mochila"

 3.

 Un chiste típico serbio: un alemán, un italiano y un serbio esperan frente a la puerta de San Pedro en la fila de los fallecidos por accidentes de tráfico. 

El alemán empieza a contar cómo murió: «Las carreteras alemanas son perfectas y los Mercedes son coches perfectos: todo habría sido perfecto si un turco borracho no me hubiera atropellado en dirección contraria. ¡Así perdí la vida!». 

El italiano empieza a hablar: «Sabes que Lamborghini no solo es un coche perfecto, sino pura poesía; pero, tengo que admitirlo, no todas nuestras carreteras están hechas para un coche así, por tanto, mientras conducía, me salí de la carretera y caí en un barranco».

El serbio dijo: «Yo también fallecí en un accidente de coche». Y los dos anteriores lo presionaron para que contara más detalles. El serbio continúa: «Compré un Yugo. A crédito. Después de dos meses, ¡morí de hambre!».

4

 Un pastor o ministro evangélico y un político llegaron juntos a las puertas del Cielo. San Pedro, tras realizar todos los trámites necesarios, los acompañó para mostrarles dónde estarían sus aposentos. Los condujo a una pequeña habitación individual con una cama, una silla y una mesa, y les dijo que era para el clérigo. 

El político estaba un poco preocupado por lo que le podría deparar. No podía creerlo cuando San Pedro se detuvo frente a una hermosa mansión con hermosos jardines y muchos sirvientes, y le dijo que esas serían sus habitaciones. 

Preguntó: ‘Pero espere, ¿cómo...? Algo anda mal. ¿Cómo es que consigo esta mansión mientras que ese otro hombre, tan bueno y tan santo, solo tiene una habitación?’

San Pedro respondió: ‘Tienes que entender cómo son las cosas aquí arriba. Tenemos miles y miles de clérigos. Eres el primer político que ha llegado a la cima’.

miércoles, 14 de enero de 2026

Jorge Verstrynge publica sus memorias. Entrevista.

 Jorge Verstrynge, politólogo: “La derecha española enloquece cuando ve el poder cerca”, en El País, Sergio C. Fanjul, Madrid - 14 ene 2026:

Rara avis’ política, nacionalbolchevique y populista, fue secretario general de Alianza Popular bajo la presidencia de Manuel Fraga y luego transitó hacia espacios de izquierda. Ahora publica sus memorias

Jorge Verstrynge (Tánger, 77 años), politólogo, expolítico, profesor de la Complutense, es un rara avis ideológico que transitó el poco frecuentado camino de la derecha, como secretario general de Alianza Popular, a la izquierda, como simpatizante de Podemos después de pasar por el PSOE. Recibe en su casa de Madrid, rodeada de pavos reales y árboles con grandes hongos. En la puerta han colocado una biblioteca para el vecindario, o sea, para el pueblo, y el primero que sale a recibir es su enésimo perro boxer, raza de su predilección desde que, de niño, uno “le adoptó”.

Ahora Verstrynge publica sus memorias políticas, sobre todo centradas en su etapa en la naciente AP, bajo la presidencia de Manuel Fraga: Memorias de un transeúnte (El Viejo Topo). ¿Transeúnte? “Bueno, supongo que es porque he estado recorriendo varias posibilidades políticas…”. Pero siempre se define como nacionalbolchevique y populista.

Pregunta. Parece que se ha movido mucho para no moverse tanto. ¿Qué es eso de nacionalbolchevique?

Respuesta. Siempre lo he sido, aunque aquí suene exótico (no tanto en Alemania). Es muy sencillo: es deseable una revolución socialista, incluso comunista, pero no es posible realizarla en tanto el país no sea independiente. Sin independencia no hay revolución: es el resumen al que he llegado. Yo tengo sentido patriótico, aunque tenga tres países: Marruecos, donde nací, Francia y finalmente España.

P. ¿Y populista?

R. La democracia por y para el pueblo parece que no funciona, así que me han gustado aquellos líderes que recurren a plebiscitos o referéndum, o que son elegidos por sufragio directo, como Charles de Gaulle en Francia. Todo eso da al pueblo la posibilidad de intervenir.

P. De Gaulle es para usted una referencia ineludible.

R. De Gaulle es considerado como un señor de derechas, pero era más complicado que todo eso. Hay estudios que intentan demostrar que el gaullismo fue un comunismo de derechas... Yo creo que tampoco tanto, pero sí un socialismo bastante avanzado. Ahí se levanta el Estado de Bienestar francés y se nacionalizan muchos sectores. Yo pensé que eso podría ser en España… y que sería Manuel Fraga.

P. ¿Y lo fue?

R. A veces pensé que sí, cuando decía que había que crear una red para que ningún español cayera en la miseria. Pero lo suyo era un gaullismo autoritario.

P. ¿Fraga tenía mala leche?

R. Depende con quien, lo cual es peor, depende de si trataba a un marqués o un subordinado. Pero no hay que exagerar: no era un tirano, pero si veía que no había forma de llegar a una solución, se imponía. Era un tipo paradójico: generoso y duro, de una gran cultura, con gran capacidad memorística, con gran sentido del servicio, pero al mismo tiempo con una ambición de poder muy importante. Cuando llegaba un sondeo que le daba subidas lo terminaba jodiendo, porque volvía a planteamientos más radicales.

P. Como si tuviera vía libre.

S. Exacto. En las últimas elecciones en las que participé vinieron buenos datos. Entonces, en un mitin en Valencia o Alicante, no recuerdo, al lado del obispo, empezó a decir que no al divorcio, que no al aborto… Una parte de AP, yo incluido, quedamos estupefactos. ¡Se ha vuelto loco! La derecha española enloquece cuando ve el poder cerca o cuando ve que se le escapa. Lo he visto en Fraga, también en Aznar.

P. En AP usted tuvo que levantar el partido territorialmente y trató de evitar su derechización.

R. Fui secretario de Estudios, luego de Organización, luego General, también diputado… Fraga me quería preparar para sucederle, quería que pasase por todas las comisiones del Congreso, empezando por Interior. Ahí me quité de en medio: Fraga quería aplicar a ETA el decreto Noche y Niebla (Nacht und Nebel) que utilizaban los nazis contra la Resistencia.

P. ¿Qué es eso?

R. Se trataba de hacer desaparecer sin rastro a la gente. Y yo me negaba a aplicar eso con mi propia gente, porque eran españoles. Si la lucha con ETA era una guerra, pues que se dijese claro. Mientras tanto, eran españoles, que podrían merecer un trato duro, acabar en la cárcel, incluso pena de muerte si se decidiese legal, pero no acabar en un cubo de cemento tirado en la bahía. Y Fraga no era el único que quería hacer la guerra sucia, porque estaba claro que aquello era insostenible y que iba a haber un golpe de Estado.

P. ¿Por qué?

R. Cada vez que íbamos al País Vasco era a enterrar a alguien. Recuerdo los entierros, la gente acojonada… En uno de ellos, de pronto un ayudante, Javier Carabias, se me puso a gritar: “¡Vámonos de aquí, vámonos de aquí!”. Decía que había escuchado a alguien decir: “¿Le matamos ahora o no?”. Era de locos. Una vez llegué a la comandancia de la Guardia Civil de San Sebastián. Me dijeron que ellos dominaban un radio de siete kilómetros. ¿Y fuera? Fuera es ETA.

P. Y hubo un golpe.

R. Sí, ETA sirvió de excusa, pero así un rey que no era legítimo, como Juan Carlos I, se logró legitimar por su supuesta oposición al 23-F. Supuesta, digo, porque luego se ha sabido que fue uno de los inductores.

P. Usted no quería que AP fuera un partido de derechas.

R. Claro, porque yo no lo era. Yo no soy creyente, me la refanfinflan las tradiciones, soy repartoso, me gusta que se reparta la riqueza… Pero ahí encontré la posibilidad de modificar la realidad. Luego me di cuenta de que ellos iban por su camino y yo iba por el mío.

P. ¿Qué hubiera hecho si hubiera llegado a presidente?

R. Como dice mi mujer, no mucho, porque me hubieran puesto una bomba a los tres días. Hubiera nacionalizado la banca, las compañías de seguros, las grandes superficies, las eléctricas, la industria pesada y la automovilística… Así que, de alguna manera, me alegro de no haber llegado.

P. Luego se hizo del PSOE.

R. Sí, pero cuando yo llegué ellos ya volvían. Me llegó al alma ver que apoyaban la guerra en Serbia. Y también me decepcionó cuando dijeron que había que domiciliar las cuotas en los bancos: un montón de militantes no tenían por qué tener una cuenta. O cuando Felipe González dijo que los que estaban contra el PSOE eran los orillados por la mundialización: era su trabajo que no fueran orillados, o, en todo caso, socorrerlos. Así que me quedé enseñando en la facultad.

P. ¿Por qué es más común que la gente se derechice con la edad, y no a la inversa?

R. Porque la gente se hace excesivamente prudente... o prudente a secas.

P. ¿La izquierda es imprudente?

R. La izquierda, si es izquierda, es osada. Y si no es osada, no es izquierda.

P. Usted llegó a Podemos.

R. Sí, surgió como un movimiento populista transversal…. Estaba en la universidad cuando apareció, me avisó Juan Carlos Monedero de que estaban haciendo un partido. Me interesó porque iba a las manifestaciones del 15M y la gente no tenía a quién votar. Y ayudé, aunque no siguieron todos mis consejos. No hicieron una implantación territorial profunda que amortiguase un retroceso electoral. Y chocaron contra el estado profundo, que se los cargó. Y después me jubilé. Siempre he estado buscando el sitio, y, en el fondo, puedo decir que no lo he encontrado.

P. ¿Cómo ve a la izquierda?

R. La izquierda se ha salchichoneado en diferentes colectivos, las mujeres, los inmigrantes, los obreros, la clase media… Y la derecha está encantada con eso. El pueblo unido jamás será vencido, pero si no está unido, está follao.

P. ¿Cuál es su postura con respecto a la migración?

R. La inmigración surge en Europa por un interés empresarial: la mano de obra barata. Ya Karl Marx habló del ejército de reserva que son los parados, y cuando no son parados, pues se traen de fuera. Cuando los alumnos se enfadaban conmigo por esto les decía: ¿Conocen alguna patronal que esté en contra de la inmigración ilegal? No estoy dispuesto a que el nivel de vida de las clases trabajadoras se mantenga bajo por una mano de obra extranjera a la que ni siquiera se trata bien. Llamémosle trata de personas. Dicen que es porque los españoles ya no quieren esos puestos; pero es por los salarios de mierda que se ofrecen. Que paguen mejor.

P. ¿Es usted un rojipardo?

R. No sé muy bien si me reconozco en eso, supongo que es por el pardo de los nazis y el rojo de los comunistas. En fin… Yo lo que conozco es el nacionalbolchevismo.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Diez pensadores fundamentales para la izquierda

 Los diez pensadores que más influyen en la izquierda, en El País, por Sergio C. Fanjul 25 JUN 2023 

La izquierda vive momentos complicados. Hay quien dice que le cuesta encontrar un lugar en el mundo que se avecina, atomizado y posfordista, un relato con el que cautivar a las masas en un futuro cada vez más individualista y conspiranoico, escéptico ante las utopías y muy integrado en el dogma económico dominante. Para su supervivencia necesita imaginación e ideas. Con el fin de sondear el caldo de cultivo intelectual en el que vive la izquierda actual y del que tendrá que surgir la futura, hemos pedido a 37 personas expertas de diferentes ámbitos (la política, la edición, el periodismo o la academia) que voten por los que creen que son los pensadores, vivos o muertos, que más influyen hoy en día.

Imaginación e ideas: ¿a dónde va la izquierda?

La encuesta realizada por Ideas ha arrojado los que podrían ser sus referentes más importantes. Por este orden, los 10 más votados fueron: Karl Marx, Judith Butler, Antonio Gramsci, Thomas Piketty, Michel Foucault, Hannah Arendt, Simone de Beauvoir, Jürgen Habermas, Karl Polanyi y Walter Benjamin. Podría ser otra lista, pero es esta la que ha surgido y da una idea del ambiente intelectual de la izquierda en la tercera década del siglo XXI. A las puertas se quedan nombres que bien podrían estar dentro: Noam Chomsky, Nancy Fraser, John Maynard Keynes, Chantal Mouffe, Ernesto Laclau, Mariana Mazzucato, Simone Weil, Silvia Federici, David Harvey, Donna Haraway, o Slavoj Zizek, entre otras decenas que fueron mencionados por el jurado.

Karl Marx, 1.

Tréveris, Alemania, 1818-Londres, 1883. Su vasta obra influye en diversos campos del saber, en ella está el fundamento teórico de las corrientes socialistas y comunistas. Obras fundamentales: El manifiesto comunista (1848, con Engels) y El capital (1867).

Por Clara Ramas San Miguel, Profesora de Filosofía en la Universidad Complutense y responsable de la edición crítica de ‘El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Akal)’ de Karl Marx

“Un fantasma recorre Europa...” Las icónicas líneas iniciales de El manifiesto comunista describen la propia presencia de Marx, que no cesa de retornar incluso después de muerto: del marxismo al posmarxismo, del siglo XIX al XXI. El joven Marx había descubierto que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa quedarían incompletos si se limitaban a democratizar al poder político. Como ya había intuido Kant, las libertades políticas sin autonomía material y económica son vacías. La gran apuesta de Marx será pensar las condiciones de una autonomía efectiva: democratizar la economía. El proyecto al que dedica su vida, El capital, es una crítica de la economía política o capitalismo. Descubre que en paralelo a conquistas políticas y formales subsiste una dependencia económica para la mayor parte de la población; que el capitalismo, por su propia dinámica, produce niveles crecientes de desigualdad. Descubre que la ley del mercado se impone como una ley de hierro al margen de la soberanía de pueblos y parlamentos, produciendo sociedades atomizadas que buscan reagruparse con fórmulas en ocasiones autoritarias. Descubre, en fin, que, lejos de satisfacer necesidades humanas, el capitalismo solo obedece a imperativos de valorización y acumulación creciente: como si, por así decirlo, el capital tomara vida propia y las personas y la naturaleza fueran solo su herramienta.

Marx es un pionero. Los avances y retrocesos del movimiento obrero inspirado por él han dado la medida para el Estado de bienestar y sus debates sobre redistribución, justicia social y políticas públicas. Vislumbra la actual crisis ecológica y plantea la cuestión del trabajo de cuidados que ocupará al feminismo. Insta a buscar formas de reproducción social no dependientes del trabajo asalariado, como la actual renta básica. Así, abre el campo no solo de las ciencias humanas, la sociología y la economía crítica, sino también de los debates sociales, ecologistas, feministas y poscoloniales contemporáneos.

Nuestra historia es para Marx la historia de la necesidad. El fantasma mencionado por Marx es una pregunta que nos sigue asediando en 2023: cómo alcanzar el reino de la libertad.

Judith Butler, 2

Cleveland, EE UU, 1956. Con su cuestionamiento de las nociones tradicionales de género, ha hecho importantes aportaciones a la teoría queer. Obra fundamental: El género en disputa (1990).

Por Paul B. Preciado, filósofo. Su último libro es ‘Dysphoria mundi’ (Anagrama).

Sería posible afirmar que Butler es no sólo el feminista más influyente del siglo XX, sino y, frente aquellos que consideran el feminismo como un pensamiento menor, el filósofo de izquierda más relevante de finales del siglo XX y de principios del siglo XXI, aquel que opera, junto con Angela Davis, como pensador bisagra, prefigurando las formas de activismo y de subjetividad política por venir. Descendiente de una familia judía diezmada en el Holocausto, Butler va a prestar atención a cómo los procesos de naturalización de la identidad (racial, de género, sexual…) esconden violentos proyectos políticos de normalización y purificación social. Simone de Beauvoir afirmó que “no se nace mujer”, Gayle Rubin y Joan Scott analizaron el género como el efecto de una construcción social, pero será Butler quien proponga una explicación de cómo se lleva a cabo esa construcción. Para Butler la identidad de género se construye “performativamente”: no es una esencia o una naturaleza, sino una práctica, algo que “hacemos” y no algo que “somos”. La relación entre anatomía y performance de género depende de la repetición de actos lingüísticos y corporales cuya función es preservar la estabilidad del régimen heterosexual y binario.

Encarnando su propio pensamiento, Butler ha conseguido recientemente un cambio de identidad legal como persona de género no binario en el Estado de California. Habitamos en un mundo butleriano: la proliferación de políticas queer que buscan destituir las normas en lugar de integrarse en la sociedad heterosexual dominante; la reapropiación performativa de las injurias “marica”, “bollera” o del estigma de la violación en los movimientos NiUnaMenos y MeToo; la demanda de reconocimiento de aquellos cuerpos que “importan” menos que otros en nuestras sociedades poscoloniales, central en los movimientos Black Lives Matter y Trans Lives Matter; las políticas drag queen y drag king —que en su versión más pop han llegado hasta drag race— y que utilizan la performance para desplazar los códigos normativos de género… El pensamiento vivo de Butler constituye el proyecto más ambicioso para la izquierda contemporánea: un feminismo antipatriarcal, antirracista, ecologista y no binario expandido que permita una reescritura ética total del contrato democrático. [En este artículo no se han mantenido los géneros gramaticales empleados por quien lo escribe].

Antonio Gramsci, 3.

Cerdeña, Italia, 1891-Roma, 1937. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, encarcelado por el fascismo; su concepto de hegemonía cultural es central en la política actual, y no solo para la izquierda. Obra fundamental: Cuadernos de la cárcel.

Por Íñigo Errejón, político, doctor en Ciencia Política y líder de Más País.

Antonio Gramsci es un pensador político que se pone periódicamente de moda. Los analistas lo citan para parecer sofisticados, los vendedores de marketing político aderezan sus platos con él, las derechas lo nombran como en una excursión traviesa en el campo intelectual del adversario para demostrar sus pérfidas intenciones y las izquierdas lo usan para parecer contemporáneas o sofisticadas, para un roto y un descosido, a menudo citándolo más que leyéndolo. Gramsci es el pensador fundamental para entender por qué mandan los que mandan y por qué obedecen los que obedecen. Para el sardo, en las sociedades modernas el poder de los grupos rectores descansa en última instancia en la coerción, la capacidad de obligar, pero se ejerce principal y cotidianamente por medio del consentimiento, la capacidad de persuadir de que su mando es lo normal y al mismo tiempo de desalentar, neutralizar o dispersar las alternativas. Este dominio no es un engaño que haya que desenmascarar —por ejemplo intentando que la gente “abra los ojos” y entienda que “vota contra sus propios intereses”—, sino una forma de poder, la hegemonía, que debe ser comprendida como históricamente cierta. En primer lugar por aquellos que quieren desafiarla, para construir explicaciones e identificaciones alternativas que partan del terreno y el sentido común dado.

La hegemonía es así esa construcción política por la cual un grupo, clase o sector es capaz de ejercer la “dirección intelectual y moral” determinando las metas, los valores y las palabras que gobiernan la percepción del mundo de su época. Al hacer eso, sus intereses particulares aparecen como los intereses generales del conjunto social, la mayoría del cual encuentra mejores expectativas y razones para el consentimiento que para la contestación. Esta forma de poder político se extiende y blinda principalmente por los canales aparentemente “no políticos” —el ocio, la cultura, la comunicación, el consumo— que reproducen y naturalizan una manera de ver el mundo y su consiguiente reparto de roles.

Cuando afirma que una idea es “históricamente verdadera” en la medida en que “se convierta concretamente, es decir, histórica y socialmente, en universal”, nos está señalando, contra todo esencialismo pero también contra toda melancolía, que los alineamientos políticos no están predeterminados, sino que dependen de una disputa estética, moral e intelectual que está siempre abierta, lo cual es garantía de libertad. Y de esperanza.

Thomas Piketty, 4

Clichy, Francia, 1971. El economista puso en primer término del debate el problema de la desigualdad y la redistribución de la renta en el capitalismo actual. Obra fundamental: El capital en el siglo XXI (2013).

Por Joaquín Estefanía, periodista y autor de ‘Revoluciones’ (Galaxia Gutenberg).

El todopoderoso exrector de la Universidad de Harvard y exsecretario del Tesoro de EE UU Larry Summers pidió públicamente el Premio Nobel de Economía para el joven científico social francés Thomas Piketty, cuando en el año 2013 apareció su libro El capital en el siglo XXI. No tenía precedentes: a un francés y a un joven. Piketty había conseguido, con su novedoso aparato estadístico de carácter histórico, lo que no habían logrado sus colegas de primera fila (entre ellos, varios premios Nobel) al estudiar el fenómeno de la desigualdad creciente en el mundo. Lo que está en peligro, sentenció Piketty, es la democracia. Vendió centenares de miles de ejemplares de un libro tan denso.

Desde ese año Piketty profundizó mucho más en el fenómeno. Sus investigaciones se pueden resumir en los siguientes puntos: 

1) rendimientos superiores del capital al crecimiento económico aumentan la desigualdad;

2) con la excepción del periodo de hegemonía de la revolución keynesiana (nacimiento del Estado de bienestar y políticas contra la Gran Depresión), la desigualdad es una tendencia a largo plazo desde el siglo XIX, con los distintos tipos de capitalismo que se han desarrollado (comercial, financiero, tecnológico…); 

3) no hay otro método para combatirla que las políticas distributivas a través del gasto público y ello requiere de grandes impuestos (incluso confiscatorios) a los más ricos, 

y 4) la cohesión social, los valores de la meritocracia y de la justicia social están en peligro con concentraciones extremas de la riqueza como las que existen.

Un economista templado ideológicamente, más bien socialdemócrata, sin veleidades revolucionarias callejeras en su primera juventud, alejado de las principales teorías de Marx y Engels sobre la lucha de clases, sin embargo ha acabado escribiendo un libro que compendia sus principales artículos, al que ha titulado ¡Viva el socialismo! porque entiende que sigue vigente en la historia la batalla por las ideas.

Michel Foucault, 5

Poitiers, Francia, 1926-París, 1984. Sus contribuciones investigan la naturaleza del poder y cómo interacciona con la sexualidad, la salud mental o las minorías a través de la historia. Obras fundamentales: Historia de la locura (1961), Vigilar y castigar (1975).

Por Elizabeth Duval, filósofa y escritora, su último libro es ‘Melancolía’ (Temas de Hoy).

Preguntado por Foucault, Deleuze resaltaba el vínculo insoslayable del pensador con su presente: las formaciones históricas interesaban a Foucault porque señalaban el lugar de donde se salía, donde se había estado confinado; no le interesaban los griegos, sino la relación de su tiempo con la locura, con los castigos, con el poder, con la sexualidad. Si me preguntaran a mí, abstrayéndome de las necesidades de la clarificación, creo que de lo primero de lo que hablaría sería de la belleza. Intentaría que nos desvinculáramos de la jerga (la biopolítica, la arqueología, el poder disciplinario, lo discursivo) y pudiéramos leer con ojos nuevos las páginas de Las palabras y las cosas sobre Las meninas, de Velázquez. Querría que la consecuencia se pareciera a sentir con otra mirada la relación que se despliega en el cuadro. Y propondría un Foucault menos caricaturizable que el que nos ofrecen sus amigos y sus enemigos.

Foucault no es tanto un enciclopedista de la sexualidad como un arqueólogo de relaciones y estructuras. Sus textos no nos encierran entre insoportables cadenas de poder y dominación, en las cuales incluso la rebeldía estaría ya codificada, sino que nos ofrecen todas las posibilidades de la crítica y el análisis. Si nadie como él expuso tan claramente la relación entre el saber y el poder, también pocos ofrecieron tantas herramientas para darnos cuenta de su presencia, para reflexionar. Hay críticos injustos que han buscado en un Foucault tardío una teoría que traiciona la liberación para someterse al neoliberalismo del porvenir: confunden la defensa de las instituciones con la legitimación de sus injusticias. Debemos recordar la lección que él extraía de El Anti Edipo (Deleuze y Guattari): no hay que enamorarse del poder o de la tristeza militante. En ningún pasado hay tanta potencia como en el desenterrado por el francés.

Hannah Arendt, 6

Linden-Limmer, Alemania, 1906-Nueva York, 1975. Pensó sobre el totalitarismo, la violencia, la revolución, la acción política y acuñó el término “banalidad del mal”. Obras fundamentales: Los orígenes del totalitarismo (1951) y Eichmann en Jerusalén (1963).

Por Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Es coautor de ‘Populismos’ (Alianza).

Arendt no es de izquierdas. Ni de derechas, claro. Su gran atractivo reside precisamente en eso, en ser inclasificable. De hecho, le hubiera horrorizado verse en esta lista. O en cualquier otra. ¿Qué pinta aquí entonces? ¿Qué pudo motivar que tan amplio grupo de personas la hayan votado? Lo más probable es por su entusiasmo por todo lo que oliera a revueltas populares, por su espíritu rebelde, o por sus elogios a Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin, o sus críticas al colonialismo y totalitarismo. Pero no nos engañemos, su único compromiso es con la libertad, que ella encuentra siempre realizada en esos momentos extraordinarios en los que un determinado orden social queda puesto en entredicho y se da entrada a la libre discusión ciudadana. Su ideal es el aristotélico, la polis como lugar de encuentro donde intercambiar opiniones, debatir las diferencias y buscar una solución conjunta a los problemas que nos afectan a todos. Por eso alabó la revolución americana, hasta que la nueva república se acabó sustentando sobre una sociedad crecientemente privatizada y sujeta a los imperativos de los grandes intereses económicos y el valor del consumo. Y criticó la francesa y la bolchevique porque, al poner la “cuestión social” en el centro, se dejaron llevar por la “pasión por la compasión” e instauraron estados más atentos a una ingeniería social guiada por la mera funcionalidad inherente a los dictados de la economía y su gestión. No es ya la comunicación abierta y la libre deliberación lo que decide cómo hemos de vivir, sino las necesidades de reproducción del sistema. Su contrafáctico podrá sonar extravagante, pero a través suyo fluye una crítica de una riqueza sin igual, el propio de alguien que no se casa ni con unos ni con otros. La democracia bien entendida no es de derechas ni de izquierdas. Arendt tampoco.

Simone de Beauvoir, 7

París, 1908-1986. Es una de las principales teóricas del feminismo en el siglo XX, también enmarcada en el movimiento existencialista y en la creación literaria. Obra fundamental: El segundo sexo (1949)

Por Luna Miguel, poeta, escritora y editora. Su último ensayo es ‘Caliente ‘(Lumen).

Simone de Beauvoir está a una tote bag de ser traicionada. O no. En realidad, la figura de la filósofa lleva siendo influyente y polémica desde su juventud. Lo explica Wolfram Eilenberger en El fuego de la libertad, un ensayo en el que cruza su vida con las de otras pensadoras del siglo XX. El retrato que hace de ella es el más desesperante: la describe altiva, un tanto pija, adicta a la atención. La mismísima Simone Weil se burló de esa supuesta frivolidad en toda su cara, cuando ambas estudiaban en la Sorbona y debatían sobre la guerra. De Beauvoir no tuvo reparos en narrar tal desencuentro ideológico en unas memorias: “Mirándome de arriba abajo, me dijo: ‘Ya se ve que nunca has tenido hambre”.

Más allá de lo que unes y otres puedan opinar sobre esa fama, lo cierto es que la obra de De Beauvoir demuestra que su mainstrificación no riñe con la contundencia de sus ideas. Por eso mismo —y precisamente porque hoy su libro más célebre es esa bárbara enciclopedia sobre la feminidad, tantas veces mentada, pero tan poco leída y reducida al eslogan— se ha vuelto urgente equilibrar la balanza y prestar atención a la amplitud de sus investigaciones, a través de obras más ocultas e irónicamente peor editadas en nuestro país.

Un ejemplo: ¿Hay que quemar a Sade?, una finísima lectura de la crueldad, y una defensa de la reparación frente a eso que hoy llamaríamos cancelación. Otro ejemplo: El pensamiento político de la derecha, que fue publicado en su origen como artícu­lo para un número especial de Les Temps Modernes, donde distintos intelectuales reflexionaron bajo la premisa de que la izquierda francesa se desmembraba. En vez de lloriquear, De Beauvoir prefirió centrarse en el análisis del resentimiento de la burguesía. Para ella era más útil entender a sus contrarios que disparar a sus afines.

Es esta lucha por el entendimiento de las contradicciones del mundo lo que mantiene vigente a Simone de Beauvoir; lo que nos hace necesitar el estudio de su filosofía, al tiempo que celebramos la multiplicación de su rostro en bolsas de tela violeta.

Parafraseando a la pensadora: profesarle una simpatía demasiado fácil sería traicionarla. En este artículo se han mantenido los géneros gramaticales empleados por quien lo escribe.

Jürgen Habermas, 8

Düsseldorf, Alemania, 1929. Miembro de la Escuela de Frankfurt y exponente de la teoría crítica, ha trabajado sobre los mecanismos de la comunicación y de la democracia. Obra fundamental: Teoría de la acción comunicativa (1981).

Por Cristina Lafont, filósofa, catedrática de Filosofía de la Northwestern University de Chicago, autora de ‘Democracia sin atajos’ (Trotta).

Habermas es indudablemente un pensador de izquierdas si por ello entendemos alguien comprometido con la lucha política por la justicia social, la igualdad y la emancipación. También lo es por proceder de la tradición marxista occidental tal y como fue apropiada y transformada por la primera generación de la Escuela de Fráncfort. Sin embargo, su manera de entender la lucha política es quizás lo que más distancia su pensamiento del marxismo ortodoxo y lo que explica su compromiso inquebrantable con la democracia radical. Para Habermas, ni la teoría social es capaz de discernir la dirección histórica en la que se han de desarrollar las luchas políticas por la emancipación ni el teórico social tiene el derecho a imponer sus preferencias políticas a los afectados escudándose en una autoproclamada autoridad epistémica. Su obra ejemplifica un “giro democrático” en la medida en que la teoría crítica ya no busca defender un proyecto político particular, sino crear las condiciones sociales en las que diversos proyectos políticos pueden ser debatidos, aceptados o rechazados por los ciudadanos mismos en el ejercicio democrático de autodeterminación política. La legitimidad de las luchas políticas depende por ello de la posibilidad de un debate público inclusivo en el que los afectados puedan denunciar las injusticias y amenazas existentes de modo efectivo para persuadir al resto de la ciudadanía a que se una a su causa política. Proteger y posibilitar una esfera pública política inclusiva es la condición necesaria para toda batalla política emancipatoria, sea nacional, supranacional o global. En este momento histórico en que la democracia está gravemente amenazada en todas partes, la obra de Habermas así como sus intervenciones como intelectual público en debates políticos claves de las últimas cinco décadas ofrecen una fuente de inspiración permanente, así como herramientas teóricas indispensables para los movimientos democráticos de izquierdas contemporáneos.

Karl Polanyi, 9

Viena, Austria, 1886-Pickering, Canadá, 1964. Criticó con dureza los efectos negativos del dominio de la economía independizada sobre la sociedad. Obra fundamental: La gran transformación (1944).

Por César Rendueles, sociólogo y ensayista, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, su último libro es ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Seix Barral).

Karl Polanyi publicó su único ensayo, La gran transformación, a punto de cumplir los 60. Generacionalmente es cercano a Gramsci o Lukács, del que fue amigo íntimo, pero su obra no empezó a recibir la atención masiva de los críticos del neoliberalismo hasta finales del siglo XX. Polanyi pensaba que la sociedad de mercado es una anomalía antropológica que ha tenido consecuencias catastróficas. Los mercados en las sociedades precapitalistas estaban sometidos a regulaciones dirigidas a contener los efectos destructivos de una competición social generalizada. La mercantilización de recursos materiales necesarios para la subsistencia humana —como la tierra, los alimentos o el agua— es históricamente insólita. De hecho, Polanyi pensaba que el proyecto del mercado libre autorregulado era una más de las utopías decimonónicas, como los falansterios. Era una utopía en el sentido de que era irrealizable, pues colisionaba con características duraderas de cualquier sociedad humana. La materialización de ese proyecto utópico requirió de monstruosas ortopedias políticas que forzaron a la gente a someterse al mercado. Por eso, Polanyi creía que no existía ninguna oposición entre mercado libre y Estado represivo: al revés, el crecimiento del Estado en el siglo XIX fue la respuesta a las necesidades del laissez-faire. Y el estallido de las tensiones acumuladas por ese proyecto quimérico habría sido la causa de la gran crisis de principios del siglo XX: guerras mundiales, autoritarismo, la Gran Depresión… Polanyi defendió que los proyectos de mercantilización producían “contramovimientos”: reacciones sociales dirigidas a recuperar la soberanía política arrebatada por el mercado y cuyo sentido político podía ser democratizador o autoritario y elitista, como en el caso del fascismo. Por todo ello, Polanyi se ha convertido en un referente a la hora de analizar tanto la restauración neoliberal de los últimos 40 años —a menudo acompañada de agresivas intervenciones estatales— como el modo en que la descomposición del neoliberalismo está degenerando en movimientos políticos neoautoritarios.

Walter Benjamin, 10

Berlín, 1892-Portbou, España, 1940. Reflexionó sobre la historia, la crítica literaria o el arte. Obra fundamental: Tesis sobre la filosofía de la historia (1940).

Por Máriam Martínez-Bascuñán, politóloga. Es coautora de ‘Populismos’ (Alianza editorial).

Se suele mostrar a Walter Benjamin con un mosaico de ocupaciones: crítico literario, ensayista, traductor, filósofo. Hannah Arendt lo describió como ese flâneur o caminante que “sin ser poeta, pensaba poéticamente”. La dialéctica de la historia de este escritor fabuloso, marxista heterodoxo, lo hace imposible de encerrar en una sola categoría. La tensión entre lo material y el mundo de las ideas, entre el espíritu y su proyección tangible habita su obra y su pensamiento, conectados entre sí por la misma tensión poética del joven Baudelaire en su célebre poema Correspondencias: “Por allí pasa el hombre entre bosques de símbolos / que lo observan atentos con familiar mirada”. El pensador, como el rapsoda parisiense, se envuelve en la realidad fragmentada —los restos arqueológicos, la memoria de piedra de un pasado lejano— para otorgarle significados. En Benjamin, la búsqueda de sentido adquirirá, como en Arendt, un brillo metafórico inusual, aquel que le permite “en forma poética, manifestar el carácter único del mundo”.

Fue este modo de interpretar la historia, su afán por irrigar el materialismo con nociones tomadas de la teología o la mística judía, lo que lo alejó de la ortodoxia marxista. Benjamin huyó del frío cientifismo que lo reducía todo a inducir racionalmente de la infraestructura material una superestructura perfectamente objetivada en la ideología. En su lugar, propuso mirar las obras de arte con ojos sensibles, entenderlas como asideros para continuar, como niños que juegan, metiendo los pies en la arena, incluso como campos de batalla donde, a pesar de su fulgor inconsistente, también podemos leer la historia. Lejos de ser meros subproductos de las relaciones de producción, el poema, la sonata, el cuadro o la escultura aparecen tan reales como la historia misma, afirmando su naturaleza transformadora como instrumentos de emancipación de los “vencidos por la historia”. Fue el intento del que tal vez haya sido el último de los alquimistas del arte, su esfuerzo por escapar del proceso de desencantamiento del mundo al que nos abocaba el frío cientifismo marxista, un vuelo poético y del pensamiento lanzado a las masas y al mundo para fascinar de nuevo a la izquierda en tiempos de oscuridad.

El método y el jurado

La encuesta de IDEAS se realizó pidiendo a 37 expertos de diferentes ámbitos (academia, política, edición, periodismo) que eligieran a los que, a su juicio, son los diez pensadores (de cualquier época) más influyentes en la izquierda hoy en día. Los hemos ordenado en función del número de votos obtenidos.

El jurado estuvo compuesto por: Noelia Adánez, Miguel Aguilar, Jordi Amat, Meritxell Batet, Fernando Broncano, Ramón del Castillo, Caterina Da Lisca, Yolanda Díaz, Jesús Espino, Joaquín Estefanía, Soledad Gallego-Díaz, Lina Gálvez, Beatriz García, Jordi Gracia, Pablo Iglesias, Jorge Lago, Margarita León, José Moisés Martín, Laura Llevadot, Rita Maestre, Eduardo Madina, José María Maravall, Máriam Martínez-Bascuñán, Pilar Mera, Daniel Moreno, Cristina Narbona, Lluis Orriols, Joaquín Palau, Azahara Palomeque, Jaime Pastor, Clara Ramas, César Rendueles, Emmanuel Rodríguez, Clara Serra, Amelia Valcárcel, Fernando Vallespín y Remedios Zafra.

Créditos

Coordinación: Brenda Valverde y Guiomar del Ser

Diseño: Ana Fernández

Dirección de arte: Fernando Hernández

Desarrollo: Alejandro Gallardo

sábado, 6 de diciembre de 2025

Reseñas de las Memorias de Juan Carlos I, el Impune.

 [Según la IA, "las reseñas de Reconciliación, las memorias de Juan Carlos I, son diversas: algunas lo ven como un intento sincero de controlar su narrativa y buscar el perdón, admitiendo errores (como el de Botsuana o el dinero saudí) y expresando soledad, mientras que otras critican la falta de autocrítica profunda, los detalles vagos sobre sus "errores financieros" y su defensa implícita del franquismo, generando controversia al coincidir con aniversarios monárquicos y buscando una reconciliación con España que algunos ven improbable o perjudicial para la imagen de la monarquía actual." En fin, ya lo dijo Talleyrand: "Es natural en los reyes robar, pero los Borbones exageran". Extraigo y publico algunas:]

 I

 Los “berrinches” del rey emérito: su opinión sobre el 11-M y las críticas a las leyes de memoria y al juez del ‘caso Nóos’, en El País, por Natalia Junquera, Madrid - 6 DIC 2025:

Juan Carlos I admite en sus memorias discusiones “acaloradas” con el Gobierno, minimiza el bulo del PP tras los atentados de 2004 y asegura que pidió “disculpas por Zapatero”

Reconciliación está repleto de reproches. Las memorias de Juan Carlos I, que salieron a la venta en España esta semana, contienen múltiples críticas, no solo a su hijo, sino al Gobierno actual y a dirigentes políticos de distintas épocas, incluyendo presidentes que lo fueron bajo su reinado, lo que choca, incluso después de la abdicación, con las funciones de representación, arbitraje y moderación que la Constitución atribuye a la Corona. “Un rey no debe tener una ideología política”, admite el propio Juan Carlos de Borbón en el libro, donde ha vertido, sin embargo, numerosas opiniones estrictamente políticas e incluso sobre asuntos judiciales que le afectaban a él y a su familia. No es la única contradicción a lo largo de 507 páginas que comienzan recordando, precisamente, una recomendación desoída: “Mi padre siempre me aconsejó que no escribiera mis memorias”. El resultado es un largo ejercicio de autorreivindicación salpicado por algunas anécdotas que pretenden recordar el carácter campechano que alimentó durante años el llamado juancarlismo, como que en Abu Dabi tiene un loro (“que luce los colores de la bandera de España en la cresta”); que compartía con Clint Eastwood el mismo tono de llamada de móvil (la banda sonora de El bueno, el feo y el malo) o que en una ocasión tuvo que tragar “como una aspirina” los “ojos de merluza” que Hassan II le ofreció como un manjar.

Los “berrinches” con el Gobierno

“Nunca di rodeos con ningún presidente del Gobierno, e incluso a veces he sido muy directo y he mantenido con ellos intercambios acalorados. Reconozco que he tenido berrinches ante lo que consideraba errores peligrosos para nuestro país”, escribe el rey emérito. El exjefe del Estado acusa al Gobierno de “alegrarse” de los “ataques” que recibe. “En lugar de proteger al Estado, de trabajar protegiendo sus instituciones por la prosperidad y el desarrollo del país”, añade, “ellos lo debilitan”. Pese a que en la carta que hizo pública al abandonar España en 2020 afirmaba que el traslado obedecía a su deseo de no seguir dañando la imagen de la Monarquía con “la repercusión pública” de “ciertos acontecimientos” de su “vida privada”, en sus memorias aborda su residencia en Abu Dabi como una imposición del Ejecutivo con el beneplácito del actual Monarca. También atribuye a presiones de La Moncloa la decisión de su hijo de retirarle, tras los escándalos, la asignación de dinero público que recibía: “Supongo que también él se enfrentaba a presiones del Gobierno”. “En esa caza al hombre he demostrado ser una presa fácil”, se lamenta el emérito, quien llega a decir: “El Gobierno convirtió estas investigaciones judiciales [contra él] en una caza de brujas, en un juicio moral que afectaba a todo mi reinado y a mi acción política”. “¿Cambiarán las cosas con un Gobierno diferente? ¿Se me facilitaría el acceso a La Zarzuela?“, se pregunta.

También critica don Juan Carlos las normas de transparencia y los códigos éticos relacionados con los regalos a cargos e instituciones públicas. Tras presentar la donación de 100 millones de dólares (65 millones de euros) que le hizo el rey Abdalá de Arabia Saudí como “un acto de prodigalidad de una monarquía a otra” y compararlo con “el beduino que en medio del desierto recibe a un forastero y comparte su pan con el visitante”, el emérito lamenta que Patrimonio Nacional se opusiera en 2011 a que él y su hijo aceptaran los dos ferraris que les regaló el jeque Mohamed bin Zayed, de Emiratos Árabes, y decidiera ponerlos a la venta: “El príncipe heredero emiratí vivió esa operación como una afrenta”. Juan Carlos I admite: “100 millones de dólares es una suma considerable. Es un regalo que no podía rechazar. Un grave error”, pero luego añade: “Hoy en día se nos exige total transparencia y que nuestras cuentas sean auditadas. Hace 30 años, eso no importaba a nadie. Hoy tenemos que justificarlo todo. Este no es el mundo en el que yo crecí”. Con todo, el emérito deja entrever que no le agrada que el presidente del Gobierno use la residencia de La Mareta, en Lanzarote, que el rey Hussein de Jordania le regaló en 1989: “Tuve que cederla a Patrimonio Nacional. Hacienda me pedía una cantidad de dinero para conservar la propiedad de la que yo no disponía. Quienes pasan hoy allí las vacaciones son los presidentes del Gobierno, algunos de los cuales no dejan de criticarme y de debilitar a la Corona”.

Las leyes de memoria, Franco y la Guerra Civil

El libro contiene constantes loas y piropos a Franco, al que se refiere como “general”, nunca como dictador, y que es el personaje más citado de los que aparecen en el índice onomástico (87 menciones): “prudente”, “astuto”: “austero”; “lo respetaba enormemente, apreciaba su inteligencia y su sentido político”; “el país se beneficiaba [habla de 1976] de las aportaciones importantes del franquismo”; “Tuve la suerte de que Franco, gracias a las reformas económicas emprendidas en los años sesenta, me dejara una nutrida clase media (...) Quizá incluso podríamos considerar que nuestro proceso de Transición comenzó, subrepticiamente, con la llegada de los tecnócratas al poder a partir de 1962 [en 1974 fue ejecutado con una herramienta medieval, el garrote vil, Salvador Puig Antich, y en septiembre de 1975, otros cinco condenados a muerte]”.

Don Juan Carlos plantea una postura equidistante entre los sublevados y los fieles al gobierno legítimo durante la Guerra Civil y critica las leyes de memoria aprobadas por distintos Parlamentos democráticos desde 2007 para reparar a las víctimas que, al contrario que las del bando vencedor, nunca habían sido reparadas y buscar a los que aún yacen en fosas y cunetas. “Hoy se recuerdan más las muertes de un bando que las del otro. Los vencidos exigen reparación —olvidando a veces que también hubo un encarnizamiento dentro de su propio bando—, pero los vencedores tampoco quedaron a salvo. Desde luego no podemos ignorar la dura represión a los vencidos después de la guerra. Nadie sale indemne de un combate armado. (...) Compruebo con pesar, y a mi costa, que ese pasado sigue persiguiéndonos, como lo demuestra el actual ambiente político extremadamente polarizado, los recurrentes y perniciosos ataques a la Corona y las ‘leyes de memoria’ que se suceden, reavivando viejas heridas y el espíritu de venganza”.

El 11-M

El rey emérito asegura en sus memorias que el resultado electoral de las elecciones de 2004 habría sido otro de no haber sido por los atentados del 11-M, pero no porque el Gobierno del PP decidiese mentir sobre la autoría. “Estábamos en plena campaña electoral y Mariano Rajoy se presentaba como sucesor de José María Aznar, que contaba con un excelente historial económico. (...) En un momento en que el terror embargaba a todos, Aznar consideró a ETA responsable de esas atrocidades, antes de que las reivindicara Al Qaeda [es falso, el PP mantuvo hasta el final que la hipótesis principal era el terrorismo etarra cuando ya todos los indicios señalaban al yihadismo]. La izquierda acusó a la derecha de utilizar la tragedia con fines electorales. (...) Las elecciones dieron por resultado algo impensable la semana anterior: la derrota del PP y la victoria del PSOE, con el voto a favor durante la investidura de los ecologistas, la extrema izquierda y los nacionalistas catalanes. Sin aquel atentado, el resultado habría sido muy distinto”.

“Pido disculpas por Zapatero”

Don Juan Carlos también se refiere en sus memorias a la decisión del presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero de retirar, tal y como había prometido en campaña electoral, las tropas españolas de Irak. “Las relaciones entre Washington y Madrid estaban en su peor momento, algo a lo que no ayudó que Zapatero, el año anterior, cuando era jefe de la oposición, no se levantara al paso de la bandera estadounidense durante el desfile militar del 12 de octubre. Me pareció una forma desproporcionada de mostrar públicamente su antiamericanismo (...) Aproveché un viaje a Seattle para llamar a George W. Bush y decirle que quería hablar con él en privado (...) Advertí antes a Zapatero, poniéndole ante un hecho consumado. El presidente Bush me dio la bienvenida con un ‘Espero que te guste el pavo, porque es Acción de Gracias’ (...) Para eliminar cualquier ambigüedad, me apresuré a puntualizar: ‘Pido disculpas por la actitud de Zapatero”.

`Caso Nóos’: “El juez buscaba notoriedad”

El rey se refiere como “acoso legal” a las investigaciones contra él, archivadas, en la mayor parte de los casos, por su inviolabilidad como jefe del Estado, pero también alude al caso Nóos, que terminó enviando a su entonces yerno, Iñaki Urdangarin, a prisión, y sentando a una de sus hijas, Cristina de Borbón, en el banquillo. “Yo estaba encantado de que Iñaki hubiera emprendido con éxito una nueva carrera. (...) Por ingenuidad, y seguramente por irreflexión, Iñaki confiaba en él [Diego Torres, su socio] y firmaba sin pestañear todos los papeles (...) En 2013, la infanta [Cristina] fue también imputada por el juez de Palma de Mallorca, que buscaba deliberadamente notoriedad y se empeñó en convertir el caso en ejemplarizante (...) Iñaki no recibió ningún trato especial. Incluso sospecho que, por ser yerno del Rey, tuvo que pagar por su error un precio más alto que otros”. Fue condenado a seis años de cárcel por prevaricación, malversación, fraude, tráfico de influencia y dos delitos fiscales.

II

Juan Carlos I publica sus memorias: la compleja defensa de un legado, en Abc de Madrid, por Juan Pedro Quiñonero, 5/11/2025:

En su libro de memorias publicado en Francia, el padre de Felipe VI recuerda que «la Monarquía es frágil» y que «la democracia no cayó del cielo»

«Tras cuarenta años de dictadura, yo di a los españoles una democracia que sigue viva y es mi herencia. Es la obra de mi vida»

«Es más fácil destruir la democracia que construirla», dice Juan Carlos I en 'Reconciliación' -el volumen de sus memorias publicado en Francia-, para recordar a los españoles y a su hijo, Don Felipe, y a su nieta, Doña Leonor, sobre todo, su tarea esencial de «garantes de la Constitución y las libertades de todos los ciudadanos, de todas las tendencias, de la extrema derecha a la extrema izquierda».

Desde su «exilio voluntario» en Abu Dabi, Don Juan Carlos, protagonista excepcional de la instauración de la democracia, sigue la actualidad española con una avidez de hombre enamorado e inquieto: «¡La democracia no cayó del cielo! Vacilé ante la idea de escribir este libro. Los Reyes no escriben libros. Pero decidí escribirlo por una razón: advierto que, poco a poco, los hijos y los nietos de mis amigos no tienen la menor idea sobre Franco y la Transición democrática».

La incertidumbre política de gran calado que hoy se cierne sobre España influyó también a la hora de redactar sus memorias, con la ayuda de la francesa Laurence Debray, su biógrafa y admiradora. «Cuando el Gobierno actual desacredita mi persona, debilita nuestra Constitución, y pone en juego los logros de la Transición democrática y de nuestra reconciliación», advierte. «Para no dejarles la última palabra de su revisionismo histórico, he deseado dar mi visión de la historia, la que he vivido y forjado. Lo que hoy más me importa es devolver su brillo a España y al espíritu de la Transición que nos unió a todos para el bien del país, donde me gustaría volver a encontrar mi puesto. El de un hombre que lo dio todo por su patria, donde desea ser enterrado. España decidirá, la historia nos juzgará», añade. Así se explica el doble sentido del título del libro: la reconciliación de los españoles con España y consigo mismos; y la reconciliación de un hombre como él con su familia.

«Haré todo lo que esté en mi mano para que mi hijo resista al frente de la institución; y que la Princesa Leonor, extremadamente bien preparada, lo suceda»

Juan Carlos I

Hijo de Don Juan de Borbón, Juan Carlos I estima que la institución monárquica fue y es la matriz que permitió construir y debe asegurar, hoy y mañana, la «casa común» de todos los españoles de todas las sensibilidades, subrayando que incumbe a sus herederos tan magna misión. En este sentido, avisa que «España no es automáticamente monárquica»: «Corresponde al Rey la tarea de dar forma a la Monarquía, cada día. Nuestra Monarquía no reposa sobre siglos de tradiciones y usos que la justifiquen. Nuestra Monarquía no tiene la misma profundidad, la misma continuidad histórica, el núcleo afectivo o la solidaridad simbólica comparable a la Monarquía inglesa u otras monarquías europeas. Nuestra Monarquía es más reciente y más frágil, pero igualmente preciosa, ante los ataques frontales de ciertos partidos políticos».

Apoyo a Felipe VI

«Haré todo lo que esté en mi mano para que mi hijo, el Rey Felipe, resista al frente de la institución; y que su hija, la Princesa Leonor, extremadamente bien preparada, lo suceda, en su tiempo y hora. Lo repito: la democracia es un bien muy frágil, que debe preservarse y defenderse», insiste Don Juan Carlos. Se trata de una conclusión íntima, política y personal, fruto de su experiencia excepcional, educado, de entrada, lejos de España, para instalarse en Madrid cuando su padre y el general Franco tenían relaciones complicadas y conflictivas que terminaron «puliendo», dejando que Don Juan Carlos aprendiese por sí mismo lecciones íntimas y políticas, institucionales, de la más alta envergadura.

De Don Juan escuchó y aprendió la «lección» esencial: «Debes hablar y escuchar a todos aquellos que no están de acuerdo contigo: eso es lo esencial que mi padre me repitió». No le hizo caso, sin embargo, cuando le aconsejó que no escribiera sus memorias porque «los Reyes no se confiesan, mucho menos públicamente».

Golpe de Estado 23-F

Recuerda que la instrucción de Don Felipe «como futuro Rey comenzó ese día»: «Me parecía fundamental que viviera esos momentos de tensión a mi lado»

De Franco, desvela diálogos privados sobre su temprana ambición, la «apertura y construcción» de un régimen democrático: «Tras la comida, con frecuencia, Franco me hacía llegar hasta su despacho, donde sosteníamos auténticas discusiones. Por mi parte, me atrevía a sostener, con él, una franqueza impensable para otros. Y le hacía preguntas de este tipo: '¿Por qué no concede usted la libertad de crear partidos políticos?'. 'Yo no puedo hacerlo, pero usted lo hará', me respondió en una ocasión. Para qué mentir, si fue la persona que me hizo Rey. Y, en realidad, me hizo Rey para que yo crease un régimen más abierto».

Iniciada la gran Transición que comenzaba con la muerte del Caudillo, Don Juan Carlos recuerda con precisión clínica la primera gran amenaza armada, militar, golpista: «Dos meses antes de aquel famoso 23 de febrero, mi padre cenó con el general Milán del Bosch en casa de su fiel amigo Luis de Ussía, conde de los Gaitanes, que era su secretario particular. Un encuentro amistoso, sin nada que ocultar. Con aplomo, el general le dijo a mi padre: '¡Antes de jubilarme sacaré los tanques a la calle..!'. Cuando mi padre me contó la historia pensé que era una broma [...] Pero yo sabía que el descontento estaba creciendo en los cuarteles. Y los militares trataban de traidores a los miembros del gobierno».

El 23F recuerda a la Reina Sofía «tranquila y reconfortante, incluso en medio de la tormenta»: «Le pedí que trajera a mi hijo, Felipe. Su instrucción como futuro Rey comenzó ese día. Me parecía fundamental que viviera esos momentos de tensión a mi lado y no solo que se los contara años más tarde».

Sobre Corinna Larsen

«Fue una relación que lamento amargamente. tuvo un impacto deletéreo sobre mi reinado y mi vida familiar»

Ante esa encrucijada con final feliz, gracias a su determinación personal, imponiendo la paz en los cuarteles para «sofocar» el «triple» golpe de Estado -el golpe de Tejero, el golpe de los franquistas que quedaban, el golpe de Alfonso Armada, que había pasado diecisiete años a su lado-, ante ese abanico de amenazas, el padre de Felipe VI tiene palabras emocionadas para Adolfo Suárez, quien estuvo a su lado en los momentos críticos, acompañado del general Gutiérrez Mellado.

«Él encarnaba por sí solo la reforma sin ruptura que yo deseaba realizar. Era un puro producto del franquismo. Debía su ascensión profesional a la fuerza de su trabajo [...] Tuvo la osadía de declarar que don Juan Carlos, yo, era el futuro de una España democrática y justa. Tomó posición a favor de la legalización de los partidos políticos, cuando él dirigía el único partido autorizado. Compartíamos el mismo deseo de construir una nueva España sin romper con el pasado y sin traumatismo radical», afirma Don Juan Carlos sobre Suárez. Esa complicidad, con matices antagónicos y distinta fortuna, Don Juan Carlos deseó prolongarla con sus sucesores: Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

«Felipe González y Alfonso Guerra tenían un carácter muy simpático y enérgico. González, mucha finura de espíritu. Guerra, un rigor y una cultura increíbles…», cuenta. Sobre Zapatero, recuerda que «anunció la retirada de las tropas españolas en Irak, bajo el mandato de la OTAN» y que «un año antes no se levantó durante el paso de la bandera de los EE.UU. durante el desfile militar [...]». «Me entrevisté con el presidente Bush. Le pedí disculpas pidiéndole que nuestra relación entre Estados no se viese afectada», explica.

Antes de partir

«Mi hijo, cuando supo de mi partida repentina, me llamó. Yo ya estaba en el avión: '¿Adónde vas, jefe? ¿A Londres?' 'No, a Abu Dabi'. 'Cuídate'»

Esa tarea de mediador entre españoles de diversa sensibilidad, entre gobiernos aliados o adversarios, quizá sea esencial en la obra y la herencia de Don Juan Carlos, como recuerda su «distancia» contra la «soberbia» de Valéry Giscard d'Estaing y su «insensibilidad» para los grandes problemas españoles, de terrorismo de ETA a la destrucción de camiones españoles en las carreteras francesas.

Tarea esencial, para España, cuando la vida íntima de Don Juan Carlos terminó tomando otros rumbos y fue víctima de crisis de diversa naturaleza, comenzando por aventuras amorosas --«algunos deslices», según él- con mujeres como Corinna Larsen. «Fue una relación que lamento amargamente», reconoce el padre de Felipe VI. Y añade: «Muchos hombres y mujeres se han visto cegados hasta el punto de no ver la evidencia. En mi caso, tuvo un impacto deletéreo sobre mi reinado y mi vida familiar. Rompió la armonía y la estabilidad en esos dos aspectos esenciales de mi existencia, para obligarme a tomar la difícil decisión de abandonar España».

«Ante la presión de los medios y del Gobierno, tras la revelación de la existencia de una cuenta en Suiza y de la acusación totalmente infundada de comisiones, decidí partir para no complicar el buen funcionamiento de la Corona y complicar la tarea de mi hijo en sus funciones de Soberano [...] Verme forzado a tal desarraigo y soledad no es fácil para mi vida. Estoy resignado, herido por un sentimiento de abandono», cuenta Don Juan Carlos, a propósito también del regalo de 65 millones de euros del Rey de Arabia Saudí.

No reprocha nada al Rey en sus memorias, pero sí a Don Felipe, de quien echó de menos una última conversación antes de su «exilio voluntario»: «Mi hijo, cuando supo de mi partida repentina, me llamó. Yo ya estaba en el avión: '¿Adónde vas, jefe? ¿A Londres?'. Me llaman 'jefe' o 'patrón'. No creo tener un carácter autoritario, pero es cierto que refleja la organización piramidal de la casa y de las familias reales. Como muestra de respeto, mi hijo me llama así, aunque en la intimidad sigo siendo 'papá'.

-No, a Abu Dabi.

-Cuídate.

Esa fue nuestra última conversación de viva voz antes de muchos meses de silencio y distancia».

Los reyes Juan Carlos y Sofía bromean durante la recepción ofrecida hoy por la Familia Real en el Palacio de la Zarzuela a las altas autoridades del Estado, con motivo de la celebración de la onomástica de Don Juan Carlos

Los reyes Juan Carlos y Sofía bromean durante la recepción ofrecida hoy por la Familia Real en el Palacio de la Zarzuela a las altas autoridades del Estado, con motivo de la celebración de la onomástica de Don Juan Carlos EFE

Don Juan Carlos recuerda con cariño el inicio de su historia de amor con Doña Sofía. Habla de la «complicidad excepcional» que tiene con ella. «No tiene igual en mi vida y así seguirá siendo, aunque nuestros caminos se hayan separado desde mi partida de España. Ella es la madre de mis hijos, una Reina extraordinaria y un vínculo afectivo fundamental e insustituible. Sofi es una mujer excepcional, de rectitud, bondad, rigor, entrega y bondad», dice sobre la esposa.

Sus hijas, Elena y Cristina, tienen mucho de compañeras y amigas. Con ellas Don Juan Carlos es capaz de discutir «a tumba abierta», con cariño profundo: «No he interferido nunca en la vida de mis hijas. Las he apoyado siempre, como corresponde a un padre, en sus decisiones y en sus problemas».

Doña Letizia «no ayudó»

Por el contrario, su relación con la Reina Letizia terminó convirtiéndose muy pronto en un problema familiar que él evoca con melancólica precisión: «Mi hijo estaba seguro en la elección de su esposa. Tenía 34 años y sabía lo que quería. Como mis hijas, que se casaron con los hombres que amaban. No intenté entrometerme. Hubiera sido inútil. La entrada de Letizia en nuestra familia no ayudó a la cohesión de nuestras relaciones familiares. Le repetí: 'La puerta de mi despacho está siempre abierta. Ven cuando quieras'. Pero ella no vino nunca». Explica que la «incomprensión personal» que había entre ellos «no podía reflejarse» en sus actividades institucionales. «Hice todo lo posible para pasar por alto nuestras diferencias. El éxito de la pareja principesca era, para mí, un seguro para el futuro de la Corona», añade.

Él se muestra como un hombre solo, que sufre al vivir privado de la presencia de sus seres más queridos. Dice que se siente «resignado, herido por un sentimiento de abandono» y dice que echa de menos España y que quiere «regresar a casa». «Con la serenidad de la edad, estoy inmensamente reconocido al destino por haberme dado la oportunidad de hacer muchas cosas por España y los españoles. Fue mi razón de ser, un gran honor y un gran desafío de cada día, que puedo afrontar gracias a la generosidad de una mayoría de españoles», apostilla. Y concluye: «Mi más grande orgullo es haber podido ayudar a la sociedad española a ir más allá de sus enfrentamientos históricos para iluminar su mejor rostro. Sigo siendo un Rey demócrata, moderno y unificador. España es un país extraordinario, como lo prueban su energía, su coraje, su optimismo, su hedonismo, su sentido del esfuerzo. Hemos hecho grandes cosas juntos. No lo olvidemos demasiado pronto»

III

Reconciliación', de Juan Carlos I, amargas memorias, en ABC de Madrid,  por Jordi Canal, 6/12/2025:

'Reconciliación', Juan Carlos I. Con la colaboración de Laurence Debray Traducción Elisabeth Burgos y Karin Taylhardat Editorial Planeta Año 2025 Páginas 507 Precio 24,9 euros

Aunque siempre interesantes y amenas, no encontrará el lector ni novedades ni opiniones desconocidas en el libro

Su querida prima Lilibeth, la reina Isabel II de Inglaterra, fallecida en 2022, le decía que los reyes nunca abdican. Se mueren con las botas puestas, le aseguraba también su padre, el conde de Barcelona. Juan Carlos I, Rey de España desde 1975, no les hizo caso y, en junio de 2014, abdicó el trono en su hijo Felipe VI. Su progenitor siempre le aconsejó, asimismo, no escribir unas memorias; los reyes, sostenía don Juan, no se confiesan públicamente.

Tampoco en este caso ha seguido las recomendaciones. Acaban de ver la luz unas memorias suyas, escritas en francés, su primera lengua -con la estrecha colaboración de Laurence Debray, que aparece junto a don Juan Carlos en la penúltima imagen de unos muy cuidados cuadernillos fotográficos- y traducidas al castellano. En otro gesto algo inaudito, el Rey emérito –una denominación que no le satisface en absoluto- ha grabado un mensaje publicitario antes de la salida del libro a la calle.

Tiene toda la razón Don Juan Carlos cuando deplora los injustos ataques recibidos de cierta prensa en los últimos años, la insuficiente valoración pública de su reinado y de su decisiva contribución a la democratización y modernización de España, el descarado revisionismo sobre la Transición o la irresponsable inquina hacia su persona y su legado del actual Gobierno y de sus socios políticos. Lamenta también el obligado alejamiento de la actual familia real y de una España que añora, al tiempo que insiste en su intención de no perjudicar a la Corona y a su hijo.

Reconoce algo tímidamente algunos errores en la vida privada y en sus frecuentaciones. No parece una buena idea, sin embargo, redactar unas memorias en lugar de esperar el llamado juicio de la historia –al que se apela al final del texto-, que, sin duda alguna, va a ser claramente positivo para la mayor parte de su reinado. La impaciencia, indignación y amargura de sus páginas humanizan al exmonarca, pero nos hurtan la grandeza simbólica de su figura.

El libro, construido formalmente en siete partes, un preámbulo y un corolario presenta, en puridad, una estructura tripartita, cronológicamente desordenada, pero adecuada a las motivaciones que lo fundamentan. Las partes segunda a la quinta exponen la existencia de don Juan Carlos entre el nacimiento en el exilio romano familiar, en 1938, y la primera década de la actual centuria, mientras que la sexta está dedicada a los últimos años del reinado y el preámbulo, la séptima parte y el corolario al periodo inacabado que se inicia en 2014 y prosigue con la estancia, desde 2020, en los Emiratos Árabes Unidos. Más de la mitad del libro se centra en sus recuerdos novecentistas. Aunque siempre interesantes y amenas, no encontrará el lector ni novedades ni opiniones desconocidas. Con 87 años cumplidos y esperando poder ser enterrado en su país con honores, don Juan Carlos asevera sin ambages que dio la libertad a los españoles instaurando la democracia.

Las páginas más sentidas del libro están dedicadas al último lustro, alejado de España e instalado en Abu Dabi

Sobre los hechos que abocaron a la abdicación de 2014, las memorias contienen desafortunadamente más olvidos que recuerdos, más crítica que autocrítica. El Rey padre admite deslices extra-conyugales, desmintiendo algunos romances atribuidos y arrepintiéndose del mantenido con la innominable Corinna, pero eludiendo otros bien conocidos y bárbaramente escandalosos.

Lleva a cabo un panegírico de doña Sofía, su amada Sofi. Exculpa totalmente a la infanta Cristina en el caso Nóos, califica la caza controlada de elefantes como actividad ancestral y justifica las donaciones entre casas reales. Insiste mucho en los problemas de salud y en que, a pesar de irse de vacaciones a Botsuana en plena crisis, nunca dejó de ocuparse de sus tareas como jefe de Estado. Denuncia encarnizamiento judicial y político. Las páginas más sentidas del libro están dedicadas al último lustro, alejado de España e instalado en Abu Dabi. Reitera su pasión por el mar, agradece la generosidad emiratí, añora la Zarzuela, acusa a su hijo Felipe VI de insensibilidad y a doña Letizia de haber dificultado la cohesión familiar e, igualmente, deplora la ausencia de contacto con sus nietas Leonor y Sofía.

Don Juan

De su padre, al margen de los conocidos desencuentros vinculados con la nominación como sucesor de Franco a título de rey en 1969, hace grandes elogios: «mi mejor guía, mi mejor consejero, mi mejor amigo». Don Juan no escribió unas memorias -y recomendó no hacerlo a su descendiente- a pesar de un largo exilio, los ataques del régimen dictatorial, la malquerencia de Franco, de no lograr sentarse en el trono y de acabar reemplazado, precisamente, por su propio hijo.

Su digno gesto de 1977 valió mucho más que unas memorias. Entiendo algunas de las razones personales de don Juan Carlos a la hora de ofrecernos estos recuerdos, pero quizá haya cometido otro error. Pese a ello, nunca podremos olvidar que bajo su reinado, al final del siglo XX, nuestra España vivió algunos de los más venturosos momentos de su historia.

IV

Las memorias del Rey: mucho pudor y muy poca vergüenza.  En El País, por Sergio del Molino, 10 DIC 2025:

Los pocos apoyos que le quedaban a Juan Carlos I correrán a esconderse tras un libro cuyo único valor es humorístico. Para escribir buena literatura autobiográfica no hay que tener pudor, pero sí mucha vergüenza. A Juan Carlos I le sobra el pudor y desconoce la vergüenza. Se dirá que el Rey no tiene ambiciones literarias y que el valor de Reconciliación es el testimonio, pero la relevancia de lo testimonial depende de la actitud del testimoniante. El primer dilema al que se enfrenta quien narra su vida es puramente literario: por qué, desde dónde y hasta dónde cuenta. A los escritores se nos presenta mucha gente que presume de tener una vida de novela, y Juan Carlos de Borbón tiene varias vidas de novela, pero ni siquiera la mano dócil y experta de Laurence Debray las ha salvado del desastre literario, que equivale a un desastre histórico y político.

Quien escribe unas memorias se confiesa, y la confesión exige humildad. La buena autobiografía no es vanidosa, sino un examen doloroso, algo parecido a un psicoanálisis. Requiere crueldad hacia uno mismo, pues sus mejores obras se escriben desde la vergüenza y el fracaso. Tenía Juan Carlos una oportunidad de engrandecer su figura bajo los olivos milenarios de Abu Dabi, dejándonos un relato de desencanto a lo Gatopardo. Podría haberse despedido como el príncipe de Salina en la novela de Lampedusa, comprendiendo que su reino ya no era de este mundo, pero ha preferido legarnos unos pliegos llenos de rencor, soberbia, mezquindad y autobombo en los que acusa a los españoles de no quererle, de ser implacables con sus debilidades de hombre bueno y sencillo.

¿Por qué escribe esto? Su aportación documental a la historia de España es anecdótica, y su poder persuasivo, contraproducente. Los pocos apoyos que le quedaban correrán a esconderse tras este libro cuyo único valor es humorístico. Se divierte mucho uno leyéndolo, pero a pesar del narrador, que incurre en chistes involuntarios. Al principio, intenta retratarse como exiliado y desarraigado, con unos párrafos que parecen de Amicis o de Dickens. Acto seguido escribe: “Nuestro padre nos metió a todos en su hermoso Bentley negro”. En otro pasaje derrocha más compasión por un leopardo que le regaló Haile Selassie y que murió de “una indigestión de pájaros” que por su hermano muerto, episodio resuelto en tres párrafos con asepsia de gestor de pompas fúnebres. Aunque el chiste más brutal es el que abre y cierra el libro: el rey que presume de haber otorgado la democracia a los españoles solo encuentra la paz en una dictadura árabe que lo protege con métodos totalitarios. Un buen escritor habría empezado por esa paradoja, pero Juan Carlos no la ve, y Laurence Debray prefiere no verla.

V

Reconciliación. Por qué no se pueden entender las Memorias de Juan Carlos I sin leer la biografía original. En Acalanda Magacín, por Web, 10/11/2025:

El escándalo es ensordecedor. Las memorias del Rey Juan Carlos I, tituladas “Reconciliación”, han detonado en el panorama mediático. A sus 87 años, desde su exilio en Abu Dabi, el rey emérito presenta “su versión de la historia”, sintiendo que le han “robado” su propia narrativa. Las revelaciones son explosivas y han reabierto todas las heridas:

Sobre Franco: Admite una “cierta ternura” por el dictador y declara: “Nunca dejé que nadie lo criticara delante de mí”.

Sobre Felipe VI: Recuerda a su hijo que aunque puede excluirlo “sobre el plano personal y financiero”, no puede “rechazar la herencia institucional sobre la que reposas”.

Sobre la Reina Letizia: Afirma que tiene un “desacuerdo personal” con ella y que “no contribuyó a la cohesión” familiar.

Sobre Corinna: Califica la relación como un “error” propio de la “debilidad” humana, donde se convirtió en “presa fácil”, sin siquiera mencionarla por su nombre.

Sobre su hermano Alfonso: Ofrece, por primera vez, su versión mecánica de la tragedia: “la bala rebotó”.

Reconciliación es una confesión. Es el testamento subjetivo, emocional y calculado de un hombre al final de su vida. Pero plantea una pregunta fundamental que el propio libro no responde: ¿POR QUÉ?

¿Por qué siente “ternura” por el dictador que mantuvo a su padre en el exilio? ¿Por qué la “herencia institucional” es el arma que usa contra su propio hijo? ¿Por qué sus “errores” se convirtieron en un patrón de comportamiento?

La respuesta a todas estas preguntas no se encuentra en las memorias de 2025. Se encuentra en la obra maestra de investigación que la misma autora, Laurence Debray, escribió en 2013: “Juan Carlos de España”. Si Reconciliación es la confesión, Juan Carlos de España es la piedra Rosetta para descifrarla. Es la investigación psicológica que explica cómo se forjó el carácter que ahora vemos justificarse en sus memorias. No se puede entender un libro sin el otro.

El Libro Clave (2013): “Juan Carlos de España” Para entender por qué el Rey eligió a Laurence Debray para sus memorias, primero hay que leer su biografía original.

Debray no es una cronista real. Como revela en el prólogo, es hija del célebre revolucionario marxista francés Régis Debray. Su fascinación por Juan Carlos fue un acto de rebelión; mientras su padre le colgaba un retrato de Mitterrand, ella veía en el Rey al hombre que “había rechazado los plenos poderes heredados de Franco para devolvérselos al pueblo” y que vivía con “mucha más sencillez” que los socialistas en el poder.

Su libro de 2013 es una profunda disección psicológica. Es aquí donde Debray establece la tesis central que lo explica todo: el “destino shakespeariano” de Juan Carlos. La tesis es que su éxito político —restaurar la monarquía y reconciliar a los españoles— solo fue posible a un “coste humano inconmensurable”. Los “dramas personales terribles” —ser “entregado de niño al enemigo” (Franco), ser “marioneta de Franco”, “reinar en lugar de su padre” y ser “indirectamente responsable de la muerte accidental de su hermano”— forjaron un carácter único.

Este libro es la investigación que demuestra cómo la duplicidad, el secreto y el sacrificio se convirtieron en sus herramientas de supervivencia y, finalmente, en la raíz de su “decadencia”. 

Las Memorias (2025): “Reconciliación

Este es el libro del ahora. Es la tormenta mediática. Reconciliación es la versión del rey, en primera persona, de los mismos hechos que Debray analizó objetivamente en 2013.

Aquí, Juan Carlos no es analizado; él habla. Intenta “limpiar su imagen” y justificar sus acciones, desde su relación con Franco hasta sus “errores graves”. Es una obra personal, un intento de controlar la narrativa antes de que la historia dicte su sentencia final.

Por Qué Debe Leer Ambos: La Confesión vs. La Investigación. La verdadera genialidad está en leerlos juntos. Un libro es el qué (la confesión de 2025) y el otro es el porqué (la investigación de 2013).

SOBRE FRANCO: La Confesión (2025): Admite “ternura” y respeto por Franco, diciendo: “Si pude ser rey, fue gracias a él”. La Investigación (2013): Explica por qué. El Capítulo 2, “Una juventud sacrificada” detalla cómo fue un “rehén” y un “peón” entregado a su “enemigo” a los 10 años. Franco se convirtió en la figura paterna sustituta que su padre ausente, Don Juan, no podía ser. La “ternura” es la compleja psicología del rehén, no una simple afinidad política.

SOBRE LA TRAICIÓN DINÁSTICA (PADRE E HIJO):

La Confesión (2025): Ataca a Felipe VI con la frase: “no puedes rechazar la herencia institucional sobre la que reposas”. La Investigación (2013): Demuestra que esta es la historia repitiéndose. “¡Por fin llega a sucesor!” narra la agonía de Juan Carlos en 1969 cuando él mismo traicionó a su padre, Don Juan, aceptando ser sucesor de Franco. Justificó ese acto con la misma lógica: un “sacrificio” por la “institución”. Lo que ahora exige a su hijo es lo mismo que él le hizo a su padre.

SOBRE LA MUERTE DE ALFONSO: La Confesión (2025): Da una explicación mecánica: “la bala rebotó”. La Investigación (2013): El Capítulo 2 va más allá del disparo. Explica el impacto psicológico del “silencio más absoluto”, el hecho de que su padre tiró el arma al mar sin investigación y, lo más cruel, cómo Don Juan le ordenó volver a la academia militar inmediatamente después del funeral. Fue un “exilio del duelo” que forjó su “sentido del deber” casi como una “penitencia”.

SOBRE LOS ESCÁNDALOS (CORINNA Y BOTSUANA): La Confesión (2025): Lo reduce a un “error” de “debilidad”.

La Investigación (2013): En “Honores y decadencia” ya analizaba esta fractura. El libro explica la “prisión dorada” y la humillante precariedad de su juventud (“miserable” asignación de 70.000 pesetas) donde le fiscalizaban “¡Hasta las Coca-Colas…!”. Esta biografía proporciona el contexto de una vida de carencias que desembocó en una relación compleja con el dinero y el lujo, mucho antes de Botsuana.

La Lectura Definitiva

Reconciliación es el testamento final de un rey que busca controlar su legado. Pero Juan Carlos de España es la investigación que revela al hombre que se vio forzado a construir ese legado. Para entender el escándalo más grande de la monarquía española moderna, no basta con leer la confesión. Hay que leer el manual que la descifra.

VI

Mi rey caído,  de Laurence Debray, 2022 (el título original Juan Carlos de España, 2013)

El fascinante y verdadero relato de la vida de Juan Carlos I, Rey de España.

«Con Mi rey caído, Debray pasará a la historia como la gran biógrafa del Emérito». Ana S. Juárez, La Razón

«Había una vez un príncipe, que era encantador, pero estaba maldito. Su nombre era Juan Carlos, o Juanito para los más cercanos. No era exactamente un príncipe, sino el nieto de un rey. Pero de un rey sin reino, obligado a vivir en el exilio. Su verdadero país, el que sus antepasados borbones gobernaron durante tres siglos, es España.

Tras 40 años de poder dictatorial, Franco designó, en 1969, a Juan Carlos, ese dócil playboy de treinta años y diligente militar, como su sucesor. Contra todo pronóstico, nuestro príncipe se convirtió en un animal político, transformó la imagen de España, la salvó de un golpe de Estado en 1981 y garantizó la estabilidad democrática. Mediante traiciones y complicidades, lágrimas y satisfacciones. Porque tras la hazaña política y el carisma se esconden tragedias personales. Entregado de niño al enemigo Franco, arrojado entre dos figuras paternas despiadadas, indirectamente responsables de la muerte accidental de su hermano menor, usurpador de su padre… El precio a pagar era alto, cuidadosamente oculto. Shakespeare no podría haberlo narrado mejor. El destierro final es incluso su apoteosis.»

¿Qué puede unir a una «hija de revolucionarios» y a un rey? Tras pasar su adolescencia en España, Laurence Debray se interesó, como historiadora, por la figura de Juan Carlos I. Escribió su biografía y después lo entrevistó en las vísperas de su abdicación, en 2014, para un documental de televisión.

Desde entonces, no ha dejado de hablar con él y de seguir los giros de guion de su destino. Hasta visitarlo, en 2021, en Abu Dhabi, donde se refugió, convirtiéndose en una figura rechazada por los españoles a raíz de sus aventuras extramatrimoniales y en un padre demasiado engorroso para el rey Felipe VI.

El relato de esta atópica relación que nos brinda Laurence Debray fascina por su virtuosismo, inteligencia, y lucidez cuando pasado y presente chocan. Estamos ante la verdadera novela de la vida de Juan Carlos, Rey de España.

VII

La autobiografía de Juan Carlos I: ¿Reconciliación o ruptura? En Diario Red, por Rebeca Quintáns, 6/11/25:

Juan Carlos nos da la razón a los que decíamos que la monarquía es una maquinación del franquismo para darle continuidad, que es una monarquía franquista. Juan Carlos no lo oculta: “Gracias a él fui rey”

De todos los biógrafos de Juan Carlos, el propio Juan Carlos es el menos de fiar. Conociendo su trayectoria, la honradez no es precisamente su fuerte. Y todo hace suponer que una vez más va a dar muestra de su compromiso con la mentira hasta la muerte y más allá. Es probable que muchas de esas mentiras se las crea desde siempre. Para eso fue educado y conformado. De otras es plenamente consciente, y conscientemente pretende perpetuarlas para la historia.

Como todo lo que rodea el 23F, en lo que parece que no quiere ceder ni un ápice ni reconocer nada, pese a las cintas de Bárbara Rey en las que se confiesa sin querer (la última pero no la única prueba que conocemos de su papel como cabecilla del golpe). Con estas memorias volvemos al punto de partida, a que Armada no le fue fiel hasta el final como le dijo a Bárbara, sino que le engañó y traicionó y le dolió muchísimo. Nada de admitir ni siquiera que estaba informado, que a lo peor le engañaron y lo manipularon un poquito…como propuso Javier Cercas para justificarlo de alguna forma en su Anatomía de un instante, que actualizaba dentro de la ortodoxia del Régimen, sin pasarse, los excesos de la versión oficial más inmediata a los hechos e insostenible en estos momentos por su total inverosimilitud. Juan Carlos no da ni un paso atrás.

De la autora o redactora del libro tampoco hay mucho que esperar. Laurence Debray ya se había explayado antes en otros libros para los que el rey se dejó entrevistar con mucho gusto. Y, aunque alguna vez te encuentras con perlas incluso en estas obras tan cortesanas, ya sea por error o dejándolas caer de propio intento, no es este el caso hasta ahora de las de Debray. En su Juan Carlos de España de hace unos años, por ejemplo, a pesar de sus más de 500 páginas, yo no llegué a subrayar ni una línea. No encontré absolutamente nada de interés, nada relevante.

Por eso las expectativas sobre Reconciliación, la autobiografía del rey que se publicará próximamente en España, no deberían ser altas. Ya deja claras sus intenciones en el título y la dedicatoria a su familia y a «todos los que le acompañaron en la transición democrática».

Mientras el único preso por los latrocinios del rey es Pablo Hassel, rapero condenado por cantar que “los Borbones son unos ladrones”, Juan Carlos declara en sus memorias sin pudor: "Siento que me roban mi historia"

Con “familia” se refiere, por ejemplo, a la Reina Sofía, a la que en el libro nombra cariñosamente “Sofi”, siempre con ternura, algo de una hipocresía escandalosa para todos los que tuvieron ocasión de escucharle hablar de ella en la intimidad no tan íntima de sus círculos sociales, de sus saraos.

A los que le acompañaron y fueron sus cómplices en dar continuidad a los principios y estructuras del franquismo con un disfraz democrático en la llamada Transición, es a los que se dirige fundamentalmente el libro. Pero pese al título, no va a pedirles disculpas por hacerles insostenible apoyar la monarquía con él en el trono. Abdicó “por el bien del país” pero se fue “con la conciencia tranquila”. “No tenía motivos para avergonzarme”, defiende Juan Carlos I, según los adelantos que nos van mostrando la prensa francesa y la española. Para la “reconciliación” reclama el respeto perdido con un victimismo insultante, repartiendo culpas a diestro y siniestro a los demás. Fueron malas influencias, se aprovecharon de él… Lo de la “reconciliación” más bien parece una “imposición”, siguiendo la línea de la política de palacio para rehabilitar lo que se pueda de la figura de Juan Carlos y cerrar con un buen funeral de Estado su etapa política. Si no por las buenas, por las malas. No olvidemos que al mismo tiempo está en marcha la iniciativa por la vía judicial para callarle la boca a Revilla, un compañero de viaje de la monarquía en las últimas décadas del Régimen del 78 que parece que no se quiere “reconciliar”, veremos en que acaba todo eso.

Mientras el único preso por los latrocinios del rey es Pablo Hassel, rapero condenado por cantar que “los Borbones son unos ladrones”, Juan Carlos declara en sus memorias sin pudor: "Siento que me roban mi historia". Realmente, su mayor o única virtud es la falta total de escrúpulos.

Con todo, y aun siendo un libro para lelos muy crédulos, intuyo que dará juego y mucho que hablar, y hasta los “analistas” de las tertulias de la Sexta serán capaces de sacarle punta. Creo que más a través del análisis del discurso que en lo informativo. Porque no contará una verdad, pero pese al vasallaje rendido de Debray y de las cabezas pensantes que han pulido el texto coordinados desde Zarzuela, se les escaparán cosas interesantes. Seguro.

Reconciliación es una capa más en el traje que nos están haciendo para seguir vendiéndonos el mito de la Transición. Se combina con los adornos de supuesta democratización de Felipe VI, de modernización inviable de una institución medieval

Por ejemplo, Juan Carlos se pierde en las metáforas y acaban diciendo cosas que no quería decir. “A los trece años [Felipe] me preguntó: ‘Papá, ¿qué pasa?’ – cuenta Juan Carlos al respecto del 23F-. Lancé una pelota al aire. La Corona está en el aire. ¡No sé hacia dónde caerá!”, desvela Juan Carlos que le contestó, reconociendo su protagonismo y responsabilidad insensata en aquella aventura, como si todo hubiera sido un juego. Solo que lo que lanzó al aire no fue únicamente la corona, al dar respaldo a un golpe que ponía en el disparadero -y en las calles con tanques de combate- a las hordas fascistas militares y civiles deseosas de actuar para que el Régimen fuera más fascista todavía, más explícitamente fascista. Sí, el plan era pararlos luego, con un gobierno de conciliación presidido por un militar, supuestamente defensor del orden, la democracia y la Constitución, el general Armada. Un planazo. Pero igual que había una lista de los políticos buenos que iban a colaborar, porque ya lo habían pactado, participando incluso en ese gobierno presidido por un militar, los fachas tenían ya preparados otros listados, de periodistas entre otros, que iban a ser eliminados en primer lugar. El miedo que generó en la sociedad tuvo las consecuencias de desmovilización esperadas. Pero podría haber sido peor.

Por cierto, que Felipe podía y debería ir saliendo de las sombras y expresarse, contar lo que sabe, posicionarse con respecto a la política a seguir con la monarquía, hacer algún gesto por democratizar la institución. Lo que “fuentes próximas a Zarzuela” transmiten -porque no hay declaraciones oficiales- es que a Felipe VI no le gusta, no está de acuerdo con determinadas cosas que hace o dice su padre. Y ya.

Pero no es creíble que la autobiografía y otras iniciativas recientes del emérito no tengan el apoyo de Casa Real, su consentimiento cuando menos, teniendo en cuenta cómo funciona, el poder de control y manipulación que siempre ha tenido el rey (Juan Carlos I y Felipe después) de todo lo que sucede políticamente relevante en el Estado español, en estrechísima colaboración con los servicios de inteligencia (CESID antes, ahora CNI) y las cloacas del Estado. El poder real que ha demostrado la monarquía tras su instauración como sucesora del franquismo es perfectamente capaz de frenar las tonterías de Juan Carlos sin melodramas. Otra cosa es que quiera hacerlo. A lo que apuntan los intentos del emérito por reivindicarse sin arrepentimiento alguno (y mucho menos disposición de reparación) es a una campaña larga y difícil para salvar la monarquía, su imagen institucional al menos, incluyendo el podrido legado de su reinado. Ardua tarea para los servicios de inteligencia, pero no imposible.

Reconciliación es una capa más en el traje que nos están haciendo para seguir vendiéndonos el mito de la Transición. Se combina con los adornos de supuesta democratización de Felipe VI, de modernización inviable de una institución medieval. Tan falsas una capa como la otra, parece una quimera que semejante plan de rescate pueda llegar a funcionar política e históricamente, pero el caso es que el traje nuevo de una monarquía, que creíamos definitivamente al descubierto en su desnudez, está funcionando sorprendentemente bien. Es cuestión de tiempo, si no se hace nada para ponerle freno. Ojo a la valoración de Felipe VI en las encuestas y a la acelerada normalización en los regresos esporádicos de Juan Carlos.

El apoyo explícito al franquismo que hace Juan Carlos en nombre de la institución que representa podría ser constitutivo de un delito de odio y afrenta a las víctimas de la dictadura, contra la Ley de Memoria Histórica. Hay que ilegalizar la monarquía, como la Fundación Franco

Pero sobre todas las cosas, la autobiografía de Juan Carlos tiene la relevancia de ser prácticamente una declaración institucional del que todavía es rey (emérito). Y en este sentido da un poco igual si el rey se cree lo que dice o miente descaradamente. El acto de declararse autor lo comprometen a él y a la institución con sus palabras. Ahí no importa tanto la verdad de los hechos históricos como el posicionamiento ideológico que se adopta implícita o explícitamente.

Por ejemplo, con el franquismo, quizá lo más polémico de lo que se ha publicado como adelanto en la prensa del libro por el momento, el emérito es bastante explícito. Juan Carlos afirma su admiración y respeto por Franco sin tapujos, algo que ya sabíamos pero que la clase política hasta ahora se ha negado a reconocer y afrontar. Sí, Juan Carlos nos da la razón a los que decíamos que la monarquía es una maquinación del franquismo para darle continuidad, que es una monarquía franquista. Juan Carlos no lo oculta: “Gracias a él fui rey”. Se echa de menos algo sobre esto de Felipe, al pueblo seguro que le gustaría saber qué defiende, pero nunca ha hecho ninguna declaración sobre el franquismo, se esconde de la opinión pública. Su papel ahora es ser la cara más democrática, solo de boquilla, de la institución. Y les consentimos todo, eso es lo peor.

Porque si no aceptamos los términos de la “reconciliación” que propone el emérito, sólo cabe la ruptura, por fin, con la dictadura de Franco. Algo que no se logró hace 50 años y que parece todavía lejano. Seamos contundentes esta vez: El apoyo explícito al franquismo que hace Juan Carlos en nombre de la institución que representa podría ser constitutivo de un delito de odio y afrenta a las víctimas de la dictadura, contra la Ley de Memoria Histórica. Hay que ilegalizar la monarquía, como la Fundación Franco.