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miércoles, 11 de marzo de 2026

Entrevista con Pedro Almodóvar

 Pedro Almodóvar: “Mi pudor se ha resquebrajado. Ahora me siento más desnudo”, en El País, por Álex Vicente, 8 mar 2026:

La nueva película del director, ‘Amarga Navidad’, es su obra más íntima: un relato sobre el duelo y la depresión que se pregunta hasta qué punto un cineasta puede inspirarse en las vidas ajenas. En ella, todos los espejos reflejan su propia imagen

2026

A Pedro Almodóvar lo vemos primero de lejos, desde la calle: en el segundo piso del edificio, una mata de pelo blanco y una silueta vestida de colores vivos se distinguen tras el cristal. Está inclinado sobre la mesa, trabajando con la concentración obstinada de quien sigue corrigiendo una frase que otros ya habrían dado por buena. La oficina de su productora, El Deseo, ocupa una travesía discreta junto a Las Ventas, más próxima a la M-30 que al lujo añejo de la Castellana, en ese Madrid lateral que aún conserva algo de barrio antiguo. Al subir, aparece sentado en un despacho que tiene algo de museo doméstico. A un lado, sobre una pared azul con matices de turquesa, un mosaico inmenso de fotos enmarcadas —retratos con sus actrices, instantáneas de grupo, recuerdos de sus rodajes— funciona como reflejo de toda una vida consagrada al cine. Al otro, una estantería reúne libros de arte, fotografía y moda, junto a varios trofeos —vemos un Bafta, un César, un Goya, pero no sus dos Oscar— y dos carteles de películas: los de Ocho y medio y Eva al desnudo, faros de una trayectoria dedicada a fabricar imágenes.

Almodóvar ha dormido mal y reconoce que está algo disperso. “No sé qué versión de mí mismo va a aparecer en esta entrevista”, dice el director, consciente de contener multitudes. Está contento y, tal vez, algo preocupado. Se dice satisfecho con su última película, Amarga Navidad, que llegará a los cines españoles el 20 de marzo. En los primeros pases, asegura, la respuesta ha sido unánimemente buena. “Las primeras reacciones siempre te dan una idea de cómo va a ser el futuro de una película. Esta pinta bastante bien”. A la vez, sabe que, en esta historia, un relato poliédrico y en clave autobiográfica, se ha expuesto como nunca. “Soy una persona pudorosa, pero he ido perdiendo el pudor en mis últimas películas. No he querido que se supiera absolutamente nada de nadie que haya formado parte de mi vida, ni de los hombres ni de las mujeres. He mantenido siempre esas puertas cerradas. En los últimos años, eso ha cambiado un poco”, reconoce.

Amarga Navidad, titulada como el famoso bolero, alterna dos tiempos y dos relatos que terminan reflejándose el uno en el otro. El primero transcurre en diciembre de 2004, durante el largo puente de la Constitución. Gira en torno a Elsa (Bárbara Lennie), realizadora de publicidad y cineasta “de culto” con la única película que dirigió tiempo atrás, marcada por el duelo por su madre y rodeada por dos amigas, Patricia y Natalia (Victoria Luengo y Milena Smit), que también arrastran sus propias pérdidas. La segunda sucede en el verano de 2026 y tiene como protagonista a Raúl Rossetti (Leonardo Sbaraglia), guionista y director de éxito que, al borde de los 60, atraviesa una larga sequía creativa. Vive recluido en un universo cada vez más reducido: su compañero Santi (Quim Gutiérrez) y su asistente Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su mano derecha, que acaba de abandonarlo para ocuparse de un asunto personal. Muy pronto se revela que la historia de Elsa no es sino el guion que Raúl escribe en busca de una salida a su crisis de escritura: un relato alimentado por su memoria, por su intimidad y por las vidas de quienes lo rodean, utilizadas sin su consentimiento. Elsa es un alter ego de Raúl, y este, a su vez, ejerce de doble del propio cineasta, quien también se refleja en Elsa, una versión remota de sí mismo. En Amarga Navidad, todos los espejos devuelven una y otra vez la imagen de su autor.

En el cine de Almodóvar, lo escrito, lo filmado y lo vivido siempre han funcionado como vasos comunicantes. Amarga Navidad lleva al primer plano esa porosidad entre realidad y ficción, entre memoria e invención, y también el dilema moral que se abre cuando un creador decide utilizar las vidas ajenas en sus películas. Con permiso de Dolor y gloria, a la que él mismo califica como “una película hermana”, nunca ha rodado nada tan próximo a la autoficción. “Es una película que claramente me refleja”, admite. “Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”.

Aun así, no todo coincide. A diferencia de Raúl Rossetti, hundido en una crisis creativa severa, Almodóvar insiste en que él atraviesa un momento muy fértil, aunque reconoce en ese personaje algunos rasgos propios: la soledad y la desorientación de la madurez, la convicción de que su única pasión verdadera, lo único que da sentido a su vida, sigue siendo hacer cine. “Raúl Rossetti solo vive para contar historias que le arrebaten. Hasta que las encuentra, todo es vacío e insatisfacción”, relata. De nuevo, aparece un reflejo familiar: su fama de obsesivo y estajanovista le precede.

—Cuesta no leer en esas palabras una identificación con el personaje.

—Sí, esa parte es muy autobiográfica, aunque en mi vida no sea tan dramática. Pero es así, para bien y para mal. Yo escribo todos los días. No quiero imaginarme a mí mismo en el momento en que no tenga nada que contar. Ya tengo más de 70 años [en septiembre cumplirá 76] y eso hace que ahora trabaje mucho más que en la década pasada. Es una buena práctica para que el futuro me encuentre ocupado.

—El futuro, por no decir la muerte. ¿Esa adicción al trabajo encubre un miedo al vacío?

—Absolutamente. Al dedicarme tanto a esto del cine, he descuidado otras partes de mi vida. Y ya no sé si son recuperables. Incluso en los ochenta, que me pasé mucho, solo me pasé lo justo para no dejar de trabajar. Echo mucho de menos aquella época: el delirio, las noches en blanco, los pasotes. Pero llega un momento en que tienes que elegir entre vivir y morir.

2003

El origen de Amarga Navidad se encuentra en un cuento escrito en 2003 e incluido después en El último sueño, la antología de relatos breves que Almodóvar publicó hace un par de años. Aquel texto nació cuando su cuerpo lo obligó, por primera vez, a detenerse: su primer ataque de pánico. “Hoy todo el mundo sabe lo que es, porque hasta a Isabel Pantoja le dio uno en Supervivientes”, bromea. “Pero yo entonces no sabía qué me pasaba. Fue una mezcla de migraña, una vieja conocida, y de algo completamente distinto, como un alien que se te agita por dentro. Sentí de manera brutal que iba a colapsar, que me moría”.

Vista a distancia, esa crisis coincidió con una puesta en duda: el momento en que, por primera vez, empezó a mirar hacia atrás de manera frontal para escribir sus guiones. Cuando sucedió, estaba ensayando La mala educación, que recuerda como “un rodaje muy complicado”. También fue la primera película en la que convirtió su infancia en inspiración. Lo primero que encontró en esa excavación arqueológica fue la parte más oscura: las heridas de una educación religiosa marcada por la culpa, la represión y el abuso.

—¿Cree que ese ataque tuvo que ver con esos recuerdos?

—No lo había pensado, pero ahora que lo dices… Es verdad que fue la primera vez que miré hacia atrás de verdad. Y de esa mirada retrospectiva hacia mi infancia, lo primero que salió fue una película sobre lo peor que me pudo ocurrir cuando era niño: que me maleducaran los salesianos.

Abierta esa puerta, Almodóvar ya nunca la cerró. Dos años después, encontró la otra mitad de la historia: no el encierro traumático, sino la alegría de los patios manchegos. No la violencia, sino el universo de mujeres en el que creció. No solo la herida, sino también la alegría. De ese movimiento nacería Volver. “Me sorprendí al descubrir algo muy positivo: mi primera infancia en La Mancha, los patios, las vecinas, mi madre, el universo femenino en el que crecí. Esa fue mi auténtica educación. Mi madre me llevaba con ella o me dejaba con la vecina de enfrente, y yo las oía hablar, cantar, hacer bolillos, criticar. Para mí era un espectáculo”.

En realidad, parte de su vida ya estaba en su cine antes de que la autoficción se convirtiera en algo explícito. ¿No han sido sus grandes heroínas, de un modo u otro, proyecciones de sí mismo? “Depende de cuál…”, esquiva el director. Le hacemos una lista. ¿Pepa, en Mujeres al borde de un ataque de nervios? “Sí, totalmente”. ¿Leo, en La flor de mi secreto? “De las que más”. ¿Marina, en Átame? “Un poco menos, porque toma caballo y hace porno. Lo que me representa en la película es el romanticismo exacerbado de esa pareja”. ¿Y Manuela, en Todo sobre mi madre? “También, aunque con matices. En los grandes autores homosexuales, como Lorca o Tennessee Williams, existe una identificación constante con una voz femenina. La diferencia es que mis personajes parten de mí, pero luego se convierten en mujeres de verdad. Nunca son hombres disfrazados”.

El año 2003 no fue solo el de su primera gran crisis, sino también el momento en que renació como cineasta. Coincidió también con el inicio de su relación con su pareja durante dos décadas, que aparece fugazmente en Amarga Navidad, en un gesto de rara exhibición por parte de alguien tan celoso de su intimidad. “Sí, sale. Pero de eso no hablo”.

“Si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”, explica Almodóvar.

1999

Es una paradoja bastante clásica. En el mismo momento en que el mundo aclamaba a Almodóvar como un genio del cine, él estaba destrozado por dentro. En 1999, Todo sobre mi madre triunfó en Cannes, aceleró la conquista de Estados Unidos y preparó el camino hacia el Oscar, que llegaría pocos meses después. Desde fuera, parecía una culminación: el director pasaba del escándalo de antaño al reconocimiento internacional y entraba por fin en el canon. La procesión, sin embargo, iba por dentro: ese mismo año moría su madre. Tras su fallecimiento, Almodóvar siguió trabajando casi sin interrupción, como el personaje de Bárbara Lennie en su nueva película, como si eso pudiera aplacar el golpe. Hasta que, años después, llegó un duelo diferido.

—¿La muerte de su madre abre otra etapa en su cine?

—Sí, hay una inflexión clarísima. Coincide también con que acabo de cumplir 50 años. Las tres películas que vienen después, Hable con ella, La mala educación y Volver, son claves de mi filmografía. Ahí entro en otro tono. Me convierto en un director adulto.

Desde entonces, su cine está expuesto a la memoria y a la muerte. La mala educación abre la caja negra de la infancia. Volver devuelve a la madre desde el reino de los muertos, como si tratara de resucitarla. Después vendrán Julieta, Dolor y gloria, Madres paralelas o La habitación de al lado, todas atravesadas, de un modo u otro, por la finitud. Ese cambio de eje no ha alterado el placer de hacer cine. “No hay nada comparable al hecho de rodar”, dice. “Me quita todos los males. Cuando me operaron, en la década pasada, creí que no podría volver a rodar. Hasta que descubrí que, en el rodaje, el dolor desaparecía”. Y que regresaba en cuanto gritaba “corten”.

En el obituario que escribió para este diario, Almodóvar recordó la última frase que pronunció su madre. En el hospital, le preguntó si había tormenta. Era un día soleado y la luz entraba por la ventana. Pocas horas más tarde, murió. Después de 27 años, la duda todavía le persigue: “¿A qué tormenta se refería en su último sueño?”. Y se acuerda de sí mismo, en la cumbre de su reconocimiento, llorando bajo las gafas de sol, entre el dolor y la gloria.

“Todos los grandes autores homosexuales se identifican con la voz femenina”, apunta el cineasta.

1959

Antes que cineasta, antes que guionista, Almodóvar se define como narrador. Tal vez porque la palabra remite a un origen anterior a cualquier vocación: la oralidad de los patios manchegos y extremeños, la voz de su madre como primera fabuladora. “La capacidad de narración me la dio ella”, admite. Cuando leía cartas a las vecinas analfabetas, no se limitaba a descifrarlas: las completaba, suavizaba o añadía detalles. “Si en la carta no se mencionaba a una abuela enferma, ella preguntaba por la abuela”. El niño se escandalizaba ante esas mentiras piadosas. “Mucho después entendí que me estaba dando la gran lección de mi vida: que la realidad necesita de la ficción para que sea más vivible”. En Madrigalejo, el pueblo de Cáceres donde pasó parte de su infancia, Almodóvar le tomó el testigo cuando tenía unos 10 años. Él iba al cine en la plaza del pueblo los fines de semana. Al volver, sus hermanas le pedían siempre lo mismo: “Pedro, cuéntanos la película”. Él se la volvía a inventar. “Era tal el delirio narrativo que acababa convirtiéndola en una película distinta, por el fuego interno que me iba caldeando mientras la contaba”. Ahí está, en miniatura, todo su cine.

A esa educación sentimental se sumó otra: la de sentirse señalado como distinto. En el pueblo, y luego en el colegio, notó muy temprano una mirada de rechazo. “No sabía aún cómo nombrarlo, ni sabía qué era la homosexualidad, pero percibía perfectamente que mi diferencia no resultaba aceptable”, recuerda. Los niños, dice, son crueles. También lo fueron los curas. Pero nunca perdió la capacidad de defenderse. “No me callaba. Si había que pelearse, me peleaba”. Habla del recreo y de su actitud beligerante cuando llegó el ocaso del franquismo. “Vivir el final de la dictadura a los 20 años es algo que marca tu vida. Salir a la calle y darte cuenta de que ya no le tienes miedo a un gris es una experiencia muy rotunda. Y ya nunca la olvidas”. La vocación hizo el resto. Cuando llegó a Madrid y descubrió que el régimen había cerrado la Escuela de Cine, buscó trabajo, se compró una cámara de super-8 y empezó a filmar. Antes que nada, quería contar historias. “Yo creo que narrar me ha salvado”.

Para el director de 'Todo sobre mi madre', Amarga Navidad es su película más bergmaniana: la enfermedad, la muerte, el silencio.

2024

Después de la aventura en inglés con La habitación de al lado, Almodóvar regresa a España con la sensación de volver no solo a su lengua, sino a su forma natural de hacer cine. La película, protagonizada por Tilda Swinton y Julianne Moore, le permitió cumplir una vieja curiosidad: rodar en otro idioma y con estrellas de Hollywood, probarse en otro sistema, medir su cine en otro contexto. No reniega de la experiencia. Al contrario, insiste en que sus tres incursiones en inglés —ese largo y dos cortos, La voz humana y Extraña forma de vida— han sido satisfactorias. Pero también le han confirmado lo que ya intuía: que su lugar sigue estando aquí.

—¿Qué es lo que no le convence de Hollywood?

—Estoy más cómodo con mi modo de producir, que es más artesanal. A veces, los estadounidenses se complican demasiado la vida. Tienes un equipo descomunal que no necesitas, pero los sindicatos te lo imponen y tienes que aceptarlo. Si se me ocurre otro guion en inglés, tendrá que ser uno con pocas localizaciones, pocos personajes y que sea contemporáneo. Por eso dejé la adaptación de Manual para mujeres de la limpieza con Cate Blanchett: me pareció demasiado complejo asumir esa escala de rodaje y una película de época. Estoy mayor para ponerme a cambiar de cultura. Sospecho que el resto de mi trayectoria seguirá transcurriendo en España.

Muchas de sus películas nacen de una imagen primera, de una referencia tutelar. El final de Dublineses, de John Huston, inspiró La habitación de al lado, igual que Opening Night originó Todo sobre mi madre o Georges Franju estaba en la raíz de La piel que habito. En Amarga Navidad no hay un referente tan explícito, pero sí una imagen que concentra el tono de la película: la playa negra del Charco de los Clicos, en Lanzarote, volcánica y casi posapocalíptica, un paisaje desnudo donde los personajes parecen estar a la intemperie. Viéndola, es difícil no pensar en Bergman, en otra playa como la de El séptimo sello, con el silencio del cielo ante el sufrimiento humano. “Dentro de mis posibilidades, y pasada por mi propio filtro, Amarga Navidad es mi película más bergmaniana”, asiente Almodóvar. “Bergman era mucho más oscuro, claro, pero comparte algunos de sus elementos: ese silencio, la enfermedad, la conciencia de la muerte”.

Almodóvar duda que vuelva a rodar en EE UU: “Si se me ocurre otro guion en inglés, tendrá que ser con pocas localizaciones y personajes”.

1967

Almodóvar llegó a Madrid con 17 años, en plena época hippy, sin conocer a nadie y después del que recuerda como el único gran enfrentamiento con sus padres. Había terminado el bachillerato y en casa ya le habían encontrado un trabajo en un banco. Él se negó a aceptar ese destino: “Les dije que me iba a Madrid”. Su padre, acostumbrado a decidir por todos, lo amenazó con la Guardia Civil: aún era menor de edad. “Ya puedes ir hablando con ella, porque me voy”, le contestó. “Me vio tan decidido que no se opuso”.

Los últimos sesenta y los setenta apenas aparecen en su relato personal, como si entre la infancia manchega y la explosión de los ochenta solo hubiera una elipsis. Pero ahí se encuentra, en realidad, otro momento decisivo. “Es verdad que es una década poco narrada en mi vida. Tenía un proyecto sobre los setenta que nunca llegué a hacer”. El primer Madrid que encuentra no es todavía el de la leyenda de la Movida, sino una ciudad a medio despertar. “Lo moderno estaba en la plaza de Santa Ana”, recuerda. Almodóvar se dejó crecer el pelo, se hizo pulseras con abalorios y entró en el cine como extra, reclutado entre los melenudos de esa plaza del centro de Madrid para llenar números musicales en las películas de la época. En una de ellas, Con ella llegó el amor, protagonizada por el rumbero Chacho, asegura que se le ve bien la cara, “bailando como un loco y con melenón”.

Sin dinero y sin la posibilidad de estudiar cine, decidió presentarse a las oposiciones de Telefónica. No solo las aprobó: quedó en el número uno. “Ocho meses después tuve que incorporarme”. No trabajó en la centralita, como reza la leyenda, sino en el departamento que asignaba números de teléfono. Ese empleo le dio un sueldo fijo, tranquilizó a sus padres y, sobre todo, le permitió financiar sus primeros cortos. Entre 1973 y 1979 filmó múltiples cortos con amigos, atravesados ya por los temas que después poblarían su obra: el sexo y el deseo, la mezcla de melodrama y comedia, la transexualidad y la provocación.

En esa época, madrugaba para ir a Telefónica, salía a las tres de la tarde, empalmaba noches de fiesta con mañanas de oficina y se entregaba al teatro independiente. En 1972 entró en contacto con Los Goliardos, compañía con la que representó una versión gamberra de La boda de los pequeños burgueses. “No entiendo cómo no nos llevaron a la cárcel”. Fue en ese circuito donde se cruzó con la figura decisiva: Carmen Maura. La conoció en 1978, durante una función de Las manos sucias, de Sartre. “Ella ya era una actriz reconocida; yo, poco más que un meritorio. Pero era el único de la compañía que le interesaba. Fue ella quien de verdad me descubrió”. También fue ella, una década antes de su célebre desencuentro, quien lo ayudó a reunir, junto a Félix Rotaeta, las “trescientas y pico mil pesetas” necesarias para comprar el negativo con el que rodó su debut, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, en 1980. El rodaje fue pura guerrilla: sin permisos, sin apenas dinero, alargado durante año y medio. “Ninguno consciente de que yo aquello lo iba a estrenar. Yo era el único que sabía que, fuera como fuera, iba a llegar a poner la palabra fin”.

“Me apetecía meterme conmigo mismo. Llevo 24 películas hechas: cualquier idea que me sorprenda, aunque sea a mi costa, la aprovecho”, dice Pedro Almodóvar.

1988

Mucho antes de que la autoficción se volviera una etiqueta prestigiosa, Almodóvar ya se enfrentaba a la pregunta que recorre Amarga Navidad. ¿Qué derecho tiene un creador a convertir la vida ajena en ficción? Asegura que inspirarse en los demás no le ha supuesto conflictos, con una sola excepción. Sucedió con Mujeres al borde de un ataque de nervios, estrenada en 1988. La historia de Candela, el personaje de María Barranco, partía de un episodio protagonizado por una amiga íntima, personaje conocido de la Movida, con la que había convivido varios años. En la película, Candela irrumpe en casa de Pepa hecha un manojo de nervios: se ha enamorado sin saberlo de un hombre ligado a una célula terrorista, lo ha ayudado a esconderse y teme que la policía la tome por cómplice. “Solo que sus protagonistas de verdad no eran chiitas, sino etarras”, recuerda. Almodóvar transformó la anécdota en comedia. Cuando su amiga vio la película, montó en cólera. “Pero… ¿cómo te has atrevido a poner eso?”. Almodóvar se escudó en el argumento clásico: nadie iba a reconocerla, la ficción lo había transformado todo. Su respuesta fue fulminante: “Él sí se reconocerá”. La frase, que recupera para un diálogo de Amarga Navidad, le dejó una lección duradera: por mucho que se cambien los nombres y se disfracen los hechos, siempre hay alguien que se dará por aludido.

—¿Existe culpa cuando uno se inspira en los demás?

—A veces bordeas ese sentimiento. No mientras escribes, porque ahí manda la pasión por la historia. Pero, cuando terminas, la pregunta aparece: si has ido demasiado lejos, si tenías derecho a contar eso. Claro que te lo planteas, porque si no serías un psicópata. Yo creo que cada uno sabe dónde está el límite.

—¿Y cuál es el suyo?

—No tengo una regla. Cuando escribo, me siento totalmente libre. Pero también creo que hay una sensibilidad moral que te hace saber hasta dónde puedes llegar. Se trata de no hacer daño a nadie. No puedes escribir tu guion caiga quien caiga.

Amarga Navidad, que se inspira parcialmente en las vidas de personas que viven y trabajan con el director, convierte ese conflicto en una parte central de la cinta. “Es una película que se vuelve contra sí misma”, dice. Hacia el final, en una grandiosa secuencia de confrontación rodada en un remedo del Retiro madrileño, Mónica, la asistente de Rossetti, le reprocha que haya usado las vidas de los demás. Pero también que se repita desde hace años. Que haya perdido la gracia. Que explote dramatúrgicamente, una película tras otra, el duelo por su madre. Son ataques que ha recibido estos últimos años el propio Almodóvar. De nuevo se confunde el personaje y su creador.

—Nunca lo habíamos visto siendo tan autocrítico.

—Tienes razón, nunca lo he sido. Pero la idea me divertía, me apetecía meterme conmigo mismo. Llevo 24 películas hechas: cualquier idea que me sorprenda, aunque sea a mi costa, la aprovecho. Si una idea vale la pena, entra en la película, incluso si va contra mí.

2019

Dolor y gloria es otro giro decisivo en el cine de Almodóvar. A partir de entonces, su reflejo en los personajes masculinos se ha vuelto bastante más nítido. Lo reconoce sin rodeos: “Es un movimiento deliberado. Mi pudor, en las últimas películas, se ha ido resquebrajando también en ese sentido”. De ahí nacen figuras como Salvador Mallo, el cineasta interpretado por Antonio Banderas en Dolor y gloria, y, ahora, Raúl Rossetti.

En sus últimos proyectos, la imagen de la masculinidad también ha cambiado. En Amarga Navidad, los hombres ya no son solo emblemas de deseo y brutalidad como en otros momentos de su carrera. También son personajes que apoyan y cuidan. Sucede tanto con Santi como con Bonifacio (Patrick Criado, tal vez la gran sorpresa de esta película), bombero y bailarín de striptease. El primero vive al lado de Rossetti, entregado a una lealtad silenciosa y sacrificada. En el cuento del que nace la película, Almodóvar ya lo había escrito con claridad: “En momentos como este lo importante es estar, acompañar, como hacen los animales”.

—¿Ha cambiado su imagen de los hombres?

—Sí, aunque ya había precedentes, como los personajes que interpretaba Darío Grandinetti en Hable con ella y en Julieta. La masculinidad ya ha cambiado tanto que no me parece una novedad. Curro Jiménez es un modelo de otro siglo, aunque es cierto que es una estirpe difícil de exterminar.

—La cuestión de los cuidados ocupa cada vez más espacio en su cine. ¿Por qué han adquirido esa importancia?

—Primeramente, porque el mundo envejece. España, desde luego, se hace mayor y se precariza, y más que nunca la gente necesita ayuda. El hecho de cuidar a la persona de al lado se ha convertido en una de las tareas morales del presente.

Al hablar de los cuidados, regresa a La Mancha y a las vecinas de su madre, que cada día golpeaban la ventana hasta oír una respuesta. “Si no contestaba, es que se había muerto”. En el último Almodóvar, cuidar es una forma de amor, de responsabilidad social y, en una época tan áspera, también de resistencia.

2027

Almodóvar ya está escribiendo la siguiente. Termina el guion de una nueva película que, si nada se tuerce, debería rodar el año que viene. Amarga Navidad prolonga la línea de sus últimos trabajos: un cine cada vez más despojado y menos protegido por el artificio. “Sí, soy cada vez más directo y más crudo. Me siento más desnudo en el cine que hago”. La película nace, además, en sintonía con el tiempo que la rodea. En ella hay duelo, accidentes y pérdida, aunque también humor, deseo, color y una vitalidad que se resiste a quedar sepultada en las sombras, como una bellísima escena iluminada por la voz de Amaia Romero. “Es una película oscura y hecha en un momento oscuro”, confirma el director. “Pero yo me propongo ser optimista, diariamente, de un modo casi delirante, porque no hay ninguna razón objetiva para serlo. Pienso en Almudena Grandes, que decía que el optimismo es una forma buenísima de resistencia”.

Desde la pandemia, cada vez le cuesta más soportar lo que ve al encender la televisión: guerras, brutalidad, ultraderechas en ascenso, una violencia política que creía desterrada del horizonte europeo. “Me resulta insoportable ponerme el telediario. Quitando la parte de la dictadura que me tocó vivir, porque era tan niño que no la experimenté de forma consciente, este es el peor momento en el que haya vivido. No pensábamos, cuando luchábamos por nuestras libertades, que en 2026 íbamos a estar hablando de guerras. Ahora se puede volver a ser nazi, asumirlo y comportarse como tal, y no pasa nada. Estoy muy preocupado y me pregunto qué puedo hacer para cambiarlo”. Habla de la política española, del miedo a una brutalidad que creía superada, de unas elecciones generales que se celebrarán, como tarde, en 2027. Le inquieta “esa alianza entre extremismo y neoliberalismo sin freno” que asoma en el horizonte como amenaza global y el efecto rebote de lo que sucede en Estados Unidos, que “alimenta y legitima a las ultraderechas europeas”. Y, sin embargo, se obliga a resistir al fatalismo.

En Amarga Navidad hay una anécdota sobre su amada Chavela Vargas que también parece describir el momento actual de su cine. Cuando cantaba La llorona, a cierta altura de su carrera, Chavela empezó “a decir cada vez más la canción y a cantarla menos”. Si le interesa la Chavela tardía no es por su supuesta decadencia, sino por su forma superior de inteligencia artística. “Cuando perdió la voz, no intentó fingir que seguía siendo la misma: economizó y reservó la explosión para el final”, recuerda Almodóvar. Tampoco él es ya el mismo que en otro tiempo. Su cine ha entrado en una etapa similar: es menos cantado y más dicho. Quizá por eso también suena más hondo.

sábado, 17 de enero de 2026

El del pelo blanco. Leslie Nielsen.

 Leslie Nielsen. “Corpulento, guapo y tontorrón”: el éxito tardío de Leslie Nielsen, el gran cómico que jamás sonreía, en El País, por Eva Güimil, 17 ene 2026:

El inolvidable protagonista de casi todas las películas cuyo título termina en “como puedas” cumpliría 100 años en 2026. Casi a la edad de jubilación descubrió un talento innato que cambió el rumbo de la comedia

Déjalo salir”, o como quieran traducir Let ‘er rip, es el epitafio que adorna la tumba del actor canadiense Leslie Nielsen (Regina, 1926-Florida, 2010). No busquen un significado poético o trascendental: se refiere a los pedos, su seña de identidad. Era famoso por ir a todas partes con un pequeño artilugio que, al ser accionado, simulaba el sonido de una ventosidad. Y lo mantuvo a su lado hasta el último momento, literalmente. Durante su funeral, celebrado con un cóctel y una fiesta en la que sonaba la música de Atrápalo como puedas, su mujer lo introdujo en el ataúd y lo activaba cuando alguien se acercaba a presentar sus respetos.

Leyendo esto, cualquiera pensaría en un cómico de raza, un niño que había crecido haciendo reír a familiares y compañeros de colegio, un clown vocacional, pero lo cierto es que durante la mayor parte de su carrera Nielsen fue un actor dramático o más bien hierático. Un galán tan atractivo como inexpresivo que participó en todas las producciones televisivas que se rodaron durante los sesenta y los setenta, de Alfred Hitchcock presenta a Colombo o Vacaciones en el mar.

El mundo descubrió a Nielsen cuando ya había sobrepasado los cincuenta. En el momento en el que algunos actores están calculando cuánto les queda para la jubilación, él dio un giro radical. No es que se reinventara, es que inventó un personaje que vertebró su carrera durante tres décadas. Si en una película aparecía Leslie Nielsen, uno ya sabía lo que iba a ver. El milagro lo obraron los ZAZ, o sea, David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker, tres guionistas y directores de Wisconsin que un día decidieron escribir una película sobre un accidente aéreo que parodiase el cine de catástrofes que vivió su época gloriosa durante los años setenta. Para protagonizar Aterriza como puedas no buscaron actores cómicos. Creían que la esencia del proyecto es que todos se lo tomasen en serio, por absurdas que resultasen las situaciones, y para ello insistieron en contar con actores de carácter como Robert Stack, Peter Graves o Lloyd Bridges en lugar de Bill Murray y Chevy Chase, que eran las recomendaciones de Paramount. Para interpretar al impertérrito Doctor Rumack, les sugirieron al cómico Dom DeLuise, pero ellos solo tenían un nombre en mente: Leslie Nielsen.

“En aquel momento la gente reconocía su rostro por haber participado en cientos de películas y series de televisión, pero no necesariamente sabían su nombre”, reconoció Jerry Zucker en la historia oral de Aterriza como puedas.

“Todos los actores fueron fantásticos, la verdad, pero Leslie era el que estaba como pez en el agua. Leslie disfrutó cada minuto, y prácticamente no necesitó instrucciones, porque una vez que entendió lo que hacíamos, lo hizo suyo. Le encantó.” Había encontrado su sitio en el mundo de la interpretación. “Aterriza como puedas cambió por completo su carrera: interpretaba a un galán corpulento, guapo y serio, pero era el tipo más tontorrón que jamás hayas conocido”, aseguró el actor David Leisure, que interpreta a uno de los hare-krishna. Fue una de las primeras víctimas de su máquina de pedos. Se sentó a su lado, se presentó con la voz profunda que le sirvió durante muchos años para ser actor de doblaje y, de pronto, eructó. “Perdón, comí cebollas en el almuerzo”, se disculpó. “Y luego tenía esta cosa metida bajo el brazo y oías salir un pedo fuerte y escandaloso. Y luego iba a sentarse al lado de alguna chica, alguna extra, y hacía lo mismo y veías cómo su cara palidecía”.

Fue una constante en todos sus rodajes. El artilugio se lo habría fabricado un amigo médico y, un día, apareció en el plató con una caja llena de ellos y los vendió a todo el equipo por siete dólares. Como lo usaba todo el mundo todo el rato, el departamento de sonido tuvo que confiscarlos para que no se siguiesen arruinado tomas. Priscilla Presley también lo sufrió durante el rodaje de Atrápalo como puedas. “Yo no sabía cómo reaccionar. Entonces vio mi mirada y empezó a reírse. Sacó la mano del bolsillo y sacó este aparato que llevaba consigo todo el tiempo. Esa broma ayudó a consolidar una amistad que siempre apreciaré”.

Un cómico en el armario

Nielsen, que se consideraba a sí mismo “un cómico en el armario”, supo que el doctor Rumak era el personaje de su vida. “Le dije a mi agente: ¡No negocies! ¡Acepta! ¡Les pagaré por este papel!”, declaró años después a The New York Times. La película fue un éxito inesperado que tuvo entre sus principales activos la actuación de Nielsen. Para el director, era gracioso in intentarlo, un actor con ”una extraña habilidad para hacer payasadas de una manera creíble. Un comediante nato".

Suyas son las frases más recordadas de la película. Por ejemplo:

Hay que llevar a esa mujer a un hospital.

–¿A un hospital? ¿Qué es, doctor?

–Un gran edificio lleno de enfermos y a veces no hay camas.

Sorprende lo tarde que llegó a un género para el que parecía haber nacido, pero él reconoció que le había faltado valor. “Nunca tuve el valor”, declaró en el programa The Last Resort With Jonathan Ross. “Tenía miedo de ponerme a prueba”. Nielsen era hijo de un miembro de la policía montada de Canadá quien, según aseguró una biografía no autorizada, golpeaba a su mujer y sus hijos, y se crio en una zona cerca del Ártico donde, según reconoció, su principal preocupación era “no morir congelado”. Se alistó a los 17 años en la Fuerza Aérea y, tras licenciarse, se fue a vivir a Nueva York para estudiar interpretación. No era el único actor de su familia: su tío fue Jean Hersholt, un nombre que sonará a los asiduos a la noche de los Oscars, ya que en su homenaje se entrega un galardón en reconocimiento a labores extraordinarias en causas humanitarias (el último recayó en la cantante y actriz Dolly Parton).

Se apuntó al Actors’ Studio, al igual que Marlon Brando o Montgomery Clift, y gracias a su atractivo físico y su voz profunda no tardó en encontrar un hueco en la pantalla. En cine tuvo su primer éxito gracias al clásico de ciencia ficción Planeta prohibido (1956). También lo vimos en otro clásico, La aventura del Poseidón (1972), donde interpretaba uno de esos personajes que parodiaría después. Y estuvo a punto de ser el Mesala de Ben-Hur (1959), pero su papel acabó en manos de Stephen Boyd. Trabajaba más que nadie, pero no destacaba por nada; como señaló un crítico, “era simplemente un galán atractivo en una industria repleta de galanes atractivos”.

Su aspecto severo hizo que muchas veces interpretase personajes peligrosos. “Al principio me elegían con frecuencia para interpretar a un joven de alta alcurnia con… problemas, y luego para un papel de villano, desde villanos del oeste con sombrero negro hasta policías corruptos. De hecho, el último papel serio que interpreté fue el de villano, junto a Barbra Streisand, el cliente cruel que ella asesina en Loca [1987]”, reconoció en Den of Geek. Nunca se arrepintió de su giro, aunque era consciente de que no había vuelta atrás. “Ahora que he hecho comedia, me encantaría volver a hacer dramas intensos. El problema es que podría hacerle la cosa más horrible a una mujer indefensa y el público se reiría”.

Hizo cine, televisión y teatro, siempre en roles dramáticos. Algo que hoy resulta llamativo. “Estamos sorprendidos de que la gente lo haya tomado en serio todos estos años, y es bastante desconcertante verlo en un drama del pasado”, afirmó Jerry Zucker al Chicago Tribune”. Ellos tuvieron claro desde el principio el gran actor cómico que era y no dudaron en colocarlo como protagonista en su siguiente éxito: Agárralo como puedas (1988). Su Frank Drebin es el sinónimo de incapaz que se cree infalible. A pesar de que la serie en la que está basada, Police Squad, fue un fracaso que no pasó de la media docena de capítulos, el mismo equipo vio años después cómo la adaptación cinematográfica se convertía en un éxito instantáneo. Costó apenas 12 millones y recaudó más de 80. Un triunfo que dio lugar a dos secuelas (y un reboot reciente con Liam Neeson en el papel de Nielsen) y un sinfín de copias de más o menos calidad para las que siempre intentaban contar con el canadiense. Se había convertido en un icono del humor absurdo. Pero no todo funcionaba. No lo hicieron Reposeída (1990), la parodia de El exorcista que rodó con una Linda Blair en horas bajas, tampoco Drácula, un muerto muy contento y feliz (1995) de Mel Brooks.

El rey del genero conocido como spoof se había encandilado de Nielsen tras verlo en Agárralo como puedas, pero la parodia de las películas del vampiro transilvano fue un desastre que no convenció a crítica ni público. Tampoco los productos de dudosa calidad basados únicamente en su presencia, en los que en España se añadía la coletilla “como puedas”; véanse Espía como puedas, Acampa como puedas, Asegúrate como puedas o Esquía como puedas. La imaginación al poder. Él parecía encantado a pesar de los pobres resultados. No dudó en hacer cameos en la tercera y la cuarta parte de Scary Movie, la otra gran saga de parodias cinematográficas, y también en Superhero Movie. Curiosamente, su última película fue otro spoof, Spanish Movie, la parodia del cine español reciente de Javier Ruiz Caldera, donde coincidió con otro genio de la comedia, Chiquito de la Calzada. Aunque su carrera al margen de los Zucker no alcanzó las mismas cotas de calidad, el actor está en el altar de la cultura pop por otro papel. En 1992 fue Lucas Hollingsworth, el elegante tio de Blanche que llevó al altar a Dorothy en el último capítulo de Las chicas de oro.

Nielsen, de cuyo nacimiento se cumplirán cien años en febrero, fue un hombre satisfecho y feliz. “He recibido algunos premios y, para ser honesto, nunca esperé ninguno de ellos”, declaró en 2008. “Me gané bien la vida durante décadas, y eso fue suficiente. Eso y, tal vez, un buen cheque de vez en cuando. Y un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada, tal vez”. No se puede pedir más.

lunes, 12 de enero de 2026

Películas que curan

 Francesc Miralles, experto en crecimiento personal: "Estas tres películas me han ayudado a vivir. Una buena película puede impulsarte a realizar el cambio que necesitas", en Cuerpo y Mente, 1 de enero de 2026,  por Francesc Miralles:

Podemos utilizar la fascinación que nos produce la gran pantalla para aprender importantes lecciones vitales a través de las historias que nos cuentan grandes directores, guionistas y actores. Las películas nos permiten explorar temas difíciles y encontrar soluciones.

Sea en la acogedora oscuridad de una sala o en un cinefórum casero, hay filmes que tienen la capacidad de sacudirnos el polvo de las experiencias negativas, además de darnos otra mirada sobre los desafíos que nos trae la vida.

Hace algo más de una década, una editorial me pidió que escribiera un libro sobre el cine como botiquín para el alma. Sin ser un experto en el séptimo arte, recogí en un manual llamado "Cineterapia las 35 películas que más me habían ayudado a vivir".   

En estas páginas veremos tres de ellas, pero antes reflexionemos un poco sobre el impacto que tienen las grandes historias audiovisuales en nuestro estado de ánimo y en la forma en la que miramos el mundo. Esto es así porque los genios de la gran pantalla han plasmado argumentos tan inspiradores como la mejor de las fábulas y que nos impulsan a realizar los cambios que necesitamos para vivir mejor.

El método Solomon

"Visione usted esta película y llámeme mañana", decía a sus pacientes Gary Solomon, uno de los primeros psicoterapeutas en utilizar el poder curativo del cine. Dependiendo del problema que le era expuesto en la consulta, ofrecía una "receta cinematográfica" para que la persona reflexionara y hallara la respuesta por sí misma.

El método de Solomon había sido probado con éxito a finales de la década de 1970 por Norman Cousins, que en su icónico Anatomía de una enfermedad cuenta cómo superó un cáncer con ayuda de las comedias de los hermanos Marx que vio durante su convalecencia.

Al parecer, la mejoría fue tan rápida y notoria que fue dado de alta en el hospital, entre otras cosas, porque con sus carcajadas no dejaba descansar a los enfermos. Además de las películas de los Marx –cuando se habla de cineterapia, siempre se menciona ¡Qué bello es vivir!, el clásico de Frank Capra que las televisiones emiten todas las Navidades–, he elegido otras tres películas de alto poder terapéutico para este artículo.

1. El mago de Oz

Estrenada en 1939, la adaptación de Victor Fleming del cuento de L. F. Baum cuenta la historia de Dorothy, una joven que siempre ha soñado con viajar a otro mundo.

Su deseo se ve cumplido cuando es arrastrada junto con su perrito Toto por un tornado, que la traslada al asombroso mundo de Oz. El personaje interpretado por Judy Garland vivirá mil aventuras tras el consejo de la Bruja Buena del Norte de seguir el camino de baldosas amarillas que lleva a la Ciudad Esmeralda.

Allí deberá encontrarse con el Mago de Oz, el único que puede ayudarle a regresar a su hogar en Kansas. Por el camino conocerá a tres singulares personajes que la acompañarán en su viaje: el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde. El camino de baldosas amarillas tiene un mensaje claro: por desesperada que sea nuestra situación, siempre hay una salida. Eso sí, debes procurarte los compañeros de viaje adecuados.

Los que encuentra Dorothy en su senda simbolizan las tres cualidades que necesitamos desarrollar para vencer una gran dificultad: cerebro, corazón y coraje. Esto es justamente de lo que carecen respectivamente el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde, y esperan que el Mago de Oz pueda darles a cada cual lo que les falta.

En el camino, sin embargo, acabarán desarrollando por ellos mismos estos valores. Al final de la película, la Bruja Buena da este mensaje: "Si no puedes encontrar el deseo de tu corazón en tu propio patio, entonces nunca lo perdiste realmente". Es decir, toda búsqueda empieza dentro de uno mismo. Tal vez por eso, al final Dorothy abraza a su perrito y dice: "No hay lugar como el hogar".

2. My Fair Lady 

Estrenada en 1964 bajo la dirección de George Cukor, es la expresión cinematográfica del famoso efecto Pigmalión, además de ser una adaptación de la obra del mismo título de George B. Shaw.

Relata la apuesta entre el arrogante lingüista Henry Higgins y su colega de hacer pasar a una joven y humilde florista por una dama de la alta sociedad en tan solo seis meses. Para ello, Liza deberá aprender a pronunciar correctamente el inglés, además de vestirse y adoptar los modales de las grandes señoras, lo cual nos recuerda el lema: "Hagamos como si fuéramos y acabaremos siendo".

Sin embargo, James Clear, el autor de Hábitos atómicos, añadiría que no basta con imitar lo que quieres ser. Debes vivirlo desde dentro, como proponía Stanislavsky para encarnar un personaje. Decide quién quieres ser y obra en consecuencia.

3. Atrapado en el tiempo

Saltamos al 1993, cuando Harold Ramis sorprendió al mundo con la comedia existencial "Atrapado en el tiempo" (Groundog day, "El día de la marmota" en su versión original), con una interpretación inolvidable de Bill Murray.

El egocéntrico periodista Phil Connors es enviado a Punxsutawney para cubrir el festival del Día de la Marmota. A su regreso, les sorprende una tormenta de nieve que les obliga a volver de nuevo a la pequeña ciudad. Cuando Phil se despierta al día siguiente, revive paso por paso lo que le sucedió el día anterior. "¿Qué haríais vosotros si estuvierais atrapados en un sitio y cada día fuera el mismo y nada importara"», lanza Connors, amargado, y añade: "Ese es el resumen de mi vida".

Y así se repite día tras día, hasta que el protagonista aprende a mejorar sus carencias afectivas para disfrutar del momento con todas sus consecuencias. Esta película no solo nos recuerda que el único tiempo que podemos vivir es el presente, sino que cualquier mejora sobre uno mismo hay que hacerla aquí y ahora.

No es hasta el momento en que el protagonista se da cuenta de que con su agria forma de ser no va a ninguna parte cuando empieza a aprender qué es verdaderamente importante para alcanzar la felicidad. Cuando el protagonista se atreve a vivir el día con intensidad, como si no hubiera mañana –tal vez no lo haya–, es cuando queda liberado.

Cantaba el gran Luis Eduardo Aute: "Más cine, por favor, que todo en la vida es cine y los sueños cine son". Al final, lo que vemos en la gran pantalla no solo nos sirve para pasar una buena tarde de domingo.

Aunque sean otros personajes y escenarios, las grandes historias son reflejos de nuestra propia vida. En las luchas y contradicciones de sus protagonistas vemos las nuestras propias. Cada filme es, por lo tanto, una invitación a ser los héroes de nuestra película vital. 

Reencontrarse con uno mismo

El apartamento 

La genial comedia de Billy Wilder nos recuerda que el trabajo no lo es todo, así como el precio a pagar por no ser asertivos respecto a nuestras verdaderas responsabilidades. Al personaje interpretado por Jack Lemon le hace despertar el amor: "Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago entre 8 millones de personas. Entonces, un día vi una huella en la arena, y allí estabas".

Dersu uzala 

La única película que filmó Kurosawa fuera de Japón, tras una larga depresión que casi le llevó al suicidio, es una sanadora oda a la amistad y a la sabiduría de la naturaleza, bajo la figura de un viejo nómada mongol. En 1975 ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

Una historia verdadera

Junto a su conmovedora "El hombre elefante", encontramos al David Lynch más humanista en esta maravilla de 1999. Un anciano trata de recorrer, montado en un cortacésped, los 500 kilómetros que le separan de un hermano con quien no se habla desde hace diez años. Una película conmovedora sobre el perdón y la fraternidad.

Amélie 

En el 2001 enamoraba a millones de espectadores esta fábula de Jean-Pierre Jeaunet sobre la magia y la felicidad de ayudar a los demás. Una de las frases más recordadas de este filme feel good es: "Al menos usted nunca será una hortaliza, porque hasta las alcachofas tienen corazón".

domingo, 21 de diciembre de 2025

Cine de ciencia ficción independiente

Cine de ficción científica sin gran presupuesto, indie, pero con un gran guion:

Coherence.

Beyond the Black Rainbow.

Primer.

The man from Earth.

Cube.

Hardware.

Stalker.

World in a wire.

Alphaville.

La Jetée.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Entrevista al cineasta Costa-Gavras

 Costa-Gavras: “Lo siento, pero Trump es la personalidad que mejor define nuestra época”, en El País, por Miquel Echarri, 30 nov 2025:

Lleva seis décadas retratando con su cine las convulsiones sociales y políticas del mundo. Lo que ve hoy tampoco le gusta, pero asegura mantener la esperanza en el ser humano.

Costa-Gavras lleva más de seis décadas resistiéndose a los finales felices. Lo ha hecho en su cine, una brillante escuela de estoicismo y melancolía: “Todas las historias acaban mal”, concede el cineasta griego, “porque incluso nuestros éxitos más rotundos acabarán siendo derrotados por el tiempo, que es un enemigo formidable. El happy end del cine estadounidense, además de una convención narrativa, es una gran mentira que nos infantiliza y pretende aportarnos un falso consuelo. Yo me he resistido a esa lógica empobrecedora en mis películas. Pero tampoco soy un nihilista, no pretendo deprimir a mis espectadores. Siempre intento dejarle un resquicio a la esperanza. Creo que los esfuerzos humanos, los actos de dignidad y de valentía, no son estériles. La vida es una lucha, y cada nuevo día nos ofrece la oportunidad de seguir luchando”.

Estas palabras adquieren un cierto dramatismo cuando las pronuncia un hombre de 92 años, inquilino, según nos dice él mismo, de un barrio muy cercano a la muerte. Pero Konstantinos Gavras, Costa-Gavras, nacido en la Arcadia griega en 1933, las pronuncia con aire festivo. Para él, estar sentado en la sala de los tapices del Alcázar de Sevilla posando para las fotos y charlando con un periodista es “un raro privilegio”, porque le llega en un momento de la vida en el que ya no tiene expectativas y, por tanto, disfruta “del instante, de la extraordinaria aventura de estar vivo”.

Hoy ha sobrevolado una ciudad “magnífica” como Sevilla, ha visto desde el avión los cultivos de la vera del Guadalquivir y a esos abnegados agricultores que le parecen “soldados en la trinchera contra el cambio climático”. Contempla los tapices de la conquista de Túnez y encuentra en ellos “el cine de la época, una forma de arte que pretendía ser popular y a la vez mostrar el mundo en toda su complejidad y su belleza”. Ha viajado, además, junto a su compañera de vida, Michèle Ray, periodista legendaria, productora de gran parte de sus películas y madre de sus tres hijos. Y está a punto de recibir (se lo entregan el día después de su entrevista con El País Semanal) el Giraldillo de Oro del Festival de Cine Europeo de Sevilla, un reconocimiento al conjunto de su carrera: “Sí, el de hoy está siendo un buen día”, concluye Gavras, “pero déjeme puntualizar que yo no he tenido una carrera, sino un recorrido vital en el que, entre otras cosas, he hecho mucho cine. Supone un gran honor que se celebre mi trabajo, y me conmueve muy especialmente que ocurra en España, porque este es el primer país al que viajé como asistente de dirección, siendo aún muy joven. Estuve en Torrevieja, en Madrid, en Sevilla y en el desierto andaluz, así que volver aquí, traído de nuevo por el cine, 65 años después, equivale a cerrar un ciclo”.

“Incluso nuestros éxitos más rotundos acabarán siendo derrotados por el tiempo, que es un enemigo formidable”, dice Costa-Gavras.

Costa-Gavras debutó como director con un primer largometraje (Los raíles del crimen, 1965) en el que, según asume ahora, “se percibía aún la influencia del cine estadounidense, con su obsesión por la simplicidad narrativa y por embellecer el mundo”. Luego vendrían 19 películas más, cada vez más personales y, en cierto sentido, “más europeas, más dialécticas y menos complacientes”. La mayoría de ellas, de Z a La confesión, Estado de sitio, Desaparecido, Hanna K., La caja de música, Amén, Arcadia o El capital, pueden interpretarse como capítulos de una crónica dramatizada de las grandes convulsiones políticas y sociales del siglo XX y lo que llevamos de XXI, del golpe de los coroneles en Grecia a las purgas estalinistas, la injerencia estadounidense en América Latina, el Holocausto, el auge de la extrema derecha o la ocupación de Palestina. La más reciente, El último suspiro (Le dernier souffle, 2024), reivindica el derecho a morir con dignidad y, sobre todo, “el imperativo moral de abordar la muerte con responsabilidad y madurez, sin convertirla en un absurdo tabú que nos impide despedirnos bien de la vida y de las personas que nos importan”.

Como buen patriarca del cine europeo, ya ha escrito su autobiografía, Ve adonde sea imposible llegar. Es, según nos cuenta, “la historia de un extranjero que, al llegar a Francia, se sintió tratado por vez primera como el ciudadano de una democracia, no como el súbdito de un estado policial, y encontró en el cine algo a lo que dedicar su vida”. Ha repasado a conciencia el sentido de su propia historia, pero, según asegura con buen humor, aún no ha empezado a plantearse cómo le gustaría ser recordado: “He querido contar quién soy, cómo soy, porque dejar constancia de tu paso por el planeta y del valor de tu experiencia me parece una tarea noble. Pero soy consciente de que las personas pasan y dejan, en el mejor de los casos, una pequeña parte de lo que hicieron en vida, como los tapices de esta sala. No sé si mis películas perdurarán. Yo creo que algunas de ellas están bien hechas y pueden resultar valiosas, pero quién sabe. Si nos remontamos a los orígenes del cine, muy pocas películas y muy pocos directores han perdurado. Así que tal vez mis obras vayan a ser como mariposas que brillan un instante y luego se extinguen, cosa que tampoco supondría ninguna tragedia, porque vendrán más cineastas y traerán mariposas nuevas”.

“La neutralidad no siempre es moralmente legítima. Yo siempre dejé claras mis simpatías, por eso se dice que mi cine es político”, dice Costa-Gavras.

¿Cuál de sus mariposas rescataría del olvido para enseñársela, por ejemplo, a los estudiantes de cine que hoy tienen alrededor de 20 años?

[Piensa un instante, posando una vez más la mirada en los tapices]. Creo que Hanna K. Sí, Hanna K., porque es una película del pasado que podría ayudarlos a entender un poco mejor el presente. No quiero atribuirme cualidades proféticas, pero el caso es que rodé esa película en Jerusalén, en 1982, y ya intuí que el conflicto entre Israel y los palestinos iba a enquistarse y recrudecerse. Sencillamente, percibí algo siniestro a mi alrededor, en el odio larvado entre las dos comunidades, en esa coexistencia tensa, con desconfianza mutua y sin canales de interacción y diálogo de ningún tipo. Judíos y palestinos hablaban conmigo, pero no entre ellos. Uno de mis asociados, un israelí de origen ruso, me enseñó su pistola y me dijo que nunca salía a la calle sin ella, porque los palestinos, todos ellos, suponían una amenaza permanente. Creo que el desenlace de la película muestra de manera muy nítida ese clima de hostilidad y de paranoia que se respiraba por entonces y que ha acabado teniendo efectos tan nefastos como la actual guerra de destrucción de la Franja de Gaza.

Es curioso que elija usted como emblema de su cine una película que fue muy contestada en su día y que fracasó en taquilla.

Cierto. Apenas duró una semana en los cines de Estados Unidos, y no le fue mucho mejor en Europa. Los grupos de presión judíos la boicotearon, pero tampoco gustó a los árabes ni a la izquierda propalestina, porque la película no pretendía tomar partido, sino dramatizar un conflicto complejo y mostrarlo en toda su complejidad, con sus matices, planteando preguntas en lugar de ofrecer respuestas fáciles.

¿Es esa una de las grandes constantes de su cine, la resistencia a tomar partido cuando ese posicionamiento militante implica sacrificar los matices?

Digamos que sí. Aunque tampoco me he planteado nunca hacer un cine equidistante. Cuando he abordado temas controvertidos, como el colaboracionismo francés durante la Segunda Guerra Mundial [en Sección especial], el apoyo de la CIA a la represión de la disidencia en Uruguay y Chile [en Estado de sitio y Desaparecido] o el repunte de la violencia racista en los Estados Unidos de Ronald Reagan [en Betrayed], creo que dejé muy claro de qué lado estaban mis simpatías personales, porque la neutralidad no es siempre una postura humana ni moralmente legítima. Supongo que por eso suele decirse tan a menudo que el mío es un cine político, comprometido o de denuncia.

¿Y no lo es?

Solo en el sentido en que me comprometo con la realidad de mi tiempo, que trato de comprenderla y de explicarla. Pero no es un cine partisano ni dogmático. Además, aunque me he ido distanciando gradualmente del cine estadounidense, nunca he perdido de vista que mis películas son arte, son espectáculo, no discurso intelectual ni político. Tienen que responder a la lógica de la dramatización y resultar potencialmente atractivas para el público.

¿Piensa usted en el público?

Sí. Hasta cierto punto. Seguro que en mayor medida que mis contemporáneos de la nouvelle vague, Godard, Truffaut y demás, que entendían sobre todo el cine como un lenguaje artístico en proceso de evolución e hicieron, en consecuencia, películas muy formalistas, concebidas como ejercicios de estilo y arte de vanguardia, aunque algunas de ellas fueron populares en su día. Yo, en cambio, sentía el impulso de mostrar el mundo a través de mi cine, contar la historia de nuestras sociedades, nuestras ciudades, nuestros barrios. Pero, dicho esto, creo que a la hora de hacer películas tampoco he tenido demasiado presentes las supuestas expectativas del público, entre otras cosas porque las desconozco. Hago el tipo de películas que a mí me gustaría ver, yo soy mi primer espectador, aunque es cierto que las hago con la esperanza de que gusten a la gente.

Usted estuvo muy vinculado en los inicios de su carrera a una cierta izquierda intelectual francesa. Yves Montand, Simone Signoret, Jorge Semprún…

Sí, eran mis amigos, mis mentores, mis primeros compañeros de viaje en el cine y en la vida. Simpatizaban con las causas de la izquierda internacional, sin duda, pero no eran dogmáticos. A Semprún, un exiliado, como yo, ya le habían expulsado del Partido Comunista español, y Montand viajó a la Unión Soviética y volvió desencantado al encontrarse allí una tiranía grotesca, no como mis compañeros burgueses de la Facultad de Literatura de la Sorbona, que hacían turismo revolucionario ingenuo y querían convencernos de que aquello era la verdadera democracia y el paraíso social en la Tierra. No lo era.

Esa distancia crítica empezó a hacerse muy visible en La confesión, su película de 1970 sobre los juicios de Praga y, en general, la represión estalinista. La prensa del Partido Comunista Francés se cebó con la película, pero no sin antes reconocer que, pese a todo, usted seguía teniendo el corazón a la izquierda.

Sí, me trataron con condescendencia, como a una oveja descarriada. Me perdonaron la vida. Aunque el secretario general del partido, Georges Marchais, un hombre que seguía de forma acrítica las directrices de Moscú, sí dijo que la mía no era una película comunista, lo que equivalía a una condena en toda regla. Bien, yo le hubiese contestado que por supuesto que no lo era, y que tampoco pretendía serlo, pero preferí callarme por respeto a algunos de mis cómplices en esa aventura creativa que sí eran comunistas.

Cincuenta y cinco años después, ¿su corazón sigue estando a la izquierda?

Sigue ahí dentro [se señala el pecho con una sonrisa], un poco escorado a la izquierda, pero no muy lejos del centro. Y le llega sangre de todo el cuerpo. Mire, a mí me gusta escuchar a todo el mundo, sopesar las razones de unos y otros y luego tomar mis propias decisiones. Como Montand, como Semprún, he intentado no ser nunca dogmático, no perder la capacidad de pensar por mí mismo y de seguir escuchando.

¿La izquierda política le ha decepcionado?

Sin duda. Hay un activismo progresista con el que sigo simpatizando, sobre todo con los que se comprometen contra el cambio climático, contra el racismo, contra el populismo identitario, a favor de una cierta equidad. Pero en Francia, donde he pasado casi toda mi vida, la izquierda política ha entrado en una deriva ridícula. Creo que François Mitterrand, un hombre con virtudes y defectos, tuvo un impacto positivo sobre la cultura y sobre el clima de convivencia, dejó un legado. Pero sus sucesores en el Partido Socialista, Hollande y compañía, han echado a perder ese legado con su torpeza, su intransigencia y su falta de ideas. Hoy, la derecha radical está a un paso de llegar al poder en Francia, liderada además por un joven radical de 30 años como Jordan Bardella, sin estudios ni cualidades intelectuales y humanas de ningún tipo más allá de su oportunismo y su falta de escrúpulos. Y la izquierda francesa tiene parte de culpa en ese desastre, porque no ha sido capaz de articular una alternativa sensata, progresista y humana.

¿La democracia peligra en Francia?

Me temo que en Francia y en todo el mundo occidental. Vivimos en un escenario preapocalíptico. Nuestra codicia está destruyendo el planeta y nuestra incapacidad para el diálogo está destruyendo la democracia, que es el mejor instrumento de convivencia en libertad que hemos sido capaces de crear. Hemos pasado de las ideas y el diálogo a la religión del dinero y el éxito, y la política ya no es más que otro escenario para esa lucha ciega de todos contra todos que está en la esencia del capitalismo.

¿Hemos destruido el ágora?

¡Exacto! Hemos perdido de vista esa lección fundamental de la antigua democracia griega, el ágora entendida como un espacio de intercambio libre de ideas, un lugar en el que se habla y, sobre todo, se escucha, en el que primero se delibera y solo después se vota. Nuestros Parlamentos ya no son ágoras, sino escenarios de confrontación agresiva, y los nuevos espacios de interacción social, como internet, tienden a aislarnos, radicalizarnos y hacer que nos respetemos cada vez menos unos a otros. Donald Trump, siento decirlo, es la personalidad que mejor define nuestra época, porque ha demostrado que no necesita dialogar con nadie, transigir con nadie ni respetar ninguna regla para hacerse con todo el poder en una democracia de 300 millones de habitantes y hacer con él lo que le apetece, sin inhibiciones ni límites. La perfecta metáfora de esa anomalía política que es Trump es ese vídeo en que se muestra a sí mismo en un avión bombardeando con excrementos a los que se manifiestan en su contra. ¿Hay algo menos democrático que un presidente que detesta a todo el que no le secunda y, además, presume de ello?

¿No merecería Trump una película de Costa-Gavras? Recuerda a esos villanos un tanto pueriles, extravagantes y caprichosos que abundan en su cine.

Sí, es un ejemplo de la banalidad del mal llevada al máximo. Pero resulta demasiado atroz, demasiado inverosímil, como para dedicarle una película. Ni siquiera existe la posibilidad de parodiarlo, porque él ya se parodia a sí mismo. Y, además, ese retrato del tirano pueril, que juega con el mundo por pura vanidad y egolatría aun a riesgo de destruirlo, ya lo hizo Charlie Chaplin en El gran dictador, y yo no me siento capaz de hacer algo comparable.

En una entrevista de hace 25 años se definía usted como un optimista cauto y escéptico. ¿Diría que aún lo sigue siendo pese a Trump, la crisis climática o la destrucción del ágora?

Sí. No he perdido mi fe en la vida y en la capacidad de regeneración del ser humano. Conservo la capacidad de indignarme cuando leo el periódico por las mañanas, no he caído en la resignación, y sé que hay ahí fuera miles de seres humanos más jóvenes que yo, con más energía y más futuro, que se indignan conmigo y están dispuestos a hacer algo para que las cosas cambien. Confío en ellos, espero que encuentren la manera de salvarnos del desastre.

¿Va a seguir usted contribuyendo a esa tarea común desde su propia trinchera? ¿Va a seguir haciendo cine?

¿Por qué iba a dejarlo? El cine no me parece una profesión, sino una pasión, así que no veo razones para renunciar a él. Eso sí, me resulta cada vez más difícil escribir en solitario, ahora que ya no tengo cómplices creativos como Jorge Semprún, Jean-Claude Grumberg o Franco Solinas. Pero sigo buscando historias interesantes escribiendo casi a diario, el tiempo dirá si de ese esfuerzo sale algo que pueda convertirse en una película.

¿Sobre qué escribe usted ahora mismo?

Sobre un momento decisivo en la historia de mi país, Grecia, al que no se ha dedicado toda la atención que merece. Es ese invierno de 1944-1945 en el que, tras la retirada de las tropas de Hitler, el ejército británico y las milicias comunistas se enfrentaron por el control del país en lo que acabó siendo el prólogo de una guerra civil. En esos meses se decidió el destino de Grecia y yo quiero hacer una crónica de aquella oportunidad perdida, porque el resultado de esa guerra dentro de otra guerra fue el país en que crecí y del que tuve que exiliarme.

¿Ya no hará la película española, sobre la Guerra Civil, el franquismo o la Transición, de la que ha hablado usted a lo largo de los años?

No. Iba a hacerla con Semprún. Sin él no puedo hacerla.

¿Y su película de época ambientada en Bizancio?

Esa es una de las que me gustaría hacer, sí. El problema es que se trata de un proyecto muy ambicioso y, lógicamente, no sé de cuánto tiempo dispongo.

Su compañero de profesión, y creo que amigo, Manoel de Oliveira, dirigió cuatro películas siendo ya centenario, y eso que antes de las dos últimas se tomó un año sabático porque quería, según dijo, pasar más tiempo con la familia.

Sí, Manoel era un buen amigo. Hizo cine hasta el final, y siempre pensó que no había ninguna razón de peso para dejarlo. De hecho, el único festival al que no acudió estando invitado fue porque había enfermado no él, sino su hija. ¿No es esa una manera magnífica de irse de este mundo? Con proyectos e ilusiones hasta el último día. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

Biopic sobre Teresa de Calcuta

 Santa, autoritaria, baluarte de los pobres e implacable antiabortista: el festival de Venecia descubre a otra Madre Teresa, en El País, por Tommaso Koch, Venecia - 01 SEPT 2025:

La película ‘Mother’, de Teona Strugar Mitevska, muestra en el certamen un retrato más real de la monja, fruto de 15 años de investigaciones, viajes y entrevistas.

El ser humano no para de equivocarse. Cosas de la vida terrenal, la perfección solo pertenece a los santos. O ni eso: resulta que hasta la inmaculada Madre Teresa de Calcuta caía en fallos, excesos y contradicciones. La monja ya no está aquí para confirmarlo ―o desmentirlo―, pero la cineasta Teona Strugar Mitevska lo sostiene con cierta seguridad: lleva 15 años investigando a su figura, hablando con quien la conoció y trabajó con ella. Y con todo eso filmó Mother, que inauguró la sección Horizontes del festival de Venecia.

Alberto Barbera, director artístico del certamen, lo presentó como “un retrato no convencional”. En efecto, el largo descubre a una mujer comprometida con su misión de ayudar a los pobres a toda costa: incluida la de su entorno. Bondadosa, altruista, enérgica. También severa, autoritaria, inflexible. Y duramente antiabortista. Una sorpresa para muchos. Aunque ya habían surgido voces críticas contra la gestión económica de su orden, y acusaciones de ser amiga de dictadores o no dar cuidado profesional a los enfermos. Quizás la luz tan cegadora de Madre Teresa impidiera ver sus sombras. Aunque las que descubre Mother no pretenden cancelar su mito: la santa, simplemente, era real.

“Todas las dudas planteadas en la película vienen de su diario, que cubre sus periodos oscuros. La verdad, o la realización, nunca es unidimensional. Hay que cuestionar para saber”, apunta la cineasta. La creadora macedonia empezó a investigar a su compatriota ―aunque muchos la crean india, Madre Teresa nació en Skopje― por una serie que le encargó la televisión nacional de su país. Entonces, pudo entrevistar a las últimas cuatro monjas que habían colaborado con la santa. De una filmación, así, surgió otra. “En ese momento, descubrí a la persona verdadera. De golpe, ante mí se alzaba una mujer sorprendentemente moderna: ambiciosa y audaz, una directora ejecutiva, una rebelde, una Robin Hood”, agrega. Siguió leyendo, buscando, investigando y hasta viajando. Pero el núcleo del proyecto nunca cambió: “Las complejidades de su carácter, las anécdotas de las cuatro hermanas y su diario, que revela sus pensamientos íntimos y dilemas más profundos sobre temas fundamentales como el amor, la maternidad, la fe o la ambición”.

De todo ello hay un poco en Mother. La película narra una semana en la vida de Madre Teresa, en agosto de 1948, en Calcuta. Es decir, justo antes de que arranque la leyenda: acaba de pedir permiso al Papa para dejar su monasterio y crear su propia orden. Mientras espera el sí que necesita para socorrer a millones de marginados, se pasa el día ayudando a todos los que pueda. Su entrega a la misión se muestra igual que su fe: ciega. Demasiado importante lo que hay en juego como para admitir concesiones: a sí misma, por supuesto, pero tampoco a su equipo. A la familia solo se le visita una vez cada 10 años: ni la muerte de algún ser querido merece una excepción. Cualquier apego que no sea hacia Dios queda prohibido. El filme insinúa que ella misma pudiera sentir, y reprimir, pulsiones en ese sentido. A una monja le reordena el cuarto, porque recolocarlo a propio antojo también es una pasión vetada. A otra le obliga a devolver una nueva máquina para echar cuentas más rápidamente. “Tenemos que ser precisas”, avisa.

“La secuencia en que rechaza usar esa máquina para mí encierra su esencia. Alguien centrada en lo que cuenta de verdad, consciente de que distracciones externas pudieran desviar su misión. Era la general de un ejército de mujeres, de las que esperaba devoción absoluta, nada menos de lo que se exigía a sí misma. Instituyó un sistema de rotaciones: cada hermana cambiaba de puesto cada dos o tres años, con tan solo una semana de preaviso. No le preocupaban las opiniones de los demás”, agrega la directora. Lo sufre sobre su propia piel una de las monjas en la película. Convoca a la madre superiora entre lágrimas y confiesa un desliz: se ha quedado embarazada. Dice que es amor, se desespera, suplica ayuda. Pero la santa ni se inmuta. Al revés, la aísla. Tanto que la joven, desconsolada, se resuelve a abortar. “Solo lo sabremos tú, yo, y el doctor”, le propone a Madre Teresa. “Y Dios”, responde la implacable santa. El único momento de la película en que sonríe de verdad es cuando el Vaticano al fin le otorga el visto bueno.

“Una hermana nos contó que cada vez que Madre Teresa entraba en un cuarto recolocaba los muebles: era una filosofía de desapego. En las reglas de su orden, insistió en que las monjas no poseyeran nada”, señala Strugar Mitevska. En otra entrevista, una joven monja española le contó que sumarse a la causa de la santa le había dado “libertad”. De las expectaciones de que tuviera casarse con alguien; de afeitarse, algo que odiaba; de tener que llegar a compromisos con ciertas imposiciones de la sociedad. “Lo que me hizo pensar: ‘¿Cuántas mujeres hace 10 años, o más aún hace 100, encontraron libertad dentro de la iglesia? Es una idea controvertida, pero puedo entenderla”.

De ahí que parte de la dureza de Madre Teresa tal vez surgiera como respuesta a la sociedad patriarcal. “Soy una mujer en un sistema regido por hombres”, apunta en el filme. “Hombres, hombres, hombres”, se lamenta en otro momento. Hasta la santa perdía los estribos ante tanta desigualdad. La misma que impulsó a la propia directora a prorrogar tanto este proyecto: “He tenido que cumplir 50 años para tener el valor de un Xavier Dolan [cineasta canadiense] de 18. Esa es la ironía ―y la tragedia― de las mujeres de mi generación: la falta de confianza para ser, hacer, osar". Gracias a Madre Teresa, la cineasta ha abrazado la fe más importante: en sí misma.

sábado, 6 de enero de 2018

Cenas excesivas

En Occidente, y en especial en estas fechas, es común comer y beber demasiado; ese no era desde luego el austero condumio del establo belenita. Pero en nuestros cines había una película, La cena, que tenía algo que ver y se inspiraba en una durísima novela de Hermann Koch, ya llevada al celuloide dos veces en Europa. Esta versión de 2017, estadounidense, cuenta con actores solventes, entre ellos un Richard Gere que lleva interpretándose a sí mismo desde casi toda su carrera (exceptúo sus comienzos con el siniestro filme naturalista Buscando al señor Goodbar o la calvinista American gigoló: se le dan bien los papeles de vendedor de sexo). Así que, en vez de ver estampitas de jedaris me fui a verla.

El argumento enfrenta a dos hermanos que van a gozar de una comida deconstruida en un restorán ultrapijo de Washington con sus correspondientes parejas; pero en vez de comerse la horterada empiezan a merendarse simbólicamente entre ellos: uno está realizado, es un gran político; el otro es un profesor de historia fracasado y neurótico: se odian y se necesitan a la vez. Sus hijos han quemado a una mendiga en un cajero automático y deben llegar a una solución común para afrontar el hecho. Porque es eso en realidad lo que tienen que tragar en la cena. Y todo se resuelve no como el drama bergmaniano-griego que se plantea en la mayor parte del metraje, sino como era de esperar en esta época. 

Recuerdo los desayunos de los Ewing en la famosa teleserie Dallas: un cruce continuo y psicópata de retrancas y puñaladas traperas. Se comían familiarmente unos a otros como estos Saturnos. Lo decía Vergniaud: "La revolución es como Saturno: devora a sus propios hijos". En este caso es el capitalismo, que tiene más hambre. Pero lo impresionante para mí fue el hecho central: cómo dos niñatos que querían sacar dinero se encuentran como barrera a una borracha durmiendo la mona delante del cajero y, frustrados porque el asco les impide conseguir dinero, le prenden fuego y además graban el hecho con sus móviles para tener un recuerdo y ganar pulgares arriba (el nuevo saludo fascista) en Fascebook. Es divertido (de di-verterse). La diversión o distanciamiento es el mecanismo que hace funcionar la comedia y, en general, el humor. La empatía, la catarsis, solo funciona en la tragedia. Y para la mayor parte de la gente solo lo cómico, lo divertido, es lo real.

Es tema actual esta moderna falta de empatía, que nos hace máquinas en vez de humanos, robots de una cuarta revolución industrial reificante y cosificadora. Para ello es fundamental el trastorno de evitación y mirarte a ti mismo o a otro lado, pero no al de enfrente. Hace poco, además, un famoso y joven youtuber estadounidense se hizo un vídeo-selfie de grupo también ante el árbol de una persona a la que acababa de descubrir ahorcada en el famoso bosque de los suicidas de Japón. Pasó de la estupefacción inicial a las risas a escasos metros del cadáver con comentarios del tipo: "¿Estás vivo? ¿Nos estás jodiendo?". Y colgó el vídeo para ganar visitas. Pero la gente protestó. Todavía hay gente a la que le molesta la falta de empatía y de compasión en una sociedad tan narcisista como esta... pero el canal de Youtube de este desnaturalizado fue el primero en alcanzar el millón de suscriptores en la historia de la red social.

Estamos perdiendo la condición humana. La robotización, la inteligencia artificial y la impresión 3-D, tres de las patas de la nueva revolución industrial, causarán un aumento sin igual del paro, pero eso no importa porque no es económico. La desgracia nunca es económica. La cuarta pata será la reificación o cosificación del hombre. Otros vídeos y películas ya lo están anunciando, como la última Blade runner 2049. Con el colapso de los sistemas ecológicos estamos además extirpando la vida no humana del planeta para transformarlo en una cosa. Y sustituimos a las personas por simulacros que se pueden consumir mejor. El narcisismo maligno del siglo XX (sustitución de las relaciones humanas por relaciones de consumo o virtualmente falsas y de apariencia a través de móviles y consumo de imágenes de sexualización desmedida), que vino a sustituir a la histeria represora del XIX, se debe precisamente a eso, a este tipo de alienación materialista, consecuencia del capitalismo burgués. No me cansaré de repetirlo: el mundo se ha vuelto demasiado económico. Como todo es cuestión de apariencia, ya nos da igual la verdad, porque resulta imposible determinarla (hemos perdido por completo la brújula moral); de ahí tantos bulos o fakes

Y la celebración de la familia unida por la necesidad que tenía que ser la fiesta de Reyes (ellos entregaban símbolos, no regalos) se transforma en una fiesta comercial donde lo importante es el capricho y la cosa en vez del amor y de la gente. Deberíamos regalarnos unos a otros las sensibles mejoras en nuestro carácter, en nuestra vida y en nuestra humanidad que hayamos logrado y celebrarlas con los demás... Pero lo más probable, y para no pocos, es que nos comamos unos a los otros y que los bancos nos coman a todos. Incluso a los mendigos que duermen en los cajeros.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Películas depresoras

Deprimen profundamente y por eso pueden resultar educativas para los adolescentes demasiado optimistas, si es que pueden aguantarlas:

Johnny cogió su fusil, 1971 de Dalton Trumbo. El grado cero de la vida.

Close, 2023, de Lukas Dhont. Adolescencia, de adolecer.

Alemania año cero, 1948, de Roberto Rossellini. Cuando es imposible empezar.

Melancolía, 2011, de Lars Von Trier. Un  fin del mundo.

La tumba de las luciérnagas / Grave Of The Fireflies, 1988, de Isao Takahata, una película de animación que no anima nada de nada.

Réquiem por un sueño / Requiem for a Dream (2000) de Darren Aronofsky. La adicción, en bruto.

El intendente Sansho, 1954, de Kenji Mizoguchi. Cuando vivir se conjuga como sufrir.

Buscando al señor Goodbar, 1977 de Richard Brooks. Alienación en la noche de los plenos años setenta.

Funny Games, 1997, de Michael Haneke. ¿Quién dijo violencia?

Donnie Darko, 2001, Richard Kelly. No hay futuro.

Siempre a tu lado. Hachiko. 2009: Lasse Hallström. De ahí, el amo del perro no vuelve.

La invasión de los ultracuerpos, 1978, de Philip Kaufman; es mejor que la anterior de Don Siegel. La sustitución por la vida real.

El séptimo sello, 1957 de Ingmar Bergman. La muerte, casi nada.

Fresas salvajes, 1958 de Ingmar Bergman. ¿Tiene sentido la vida?

All that Jazz, 1977, de Bob Fosse. La muerte, un espectáculo esperado.

El último tango en París, 1972, de Bernardo Bertolucci. Sexo y muerte.

El hombre elefante, de David Lynch. Soledad cósmica.

La pasión de Cristo, 2004, de Mel Gibson. Una historia inmortal.

El niño de pijamas a rayas, 2008, Mark Herman. Un error de trámite.

La vida es bella, 1997, de Roberto Benigni. Humor negro.

Mi vida sin mí, de Isabel Coixet. Dejarlo todo preparado.

El campeón, 1979, de Franco Zeffirelli. Llorar.

En el nombre del padre, 1993 de Jim Sheridan. Qué simpaticos, los policías ingleses.

El americano, 2010, Anton Corbijn. El asesino que se va ahogando.

Camino, 2008, Javier Fesser. Opus Dei.

La milla verde, de Frank Darabont. Inocencia ejecutada.

La niebla, de Frank Darabont. Lo malo de perder la esperanza.

A. I. Inteligencia artificial, de Stanley Kubrick / Steven Spielberg. El tiempo es la peor desolación.

Senderos de gloria, de Stanley Kubrick. Guerra fea y sin héroes.

Paris, Texas, de Wim Wenders. Perder la voz y la esperanza en una marcha inútil.

Seven, 1995, de David Fincher. Estar de acuerdo en lo primero.

Las cenizas de Ángela, 1999, Alan Parker. Ser pobre en Irlanda es serlo más todavía. Y llueve.

Días de vino y rosas, de Billy Wilder. Alcoholismo.

Casa de arena y niebla, Vadim Perelman. No la he visto.

Mar adentro, de Alejandro Amenábar. Es un sinvivir.

Million Dollar Baby, 2004, de Clint Eastwood. El peor golpe es el final.

Winter Light / Los comulgantes, 1962, de Ingmar Bergman. La inesperanza es contagiosa y letal.

Gritos y susurros, 1972, de Ingmar Bergman. Qué dañoso es estar juntos.

Dancer In The Dark, 2000, de Lars von Trier. Un horror trágico tras otro.

21 Gramos, 2003, de Alejandro González Iñárritu. Historias no contadas, y por eso desoladoras.

La Strada, 1954, de Federico Fellini. El mundo los une en una lealtad fatal.

Leaving Las Vegas, 1995, de Mike Figgis. El alcoholismo, otra vez, como una forma de suicidio lento.

Happiness, 1998, Todd Solondz. Comedia negra de tres hermanas.

Oslo 31 de agosto, 2011,  Joachim Trier. Otra vez las drogas.

Lilya 4-Ever, 2002, de Lukas Moodysson. El abandono a la desgracia en medio de una balcánica desdicha.

A Serbian Film, 2010, Srdjan Spasojevic. Muy cruel. No verla.

Oldboy, 2003, Chan-wook Park. Darse cabezazos contra la pared.

They Shoot Horses, Don’t They? / Danzad, danzad malditos, 1969, Sydney Pollack. A los hombres no nos gusta bailar.

El nadador, 1968, de Frank Perry y otros. Un narciso que se ahoga en la vida y en una serie de piscinas deprimentes y existenciales. "Creo que bebí demasiado ayer". Causa resaca.

Come and See / Ven y mira, 1985, Elem Klimov. La guerra en Rusia siempre es peor.

Threads, 1984,  Mick Jackson. El fresquito en pleno invierno nuclear.

The Road, 2009, John Hillcoat. Ir por un camino en medio del aburrido fin del mundo.

El expreso de medianoche, 1978, Alan Parker. Un tonto americano sufre lo indecible por su tontería, pero sobrevive.

El mundo sigue, 1963, de Fernando Fernán Gómez. El horror de todos los días en la España de Franco, y dos hermanas que se llevan a matar y a morir.

Los otros, de Alejandro Amenábar. La eternidad es un castigo y un castigo es la eternidad.

Candilejas, 1952, de Charles Chaplin. La tristeza de quien nos ha hecho reír.