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miércoles, 11 de marzo de 2026

Digitalizada la mente de un ser vivo y pasada viva a un entorno virtual eterno.

 [Transcripción corregida de un vídeo de hace horas en YouTube]

 Lo que estás viendo en pantalla no es una animación, es un cerebro digitalizado colocado dentro de un ordenador y moviéndose sin ningún tipo de programación. Neuronas clonadas digitalmente funcionando como un ser vivo despertando en el interior de una máquina. Amigos, esto es importantísimo. Ha dejado de ser una película de ciencia ficción y se ha convertido en realidad. Películas o series como Altered Carbon, ¿no? De poder cargar el cerebro en un ordenador y hacerse copias para ser inmortales, ya se ha demostrado que es real. Han sido unos científicos de la empresa EON Systems quienes han digitalizado el conectoma, es decir, las conexiones neuronales del cerebro de una mosca. Una mosca es particular de la especie drosophila melanogaster, que es una mosca muy utilizada en el campo de investigación  científica, pues han conseguido clonar todo ese conectoma en un ordenador.

El resultado es sorprendente. Por primera vez en la historia de la humanidad, un cerebro biológico de un insecto esta vez se ha copiado con gran precisión en un ordenador y la magia se ha producido simplemente cuando han dejado de hacer nada y han comprobado como esta mosca busca la comida, como esta mosca vuela y tiene sentido del propio movimiento. Sin programación alguna. Como os digo, han utilizado, como os digo, el proyecto Flywire. Este es un proyecto que desde hace un tiempo ha ido construyendo mapas neuronales de la electricidad cerebral, es decir, del conectoma humano. Todo ser viviente tiene conectoma, al menos todo ser que tiene que tenga cerebro, obviamente para poder copiar esto escaneado en el cerebro del insecto mediante microscopía electrónica se hicieron más de 7000 cortes, de los cuales fueron analizados cortes microscópicos del cerebro diminuto de este ser, de esta, eh, mosca, y con ello pudieron reconstruir aproximadamente 125.000 neuronas de este cerebro. Para que veáis una comparación, esta mosca tiene 125.000 neuronas, un ratón 70 millones de neuronas y un cerebro humano, 86.000 millones de neuronas. Es decir, la diferencia es abismal, pero se ha dado un primer paso, un primer paso de algo que se creía imposible.

Y han confirmado sin darse cuenta una cosa, ¿dónde reside el propio ser humano? En el cerebro, ¿dónde reside el alma o la experiencia a lo que nos hace ser? En el cerebro humano. Porque al clonar el cerebro de la mosca han visto que ha podido ser en el interior de esta simulación. También prueba otra cosa, prueba de que nosotros ya vivimos en esa simulación. Hm. Pero esperar un momento, eso. Vamos para el final. ¿Cómo funciona el cerebro en este mundo virtual? Una vez que ya han reconstruido digitalmente el conectoma de esta mosca, ese cerebro, los científicos lo conectaron a un cuerpo virtual que existe dentro del motor de simulación Muyoko. Es el motor, el nombre del motor que están utilizando. El sistema funciona como un circuito completo.

Primero, tiene sensores digitales que simulan los ojos y las antenas. Es decir, le han construido digitalmente unos sensores que funcionan como el organismo sensorial para poder observar el entorno, para poder ver estos sensores se conectan a la copia electrónica del cerebro. Segundo, la información entra en ese cerebro digital. Tercero, el cerebro procesa esos estímulos. Cuarto, se envían señales motoras al cuerpo virtual. Y por último, el cuerpo se mueve dentro del entorno simulado, es decir, han fabricado un ciclo cerrado de percepción y acción, igual que un organismo real, pero se mueve solo porque es el cerebro digitalizado el que mueve esas funciones. El cofundador de esta empresa es el físico Alexander de Wisner Gross.

Él ha explicado que lo que se ve en pantalla no es ninguna animación programada. insiste en ello. Él explica que lo que vemos es un cerebro real en funcionamiento dentro de un ordenador.

Cuando ejecutaron todo esto, lo primero que les llamó la atención es que simplemente la mosca sabía moverse, sabía caminar, sabía volar, sabía limpiarse las patas, sabía reaccionar a los estímulos, iba a comer eh fruta que habían puesto digitalmente. La fruta no existe en ese mundo digital, pero esos sensores fabricados le dan el estímulo al cerebro para que piense que es fruta. Y ellos no esperaban que esto funcionase, simplemente se ha hecho la luz, se ha hecho la magia al dar con la tecla exacta. Desde hace muchos años no encontraban la tecla exacta porque el primer impedimento era que es muy difícil digitalizar un conectoma. ¿Habéis visto? 86000 millones de neuronas el cerebro humano. 

Pero una vez que esto se ha podido hacer gracias también a la inteligencia artificial y al poder de computación de hoy, del 2026, pues han visto que funciona. Claro, si la tecnología continúa avanzando, vamos a ser inmortales, vamos a poder cargar el cerebro humano en un ordenador. 

Pero aquí hay muchos dilemas filosóficos, porque, ¿qué es lo que estás cargando en el ordenador? Tu alma. No, no, no. Estás cargando una copia de tu cerebro. Una copia. Dejaríamos de ser humanos. Esto es dejar de ser humanos directamente. Nos convertiríamos en seres digitales, en seres de luz que quizás no sabrían que están dentro de una simulación. 

Y eso es más perturbador aún, porque si a ti te copian el cerebro digitalmente, te colocan en un ordenador y tú no te enteras de que estás en una simulación porque abres los ojos con esos órganos sensoriales que te han dado, tú, ¿cómo vas a pensar que estás en una simulación? No tendría sentido.

Despertarías en algo tan similar a esto que te harías preguntas de y si hay una simulación, ¿no? En algunos casos. Y esto se refiere a que ahora en nuestra realidad podríamos hacernos la misma pregunta. Estamos en una simulación.

Este cerebro ha despertado en esta realidad, pero hay algo superior a esta realidad que nos ha metido aquí. Pues si nosotros ya lo hemos hecho con una mosca, es una prueba de que cabe la posibilidad de que un ente superior haya hecho lo mismo con nosotros. Y hablamos con toda la contundencia al decir de que esto es una prueba.

Hemos alejado cientos de años de preguntas teológicas en el día de hoy con esta prueba de la mosca. Es más importante de lo que podemos pensar todo esto, porque ya es una confirmación. Los seres que despierten en un mundo digital con ese cerebro que opera y decide qué es lo que hacer, se verán influenciados por una inmortalidad extraña, porque no pueden morir solo si se apaga el servidor, si se corta la corriente y aún así, cuando vuelva la corriente les habrá parecido que estaban durmiendo en un mal sueño.

El espacio tiempo para los cerebros digitales es muy diferente al nuestro. También podrían ser influidos por las reglas del hacedor. El científico podría introducir parámetros para modificar el entorno de forma mágica para el cerebro que está dentro del entorno digital y le parecería magia, ¿no? Imagínate uno de los científicos fuera del ordenador que de repente coloca el código de vamos a poner el cielo de color verde. El cerebro digitalizado, que de repente verá que cambia de color azul a verde el cielo, se hará preguntas sobre si hay un dios que está alterando su mundo. O imagínate que al científico que está fuera de esta simulación, que está en el ordenador controlando la simulación, imagínate que le gusta mucho los videojuegos y de repente te introduce con algoritmos una invasión extraterrestre de algún videojuego. Eh. Para el ente que ha despertado en ese mundo digital, todo lo que ocurre, esas alteraciones es su propia realidad y nunca verá que hay un hacedor, un científico al otro lado o grupo de científicos una empresa como esta EON, que está controlando el destino de estos seres. Claro, insisto, 125.000 neuronas para una mosca. Estamos muy lejos de digitalizar un cerebro humano. 86.000 millones de neuronas. Pero mucho más cerca que hace una semana, abismalmente más cerca, digamos, porque se han confirmado muchas cosas que antes se pensaban imposibles. Pero preparaos para las personas del futuro lejano, preparaos porque vais a vivir una realidad que a nosotros nos parece terrorífica.

Personajes en un mundo digital extrayéndose para colocarse colocarse en cuerpos robóticos similar al ser humano para ser eternos e inmortales. La película Altered Carbon, bueno, la serie, se vuelve exactamente la realidad del futuro lejano, donde multimillonarios que mueren cargan sus recuerdos antes de morir al servidor para que el servidor coloque esos recuerdos en un nuevo cuerpo. Claro, son copias del cerebro, ya no somos nosotros, pero a la copia le va a dar igual porque va a sentir igual que nosotros y eso es una especie de inmortalidad. ¿Qué pasaría si en un millón de años, me voy lejos, eh, y no hace falta irse tanto, en un millón de años alguien digitaliza todos los cerebros de la humanidad?

Imagínate que son 35,000 trillones de trillones de neuronas. Me lo invento. ¿Qué pasaría si todos los cerebros de la humanidad se meten en un único ser? Pues como diría Isaac Asimov en uno de sus relatos llamado La última pregunta, esa entidad contestaría, "Hágase la luz" y empezaría una nueva existencia porque estaríamos creando un ente omnisciente.

Amigos, aquí tenéis esta fascinante noticia científica que nos pone al borde de la existencia al descubrir que podemos hacer cosas que antes se pensaban imposibles. Seguiremos informando constantemente de todos estos misterios tan interesantes y nos vemos en el próximo programa. Desde aquí, como siempre, os mando un cálido abrazo y nos volveremos a ver en otro vídeo.

martes, 10 de marzo de 2026

Un neurocientífico busca a Dios en el cerebro

 Diego Golombek: «Dios es uno de los mayores logros del cerebro humano», en Abc, por Carmen Burné, 22/02/2026:

El biólogo argentino analiza en 'Las neuronas de Dios' por qué la selección natural favoreció la aparición de la fe y la necesidad de entender la religión como un fenómeno biológico antes que cultural

El influjo de la hiperracionalidad del mundo contemporáneo prometió una sociedad libre de mitos en la que el laboratorio sustituiría a la catedral. Sin embargo, el ser humano sigue sintiendo la pulsión irreprimible de mirar al cielo en busca de respuestas, una suerte de sistema operativo espiritual que parece venir preinstalado de fábrica. Ignorar esta persistencia de lo sagrado es como tratar de entender la arquitectura humana obviando los cimientos. Diego Golombek (Buenos Aires, 1964) es biólogo, cronista y uno de los divulgadores más audaces de la ciencia en español, y disecciona este fenómeno en 'Las neuronas de Dios' (Siglo XXI), donde no se propone la tarea imposible de demostrar la tarea imposible del Creador, sino la de rastrear su huella biológica en los pliegues de nuestra corteza cerebral.

—¿Cuál es su relación con la religión?

—El misterio siempre me atrajo. Aunque nunca fui una persona religiosa, sí fui creyente desde niño. Como cualquier chico, hablaba con un ser superior, una costumbre que, sospecho, nunca nos abandona del todo. Quien asegure que no pide ayuda frente a una situación crítica, quien no haya implorado un «por favor, que pase tal cosa», que tire la primera Biblia. En 'Las neuronas de Dios' cuento cómo, en un momento dado, empecé a notar una correlación demasiado estrecha entre lo que ese ser superior opinaba y lo que yo quería que opinase. Claramente, ese Dios era yo mismo; como todos nosotros, de alguna manera, somos nuestros propios dioses. Ese descubrimiento me alejó de la religión, pero no me hizo perder el interés en ella. Lo maravilloso de la ciencia es que nos permite entender por qué hacemos lo que hacemos y por qué tanta gente mantiene su fe en la vida adulta. La religión tiene algo fascinante: se puede estudiar científicamente. A diferencia de otras pseudociencias movidas por intereses o ideas ridículas, la fe es un fenómeno profundo que merece ser comprendido.

—Menciona varias veces en el libro que las alucinaciones nos llevan a algo interno, programado de fábrica. ¿Cuánto de intrínseca es la figura de Dios?

—La gran pregunta es por qué, veintiún siglos después de Cristo y muchos más desde el origen del pensamiento religioso, sigue existiendo con tanta fuerza la figura de un Dios omnisciente y personal. Se podría argumentar que es una cuestión meramente cultural, pues somos una mezcla de lo que traemos «de fábrica» -lo biológico y genético- y lo que hacemos con ello -lo cultural y social-. Cuando un fenómeno se mantiene de forma tan robusta a lo largo de la historia y la geografía, como biólogo me siento obligado a plantear una hipótesis biológica: ¿y si no fuera solamente cultural? Esta es la hipótesis: los humanos que creyeron fuertemente en algo superior tuvieron mayores probabilidades de sobrevivir. A nivel individual, la fe pudo reducir el estrés y ofrecer otra perspectiva vital. A nivel social, proporcionó un estandarte común que otorgaba una ventaja estratégica sobre otras comunidades menos organizadas, permitiendo que las tribus cohesionadas por la religión se impusieran. Es una hipótesis, pero existe cierta evidencia al respecto. Se han hallado indicios genéticos que sugieren que las personas con mayores niveles de religiosidad presentan ciertas variaciones o polimorfismos en sus genes.

—Si descubrimos que Dios vive en el lóbulo temporal, ¿eso lo hace menos real o simplemente explica el «hardware» que usamos para escucharlo?

—Explica la idea de Dios. Dios es inexplicable, incluso desde la ciencia, porque no es una pregunta científica. Si partimos de ahí, pues nos ponemos de acuerdo. Lo que sí es una pregunta científica es qué correlatos tiene Dios en el comportamiento de la gente o en el sistema nervioso de la gente (por ejemplo, si hay áreas del cerebro que se activan frente a rituales o rezos), y eso es donde la ciencia puede hacer doble clic. Jamás puede poner la lupa y sería una estupidez que lo hiciera en la existencia misma de Dios. Eso sería un problema, obviamente, teológico, filosófico, pero no científico.

—¿Es la búsqueda de la verdad científica una forma de ritual religioso para el cerebro secular?

—La ciencia es, sin duda, una actividad ritual. Tiene sus rutinas y su propia lógica interna, pero se distancia de lo religioso en sus pilares fundamentales. Mientras que el pilar de la religión es la fe y el misterio, el pilar de la ciencia es la evidencia. La actividad científica consiste en robarle secretos a la naturaleza e iluminar lo que está a oscuras. Aunque es una tarea ciclópea porque lo oscuro es infinito, nunca podemos aceptar un límite definitivo. Aquí es donde los rituales científicos y religiosos se separan. La religión se sostiene en el mito y en la fe ciega; ese es su gran éxito y la razón por la que se mantiene. Resulta fascinante que, en pleno siglo XXI, más del 80% de la población siga siendo creyente. Sucede porque la religión ofrece respuestas certeras que cierran preguntas, mientras que la ciencia, cuando da una buena respuesta, lo que hace es abrir nuevas interrogantes. El éxito de la religión radica en que esas respuestas definitivas brindan tranquilidad y reducen la ansiedad. No podemos despacharlo simplemente como «el opio del pueblo», porque efectivamente tiene efectos positivos en el bienestar emocional.

—¿Puede alguien que no sea religioso tener esta misma tranquilidad ante el final de la vida?

—Creo que, efectivamente, la muerte es una fuerza impulsora extraordinaria para la fe y, sobre todo, para la religión, que ofrece una respuesta: nos dice que no nos preocupemos, que todo irá bien en un paraíso. Ya sea el cielo cristiano o el de los mártires musulmanes con sus vírgenes -sobre lo cual Enrique Jardiel Poncela escribió un libro fascinante y divertidísimo titulado '¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?'-, la religión propone un destino. El miedo a la muerte es absolutamente lógico; es el miedo a dejar de ser, al sufrimiento propio y al de nuestros seres queridos. La religión no elimina esa angustia, pero la calma. Quienes no somos religiosos también tenemos nuestros métodos. Nos angustiamos y sentimos miedo, pero existe otra forma de procesarlo: pensarlo desde un punto de vista biológico.

—¿Podemos ser realmente libres si nuestra espiritualidad está predeterminada por la selección natural?

—La cuestión de fondo es si podemos ser realmente libres. Desde la neurociencia y el estudio de la conciencia, existen fenómenos que cuestionan seriamente el concepto de libre albedrío. No se trata de un determinismo genético absoluto, sino de que el sistema nervioso establece un mapa del mundo antes incluso de que seamos conscientes de ello. Hace un tiempo, a la gran cuentista argentina Hebe Uhart le preguntaron si se nacía escritor. Ella dio una respuesta maravillosa: «No, se nace bebé». En la gran mayoría de los casos, lo evolutivo es solo una propensión. Hoy están de moda los análisis genéticos; envías una muestra de saliva y te devuelven un informe con tus características. Casi siempre hablamos de inclinaciones, no de destinos determinantes. Con la fe ocurre lo mismo: existe una propensión biológica a la religiosidad en los humanos, pero que terminemos siendo personas creyentes o religiosas depende finalmente de la cultura.

—¿Qué es más asombroso: que un Dios haya creado el cerebro, o que un cerebro de kilo y medio haya sido capaz de crear a Dios?

—No tengo duda: lo más asombroso es que el cerebro haya creado una idea tan poderosa como la de un ser superior, capaz de mantenerse a lo largo de las culturas y la historia. Todo comienza con un Dios animista que dota de espíritu a la naturaleza -al rayo, al sol, a las cosechas- para luego dar un salto hacia lo abstracto y lo humano. En general, nuestras deidades tienden a ser humanoides, pero más abstractas; ya no representan a la naturaleza, sino que son sus creadores. Desde hace décadas está de moda la idea de una ciencia «contra» la religión. Propongo un análisis preposicional: podemos poner la ciencia a un lado, la religión al otro y jugar con las preposiciones. Hoy impera el versus, el enfrentamiento, pero me parece una postura contraproducente.

—¿Ha perdido la ciencia la capacidad de consolar al ser humano de la misma manera que lo hace la religión a día de hoy?

—Desde un punto de vista práctico, creo que la ciencia no ha perdido esa capacidad de consolar. Si estamos vivos hoy no es por la religión, sino por la ciencia; concretamente por tres pilares: el acceso al agua potable, los antibióticos y la capacidad de alimentar al mundo. Por eso, cuando nos sentimos desconsolados ante el rumbo del mundo, debemos obligarnos a reflexionar sobre todo lo que hemos logrado gracias al conocimiento científico. A veces, la ciencia requiere de un rostro más humano. Ocurre lo mismo con un médico: aunque nos dé un diagnóstico en términos técnicos, su valor reside en que sigue siendo una persona y no una inteligencia artificial. Posee un grado de empatía y una forma de comunicación, tanto verbal como no verbal, que no puede nacer de otro lugar.

— ¿La necesidad de trascendencia es un error o la función principal de nuestra existencia?

—Existen áreas del cerebro que se activan frente a la religiosidad, aunque no conocemos neuronas específicas dedicadas a ello. Creo que tenemos una necesidad de trascendencia extraordinaria y hoy somos testigos de un gran espectáculo de esa necesidad. El fenómeno de las redes sociales responde a ese impulso de trascender en un mundo cuya socialización lo exige. Sin embargo, me parece que debemos distinguir entre dos tipos de trascendencia. Por un lado está la trascendencia material: el deseo de dejar un legado o una huella de nuestra vida sobre la tierra. Esta puede ser pequeñísima, como influir en una sola persona, tener hijos, escribir un libro o realizar un trabajo bien hecho. Por otro lado, está la trascendencia religiosa. Ambas nos definen como humanos, pero seguramente sigan caminos muy diferentes

—Si la moralidad nace de la biología y no de una tabla de mandamientos, ¿cómo decidimos qué es el bien sin una autoridad externa?

—Como dice una canción del grupo de rock argentino Divididos, «el bien y el mal definen por penal»; una forma de decir que, al no haber acuerdo, todo parece quedar en manos del azar. Está claro que el bien y el mal son fenómenos culturales que evolucionan. La cultura se define por el cambio: el esclavismo, que hace apenas doscientos años no se percibía como un mal, hoy es algo inadmisible. Lo mismo ocurre con el «ojo por ojo», presente en casi todos los textos religiosos antiguos. Sin embargo, hay evidencias claras de que reconocemos actos morales más allá de la cultura. Existen experimentos con bebés que aún no hablan a los que se les presenta una situación de ficción: si un personaje empuja a otro y le impide llegar a su meta, el bebé da señales de entender que eso está mal. Esto sugiere que traemos un concepto de bondad y maldad «de fábrica».

—¿Estamos condenados a buscar un líder (sea Dios, un político o un algoritmo)?

—Debido a nuestra cultura, no me cabe duda: no habría forma de responder a catástrofes o crisis sin un liderazgo. Sin reglas y consignas claras el resultado sería la anarquía; por mucha voluntad que pusiéramos, no lograríamos organizarnos. Por tanto, desde el punto de vista social, la necesidad de un líder es indiscutible. La pregunta es cuánto de esto responde a cuestiones cerebrales. Existe una necesidad social de liderazgo y, dado que nuestras estructuras sociales suelen ser un reflejo de nuestra organización neuronal, es muy posible que también exista una base en nuestro sistema nervioso que nos impulse hacia ello

— ¿Y qué le dice un biólogo a una persona que no duda de haberse encontrado con Dios?

—Lo primero que le dice un biólogo es: «Qué envidia, llámame cuando te pase otra vez». Lo segundo, sería preguntarle si está seguro de no padecer algún tipo de epilepsia, aunque sospecho que después de una pregunta así no seríamos muy buenos amigos. Debemos ser lo suficientemente humildes y magnánimos para respetar esas experiencias. No podemos despacharlas como una estupidez o una fábula, ni situarnos en una posición de superioridad asumiendo que el otro miente. Más allá de la fe, me encantaría entenderlo desde la ciencia. Me fascinaría comprender qué ocurre exactamente en el cerebro de una persona para que vea esa luz o esa virgen; qué procesos reales están sucediendo ahí dentro.

—¿Siente envidia sana hacia aquel que siente la paz mental de un creyente?

—Siento un poco de envidia, sí, y, sobre todo, una profunda sensación de asombro. Asimov decía que esta es una pelea en inferioridad de condiciones: vemos algo e inmediatamente queremos saber; formulamos preguntas que, a menudo, sabemos que no podremos contestar. Por otro lado, el gran físico Richard Feynman contaba que hay quienes ven una flor y simplemente dicen: «es hermosa». A los científicos nos critican por buscar las leyes de la física o la biología detrás de esa flor, pero entender cómo funciona y cómo llegó a existir es, en sí mismo, algo bellísimo. Esa capacidad de formular siempre nuevas preguntas es lo que me otorga cierta paz. Es probable que mi nivel de estrés sea siempre más elevado que el de una persona creyente y que, por tanto, mi esperanza de vida sea un poco menor; al fin y al cabo, un estrés bajo favorece la longevidad y la recuperación. Pero es un riesgo que acepto correr a cambio del asombro.

lunes, 23 de febrero de 2026

Por qué solo recordamos desde los tres años.

 La paradoja de los recuerdos en la primera infancia: ¿para qué voy a viajar con mi bebé si no se va a acordar de nada?, en El País, por Jorge Marzo Arauzo, Madrid - 22 FEB 2026:

La llamada amnesia infantil imposibilita guardar en la memoria experiencias hasta los tres años. Pero llevarlas a cabo afianza el vínculo afectivo entre padres e hijos, además del desarrollo social, emocional y cognitivo de los menores

Los bebés no se van a acordar de los hechos, pero sí les queda la sensación de que hay una persona que les cuida, les protege y juega con ellos.

Se abre la galería de fotos del móvil y hay una carpeta titulada “Hijo” o “Hija” cuando eran bebés: su primer cumpleaños, imágenes con gente fallecida, su primera vez en la playa con dos años y un sinfín de recuerdos que quedan inmortalizados también en vídeos y audios. Adultos y niños estaban en todos esos momentos. Sin embargo, los primeros los recuerdan más allá de lo multimedia, pero los segundos no. ¿Por qué las personas no tienen recuerdos de cuando eran muy pequeños?

“Hay diferentes tipos de memoria. Está la de a corto plazo, que es aquella que dura poco tiempo; y la del largo plazo, donde hay varias: la episódica, que son los recuerdos; la autobiográfica, de las cosas que nos pasan; y otras como la semántica, que nos ayuda a nuestro conocimiento general del procedimiento de los temas motores y los hábitos”, desarrolla la psicóloga infantil Marta García. “En cuanto a los recuerdos y los acontecimientos, hay un fenómeno que se conoce como amnesia infantil, que es aquella en la que es difícil recordar acontecimientos autobiográficos de los primeros años de vida”, detalla.

Esta edad, según la experta, suele rondar los tres años y medio, aunque cada persona tiene sus diferencias. Desde ese momento hasta los seis años también hay recuerdos, pero “hay una escasez significativa con respecto a lo que sería la memoria como adultos”. Aunque esta memoria episódica aún no se haya desarrollado, sí que lo hacen el resto.

La principal razón por la que sucede esta falta de recuerdos radica en el hipocampo, la estructura cerebral encargada de ejecutar la memoria: “Este hipocampo, a medida que vamos creciendo, va madurando. Cuando nacemos, está formado, pero es inmaduro todavía. A lo largo de los años, se va desarrollando y va siendo capaz de guardar más recuerdos”, explica Edurne González, psicóloga infantil sanitaria y directora del Centro Inspira, en León. Coincide también en que los recuerdos se empiezan a formar a partir de los tres o cuatro años: “A esa edad el hipocampo ya es capaz de generar esos pequeños recuerdos y guardarlos. Aun así, hay personas que pueden tener recuerdos de los dos o tres años, pero son muy frágiles porque el hipocampo no funciona muy bien”. Además, González destaca la importancia del lenguaje a la hora de narrar lo que registra el cerebro y destaca dos tipos de memoria: explícita, que son conscientes y narrables; e implícita, que son inconscientes, pero están ahí.

Los pequeños sí son capaces de formar recuerdos durante el primer año de vida, aunque no sean accesibles en la edad adulta.

Según un estudio de 2025 publicado en Science, titulado "Codificación hipocampal de recuerdos en bebés humanos", los pequeños sí son capaces de formar recuerdos durante el primer año de vida, aunque no sean accesibles en la edad adulta. Destacan que la amnesia infantil no está tan relacionada con la incapacidad de registrar experiencias, sino con las dificultades posteriores para recuperarlas.

Entonces, si los niños no se van a acordar de las experiencias y gastos en espectáculos que invirtieron sus padres en ellos de pequeños, ¿merece la pena llevarlos a cabo, o, por el contrario, es mejor esperar a los años en los que vayan a almacenar esos recuerdos a largo plazo? González lo tiene claro. “Los niños no se van a acordar de todo eso, pero sí les queda la sensación de que hay una persona que les cuida, les protege y juega con ellos. Si no tienen la base de seguridad, van a ser adultos inseguros y ahí vienen problemas emocionales como ansiedad o depresión”. Aunque sí destaca que los bebés no necesitan tantas experiencias, sino lo básico, como cariño, seguridad y disponibilidad de los padres.

Para García, compartir experiencias con los más pequeños, aunque en un futuro no las vayan a recordar, favorece y afianza el vínculo afectivo que forman los padres con ellos, además de su desarrollo social y cognitivo. Además, indica que ciertas experiencias son más sencillas de recordar si tienen un componente emocional significativo: “Es más fácil que adquiera un recuerdo si lo hace con una persona significativa con la que tenga un apego seguro y se hace desde la emoción. Incluso recuerdos de un viaje, si hay contenido emocional, es más fácil recordarlo”.

¿Puede darse el caso de que los padres se sientan poco gratificados por el esfuerzo que puedan hacer para que sus hijos no lo recuerden en un futuro? Generalmente, es una situación que les es indiferente, según indica García. “Realmente, gracias al tipo de cuidado que hacen los padres con los bebés, se refuerza el vínculo con el niño, aunque estos no lo vayan a recordar”. Indica también que el apego y la relación que se va formando comienzan desde los primeros meses de vida: “No es tanto la memoria de ese recuerdo, sino lo que yo voy aprendiendo”.

Para González, es muy importante la manera en la que los padres enseñan a los niños cuando son muy pequeños, así como la necesidad de que estos se sientan vistos, los padres estén presentes y les permitan explorar: “Creo que no hay mejor regalo para los padres que saber que tu hijo es seguro y feliz; que lo has hecho lo mejor que has podido con los recursos que tenías”.

jueves, 12 de febrero de 2026

Sobre el Principio Antrópico Fuerte

  [Un comentario sobre el excelente texto de Jesús M. Landart de más abajo. Parece que la creencia en Dios suministra una capacidad evolutiva de mejora. Según explican las estadísticas, los creyentes viven más tiempo que los ateos y se deprimen menos. A un ateo le debía resultar por lo menos paradójico.]

Suponga un mundo donde el tiempo no fluye o fluye muy poco. O donde está todo el tiempo comprimido. Algo así como el universo de los heptápodos de La llegada, la película. La evolución sería paradójica en un sentido o en otro. Circular o pendular. Se mejora y se demejora y se mejora otra vez para volver a demejorar. La entropía sigue existiendo, pero tiene poco trabajo que hacer. Hace falta un sentido perpetuo en el tiempo, "hacia la infinidad buscando orilla", como escribió el capitán Francisco de Aldana. Pero la vida humana es discontinua.

Según los teólogos, hay tres cosas que nos hacen trascender: la belleza, el bien o bondad y la verdad. Y ya decía Keats en A una urna griega que "la verdad es belleza y la belleza es verdad". Y Dickinson: "La belleza es la realidad de la naturaleza". Tal vez sea preferible un relojero ciego a ninguno].

Sobre el "Diseño inteligente", por Jesús M. Landart

    Recuerdo que siendo niño un profesor nos explicaba su demostración de la existencia de un diseñador en el mundo:

    La atmósfera terrestre – decía – tiene un 21% de oxígeno; si en lugar de un 21% tuviera un 19%, nos moriríamos asfixiados, y si tuviera un 25%, moriríamos igualmente por exceso de oxigenación.

    Cuando percibió la estupefacción de sus alumnos y la reverencia ante tal revelación, prosiguió:

    "Y si eso no les parece suficiente, deberían saber que el sol, ese dador de vida y energía, produce igualmente radiaciones sumamente dañinas que acabarían con la vida de la tierra en cuestión de semanas si no fuera porque la tierra tiene una capa de ozono que precisamente sirve de filtro PRECISAMENTE a dichas radiaciones, dejando pasar las beneficiosas. Concretamente, la ventana de la capa atmosférica en su conjunto filtra todas las radiaciones solares excepto las necesarias para el desarrollo de la vida. Y les diré aún más: la atmósfera terrestre está calibrada de tal manera que la radiación concreta que mejor pasa a través de ella es la que corresponde al color verde, que es aprovechada por la función clorofílica del manto vegetal que cubre el plante, sirviendo de punto de partida para la generación de materia viva a partir de los organismos autótrofos."

    La verdad es que así dicho, parece demoledor. Sin embargo, tenemos una enorme batería de explicaciones alternativas que no implican diseñador alguno. Mi profesor estaba simplemente desfasado 175 años. El argumento de la deducción de existencia de un diseñador a partir del orden del cosmos se pierde en la noche de los tiempos, y ha conocido diversas materializaciones. Algunas sugerentes e intelectualmente potentes, como la del teólogo William Paley, que publicó su magna obra Teología natural en 1802, explicando que el diseño funcional de los organismos demuestra o al menos evidencia la existencia de un diseñador. Paley es el creador de la famosísima paradoja del relojero que recoge Richard Dawkins en su libro El relojero ciego (1).

Paley fue el héroe intelectual de Darwin en sus inicios, y fue un formidable contrincante al cual vencer en su tarea científica que desembocó en El origen de las especies. Es importante saberlo para evitar mirar por encima del hombro su teología natural, con la ventaja de nuestra perspectiva del siglo XXI. Así nos lo hace saber el desaparecido Stephen Jay Gould en su enorme y última obra (2)

Darwin dio una vuelta de tuerca al giro copernicano que había desechado el planeta Tierra como centro del universo. Ahora el hombre tampoco era el rey de la creación, sino simplemente una de las especies que pueblan el planeta. Como explica Gould en su libro arriba mencionado, el darwinismo goza de muy buena salud. Eso no quiere decir que los postulados de Darwin permanecen o deben permanecer como dogmas intocables. Nada en ciencia es intocable. Significa que la estructura básica darwiniana permanece como la mejor explicación actual del hecho biológico; aunque los flecos, e incluso algunos apartados importantes están actualmente sometidos a revisión, siendo el propio Gould uno de los revisionistas.

Así las cosas, parece que son malos tiempos para los amantes del argumento del diseño. Sin embargo, la realidad no es esa: hoy existen dos reductos que se niegan a desaparecer. Uno de ellos es un pozo infecto de tonterías conocido como creacionismo científico que no merecería comentario ni mención si no fuera por el extraordinario poder que poseen muchos de sus seguidores en América, y principalmente en los Estados Unidos, ese paradigma de mezcla entre buena ciencia e idiotez.

El otro reducto es de naturaleza diferente, y parte precisamente del mundo de la física, el primero en desterrar el argumento del diseño. Ha conseguido gran predicamento en el mundo de la ciencia y se habla de él con respeto, como si se tratara de una nueva concepción del universo. Recibe el nombre de Principio Antrópico, (PA)

Una formulación fuerte de este principio sostiene, de manera un tanto mística, que la vida humana aparece para dotar de sentido al universo. Los defensores de esta tesis sostienen que, de no darse aquí y ahora las condiciones de nuestra existencia, existiríamos en alguna otra región y en algún otro tiempo. Así, pues, según esta formulación, la respuesta a la pregunta «¿por qué es el universo tal como es?» es que, de haber sido distinto, no estaríamos aquí y no podría realizarse esta pregunta. Pero es que, además, se invoca este principio para explicar la aparición de la conciencia, señalando que las condiciones del universo son justamente las que son (con un precario equilibrio) para permitir la existencia de una inteligencia capaz de formularse esta pregunta.

Se cita al astrónomo Fred Hoyle al hablar de uno de los grandes logros del PA, al postular la existencia de un proceso desconocido para producir carbono en el seno de las estrellas, invocando el PA. Posteriormente, fue demostrada experimentalmente por William Fowler la exactitud de la propuesta de Hoyle.

El asunto es más o menos así:

Prácticamente todos los átomos de nuestro cuerpo, salvo el hidrógeno, están producidos en hornos estelares mediante reacciones nucleares. A grandes rasgos y sin precisión alguna: dos átomos de hidrógeno forman por fusión nuclear uno de helio; dos de helio, uno de berilio y, a partir del berilio, se forma el carbono. El problema es que el núcleo de berilio formado por los dos núcleos de helio es extremadamente inestable, y su cortísima vida media no basta para dar cuenta de la creación de carbono en cantidad suficiente como para que nosotros estemos aquí para contarlo, compuestos por moléculas en las que el carbono es el alma mater.

Fred Hoyle comprendió que la génesis de carbono podría ser posible pese a la breve vida media de los núcleos de berilio si y solo si existiera un fenómeno de resonancia. Sin entrar en detalles, esto sólo se podría producir si el nivel energético del átomo de carbono fuera de exactamente 7,65 megaelectronvoltios.

Este valor obtenido teóricamente era el requerido para que se de la "resonancia" que permita que la reacción entre un núcleo de berilio y uno de helio se produjera con enorme rapidez. A pesar de dudar de las ideas de Hoyle, un grupo de físicos nucleares dirigidos por William Fowler condujeron experimentos de laboratorio en búsqueda de esta resonancia y, para sorpresa de todos, excepto del mismo Fred Hoyle, la encontraron. Un bello ejemplo de una predicción verificada por el experimento.

Hasta aquí muy bien; pero, ¿demuestra esto que el principio antrópico es correcto?

¿Hoyle hace bien al invocar el PA en su propuesta?

Yo creo que en absoluto. Hoyle sabe que existe carbono en cantidad superior a la explicable por las teorías de su momento, e infiere que debe existir un mecanismo oculto de producción de carbono. Teóricamente obtiene la posible solución, que consiste en una resonancia que a posteriori se demuestra ser una teoría correcta y fin de la función.

No es que se da la resonancia, porque en caso contrario no estaríamos aquí para contarlo, sino que estamos aquí para contarlo porque se da la resonancia. No hay nada incorrecto en utilizar el hecho de nuestra mera existencia como un dato más a la hora de explicar el universo. De hecho, somos parte del mismo, y cualquier teoría incompatible con la existencia de vida inteligente debe ser falsa por el evidente hecho de que estamos aquí. Sin embargo, para ese viaje no necesitábamos estas alforjas: cualquier dato que sepamos cierto modifica nuestro estado de conocimiento del mundo. No hace falta invocar oscuras teleologías ni diseños ex profeso.

Los partidarios del PA en su versión fuerte afirman que el universo tiene sus constantes finamente ajustadas PARA QUE sea posible nuestra aparición, convirtiendo al hombre en la finalidad de todo el conjunto.

Espero que el lector sabrá diferenciar este salto al vacío, falsamente vestido de ciencia.

Como muestra de los despropósitos de los partidarios del PA fuerte, tenemos las declaraciones del propio Fred Hoyle:

   “Si en un hangar esparcimos por el suelo todas las piezas desmontables, tornillo a tornillo, de un Boeing 747 y en un momento dado cruza un tifón, ¿cuál será la probabilidad de que después nos encontremos allí el avión completamente rearmado y listo para volar?". 

Según Hoyle, tenía la misma probabilidad -o incluso mayor- de la que el ADN se formase de manera casual.

Yo no puedo leer esta frase sin que se me ericen los pelos de la nuca. No por la frase, sino por su autor. No parece salida de un astrónomo, sino de un telepredicador del tres al cuarto. Pura basura creacionista vestida de ciencia.

Hoy en día estos creacionistas de nuevo cuño vuelven a las andadas con su propuesta conocida como “diseño inteligente”.

La propia revista Nature (3) dedicó una de sus últimas portadas a este movimiento de opinión que en los Estados Unidos está invadiendo las universidades para captar adeptos a la causa antievolucionista. Se trata de una ofensiva en toda regla, concertada desde esferas de poder. Mientras tanto, un investigador evolucionista si quieren hacer algo tienen que prestarse a acudir a absurdos debates televisivos en los que aparecen en pie de igualdad frente a un cualquiera con cuatro proclamas y un libro nefasto bajo el brazo.

En el peor de los casos, el cualquiera no es tonto en absoluto y está perfectamente aleccionado para meterse al público en el bolsillo. Malos tiempos para la ciencia.

Buenos tiempos para el engaño, la tergiversación, la mentira interesada.


Jesús M. Landart

(1) Richard Dawkins,  El relojero ciego. Barcelona: Editorial Labor, s. a.

(2) “La estructura de la teoría de la evolución” Stephen Jay Gould . Ed. Tusquets, Barcelona

(3) Nature, nº 434


miércoles, 11 de febrero de 2026

Feynman habla sobre John von Neumann

 [Transcrito, traducido y corregido de YouTube: "Richard Feynman observed von Neumann's brain, and saw something not human", en Mathematically Proven.

 Vi al hombre más inteligente del mundo equivocarse en una respuesta. No es un error pequeño. Un completo fracaso. Pasó justo al lado de algo que pude ver claramente. Fue entonces cuando me di cuenta de que su cerebro funcionaba de manera diferente al mío.

No mejor. No peor. Diferente. Su nombre era John von Neumann. Y lo que aprendí al observarlo cambió mi forma de pensar sobre la inteligencia para siempre.

Déjame contarte lo que vi. Déjame llevarte de regreso a Los Álamos, 1944.

Estábamos construyendo la bomba atómica en medio del Desierto de Nuevo México. Yo tenía 26 años. Un don nadie. Acababa de terminar mi doctorado y de repente me vi rodeado por las mentes más grandes de la física. Oppenheimer dirigió toda la operación. Allí estaba Fermi, el hombre que construyó el primer reactor nuclear. Bethe dirigió la división teórica. Bohr voló desde Dinamarca.  Éstas no eran sólo personas inteligentes. Éstas fueron las personas que inventaron la física moderna.

Y luego estaba Johnny.

Von Neumann no era como los demás grandes hombres. Hablaba en serio. Intenso. Oppenheimer tenía esa mirada atormentada, como si llevara el peso del mundo. Fermi era tranquilo y metódico. Bohr era viejo y serio. Johnny era cálido. Divertido. Organizaba fiestas que duraban hasta la mañana. Contaba chistes sucios en cuatro idiomas. Conducía demasiado rápido. Vivió demasiado bien. Su casa en Princeton era legendaria. Los científicos volarían sólo para estar en sus fiestas. Y llevaba trajes de tres piezas en todas partes, incluso haciendo senderismo en los cañones del desierto. El resto de nosotros llevábamos camisetas, sudando por el calor. Johnny parecía que iba a una reunión de junta directiva. Me pareció muy gracioso.

Los domingos, un grupo de nosotros caminábamos por las rocas rojas. Caminábamos durante horas hablando de física, acerca de las matemáticas, sobre la bomba. Sobre lo que todo significó. Fue entonces cuando realmente pude observarlo. Para ver su mente trabajar de cerca.

Johnny lo resolvió en diez segundos.

Una tarde estábamos discutiendo un problema de cálculo. Algo que ver con el diseño de implosión. Las matemáticas eran confusas. Necesitábamos averiguar cómo se comportarían las ondas de choque en el interior del núcleo de plutonio. No recuerdo los detalles exactos. Lo que recuerdo es lo que pasó después. Todos estábamos pensando en voz alta, probando diferentes enfoques. Nos quedábamos atascados y empezábamos de nuevo.

Johnny se quedó en silencio durante unos diez segundos; luego nos dio la respuesta. La solución completa. Cada paso. Él simplemente lo dijo en voz alta, como si estuviera leyendo una página que sólo él podía ver. Había hecho todo el cálculo en su cabeza. Mientras todavía estábamos intentando resolver el problema, él tenía... ya la solución.

Me volví hacia Bethe. Bethe simplemente sacudió la cabeza y sonrió. Como si esto fuera normal. Como si esto pasara todos los días. Esto ocurrió todos los días. Esa fue la cosa. No podrías sorprender a Bethe con las habilidades de Johnny, ya no. Había visto demasiado. Ninguno de ellos tenía una mente como la suya. Tienes que entender cómo era la mente de Johnny. Porque esto no era inteligencia ordinaria. Esto fue algo más. 

Eugene Wigner ganó el Premio Nobel de Física. Él conocía a todo el mundo. Einstein. Heisenberg. Dirac. Planck. Los más grandes físicos del siglo XX fueron sus colegas y amigos. Años después, Wigner dijo algo que nunca olvidé. Dijo: "He conocido a muchas personas inteligentes en mi vida. Conocí a Max Planck. Conocí a Werner Heisenberg. Paul Dirac era mi cuñado. Leo Szilard y Edward Teller han estado entre mis amigos más cercanos. Y Albert Einstein también era un buen amigo". Luego dijo: "Pero ninguno de ellos tenía una mente tan rápida y aguda como John von Neumann". A menudo he observado esto en presencia de esos hombres, y nadie nunca me lo ha discutido. Piénsalo.

Wigner dijo esto delante de Einstein. Delante de Heisenberg. Ninguno de ellos discutió. Sabían que era verdad. Hans Bethe, mi mentor, dijo una vez que el cerebro de Johnny podría ser un órgano emergente, de un orden de complejidad diferente al de los mortales comunes y corrientes.

Él no estaba bromeando. Bethe era un hombre serio. No exageró. Déjame contarte lo que Johnny podía hacer, lo que un Johnny de seis años podía hacer .

Cuando tenía seis años, podía dividir dos números de ocho dígitos en su cabeza, no en el papel. Podía bromear en griego antiguo con huéspedes en la cena de sus padres. A los ocho años ya dominaba el cálculo. A los doce años, había leído una historia mundial de cuarenta y seis volúmenes, y lo recordaba todo. Cada nombre. Cada cita. Cada batalla.

Su tutor de matemáticas, un hombre llamado Szegő, vino a casa de von Neumann para darle su primera lección particular cuando Johnny tenía quince años. Szegő era un matemático profesional, un profesor universitario.

Después de esa sesión, Szegő regresó a casa con su esposa y lloró. No porque le fue mal, sino porque nunca había visto algo parecido a la mente de este chico. 

Johnny podía memorizar guías telefónicas. Guías telefónicas completas. Años después, podrías interrogarlo sobre cualquier nombre, cualquier número. Él te daría la respuesta y te diría exactamente dónde estaba, dónde aparecía en la página.

En RAND, el centro de estudios militares de California, pagaron a Johnny un salario mensual completo, pero no por trabajar a tiempo completo. El contrato decía que estaban pagando por el tiempo que él pasaba divagando. Querían cualquier retazo de pensamiento que le viniera a su mente mientras él se afeitaba mirándose al espejo cada mañana. Así de valiosos eran sus momentos de ocio. RAND le pagó para que se afeitara.

Un día en RAND algunos investigadores se acercaron a Johnny con un problema. Un problema difícil. Necesitaban diseñar una computadora de última generación para resolverlo. Le dieron una presentación de dos horas. Gráficos. Tablas. Pizarra tras pizarra de ecuaciones. Nos explicaron cada detalle. Johnny se sentó allí todo el tiempo con la cabeza entre las manos. Silencioso aún.

Cuando terminaron, se quedó mirando fijamente y sin comprender durante un rato. Un colega dijo que parecía como si se le hubiera ido la pinza, tenía la cara desfigurada.

Entonces Johnny habló. "Señores", dijo, "no necesitan la computadora. Tengo la respuesta."

Había resuelto todo el asunto en su cabeza, mientras aún estaban explicando el problema. Esto es lo que me desconcertó. Yo pienso en imágenes. Johnny no. Yo no era tan rápido como Johnny, no había nadie que lo fuera. Mi cerebro no funcionaba como el suyo. No pude mantener un cálculo infinito en mi cabeza. No pude memorizar las guías telefónicas. Años después, no pude recitar libros enteros palabra por palabra, leyéndolos una sola vez.

Pero a veces pude ver cosas que él no veía. Pienso en imágenes. Siempre lo he hecho. Cuando miro ecuaciones, veo colores. La letra j es de color marrón claro. La letra n es ligeramente violeta-azulada. La letra x es de color marrón oscuro. No sé por qué. No es algo que yo elegí. No es algo que aprendí. Así es como funciona mi cerebro.

Cuando mi padre me enseñó sobre los dinosaurios cuando era niño, no sólo aprendí los nombres. Los vi. Me los imaginé moviéndose por el bosque, sus enormes pies sacudiendo el suelo. Así fue como los hice reales para mí.

Para mí la física funciona de la misma manera. Diré cómo pasa. Cuando pienso en un electrón encontrándose con un positrón, no veo los símbolos, veo las partículas. Las veo moverse en mi cabeza. Veo las pequeñas flechas apuntando hacia un lado y hacia el otro. Dibujo pequeñas imágenes, pequeños diagramas, y las imágenes me dicen cosas que las ecuaciones no dicen directamente. Por eso inventé esos diagramas. Los que ahora llaman diagramas de Feynman. No eran una herramienta de enseñanza. No eran una simplificación para los estudiantes. Eran como realmente pensaba. Simplemente dibujé lo que vi en mi cabeza. 

Johnny era lo opuesto. Pensaba en símbolos puros. Pura lógica. No hay fotos. Sin colores. Sólo una manipulación interminable de matemáticas abstractas, objetos puros, más rápido de lo que nadie podría seguirlos. Su mente era puro cálculo. 

Stan Ulam, quien trabajó estrechamente con Johnny durante años, dijo: "Su mente era como una máquina con engranajes mecanizados para engranar con precisión de una milésima de pulgada." Pero Ulam notó algo más. Algo que me sorprendió cuando lo escuché. A Johnny le pareció que le faltaba el don para lo aparentemente creativo, las intuiciones, las pruebas y teoremas irracionales o intuitivos.

La mente más rápida del mundo, la calculadora más poderosa que jamás haya existido, y  dudó de sí misma.

Él pensó que sería olvidado. Esto es lo que realmente me sorprendió. Johnny le dijo a la gente, en privado, que sería olvidado. Dijo que Kurt Gödel sería recordado junto a Pitágoras, pero él no. No Johnny von Neumann.

Piénsalo. Piensa en todo lo que hizo von Neumann. Inventó la teoría de juegos, todo el campo, las matemáticas de estrategia que ahora gobiernan la economía, la política y lo militar; planificación e inteligencia artificial. Construyó las bases matemáticas de la mecánica cuántica. Antes de él, la teoría cuántica era un caos de ideas brillantes e intuiciones, y él lo hizo riguroso.

Él diseñó la arquitectura que se ejecuta dentro de cada computadora. ¿Alguna vez has utilizado la arquitectura de von Neumann? Cada computadora portátil. Cada teléfono. Cada servidor. Todos ellos utilizan el diseño que él creó. Ésta no es una pequeña nota a pie de página en la historia. Son tres revoluciones separadas. Cualquiera de ellas haría de su carrera una leyenda.

Pero Johnny miró su propio trabajo y vio que faltaba algo. Vio que no había descubierto ciertas ideas que otros sí tenían y él era más capaz de descubrir. Podría haber demostrado los teoremas de incompletitud de Gödel. Él tenía todas las herramientas. Estaba trabajando en los mismos problemas, pero alguien más lo solucionó allí antes. Y eso lo perseguía.

Ulam dijo que Johnny no estaba convencido de la importancia de gran parte de su propio trabajo. Sólo disfrutaba de ello cuando encontraba algún truco técnico inteligente. Parecía ciego a la amplia trascendencia de lo que había hecho, él, el hombre que todos consideraban la mente más grande del mundo de su siglo. Pensó que no era lo suficientemente creativo.

Wigner dijo algo más sobre Johnny, algo que ayuda a explicar esto. Después de elogiar su velocidad, su rapidez, su precisión, Wigner añadió una salvedad: "Sin embargo, la comprensión de Einstein era aún más profunda que la de von Neumann. Su mente era más penetrante y más original”. Wigner continuó: "Einstein disfrutaba enormemente en la invención. Dos de sus mayores inventos fueron las Teorías de la relatividad especial y general. Y, a pesar de toda la brillantez de Jancsi, nunca produjo algo tan original."

Esto es lo que Johnny vio en sí mismo. Sabía que era rápido. Sabía que podía calcular cualquier cosa. Pero miró a Einstein, a Gödel, a la gente que había inventado formas de pensar completamente nuevas, y sentía que no pertenecía a su compañía. Estaba equivocado, por supuesto, pero él no lo vio así.

Johnny murió en 1957. Cáncer. Tenía sólo cincuenta y tres años. Los últimos meses de su vida fueron duros: el cáncer se extendió a su cerebro. Von Neumann, que podía calcular series infinitas en segundos, ya no podía recordar las matemáticas básicas. Al universo no le importa lo inteligente que seas. Cerca del final, su mente estaba fallando. Los sedantes y el dolor habían eliminado quién era él, casi todo lo que lo hacía sentir mal. Los militares colocaron guardias afuera de su habitación del hospital. Tenían miedo de que pudiera balbucear secretos clasificados sobre armas nucleares. Incluso muriendo, fue considerado un riesgo para la seguridad. Eso es lo mucho que sabía.

Pero Johnny ya no hablaba inglés. Él habló en húngaro. El idioma de su infancia. El lenguaje que su madre había usado cuando él era un niño pequeño en Budapest, antes de todo esto. Antes de Princeton. Antes de Los Álamos. Antes de las computadoras y las bombas. Sus últimas palabras fueron en húngaro. Y cuando su hermano se sentó a su lado, Johnny recitó el poema de Goethe, el Fausto, de memoria. Todo él, palabra por palabra.

Incluso al final, esa mente seguía funcionando. Esto es lo que aprendí al observar a John von Neumann. No existe una única manera de ser un genio. Algunas personas pasan directamente por los problemas. Son tan rápidos, tan poderosos, que no necesitan atajos. Pueden mantener sistemas enteros en sus cabezas mientras el resto... A muchos nos cuesta hacer una secuencia de las partes. Ese era Johnny, una computadora humana antes de que existieran las computadoras.

Otras personas ven problemas a su alrededor. Encuentran el truco, el camino elegante, la imagen que lo deja todo claro. Hacen preguntas que a nadie más se le ocurre hacer. Así es como trabajo. Ninguna de las dos opciones es mejor. Ambas son necesarias. La ciencia necesita ambas cosas. El mundo necesita ambas. Las personas que preguntan por qué funciona esto y las personas que preguntan ¿cómo hago que esto funcione? Johnny podía hacer cosas que yo no podía. Yo podía hacer cosas que él no podía. Y ambos nos miramos y nos preguntamos cómo lo hizo el otro.

Y aquí está la otra cosa. Lo que más importa. Incluso la mente más poderosa que he conocido pensó que no fue lo bastante buena. El hombre que todos consideraban sobrehumano se miró en el espejo y vio sus limitaciones. Vio los descubrimientos que no había hecho. Los conocimientos que habían llegado a otra persona. Las ideas que podría haber tenido, si hubiera pensado un poco diferentemente.

Si von Neumann podía sentirse así, tal vez el resto de nosotros podamos. Dejemos de ser tan duros con nosotros mismos. Quizás no exista ningún nivel de logro que no haga dudar. Quizás la duda sea solo parte del pensamiento. Parte de preocuparse por lo que haces. Parte de querer hacerlo mejor. Las personas que nunca dudan de sí mismas son las que tienen que dejar de intentarlo.

Johnny nunca dejó de intentarlo. Incluso cuando su cerebro podía superar al de todos los demás, él todavía trataba de alcanzar algo más. El cerebro de Johnny von Neumann no era humano. Todos los que lo conocieron estuvieron de acuerdo en eso. Pero sus inseguridades eran profunda y dolorosamente humanas, y quizás eso es lo más importante que aprendí de él.

lunes, 9 de febrero de 2026

El cerebro y la conciencia juegan al escondite

  [Transcripción corregida por el bloguero de "Descubren un poder oculto en tu cerebro que la Ciencia no puede controlar", por Fon Ramos, en Atraviesa lo desconocido, YouTube,  26 de mayo de 2025]:

0. Introducción

1. La conexión desconocida del cerebro con el Universo

2. Aprendemos cosas del exterior cuando dormimos

3. Confirman que el cerebro funciona en 11 dimensiones

4. El cerebro hace algo desconcertante 3 semanas antes de fallecer

5. Lo que descubrieron avanzadas resonancias magnéticas en el cerebro

6. Se confirma que vemos toda nuestra vida pasar al fallecer

7. Hallazgos sobre la conciencia y el punto de no retorno

8. Nuevos estudios confirman similitudes cerebro-universo


0. Introducción

Científicos de todo el mundo están impresionados tras investigaciones que desafían lo que creíamos saber sobre el cerebro humano. Y lo cierto es que cuanto más se adentraron en los misterios de nuestra mente, más se sorprendieron. Extrañas similitudes entre el cerebro y el universo, como si estuvieran conectados de una forma imposible y capacidades que no creíamos que el cerebro pudiera tener son solo algunos de los nuevos descubrimientos que están dejando impactados a todos. Pero, ¿realmente podría la mente humana estar vinculada con el cosmos? ¿De dónde salen las extrañas capacidades que los científicos han descubierto en la mente humana? 

1. La conexión desconocida del cerebro con el Universo

Hoy os traigo una información que nos dice que tenemos mucho que aprender. De hecho, tenemos mucho, muchísimo que aprender y seguimos aprendiendo de lo que hay aquí dentro, dentro de nuestra cabeza. Una de las cosas más increíbles de la creación que pesa menos de 2 kg. Una de las cosas que debemos saber es que el cerebro en realidad funciona como un todo que está siempre activo. Es, digamos, como una red de conexiones entre neuronas que transmiten información mediante actividad eléctrica. Esta actividad se puede activar más o menos, pero siempre, siempre está funcionando. Es algo similar a un océano. En el océano siempre hay olas, pues con el cerebro ocurre lo mismo, siempre está activo y vaya si lo está. Existen tantas conexiones en las neuronas de nuestro cerebro como estrellas hay en el universo. De hecho, nuestro cerebro es tan complejo que es consciente tanto de sí mismo como del universo que lo rodea.

Bien, llegados a este punto, se me ocurre que seguramente habrá niveles de conciencia, de manera que el ser vivo, pues más elemental, bueno, podríamos decir una hormiga, un insecto, tenga un nivel más básico y que, cuanto más complejo ¿no? sea un ser vivo, pues más conciencia tiene, hasta llegar, evidentemente, a nosotros. De manera que un ser, cuanta más capacidad tenga de interactuar con su entorno, más consciente es de sí mismo. 

Pero volvamos al ser humano. ¿Pensáis que de alguna manera nuestro cerebro esté conectado con el universo a escala cuántica? Recordemos que la física cuántica estudia y trata de explicar el comportamiento de lo más pequeño cuando no podemos explicar lo más grande mediante la física normal, mediante la física clásica. Pero, claro, es que lo más pequeño se refleja en lo más grande, así que tiene que haber una conexión. Y es que cada átomo de nuestro cuerpo está formado de la misma materia que las estrellas y nuestro cerebro también. Incluso vemos reflejada la disposición de nuestro cerebro en el universo y, además, ahora sabemos que es con una exactitud extraordinaria. Tenemos un programa de eso, por cierto. Eh, visto esto, nos preguntamos si podría la física cuántica explicar la relación de nuestro cerebro con el vasto universo. Pues fijaos, científicos famosos como el profesor Roger Penrose explicaron ya hace bastantes años que jamás una computadora podrá imitar al cerebro humano y mucho menos recrear una experiencia consciente o un pensamiento, una sensación o cualquiera de las cosas que se producen en nuestro cuerpo gracias al cerebro. Esto debería de poder explicarse mediante otra cosa y quizás en la física cuántica esté la respuesta. Por eso este mismo científico, junto al Dr. Stuart Hammerov, propuso una controvertida teoría en la cual se afirmaba que los microtúbulos, es decir, tubos de proteínas que forman la estructura de soporte de las neuronas, explotan los efectos cuánticos para existir en superposiciones de dos formas diferentes a la vez. Los científicos Dirk Meer y Hans Gracing de la Universidad de Groningja en Holanda fueron aún más allá y afirmaban en un estudio que nuestro cerebro consciente tiene la capacidad de conectarse con el universo a través de un campo externo.

Ese campo recogería información externa y la entregaría al cerebro a gran velocidad. Los investigadores aventuran que este hecho podría explicar incluso la rapidez con la que el cerebro registra y procesa información del entorno al nivel consciente e inconsciente. Esto explicaría cómo los procesos físicos materiales dan lugar a la conciencia, que es inmaterial, y todo sería gracias a la conexión del cerebro con el universo a escala cuántica. Estos estudios son muy controvertidos; ya hemos hablado varias veces de ellos y además es que tienen algunos problemas porque, hasta donde sabemos, la mecánica cuántica funciona solamente si no se altera lo más mínimo y, además, hasta donde sabemos, también funciona a temperaturas muy frías, cosa que no pasa en el cerebro humano. Entonces, ¿cómo podríamos comprobar este tipo de teorías, como por ejemplo la de los microtúbulos de Penrose, en laboratorio? ¿Se podría comprobar de alguna manera? Pues eso es lo que se está haciendo ahora. Fijaos en un experimento reciente. Un equipo dirigido por Jack Tutinski de la Universidad de Alberta en Canadá descubrió que los medicamentos anestésicos realmente reducen el tiempo durante el que ciertas diminutas estructuras de las células cerebrales son capaces de soportar los supuestos efectos cuánticos. Es decir, existe un misterioso retraso de emisión de luz que se acorta si ponemos anestesia. Los científicos han explicado que esto podría indicar un origen cuántico que a su vez daría lugar a la conciencia. Pero hay más. Fijaos, otros científicos de la Universidad Yao de Shanghai hicieron otro experimento tratando de recrear en un laboratorio cómo partículas cuánticas podrían moverse en una estructura compleja como el cerebro. 

Nuestros cerebros están compuestos de células llamadas neuronas y se cree que su actividad combinada genera conciencia. Cada neurona contiene microtúbulos que transportan sustancias a diferentes partes de las células. La teoría de Penrose-Hammerov de la conciencia cuántica sostiene que los microtúbulos están estructurados en un patrón fractal que permitiría que ocurrieran procesos cuánticos. Los fractales están en todo el universo, así que los científicos usaron experimentos de haces de luz para estudiar el movimiento cuántico que tiene lugar dentro de los fractales con un detalle sin precedentes. Observaron que la propagación de la luz a través de un fractal se rige por diferentes leyes en el caso cuántico en comparación con el caso clásico. Así que, al menos por ahora, parece que nuestra mente se conecta con el exterior de una forma cuántica, aunque hay que decir que aún queda mucho que demostrar en este campo, está claro.

2. Aprendemos cosas del exterior cuando dormimos.

Uno de los momentos más esperados por muchos tras una dura jornada de trabajo o tensión es cuando nos vamos a la cama a descansar y, por supuesto, dormir. Pero lo que pocos imaginan es que se ha descubierto recientemente que seguimos aprendiendo mientras soñamos. Este descubrimiento fue plasmado en un estudio de la revista Nature Communications, en donde se muestra que durante la fase R.E.M. o Rapid Eye Movement, es decir, en pleno sueño, nuestro cerebro aprende cosas nuevas.

Pero preguntaréis, ¿cómo puede ser esto posible? Pues veréis, Thomas Andreillon, que es un psicólogo investigador de la Universidad de Investigación Pésel en París, Francia, pues monitoreó el sueño de un grupo de 20 personas a quienes hizo escuchar una serie de patrones de sonido mezclados con ruido blanco cuando estaban despiertos y luego también cuando dormían. A la mañana siguiente, Andreillon y su equipo pidieron a esas personas que recordaran esos patrones de sonido. Fijaos, lo que recordaron mejor fueron los patrones de sonido que escucharon durante la fase de sueño REM, es decir, cuando estamos soñando profundamente. Es decir, los aprendieron durmiendo. Gracias a ese estudio, los científicos se han dado cuenta de que el sueño ayuda a consolidar la memoria, a la vez que se deshace de las conexiones neuronales más débiles, para permitir fijar las asociaciones más fuertes. Por de pronto, lo que se sabe es que gracias a eso se podrían incluso reprogramar algunos recuerdos e incluso se podrían borrar fobias o recuerdos traumáticos que permanecerían en lo más oculto de nuestra memoria. Queda por ver si esto nos lleva a nuevos caminos para entender nuestro cerebro, que desde luego es una de las máquinas más complejas de toda la existencia. 

3. Confirman que el cerebro funciona en 11 dimensiones.

El hecho de que el cerebro pueda funcionar en tantas dimensiones es desconcertante. Pues estamos acostumbrados solamente a ver en tres dimensiones,¿no? Son tres dimensiones típicas, las tres dimensiones cotidianas. Es complicado para nosotros discernir algo que se salga de cuatro dimensiones. Es difícil comprender eso. Sin embargo, un estudio publicado en Frontiers in  Computational Neuroscience, que fue realizado gracias al proyecto Blue Brain, que sería el Blue Brain Project, pues nos indica algo increíble. El Blue Brain Project, que es un proyecto que se dedica a comprender los secretos de nuestro cerebro, usó la topología algebraica que se usa en matemáticas para describir sistemas multidimensionales. Para que todos lo entendamos: la topología algebraica es como un microscopio y un telescopio, todo al mismo tiempo. Nos acercaría a algo encontrando esas estructuras ocultas.

Imaginaos un bosque espeso, lleno de árboles, y poder ver los espacios vacíos, los claros y los árboles, todo al mismo tiempo. Pues bien, gracias a eso, y mirando dentro de nuestro cerebro, han descubierto que cuando las neuronas se interconectan, crean un objeto geométrico. Claro, cuantas más neuronas se conectan, mayor es la dimensión que surge. Por eso nos cuesta tanto comprender el cerebro. Los investigadores explican que el cerebro podría funcionar construyendo objetos geométricos cada vez más complejos desde una dimensión en adelante. Pero, fijaos, porque una de las cosas más interesantes que se ha descubierto con esta intrigante investigación es que, en el medio de esos lugares, ¿no?, donde existen esas dimensiones extra en nuestro cerebro, existen una especie de cavidades de grandes dimensiones que destacan sobre las demás. Los autores del estudio sugieren que ahí se esconderían los recuerdos. 

4. El cerebro hace algo desconcertante 3 semanas antes de fallecer.

Existe algo desconcertante que han analizado los especialistas del Centro Americano de Hospicio y Cuidados Paliativos en Búfalo, en Estados Unidos. Los investigadores dirigidos por este hombre, Christopher K, observaron a pacientes durante 10 años y se han dado cuenta de un extraño patrón. Y es que, más o menos 3 semanas antes de fallecer, los pacientes comienzan a tener los mismos sueños. 

No hablamos de personas que han fallecido y que han tenido experiencias, como, por ejemplo, ver un túnel de luz. Hablamos de pacientes que no han fallecido, que simplemente están hospitalizados por alguna causa o motivo y no necesariamente han pasado por un accidente o acontecimiento traumático. Bien, esto lo comprobaron con 13.000 pacientes, como os digo, a lo largo de 10 años y se dieron cuenta de una cosa y es que el 88 % de los pacientes coincidían con determinados sueños muy reales. Según esos pacientes, en el 72 % de los casos, en un sueño se comunicaron con familiares y amigos fallecidos. Todo mientras experimentaban sentimientos cálidos. Y, ojo, porque casi el 60 % de esos pacientes hacían las maletas o compraban un billete para su último viaje. El estudio científico reveló que ese tipo de sueños comienzan alrededor de 10 u 11 semanas antes de morir. Y, en la semana tres de morir, la frecuencia aumenta muchísimo, y se hacen muy reales y muy vívidos. Es decir, por alguna razón desconocida para la ciencia, por ahora, el cerebro experimenta cambios que detectan que el organismo, de alguna manera, va a morir. El cerebro nos está avisando, semanas antes, de que vamos a fallecer. Yo me pregunto: ¿podría ser que antes de fallecer ocurren en nuestro cerebro cambios desconocidos que induzcan la aparición de tales sueños? La verdad es que Christopher Kare y su equipo no pueden explicar este fenómeno; pero lo que sí que es verdad es que coincide con muchos casos de sueños que avisan a las personas ¿no? cuando algo no va bien y cuando se revisan. Efectivamente, el sueño ha acertado. Es decir, de alguna manera, el cerebro nos avisa de que algo no va bien. Visto esto, queda clara también una cosa. Tenemos mucho que aprender sobre el funcionamiento del cerebro y su relación misteriosa con los sueños.

5. Lo que descubrieron avanzadas resonancias magnéticas en el cerebro.

Es bien sabido que a través de la técnica de resonancia magnética podemos detectar todo tipo de problemas en nuestro cerebro, por ejemplo, aneurismas, problemas oculares y un largo etcétera. Recordemos que esta técnica usa un campo magnético y ondas de radio para obtener imágenes detalladas de los órganos y las estructuras del cuerpo. En este caso, vamos a hablar del cerebro. Esto por un lado, pero resulta que hay una técnica relativamente moderna que se llama resonancia magnética nuclear funcional o RMNF, que se usa más, para medir los pequeños cambios en el flujo sanguíneo que ocurren en una parte activa del cerebro. A través de esa técnica se puede ver que está controlando funciones esenciales como, por ejemplo, el pensamiento, el habla, el movimiento y las sensaciones o los problemas que causa una determinada dolencia en el cerebro. 

Bien, los científicos pensaron: Entonces, "¿no podríamos probar si existe la telepatía, o al menos algo que se le parezca?" Con esa idea en mente, realizaron un complejo estudio científico. El estudio es este y se llama Evidencia de correlaciones entre intencionalidad distante y función cerebral en receptores. Un análisis de imágenes de resonancia magnética funcional. ¿Cómo hicieron este estudio? Que, fijaos, es bastante curioso. Y eso que yo no creo mucho, la verdad, y los que me conocéis ya sabéis que no creo mucho en el tema de la telepatía y tal; pero los resultados de este estudio dan mucho que pensar. Fijaos, para comprobar estas ideas que tenían los científicos en mente, seleccionaron a 11 curanderos y a 11 personas que no eran curanderos, pero que conocían a esos curanderos. Tumbaron a las personas que no eran curanderos en máquinas de resonancia magnética, y pidieron a los curanderos que enviaran energía, oraciones, buenas intenciones en momentos determinados. Los curanderos estaban aislados en una sala de control blindada electromagnéticamente, y tanto física como ópticamente estaban aislados, es decir, no podían ver a las otras personas. Ni los receptores sabían que los curanderos hacían algo, ni los curanderos sabían nada de los receptores. Todo estaba aislado, ni siquiera unos sabían que los otros estaban allí. 

Sin embargo, lo increíble sucedió, ya que se comprobó que, cuando los curanderos enviaban pensamientos positivos, en los receptores se activaban determinadas partes del cerebro y coincidía a la perfección. El estudio acabó concluyendo que se muestra una activación significativa de las regiones del cerebro coincidentes con los momentos en que el curandero enviaba los pensamientos. Y, evidentemente, los investigadores del estudio afirmaron que no pueden explicar por qué sucede eso, pero que puede interpretarse como coherente con la idea del entrelazamiento en la teoría cuántica. Yo me pregunto si esto podría ser, es decir, si se podría producir un entrelazamiento cuántico entre la materia al nivel más pequeño que se puede, eh, definitivamente observar y que se pueda medir. Recordemos que el entrelazamiento cuántico explica cómo un conjunto de partículas entrelazadas están unidas en su existencia, de manera que, aunque existan miles de años luz entre las mismas, el cambio de estado de una de ellas afecta al resto de forma inmediata, y, por lo tanto, más rápido que la luz. Visto esto, me pregunto si el cerebro puede tener una forma de conectarse con el exterior a escala cuántica que por ahora desconocemos. Fijaos que, curiosamente, hay otro estudio llamado Terapias de intención de curación a distancia, una descripción general de la evidencia científica en el que, si bien es verdad que no se observa una curación a distancia propiamente dicha, sí se observan interacciones significativas, es decir, leves conexiones que, por ahora, no podemos explicar.

6. Se confirma que vemos toda nuestra vida pasar al fallecer.

Fijaos, uno de los últimos hallazgos que nos han dejado, la verdad, a todos de piedra fue la resolución de la pregunta de si vemos toda nuestra vida pasar por delante de nosotros al momento de fallecer.

Esto fue plasmado en la literatura, nos lo han dicho muchas veces; lo hemos visto incluso en películas y estudios científicos recientes. Se han encargado de demostrar que esto es cierto. Esto lo estudiaron científicos de todo el mundo, registrando ondas cerebrales de pacientes que estaban falleciendo en ese momento. Al revisar los datos de los electroencefalogramas días después, se dieron cuenta de algo  increíble. Y es que, durante los últimos momentos de sus vidas, los pacientes han tenido una actividad cerebral que se plasmó en el electroencefalograma. Esta actividad cerebral fue registrada y analizada, y coincide con la actividad cerebral que existe en la meditación, en los recuerdos, la recuperación de la memoria, el procesado de la información y la percepción consciente, al igual que las asociadas con los flashback de la memoria. Los científicos quedaron helados cuando comprobaron que esta actividad persistía aún después de que el corazón hubiera dejado de funcionar.

Y han concluido que esto solo significa una cosa, y es que, cuando fallecemos, pasamos por un proceso que involucra todos nuestros mejores recuerdos. Es decir, es cierto, vemos pasar por delante los mejores momentos de nuestra vida. Esto significa que es posible que cuando fallecemos el cerebro organice y ejecute una respuesta biológica que podría conservarse entre especies, según los investigadores. 

7. Hallazgos sobre la conciencia y el punto de no retorno.

Uno de los avances recientes más espectaculares sobre el tema del fallecimiento humano es la identificación del comienzo de la secuencia de apagado del cerebro humano, ya que los investigadores se han dado cuenta que ocurre una determinada avalancha de sustancias químicas que recorren el cerebro, seguidas de una ola de actividad, y luego la nada. Severine Maon, neurocientífica del Instituto del Cerebro de París, en Francia, dijo: "Nuestro trabajo muestra que morir no es un evento, sino un proceso largo que puede revertirse hasta cierto punto." Conocer precisamente ese punto de no retorno es crucial para revertir a alguien. Y es que aquí hay un matiz, y es que el hecho de que exista ese cierto punto nos indica que probablemente exista algo más, porque precisamente nos dice que ya hemos atravesado un umbral, y, una vez atravesado ese umbral, ya puedes hacer lo que quieras, que no vas a recuperar a esa persona. Es decir, si hubiera diferentes momentos en los que se pudiera revertir cuando alguien fallece, pues, la verdad, sería diferente; pero es que no es el caso. Hay un punto de no retorno, y, si una persona pasa de ese punto, no se puede revertir. 

Para descubrir esto se hicieron implantes en ratas midiendo la actividad eléctrica y química en el cerebro de las ratas mientras fallecían. Se descubrió que el fin de la vida es todo un proceso de apagado progresivo que se puede revertir, pero que hay un punto en donde la conciencia se apaga definitivamente y ya no se puede revertir. Es así. Es como si la conciencia se trasladara a otro lugar y ella no se pudiera revertir porque ya no está en ese cuerpo. Claro, llegados a este punto, un importante científico, reconocido como una autoridad de prestigio en el estudio de la relación mente-cerebro, ha revelado que el fenómeno de la visita de seres fallecidos al momento de fallecer es totalmente real, y no solo vienen conocidos, sino también desconocidos. El Dr. Fengwick, que es un neuropsiquiatra y neurofisiólogo, ha concluido, después de una larga vida estudiando fenómenos del final de la vida, que sus investigaciones en este campo pueden demostrar que la mente sigue ahí después del fallecimiento del cerebro. La pregunta es si sigue ahí hasta el punto de no retorno, o hay algún residuo que queda desde el más allá. Son preguntas complejas que está investigando otra persona, otra persona muy conocida en el estudio de estos temas, el doctor Sam Parnia. El Dr. Sam Parnia es un destacado experto en el estudio de lo que ocurre en el momento de fallecer y director de investigación de cuidados críticos y reanimación del centro médico Langone. Parnia ha estudiado cientos de pacientes y, al final, él y otros científicos han demostrado que la conciencia permanece en el cuerpo, incluso minutos después de que el resto del organismo haya dejado de mostrar signos de vida. Esto nos podría sugerir que la conciencia podría tener algún tipo de conexión con algo que exista más allá. Y esto, en cierto modo, lo hemos visto, ¿no? En más casos, porque hay gente que incluso se sabe que, después de fallecer en una  habitación de un hospital y que después la hayan reanimado (hablamos después de fallecer con el corazón detenido), después esa persona se ha reanimado y ha contado cosas que es imposible totalmente (y esto lo hemos comentado muchas veces) es imposible totalmente que las haya visto; por ejemplo, comentar cómo es la habitación donde él está o cosas así. Claro, si entras en esa habitación en paro cardíaco, ¿cómo diablos lo sabes?

Esto confirmaría que la conciencia continúa minutos después del fallecimiento y que además podría tener alguna conexión con fenómenos desconocidos que permiten que se puedan ver los alrededores desde arriba. Y, aunque en este campo todavía tenemos mucho que hacer, y todavía es altamente especulativo, hay que decir que existen muchos investigadores que se están metiendo en este tema y están descubriendo, la verdad, casos muy intrigantes que no se pueden explicar. 

Pero, volviendo a Sam Parnia, este hombre, en base a todos estos estudios, se ha dado cuenta de algo, y es que estamos avanzando enormemente en este campo. De hecho, Sam Parnia dijo estas palabras: Creo que dentro de 50 o 100 años habremos descubierto la entidad que es la conciencia. Se dará por sentado que no fue producida por el cerebro y que no muere cuando mueres." Por su parte, otro destacado doctor llamado Lance Becker dijo: "No creo que nunca haya habido un momento más apasionante para este campo. Estamos descubriendo nuevos medicamentos, estamos descubriendo nuevos dispositivos y estamos descubriendo cosas nuevas sobre el cerebro". Otra doctora llamada Jimo Borging, profesora de neurología de la Universidad de Michigan, dijo: "Lo que encontramos es solo la punta de un enorme iceberg, porque algo está sucediendo, allí, en el cerebro, y eso no tiene sentido". 

8. Nuevos estudios confirman similitudes cerebro-universo.

Científicos han visto similitudes entre el cerebro y el universo. Sin embargo, son los últimos estudios recientes, realizados en los tres últimos años, y, sobre todo, este estudio reciente que estáis viendo, lo que definitivamente ha dejado helados a los científicos, ya que el parecido de nuestro cerebro con el universo no se queda en un simple parecido, en una comparativa de imágenes, como hemos visto muchas veces, sino que va mucho, muchísimo más allá. Pero, bueno, el caso es que para investigar eso no solamente necesitamos astrónomos, sino que necesitamos también expertos en el cerebro. 

Así que, en el último y más revolucionario estudio, se reunieron el astrofísico Franco Baza de la Universidad de Bolonia y Alberto Feleti, un neurocirujano de la Universidad de Verona. La idea inicial, estudiar el inmenso parecido de nuestro cerebro con el universo; sobre todo investigar la red cósmica de galaxias y la red neuronal de nuestro cerebro. Los científicos, que ya se habían impresionado anteriormente con la similitud de la distribución de las galaxias en el universo y las neuronas de nuestro cerebro, comenzaron a estudiar otras similitudes. Ambos se quedaron absolutamente de piedra.

Fijaos, porque es absolutamente impresionante. Pues, fijaos, se sabe, por ejemplo, que el cerebro  funciona gracias a su gran red neuronal, que tiene de 70 a 100.000 millones de neuronas. Cuando observamos el universo y calculamos más o menos las galaxias que podrían existir en él, el universo tiene de 70 a 100.000 millones de galaxias. Luego, otra similitud. Fijaos: en el cerebro, el 30 % de la masa son neuronas. En el universo, más o menos el 30 % de su masa son galaxias. ¿Qué pasa? Luego queda otro 70 %. En el otro 70 % en el universo,  lo que falta es un elemento pasivo, la energía oscura. En nuestro cerebro, el 70 % restante también es otro elemento pasivo. En este caso sería el agua. Bien, teniendo esas similitudes, había que ir más allá. Así que decidieron estudiar la distribución espacial de galaxias en el universo y la distribución espacial de las neuronas en nuestro cerebro. Todo eso lo lograron con una técnica: una técnica que se llama densidad espectral y que se usa mucho en astronomía. Bien, de nuevo se quedaron completamente helados. La red neuronal estudiada en una parte del cerebro sigue la misma progresión que la distribución de materia en la red cósmica. Por supuesto, a una escala mayor. Bien, pero no se quedó ahí la cosa.

Luego miraron el número de conexiones de cada nodo y cómo se agrupaban esas conexiones. De nuevo, hallaron que la similitud era absolutamente exacta. También comprobaron la capacidad de información. Se estima, más o menos, que la memoria del cerebro humano del que estamos hablando supera más o menos los 2,5 petabytes. Sin embargo, fijaos, porque la capacidad de memoria necesaria para almacenar la complejidad del universo también supera los 2,5 petabytes. En este caso no es exactamente igual, pero es muy similar. Sería de 4,3 petab. ¿Qué demonios pasa aquí? Los investigadores, tras estudiar y ver los dos sistemas, afirmaron que la conectividad de las dos redes evoluciona siguiendo principios físicos similares, todo a pesar de la sorprendente y obvia diferencia entre los poderes físicos que regulan las galaxias y las neuronas. La investigación es que además también insinúa que las leyes que gobiernan el crecimiento de las estructuras de ambos entornos podrían ser las mismas. Además se puede decir que crecieron de forma similar también. El universo, al poco de comenzar, creció de repente; y nuestro cerebro, evolutivamente hablando, se hizo más grande y complejo de forma similar. Es decir, parece que hay una conexión entre nuestro cerebro y el universo que va mucho más allá de lo que todos nosotros nos podamos imaginar, ya que, cuanto más investigamos, más similitudes vemos. También es que sabemos que el cerebro está continuamente transformando materia y energía. Y en el universo, pues esto también ocurre. Cada estrella que vemos está continuamente realizando esa fusión de materia que le permite estar, como quien dice, viva, emitiendo luz y calor.

Este hombre, el filósofo Philip Goof, aporta su propia perspectiva sobre el universo y sobre todo este asunto. Goof se preguntó si el universo podía ser una mente consciente y, tras darle muchas vueltas, el filósofo cayó en la cuenta de que sí, pero que no es una consciencia como la humana, sino algo que está en sintonía con la conciencia de todo lo vivo, o sea, una red consciente o lo que podríamos decir un gran ser que se autocreó conscientemente. Una de las bases de esas afirmaciones es que el universo fue creado para terminar en la vida avanzada, es decir, en nosotros, ya que es extremadamente complicado que se den todas las variables exactas para que el universo acabe generando algo vivo como nosotros. Este hombre, el físico Lee Smalling, estimó que para que el universo acabe en la vida se han de dar 10 elevado a 229 combinaciones. Es decir, que no debería de ser por casualidad. De hecho, es más fácil que te toque una lotería de 100.000.000 de euros 10 veces seguidas que que se forme un universo que tenga vida desembocada en nosotros. 

Bien, la verdad es que es obvio que el universo se parece al cerebro, ya no cabe la menor duda, está prácticamente confirmado. No hay más que ver la evidencia, pero, por desgracia, no tenemos todavía el conocimiento necesario para saber si el universo es una mente enorme, o qué demonios ocurre aquí. Fijaos, yo creo que el cerebro es una especie de espejo del universo, y que todo el cosmos puede ser algo consciente y reflejar todo en una mente enorme.

Pensad, nuestro complejo cerebro produce nuestra conciencia. Si el universo de hecho es otro complejo cerebro, sería otra conciencia gigantesca. Y bueno, el resto lo dejo para vosotros.