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lunes, 7 de noviembre de 2016

In God we Trump. El nuevo Hítler

I
JOHN CARLIN, "El problema no es Trump. Decenas de millones de estadounidenses apoyan a un candidato que no tiene causa, sino enemigos", en El País, 7 NOV 2016

"El demagogo es aquel que predica doctrinas que sabe que son mentira a gente que sabe que es idiota".


El problema no es Donald Trump. El problema es el trumpismo, un cóctel de odio y fascismo repleto de mentiras e incoherencias confeccionado sobre la marcha por Trump y sus aduladores en un proceso febril de incitación mutua.

Los ingredientes del odio los conoce cualquiera que ha prestado una mínima atención a la campaña presidencial de Estados Unidos: denigra a los mexicanos, a los musulmanes, a los judíos, a los negros, a los inmigrantes en general, a los minusválidos, a los intelectuales y a las mujeres, especialmente las mujeres modernas, postfeministas e independientes, cuya imagen más visible es su rival para la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton.

Los ingredientes fascistas tampoco han sido difíciles de identificar: Trump, apoyado en su candidatura por el diario oficial del Ku Klux Klan, expone que si llega a la presidencia encarcelará a Clinton, desdeñando el principio democrático de la independencia judicial; que si no llega, no respetará el resultado, sugiriendo a la vez que podría animar a sus partidarios a alzarse en armas; que la tortura es deseable como método de interrogación; que los musulmanes en Estados Unidos, como los judíos en la época nazi, deben estar todos identificados en una base de datos.

Pero el problema no es Donald Trump, por más que sea la expresión hecha carne de casi todo lo que es vil en el ser humano. El problema es la gente que cree que semejante bicho es digno de ser el presidente de Estados Unidos, el país con más poder sobre la humanidad que cualquier otro. El problema es que decenas de millones de estadounidenses piensen votar por un hombre que dice que el gobernante que más admira en el mundo es el dictador ruso y exoficial del KGB Vladímir Putin. El problema es la idiotez de la jauría trumpista.

“Amo a los que no tienen educación”, declara Trump, y las multitudes le vitorean. Les ama porque no saben distinguir entre la verdad y las mentiras en las que se basa, que, como está bien documentado, conforman el 70% de lo que dice.

Un ejemplo entre miles. Trump insiste en que el índice de homicidios en Estados Unidos hoy es el más alto en 45 años. Trump se queja ante sus devotos de que la prensa jamás lo menciona. No lo hace porque es mentira. El índice de homicidios fue el doble en 1980 que en 2015.

Lo que hace Trump es presentar una imagen de Estados Unidos aterradora, una especie de Estado fallido hundido en la criminalidad y la miseria. Es el viejo truco del demagogo fascista, sea este Hitler, Franco o Mussolini, sea el enemigo el comunismo o la conspiración judía. Confiad en mí; solo yo soy capaz de salvaros.

El problema no es Trump; el problema son los que creen en él. Como nos recuerda una crítica en el New York Times de la biografía más reciente de Hitler, escrita por un historiador alemán llamado Volker Ullrich: “Lo que realmente da miedo en el libro de Ullrich no es que Hitler pudiera haber existido, sino que tanta gente parece haber estado esperando que apareciera”.

Es verdad que el apelativo de fascista se ha escupido con exagerada frecuencia y ligereza desde los años treinta. Pero en este caso, ya que de lo que se habla es la campaña de Trump para ascender al poder, la comparación no es frívola. Reputados intelectuales de izquierda y derecha en Estados Unidos, entre ellos el profesor universitario de economía Robert Reich y el historiador Robert Kagan, han definido explícitamente como de carácter fascista el culto al hombre fuerte redentor que se ha creado alrededor de la figura de Trump.

La victoria electoral de Hitler en 1933 fue el triunfo del odio, la barbarie y la estupidez. Una victoria para Trump en las elecciones de mañana sería lo mismo. No existe lógica alguna para que decenas de millones de estadounidenses, el grueso de ellos aparentemente hombres blancos que se sienten marginados y resentidos, vean en Trump el hombre que les devolverá a la prosperidad. La parte del cerebro que utiliza la razón no entra en juego. Trump es un billonario que no ha pagado impuestos en 20 años y está favor de que se recorten los impuestos de los mega ricos aún más.

La parte del cerebro que sí entra en juego es la más primaria y animal. La del miedo y la agresión, la de la manada. Tony Schwartz, que hace 30 años vendió su alma y escribió para Trump su libro El arte de la negociación, llegó a conocer al actual candidato presidencial mejor que casi nadie. “Trump está solo un eslabón por encima de la jungla”, dijo en una entrevista la semana pasada con el Times de Londres. “Su visión del mundo es tribal”.

Lo cual sería solo un problema para aquellos de sus familiares y conocidos que lo tienen que aguantar si no fuera por el hecho de que las masas descerebradas le adoran y existe el serio riesgo de que acabe ocupando la Casa Blanca. No hay análisis político que lo explique. Esa herramienta sobra. Para entender el fenómeno Trump hay que recurrir a la antropología, en este caso al estudio del animal humano en su versión más salvaje y primitiva. Porque el trumpismo no tiene causa; tiene enemigos. No propone esperanza; propone odio.

El problema no es Trump. Lo fantástico, lo grotesco, lo surreal es que en vísperas de las elecciones las encuestas digan que el odio, la barbarie y la estupidez tienen una razonable posibilidad de triunfar, que no es disparatado pensar que Trump consiga los votos necesarios para ser coronado presidente de Estados Unidos. Lo fantástico, lo grotesco, lo surreal es que tantos millones de los habitantes del país más próspero del mundo compartan su visión tribal, que no solo Trump sino sus devotos estén solo un eslabón por encima de la jungla.


II

Ariel Dorfman, "Faulkner ante la América de Trump", en El País7 NOV 2016:

El autor de El sonido y la furia se preguntó públicamente si Estados Unidos merecía sobrevivir después del linchamiento de un niño negro. Hubiera sentido espanto, aunque no extrañeza, frente a la figura del candidato republicano.

¿Merece sobrevivir este país? Esa fue la pregunta que lanzó públicamente William Faulkner en 1955 cuando supo que Emmett Till, un joven negro de 14 años, había sido mutilado y muerto en un pueblito de Misisipi por la osadía de silbarle a una mujer blanca —un acto de linchamiento que constituyó un hito fundamental en la creación del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos—.

Esa pregunta no era la que yo esperaba plantearme en este peregrinaje literario que mi mujer y yo hemos emprendido a Oxford, Misisipi, donde Faulkner vivió la mayoría de su vida y donde escribió las obras maestras torrenciales que lo convirtieron en el novelista norteamericano más influyente del siglo XX. Habíamos estado planificando un viaje como este hace muchos años, viéndolo como una ocasión para meditar sobre la existencia y la ficción de un autor que me había desafiado, desde mi adolescencia chilena, a romper con todas las convenciones narrativas, arriesgarlo todo como la única manera de representar la múltiple fluidez del tiempo y la conciencia y la aflicción, instándome a que tratara de expresar lo que significa “estar vivo y saberlo a fondo” en mi Sur chileno aún más remoto y perdido que el desdichado Sur de Faulkner. Y, sin embargo, esa pregunta acerca de la supervivencia de Estados Unidos es la que me ronda al visitar el sepulcro donde descansa, hace 54 años, el cuerpo del gran escritor, se me asoma cuando caminamos las calles que él caminó, es una pregunta que no puedo evitar al recorrer Rowan Oak, la vieja mansión que fue para él su más permanente hogar.

Puesto que, si el autor de El sonido y la furia estuviese vivo hoy, cuando su patria encara la elección más decisiva de nuestra época turbulenta, donde un demagogo demencial aspira, insólitamente, a ocupar la Casa Blanca, no cabe duda de que, ante “un momento incomprensible de terror”, volvería a proponer esa dolorosa pregunta a los seguidores de Trump, retándoles a rechazar una política de odio. Faulkner lo haría, creo yo, recordando a los personajes de sus propias novelas que, poseídos por un exceso de rabia y frustración, terminan autodestruyéndose a sí mismos y a la tierra que aman, incapaces de superar el pasado oscuro y salvaje que han heredado.

Habría mucho, por cierto, en Estados Unidos de hoy que Faulkner no reconocería. Aunque escribió sobre el dilema de los afroamericanos con notable inteligencia emocional, describiendo cómo los descendientes de esclavos sobrellevaron, “con orgullo inflexible y severo”, la carga impuesta por un sistema injusto y corrosivo, este hijo del Sur de Estados Unidos, sospechoso de los cambios drásticos, predicaba la paciencia y el gradualismo para vencer las barreras del racismo. Un hombre que no alcanzó a escuchar el discurso de Martin Luther King en Washington y al que le hubiera parecido inverosímil que alguien nacido del mestizaje pudiera ser presidente, tendría poco que enseñarle a esta América tan multicultural y atiborrada de nuevos inmigrantes. Igualmente difícil para Faulkner hubiera sido entender a las mujeres del siglo XXI, cuya emancipación y autosuficiencia feministas jamás anticipó.

Otros, menos envidiables, aspectos contemporáneos de Estados Unidos le serían, sin embargo, tristemente familiares a Faulkner.

Hubiera sentido espanto —aunque no extrañeza— frente a la peligrosa figura de Donald Trump. En su vasto y devastador universo ficticio, Faulkner ya había creado una encarnación sureña de Trump, si bien en una escala menor: Flem Snopes, un depredador voraz e inescrupuloso con “ojos del color de agua estancada”, que sube al poder mediante mentiras e intimidación, burlando y raposeando a los ingenuos que creen ser más astutos que él. Flem y su clan representaban para Faulkner aquellos conciudadanos suyos que “lo único que saben y lo único en que creen es el dinero, importándoles un carajo cómo se consigue”. Si una caterva como la de los Snopes llegase a proliferar y tomar las riendas del Gobierno el resultado sería, según Faulkner, catastrófico. Las últimas encuestas indican que semejante apocalipsis electoral, salvo una sorpresa estilo Brexit, es cada vez más improbable, pero el mero hecho de que un ser tan patológico y amoral sea siquiera un candidato viable hubiera llenado al autor de Absalón, Absalón de asco y pavor.

Los adeptos de Trump suscitarían hoy una reacción muy diferente de parte de Faulkner. Aunque era, para su época, políticamente liberal y progresista, trazó con cariño y humor las vidas de aquellos que hoy constituyen —pido excusas por tal generalización, siempre reductiva— el núcleo central de los partidarios de Trump: cazadores y patriotas que temen una conspiración para quitarles sus armas de fuego; hombres escasamente informados que se aferran a una virilidad amenazada y tradiciones atávicas; habitantes de comunidades rurales o económicamente deprimidas que se sienten sobrepasados por la marea incontenible de la modernidad, indefensos ante una globalización que no pueden controlar. Faulkner condenó siempre los prejuicios raciales y la paranoia de estos desconcertados coterráneos suyos, pero nunca fue condescendiente con ellos, acordándoles siempre aquello que deseaban con fervor tanto ayer como hoy: el respeto hacia su plena dignidad humana. Faulkner hubiera comprendido las raíces de la desafección de esa gente a la que le tenía tanto apego, la desazón irracional de muchos norteamericanos de raza blanca ante el asedio a su identidad y privilegios.

Es lo que hace hoy tan valiosa la voz de Faulkner.

La simpatía que manifestó este novelista insigne y sofisticado por los pobladores menos educados, religiosamente conservadores, de su imaginario condado de Yoknapatawpha, el hecho de que prefería la compañía de esa ralea popular y menospreciada a las tertulias y el elitismo abstracto de intelectuales exquisitos, lo hace el emisario ideal para abordar a los sostenedores de Trump con un mensaje en contra de la intolerancia y el miedo, un mensaje desde más allá de la muerte que no contiene ni un mínimo dejo de paternalismo o desdén.

Al contemplar el diminuto y frágil escritorio del estudio de Faulkner en Rowan Oak donde compuso el discurso que pronunció para la graduación de su hija Jill en el colegio local, oigo el eco de esas palabras tan pertinentes para su país actual. Urgió a esos compañeros de clase de su hija a transformarse en “hombres y mujeres que nunca han de rendirse ante el engaño, el temor o el soborno”. Les dijo, y lo reitera empecinadamente a sus compatriotas en 2016, que “tenemos no solamente el derecho, sino que el deber de elegir entre el coraje y la cobardía”, exigiéndoles a “nunca tener miedo de alzar la voz en pro de la honestidad y la verdad y la compasión, y contra la injusticia y la mentira y la avaricia”.

¿Caerá Estados Unidos en el abismo y el desconsuelo? ¿Se encuentra hoy este país marchando fatalmente a un destino trágico, como tantos personajes implacables de Faulkner, o sus ciudadanos tendrán la sabiduría para probar en forma contundente y avasalladora que, en efecto, su país merece sobrevivir?

domingo, 26 de junio de 2016

La lección del Reino Unido según John Carlin

John Carlin, El mundo debe dar gracias a Reino Unido, en El País, 26 de junio de 2016:

Los británicos nos han demostrado que la política no es, o no debería ser, un juego frívolo.

“Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, dijo Churchill sobre el sacrificio de los aviadores de la RAF en la segunda guerra mundial. Podemos decir lo mismo hoy del sacrificio que ha hecho Reino Unido por la humanidad.

El consenso casi total en el mundo es que al votar en el referéndum del jueves a favor de la salida de la Unión Europea los británicos (o, mejor dicho, los ingleses) cometieron un error incomprensible, demencial y de épicas proporciones. Tras conocerse el resultado, las caras pálidas, los tonos de voz entrecortados e incluso las palabras asombrosamente sobrias —no victoriosas— de los dirigentes conservadores de la campaña por el Brexit dieron la impresión de que se habían despertado la mañana después de una noche de alcohol y desenfreno preguntándose: “¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?”.

Malo esto para Reino Unido, pero bueno para todos los demás. Los británicos se encuentran de repente en una crisis económica y política sin precedentes, tan gratuita como innecesaria, y de la que solo se pueden culpar ellos mismos. Como consecuencia, la democracia parlamentaria más antigua ha dado al mundo una lección de un incalculable valor, una lección en cómo no se deben hacer las cosas en un país que aspira a la cordura y la prosperidad.

El 'Brexit' es el síntoma más alarmante hasta la fecha del fenómeno global “antiélites”

Lo que nos ha demostrado Reino Unido es que la política no es, o no debería ser, un juego frívolo; que los líderes demagogos que para alimentar su vanidad y sus ansias de poder alientan la noción de que la sabiduría de las masas es la máxima virtud de la democracia deben ser escuchados con cautela; que las decisiones de Estado son todas debatibles pero exigen que aquellos que las tomen posean un mínimo de responsabilidad cívica y un mínimo conocimiento de cómo funciona el Estado; que cuando los políticos que gobiernan o aspiran a gobernar opinan por ejemplo sobre la economía, sepan de lo que hablen, o al menos sepan más que el grueso de la población.

En resumen, los que tienen en sus manos el poder de influir en las vidas de millones y millones de personas deben ser expertos. Los expertos fueron precisamente aquellos cuyos argumentos fueron rechazados por la mayoría británica que optó por seguir las seductoras melodías de los flautistas del Brexit, conduciéndolos, como el de Hamelín, a las cuevas del infierno.

El momento más revelador de la campaña del Brexit fue cuando una de sus principales figuras, Michael Gove, declaró: “La gente de este país está harta de los expertos”. Gove, que fue ministro de educación durante cuatro años en el gobierno de David Cameron, estaba respondiendo a las advertencias del Banco de Inglaterra, de los jefes de los sindicatos obreros, de los principales empresarios británicos, de Barack Obama y de prácticamente toda la gente informada y pensante del mundo que se expresó en contra de votar por la salida británica de la UE. Escuchen a sus corazones y a sus juicios, les decía Gove a los votantes, gente que en su gran mayoría, como la gente en todo el mundo, se interesa mucho más por el futbol, o por las telenovelas, o por los concursos de talento, o por las historias de las vidas íntimas de los famosos o, por supuesto, por sus familias y sus trabajos que por la política, un deporte minoritario vaya uno donde vaya. Esto, que tanto les cuesta aceptar a los ideólogos profesionales, no es ni bueno ni malo. Es lo que es, y lo que hay.

Con suerte, hará más difícil que los  estadounidenses sucumban a Trump o los franceses a Le Pen

Y es el motivo por el cual el primer ministro Cameron pecó de una irresponsabilidad histórica y de una idiotez monumental al encomendar la decisión sobre el complejísimo tema, entendido por una ínfima fracción de la población, de si salir o permanecer en la UE era bueno o malo. Si hubiera sido fiel al principio de la democracia representativa, que los propios británicos patentaron en el siglo XVIII, hubiera dejado la decisión en las manos de los electos relativamente expertos diputados parlamentarios, más de tres cuartos de los cuales estaban a favor de la permanencia y ahora se encuentran en la surrealista tesitura de tener que obedecer el veredicto de las masas y solicitar formalmente a Bruselas la salida.

Dicen muchos de los comentaristas de élite que escriben para las élites que el Brexit es el síntoma más alarmante hasta la fecha de un fenómeno global contemporáneo “antiélites”. Se ha vuelto un tópico esto, repetido (por un columnista élite del New York Times, por ejemplo, el viernes) hasta el aburrimiento. Así explican día tras día en Estados Unidos y en Europa y en todas partes el ascenso de Donald Trump, primo hermano de los brexiters. Si tantos lo dicen algo de verdad debe tener, se supone, pero existe una explicación más sencilla de estos fenómenos, una a la que las élites opinadoras quizá se resistan por temor a ser tachadas de elitistas: que en cuestiones políticas y económicas nacionales la gente es fácilmente manipulable por los que tienen la cínica astucia de apelar a sus prejuicios y sus sentimientos más viscerales o tribales como, en el caso de los ingleses, el ancestral desdén y desconfianza que les inculcan desde la infancia hacia los deshumanizados “extranjeros”.

¿Por qué los londinenses y los escoceses, a excepción de casi todo el resto de Reino Unido, escucharon a los expertos, desoyeron a los populistas y votaron abrumadoramente a favor de la permanencia en Europa? Fácil. Porque los londinenses habitan en la ciudad más cosmopolita del mundo, conviven y trabajan con extranjeros todos los días y ven no solo que aportan mucho a la ciudad en lo económico y en lo social sino que son tan reconociblemente humanos como ellos mismos. En el caso de los escoceses, que han recibido enormes cantidades de inmigrantes en su tierra en los últimos años y que cuando son pobres son igual de pobres que los ingleses, hay una doble explicación. Una, que no se les adoctrina con sentimientos xenófobos desde una temprana edad, sino más bien todo lo contrario; y que el sistema de educación estatal en Escocia es, como el exministro Michael Gove bien sabe, muy superior al inglés. Los escoceses poseen en mayor abundancia que los ingleses las facultades mentales necesarias para saber distinguir entre los predicadores farsantes y los sinceros, entre las políticas que les convienen y las que no.

La saludable lección que el resto del mundo debe aprender del disparate en el que han caído los ingleses, entonces, es estar más alerta que nunca al populismo barato de aquellos que pretenden llegar al poder apelando a sus prejuicios y resentimientos. Con suerte, el resultado del referéndum británico, y las consecuencias desastrosas que arrastrará, hará más difícil que los votantes estadounidenses sucumban al flautista Trump, o los franceses a Marine Le Pen, del mismo modo que el apocalíptico fracaso del también disparatado proyecto chavista en Venezuela con suerte servirá de advertencia a los demás países de América Latina.

Si el mundo no aprende de estas lecciones quizá llegue el día en el que tengamos que replantearnos la idea de que la democracia es el sistema político menos malo que ha inventado la humanidad. Mi padre, que combatió en la RAF de 1939 a 1945, decía con frecuencia algo que recuerdo mucho estos días: que el mejor sistema de gobierno era la autocracia moderada por el asesinato. Siempre pensé que era una locura y que lo decía en broma. Ya no estoy tan seguro.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Una visión exacta del problema islámico

John Carlin “¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?”. El idealista de izquierdas yerra al culpar a Occidente del yihadismo. Hay que tomar partido, en El País, 23-XI-2015:

“Las críticas irresponsables de aquellos que nunca han estado ni jamás esperan estar en el poder”. George Orwell

En la película Mars Attacks!, una hilarante comedia negra estrenada en 1996, los invasores extraterrestres ya han liquidado a medio mundo cuando su líder y un par de diminutos guardaespaldas se encuentran cara a cara con el presidente de Estados Unidos, interpretado por Jack Nicholson. El presidente, solo en su despacho, apela a la bondad de los enemigos de la humanidad. "¿Por qué no crear en vez de destruir?", les ruega. "¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?".

Acto seguido, el jefe de los marcianos lo mata, se acerca al cadáver y le ofrece un burlón saludo militar.

No es del todo absurdo suponer que el idealista de izquierdas que preside el partido laborista británico, Jeremy Corbyn, intentaría responder de manera similar al ficticio presidente en caso de verse arrinconado por un terrorista del Estado Islámico (ISIS). Sería un gesto consecuente con la visión del mundo que comparte con sus correligionarios en Europa, EE UU y América Latina. Siendo inglés, Corbyn quizá les invitaría primero a tomar una taza de té.

Corbyn y Bernie Sanders, el estadounidense que aspira a la candidatura presidencial del Partido Demócrata, y los muchos que comparten su pavloviano antiimperialismo en todo el mundo insisten, con irreductible vigor tras los atentados de París, en que las intervenciones militares de Occidente en Oriente Próximo crearon el fenómeno yihadista. Lo dijo Sanders en un debate con Hillary Clinton la semana pasada: "La desastrosa invasión de Irak condujo al ascenso del Estado Islámico".

Algo de razón tiene. El psicópata exvicepresidente de Estados Unidos Dick Cheney y sus perritos falderos -en orden de tamaño, George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar- rompieron el tiránico equilibrio en la región con su alocada invasión de Irak. No se puede saber qué estaría pasando hoy si Sadam Hussein siguiese en el poder, quizá la situación sería incluso más anárquica de lo que es, pero no se puede descartar la hipótesis de que hubiera frenado la yihad en seco combatiendo el terror, como era su costumbre, con más terror.

Por otro lado, se podría argumentar también que si Barack Obama no hubiera retirado las tropas estadounidenses de Irak, el ISIS no hubiera podido imponer su "califato" en Siria e Irak. Y, ya que estamos, ¿por qué no vamos más lejos? Si la actitud de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y demás aliados hubiera sido menos vengativa después de la Primera Guerra Mundial, si el Tratado de Versalles hubiera sido más generoso con los alemanes, es probable que Hitler no hubiese llegado al poder y el mundo se hubiera ahorrado el horror de la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de seis millones de judíos.

El problema de ir por el camino de que la culpa la tienen los Gobiernos de Occidente es que propone como eje original del mal a aquellos que en el fondo defienden lo que Estado Islámico desprecia y los nazis despreciaban: la libre expresión, la soberanía de la ley y los demás elementos básicos de la democracia que permiten que los Corbyn, Sanders, Podemos, Syriza, incluso el Frente Nacional francés y otros que se oponen al statu quo puedan competir en el terreno político sin temor a caer presos o ser asesinados. Al atribuir la responsabilidad por las masacres de París a Gobiernos electos de Europa y EE UU, se plantea una grotesca equivalencia moral con los tontos inútiles, en varios casos exyonquis o delincuentes de poca monta, que han encontrado la redención personal en una ideología que rinde culto a la muerte, que cree contar con apoyo divino cuando decapita a infieles, lanza a homosexuales desde altos edificios, apedrea a mujeres supuestamente adúlteras y viola, esclaviza o prostituye a niñas de 13 años. Es verdad que los bombardeos de la aviación de EE UU y sus aliados han causado las muertes de civiles. De muchos. Demasiados. Pero hay una diferencia. Cuando mueren inocentes, Obama lo lamenta. El ISIS lo celebra.

El hecho es que, como dijo la semana pasada el jefe del servicio interno de inteligencia de Alemania, nos enfrentamos a "una guerra terrorista mundial". Hay que tomar partido. No es hora de seguir bañándose en las aguas tibias del buenismo. Uno se puede sentir muy satisfecho consigo mismo oponiéndose a la guerra, al "imperialismo neoliberal", a la vigilancia policial y tal, pero los tiempos exigen debates constructivos y respuestas concretas, sin cerrar los ojos a la dura realidad de que en el mundo político real no hay más remedio a veces que ensuciarse las manos, sacrificar la pureza moral y elegir entre lo malo y lo peor. No es suficiente en la emergencia actual declarar que la paz es un principio innegociable -la paz no es un principio, es una circunstancia- o que debemos luchar más contra el enemigo dentro que el enemigo fuera.

El argumento irrefutable contra la tesis que predica una simple conexión causa y efecto entre la política exterior de los países ricos de Occidente y el ascenso del Estado Islámico es que la enorme mayoría de sus víctimas no son europeos o estadounidenses sino habitantes de Siria o Irak, principalmente musulmanes. A los que les incomoda la idea de tomar partido junto a Obama, Cameron, Hollande y compañía, que salvaguarden sus conciencias convenciéndose de que lo hacen a favor de aquellos miserables de la tierra que están en el punto de mira del ISIS todos los días del año. Es hora de que los tontos útiles dejen de serlo y se definan, empezando por identificar sin ambigüedades quién hoy es el principal enemigo de la humanidad. Porque cuando aparezca el yihadista con un Kaláshnikov en un bar o un teatro o un supermercado y empiece a liquidar a gente uno por uno, no preguntará si su siguiente víctima es de izquierdas o de derechas, progresista o neoliberal, imperialista o antiimperialista. Matará, como una peste, sin prejuicio y sin piedad.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Fascismo en la Universidad

John Carlin, "El estudiante eunuco. La juventud de hoy pertenece a una generación mimada que practica una especie de fascismo 'lite'", en El País, 9 NOV 2015:

“No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” (Voltaire)

Hace unos días hubo un debate en la BBC entre el presidente del consejo de estudiantes de una universidad británica y un señor mayor que escribe columnas para The Times de Londres. El tema era la libertad de expresión. ¿Quién estaba en contra? ¿El columnista del Times, cuyo dueño es el reaccionario Rupert Murdoch? No. El líder estudiantil.

Algo raro está ocurriendo en las universidades de Reino Unido, y en las de Estados Unidos también. El estudiante que hablaba en la BBC es síntoma de una tendencia represiva en un sector de la sociedad donde uno suponía que se daba un alto valor al principio del pensamiento libre.

El motivo del debate entre el joven y el periodista, que por edad podría haber sido su abuelo, había sido una petición firmada por 3.000 estudiantes de la Universidad de Cardiff exigiendo que a Germaine Greer, antiguo icono de la revolución feminista, se le prohibiese dar una conferencia en su campus. Greer, como algunos o algunas recordarán, es la autora del influyente y provocador libro La mujer eunuco, publicado en 1970. El libro, tan irreverente como iconoclasta, exhortaba a las mujeres a desencadenarse de los estereotipos represivos de antaño.

El problema de los estudiantes de Cardiff con Greer, que hoy tiene 76 años, es que la consideran una “misógina”. Lo cual, a primera vista, es como llamar a Martin Luther King racista. ¿Cómo se explica? De la siguiente manera. Greer escribió un texto en 2009 en el que argumentó que a las transexuales no se les podía considerar mujeres. Tal afirmación fue considerada lo suficientemente ofensiva como para declararla persona non grata en el campus. Greer se rindió, pero no sin antes declarar en la radio: “Solo porque te cortas la polla y te pones un vestido no significa que te conviertas en mujer”.

El tema aquí no es si Greer tiene razón o no. El tema es que la censura de personas cuyas ideas no confluyen con las nuevas percepciones de lo que es o no aceptable se está extendiendo por las universidades anglosajonas. Algunos ejemplos.

La semana pasada un profesor de la universidad de Yale, en Estados Unidos, fue rodeado por un grupo de estudiantes que le gritaron, entre otros improperios, “¡cállate la puta boca!”. Su pecado: haber aconsejado a sus alumnos que si veían a alguien vistiendo un disfraz de Halloween “ofensivo” que no les hicieran ningún caso.

A finales de septiembre, la Universidad de Warwick, en Inglaterra, canceló una conferencia de una mujer nacida en Irán llamada Maryam Namazie. Esta es una marxista conocida por su virulento desprecio por la religión, empezando por la suya de nacimiento, el islam. La universidad explicó que su comparecencia en el campus incitaría “el odio”.

Y un ejemplo más entre miles: una profesora de Derecho en la Universidad de Harvard escribió un artículo el año pasado lamentando la presión que recibía del cuerpo estudiantil para que no diera clases sobre cómo la ley responde a casos de violación. La profesora, Jeannie Suk, comparó esta actitud con intentar enseñar cirugía a un estudiante de medicina sin exponerle a la angustia de ver sangre.

Según Suk, los organismos estudiantiles estaban en contra de clases sobre la ley y la violencia sexual porque temían que la experiencia podría resultar “traumática”. Y aquí, aparentemente, está el grano de la cuestión. Explicaba el líder universitario que habló en la BBC que el objetivo de la censura era siempre dar prioridad a “la seguridad” de los universitarios. Un reciente artículo escrito por dos académicos en la revista estadounidense The Atlantic profundizó en el tema. Explicó que para los que se apuntan a esta nueva corriente la meta final era proteger “el bienestar emocional” de los estudiantes, convirtiendo los campus en “lugares seguros” donde “jóvenes adultos están protegidos contra palabras e ideas que les hagan sentirse incómodos”. “Se está creando una cultura”, agregaba el artículo, “en la que todo el mundo debe pensar dos veces antes de abrir la boca”.

Alguien que ha optado por no abrir la boca nunca más en foros estudiantiles es el famoso cómico estadounidense Chris Rock, que ha construido una brillante carrera a base de ridiculizar tabúes raciales, sexuales y políticos. Rock, que es negro, dijo en una entrevista reciente que ya no comparece en las universidades porque son “demasiado conservadoras”. Su principal preocupación, estimó, es “no ofender nunca a nadie”.

¿A qué se debe tanta susceptibilidad entre los estudiantes del mundo anglosajón? En parte tendrá que ver con la presión conformista ejercida por la policía religiosa de las redes sociales, el miedo a la crucifixión verbal que padecerá cualquiera que discrepe de la ortodoxia de la manada. Pero, como también sugiere el artículo de la revista The Atlantic, la juventud de hoy, especialmente la que ha tenido la suerte de ir a la universidad, pertenece a una generación mimada. Es verdad que hoy los jóvenes lo tienen difícil para conseguir trabajo pero, al menos en los países ricos de Occidente, sus padres tuvieron la mejor y más pacífica calidad de vida que ha conocido la especie humana. Estos afortunados padres se han esforzado de una manera nunca vista para no herir los sentimientos de sus hijos, para protegerles de lo feo, lo duro y lo difícil de la vida.

La consecuencia ha sido la aparición de una generación de adolescentes y veinteañeros psicológicamente delicados que detectan ofensas donde sus padres —y más aún los padres de los padres, que vivieron guerras— no se las hubieran imaginado. Antes, cuando el columnista del Times era joven, los estudiantes censuraban a los que llamaban fascistas. Para bien o para mal, lo hacían a partir de un proceso de razonamiento político. Los militantes universitarios anglosajones de hoy censuran sobre la base de lo que sienten. Practicantes de una especie de fascismo lite, ellos son los que mandarán dentro de no mucho tiempo. Si la cosa no cambia, uno tiembla por la democracia.

lunes, 27 de julio de 2015

Surge el paralelo de Pablo Iglesias en Inglaterra

John Carlin, "El Quijote inglés", en El País, 26-VII-2015:

El auge de Jeremy Corbyn, idealista representante del laborismo tradicional, asusta a los centristas del partido y amenaza con causar un terremoto en la política británica

“Esto sobre todo: sé fiel a ti mismo”. (Shakespeare)

Imaginémonos que, en vez de crear un nuevo partido, Pablo Iglesias se hubiera postulado como candidato al liderazgo del PSOE. Esto, o algo bastante parecido, es lo que está ocurriendo hoy en el terreno político británico, donde de repente se avecina la posibilidad de una erupción sísmica similar a la que Podemos ha causado en España.

Jeremy Corbyn, favorito en las encuestas para ser elegido líder del partido laborista, es diputado parlamentario desde 1983, no lleva coleta, habla con tono medido y, con sus 66 años, casi podría ser abuelo del candidato de Podemos a la presidencia del Gobierno español pero, por lo demás, tienen mucho en común. Corbyn, que habla bien el español, procede de la izquierda radical, denuncia la desigualdad social y la ortodoxia merkelista de la austeridad, está a favor de la nacionalización y de subir los impuestos a los ricos, desea que Irlanda del Norte abandone Reino Unido y se incorpore a la república del sur, venera la figura del difunto líder venezolano Hugo Chávez y ha viajado a Atenas a compartir escenario con Alex Tsipras, el primer ministro griego, en aquellos tiempos en que Syriza pensaba que iba a cambiar el mundo.

Pero ni el brutal baño de realidad que acaba de sufrir Tsipras a manos de la Unión Europea, ni la contundente derrota electoral en mayo frente a los conservadores de David Cameron han disminuido el fervor iconoclasta de las bases laboristas. La juventud del partido y los sindicatos darán su voto en las elecciones internas de septiembre a Corbyn, el único de los cuatro candidatos al liderazgo del partido que se identifica con lo que la prensa británica llama “la izquierda dura”. Los otros tres, dos mujeres y un hombre, ofrecen variantes sobre el pragmatismo centrista de Tony Blair, que nunca durante los 13 años que ejerció como jefe de Gobierno le ofreció un puesto ministerial al veterano Corbyn.

La plausibilidad de la candidatura de Corbyn, que luce barba blanca y suele vestir una gorrita azul estilo Lenin, se refleja en el pánico que ha sembrado entre los barones del laborismo. Desde que se publicaron los resultados de las encuestas favorables a Corbyn el martes, venerables figuras del partido no han dejado de advertir a sus correligionarios de que presentarse a unas elecciones generales con Corbyn como candidato a primer ministro sería un suicidio. Un antiguo asesor de Blair calificó de “imbéciles” a quienes nominaron a Corbyn. No porque Corbyn genere antipatía personal —es un personaje entrañable, éticamente intachable, querido por casi todos en el partido— sino porque el consenso es prácticamente absoluto en el mundo político británico de que con Corbyn a la cabeza el laborismo dejaría de ser una opción de Gobierno y se convertiría en un mero movimiento de protesta. Como dijo el miércoles el propio Blair, que si de algo sabe es de cómo triunfar en elecciones, en Reino Unido “se gana desde el centro”, no “desde la izquierda tradicional”.

Riesgo de ruptura

“Trauma” fue la palabra que utilizó Andrew Marr, presentador de la BBC y uno de los analistas políticos más respetados del Reino Unido, para definir el estado de ánimo de los laboristas tras la reciente derrota electoral. “Si gana Corbyn, lo cual no es nada descartable”, me dijo Marr la semana pasada, “los laboristas se partirán en dos, conduciendo a la creación de un nuevo partido”. Entrevistado por Marr ayer en televisión, Corbyn, echó más leña al fuego con su respuesta a la pregunta de si se consideraba marxista. Corbyn contestó que era “una pregunta muy interesante” y que admiraba muchas de las ideas de Marx, “de las que hay mucho que aprender”.

Podría haber respondido, como seguramente lo hubiera hecho en similares circunstancias el líder de Podemos, que no era “ni de izquierdas ni de derechas”, que esas antiguas apelaciones ya no sirven en los tiempos que corren. Pero Corbyn es un alma pura cuyo objetivo prioritario no es conquistar el poder apelando a un amplio y promiscuo frente electoral. Eso es lo que hacen los Tony Blair, Hillary Clinton y, a su manera, Pablo Iglesias. Corbyn es un Peter Pan, anclado en la eterna juventud de la izquierda revolucionaria. Dado a elegir entre atenerse a sus principios o adaptar su discurso a las exigencias del supermercado electoral, opta por ser fiel a sí mismo. Es un Quijote inglés, a la vez ingenuo, valiente y honorable. En una era en la que los partidos se venden como si fueran marcas de detergente, Corbyn apela al anhelo de muchos, especialmente los jóvenes, de identificarse con una causa que perciben como auténtica, justa y noble. Fue revelador que en la encuesta publicada la semana pasada solo el 10% de los que dijeron que votarían por Corbyn creían que él era capaz de entender “lo que era necesario para ganar unas elecciones generales”.

El ocaso del altruismo

Eso no significa que Corbyn y los suyos sean unos imbéciles. Serán unos soñadores ya que, como la historia del siglo XX demuestra, el Reino Unido es el país europeo cuyos habitantes están menos dispuestos a fiarse de las ideologías de izquierda o derecha. Pero más justo sería ver a los que se entusiasman con Corbyn como gente de fe, idealistas hambrientos de un mundo en el que la balanza del bienestar material se incline de manera menos burda hacia los amos del universo capitalista. Corbyn encarna los ideales socialistas que llevaron a la creación de su partido en el año 1900; Blair, una especie de Thatcher lite, los traicionó, alejándose de los más pobres. Pero la dura realidad en la que se centra la actual guerra civil desatada en el partido laborista es que los más pobres son unos marginados en un país próspero donde la motivación principal de la mayoría a la hora de votar no es el altruismo sino el interés propio.

Ante semejante panorama es bueno que existan románticos como Jeremy Corbyn. Con su presencia en la política, como con la de Podemos, el mundo es mejor. Si lo seguiría siendo en caso de que conquistaran el poder es otra cuestión. Pero para bien o para mal, y con más garantías aún si se cumplen los pronósticos y Corbyn es elegido líder del partido laborista, ese día no llegará.

sábado, 31 de enero de 2015

John Carlin, tres artículos sobre Podemos.

I. John Carlin, "Los caballeros de la Mesa Redonda", El País, 27-I-2015:

El escritor y periodista John Carlin inicia este miércoles una serie en la que explora el fenómeno Podemos, por qué ha logrado convencer a tanta gente en tan poco tiempo, cómo son sus dirigentes y, sobre todo, a qué aspira. 

Domingo, doce de la mañana, horario de misa. Faltan cuatro días para Navidad y el recinto está repleto; el ambiente, festivo; el fervor ante la inminente llegada del elegido, in crescendo. Gente de todas las edades, de los dos años a los ochenta, la mayoría de pie, con los ojos puestos en una puerta al fondo de la sala por donde saldrá el hombre llamado a señalarles el camino. Pasan los minutos —doce y cinco, doce y diez, doce y cuarto— y aún no aparece. Pero la multitud no se desanima. Se deleita con la sensación de estar participando en un momento histórico y corea una consigna tras otra, todas cargadas de ilusión, aunque de origen diverso.

“¡Sí, se puede!”, eco del “Yes, we can” de la campaña electoral del presidente de Estados Unidos; “¡El pueblo, unido, jamás será vencido!”, importada de América Latina, de las luchas antiimperialismo yanqui; “A por ellos, ¡oé!”, de la liturgia futbolera; y “¡Paaablooo! ¡Paaablooo!”, al ritmo que marcan los fieles del vecino Camp Nou —“¡Meeessiii! ¡Meeessiii!”— cuando aclaman a su ídolo.

El lugar, el Palau Municipal d’Esports de Vall d’Hebron, barrio obrero de Barcelona; la fecha, el 21 de diciembre del año recién concluido.

Podemos representa cambio, futuro y modernidad, pero la coleta larga que luce Iglesias le da un aire rockero años setenta. Falta casi un año para las elecciones generales españolas pero ya huele a victoria aquí en el Vall d’Hebron. Es el primer acto multitudinario de Podemos, el partido político líder según las encuestas nacionales, en tierras catalanas. Unas 2.500 personas dentro del pabellón y otras mil afuera aclaman a Pablo Iglesias, profesor de Ciencias Políticas de 36 años que, justo un año antes, con otros cuatro docentes de la Universidad Complutense de Madrid, decide fundar Podemos. Ahora es su secretario general, primus inter pares y cara pública de la nueva formación, el líder de la primavera española que hoy agita a la vieja Europa.

Viste camisa blanca, vaqueros azules, zapatos deportivos negros con rayas blancas, marcando la diferencia con la encorbatada burguesía. Podemos representa cambio, futuro y modernidad, pero la coleta larga que luce le da un aire rockero años setenta.

La simbología es algo confusa, como las consignas, como las palabras del propio Iglesias. Es catedrático pero el plato fuerte de su discurso es un cuento para niños, una fábula sobre gatos y ratones de fácil digestión para todas las edades: los gatos son los malos, los representantes de la casta dominante, y los ratones son el pueblo, los buenos. Dice —su tono urgente, disparando palabras como balas— que ni él ni ninguno de los fundadores de Podemos son Podemos: “¡Podemos sois vosotros!”, para luego agregar: “Hay cientos de miles que dicen ‘El de la coleta soy yo”. Declara: “Yo soy de izquierdas”, pero al instante matiza: “El poder no teme a la izquierda sino a la gente”. Y afirma: “No he venido a Cataluña a prometer nada a nadie. No me fío de los políticos que hacen promesas”.

El público en el pabellón de Vall d’Hebron no deja de aplaudir, pero queda por ver si, a la hora de votar, una mayoría de españoles estará dispuesta a fiarse de un partido político que no hace promesas. Quedan muchas preguntas por contestar. ¿Qué ha hecho Podemos para convencer a tantos en tan poco tiempo? ¿Cómo son sus dirigentes, sus activistas, los nuevos conversos a la causa? Y, ante todo, ¿qué quiere Podemos?

En la sede del partido, en la plaza de España en Madrid, reina el ambiente despacho-garaje de una start-up californiana. Unos diez jóvenes en vaqueros y camisetas trabajan intensamente en una ambiciosa misión: conquistar los corazones y las mentes del público votante español. Sus armas, ordenadores portátiles y teléfonos móviles, las herramientas digitales con las que Podemos ha logrado amplificar el mensaje del partido con tan frenética efectividad.

Aquí no gusta el concepto de jefe pero Miguel Ardanuy, de 25 años, es el cerebro del sector de Podemos que en otros tiempos se hubiera denominado “propaganda” pero que ellos llaman “participación”.

“Sin las redes sociales no estaríamos donde estamos hoy en las encuestas”, cuenta Ardanuy, que estudió Ciencias Políticas en la Complutense, habla como si tuviera prisa como Iglesias y luce dos colas rastas, largas y finitas. “En otra época uno transmitía su mensaje yendo de puerta en puerta”, dice. “Hoy todo ocurre al instante”.

Gracias a Internet los simpatizantes de Podemos, 300.000 de ellos suscritos a la página web Plaza Podemos, son todos vecinos. A través de esta plataforma, de Twitter y de una aplicación para móviles llamada Appgree han armado foros de debate que aportan ideas al proceso de decisiones del partido y a la vez funcionan como un servicio de datos, ofreciendo la materia prima con la que el liderazgo afina los mensajes que tienen mayor resonancia entre la población.

Así Podemos ha ido destilando las claves de su vendedora “narrativa” y de ahí también las frases hechas que Ardanuy y sus compañeros oficinistas-militantes salpican en la conversación: “Nosotros representamos la ilusión”; “el PP y el PSOE están osificados”; “adiós a la casta corrupta que nos gobierna” (la casta, la palabra más utilizada en el lexicón de Podemos), y la frase que repiten una y otra vez, “no somos ni de izquierda ni de derecha”.

Esta última es a la vez la consigna que más polémica genera y la que más alcance tiene. Indigna a la izquierda tradicional, de la que se han distanciado, pero al mismo tiempo, apelando a lo que Podemos llama el “sentido común”, despeja miedos y despierta entusiasmo en un amplio sector de la población. Es la fórmula para construir lo que Pablo Iglesias llama “una marca ganadora”.

No todos los rebeldes de Podemos son jóvenes. Jesús Montero, de 51 años, es el recién electo secretario municipal del partido en Madrid. Trabaja en la Complutense (todos los caminos de Podemos se originan aquí) en un alto cargo de administración.

De tez y físico delgados, luce una ligera barba blanca y una pequeña gorra de cuero, lo que le proporciona un aspecto medio Quijote, medio Lenin. Pero, a diferencia de Iglesias y Ardanuy, habla de manera medida y serena, seguramente más pausado que cuando inició su trayectoria política a los 14 años como organizador de una huelga en el colegio. Influido por “curas politizados”, a tal punto que durante un tiempo pensó que él mismo iba para cura, se incorporó a las Juventudes Comunistas y fue elegido secretario general cuando tenía 20 años. De ahí pasó a ser uno de los fundadores de Izquierda Unida en 1986, partido que dejó en 1997 tras una crisis interna, pero el año siguiente acudió con entusiasmo a Chiapas, en México, a observar de cerca la revolución zapatista del subcomandante Marcos. “Ahí surgió la idea de que otro mundo es posible, en contra de la globalización y la revolución conservadora de Reagan y Thatcher”, dice. Pero el zapatismo tampoco prosperó y la izquierda española “naufragó por falta de audacia”. En 2003 abandonó toda militancia organizada.

“Hay dos culturas empresariales. Una es casta, la otra quiere contribuir al bienestar social, como la familia Botín en el Banco Santander”, dice Jesús Montero, electo secretario municipal del partido en Madrid

Once años después, la vida le ha ofrecido una segunda oportunidad. “He recuperado la ilusión. Venimos a democratizar el poder y remoralizar la vida pública, a sacar el discurso de los bares a la plaza, a restaurar el vínculo entre la gente y el gobierno, que ha tratado a la gente como si fueran menores de edad”.

Para restaurar el vínculo hay que acabar con el paternalismo de los partidos tradicionales, dice. En otro momento de su vida quizá hubiera dicho que había que acabar con el capitalismo también. Ya no.

“No todos los empresarios son iguales”, afirma. “Hay dos culturas empresariales. Una es casta, la otra quiere contribuir al bienestar social, como la familia Botín en el Banco Santander”. ¿Habla en serio? “¡Sí! Yo estoy convencido de que hay empresarios de buena voluntad. Hay sectores del capitalismo emprendedor que saben que necesitan un país con menos desigualdad social, que entienden que así expanden su mercado. Seguro que Ana Botín [presidenta del Banco Santander] se vería con Pablo Iglesias y hablarían de estas cosas”.

Menos matizado fue el populista mensaje —prácticamente el único mensaje— que se lanzó durante un acto de Podemos que presidió Montero unas horas más tarde en el barrio céntrico obrero de Madrid, Lavapiés. “Vamos a echar a la mafia económica y política, vamos a echar a los golfos, vamos a recuperar Madrid para los ciudadanos”, y “vamos a acabar con el austericidio”, y “vamos a acabar con la vieja política y vamos a crear una democracia participativa” fueron las consignas más coreadas.

La democracia participativa es más posible hoy que nunca gracias a la revolución digital, dice Montero cuando le toca su turno de hablar, y anuncia que Podemos va a lanzar una campaña para que todo el mundo tenga acceso a la web y pueda así tener un impacto directo sobre las políticas de Podemos. Como ha propuesto Pablo Iglesias, “cada vez que haya que tomar una decisión en Podemos que sea compleja y difícil propondremos que vote la gente”.

La idea es bonita, pero surgen un par de dudas. Primero, se parte de la base de que las grandes mayorías comparten o pueden llegar a compartir la pasión por la política de los politólogos y sociólogos que han creado Podemos, cuando quizá la realidad sea que en España, como en todos lados, la política es un deporte minoritario. Segundo, se opera según la premisa, alimentada hoy por el fenómeno de referendos virtuales permanentes que ofrecen las redes sociales, de que la opinión del pueblo debe ser escuchada. Pero, como se vio en Alemania en su día, la sabiduría de las masas es un concepto cuestionable, muchas veces basado en la ignorancia o en la histeria colectiva. En temas delicados y complejos de economía, o de política extranjera, las ideas que aporta la masa tuitera a las grandes cuestiones del día pueden resultar de poco más valor que las de los pasajeros al piloto cuando un avión atraviesa aires turbulentos.

Alguien que conversa sobre política con la desenvoltura y pasión de un fanático del Real Madrid sobre el fútbol es Íñigo Errejón. Señalado por algunos como el verdadero genio de Podemos, tiene el aspecto de un chico de 16 años, aunque tiene 31. Como los otros cinco fundadores de Podemos, Errejón es profesor en la Complutense.

“Si ganamos las elecciones, empieza el partido de verdad y el cambio revolucionario que deseamos no se va lograr sin que Europa, o al menos la parte sur de Europa, esté con nosotros”, admite Errejón

Sus gafas le dan un aire Harry Potter, motivación adicional para preguntarle por el truco mágico que ha transformado a militantes de izquierda como él en políticos pragmáticos todoterreno.

“La mayor parte de la gente no se ve representada hoy ni en los dos partidos políticos dominantes, ni en la vieja izquierda”, responde. “Izquierda y derecha son metáforas, son nombres nada más, y no son eternos. Nosotros representamos el sentido común contenido en una identidad transversal y popular, frente a la oligarquía”.

Errejón emana una enorme confianza en sí mismo unida a una casi agotadora hiperactividad mental. Pero esa palabra, oligarquía, chirría un poco en alguien que pretende alejarse de los tópicos de la vieja izquierda, como también chirría la asociación de los líderes de Podemos con la Venezuela de Hugo Chávez, según Pablo Iglesias, “una de las democracias más saludables del mundo”.

¿Cómo encaja la admiración por el chavismo venezolano, que tras 15 años de gobierno ha llevado al país latinoamericano al borde de la ruina, con el ecumenismo que profesa Podemos? Errejón no responde ¿Vene... qué?, pero casi. Descalifica cualquier noción de que Podemos piense en replicar el modelo de Venezuela. “España no es un país como Venezuela, con petróleo. Es otra cosa. El Estado funciona, el PIB es mucho más alto, no viven pobres en la montaña sin luz”.

“Si desaparecemos mañana le habremos dado una buena lección a los poderosos. Se les habrá metido miedo”, afirma Íñigo Errejón

Pero entonces, ¿cuál es el programa? Es la pregunta que todos los sectores opuestos a Podemos hacen, pero Errejón insiste en que el partido es un recién nacido y es prematuro exigir “mañana mismo” muchos detalles al respecto.

Lo que sí tiene Podemos es lo que más necesita un partido que pretende ganar elecciones: una narrativa identitaria al alcance de todos. Se presentan al imaginario colectivo como los caballeros de la Mesa Redonda que, junto al pueblo enardecido, pretenden atacar, despoblar y ocupar el castillo negro donde se atrinchera la despiadada casta. Errejón no discrepa de la metáfora pero matiza que “aún falta mucho para llegar a las murallas”.

En caso de que lleguen, Errejón no menosprecia la enormidad del reto al que Podemos se enfrentaría. Sueña, pero con los ojos abiertos. “Si ganamos las elecciones, ahí empieza el partido de verdad. Ahí competimos en Champions y el cambio revolucionario que deseamos, debemos reconocerlo, no se va a lograr sin que Europa, o al menos la parte sur de Europa, esté con nosotros. Esto no es la apología de la utopía. Vamos a empujar tantito, pero el cuánto dependerá de otros en Europa también”.

Es decir, en una Europa en la que la soberanía nacional es limitada, en un mundo más económicamente interdependiente que nunca, un Gobierno como el español poco puede hacer solo para, por ejemplo, aumentar el gasto público o reducir el paro. Como decía hace poco en una entrevista a la BBC el presidente saliente de Uruguay e ídolo de Podemos, José Mújica: “El problema es la realidad porque no hacemos lo que queremos, hacemos lo que podemos dentro del margen de la realidad”.

¿Qué pasaría si Podemos desapareciera del mapa tan rápidamente como emergió? ¿Para algo habría servido?

Errejón es listo y lo sabe pero posee la suficiente humildad para no descartar esta posibilidad. “Si desaparecemos mañana le habremos dado una buena lección a los poderosos. Se les habrá metido miedo. Con su sola existencia Podemos ha demostrado el deseo de la gente de regeneración democrática, ha destapado como nunca la necesidad de que los gobernantes rindan cuentas”.

II. John Carlin, "La casta somos todos", El País, 29-I-2015:

El escritor y periodista trata de descifrar las causas del fenómeno y su proyecto político.

De si es verdad que la revolución tendrá que esperar, o de si cabe la posibilidad de que Podemos pase a la historia como un mero revulsivo social, no parecen haberse enterado los militantes de Podemos en un acto público en Vallecas, el clásico barrio obrero del sur de Madrid. “¡Estamos a punto de derribar los muros del castillo!”, exclama uno de los oradores. Tampoco se respira mucha diversidad ideológica. El acto se inicia con una consigna, aclamada con júbilo: “¡Un brindis por la revolución cubana!”.

El acto se celebra en el Ateneo Republicano de Vallecas, una especie de club social para vecinos de tendencia izquierdista. Pero ahora hay algo nuevo que les une: la sensación de que sí, se puede ganar.

“Estamos viviendo un momento histórico, un momento de ilusión”, declara un asistente. “El pueblo obrero y guerrero de Vallecas se prepara para el cambio”, proclama otra. Se repiten disciplinadamente las consignas de la dirección: “Combatir la casta y a la gentuza que nos ha declarado la guerra a los ciudadanos”, a “los banqueros responsables de los desahucios”, a “los poderes ocultos que han secuestrado la democracia”, a “los políticos podridos” que se llenan los bolsillos mientras los niños pasan hambre en los colegios. “La batalla contra la desigualdad es lo que Podemos representa, ante todo”, y cuando llegue al poder “los peces pequeños se comerán a los peces grandes”.

Propuestas concretas sobre cómo se acabaría con la desigualdad no hay, y espíritu de transversalidad, poco. Pero entusiasmo, sí. Y lo que queda constatado es que aunque los números que acumula Podemos provengan de un amplio sector, la energía política, el petróleo que alimenta el motor Podemos, es de izquierdas. Como lo es un diario en venta en una mesa a la entrada del Ateneo llamado El Otro País. En la página cuatro hay un artículo muy crítico con la formación cuyo argumento central es que Podemos, “desideologizado”, ha imitado el modus operandi político de las potencias capitalistas. “Para entender el éxito electoral (presente y futuro) de Podemos”, dice el artículo, hay que recurrir a lo que “los publicistas estadounidenses resumen en: 1) contar una historia; 2) ser breve; 3) ser emocional”.

Maribel Cabrera tiene 36 años, los mismos que Pablo Iglesias, su vecino en Vallecas. Maby, como sus amigos la conocen, vende ropa deportiva en El Corte Inglés, donde gana 850 euros al mes. A sus espaldas tiene una agitada trayectoria como sindicalista y activista local, curtida en el movimiento indignado 15-M; hoy forma parte del equipo de 25 personas que representa a Podemos en el municipio de Madrid.

“Cuando no tenía pareja quería a Brad Pitt”, cuenta Maby, que hoy sí tiene pareja y una hija. Irradia energía y buen humor y ya no sueña más con hacerle la competencia a Angelina Jolie. Es su manera de explicar cómo su asociación con Podemos le ha rebajado las expectativas políticas, adaptándolas al mundo como es, no como quisiera que fuera.

“He sido de izquierdas toda la vida porque quería igualdad social, pero veo que los partidos de izquierda no han conseguido nada, que las ideas utópicas de izquierdas no pueden más. Eso fue hace dos siglos. Podemos es intentar adaptar la sociedad a lo que se puede hacer hoy, es decir, con mucho trabajo y poco a poco, ni de izquierdas ni de derechas”.

A diferencia de Maby, Manu Báez, de 32 años, y Rafa Arias, de 52, ambos también de Vallecas, carecen de trayectoria en la militancia política. Manu, que se gana la vida como profesor de música, no había votado nunca. Pablo Iglesias empezó a convencerle desde su programa de televisión, La Tuerka. “Me gustó desde un principio”, dice, “porque no me trataba como imbécil”.

Rafa Arias, celador en un hospital además de camarero ocasional, destaca lo mismo. “Siento que Iglesias y los otros profesores universitarios que dirigen Podemos me tratan con respeto, que hacen caso a gente como yo”.

Andrés Serrano, jefe de unidad en la Policía Municipal de Madrid, comparte con Maby una dilatada trayectoria de izquierdas. Llegó a militar en Izquierda Unida, pero su prioridad hoy no es llegar a la dictadura del proletariado. “He bajado el listón”, dice durante una conversación en un bar céntrico de la capital. “Me conformo por ahora con un país más decente, un país donde el trabajo bien hecho tenga recompensa. Que salga el mejor, no el amigo de alguien”.

¿Aboga, entonces, por un capitalismo decente? “De momento, sí. Yo firmo ahora un capitalismo donde mis hijos se esfuercen y les vaya bien. Ahora queremos lo básico, que es regenerar el país, modernizarlo, acabar con las redes de complicidades y los clientelismos, que ha sido lo nuestro desde el franquismo”.

Pero ¿no teme que la ilusión se convierta en decepción en caso de que Podemos llegue al poder y descubra que las arcas del Estado están vacías? “Hay que apostar por algo”, responde Andrés, “y yo he elegido apostar por Podemos. Pero, sí, decepcionará, inevitablemente. El paro no se acabará mañana. Si hay cambio será poco a poco. Pero con tal de que se apliquen las leyes y se dé ejemplo de honestidad, un ejemplo que ayude a cambiar la forma de ser de la sociedad, veré justificado mi voto”.

Alfonso tiene un perfil diferente de los anteriores simpatizantes de Podemos, pero comparte la idea de que las corruptas costumbres de la casta se filtran por toda la ciudadanía. Alfonso, que prefiere no revelar su verdadero nombre, tiene 48 años. Estudió en una universidad inglesa y ha sido director financiero en varias grandes empresas, entre ellas Telefónica. Ha votado al PSOE y también al PP. Hoy piensa votar a Podemos. Incluso ha donado dinero al partido.

Como Andrés Serrano, Alfonso piensa sobre todo en el futuro de sus hijos. “Sus posibilidades a día de hoy son mucho peores que las de mi generación y todos, no solo los políticos, hemos sido cómplices de esta situación”, dice. El problema es, en esencia, moral. O, por decirlo de otra manera, los hábitos amorales de la famosa casta se extienden a todos. “El 95% de los españoles piensa que ‘si hago esto y no me pillan, bien’. Yo veo a Podemos como una posibilidad, la única que veo en el panorama político, de cambiar y regenerar el sistema en general”.

Alfonso insiste en que es el sistema; no es que los españoles sean gente corrupta por determinismo biológico. Cuando llega un inglés a España se suma alegremente a la cultura del “con IVA o sin IVA”; se compra un porcentaje de su casa en la Costa del Sol con dinero negro. Todo tiene que ver con el sistema ético, que viene de arriba, según Alfonso. Por eso él, como Andrés Serrano, considera que con tal de tener un Gobierno que insista en la aplicación de las leyes y dé ejemplo con su manera de administrar el poder, España ya ganaría mucho. “Con tal de que al menos tengan como prioridad combatir el paro y, ante todo, que impongan su modelo de transparencia, ya hay más que suficiente razón para votarles”.

Curiosamente, siendo Podemos un partido formado por profesores universitarios, su principal atracción para el electorado radica no en la fuerza de sus ideas, sino en la de su visión moral. Podemos lo sabe y todo indica que va a tener como estrategia de aquí a las elecciones de fin de año eludir todo lo que pueda hablar de proyectos concretos —cosa bastante habitual en los partidos tradicionales que tanto critican— y hará lo posible para centrarse en donde son más fuertes y creíbles, en su misión de transformación política y social.

Durante una conversación de 45 minutos Juan Carlos Monedero, uno de los profesores fundadores, parece sentirse más cómodo hablando de transformación que de proyectos concretos, pese a que él ha sido señalado como el encargado en Podemos de formularlos.

¿La transformación se aplicaría también a la universidad, el mundo del que todos los dirigentes de Podemos provienen? “La universidad en España es muy franquista en su forma de ser”, contesta Monedero. “Es endogámica, no tolera la desobediencia. Dime cinco grandes obras de la universidad española de los últimos 20 años. No hay”. ¿Quiere decir que la universidad también es casta? “Totalmente. El que le lleva el maletín al catedrático es el que asciende. No es ninguna metáfora”.

Y si España es un país donde hasta un tercio de los desempleados trabaja en negro y a la vez muchos cobran como desempleados, donde saltarse la ley para provecho propio es más la regla que la excepción, ¿no se podría decir, entonces, que todos son cómplices de la casta?

“Claro”, responde Monedero. “Pero con un matiz. Si son corruptos los políticos es porque la gente los tolera, pero se ha roto la identificación del pueblo con los políticos y hay una España ahora que no se ve reflejada en esa manera de ser”.

Esa España es a la que apunta Podemos, ese sector de la población aparentemente creciente que, como dice Monedero que le ocurrió a él en sus viajes al extranjero, se mira de repente con cierta vergüenza y siente un fuerte deseo de modernizar el país. “Somos conscientes”, abunda Monedero, “de que si no cambiamos la cultura política del país no cambiamos nada”.

¿Cómo se hace eso? “Haciendo que nadie pueda tener impunidad, que se cambien algunas leyes, que los partidos no decidan los puestos judiciales y haya independencia del Poder Judicial”. Entonces, ¿a lo que apunta Podemos, como lo ve Andrés Serrano, es a un capitalismo decente? Monedero se toma un par de segundos antes de responder. “No existe”, dice. “No existe el capitalismo con rostro humano. Si te lo ofrecen te están mintiendo. Una renta básica, por ejemplo: eso no te lo puede ofrecer el mercado”. ¿Eso no suena bastante a vieja izquierda? “No. En el momento que vivimos las ideologías son una autoindulgencia”

III. John Carlin, "La religión por otros medios", El País, 31-I-2015:

No hay ideologías, no hay programas, no hay ni siquiera, como declaró Pablo Iglesias en Vall d’Hebron, promesas. ¿Entonces qué hay? Hay una narrativa. Hay una historia digerible, un mensaje breve —tuiteable— y un llamamiento a las emociones. ¿Qué quiere Podemos? Lo ha dicho Pablo Iglesias más de una vez: “De lo que se trata es de ganar”. O como declaró en una entrevista reciente: “La obligación de un revolucionario siempre, siempre, siempre es ganar... y para ganar tienes que trabajar con los ingredientes que tienes”.

O, por decirlo de otra manera, con los ingredientes que se ha visto que funcionan: el llamamiento a una cruzada moral; la calculada confusión ideológica; la deliberada ambigüedad en cuanto al programa económico.

Para que Podemos siga escalando en las encuestas los militantes no deben desviarse del guión. Hasta ahora se ha mantenido la disciplina. Prácticamente todo lo que han dicho —en las redes sociales, en las tertulias televisivas, en los discursos, en las entrevistas con los reporteros— se subordina a una astuta estrategia dirigida desde arriba, nutrida por el contacto directo con la ciudadanía a través de Internet, cuyo objetivo es conquistar votos. Lo cual no significa que sean robots o que no sean sinceros. Lo que les motiva en el fondo, desde Miguel Ardanuy en la torre de control digital de Plaza de España hasta Maby Cabrera en Vallecas, es la ilusión de poder crear una sociedad más honesta, más justa, menos desigual. Y dice mucho de ellos y de España que no apelan al miedo sino a la esperanza.

Podemos es la expresión de un fenómeno generalizado en Europa occidental. Ha ocupado el vacío creado por el descrédito, acelerado por la crisis económica, en el que han caído los partidos políticos tradicionales. En las antiguas democracias de Francia y de Gran Bretaña, en Suecia, en Finlandia, incluso en Alemania, el vacío lo están llenando partidos de extrema derecha, antiinmigración, poco disimuladamente racistas. España es diferente. Ni Podemos ni ningún otro partido político español buscan chivos expiatorios entre los musulmanes, los africanos, los sudamericanos, los polacos o los rumanos. Los impulsos del partido que ha irrumpido como un huracán en el terreno político español no son mezquinos.

La suerte de Podemos ha sido tener como rival a alguien del calibre de Mariano Rajoy, el jefe de Gobierno más gris de la democracia española. Lo cual no significa que el carisma sea el punto fuerte de Pablo Iglesias. Es un hábil tertuliano pero no es un gran orador. Quedó claro durante el discurso de Vall d’Hebron que no es ningún Martin Luther King, o Felipe González. Su lenguaje corporal lo delató. Durante la mayor parte de los 20 minutos que duró su discurso tenía las dos manos puestas en las caderas, como un cowboy desafiante pero inseguro. El desafortunado cuento de los ratones tampoco indica que posee el oído o el sentido del humor necesarios para poder conectar visceralmente con las grandes masas. Pero Iglesias piensa rápido, maneja datos y da la cara. Sus carencias se diluyen frente a las del evasivo Rajoy y las de la bovina clase política española, en general.

Muchos, sin embargo, se debatirán entre la tentación de emitir un voto de castigo contra el desacreditado establishment y el temor a las posibles consecuencias de votar a favor de Podemos. Iglesias despertará dudas a la hora de colocar el papelito en las urnas. El fantasma de Hugo Chávez —el cuestionable juicio que demostró Iglesias al identificarse tan efusivamente con él— le perseguirá hasta las elecciones generales de noviembre. Habrá también gente que se preguntará cómo actuaría Iglesias en respuesta a un atentado yihadista en las calles de Madrid, o en la mesa de la OTAN con Obama, Merkel y Cameron para estudiar posibles medidas contra el régimen de Vladímir Putin. ¿Estaría a la altura? Quizá no, pero otra vez surge la pregunta: ¿lo está Rajoy?

Sería un error, sin embargo, para aquellos que pretenden derrotar a Podemos apuntar las balas a la figura de su líder. La fuerza de Podemos no reside en él, reside en el repudio al statu quo y al anhelo de cambio de la ciudadanía. Iglesias tiene razón en el fondo cuando dice que Podemos no es él. Podemos es, como él mismo acertó al decir en su discurso de Vall d’Hebron, “miles de personas, decenas de miles que quieren cambiar”. Hay diferentes opiniones sobre cómo se debería cambiar la economía pero donde hay consenso, y por eso es aquí donde Podemos centra su mensaje, es en el deseo de cambiar la forma de hacer política en España.

Se les acusa de querer engañar al pueblo, de tener una agenda oculta. Es innegable que la energía de Podemos proviene de la izquierda, pero si de una cosa parecen ser conscientes es de los límites de lo posible. Cuando dicen que representan una nueva idea de política transversal quizá lo que están haciendo, en vez de engañar, es reconocer la realidad de que el mundo es como es, de que no hay recetas simples para lograr más crecimiento y menos paro, y pretender imponer desde un Gobierno moderno la antigua utopía marxista leninista sencillamente no es factible. Serán jóvenes los principales impulsores del partido, pero han digerido la lección de José Mujica en cuanto a lo reducidos que son los márgenes de maniobra en un mundo globalizado. Tienen el candor y la madurez suficientes para entender lo aplicable que es a la situación económica de España el viejo chiste: “¿Cómo hacer que Dios se ría? Cuéntale tus planes”.

Hablando de Dios, el mensaje de Podemos contiene permanentes alusiones cristianas. Lo que venden, en el fondo, es el mensaje de Cristo, el de aquel Cristo indignado que cuando llegó al templo denunció a los mercaderes y, en las palabras del evangelio, “echó fuera a todos los que compraban y vendían en el templo, y volcó las mesas de los cambistas… Y les dijo: ‘Escrito está: mi casa será llamada casa de oración pero vosotros la estáis haciendo cueva de ladrones”.

Incluso el método de Podemos es de inspiración cristiana. El taquillero concepto “ni izquierdas ni derechas” representa la evolución contemporánea de la fórmula ganadora, “Me hice todo para todos”, patentada hace dos mil años por el primer gran propagandista cristiano, San Pablo, en una de sus cartas a los corintios.

En la era posideológica y posreligiosa en la que vivimos, los ecos de aquellos textos aún resuenan en las mentes de los habitantes de un país de larga tradición católica como España. En los evangelios, a los malvados los llamaban fariseos, en la narrativa de Podemos los llaman casta. Es un mensaje que apela más a los sentimientos que al raciocinio, a nociones atávicas de la lucha del bien contra el mal. Abundarán motivos para el escepticismo respecto a la posibilidad de que Podemos sea capaz de mejorar las condiciones de vida de los españoles. Habrá, incluso, miedo al caos que podrían llegar a ser capaces de sembrar. Pero los dirigentes lo saben y por eso seguirán invirtiendo su energía retórica en el proyecto de higiene moral que tantos desean. Seguirán a la caza de idealistas y soñadores, de hombres y mujeres de fe que se arriesguen a incorporarse a su cruzada popular contra la malvada casta; apelarán menos a las mentes que a los corazones, donde los mensajes políticos calan más hondo y, si los profesores logran que el combate político se dispute no en el terreno intelectual, sino en el emocional, sus adversarios lo tendrán difícil para ganarles la contienda.