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jueves, 22 de enero de 2026

Experimentos para desarrollar ratones colorados (es un decir)

 [Transcripción automática corregida por el bloguero del portal de divulgación científica de Youtube "Atraviesa lo desconocido", de Fon Ramos, con el título ¡Es aterrador! Un extraño experimento logra lo impensable, 21 de enero de 2026. El enlace directo aquí]

 Uno de los experimentos recientes más increíbles fue cuando científicos insertaron genes del lenguaje humano en ratones. Los resultados dejaron de piedra a todo el mundo y lo que vimos en ratones dejó a los científicos maravillados y con ganas de saber más.

Hoy hablaremos de este experimento que rompió las barreras de la ciencia y de otros que fueron en la misma dirección con otros animales. Todos los resultados fueron tan increíbles que los científicos no daban crédito a lo que estaba pasando. Os habla Fon Ramos en un nuevo programa de Atraviesa lo desconocido, esperando, por supuesto, que todos estéis lo mejor posible.

Comenzamos. ¿Por qué los animales no hablan como nosotros? El gen NOVA1 

Mira, en el último año se han hecho algunos experimentos curiosos, pero hay uno de ellos que sobresale sobre todo los demás y parte de una pregunta muy intrigante. ¿Cómo es posible que diferencias genéticas mínimas entre humanos y otros mamíferos produzcan capacidades tan extraordinarias como por ejemplo el lenguaje complejo? Es decir, ¿por qué si animales comparten la mayoría de genes con nosotros, puesm, por ejemplo no hablan? Para explorar esta cuestión, científicos de la Universidad Rockefeller se centraron en un solo gen llamado Nova 1. Este gen no construye directamente una parte del cuerpo como un brazo o una pierna. En realidad funciona más bien como un director de orquesta dentro del cerebro. Su trabajo consiste en ayudar a organizar cómo se usan las instrucciones genéticas dentro de las neuronas. 

Para entenderlo de forma sencilla, podemos imaginar que los genes son como recetas de cocina.  Normalmente cada receta sirve para hacer un solo plato, pero Nova 1 lo que hace es reordenar parte de esas recetas, de manera que con una sola receta se puedan crear muchos platos distintos. Esto se hace mediante un proceso llamado splicing alternativo, que básicamente es una forma de editar los mensajes genéticos antes de convertirlos en proteínas. Gracias a este sistema, el cerebro puede fabricar una enorme variedad de proteínas diferentes, lo que lo hace mucho más complejo, flexible y adaptable. Por eso,  muchos científicos consideran a NOVA 1 un regulador maestro, ya que influye directa o indirectamente  en una gran parte de los genes que se usan en el cerebro. Algunos estudios incluso sugieren que puede afectar hasta el 90% de ellos. De hecho, el gen Nova 1 en los seres humanos es un gen muy importante  porque, si no funciona bien, aparecen alteraciones bastante graves. Lo más sorprendente de este gen es que la versión humana es única, tiene un cambio minúsculo en su estructura, solo un aminoácido diferente respecto al de otros animales. Puede parecer algo insignificante, pero en biología estos pequeños cambios pueden tener efectos enormes. Lo realmente interesante aquí es que ni siquiera  nuestros parientes más cercanos, es decir, los neandertales y los denisovanos, que son parientes humanos extintos, ni siquiera ellos tenían esta versión que tenemos nosotros. Es decir, esta versión solo apareció en el homo sapiens y además apareció relativamente tarde en nuestra historia evolutiva. De hecho, antes de este descubrimiento, el gen más famoso relacionado con el lenguaje era FoxP2 y en 2009 también se  probó en ratones y vieron que sus sonidos se habían vuelto más complejos. Sin embargo, también se descubrió que los neandertales ya tenían una versión muy parecida a la nuestra de FoxP2, lo que significa que es importante, pero no explica por sí solo el lenguaje moderno. Y aquí es donde entra el gen Nova 1, es decir, la versión humana parece ser exclusiva de nuestra especie, lo que lo convierte en un candidato muy interesante para explicar algunas de nuestras capacidades mentales únicas. 

El experimento: ratones con un gen del habla humano

El tema es que aquí  cambió todo, ¿no? Cambió todo cuando hace meses usando técnicas modernas de edición genética, pues implantaron genes Nova 1 humanos en ratones. 

Estos ratones nacieron normales, pudieron reproducirse y vivieron con normalidad. La idea no era crear ratones humanos, sino ver qué cambiaba exactamente con ese pequeño ajuste genético. Los resultados fueron sorprendentes, sobre todo en la forma en la que los ratones se comunicaban. Cuando eran crías, los ratones modificados emitían chillidos diferentes a los normales, más agudos y con otra estructura. 

Sus madres era como si no reconocieran esos chilidos como llamadas de auxilio. Como consecuencia, pues muchas madres ignoraron eso. Es decir, no hubo diferencias entre cómo los trataban, pero las crías era como si trataran de comunicar algo de esa forma. Más intrigante aún fue después, porque cuando los ratones crecieron, comenzaron a emitir esos sonidos entre ellos y cada vez eran más complejos y largos, sobre todo en el cortejo. Incluso se vio que en el cortejo esos sonidos parecían cantos muy variados y lo curioso es que pareciera que los ratones se comunicaban en su propio idioma desconocido. Los científicos hicieron más pruebas para observar sus cerebros y confirmaron que sí modificó sus cerebros en la parte relacionada con el habla. Aquí lo curioso que es pues que dada la anatomía de un ratón pues efectivamente no puede hablar como un humano, no que intenten hablar como nosotros efectivamente, pero hablar su propio idioma y tratar de comunicarse en base a la anatomía que tiene un ratón. Los científicos creen que la versión humana de Nova 1 pudo ayudar a que nuestro cerebro se volviera más flexible, más potente y más capaz de aprender durante toda la vida. El lenguaje en este sentido sería solo una parte de un cambio mucho más grande y el hecho de que los neandertales no tuvieran esta versión resulta interesante. Puede que esta diferencia pequeña genética ayudara al homo sapiens a comunicarse mejor, cooperar más y organizar sociedades más complejas, lo que al final pudo marcar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer. Yo lo que me pregunto es, ¿qué diablos estaban tratando de decirse esos ratones? Si realmente era diferente de su comunicación habitual, qué se estaban tratando de decir y si los ratones normales respecto a estos ratones decían, "What, ¿qué me estás contando?" 

Ratones con genes de Neandertales y Denisovanos. ¿Qué pasó en este caso?

Y mirad, porque este experimento también recuerda a otro en años anteriores, en el cual científicos usaron la técnica de edición genética, la famosa CRISPR cas9, para introducir genes en ratones procedentes de neandertales y denisovanos. Los resultados, publicados en varios estudios, fueron tan sorprendentes como reveladores. Uno de los genes más interesantes fue GLI3, una variante genética distinta a la de los humanos modernos, pero presente en ambos homínidos extintos. Cuando se probó una versión artificialmente alterada de este gen, los ratones desarrollaron malformaciones. Sin embargo, al introducir la versión auténtica de neandertales y denisovanos, los cambios fueron distintos, y más sutiles. Los ratones mostraron menos vértebras, y una mayor torsión en las costillas y una cabeza más grande, rasgos que recuerdan a las diferencias físicas entre humanos modernos y neandertales. Los científicos concluyeron que este gen en concreto pudo influir en la forma del cuerpo y del cráneo de estos homínidos, y que en su contexto evolutivo probablemente fue más beneficioso que perjudicial.

Pretenden crear en 2026 ratones humanizados

Claro, pero es que en 2026 hay avances también sobre esto. Mirad, porque en 2026 científicos se encontraron con el problema de que insertar genes humanos completos, es decir, eh, muy largos y complejos, resultaba casi imposible con las técnicas que se estaban usando anteriormente. Así que crearon una nueva técnica llamada Tecno, que es un método nuevo en dos pasos que usa la herramienta de edición genética CRISPR. Lo que hace esta técnica es eliminar el gen equivalente del ratón y colocan unas especie de anclas para insertar el gen humano entero con todas sus partes reguladoras. Esto, según el estudio científico, genera ratones humanizados muy fieles a la biología humana. Revelan que esto es necesario para investigar enfermedades genéticas, probar medicamentos de forma mucho más precisa y en el futuro entender mejor diferencias evolutivas únicas de los humanos como el desarrollo del lenguaje o el cerebro. Pero claro, plantea dilemas éticos, ratones humanizados. 

Monos con genes de nuestro cerebro ¿Qué pasó en este caso?

Ahora bien, si os sorprendieron los ratones humanizados, que es algo que se está, ya os digo,  investigando en 2026, fijaos lo que ha pasado anteriormente con monos, porque claro, mucha gente se pregunta, "Vale, esto en ratones, pero ¿y en parientes que sí de verdad son más parecidos a nosotros?" Como por ejemplo los monos. Pues hubo otro experimento anterior y esta vez sí que fue en monos. Y es que los científicos se preguntaban cómo es que el ser humano llegó a ser más inteligente que un mono si los dos parten del mismo ancestro común, como quien dice. 

Para llegar al fondo de esta cuestión, científicos crearon monos transgénicos de la especie Rhesus, una de las más inteligentes y comunes del sur de China, introduciéndoles copias adicionales de un gen del cerebro humano que se cree que pudo desempeñar un papel importante en nuestra evolución cognitiva. El objetivo era observar si este cambio genético podría alterar o mejorar ciertas capacidades mentales de los animales. Entonces, ¿qué ha ocurrido aquí? ¿Qué han hecho los científicos? Pues os lo explico a continuación. 

Pues veréis, los científicos del Instituto de Zoología de Kunming y de la Universidad de Carolina del Norte (Chapel Hill) editaron unos genes específicos llamados MCPH1. Estos genes son los responsables de algunas cosas importantes en los seres humanos, como por ejemplo el tamaño del cerebro o su crecimiento. A partir de eso, lo que hicieron pues fue exponer simplemente pues embriones de monos Rhesus a un virus. Ese virus llevaba evidentemente ese gen. Pues, de los 11 monos con los que probaron ese gen, según como vemos en esta tabla, pues cinco sobrevivieron. Esos cinco llevaban la copia del gen humano dentro de ellos. 

Los  resultados dejaron a todos con la boca abierta. Los científicos chinos no se esperaban lo que sucedió. Veréis, primero, hubo que esperar efectivamente a que los monos pues crecieran, ¿no? Después lo que les hicieron fueron resonancias magnéticas de sus cerebros, pues para ver, eh, principalmente pues cómo habían crecido. Lo que comprobaron y lo que se demostró en este estudio es que había un patrón de crecimiento cerebral idéntico al humano. Crecían más lentamente los cerebros. Esto, bueno, a priori pues parece que no augura nada bueno. Sin embargo, cuando les hicieron pruebas de memoria a los monos, se hizo patente que habían mejorado considerablemente la memoria y además es que estaban superando las pruebas con mucha mayor celeridad que los monos normales. Es decir, volvieron a los monos más inteligentes. Lo más increíble de todo es que volvieron a los monos más inteligentes sin que creciera su cerebro, es decir, con el mismo tamaño cerebral, lo cual es aún más increíble si cabe. Claro, este estudio no gustó nada, obviamente, a la comunidad científica y tampoco me gustó a mí. De hecho, hubo científicos que han protestado, incluso uno de ellos, uno de ellos que colaboró en la investigación llamado Martin Steiner, que es profesor de ciencias de computación de la Universidad de Carolina del Norte, dijo estas palabras: "No creo que sea una buena dirección. Ahora hemos creado este animal que es diferente de lo que se supone que es. Cuando hacemos experimentos, tenemos que tener un buen entendimiento de lo que estamos tratando de aprender, de ayudar a la sociedad y ese no es el caso aquí. Claro, las leyes en China son más suaves para este tipo de experimentos, en concreto con monos, hasta el punto que sobrepasan incluso los límites de la ética. Además es que son pruebas que faltan al respeto al mundo animal, pudiendo provocar trastornos graves a monos. Es decir, estaríamos probando cosas en monos sin saber que podría desencadenar en algo mucho peor para ese animal o esa especie 

Conclusiones, debate y consecuencias en el futuro.

Ciertamente, el mundo está dividido con estos experimentos. Están los que creen que esto podría ayudar en avances a la humanidad y, por otro lado, están los que creen que no debemos de tratar así a los animales. 

Yo creo que se pueden fusionar las dos cosas sin sobrepasar las barreras de la ética. Es decir, podríamos tratar de avanzar en ese sentido sin poner en riesgo la vida o la salud de los animales, cosa que en la mayoría de estudios que hemos visto hoy, pues no se ha cumplido. Sea como sea, estos estudios demuestran el enorme poder de la edición genética para explorar la evolución humana, aunque los propios científicos recuerdan que ningún gen explica por sí solo lo que somos.

¿Qué se espera en 2026? Pues ya lo iremos viendo, pero se ha hablado que científicos chinos planean investigar el gen SRGAP2C, que algunos llaman el interruptor de la humanidad. Este gen habría aparecido hace unos 2 millones de años, cuando el australopitecus evolucionó hacia homo hábilis. Yo me pregunto hasta dónde quieren llegar estos investigadores, si es bueno para conocer el origen, si merece la pena todo esto. ¿Tú qué opinas de todas estas investigaciones? Déjame tu impresión abajo en comentarios y continuamos por ahí. Sed buenos. Hasta la próxima.

sábado, 17 de enero de 2026

Nuevo ensayo sobre el tiempo de Sergio C. Fanjul, Cronofobia

 Sergio C. Fanjul no va de farol: un ensayo sobre el tiempo, en Babelia, por Manel García Sánchez, 12 ENE 2026:

Cronofobia’ nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado

Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un máster en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de San Agustín sobre lo fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!

Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta, de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta aprioris y prejuicios de legos y profanos —ese debe ser el cometido de un buen ensayo— y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.

El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de Alzheimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el del Bill Murray del Día de la marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se rebelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...

La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad el tempus fugit virgiliano, sobre geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la Historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con MacTaggart, si solo existe el presente, si por el contrario los pliegues del pasado, del presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortázar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.

Cronofobia. El miedo al paso del tiempo, la aceleración, la nostalgia, la edad o la muerte. Sergio C. Fanjul, Arpa, 2025, 304 páginas, 19,90 euros

lunes, 12 de enero de 2026

Entrevista al neurocientífico Anil Seth

 Neurociencia. Anil Seth, el neurocientífico que sostiene que nuestra realidad no es más que una "alucinación controlada": "Es una manera sencilla de explicar la compleja conciencia humana", por Daniel Arjona, 7 enero 2026:

En 'La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia', el británico aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana: "Que cada uno experimente el mundo a su manera no significa que todo sea arbitrario"

Hace cinco años, un hombre dejó de existir por tercera vez en su vida. No estaba dormido. Si lo hubiera estado, el bisturí del cirujano le habría despertado al instante. Se hallaba sumido en una profundidad mucho mayor, más cercana a la muerte o al coma que al descanso nocturno. Mientras su cerebro se inundaba de fármacos, experimentó el desmoronamiento de su propia presencia, una oscuridad absoluta y reconfortante donde no transcurrió ni un segundo, ni una hora, ni un siglo; el tiempo simplemente se evaporó. No estaba allí. Fue sujeto pasivo de ese acto de magia moderna y cotidiana que es la anestesia, un procedimiento que transforma temporalmente a las personas en objetos biológicos, en carne y hueso sin rastro de universo interior, solo para devolverles milagrosamente la condición de ser consciente horas después, intactos pero desconcertados ante el abismo de la nada que acaban de habitar.

Ese viajero del olvido es el neurocientífico británico Anil Seth (Oxford, 1972), y esta experiencia liminal es el punto de partida de La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia (Sexto Piso), una obra monumental que aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana. Seth, codirector del Centro Sackler de Ciencia de la Conciencia, sostiene que nuestra percepción de la realidad no es un reflejo objetivo del mundo, sino una «alucinación controlada» generada por el cerebro para garantizar nuestra supervivencia biológica.

Lejos de considerar la conciencia como un misterio místico o un software computacional, su teoría del «animal-máquina» la ancla profundamente en nuestros ritmos fisiológicos, sugiriendo que sentimos porque estamos vivos. Diseccionamos junto al autor los mecanismos que fabrican nuestra identidad y abordamos el gran enigma de por qué hay algo, en lugar de nada, dentro de nuestras cabezas.

Anil Seth. "Tras la muerte no hay nada, ni sufrimiento ni dolor"

PREGUNTA. Propone sustituir el célebre 'problema difícil' de la conciencia por lo que llama el 'problema real': explicar, predecir y controlar las propiedades fenomenológicas de la experiencia. ¿Estamos ante una auténtica solución científica al gran enigma o, más bien, ante una estrategia elegante para rodearlo?

RESPUESTA. Quizás ninguna de las dos. La forma de pensar basada en el «problema difícil» ha dominado los enfoques científicos y filosóficos de la conciencia durante mucho tiempo. Estuve almorzando precisamente con Dave Chalmers hace un par de días en Nueva York... fue él quien acuñó esa forma de plantearlo. Es una manera muy intuitiva de pensar en el problema, porque, remontándonos a Descartes y antes, siempre ha existido el desafío de cómo relacionar el mundo de la materia física con el mundo de lo mental. En particular, con la parte consciente de nuestras vidas mentales. Tal vez no sea tan difícil imaginar cómo pueden funcionar cosas como la memoria o la atención basándose en procesos físicos, pero la rojez del rojo, el dolor de una muela... Eso parece ser otra cosa. Siempre ha existido esa brecha explicativa entre lo físico y lo consciente. El «problema difícil» realmente cristaliza eso.

P. Usted opone lo que llama el 'problema real'.

R. Sí, pero tampoco es nada revolucionario. Se trata de ponerle una etiqueta a cómo podemos seguir progresando en la ciencia de la conciencia frente a este aparente misterio planteado por el «problema difícil». La idea central es darse cuenta de que todavía podemos hacer lo que la ciencia hace típicamente cuando se enfrenta a un fenómeno: explicar, predecir y tal vez incluso controlar sus propiedades. Pero en este caso, las propiedades de las que hablamos son propiedades de la experiencia: por qué una experiencia es como es y no de otra manera, o por qué diferentes experiencias se sienten como se sienten. Creo que siguiendo este camino, no vamos a resolver el «problema difícil» en la forma en que estamos familiarizados con él. No vamos a llegar a un momento eureka donde digamos: «Ah, así es como se obtiene la experiencia a partir de la materia». Pero tampoco creo que estemos simplemente rodeándolo. Creo que estamos disolviendo el «problema difícil», no resolviéndolo. Cuanto más tiramos del hilo del «problema real», menos extraño se vuelve pensar que la materia -la materia biológica dentro de nuestros cerebros- podría tener experiencias. Parte de esto implica que nuestras preguntas cambian. Hay otros aspectos de la conciencia y del «problema difícil» que no tienen que ver con la dificultad de la ciencia, sino con el hecho de que ponemos el listón muy alto: intentamos explicarnos a nosotros mismos. Queremos algo que conlleve un nivel de satisfacción intuitiva que no pedimos en otras ciencias. Nadie dice que la mecánica cuántica es un fracaso porque no tiene sentido intuitivo; es un éxito y no tiene sentido. Es una ciencia muy exitosa. Así es como me gusta pensar en la conciencia.

P. En 'La creación del yo' describe nuestra experiencia de la realidad como una «alucinación controlada», donde el cerebro no es una ventana al mundo, sino una máquina de predicción que solo deja entrar los datos sensoriales para corregir sus errores. Si biológicamente "no vemos las cosas como son, sino como somos", ¿tenemos alguna esperanza de alcanzar una objetividad compartida o estamos condenados a la subjetividad y las 'fake news'?

R. Vamos por partes. No creo que estemos condenados a las fake news en absoluto. La cita sobre que «vemos las cosas como somos nosotros» se remonta al Talmud. El hecho de que cada uno experimente el mundo a su propia manera única no significa que todo sea arbitrario, que podamos experimentar las cosas como nuestro cerebro decida. A veces, cuando soñamos, somos capaces de tener experiencias completamente divorciadas de la realidad. También bajo ciertas condiciones psiquiátricas o con drogas psicodélicas. Pero no la mayor parte del tiempo. La razón por la que uso el eslogan «alucinación controlada» es precisamente por el control. Ambos elementos son importantes. La parte de la alucinación enfatiza que nuestros cerebros no son solo ventanas al mundo; la percepción es siempre constructiva. Tiene que haber un proceso en el que el cerebro hace una inferencia, una «mejor suposición» sobre lo que hay ahí fuera, las causas de las señales sensoriales, y luego utiliza esas señales sensoriales para calibrar estas predicciones. Esa es la hipótesis subyacente: lo que experimentamos es la mejor suposición del cerebro, en lugar de una simple lectura de datos sensoriales.

P. ¿Por qué?

R. Para la mayoría de nosotros, nuestras alucinaciones estarán controladas por una realidad objetiva compartida. Si vamos a cruzar la calle, veremos el tráfico. Puede que no tengamos exactamente la misma experiencia, pero todos experimentaremos aspectos que reflejan la realidad tal como es. Así que hay, de nuevo, un terreno intermedio. No creo que podamos experimentar jamás la realidad «tal como es». No creo que tenga sentido siquiera sugerir eso. Es una forma de pensar que se remonta a Kant y la idea del noúmeno («la cosa en sí»). Las cosas «como son» siempre están ocultas tras un velo sensorial. El color no existe independientemente de una mente, así que ni siquiera tiene sentido preguntar «¿puedes experimentar el color como realmente es?». Porque lo que «realmente es», depende de tu cerebro. Lo que vale para el color, vale de diferentes maneras para todo; la experiencia siempre depende de la mente. Pero de ninguna manera estamos condenados a las fake news, viviendo en nuestras propias burbujas narcisistas de subjetividad individual. Tenemos lenguaje, tenemos formas de comunicar y compartir nuestras experiencias, y nuestras experiencias suelen estar fundamentadas en algo. Esto no es garantía de que no terminemos en nuestras propias burbujas narcisistas; por supuesto, eso puede suceder y sucede. Lo vemos en las redes sociales y en todo tipo de cosas. Hay motivos, sin embargo, para el optimismo: si reconocemos que incluso para cosas tan políticamente irrelevantes como el color de un vestido (recordará la famosa foto del vestido que parecía azul y negro o blanco y dorado), si nos damos cuenta de que incluso nuestras experiencias perceptivas de estas cosas inofensivas pueden ser diferentes, podemos cultivar un poco de humildad sobre nuestra propia visión del mundo.

"Algunos de los principales expertos en el campo de la IA piensan que esta tecnología es una entidad consciente"

PREGUNTA. ¿Ese tipo de humildad es el primer paso para disolver algunas de las dinámicas sociales más peligrosas como las cámaras de eco?

RESPUESTA. El problema con ese tipo de creencias a nivel social es cuando la gente no puede entender que otra forma de ver las cosas es posible. Hay aquí una lección importante que puede ayudarnos a lidiar con esas dinámicas sociales. De hecho, este es uno de nuestros grandes proyectos experimentales en este momento: el Censo de la Percepción, que analiza en la práctica cuán diferentes son nuestras experiencias perceptivas. Puede parecer contraintuitivo para algunas personas porque nuestra experiencia tiene el carácter de ser una ventana objetiva al mundo; simplemente parece que el mundo está ahí fuera. Desde el punto de vista de la evolución, esto tiene sentido; no sería muy útil si fuéramos criaturas que caminaran por ahí experimentando nuestras experiencias como construcciones. Sería como si todos caminaran sintiendo que están alucinando. No es de extrañar que experimentemos las cosas como si no dependieran de nuestros propios cerebros. Las diferencias pueden ser pequeñas, o internas, pero, si no pensaras en ello, podrías pasar toda tu vida sin darte cuenta de que otra persona está teniendo una experiencia ligeramente diferente. Hay mucho más por descubrir empíricamente sobre la naturaleza de la diversidad perceptiva.

P. En sus investigaciones defiende que la conciencia tiene más que ver con estar vivo que con ser inteligente y subraya el papel central del cuerpo en la emergencia del yo. ¿Una inteligencia artificial sin cuerpo estaría condenada a ser un zombi?

R. Esa es realmente la pregunta más urgente ahora, en parte debido al auge de la IA y su prevalencia extraordinaria. Pero en realidad se trata de dos preguntas. 

Una es si la IA podría ser realmente consciente (o si está condenada a ser un zombi). 

La otra pregunta es qué sucede cuando la gente siente que estos sistemas son conscientes, incluso si no lo son. 

Es un hecho que mucha gente piensa que la IA es consciente; especialmente cuando conversan con modelos de lenguaje, creen que están hablando con una entidad consciente. Incluso algunos de los principales expertos en el campo también piensan de esta manera. Eso ya está sucediendo y plantea muchas preocupaciones. Nos volvemos psicológicamente vulnerables si sentimos que interactuamos con algo que tiene experiencias conscientes; es más probable que nos abramos, que aceptemos consejos (que podrían ser explotadores o dañinos). Ha habido casos de personas que se han suicidado. Y existe el problema más sutil: si decidimos tratar a estos sistemas como si fueran conscientes, eso requiere muchos recursos morales, y tenemos recursos morales limitados. Por otro lado, si los tratamos mal, pero sentimos que son conscientes, eso es psicológicamente insalubre para nosotros. Ahora, la pregunta más profunda, la más existencial, es si estas cosas son realmente conscientes.

P. ¿Lo son?

R. Soy muy escéptico. Al menos para el tipo de modelos que tenemos ahora. Y esto se debe, como mencionaste, a que en mi propio pensamiento sobre la conciencia, el cuerpo sigue apareciendo como algo realmente importante. Toda la idea de las «alucinaciones controladas» para mí desciende directamente a cómo el cerebro regula nuestra fisiología interna. Podría decirse que cada experiencia consciente está impregnada de un sentimiento muy básico de «estar vivo». Hay razones positivas para asociar la conciencia con las criaturas vivas, con las propiedades particulares de los sistemas vivos. Este mecanismo de hacer y actualizar predicciones llega hasta el nivel de las células individuales. Hay una línea directa desde lo que nos mantiene vivos hasta los mecanismos que subyacen a la conciencia. Al mismo tiempo, cuanto más miras dentro de los cerebros, más te das cuenta de cuán diferentes son de los ordenadores. Para que la IA sea consciente, para que esta sea siquiera una opción sobre la mesa, tienes que asumir que la conciencia es básicamente una cuestión de computación; que si consigues el algoritmo correcto, obtienes conciencia. A esta visión filosófica se la llama «funcionalismo computacional». Tienes que asumir que es una cuestión de algoritmos. Y eso es lo que creo que es realmente inseguro. La razón por la que la gente piensa que la conciencia es una cuestión de computación es porque, dicho de forma simple, hemos olvidado que lo de que el cerebro es un ordenador no es más que una metáfora, y hemos confundido el mapa con el territorio.

P. Si el cerebro no es un ordenador, ¿es el proyecto transhumanista de 'subir la mente' a la nube un error de categoría fundamental.

R. Es altamente problemático. Es problemático por muchas razones. Cuando se trata de «subir la mente», partimos de la misma suposición: asumimos que lo que significa ser tú, tu conciencia, puede abstraerse de la materialidad de tu cerebro e implementarse en una nube de silicio en algún lugar, para que puedas existir para siempre en algún espacio abstracto de algoritmos prístinos. Esto es increíblemente improbable. Hay una ironía ahí: este sueño de escanear tu cerebro con todo detalle y luego subirlo a un modelo de simulación cerebral enormemente poderoso... Si piensas que necesitas escanear tu cerebro con un detalle molécula a molécula para preservar tu conciencia, lo que también estás diciendo es: «Bueno, el cerebro realmente no es un ordenador». Porque necesito conocer todos los detalles. Y si el cerebro no es un ordenador, entonces es aún menos probable que sigas existiendo y, en lugar de algún paraíso posthumano, simplemente obtendrás el olvido del silicio. No habrá nadie allí.

"Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo"

PREGUNTA. Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin nos bajó de la cima de la creación, y Freud cuestionó nuestra racionalidad. Su trabajo parece dar el golpe final: la conciencia no es un don divino ni una cúspide evolutiva, sino un truco de regulación fisiológica compartido con pulpos y vacas. ¿Es así?

RESPUESTA. No puedo verlo así. No creo que sea un «golpe». Sé que Freud a menudo lo describía de esa manera. Es un golpe al excepcionalismo humano. Pero no es una disminución de lo que significa ser humano; en realidad, creo que es una expansión. Lo vemos en los ejemplos: el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero el universo se volvió mucho más maravilloso e inspirador de lo que era antes. Lo mismo con Darwin: fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero nuestra conexión con el resto de la vida, a través de una inmensa extensión de tiempo, es nuevamente algo que añade a nuestro asombro y belleza de ser humanos. Y creo que lo mismo es cierto con la conciencia. Es lo que todavía nos hace sentir que tal vez hay algo separado que sucede respecto al resto del universo, que quizás es dado por Dios. Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo.

Entrevista al neurocientífico Antonio Damasio, premio Princesa de Asturias de investigación

 Neurociencia. Antonio Damasio, neurocientífico: "La IA atrofia el desarrollo de los jóvenes y los aleja de la consciencia", por Pilar Pérez, 26 diciembre 2025.

El premio Princesa de Asturias disecciona en su nueva obra, 'Inteligencia natural y la lógica de la consciencia', la brecha entre procesar datos y sentir la vida. Para él, la homeostasis supone el muro biológico infranqueable que impide a las máquinas alcanzar la consciencia humana

La consciencia es fruto del trabajo conjunto de nuestro cerebro, nuestra mente y nuestro cuerpo. Antonio Damasio (Lisboa, 1944) apunta que el desarrollo de esta capacidad atribuida a los seres vivos «es la que nos permite sentir y vivir en sociedad». En su última obra, Inteligencia natural y la lógica de la consciencia (Destino) aborda este concepto en plena expansión de la IA en todas las esferas de nuestra vida, menos una: «la consciencia».

El neurólogo que recibió, hace ya 20 años, el Príncipe de Asturias de Investigación, no demoniza la IA, sino que nos anima a integrarla sin que nos genere una dependencia que nos anule las capacidades que nos han permitido desarrollarla, como la creatividad y el pensamiento crítico.

PREGUNTA. La cuestión inevitable: ¿tendrá la inteligencia artificial consciencia?

RESPUESTA. La realidad es que los dispositivos artificiales no tienen vida. Y es poco probable que la desarrollen. No tienen una sociedad; podremos fabricarles una, pero la verdad es que ellos no viven en ella. Y estos dos aspectos son fundamentales.

P. ¿Por qué?

R. Porque la consciencia, tal y como la tenemos, está relacionada con la vida; con proteger nuestra vida de las enfermedades y la muerte. Esta es la hipótesis más importante del nuevo libro. La consciencia a través de sentimientos como el hambre, la sed o el dolor, nos da una señal de que algo no va bien en nuestro organismo y debemos corregirlo.

P. ¿Cómo actúa?

R. Por ejemplo, si tienes dolor, eso es una señal de alerta que te indica que necesitas averiguar por qué para poder hacer algo al respecto. Al contrario, cuando tienes bienestar, recibes también una señal importante que te permite salir al mundo a explorar a tu favor y lograr la continuidad de tu vida. Los dispositivos artificiales no tienen nada de eso, no tienen vida. No tiene sentido que tengan consciencia.

P. Pero, seguro que hay quien quiera crear una conciencia artificial de la misma forma que se ha desarrollado la inteligencia artificial...

R. Puede que la busquen imitando los mecanismos que nos permiten ser conscientes. Pero eso es otra cosa. Podemos decir que los dispositivos artificiales podrían desarrollar conciencia, pero no la consciencia humana.

P. ¿Sería artificial?

R. Sí, nunca humana. Hay que recalcar que la consciencia como tal solo es propia y tal de los organismos vivos. Todos los animales que nos rodean tienen un sistema nervioso que da lugar a la percepción de la realidad que les rodea. Nuestra consciencia nos permite tener una mente muy profunda, gran capacidad creativa y un lenguaje. Porque, otra cosa que resalto en el libro, es que una cosa es tener mente y otra ser consciente. La consciencia es lo que permite que la mente sea conocida por nosotros, la que desarrolla los sentimientos. Y estos son los que permiten saber que nuestra mente pertenece a nuestro cuerpo.

"Una cosa es la mente y otra la consciencia. La segunda nos permite conocer los sentimientos"

PREGUNTA. Un sistema tan complejo, ¿sería reproducible?

RESPUESTA. Creo que tenemos que ver a la IA como una herramienta útil para avanzar en el conocimiento. Es útil en la creación de modelos. La investigación de la consciencia requiere que indaguemos más sobre nuestra biología, en los mecanismos que nos permiten ser conscientes.

P. Aquí, es donde aparece el concepto de homeostasis.

R. Hay que partir del hecho de que la consciencia esté tan ligada a la homeostasis y a los sentimientos homeostáticos, y que sean estos los que nos dan la consciencia. En el libro describo cuáles son las partes del organismo, las del cerebro, que son esenciales para crear consciencia.

P. Insisto en esta cuestión: ¿se puede crear una consciencia artificial asociada a una IA, desenmarañando este sistema?

R. Lo siento, repito, la consciencia artificial no existe. La nuestra existe porque el hecho de que tú y yo estemos aquí hablando ahora es lo que le da significado a la consciencia de ambos. Recordemos que la inteligencia artificial no es más que una creación de nuestra inteligencia natural. Y lo hemos hecho a través de dos maneras: nuestra riqueza mental ha podido desarrollar dispositivos artificiales, o sea, son un producto nuestro, humano; y, en cierto modo, la naturaleza ha inventado la IA porque algunos de nuestros sistemas operativos, como por ejemplo nuestra corteza cerebral, se les parecen bastante.

P. La sociedad actual se encuentra en un momento de riesgo ante la invasión de la IA en sus vidas: se subarriendan tareas cerebrales y se le confía el diseño de hojas de rutas vitales. ¿Qué nos jugamos?

R. Desde un punto de vista de nuestra cultura, nos debe preocupar que, sobre todo, los más jóvenes dependan demasiado de los dispositivos con IA. Hay que subrayar dos problemas clave: primero, literalmente atrofian la posibilidad de sus propios desarrollos; y segundo, si se centran en las máquinas no se están centrando en otros humanos. Y los necesitamos en nuestra sociedad, que estén atentos a otros seres y a sus problemas.

"Deberíamos resolver los asuntos mediante la interacción con las personas y no las con máquinas"

PREGUNTA. La dependencia de que una máquina nos resuelva los problemas, ¿nos aleja de los rasgos de la humanidad, como la consciencia?

RESPUESTA. Deberíamos intentar resolver los asuntos mediante la interacción con personas, centrarnos en ellas y en la sociedad en lugar de hacerlo con máquinas que no tienen vida y que, si te dan una solución, son soluciones artificiales. Se pierde la capacidad de la consciencia, de ser más críticos y del pensamiento introspectivo.

P. Esa consciencia es la que nos permite sobrevivir aprendiendo del pasado, estando en el presente y mirar al futuro, ¿cierto?

R. Nos permite ser ahora y ver que el tiempo pasa. Nos ayuda a tener un sentido del pasado y del futuro. Es fundamental para navegar en el mundo y enfrentar los problemas y desafíos que plantea a diario.

Origen de la procastinación

 Neurociencia. ¿Lo dejas todo para luego? Unos científicos japoneses han encontrado el motivo en el cerebro, en El País, por Daniel Mediavilla, 10 ene 2026:

La procrastinación tiene un nombre: se llama circuito VS-VP, y este equipo de investigadores tiene ideas para desactivarlo

¿Por qué en lugar de hacer lo que sabes que es necesario para conseguir tus objetivos, te entretienes mirando vídeos absurdos en TikTok? ¿Por qué te pones a barrer un suelo que no lo necesita en lugar de estudiar, si además odias barrer? ¿Por qué dejamos para mañana lo que debemos hacer hoy y tendremos que hacer de todos modos?

Durante mucho tiempo, la motivación se ha explicado como un problema de incentivos: si una persona no actúa, es porque no valora lo suficiente la recompensa. Sin embargo, un estudio detallado de lo que sucede en el cerebro cuando procrastinamos parece contradecir esa idea. Hoy, en un artículo publicado en la revista Current Biology, un grupo de científicos liderado por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, propone que es posible que el cerebro valore bien la necesidad de una acción y, aun así, impida que se inicie.

Para conocer cómo funciona el cerebro cuando se enfrenta a una tarea que puede dar beneficios, pero que también supone afrontar incomodidades, los investigadores trabajaron con monos, un modelo útil porque su sistema motivacional se parece al humano. Los animales, a los que se mantuvo sedientos fuera del experimento, se enfrentaron a dos pruebas. En una, podían accionar dos palancas y recibir dos cantidades de agua diferentes, midiendo así la implicación de cada circuito en la motivación. Después, podían beber en dos condiciones: un pequeño sorbo sin tener que enfrentarse a ninguna incomodidad o uno mayor, pero que venía acompañado de un desagradable soplo de aire en la cara.

Como nosotros cuando vamos a comenzar un trabajo y pensamos en la recompensa, el mono evaluaba si valía la pena soportar este soplo de aire en la cara para obtener esta cantidad de agua, o era mejor conformarse con el sorbo seguro. Ese experimento permitió identificar un circuito cerebral que funciona como un freno a la motivación: no decide si la recompensa merece la pena, sino si merece la pena empezar. Se trata de la conexión entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), que se encuentran en los ganglios basales, una parte profunda del cerebro donde ocurren el placer o la motivación.

El grupo de Amemori ha detectado que hay dos variables implicadas en la motivación, pero que están codificadas por sistemas neuronales distintos. Por un lado, está el cálculo del coste-beneficio para evaluar el peso de recompensa y castigo, y por otro la probabilidad de no querer iniciar una acción, ambos mecanismos conservados tras millones de años de evolución porque mantuvieron con vida a nuestros antepasados.

El estriado ventral se activa ante la expectativa de que algo va a ser incómodo, difícil o emocionalmente exigente, sin evaluar cuál será la recompensa final. El pálido ventral es como un interruptor para comenzar a actuar y sostener esa acción. El estudio del cerebro de los monos permitió primero observar con electrodos cómo cuando se podía elegir recibir más agua y una ráfaga de aire el estriado ventral, que nos protege contra la incomodidad, estaba más activo, y cuando solo se podía elegir entre distintas cantidades de agua, el que estaba más activo era el pálido ventral.

Cuando las dos regiones estaban conectadas, la advertencia de incomodidad del EV podía bloquear el inicio de la acción del PV, pero cuando apagaron la comunicación entre los dos grupos de neuronas con una técnica quimiogenética, vieron que era suficiente para soltar el freno motivacional. En ese momento, los monos comenzaron a afrontar con menos reticencias la tarea que tenía premio, pese a la incomodidad prevista.

Dividir la tarea

Esto supone un giro importante respecto a los enfoques habituales. Prometerse grandes recompensas, recordarse la importancia de la tarea o aumentar la presión externa actúa sobre el circuito del valor percibido, pero deja echado el freno que pone el EV. “Cuando la motivación está alterada al nivel de la iniciación, reducir las señales que impulsan el desenganche —como el coste anticipado de comenzar— puede ser más eficaz que simplemente aumentar los incentivos”, dice Amemori como consejo para superar el bloqueo. Dividir la tarea en pasos menores o reducir la exposición al juicio o la amenaza de evaluación pueden ser estrategias útiles en esos casos.

El investigador también cree que un entorno laboral estresante y las notificaciones constantes de correos o mensajes en el móvil, “pueden mantener activado continuamente el circuito estriado ventral que procesa las señales que nos producen rechazo”. “A largo plazo, eso puede producir cambios plásticos y, posiblemente, cambios estructurales en la vía EV-PV, desequilibrando el sistema hacia una desconexión excesiva, un trastorno que clínicamente se conoce como abulia”, dice.

Desde una perspectiva social, reducir la señalización continua del estrés podría ayudar a prevenir la sobrecarga crónica de este circuito que acabaría dejando echado el freno de la motivación. Para Amemori, una priorización más clara de las tareas o la creación de entornos laborales o escolares que permitan la recuperación después de tareas exigentes pueden ser tan importantes para combatir este problema como las intervenciones a nivel individual.

Durante el experimento, no todos los monos se comportaron igual. Algunos se bloqueaban más que otros ante la posibilidad del soplido desagradable. Esas observaciones sugieren que la parálisis por estrés puede tener una base neurobiológica identificable y no ser simplemente una cuestión de personalidad o carácter. Este conocimiento puede ser útil para quienes la incapacidad para actuar es un problema grave.

“Nuestros hallazgos indican que la abulia en la depresión podría reflejar un desequilibrio en el circuito VS–VP”, explica Amemori. “En principio, sería posible desarrollar terapias que modulen este equilibrio. Un enfoque potencial es la estimulación cerebral profunda (DBS), aunque esto requiere intervención neuroquirúrgica y solo sería apropiado para casos cuidadosamente seleccionados”, ejemplifica.

“También existe un desarrollo activo de técnicas de neuromodulación menos invasivas que pretenden influir en las estructuras cerebrales profundas, incluidas la estimulación magnética transcraneal (TMS) y los enfoques basados en ultrasonidos. Estos métodos podrían volverse más prometedores en el futuro, pero requerirán una validación adicional sustancial en cuanto a seguridad, especificidad y beneficio clínico”, añade. Además, se podrían utilizar fármacos, ya que el pálido ventral contiene receptores opioides, pero estos medicamentos no afectarían solo a esa región cerebral y podrían tener muchos efectos secundarios indeseados.

Por último, Amemori enfatiza que el freno motivacional “probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada, al ayudar a los individuos a evitar involucrarse en situaciones excesivamente costosas o dañinas”. “Debilitarlo de manera indiscriminada podría aumentar la vulnerabilidad al agotamiento, la asunción de riesgos excesivos o la dificultad para desconectarse de contextos excesivamente estresantes. Cualquier intervención terapéutica necesitaría, por tanto, ser cuidadosamente calibrada y evaluada dentro de un marco ético riguroso” concluye.

Descubrimientos sobre la memoria

 De Borges a Jennifer Aniston: la ciencia empieza a iluminar los misterios de la memoria, en El País, por Enrique Alpañés, Madrid - 11 ene 2026

¿Cómo afectan los móviles a nuestros recuerdos? ¿Qué porcentaje tienen estos de imaginación? Un grupo de neurocientíficos intenta desentrañar los secretos de una de las funciones más cotidianas y desconocidas del cerebro

Recordar fue su maldición. En Funes el memorioso, Jorge Luis Borges narra la historia de un gaucho uruguayo que, tras un accidente de caballo, desarrolla una memoria absoluta. Funes podía aprender idiomas y recitar libros de memoria. Recordar un día le llevaba un día entero, pues en su mente se acumulaban todos los detalles en su más detallada intrascendencia. El pobre desgraciado veía esto como un don, pero a medida que avanza su historia, se revela más bien como una maldición, pues recordar con tanto detalle le impedía distinguir lo sustancial de lo superfluo.

En la formación de la memoria también es importante el olvido. Es lo que explicaba con literatura Borges, y lo que detalla con datos el neurocientífico Charan Ranganath en su libro, Por qué recordamos. “El cerebro está programado para olvidar”, explica en conversación con este diario. “Hay tantas razones para hacerlo que realmente es un milagro que podamos recordar algo”. El estudio científico de la memoria a menudo se centra en cómo aprendemos, cómo los recuerdos a corto plazo se consolidan en memorias indelebles. Se presta menos atención a la importante capacidad de generalizar y olvidar. A la forma en la que nuestro cerebro desecha la información menos relevante.

Ranganath es pionero en el uso de resonancias magnéticas para estudiar cómo recordamos eventos pasados. Y ha comprobado que lo hacemos de forma cambiante. Nuestro presente modifica de alguna forma cómo leemos nuestro pasado. “Cada vez que recordamos un evento, lo vemos desde nuestra perspectiva actual”, señala. “Así, por ejemplo, si recordaras una ruptura reciente, la evocarías de manera muy diferente a si la recordaras muchos años después. El mismo recuerdo de un evento traumático puede presentarse como una historia de supervivencia y coraje”, señala.

El olvido y la distorsión de lo vivido son filtros por los que pasa la realidad antes de grabarse en nuestra memoria. Además, los recuerdos no son grabaciones inalterables y fieles de la realidad. La memoria es mentirosa y cambiante; se actualiza con el tiempo. “Cada vez que recuerdas un evento complejo, el acto de recordarlo puede cambiar el recuerdo”, señala Ranganath. “Algunas partes del mismo pueden fortalecerse, otras debilitarse y se introducen nuevos errores”. Cuando recuperas un recuerdo, no es como si sacaras un libro ya escrito de la biblioteca de tu mente; más bien es como si lo volvieras a escribir. La memoria es reconstructiva. Esto explicaría, solo en parte, una interesante paradoja que suele recordar el premio Nobel Francis Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN: ¿cómo es posible que guardemos memorias toda una vida mientras que las moléculas que las atesoran mueren después de unas horas, días o como máximo meses?

El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, vinculó la historia de Funes el memorioso con las últimas investigaciones sobre la memoria en el libro Borges y la Memoria. Funes recordaba todo con un detalle desgarrador, pero era incapaz de captar ideas abstractas. Quian Quiroga descubrió neuronas en el cerebro humano que responden a conceptos abstractos, pero ignoran detalles particulares. Las llamó neuronas Jennifer Aniston, en honor a la actriz de Friends. En su investigación, el neurocientífico notó cómo a un paciente con epilepsia se le iluminaba una red neuronal concreta cuando veía una imagen de la actriz, pero también su nombre. El experimento demostró que hay neuronas en el hipocampo, una zona del cerebro clave para la memoria, que responden a conceptos y asociaciones. Son el esqueleto de la memoria. La base que hace que grabemos algunas de nuestras experiencias, en un proceso que tiene mucho de imaginación y no tanto de reproducción fiel de la realidad.

La desgracia de Funes empezó al caerse de un caballo. La de HM al hacerlo de su bicicleta. Sufrió entonces, era 1936, un daño cerebral que derivó en severos ataques de epilepsia. Un médico pensó en curarle extirpando su hipocampo, lo que derivó en una lesión quirúrgica que le produjo una amnesia anterógrada severa. HM era incapaz de formar nuevos recuerdos a largo plazo. No reconocía a personas que acababa de conocer, no podía adquirir nuevas habilidades y conocimientos. Tenía nueve años y los tuvo hasta cumplir 82, cuando murió. Vivía anclado en un pasado cada vez más remoto. No aprendió nada nuevo porque no tenía un lugar donde asentar ese conocimiento. HM se convirtió en el paciente más estudiado de la historia de la neurología, su análisis durante décadas reveló el papel crucial del hipocampo en la consolidación de la memoria y el aprendizaje de habilidades. Su nombre solo se reveló una vez muerto, en 2008. Se llamaba Henry Molaison.

Kepa Paz-Alonso es líder del grupo de investigación en el Basque Center on Cognition, Brain and Language. Lleva décadas utilizando la resonancia magnética para ver cómo y dónde se ilumina el cerebro cuando la gente está recordando. Por eso explica: “Si recuperas muchas veces una vivencia, esta se queda cristalizada en el cerebro. Cuando esto sucede, se establece una nueva sinapsis. Y eso es el inicio de una memoria”. La sinapsis es el proceso de comunicación entre las neuronas; es el impulso nervioso por el cual los neurotransmisores saltan de una neurona a otra transportando cierta información.

El experto diferencia entre dos tipos de memoria a largo plazo, la episódica y la semántica. En esta última se engloba “nuestro conocimiento del mundo”, explica. Es una memoria de datos y conceptos. Por otro lado, estaría la memoria explicativa, donde se engloban las experiencias más personales.

Para explicar la diferencia entre ambas, es conveniente recuperar la historia de otro paciente amnésico. En 1985, el psicólogo Endel Tulving describió el caso de NN, un hombre con una particularidad. Era perfectamente capaz de memorizar una serie de números aleatorios. Poseía memoria semántica, la capacidad de recordar información abstracta. El problema residía en su memoria episódica: no podía recordar experiencias personales. Tulving escribió: “El conocimiento de NN de su pasado parece tener el mismo carácter impersonal que su conocimiento del resto del mundo”. Era tan íntimo como una biografía de Wikipedia: una colección de hechos abstractos. No podía recordar los detalles de ningún acontecimiento que hubiera vivido personalmente: una fiesta de cumpleaños, un romance, unas vacaciones… Su pasado eran una serie de datos sin valor ni emoción.

El punto central del estudio de Tulving fue la disociación entre la memoria semántica y la episódica. Pero hay otro detalle de la patología de NN que también merece la pena analizar: era incapaz de imaginar su futuro. Tulving le preguntaba “¿qué harás mañana?” y no podía contestar nada más allá de “No sé”. Le insistía en dónde se veía dentro de un año o de 10 y no podía aventurar nada. Este detalle vino a sugerir la idea (posteriormente confirmada con estudios en neuroimagen) de que la capacidad de recordar, como la de proyectar, provienen del mismo lugar: la imaginación. O como decía San Agustín en su autobiografía, “el pasado y el futuro existen solo en el alma”.

Pero, ¿por qué guardamos un vivo recuerdo de unos acontecimientos y no de otros? No todos los recuerdos se procesan de la misma manera en nuestro cerebro. ¿Dónde estabas cuando sucedió el 11S? ¿Qué estabas haciendo minutos antes de que te despidieran del trabajo, te propusieran matrimonio o te comunicaran la muerte de un familiar? La mayoría de personas podrían contestar con todo lujo de detalle a estas preguntas. “En nuestra vida cotidiana, los momentos importantes no ocurren de forma aislada”, señala el experto. “Forman parte de un flujo de experiencias cotidianas”. Su equipo demostró, a través de 10 experimentos, que los eventos relevantes afectaban a los recuerdos neutrales cercanos. Hacían que los grabáramos con fuerza. Y así nuestro cerebro se encuentra lleno de recuerdos aparentemente banales, simple morralla contextual.

Pero en todo este proceso no somos meros agentes pasivos, explica el experto. Hay cierto margen de voluntad. “No podemos garantizar que dure para siempre, pero sí podemos inclinar la balanza. Prestar atención profunda, atribuirle un significado personal y revivir el evento poco después (hablando o escribiendo en un diario) y dormir bien ayudan”, señala. Para ello, una de las cosas que deberíamos hacer es guardar el teléfono móvil. La tecnología está afectando a la forma en la que vivimos el presente y modificará la forma en la que lo recordaremos en el futuro.

Desde la aparición de los teléfonos móviles y la popularidad de las redes sociales, muchas personas se han obsesionado con documentar las experiencias y han dejado de vivirlas. Son aquellos que graban un concierto en lugar de bailar al son de la música. Los que fotografían un atardecer, en vez de observarlo. Quienes van de vacaciones parapetados tras un teléfono móvil, estableciendo un filtro entre la realidad y su persona. Al intentar grabar cada momento, dejan de concentrarse en la experiencia con suficiente detalle como para formar recuerdos distintivos que puedan retenerse. Recopilan toneladas de vídeos y fotos, guardan una réplica exacta del pasado, como Funes del siglo XXI. Pero como le sucediera a aquel, son incapaces de vivir lo importante y desechar lo superfluo.

“Cada vez más, externalizamos la información a teléfonos y nubes, lo que puede reducir la presión para codificar algunas cosas a fondo, pero también nos reencontramos constantemente con fotos y mensajes que pueden reactivar y remodelar recuerdos”, reflexiona Reinhart. “El patrón de lo que revisamos —y, por lo tanto, lo que se estabiliza— podría estar cambiando debido a esto. Creo que esta sería una pregunta muy curiosa y válida, y debería estudiarse en la vida real”.

Mientras esto sucede, distintos expertos intentan desentrañar los misterios de la memoria, uno de los procesos más cotidianos, pero también más desconocidos, que suceden en nuestro cerebro. Puede que sea una idea más filosófica que científica, pero los recuerdos, de alguna manera, nos dicen quiénes somos. Quiénes fuimos. Cómo nos entendemos y nos narramos. “Construimos nuestra identidad a partir del subconjunto específico de experiencias que el cerebro ha elegido conservar y resaltar, por lo que cambiar los recuerdos que se estabilizan puede cambiar la historia que nos contamos sobre nosotros”, resume Reinhart.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

14 dolencias mentales comparten el mismo origen genético. Dossier.

  Dossier

I

 Enfermedades mentales. El ‘parentesco molecular’ de las enfermedades mentales: 14 trastornos comparten variantes genéticas de riesgo, en El País, por Jessica Mouzo, 10 DIC 2025:

Un estudio basado en datos de ADN de un millón de personas alumbra una clave biológica para ayudar a comprender estas dolencias y mejorar el diagnóstico.

Existen unos lazos genéticos muy estrechos entre algunos trastornos psiquiátricos. Se ve en la clínica, cuando a los médicos les cuesta etiquetar una dolencia concreta o se encuentran con que un paciente con depresión desarrolla también ansiedad, por ejemplo. Las fronteras entre unas afecciones mentales y otras son, en ocasiones, confusas a pie de consulta y eso tiene una explicación a nivel molecular: hay una especie de parentesco genético, variantes de riesgo comunes entre dolencias. Un nuevo estudio, publicado este miércoles en la revista Nature y basado en el análisis de ADN de más de un millón de personas, ha ahondado en este campo y ha alumbrado ese hilo molecular que conecta una quincena de trastornos mentales.

En concreto, esta investigación internacional ha descubierto que 14 dolencias comparten, en mayor o menor medida, variantes genéticas de riesgo. Esto es, señales moleculares que predisponen a desarrollar estas afecciones mentales. Los autores identificaron, específicamente, cinco grupos de enfermedades que tienen una alta correlación genética: sucede, por ejemplo, entre esquizofrenia y trastorno bipolar; o entre ansiedad, depresión y estrés postraumático; o entre autismo y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Los hallazgos sugieren que las marcas genéticas compartidas están muy vinculadas a las primeras etapas del desarrollo cerebral y estudiarlas en profundidad podría ayudar a comprender mejor los trastornos de la mente, mejorar el diagnóstico y alentar nuevos tratamientos. Esta investigación sigue la estela de otros estudios que ya han ido alumbrando en los últimos años retazos de esos lazos genéticos entre las enfermedades del cerebro. “Se trata de ir desentrañando todas las piezas del puzle genético para hacer una medicina de precisión y predicción”, explica Antoni Ramos Quiroga, jefe de Psiquiatría del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM). El médico, que ha participado en esta y otras investigaciones del mismo campo, asegura que estudios como estos “ayudarán a redefinir los trastornos mentales, no solo en función de síntomas, sino también según variables genéticas”.

En este caso, los autores identificaron cinco categorías que conectan grupos de enfermedades mentales con un alto grado de riesgo genético compartido. Así, el “factor compulsivo” engloba la anorexia nerviosa, el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y el síndrome de Tourette en el mismo grupo; el llamado “factor internalizante” aglutina depresión, ansiedad y estrés postraumático; otra categoría es la del tándem esquizofrenia y trastorno bipolar; el “factor del neurodesarrollo” contempla autismo y TDAH; y la última categoría con fuertes vínculos genéticos en común es el de las sustancias de abuso, donde se agrupan las adicciones al tabaco, el alcohol, el cannabis y los opioides. La correlación más fuerte se ve dentro de cada grupo, pero también existen señales genéticas compartidas entre dolencias ubicadas en distintas categorías.

“Por ejemplo, entre TDAH y depresión hay un porcentaje [de variantes genéticas compartidas] elevado”, ejemplifica Ramos Quiroga. Los hallazgos, insiste, coincide con “la realidad clínica” que observan en la consulta.

Estas señales genéticas compartidas, aclara Ramos Quiroga, son “factores de predisposición”. Es decir, que aumentan el riesgo. Pero recuerda que tener una de estas variables no significa que una persona vaya a desarrollar alguna de esas enfermedades.

En la construcción de trastornos mentales intervienen muchos genes, pero también el ambiente. Hay “una interacción entre factores”, recuerda el psiquiatra de Vall d’Hebron: “Hay factores desde el origen que nos predisponen, pero también hay que poner el foco en el ambiente y luchar contra las agresiones sexuales o el abuso de tóxicos, por ejemplo, [estas circunstancias elevan el riesgo de peor salud mental]”.

Primeras etapas del desarrollo cerebral

Los autores del artículo publicado en Nature deslizan que las variantes de riesgo identificadas desempeñan un papel en las primeras etapas del desarrollo cerebral. “Esto nos indica que esos factores genéticos están marcando cómo se va a desarrollar la conexión neuronal en el cerebro y puede que haya una alteración desde el inicio”, reflexiona Ramos Quiroga.

En un comentario adjunto, Abdel Abdellaoui, investigador del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Amsterdam, hace hincapié en esto también: “En todos los factores, los genes asociados muestran una expresión máxima durante el desarrollo fetal, lo que destaca la importancia de los procesos de desarrollo temprano en el riesgo psiquiátrico”.

Con todo, Ramos Quiroga pide no perder de vista la complejidad de estos trastornos y recuerda que son multifactoriales: “Si tienes una susceptibilidad y le pones otros factores que aumentan esa susceptibilidad, es peor: hay factores genéticos que te confieren más riesgo y tienen que ver con cómo se desarrolla el cerebro, pero también hay otras variables relacionadas con factores inmunológicos; y, además, el entorno también influye porque, por ejemplo, si te genera estrés, eso afecta a nivel inmunológico”, subraya.

Abdellaoui coincide y apunta a que estos trastornos psiquiátricos parecen surgir cuando “ciertas combinaciones de genes y experiencias vitales se combinan de forma desfavorable”. “Esto debería replantear las enfermedades mentales no como una biología defectuosa, sino como la desafortunada intersección de la variación natural y el estrés ambiental”, defiende.

Redefinir el diagnóstico

Abdellaoui sostiene, por otra parte, que esas variantes genéticas están agrupadas en cinco categorías “que trascienden los límites diagnósticos actuales” y plantea si estos patrones genéticos compartidos entre 14 trastornos psiquiátricos pueden hacer repensar el marco diagnóstico de las enfermedades mentales. “Pocas variantes genéticas son exclusivas de un solo diagnóstico, lo que sugiere que las categorías del Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM; la herramienta convencional para el diagnóstico de trastornos psiquiátricos) podrían ser útiles clínicamente, pero son aparentemente arbitrarias a nivel biológico”, conviene.

Francina Fonseca, jefa de Psiquiatría del Hospital del Mar de Barcelona, defiende que las clasificaciones actuales siguen sirviendo porque ayudan a los profesionales a entenderse, a hablar el mismo lenguaje. Pero asume que hay que “hacer autocrítica, ser humildes y rigurosos” e intentar afinar cada vez más los diagnósticos.

La psiquiatra matiza que esta investigación, en la que no ha participado, no tendrá una repercusión inmediata en la práctica clínica, pero sí ayudará a clasificar mejor estas enfermedades: “En salud mental no tenemos pruebas de laboratorio o de neuroimagen que nos permita hacer un diagnóstico de lo que pasa en el cerebro. Nos centramos en síntomas, que pueden estar basados en la subjetividad de quien los sufre o los interpreta. Pero para alcanzar un buen abordaje diagnóstico y terapéutico, necesitamos encontrar la alteración fisiológica, qué circuitos cerebrales están alterados”.

Ramos Quiroga concuerda con que toda esta línea de investigación “ayudará a tener una clasificación de los trastornos mentales más vinculada a factores biológicos” y añade que también abre una puerta para identificar dianas moleculares sobre las que desarrollar nuevos fármacos.

II

Salud mental. Una revisión de estudios concluye que los hijos de personas con trastornos mentales tienen mayor riesgo de sufrirlos, en El País, por Daniel Mediavilla, 15 DIC 2023:

Los autores plantean que se haga un diagnóstico precoz a los parientes de personas con dolencias psiquiátricas para aplicar medidas preventivas.

Trastornos mentales

Los factores sociales y genéticos se combinan para hacer que los trastornos mentales sean más frecuentes en algunas familias. Los hijos de personas con enfermedades mentales tienen un mayor riesgo de sufrir sus mismos trastornos y otros diferentes. Esto se debe a una combinación de factores genéticos y del entorno que favorecen la aparición de esas dolencias y que son más frecuentes en unas familias que en otras. Ahora, una revisión de 211 estudios publicada en la revista científica World Psychiatry, ha tratado de estimar este incremento de riesgo tomando datos que incluyen a tres millones de hijos con al menos un progenitor afectado y 20 millones de personas más sin diagnósticos en la familia como control.

De media, los autores calculan que alrededor de uno de cada dos hijos de personas con ansiedad, trastorno bipolar o depresión sufrirá la dolencia de sus padres u otra. Más de un tercio de los hijos de padres con alguna adicción y uno de cada seis con psicosis también tendrán algún trastorno mental. En lo que respecta al incremento de riesgo de sufrir el mismo trastorno que su padre, que el progenitor tenga déficit de atención multiplica por ocho las probabilidades de que lo padezca su vástago. En el caso del trastorno bipolar multiplica las probabilidades por cinco, y en el de las adicciones, la depresión o la ansiedad por dos. Cuando se miran los riesgos combinados, los hijos de padres con psicosis multiplican por 5,8 el riesgo de padecer esa enfermedad y por 2,6 el de sufrir alguna otra. Las dos cifras son similares para el trastorno bipolar. Los resultados presentados en esta revisión de estudios van en la línea de estudios previos realizados con gemelos. Estos individuos idénticos genéticamente comparten hasta en un 77% la psicosis, en un 76% el trastorno bipolar, en un 40% la ansiedad y en un 34% la depresión.

En una conferencia de prensa organizada por el SMC España, Joaquim Raduà, psiquiatra del Hospital Clinic-IDIBAPS y coautor del estudio, ha señalado el valor de este trabajo para “identificar un subgrupo de la población en parientes de personas con mayor riesgo para aplicar tratamientos preventivos específicos”. En el estudio se advierte que esta búsqueda de síntomas entre los hijos de afectados por estas dolencias no se aplica de forma rutinaria y es algo que debería cambiar. “Esta prevención debería ser transdiagnóstica”, ha añadido Raduà, teniendo en cuenta que tanto los factores genéticos como los ambientales parecen favorecer la aparición de trastornos diversos.

Aunque no se puede saber si unas medidas de prevención concreta han evitado el desarrollo de un trastorno en una persona determinada, los estudios de población indican que son efectivos, pero es necesario que estén individualizados. Se ha observado que las intervenciones aplicadas en la escuela, de forma general, para prevenir síntomas depresivos o de ansiedad, no son eficaces y que pueden, incluso, causar daño a algunas personas. Por este motivo, es importante, según indican los autores, identificar las personas con mayor riesgo para iniciar las intervenciones de forma precoz.

Entre las medidas que se plantean, muchas de ellas tienen que ver con evitar factores que incrementan el riesgo de que una enfermedad se desencadene, como el consumo de cannabis o de otras sustancias, la mala salud metabólica y la obesidad, que se pueden prevenir haciendo ejercicio y teniendo una alimentación adecuada. Algunos factores como la exposición a sucesos traumáticos o a la pobreza extrema o el aislamiento social también favorecen la aparición de trastornos.

Alberto Ortiz Lobo, psiquiatra del Hospital Universitario La Paz, en declaraciones a SMC España, ha sido crítico con las conclusiones del estudio. “Los resultados revelan que un 55 % de la descendencia de padres diagnosticados de cualquier trastorno mental va a desarrollar algún tipo de trastorno mental a lo largo de su vida, con un intervalo de confianza de nada menos que entre el 7 % y el 95 %”, apunta. En su opinión, estas cifras imprecisas no permiten “plantearse ningún consejo genético, como parecen sugerir los autores, puesto que no se ha demostrado la asociación entre diagnósticos de trastornos mentales y herencia biológica”. Para Ortiz Lobo, es más relevante actuar sobre los determinantes sociales como el maltrato infantil, los bajos niveles educativos o la pobreza.

III

Liliana Galindo, psiquiatra: “Hay un pico de psicosis en mujeres, alrededor de la menopausia, del que no se habla mucho por el estigma”, en El País, por Daniel Mediavilla, 14 OCT 2025:

La especialista en fármacos psicodélicos, de la Universidad de Cambridge, habla del potencial de estos medicamentos para tratar enfermedades mentales

Liliana Galindo (Bogotá, Colombia, 40 años) compara las terapias con sustancias psicodélicas para tratar la salud mental con una cirugía. “Es un cambio de paradigma. Antes dábamos medicación diaria, enfocada a tratar síntomas que en ocasiones causa efectos secundarios y con expectativa de tomarse por años. Este tipo de terapias requiere una inversión inicial importante, porque, además del fármaco, es necesario un terapeuta, un psiquiatra, una enfermera, que trabajen todos juntos, pero en un periodo corto, quizá de unos tres meses, para dar un tratamiento intensivo que busca ir a la causa de la enfermedad”. La experiencia de Galindo dice que el esfuerzo merece la pena. “En muchos casos hay una mejoría total”, afirma. Y cierra la analogía: “En una cirugía, se usa una anestesia para tolerar el dolor físico, el cirujano interviene y limpia la herida y después el cuerpo se cura. Aquí usamos una sustancia para abrir y tolerar el dolor emocional, ver la herida, procesarla y después la persona continúa con la mejoría, como en un postoperatorio”.

Las drogas psicodélicas están de moda en medicina, tras décadas arrinconadas por la mala fama y la ilegalidad a la que condujo su uso recreativo y su asociación a la contracultura. En 2019, se aprobó el uso de la esketamina, un análogo a la ketamina, para tratar la depresión grave, y en los últimos años han proliferado los estudios que muestran las posibilidades del MDMA, el éxtasis, frente al estrés postraumático, o la psilocibina, el principio activo de los hongos alucinógenos, para la depresión.

Galindo, que es profesora asistente en psiquiatría en la Universidad de Cambridge, psiquiatra en Cambridgeshire and Peterborough NHS Foundation Trust y fundadora del Cambridge Psychedelic Research Group, visitó hace unos días Madrid para participar en Psymposium, un foro organizado por la Fundacion Inawe, que promueve el avance científico y ético en salud mental, neurociencia e investigación psicodélica. La investigadora, que empezó su carrera en España junto a Magí Farré y Víctor Pérez-Sola, en el Hospital del Mar de Barcelona, habla de unas sustancias que suponen un cambio de paradigma en el tratamiento farmacológico de la salud mental, y en la comprensión misma de la mente, pero que también requerirán otra forma de plantear los estudios que midan su eficacia real.

Pregunta. El hecho de que muchas de estas sustancias se hayan utilizado para divertirse, ¿condiciona las expectativas que se tiene sobre ellas o las posibilidades de utilizarlas?

Respuesta. El ser humano ha utilizado sustancias como herramientas para tener diferentes estados de conciencia por miles de años. En América, muchas comunidades indígenas han utilizado sustancias psicodélicas, como la ayahuasca. Hay personas que las utilizan por motivos espirituales y otras por motivos recreativos, pero el modelo médico tiene diferencias fundamentales. Se hace de manera supervisada, con una sustancia que conoces con precisión y en una cantidad justa, porque ya sabemos que la dosis hace el veneno o, en este caso, el remedio.

P. ¿Cómo funciona?

R. En general, la persona tiene que tener tres tipos de sesiones. Unas sesiones de preparación en las cuales se conoce con un terapeuta, establecen una serie de objetivos, se conoce el pasado de esa persona, para entender el contexto y poder decidir.

También hay que dar información para saber qué hacer si el paciente siente ansiedad o si le vienen memorias que le causan mucha angustia. En estas sesiones de preparación se pueden practicar ejercicios para tranquilizarse en ese momento.

Después de estas sesiones de preparación, viene el momento en que se consume la sustancia, que tiene que ser en compañía de un terapeuta, que no puede ser uno cualquiera, sino alguien entrenado en estas intervenciones, que son bastante distintas de las de psicoterapia habitual. Aquí el terapeuta no interviene tanto como en otras sesiones convencionales, es más como un copiloto que apoya a la persona, que es quien decide por qué camino va a transitar.

En el caso, por ejemplo, del trastorno por estrés postraumático, se facilita que el paciente conecte con esas memorias traumáticas para revisitarlas y procesarlas, y eso es algo que hace la persona sola.

Y después de esa sesión vienen las sesiones de integración, que habitualmente se hacen el día después. Esas sesiones son claves, porque en los psicodélicos se ha visto que una de las razones por las que actúan es la neuroplasticidad. Pueden crear cambios a nivel inflamatorio y a nivel neuronal, e incluso de las conexiones dendríticas, y estos cambios parecen ser claves en la reconsolidación de memorias. Es importante aprovechar esa ventana de mayor neuroplasticidad después de tomar la sustancia para que la persona procese qué pasó durante las cuatro, seis o más horas, según la sustancia, que pudo durar la experiencia, para darle un sentido propio a lo que ha sucedido. En este caso, también con un terapeuta de apoyo.

P. ¿Qué es lo que hace en el cerebro estas sustancias para que tengan esos potenciales efectos beneficiosos?

R. En el caso de los empatógenos, como el MDMA, tienen estructuras que a veces son bastante similares a la de la serotonina o de la dopamina. Estos, por un lado, aumentan la serotonina, la dopamina o la noradrenalina, y producen sensaciones de bienestar, de sentir conexión. Pero también parece que producen un aumento de la oxitocina. Y esta oxitocina, que es la molécula del apego, viene a tener una acción muy importante en el reprocesamiento de las experiencias traumáticas.

Si piensas en la oxitocina, uno de los momentos en que se secreta bastante es alrededor del parto y durante la lactancia, cuando se hace todo el proceso del apego. Pero también ayuda a superar muchas de las memorias y traumas que hay en torno al parto y el nacimiento. Pueden ser traumáticas en ocasiones, pero aun así lo hacemos más de una, dos y tres veces. Hay un punto de esa reconciliación de memorias donde la oxitocina tiene un rol importante.

P. ¿Y los psicodélicos clásicos, como la psilocibina?

R. La acción específica es en uno de los receptores de serotonina, que son los 5HT2A. Esta acción serotoninérgica cambia nuestras conexiones cerebrales, se hace una especie de reset a patrones cognitivos previos.

Hay muchas enfermedades mentales en las que hay patrones cognitivos rígidos: las rumiaciones, cuando tenemos ansiedad y damos vueltas sobre lo mismo; en la depresión tenemos una idea o convicción de que algo está mal, pensamientos circulares difíciles de evitar; lo vemos también en el trastorno obsesivo compulsivo o en los trastornos de alimentación, con creencias sobre el cuerpo que son muy circulares.

Estas sustancias parecen hacer un reset en esas ideas y los cambios se ven bastante rápido, como después de sesiones con psilocibina, donde se ha visto mayor rango terapéutico. Ha mostrado mejoras muy grandes en depresiones resistentes al tratamiento, y se está viendo que incluso en TOC o en trastornos de alimentación hay evidencia preliminar que sugiere que pueden mejorar.

P. Si los psicodélicos facilitan plasticidad en el cerebro, igual que ayudan a deshacer nudos que provocan la depresión, ¿también pueden generar problemas nuevos?

R. Claro que sí, esto hay que investigarlo. Se han visto síntomas secundarios, sobre todo cuando las dosis no son supervisadas o el marco no es el adecuado. En contextos cuidados, parece seguro. Pero necesitamos entender mejor en qué dosis, para quién y cómo.

P. Ahora que los psicodélicos se empiezan a aceptar e, incluso, están de moda, a veces se ve una percepción de que son inocuos. ¿Qué riesgos hay que controlar con estas sustancias?

R. No son inocuos, pero ni los psicodélicos, ni cualquier tratamiento. Todo depende de la dosis, de quién la toma y de cómo la toma. El mayor peligro y lo que ha dado mala reputación a muchas de estas sustancias es que han existido en un mercado ilegal, donde la gente cree que toma cosas que no son. Por eso en el ámbito clínico lo primero que se monitoriza son las dosis. No hay opción de aumentar porque “se siente bien”.

Y, por supuesto, el hecho de que no todos los psicodélicos son buenos para todo y para todos, aunque tengan un potencial terapéutico muy grande.

Gran parte del enfoque de la investigación ahora es tratar de entender, de todas las sustancias que parecen tener un potencial terapéutico, qué tipo de personas se van a beneficiar y cuáles no. Hay que entender las contraindicaciones y qué personas se pueden beneficiar, por ejemplo, de una terapia con MDMA, con psilocibina o ayahuasca. Son totalmente diferentes.

Parte de la investigación es tratar de entender cómo cambia el efecto de las sustancias la historia personal, cuál es la enfermedad que estamos tratando, incluso cuál es la historia familiar, si hay otros miembros que hayan tenido enfermedades mentales o hayan tenido anteriormente reacciones adversas a sustancias de este tipo.

P. También trabaja en psicosis, en detectar con antelación las personas con riesgo de sufrirlas para evitarlas o paliar sus efectos.

R. La psicosis se refiere cuando alguien tiene cambios en su percepción de la realidad. Una persona comienza a tener una idea que se vuelve tan fuerte que, de cierta manera, nuestro cerebro trata de procesar toda la información que le llega como confirmación de esa idea, o trata de asociarla a esa idea y relacionar cosas que no están relacionadas. Y de repente es como si esa idea se robara toda la energía, toda la atención en la vida. Esa creencia comienza a ser lo más importante. Habitualmente está asociada a un miedo muy grande, lo que llamamos paranoia.

Hay diferentes contenidos: la persona puede creer que le están persiguiendo, o que tiene un poder, un superpoder, o que tiene una misión, pero de repente comienza a ver que todo está relacionado con esa idea. Ya sea: “me están persiguiendo”, “mi vecino es un alien”, la idea que sea.

Eso es lo que llamamos delirios. Aparte, otras personas pueden presentar lo que llamamos alucinaciones. Lo más frecuente es escuchar voces o cosas que no están ahí. Algunas personas también pueden ver cosas, pero es menos habitual. Además de estos cambios en la percepción y en el procesarmiento de información viene acompañada de un miedo enorme.

P. ¿Qué más se sabe?

R. En la mayoría de los casos comienza antes de los 20 y es más frecuente en los hombres. También sabemos que hay un segundo pico de psicosis de presentación que suele pasar en mujeres alrededor de cambios hormonales en la menopausia. De esto no se habla mucho y todavía hay mucho estigma, pero existe.

Lo que sabemos es que cuando las personas están presentando estos cambios, lo más importante es poder detectarlos a tiempo. Porque en ese momento hay un proceso de inflamación que está creando cambios a nivel cerebral que pueden producir, a largo plazo, cambios cognitivos o de memoria.

P. ¿Se puede intervenir?

R. A nivel mundial, el primer modelo de intervención temprana se desarrolló en Australia. La persona, durante al menos 3 años, va a ser vista muy frecuentemente, casi cada semana, por médicos, psicólogos, terapeutas ocupacionales; se trabaja con la familia, con la escuela, con el trabajo. Todo se enfoca en ayudar a que la persona vuelva a su vida como estaba antes de enfermar.

Lo que se ha visto es que, si se logra hacer este cambio en los primeros 3 años, y sobre todo, lo más importante, si la persona logra reconocer ese episodio como algo anormal, entender por qué es mejor seguir el tratamiento, detectar los síntomas tempranos de recaída (cada persona tiene los suyos), y vuelve a su funcionamiento previo, se puede prevenir a mediano o largo plazo que la enfermedad se deteriore.

Antes creíamos que no había forma de detener el progreso de las psicosis, o que necesariamente todo el mundo acabaría con mucho deterioro en un hospital mental. Ya sabemos que no es así. Pero hay que actuar temprano y trabajar mucho en tratamiento y en la educación de la persona y de la familia.