Leer a Pedro Almodóvar: “El escritor es egoísta por naturaleza”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Pablo Guimón, 24 oct 2026:
Desde niño soñaba con ser novelista. Tras una vida dedicado al cine, el director manchego publica a los 77 años ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, una ficción tan libre como sus películas atravesada por su pasión lectora
Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.
Pregunta. “Lo que tienes en tus manos”, dice en el prólogo del libro, “es una novela escrita con ansiedad”. ¿De dónde nace esa ansiedad?
Respuesta. No sé. Desde luego es algo que está en mi carácter. Y no siempre es malo, porque la ansiedad que me ha empujado a escribir este libro ha sido totalmente positiva. Ha sido como quitarle un tapón a una tinaja. De pronto, todo el líquido ha salido a borbotones. En otros casos la ansiedad no es buena. De hecho, he estado dos veces en el hospital por culpa de la ansiedad. Yo creo que viene de mi carácter, y también de que en el cine casi nunca hay tiempo. Por muy holgada que sea la producción, siempre te quedas corto. Me funciona muy bien la adrenalina porque me despierta, pero te quedas después un poco bajo y yo tengo que tener cuidado. He tenido una vez una crisis de ansiedad muy aguda, la única vez que tuve que ir a un neurólogo, y debo cuidarlo porque me ocurre sin darme cuenta.
P. Esa ansiedad suya la comparten también Flavio, el protagonista de su novela, y Patty Diphusa, aquella estrella de fotonovelas porno, paradigma de la Movida, sobre la que escribía por entregas en la revista La Luna.
R. Totalmente. En Patty Diphusa, reconozco que me llamaban de La Luna para decirme que me enviaban ya al motorista para recoger el texto, y yo en esa media hora hasta que llegaba el motorista me escribía el capítulo, metiéndome antes unas cuantas rayas de coca. Patty Diphusa estaba muy muy drogada. Era el efecto de que yo lo escribía siempre en un estado alterado. Pero ahora ya no es así en absoluto.
P. Antes era la cocaína y ahora es la adrenalina.
R. Sí, sí, total. Pero siempre es buena señal eso de que empiezas a escribir algo, y por la noche estás leyendo otra cosa que no tiene nada que ver y te continúa la idea. Yo tengo que apuntarlo corriendo en el libro. Mis libros están llenos de notas.
“Cancelar a un autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero yo no soy mitómano de lo personal”
P. “Todo lo que me emociona o interpela en un libro o una película es mío, forma parte de mi propia experiencia”, dice Flavio, citando a Borges. ¿Podría aplicarse a usted?
R. Lo que le gustaba a Borges era que le contaran, y después ese recuerdo ya era suyo. Él ya podía manejar ese recuerdo como propio. A mí eso me pasa con las películas. Una vez que veo una película que me conmueve, esa conmoción y ese sentimiento ya me pertenece a mí. No le pertenece a la película, a pesar de que es la película la que me lo genera. Lo hago mío. Como si estuviera hablando de que he venido aquí y me he sentado a hablar contigo. Es decir, para mí es mío, esa experiencia es mía.
P. Eso se ve en Amarga Navidad, donde utiliza vivencias de personas cercanas.
R. La autoficción. Y los límites de la autoficción, si los hay. El autor se cree dueño de todo lo que ha experimentado en su vida, y ha experimentado muchas cosas que han sido corales. ¿Hasta qué punto tienes derecho a contarlo o a hacerlo tuyo todo? Es un problema moral que yo no sé cómo se resuelve. Creo que la clave es tratar de no hacer mal a nadie. Eso es lo que a mí me guía. Cuando tienes una idea, estás escribiendo y ese recuerdo te viene muy bien para lo que quieres contar, es difícil rechazarlo. Es difícil decir: tengo que respetar a mi amigo y no meterme en este fregado. El escritor es egoísta por naturaleza. Piensa en lo que está escribiendo y en ese momento no piensa en su amigo, su pareja o quien sea. El narrador es un ser egoísta. Y eso no es bueno, pero es la naturaleza de las cosas.
P. Se lo dice el personaje de Aitana al de Sbaraglia en Amarga Navidad: “Tú eres más sincero cuando escribes”. ¿Le sucede a usted lo mismo que a su alter ego?
R. Creo que en la escritura me expongo más. Hay algo en la escritura que, en mi caso, no es que me impida mentir pero me cuesta más. A la hora de escribir, tal vez por el respeto a la literatura, yo estoy dispuesto a sacrificarme y entrar en cosas en las que no me siento del todo cómodo. Me gustan para escribirlas, pero no me gustan cuando pienso que en el futuro tendré que hablar de ellas con periodistas. Porque entonces ahí sí te estás exponiendo ya directamente. Me siento más expuesto, de un modo más profundo, cuando escribo.
P. Escribe desde muy pequeño. ¿Se sintió antes escritor o cineasta?
R. Yo me sentía como esas actrices que empiezan siendo vedettes en una revista musical y, de pronto, las llaman para hacer un papel dramático y dan el salto a un género que es más difícil. Yo me veía como de revista, y no en un género más dramático. Tenía un poco ese complejo o, más que complejo, esa conciencia. Yo he escrito toda mi vida, desde los 11 años, pero no creo que sea una persona que tenga una cualidad extraordinaria para escribir. De eso te vas dando cuenta. Mi vocación era ser un gran novelista. Pero según pasaba el tiempo me daba cuenta de que no estaba capacitado.
P. ¿Por qué?
R. Pues porque veía la propia tosquedad del material que escribía. Pero lo que sí sentí desde muy pequeño es que tenía una imaginación muy grande. Una capacidad de fabular extraordinaria. Y eso afortunadamente no me ha abandonado. Pero también descubres con el tiempo que eso no basta, que la imaginación es solo un elemento más. Que necesitas un montón de otras cualidades para escribir una novela. A los 18 años me di cuenta de que yo lo que quería era narrar, contar historias. Y me pareció que tenía más facilidad para contarlas con imagen, es decir, en cine, que en literatura. Me compré una cámara de Súper 8 y empecé a hacer peliculitas, todas ya narrativas. Vocación narrativa he tenido siempre. Y llega un momento en que, para mí, el cine es una pasión. No es un trabajo, se parece mucho a una adicción.
P. ¿Adicción al cine?
R. Yo he tenido adicción al tabaco, sé lo que es una adicción, y esto se parece. Y ahora mismo, en la tercera etapa de mi vida, noto de un modo mucho más claro que antes que lo vivo de un modo adictivo. Yo no he tenido el problema de encontrarme con una época de sequía narrativa, afortunadamente, pero llegará en cualquier momento. Esas cosas llegan. Pero yo lo viviría también absolutamente como una agonía. Eso me convierte en director. En cambio, siempre he tenido la vocación de escribir una novela y no la he escrito hasta ahora. Con el tiempo he estado incluso dispuesto a escribir una que no fuera una gran novela, que era lo que yo quería de adolescente, sino que fuera una novela entretenida, amena y que te sirviera para un viaje de dos horas. Ya me había rebajado yo mismo mis aspiraciones (risas).
P. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?
R. Nosotros nacimos toda la familia en Calzada de Calatrava [Ciudad Real] y después nos mudamos a Extremadura. Desde muy pequeño, yo empecé a leer con los catálogos de Galerías Preciados de mis hermanas. Eran unos catálogos preciosos. Bueno, para fetichistas era increíble porque, claro, estaba ahí toda la ropa interior femenina. Pues yo en ese momento pedía libros a mis hermanas, aunque no conocía nada.
P. ¿Qué tipo de libros?
R. Pues a Françoise Sagan, por ejemplo. Me recuerdo no solo leyéndola, sino sintiéndome muy identificado (risas). Hablaba de una adolescente, de gente bien, de gente intelectual de París. Pues yo la entendía a mi modo y me encantaba. Una cierta sonrisa. Buenos días, tristeza… Las recuerdo mucho porque eran las primeras novelas que leí. Después había una colección, muy de mi generación, que se llamaba Colección Reno. Estaban Mika Waltari, Jack London, Jonathan Swift... y alguien tuvo la buena idea de poner en esa colección a Hermann Hesse. Estos fueron los primeros libros que fui leyendo. Antes de eso, yo iba a dar clase a la casa de un señor, que no era maestro ni nada, pero que recogía a todos los niños de la calle. Esto era muy de los años cincuenta. Las madres nos llevaban cuando teníamos tres, cuatro y cinco años y así nos quitaban de casa. Él no tenía ninguna titulación, pero nos enseñaba a leer y a escribir. Tenía una enciclopedia, bastante gorda, y me la leí de cabo a rabo.
P. ¿Y qué empieza a leer cuando escapa del pueblo y llega a Madrid?
R. En Extremadura empecé a estudiar el bachillerato, pero duré un año en el pueblo. No resistía y me vine a Madrid. Me vine siendo menor de edad, y amenazado por mi padre, que me decía que me iba a mandar la Guardia Civil. Le dije: “Pues mándamela, pero yo me voy”. Y me fui. Una vez en Madrid, según iba creciendo, ya empecé yo a escoger autores de acuerdo con lo que iba leyendo en los periódicos.
P. ¿Siempre más ficción que ensayo?
R. Sí, sí.
P. ¿A qué lo atribuye?
R. Pues no sé. Yo creo que debería leer más ensayo. Leo en el periódico a muchos escritores de ensayos, sobre la época que estamos viviendo o sobre cualquier otra cosa, y me digo a mí mismo que debería estar leyéndolos. Creo que es simplemente que una novela me resulta más fácil, más entretenido.
P. Es curioso, porque parece como que disociara eso. En sus primeras películas apenas se habla del franquismo, no se habla casi de política. Tampoco en las más recientes. Y en cambio usted siempre ha sido un personaje muy comprometido con sus ideas en público.
R. Sí, y me crea cierta… no es mala conciencia, no es tanto, porque yo lo que hago es entregarme absolutamente en cuerpo y alma a lo que escribo y creo que es lo más honesto que puedo hacer. Pero echo de menos no tener en mi filmografía más películas sociales, porque a mí me preocupan mucho los problemas de mi país y los problemas de la ciudadanía. Pero también creo que eso es una cuestión de capacidad. Tengo más capacidad para escribir sobre otros temas que sobre temas sociales, al menos al nivel que a mí me gustaría para no caer en tópicos ni en lugares comunes.
P. En la novela vuelve a verse cierta nostalgia del Madrid de los ochenta. “Nos creíamos renacentistas, pero no era cierto. Nadie se sentía aprendiz, sino estrella”. ¿Echa de menos esa actitud?
R. Era tal cual. Sobre todo al principio de los años ochenta. Nos creíamos estrellas y estábamos aprendiendo. Aprendiendo desde la nada. Creo que cuando eres joven ahora mismo resulta mucho más difícil. Lo que tienen los jóvenes ahora que no teníamos nosotros, y es malo para los de ahora, es que desde el primer momento forman parte del mercado. Nosotros no éramos parte del mercado, no éramos parte de nada excepto de nuestro propio placer. No sabíamos todavía nada, pero había ideas. A tener ideas no se puede aprender. Yo no quiero ser nostálgico. No, no lo soy. Pero echo mucho de menos mi juventud y mi juventud fue los ochenta.
P. ¿Para que le interese un libro, tiene que interesarle su autor?
R. No, no. Yo, por ejemplo, a Philip Roth no tenía el menor interés en conocerlo. De hecho, si hubiera querido lo habría conocido. Porque eso es muy americano. A mí, la primera vez que llegué a Nueva York, me dijeron los distribuidores: ¿a quién quieres conocer? Forma parte de la vida social de allí. Y me ha pasado al revés, por ejemplo, que cuando he ido a Nueva York o a Los Ángeles, yo tenía también mi corte de actores y actrices importantes que ya le habían pedido a mi asistente tener un encuentro con Pedro Almodóvar. Te lo piden como quien pide audiencia. Entonces yo no habría querido conocer a Philip Roth y, sin embargo, adoro absolutamente sus novelas. A mí no me resulta nada difícil separar la persona de su obra, pero alguna vez he caído también en eso. Yo era absoluto fanático de Vargas Llosa, pero cuando se metió en política dejé de leerlo. Y me parece que no se debe hacer. Cancelar al autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero no soy mitómano de lo personal.
P. Adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula, a Thierry Jonquet en La piel que habito, a Alice Munro en Julieta, a Sigrid Nunez en La habitación de al lado, a Jean Cocteau en La voz humana... Pero sus adaptaciones de novelas no son exactamente fieles.
R. Es el único modo en que yo puedo acercarme a una obra de otro. Si no es con absoluta libertad, no lo haría. Y eso los autores tienen que tenerlo en cuenta. Yo he leído a algún autor español decir que dar tu libro para una adaptación cinematográfica es como dar tu hija para que la violen. Ese señor debería saber, y además lo sabe porque es mucho dinero, que hay una cosa que se llama derechos de autor, y que eso sirve para ponérselo en la boca al autor para que no hable. Este tipo de autor a mí me pone muy nervioso. Por ejemplo, Mujeres al borde… se ha puesto en varios sitios como musical o como obra de teatro. Lo primero que le he dicho al autor es que se sienta absolutamente libre.
“Pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine”
P. “Me siento superflua, perdida y (como los últimos cinco años) póstuma”, escribe Susan Sontag. Lo cita Flavio en el libro, y dice que podría haberlo escrito él. ¿Se empieza a sentir póstumo también usted, como Sontag o como Flavio?
R. A veces. No es un sentimiento continuado, porque si no ya sería una crisis. Pero hay veces que sí que me desespero. Fíjate que conocí mucho a Susan Sontag y puedo meterla en el grupo de amigas ilustres. Ella era la curiosidad personificada. No había nadie tan excitable como Susan Sontag. Si llegaba al lugar, quería conocer todo. La baja y la alta cultura, la gastronomía. Era una cosa increíble. Nunca me la hubiera imaginado en un momento de duda, pero fíjate si dudó.
P. En la última edición del festival de Cannes hubo una imagen como de relevo, que recordaba casi a Eva al desnudo. Era usted, con su musa Penélope Cruz, y Los Javis, que acaban de trabajar con ella y salían premiados del festival con La bola negra. ¿Siente que hay un relevo, un traspaso del legado?
R. Yo pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine. Pero evidentemente, con Los Javis, pertenecemos a una rama genealógica y ellos son la parte más fresca y recién llegada de ese árbol en el que yo estoy también. Sí, sí. No es que estén imitándome, sino que hay algo en el espíritu, en ese eclecticismo absoluto que tienen, la falta de respeto que tienen a los temas, en lo que nos identificamos y que yo espero seguir teniendo.
P. Dicen que está con un nuevo proyecto ya avanzado.
R. Muy, muy avanzado. Será muy distinto de lo último. No podría vivir si no estoy con algo entre manos. Me quedaría muy triste.
El hombre que solo escribía en los aviones, Pedro Almodóvar. Reservoir Books, 2026
256 páginas. 20,90 euros. A la venta el 29 de octubre