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domingo, 25 de octubre de 2026

Entrevista a Pedro Almodóvar

 Leer a Pedro Almodóvar: “El escritor es egoísta por naturaleza”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Pablo Guimón, 24 oct 2026:

Desde niño soñaba con ser novelista. Tras una vida dedicado al cine, el director manchego publica a los 77 años ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, una ficción tan libre como sus películas atravesada por su pasión lectora

Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

Pregunta. “Lo que tienes en tus manos”, dice en el prólogo del libro, “es una novela escrita con ansiedad”. ¿De dónde nace esa ansiedad?

Respuesta. No sé. Desde luego es algo que está en mi carácter. Y no siempre es malo, porque la ansiedad que me ha empujado a escribir este libro ha sido totalmente positiva. Ha sido como quitarle un tapón a una tinaja. De pronto, todo el líquido ha salido a borbotones. En otros casos la ansiedad no es buena. De hecho, he estado dos veces en el hospital por culpa de la ansiedad. Yo creo que viene de mi carácter, y también de que en el cine casi nunca hay tiempo. Por muy holgada que sea la producción, siempre te quedas corto. Me funciona muy bien la adrenalina porque me despierta, pero te quedas después un poco bajo y yo tengo que tener cuidado. He tenido una vez una crisis de ansiedad muy aguda, la única vez que tuve que ir a un neurólogo, y debo cuidarlo porque me ocurre sin darme cuenta.

P. Esa ansiedad suya la comparten también Flavio, el protagonista de su novela, y Patty Diphusa, aquella estrella de fotonovelas porno, paradigma de la Movida, sobre la que escribía por entregas en la revista La Luna.

R. Totalmente. En Patty Diphusa, reconozco que me llamaban de La Luna para decirme que me enviaban ya al motorista para recoger el texto, y yo en esa media hora hasta que llegaba el motorista me escribía el capítulo, metiéndome antes unas cuantas rayas de coca. Patty Diphusa estaba muy muy drogada. Era el efecto de que yo lo escribía siempre en un estado alterado. Pero ahora ya no es así en absoluto.

P. Antes era la cocaína y ahora es la adrenalina.

R. Sí, sí, total. Pero siempre es buena señal eso de que empiezas a escribir algo, y por la noche estás leyendo otra cosa que no tiene nada que ver y te continúa la idea. Yo tengo que apuntarlo corriendo en el libro. Mis libros están llenos de notas.

“Cancelar a un autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero yo no soy mitómano de lo personal”

P. “Todo lo que me emociona o interpela en un libro o una película es mío, forma parte de mi propia experiencia”, dice Flavio, citando a Borges. ¿Podría aplicarse a usted?

R. Lo que le gustaba a Borges era que le contaran, y después ese recuerdo ya era suyo. Él ya podía manejar ese recuerdo como propio. A mí eso me pasa con las películas. Una vez que veo una película que me conmueve, esa conmoción y ese sentimiento ya me pertenece a mí. No le pertenece a la película, a pesar de que es la película la que me lo genera. Lo hago mío. Como si estuviera hablando de que he venido aquí y me he sentado a hablar contigo. Es decir, para mí es mío, esa experiencia es mía.

P. Eso se ve en Amarga Navidad, donde utiliza vivencias de personas cercanas.

R. La autoficción. Y los límites de la autoficción, si los hay. El autor se cree dueño de todo lo que ha experimentado en su vida, y ha experimentado muchas cosas que han sido corales. ¿Hasta qué punto tienes derecho a contarlo o a hacerlo tuyo todo? Es un problema moral que yo no sé cómo se resuelve. Creo que la clave es tratar de no hacer mal a nadie. Eso es lo que a mí me guía. Cuando tienes una idea, estás escribiendo y ese recuerdo te viene muy bien para lo que quieres contar, es difícil rechazarlo. Es difícil decir: tengo que respetar a mi amigo y no meterme en este fregado. El escritor es egoísta por naturaleza. Piensa en lo que está escribiendo y en ese momento no piensa en su amigo, su pareja o quien sea. El narrador es un ser egoísta. Y eso no es bueno, pero es la naturaleza de las cosas.

P. Se lo dice el personaje de Aitana al de Sbaraglia en Amarga Navidad: “Tú eres más sincero cuando escribes”. ¿Le sucede a usted lo mismo que a su alter ego?

R. Creo que en la escritura me expongo más. Hay algo en la escritura que, en mi caso, no es que me impida mentir pero me cuesta más. A la hora de escribir, tal vez por el respeto a la literatura, yo estoy dispuesto a sacrificarme y entrar en cosas en las que no me siento del todo cómodo. Me gustan para escribirlas, pero no me gustan cuando pienso que en el futuro tendré que hablar de ellas con periodistas. Porque entonces ahí sí te estás exponiendo ya directamente. Me siento más expuesto, de un modo más profundo, cuando escribo.

P. Escribe desde muy pequeño. ¿Se sintió antes escritor o cineasta?

R. Yo me sentía como esas actrices que empiezan siendo vedettes en una revista musical y, de pronto, las llaman para hacer un papel dramático y dan el salto a un género que es más difícil. Yo me veía como de revista, y no en un género más dramático. Tenía un poco ese complejo o, más que complejo, esa conciencia. Yo he escrito toda mi vida, desde los 11 años, pero no creo que sea una persona que tenga una cualidad extraordinaria para escribir. De eso te vas dando cuenta. Mi vocación era ser un gran novelista. Pero según pasaba el tiempo me daba cuenta de que no estaba capacitado.

P. ¿Por qué?

R. Pues porque veía la propia tosquedad del material que escribía. Pero lo que sí sentí desde muy pequeño es que tenía una imaginación muy grande. Una capacidad de fabular extraordinaria. Y eso afortunadamente no me ha abandonado. Pero también descubres con el tiempo que eso no basta, que la imaginación es solo un elemento más. Que necesitas un montón de otras cualidades para escribir una novela. A los 18 años me di cuenta de que yo lo que quería era narrar, contar historias. Y me pareció que tenía más facilidad para contarlas con imagen, es decir, en cine, que en literatura. Me compré una cámara de Súper 8 y empecé a hacer peliculitas, todas ya narrativas. Vocación narrativa he tenido siempre. Y llega un momento en que, para mí, el cine es una pasión. No es un trabajo, se parece mucho a una adicción.

P. ¿Adicción al cine?

R. Yo he tenido adicción al tabaco, sé lo que es una adicción, y esto se parece. Y ahora mismo, en la tercera etapa de mi vida, noto de un modo mucho más claro que antes que lo vivo de un modo adictivo. Yo no he tenido el problema de encontrarme con una época de sequía narrativa, afortunadamente, pero llegará en cualquier momento. Esas cosas llegan. Pero yo lo viviría también absolutamente como una agonía. Eso me convierte en director. En cambio, siempre he tenido la vocación de escribir una novela y no la he escrito hasta ahora. Con el tiempo he estado incluso dispuesto a escribir una que no fuera una gran novela, que era lo que yo quería de adolescente, sino que fuera una novela entretenida, amena y que te sirviera para un viaje de dos horas. Ya me había rebajado yo mismo mis aspiraciones (risas).

P. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

R. Nosotros nacimos toda la familia en Calzada de Calatrava [Ciudad Real] y después nos mudamos a Extremadura. Desde muy pequeño, yo empecé a leer con los catálogos de Galerías Preciados de mis hermanas. Eran unos catálogos preciosos. Bueno, para fetichistas era increíble porque, claro, estaba ahí toda la ropa interior femenina. Pues yo en ese momento pedía libros a mis hermanas, aunque no conocía nada.

P. ¿Qué tipo de libros?

R. Pues a Françoise Sagan, por ejemplo. Me recuerdo no solo leyéndola, sino sintiéndome muy identificado (risas). Hablaba de una adolescente, de gente bien, de gente intelectual de París. Pues yo la entendía a mi modo y me encantaba. Una cierta sonrisa. Buenos días, tristeza… Las recuerdo mucho porque eran las primeras novelas que leí. Después había una colección, muy de mi generación, que se llamaba Colección Reno. Estaban Mika Waltari, Jack London, Jonathan Swift... y alguien tuvo la buena idea de poner en esa colección a Hermann Hesse. Estos fueron los primeros libros que fui leyendo. Antes de eso, yo iba a dar clase a la casa de un señor, que no era maestro ni nada, pero que recogía a todos los niños de la calle. Esto era muy de los años cincuenta. Las madres nos llevaban cuando teníamos tres, cuatro y cinco años y así nos quitaban de casa. Él no tenía ninguna titulación, pero nos enseñaba a leer y a escribir. Tenía una enciclopedia, bastante gorda, y me la leí de cabo a rabo.

P. ¿Y qué empieza a leer cuando escapa del pueblo y llega a Madrid?

R. En Extremadura empecé a estudiar el bachillerato, pero duré un año en el pueblo. No resistía y me vine a Madrid. Me vine siendo menor de edad, y amenazado por mi padre, que me decía que me iba a mandar la Guardia Civil. Le dije: “Pues mándamela, pero yo me voy”. Y me fui. Una vez en Madrid, según iba creciendo, ya empecé yo a escoger autores de acuerdo con lo que iba leyendo en los periódicos.

P. ¿Siempre más ficción que ensayo?

R. Sí, sí.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Pues no sé. Yo creo que debería leer más ensayo. Leo en el periódico a muchos escritores de ensayos, sobre la época que estamos viviendo o sobre cualquier otra cosa, y me digo a mí mismo que debería estar leyéndolos. Creo que es simplemente que una novela me resulta más fácil, más entretenido.

P. Es curioso, porque parece como que disociara eso. En sus primeras películas apenas se habla del franquismo, no se habla casi de política. Tampoco en las más recientes. Y en cambio usted siempre ha sido un personaje muy comprometido con sus ideas en público.

R. Sí, y me crea cierta… no es mala conciencia, no es tanto, porque yo lo que hago es entregarme absolutamente en cuerpo y alma a lo que escribo y creo que es lo más honesto que puedo hacer. Pero echo de menos no tener en mi filmografía más películas sociales, porque a mí me preocupan mucho los problemas de mi país y los problemas de la ciudadanía. Pero también creo que eso es una cuestión de capacidad. Tengo más capacidad para escribir sobre otros temas que sobre temas sociales, al menos al nivel que a mí me gustaría para no caer en tópicos ni en lugares comunes.

P. En la novela vuelve a verse cierta nostalgia del Madrid de los ochenta. “Nos creíamos renacentistas, pero no era cierto. Nadie se sentía aprendiz, sino estrella”. ¿Echa de menos esa actitud?

R. Era tal cual. Sobre todo al principio de los años ochenta. Nos creíamos estrellas y estábamos aprendiendo. Aprendiendo desde la nada. Creo que cuando eres joven ahora mismo resulta mucho más difícil. Lo que tienen los jóvenes ahora que no teníamos nosotros, y es malo para los de ahora, es que desde el primer momento forman parte del mercado. Nosotros no éramos parte del mercado, no éramos parte de nada excepto de nuestro propio placer. No sabíamos todavía nada, pero había ideas. A tener ideas no se puede aprender. Yo no quiero ser nostálgico. No, no lo soy. Pero echo mucho de menos mi juventud y mi juventud fue los ochenta.

P. ¿Para que le interese un libro, tiene que interesarle su autor?

R. No, no. Yo, por ejemplo, a Philip Roth no tenía el menor interés en conocerlo. De hecho, si hubiera querido lo habría conocido. Porque eso es muy americano. A mí, la primera vez que llegué a Nueva York, me dijeron los distribuidores: ¿a quién quieres conocer? Forma parte de la vida social de allí. Y me ha pasado al revés, por ejemplo, que cuando he ido a Nueva York o a Los Ángeles, yo tenía también mi corte de actores y actrices importantes que ya le habían pedido a mi asistente tener un encuentro con Pedro Almodóvar. Te lo piden como quien pide audiencia. Entonces yo no habría querido conocer a Philip Roth y, sin embargo, adoro absolutamente sus novelas. A mí no me resulta nada difícil separar la persona de su obra, pero alguna vez he caído también en eso. Yo era absoluto fanático de Vargas Llosa, pero cuando se metió en política dejé de leerlo. Y me parece que no se debe hacer. Cancelar al autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero no soy mitómano de lo personal.

P. Adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula, a Thierry Jonquet en La piel que habito, a Alice Munro en Julieta, a Sigrid Nunez en La habitación de al lado, a Jean Cocteau en La voz humana... Pero sus adaptaciones de novelas no son exactamente fieles.

R. Es el único modo en que yo puedo acercarme a una obra de otro. Si no es con absoluta libertad, no lo haría. Y eso los autores tienen que tenerlo en cuenta. Yo he leído a algún autor español decir que dar tu libro para una adaptación cinematográfica es como dar tu hija para que la violen. Ese señor debería saber, y además lo sabe porque es mucho dinero, que hay una cosa que se llama derechos de autor, y que eso sirve para ponérselo en la boca al autor para que no hable. Este tipo de autor a mí me pone muy nervioso. Por ejemplo, Mujeres al borde… se ha puesto en varios sitios como musical o como obra de teatro. Lo primero que le he dicho al autor es que se sienta absolutamente libre.

“Pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine”

P. “Me siento superflua, perdida y (como los últimos cinco años) póstuma”, escribe Susan Sontag. Lo cita Flavio en el libro, y dice que podría haberlo escrito él. ¿Se empieza a sentir póstumo también usted, como Sontag o como Flavio?

R. A veces. No es un sentimiento continuado, porque si no ya sería una crisis. Pero hay veces que sí que me desespero. Fíjate que conocí mucho a Susan Sontag y puedo meterla en el grupo de amigas ilustres. Ella era la curiosidad personificada. No había nadie tan excitable como Susan Sontag. Si llegaba al lugar, quería conocer todo. La baja y la alta cultura, la gastronomía. Era una cosa increíble. Nunca me la hubiera imaginado en un momento de duda, pero fíjate si dudó.

P. En la última edición del festival de Cannes hubo una imagen como de relevo, que recordaba casi a Eva al desnudo. Era usted, con su musa Penélope Cruz, y Los Javis, que acaban de trabajar con ella y salían premiados del festival con La bola negra. ¿Siente que hay un relevo, un traspaso del legado?

R. Yo pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine. Pero evidentemente, con Los Javis, pertenecemos a una rama genealógica y ellos son la parte más fresca y recién llegada de ese árbol en el que yo estoy también. Sí, sí. No es que estén imitándome, sino que hay algo en el espíritu, en ese eclecticismo absoluto que tienen, la falta de respeto que tienen a los temas, en lo que nos identificamos y que yo espero seguir teniendo.

P. Dicen que está con un nuevo proyecto ya avanzado.

R. Muy, muy avanzado. Será muy distinto de lo último. No podría vivir si no estoy con algo entre manos. Me quedaría muy triste.

El hombre que solo escribía en los aviones, Pedro Almodóvar. Reservoir Books, 2026

256 páginas. 20,90 euros. A la venta el 29 de octubre

sábado, 25 de julio de 2026

La muerte de Francisco Javier Lumbreras Herrero

     A los dos días de haber abandonado ya este mundo, sin duda alguna una de las sucursales menos concurridas de la realidad, me enteré del fallecimiento de mi amigo Francisco Javier Lumbreras Herrero, profesor de filosofía en enseñanzas medias, culto, inteligente, viajero; ostendido y colado entre los muchos vericuetos del no-yo, plurilingüe, vividor primum antes que filósofo deinde ya sin ganas, no porque no quisiera, sino porque no podía ni le llegaba el cuerpo; escritor torrencial inédito, con quid divinum y a veces maleficum. Tuvo muchas parejas y muchos conocidos, incluso personajes curiosos y de nota, principalmente poetas, muchos de ellos de Málaga, por ejemplo el satírico José Aguilar Jurado, quien se ocultaba bajo el pseudónimo de fray Josepho de la Tarima, quien le dedicó un poema. 

    Se hallaba ya en las últimas: tres sesiones de diálisis por semana, aviejado por las distintas secuelas de sus no pocas batallas con y contra las sustancias enteógenas, jubilado por emergencia, cojo, medio ciego, desmolarizado y derrengado por la fatiga de su ya descompasado corazón y los derrames cerebrales, ocasionados creo yo por su afición a los chinos; él, tan senderista y deportivo como era de joven antes de que se amustiara en Ciudad Real. Cuando hablaba con el Lumbreras de sus últimos años admitiría que se hallaba instalado en alguna antecámara fúnebre, en el andén de la Muerte, apenumbrado y sin nada que decir tras que muriera su última pareja y consuelo, una periodista fenecida por sorpresa de lo mismo que él ya veía venir. Como tantos grandes duques de La Poblachuela, había dicho ya casi de todo, en su obra inédita o a sus raros amigos; lo que omitió creo yo que era incluso más valioso; pero se perdió para nunca. Algo puede sospecharse aún, en las prosas y poesías de su blog, cuyo enlace incluyo aquí. También entre los papeles que me regaló. Nunca corregía, y, si se arrepentía, estrujaba y tiraba el papel. Quizá, si se reencarna tras haber bebido las aguas del Leteo y Eunoé,  aún podrá reescribirlo o incluso añadir algo para que se pierda otra vez en el ciclo del samsara, como esos mandalas de arena en colores que, una vez hechos, los propios monjes borran. 

    Pero yo le deseo paz y sé que la tendrá. Hizo el bien muchas veces, siguiendo los arrebatos de una conducta honorable que algunos decían estaba demasiado comprometida con todo lo que se creaba, pensaba y vivía en los setenta. Eso no le hizo a la postre mucho bien, y se perdió tanto a veces dentro de su propio mandala que incluso se encontró una vez como el protagonista involuntario de la película Ladrón de bicicletas, aunque lo que buscaba era algo indefinible, una postergación sin fin que siempre decaía y lo desilusionaba transformándolo en el bicho de Kafka. 

    Le sobreviven su madre y su hermano y una incierta legión de amigos, incluso algunos enemigos, por los andurriales de Europa, África y Asia, y por los de Daimiel, Málaga, Granada y Ciudad Real. Era hijo de un famoso psiquiatra de esta última ciudad, a la que nunca logró acomodarse salvo para cuidar de su madre en su  periodo final, pues no admitía a casi nadie que cuidara de él; vivió una inolvidable infancia en Libia durante la dictadura de Gadafi y adquirió una incurable curiosidad de saber que le llevó a acumular una gran librería, y la añadió a la colección de máscaras africanas de su padre y su hermano, el diestro abogado. Sus cenizas se encuentran en el panteón de su familia, en Consuegra. Sit tibi terra levis, o, en la lengua de Aristóteles, κούφα σοι χθὼν ἐπάνωθε πέσοι.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Entrevista con Pedro Almodóvar

 Pedro Almodóvar: “Mi pudor se ha resquebrajado. Ahora me siento más desnudo”, en El País, por Álex Vicente, 8 mar 2026:

La nueva película del director, ‘Amarga Navidad’, es su obra más íntima: un relato sobre el duelo y la depresión que se pregunta hasta qué punto un cineasta puede inspirarse en las vidas ajenas. En ella, todos los espejos reflejan su propia imagen

2026

A Pedro Almodóvar lo vemos primero de lejos, desde la calle: en el segundo piso del edificio, una mata de pelo blanco y una silueta vestida de colores vivos se distinguen tras el cristal. Está inclinado sobre la mesa, trabajando con la concentración obstinada de quien sigue corrigiendo una frase que otros ya habrían dado por buena. La oficina de su productora, El Deseo, ocupa una travesía discreta junto a Las Ventas, más próxima a la M-30 que al lujo añejo de la Castellana, en ese Madrid lateral que aún conserva algo de barrio antiguo. Al subir, aparece sentado en un despacho que tiene algo de museo doméstico. A un lado, sobre una pared azul con matices de turquesa, un mosaico inmenso de fotos enmarcadas —retratos con sus actrices, instantáneas de grupo, recuerdos de sus rodajes— funciona como reflejo de toda una vida consagrada al cine. Al otro, una estantería reúne libros de arte, fotografía y moda, junto a varios trofeos —vemos un Bafta, un César, un Goya, pero no sus dos Oscar— y dos carteles de películas: los de Ocho y medio y Eva al desnudo, faros de una trayectoria dedicada a fabricar imágenes.

Almodóvar ha dormido mal y reconoce que está algo disperso. “No sé qué versión de mí mismo va a aparecer en esta entrevista”, dice el director, consciente de contener multitudes. Está contento y, tal vez, algo preocupado. Se dice satisfecho con su última película, Amarga Navidad, que llegará a los cines españoles el 20 de marzo. En los primeros pases, asegura, la respuesta ha sido unánimemente buena. “Las primeras reacciones siempre te dan una idea de cómo va a ser el futuro de una película. Esta pinta bastante bien”. A la vez, sabe que, en esta historia, un relato poliédrico y en clave autobiográfica, se ha expuesto como nunca. “Soy una persona pudorosa, pero he ido perdiendo el pudor en mis últimas películas. No he querido que se supiera absolutamente nada de nadie que haya formado parte de mi vida, ni de los hombres ni de las mujeres. He mantenido siempre esas puertas cerradas. En los últimos años, eso ha cambiado un poco”, reconoce.

Amarga Navidad, titulada como el famoso bolero, alterna dos tiempos y dos relatos que terminan reflejándose el uno en el otro. El primero transcurre en diciembre de 2004, durante el largo puente de la Constitución. Gira en torno a Elsa (Bárbara Lennie), realizadora de publicidad y cineasta “de culto” con la única película que dirigió tiempo atrás, marcada por el duelo por su madre y rodeada por dos amigas, Patricia y Natalia (Victoria Luengo y Milena Smit), que también arrastran sus propias pérdidas. La segunda sucede en el verano de 2026 y tiene como protagonista a Raúl Rossetti (Leonardo Sbaraglia), guionista y director de éxito que, al borde de los 60, atraviesa una larga sequía creativa. Vive recluido en un universo cada vez más reducido: su compañero Santi (Quim Gutiérrez) y su asistente Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su mano derecha, que acaba de abandonarlo para ocuparse de un asunto personal. Muy pronto se revela que la historia de Elsa no es sino el guion que Raúl escribe en busca de una salida a su crisis de escritura: un relato alimentado por su memoria, por su intimidad y por las vidas de quienes lo rodean, utilizadas sin su consentimiento. Elsa es un alter ego de Raúl, y este, a su vez, ejerce de doble del propio cineasta, quien también se refleja en Elsa, una versión remota de sí mismo. En Amarga Navidad, todos los espejos devuelven una y otra vez la imagen de su autor.

En el cine de Almodóvar, lo escrito, lo filmado y lo vivido siempre han funcionado como vasos comunicantes. Amarga Navidad lleva al primer plano esa porosidad entre realidad y ficción, entre memoria e invención, y también el dilema moral que se abre cuando un creador decide utilizar las vidas ajenas en sus películas. Con permiso de Dolor y gloria, a la que él mismo califica como “una película hermana”, nunca ha rodado nada tan próximo a la autoficción. “Es una película que claramente me refleja”, admite. “Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”.

Aun así, no todo coincide. A diferencia de Raúl Rossetti, hundido en una crisis creativa severa, Almodóvar insiste en que él atraviesa un momento muy fértil, aunque reconoce en ese personaje algunos rasgos propios: la soledad y la desorientación de la madurez, la convicción de que su única pasión verdadera, lo único que da sentido a su vida, sigue siendo hacer cine. “Raúl Rossetti solo vive para contar historias que le arrebaten. Hasta que las encuentra, todo es vacío e insatisfacción”, relata. De nuevo, aparece un reflejo familiar: su fama de obsesivo y estajanovista le precede.

—Cuesta no leer en esas palabras una identificación con el personaje.

—Sí, esa parte es muy autobiográfica, aunque en mi vida no sea tan dramática. Pero es así, para bien y para mal. Yo escribo todos los días. No quiero imaginarme a mí mismo en el momento en que no tenga nada que contar. Ya tengo más de 70 años [en septiembre cumplirá 76] y eso hace que ahora trabaje mucho más que en la década pasada. Es una buena práctica para que el futuro me encuentre ocupado.

—El futuro, por no decir la muerte. ¿Esa adicción al trabajo encubre un miedo al vacío?

—Absolutamente. Al dedicarme tanto a esto del cine, he descuidado otras partes de mi vida. Y ya no sé si son recuperables. Incluso en los ochenta, que me pasé mucho, solo me pasé lo justo para no dejar de trabajar. Echo mucho de menos aquella época: el delirio, las noches en blanco, los pasotes. Pero llega un momento en que tienes que elegir entre vivir y morir.

2003

El origen de Amarga Navidad se encuentra en un cuento escrito en 2003 e incluido después en El último sueño, la antología de relatos breves que Almodóvar publicó hace un par de años. Aquel texto nació cuando su cuerpo lo obligó, por primera vez, a detenerse: su primer ataque de pánico. “Hoy todo el mundo sabe lo que es, porque hasta a Isabel Pantoja le dio uno en Supervivientes”, bromea. “Pero yo entonces no sabía qué me pasaba. Fue una mezcla de migraña, una vieja conocida, y de algo completamente distinto, como un alien que se te agita por dentro. Sentí de manera brutal que iba a colapsar, que me moría”.

Vista a distancia, esa crisis coincidió con una puesta en duda: el momento en que, por primera vez, empezó a mirar hacia atrás de manera frontal para escribir sus guiones. Cuando sucedió, estaba ensayando La mala educación, que recuerda como “un rodaje muy complicado”. También fue la primera película en la que convirtió su infancia en inspiración. Lo primero que encontró en esa excavación arqueológica fue la parte más oscura: las heridas de una educación religiosa marcada por la culpa, la represión y el abuso.

—¿Cree que ese ataque tuvo que ver con esos recuerdos?

—No lo había pensado, pero ahora que lo dices… Es verdad que fue la primera vez que miré hacia atrás de verdad. Y de esa mirada retrospectiva hacia mi infancia, lo primero que salió fue una película sobre lo peor que me pudo ocurrir cuando era niño: que me maleducaran los salesianos.

Abierta esa puerta, Almodóvar ya nunca la cerró. Dos años después, encontró la otra mitad de la historia: no el encierro traumático, sino la alegría de los patios manchegos. No la violencia, sino el universo de mujeres en el que creció. No solo la herida, sino también la alegría. De ese movimiento nacería Volver. “Me sorprendí al descubrir algo muy positivo: mi primera infancia en La Mancha, los patios, las vecinas, mi madre, el universo femenino en el que crecí. Esa fue mi auténtica educación. Mi madre me llevaba con ella o me dejaba con la vecina de enfrente, y yo las oía hablar, cantar, hacer bolillos, criticar. Para mí era un espectáculo”.

En realidad, parte de su vida ya estaba en su cine antes de que la autoficción se convirtiera en algo explícito. ¿No han sido sus grandes heroínas, de un modo u otro, proyecciones de sí mismo? “Depende de cuál…”, esquiva el director. Le hacemos una lista. ¿Pepa, en Mujeres al borde de un ataque de nervios? “Sí, totalmente”. ¿Leo, en La flor de mi secreto? “De las que más”. ¿Marina, en Átame? “Un poco menos, porque toma caballo y hace porno. Lo que me representa en la película es el romanticismo exacerbado de esa pareja”. ¿Y Manuela, en Todo sobre mi madre? “También, aunque con matices. En los grandes autores homosexuales, como Lorca o Tennessee Williams, existe una identificación constante con una voz femenina. La diferencia es que mis personajes parten de mí, pero luego se convierten en mujeres de verdad. Nunca son hombres disfrazados”.

El año 2003 no fue solo el de su primera gran crisis, sino también el momento en que renació como cineasta. Coincidió también con el inicio de su relación con su pareja durante dos décadas, que aparece fugazmente en Amarga Navidad, en un gesto de rara exhibición por parte de alguien tan celoso de su intimidad. “Sí, sale. Pero de eso no hablo”.

“Si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”, explica Almodóvar.

1999

Es una paradoja bastante clásica. En el mismo momento en que el mundo aclamaba a Almodóvar como un genio del cine, él estaba destrozado por dentro. En 1999, Todo sobre mi madre triunfó en Cannes, aceleró la conquista de Estados Unidos y preparó el camino hacia el Oscar, que llegaría pocos meses después. Desde fuera, parecía una culminación: el director pasaba del escándalo de antaño al reconocimiento internacional y entraba por fin en el canon. La procesión, sin embargo, iba por dentro: ese mismo año moría su madre. Tras su fallecimiento, Almodóvar siguió trabajando casi sin interrupción, como el personaje de Bárbara Lennie en su nueva película, como si eso pudiera aplacar el golpe. Hasta que, años después, llegó un duelo diferido.

—¿La muerte de su madre abre otra etapa en su cine?

—Sí, hay una inflexión clarísima. Coincide también con que acabo de cumplir 50 años. Las tres películas que vienen después, Hable con ella, La mala educación y Volver, son claves de mi filmografía. Ahí entro en otro tono. Me convierto en un director adulto.

Desde entonces, su cine está expuesto a la memoria y a la muerte. La mala educación abre la caja negra de la infancia. Volver devuelve a la madre desde el reino de los muertos, como si tratara de resucitarla. Después vendrán Julieta, Dolor y gloria, Madres paralelas o La habitación de al lado, todas atravesadas, de un modo u otro, por la finitud. Ese cambio de eje no ha alterado el placer de hacer cine. “No hay nada comparable al hecho de rodar”, dice. “Me quita todos los males. Cuando me operaron, en la década pasada, creí que no podría volver a rodar. Hasta que descubrí que, en el rodaje, el dolor desaparecía”. Y que regresaba en cuanto gritaba “corten”.

En el obituario que escribió para este diario, Almodóvar recordó la última frase que pronunció su madre. En el hospital, le preguntó si había tormenta. Era un día soleado y la luz entraba por la ventana. Pocas horas más tarde, murió. Después de 27 años, la duda todavía le persigue: “¿A qué tormenta se refería en su último sueño?”. Y se acuerda de sí mismo, en la cumbre de su reconocimiento, llorando bajo las gafas de sol, entre el dolor y la gloria.

“Todos los grandes autores homosexuales se identifican con la voz femenina”, apunta el cineasta.

1959

Antes que cineasta, antes que guionista, Almodóvar se define como narrador. Tal vez porque la palabra remite a un origen anterior a cualquier vocación: la oralidad de los patios manchegos y extremeños, la voz de su madre como primera fabuladora. “La capacidad de narración me la dio ella”, admite. Cuando leía cartas a las vecinas analfabetas, no se limitaba a descifrarlas: las completaba, suavizaba o añadía detalles. “Si en la carta no se mencionaba a una abuela enferma, ella preguntaba por la abuela”. El niño se escandalizaba ante esas mentiras piadosas. “Mucho después entendí que me estaba dando la gran lección de mi vida: que la realidad necesita de la ficción para que sea más vivible”. En Madrigalejo, el pueblo de Cáceres donde pasó parte de su infancia, Almodóvar le tomó el testigo cuando tenía unos 10 años. Él iba al cine en la plaza del pueblo los fines de semana. Al volver, sus hermanas le pedían siempre lo mismo: “Pedro, cuéntanos la película”. Él se la volvía a inventar. “Era tal el delirio narrativo que acababa convirtiéndola en una película distinta, por el fuego interno que me iba caldeando mientras la contaba”. Ahí está, en miniatura, todo su cine.

A esa educación sentimental se sumó otra: la de sentirse señalado como distinto. En el pueblo, y luego en el colegio, notó muy temprano una mirada de rechazo. “No sabía aún cómo nombrarlo, ni sabía qué era la homosexualidad, pero percibía perfectamente que mi diferencia no resultaba aceptable”, recuerda. Los niños, dice, son crueles. También lo fueron los curas. Pero nunca perdió la capacidad de defenderse. “No me callaba. Si había que pelearse, me peleaba”. Habla del recreo y de su actitud beligerante cuando llegó el ocaso del franquismo. “Vivir el final de la dictadura a los 20 años es algo que marca tu vida. Salir a la calle y darte cuenta de que ya no le tienes miedo a un gris es una experiencia muy rotunda. Y ya nunca la olvidas”. La vocación hizo el resto. Cuando llegó a Madrid y descubrió que el régimen había cerrado la Escuela de Cine, buscó trabajo, se compró una cámara de super-8 y empezó a filmar. Antes que nada, quería contar historias. “Yo creo que narrar me ha salvado”.

Para el director de 'Todo sobre mi madre', Amarga Navidad es su película más bergmaniana: la enfermedad, la muerte, el silencio.

2024

Después de la aventura en inglés con La habitación de al lado, Almodóvar regresa a España con la sensación de volver no solo a su lengua, sino a su forma natural de hacer cine. La película, protagonizada por Tilda Swinton y Julianne Moore, le permitió cumplir una vieja curiosidad: rodar en otro idioma y con estrellas de Hollywood, probarse en otro sistema, medir su cine en otro contexto. No reniega de la experiencia. Al contrario, insiste en que sus tres incursiones en inglés —ese largo y dos cortos, La voz humana y Extraña forma de vida— han sido satisfactorias. Pero también le han confirmado lo que ya intuía: que su lugar sigue estando aquí.

—¿Qué es lo que no le convence de Hollywood?

—Estoy más cómodo con mi modo de producir, que es más artesanal. A veces, los estadounidenses se complican demasiado la vida. Tienes un equipo descomunal que no necesitas, pero los sindicatos te lo imponen y tienes que aceptarlo. Si se me ocurre otro guion en inglés, tendrá que ser uno con pocas localizaciones, pocos personajes y que sea contemporáneo. Por eso dejé la adaptación de Manual para mujeres de la limpieza con Cate Blanchett: me pareció demasiado complejo asumir esa escala de rodaje y una película de época. Estoy mayor para ponerme a cambiar de cultura. Sospecho que el resto de mi trayectoria seguirá transcurriendo en España.

Muchas de sus películas nacen de una imagen primera, de una referencia tutelar. El final de Dublineses, de John Huston, inspiró La habitación de al lado, igual que Opening Night originó Todo sobre mi madre o Georges Franju estaba en la raíz de La piel que habito. En Amarga Navidad no hay un referente tan explícito, pero sí una imagen que concentra el tono de la película: la playa negra del Charco de los Clicos, en Lanzarote, volcánica y casi posapocalíptica, un paisaje desnudo donde los personajes parecen estar a la intemperie. Viéndola, es difícil no pensar en Bergman, en otra playa como la de El séptimo sello, con el silencio del cielo ante el sufrimiento humano. “Dentro de mis posibilidades, y pasada por mi propio filtro, Amarga Navidad es mi película más bergmaniana”, asiente Almodóvar. “Bergman era mucho más oscuro, claro, pero comparte algunos de sus elementos: ese silencio, la enfermedad, la conciencia de la muerte”.

Almodóvar duda que vuelva a rodar en EE UU: “Si se me ocurre otro guion en inglés, tendrá que ser con pocas localizaciones y personajes”.

1967

Almodóvar llegó a Madrid con 17 años, en plena época hippy, sin conocer a nadie y después del que recuerda como el único gran enfrentamiento con sus padres. Había terminado el bachillerato y en casa ya le habían encontrado un trabajo en un banco. Él se negó a aceptar ese destino: “Les dije que me iba a Madrid”. Su padre, acostumbrado a decidir por todos, lo amenazó con la Guardia Civil: aún era menor de edad. “Ya puedes ir hablando con ella, porque me voy”, le contestó. “Me vio tan decidido que no se opuso”.

Los últimos sesenta y los setenta apenas aparecen en su relato personal, como si entre la infancia manchega y la explosión de los ochenta solo hubiera una elipsis. Pero ahí se encuentra, en realidad, otro momento decisivo. “Es verdad que es una década poco narrada en mi vida. Tenía un proyecto sobre los setenta que nunca llegué a hacer”. El primer Madrid que encuentra no es todavía el de la leyenda de la Movida, sino una ciudad a medio despertar. “Lo moderno estaba en la plaza de Santa Ana”, recuerda. Almodóvar se dejó crecer el pelo, se hizo pulseras con abalorios y entró en el cine como extra, reclutado entre los melenudos de esa plaza del centro de Madrid para llenar números musicales en las películas de la época. En una de ellas, Con ella llegó el amor, protagonizada por el rumbero Chacho, asegura que se le ve bien la cara, “bailando como un loco y con melenón”.

Sin dinero y sin la posibilidad de estudiar cine, decidió presentarse a las oposiciones de Telefónica. No solo las aprobó: quedó en el número uno. “Ocho meses después tuve que incorporarme”. No trabajó en la centralita, como reza la leyenda, sino en el departamento que asignaba números de teléfono. Ese empleo le dio un sueldo fijo, tranquilizó a sus padres y, sobre todo, le permitió financiar sus primeros cortos. Entre 1973 y 1979 filmó múltiples cortos con amigos, atravesados ya por los temas que después poblarían su obra: el sexo y el deseo, la mezcla de melodrama y comedia, la transexualidad y la provocación.

En esa época, madrugaba para ir a Telefónica, salía a las tres de la tarde, empalmaba noches de fiesta con mañanas de oficina y se entregaba al teatro independiente. En 1972 entró en contacto con Los Goliardos, compañía con la que representó una versión gamberra de La boda de los pequeños burgueses. “No entiendo cómo no nos llevaron a la cárcel”. Fue en ese circuito donde se cruzó con la figura decisiva: Carmen Maura. La conoció en 1978, durante una función de Las manos sucias, de Sartre. “Ella ya era una actriz reconocida; yo, poco más que un meritorio. Pero era el único de la compañía que le interesaba. Fue ella quien de verdad me descubrió”. También fue ella, una década antes de su célebre desencuentro, quien lo ayudó a reunir, junto a Félix Rotaeta, las “trescientas y pico mil pesetas” necesarias para comprar el negativo con el que rodó su debut, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, en 1980. El rodaje fue pura guerrilla: sin permisos, sin apenas dinero, alargado durante año y medio. “Ninguno consciente de que yo aquello lo iba a estrenar. Yo era el único que sabía que, fuera como fuera, iba a llegar a poner la palabra fin”.

“Me apetecía meterme conmigo mismo. Llevo 24 películas hechas: cualquier idea que me sorprenda, aunque sea a mi costa, la aprovecho”, dice Pedro Almodóvar.

1988

Mucho antes de que la autoficción se volviera una etiqueta prestigiosa, Almodóvar ya se enfrentaba a la pregunta que recorre Amarga Navidad. ¿Qué derecho tiene un creador a convertir la vida ajena en ficción? Asegura que inspirarse en los demás no le ha supuesto conflictos, con una sola excepción. Sucedió con Mujeres al borde de un ataque de nervios, estrenada en 1988. La historia de Candela, el personaje de María Barranco, partía de un episodio protagonizado por una amiga íntima, personaje conocido de la Movida, con la que había convivido varios años. En la película, Candela irrumpe en casa de Pepa hecha un manojo de nervios: se ha enamorado sin saberlo de un hombre ligado a una célula terrorista, lo ha ayudado a esconderse y teme que la policía la tome por cómplice. “Solo que sus protagonistas de verdad no eran chiitas, sino etarras”, recuerda. Almodóvar transformó la anécdota en comedia. Cuando su amiga vio la película, montó en cólera. “Pero… ¿cómo te has atrevido a poner eso?”. Almodóvar se escudó en el argumento clásico: nadie iba a reconocerla, la ficción lo había transformado todo. Su respuesta fue fulminante: “Él sí se reconocerá”. La frase, que recupera para un diálogo de Amarga Navidad, le dejó una lección duradera: por mucho que se cambien los nombres y se disfracen los hechos, siempre hay alguien que se dará por aludido.

—¿Existe culpa cuando uno se inspira en los demás?

—A veces bordeas ese sentimiento. No mientras escribes, porque ahí manda la pasión por la historia. Pero, cuando terminas, la pregunta aparece: si has ido demasiado lejos, si tenías derecho a contar eso. Claro que te lo planteas, porque si no serías un psicópata. Yo creo que cada uno sabe dónde está el límite.

—¿Y cuál es el suyo?

—No tengo una regla. Cuando escribo, me siento totalmente libre. Pero también creo que hay una sensibilidad moral que te hace saber hasta dónde puedes llegar. Se trata de no hacer daño a nadie. No puedes escribir tu guion caiga quien caiga.

Amarga Navidad, que se inspira parcialmente en las vidas de personas que viven y trabajan con el director, convierte ese conflicto en una parte central de la cinta. “Es una película que se vuelve contra sí misma”, dice. Hacia el final, en una grandiosa secuencia de confrontación rodada en un remedo del Retiro madrileño, Mónica, la asistente de Rossetti, le reprocha que haya usado las vidas de los demás. Pero también que se repita desde hace años. Que haya perdido la gracia. Que explote dramatúrgicamente, una película tras otra, el duelo por su madre. Son ataques que ha recibido estos últimos años el propio Almodóvar. De nuevo se confunde el personaje y su creador.

—Nunca lo habíamos visto siendo tan autocrítico.

—Tienes razón, nunca lo he sido. Pero la idea me divertía, me apetecía meterme conmigo mismo. Llevo 24 películas hechas: cualquier idea que me sorprenda, aunque sea a mi costa, la aprovecho. Si una idea vale la pena, entra en la película, incluso si va contra mí.

2019

Dolor y gloria es otro giro decisivo en el cine de Almodóvar. A partir de entonces, su reflejo en los personajes masculinos se ha vuelto bastante más nítido. Lo reconoce sin rodeos: “Es un movimiento deliberado. Mi pudor, en las últimas películas, se ha ido resquebrajando también en ese sentido”. De ahí nacen figuras como Salvador Mallo, el cineasta interpretado por Antonio Banderas en Dolor y gloria, y, ahora, Raúl Rossetti.

En sus últimos proyectos, la imagen de la masculinidad también ha cambiado. En Amarga Navidad, los hombres ya no son solo emblemas de deseo y brutalidad como en otros momentos de su carrera. También son personajes que apoyan y cuidan. Sucede tanto con Santi como con Bonifacio (Patrick Criado, tal vez la gran sorpresa de esta película), bombero y bailarín de striptease. El primero vive al lado de Rossetti, entregado a una lealtad silenciosa y sacrificada. En el cuento del que nace la película, Almodóvar ya lo había escrito con claridad: “En momentos como este lo importante es estar, acompañar, como hacen los animales”.

—¿Ha cambiado su imagen de los hombres?

—Sí, aunque ya había precedentes, como los personajes que interpretaba Darío Grandinetti en Hable con ella y en Julieta. La masculinidad ya ha cambiado tanto que no me parece una novedad. Curro Jiménez es un modelo de otro siglo, aunque es cierto que es una estirpe difícil de exterminar.

—La cuestión de los cuidados ocupa cada vez más espacio en su cine. ¿Por qué han adquirido esa importancia?

—Primeramente, porque el mundo envejece. España, desde luego, se hace mayor y se precariza, y más que nunca la gente necesita ayuda. El hecho de cuidar a la persona de al lado se ha convertido en una de las tareas morales del presente.

Al hablar de los cuidados, regresa a La Mancha y a las vecinas de su madre, que cada día golpeaban la ventana hasta oír una respuesta. “Si no contestaba, es que se había muerto”. En el último Almodóvar, cuidar es una forma de amor, de responsabilidad social y, en una época tan áspera, también de resistencia.

2027

Almodóvar ya está escribiendo la siguiente. Termina el guion de una nueva película que, si nada se tuerce, debería rodar el año que viene. Amarga Navidad prolonga la línea de sus últimos trabajos: un cine cada vez más despojado y menos protegido por el artificio. “Sí, soy cada vez más directo y más crudo. Me siento más desnudo en el cine que hago”. La película nace, además, en sintonía con el tiempo que la rodea. En ella hay duelo, accidentes y pérdida, aunque también humor, deseo, color y una vitalidad que se resiste a quedar sepultada en las sombras, como una bellísima escena iluminada por la voz de Amaia Romero. “Es una película oscura y hecha en un momento oscuro”, confirma el director. “Pero yo me propongo ser optimista, diariamente, de un modo casi delirante, porque no hay ninguna razón objetiva para serlo. Pienso en Almudena Grandes, que decía que el optimismo es una forma buenísima de resistencia”.

Desde la pandemia, cada vez le cuesta más soportar lo que ve al encender la televisión: guerras, brutalidad, ultraderechas en ascenso, una violencia política que creía desterrada del horizonte europeo. “Me resulta insoportable ponerme el telediario. Quitando la parte de la dictadura que me tocó vivir, porque era tan niño que no la experimenté de forma consciente, este es el peor momento en el que haya vivido. No pensábamos, cuando luchábamos por nuestras libertades, que en 2026 íbamos a estar hablando de guerras. Ahora se puede volver a ser nazi, asumirlo y comportarse como tal, y no pasa nada. Estoy muy preocupado y me pregunto qué puedo hacer para cambiarlo”. Habla de la política española, del miedo a una brutalidad que creía superada, de unas elecciones generales que se celebrarán, como tarde, en 2027. Le inquieta “esa alianza entre extremismo y neoliberalismo sin freno” que asoma en el horizonte como amenaza global y el efecto rebote de lo que sucede en Estados Unidos, que “alimenta y legitima a las ultraderechas europeas”. Y, sin embargo, se obliga a resistir al fatalismo.

En Amarga Navidad hay una anécdota sobre su amada Chavela Vargas que también parece describir el momento actual de su cine. Cuando cantaba La llorona, a cierta altura de su carrera, Chavela empezó “a decir cada vez más la canción y a cantarla menos”. Si le interesa la Chavela tardía no es por su supuesta decadencia, sino por su forma superior de inteligencia artística. “Cuando perdió la voz, no intentó fingir que seguía siendo la misma: economizó y reservó la explosión para el final”, recuerda Almodóvar. Tampoco él es ya el mismo que en otro tiempo. Su cine ha entrado en una etapa similar: es menos cantado y más dicho. Quizá por eso también suena más hondo.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Tomás Dávila, un clásico manchego que recuperar y editar.

 Copio el artículo que escribí para una enciclopedia en línea colaborativa, pero ampliado y corregido:

Tomás Dávila fue un escritor y monje agustino de fines del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII. Poco se sabe sobre él; en el prólogo a sus Deleytes del espíritu se dice que:

«Nació en la villa de Alcázar de San Juan, provincia de Ciudad Real, y sus padres fueron Sancho Dávila y Ana del Barco. Vistió el hábito de San Agustín en San Felipe el Real el 10 de noviembre de 1670. Puede colegirse su aprovechamiento y amor a las letras del Memorial que, siendo Regente de Teología en Doña María de Aragón de Madrid, presentó al Definitorio exponiendo los deseos de emplear su talento y noticias en servicio de la Provincia, por lo que le suplicaba le nombrasen su cronista. Lo cual le fue concedido; Y el P. Dávila acreditó su laboriosidad ya por el Magisterio que se le confirió el año 1701, ya también por el testimonio de las obras que compuso, cuyo catálogo damos». 

En estas obras figuran además algunos de los cargos que ostentó: lector de teología del convento de N. P. S. Agustín de Ciudad Rodrigo (Salamanca), maestro de estudiantes en el colegio de Doña María de Aragón de Madrid (1687) y lector jubilado (1699). Se ignora la fecha de su muerte.

Entre sus obras destaca el ya citado Deleytes del espíritu... (1803 y 1804), obra póstuma en dos volúmenes y en forma de diálogo entre Philidón y Eusebio (nombres que en griego significan "amador de deleites" y "piadoso") y en el cual el  segundo personaje, español emigrado en Francia por razones algo oscuras ("En España, patria de mis padres y mía que dejamos por la ocasión que sabes, aun no estuviéramos seguros en las cuevas de los montes, porque allí todos celan la verdad de la fe que les predicó Santiago y aprenden las peñas firmeza de los hombres"), pero que insinúa tocan en la Guerra de Sucesión, representa la actitud y valores del autor en defensa de los valores del alma frente a los del cuerpo, que defiende contra el muy hedonista, pirrónico y libertino francés Philidón, antiguo amigo suyo de la niñez, con esperanza de convertirlo. El diálogo transcurre en el jardín de un palacio en Orleáns, en una alameda y en el balcón de una sala del mismo palacio, heredado por Eusebio de su padre, hace dos años fallecido; y durante unas dos semanas se tratan los siguientes temas:

De un Dios y de una religión

Que es menester gustar de Dios para conocerle y que hay cosas sobrenaturales

De la inmortalidad del alma, y de los placeres del cuerpo y de los del espíritu

Los deleites de las artes

Los deleites de las ciencias humanas

Los deleites de la reputación y de la fama

Los deleites de la fortuna

Los deleites de la Filosofía, o de la sabiduría moral

De la creencia de un Dios en tres personas, y de Jesucristo

Que los mayores blasfemadores del nombre de Jesucristo creen que es Dios

De la conversión de Philidón

(continuación): La entrada de Philidón en la villa del verdadero deleite, y del interior

De las virtudes o hijas de la caridad. La humildad, la obediencia, la benignidad, la pureza, la paciencia, la oración, y la mortificación

De la caridad que comprende el amor de Dios, y del prójimo​

Su lenguaje es sereno, equilibrado, sin conceptismos ni cultismos gongorinos: es una prosa clásica y aticista que toma por referente los diálogos De los nombres de Cristo del también agustino fray Luis de León; además prescinde de citas y pedanterías, aunque late por dentro la instrucción que la alimenta. Sirva de ejemplo este fragmento:

El conocimiento de una cosa no es lo que más agrada, sino el amor de ella. Verdad es que, cuanto más conocimiento se tiene, se tiene más amor; y cuanto más amor se tiene, más la cosa agrada y se gusta de ella. Y como el conocimiento aumenta el amor, así el amor fortifica y eleva también el conocimiento; porque amando una cosa nos llevamos mucho más fácilmente a tener muy presto un entero conocimiento de ella y a gustarla bien. Así los que aman el estudio se hacen muy presto sabios, y los que no le aman quedan siempre ignorantes (Deleytes del espíritu, I: "Del deleite de las artes", pp. 192-193).

En el Epinicio sagrado, compuesto con ocasión de dedicar una capilla que los Marqueses de Cerralbo reedificaron en Ciudad Rodrigo a San Andrés por haber destruido un rayo la que antes había, se incluyen dos disertaciones sobre el origen de los templos y el origen de la poesía, llenas de erudición profana y sagrada. Lo restante no se reduce a otra cosa que a extender o hacer una relación de las funciones que se hicieron por la dedicación. En el mismo año imprimió en Salamanca un Sermón sobre la toma de Buda y en Madrid las Vidas de San Furseo y de las santas Eudocia y Rita en los años 1699 y 1705. Menos conocidas son las obras manuscritas a las que se alude en el prólogo de sus póstumos Deleytes del espíritu, que aún había en la Biblioteca Complutense Agustiniana: Apología por el Duque de Aquitania San Guillermo; doce Vidas de Santos del Orden de San Agustín y en especial una obra sobre las guerras de los cristianos en la que habla con erudición sólida así profana como sagrada del origen de ellas: solicitud y precauciones, que en las guerras deben tomarse para evitar los desórdenes a que por la avaricia de los soldados solían estar expuestas.

Obras:

Al Santísimo Sacramento. Oración Evangélica predicada el día de la octava del Corpus a la Orden de Santiago asistida de la Católica Magestad del Rey nuestro señor, recién casado, en el Real convento de San Felipe, Orden de Nuestro Padre San Agustin. Madrid: Impr. del Reino, 1690.

Deleytes del espíritu, del maestro fray Tomás Dávila, agustiniano. Obra pósthuma. Tomo Primero. Madrid: Fuentenebro y Compañía, 1803. XXIV, 328 p.

Deleytes del espíritu, del maestro fray Tomás Dávila, agustiniano. Obra pósthuma. Tomo segundo. Madrid: Fuentenebro y Compañía, 1803. 300 p.

Epinicio sagrado, certamen olímpico áureo en la solemne dedicación de la insigne capilla que al glorioso apóstol San Andrés, Patrón de su casa de Cerralvo, erigió el Eminentisimo Señor Don Francisco Pacheco, primer Arzobispo de Burgos, Protector de España, de la Inquisición general y Virrey de Nápoles. Salamanca: Lucas Pérez,1687. 502 p.

Historia y vida del admirable y estático San Furseo, príncipe heredero de Irlanda, apóstol de muchos reinos y naciones. Maestro sapientísimo de Reyes, y Ministro y monge antiquísimo del Orden de N. P. S. Agustin. Madrid: Lucas Antonio de Bedmar, 1699. 380 p.

Sermón sobre la toma de Buda, Salamanca, 1687.

Vida y milagros de la Gloriosa Santa Rita de Cassia, del Orden de los ermitaños de San Agustin, por el maesro fr. Tomás Dávila, difinidor de la provincia de Castilla, y chronista general de su religión. Sácala a la luz el padre predicador fray Joseph de Badarán, de la misma Orden. Y va al fin la Novena de la Santa. Madrid: Francisco Sanz, impressor del Reyno, y portero de cámara de su Magestad, 1705. 236 p.

Vida y pasión de la santa mártir Eudocia, samaritana, sacada de sus antiquísimas actas por el P. Fr... Madrid: Lucas Antonio de Bedmar,1699. 222 p.

Apología por el Duque de Aquitania San Guillermo, manuscrito inédito

Vidas de Santos del Orden de San Agustín, manuscrito inédito

[Sobre las guerras de los cristianos], manuscrito inédito.

miércoles, 2 de abril de 2025

Salvador Gijón, salvador del mejor cuadro de Yáñez de la Almedina y represaliado republicano

 La heroicidad del manchego Salvador Gijón o cómo romper el relato franquista del expolio rojo del arte, en El País Toledo -31 mar 2025, por José C. Rejas:

Una iniciativa de Sumar pide resarcir la memoria de este maestro y escritor republicano, encarcelado por el falso robo de una tabla del siglo XVI que siempre estuvo en el Prado.

En Almedina, una localidad del Campo de Montiel ( Ciudad Real ) de apenas 500 habitantes, muy pocos conocen la historia de Domingo Cipriano Salvador Gijón , un maestro y escritor republicano al que el franquismo endosó el supuesto robo de una valiosa obra de arte del siglo XVI. Es la tabla Santa Ana, la Virgen, Santa Isabel, San Juan y Jesús niño , realizada por Fernando Yáñez para el retablo de la iglesia de Santa María. La obra, también conocida como La Santa Generación , nunca desapareció y ha estado colgada de las paredes del Museo del Prado desde 1941, sin que nadie reparara en la rocambolesca y trágica historia que escondía una de las obras cumbre de Yáñez de la Almedina , hijo ilustre de la villa y, para muchos expertos, discípulo español de Leonardo da Vinci. La desveló en 2020, en plena pandemia, el profesor valenciano José López Camarillas, cuando investigaba la represión franquista sufrida por un antepasado suyo en Almedina.

Cipriano Salvador ―nacido en Pedro Muñoz en 1894 y fallecido en Toro (Zamora) en 1975― fue un intelectual polifacético y un visionario de La Mancha, a la que quería sacar del analfabetismo y del atraso imperante en la época en muchas otras zonas del país, aprovechando su legado artístico y su protagonismo en El Quijote . Fue en Villanueva de los Infantes, donde vivió y ejerció como docente, cuando se le encargó la misión de salvar las obras de arte de la comarca de Montiel durante la Guerra Civil.

Le avalaban su compromiso con el Frente Popular y su trabajo previo inventariando y catalogando el patrimonio histórico-artístico de toda la provincia, incluida la tabla de Fernando Yáñez que el Museo del Prado ya había intentado comprar en 1930. El filántropo temía que fuera destruido por los anticlericales más exaltados y decidió custodiarla en su casa hasta que la Caja de Reparaciones de la República la recogió en 1938, anotando en el acta las medidas de la obra sin el marco.

La pintura viajó hasta Barcelona, ​​donde permaneció hasta el final de la contienda, cuando las autoridades franquistas la devolvieron a Infantes con las dimensiones, ahora sí, del marco. Esa diferencia de, explica a EL PAÍS López Camarillas, fue aprovechada por el párroco del pueblo para afirmar que la obra era otra y pertenecía a su iglesia y malvenderla por 15.000 pesetas al Museo del Prado (su valor era de 80.000): “El franquismo no sabía que había salvado una obra de carácter religioso. Al contrario, creía que la había destruido, pero tampoco le importaba mucho”.

En 1939, un grupo de falangistas lo detuvo en su casa acusándolo de destruir el cuadro, con el silencio cómplice de la Iglesia y de la pinacoteca, “conocedores de esta injusticia”, afirma el investigador. Cipriano Salvador fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada a 30 años de prisión y trabajos forzados hasta que en 1946 fue amnistiado, aunque desterrado a Madrid. Falleció en 1975 sin que se rectificara el error.

Ahora, 50 años después de su muerte, una proposición no de ley (PNL) impulsada por Sumar en el Congreso de los Diputados busca rehabilitar su figura. “Consideramos que es de justicia reconocer el gran sacrificio de Cipriano Salvador Gijón, quien pagó con su libertad y con su cuerpo que hoy podemos disfrutar de una de las obras más importantes de la pintura española”, reza la iniciativa, que ya ha sido registrada para su discusión en la comisión de cultura antes de que finalice el actual período de sesiones.

Engracia Rivera, diputada de Izquierda Unida y oriunda como López Camarillas de Almedina, cree que contará con la mayoría suficiente para ser aprobada. La PNL, cuenta, no solo busca limpiar la memoria del filántropo manchego, que “protegió y custodió una obra de arte de valor incalculable”. También que Almedina pueda contar con una réplica del cuadro que sirva de revulsivo turístico en una comarca castigada por la despoblación.

Informes favorables

La PNL cuenta con los informes favorables del Ministerio de Cultura y del Museo del Prado. “Se espera cumplir el sueño de Salvador: usar la cultura para impulsar un turismo sostenible que genere riqueza económica y social”, explica López Camarillas, que agradece la colaboración de la pinacoteca desde el inicio: “Volvieron a medir la pintura con marco y sin marco para confirmar mi hipótesis”.

“Creo que están haciendo un trabajo valiente con esta obra y con otras de dudosa procedencia”, destaca. La iniciativa de Sumar pide al Museo del Prado que incorpore en sus guías y materiales divulgativos, y en la sala que exhiba la obra, “toda la información relativa a su procedencia y su historia, así como el papel de la persona que lo protegió”, e insta al Gobierno a realizar un acto de homenaje a Cipriano Salvador y al pueblo de Almedina, colocando una placa que “repare con honores” su nombre.

López Camarillas recuerda, con sabor amargo, que nadie evitó la injusticia que se estaba cometiendo. "Salvador Gijón salvó la vida a un grupo de falangistas y al cura de Montiel, protegió y alimentó a un montón de familias derechistas, había pintado frescos religiosos en la iglesia de la Trinidad. Nada le sirvió en su defensa", lamenta.

Y resumen así lo excepcional de este caso, sepultado, como muchos otros, por la épica evacuación de los tesoros artísticos del Prado, que ha monopolizado otros ejemplos de memoria democrática en el arte: "Es de los primeros que pone nombres y apellidos a un republicano represaliado por salvar patrimonio nacional, pero también a los verdugos que se enriquecieron con su dolor. Y lo hacemos con pruebas, de manera científica, para romper el relato franquista del expolio rojo que durante décadas les ha funcionado para repartir responsabilidades”.

miércoles, 17 de junio de 2020

Ha muerto Alfonso Luna

 Tristemente, casi por pura casualidad me he enterado de la muerte por coronavirus del sacerdote (con trato de monseñor por su cargo último) Alfonso Luna Sánchez, manchego de Villamanrique, amigo mío y profesor de religión en el IES Clavero Fernández de Córdoba de Almagro, donde yo alcancé a conocerlo. Era  un gran hombre y un gran músico, con numerosos discos de canciones publicadas; muy sincero, además, licenciado en Psicología, una carrera que por entonces se sacó a trancas y barrancas, creo que en la UNED. Todavía recuerdo la ilusión con que me mostraba los discos de canciones que le iban publicando y cómo procuraba emparejarme con una moza manchega, antigua compañera de estudios en el Colegio Universitario y conocida mía que andaba aburrida por Moral de Calatrava, creo, o cerca. La sosa necrológica publicada en el Lanza fue esta:

"El jueves 2 de abril de 2020 falleció el sacerdote Alfonso Luna en la residencia de los Hermanos de La Salle en Roma, donde residía. Natural de Villamanrique, tenía 65 años de edad. Fue ordenado sacerdote en 1978 en su localidad natal.



Según informa el obispado, su primer destino pastoral como sacerdote fue como ecónomo de Alamillo y encargado de San Benito. Allí estuvo entre 1978 y 1983, siendo también secretario del arciprestazgo de Almadén entre 1982 y 1983. Este año se le nombró coadjutor de Moral de Calatrava, hasta 1984 y, desde este año hasta 1998, vicario parroquial; quedando entonces como párroco in solidum y moderador de la parroquia de Moral hasta el año 2001. En los años en los que permaneció en Moral fue secretario del arciprestazgo de Calatrava entre 1984 y 1990 y desde 1995 al 2001. Ese año marchó a Roma, donde permaneció hasta la actualidad."

He podido recoger algunos datos más. Cuando hablamos de misas interpretadas por coros de niños, es muy frecuente que estén presentes algunos cantos como: “Jesús eres genial”, “En torno al pan” o “Comer tu pan”, cuyas letras y música fueron compuestas por él. Según otros datos, nació en Ciudad Real en 1954.
 
Ordenado Sacerdote el 24 de octubre de 1978, en su trabajo como religioso, grabó con la casa disquera San Pablo varios discos de música religiosa, muchas veces para coros infantiles. En este terreno fue un gran éxito su "Santo" que todo el mundo, al menos en España, conoce como el "Santo de Händel" (no es de Händel)... y que la gran mayoría de los coros parroquiales tienen en su repertorio con todo tipo de versiones:

 
Según Óscar Valado, que lo conoció en Roma ("es encantador", dijo de él), "habiendo sido uno de los "grandes" de aquel grupo de músicos que despuntaron en España ([Juan Antonio] Espinosa, [Carmelo] Erdozain, [Cesáreo] Gabarain, [Miguel] Manzano [Alonso], [Pascual] Barturen etc.) por su amplia producción de música en español (no toda afortunada, dicho sea de paso), la creación de una asociación promotora de música religiosa (APROMUR) -que se ha quedado en nada- y otra serie de cuestiones... ha decidido volver a las fuentes de la música sacra y él mismo reconoce que no se puede hacer música litúrgica sin conocer la tradición musical de la Iglesia: gregoriano y polifonía, así como la música de órgano". Apromur es el acrónimo de Asociación para la Promoción de la Música Religiosa, fundada en 1980.

Podemos mencionar Comer tu pan (1987), Testigos de la fe (1989), Jesús eres genial (1990) entre otros.

Durante mucho tiempo fue administrador del PIMS (Pontificio Istituto di Musica Sacra / Pontificio Instituto de Música Sacra), en Roma, y por último fue capellán del hospital y clínica de rehabilitación -casa di cura-, aunque parece que era una residencia de unos cincuenta sacerdotes muy ancianos, San Raffaele alla Pisana, por lo que su título fue de monsignore; era delegado de la diócesis de Roma para la pastoral sanitaria. Gracias a sus gestiones la Coral Polifónica Orden de Calatrava de Almagro viajó al Vaticano invitada. El 27 de septiembre de 2009 escribió una carta a la web de una asociación de monaguillos manchega para felicitarla por su portal, que le había gustado mucho. Es esta, al pie de la letra, con la ortografía del ordenador adaptada al italiano:

Quiero saludar quien sea ese martin y felicitrarlo a el y a la parroquia soy un sacerdote m encuentro en roma, y hace 32 anos que estuve de seminarista diacono en esa parroquia, quiero decirles que essistia ya en la parroquia un grupo muy grande de monguillos, siempre ha habido, todavia recuerdo a emilio lorente (rezando el reosario) y a javier infante hermano de otro sacerdote (preguntad por ellos). soy alfonso luna sacerdote de la  diocesis de ciudad real que actualmente trabajo en roma hace anos con sacerdotes de todo el mundo. me ha llmado la atencion la pagina y he entrado por casualidad y me ha gustado tanto que no he tenido por menos que scribir un saludo, animo, no tengo acentos ni tildes pido perdon, la tengo preparada para el italiano, ahora mismo hablo mal el italiano y hablo mal el espagnol, pero me entendereis. felicidades a los sacerdotes de manzanares, saludos, y recuerdo todavia el gran numero de monaguillos que teniamos yo cantaba jugaba y me lo pasaba, fenomenal con ellos, tambien esataba conbmigo matias actualmente parroco de tomelloso, adelante, despues de 32 anos le doy gracias a la Virgen de Altagracia que tanto me ha ayudado en mi vida. doy permiso para publicar mi nota si es vustro deseo. tambien recuerdo todavia a gente, al grupo lazarillo y mas gente de manzanares. cuido de 50 sacerdotes de todo el mundo y esto me ha ilusionado muchismo, lo mismo que la adminsitraccion del instituto pontificio de musica sacra en el cual vivo y trabajo. saludos desde roma, martin adelante con los monguillos. alfonso luna . sacerdote

Ejemplos de su música:


Hay muchos más en Youtube, incluso seis días antes de su muerte, como esta:


En la Biblioteca Nacional constan estos registros:

Testigos de la fe, Madrid: Ediciones Paulinas, 1969 (letra y música impresa). En casette, grupo de cámara "Ad Libitum", con dirección y orquestación de Jesús Glück, Madrid: Ediciones Paulinas, 1989. Incluye: Ven, Señor, a mi juventud; Ser testigos; Joven, cree en Jesús; Eucaristía; Dichosos; Te ofrecemos; Danos tu espíritu; Santo; Danos, oh Señor, tu espíritu; Padre nuestro; Gracias, Señor.

Vamos a celebrar (1993, 2 ediciones).

Adora a tu Señor, 1988 y 1990.

Ven a celebrar. [Barcelona] 1989; letra y música, Alfonso Luna; arreglos: Ángel Pereira (percusión), Pere Soto (guitarra) y Antoni Olaf Sabater (teclados). Voz solista: Alfonso Luna. Contiene: Ven a celebrar; Ven Espíritu de Dios; La fiesta con Jesús: hoy comemos; Cantaré; Teresa; Sólo te ofrezco mis manos hoy; Concédenos la unidad; Al servicio de la Iglesia; Tira tu fusil; Eres joven. También música y letra impresa aparte el mismo año, como en otros casos, esta vez con el título: Ven a celebrar: tu primera comunión, tu confirmación.

Comer tu pan: cantos para eucaristías con chicos y jóvenes, 1987.

Comer tu pan: cantos para primeras comuniones y eucaristías con chicos y jóvenes, 1987.

Comunión, 1987.

Déjate mirar por Él, 1991.

Jesús, eres genial, 1990.

Llénanos de Ti, Madrid: San Pablo, 1996. Cd. Coro del Sagrado Corazón dirigido por Jesús Glück. Contiene: Llénanos de ti; Dios es pan; Venid a la asamblea; Un mandamiento; Los llamaste; Lo mismo que a Andrés; La eucaristía es compartir; El señor es compasivo; Madre del adviento; Celebramos el Domund.

Tengo un amigo; canciones de Primera Comunión; letra y música, Alfonso Luna Sánchez. Madrid: San Pablo Multimedia, 2006. Incluye: Comer tu pan: Jesús es el mejor amigo; Qué alegría siento en mí; María de amor; Este Pan; Venid juntos a la Asamblea; Tengo un amigo; Comer tu pan; He vuelto a sonreír; Jesús me quiere; Te damos gracias, Señor -- Jesús, eres genial: Jesús, eres genial; Vayamos juntos al altar; El Señor me amó; Santo; Hoy es fiesta; Te ofrecemos hoy; Gracias; Necesita nuestras manos; Señor, ten piedad; En torno al pan; La paz; Madre, enséñanos.

Testigos de Jesús, canciones de confirmación; letra y música, Alfonso Luna Sánchez ; Madrid: San Pablo, 2006. Coro "Clave de Fa" y  Grupo de Cámara "Ad Libitum". Contiene: Testigos de la fe: Ven, Señor, a mi juventud; Ser testigos; Joven, cree en Jesús; Eucaristía; Dichosos; Te ofrecemos; Danos tu espíritu; Santo; Danos, oh señor, tu espíritu; Padre nuestro; Gracias, Señor -- Déjate mirar por él: Tú, déjalo todo; Hacen falta brazos en las mies; Encuentro; Jesús, toma mis manos; Hoy decimos que sí; Déjate mirar por él; Tú, señor, me has llamado; Aquí estoy, señor, para hacer tu voluntad; Esta casa es tuya; El señor es mi pastor.

Ruego una oración por su alma.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Otra wiki mía, El Greco en la literatura universal

Otra de mis contribuciones a la Wikipedia (que me hacen perder unos días que para otros son de asueto) fue el resumen de un imponente capítulo de un libro de Leonardo Romero Tobar (cuya biografía también escribí para la Wikipedia) sobre el influjo de nuestro y no nuestro manchego Greco en la literatura, hasta que me cansé y lo dejé en unos puntos suspensivos. Copio aquí el texto:

El influjo de la figura y de la obra del Greco en la literatura española y universal es, sin duda, formidable. El extensísimo capítulo que dedica Rafael Alarcón Sierra al estudio de este influjo en el primer volumen de Temas literarios hispánicos (Zaragoza: Universidad de Zaragoza, 2013, p. 111 y ss.) ni siquiera agota el tema. Si Goya es descubierto por los románticos y Velázquez es considerado un maestro por los pintores del naturalismo y del impresionismo, El Greco es visto como "un precedente de simbolistas, modernistas, cubistas, futuristas o expresionistas, y como ocurre con los anteriores, fuente inagotable de inspiración y estudio [...] en la plástica, la literatura y la historia del arte, donde se crea una nueva categoría para poder explicar su obra, anticlásica y antinaturalista: el manierismo".

En el siglo XVI destacan los elogios tributados por poetas Hortensio Félix Paravicino, Luis de Góngora, Cristóbal de Mesa, José Delitala y Castelví; en el XVII, los de los poetas Giambattista Marino y Manuel de Faria y Sousa, así como los de los cronistas fray José de Sigüenza y fray Juan de Santa María y los de los tratadistas de pintura Francisco Pacheco y Jusepe Martínez; en el siglo XVIII, los de los críticos Antonio Palomino, Antonio Ponz, Gregorio Mayáns y Siscar y Juan Agustín Ceán Bermúdez y, en el siglo XIX, Eugenio Llaguno. Cuando se abrió la Galería española en el Louvre en 1838 había nueve obras del Greco, y Eugène Delacroix poseía una copia del Expolio. Millet adquirió un Santo Domingo y un San Ildefonso. Charles Baudelaire admiraba La dama de armiño (que Théophile Gautier comparó con La Gioconda y hoy algunos consideran que es de Sofonisba Anguissola); Champfleury pensó escribir una obra sobre el pintor y Gautier alabó sus cuadros en su Voyage en Espagne, donde declara que en sus obras reina "una energía depravada, una potencia enfermiza, que delatan al gran pintor y al loco genial". En Inglaterra William Stirling-Maxwell reivindicaba la primera época del Greco en sus Annals of the Artists of Spain, 1848, III vols. Son innumerables los viajeros extranjeros que se detienen ante sus obras y las comentan, mientras que los españoles, en general, lo olvidan o repiten los tópicos dieciochescos sobre el autor, y aunque Larra o Bécquer lo citan de pasada, es con gran incomprensión, aunque este último había proyectado un escrito, "La locura del genio", que iba a ser un ensayo sobre el pintor, según su amigo Rodríguez Correa. Sí lo aprecia el novelista histórico Ramón López Soler en el prólogo a su novela Los bandos de Castilla. 

Pero críticos como Pedro de Madrazo empiezan a revalorizar su obra en 1880 como un precedente muy importante de la llamada Escuela española, aunque hasta 1910 todavía aparece adscrito a la Escuela veneciana y hasta 1920 no tuvo sala propia. En Francia, Paul Lefort (1869) lo incluye en la Escuela española y es uno de los ídolos del círculo de Edouard Manet (Zacharie Astruc, Millet, Degas). Paul Cézanne hizo una copia de La dama de armiño y Toulouse Lautrec pintará su Retrato de Romain Coolus a la manera del Greco. Y el alemán Carl Justi (1888) lo considera también uno de los precedentes de la Escuela española. El pintor estadounidense John Singer Sargent poseía una de las versiones de San Martín y el mendigo. Los escritores del decadentismo transforman al Greco en uno de sus fetiches. El protagonista de A contrapelo (1884) de Huysmans decora su dormitorio exclusivamente con cuadros del Greco. Théodore de Wyzewa, teórico del simbolismo, considera al Greco un pintor de imágenes oníricas, el más original del siglo XVI (1891). Posteriormente el decadentista Jean Lorrain sigue esa inspiración al describirlo en su novela Monsieur de Bougrelon (1897).

Las exposiciones europeas y españolas se suceden desde la londinense de 1901 (Exposición de arte español en el Guildhall) hasta el tricentenario de 1914: Madrid, 1902; París, 1908; Madrid, 1910; Colonia, 1912. En 1906 la revista francesa Les Arts le dedica un número monográfico. El IIº Marqués de Vega-Inclán inaugura en Toledo la Casa-museo del Greco en 1910. Su cotización es ya tan alta que hace que se vendan varios grecos de colecciones particulares españolas que van a parar al extranjero. A principios del XX lo recuperan plenamente los pintores modernistas catalanes: Santiago Rusiñol (quien transfiere su entusiasmo a los simbolistas belgas Émile Verhaeren y Théo van Rysselberghe), Raimon Casellas, Miquel Utrillo, Ramón Casas, Ramón Pichot o Aleix Clapés, así como otros artistas cercanos, como Ignacio Zuloaga (que contagia su entusiasmo por el cretense a Maurice Barrès, quien escribe El Greco o el secreto de Toledo, y a Rainer María Rilke, quien dedica un poema a su Asunción en Ronda, 1913) y Darío de Regoyos. La visita nocturna y entre cirios que hace Zuloaga al Entierro del señor de Orgaz es recogida en el capítulo XXVIII de Camino de perfección (pasión mística), de Pío Baroja, y también tiene palabras para el pintor Azorín en La voluntad y en otras obras y artículos. Picasso tiene en cuenta la Visión del Apocalipsis en su Les demoiselles d'Avignon. El interés por el candiota alcanza también a Julio Romero de Torres, José Gutiérrez Solana, Isidro Nonell, Joaquín Sorolla y un largo etcétera. Emilia Pardo Bazán escribirá en La Vanguardia una "Carta al Greco". Los escritores de la Institución Libre de Enseñanza difunden su admiración por el Greco, en especial Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, este último por su El Greco (1908). Es importante la presencia del Greco en la Toledo que retrata Benito Pérez Galdós en su novela Ángel Guerra y es frecuente en su novelística la comparación de sus personajes con retratos del Greco. Así también Aureliano de Beruete, Jacinto Octavio Picón, Martín Rico, Francisco Alcántara o Francisco Navarro Ledesma. Eugenio d'Ors dedica espacio al Greco en su famoso libro Tres horas en el Museo del Prado y en Poussin y el Greco (1922). Amado Nervo escribe uno de sus mejores cuentos inspirándose en un cuadro suyo, Un sueño (1907). Julius Meier-Graefe le dedica Spanische Reise (1910) y August L. Mayer El Greco (1911). Somerset Maugham lo describe con admiración a través del personaje principal y el capítulo 88.º de su novela Servidumbre humana, 1915; en su ensayo Don Fernando, 1935, atempera su admiración y adivina como origen de su arte una presunta homosexualidad, como hace por cierto Ernest Hemingway en el capítulo XVII de Muerte en la tarde (1932) y Jean Cocteau en su Le Greco (1943).

Kandinsky, Franz Marc (quien elaboró bajo su influjo Agonía en el jardín), lo consideraron protoexpresionista. Tal como declara Romero Tobar, la producción tardía del pintor cretense impresionó a August Macke, Paul Klee, Max Oppenheimer, Egon Schiele, Oskar Kokoschka, Ludwig Meidner, Jacob Steinhardt, Kees van Dongen, Adriaan Korteveg o Max Beckmann. Hugo Kehrer le dedicó su Die Kunst des Greco (1914) y por fin el historiador del arte austriaco Max Dvorak lo definió como el máximo representante de la categoría estética del manierismo. Ramón María del Valle-Inclán, tras una conferencia porteña de 1910, le dedica el capítulo "El quietismo estético" de su La lámpara maravillosa. Miguel de Unamuno dedica al candiota varios poemas de su Cancionero y le dedica un apasionado artículo en 1914. Juan Ramón Jiménez le dedica varios aforismos. El crítico "Juan de la Encina" (1920) opone a José de Ribera y al Greco como "los dos extremos del carácter del arte español": la fuerza y la espiritualidad, la llama petrificada y la llama viva, que completa con el nombre de Goya. En ese mismo año de 1920 su popularidad hace que el ballet sueco de Jean Börlin estrene en París El Greco, con música de Désiré-Émile Inghelbrecht y escenografía de Moveau; también en ese año Félix Urabayen publica su novela Toledo: piedad, donde le consagra un capítulo en que especula con su posible origen judío, teoría adelantada por Barrès y que retomarán Ramón Gómez de la Serna -El Greco (el visionario de la pintura)- y Gregorio Marañón (Elogio y nostalgia de Toledo, solo en la 2.ª ed. de 1951, y El Greco y Toledo, 1956, donde sostiene además que se inspiró en los locos del famoso Manicomio de Toledo para sus Apóstoles), entre otros. Y en los primeros capítulos de Don Amor volvió a Toledo (1936) critica la venta de los grecos de Illescas y el robo de algunos de sus cuadros de Santo Domingo el Antiguo. Luis Fernández Ardavín recrea la historia de uno de sus retratos en su drama en verso más famoso, La dama del armiño (1921), luego llevado al cine por su hermano Eusebio Fernández Ardavín en 1947. Jean Cassou escribe Le Gréco (1931). Juan de la Encina imprime su El Greco en 1944. En el exilio, Arturo Serrano Plaja, tras haber protegido algunos de sus cuadros durante la guerra, escribe su El Greco (1945). Y escriben también sobre él Miguel Hernández, Valbuena Prat, Juan Alberto de los Cármenes, Enrique Lafuente Ferrari, Ramón Gaya, Camón Aznar, José García Nieto, Luis Felipe Vivanco, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Concha Zardoya, Fina de Calderón, Carlos Murciano, León Felipe, Manrique de Lara, Blanca Andreu, Hilario Barrero, Pablo García Baena, Diego Jesús Jiménez, José Luis Puerto, Louis Bourne, José María Gómez, Luis Javier Moreno, José Luis Rey, Jorge del Arco, José Ángel Valente... Destacan los Siete sonetos al Greco de Ezequiel González Mas (1944), la Conjugación lírica del Greco (1958) de Juan Antonio Villacañas y El entierro del conde de Orgaz (2000) de Félix del Valle Díaz. Por demás, Jesús Fernández Santos ganó el premio Ateneo de Sevilla con su novela histórica El Griego (1985).

Fuera de España, y aparte de los ya citados, Ezra Pound cita al Greco en sus Notas de arte y Francis Scott Fitzgerald al final de su El gran Gatsby (1925). Paul Claudel, Paul Morand, Aldous Huxley se ocuparon del candiota, y el alemán Stefan Andres le dedica su novela El Greco pinta al Gran Inquisidor, en la que el cardenal Fernando Niño de Guevara aparece como metáfora de la opresión nazi. un aficionado al Greco es uno de los personajes de L'Espoir (1938), de André Malraux y otro personaje se ocupa en Madrid de la protección de los grecos venidos desde Toledo. En uno de los ensayos de su Las voces del silencio (1951), reseñado por Alejo Carpentier, Malraux interpreta al pintor. El ya citado Ernest Hemingway consideraba Vista de Toledo el mejor cuadro de todo el Metropolitan museum de Nueva York y le dedica un pasaje en Por quién doblan las campanas. Nikos Kazantzakis, Donald Braider, Jean Louis Schefer...