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sábado, 24 de octubre de 2026

Orígenes judaicos de la nobleza española

 I 

 ‘El gran secreto’, la sangre ‘impura’ de la nobleza española, en El País, por Lola Galán, 23 oct 2026.

El historiador Enrique Soria Mesa afirma que los linajes reales españoles compartían el mismo “pecado capital”: tenían origen judío

La paradoja es notable. Despreciados por el pueblo, vigilados por la Inquisición y sometidos a las exigencias de una sociedad obsesionada por la limpieza de sangre, los judeoconversos lograron pese a todo alcanzar enorme poder en la España de los siglos XVI al XVIII, emparentando además con la nobleza. Durante generaciones se vieron obligados a afrontar condenas, sospechas y oprobios, pero las necesidades del imperio, tanto financieras como de servidores competentes, acabaron por encumbrarlos. La monarquía hispánica alentó esa integración convirtiendo a la sociedad española, contra lo que se cree, en una de las más dinámicas de Europa. Este es en parte El gran secreto al que alude desde su título el libro del historiador Enrique Soria Mesa, que destapa también otra realidad escondida: la del origen judío de lo más granado de la nobleza española.

Para empezar, este catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y del Laboratorio de Estudios Judeoconversos afirma (pese a la imposibilidad de una demostración exhaustiva) que los linajes reales fundamentales compartían, por decirlo así, el mismo “pecado capital”, es decir, tenían sangre judía. Es el caso nada menos que de Fernando el Católico, un Enríquez por parte de madre, linaje creado en la Edad Media al adoptar ese apellido un sobrino del rey Enrique II de Castilla (hermanastro del depuesto Pedro I el Cruel) en honor a su tío. Este sobrino en cuestión, Alonso Enríquez, nació de la relación de su padre, Don Fadrique, con una judía llamada Paloma. Los Enríquez tuvieron una amplia descendencia y acabaron emparentando con lo más granado de la nobleza española. También hay mezcla de sangre judía en los Castilla. El vínculo parte del nieto bastardo de Pedro I el Cruel, llamado Pedro de Castilla. Aunque destinado al clero, fue padre de varios hijos ilegítimos, dos de ellos habidos de una amante judía llamada Isabel Drochelin. Lo mismo encontramos en la Casa de Aragón. En este caso, es un hijo ilegítimo del rey Juan II (padre de Fernando el Católico) llamado Alonso, que sería nombrado maestre de la Orden de Calatrava, quien introduce la mezcla al tener varios hijos con una joven judía llamada Estenga Conejo. En cuanto a la nobleza inferior, el libro dedica un apéndice de 15 páginas a enumerar uno a uno los centenares de títulos otorgados a cristianos nuevos.

A finales del siglo XVII, la nobleza estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos

El gran secreto tiene notable interés también como fresco social de la España de ese “largo Siglo de Oro”, como lo denomina el autor, que recoge coplillas, dichos y costumbres que nos dan una idea de las dificultades a que se enfrentaban los judeoconversos por importantes que fueran. Desde danzas burlescas como las llamadas judiadas hasta insultos en público, que podían obligar al que los recibía a interponer pleitos por injurias. En estos casos, una sentencia favorable, cosa nada infrecuente, servía para establecer por vía judicial la limpieza de sangre del ofendido. Algo fundamental, porque estos señores de nobleza adquirida gracias a matrimonios de conveniencia, y apuntalada a veces con cambios de apellidos y genealogías falsas, ansiaban vestir los hábitos de las órdenes militares, o formar parte del corpus rector de las catedrales y hasta del Tribunal del Santo Oficio. Y lo consiguieron. A finales del siglo XVII, la institución estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos. Para entonces, claro está, españoles católicos sin más.

El gran secreto, Enrique Soria Mesa. Ático de los Libros, 2026. 600 páginas. 31,95 euros.

II

La sangre judía de la nobleza española, en La Razón, por Jorge Vilches , 26.09.2026:

Tras más de treinta años entre archivos, Enrique Soria Mesa deshace el mito de la pureza genética de la aristocracia sacando a la luz y analizando una paradoja

Existe una imagen muy arraigada de una España del Antiguo Régimen como una sociedad dominada por una aristocracia cristiana vieja que marcó la identidad de nuestro país. Sin embargo, Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, la desmonta en su obra «El gran secreto. El origen judío de la nobleza española» (Ático de los Libros, 2026). Fruto de más de tres décadas de trabajo en archivos, el autor deshace el mito de la pureza de sangre para sacar a la luz una paradoja. La misma monarquía cristiana que decretó la expulsión de los judíos en 1492 estuvo, en realidad, gobernada y financiada por familias de ascendencia judeoconversa. Lejos de tratarse de un fenómeno secundario, la integración de los cristianos nuevos en la nobleza fue determinante para la conformación del propio Estado moderno.

El análisis de Soria Mesa comienza en la mismísima cúspide del poder: Fernando II de Aragón, el rey Católico. A través de su madre, la reina Juana Enríquez, el monarca descendía directamente de Paloma, una mujer judía que mantuvo relaciones con el maestre de Santiago, Fadrique de Castilla, fruto de las cuales nació Alonso Enríquez, primer almirante de Castilla. Lejos de ser un secreto en la época, la condición conversa de los Enríquez era una realidad expuesta abiertamente en la literatura satírica, en tratados como las «Instrucciones del Relator», de Fernán Díaz de Toledo, de 1449. De la estirpe de los Enríquez derivaron ramas de la grandeza de España, como los duques de Alba, Alcalá y Medina Sidonia.

En la alta nobleza, la nómina de linajes con varonía hebraica o con un denso entramado de alianzas conversas resulta abrumadora, como los duques de Escalona, los condes de Puñonrostro o los marqueses de la Mota. Es curioso, por ejemplo, que los condes de Cartagena derivaran de la conversión en 1390 del rabino mayor Salomón ha-Leví, transformado en el obispo Pablo de Santa María.

Ante este panorama, Soria Mesa se pregunta cómo un sistema obsesionado con la pureza sanguínea tuvo una penetración de conversos tan profunda en sus altas esferas. El autor responde que la construcción del Estado moderno bajo los Reyes Católicos y los Austrias requirió financiación para sostener la maquinaria bélica, así como un ejército de letrados, burócratas y administradores para gobernar un imperio global. La élite judeoconversa proporcionaba todo esto. Frente a la razón de Estado, los reyes olvidaron el dogma.

A esto se unieron las alianzas matrimoniales estratégicas, que Soria Mesa analiza en su obra. Por un lado, dice, las familias conversas adineradas buscaban protección y respetabilidad entregando a sus hijas y sobrinas a hidalgos o segundones de la aristocracia necesitados de liquidez. Por otro lado, los nobles arruinados acudían presurosos a reparar sus patrimonios aceptando dotes astronómicas que venían acompañadas de ascendencia hebraica.

Con las Leyes de Toro de 1505, los conversos enriquecidos en el comercio, el arrendamiento de rentas reales y la usura vincularon masivamente sus caudales en mayorazgos. Luego, aprovechando las continuas estrecheces financieras de la Hacienda de los Austrias durante los siglos XVI y XVII, compraron villas y señoríos jurisdiccionales, adquiriendo los símbolos exteriores de la dignidad aristocrática. De forma paralela, las familias conversas protagonizaron un asalto masivo a los cabildos municipales de las principales ciudades del reino, comprando e institucionalizando oficios de regidores, veinticuatros -como concejales- y jurados en Toledo, Sevilla, Córdoba, Granada, Burgos y Cuenca. De igual modo, poblaron las dignidades de los cabildos catedralicios y alcanzaron el episcopado mediante la promoción regia, garantizando rentas cuantiosas y poder social para sus linajes.

Otro pilar de la asimilación nobiliaria residió en la obtención de ejecutorias de hidalguía en los tribunales regios de las Reales Chancillerías de Valladolid y Granada, así como en la consecución de hábitos en las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. Aunque las órdenes de caballería instauraron estatutos de limpieza de sangre severos, la penetración de caballeros de origen hebraico fue masiva. Los datos presentados por Soria Mesa sobre los caballeros de la Orden de Santiago en Granada son reveladores: durante el reinado de Felipe IV, de 35 mercedes concedidas, 28 fueron a judeoconversos, un 80% del total en una institución que exigía una pureza de sangre impecable.

El servicio a la administración civil y al Ejército permitió la promoción social de muchos. Casi la totalidad de los grandes secretarios y contadores mayores de los Reyes Católicos y de los primeros Austrias provenían de familias conversas. Figuras clave de la administración imperial como Miguel Pérez de Almazán o Pedro de Quintana, vieron cómo la Corona protegía sus patrimonios incluso tras tropiezos de sus parientes con la Inquisición. En el ámbito militar, mandos de los Tercios de Flandes de la talla de Sancho Dávila, conocido como «el Rayo de la Guerra» y los descendientes de Hernán Pérez del Pulgar fueron de origen judío.

Para lograr la supervivencia en una sociedad jurídicamente discriminatoria era imprescindible fabricar una memoria genealógica conveniente. Soria Mesa cuenta que entre estas estrategias destaca la usurpación masiva de apellidos ilustres, como Mendoza, Córdoba, Guzmán, Toledo o Enríquez, adoptando los denominativos de los padrinos de bautismo de sus antepasados o de las grandes casas señoriales a las que servían. En el caso del linaje Enríquez, los genealogistas llegaron al extremo de inventar madres ficticias o amas de cría para ocultar a la judía Paloma y atribuir a don Alonso Enríquez una cuna real o francesa.

Junto a la usurpación de apellidos, las familias de cristianos nuevos recurrieron a fingir que descendían de los guerreros visigodos de la Reconquista. Para ello contrataron a profesionales que confeccionaban árboles genealógicos apócrifos, mientras se sobornaba a párrocos, notarios y jurados para arrancar, coser o alterar partidas sacramentales y padrones. La pragmática de 1623, ideada para agilizar las probanzas exigiendo tres actos de nobleza en los antepasados inmediatos, fue aprovechada por los conversos para acelerar el reconocimiento.

La legitimación social se completaba con la arquitectura. La edificación de palacetes adornados con blasones ficticios y la fundación de suntuosas capillas funerarias en iglesias y monasterios, como la célebre capilla de los Benavente en Medina de Rioseco, funcionaron como eficaces instrumentos de persuasión visual. Ante la opinión pública, quien era enterrado en tumbas de mármol decoradas con escudos heráldicos quedaba consagrado como un noble de limpia estirpe, difuminando el recuerdo del antepasado vulgar.

Como era de esperar en una sociedad conflictiva, este proceso acelerado de ascenso y ocultación generó golfos. Brotó la figura de los linajudos, chantajistas y genealogistas aficionados que memorizaban o registraban los sambenitos colgados en las iglesias para extorsionar a los nobles amenazándolos con revelar su filiación hebraica ante el Santo Oficio. Además, circularon libelos de difamación genealógica, entre los que destaca «El tizón de la nobleza española», redactado en 1560 por el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla para demostrar que casi toda la aristocracia castellana estaba «contaminada» de sangre judía, así como el «Libro verde de Aragón» en el ámbito levantino.

A pesar de la dureza de los estatutos de limpieza de sangre y de la presión social, la clave de la asimilación conversa fue la complicidad de la Corona y del propio tribunal de la Inquisición. Los decretos reales acordados a lo largo del siglo XVII ordenaban a los tribunales inquisitoriales no aportar datos documentales si las probanzas orales del candidato resultaban favorables o si habían transcurrido más de cien años. Los reyes y los validos cortesanos, como los duques de Lerma y Olivares, priorizaron de forma sistemática la estabilidad política, el cobro de venias financieras y la fidelidad de sus servidores sobre el rigor de la pureza de sangre. En suma: la obra de Soria Mesa demuestra que, si bien los judíos conversos obtuvieron un ascenso social por las necesidades del Imperio, su labor coadyuvó a la grande de España durante su época de esplendor.

Lo mejor: El rigor documental con el que desmonta el mito de la aristocracia de sangre pura.

Lo peor: La cantidad de nombres, cargos y fechas que ralentizan el ritmo narrativo, aunque sea necesario.

III

[Resúmenes promocionales]

La sangre judía de los nobles españoles

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza de sangre condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. En El gran secreto, Enrique Soria Mesa desvela los orígenes ocultos de las familias más poderosas de España.

A partir de una investigación monumental en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, Soria Mesa reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cúspide de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba; desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

El gran secreto es una obra fundamental para comprender la verdadera historia de la nobleza española y los orígenes de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica.

Críticas

«Cambiará para siempre nuestra comprensión de la nobleza española y de la propia España.» Gaetano Sabatini, Universidad Roma Tre

«Un libro que sacude sin concesiones las ideas preconcebidas y obliga a replantearse muchas de nuestras certezas.» Béatrice Perez, Universidad de La Sorbona

«La más novedosa representación de la sociedad española de la Edad Moderna.» Fabrizio D'Avenia, Universidad de Palermo

«Profundamente documentado y muy innovador en sus planteamientos.» Ofelia Rey Castelao, Universidad de Santiago de Compostela

«Una síntesis brillante y sólidamente documentada acerca de la limpieza de sangre que invita a reflexionar sobre los discursos y las prácticas de odio en el mundo contemporáneo.» Fernanda Olival, Universidad de Évora

Biografía del autor

Enrique Soria Mesa es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba y director del departamento de Historia, así como del Laboratorio de Estudios Judeoconversos. Autor de más de doscientas publicaciones, destacan entre ellas libros como El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder; El origen judío de Góngora; Los últimos moriscos; Señores y oligarcas; La venta de señoríos en el Reino de Granada bajo los Austrias; La nobleza en la España Moderna o La realidad tras el espejo; Ascenso social y limpieza de sangre en la España de Felipe II. Dirige, junto con Gonzalo Herreros, el pódcast Historia y Genealogía y es el creador del canal de YouTube Genealogías Increíbles.

IV

El gran secreto de Enrique Soria Mesa, Ático de los libros, septiembre 2026

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa. La sangre judía de los nobles españoles

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba, es una obra revolucionaria y seminal sobre los orígenes de la nobleza española, fruto de décadas de investigación en archivos de toda nuestra geografía.

El gran secreto es un ensayo revelador que demuestra que la nobleza española y las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica tienen un profundo origen judeoconverso, a partir de una investigación exhaustiva sobre fuentes primarias, pleitos de hidalguía, expedientes inquisitoriales y archivos de toda España. El autor desmonta de forma tajante el mito de una sociedad estática y homogénea formada por «cristianos viejos» en la Edad Moderna temprana, pues la nobleza española se configuró con un notable grado de mestizaje y movilidad social. La herencia judoconversa alcanzó a la propia dinastía real con Fernando el Católico, a los Almirantes de Castilla (los Enríquez), a la Casa de Alba (Álvarez de Toledo) y a familias nobles como Arias Dávila o Ahumada.

El libro detalla los mecanismos utilizados por las familias conversas para integrarse y construir una memoria aristocrática limpia: estrategias matrimoniales; cambio de apellidos y falsificación documental; desaparición de infamias, con sobornos a párrocos o robos para retirar los sambenitos que la Inquisición colgaba en las iglesias; falsas raíces hidalgas; y pleitos por injurias, demandar a quien los llamaran «judíos» para obtener sentencias que los ratificaran oficialmente como cristianos viejos. Ante las necesidades financieras para sostener el Imperio, la monarquía recurrió al capital comercial y a la liquidez de conversos acaudalados. A cambio de préstamos y servicios administrativos, la Corona les facilitó el acceso a cargos públicos, compras de señoríos y la concesión de más de doscientos cincuenta títulos nobiliarios.

Para alejar sospechas, muchos conversos exhibían un estilo de vida ostentoso, financiaban capillas e incluso se convertían en los más fervientes defensores de la limpieza de sangre, atacando públicamente a su propia comunidad de origen. Figuras clave e Inquisidores Generales como Tomás de Torquemada o Fray Diego de Deza tenían ascendencia conversa y vieron en el tribunal una vía para protegerse. Las leyes de limpieza de sangre fracasaron en la práctica debido al soborno, la corrupción y el favor político, convirtiendo un sistema represivo en una estructura permeable que terminó facilitando el ascenso de los conversos.

V

Actualidad Universitaria, Universidad de Córdoba, 7 Octubre 2026:

Tras décadas de investigación, el catedrático de Historia Moderna desvela los orígenes judeoconversos de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica. La obra aborda distintos casos que abarcan desde el reinado de Fernando el Católico a los duques de Alba o, en clave local, el linaje de los Fernández de Córdoba.

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. Bajo esta premisa arranca la obra “El Gran Secreto: el origen judío de la nobleza española”, un ensayo publicado por el Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba Enrique Soria en el que el mito de la pureza de sangre de la aristocracia española se resquebraja por completo.

La obra, publicada por la editorial Ático de los Libros y presentada esta tarde en la librería Luque por su autor, en conversación con el historiador Ángel María Ruiz, cuestiona así uno de los pilares ideológicos de aquella sociedad y revisa la imagen arraigada por aquel entonces de una España dominada por cristianos viejos.

A partir de décadas de investigación en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, el catedrático reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cima de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba. Así, desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

En clave local, el libro también recorre el linaje más conocido de la provincia: los Fernández de Córdoba, y aborda algunos de los casamientos de varones de esta familia con ricas herederas judeoconversas. Tal y como solía ocurrir en buena parte de las familias nobles de la época, los judeoconversos adinerados buscaban reconocimiento social casando a sus hijas y sobrinas con segundones de la aristocracia, quienes a su vez encontraban en estas uniones una vía para sanear sus haciendas.

sábado, 3 de octubre de 2026

Los diarios de España de lady Holland

[No existe edición completa ni en inglés ni en español de los Cuadernos de lady Holland, sino solo extractos. Este es uno de tantos, tomado de Memorias hispánicas]

Mucho antes de que España se convirtiera en una superpotencia turística mundial que acoge a millones de turistas británicos cada año, unos pocos intrépidos ingleses se atrevían a explorar un país que veían exótico. Una de esas viajeras fue lady Holland, mujer con carácter, curiosa y metida en la política que viajó a España entre 1802 y 1804. 

Elizabeth Vassall nació en Londres en 1771, siendo hija única de un rico propietario de plantaciones de Jamaica. No recibió una educación formal, pero de forma autodidacta devoró libros por su deseo de aprender cosas nuevas, lo que la convirtió en una mujer culta. En 1794 conoció en Italia al que se convertiría en su segundo marido, Henry Richard Fox, III Lord Holland, un noble contrario a la esclavitud, a la discriminación de los católicos ingleses y próximo a los ideales democráticos de la Revolución francesa. Era sobrino del ministro de Exteriores de Gran Bretaña y miembro de los whigs, los liberales que gobernaban el país. Él hizo que dejase de sentirse sola, y su gusto por la lectura hizo que los dos poco a poco se enamoraran. Tras quedar embarazada de él fue a Inglaterra a divorciarse, cosa que no consiguió hasta que el Parlamento británico lo aprobó en 1796. Tuvo que  pagar un elevado coste social y patrimonial y la pérdida de la custodia de los hijos que tuvo con su primer marido, un miembro de la nobleza terrateniente que le sacaba más de veinte años. A diferencia de sus primeras bodas concertadas, tuvo un matrimonio muy feliz con Henry. Sin embargo, pocos años después su hijo Charles estuvo a punto de morir por el duro invierno inglés. Como era habitual en aquella época, un remedio recomendable era viajar a un país con un clima más cálido, así que España era perfecta para ello. Pero ese no fue el motivo decisivo para viajar a nuestro país, porque podrían haber gozado de un clima muy similar yendo al sur de Francia o Italia, algo que habría sido más sencillo porque conocían bien sus lenguas y eran países mucho más frecuentados por las clases altas británicas. Eligieron España por el interés de lord  Holland en la literatura del Siglo de Oro. Henry publicó el primer estudio en inglés sobre Lope de Vega en 1806, y ya en 1793 había hecho un viaje a España y había ganado una reputación entre los círculos ilustrados y liberales españoles. Ese es otro ángulo importante del viaje: los Holland tenían amplios contactos que les facilitaron el ir a eventos y el hospedaje en casas de nobles. La experiencia  habría sido muy distinta para un inglés don nadie. Los Holland pasaron de Inglaterra a la Francia de Napoleón y visitaron al emperador tras la firma de la Paz de Amiens. Pasaron unos meses Viajaban con sus dos hijos y su médico, además de algunos sirvientes anónimos y unos escoltas que en ocasiones alcanzaban la veintena. Estos fueron efectivos en disuadir a algunos ladrones y bandidos que se encontraron. La pareja entró en España por la Junquera, en la frontera catalana, el 7 de noviembre de  1802. No viajaban con un destino final en mente ni con prisas, sino que viajaban en carruaje y  pasaban largas temporadas en unas mismas zonas. En este primer viaje entre 1802 y 1804 principalmente  estuvieron por Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía y Madrid, antes de regresar a su país por mar a través de Portugal. Su larga estancia de dos años completos en España, más de la prevista inicialmente, afectó a la economía familiar y a la carrera política de Lord Holland, pero Henry era más erudito que político y la guerra entre Francia y Gran Bretaña hizo difícil el regreso. Extractos de su libro de viajes, en forma de diario:

29 de diciembre de 1802. Son tan pocos los que viajan sin que tengan negocios, que los forasteros no encuentran nada preparado para su recepción o alojamiento. Embajadores y comerciantes son los únicos extranjeros y cada uno va a su destino. Los nativos que se desplazan lo hacen generalmente por negocios o por deber, bien a sus fincas (esto por desgracia raramente) o a sus parientes, por lo tanto no sienten la necesidad de una casa donde alojarse o de un carruaje para llevarles, mientras que el viajero que llega a una ciudad para un par de meses debe gastar lo mismo que si fuera a quedarse diez años, amueblar y comprar los muebles de una casa desde un taburete hasta un asador. Conseguir un carruaje es casi imposible, a menos que se compre en su totalidad. 

5 de abril de 1803. Cenamos en la Venta del Rey,  edificio espacioso y principesco; en los establos  pueden ser acomodados seiscientos caballos, mulas,  etc. Las habitaciones son buenas, pero allí,  como en todos los establecimientos españoles,  cuando se pregunta qué tienen para comer, la  respuesta es "lo que ustedes hayan traído.

16 de febrero de 1803. Los informes de  las carreteras son mucho más favorables de lo que Swinburne y otros viajeros hacen a uno imaginar; que hay poco peligro que temer, aunque muchos pequeños inconvenientes que encontrar como infames posadas de gitanos, y ladrones en la forma de contrabandistas que roban obligándote a comprar a un precio exorbitante su rape y artículos de contrabando.

13 de mayo de 1803. Cenamos en Puebla de Osuna, la posada era limpia; en el patio había  montones de raíz de palmito para quemar. Vimos allí a un hombre que había sido robado por cuatro hombres a caballo en el bosque por el que íbamos a pasar a Arahal. Después de estar en guardia durante aproximadamente una legua, distinguimos bajo la sombra de un árbol grande, a un hombre bien armado y montado, sentado sobre su caballo como si estuviera atento  esperando a la presa en la carretera para avisar al resto de su tropa. Confieso que durante unos diez minutos estuve completamente aterrorizada, incluso lord Holland consideró enigmática  su aparición; sin embargo, pasamos sin ser molestados, aunque no desapercibidos.

5 de septiembre de 1803. Ha habido grandes fracasos por toda la Península en la cosecha de cereales, especialmente en Sevilla y Portugal. Ayer había solamente cuatro mil fanegas de trigo en Madrid, y de no haber sido por un  afortunado abastecimiento esta mañana, habría habido una conmoción en la ciudad. El pan está carísimo; muchas panaderías han sido atacadas. Estos últimos diez días las calles  están infestadas de ladrones que roban, insultan e incluso quitan la ropa a los que atacan.

Septiembre de 1804, Valladolid: La dieta de los campesinos consiste en sopa por la mañana, hecha de pan, aceite, ajo, sal y agua. Pan, cebolla y vino al mediodía; y su olla por la noche, en la que se añadía cerdo, res y cordero según la estación del año, garbanzos, calabazas y repollo. Su pan está hecho de harina excelente, aunque espeso y compacto. Su vino es fuerte y saludable. Cada familia fabrica telas para su propio consumo, y las modas son tan invariables y, sin embargo, la variedad de estas manufacturas domésticas es tan grande, que los habitantes de un  pueblo se distinguen fácilmente de los de otro por la tela con la que se visten. Los molinos y hornos  se incluyen entre los derechos señoriales aquí, como en otros lugares, pero al no ser  objeto de quejas, no constituyen agravios. 

8 de noviembre de 1802. Nada de interés en Mataró, pequeña y encantadora población, llena de vida, fábricas y energía. Di unas vueltas y experimenté lo que nunca hubiera creído de no haberlo hecho, la extremada mofa, burla y menosprecio con que se trata a una mujer que no viste según los dictámenes de la moda española.

13 de noviembre de 1802. Conseguí unas enaguas y mantos negros para parecer lo menos extranjera  posible y a falta de carruaje me eché a andar  por las calles para buscar casa, pero, encontrando imposible conseguir una, decidimos aceptar el muy amable ofrecimiento del Sr. Stembor de dejarnos su villa en Sarriá, aldea a unas 3 millas de distancia de Barcelona.

30 de mayo de 1803. Aniversario de la conquista de Sevilla por San Fernando. Recibimos  una invitación de la Maestranza para ir a su palco a ver la función en la plaza esta tarde. Declinamos ir a su palco, porque en honor al príncipe de Asturias, es necesario ir con traje de etiqueta; por consiguiente iremos con don Francisco. […] Siguiendo el consejo de don Francisco fui en traje de española en vez de ir a cuerpo; la consecuencia fue que cuando llegué a la plaza, en vez de ir como esperaba a un palco particular, me llevó al principal de la Maestranza  donde todas las mujeres se habían vestido con sumo gusto. A decir verdad, nunca me había sentido  tan apurada, porque yo era la única en mantilla. Sin embargo, no se podía hacer otra cosa, y Charles y yo entramos a condición de que nos dejaran sentarnos tan atrás como yo quisiera. La etiqueta española excluye a los hombres, por consiguiente estuve metida entre un  rebaño de féminas filisteas; sin embargo, eran extremadamente corteses y solícitas. Están tan poco acostumbradas a los extranjeros, que son desagradables en un aspecto, el de la  lengua; porque por cortesía hacia ellas, en vez de simplemente responderles en francés o italiano,  me esforcé en contestar en español; ante cualquier fallo de mi mal acento o pronunciación se echaban a reír bulliciosamente. No tenían intención de ofenderme; era sólo una falta de buenos modales como consecuencia de su descuidada educación. A ver, la verdad es que cuesta no reírse al oír a un británico hablar en español,   pero siempre desde el cariño y aprecio de que al menos se esfuercen en aprenderlo. Mucha más intolerancia he experimentado al revés

29 de diciembre de 1802. De la sociedad  sólo puedo darme una idea imperfecta, pero los españoles me dan la impresión de ser notablemente francos y afables. No tienen el cautivador refinamiento de los franceses, pero por otro lado parecen exentos de mala idea; excesivas habladurías. Las mujeres no tienen gracia sin su mantilla; dejan que su voz alcance tonos altos, pero parecen disfrutar de la conversación,  que animan frecuentemente con salidas de humor e incluso de ingenio. Diferentes de las italianas en muchos aspectos, se les parecen en lo que un crítico austero podría llamar la característica de todo su sexo, la de hacer el amor, única ocupación de sus vidas.

2 de diciembre de 1804. Muy impresionada, desde que entramos en Portugal, por la excesiva disimilitud entre los españoles y los portugueses. Estos últimos son, en general, torpes en su porte y toscos, por no decir francamente feos, en sus rasgos. En lugar de la reserva majestuosa del español y de su frialdad a veces repulsiva, cuya curiosidad nunca es impertinente ni su cortesía está teñida de mezquindad, nos vimos con frecuencia molestados por la curiosidad descarada del populacho portugués, tan intrusivo como los franceses, aunque sin poseer ni una pizca de su alegría ni buen humor. A menudo nos disgustaba la cantidad y servilismo de sus saludos, que no iban dirigidos a nosotros, sino a nuestro carruaje.

15 de noviembre de 1802. Odiosa como me parecía mientras vivíamos en el centro, debo admitir con tranquilidad que Barcelona es una ciudad muy hermosa, llena de magníficos edificios públicos y el paseo más elegante que jamás haya visto en ningún otro sitio. Las fortificaciones se conservan bien y así es posible ir en carruaje alrededor de toda la ciudad; las Ramblas, un largo paseo recto en la ciudad, es por costumbre el más frecuentado, aunque ésa es su única recomendación. La Muralla de Mar es la más agradable, pues mira al mar, domina el puerto y vistas de Barcelona y Montjuic, pero los dominicos y otra gente bien de esa índole han descubierto, con el gusto que les caracteriza en estos asuntos, los méritos de la situación y por consiguiente han construido su convento allí. La Academia es un magnífico  palacio; fue utilizado como tal por el príncipe de la Paz que se alojó en él con su amante y el Gran Inquisidor; ¡curioso trío!

19 de diciembre de 1802. En el puerto de Tarragona encontramos al Sr. Smith, que por su apellido es de origen inglés, pero es español de nacimiento. Es el ingeniero principal y nos mostró el muelle que ya es ahora una obra grandiosa y que será magnífica una vez terminada. Se adentra en el mar un tercio de milla inglesa y va a tener justo el doble de longitud. El trabajo lo hacen los condenados a galeras, verdadera cadena en otros tiempos, que siguen vistiendo de verde por ser el color más ofensivo a los moros que lo reverencian y reservan para sus soberanos y para los que se consideran primos del profeta.  

17 de mayo de 1803. Es algo muy alegre ver el movimiento y la animación de Cádiz; es la ciudad mejor pavimentada, iluminada, construida y más limpia que puede verse.

25 de mayo de 1803. Entramos en Sevilla por la puerta de Jerez. Las calles son extremadamente estrechas, por muchas partes nuestros carruajes apenas podían pasar, resto de las costumbres de los moros cuyas ciudades están construidas de ese modo a causa del calor que así es más eficazmente  evitado. […] Por la tarde fuimos a la catedral, un edificio magnífico, y a la Alameda, orillas del Guadalquivir, etc. El muelle ya no muestra a la ocupada muchedumbre que lo atestaba cuando toda la riqueza de América entraba a raudales, y Sevilla era el mejor emporio de Europa.

4 de junio de 1803. La iglesia de Córdoba está mal  conservada, el suelo es malo y está roto; casi me dio la impresión de que a pesar de las frecuentes demostraciones piadosas el prejuicio contra el motivo original por el que se erigió seguía existiendo, ya que la gente no tiene ningún respeto por lo sagrado del lugar. Los mendigos son numerosos, los perros están por allí, y un pequeño y sucio carro fue arrastrado a su través.

18  de noviembre de 1804. Las calles de Talavera de la Reina son estrechas,  pero no tan torcidas como en la mayoría de los pueblos antiguos, están aceptablemente pavimentadas y, para ser un pueblo de Castilla, no están excesivamente sucias. La mala gestión policial en los pueblos castellanos en cuanto a  la limpieza es curiosa; nunca vi nada comparable a su suciedad, sobre todo porque en casi todas  las demás provincias los pueblos destacan por su pulcritud y limpieza. Las casas, e incluso algunos  edificios públicos, son de ladrillo, lo que les da un aspecto muy descuidado; sin embargo, algunas  de las iglesias principales son de piedra. 

6 de enero de 1803. El chocolate es una bebida tan favorita que es tan regular a las ocho como lo es el té en un pueblo del campo en Inglaterra. Es el desayuno más corriente también; un español inveterado lo toma tres o cuatro veces al día.

19 de marzo de 1803.  La gente se divirtió con un pasatiempo singular, curioso por su antigüedad. José, patrón de los carpinteros, hizo juguetes y objetos  durante la infancia de Cristo para distraerle. Esta circunstancia la perpetúan los carpinteros  de Valencia haciendo grandes figuras según su gusto y capricho que se exhiben durante el día y se les pega fuego y queman por la noche. […] Es que no hay nada más difícil  en España que obtener una explicación de una vieja costumbre. O las personas a las que se  pregunta la ignoran, o en vez de contestar a la pregunta emplean el tiempo en preguntarse cómo puede interesarse uno en tales cosas.

2 de junio de 1803. En Carmona Pasamos por una plaza de madera pequeña y cuadrada para los toros; el tamaño, sin embargo, está mejor calculado para agradar a los que gozan viendo sangre, pues todos los espectadores pueden disfrutar de todos los retortijones de dolor de los animales sin perderse ningún gemido o jadeo. Puedo comprender con más facilidad el afán y entusiasmo inspirados por un auto-da-fe. Allí se excita la pasión contra el infiel reincidente o hereje obstinado que, o no quiere ver la verdad o se ha alejado de ella; se satisface la venganza mientras se infligen los tormentos. Pero el toro, el caballo, ¿qué han hecho?

8 de noviembre de 1802. Los pueblos tienen un aspecto de lo más alegre, ya que en honor de la visita del rey a Cataluña han retocado, encalado y limpiado sus casas. Hay abundancia de bellos arbustos. Justo antes de Gerona encontramos varios buenos carruajes y mulas rollizas, que, como todas las cosas buenas de España, pertenecían a la Iglesia; su carga eran unos gordos canónigos.

7 de diciembre de 1802. Fui con Madame Blondel, que llevaba ropa de hombre, el uniforme de un  general, a ver a las monjas de Santa Clara;  aparecieron en el locutorio, que tiene una reja doble. Su atuendo es espantoso, en lugar del tocado plisado blanco que tanto favorece a las monjas francesas e italianas, llevaban alrededor de la cara algo feo de estambre de punto amarillo; el hábito es de tela negra. Pobrecillas, fingían una resignación que no podían sentir. ¡Cinco de seis hermanas habían sido metidas a la fuerza en conventos por su padre!

Septiembre de 1804. Los conventos de Valladolid obtienen sus principales ingresos de los  diezmos, aunque también cuentan con casas, y algunos poseen tierras; estas tierras siempre se cultivan por cuenta propia y, en general, están mucho mejor cultivadas que cualquier otra tierra. Los conventos de monjas, aunque muchos de ellos contaban con una rica dotación en su origen o fundación, se encuentran actualmente en situación de pobreza debido a que sus fondos han sido malversados por los administradores.

10 de diciembre de 1802. El ascenso a Montserrat es muy difícil e incluso doloroso. Es escarpado y los escalones están cortados en la roca con tanta distancia entre sí, que lo hacen un trabajo de lo más fatigoso; a pesar de todo, a los cuarenta minutos llegamos a la primera ermita. El propietario actual es un asturiano que lleva residiendo allí 21 años; al preguntarle si le gustaba una situación tan alta, puso los ojos en blanco y dijo que vivía con la esperanza de ser elevado a otra más alta, queriendo decir  el cielo. Parecía un hipócrita ignorante; no me dejaba entrar en sus apartamentos. […] En la bajada, nos adelantó el padre Ruiz, una de las personas a quienes habíamos sido recomendados. Tenía los modales de un hombre de mundo y mostraba más inclinación a vivir en él que a seguir las reglas de san Benedicto. Al hablar de los ermitaños dijo que estaban muy bien porque tenían libertad al no tener ningún superior que les controlara; que se sentían independientes y nunca venían al convento donde deben someterse a reglas estrictas, excepto cuando estaban debilitados por la extremada vejez. Aunque era tan tarde y mucho después de la hora de mostrar el santuario, el padre Ruiz bajó y ordenó a los sacristanes que estuvieran listos con lámparas para mostrarnos el tesoro. […] Lo que más me divirtió de toda la colección fue la  figura de plata de un teniente general de unas 6 pulgadas de tamaño con una bala sujeta por una cadena. Esta ofrenda votiva es tan reciente como la última guerra (hace unos tres años) en que este tonto militar resultó herido (de muerte, creyó él) a no ser por la intercesión de la Virgen y al recuperarse hizo esta ofrenda a su altar. Todos sonreían, monjes y hermanos legos, mientras se narraba esta historia.

13 de abril de 1803. Mujeres notablemente guapas,  hombres sanos y robustos en Orihuela; muchos, o ciegos, o casi ciegos por la violenta inflamación de los párpados, enfermedad muy común por toda España y atribuida a la viruela. Casi se puede asegurar que de cada cien, diez están o totalmente ciegos o ciegos de un ojo, debido a los estragos de ese funesto mal. Me alegra mucho saber que la vacuna ha ganado terreno, incluso en el campo; los curas la aconsejan antes que incurrir en el riesgo de otro contagio.

12 de marzo de 1803. Se ha hecho pública  en este país la bula papal por medio de los periódicos franceses y está suscitando mucha emoción. Deposita en el príncipe de la Paz el poder de suprimir la proporción de instituciones monásticas que juzgue oportunas para que el país prescinda de ellas.

8 de abril de 1803. Además del mayorazgo y otras malas instituciones, una de las mayores rémoras contra el avance de España es la Mesta, código de leyes que concede privilegios casi ilimitados a una compañía que posee los rebaños de merino. […]  La Mesta la forman personas poderosas y cuerpos eclesiásticos. Impiden la compra de tierra para labranza; todas las tierras cultivadas sin licencia desde 1590 deben ser para pastos. Sus rebaños vagan sin control por todo el reino.

[La pareja de hispanófilos ingleses había leído la Historia general de España de Juan de Mariana, las Partidas de Alfonso X, o el Compendio cronológico de la Historia  de España de Juan Antonio Pellicer, al que conoció y elogió por arrojar dudas sobre Pelayo y la batalla de Covadonga. Pudo aprovechar su condición de turista noble con excelentes contactos para ver libros y manuscritos antiguos en bibliotecas  eclesiásticas y nobiliarias. Incluso pudo leer el inédito manuscrito de la expedición científica  de Alejandro Malaspina.] 

16 de febrero de 1803. Lord Holland está ocupado escribiendo la vida y un estudio de la literatura de Lope de Vega; yo leo un poco de español, pero lleno mi tiempo principalmente examinando con una aprensión melancólica el avance de la enfermedad  de mis ojos. […] Hasta ahora siempre pensé que no había nada más pedante que decir que Don Quijote no podía disfrutarse fuera del original. Nada es tan verdadero, y a esta afirmación debe añadirse que no puede ser así a menos que el lector conozca España, sus costumbres, maneras, aspecto de sus habitantes, sus tonos de voz, indumentaria, gestos, seriedad, modos de sentarse sobre sus burros, conducir sus carruajes; sus ventas, posadas, utensilios, recipientes para licores, pieles, etc. En inglés lo consideré un trabajo monótono y burlesco; ahora lo considero, sin excepción, la creación más divertida del ingenio humano. Es el único libro que ha excitado mi facultad de reír porque cuando lo leo no puedo evitar romper a fuertes carcajadas.

6 de enero de 1803, Valencia. Comimos con el Capitán General; está jubilado, como la mayoría en ese cargo. Su apellido es Caro, su mujer es guapa e interesante, y, comparada con él, joven. Ella es su sobrina; él es el hermano mayor de su padre, extraña alianza incestuosa, pero una a la que son aficionados en este país y que puede explicar la degeneración de los Grandes que se casan entre sí de generación en generación. Los psicólogos consideran necesario un cruce para mejorar la raza.  […] Se cuentan historias de una singular malformación de sus hijos; sus dos hijos mayores fueron bautizados primero como hembras y luego como varones, pero su sexo es todavía dudoso.

16 de febrero de 1803. La notoriedad de los amores de la reina es tal que es un tema de conversación bastante común entre los arrieros. Hasta ahora todas las clases sociales desaprueban el ascenso del príncipe de la Paz y atribuyen su subida al verdadero motivo.

14 de junio de 1803. La reina llamó a su  hijo favorito, el infante don Francisco, un niño guapo y vivo con un parecido de lo más escandaloso al príncipe de la Paz.

6 de noviembre de 1803. Los madrileños llaman al príncipe de la Paz El Bonducani, apodo del Califa ante el cual todos se doblan, obedecen y tiemblan. El día del besamanos, las damas estaban todas en la cámara de fuera y se acercaban al aposento de la reina, pero en el centro del cuarto estaba el príncipe de la Paz de pie jugando con el perrito de la reina; las damas no se atrevían a pasar. La reina, impaciente  y sorprendida con la demora, pidió al rey que mirara, y éste, viendo el impedimento, dijo  riéndose: ‘No pasarán delante del Bonducani’.

24 de noviembre de 1803. Es imposible saber de verdad cuáles son los vínculos entre él y la reina. No le hace caso, la ha insultado y se ha apoderado de la confianza del rey, independientemente de la influencia de ella. Y sin embargo, ante la más leve presión por impopularidad o por interferencia francesa ella lo apoya con eficacia.  

domingo, 13 de septiembre de 2026

Historia de la vida nocturna en España

 Golfos y señoritos: así se sale por la noche en España desde hace un siglo, en La Razón, Ulises Fuente, 30.09.2025:

Un libro profusamente documentado llena un vacío historiográfico: ¿cómo era el ocio nocturno y por qué en nuestro país se sale más que en ningún otro lugar del mundo?

Con nuestras costumbres y modos de vida tendemos a caer en el presentismo, como si fuera nuestra generación la que ha inventado el mundo. Pensamos que lo que vivimos es nuevo, único y que se desenvuelve ante nuestros ojos como una primavera. Pero casi ningún aspecto de nuestra cotidianeidad es así. No lo es en cuestiones políticas, históricas, gastronómicas y, por supuesto, tampoco en una de nuestras mayores aficiones colectivas como españoles: salir por la noche, una actividad plagada de controversias en la que somos campeones mundiales... desde hace mucho tiempo. Sobre este asunto la historiografía no ha prestado la debida atención, pero un libro del historiador Juan Carlos Usó viene a documentar el vacío de esas noches infinitas.

La historia puede escribirse desde muy atrás, pero el volumen comienza cuando el ocio nocturno se mercantiliza, es decir, cuando llega el alumbrado eléctrico. Esas luces de neón -bueno, entonces no lo eran- que nos siguen cegando. “Elegí ese momento porque la electricidad –antes las calles se alumbraban, pero con gas- permite la iluminación de los locales y que los tranvías -que antes eran de tracción animal-, pasen a estar electrificados. Eso favorece el desplazamiento a lugares alejados. Y así llega la mercantilización del ocio nocturno -también el diurno, claro-: el ocio se convierte en un producto de mercado y eso marca el punto de arranque de mi trabajo”, dice el historiador, autor de "Historia del ocio nocturno en España" (El Desvelo Ediciones). Desde finales del siglo XIX hasta la tercera década del XX, Madrid y Barcelona duplican su población más allá del millón de habitantes. Las capitales son, al fin, ciudades “modernas” pero también urbes de miseria, trabajo inestable y una esperanza de vida de 32 años. Analfabetismo, chabolismo, delincuencia, prostitución... y, al mismo tiempo, cabarets de esmoquin y “belle epoque”.

La vida nocturna era el refugio predilecto de todas las clases sociales. Tabernas, cafés, botillerías y teatros ofrecían una amplia gama de entretenimiento que para muchos resultaba irresistible. La revista “Vida Galante” hablaba de “noctámbulos que se levantaban a las cinco de la tarde para vestirse el frac”, con ilustres tertulianos como el conservador Francisco Romero Robledo o el mismísimo Alfonso XII, que pasó a la historia como un trasnochador. “Heraldo de Madrid” aseguraba a principios del siglo XX que “un 75 por ciento de los madrileños no conocían el sol, sino de oídas”. Esas horas oscuras eran también el caldo de cultivo de un catálogo de actividades y personajes poco edificantes para los guardianes de la moral, que veían imposible la redención de España por este camino. Pío Baroja lo describía así: “Muchos de ellos son esos tipos mixtos de chulo y de polizonte, que se ven a las altas horas de la noche en las tabernas, buñolerías, cafetines, chirlatas y garitos de toda clase”.

En el Madrid de 1900 había censadas 1.437 tabernas y tiendas de vinos en el casco urbano a las que se deben añadir todo el resto de tipologías, que no eran mancas. El famosos Café de Fornos no cerraba nunca. En Barcelona, la cifra llegaba a 2.016 sumando las distintas categorías. La Ciudad Condal era un paraíso: “Allí se inicia la construcción del Paralelo, que tiene el prurito del primer barrio pensado para el disfrute del ocio en general. Es popular desde el principio y allí se ubican los primeros music halls y cabarets. En 1894, incluso se abrió el Bar Automático, que contaba con un dispensador de bebidas con diez grifos de distintas bebidas que funcionaba con una moneda de diez céntimos. El lavado de las copas lo hacía el cliente presionándolas contra un pitón del que manaba agua presión.

El epítome de la nocturnidad eran los cafés cantantes, donde se practicaba la tertulia y se bebía. Se conspiraba, se discutía, se pontificaba y se leían artículos. Se escribían cartas, se escuchaba música, se citaba a las amantes. Se jugaba al dominó y al billar, se mezclaban ilustrados y los sinvergüenzas. En muchas ocasiones, los cafés cantantes explotaban “el sentimiento de orgullo racial que impregnó la conciencia de gran parte de la sociedad española tras la Guerra de la Independencia”, una corriente literaria, cultural e ideológica conocida como casticismo, “en oposición al pensamiento ilustrado, tildado de afrancesado”, que reivindicaba lo propio: el majo, el castizo, el flamenco, el bandolero. Así es como el flamenco arraiga en Madrid ya en 1820: en el Café del Gato, por ejemplo, actúan los más destacados cantaores.

Aunque en estos lugares el rey era el tinto o el morapio peleón, en los cafés cantantes a la vuelta del siglo XX era frecuente el consumo de drogas, ya que el opio, la morfina, el láudano, el éter, la cocaína, el hachís, y otros compuestos eran dispensados libremente en farmacias hasta 1918 como analgésicos, ya que o existían medicamentos alternativos: “Ten en cuenta que el ácido acetil salicílico, la aspirina, no se generaliza hasta los años 30. El único analgésico conocido es el opio y sus derivados. Si tienes un dolor duro, tienes que ir al opio, láudano o morfina. Y yo no conozco a nadie que no haya padecido algún dolor severo en su vida. Eran de uso generalizado. Y la cocaína era el anestésico local. La única manera de calmar un dolor de muelas o de encías era aplicando cocaína. No había otra cosa...”. Así que no era de extrañar que pronto surgieran los detractores de los cafés cantantes: la nocturnidad sacaba de quicio a gobernantes como Raimundo Fernández-Villaverde, gobernador civil de Madrid del Partido Conservador, que trató de imponer horarios de cierre de forma infructuosa. Como él, muchos otros políticos y autoridades trataron de reformar las costumbres, dado el enorme catálogo de altercados diarios. El flamenco pronto quedó asociado a esa bajeza moral y enfermedad contagiosa, tanto, que se acusó al Barrio Chino de Barcelona de corromper el catalanismo.

No fueron pocas las voces ni las autoridades que trataron de poner fin a este desfase, con Antonio Maura a la cabeza, que puso al Café de Fornos, que abría 24 horas, en su objetivo. Una noche desalojaron a la clientela –entre la que se encontraba Valle-Inclán y Jacinto Benavente, que fue detenido- y en las aceras entre las calles de Alcalá y Peligros, un inmenso gentío se rebelaban ante las autoridades con sorna chistes alusivos a la mentalidad puritana del dirigente. La polémica generó un encendido debate periodístico entre reformadores de costumbres y defensores del cosmopolitismo y la libertad de horarios que se saldó con la derrota de los primeros. “Heraldo de Madrid” publicó este alegato final: “No hay fuerza dictatorial capaz de variar en meses, ni siquiera en años, lo que la costumbre consagró de padres a hijos. En Madrid se come y se cena tarde, y claro es que en tales condiciones la gente se echa a la calle para llenar los teatros”. “La defensa de la nocturnidad tiene que ver con cuestiones no solo relacionadas con el ocio sino con el tipo de vida –dice Usó-. En esos años, había un montón de profesiones nocturnas: el sereno, periodistas (había algunos periódicos que sacaban 5 ediciones diarias), panaderos, conductores de tranvía, taxistas chóferes. Hoy, el mundo laboral está más restringido de noche. Correos no cerraba. Algunos bohemios iban allí a pasar la noche calentitos. Y otro tema perdido es la tertulia, que es una institución que no tenía hora. Había muchas que eran nocturnas. Literarias o políticas. Se hacía mucha vida en la calle porque los estándares de comodidad de los que gozamos en las viviendas hoy eran impensables. Era así, la vida era muy noctámbula. Imagina los calores de más de treinta grados de noche”. No eran, claro, costumbres equiparables a Europa. “No, hasta donde yo sé. En París y en Londres había una importante vida nocturna, pero quizá no fuera tan masiva como en España. Aquí era un hecho más popular y en esas ciudades era más de privilegiados”.

Uno de los períodos más fascinantes para la vida nocturna en España es durante la Primera Guerra Mundial, cuando la “crème de la crème” de la aristocracia europea se va San Sebastián. Su vida nocturna se vuelve increíble. A Barcelona, en cambio, llegan refugiados, espías, saboteadores, aventureros, desertores, prostitutas... una población muy fronteriza. Desde el puerto se comercia con los dos bandos, se hace dinero rápidamente. “Unos Navieros, los hermanos Tallá, compran un barco en Bilbao para desguazarlo unos días antes de empezar la guerra. Cuando llega a Barcelona, que ha dado la vuelta a la Península, ha subido de precio 200 veces. El dinero empezó a circular a toda velocidad y en el puerto y en la Barceloneta no cerraba nada por la noche. Había cabarets sofisticados como el Excélsior, también lugares de "tango y puñalada". Es el momento en que las prostitutas francesas ponen de moda la cocaína y se extiende su consumo. Durante esos años, otra cosa cambia: "Hasta ese momento, si veías a una mujer sola por la noche es que era una prostituta. Pero aparecen las mujeres liberadas, que salen solas o con amigas sin tener esa condición. Los tiempos empiezan a cambiar".

Las autoridades no pudieron contener las costumbres tampoco durante la República o incluso la Guerra Civil, cuando el miedo empuja a miles a vivirla. El franquismo impuso una mentalidad nacional católica, pero llena de resquicios en cualquier ciudad. En los 80, la explosión de la cultura juvenil no tuvo parangón en nuestra historia. Hoy, todavía, algunos intentan que nos vayamos a la cama temprano. No parecen estar consiguiéndolo.

Los duelos en España

 Duelos de honor en la España contemporánea, en La Razón, Jorge Vilches, 30.08.2026 

El libro «A primera sangre», de la historiadora Raquel Sánchez, cuenta la longeva práctica en nuestro país, qué incitaba a estos desafíos y por qué se terminaron

En octubre de 2015, Manuel Fernández-Monzón, general retirado y ex portavoz del Ministerio de Defensa, retó públicamente al actor Willy Toledo a «un duelo a muerte» por unas declaraciones ofensivas hacia la Virgen del Pilar y la Fiesta Nacional. Por supuesto, el actor no aceptó el envite y siguió insultando. Hace 200 años, el asunto no se hubiera saldado así. Durante los siglos XIX y XX, ese mismo desafío habría movilizado a padrinos, médicos y periodistas hacia un descampado al amanecer para presenciar el duelo. En esas centurias, España vivió bajo una paradoja: mientras la burguesía se entregaba a una «justicia privada» que las leyes prohibían, la sociedad y los propios legisladores aplaudían el duelo porque era una cuestión de honor. Era un tiempo en el que la honorabilidad no era una abstracción o algo intrascendente, sino el pilar fundamental de la reputación personal que se defendía con la sangre en las tapias de los cementerios o en las dehesas.

Raquel Sánchez, catedrática de Historia en la Universidad Complutense, ha publicado un libro muy entretenido y documentado sobre esta cuestión, que desentraña una de las facetas más desconocidas del apasionante y largo siglo XIX: «A primera sangre. Duelos de honor en la España contemporánea» (La Esfera de los Libros). La autora señala que el duelo hunde sus raíces en las ordalías o juicios de Dios de la Edad Media, donde se creía que la divinidad intervendría para salvar al inocente en el combate. En España, esta tradición se codificó tempranamente en los fueros locales y en las Siete Partidas de Alfonso X, que regulaban el reto entre nobles, siempre bajo la mirada del rey.

La historia nos ha dejado nombres grabados en acero. En 1434, el caballero leonés Suero de Quiñones protagonizó el famoso «Paso Honroso» en el puente de Hospital de Órbigo. Por amor a una dama que no le correspondía, juró romper lanzas contra todo aquel que intentara cruzar el puente. Fue el cenit del ideal caballeresco que luego Cervantes satirizaría. En el Renacimiento, el duelo se suavizó gracias a la influencia italiana, adoptando reglas más complejas. Surgió entonces la figura de Diego García de Paredes, el «Sansón de Extremadura», un hombre de dos metros de altura que, bajo el mando del Gran Capitán, no dudaba en cortar la cabeza a quien osara llamarle traidor, como le ocurrió al capitán Cesare Romano. Fue en esta época cuando la palabra «duelo» (del italiano «duello») empezó a sustituir a los viejos términos de «lid» o «desafío». Incluso el emperador Carlos V llegó a retar al rey de Francia, Francisco I, tras la traición de este a los tratados de paz, aunque el combate nunca llegó a celebrarse.

Madrid, capital del desafío

El caballero burgués del siglo XIX se tomaba el duelo como una liturgia. Como bien subraya la historiadora Raquel Sánchez, el protocolo era lo que legitimaba la violencia. El proceso comenzaba con la ofensa, que los tratados como el del marqués de Cabriñana clasificaban con precisión: leves (impertinencias), graves (injurias y calumnias) y gravísimas (vías de hecho, como una bofetada o un bastonazo). Tras la ofensa, se activaba el mecanismo de los padrinos. Su misión primera era buscar una reconciliación. Si la diplomacia fracasaba, pactaban las condiciones: el arma, la distancia y la gravedad. Las armas blancas, especialmente el sable, eran las preferidas por los puristas porque requerían destreza física. La pistola, en cambio, era tildada a menudo como «el arma del cobarde» porque igualaba al experto con el novato, dejando el desenlace en manos del azar. Existían reglas para evitar que se ocultaran protecciones bajo la ropa, los duelistas debían, si el tiempo lo permitía, desnudarse de cintura para arriba. En caso de usar pistola, se preferían las de ánima lisa (cañón no rayado) para reducir la precisión y evitar que cada duelo terminara en entierro.

Madrid fue, sin duda, cuenta la autora, la capital española del desafío. Los duelistas buscaban lugares discretos para evitar a la policía, que solía hacer la vista gorda pero estaba obligada a intervenir si el escándalo era público. Las tapias del Retiro vieron lances como el del escritor Julio Nombela, quien a los 24 años se batió a pistola con Antonio Fabiani por unas burlas ante las actrices de su compañía. Nombela, que jamás había cogido un arma, disparó a ciegas entre el humo de la pólvora y salió ileso, siendo felicitado por su padre por haberse «portado como un hombre». Los duelistas también se citaban en la Dehesa de los Carabancheles. Aquí tuvo lugar el duelo más trascendental de la historia contemporánea española, el 12 de marzo de 1870. El duque de Montpensier se enfrentó a su primo, el infante Enrique de Borbón, quien le había llamado «pastelero francés» en un manifiesto. Enrique murió de un disparo en la cabeza, un suceso que arruinó las aspiraciones de Montpensier de ocupar el trono de España. Raquel Sánchez ha poblado el libro de anécdotas que oscilan entre lo heroico y lo ridículo. Por ejemplo, Vicente Blasco Ibáñez salvó la vida milagrosamente cuando la bala de su oponente, el oficial Juan Alastuey, chocó contra la hebilla de su cinturón. Blasco se indignó al oír silbidos de curiosos escondidos que estaban decepcionados porque no había sangre. Otra: en 1923, los capitanes Alberto Bayo y Eduardo González-Gallarza se retaron a muerte en Madrid. Bayo, que años después entrenaría a Fidel Castro en México, resultó gravemente herido de una estocada.

Para mujeres y niños

El duelo también fue algo femenino, nos cuenta Raquel Sánchez. En 1897, las prostitutas Lolita la de las Canas y Paz de Villavicencio se batieron bajo la estatua del Ángel Caído del Retiro, un suceso que incluso inspiró un sainete lírico. En el ámbito profesional, destacó Teresa Castellanos de Mesa, hija de maestros, que se convirtió en una reputada profesora de esgrima para mujeres y niños en el Madrid de Isabel II. Y es que había auténticos profesionales. En 1905, el maestro de esgrima Adelardo Sanz se batió con el italiano Guido Paleri por una disputa sobre el plagio de una patente de espada. Sanz hirió a Paleri, pero acabó sus días amargado, suicidándose después con su propia careta de esgrima impregnada en cloroformo.

Hubo quien también, como en las películas del oeste, buscaba el duelo para hacerse famoso. Esto fue corriente entre periodistas y políticos que pretendían defender su honor. Batirse era, para muchos redactores jóvenes como Alejandro Lerroux, la vía más rápida hacia la fama. Sánchez recuerda que presidentes del Gobierno como Mendizábal e Istúriz se batieron a pistola en 1836 tras un agrio debate parlamentario. O que en 1850, Ríos Rosas y Luis González Bravo, que lo fueron todo en la política del siglo XIX, saltaron de los escaños al campo del honor tras una sesión tempestuosa. Incluso el conde de Romanones se batió a pistola contra el alcalde de Madrid, Alberto Bosch, tras las protestas por los impuestos en el Mercado de la Cebada.

A principios del siglo XX, el viento empezó a cambiar, cuenta Raquel Sánchez. Surgieron las Ligas Antiduelistas, impulsadas por el infante Alfonso Carlos de Borbón y Mariano de Montoliu y de Rocabruna, Barón de Albi. Apelaban no solo a la religión –la Iglesia condenaba el duelo como un pecado mortal de suicidio y asesinato– sino a la modernidad. Su propuesta central fue la creación de Tribunales de Honor, donde jurados de hombres respetables pudieran dictar sentencias morales que repararan la reputación sin necesidad de derramar sangre. Sin embargo, el golpe definitivo al duelo no lo dieron las ligas ni las leyes, sino la brutalización de la política. Tras la Primera Guerra Mundial, el sacrificio individual por un «punto de honor» perdió sentido. La violencia política dejó de ser un «asunto de caballeros» para convertirse en pistolerismo callejero. El último destello anacrónico se vivió en la posguerra. En 1940, Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio, retó por telegrama al intelectual José María Pemán por un discurso que consideró ofensivo hacia la memoria de su hermano. El duelo no se celebró porque Franco intervino directamente para sofocar el escándalo.

El duelo, como muestra Raquel Sánchez en «A primera sangre», fue mucho más que una violencia ritual: fue un sistema cultural que otorgaba sentido social a la defensa del honor. Su desaparición no responde solo a leyes o al sentido civilizatorio, sino a la deriva de una sociedad que a principios del siglo XX tomó la violencia y la muerte como partes de la política cotidiana. Hoy, el duelo es un vestigio literario. Sin embargo, su estudio nos recuerda una época en la que la justicia no siempre estuvo en manos de los jueces. Durante más de un siglo, los españoles más influyentes prefirieron confiar su vida al acero o al plomo antes que a un tribunal, convencidos de que el honor era «lo único que el hombre no podía externalizar». Como escribió Larra en 1835: «¡He aquí el mundo! ¡He aquí el honor! ¡He aquí el duelo!». Un drama que se escribía, literalmente, a primera sangre.

Un símbolo del absurdo

►El duelo no fue algo exclusivamente español. Joseph Conrad publicó «El duelo» en 1908, y Ridley Scott lo llevó al cine con el título «Los duelistas» en 1977. La historia narra la rivalidad entre dos oficiales durante las guerras napoleónicas. Todo comienza cuando el teniente Armand d’Hubert recibe la orden de poner bajo arresto domiciliario al teniente Gabriel Feraud, que había herido a un civil en un duelo. Feraud interpreta la detención como una humillación personal y reta a D’Hubert a un duelo, iniciando una cadena de enfrentamientos que se prolongará durante quince años. A lo largo de la historia, ambos ascienden en el ejército mientras continúan batiéndos. La obsesión de Feraud por vengarse contrasta con el carácter más reflexivo de D’Hubert, que preferiría dejar atrás el conflicto pero se ve obligado a responder para preservar su honor. Los duelos, cada vez más peligrosos, se convierten en una leyenda dentro de las tropas napoleónicas, símbolo del absurdo sentido del honor y de la terquedad humana.

viernes, 21 de agosto de 2026

Ed. modernizada de la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo

 ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’: chanchullos, aventuras y rapiñas explicadas por un soldado escritor, en "Babelia", suplemento cultural de El País, por Leonardo Padura, 21 ago 2026:

Bernal Díaz del Castillo, que tomó Tenochtitlán con Hernán Cortes, escribió una crónica clásica en la que dio su versión de la conquista. Ahora se publica adaptada y en español moderno

Alejo Carpentier, profundo conocedor de los orígenes, esencias y comportamientos de la identidad del Nuevo Mundo, autor del concepto identitario que llamó “lo real maravilloso americano” —que además estilizó en su novelística—, afirmó que el “descubrimiento” de América, que se materializa en 1492, era el acontecimiento más trascendente de la historia, pues a partir de este encuentro al fin el hombre tuvo cabal conocimiento del mundo en que vivía. Y es que lo que ocurre a partir de ese instante lo cambió todo. Para todos.

Muchos fueron los revulsivos acontecimientos y fenómenos que se sucedieron desde entonces. Como se sabe, tras el descubrimiento colombino el empeño conquistador transformó drástica y ferozmente la vida de los pobladores originales del continente americano, donde no solo se implantó otra visión del mundo, sino que para hacerlo se emplearon violencias y, como daño colateral, se introdujeron enfermedades, procesos que llegaron a niveles de genocidio, como el que sufrieron las poblaciones aborígenes cubanas, y otras. Pero, por supuesto, la aventura americana también alteró la fisonomía de las sociedades europeas, desde aquellas relacionadas directamente con la acción conquistadora hasta las de las poblaciones que pudieron empezar a saciar sus hambrunas con los diversos beneficios llegados desde la otra ribera atlántica. Recuerden la salvadora patata.

Sin duda, dos de los procesos de conquista más dramáticos que se ejecutaron, atendiendo a la enorme cantidad de transformaciones sociohistóricas que generaron, fueron los ocurridos en tierras de Mesoamérica, habitados por las culturas englobadas bajo los apelativos de mayas y aztecas, y el ocurrido en la parte sur del continente, en el gigantesco imperio inca, el Tahuantinsuyo.

La irrupción provocó un tsunami histórico que alteró el devenir de las culturas originarias, transformadas a sangre y fuego, pues junto con la cruz evangelizadora llegaron los buscadores de riquezas

En todos los casos la irrupción de una civilización que se encontraba en un grado de desarrollo material y cultural tecnológicamente superior, sin duda, y teológicamente en el estadio religioso monoteísta, provocó un tsunami histórico que alteró el devenir de las culturas originarias, transformadas a sangre y fuego, pues junto con la cruz evangelizadora llegó con las hordas invasoras la violencia material de la búsqueda de unas riquezas generosamente halladas por todo el territorio de lo que pronto se llamaría Las Américas.

Tales campañas de conquista y las revulsivas convulsiones que generaron revelarían su importancia histórica —teñida con el asombro de lo apenas concebible, pero muchas veces sustentados por la justificación ideológica de la evangelización que, como una y otra vez se repetía, propiciaría la salvación de tantos infieles ajenos a la religión verdadera—, provocó la escritura de una variada y abundante literatura. En este corpus literario, conocido como las crónicas de la conquista, hubo de todo: desde cartas y documentos más o menos oficiosos —inaugurados con las cartas de Colón a los Reyes Católicos y coronadas con las de Hernán Cortés sobre la conquista de lo que sería el virreinato de la Nueva España— hasta documentos tan indispensables para entender las dimensiones de lo ocurrido como los dos volúmenes de los Comentarios reales, del muy dotado escritor Inca Garcilaso de la Vega, sobre el imperio andino y los acontecimientos relacionados con su caída, seguido (como casi siempre ocurría) por las disputas entre los recién llegados, y la obra del tan memorioso soldado Bernal Díaz del Castillo, enfáticamente titulada Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, que ve la luz en 1632, casi 50 años después de la muerte del autor.

Cuando en los últimos tiempos varios de aquellos sucesos y procesos, ocurridos medio milenio atrás —en otro mundo, en otro sistema de ideas y conceptos epocales—, han vuelto a convertirse en controversia política con ajustes de cuentas incluidos, la editorial Libros del Asteroide ha puesto en circulación la enjundiosa obra de Bernal Díaz del Castillo. Antecedida por un bien documentado prólogo firmado por Jordi Gracia y coronada con un esclarecedor epílogo, escrito por Andrea Martínez Baracs, esta edición fechada en 2026 de la Historia verdadera… se presenta con una arriesgada adecuación. Se trata de una edición a la que, de la mano del especialista en literatura hispánica medieval y renacentista Lorenzo Martín de Burgo, se le ha modernizado el léxico del siglo XVI (“puesta en español actual”) y se le han eliminado o sintetizados capítulos que se consideraban repetitivos o farragosos. El propósito expreso de los gestores ha sido, pues, hacer una pieza clásica más asequible a los lectores contemporáneos.

La atrevida apuesta de modernizar el léxico del siglo XVI podrá acercar a lectores que difícilmente conseguirían verse atraídos por la magnética pero a la vez escabrosa inmersión en este documento

Debatible, por supuesto, puede resultar el ejercicio de los editores y especialistas. Y aunque muchas veces el fin no justifica los medios, yo, particularmente (lectura mediante, con el texto original en mi memoria afectiva), saludo tan atrevida apuesta que, con seguridad, podrá acercar a lectores que difícilmente conseguirían verse atraídos por la magnética pero a la vez escabrosa inmersión en este documento indispensable dentro del panorama histórico de las letras hispánicas y de la historia de una germinal relación de los europeos con el mundo completado con la expedición colombina.

Desde su título mismo esta obra expresa unas intenciones: narrar la que el autor considera la verdad de una historia que ya ha comenzado a ser manipulada por determinados intereses, bien por la falta de información o, en ocasiones, por cuestiones incluso más turbias, como ciertas relaciones de poder y beneficio material e histórico. No es fortuita, entonces, la andanada de dardos lanzados a la Historia general de las Indias, de Francisco López de Gómara, publicada en 1552, unos años antes de que Bernal Díaz comenzara la redacción de su crónica.

Semejante intención resulta adecuada para intentar una sintética valoración de las cualidades de toda escritura histórica. Y es que, si bien esta disciplina se considera una “ciencia social”, lo cierto es que su cientificidad muchas veces queda en entredicho. Porque, para empezar, sobre ella pesa un muy real estigma: la historia la escriben los vencedores (y este es el caso), condición a la que, necesariamente, se le debe añadir su carácter de escritura clasista, sobre la cual inciden los juicios y prejuicios económicos, epocales y, sobre todo, ideológicos de los cuales nunca puede desprenderse el historiador, ni siquiera si proclama que revela la verdad y hasta la documenta.

En este caso es preciso fijar que Díaz del Castillo trabaja con la ventaja de la cercanía física que tuvo de los sucesos narrados pues fue el único de los europeos que participó en las tres expediciones que concretaron el descubrimiento y la posterior conquista del territorio, ya capitaneados por Hernán Cortés, y que terminaría concretando la caída del poder de los mexicas de Tenochtitlán. No obstante, también es necesario advertir la desventaja de su parcialidad, por haber sido, precisamente, actor en los hechos, y aunque escribe su relato con el propósito de establecer una verdad, esta siempre vendrá contaminada con el pecado original de su condición histórica y cultural (su ideología) que le impregnan una visión del mundo, adornada con rasgos intelectuales tan viscerales como la religión.

Uno de los valores literarios más destacables de la obra de Díaz del Castillo radica en su capacidad narrativa para crear tensión dramática a pesar de tratarse de una historia conocida. Y, en el plano conceptual, su mediatizada aunque perceptible comprensión de lo que significó aquella campaña conquistadora. Recordemos que la capital de los mexicas, la ciudad lacustre de México-Tenoch­titlán, albergaba unos 300.000 habitantes cuando París alcanzaba los 200.000. Que era una sociedad muy estratificada, con férreos controles de sus habitantes y despótica con sus vecinos avasallados, pero próspera económicamente y avanzada en muy disímiles actividades humanas. Y de ahí la admiración del cronista ante tanta belleza, opulencia, organización social que recorre toda la obra, y que le permiten afirmar que se pudieron “ver cosas nunca oídas, ni vista, ni siquiera soñadas, como veíamos”, pues “parecían cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadis”, pero sin dejar de justificar, una y otra vez, el carácter civilizador de un proceso que asume como una gran necesidad histórica y espiritual.

Al mismo tiempo, el soldado escritor no esconde la rapiña que animó la tan mentada acción civilizadora. Valdría la pena contar las veces que en su crónica aparecen palabras como oro, plata, riquezas y anotar las quejas por los injustos repartos que de ellas se hacían. Tampoco esconde muchas fechorías de los europeos, estropicios como, entre muchos, la esclavización de los indígenas, marcados a hierro ardiente como bestias, y mucho menos las disputas internas entre los invasores… y, por supuesto, la suerte de expedicionarios como él, cargados con las infinitas cicatrices que sacó de las batallas en las que intervino y que, al final, apenas recibe las sobras de los grandes botines obtenidos.

No es casual que en el tramo final de la crónica, tomada la capital de los mexicanos, ya hace tiempo muerto Moctezuma, incluso asesinado su sucesor, Cuauhtémoc, mientras Bernal Díaz sigue anotando los muchos “beneficios” que ha traído la llegada de los españoles a tierras de idólatras, también relata cómo comienza entre los europeos el vergonzoso festín de chanchullos en que derivó la campaña conquistadora. Y así lo anota Bernal Díaz cuando reflexiona: “Aquí verán cuánta distancia hay de los conquistadores viejos a los recientemente llegados de Castilla, que no saben qué cosa es la guerra de los indios y sus astucias. En esto acabó aquella conquista”.

Pues parece que sí: como siempre, en la historia unos ganan más que otros y algunos se enriquecen. Pero los grandes perdedores no fueron los que no lograron obtener más riquezas ni más indios encomendados. Fueron unas civilizaciones que, por ambiciones y fanatismos propios de una época, sufrieron una catástrofe histórica. Y repito: como siempre, pues ambiciones y fanatismos en marcha tampoco faltan en nuestro siglo XXI, mientras para los lectores de hoy se reedita, modernizada, una historia que se anuncia como verdadera.

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, por Bernal Díaz del Castillo. Antologada y puesta en español actual por Lorenzo Martín del Burgo. Introducción de Jordi Gracia, epílogo de Andrea Martínez Baracs. Libros del Asteroide, 2026. 552 páginas. 24,95 euros