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martes, 1 de septiembre de 2026

Sartre versus Camus

 Sartre-Camus, ganar el debate después de muerto, en El País, Javier Rodríguez Marcos, 29 AGO 2026: 

El autor de ‘El extranjero’ no vivió para ver cómo el tiempo le daba la razón en su crítica al totalitarismo soviético. Murió en un accidente de tráfico

“La historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”. Hannah Arendt, una de las mentes más lúcidas del siglo XX, escribió estas palabras en Estados Unidos, tras huir del nazismo en Alemania y de la deportación en Francia. Terminada la guerra, viajó regularmente al viejo continente para comprobar, por un lado, cómo muchos de sus compatriotas alemanes tomaban por meras opiniones los actos del régimen nazi. Por otro, cómo muchos filósofos franceses justificaban el horror estalinista para no dar argumentos al capitalismo, cuyos abusos se resumían en un sintagma que hizo fortuna: violencia estructural. Había estallado la Guerra Fría y un telón de acero dividía países y mentes.

Durante su gira europea de 1952 relató a su marido una visita a París con esa sinceridad reservada a las cartas: “Ayer vi a Camus; sin duda, el mejor hombre que hoy tiene Francia. Está muy por encima del resto de los intelectuales”. Y también: “En cuanto a Sartre et al. no los veré; no tendría sentido. Están completamente inmersos en sus teorías y viven en un mundo hegelianamente organizado”. Por entonces, la intelectualidad francesa -que era como decir occidental- se había polarizado en torno a sus dos figuras señeras, el novelista y el filósofo del momento, dos amigos a punto de dejar de serlo: Albert Camus y Jean-Paul Sartre. El primero era a su pesar el beato angélico de la tendencia de moda, el existencialismo. El segundo ejercía de buen grado como sumo pontífice (en versión laica: mandarín).

Semanas antes de la visita de Arendt, Camus había publicado su ensayo más famoso, El hombre rebelde, que Sartre leyó como un ataque a su fe política: los postulados del Partido Comunista, que seguía los de la URSS, es decir, de Stalin. Consciente de que su obra de teatro Las manos sucias no había gustado al aparato, prohibió su montaje en Viena para que no coincidiera con un congreso “por la paz” promovido por Moscú y al que él acudía como estrella invitada.

La paradoja es que Camus sí había sido militante del PC en la Argelia de su juventud, colonia francesa. Dos años, entre 1935 y 1937. La defensa de sus vecinos árabes, su preferencia por el sindicalismo de base y por el socialismo libertario encajaban mal en una organización vertical. Como los personajes de la última canción existencialista de Charli xcx, tanto Sartre como Camus hablaban desde un apartamento parisino: uno desde la teoría, el otro desde la vida real. Hijo de un pied noir muerto en la Primera Guerra Mundial cuando él tenía apenas un año, el futuro escritor se crio en el Argel más pobre con su madre, analfabeta, y con su abuela, una menorquina de armas tomar. Solo el empeño de su maestro hizo que no dejara la escuela para llevar un jornal a casa. Años después, su alumno le dedicaría el discurso del Nobel, culmen de una carrera cuyo primer gran hito fue El extranjero (1942).

Su talento literario y su papel en la Resistencia al frente del diario Combat fascinaron a Jean-Paul Sartre, formado en la elitista École Normale Supérieure y consagrado como autor de un ensayo capital: El ser y la nada. Con el fin de la guerra, Sartre convirtió a su amigo —y de paso a sí mismo, que había vivido la Ocupación desde la barrera— en el epítome de una nueva figura: el intelectual comprometido.

Para Sartre, el compromiso era con la causa comunista, sin fisuras, costase los sacrificios (ajenos) que costase. Todo anticomunista era “un perro”, llegará a decir. Para Camus, con la causa de la verdad y del respeto a la vida, estuvieran en el bando que estuviera. A Sartre no le gustaba, por supuesto, el gulag, pero lo colocaba en la balanza con la pena de muerte en Estados Unidos. Además, justificaba así la violencia contra las “opresivas” democracias occidentales: el descontento debía a veces “transformarse en huelga, la huelga en reyerta y la reyerta en asesinato”. Para Camus, el fin no justifica los medios y ni una sola vida debe sacrificarse en el altar de la Historia. Ni víctimas ni verdugos: “Rusia es hoy una tierra de esclavos rodeada de torres de vigilancia. Que ese régimen concentracionario sea adorado como instrumento de liberación y como una escuela de felicidad futura es lo que combatiré hasta el fin”.

Albert Camus volcó esas ideas en El hombre rebelde, que vendió 60.000 ejemplares en cuatro meses, cifras que hoy envidiaría cualquier editor. Su éxito multiplicó el eco de la tronante ruptura que tuvo como campo de batalla las páginas de Les Temps Modernes, la revista dirigida por Sartre. A la reseña encargada a un discípulo del director ―20 páginas de ácido sulfúrico contra la “inconsistencia” filosófica de Camus, su sed de moderación y su “moral de Cruz Roja”― le siguió la irónica pero dolida réplica del aludido, condenado al ostracismo progresista por los “nuevos ricos de la Justicia”. Más tarde, la esperada contrarréplica del propio Sartre, brillante y maniquea. Por fin el mejor alumno de filosofía podía decirle al estudiante más querido de la clase que no ha entendido a Hegel.

La república de las letras dio por vencedor a Sartre. La caída de la URSS tiempo después dio la razón a Camus. “Vivir es verificar”, había escrito. No fue su caso. Murió en un accidente de tráfico en 1960. Su examigo escribió una sentida pero medida necrológica. En 1964 también Sartre ganó el Nobel, pero lo rechazó. En 1975 reclamó el dinero a la Academia Sueca para destinarlo a una iniciativa humanitaria.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Conceptos sobre el mal

Winston Manrique Sabogal, "Las fronteras movedizas del mal", en Babelia, suplemento de El País, 26 de septiembre de 2015:

Los avances de la ciencia, Hitler y la globalización han replanteado los límites de la maldad. Varios libros analizan el cambio en uno de los grandes elementos de la literatura

¿Cuándo entró el mal en Adi, como llamaba su madre a Hitler de niño? Aunque el mal no es un ente, ni un ser abstracto que se encarna en nadie, hay quienes se hacen esta pregunta cuando piensan en alguien considerado muy malo. La filosofía busca una explicación al origen de la maldad. La sociología y la ciencia también tratan de armar el rompecabezas que ha podido causarla. Pero donde la razón no alcanza entra la imaginación.

La verdad es que “el descrédito de la maldad es hoy absoluto. Ha llegado el momento de restaurar y restablecer el mal, teniendo siempre en cuenta los avances de la racionalidad y la ciencia”, reclama Salvador Giner, que publica Sociología del mal (Los Libros de La Catarata). Durante muchos siglos el hombre se debatió entre la bondad y la maldad en un mundo moralmente bipolar, recuerda el sociólogo. “No obstante”, agrega,“la llegada de la ciencia moderna fue socavando la noción de responsabilidad, y con ello la de la mala conducta y el daño intencional. Resultaba así que hasta el malvado era víctima de pasiones incontrolables, genes equivocados o ADN heredado. Se hizo imposible así una biología, una psicología y hasta una sociología del mal. La culpa se desvaneció: la ‘culpa’ de los males la tenía ahora el capitalismo, el instinto territorial innato, la psicopatología, y así sucesivamente”. A Giner esta deriva no le parece correcta y aboga por que “la filosofía moral y la teoría sociológica vuelvan a incorporar el mal a sus pesquisas, y a considerarlo con rigor. En un mundo presa del terrorismo, de los daños evitables y los horrores innecesarios, esa es hoy la tarea de la razón”.

Y no un rosario de especulaciones. Tras el paso de Adolfo Hitler por el mundo nada volvería a ser lo mismo. Todo lo concerniente al mal empezó una sigilosa relativización, se empequeñecieron las maldades pasadas y futuras; las fronteras del mal se hicieron más flexibles y móviles; la información de y sobre malos y maldades en un mundo hiperconectado parece impermeabilizar a la gente. Una huella que no deja de rastrear la literatura con personajes reales y ficticios. Un asomo a ese enigma se celebrará este fin de semana en las Conversaciones Literarias de Formentor: La novela más mala del mundo. Maldad, perfidia y espanto en la literatura.

La solución poética de la imaginación y de la literatura es una ventana ante la incapacidad de la razón para explicar el mal y la maldad en ciertas personas. Una aporía. Norman Mailer lo hizo con Hitler, en 2007. Fue la salida que encontró: novelar la infancia del führer y subir por el río de aquella vida en busca de desentrañar un misterio al que llamó El castillo en el bosque, a la sazón su último y póstumo libro. De sus páginas salieron más preguntas.

Esos interrogantes cobran vida en un momento en que las fronteras del mal y sus diferentes formas, explica la filósofa Amelia Valcárcel, “se han hecho más móviles en lo social. Más innovadoras en términos morales. Cosas que antes eran consideradas como malas ya no lo son, o empiezan a dejar de serlo. Un ejemplo es la homosexualidad, que hoy en varios países no es condenada y los Estados velan por la igualdad de derechos de las personas”. Valcárcel asegura que “no existe ninguna sociedad o cultura a lo largo de la historia que considere que el mal sea la norma. Los especialistas en él son las formas religiosas morales”.

¿Un invento o una banalidad?

“El mal no existe. La libertad tampoco. Dios tampoco. Las tres cosas están interre­lacionadas”, argumenta José Ovejero, novelista y autor del ensayo La ética de la crueldad. “Spinoza”, añade Ovejero, “escribió que los humanos se creen libres porque conocen sus actos, pero no las causas de estos. Y la neurociencia nos dice que nuestras decisiones están tomadas antes de que seamos conscientes de ellas. Nuestras decisiones no son tales: son resultado de la herencia genética y de la experiencia”. Así es que para Ovejero, “el mal es solo un invento tranquilizador: justifica nuestro odio y nuestro miedo”.

Pero es un tema que ha desvelado a los pensadores a lo largo de la historia. Cuando Immanuel Kant dijo que “el hombre es malo por naturaleza”, no se refería a que eso era lo que primaba en él, sino a que el mal es algo que se puede dar en el ser humano, no es sobrenatural. Recalca que el individuo se mueve entre su principal inclinación, hacer el bien y lo social para poder avanzar, y alguna pulsión opuesta. Es cuestión del libre albedrío. El mal no obra sobre sí mismo. Surge cuando en el acto normal de alguien al mirar alrededor y compararse con otros se antepone su amor propio al bien común.

“La ciencia moderna socavó la noción de responsabilidad. La culpa se desvaneció”, dice el sociólogo Salvador Giner

Hannah Arendt abordó la cuestión desde otra esquina. Lo recordó el Nobel sudafricano J. M. Coetzee en su ensayo de la novela de Norman Mailer sobre Hitler: “La lección de Adolf Eichmann, nos enseña Arendt en la conclusión de Eichmann en Jerusalén, es la de ‘la temible, más allá de toda palabra y pensamiento, banalidad del mal”. Para Mailer, explica Coetzee, si la filósofa “tiene razón y el mal es banal, eso es infinitamente peor que la posibilidad opuesta de que el mal sea satánico”. Cuando Arendt escribió el libro, añade el Nobel, “se propuso mantener viva la paradoja de que si bien las acciones de Hitler y sus secuaces pueden superar nuestra capacidad de entendimiento, no hay en su concepción profundidad de pensamiento, ni grandeza de intenciones. Eichmann nunca fue consciente, en el pleno sentido filosófico, de lo que estaba haciendo”.

… Y llega la fascinación…

Lo que sí ha cambiado, insiste Amelia Valcárcel, es la metamorfosis que ha vivido el mal al haberse hecho más atractivo a algunos ojos: “Hay una tendencia hacia la fascinación por él. Esa cercanía aumenta desde el Romanticismo”. La literatura amplió su espectro y le dio otra carta de naturaleza. Todo eso, según Valcárcel, se afianza y diversifica en tiempos digitales que muestran un catálogo de maldades a un solo clic.

Crueldad, crimen, vileza, perfidia, daño, perversidad, injusticia, insidia o infamia son algunas formas de maldad cuyos conceptos y coordenadas se han alterado o suavizado.

Son los ecos nacidos en 1667 con El paraíso perdido, de John Milton. Los de “mal, se tú mi bien”. Ese libro es un punto de inflexión, analiza Rafael Argullol. El escritor y pensador recuerda que “el mal siempre ha estado presente en la literatura, desde Gilgamesh, pero hay un momento en que los escritores lo empezaron a hacer más visible”. La influencia de aquel paraíso se extendería por la Ilustración, y “con la llegada del Romanticismo aumentaría”. El ser humano miró dentro de sí, reconoció luz y descubrió oscuridad. Fue el hallazgo de los grises. Semillas del cambio del canon estético, ético y moral al que contribuyeron autores como el Marqués de Sade y Lord Byron. “Los malos no solo eran seres encarnados de malignidad. Tenían motivos y causas. Surgieron personajes magnéticos”. El autor de La atracción del abismo cita como ejemplo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Allí, Kurtz es la representación de una persona que se pasa a las tinieblas, y Marlow, que va en su busca, sin darse cuenta, siente fascinación por él.

La imaginación como salida

Si la moral y la ética de los dioses griegos son más flexibles según sus intereses, el catolicismo predica el blanco y negro. Así, Caín es el primer malo sobre la faz de la Tierra, según la Biblia. ¿O fue Eva, tentada por la serpiente? El mal se esparce por la Tierra. Siglos después, san Juan narra en el Apocalipsis la llegada de un monstruo de siete cabezas que se encarnará en un niño como el anticristo. Es la venganza por la batalla librada en el origen de los tiempos cuando el ángel Luzbel se rebeló contra Dios, y, tras pelear con el arcángel, Miguel cayó a los infiernos, desde entonces siembra el mal.

Hasta allá va Norman Mailer en la historia de Hitler. Un ángel caído cuenta la historia de su libro, y de paso refleja las raíces de otros malos terrenales… Nerón, Atila, Torquemada, María I la Sanguinaria, Rasputín, Josef Stalin, Pol Pot, Idi Amin…

Clara Usón indagó en La hija del Este en un malo contemporáneo: Ratko Mladic, acusado de crímenes de guerra y genocidio por el asedio a Sarajevo, en la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1996. Tras esa investigación y haberlo llevado a la literatura, Usón se pregunta: “¿Existe el Mal, así, con mayúsculas, o solo hay actos malos o buenos, y su maldad o bondad vendrá determinada por la moral, la religión y la cultura predominantes? Es la vieja disputa entre Platón y Aristóteles, entre nominalistas y universalistas, para los cuales el mal, el bien, la libertad, la patria, la fe no son palabras abstractas, sino realidades. Quien está dispuesto a morir por la patria o la fe está dispuesto también a matar por ellas: Mladic es un ejemplo. Y también era un hombre honrado, un buen marido y un buen padre, un hombre muy religioso. Da que pensar”.

La literatura también se ha ocupado de malos “corrientes”. Truman Capote lo hizo en A sangre fría. Indagó en el atroz asesinato de la familia Clutter por parte de Perry Smith y Dick Hickock. Leila Guerriero ha rastreado la vida de varios criminales latinoamericanos al coordinar el libro de perfiles Los malos (Ediciones UDP), hecho bajo la pregunta ¿de qué está hecho un malo? La periodista y escritora no piensa que “el mal duerma agazapado en cada persona y sea una circunstancia determinada la que lo despierte. Creer eso sería quitarle al malo toda responsabilidad sobre sus actos”. No duda en afirmar que hay una elección personal, “y en esa elección pesan diversas cosas: una convicción, una manera de ver el mundo, una circunstancia. Los malos nos interpelan como sociedad: ¿cómo es posible que en nuestras sociedades hayan prosperado tipos de esa naturaleza? Por otra parte, aunque el mal es diverso, preferimos pensar en el mal como arquetipo. Esa idea nos resulta tranquilizadora: si existiera una fórmula —si, por ejemplo, tuviéramos la certeza de que alguien que ha sufrido maltrato en la infancia resultará, sin dudas, un individuo malo— podríamos detectarlo. Mi sensación es que el mal está, muchas veces, en manos de gente perfectamente común”.

Maldades cotidianas

El interés por conocer los entresijos del mal y sus formas y manifestaciones es tal, que la novela negra o policiaca vive un momento de esplendor. Acerca ese territorio a predios que recuerdan maldades más comunes. La infamia es una de ellas. La conoce el poeta y narrador Francisco Ferrer Lerín. La noveló en Familias como la mía: “La actividad principal del protagonista es considerada jurídicamente infamante, es la de esparcidor o expositor de cadáveres en el monte, como suministro complementario de comida a las grandes aves necrófagas y a otras especies amenazadas de extinción. Y así, la descripción en un libro de una actividad beneficiosa para el medio ambiente es catalogada como infamia de hecho”.

En un espacio más corriente y del que todos han sido por lo menos testigos circula la calumnia. “Según Dante, en un profundo foso del Infierno gime el calumniador”, recuerda Basilio Baltasar, autor de Pastoral iraquí y director de la Fundación Santillana, organizadora de las Conversaciones de Formentor. Explica que “el asesino posee frialdad o cólera; el ladrón, una cierta intrepidez; los glotones, avaros y adúlteros calman su apetito con relativa modestia; pero el difamador necesita una gran imaginación narrativa. Como encarnación del mal, el calumniador no supera a los grandes criminales, pero la corrosión que produce es más perfecta: incesante, despiadada, impune. En el teatro del mundo, las dotes escénicas del difamador son muy influyentes”.

Como Yago, en Otelo, de William Shakespeare: “Señor, veo que sois juguete de la pasión, y ya me va pesando mi franqueza. ¿Queréis pruebas?”. Y su destino será como las preguntas del mal que van al mar de las respuestas perdidas.

En la lista negra

La Biblia es un vergel de malos. El mundo se abre con el asesinato de Abel a manos de Caín y se cierra con el anticristo liderando el Apocalipsis.

Shakespeare creó grandes malos, desde el Yago que susurra su veneno calumniador a Otelo hasta Lady Macbeth, que desliza el suyo para ayudar a que su marido sea rey.

En el mundo fantástico reina Sauron, que desata sus fuerzas oscuras en la Tierra Media de El señor de los anillos, de Tolkien. Magia negra es la que despliega Lord Voldemort en el colegio Hogwarts de Harry Potter, de Rowling.

Entre los malos incansables figuran el inspector Javert, que persigue a Jean Valjean, en Los miserables, de Victor Hugo, y un contemporáneo como Anton Chigurh, el psicópata asesino de No es país para viejos, de McCarthy.

Relaciones especiales con el mal son las de Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Conrad, y la del músico Faustus y su pacto con el demonio en Doktor Faustus, de Thomas Mann.

Entre los malos más populares están el profesor Moriarty de la serie de Sherlock Holmes, de Conan Doyle; el tirano cerdo Napoleón de Rebelión en la granja, de George Orwell, y Mister Hyde, la personalidad criminal del Doctor Jekyll, de Stevenson.

Entre las bandas de violentos malvados porque sí figuran los cuatro amigos, encabezados por Alex, de La naranja mecánica, de Anthony Burgess.

lunes, 13 de junio de 2011

La banalidad del mal

Muchos piensan que el mal tiene cara de actor de cine; que ha ido a un casting de feos, por así decir, o que es cuando menos malencarado y oscurito, como es caricortado y negroide el señor de la escafandra que gobierna el reverso tenebroso de la fuerza. Arendt, por el contrario, que lo padeció un bastante, decía que el mal era un hombrecillo gris, banal y rutinario desprovisto de conciencia moral ante los efectos siempre lejanos de lo que hace; gente de cuello blanco, corbata y gomina que se considera medio, nunca principio ni fin, y que puede ser modélico padre de familia y eficiente funcionario del horror, aunque sólo porque ese es el esquema más rutinario y mejor trazado.


Esos hombres (y mujeres) son el mal. Que no os engañen sus trajes, sus medallas, sus timbres de gloria, sus caras, bustos y efigies de modelo acuñadas en las revistas, periódicos y pantallas: son el mal. Forman parte de un gran equipo, cuyo cometido general ni siquiera se han preocupado en discernir personalmente; para su fatalidad todo es manifestación del orden supremo, incluyendo el engorde gorrino de sus bolsillos, la anorexia de su conciencia y, por efecto de una extraña oftalmopatía e hipoacusia, el desvío de la mirada por el lado menos problemático y la sordolencia de no reconocer los tonos más agudos y estridentes, los de los gritos. Son los responsables verdaderos del crisismo, por encima de todos los otros estúpidos violentos, porque su violencia es estructural e intelectual, son los autores últimos y responsables intelectivos del crimen de lesa humanidad en que consisten el hambre, la miseria y la pobreza,  y sobre ellos debe caer todo el peso de las instituciones, la moral y la ley.


Pero no ocurre. ¿Por qué?


Porque ellos, esos hombrecillos grises, banales y rutinarios forman parte de un gran equipo, el de las instituciones, la moral y la ley. Porque esos hombrecillos son las instituciones, la moral y la ley; porque esos hombrecillos somos nosotros.


Quiero pensar que con el pensamiento y la voluntad las cosas pueden cambiar; pero como no cambien, aunque el tiempo necesario sea muy largo -ya lo ha sido- terminarán poniéndose los fundamentos para un terror peor que cualquier otro.


Aunque muchas personas de edad dicen que esto les recuerda la situación previa a la Guerra Civil, lo que yo veo es que la situación es más bien parecida a la que había en Italia antes del secuestro y asesinato de Aldo Moro.

sábado, 8 de mayo de 2010

El efecto Lucifer

El cometido más importante de todo profesor que se precie es plantar semillas en sus estudiantes para que algún día germinen en forma de heroicidad. Usted pensará que exagero, que deliro o que he perdido la noción de la realidad, pero creo firmemente que los docentes estamos obligados a crear héroes. No asocien ustedes la heroicidad con las tragedias griegas o los espectáculos hollywoodienses, sino con algo mucho más banal que explica bien Zimbardo en su recomendable libro El efecto Lucifer (Paidós, 2008): todos podemos -estamos condenados a- ser héroes o malvados según el contexto en que nos toque vivir y no debemos olvidar nunca que en cualquier momento nos transformaremos en el peor de los villanos, incluido usted que piensa que “esto le sucede a otros”.
Mi preocupación por la extensión, cada vez mayor, de la maldad en la sociedad me incita todos los años a explicar en clase el experimento de Milgram que este curso he completado hablando del experimento de la cárcel de Stanford dirigido por Philip Zimbardo. Dicha experiencia consistió en tomar dos grupos de estudiantes universitarios voluntarios, de los que una decena actuaría como presos y otros diez fingirían ser guardias de una prisión que se situó en el sótano de la universidad. Todos sabían que estaban representando un papel pero con el paso de los días afloraron en los guardianes las peores de las maldades, a pesar de que eran jóvenes equilibrados e inteligentes. Vean este vídeo para entenderlo mejor. La moraleja de este experimento es fácil de deducir: si a una persona, por bondadosa que sea, la situamos en un contexto que facilite la deshumanización del otro, acabará comportándose como el más tenebroso de los malhechores. Esta característica humana tiene implicaciones claras en el mundo educativo, donde es muy tentador deshumanizar a los alumnos para poder arrojar sobre ellos, sin cargo de conciencia ni complejo de culpa, la peor de nuestras inquinas. Zimbardo lo explica mejor:
Una de las peores cosas que podemos hacer a otro ser humano es privarle de su humanidad, despojarlo de todo valor mediante el proceso psicológico de la deshumanización. Esto sucede cuando pensamos que los “otros” no tienen los mismos sentimientos, pensamientos, valores y metas que nosotros (p. 308).
Además hemos de tener en cuenta las reglas de juego que hacen que el sistema educativo sea como es, es decir, un proyecto desilusionante que más bien parece diseñado ex profeso para amargar la existencia de estudiantes y profesores e impregnarlas de desconfianza y antipatía; solo quien posea la fuerza suficiente para sortear el desastroso sistema diseñado para el odio y la competitividad absurda podrá amar a sus alumnos. A esos que están arriba dirigiendo el “cotarro” educativo habría que echarles en cara su dejación de funciones: su deber es prestigiar la educación poniendo los medios a su alcance -que no son económicos ni tienen que ver con los trastos tecnológicos- para que la relación profesor-alumno sea de amor y no de enfrentamiento como suele ser habitual. Zimbardo lo explica mejor:
El Poder del Sistema supone una autorización o un permiso institucionalizado para comportarse de una manera prescrita y la prohibición o el castigo de los actos que no se atengan a ella. Proporciona una “autoridad superior” que valida (…) la realización de unos actos que en otras circunstancias estarían limitados por unas leyes, unas normas, unos principios y una ética ya existentes. (p. 313).
Para más inri los profesores somos víctimas del efecto Pigmalión. He comprobado en mi propia piel su grave peligro porque, a pesar de que soy consciente de que existe, cada vez que un profesor me habla mal de un alumno es inevitable que mi disposición hacia el joven cambie. Ir contra este fenómeno, al igual que cuando se rema contra corriente, puede despertar recelos entre otros compañeros profesores y en un país como este, hipersensible a la crítica, lo mejor es callarse si uno no desea convertirse en un profesor-paria. Zimbardo lo explica mejor:
Esta prisa en atribuir la etiqueta disposicional de “chicos malos” a unos pocos delincuentes es demasiado frecuente entre los guardianes del Sistema. Lo mismo hacen muchos directores y enseñantes de centros educativos: emplean este recurso para culpar a los estudiantes “problemáticos” en lugar de dedicar tiempo a evaluar efectos alienantes de unos planes de estudios aburridos o de las prácticas insuficientes de ciertos enseñantes que podrían provocar estos problemas. (p. 426).
Pero lo peor de todo es el politiqueo a costa de la educación; como muestra un botón: la semana pasada estuve junto a dos de mis alumnos ganadores de un concurso cuyo premio consistía en asistir a las Cortes de Castilla-La Mancha para debatir los temas de índole ética que plantearon en sus blogs. Asistí a un espectáculo en el que los jóvenes -no los míos sino otros menos avisados- no pudieron expresarse en libertad y se vieron obligados a ceñirse a leer lo que los diputados oficiales les dijeron que leyeran. Algunos estudiantes estaban indignados pero otros, con afán de protagonismo más que de servicio político, entraron en el juego servil y clientelista que no hace más que reproducir el poder establecido y nos deja pocas esperanzas para soñar con una juventud que luche con firmeza por el bien de su sociedad. Como anécdota añadiré, para mostrar la doble moral de la casta política, que se trataba de un concurso en el que había cuotas de género ya que sólo podía ganar un alumno y una alumna por cada centro aunque, paradójicamente, en la mesa del presidente había cuatro diputados oficiales y una sola diputada oficial; por cierto, ésta se ausentó bastante tiempo y entre los diputados uno hablaba por el teléfono móvil y otro leía el periódico mientras los jóvenes explicaban sus pseudopropuestas. Es perentorio que ante afrentas como estas el profesor incite a la rebelión verbal justa. Zimbardo lo explica mejor:
Muchos de los que se arrogan autoridad son seudolíderes, falsos profetas, estafadores que sirven a sus propios intereses a los que, en lugar de respetar, habría que desobedecer y desenmascarar. Los padres, los enseñantes y las autoridades religiosas deberían desempeñar un papel más activo para enseñar a los niños esta diferencia fundamental, para que sean educados y corteses si la autoridad está justificada, y para que sepan resistirse a la autoridad que no merezca respeto. (p. 559).
En esta línea y para evitar resbalar en la pendiente, no permitamos los profesores tolerar pecados veniales porque “creamos que nuestra función no consiste en ser policías”. Los profesores sí que somos guardianes, guardianes de la bondad y de la felicidad, y para salvaguardarlas es crucial ser intolerante con los estudiantes que fuman frente a sus compañeros más jóvenes, con quienes propalan groserías, con los que cuentan chistes machistas y racistas y con quienes se ríen con ellos, con los que critican sin argumentos o extienden rumores falsos, etc. Si un profesor calla ante estas cuestiones planta las semillas para tener en el futuro un mundo peor porque los alumnos interiorizan que ser un poquito “malo” es algo normal, pero no son conscientes de que una vez que se da el primer paso hacia la maldad está abierto el camino hacia comportamiento más graves. Zimbardo lo explica mejor:
Intentemos no caer en pecados veniales o pequeñas transgresiones, como engañar, mentir, chismorrear, propagar rumores, reírnos de chistes racistas o sexistas, intimidar a otros o burlarnos de ellos. Estos actos pueden ser peldaños hacia pecados más graves. Las grandes maldades siempre empiezan con pasos pequeños que parecen triviales, pero recordemos que la maldad es una pendiente muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy fácil deslizarse hasta el fondo. (p. 562).
En definitiva, un profesor-héroe, a la luz de lo que dice Zimbardo, es aquel que ama a sus alumnos y no se deja contaminar por corrientes negativas, conformistas e indiferentes. El autor explica muy bien esa sencilla actitud, banal a más no poder, que es la característica intrínseca del carácter heroico.
El heroísmo hace que nos centremos en los aspectos positivos de la naturaleza humana. Los relatos de heroísmo nos atraen porque nos recuerdan que la gente es capaz de resistirse a la maldad, de no ceder a las tentaciones, de superar la mediocridad y de responder cuando los demás no actúan. (p. 568).
Para terminar, si bien es cierto que todas las asignaturas son interesantes hay una que es apasionante y que tiene la capacidad de hacer de los seres humanos mejores personas y, en definitva, plantar semillas que germinen en forma de heroicidad: la Filosofía. Zimbardo, como siempre, lo explica mejor:
La clave de su supervivencia fue recurrir a su anterior formación en filosofía, lo que le permitió recordar la enseñanza de los filósofos estoicos. De este modo, Stockdale pudo distanciarse psicológicamente de la tortura y el dolor, que no podía controlar, y dirigir su pensamiento hacia cosas que sí podía controlar en el entorno de la prisión. (p. 581).