[Tomado de Vicente Garrido, Personas diana, 2026]
Introducción. Ensanchar el ojo del huracán
Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.
(Charles Dickens, Historia de dos ciudades)
El mundo con frecuencia es difícil de comprender y manejar. El mal es un hecho real y radical de la existencia, como lo pueda ser una mesa o una montaña, aunque a veces hay que saber mirar para descubrirlo. No me ocuparé aquí de su manifestación más estruendosa o atroz, la que se ejerce contra gran número de personas (o contra todo un pueblo o nación) por parte de responsables políticos —cuando el mal es tan ominoso que, en palabras del filósofo George Steiner, «derrota al lenguaje», es decir, ni siquiera puede ser descrito—; ni tampoco de la que se da en la vida civil por asesinos múltiples que matan a varias (o muchas) personas en una sola secuencia, o bien cometen homicidio de forma serial.
En cambio, sí atenderé a la maldad derivada de la violencia que ejerce el psicópata, el manipulador por excelencia, pues representa al ser humano más preparado para desplegarla en el ámbito de las relaciones interpersonales y familiares. Tomado en conjunto, en todo su proceder potencialmente violento, constituye sin duda una amenaza global, hasta tal punto que considero que hoy vivimos en la era de la psicopatía y, por ello, urge denunciar el mal y defender la vida entendida como un proyecto con un profundo significado humano y, por consiguiente, espiritual. La violencia de la que hablo en estas páginas en ocasiones será constitutiva de delito, pero con mucha frecuencia, debido a la dificultad de probarla en los tribunales, o porque adquiera la cobertura de un «mal cotidiano», quedará en manos de la persona que la sufre —a la que llamo «persona diana»— el protegerse frente a ella y dar una cumplida respuesta.
No puedo ahorrarte el dolor o el sufrimiento, y si pudiera, dudo de que fuera una acción inteligente. El mundo no es un lugar justo; ya tengas creencias religiosas o no, está claro que en la tierra que pisamos con frecuencia los malos son recompensados y los buenos escarnecidos. Los psicópatas son muy conscientes de esta realidad, solo que para ellos los «buenos» son los idiotas y los malos los «inteligentes», es decir, ellos mismos. Pero para los que aspiramos a ser personas decentes está claro que nuestro paso por la existencia no puede regirse por un mero cálculo utilitarista de quién obtiene bienes o privilegios. Si este fuera el caso, sería juicioso meterse en el crimen organizado o cometer delitos (con una buena cobertura ante la posible acción de la justicia). La persona con un criterio moral comprende que la principal satisfacción proviene de hacer las cosas adecuadas de forma correcta, porque es en el interior de nuestra conciencia respetada y en el efecto de nuestros actos en el cuidado de los otros donde encontramos nuestros momentos más felices. Así pues, frente a los reveses e injusticias de la vida, la mejor actitud para afrontarlos consiste en aceptar y abrazar en su plenitud el misterio de la existencia mientras luchamos por dar sentido a nuestro breve lapso de vida en un universo eterno e infinito.
La metáfora del ojo del huracán
En mi libro anterior, El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, presenté al filósofo Philip Hallie (fallecido en 1994), quien dedicó su vida a estudiar la violencia más cruel, fuertemente impactado por sus experiencias como artillero durante la Segunda Guerra Mundial. En sus investigaciones como profesor de Filosofía se obsesionó por poder comprender el extraordinario episodio sucedido en Le Chambon —un pequeño pueblo de Francia— en los años de la ocupación alemana, durante el cual toda la población contribuyó a salvar a 5 000 personas, la mayoría niños, de una segura deportación y muerte, aun a riesgo de sus propias vidas. ¿Qué sentido tenían acciones como estas en medio de una devastación global? Hallie opinaba que el Mal (en mayúsculas) solo podía ser contenido mediante una fuerza superior; a la violencia psicopática de los nazis únicamente cabía oponerle una violencia aún más letal para defender la vida de los inocentes. ¡Cinco mil vidas salvadas eran una gota de agua ante los millones de asesinados por los nazis! ¿Cómo podía servir una acción así, a pesar de su extraordinaria generosidad, para vencer al Mal?
Esta inquietud ante la cuestión de la utilidad de la bondad ante los malvados —más allá de la necesaria fuerza a utilizar para neutralizarlos— llenó las cavilaciones de Hallie a lo largo de varios años, hasta que llegó un momento de serendipia en que comprendió la enorme importancia de los gestos de bondad como el protagonizado por Le Chambon. El huracán Gloria atruena en el campo donde está su familia; se refugian en la cocina del hogar, en espera de escapar a la destrucción que reina en el exterior:
No se trataba de un mero sonido [...] era más bien un sentimiento masivo de un poder devastador tragándose el cuerpo y la mente de cualquiera [...]. Entonces, de modo súbito, vino la paz. Miré hacia arriba y el cielo estaba pálido, una palidez azulada que cubría toda la granja. Había pájaros volando plácidamente por ese cielo, e incluso las hojas de los árboles apenas se movían. ¡Estábamos en el ojo del huracán! Nosotros [...] nos mantuvimos unidos, cogiéndonos de las manos, pero ahora sentíamos una sorprendente calma. El terror de antes había dejado paso a una ternura que compartíamos los cuatro y parecía proyectarse hacia el mundo que estaba fuera de esa cocina. Fue en ese momento cuando comprendí el tipo de paz que había hallado en Le Chambon. La paz en ocasiones permanece como el ojo de un huracán en medio justo de toda la exhibición de poder. El poder indiferente y destructivo de la naturaleza o el que proviene de los seres humanos están siempre cerca; rodea la belleza azul de nuestra ternura y siempre amenaza con invadirla, como el viento del huracán rodea su propio ojo. En medio de los crímenes, en medio de la crueldad premeditada y el odio [...] hay un espacio para la paz y la ternura, en el mismo ojo del huracán.
Un propósito fundamental de este libro es destacar la necesidad de renovar nuestro compromiso con una conciencia moral en retroceso en el tiempo de los psicópatas en el que estamos inmersos; ese compromiso pasa necesariamente por adoptar como criterio fundamental de existencia en nuestra vida cotidiana expandir el ojo del huracán en el sentido descrito por Hallie. Hemos de ser capaces de contener la espiral psicopática que está tomando cada vez más fuerza, un huracán que se lleva a su paso nuestros valores más esenciales y nos condena a una vida espiritualmente miserable.
Mi creencia es que los principales responsables son psicópatas integrados o individuos con rasgos notables de psicopatía. Por «espiritualmente» entiendo nuestro sentido de trascendencia, que nos impulsa a otorgar un propósito a nuestra existencia más allá de satisfacer nuestras necesidades personales. (No hemos de confundirlo con el fanatismo religioso organizado, que puede llevar a tratos degradantes, a guerras o al terrorismo.) Hoy en día somos muchos los que pensamos que esa fuerza espiritual contiene las creencias y emociones más poderosas en el ser humano. En su interior se halla el impulso que nos lleva a perseverar frente a las dificultades de la vida y la maldad, las cuales pueden ser particularmente dolorosas o destructivas. Esa fuerza es la que expande el ojo del huracán: cuando la persona diana —que puede ser cualquiera de nosotros en esta era de la psicopatía— se rebela ante las maniobras del psicópata y se esfuerza por darle un sentido ético a su existencia, está combatiendo su fuerza destructiva ampliando la extensión de la concordia y el encuentro humano empático y profundo. A esa fuerza que expande el ojo del huracán la llamo la fuerza espiritual.
Las personas diana
La contención de la psicopatía ha de abordarse desde todos los planos de la convivencia y en cada ámbito social. En este libro voy a centrarme en lo más básico, porque es la primera etapa de un camino que, idealmente, debería alcanzar a todos los grupos, estratos e instituciones sociales: la convivencia con familiares y amigos. Pero conviene tener presente que todos los ciudadanos somos potenciales personas diana de sufrir la influencia del psicópata en nuestras vidas, ya sea de manera íntima (en las relaciones familiares y de amistad) o como miembros de una comunidad en la que estas personalidades puedan ostentar cargos de poder empresarial, institucional o de responsabilidad política.
Así pues, voy a ampliar y profundizar el capítulo que dediqué a este tipo de personalidad en el ámbito de la familia en mi libro El psicópata integrado. Para ello me serviré del detallado estudio que he llevado a cabo en mis archivos personales, nutridos por más de treinta años de análisis de casos. Lo que he hallado es, según mi criterio, muy valioso para quienes sufran o hayan sufrido una relación amorosa o de otro tipo en la interacción social con este grupo de personas, como vecinos o supuestos amigos, así como en el vínculo con padres u otros miembros de la familia.
A diferencia de la obra anterior, más orientada a perfilar la figura del psicópata integrado, la que tenemos ahora en nuestras manos pone el foco en las personas diana y en su empoderamiento mediante el aprendizaje de recursos que les permitan ensanchar el ojo del huracán que supuso su relación con el depredador, para así poder iniciar su curación espiritual.
Aunque todos somos susceptibles de convertirnos en una diana, en este texto nos ocuparemos sobre todo de aquellas personas que han mostrado ser supervivientes de estos individuos, es decir, cuando la persona y su depredador han establecido una relación significativa, más o menos intensa o prolongada, pero aquella ha logrado finalmente liberarse de su influencia. En cambio, reservaremos el término de víctima para subrayar el daño padecido por las acciones de estos. Por desgracia, si bien todos los afectados son —con diferente gravedad— víctimas, no todos llegan a ser supervivientes, porque no todos logran alejarse o descubren cómo hacerlo.
El concepto de «persona diana» es, no obstante, más amplio, pues abarca también a quienes evitan ser «captados» por un psicópata y rehúyen un contacto significativo, por lo que nunca llegan a ser una víctima.
Historias que alumbran el camino
Cuando acabé de revisar todos mis archivos comprendí, por una parte, que las personas diana que habían sobrevivido lo habían hecho con varios grados de éxito; en particular, algunas fueron más rápidas o precoces que otras. Me emocionó mucho pensar que estas últimas podían mostrar a quienes se enfrentan a los psicópatas cuáles son los pasos o medios más eficaces para neutralizar cuanto antes sus acciones destructivas. En sus testimonios hay una fuente de inspiración para quienes atraviesan una situación semejante; son historias de sufrimiento, sí, pero también de triunfo del espíritu.
Creo firmemente en el poder de los relatos como camino hacia la sanación, por lo que concibo necesario contar historias que pongan de manifiesto el mal como origen de esa violencia que busca apoderarse de la vida ajena. Hay que explicar ese modo de actuar; hay que conocerlo, hay que narrarlo. Los psicópatas se ocultan entre las sombras de la normalidad para acecharnos y, si nada los detiene, explotarnos de las diversas maneras que tienen a su alcance. Por esa misma razón, también es necesario contar los relatos que nos infunden esperanza y nos enseñan el camino para derrotarlos. En todos los casos veremos que, para contener y superar ese mal, las supervivientes lograron expandir el ojo de sus huracanes particulares.
Por otra parte, al revisar los estudios sobre las estrategias de confrontación ante personas malvadas o violentas, pude incluir estos hallazgos en marcos más generales de comportamiento. De este modo, lo que hicieron mis supervivientes más «rápidas» para enfrentarse al depredador en cuestión (y liberarse de él) podía fundamentarse en explicaciones sólidas y bien construidas. He comprendido que estas enseñanzas complementan de una manera natural el sistema de alerta y de lucha contra el psicópata que describí en mi libro anterior, un modelo que presento ahora renovado a la luz de estos descubrimientos.
La revolución de la conciencia
Pero no basta con la contención individual ni con la lucha personal contra el psicópata al que podamos enfrentarnos ocasionalmente; no basta, en suma, con una mera respuesta reactiva o defensiva. Como señaló Hallie, el poder negativo ha de ser vencido por un poder positivo aún mayor. Eso exige que las leyes, y quienes las crean y las aplican, se comprometan a impedir que los psicópatas dirijan instituciones, empresas o gobiernos, o que medren en su interior corrompiéndolos. Y en esta observancia han de estar prestos en castigar severamente sus actos de destrucción. Cada vez que una persona así se infiltra en la policía, en los tribunales de justicia, en los equipos médicos hospitalarios, en los departamentos de gestión de las empresas, en los órganos de gobierno de las distintas administraciones..., alimentamos la violencia del huracán, es decir, la maldad en nuestra sociedad.
También es necesaria, por tanto, una respuesta proactiva, incluso ofensiva. Y aquí se sitúa el principio esencial de esta obra, la máxima de expandir el ojo del huracán o, lo que es lo mismo, hemos de lograr que las personas, tanto individual como colectivamente, comprendan que cuanto mayor sea el espacio de paz y solidaridad dentro del furioso vendaval, menor será su capacidad de destrucción. En otras palabras, cuanto más fuerte sea nuestro espíritu, más débil será el psicópata. Esta revolución de la conciencia exige, entre otras medidas, abjurar del modelo tecnológico-consumista exacerbado como único criterio de felicidad, como veremos en el primer capítulo.
Todo ello implica un serio trabajo personal que también nos exige negociar con éxito nuestro lado oscuro, nuestra sombra, nuestros demonios interiores, porque solo así podremos desarrollar un proyecto vital con sentido o propósito. Del mismo modo, supone crear vínculos estrechos con personas honestas, contar al menos con alguien capaz de comprometerse con nuestro cuidado (a quien denomino «persona refugio»), porque el ser humano pudo evolucionar gracias a la solidaridad de la tribu primero, de la comunidad después, y finalmente de la relación amistosa entre diferentes pueblos o naciones.
Ideas en las que se fundamenta esta obra
Como expliqué en El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, este es el ser humano más peligroso que existe. La razón es que encabeza el pelotón de quienes hacen del mal su proyecto de vida; son individuos que no han establecido una conexión emocional profunda con los demás, no sienten culpa por sus fechorías y poseen habilidades para manipular y aparentar decencia.
Vivimos, como dijo el pensador Antonio Gramsci, en «el tiempo de los monstruos», una época en la que el mundo viejo ya ha perecido y el nuevo aún está por conformarse. Este tiempo es propicio para que el psicópata prospere, por las razones que se exponen en el punto siguiente y más ampliamente en el primer capítulo.
La realidad de nuestra convivencia ofrece un panorama desolador, donde la desinformación, la mentira, la manipulación y la falta de moral se erigen en criterios de comportamiento. Todo ello constituye una negación del progreso espiritual impulsado por el humanismo y por las disciplinas que conforman las humanidades. Aquí aparece una paradoja. Si bien es posible que el progreso tecnológico haya reducido en términos absolutos las tasas de mortalidad por enfermedades o miseria, lo cierto es que asistimos a una degradación espiritual paralela al abandono de esos ideales humanistas, la cual supone una grave amenaza, como lo prueban el incremento constante de los problemas mentales en las sociedades avanzadas; el auge de los modelos autoritarios que emplean el lenguaje del odio como forma principal de comunicación y recuperan la figura del chivo expiatorio para movilizar a las masas; la adopción universal y acrítica del éxito centrado en la riqueza y el poder sobre los demás, con la consiguiente alienación existencial; y el retorno de la guerra como expresión de la diplomacia.
Por todo ello, estamos convocados al esfuerzo conjunto de volver a poner en valor los ideales del humanismo ilustrado que han iluminado nuestro progreso durante siglos —incluido el progreso científico derivado de ellos—, cuya idea fundamental es simple: todos los seres humanos, aunque diferentes en muchos sentidos, compartimos una misma esencia o naturaleza. Su ideario educativo contempla el desarrollo del pensamiento profundo o crítico, el cultivo de la imaginación y la creatividad, y el deseo de alcanzar la armonía entre el interés individual y colectivo.
Ese desarrollo humanista, tal y como se ha ido plasmando en la ciencia y las artes —el pensamiento en suma—, se concreta en la mejora espiritual de la persona y es fundamental, en palabras de Javier Gomá, «en la educación sentimental del ciudadano, sobre la que pende el edificio completo de la civilización». La dimensión espiritual del ser humano es la que contempla la idea de la trascendencia, del sentido o propósito de nuestra vida. Algunos de los interrogantes que la impulsan y moldean son: ¿qué quiero hacer de mi vida?, ¿qué legado quiero dejar tras mi breve existencia? Para desarrollar de manera plena ese proyecto de vida son necesarios valores humanistas como la justicia, la prudencia, la responsabilidad, el coraje, la libertad, el amor. Esos valores nos impulsan a actuar porque están anclados a nuestros sentimientos: siento indignación y por eso actúo contra la injusticia; siento compasión y busco ayudar a quien sufre; me siento orgulloso de mi esfuerzo y por eso persevero en mi empeño; estoy triste y busco consuelo en mis amigos. La fuerza espiritual se fundamenta en las emociones adecuadas, que nos llevan a dejar nuestra huella en el mundo mediante una inteligencia cultivada por ideales o valores morales, los cuales nos exigen responsabilidad con el modo en que gestionamos nuestra vida. Sin embargo, durante este periodo histórico de triunfo del humanismo que alcanza hasta comienzos del siglo xxi, cometimos un error muy grave, el error fundamental del pensamiento humanista: aunque el progreso del ser humano mediante el cultivo de ese ideal es imprescindible para mejorar nuestra vida en cuanto especie necesitada de la comunión de intereses y esfuerzos, por sí solo no es suficiente para combatir a quienes, por una razón u otra, eligen hacer de la maldad su proyecto vital, incluso cuando han recibido formación cultural. [...]
[Para ampliar: Entrevista con Vicente Garrido sobre este libro]
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