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domingo, 16 de agosto de 2026

Los desconocidos restos de Lorca

 Por qué no se han podido encontrar los restos de García Lorca 90 años después de su ejecución en la Guerra Civil española, en BBC Mundo, Alicia Hernández, 16 agosto 2026:

Da igual el lugar de España en el que te encuentres: tienes una fosa común a menos de 50 kilómetros. Hay alrededor de 6.000 en todo el territorio, según datos del gobierno español. Más de 11.000 personas permanecen enterradas en ellas, sin identificar, ajusticiadas durante la guerra civil (1936-1939) que asoló al país europeo o durante la represión posterior del régimen de Francisco Franco. Esas son las cifras del gobierno. Pero hay expertos que calculan que podrían ser entre 20.000 y 25.000 personas.

Entre todas esas fosas comunes, hay una en específico que se ha buscado durante décadas sin resultados. Es en la que yacen los restos del poeta y dramaturgo granadino Federico García Lorca, autor de obras como "Bodas de sangre", "La casa de Bernarda Alba" o "El Romancero Gitano".

Este 18 de agosto se cumplen 90 años de su asesinato. Se cree que fue fusilado en un paraje entre los pueblos de Víznar y Alfacar, en la provincia de Granada, en el sur de España.

El régimen de Franco (1939-1975) prohibió hablar de este asesinato, y la figura y obra de Lorca sufrieron una fuerte censura durante décadas, sorteada de modo clandestino dentro de España. En el exterior, los intelectuales exiliados, especialmente en México y Argentina, se encargaron de mantener vivo su recuerdo.

Traducida su obra a multitud de idiomas, interpretada, estudiada y celebrada en todo el mundo, España tiene una deuda pendiente con Lorca: lograr dar con sus huesos, con el lugar donde fue arrojado su cuerpo, posiblemente de madrugada, pocas semanas después de que empezara la guerra civil. Pero hay varios elementos que hacen que esta búsqueda sea complicada.

El contexto

Un mes antes del asesinato de García Lorca, el 17 y 18 de julio de 1936, se dio un intento de golpe de Estado por parte de fuerzas militares que se autodenominaron "nacionales". El objetivo era derrocar el gobierno del Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda al frente de la Segunda República.

El sistema republicano se instauró en España después de que en las elecciones municipales de abril de 1931 se diera un apoyo mayoritario a los partidos republicanos y socialistas frente a los monárquicos.

"La República abre un montón de grietas en lo social, lo cultural y lo religioso. Quiso modernizar España y en ese contexto abrió heridas entre quienes no querían tanto avance y quienes creían que no se había avanzado lo suficiente", explica a BBC Mundo Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

Un monolito en memoria de las víctimas de la Guerra Civil, con la inscripción "Lorca eran todos" y la fecha 18-8-2002, se alza en un lugar donde se han hallado cinco fosas comunes y cerca del sitio donde, el 19 de noviembre de 2014, arqueólogos buscaban otra fosa en Alfacar, cerca de Granada. 

En un Madrid en el que se escuchaba el ruido de sables, el clima violento se recrudeció con los asesinatos del teniente republicano José del Castillo el 12 de julio y del monárquico José Calvo Sotelo al día siguiente.

Lorca estaba esos días en la capital española y el 14 de julio decidió irse a su Granada natal, donde estaba su familia. Puede que porque pensaba que allí estaría más seguro. Como relata Casanova, el golpe de Estado, aunque se dio con mucha violencia, no prosperó en toda España. "Fracasa donde hay una división de las fuerzas armadas y no es hasta mediados de agosto de 1936 que se sitúan los frentes y eso deriva en la guerra civil". Pero, en el caso de Granada, "triunfa el golpe y no hay ninguna posibilidad de resistencia porque la gente no está armada".

Todas las papeletas

Muerto cayó Federico

—sangre en la frente y plomo en las entrañas—

... Que fue en Granada el crimen

sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

"El crimen fue en Granada" - Antonio Machado

En una frase que se ha hecho famosa, Lorca llegó a decir, con sorna, que él era "católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico".

El poeta, que provenía de una familia burguesa acomodada, se dedicó a una profesión liberal y se rodeó de un mundo vanguardista y surreal con genios como Luis Buñuel o Salvador Dalí. Nunca se afilió a ningún partido político, pero llevó el teatro a la España rural -con el objetivo de acercar la cultura al pueblo- con el proyecto La Barraca, impulsado por el ministro de Instrucción Pública, el republicano Fernando de los Ríos.

Sin olvidar su condición de homosexual, algo por lo que fue víctima de ataques en varias publicaciones tradicionalistas tiempo antes de que lo mataran.

"Era un conocido comprometido con la cultura y la educación. Lorca tenía todos los números para que lo mataran. Si cayeron miles de obreros, ¿cómo no iban a hacerlo con gente como él?", remarca Casanova.

El historiador asegura que es un mito que hubiera una lista negra con su nombre o el de otros intelectuales. "Cuando las armas sustituyen a las palabras, la atmósfera inclemente se lleva por medio a todo el mundo", apunta.

Y aunque hay quienes aseguran que México o Colombia ofrecieron a Lorca asilo, Casanova dice que no hay documentos que lo prueben, por lo que, lo más inteligente en esas primeras semanas, era buscar "alguien que te proteja o que te salve". Después de que fueran a buscarlo varias veces a su finca de la Huerta de San Vicente, se refugió en casa de su amigo Luis Rosales. La familia Rosales era cercana a la Falange, la agrupación fascista que luego fue el partido único durante el franquismo. "Pensaba que al ser ellos falangistas, estaría más protegido", declaró Gerardo Rosales, sobrino de Luis, en una entrevista.

Allí duró una semana, hasta que Ramón Ruiz Alonso -ultraderechista y parte de las milicias que reprimieron a los republicanos en Granada-, obligó a Rosales a confesar y detuvo a Lorca. "No tuvo más remedio que admitirlo, se estaba jugando la vida él también", añadió su sobrino.

Pocos datos, muchas versiones

Cuando se hundieron las formas puras

bajo el cri cri de las margaritas,

comprendí que me habían asesinado.

 Poeta en Nueva York - Federico García Lorca

A partir de ahí, las voces y versiones, como el tiempo transcurrido, han aumentado, porque registros hay pocos, pero los relatos -más o menos fiables-, son muchos. Se sabe que lo mataron junto a dos banderilleros anarquistas, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, y un maestro republicano, Dióscoro Galindo. Se cree que posiblemente fue entre las 4 y las 5 de la madrugada del 17 al 18 de agosto y en un paraje en la sierra de Granada, entre las localidades de Víznar y Alfacar.

En 2007, bajo el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, se promulgó en España la Ley de Memoria Histórica con el objetivo de reconocer a las víctimas del franquismo, eliminar los símbolos de la dictadura y facilitar la búsqueda de fosas comunes.

En 2022, con Pedro Sánchez como presidente, llegó la Ley de Memoria Democrática, en la que se establece que la búsqueda de desaparecidos es competencia del Estado.

En 2008, el juez Baltasar Garzón ordenó abrir varias fosas, entre ellas algunas en las que se creía podían estar los restos de Lorca. Fue el primer intento de exhumación. Luego hubo otros dos más en 2013 y 2016.

El periodista y fotógrafo Santi Donaire estuvo durante 8 años asistiendo a las exhumaciones de la fosa de Paterna (Valencia), donde fueron fusiladas más de 2.200 personas tras la guerra civil.

De esa experiencia surgió su libro "Punto Ciego". Antes de eso, en 2015, estuvo en Granada durante los intentos de búsqueda de la fosa de Lorca y sus compañeros de infortunio.

Si en Paterna los trabajos fueron "sencillos", no fue así en Víznar y Alfacar. "A diferencia de Paterna, que es represión postbélica, se mata de modo sistemático, hay registros y se puede ver el recorrido de la persona hasta que es asesinada, cuando matan a Lorca es en el inicio del conflicto y no hay un sistema, no hay registros documentales", le cuenta a BBC Mundo.

Así, no hay documentos que certifiquen ni el lugar ni la hora precisos de la ejecución de Lorca. Solo están las versiones del boca a boca que con el paso del tiempo han quedado registradas, según distintos métodos, por los historiadores.

Una de las versiones es la que recoge periodista Agustín Penón en los años 60, que se basa en el testimonio del apodado como "Manolillo el comunista", que luego recogería el hispanista irlandés Ian Gibson. Otra es la del investigador granadino Federico Molina Fajardo.

En ambas, la fosa de García Lorca está dentro de la misma zona, entre Víznar y Alfacar, pero bien distantes. Se han hecho excavaciones en ambos puntos y no se han encontrado restos humanos.

Miguel Caballero, investigador del Instituto de Estudios Históricos del Sur de Madrid, participó en el último intento de encontrar los restos de Lorca en 2015. Además, se ha centrado en el estudio de las últimas horas de vida del poeta siguiendo la estela de Molina Fajardo y haciendo uso de los pocos registros y documentos que hay disponibles. Uno de los problemas, según Caballero, es que "no hay constatación documental que nos pueda decir dónde estaba" y, a su juicio, la tesis que recoge Penón "es la versión que la policía franquista le da para despistarlo". Y la de Molina Fajardo, que, según él, "sí habló con las personas que habían participado en el asesinato", está incompleta.

En 2015 se hizo público un documento de dos folios mecanografiados con fecha de julio de 1965 -es decir, durante la dictadura de Franco-, que sitúa el fusilamiento del poeta en Víznar y su enterramiento a pocos kilómetros, en el paraje de Fuente Grande, añadiendo una nueva versión del lugar. En el mismo documento se tacha a Lorca de "socialista, vinculado a Fernando de los Ríos, masón y tildado de prácticas de homosexualismo".

Para Caballero, "el crimen fue prioritariamente de componente familiar, y circunstancias como sus amistades y su homosexualidad lo agravaron, pero fueron rencillas personales con el padre". Y argumenta que parte de la gente involucrada en la muerte de Lorca tenía relación familiar en algún grado con él.

Otra de las versiones que apareció en estos años es que, poco después de su asesinato, el padre de García Lorca pagó una suma enorme de dinero para recuperar el cadáver y poder enterrarlo en otro lugar. Según esta versión, el poeta fue enterrado en la finca de la Huerta de San Vicente propiedad de la familia García Lorca, cuyos miembros han negado rotundamente que esto sea cierto. "Hay muchas elucubraciones. Cada año surge una invención nueva", señala Caballero.

Geología, familia y política

"Quiero dormir el sueño de las manzanas

alejarme del tumulto de los cementerios."

Diván del Tamarit – Federico García Lorca

A todo esto se añade cómo es el lugar en el que se supone está enterrado Lorca: además de tener que explorar en miles de metros cuadrados, se trata de una zona montañosa con muchos cambios en la orografía y alteraciones a lo largo de las décadas.

"Ha habido alteraciones. Primero agrícolas, ya que se han plantado y quitado olivos. Además, en los años 80 hubo una gran alteración para hacer una pista de motocross, cosa que me parece muy significativa", explica Santi Donaire.

Por eso, encontrar el terreno original de hace 90 años no es sencillo. Donaire detalla que en las excavaciones en las que él estuvo presente, se tuvo que retirar el equivalente a una piscina olímpica de tierra hasta alcanzar el suelo de 1936.

Francisco Carrión, profesor de la Universidad de Granada y director de la cátedra de Memoria Democrática Salvador Vila, participó en 2013 en la búsqueda de la fosa. Pero matiza que "no por buscar a García Lorca, sino al maestro Dióscoro Galindo, cuya nieta, Nieves Galindo, ha solicitado durante muchísimos años la búsqueda de su familiar".

Nieves Galindo llegó incluso a recurrir a los tribunales para poder encontrar los restos de su abuelo.

Para Carrión, esta empresa "no es que sea difícil, es que nos falta información y hay silencios muy prolongados, entre otros, los de los propios familiares" de Lorca.

La familia del poeta ha mantenido a lo largo de los años que no había necesidad de encontrar sus restos y han expresado su deseo de que no se saquen del lugar donde se cree fueron enterrados. En una entrevista reciente con el medio español El Salto, Laura García-Lorca de los Ríos, quien es presidenta de la fundación que lleva el nombre del poeta, dijo que a la familia le parece que "simbólicamente es muchísimo más fuerte que los restos de Lorca estén mezclados con todas las demás víctimas (…) esa distinción entre los restos de víctimas no nos parece bien". Pero también defendió que "que todas las familias que quieren buscar a sus familiares tengan el derecho y la ayuda para hacerlo. Por eso no hemos querido impedir ninguna de las excavaciones".

Para todos los entrevistados hay una capa más que suma tierra sobre la fosa de Lorca: la política. Los temas relacionados con la dictadura, las propias leyes de memoria y la búsqueda de fosas reabren siempre un enconado debate en España entre las personas que dicen que "es mejor dejar las cosas como están" y aquellos que reivindican que buscar y reconocer a esas víctimas de la guerra civil y darles, como dice Carrión, "digna sepultura, es un acto de verdad, justicia y reparación".

"¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,

y que el mar recordó ¡de pronto!

los nombres de todos sus ahogados".

Poeta en Nueva York - Federico García Lorca

viernes, 24 de julio de 2026

Una nueva novela sobre la generación del 27

 I

‘Mister Ángel del Río’: el profesor de literatura que los conoció a todos y veraneó con García Lorca, en El País, por Domingo Ródenas de Moya, 24 jul 2026:

Enrique Andrés Ruiz novela la vida de una figura central del gran hispanismo norteamericano en relación a muchos otros protagonistas, de los hermanos García Lorca a Luis Quintanilla y de Antonio Machado a Gerardo Diego

Recuerdo muy vivamente la lectura de la Historia de la literatura española que Ángel del Río había publicado en 1948 en Nueva York, en cuya Universidad de Columbia profesaba y donde estaba exiliado. Se reeditó en 1982, como otro signo más aparente que real de la superación del ostracismo de la diáspora intelectual republicana. A este historiador que había sido alumno de Machado en Soria, estudió en Estrasburgo, vivió en México y Puerto Rico y se instaló en Nueva York para convertirse en una figura central del gran hispanismo norteamericano, le ha dedicado Enrique Andrés Ruiz, con primor estilístico y exquisita sensibilidad, esta novela diseñada como un archipiélago de momentos y gentes dignas de memoria.

Aunque el título sitúa a Ángel del Río en primer plano, muchos de los momentos pivotan sobre otros protagonistas, como Machado o Gerardo Diego cuando llegaron a Soria como profesores de instituto (en 1907 y en 1920); como su estudiante el poeta Bernabé Herrero (figura dramática que recorre todo el libro); como los aventureros revolucionarios que cuajan en el México de 1919 el Partido Comunista (con el que Del Río tendrá estrecha relación desde que llega al país azteca en 1924); como los jóvenes inquietos que pululan en el brillante Madrid coetáneo, por ejemplo Juan de Andrade, fundador del PCE; como los profesores de la escuela estival de Middlebury (la plana mayor de la generación del 27), o, por no seguir con una lista de decenas de nombres (la misma que se consigna con ironía en el capítulo 58), Federico García Lorca cuando veraneó en 1929 con los Del Río, Ángel y Amelia Agostini, en las Castkill Mountains (ahí se tomó la foto de la cubierta). Cada una de estas presencias reclama su propio rescate biográfico, casi diría su propia salvación narrativa, como parte de una oceanografía en nuestro pasado más valioso que sigue en marcha y dista de estar concluida.

La inmersión de Enrique Andrés Ruiz tiene un motivo aparente en su parentesco con Del Río y una razón de fondo en su voluntad de homenajear con admiración aquella irrepetible concentración de talento que hizo posible un clima único de moveable feast intelectual (y Hemingway es otro de los invitados a esta fiesta). Como lo único que nos va quedando de aquella fiesta cultural ambulante son papeles amarillentos (en bibliotecas, hemerotecas y archivos), el autor ha querido poner de manifiesto su tarea de lector y escrutador de esos documentos olvidados e inertes. Así, se representa a sí mismo concibiendo el libro, compartiendo sus dudas con su amigo Santi —que anticipa que los críticos calificarán de “coral” la novela…—, reflexionando sobre la actividad fascinante de insuflar vida al rimero de datos yertos que acumula la investigación: “Lo que he leído hubo quien lo vivió”. Y esa operación a caballo de la memoria y el deseo, en la que cobran vida Francisco García Lorca y Laura de los Ríos, Tomás Navarro Tomás y Eugenio Florit, Eugenio Granell, Julián Gorkin o Luis Quintanilla —¡qué novela tiene Quintanilla!— se lleva a cabo con pudor, con escrúpulo de profanador, y con una escritura de mucha altura literaria, elegante, sabia y sabrosa, que hace de cada página sea un placentero regalo para el lector. Lástima que su amigo Santi tenga razón: la literatura es un arte lento refractario a la multitud.

II

Mister Ángel del Río, Novela de los nombres, por Enrique Andrés Ruiz

Ángel del Río (1901-1962) fue un insigne profesor español de la Universidad de Columbia y figura clave en el desarro­llo del hispanismo. Del Río recibió y acompañó a Federico García Lorca en el viaje en el que éste alumbraría Poeta en Nueva York, algunos de cuyos poemas le están dedicados. Compañero y estudioso de la generación del 27, su destino se cruzó con el de pintores, escritores, exiliados, revolucio­narios, agentes de inteligencia…, entre cuyos nombres los hay tocados por la gloria –como los de Machado, Lorca, Salinas, Hemingway o Diego Rivera–, pero también los hay falsos, los hay dobles, los hay oscuros, los hay invi­sibles. Este trágico contraste entre las vidas comunes y los seres bañados por la luz de la inmortalidad impregna toda la novela y revela, también, la condición fabulosa de la his­toria literaria y de sus héroes.

Con una trama –de ritmo a veces trepidante y otras con­templativo– en la que lo metaliterario y la ficción se trenzan con la Historia, y mediante una prosa de aliento lírico, En­rique Andrés Ruiz pinta un vívido retrato de una parte del exilio español en Estados Unidos a raíz de la Guerra Civil. Lo que empieza siendo una febril búsqueda de la huella del profesor acaba por transmutarse en una hermosísima novela sobre la pulsión de escribir, sobre lo que sabemos y nombramos, y sobre lo que desconocemos e inventamos. Como un «alfarero», el narrador de esta obra moldea la materia, «yerta, muda», de los documentos y la entrevera con la imaginación «para dar voz y cuerpo a las palabras, para que los nombres recobren la carne perdida».

[...]

Leído en la prensa

«El subtítulo de Mister Ángel del Río, “Novela de los nombres”, nos indica que el autor no pretende hacer un trabajo académico ni limitarse a novelar la vida de un aplicado estudioso de la literatura española. La erudición y el trabajo académico caducan antes, bastante antes, que la creación literaria. Muchos otros nombres, unos todavía famosos incluso —hace un cameo Marylin Monroe—, otros que lo fueron y han dejado de serlo o que nunca lo han sido, acompañan al de Ángel del Río en este libro fascinante, bien documentado y escrito con “calidad de página”, como se decía en tiempos de Ortega.» José Luis García Martín, El Diario Montañés»

«Pero el autor no pierde nunca el hilo de que el libro es un homenaje biográfico al profesor Ángel del Río: quizá la parte más emotiva, más sentida, de esta narración, que se lee con una facilidad notable, lo que da idea de su capacidad literaria […]» Juan Ángel Juristo, ABC

viernes, 29 de mayo de 2026

El archivo de Vicente Aleixandre. Halladas 500 fotografías

I

El archivo de Vicente Aleixandre envejece en una casa en 55 contenedores de plástico, El País, Juan José Mateo, Madrid - 4 MAY 2025:

El legado del último poeta español premio Nobel, que incluye correspondencia con varias generaciones de escritores y manuscritos, se encuentra en una vivienda del noroeste de Madrid, sin digitalizar y sin acceso para los investigadores

“Olvidar es morir”, decía Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898-Madrid, 1984), miembro destacado de la generación del 27 y último poeta español distinguido con el Premio Nobel de Literatura, en 1977. Los papeles, libros y algunos objetos personales de Aleixandre están desde hace casi cuatro décadas ocultos a la luz pública, en cajas de plástico en una vivienda de una localidad del noroeste de la Comunidad de Madrid, mientras el paso del tiempo amenaza con marchitarlos. Este legado, que el Gobierno regional declaró Bien de Interés Cultural (BIC), el 7 de diciembre de 2022 —el máximo nivel de protección— y del que ha manifestado su interés en adquirir, “no se encuentra en las adecuadas condiciones de conservación”, según el informe que habían firmado los técnicos de la CAM seis meses antes, en junio, y al que ha tenido acceso este periódico. Tampoco está digitalizado.

La Comunidad subrayó, cuando aprobó la declaración BIC, su “importancia cultural e histórica y el valor bibliográfico y archivístico”. Es un conjunto formado por unos 6.400 documentos y una biblioteca de 4.250 libros, “muchos, primeras ediciones”. Este archivo ha sido objeto de disputa en los tribunales, entre otras razones, porque Aleixandre no dejó ningún documento en el que estableciera el reparto de su legado cultural.

Tras el fallecimiento del poeta, que no tuvo hijos, este legado fue a las manos de su íntimo amigo y discípulo Carlos Bousoño, también poeta, premio Príncipe de Asturias de las Letras (1995), y a la esposa de este. Fallecido Bousoño, en octubre de 2015, desde entonces sus propietarios son su viuda, Ruth Bousoño, y sus dos hijos.

Aleixandre sí había hecho un testamento, al que ha tenido acceso este periódico, en 1940. En él dejaba a su hermana como “única heredera de todo su patrimonio en pleno dominio y de libre disposición”, señalaba el documento. El poeta dictó ese testamento con poco más de 40 años porque padecía una grave enfermedad renal —le habían tenido que extirpar un riñón—. “Esto indica que no hubo voluntad legal alguna de dejar el llamado archivo a Carlos Bousoño, al que conoció después, en 1942”, subraya Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, entidad que desde hace 30 años alza la voz para que se preserven la casa y el legado del escritor sevillano.

Además, hay una familiar del poeta en desacuerdo con su actual destino. Se trata de Amaya Aleixandre, sobrina segunda del poeta y la heredera principal de Velintonia, la casa en la que vivió el Nobel, de la que posee el 60% y que acaba de ser adquirida por la Comunidad de Madrid por 3.193.225 euros, tras décadas de desencuentros entre los diferentes herederos de Aleixandre, por un lado, y la indiferencia de las administraciones, por otro.

La Comunidad Autónoma de Madrid (CAM) señalaba en la declaración BIC que el estudio del archivo de Aleixandre permitiría “comprender la historia de la literatura española contemporánea” por sus “manuscritos en verso y prosa, poesías, algunas de las cuales figuran como inéditas; galeradas de obras del autor con notas manuscritas” y una “interesantísima correspondencia con autores como Pío Baroja, Gregorio Marañón, Luis Cernuda, Max Aub, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Luis Antonio de Villena, Juan Luis y Leopoldo Panero, Octavio Paz, [la agente literaria] Carmen Balcells, Camilo José Cela y José Manuel Caballero Bonald”. También hay cartas con Josefina Manresa, la viuda de Miguel Hernández, gran amigo de Aleixandre, encarcelado por el franquismo y muerto en prisión en 1942.

“A nadie que conozca la trayectoria de Aleixandre le extraña que nos donara su archivo a Carlos y a mí”, dice Ruth Bousoño por wasap a EL PAÍS. “Quien haya leído el libro de José Luis Cano [poeta y crítico] Los cuadernos de Velintonia, de conversaciones con Aleixandre, sabrá que Vicente no se cansó de decir que su familia no tenía el más mínimo interés en su condición de poeta, ni en su obra”.

Una fuente de la máxima confianza del consejero de Cultura de Madrid, Mariano de Paco Serrano, declara que van “a intentar comprar el archivo”. “Tanto la Comunidad como el Ayuntamiento, de la mano de Marta Rivera de la Cruz [exconsejera regional de Cultura], han establecido contactos con la propietaria. El archivo nos preocupa tanto como la ruina de Velintonia”, que necesita, por cierto, acometer con urgencia unas obras que pueden rondar los 100.000 euros. La CAM ha ofrecido al Ministerio de Cultura una compra conjunta del archivo Aleixandre, aunque, por el momento, el departamento que dirige Ernest Urtasun no se ha pronunciado.

El mismo interlocutor apuntaba que el precio de compra estaría en torno a los cinco millones de euros. “La predisposición de la propietaria es total, consciente del valor de lo que tiene, aunque es posible que haya desperfectos”, reconocía.

Mientras, el tiempo pasa y el archivo se conserva en el domicilio de Ruth Bousoño, “en 55 contenedores de plástico, totalmente inadecuados”, como dijeron los técnicos regionales. “Un archivo organizado sin criterio archivístico”, añadían, antes de advertir que en algunos documentos había presencia de humedad y suciedad. Con todo, “en líneas generales los materiales están en buen estado”.

Por otra parte, solicitaban “poder abrirlo a la investigación y a la consulta pública, algo que lleva mucho tiempo demandándose por investigadores de la obra de Aleixandre”. La propietaria asegura que “el archivo está cuidado con mimo”. EL PAÍS ha contactado con esta para poder comprobarlo, pero sin éxito.

El de la CAM no es el primer intento de compra de este archivo. En 2007, la Junta de Andalucía y la Diputación de Málaga ofrecieron cinco millones de euros a los Bousoño, en una operación que se abortó por una demanda que interpuso Amaya Aleixandre. La polvareda judicial y su repercusión en los medios de comunicación acabó echando para atrás al Gobierno andaluz.

“Fue entonces, en 2007, por la prensa, cuando yo me enteré de la existencia del supuesto archivo de mi tío. Él no había sido consciente de tener ninguno”, dice Amaya Aleixandre, quien coincide en esta consideración con Alejandro Sanz

“Es cierto que mi tío había manifestado a la familia que cuando falleciese, si podían, le diesen su biblioteca a Carlos Bousoño”, agrega la sobrina del poeta. Los Bousoño también recibieron un cuadro, un magnífico retrato de Aleixandre del artista cubano John Ulbricht, y un grabado de Joan Miró dedicado al Nobel. Ambas obras aparecen en el inventario de los Bousoño que revisaron los técnicos de la CAM. “Pero no había motivos para darles nada más”, insiste Amaya Aleixandre, en alusión a las cartas y papeles.

“Fui yo la portavoz de Vicente desde el mismísimo instante en que recibió el Nobel”, declara a este diario Ruth Bousoño. “Y él le dijo a Carlos que fuera yo quien se ocupara de sus manuscritos. Vicente vino a nuestra casa a traernos [parte del archivo]. Él, que no solía salir de su casa. Prueba de ello es la foto de este en nuestro salón con algunos objetos del archivo”.

Hay también objetos, como una máscara mortuoria que encargaron los Bousoño y que tanto la sobrina como el presidente de la asociación ven ilógico que se considere parte del archivo por ser posterior al fallecimiento. Además, la capa marrón con la que se paseaba Aleixandre por el jardín de su casa, el frac que llevó cuando ingresó en la Real Academia Española (RAE), en enero de 1950, y dos radiografías de un hombre que tuvo una delicada salud casi toda su vida. “Nada de eso debería estar ahí”, insiste su familiar.

Cuando se produjo el litigio por el legado, los Bousoño publicaron un artículo en La Nueva España, en octubre de 2007, en el que defendían que era suyo, “como conocían todos los poetas españoles de la posguerra, los críticos literarios y los profesores de Literatura y los periodistas culturales”. “Al morir Vicente, su hermana, Conchita [con la que él vivía], nos dijo que podíamos traernos los objetos que su hermano nos había regalado en vida […] Estaban incluidos todos los manuscritos que había conservado y todos sus documentos, sus libros y todos sus objetos personales”, escribieron entonces.

La pareja añadía que cuando, en diciembre de 1986, murió la hermana del poeta, una prima de este le dijo a Ruth Bousoño “que empezara a retirar esa misma tarde todo lo que quedaba de Vicente debido a que la casa se cerraría”. “Y así lo hice. La familia Aleixandre nunca ha cuestionado la donación del archivo ni su posesión por parte nuestra”, contaban los Bousoño.

A esto contesta Amaya Aleixandre: “Las llaves de Velintonia que se le dejaron circunstancialmente a la señora de Bousoño al morir la hermana de Vicente fue únicamente para que recogieran los libros de la biblioteca y el retrato de Ulbricht”. “En aquellos momentos, mi padre y sus hermanas desconocían por completo los documentos que podían estar almacenados en el sótano de la casa”. Sanz añade: “Vicente no bajaba nunca al sótano de su casa, donde su hermana o el servicio acumulaban los papeles”.

La pelea en los juzgados llegó al Tribunal Supremo, que en diciembre de 2013 falló a favor de los Bousoño gracias, entre otras razones, a que se pudieron acoger a la figura de la usucapión, recogida en el Código Civil. Este principio del derecho reconoce a alguien una propiedad, aunque no pueda justificarla documentalmente, por el hecho de tenerla consigo un tiempo determinado (en este caso se superaban los 20 años).

El fallo también recogía que la sentencia de primera instancia había negado “que los bienes objeto de la reivindicación hubieran sido donados en 1983, pues no consta que se hiciera de forma escrita, y la verbal requería la entrega simultánea de la cosa donada, lo que no consta que ocurriera”. Sin embargo, descartaba que los Bousoño se hubieran hecho con el legado “de mala fe o clandestinamente”.

“Quedó demostrado en las sentencias judiciales por las que tuvimos que pasar Carlos y yo que éramos los copropietarios”, subraya Ruth Bousoño. “La sobrina segunda de Vicente Aleixandre publicó un artículo —que nosotros aportamos como prueba contra ella—, en 2008, en el que dijo que no había visitado a su tío segundo desde que este recibió el Nobel, hasta su muerte en 1984”.

Dada la actual situación del archivo, la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre reclama que se aplique el artículo 46 de la Ley de Patrimonio Cultural de la CAM, que dice que “en aquellos casos en que la conservación de un bien mueble de interés cultural sea deficiente, la dirección general competente podrá acordar su depósito provisional en un lugar que cumpla las condiciones adecuadas de conservación”. Así que proponen “que se expropie un archivo que no puede seguir secuestrado a la espera de que alguien lo compre”, señala su presidente.

Han pasado más de 40 años desde el fallecimiento de Aleixandre, el poeta del exilio interior del franquismo, que escribía poemas de amor en la cama por su delicada salud. Desde entonces, las disputas por sus papeles, sus libros y su casa reflejan lo que dijo antes de entrar al quirófano de la clínica situada a unos metros de su casa en la que falleció: “La vida es un dolor”.

II

Halladas unas 500 fotografías de Vicente Aleixandre, “en su mayoría inéditas”, en una vieja maleta, en El País, Manuel Morales, Madrid - 27 MAY 2026:

Las imágenes, en papel, aunque también hay negativos y placas de vidrio, muestran al poeta y premio Nobel de Literatura con escritores de la generación del 27 y con su familia

El poeta y premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre (1898-1984) con Luis Cernuda, con Rafael Alberti, Dámaso Alonso... Aleixandre con sus familiares (abuelos, padres y hermanos), retratos suyos... y así hasta unas 500 fotografías han aparecido en una vieja maleta de piel, propiedad de una persona en Madrid, ha informado este miércoles la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre (AAVA) en la red social X.

El presidente de la AAVA, Alejandro Sanz, ha dicho, en conversación telefónica, que “la mayoría de esas fotos, en torno al 70% o más, son inéditas”, tras verlas el martes con quien posee la maleta, cuyo nombre prefiere no desvelar. Entre estas fotos hay una que están estudiando en la AAVA para determinar si es inédita, en la que se ve en torno a una mesa a un grupo de personas entre las que están Federico García Lorca, a su lado Aleixandre y en frente de ambos Rafael Alberti.

Sanz asegura que llevaban tiempo detrás de la pista de la maleta, de la que había oído hablar, hasta que por fin han podido ver y tocar las fotos. “Ahora lo importante es catalogarlas, digitalizarlas con urgencia y, en su caso, restaurarlas”. El motivo de esta premura es que las fotos, en papel, aunque también hay negativos en placa de vidrio, muestran la huella del tiempo, “ya que las hay de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado”. En algunos casos, añade, va a ser muy difícil documentarlas, mientras que otras tienen en su reverso información de dónde y cuándo fueron tomadas. Algunas, apunta Sanz, están rotas, otras, lógicamente, están viradas con el característico tono sepia de las fotos antiguas. La inmensa mayoría son en blanco y negro.

Sanz ha podido, al menos, establecer una primera clasificación de las imágenes. “Hay fotografías familiares” del autor de obras como La destrucción o el amor (1935) con sus abuelos, padres y hermanos. Aleixandre tuvo solo una hermana, Conchita, porque sus otros dos hermanos murieron (una niña al nacer y un niño con solo dos años). Parte de esas fotos son en la localidad madrileña de Miraflores de la Sierra, donde los Aleixandre tuvieron un chalet que se llamaba Vistalegre. Destaca Sanz, además, que entre esas tomas, las hay realizadas en estudios de grandes de la fotografía española de esa época, como Alfonso y Kaulak (seudónimo de Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo).

También hay fotos “de Aleixandre él solo, retratos”; luego están en las que posa con otros escritores, entre las que destacan los de la generación del 27, y por último, las de personas vinculadas al poeta, pero en las que no aparece él, añade. Asimismo, se han encontrado tiras de negativos en la maleta que aún no han sido estudiados.

Entre las curiosidades halladas hay también varias fotografías estereoscópicas, y en una de ellas está Aleixandre. Las fotografías estereoscópicas son un conjunto de dos imágenes ligeramente separadas que, a través de un visor, logran al mirarlas la ilusión óptica de convertirse en una y tridimensional.

“Cuando logremos digitalizarlas, la intención de la persona propietaria y de nuestra asociación es que todo esté disponible para el público, aunque eso no significa que las subamos a nuestra web”, apunta Sanz. “Nosotros nos quedaríamos con una copia en alta resolución y nos encargaríamos de su gestión, con lo que está de acuerdo la persona propietaria. Además, ya estamos pensando incluso en publicar un álbum el próximo año con estas fotos, que tendría por título Vicente Aleixandre, retratado".

Precisamente, en 2027 se cumplirá el centenario de la generación de poetas que conformó la Edad de Plata de la literatura española, tras la histórica reunión que se celebró en Sevilla, a la que pertenecieron Aleixandre, Lorca, Cernuda, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Rafael Alberti, entre otros. Además, se cumplirán 50 años de la concesión del Nobel de Literatura a Aleixandre, en 1977, el último poeta español que lo consiguió.

La AAVA se creó en 1995 (Aleixandre había fallecido en 1984) para proteger y reivindicar el legado del poeta, principalmente la casa de Madrid donde vivió con su familia desde antes de la Guerra Civil hasta su fallecimiento, llamada Velintonia. El inmueble fue adquirido por la Comunidad de Madrid en abril de 2025 en subasta pública por 3,1 millones, tras casi cuatro décadas de desacuerdos entre los herederos de Aleixandre y entre las Administraciones (Ministerio de Cultura y Comunidad de Madrid), para convertirla en 2027 en Casa de la Poesía.

lunes, 2 de marzo de 2026

Los enemigos literarios de Pablo Neruda

 "Neruda, Carpentier y Cortázar: Las ceremonias del aniversario (II). El interminable ajuste de cuentas", por José Ramón García Menéndez, en  La Insignia. Diciembre del 2007:

 El pleito Carpentier-Neruda (a veces pueril, con frecuencia agrio) cobró una especial virulencia con la publicación de Confieso que he vivido, libro de memorias de Neruda entre el fecundo balance vital y literario del poeta chileno y su irrefrenable gusto por el litigio contumaz con escritores latinoamericanos contemporáneos. De esta forma, mientras hace una caricatura cruel de la relación política y literaria con Pablo de Rokha, poeta y camarada que se suicidó en 1968, a quien denomina "Perico de Palothes"; Neruda califica a Vicente Huidobro como "egocéntrico impenitente" y desprecia la obra de Nicolás Guillén utilizando el equívoco con Jorge Guillén mediante la siguiente mención literal: "…Guillén (el español: el bueno)".

La práctica de la diatriba en Neruda tuvo un temprano entrenamiento en las animadas tabernas del entorno del Palacio de La Moneda. Desde estudiante y hasta su nombramiento como cónsul en Birmania, en 1927, Neruda recorría con su amigo el poeta Romeo Murga los bares de la calle Nueva York, San Pablo y Bandera, probando vino tinto de las históricas cepas chilenas de pinot con las afamadas empanadas chilenas. Con el tiempo, su displicencia con algunos colegas se atemperó, bien porque muy pronto se reconoció localmente su obra literaria (Crepusculario, Veinte poemas…), bien por su proyección cosmopolita en paralelo a sus quehaceres diplomáticos. No obstante, Neruda siempre recordó con especial nostalgia las tertulias de la calle Bandera y, en concreto, de dos amigos poetas fallecidos prematuramente por el delirio de la bohemia santiaguesa: Alberto Rojas y Alirio Oyarzún. Mientras el primer muere por una bronconeumonía fulminante en una noche de invierno por dejar su abrigo como pago en un bar; el segundo no llega a cumplir 30 años como un Rimbaud andino.

No obstante, la "guerra" entre Neruda y el poeta chileno Pablo de Rokha se convierte en un escaparate paradigmático. Excelente escritor de su tiempo, seguido por un grupo de lectores incondicionales, artesano que dominó un poderoso lenguaje poético, marxista de convicciones y militante durante años, como Neruda, en el Partido Comunista Chileno, tuvo una fijación fóbica y casi enfermiza con Neruda, hasta el punto que publicó Neruda y yo, singular colección de descalificaciones e insultos de un litigio personal y literario con un rango casi infantil. Esporádicamente Pablo Neruda brindaba también algún mensaje al bando contrario, con lo que la hoguera de las vanidades de ambos poetas se mantuvo encendida prácticamente hasta el fallecimiento de Rokha.

Para delicia de las tertulias literarias de Santiago, Valparaíso y Temuco, al interminable ajuste de cuentas entre Rokha y Neruda se sumaba Vicente Huidobro, enfrentado a su vez con los dos anteriores, y que compartía el juicio que a Juan Ramón Jiménez le merecía Neruda: "un gran mal poeta". Por su parte, Neruda ridiculizó a Huidobro por su afectación y ñoñería católica que consideraba a Zola, Anatole France o Blasco Ibáñez como escritores pornógrafos. Este peculiar triángulo (curiosamente, los tres militantes eran del PC chileno) produjo, durante décadas y en los aledaños de la Plaza de Armas, un mercado callejero, no menos peculiar, de panfletos incendiarios, dedicatorias apócrifas y carteles cuyos contenidos eran auténticos bofetones.

La escalada del contencioso Neruda-Rokha-Huidobro tuvo, sin duda, un punto álgido a propósito de los funerales del poeta Rubén Azócar. Neruda, viejo amigo de Azócar, lee en el cementerio un poema con efectuosa dedicatoria "Corona de Archipiélago para Rubén Azócar". En dicho poema, Neruda relata las vicisitudes de Azócar cuando es víctima de la inconfesable conducta de un ladrón de gallinas vestido de negro que abandona a Azócar en un hotel de provincias como rehén de una cuenta no pagada. El "ladrón de gallinas" era Pablo de Rokha y con esta anécdocta se refería Neruda a una gira literaria en el sur chileno de Rokha y Azócar. El resultado desastroso de la gira hizo huir en solitario a Rokha de Santiago sin pagar los gastos de hotel mientras que Azócar tuvo que quedarse y trabajar como friegaplatos y camarero en el establecimiento acreedor para zanjar las deudas de ambos. Días después de la difusión del poema de Neruda dedicado a la memoria de Azócar, Pablo de Rokha responde con una colección de "Sonetos Punitivos contra Casiano Basualto" dedicados con crueldad a la vida y obra del autor de las Odas elementales.

Tampoco fue menos cruel Neruda. Recordemos aquellos versos vengativos del Canto general cuando acusa a los colegas españoles que abandonaron a Miguel Hernández en los presidios del franquismo de postguerra: "Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre/en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos/de perra, silenciosos cómplices del verdugo,/que no será borrado tu martirio, y tu muerte/caerá sobre toda su luna de cobardes."

Años después, Neruda gozó de un revitalizado espíritu pugilístico , cercano a los setenta años de edad, que vuelca en sus memorias, hasta el punto de dedicarle media página a "un cierto ambiguo uruguayo de apellido gallego…(que) publica…panfletos en que me descuartiza…ese poetiso (sic) uruguayo con sus fantásticas incriminaciones". . Neruda se refería al crítico uruguayo Ricardo Paseyro, que sostenía una increíble historia conspirativa en torno al asesinato de Trotsky en México, acusando a David Alfaro Siqueiros y a Pablo Neruda como los autores intelectuales del meticuloso plan, instigado por Stalin, para asesinar al líder comunista. Neruda, en este sentido, responsabilizó a Paseyro como propagador de esa calumnia en Europa. Creía que había influido negativamente en la Academia sueca, que lo había postergado en la concesión del Premio Nobel de Literatura, a favor de Sastre y de Seferis, durante dos años en los que el poeta chileno era no sólo favorito sino que la Chascona fue preparada inútilmente para recibir a los medios informativos y autoridades locales en una insoportable lección de modestia para el renombrado vate de Temuco. Por su parte, Paseyro sentía una especial fobia literaria hacia Neruda, pues no podía asimilar algunas de las imágenes y metáforas del chileno. ¿Cómo entender, se cuestionaba el crítico uruguayo, el verso "jueves, yo soy tu novio" si no es más que un "nerudismo" diletante?

Sin embargo, en las memorias de Neruda no encontramos mención alguna a la constelación literaria de Uruguay formada por Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, y Angel Rama, entre otros. Como tampoco menciona a otro de los grandes escritores de América Latina, con una densa obra novelística y poética, como Lezama Lima. En este sentido, en la visión panorámica de grandes trazos y amplios directorios nominales que forman la memoria histórica de Neruda destacan la ausencia de escritores que, sin duda, son parte esencial de la historia literaria del continente en el siglo XX. A mi juicio, esta consideración es, en buena parte, producto de la asimetría entre las dos mitades de la obra, a favor de la primera parte.

Quizás, siguiendo la máxima de Rimbaud ("mi superioridad consiste en que no tengo corazón"), Neruda mostró una prepotencia "natural" consciente de la envergadura de su estatura literaria y física, y de la popularidad que alimentaba constantemente a través de frecuentes gestos de generosidad personal y literaria. Los pugilatos en el seno del gremio literario le permitieron, con acérrimos enemigos y apasionados defensores, estar en el primer plano de la actualidad. Por eso no sorprende que, con especial saña, Neruda también ninguneó a Carpentier y en menor grado a Cortázar, con los que coincide -destino azaroso- en el ritual de los aniversarios de 2004.

Con Carpentier, el pulso fue dilatado en el tiempo y especialmente sensible en términos políticos. Al final de la guerra civil española, Neruda se establece por unos meses en París en un apartamento compartido con Rafael Alberti y María Teresa León en el Quai de L´Horloge, muy cerca de la plaza Dauphine donde, en palabras de Neruda, "vivía el escritor francés (sic) Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis que ya se le echaban encima a Paris como lobos hambrientos". El juicio de Neruda -tan generoso con los colegas de la generación del 27- fue más que duro, sumamente injusto e injustificable. Sin embargo, y a pesar de las menciones ofensivas en Confieso que he vivido, Carpentier profesaba una sincera admiración por la poética apasionada del chileno y se refería a inolvidables veladas en el Madrid bullicioso de la II República en las que Federico García Lorca le hablaba de "oscuras fuerzas telúricas" y "Pablo Neruda me leía poemas cuyos versos me hacían asistir a la mineralización de un personaje".

Pero, además, Carpentier y Neruda compartieron asistencia y participación en el I Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura (Paris, 1935) y en el II Congreso de Escritores Antifascistas (Valencia, 1937). En este sentido, Neruda conocía directamente la apuesta de Carpentier no sólo por su respaldo crítico a valores emergentes en las artes plásticas (Picasso, Miró) o en la música (Satie) sino, también, por su compromiso de denuncia y movilización ante el avance del fascismo en España y, después, en toda Europa, así como el rechazo a las crueles tiranías americanas (Somoza, Trujillo, Batista) a las que, tiempo después y de forma genial, superpuso las herramientas cartesianas para alumbrar el "Recurso del método".

También es cierto que la actitud sobria y medida de Alejo Carpentier, tan afín a las vanguardias modernistas de la Europa de entreguerras y tan alejado, en apariencia, de los alardes sensuales del Caribe, contrastaba con la vitalidad del poeta que, desde su Temuco natal, siente la llamada cosmopolita con el apellido de Jan Neruda, poeta checo, y la insuperable inspiración exótica de la geografía del Índico. Sin duda, el triunfo de la Revolución en Cuba y sus responsabilidades políticas, especialmente en labores diplomáticas, influyó en Alejo Carpentier para que adoptara una posición más fría y distante hacia sus antiguos colegas de Madrid y París. La administración del poder, en términos de Canetti y en un evidente contexto de cerco de Cuba ante el acoso de EEUU, provocó pasividad de los gestores más conscientes y agresividad en los más desconfiados; y en todos ellos, una progresiva tendencia al escepticismo histórico o, en los términos de camaradas literarios desconcertados ante el final de la "primavera de Praga", al marxismo inteligente.

jueves, 5 de febrero de 2026

Apología e historia de las Vanguardias, por José F.º Ruiz Casanova

 Apología e historia de las vanguardias, por José Francisco Ruiz Casanova, en El País, 15 de junio de 2002.

Casi como celebración del centenario del nacimiento de Guillermo de Torre (Madrid, 1900-Buenos Aires, 1971) se reeditan dos de sus volúmenes críticos de mayor interés: Literaturas europeas de vanguardia (1925) e Historia de las literaturas de vanguardia (1965), títulos que guardan un alto grado de relación aunque, como se verá, fuese su propio autor quien distinguiera los rasgos, objetivos y circunstancia de uno y otro libro.

Esta reedición del volumen de 1925 se abre con una foto de Guillermo de Torre (traje de color claro de chaqueta cruzada, pipa y cabello peinado hacia atrás) que nos lo presenta más bien como un dandi, aunque nos trae ya dicha imagen una cierta impresión del T. S. Eliot español que, sobre todo como crítico, iba a demostrar con tan sólo 25 años. Tanto Literaturas europeas de vanguardia como la Historia de las literaturas de vanguardia deben leerse ahora como obras pioneras de la literatura comparada; De Torre, en su prólogo a la segunda, define el nuevo libro como una mirada histórica sobre los movimientos de vanguardia, a la par que califica el anterior libro de 'apologético', aunque -aun así- también ve en él 'el único libro en nuestro idioma con carácter internacional, panorámico, suprafronterizo'. Cuarenta años transcurrieron entre una y otra obra, y durante ese tiempo Guillermo de Torre siempre se negó a reeditar y/o corregir el texto de 1925: de hecho, cuando publique su Historia de las literaturas de vanguardia la mirada crítica ha variado, y la frescura del lenguaje y de la adjetivación testimonial de la década de los veinte deja su lugar al análisis realizado con cierta perspectiva filológico-histórica o académica.

Aun no siendo la misma obra, existe algo que las hermana, y que no es otra cosa que la calidad de las intuiciones críticas de su autor, en tantos casos comparables a las de los otros dos grandes poetas-críticos del siglo: Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Cuando Guillermo de Torre acomete su nueva obra, entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, ésta se manifiesta como una necesidad teórica y crítica. El lapso de esos cuarenta años es, como sabemos, el periodo en el que se configura -en muchos sentidos- la historia de la literatura española del siglo XX y, en especial, la historia de su poesía. De Torre pasa de ser cronista y testigo a narrador de esa historia, pues ya los hechos comienzan a confirmarle que, de no escribir su libro, el pozo del olvido puede llegar a ser mayor de lo que hoy creemos que ha sido.

Guillermo de Torre había publicado algunos textos de sus Literaturas europeas de vanguardia en la revista Cosmópolis. Próximo a la vertiente ultraísta y a medios de difusión como Grecia y Vltra, De Torre vuelca grandes dosis de entusiasmo en la labor crítica, que define como 'creativa', y estudia en sus 'páginas cinemáticas' (la abundancia de esdrújulos en su léxico es, todavía, notable) los movimientos ultraísta, futurista, creacionista, cubista y dadaísta. No debería olvidarse que cuando nuestro autor asume esta doble tarea, teórica y activa, algunas de las pautas de la modernidad lírica nacional ya han sido sembradas: Diario de un poeta recien casado (1917), La pipa de kif (1919) y la Segunda antolojía poética (1922). Su libro sitúa, sobre todo, la nómina ultraísta (Borges, Diego, Garfias, Chabás, Del Vando-Villar, Del Valle, Lasso de la Vega, etcétera), señala el lugar y el significado de la obra de Vicente Huidobro y vaticina cómo el campo de batalla estética pasará -como así fue- de las revistas a las recopilaciones o antologías. A este respecto, la obra de 1965 dedicará páginas espléndidas a las operaciones antológicas de Gerardo Diego, Onís y Domenchina, en la década de los treinta y cuarenta, operaciones que borran casi literalmente de la historia el vanguardismo anterior a la generación del 27.

De Torre procede, en muchos sentidos, como un comparatista, y no cabe duda de que el tiempo le ha dado la razón. Se interesa por las relaciones entre poesía e imagen visual, apunta incluso temas de la cibernética en su segundo libro, y repasa las figuras fundamentales de la cultura europea del siglo XX, tanto en Literaturas europeas de vanguardia (Apollinaire, Rimbaud, Blaise Cendrars, Réverdy, Pound, Lee Masters...), como en su Historia de las literaturas de vanguardia (T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Camus, Sartre, Beauvoir...). La nómina de vanguardismos, en virtud de la perspectiva histórica, alcanza aquí hasta las muestras de los años cincuenta y sesenta, como es el caso de la poesía concreta, y los capítulos del libro, su organización y apéndices bibliográficos aseguran ese espacio de estudio histórico que, durante cuarenta años, su autor creyó que podía desaparecer, y que es uno de los asuntos principales de la crítica contemporánea: delimitar el alcance del vanguardismo y comprender cada día que pasa mejor que de sus logros y propuestas procede la parte más sustantiva de la historia literaria (o poética, si se quiere) de nuestro pasado siglo XX.

El libro de Miguel Ángel García profundiza, precisamente, en dicho campo. En él se estudia con detalle la poesía pura y la dialéctica entre ésta y el compromiso, los 'ritos de la modernidad' oficiados por la generación del 27 -el gongorismo y la defensa de la forma- y, en un capítulo excepcional, el análisis del poema en prosa como consecuencia -según la lección de Rimbaud- del deseo del poeta moderno, que no es otro que 'encontrar una lengua'. Quizá el único inconveniente de la obra de García se deba a que todo su aparato hermenéutico gire en torno a una categoría ('la generación del 27') que antes de ser incluso etiqueta para el estudio filológico se había elevado sobre el proceso de vanguardias descrito ya por Guillermo de Torre en 1925; esto es, la generación del 27 no sólo es un canon literario indiscutible en líneas generales, sino que también fue, desde sus orígenes, un proceso de autocanonización que, contrariamente a otros, no dejó márgenes sino que, al llevarse a cabo (en gran medida) desde la médula de las vanguardias -de las que participan Gerardo Diego o Pedro Salinas-, hizo del presente sobre el que estaba escribiendo Guillermo de Torre pasado. No sé si pasado remoto; pero, sin lugar a dudas, pasado.

Literaturas europeas de vanguardia. Guillermo de Torre. Edición de José María Barrera. Renacimiento. Sevilla, 2001. 441 páginas. 18,03 euros.

lunes, 4 de agosto de 2025

La desamistad entre Miguel Hernández y Federico García Lorca

 "Miguel Hernández y Lorca, una amistad forzada y con tiranteces", en El País, por Ginés Donaire, Jaén - 26 JUL 2025:

Las cartas que se cruzaron los poetas, que se custodian en Jaén, revelan la relación distante y los recelos entre dos autores de mundos muy distintos. 

“Moléstate un poco más por mí (…) Si para ti no significa nada mi amistad, para mí mucho la tuya”. El 1 de febrero de 1935 Miguel Hernández fechó en Orihuela (Alicante) la que sería la cuarta y última carta enviada a su admirado Federico García Lorca. El poeta granadino solo le contestó a la primera misiva, en abril de 1933: “No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos”.

Las cartas que se cruzaron estos dos genios de la literatura española, ambos víctimas de la represión franquista, son uno de los mayores reclamos que atesora la Fundación Legado Miguel Hernández de la Diputación de Jaén. La institución se hizo, en 2014, con los más de 5.600 registros, entre manuscritos, poemas y otros documentos, que los descendientes de Miguel Hernández heredaron de Josefina Manresa, la mujer de Quesada (Jaén) que se casó con el poeta alicantino y fue la principal guardiana de su legado.

“Esa tirantez entre los dos poetas era hasta cierto punto comprensible, por varias razones: pertenecían a mundos muy distintos, tanto de extracción familiar como de personalidad. Federico pertenecía a una clase acomodada y en algunos aspectos era un dandi de la época, mientras que Miguel era en ocasiones rudo y directo”, explica José M. Liébana, director de la Fundación Legado Miguel Hernández de Jaén. A su juicio, en las cartas se percibe ese distanciamiento, la delicadeza aparente y educación con la que le escribe Lorca, frente a las puyas que le lanza Miguel.

“Miguel admiraba la obra de Federico, pero este no le correspondía en la misma medida, quizás por su insistencia, por su ambición o por su carácter tosco”, sostiene Liébana. Y un ejemplo de ello, añade, es este párrafo de la única carta que le escribió Lorca al poeta de Orihuela: “Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándose topetazos por las paredes”.

García Lorca, miembro de la Generación del 27, era 12 años mayor que el poeta alicantino, al que se considera epígono de esa Generación ya que, aunque era más joven, trabó relación o amistad con ellos. “Dime, en cambio, que has visto algún amigo tuyo político influyente como me ofreciste”, le dice Miguel en febrero de 1935 en la que, casi de forma desesperada, le pide ayuda para encontrar un trabajo con el que salir de su “situación penosísima”. “Si sigo así un mes más me iré Dios sabe dónde en busca de un ganado y un mendrugo”, le comenta.

Ambos poetas se vieron por primera vez en enero de 1933 en Murcia, donde Lorca estaba de gira con su grupo de teatro universitario La Barraca. “Federico estaba ya consagrado, pero Miguel estaba empezando y estaba muy nervioso por la tardanza en publicarle su primer libro de poesía, Perito en lunas”, explica Liébana. Posteriormente, Lorca y Hernández coincidieron en el domicilio de Raimundo de los Reyes, el editor que publicó los 42 poemas de Perito en lunas. José Luis Ferris, uno de los grandes estudiosos de la obra hernandiana, recuerda en su ensayo Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta (Temas de Hoy) que ese libro fue sufragado por Luis Almarcha, que costeó las 425 pesetas de los 300 ejemplares de esa tirada.

Desencantado con el silencio recibido por Lorca, Miguel Hernández escribió a otros autores que triunfaban en esa época, como es el caso del chileno Pablo Neruda. Y otro dato que revela la tirantez entre Lorca y Hernández es la conocida negativa del primero en acudir a las reuniones que miembros de la Generación del 27 realizaban en casa de Vicente Aleixandre si a estas también acudía el poeta de Orihuela.

Jesucristo Riquelme, otro de los estudiosos de la obra hernandiana, recuerda que Aleixandre, que más tarde sería Premio Nobel de Literatura, escribió en junio de 1940 una carta a Josefina Manresa donde le comunicaba el envío por giro postal de 125 pesetas para ayudarle a subsistir, dado que por aquella época su marido, Miguel Hernández, ya había iniciado su trágico periplo por distintas prisiones del país, hasta su muerte por tuberculosis en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942.

El catedrático de la Universidad Complutense, Emilio Peral Vega, ha estudiado la influencia que el teatro de García Lorca pudo ejercer sobre el posterior de Miguel Hernández. “En obras como El labrador de más aire o Los hijos de la piedra se observa cómo Hernández se miró en espejos lorquianos”, indica Peral en la obra Llamo a los poetas: Miguel Hernández y sus maestros literarios que ha editado la Universidad de Jaén (UJA). Peral destaca que Hernández aprende sobre todo de Lorca el recurso a los romances de ciego, “una forma arcaica y, en ocasiones, truculenta de poesía popular, que algunos dramaturgos renovadores incluyen en sus piezas como un elemento añadido en la pretendida reteatralización de la escena con la intención de apartarse de los discursos dramáticos veristas que habían dominado la segunda mitad del XIX”.

Retrato de Buero Vallejo

Poco días después de ser condenado a muerte, Miguel Hernández entregó a su esposa, Josefina Manresa, el retrato que le hizo su amigo Antonio Buero Vallejo. Quería que lo recordara su hijo cuando saliera de la cárcel, un sueño que no fue posible porque el autor de Viento del pueblo o El rayo que no cesa murió poco tiempo después.

“Es un retrato icónico donde sorprende la serenidad en el rostro de una persona que había sido condenado a muerte”, manifiesta el director de la Fundación Legado Miguel Hernández de Jaén sobre este dibujo que es otra de las joyas del legado que se custodia en Jaén. Se trata de un retrato de tres cuartos del poeta que le hizo Antonio Buero Vallejo (1916-2000), que fue su pintor de juventud. Ambos compartieron celda en la prisión Conde de Toreno de Madrid, aunque Miguel Hernández se lo entregó a Josefina Manresa poco antes de morir en la prisión de Alicante.

Está hecho en carboncillo de excelso refinamiento donde, mediante una gran variedad tonal y de sombras, se representa fielmente el rostro del poeta. “También sorprende la luminosidad del cuadro, procedente de la única ventana que había en la celda”, explica Liébana.

El dibujo contiene la dedicatoria: “Para Miguel Hernández, en recuerdo de nuestra amistad de la cárcel. Antonio Buero”.

jueves, 31 de julio de 2025

Amy Levy, Clementina Black y Margaret Harkness, las Sinsombrero inglesas

 Las ‘sinsombrero’ inglesas de finales del XIX llegan a España tras 100 años de olvido, en El País, por Virginia Vadillo, Murcia - 31 JUL 2025: 

El traductor Gonzalo Gómez Montoro da a conocer por primera vez en castellano obras de las escritoras Amy Levy, Clementina Black y Margaret Harkness.

A finales del siglo XIX, en la Inglaterra victoriana, un nutrido grupo de mujeres irrumpió en el panorama literario de la época desafiando las convenciones sociales y apostando por la igualdad, no solo entre hombres y mujeres, sino también entre clases sociales, una igualdad salarial y de género que llevaron tanto a sus novelas como a sus vidas. Conocidas y relevantes en su época, estas autoras enmarcadas en el movimiento conocido como New Women fueron relegadas al olvido durante buena parte del siglo XX. El empeño personal del traductor Gonzalo Gómez Montoro ha logrado recuperar en los últimos años por primera vez al castellano obras de tres de ellas: Amy Levy, Clementina Black y Margaret Harkness. Las sinsombrero inglesas ya están también en las librerías españolas.

Gómez Montoro (Murcia, 42 años) llegó por pura casualidad a estas autoras: en una librería de viejo en la ciudad francesa de Montpellier encontró en 2016 una edición original de la novela The Romance of a Shop, escrita en 1888 por Amy Levy, y comenzó a indagar sobre la autora. “La novela me pareció tan interesante como la escritora”, explica. Se trata de una joven judía de clase acomodada, universitaria (fue la segunda judía que estudió en Cambridge), homosexual, feminista y periodista, alabada por autores como Oscar Wilde, y que se suicidó con solo 27 años, en los que le dio tiempo a publicar tres poemarios y tres novelas.

Para Ana Parejo-Vadillo, profesora del Birkbeck College de la Universidad de Londres, una de las principales especialistas en literatura inglesa de finales del XIX y principios del XX, Levy era “un genio de la literatura” y una de las figuras más conocidas de las New Women, mujeres que “querían cambiar el mundo”, no solo con su literatura, sino con su acción. A pesar de su juventud, subraya la experta, esta escritora formaba parte del movimiento intelectual y artístico del Londres de la época, escribió en la revista más importante de la comunidad judía y en la publicación cultural impulsada por Oscar Wilde The Woman’s World. Tampoco se cortó a la hora de utilizar la sátira y la crítica feroz contra el materialismo, el conservadurismo y la burguesía judía y británica, lo que le generó duros golpes por parte de la crítica.

Fascinado por esta biografía, Gómez Montoro comprobó que no había ninguna obra de Levy editada en castellano y se lanzó a traducir su The Romance of a Shop sin contar con un respaldo editorial, “a contracorriente”. El resultado, Historia de una tienda, se publicó en 2019 en Chamán Ediciones, una pequeña editorial de Albacete. Su responsable, Pedro Gascón, confiesa que cuando Gómez Montoro le presentó el proyecto, pensó que se trataba de algún tipo de juego literario y que el traductor era el propio autor de la novela. “No conocíamos a esta escritora y su historia personal nos parecía tan potente y la novela tan interesante, que creímos que todo era una invención de Gonzalo. Cuando comprobamos que era real, supimos que teníamos un tesoro”, explica.

La primera edición tuvo dos reimpresiones en apenas seis meses, y una segunda edición un año después de su publicación, una aceptación que motivó que el editor le propusiera a Gómez Montoro traducir alguno de los poemarios de la inglesa. “Pero él ya tenía otras cosas en mente”, ríe.

Y es que, a partir de Levy, el traductor ya había comenzado a indagar en el grupo de las New Women, la mayoría de las cuales no tenían ninguna obra publicada en castellano. La profesora Parejo-Vadillo insiste en que, aunque el grupo fue muy relevante en su época, con la irrupción del modernismo inglés en el siglo XX se quiso romper con todo vestigio de la literatura anterior. “Estas mujeres, aunque de finales del XIX, ya eran modernas. Habían desafiado las convenciones sociales, se habían implicado en los movimientos obreros y sindicalistas, eran feministas. Vivían en la época victoriana, pero no eran mujeres victorianas intelectualmente hablando, ni en su forma de escribir ni en los temas de sus obras. Con el modernismo se llevó a cabo una cancelación de toda la literatura de finales del XIX, se hizo un borrón con todo lo victoriano porque se consideraba un pensamiento antiguo. Y estas mujeres desaparecen del mapa de la literatura, de la sociología y de la política”, explica.

El auge de los fascismos y las dos guerras mundiales tampoco fueron un escenario propicio para recuperar a estas autoras, revolucionarias y luchadoras de la igualdad. Parejo-Vadillo encuentra una clara coincidencia entre ellas y las Sinsombrero de la generación del 27 en España. Aunque algo posteriores en el tiempo estas últimas, los dos grupos quedaron relegados al olvido y no ha sido hasta finales del siglo XX y principios del XXI cuando ha comenzado a reivindicarse su figura y recuperarse su obra.

Tras la traducción de Levy, Gómez Montoro seleccionó otras dos obras de autoras de ese grupo: Clementina Black y su An Agitator (traducida como Revolucionario y publicada en 2021 en Chamán Ediciones) y Margaret Harkness y su A Manchester Shirtmaker (traducida como La camisera de Manchester, publicada en 2024, también en Chamán). Estas dos autoras, muy amigas también de la primera, fueron muy conocidas en su época por su implicación en los movimientos laboralistas y sindicalistas de la época, explica Parejo-Vadillo. Eleanor Marx, hija de Karl Marx, fue muy cercana a ellas, y llegó a traducir al alemán algunas de sus novelas. La conocida definición de Friedrich Engels de la novela realista como “el retrato de tipos habituales en su entorno cotidiano” la hizo en una carta dirigida a Harkness. Black fue considerada una de las más importantes líderes sindicales y militante feminista de la época.

Además de estas intensas vidas, para Gómez Montoro la calidad literaria de sus creaciones es incuestionable: “Si hubieran sido hombres, también habría traducido estas novelas. No se trata de una discriminación positiva, sino de calidad literaria”, apunta, al tiempo que reivindica el papel de las traducciones literarias para impulsar el interés por autores que habían quedado en el olvido y cuyas obras, sin embargo, siguen tratando temas vigentes y han pasado el filtro del tiempo hasta llegar a nuestros días.

sábado, 6 de enero de 2018

Epistolarios

Anna Caballé, "Literatura a la carta. La constante aparición de nuevos epistolarios demuestra el creciente interés por el género que se vive en la cultura española. Pero no siempre fue así", en El País, 5 ENE 2018

La reciente publicación de dos importantes epistolarios —Cartas a Mercedes, del novelista murciano Miguel Espinosa, y las cartas cruzadas entre Gerardo Diego y Juan Larrea entre 1916 y 1980—, así como la traducción de la correspondencia íntegra, sin cortes, de Virginia Woolf con Lytton Strachey, nos permite reflexionar, una vez más, sobre el interés emergente de las correspondencias en el seno de la cultura española. Bienvenido sea, pues sabemos que no siempre fue así. De hecho, hasta fechas recientes las cartas, así como otra documentación autobiográfica —archivos, diarios, notas personales, borradores, manuscritos—, fueron papeles que tenían una dimensión estrictamente erudita, cuando la tenían, sin que se comprendiera su enorme alcance testimonial, biográfico y tantas veces literario.

Pero la función principal de la carta ha sido siempre la comunicación. Alguien tiene algo que decir a otra persona y ese es el motivo que permite establecer una correa de transmisión gracias a la cual la distancia geográfica o la distancia psíquica logran superarse. Hasta la llegada del teléfono las cartas iban y venían constantemente, de una calle a otra de la misma ciudad, de una ciudad a otra, de un país a otro, de uno a otro imperio… Era el único modo eficaz de ponerse en contacto y, como ahora ocurre con el correo electrónico o las redes sociales, la gente ocupaba una parte significativa de su tiempo para mantener al día su correo. En la medida en que las cartas tienen un destinatario concreto, indicado, bien en los mismos pliegues del papel (procedimiento habitual cuando la carta se entregaba en mano), bien en el sobre, su contenido depende de a quién se dirigen. Es la naturaleza de la relación entre los corresponsales la que condiciona el contenido, el estilo y el mundo de afectos que se construye sobre el papel.

Dicho esto, es evidente que, aunque la carta esté condicionada por el destinatario y por la relación contraída con él, hay mucho que decir del remitente. Américo Castro, cuando escribe a su amigo Guillermo Díaz-Plaja, poco antes de morir, le dice que, solo y aislado en un hotel de Playa de Aro, la carta es su única forma de poder tocar todavía el mundo. Muy al contrario, Ignacio de Cepeda le pedía discreción y reserva a Gertrudis Gómez de Avellaneda en 1840 cuando esta intentaba seducir al joven y pacato sevillano a través de unas valientes y al mismo tiempo estudiadas cartas autobiográficas: la escritora cubana estaba convencida de que Cepeda se enamoraría de ella a poco que conociese la nobleza de sus sentimientos. Pero no fue así: descubrir que era una intelectual aficionada a reflexionar sobre su mundo le asustó indeciblemente. Por una poco frecuente, entonces, decisión de los descendientes de Cepeda, se conserva aquella interesante correspondencia, aunque solo del lado de la autora cubana. Nadie se preocupó de la preservación de su archivo cuando murió en 1873. Como escribiría Juan Valera, a su entierro no acudieron más de 10 o 12 personas. ¿Y qué pensar de lo ocurrido con el romántico Enrique Gil y Carrasco? Cuando muere precozmente en Berlín (1846), sus amigos (entre ellos, Alexander von Humboldt) recogen sus papeles y cartas y los depositan en la Embajada de España. Allí quedarían, muertos de risa, hasta el bombardeo del edificio en la Segunda Guerra Mundial. A nadie le importaban.

Duele pensar en el maltrecho epistolario de Ramón y Cajal. La mayor parte se ha perdido,

Es mejor no pensar en la pérdida documental sobre la que se ha edificado la cultura española. La destrucción, la dejadez, la rapiña, la censura propia y ajena… Concepción Arenal quemando sus cartas enviadas a la condesa de Mina dos meses antes de morir; Manuel Murguía destruyendo la correspondencia de su esposa, la gran Rosalía de Castro, después de su muerte, porque las cartas le comprometían; la viuda de José Tarín Iglesias presumiendo de haber quemado las cartas más personales de su amigo el escritor Joaquín Montaner. Todo ello nos impide a menudo escribir como deberíamos las vidas de personajes fascinantes que cruzaron nuestra historia sin que apenas tengan entidad, más allá de los hechos escuetos de su vida.

Duele pensar en el maltrecho epistolario de Santiago Ramón y Cajal. Su hijo lo depositó íntegramente en el Instituto Cajal. Pero la mayor parte de las cartas (unas 12.000, según cálculo de su editor, Juan Antonio Fernández Santarén) se han perdido. Es decir, se vendieron en su día fraudulentamente a anticuarios, pasaron a engrosar colecciones particulares o bien fueron a parar a un contenedor cuando el Centro de Investigaciones Biológicas necesitó tener más sitio en su laboratorio. ¿Son pues papeles viejos que ocupan espacio, un objeto preferido de la rapiña nacional, una huella incómoda y pertinaz de una vida vivida y que debe eliminarse? ¿O bien las cartas vienen a ser una especie de carbono 14 de la cultura biográfica, el peso atómico de una vida humana de la cual, una vez transcurrida, nos queda tan solo la acumulación de las huellas que la sobrevivieron? Dos formas, en definitiva, de tratar el pasado y de entender la cultura, pero entre una y otra hay un mundo, el que va de la barbarie o la mezquindad al respeto y el reconocimiento del prójimo y de su mundo. Pensemos en las sabrosas cartas que han sobrevivido a la historia de amor entre Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.

El correo es un medio cultural fundamental: promueve la escritura, teje relaciones entre personas y comunidades y, como dijo Carlos Monsiváis, mantiene viva la esperanza. “Renuncio a tus poemas si piensas que con ellos sustituyes tus cartas; ese montón de alas estremecidas que vibran en mis manos, frescas con el rocío de nuestra intimidad”, escribe una moderna y abierta Ernestina de Champourcín a Carmen Conde, dos años menor y en cierto modo su discípula. Alas estremecidas, huellas supervivientes, trozos de vida perdida que nos conectan prodigiosamente con lo que un día fue.

¿Hay placer mayor que recibir una carta de alguien a quien se ama? “Me gustaría recibir aún más cartas tuyas. Me gustaría que me inundases de palabras, que me dijeses lo que ya sé pero que tanto me gusta oírte. Así, por carta, resulta menos ruborosa la confesión”, escribe un joven y ansioso Camilo José Cela a su novia, Charo Conde, el 8 de julio de 1941. La “manía epistolar” de Cela le llevaba a copiar las cartas que escribía y que por supuesto guardaba en su impresionante archivo. Casi 100.000 cartas, conservadas en la desdichada Fundación CJC y que van saliendo con cuentagotas. ¿Hasta cuándo habrá que esperar para que los investigadores puedan acceder libremente a la correspondencia del premio Nobel, imprescindible en la comprensión del funcionamiento de la cultura española durante el franquismo?

Al comienzo del artículo señalábamos el cambio de mentalidad operado en cuanto a la percepción del valor de las cartas. ¿Cuándo se produjo este cambio? Más allá de un fenómeno importante como ha sido la traducción de epistolarios escritos en otras lenguas —un hecho decisivo pues nuestra cultura es fundamentalmente una cultura de importación, que también operó en otros géneros como el diario o la autobiografía—, diría que fue la publicación del epistolario entre Jorge Guillén y Pedro Salinas, editada por Andrés Soria Olmedo. Una importante apuesta de la editorial Tusquets, pero también de la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (DGICYT), que abrió el horizonte historiográfico a los especialistas en la generación del 27 y al público cultivado: ahí teníamos a dos grandes poetas y dos grandes amigos a los que solo conocíamos hasta entonces por sus versos volcando en la intimidad de sus cartas muchos años de vida literaria, de opiniones contundentes, voluntades, exilio, amores, logros e insatisfacciones. La publicación (1992) coincidía con la maravillosa explosión memorialística de los años ochenta y noventa, que nos permitió recuperar una experiencia colectiva hasta entonces severamente deturpada.

A los biógrafos nos queda mucha reflexión por delante dada la labilidad de la escritura digital

¿Qué ocurrirá en un futuro inmediato? Las cartas viajaron en el pasado de todas las formas imaginables. Fueron en manos de un mensajero a pie o a caballo, en recuas de acémilas, diligencias, carruajes de tiro, trenes, aviones, barcos. Metidas en sacas, perfumadas y con bellos adornos en el papel, enfundadas dentro de una botella echada al mar por pura desesperación. El siglo XXI ha revolucionado, una vez más, el formato del correo. Las nuevas tecnologías conceden de nuevo a la escritura (correo electrónico, SMS, Whats­App, Telegram, redes sociales) un espacio impensable hace unos años, cuando el teléfono era el medio hegemónico de comunicación. A medio camino de lo oral, lo escrito y lo visual (gracias a los emoticonos), el correo digital fluye torrencialmente. Con su inmensa variedad de recursos, es fruto de una creativa mutación que nos permite mantener viva la esperanza de contactar con el ausente y de tejer, o destejer, lazos con él. Incluso con los muertos, como hace Vicente Molina Foix en El joven sin alma, o bien Cecilio de Oriol y José Lázaro en El alma de las mujeres.

Tampoco la novela epistolar murió porque nunca dimos tanto valor a las cartas. ¿Cómo no aprovechar ese interés para fundar un museo nacional dedicado a promover el conocimiento de correspondencias y legados personales? ¿Cómo no hemos preparado todavía una antología con las mejores cartas escritas en castellano para ofrecer a los estudiantes un modelo histórico-literario y un estímulo humano? A los biógrafos nos queda mucha reflexión por delante dada la labilidad de la escritura digital, pero no parece que el futuro sea menos interesante que el pasado, cuando las cartas servían para envolver el pescado. Siempre se ha trabajado así, con lo que queda del día, por decirlo con Kazuo Ishiguro. Lo que queda, nunca lo que fue.

Cartas a Mercedes’. Miguel Espinosa. Alfaqueque, 2017. 720 páginas. 25 euros.

Epistolario’. Gerardo Diego y Juan Larrea. Residencia de Estudiantes, 2017. 1.050 páginas. 25 euros.

600 libros desde que te conocí’. Virginia Woolf y Lytton Strachey. Traducción de Socorro Giménez. Jus ediciones, 2017. 128 páginas. 4,50 euros.

miércoles, 26 de octubre de 2016

El epentismo y algunos epénticos de la Generación del 27

I

Lecturas homoeróticas de García Lorca


Circunstancias casuales (o no tanto) de la vida y el hecho de que Federico García Lorca fuera asesinado en trágicas circunstancias de guerra con 38 casi recién cumplidos, hizo que yo llegara a conocer —y en dos ocasiones con mucha intimidad— a notables personajes que habían sido muy amigos del propio Federico. La mayoría de las cosas que sé sobre la intimidad homoerótica de Lorca (con anécdotas casi «incontables») me las narraron ellos en largas tardes y años de conversaciones íntimas. Ellos también eran gays (como Federico) y sabían que estábamos entre amigos, porque fuera de tal amistad jamás hablaban de ese tema. Esos amigos comunes —la frase suena rara también para mí— fueron: Vicente Aleixandre (con el que compartí catorce años de muy estrecha relación amistosa), Rafael Martínez Nadal —el depositario de los manuscritos de El público— al que conocí algo más tarde, pero con quien la cordialidad fluía rápida, porque había algo en Rafael (esa misma cordialidad) que propiciaba la confidencia. Y finalmente —y lo traté menos— el escritor gallego (exilado en Argentina muchos años) Eduardo Blanco-Amor, al que conocí en sus años últimos, y siempre en el Café Gijón de Madrid, presentado por un simpático médico gallego, Juan Haguindey de nombre, que hacía por entonces (finales años 70) «mala vida» en la noche madrileña, de donde —lo confieso— vino mi trato y el hecho de que él me presentara a Blanco-Amor…

Blanco-Amor era un viejito lúcido y muy cordial (me parece que murió a fines de 1979) que conoció al Lorca de La Barraca. Les unió «el epentismo», más al pronto que la misma literatura… «Epentismo» y «epente» eran (según todos, pero yo lo supe primero por Aleixandre) términos inventados por Federico para aludir a la homosexualidad o a los homosexuales en contextos donde la palabra —en los años 30 y aún con la libertad de la República— era indecible. Por ejemplo, todos sabían (en intimidad) que el gran erudito José María de Cossío era homosexual, pero eso era secreto y nadie lo hablaba. Así en una comida Federico le decía a Vicente: «He oído que Cossío es un gran estudioso del epentismo. ¿Tú lo sabías?». Y Aleixandre contestaba: «Sí, lo sabía. Sé que lo ha estudiado mucho. Es un epente muy notable». (De este modo me lo narró una de tantas tardes en su casa Vicente Aleixandre). Curiosamente Lorca dejó un testimonio escrito de esa palabra en un soneto dedicado al modernista uruguayo Julio Herrera y Reissig, prototipo de alambicado simbolista, decadente y aún protosurrealista, pero no «epente», que sepamos. Como de 1934 (pero puede ser aún posterior) se fecha el soneto «En la tumba sin nombre de Herrera y Reissig en el cementerio de Montevideo» en la edición de Sonetos de Lorca que editó en 1996 la editorial Comares y la Fundación Federico García Lorca, en Granada. El primer endecasílabo del citado soneto (hecho como otros poemas al uruguayo para un número homenaje que le pensaba dedicar, pero no hubo tiempo para hacerlo, la revista de Neruda Caballo Verde para la Poesía) dice así: «Túmulo de esmeraldas y epentismo…». Ahí está el término y no lo conozco escrito en ningún otro sitio de la época.  «Epéntico» (no epentismo) viene en el diccionario de la RAE, pero como  adjetivo de «epéntesis», que es una figura de dicción, que consiste en añadir un sonido. Como se ve, nada que ver con «epentismo» (que no epéntesis) o «epente» que no «epéntico». No creo que los matices lingüísticos fueran a propósito, pero salieron bien.

Unidos por el epentismo y la literatura, Blanco-Amor vio los amores de Lorca (ya en 1935) con un muchacho gallego que trabajaba en La Barraca. A ese chico Lorca le dedicó los «Seis poemas galegos» de ese mismo 1935, en los que Blanco-Amor hubo de ayudarle, pues Federico no sabía gallego…

Rafael Martínez Nadal (que murió muy viejo, en 2001) fue un interesantísimo testigo de su época y del exilio en Inglaterra. Profesor de Literatura, escribió sobre Lorca, sobre Cernuda, y sobre él mismo colaborador (con pseudónimo) de la BBC antifranquista. Aficionado a los deportes y homosexual también (según Aleixandre) Rafael nunca hablaba de él mismo —estaba casado y tenía hijos— sino de la normalidad con la que veía y trataba a sus amigos homosexuales, como lo hacía el embajador de Chile y común amigo de casi todos, Morla Lynch. Conocía Rafael todo sobre la vida sexual de Federico (de nuevo, según Aleixandre, porque él la propiciaba o la compartía).  Aleixandre —que después de la guerra no se hablaba con Martínez Nadal—, incluso le tenía un pequeño encono) me contó que, sobre el año 35, estando él sentado en un café madrileño con Dámaso Alonso, cuya homofobia era bien conocida, aparte de los tardíos testimonios que aportó Cernuda que lo detestaba, vio pasar por otro extremo a Martínez  Nadal que saludó a Vicente con un gesto de la mano. Entonces Dámaso le preguntó: «¿Quién es ese?» Y Vicente le contestó que un amigo muy cercano de Federico. Parece que Dámaso añadió: «Será maricón, entonces…» A lo que Vicente respondió, tratando de echar un cable: No lo creo. Es un hombre muy viril. Enormemente aficionado al deporte, incluso al boxeo. A lo que Dámaso habría replicado, inmisericorde: «Esos son los peores». La conversación, claro está, cambió de tercio. Martínez Nadal que, según él, conservaba muchas cartas cariñosas y agradecidas de doña Vicenta, la madre de Federico, por lo bien que se había portado con su «Federiquito», no se llevaba bien, al final, con la familia García Lorca, entre otras cosas (no pretendo saber todas las razones) porque, estando en Londres, les mostró a Francisco García Lorca (hermano del poeta) y a su mujer, Laura de los Ríos, el manuscrito de El público. Se lo mostró para que vieran su autenticidad pero se negó a prestárselo… Hasta ahí sé. El caso es que además de El público y algunos otros papeles creativos sueltos, Martínez Nadal poseía un enorme epistolario de Federico dirigido a él mismo y en parte publicado y autocensurado por el propio Rafael. Lo curioso es que al menos algunas de las cosas censuradas de cara al público —algunas— eran habladas con total naturalidad en privado. A fines de 1981 yo le leí en su casa de «El Olivar» a Martínez Nadal páginas de mi libro de memorias noveladas Ante el espejo que se publicaría —con poco gusto de mi madre— en 1982. Leí para Rafael las partes más íntimas de contenido homoerótico. Al acabar, él me las alabó con enorme generosidad y me animó a publicarlas. «Será bueno para todos», me dijo o algo muy parecido. Poco después añadió que como yo le había hecho un bonito regalo leyéndole aquellas páginas de mi libro, él no quería dejar de corresponderme y me iba a hacer otro pequeño regalo… No dijo cuál. Salió un momento del salón, y al poco volvió con una carpeta clásica en la mano, una carpeta de cartón azul. Yo sólo la vi, no la toqué. De pie, Rafael pareció buscar entre los papeles que había dentro, y de repente me extendió una cuartilla escrita a mano por las dos caras y que empezaba diciendo «Querido Rafael». Me di cuenta antes de ver el «Federico» final, que se trataba de una carta de García Lorca fechada en Nueva York (creo recordar) a fines de 1929. Todo el misterio de la carta estaba en que Federico le contaba a su amigo —con alguna expresión muy viva— que la noche anterior había participado en una orgía con varios negros. Al final de la carta, incluso después de la firma, una línea decía: «Cuando la leas rómpela». Cuando Martínez Nadal vio que yo había completado la lectura y levantaba los ojos hacia él, me dijo sonriente: «Y la voy a romper». Será fácil imaginar mis inmediatas protestas. Le dije que yo entendía que la hubiese roto entonces (cuando la recibió) pero que si la había guardado tantos años sería por algo y que no la debía romper ya. No recuerdo bien las razones que argumentó pero el resultado era el mismo: Llegado el momento, la rompería. Tuve en las manos esa carta y la leí, nunca más la he vuelto a ver ni sé qué ha sido de ella y a buen seguro de otras más o menos similares en el recuento de la sexualidad…

Cuando llegó el centenario del nacimiento de Lorca, en 1998, cené un día con su biógrafo por antonomasia, Ian Gibson, que quería que yo le contara lo que sabía de Lorca por sus amigos. Vicente Aleixandre y Blanco-Amor habían muerto ya, pero Martínez Nadal (al que por entonces yo veía menos) no. Conté a Gibson lo que antecede y lo vi lleno de interés. Martínez-Nadal (me dijo) nunca jamás había querido entrevistarse con él y nunca lo hizo. Gibson me dijo si podía añadir mi relato a su libro, y le respondí que por mí sí. Pero que si Martínez Nadal decía que yo mentía (aunque nunca lo supuse) su palabra tendría lógicamente más valor que la mía. Gibson añadió mi relato con todo detalle a su renovada biografía de Federico García Lorca, que se reeditó en 1998 y Martínez Nadal nunca dijo nada. Que se enteró del libro lo supe por varios amigos comunes y porque en las pocas ocasiones en que lo volví a ver estuvo algo más distante conmigo, dentro de la cordialidad. Nuestros momentos cenitales habían quedado en todo lo largo de los 80. Según Aleixandre me explicó en su día, el pudor «epéntico» de Martínez Nadal no procedía de una salvaguarda de Federico, de quien cada vez se sabía más, sino de un pudor hacia sí mismo. Yo ni agrego ni quito.

Vicente sí me pareció siempre el gran amigo de García Lorca. Jamás lo llamaba por sus apellidos (por mucho que hablásemos de él y hablamos mucho) siempre era «Federico». Me habló de sus manías dilapidadoras —dejar un taxi esperando en la puerta mientras estaba más de una hora con Vicente—, su falta de simpatía por Miguel Hernández (no compartida por Aleixandre), sus gustos sexuales «pasivos» y sobre todo la historia con quien Aleixandre calificaba como «el gran amor frustrado» de su vida, Emilio Aladrén, escultor joven, al que dedicó un poema en el Romancero gitano («El emplazado»). Según Aleixandre la pasión había sido total y real, y se había cumplido por primera vez en un fin de semana que pasaron en Ávila. Desde allí Federico llamó por teléfono a Vicente por la mañana para darle la buena nueva. Pero Aladrén era bisexual y no gay y terminó yéndose con una mujer al parecer, como él, muy atractiva. Federico sufrió tanto por esa separación o ruptura que fue eso (el deseo de curación y lejanía, y en eso también coincidía con Martínez Nadal) lo que le llevó a Nueva York y en ningún caso la voluntad de aprender inglés… Con frecuencia (solía terminar Aleixandre, que admitía que Federico iba a menudo con algunos chicos por dinero) Lorca se enamoraba de muchachos que no eran homosexuales o no principalmente y él tenía muy claro que esa fue su personal y reiterada tragedia.

Podría añadir muchísimos más detalles (incluso alguno levemente picante) de entre los muchos que Aleixandre me fue refiriendo en tantos años, pero creo que lo narrado es suficiente para que entendamos dos cosas: Federico fue natural y totalmente homosexual y (segunda) a nivel superficial él vivió esa condición, entre sus amigos más próximos, con entera naturalidad y sin problemas aparentes… Y sin embargo el lector de Lorca, sabe que la homosexualidad (tan visible en su obra) no dejaba de tener sesgos problemáticos para el poeta. ¿Por qué?   

En primer lugar —y es preciso tener en cuenta la época— la familia de Lorca o no sabía la condición sexual del poeta o le parecía negativa y procuraba ocultarla. Es obvio que Lorca tuvo temor y respeto en vida por su familia… Después de su asesinato podía (y debía) haber sido distinto, pero la realidad es que tardó mucho en serlo. Su hermano Paco —según me ha narrado su propia hija Laura— «no llevaba bien» la homosexualidad de su hermano. Y su hermana Isabel (a la que conocí) lo negó mientras pudo, hasta que muy a la postre no pudo oponerse a las evidencias, pero aún entonces era un tema del que eludía hablar. Además ¿qué podría saber ella, de verdad, de la vida privada y sexual de su hermano? En aquella época (y no sé si ahora) un hermano adulto no hablaría nunca ni una palabra de esos temas con la hermana más chica. Federico hubo de sortear siempre el problema familiar, y aún así fue más valiente de lo que se supone, pues la «Oda a Walt Whitman» (de Poeta en Nueva York) se editó en 1935, en Madrid, en una bella «plaquette». No fue un poema conocido solo «post mortem», ni mucho menos… Por lo demás, y como he demostrado en un trabajo editado varias veces: «La sensibilidad homoerótica en el Romancero gitano», Revista Turia, 1998 y Revista Digital Castilla de la Universidad de Valladolid en 2011, he dejado claro, me parece, y sin alusión ninguna a su vida privada, que los ejes semánticos de todos los poemas del Romancero son una continua celebración de la virilidad y de la belleza masculina, hombres o mozos… ¿Cómo entender sino esto?: «Niños de cara impasible / en la orilla se desnudan, / aprendices de Tobías / y merlines de cintura…» O esto otro: «Moreno de verde luna / anda despacio y garboso. / Sus empavonados bucles / le brillan entre los ojos». Y más: «Lo que en otros no envidiaban, / ya lo envidiaban en mí. / Zapatos color corinto, / medallones de marfil / y ese cutis amasado / con aceituna y jazmín. / ¡Ay Antoñito el Camborio / digno de una Emperatriz». Los ejemplos se podrían repetir casi «ad nauseam» pero no hace falta. El que no tiene anteojeras ya lo ha visto… Otra cosa es la posterior «Oda a Walt Whitman», espléndido poema, sin duda, en el que se enfrentan dos tipos contrapuestos de homosexualidad. De un lado la pura homosexualidad  de los camaradas (la que Whitman buscaba) o la de «el niño que escribe / nombre de niña en su almohada, / ni contra el muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero, (…) pero de otro está, y de ella abomina y contra ella va, la homosexualidad de los “maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo…”». Sin embargo hoy sabemos bien que la homosexualidad que Lorca vivió plenamente como adulto era precisamente la que condena, la del «pensamiento inmundo», la del «marica» de la ciudad... ¿No hay en este poema una profunda contradicción en Lorca, que hace que muchos homosexuales no se reconozcan en él, pese a la belleza del texto? Sin duda. Este poema muestra, como ninguno, que una parte muy profunda de García Lorca (ya sabemos que la superficial no) vivía la homosexualidad como un personal, íntimo conflicto. Unos lo ponen en relación con la idea de un Lorca «afeminado» en sus gustos homoeróticos, que llega a sentir en sí mismo la tragedia (hoy diríamos que antigua) de Yerma. La «pasividad» de Lorca, el no hallar el amor de hombres no homosexuales sería otra una parte sustancial de este conflicto íntimo, muy hondo. Será ya muy difícil sino imposible resolverlo de veras. Pero (como el elogio a la belleza moceril) está y es evidente.

Creo que aún faltan estudios profundos —habiendo ya algunos— sobre el mundo y el sentir homoeróticos en la obra total lorquiana. Y creo, ítem más, que aún es tiempo de completar sexual y sentimentalmente su biografía y saber (por ejemplo) qué ha sido de las cartas que Martínez Nadal no publicó y aún qué textos o párrafos suprimió en su libro de recuerdos y correspondencia (lujosamente editado) Federico García Lorca. Mi penúltimo libro sobre el hombre y el poeta, Editorial Casariego, Madrid, 1992. Por ejemplo, en una carta escrita por Lorca a Rafael desde Granada a Madrid a su vuelta de América le dice, al final: «tengo muchos versos de escándalo y teatro de escándalo también». (…) «Aquí en Granada me divierto estos días con cosas deliciosas también. Hay un torerillo…». Y aquí se corta la carta, porque el propio Rafael la autocensura. ¿Se podrá conocer entera? ¿Habrá muchas más como la de la orgía de negros, que vi y no he vuelto a ver más? Queda mucho íntimo Lorca por dirimir y tanto la altura del hombre y del poeta, como la claridad y normalidad de la vida homosexual (sometida a tanto mal trato y tapujo) lo precisan y lo merecen. Mi testimonio, básicamente, opta por ello. Por ver a Lorca finalmente sin penumbra...


II


Vicente Molina Foix, "Entiéndame usted", en El País17-XI-1999:

Ya hay mucha gente media y heterosexual que sabe lo que quiere decir "entender", aparte, claro está, de su significado primario de comprender. ¿Diremos que es ésa otra conquista de la cultura gay? Está en los quioscos la primera enciclopedia de la homosexualidad, que usted o sus hijos pueden comprar en cómodas entregas semanales, y un diputado de la oposición, Miquel Iceta, se sinceró hace poco sexualmente en campaña electoral, animado por su pareja masculina (yo, sin embargo, he hecho una apuesta que espero ganar: el primer político español con cargo gubernamental que saldrá del armario será, paradójicamente, del PP, y ese día todos tendremos que tragarnos la sonrisa leporina del presidente Aznar).Pero hablábamos del significado oculto de la palabra entender,sibilino secreto que ahora empieza a saberse y se sabrá mejor a partir del recién aparecido libro de Alberto Mira Para entendernos. Diccionario de cultura homosexual, gay y lésbica (Ediciones de la Tempestad). A "entender" le dedica Mira una de las entradas más jugosas de su obra, afirmando la deslizante riqueza semántica del término frente a la rotundidad ontológica de la palabra "gay": uno es gay o no lo es, y se puede sin embargo "entender" sin encarnar un rígido papel identitario. Por mi parte añoraré, aunque sólo literariamente, los días en que se "entendía" en secreto, y recuerdo eufemismos brillantes y divertidos que ciertos círculos gay del periodo heroico utilizaron; "epentismo" y "ser epéntico" entre los escritores que rodeaban a Lorca y Aleixandre, "better" (mejor) como invención de Mújica Laínez y sus amigos argentinos, "nervous" (nervioso) en el cosmopolita Tánger de los años cincuenta, según nos cuenta Emilio Sanz de Soto.

Estoy impresionado por el trabajo de este joven profesor valenciano residente en Oxford. Son 770 páginas de apretada letra (desprovistas, desgraciadamente, y en esto sí se nota que el libro es español, de un índice onomástico completo), pero la cantidad importa menos. El de Alberto Mira es un diccionario de autor, bien escrito y con erudición, abierto a culturas y nombres en nuestro país remotos, y -sobre todo- combativo de un modo personal; Mira informa y censa, pero también expresa opiniones, a menudo originales y tocadas por un fino sarcasmo, como en su respeto al dar la edad dudosa de algunos escritores (una admirable manera de entender la coquetería masculina) o en las entradas sobre los deportes, la ridícula palabra "mariliendres", Antonio Gala, Vargas Llosa (tranquilos, que no es un outing del escritor peruano) o los Sonetos del amor oscuro, de Lorca, donde Mira denuncia vehementemente la homofobia de un crítico habitual de este periódico.

En una larga introducción, Mira afronta de cara el riesgo que -no sólo para los "no-entendidos"- tiene este tipo de enfoques. A mí, por ejemplo, mientras que aplaudo la insólita y merecida importancia que el autor da a la música y los músicos en el contexto gay, me produce rechazo su desmedida atención a algunos escritores españoles de hoy, ensalzados muy por encima de sus méritos por el simple valor de su visibilidad social o su intencionalidad homosexual. Está claro que a Mira le interesa más el artista gay que el gay artista, pero, como no es un ingenuo ni tampoco practica bobamente la "cultura de la queja", evita aplicar de forma ciega un filtro rosa a las obras y autores que comenta. Su intento "apropiacionista" es siempre discreto, aunque en el libro se lamente el heterosexismo sistemático de las interpretaciones culturales: "La heterosexualidad, al no ser atacada, constituye una identidad sexual por defecto", y por eso, añade Mira, la crítica heterosexista, no necesitada de autodefensas, "nunca tiene motivos para hacer nada".

El propósito que mueve un libro como éste es "descubrir corrientes de deseo homoerótico, descubrir que la mirada que articula el texto se identifica con ese deseo, que hay códigos que apuntan a la homosexualidad". Quizá parece poco o baladí, pero es bastante y muy esencial (y ahí sí pueden tener peso en el futuro los queer studies o estudios maricas). Como el propio Mira insinúa en las notas sobre Stefan George, Lorca o Shakespeare, todo análisis que incluya entre sus estrategias de comprensión del producto artístico los ocultos o implícitos deseos de un hombre o una mujer de los "tiempos del disimulo" hará más entendibles (y no por ello mejores) sus obras.


* Este articulo apareció en la edición impresa de El País, 17 de noviembre de 1999.


III

Isabel Bugallal, "El coruñés de Monelos Serafín Ferro, 'arcángel' de Cernuda" en La Opinión A Coruña, 20.10.2016:

Fue introducido por Lorca en los círculos del 'epentismo' de la Generación del 27. Su ruptura amorosa con el poeta sevillano inspiró 'Donde habite el olvido'.

De familia humilde y anarquista, el coruñés Serafín Fernández Ferro llegó a Madrid huyendo del hambre a comienzos de los años treinta, cuando aún era casi un niño. De figura menuda, su atractivo y desparpajo cautivó a los poetas de la Generación del 27, en cuyos círculos penetró a través de García Lorca, de quien también fue objeto de deseo, además de Blanco Amor. Con ellos formó parte de lo que Lorca llamo 'epentismo'. Hizo sus pinitos en la poesía y el teatro, tuvo un papel en 'Sierra de Teruel', película basada en 'L´espoir', de André Malraux, y acabó sus días en México, pobre y malcasado

Un chaval con aspecto de mendigo entra en El Universal y se dirige a García Lorca, que acaba de pedir un café y un coñac al camarero: "Señor García Lorca, ¿por qué no me invita usted a un pepito? Hoy todavía no he comido".

Es otoño de 1931 y la escena transcurre en Madrid. El protagonista es el joven coruñés Serafín Fernández Ferro (A Coruña, 1914-México, 1957), que narra sus miserias al poeta. No tiene un céntimo, quiere trabajo y está dispuesto a prostituirse. A Lorca no le atraen los "muchachos venales" pero sabe a quién puede interesar.

Ambos acuden a la casa de Vicente Aleixandre, en Velintonia, donde escribe unas notas de recomendación, entre otras al poeta Manuel Altolaguirre y a su mujer, Concha Méndez, que contratarán a Ferro de linotipista en su nueva imprenta, y a Luis Cernuda, para el que ve en Ferro un compañero ideal... si no lo idealiza demasiado.

"Querido Luis: Tengo el gusto de presentarte a Serafín (he estado luchando con tres plumas) [en sentido figurado y en el literal, pues tuvo que recurrir a tres diferentes para escribir el texto]". "Espero que lo atiendas en su petición".

Cernuda sucumbió de inmediato a los encantos del joven coruñés, que entonces tenía 17 años -aunque se ponía algunos más, mientras el poeta, que le llevaba otros tantos, se los quitaba-, y se convirtió en su gran amor. La relación fue breve -no más de medio año- y tormentosa, pero dejó un poso definitivo en el poeta sevillano, al que inspiró varios poemas, le dedicó Los placeres prohibidos y cuya ruptura dio lugar a su obra mayor, Donde habite el olvido. "Mi arcángel", llamará Cernuda a Serafín, al que describe también como "ángel terrible" y "alimaña hostil".

"Ángel, demonio, suelo de un amor soñado", escribiría en un poema. O "serpiente que llevo hace tiempo enroscada a mi corazón", dice en Donde habite el olvido. En la contraportada, una misteriosa ese en forma de serpiente que muy pocos supieron interpretar. Ya al final de su vida, el poeta reconocería que fue una relación "sórdida" y su actitud con Serafín, "demasiado cándida y demasiado cobarde".

Así fue como Ferro se introdujo en lo que Lorca llamó el epentismo, el círculo de homosexuales de la Generación de 27, con los que el jovencísimo coruñés se relacionó y cuyas tertulias frecuentó, entre otras la del diplomático y escritor chileno Carlos Morla Linch, a la que iban los dos poetas andaluces, Rafael Martínez Nadal y los gallegos Eduardo Blanco Amor y Ernesto Guerra da Cal, y donde literatura y actualidad se combinaba con historias de amores y celos.

Xesús Alonso Montero no duda que Lorca y Serafín "fueron amantes, aunque quizá ocasionales", y otros testimonios coligen que más que un triángulo pudo haber "todo un polígono amoroso", del que formarían parte Blanco Amor, homosexual confeso; Morla e incluso Guerra da Cal, ambos casados.

Serafín, sin embargo, prefería a las mujeres y, dos años después, en 1933, se fue a vivir con Catuxa, una lucense guapa y casi analfabeta, a un lóbrego cuchitril cercano a la plaza de la Cebada.

Ferro, de una familia numerosa y de anarquistas, se había ido a Madrid andando -cuenta Martínez Nadal- siguiendo a dos hermanos mayores, Amadeo y José, activos militantes de la CNT y de la FAI, que se dedicaban a la instalación de luminosos en los edificios.

Guerra da Cal -la mano que corrigió los Seis poemas gallegos de Lorca- cuenta que el joven leía con pasión a los clásicos del anarquismo (Bakunin, Proudhon) y los Cantos de Maldoror, de Lautréamont. También a Rosalía, Curros y Pondal. Y hasta los tomos de una enciclopedia que vendía para ganarse la vida.

"De gracioso gesto y voz dulce", lo describió Lorca, y Guerra lo tildó de "golfantillo intelectualizado con aires de elfo rizado y moreno". Y más o menos así lo retratan las fotos tomadas por Ramón Gaya, que lo dibujó a carboncillo y a color, y José Moreno Villa.


Escribió versos en castellano (Enamorado de nadie) y en gallego (Nouturnio de membranza, que dedicó al poeta Gil Albert) y fue actor en Sierra de Teruel, filme basado en la obra de André Malraux L'espoir. En 1935, después de hacer el servicio militar en el Regimiento número 3 de Infantería de Oviedo durante la Revolución de Asturias, regresó a A Coruña, donde la Guerra Civil le sorprendió y frustró su intento de estrenar obras de Yeats y Antón Villar Ponte con el grupo que dirigía, Keltya. Huyó a Portugal y a México, donde acabó pobre y malcasado.

IV

Sergio Téllez-Pon "El Salvador de Cernuda. El deseo insumiso al tiempo", en Confabulario3-XI-2013:

Luis Cernuda (Sevilla, Andalucía, España, 1902- ciudad de México, 1963) llegó a México luego de un largo peregrinar por el mundo: había huido de España por la guerra civil y llegó a París donde siempre pensó que regresaría a Madrid; huyó de Francia engañado por un amante, Stanley Richardson, a dar unas supuestas conferencias en universidades británicas; una vez más, escapó de Inglaterra para dar clases esta vez en universidades estadounidenses y finalmente huyó de Estados Unidos en busca del clima que le recordara la costa andaluza que lo vio nacer y fue por eso que llegó a Acapulco, entonces el paradisíaco puerto del océano Pacífico. México fue, pues, el único lugar al que no llegó para volver a escapar, el que conscientemente eligió para vivir.

Aquí, además, se reencontró con su lengua, el castellano, que había dejado de escuchar hacía muchísimos años (como lo cuenta en el primer poema de Variaciones sobre tema mexicano) y en Acapulco encontró el clima cálido que tanto le recordó sus días en la playa de Valencia frente al Mediterráneo mientras España se desangraba, tal y como lo recuerda Elena Garro. Pero también, y sobre todo, encontró el cuerpo del deseo en un joven del que por el primer poema de Poemas para un cuerpo sólo se sabía que se llamaba Salvador y que hoy se sabe respondía al nombre de Salvador Alighieri. Aunque Cernuda era un señor de casi cincuenta años, la pasión por Alighieri lo hizo declarar en Historial de un libro: “Creo que ninguna otra vez estuve, si no tan enamorado, tan bien enamorado, como acaso pueda entreverse en los versos antes citados [los Poemas para un cuerpo], que dieron expresión a dicha experiencia tardía. Mas al llamarla tardía debo añadir que jamás en mi juventud me sentí tan joven como en aquellos días en México”.

En 1949, Cernuda había venido a pasar las vacaciones de verano a la ciudad de México y luego fue unos días al puerto: “un poco de sol puede consolarme de tantas cosas”, confesó. Un año después se empeñó en regresar y pasó aquí las vacaciones del verano de 1950; el encuentro con la cultura mexicana, en la que veía tantas reminiscencias de la española, le inspiraron para empezar a esbozar los poemas en prosa que después serían Variaciones sobre tema mexicano —que en principio tituló como Concerniente a México—. “El sentimiento de ser un extraño, que durante tiempo atrás te perseguía por los lugares donde viviste, allí callaba, al fin dormido. Estabas en tu sitio, o en un sitio que podía ser tuyo; con todo o con casi todo concordabas, y las cosas, aire, luz, paisaje, criaturas, eran amigas. Igual que si una losa te hubieran quitado de encima, vivías como un resucitado”, se decía a sí mismo en una de las Variaciones

Volvió por tercera vez, en 1951, y fue entonces cuando conoció a Salvador Alighieri. Después de ocho meses en los que hizo una fructífera escala en La Habana (donde pronunció tres conferencias y entabló una estrecha amistad con Lezama Lima), regresó a Estados Unidos, al colegio de Massachusetts donde impartía clases durante el crudo invierno del norte que tanto detestaba, pero ya con la firme idea de volver, y por qué no, establecerse en México definitivamente así pareciera un impulso incontenible: “Sé que es, desde el punto de vista práctico, un disparate. Pero también sé que por no haber hecho otro disparate semejante, me quedé en Sevilla y me quedé en Londres más años de los que eran convenientes. Y el tiempo perdido viviendo en un ambiente que nos aburre, ahora lo veo, es lo que luego más nos remuerde y acongoja”, le escribió en una carta a Pedro Salinas. Al fin consiguió establecerse en la ciudad de México en noviembre de 1952. Poco más de diez años estuvo entre nosotros (con una corta estadía en San Francisco y Los Ángeles donde, una vez más, impartió clases), hasta su muerte el 5 de noviembre de 1963.

En el furor de los locos años veinte, Cernuda, a diferencia de otros compañeros de generación como Vicente Aleixandre —quien escribía sus poemas a un supuesto personaje femenino que en realidad era masculino—, García Lorca o Emilio Prados, nunca escondió su homosexualidad ni en su persona ni en su obra: desde muy joven no sólo la hizo saber sino que después la reivindicó en su rebelde Los placeres prohibidos, que escribió a principios de los años treinta influido todavía por el surrealismo. En uno de los poemas de ese libro, “Si el hombre pudiera decir”, por ejemplo, el hombre al que se refiere en el título no es al de la especie (no eran los tiempos del lenguaje políticamente correcto que distingue lo masculino y lo femenino) sino a un ejemplar del sexo masculino. El amor, la pasión por ese hombre, pues, es “la única libertad que me exalta, la única libertad porque muero”; es decir, era ajeno a las libertades que se conseguían en España con la segunda República; esas libertades a él no le importaban, no le exaltaban, no moría por ellas.

Entre finales de 1931 y 1932, se había paseado, aunque no de la mano pero como si lo hubiera hecho, por todo Madrid con Serafín Fernández Ferro (1914-1954), un joven gallego, linotipista en la imprenta de su amigo Manuel Altolaguirre, que le presentaron sus otros cofrades del “epentismo” (Aleixandre, Rafael Martínez Nadal y García Lorca, quien inventó el neologismo para llamar a sus allegados homosexuales), que al final resultó más un chichifo que un amante y cuya ruptura amorosa le inspiró los poemas de Donde habite el olvido; años después, Serafín acabó sus días transterrado en México, enfermo de tuberculosis, pobre y malcasado. Después, en el verano de 1934, Cernuda tuvo un romance con el ya mencionado Richardson, un joven británico que tradujo algunos de sus poemas al inglés, quien al sacarlo con mentiras de Francia prácticamente le salvó la vida y, sin embargo, se ganó el odio gratuito de Cernuda; Richardson murió poco después durante un combate en la guerra civil española, pues se había enrolado en las filas republicanas. Por su parte, Luis Antonio de Villena aventura que Cernuda pudo haber tenido otro enamoramiento en Glasgow durante 1940: ese año lo habían invitado a Cuba pero se negó, en palabras del propio Cernuda, “por no huir del miedo a una pasión”. Pero ninguna de esas relaciones lo había dejado satisfecho. Ahora, en México, hecho ya un hombre, un señoritingo de refinadas maneras inglesas, se enamoraba de un joven muchos años menor que él. “Mano de viejo mancha / El cuerpo juvenil si intenta acariciarlo”, dice en “Despedida”, uno de sus poemas más célebres.

Cuando conoció a Cernuda, Salvador Alighieri, El Chocolate (que aparece en algunas de las Variaciones… como el indito “Choco”), tenía toda la apariencia de mayate, tan apreciada por los gays: era un joven de 20 años, moreno (“oscuro” es el adjetivo que usa Cernuda en los poemas), que además practicaba fisicoculturismo. Se conocieron en La Roqueta, una playa de la bahía de Acapulco, en el verano de 1951. Cernuda, quien siempre había apreciado el cuerpo juvenil masculino y así lo cantó en varios de sus poemas, quedó prendado de la figura del joven y casi de inmediato lo protegió. Martínez Nadal le contó a De Villena que por el tiempo que salía con Serafín, Cernuda también tenía algunos encuentros con meseros a cambio de una ayuda económica, algo que después repetirá con Alighieri, como lo reconoció él mismo ante el periodista Antonio Bertrán. Cernuda sabía que el mundo era de los jóvenes, por eso sucumbía ante ellos, y es de ellos de quienes se despide en ese poema memorable: 

Adiós, adiós, compañeros imposibles. 
Que ya tan sólo aprendo 
A morir, deseando
Veros de nuevo, hermosos igualmente
En alguna otra vida. 


Con Salvador, Cernuda no era el hosco y malhumorado que la mayoría recuerda; al contrario, en su testimonio, Alighieri lo recuerda tierno y hasta paternal, una relación más propia de erómenos y erastes. Para él, para Alighieri, escribió los Poemas para un cuerpo que se escribieron casi al mismo tiempo que las Variaciones… y se publicaron por primera vez como plaquette en Málaga en 1957, editada por Bernabé Fernández-Canivell, quien tuvo la feliz ocurrencia de que fueran ilustrados por Álvarez Ortega pero Cernuda se rehusó calificando los dibujos de “mariconerías de la peor especie”; más tarde los incluyó en su libro Con las horas contadas:

I

Salvador

Sálvale o condénale
Porque ya su destino
Está en tus manos, abolido.

Si eres salvador, sálvale
De ti y de él; la violencia 
De no ser uno en ti, aquiétala.

O si no lo eres, condénale,
Para que a su deseo
Suceda otro tormento.

Sálvale o condénale,
Pero así no le dejes
Seguir vivo, y perderte.


Como pocos poetas, Cernuda dejó demasiados guiños y pistas de su vida en su gran obra poética, de manera que cuando Bertrán encontró a Salvador Alighieri en Guadalajara y pudo entrevistarlo, sus palabras arrojaron nuevas pistas para reinterpretar los Poemas para un cuerpo, que aunque están inspirados en él, Alighieri no conocía y Bertrán se los proporcionó. A pesar de su corta edad, Alighieri ya estaba casado y tenía un primogénito, Salvador, de 2 años, a quien Cernuda aceptó confirmar para así hacerse compadres. Alighieri le confesó a Bertrán que no hubo entre ellos sino una relación afectiva, que Cernuda se conformaba con contemplarlo hacer sus ejercicios con el torso desnudo y entonces el poeta, mientras fumaba su pipa, se ponía a escribir (¿los Poemas para un cuerpo acaso?). Tal vez fuera el suyo un enamoramiento más platónico que una relación carnal. Sin embargo, en varios poemas de Variaciones…, Cernuda dice un poco más sobre “Choco”. En “La posesión”, escribió: “En un abrazo sentiste tu ser fundirse con aquella tierra; a través de un terso cuerpo oscuro, oscuro como penumbra, terso como fruto, alcanzaste la unión con aquella tierra que lo había creado. Y podrás olvidarlo todo, todo menos ese contacto de la mano sobre un cuerpo, memoria donde parece latir, secreto y profundo, el pulso mismo de la vida”; y en “Dúo” dice todavía más: “A tu ternura envolvente responde con su abandono, y no te cansas de acariciarle ni de besarle”. También sobre esa última pasión cernudiana escribió el poeta Jaime Gil de Biedma: “ese enamoramiento no fue sino la concreción final, en un cuerpo y en una persona, del deslumbramiento instantáneo, del inesperado brote de felicidad sensual que aquella tierra propició en él, cuando en su edad madura apenas ya nada esperaba”.

La relación con Alighieri duró hasta 1955 o 1956, poco más de cuatro años que sin embargo fue la más duradera de Cernuda. En 1960, le escribió Cernuda en una carta a Sebastian Kerr: “Un amigo mío, Salvador Alighieri, al que tenía una amistad muy distinta de la que tengo a [Octavio] Paz, entre otras raras peculiaridades tenía la de no decirme jamás cuándo iba a marcharse fuera de México capital.” Otra de esas particularidades que molestaban a Cernuda del comportamiento de Salvador, como buen joven, era su irresponsabilidad: “Luis me regañaba y aconsejaba como si fuera un padre. Íbamos a un café, el Night and day, y ahí insistía en que no fuera tan loco, que respetara a mi mujer”, le cuenta a Bertrán. Alighieri desaparecía por semanas y luego regresaba a buscar al poeta: “Jamás pude conseguir de él —escribe Cernuda en la carta a Kerr—, a pesar de nuestra amistad, que me dijese su marcha antes de emprender una. El procedimiento era: citarnos en algún sitio, y su no comparecencia. Ya comprenderá que mi mal humor llovía sobre él cuando aparecía luego”. Un mal día, Salvador no volvió a aparecer. Según le contó a Bertrán, empezó a tener problemas en su matrimonio y se fue al norte, a intentar cruzar a Estados Unidos; no lo consiguió y se instaló en Nuevo Laredo, donde ganó algunos premios de fisiculturismo (Mr. Espalda y Mr. Laredo). A finales de 1963 volvió a la ciudad para competir por el título de Mr. México Junior, que también ganó, y entonces se enteró de la muerte de Cernuda.

Tal vez por esos mismos años de la carta a Kerr escribió Cernuda “Epílogo (Poemas para un cuerpo)”, que incluyó en su último libro, Desolación de la Quimera (Joaquín Mortiz, 1962), con toda seguridad cuando Alighieri ya había desaparecido definitivamente, sin avisarle:

Tu imagen de hace años,
Hermosa como siempre, sobre el papel, hablándome,
Aunque tan lejos yo, de ti tan lejos hoy
En tiempo y en espacio.
Pero en olvido no, porque al mirarla,
Al contemplar tu imagen de aquel tiempo,
Dentro de mí la hallo y lo revivo.


Tu gracia y tu sonrisa,
Compañeras en días a la distancia, vuelven
Poderosas a mí, ahora que estoy,
Como otras tantas veces
Antes de conocerte, solo.

Un plazo fijo tuvo
Nuestro conocimiento y trato, como todo
En la vida, y un día, uno cualquiera,
Sin causa ni pretexto aparente,
Nos dejamos de ver. ¿Lo presentiste?
Yo sí, que siempre estuve presintiéndolo.



¿Salvó Alighieri a Cernuda? Desde luego, aunque sólo por un tiempo. Tal vez si no se hubieran conocido, Cernuda no habría tenido las fuerzas y el motivo suficiente para emigrar una vez más, y sin embargo lo hizo, vino aquí donde se sintió más joven que nunca… aunque la consecuente felicidad se le haya presentado casi al final de su vida.