lunes, 19 de enero de 2026

Una causa posible del accidente ferroviario de Adamuz

 Según OK Diario y este blog, La cara oculta de la Luna, los maquinistas alertaron en agosto del mal estado de las vías y pidieron bajar la velocidad del Ave. El sindicato mayoritario de maquinistas solicitó en agosto del pasado año formalmente a la administración de infraestructuras ferroviarias, ADIF, y a la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria, AESF, que se redujese la velocidad máxima permitida en varias líneas de alta velocidad del AVE.  Entonces, el sindicato SMAF, a través de una carta planteó bajar el límite de 300 km por hora a 250 en corredores claves como Madrid Sevilla, Madrid Málaga, Madrid Valencia y Madrid y Barcelona. Entonces, los representantes, los maquinistas explicaron que las vías que las vías presentaban múltiples pequeñas imperfecciones que al sumarse provocaban vibraciones intensas y botes durante el recorrido de los trenes, especialmente cuando circulaban a la velocidad máxima actual. Estas anomalías señalaron entonces eran claramente perceptibles desde la cabina de conducción y se repetían en determinados tramos de la red. Según el sindicato, este fenómeno incomodaba a los pasajeros y suponía una sobrecarga constante para el material rodante y la propia infraestructura. Lógicamente, si un tren a 250, 300 por hora va dando botes, pues lógicamente el tren propio se estropea. No vamos a ser tampoco, no hace falta ser muy inteligente para llegar a esta conclusión. Los maquinistas estaban preocupados por una combinación de problemas técnicos acumulados que afectaban y han seguido tanto a la seguridad como al confort, aunque no siempre superasen los límites legales de circulación. En concreto, su  inquietud se basaba en estos puntos clave que todavía en la actualidad siguen vigentes.

Irregularidades acumuladas en las vías, vibraciones y botes, daños mecánicos en los trenes. Y claro, si a todo esto le sumamos que, pues cada vez hay más trenes utilizando las vías, más sobresaturación de trenes y las vías, aunque se han sustituido, se han mejorado, siguen manteniendo esas imperfecciones en lugares clave como la salida de algunas estaciones.

domingo, 18 de enero de 2026

El mosquito del metro. Un caso de evolución dirigida o artificial

 ‘Culex molestus’: lo que la especie de mosquito del metro de Londres dice sobre nosotros, en El País, por J. M. Mulet, 15 ene 2026:

Los humanos influyen en la evolución de plantas y animales. Algunas veces de manera activa, otras indirectamente. El caso del mosquito ‘Culex pipiens molestus’ es un buen ejemplo

El hombre es, sin lugar a dudas, la especie viva que más impacto ha tenido en la biodiversidad. La actividad humana está detrás de la extinción de muchas especies. A la vez, la especie humana ha contribuido a alterar el proceso natural de evolución de muchas especies. Desde la invención de la agricultura y la ganadería, la especie humana inició un proceso de selección artificial que ha dado lugar a muchas especies nuevas que no existían en la naturaleza.

Un ejemplo es la selección artificial. Las espigas de gramínea que no se desgranaban al madurar eran más fáciles de cosechar y así creamos el trigo y la cebada. Las cabras más dóciles eran menos propensas a escaparse y se convirtieron en cabras domésticas. Las semillas más grandes daban frutos más abundantes. Y así, generación tras generación, fuimos modelando los organismos que nos dan de comer. El maíz, por ejemplo, no existiría sin nosotros. Su antepasado silvestre, el teosinte, tiene tan poco que ver con una mazorca moderna que no podríamos ni reconocerla. Otro ejemplo sería el perro. A partir de un lobo salvaje hemos creado todas las razas de perro actuales. Ese proceso, muy apartado de la selección natural, ha hecho que se seleccionen algunos rasgos perjudiciales. Los perros de patas cortas son portadores de acondroplasia, una anomalía genética. Y los perros sin hocico, como los bulldog, desarrollan problemas respiratorios.

A veces el hombre influye en la evolución de forma indirecta. A medida que la actividad humana crea ambientes nuevos, algunos organismos pueden encontrar nuevos nichos ecológicos más favorables que su propio ecosistema. Las cucarachas son un insecto tropical que, gracias a las calefacciones de nuestros hogares, han podido colonizar climas fríos. Las ratas han encontrado un ecosistema ideal en nuestras alcantarillas, por no hablar de las gaviotas, que hace tiempo que dejaron de ser un ave pescadora para especializarse en los vertederos.

A veces esto puede ser mucho más sutil. Un ejemplo es el mosquito Culex pipiens, común en muchas zonas templadas del planeta. Una población de ellos se había adaptado a la vida en el metro, donde los abundantes charcos les permitían la reproducción. En superficie, estos mosquitos prefieren alimentarse del néctar de plantas; en cambio, los del metro tenían una dieta hematófaga, nutriéndose de los incautos pasajeros. Gracias al ambiente cerrado y la temperatura estable durante todo el año, la especie del metro había perdido la estacionalidad de sus parientes que habitaban el exterior.

Faltaba comprobar si estas variaciones de comportamiento o aspecto que habían estudiado realmente suponían una nueva especie. Cuando se trató de hibridar la especie del metro con la de la superficie, encontraron una fuerte barrera reproductiva. Los híbridos eran muy escasos y los pocos que nacían eran inviables. El aislamiento reproductivo entre las dos poblaciones había ocasionado un proceso de especiación y ya podía considerarse que eran dos especies diferentes. Solemos tener la imagen de que la evolución biológica es un proceso muy lento que precisa miles de generaciones, pero no siempre es el caso. Aquí hay un ejemplo: en los poco más de 160 años que tiene el metro de Londres, había dado lugar a la formación de una nueva especie de mosquito hematófago, especializada en picar a los usuarios de transporte público. No en broma, esta nueva especie fue bautizada como Culex pipiens molestus. Un proceso similar se ha observado en el metro de Nueva York y en el de Moscú.

Lo más sorprendente fue que cuando siguieron estudiando a la nueva especie, descubrieron que no era homogénea, sino que se dividía en subespecies. Los mosquitos suelen vivir en el túnel y las condiciones microambientales varían (temperatura, humedad, densidad humana); los mosquitos de cada línea de metro evolucionaron por separado, favoreciendo una diversificación genética aún mayor. De esta forma, el mapa del metro de Londres se ha convertido en un experimento evolutivo a gran escala, donde cada línea de metro ha definido a una subespecie diferente a partir de una especie pionera que sigue habitando en el exterior. Lo más probable es que algunas de estas subespecies acaben convertidas en una especie independiente. Sería divertido ver cómo se bautizan. Yo propongo poner el nombre de la parada donde se identifique el primer ejemplar.

El lado más oscuro de esta historia

— La evolución involuntariamente dirigida tiene también consecuencias menos amables. El uso masivo de antibióticos ha dado lugar a bacterias multirresistentes. El uso de plaguicidas ha seleccionado insectos y hierbas resistentes. Y el cambio climático está obligando a muchas especies a cambiar su comportamiento y su hábitat, lo que ocasiona cambios en su genética.

— En Japón, por ejemplo, algunas mariposas han empezado a adelantar su ciclo reproductivo para adaptarse a primaveras más cálidas. En los Alpes, ciertos tipos de flores modifican su tamaño y su color conforme ascienden por la montaña en busca de temperaturas más frescas, y las que no pueden adaptarse están condenadas a extinguirse.

J. M. Mulet es catedrático de Biotecnología.

sábado, 17 de enero de 2026

The Wire

 Sobreviviendo gracias a ‘The Wire’, Carlos Boyero, en El País, 17 ene 2026:

Durante sesenta capítulos de una hora todo se torna apasionante, crítico, veraz, perturbador, admirable, conmovedor

Existen ciudades muy estéticas, también con alma, en las que siempre he intuido una atmósfera sombría y enfermiza si el cerebro y el corazón andan flojos. Son las tan preciosas como perturbadoras Venecia, Praga y Lisboa. Y concibo a espíritus geniales y atormentados, como Pessoa y Kafka, habitando esos lugares en los que nacieron y se consumieron de tristeza. He creído sentir al Golem en medio de la niebla durante un febrero en Praga y sentir una melancolía pegajosa en Lisboa. También le doy la razón a Aznavour cuando susurra Venecia sin ti. Y existe otra ciudad llamada Baltimore, desde la que Edgar Allan Poe concibió, en medio de borracheras y láudano, historias tan imaginativas como terroríficas. También un poema que me ha acompañado casi siempre titulado Solo. No he estado en Baltimore ni tampoco la conoceré porque ya no tengo ganas de ir a ningún sitio. Tampoco a los socorridos bancos públicos, porque solo se te sientan al lado gente que mira obsesivamente un teléfono y a los que únicamente se les altera la expresión facial en función de lo que les está contando algo que se llama Instagram, Tiktok, inventos estratégicos del príncipe de las tinieblas o de los multimillonarios trumpistas para embrutecer aún más al personal.

Y regreso corriendo a mi casa para intentar matar el tiempo. La expresión no es consoladora, es homicida. Lo normal y lo bonito sería vivir el tiempo, esa cosa inatrapable. Y viendo y escuchando la televisión, recurso permanente de los ancianos, me dan frecuentes ganas de introducirme los dedos en la boca. Es sucia, previsible, gritona, calculadora, fea, mentirosa. Igual que la publicidad que vomita de forma incansable. Y estratégicamente polarizada (término que resulta vomitivo ante su abuso), con actores y actrices que en función de su sueldo van ataviados con consignas y disfraces ideológicos de izquierdas o de derechas, repitiendo hasta el aburrimiento consignas grupales, intentando hacer creer a los amodorrados escuchantes que unos representan al bien y los otros al mal.

Y me concentro en la apasionante Baltimore mediante una serie que es una obra de arte y a la que retorno todos los años llamada The Wire. Es la mayor concentración de inteligencia, análisis, lucidez, complejidad, conocimiento, guiones, intérpretes, atmósfera de lo que yo he identificado siempre como el gran cine, aunque se trate de una serie. Y durante sesenta capítulos de una hora todo se torna apasionante, crítico, veraz, perturbador, admirable, conmovedor.

La tribuna de Pérez Reverte sobre el español de la RAE

 Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor, en El Mundo, por Arturo Pérez-Reverte, 11 enero 2026:

 Crece la impresión de que la Real Academia Española ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería.

La célebre divisa de la Real Academia Española -Limpia, fija y da esplendor- surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se cumple. No porque el español esté en decadencia -al contrario, camina más vivo e imparable que nunca- sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería. Decir que la RAE ya no limpia, ni fija, ni da esplendor es, lamentablemente, una impresión generalizada.

Intentaremos explicarlo, aunque ni sea fácil ni sea cómodo, ni agradable. Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos. Debates que a menudo han opuesto y oponen dos formas distintas de entender la RAE, su función y sus obligaciones.

El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan principalmente lingüistas -aunque no se trata de grupos compactos-, es que la Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre.

Como institución colectiva, y desde hace tiempo, la RAE ha estado esquivando la constante petición de algunos académicos -cada vez menos, pues los más combativos van falleciendo o se cansan de bregar- en los debates de los plenos de los jueves: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, a modo de balance, y no para imponer normas policiales, sino para prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes, docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar -advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio- no responde sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Que -a diferencia de la notoria incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares- sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes.

Fijar no es congelar la lengua

En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados, explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad académica. ¿Se escribe solo o sólo? ¿Guion o guión? ¿Mayúsculas opcionales?... La respuesta académica suele ser tibia: «depende», «es válido», «se recomienda, pero no es obligatorio». Una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados -muchos de ellos fueron en vida o son hoy académicos- para quienes la lengua era y es una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto. Y con esa claudicación, en vez de orientar hacia el buen uso, la RAE lo desprecia.

Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay.

Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social.

Y, bueno. Los resultados están a la vista. La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez. El antes buscado esplendor exigía distancia, profundidad, autoridad y exigencia sin complejos. Además, y como postre, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento léxico. Aunque a veces los adapta, no siempre propone alternativas convincentes o realistas -todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet-. Y cuando las alternativas razonables son asumidas, llegan tarde o no se aplican. El mensaje implícito es de resignación: la lengua cambia, y poco se puede hacer; sólo seguirle el paso, aunque sea cojeando.

La politización del lenguaje

Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos -Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Esa prudencia, o ambigüedad, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía. Cada vez que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad. Y no se trata de negar debates sociales, que son necesarios, sino de establecer con claridad qué pertenece al ámbito de la lengua y qué al de la ideología, y ser inflexible con quienes desde el interés partidista intentan contaminar la lengua o adaptarla a sus intereses. Al no plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio.

Otro síntoma inquietante es la invisibilidad intelectual de muchos actuales académicos. Históricamente, la RAE estaba integrada por figuras literarias y filológicas de primer orden, cuya autoridad provenía tanto de su obra como de su pensamiento. Hoy, aunque sigue habiendo elementos brillantes entre los lingüistas -Ignacio Bosque, Pedro Álvarez de Miranda- y también hay escritores de reconocido prestigio y notables académicos de otras especialidades, sus voces públicas suenan aisladas, cuando suenan, y la institución en su conjunto no proyecta una voz prestigiosa y sólida. Las discusiones importantes sobre la lengua se dan fuera de la Academia, en universidades, medios, redes sociales y espacios independientes. La RAE suele reaccionar tarde y mal, y rara vez lidera el debate. Ha pasado de ser un faro que guía a comentarista de lo que hay.

Pero lo más grave, en mi opinión, es que en el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se anteponen, más de lo necesario, los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la obra de Soledad Puértolas, Carlos García Gual, Juan Mayorga, José María Merino, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, José Manuel Sánchez Ron, Clara Sánchez, Javier Cercas y tantos otros académicos vivos o muertos.

La inversión de la autoridad lingüística

Tradicionalmente, los buenos escritores no se limitaban a utilizar la lengua española: la afinaban. La literatura era un laboratorio de posibilidades expresivas, de creación e innovación, pero sobre todo un espacio de autoridad. Un uso reiterado en Cervantes, Galdós, Borges o Vargas Llosa tenía más peso que mil ocurrencias bastardas o efímeras. La Academia observaba todo eso registrando cuanto había, pero aconsejando utilizar lo mejor. Don Manuel Seco, al que mi querido don Gregorio Salvador definió como «el académico perfecto», abrió siempre su diccionario al lenguaje popular y su evolución natural, pero nunca perdió de vista la autoridad superior de los grandes escritores. Durante mucho tiempo -llevo 23 años en la RAE y he conocido otras épocas- los sucesivos directores de la RAE incluido Darío Villanueva, el penúltimo de ellos, mantuvieron un exquisito y útil equilibrio entre lingüistas y creadores. Hoy ocurre todo lo contrario. Los debates lingüísticos -aquellas tradicionales papeletas de toda la vida- han desaparecido de los plenos y se solventan en comisiones parciales o con decisiones casi personales, ajenas al criterio general. En 2009, cuando Ignacio Bosque iba a publicar su importantísima Gramática, todos los académicos leímos, comentamos y discutimos durante mucho tiempo el borrador. Hoy eso sería imposible: suele imponerse el hecho consumado.

Recuerdo con añoranza mi primera década en la Academia, en la que tardé años en abrir la boca si no me preguntaban. Hoy están lejos los tiempos en que los jueves suponían fascinantes discusiones de gran altura: lingüistas de categoría como García Yebra, Rodríguez Adrados, Manuel Seco, Gregorio Salvador, se medían y enfrentaban en debates inteligentes, respetables y amistosos con Camilo José Cela, José Luis Sampedro, Mario Vargas Llosa, Claudio Guillén, Carmen Iglesias, Francisco Ayala o Castilla del Pino. Ahora, lamentablemente, el núcleo de lingüistas al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma. Que la Academia tome ese material como referencia prioritaria equivale a aceptar como patrón lo que antes habría considerado síntoma de deterioro.

Una de las actitudes más discutibles, siempre en mi opinión, es que la RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo. Antes, el diccionario y la gramática no sólo indicaban qué se decía, sino qué se debía o podía evitar. En el Diccionario o fuera de él constaban marcas claras: incorrecto, impropio, desaconsejado, vulgar... Hoy, esas advertencias se han atenuado o desaparecido, sustituidas por fórmulas ambiguas: se documenta, se usa, es frecuente en la lengua hablada. El problema no es admitir que un uso existe, pues la RAE está obligada a registrarlo, sino elevarlo a la categoría de aceptable o correcto sin un juicio crítico. Cuando se deja de señalar un error, el error ya no se percibe como tal: el hablante pierde herramientas para distinguir entre el descuido y el rigor, entre una solución pobre y una rica, entre una desviación ocasional y una norma consolidada. Y de ese modo la Academia ya no corrige la incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.

La marginación de los escritores solventes

Mientras tanto, como dije, la voz de los académicos escritores que por naturaleza son creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje, apenas cuenta hoy en la RAE. Muchos de ellos, vivos o recientemente fallecidos, han señalado errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma, sólo para ver cómo el sector ahora dominante en la Academia -los talibanes del todo vale- los ignora o trata como opiniones respetables, pero irrelevantes. Durante el mandato del actual director -al que por otra parte se deben importantes logros, como la labor panhispánica en América y la salvación económica de una RAE asfixiada por el ex presidente Mariano Rajoy- se ha roto el vínculo histórico, el respeto mutuo, el equilibrio al que antes aludía entre creación literaria y técnica lingüística. Y esto es especialmente grave, porque los escritores no sólo conservan la lengua: la trabajan y proyectan hacia el futuro. Son quienes exploran sus límites sin romper su coherencia. Prescindir de su criterio equivale a amputar la dimensión estética e intelectual del idioma, reduciéndolo a un mero instrumento funcional. La lengua sin autoridad literaria se vuelve plana; y una academia que no escucha a quienes mejor la manejan renuncia a dar esplendor en el sentido más profundo del término.

El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad.

Decir que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da esplendor no es negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su necesario futuro, sino prevenir una crisis. La lengua española no necesita una policía autoritaria, pero sí una institución capaz de establecer criterios, defender la excelencia y asumir que toda norma implica incomodar a alguien. Sin limpieza no hay claridad; sin fijación no hay estabilidad; sin esplendor no hay belleza. Si la RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica. La Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento, más el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias sólo contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su grandeza.

Injusticia española.

 Carlos Castresana: “La justicia española es incapaz de reconocer sus errores y corregirlos”. El fiscal recoge en un libro fallos judiciales históricos que siguen siendo muy actuales, en El País, por Pablo Ordaz,  Madrid - 15 ene 2026:

Acaba de publicar un libro, su primer libro, pero el fiscal Carlos Castresana (Madrid, 67 años) lleva muchos años escribiendo en papel timbrado capítulos sueltos de la historia. Ya había una voluntad de estilo en los primeros párrafos de sus escritos de acusación contra los dictadores Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla, y también antes, mucho antes, cuando era un joven fiscal que perseguía la corrupción política en España. Ahora, con Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias (Tusquets), Castresana —quien también fue comisionado de la ONU contra la impunidad en Guatemala— rescata para el lector español la tradición, fundamentalmente anglosajona, de convertir en literatura los fallos judiciales de especial relevancia.

Pregunta. ¿Por qué no hay en España esa costumbre de recrear sentencias célebres, casos rodeados de polémica, condenas injustas?

Respuesta. Tal vez porque en otros países –por supuesto en Francia, en Gran Bretaña, en Estados Unidos...—son menos escrupulosos que nosotros para reconocer los errores. Ellos, cuando se equivocan, lo reconocen y lo rectifican. Pero una de las características del sistema penal español es su rigidez, su incapacidad de reconocer que se equivoca y de rectificar apropiadamente.

P. ¿Por qué sucede eso?

R. Pues por una tradición histórica. La justicia que teníamos —que no se podía llamar poder judicial porque era un aparato de la dictadura— se transforma en un poder judicial independiente sin siquiera una reforma, pasando de puntillas por la Transición. De ahí que sigamos teniendo un poder judicial independiente porque lo dice la ley y porque hay un Consejo General del Poder Judicial, pero que es completamente refractario a la crítica e incluso a la autocrítica. Por ejemplo, cuesta enormemente que la Sala Segunda del Tribunal Supremo rectifique, y más todavía que te den una indemnización decente cuando has estado en la cárcel por un delito que no cometiste. Creo que hay una gran desconexión de la justicia con la sociedad.

P. ¿Ese vacío puede repercutir en el hecho de que, aunque las noticias estén repletas de casos judiciales, nuestra educación jurídica no vaya más allá de lo que hemos visto en las películas o de lo que vamos mal aprendiendo de oídas?

R. El lector español lo ignora casi todo porque nadie se ha parado a explicarle qué es la presunción de inocencia, o la duda razonable, o la prueba de cargo… Por eso decidí que este tenía que ser un libro para profanos, para todos los públicos, y que tenía que mostrar todo eso sin que se convirtiera en un tratado de Derecho, sino más bien contando historias, como parábolas del Evangelio. Le digo al lector: mire, esto funciona así. La prueba indiciaria bien tratada se hace de esta manera, y aquí le pongo un ejemplo de donde se ha hecho mal y conduce a condenar a inocentes.

P. Hay algunos momentos en la lectura del libro que el lector se siente casi responsable de la suerte del acusado, como si fuese un miembro más del jurado…

R. Ese era precisamente el juego que buscaba. Yo expongo el caso y las circunstancias que lo rodean; todas las piezas del puzle necesarias para resolverlo. Y luego digo: esto es lo que decidió el tribunal o el jurado, esto es lo que opino yo –sin proclamar ninguna verdad incontrovertible—y ahora le invito a que usted se lo lea, pare, reflexione y emita su propio veredicto, que puede ser el del jurado o puede ser el contrario…

P. O incluso tenga las mismas dudas para condenar o absolver…

R. Claro. Hay casos, como el descuartizamiento de Boston, que es un caso límite, donde tú dices: yo creo que el señor era culpable, pero no estoy seguro de que se demostrase suficientemente que lo era. Y otros casos que plantean dudas morales que son del siglo XVI, pero que se plantearían idénticas en el XXI. El caso de Beatrice Cenci, una joven romana que mata a su padre porque la había convertido en su esclava sexual. Nos preguntamos: ¿Tiene que seguir aguantando las sevicias de su padre hasta el final de los tiempos? ¿Le podemos aplicar algún atenuante? ¿La condenamos? ¿La absolvemos? Eso mismo se plantearía si hoy se comete el mismo parricidio…

P. Otro de los casos asombrosamente actuales es que se titula en el libro La palabra de Sarah. La denuncia por violación de una mujer joven, soltera y pobre víctima de un miembro de la aristocracia inglesa requería mucho valor… Usted dice: “Ella demostró tenerlo. Fueron otros quienes no supieron estar a la altura de su palabra”.

R. El juicio se celebra en Londres a finales del siglo XVIII, pero la cuestión del consentimiento en las relaciones sexuales y la apreciación que se hace en los tribunales del testimonio de las mujeres está plenamente vigente. Y aquí no solamente había una discriminación de clase –una sombrerera contra un lord-, sino por ser una mujer soltera. Hay una prueba pericial forense que indica que fue sometida a una violencia sexual extrema, pero se pasa por alto, y además se le achaca que tardó tres días en denunciar, sin valorar que antes hubiera estado secuestrada… Esas cosas siguen pasando.

P. Hay en el libro –su primer libro—una voluntad innegable de estilo…

R. Un fiscal antiguo decía que el 50% de la tarea del fiscal es literatura, lenguaje. Nosotros pedimos lo que corresponde en los tribunales expresándolo por escrito, y es fundamental expresarlo bien para que resulte eficaz y obtener lo que pretendemos. Yo he escrito mucho, durante muchos años, claro que eran escritos profesionales, pero no deja de ser una escuela…

P. Aun así, hay sentencias muy difíciles de entender, no ya por el fondo, sino por la forma. Hace unos días, Álex Grijelmo escribía una columna sobre lo mal que escribe el juez Juan Carlos Peinado, y añadía que “frases tan enrevesadas oscurecen las argumentaciones”.

R. Antiguamente había una comisión de estilo en el Tribunal Supremo. Los magistrados escribían, bien o mal, pero después de dictar la sentencia, unos correctores gramaticales y de alguna manera literarios lo pasaban a un lenguaje que podía guardarse como precedente. No sé cuándo desapareció, pero desde luego ahora hay algunas que son incomprensibles, porque además padecen mucho el corta y pega.

P. Su libro se acaba de publicar y ya se está preparando la tercera edición. ¿A qué atribuye esa atracción por la revisión de casos judiciales?

R. Hay una causa sobre la que, digamos, bascula la literatura judicial, y es que a todo el mundo le conmueven las injusticias, sobre todo si son injusticias sangrantes. Hay algunos capítulos que tú los lees y se te pone hasta mal cuerpo, y dices: pero cómo han podido ser capaces de esta barbaridad… Ese pobre muchacho que entra en el juzgado acompañando a un amigo que tiene que recoger unos papeles y acaba condenado a muerte… Todos los que estamos implicados en administrar justicia deberíamos reflexionar sobre una frase que yo escuché muchas veces en las Comisiones de la Verdad en Centroamérica durante los años noventa: “Ahora que os he contado la verdad, ¿qué vais a hacer con ella?“.

Nuevo ensayo sobre el tiempo de Sergio C. Fanjul, Cronofobia

 Sergio C. Fanjul no va de farol: un ensayo sobre el tiempo, en Babelia, por Manel García Sánchez, 12 ENE 2026:

Cronofobia’ nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado

Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un máster en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de San Agustín sobre lo fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!

Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta, de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta aprioris y prejuicios de legos y profanos —ese debe ser el cometido de un buen ensayo— y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.

El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de Alzheimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el del Bill Murray del Día de la marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se rebelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...

La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad el tempus fugit virgiliano, sobre geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la Historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con MacTaggart, si solo existe el presente, si por el contrario los pliegues del pasado, del presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortázar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.

Cronofobia. El miedo al paso del tiempo, la aceleración, la nostalgia, la edad o la muerte. Sergio C. Fanjul, Arpa, 2025, 304 páginas, 19,90 euros

Una nueva traducción de La cicatriz de Ulises, de Erich Auerbach

 Lección vital de literatura universal: ‘La cicatriz de Ulises’, de Erich Auerbach, por Nadal Suau, 13 ENE 2026:

Este ensayo nos permite volver al pensamiento filológico y literario de uno de los grandes intelectuales judíos del siglo XX, representante de una generación que se vio lanzada al exilio (cuando no a la muerte) por culpa del nazismo

Siempre es un buen momento para regresar a los clásicos, que no deberían requerir de excusas de actualidad para justificar su regreso a librerías. Sin embargo, a veces resulta que las páginas de un clásico se empeñan en aludir al estricto presente, no ya de una forma lateral o como efecto de los valores universales que se le presuponen, sino de un modo tan exacto que el lector se revuelve en la silla, sorprendido. Yo no me acerqué La cicatriz de Ulises con esa intención, pero así ha ocurrido; trataré de transmitirlo sin caer en simplificaciones.

Erich Auerbach es una figura imprescindible de la cultura del siglo XX europeo, y todo aquel que se pregunte en qué consiste leer bien disfrutará con su obra maestra, Mímesis, un estudio que abarca siglos de literatura en busca de respuestas a una duda de resolución imposible: ¿qué relación hay entre la realidad y la obra artística? Pero, además, la trayectoria vital de este berlinés nacido en 1892 nos lleva al corazón de una historia tremenda, la de la intelectualidad alemana de origen judío que, a partir de los años treinta, se vio empujada al exilio, cuando no a la muerte. Auerbach tuvo la fortuna de poder instalarse en Estambul durante toda la Segunda Guerra Mundial antes de finalizar su carrera académica en Yale.

Desde esta perspectiva histórico-biográfica, la segunda parte de La cicatriz de Ulises, horizontes de la Literatura universal (Acantilado, 2025) es apasionante, porque recoge correspondencia del autor con figuras como Karl Vossler, Siegfried Kracauer, Victor Klemperer, Thomas Mann, Walter Benjamin, Erwin Panofsky… Nombres de una época perdida en la que un solo individuo podía atesorar una sabiduría hoy impensable. A menudo, esas cartas tienen una apariencia coyuntural, saludos en busca de favores, pequeñas gestiones prácticas, etcétera. No es verdad: bajo ellas late una fenomenal tragedia histórica, el final de un mundo, de una civilización. Y la amenaza de la muerte.

Esta amenaza de homogeneidad, de entronque directo, con el fascismo, sigue aquí, en un siglo XXI que no sabe resolver el dilema entre delinear un destino común sin sofocar la diferencia.

Lo biográfico encuentra eco también en la primera mitad del volumen, compuesta por seis ensayos de origen especializado y filológico, aunque su atractivo sobrepasa de largo esos marcos: la inteligencia analítica se combina con una resonancia emocional tan sutil como indiscutible, un recordatorio de que, para estar presente en un texto, el autor no necesita hablar de sí mismo. Los temas son: Montaigne, Vico, Dante, Proust, Ulises, y el concepto de “filología universal”, que hunde sus raíces en Goethe.

El texto dedicado a la Odisea es una obra maestra en sí mismo, aunque tiene su truco: con el tiempo, se convertiría en el primer capítulo de Mímesis. La comparación entre el estilo de Homero y el veterotestamentario (entre olvidar la realidad o dominarla, entre explicarlo todo o dejar que todo constituya trasfondo, entre lo legendario de Ulises y lo paradójicamente histórico de los textos sagrados) resume todo lo que hay que saber sobre la condición literaria de una palabra escrita que aspire a esa categoría. En cuanto al Montaigne que dibuja, es un modelo de conducta que haremos bien en recuperar, con su libertad y su soledad. Por cierto, Auerbach escribe sus apuntes críticos en un tiempo en que el trabajo académico humanístico tenía una capacidad para ligar cultura y urgencia social con una tensión que se ha perdido tal vez para no volver.

Ahora bien, es al principio de 'Filología de la literatura universal’ cuando estalla el contemporaneómetro. “Nuestra tierra”, escribe Auerbach, “está volviéndose más pequeña y pierde diversidad”: “La vida se uniformiza en todo el planeta”. Auerbach explica cómo lo universal goethiano tiene como requisito que el mundo sea complejo, variado, rico en culturas y literaturas a partir de las cuales se pueda forjar un pensamiento que las aúne. Esta amenaza de homogeneidad, de entronque directo con el fascismo, sigue aquí, en un siglo XXI que no sabe resolver el dilema entre delinear un destino común sin sofocar la diferencia. Así, de pronto, La cicatriz de Ulises vale (también, pero, desde luego, no solo) como comentario a un 2026 amenazador.

El del pelo blanco. Leslie Nielsen.

 Leslie Nielsen. “Corpulento, guapo y tontorrón”: el éxito tardío de Leslie Nielsen, el gran cómico que jamás sonreía, en El País, por Eva Güimil, 17 ene 2026:

El inolvidable protagonista de casi todas las películas cuyo título termina en “como puedas” cumpliría 100 años en 2026. Casi a la edad de jubilación descubrió un talento innato que cambió el rumbo de la comedia

Déjalo salir”, o como quieran traducir Let ‘er rip, es el epitafio que adorna la tumba del actor canadiense Leslie Nielsen (Regina, 1926-Florida, 2010). No busquen un significado poético o trascendental: se refiere a los pedos, su seña de identidad. Era famoso por ir a todas partes con un pequeño artilugio que, al ser accionado, simulaba el sonido de una ventosidad. Y lo mantuvo a su lado hasta el último momento, literalmente. Durante su funeral, celebrado con un cóctel y una fiesta en la que sonaba la música de Atrápalo como puedas, su mujer lo introdujo en el ataúd y lo activaba cuando alguien se acercaba a presentar sus respetos.

Leyendo esto, cualquiera pensaría en un cómico de raza, un niño que había crecido haciendo reír a familiares y compañeros de colegio, un clown vocacional, pero lo cierto es que durante la mayor parte de su carrera Nielsen fue un actor dramático o más bien hierático. Un galán tan atractivo como inexpresivo que participó en todas las producciones televisivas que se rodaron durante los sesenta y los setenta, de Alfred Hitchcock presenta a Colombo o Vacaciones en el mar.

El mundo descubrió a Nielsen cuando ya había sobrepasado los cincuenta. En el momento en el que algunos actores están calculando cuánto les queda para la jubilación, él dio un giro radical. No es que se reinventara, es que inventó un personaje que vertebró su carrera durante tres décadas. Si en una película aparecía Leslie Nielsen, uno ya sabía lo que iba a ver. El milagro lo obraron los ZAZ, o sea, David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker, tres guionistas y directores de Wisconsin que un día decidieron escribir una película sobre un accidente aéreo que parodiase el cine de catástrofes que vivió su época gloriosa durante los años setenta. Para protagonizar Aterriza como puedas no buscaron actores cómicos. Creían que la esencia del proyecto es que todos se lo tomasen en serio, por absurdas que resultasen las situaciones, y para ello insistieron en contar con actores de carácter como Robert Stack, Peter Graves o Lloyd Bridges en lugar de Bill Murray y Chevy Chase, que eran las recomendaciones de Paramount. Para interpretar al impertérrito Doctor Rumack, les sugirieron al cómico Dom DeLuise, pero ellos solo tenían un nombre en mente: Leslie Nielsen.

“En aquel momento la gente reconocía su rostro por haber participado en cientos de películas y series de televisión, pero no necesariamente sabían su nombre”, reconoció Jerry Zucker en la historia oral de Aterriza como puedas.

“Todos los actores fueron fantásticos, la verdad, pero Leslie era el que estaba como pez en el agua. Leslie disfrutó cada minuto, y prácticamente no necesitó instrucciones, porque una vez que entendió lo que hacíamos, lo hizo suyo. Le encantó.” Había encontrado su sitio en el mundo de la interpretación. “Aterriza como puedas cambió por completo su carrera: interpretaba a un galán corpulento, guapo y serio, pero era el tipo más tontorrón que jamás hayas conocido”, aseguró el actor David Leisure, que interpreta a uno de los hare-krishna. Fue una de las primeras víctimas de su máquina de pedos. Se sentó a su lado, se presentó con la voz profunda que le sirvió durante muchos años para ser actor de doblaje y, de pronto, eructó. “Perdón, comí cebollas en el almuerzo”, se disculpó. “Y luego tenía esta cosa metida bajo el brazo y oías salir un pedo fuerte y escandaloso. Y luego iba a sentarse al lado de alguna chica, alguna extra, y hacía lo mismo y veías cómo su cara palidecía”.

Fue una constante en todos sus rodajes. El artilugio se lo habría fabricado un amigo médico y, un día, apareció en el plató con una caja llena de ellos y los vendió a todo el equipo por siete dólares. Como lo usaba todo el mundo todo el rato, el departamento de sonido tuvo que confiscarlos para que no se siguiesen arruinado tomas. Priscilla Presley también lo sufrió durante el rodaje de Atrápalo como puedas. “Yo no sabía cómo reaccionar. Entonces vio mi mirada y empezó a reírse. Sacó la mano del bolsillo y sacó este aparato que llevaba consigo todo el tiempo. Esa broma ayudó a consolidar una amistad que siempre apreciaré”.

Un cómico en el armario

Nielsen, que se consideraba a sí mismo “un cómico en el armario”, supo que el doctor Rumak era el personaje de su vida. “Le dije a mi agente: ¡No negocies! ¡Acepta! ¡Les pagaré por este papel!”, declaró años después a The New York Times. La película fue un éxito inesperado que tuvo entre sus principales activos la actuación de Nielsen. Para el director, era gracioso in intentarlo, un actor con ”una extraña habilidad para hacer payasadas de una manera creíble. Un comediante nato".

Suyas son las frases más recordadas de la película. Por ejemplo:

Hay que llevar a esa mujer a un hospital.

–¿A un hospital? ¿Qué es, doctor?

–Un gran edificio lleno de enfermos y a veces no hay camas.

Sorprende lo tarde que llegó a un género para el que parecía haber nacido, pero él reconoció que le había faltado valor. “Nunca tuve el valor”, declaró en el programa The Last Resort With Jonathan Ross. “Tenía miedo de ponerme a prueba”. Nielsen era hijo de un miembro de la policía montada de Canadá quien, según aseguró una biografía no autorizada, golpeaba a su mujer y sus hijos, y se crio en una zona cerca del Ártico donde, según reconoció, su principal preocupación era “no morir congelado”. Se alistó a los 17 años en la Fuerza Aérea y, tras licenciarse, se fue a vivir a Nueva York para estudiar interpretación. No era el único actor de su familia: su tío fue Jean Hersholt, un nombre que sonará a los asiduos a la noche de los Oscars, ya que en su homenaje se entrega un galardón en reconocimiento a labores extraordinarias en causas humanitarias (el último recayó en la cantante y actriz Dolly Parton).

Se apuntó al Actors’ Studio, al igual que Marlon Brando o Montgomery Clift, y gracias a su atractivo físico y su voz profunda no tardó en encontrar un hueco en la pantalla. En cine tuvo su primer éxito gracias al clásico de ciencia ficción Planeta prohibido (1956). También lo vimos en otro clásico, La aventura del Poseidón (1972), donde interpretaba uno de esos personajes que parodiaría después. Y estuvo a punto de ser el Mesala de Ben-Hur (1959), pero su papel acabó en manos de Stephen Boyd. Trabajaba más que nadie, pero no destacaba por nada; como señaló un crítico, “era simplemente un galán atractivo en una industria repleta de galanes atractivos”.

Su aspecto severo hizo que muchas veces interpretase personajes peligrosos. “Al principio me elegían con frecuencia para interpretar a un joven de alta alcurnia con… problemas, y luego para un papel de villano, desde villanos del oeste con sombrero negro hasta policías corruptos. De hecho, el último papel serio que interpreté fue el de villano, junto a Barbra Streisand, el cliente cruel que ella asesina en Loca [1987]”, reconoció en Den of Geek. Nunca se arrepintió de su giro, aunque era consciente de que no había vuelta atrás. “Ahora que he hecho comedia, me encantaría volver a hacer dramas intensos. El problema es que podría hacerle la cosa más horrible a una mujer indefensa y el público se reiría”.

Hizo cine, televisión y teatro, siempre en roles dramáticos. Algo que hoy resulta llamativo. “Estamos sorprendidos de que la gente lo haya tomado en serio todos estos años, y es bastante desconcertante verlo en un drama del pasado”, afirmó Jerry Zucker al Chicago Tribune”. Ellos tuvieron claro desde el principio el gran actor cómico que era y no dudaron en colocarlo como protagonista en su siguiente éxito: Agárralo como puedas (1988). Su Frank Drebin es el sinónimo de incapaz que se cree infalible. A pesar de que la serie en la que está basada, Police Squad, fue un fracaso que no pasó de la media docena de capítulos, el mismo equipo vio años después cómo la adaptación cinematográfica se convertía en un éxito instantáneo. Costó apenas 12 millones y recaudó más de 80. Un triunfo que dio lugar a dos secuelas (y un reboot reciente con Liam Neeson en el papel de Nielsen) y un sinfín de copias de más o menos calidad para las que siempre intentaban contar con el canadiense. Se había convertido en un icono del humor absurdo. Pero no todo funcionaba. No lo hicieron Reposeída (1990), la parodia de El exorcista que rodó con una Linda Blair en horas bajas, tampoco Drácula, un muerto muy contento y feliz (1995) de Mel Brooks.

El rey del genero conocido como spoof se había encandilado de Nielsen tras verlo en Agárralo como puedas, pero la parodia de las películas del vampiro transilvano fue un desastre que no convenció a crítica ni público. Tampoco los productos de dudosa calidad basados únicamente en su presencia, en los que en España se añadía la coletilla “como puedas”; véanse Espía como puedas, Acampa como puedas, Asegúrate como puedas o Esquía como puedas. La imaginación al poder. Él parecía encantado a pesar de los pobres resultados. No dudó en hacer cameos en la tercera y la cuarta parte de Scary Movie, la otra gran saga de parodias cinematográficas, y también en Superhero Movie. Curiosamente, su última película fue otro spoof, Spanish Movie, la parodia del cine español reciente de Javier Ruiz Caldera, donde coincidió con otro genio de la comedia, Chiquito de la Calzada. Aunque su carrera al margen de los Zucker no alcanzó las mismas cotas de calidad, el actor está en el altar de la cultura pop por otro papel. En 1992 fue Lucas Hollingsworth, el elegante tio de Blanche que llevó al altar a Dorothy en el último capítulo de Las chicas de oro.

Nielsen, de cuyo nacimiento se cumplirán cien años en febrero, fue un hombre satisfecho y feliz. “He recibido algunos premios y, para ser honesto, nunca esperé ninguno de ellos”, declaró en 2008. “Me gané bien la vida durante décadas, y eso fue suficiente. Eso y, tal vez, un buen cheque de vez en cuando. Y un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada, tal vez”. No se puede pedir más.

La RAE destapa sus heridas tras “el ataque más grave desde que hay memoria”,

 La RAE destapa sus heridas tras “el ataque más grave desde que hay memoria”, en El País, por Jorge Morla, Madrid - 17 ENE 2026:

Una tribuna de Arturo Pérez-Reverte supone la última polémica en una institución que lleva meses acaparando titulares

La Real Academia Española (RAE), institución tricentenaria encargada de “limpiar, fijar y dar esplendor” al idioma, atraviesa uno de los momentos más convulsos de su historia reciente. Lo que comenzó como un desacuerdo soterrado sobre el rumbo de la política lingüística ha derivado en una crisis abierta, con reproches públicos, heridas internas y un debate de fondo sobre quién debe marcar el destino de la lengua común de más de 600 millones de hablantes. Esto se suma al cruce de acusaciones entre la institución y el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, que se produjo a finales del año pasado, un desencuentro que ha derivado en polémica sobre la designación de la sede que acogerá en 2028 el próximo Congreso de la Lengua.

La chispa que provocó el último incendio fue una tribuna de Arturo Pérez-Reverte (académico desde 2003 y uno de los escritores españoles más leídos) publicada en El Mundo el domingo 11, en la que lanzó un ataque frontal contra la RAE y su actual director, Santiago Muñoz Machado (al frente desde 2018). El escritor acusó a la institución de haberse rendido a las presiones mediáticas y políticas, de practicar una normativa “laxa y ambigua” y de haber roto el equilibrio histórico entre filólogos y creadores literarios.

En su texto, Pérez-Reverte cargaba contra lo que denomina los “talibanes del todo vale” y denunciaba que la Academia se limita a registrar usos impulsados por las redes sociales o la corrección política, en lugar de defenderla con firmeza y normas claras. Citaba como ejemplos la falta de contundencia en debates como el lenguaje inclusivo, la acentuación de solo o guion o el uso de mayúsculas. “Hoy todo vale”, escribió, “y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez”.

La publicación cayó como una bomba dentro de la institución. Varios académicos consultados expresan opiniones que se pueden resumir en una frase pronunciada por uno de ellos: “Es el ataque más grave desde que hay memoria”. Señalan que lo es no tanto por el contenido —opinable— como por la forma: una crítica pública, sin previo aviso, al margen de los cauces corporativos. El malestar se agravó por el contexto: la tribuna apareció la víspera de la entrega de los premios Zenda, impulsados por el propio Pérez-Reverte. Varios académicos habían confirmado su asistencia al acto y se encontraron de pronto en medio de un fuego cruzado. Muñoz Machado no acudió.

La respuesta de la RAE fue contenida, pero firme. La institución subrayó que se trata de “una opinión personal y respetable” y anunció que analizaría “con rigor” las críticas en los departamentos correspondientes, invitando al escritor a defender sus argumentos en el pleno. Pérez-Reverte, por su parte, dio el debate por cerrado: en el cóctel posterior a la entrega de los Premios Zenda habló con EL PAÍS, sostuvo una conversación sobre el revuelo causado, pero prefirió no incidir en sus quejas: “Todo lo que quería decir, lo he dicho en el artículo”.

Este jueves hubo pleno, como todos los jueves. Venía, evidentemente, precedido de la polémica acumulada estos últimos días. Varios académicos consultados por este medio sostenían no recordar un pleno que llegara precedido de tanta tensión. Arturo Pérez-Reverte asistió a la cita. Expuso, de forma sintética, las mismas denuncias que en su artículo. El desarrollo del pleno fue tranquilo, pero varios intervinientes, según ha podido saber EL PAÍS, mostraron su “rechazo” a que un académico se expresara como Pérez-Reverte lo hizo en un medio de comunicación. Alguno le reprochó el “desconocimiento” del trabajo diario de la Academia y varios valoraron de forma muy positiva la labor del actual director. El tiempo estranguló la sesión y no todos pudieron participar, por lo que el debate continuará la semana que viene.

A la defensiva

No todos, pero dentro de la RAE son muchos los que, tras la publicación del artículo, defendían estos días una visión distinta a la del novelista. Varios académicos (que prefieren no dar su nombre) rechazan de plano la idea de una Academia frívola o dominada por filólogos dogmáticos. Y recuerdan que la institución funciona como un “régimen confederal”, en coordinación con las Academias americanas (también Filipinas y Guinea Ecuatorial), y que ninguna palabra se aprueba a la ligera: primero se estudia en comisiones delegadas de seis o siete académicos, luego se consulta al ámbito panhispánico y solo en caso de conflicto se llega a discutir en un pleno delegado. “No existe ningún sesgo”, insisten varios académicos. La RAE —subrayan— se estructura desde hace décadas en tres tercios oficiosos: creadores literarios, filólogos y un grupo heterogéneo que incluye juristas, médicos o científicos. “Nada ha cambiado”, aseguran. La RAE consta de 46 académicos de número, elegidos por mayoría absoluta de los votantes del pleno. La última persona electa es Cristina Sánchez López (elegida el pasado marzo), y el último miembro en ingresar tras pronunciar su discurso, Javier Cercas. Síntoma de bloqueo en la institución o no, lo cierto es que el pasado mayo Luis Alberto de Cuenca y Luis Fernández-Galiano se disputaron la silla o, pero ninguno de los dos candidatos obtuvo los votos necesarios, así que la plaza quedó vacante (también está libre la silla L).

Algunas voces internas han sido estos días más duras con Pérez-Reverte. Un miembro de la Academia le acusa de provocador en su artículo y de ofrecer una visión “obsoleta” de la Academia y del cambio lingüístico. “Aquí no hay una guerra entre escritores y filólogos”, recalcan otros. “Lo que hay son filias y fobias personales”. Lo cierto es que habría que remontarse a 1968, cuando fue elegido Dámaso Alonso, para llegar a una RAE dirigida por un escritor. Los siguientes directores de la institución (Fernando Lázaro Carreter, 1991; Víctor García de la Concha, 1998; José Manuel Blecua, 2010; Darío Villanueva, 2014) fueron filólogos. Muñoz Machado, que llegó a la dirección en 2018 y que ayudó a una crucial financiación tras una reducción de fondos estatales que afectó gravemente a la institución (especialmente durante el Gobierno de Mariano Rajoy), es jurista.

Las turbulencias que vive la RAE no se limitan al choque con Pérez-Reverte. Desde hace meses, el organismo mantiene un pulso abierto con el Instituto Cervantes, encabezado por el catedrático y poeta Luis García Montero. En octubre de 2025, García Montero criticó públicamente que la Academia esté dirigida por un catedrático de Derecho Administrativo y no por un filólogo, insinuando una deriva tecnocrática y una desconexión con la esencia lingüística de la institución. La reacción de la RAE fue inmediata: el pleno aprobó una declaración de “absoluta repulsa” a las palabras del poeta. Muchos interpretaron sus declaraciones como un ataque político —García Montero fue candidato de Izquierda Unida en Madrid en 2018— más que como una crítica técnica. Precisamente, Pérez-reverte fue uno de ellos.

Más allá de lo personal, el conflicto se trasladó al plano internacional durante el X Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), celebrado en Arequipa del 14 al 17 de octubre, donde las fricciones entre ambas instituciones se hicieron visibles. Desde entonces, el Cervantes ha reprochado a la RAE la elección “unidireccional” de Panamá como sede (en 2028) del próximo congreso. El Instituto esgrime un documento, al que ha tenido acceso EL PAÍS, firmado por anteriores responsables de la RAE (entonces el director era José Manuel Blecua) y que regula un procedimiento conjunto para la elección de las sedes del CILE. En la Academia replican: “Lo primero de todo es que un país haga una propuesta para acoger el CILE. Y hasta ahora la única propuesta formal es la de Panamá”. Pese a todo, García Montero ha suavizado su discurso y ha asegurado que no ha roto “ningún puente” con la RAE.

 Es sencillo de explicar: la incompetencia de los sucesivos ministros de Exteriores, en especial del último, nos ha hecho perder la América hispana. El único vínculo de prestigio diplomático que aún se mantiene con ella, gracias a la RAE, es la lengua española. Exteriores, a… Arturo Pérez-Reverte (@perezreverte) October 15, 2025

En medio de la tormenta, Muñoz Machado ha recibido el respaldo de academias al otro lado del Atlántico y de instituciones como la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que ha calificado las críticas externas de “injustificadas y fuera de lugar”. Varios académicos niegan cualquier injerencia gubernamental, cosa que también se ha insinuado en los últimos meses: “Sabemos que el Gobierno no agrede a la Academia; al contrario, siempre hemos notado su apoyo”.

“Aunque no lo parezca, aquí normalmente reina la paz”, señalan varios miembros. Aun así, las heridas son evidentes. “Hay mucha gente dolida”, admiten otros, que lamentan el daño reputacional y la sensación de desgarro en una casa acostumbrada a resolver sus disputas de puertas hacia dentro. Todo esto llega, además, en un momento clave: en diciembre se elegirá al próximo director de la RAE. El propio Muñoz Machado podría postularse, pero para una segunda reelección se precisan dos tercios de los votos, algo muy complicado de conseguir. La institución que aspira a fijar el idioma se enfrenta hoy a una tarea más urgente y delicada: recomponer su propio relato y decidir qué equilibrio quiere mantener entre tradición, uso y autoridad en este siglo XXI. A día de hoy, todavía ningún candidato se ha presentado oficialmente para dirigir la Academia en su próxima etapa.

viernes, 16 de enero de 2026

Germanismos del español.

  En el año 476 nuevos reinos germánicos se hicieron con los territorios dejados por el dominio romano como en el caso de los ostrogodos que dominaron la Península itálica y parte del centro de Europa. Los Francos, que se establecieron en la mayor parte de lo que hoy es Francia y los visigodos que conquistaron casi la totalidad de la Península ibérica, aniquilando a los alanos, arrinconando a los  suevos y expulsando a los vándalos al norte de África, conformando así el gran reino visigodo. Por su parte los anglosajones se instalaron en las islas británicas y parte del norte de Europa.

En un principio el pueblo visigodo invasor se habría mantenido separado de los pueblos hispanos romanos de la Península debido principalmente a diferencias culturales y religiosas, ya que los visigodos practicaban el arrianismo, una herejía cristiana que rechazaba la naturaleza divina de Jesús argumentando que había sido creado por Dios padre, negando de esta manera el dogma de la Trinidad

Sin embargo, con el pasar de los años, poco a poco, los visigodos e hispanorromanos fueron mezclándose gradualmente. Aunque dominó siempre la cultura hispanorromana, tanto así que los visigodos terminaron asimilando las lenguas protorromances que se comenzaban a formar en toda la región. Finalmente, con la conversión del rey visigodo Recaredo al catolicismo en el año 587 y la posterior formalización en el tercer Concilio de Toledo en 589, se instaura la religión católica como religión oficial del reino visigodo, eliminando así todo tipo de obra escrita arriana establecida hasta la fecha, razón por la cual hoy en día es muy escasa la evidencia literaria visigoda en España. Más adelante, a lo largo del siglo vii, constantes enfrentamientos por el poder de los visigodos provocaron su propio debilitamiento hasta que finalmente sucumbieron ante la invasión árabe en la batalla de Guadalete del año 711 bajo el mandato del Rey Rodrigo.

Los cerca de 300 años de dominio visigodo prácticamente no repercutieron en la estructura morfológica y sintáctica de la lengua románica hablada en la Península debido a la relativa rápida romanización de los nuevos ocupantes, aunque sí contribuyó al enriquecimiento del léxico, es decir, la introducción de nuevo vocabulario. Curiosamente el mayor aporte de las lenguas germánicas al idioma español no corresponde al tiempo de asentamiento visigodo, sino a la introducción de manera indirecta de vocablos a través de otras lenguas romances como el francés y el italiano, las cuales fueron influenciadas de una manera mucho más fuerte y directa por pueblos germánicos que habían actuado como un verdadero superestrato lingüístico. También cabe resaltar que el latín hizo préstamos lexicales directos del germánico como es el caso de saipo, que pasó a convertirse en zapone y posteriormente jabón. Lo mismo ocurrió con la palabra tatsu, que se convirtió en taxo y luego tejón o la palabra burks que pasaría a latín como Burgos que significa "pequeña ciudad" y de este pasaría al castellano como burgo.

Algunas de las palabras aportadas de manera directa como consecuencia de la dominación visigoda son sacar, que proviene del gótico sacan, por su parte guardia derivó en guardia y guardián; spa, hija, se convirtió en espía; la palabra española casta viene de cast que significa grupo de animales y, hablando de animales, destacamos que ganso proviene de guns y que gavilán proviene de gavila; agasajar viene del gótico gasalli que significa compañía; la palabra gana viene de gano que significa avidez y rapar viene de japón que significa arrancar.

Como dijimos anteriormente la mayoría del léxico de raíz germánica es introducido en el latín vulgar durante la época de las invasiones, y en muchas ocasiones fue transmitido al español a través de otras lenguas romances. 

Es importante notar la cantidad de palabras del ámbito militar debido al control del poder que ejercieron los reinos germánicos. El latín bellum fue sustituido por la palabra del cual deriva el actual guerra. Del vocablo guardon que significa vigilar viene la palabra guardar; de la ubón viene robar, de warning viene guarnecer y Warner; de la palabra helm que significa casco viene la palabra yelmo; por otro lado dardo proviene del germánico dart y albergue viene de haribargo

En otros aspectos como el de la construcción podemos citar que del germánico sal proviene la palabra sala y de bastián provienen las palabras bastión, bastir y abastecer.

En el contexto de la diplomacia, la palabra harrywall se convirtió en heraldo; del germánico andy pasó a latín medieval como ambatia y derivó al castellano como embajada y la palabra trigua pasó a ser tregua.

También son legado germánico algunos adjetivos como ricks que significa poderoso y que pasó al castellano como rico, frisk el cual se convirtió en fresco; blanc que significa brillante es el origen de la palabra blanco.

También es interesante analizar la procedencia germánica de numerosos nombres comunes hispanos como es el caso de Álvaro que proviene de las palabras al, que significa todo, y wars, que significa prevenido.

Fernando viene de fredenaldus que a su vez proviene de las palabras freedo que significa paz o alianza e inant que significa atrevido;  Rodrigo viene de brodericus que a su vez proviene de las palabras roths que significa fama, e irix que significa poderoso. Argemiro se conforma de las palabras haris que significa ejército y marys que significa famoso. Y, por último, el nombre Alfonso proviene de las palabras al, que significa todo, y funes que significa preparado o valiente.

El aporte de vocabulario de las lenguas germánicas siguió presentándose tiempo después de la Edad Media a través de la Edad Moderna, e incluso en la Edad Contemporánea. Algunas de estas palabras de uso diario en la actualidad son: acordeón, brindis, cobalto, cuarzo, delicatessen, hamster, kindergarten, níquel, pistola y zinc entre muchas otras.

Chistes políticos

 1.

 El Presidente Aznar va a visitar una clase de cuarto curso de una escuela primaria. Su llegada, sin previo aviso, se produjo durante una discusión acerca de los vocablos y sus significados. La maestra le saludó e interrumpió la lección. Aznar le animó a continuar la clase con el debate gramatical. Ella, por cortesía, pidió al Presidente que participara en la discusión sobre el significado de la palabra "tragedia".

Entonces, el Presidente tomó la palabra y pidió a la clase un ejemplo de frase que incluyera el vocablo "tragedia".

- Si un amigo mío está jugando en la calle y lo atropella un automóvil, eso es una tragedia -dijo un niño, tras ponerse educadamente de pie.

- No -respondió Aznar-. Eso sería un accidente.

- Si un autobús de transporte escolar cae por un barranco y mueren todos sus ocupantes, eso sería una tragedia -dijo una niña, tras levantar la mano pidiendo la palabra.

- Me temo que no -sostuvo el Presidente- A eso podríamos llamarlo una gran pérdida.

El silencio reinó en el aula. Ningún alumno se animó a dar un ejemplo de frase. Aznar los incitó a continuar dando ejemplos:

- ¿Es que no hay nadie que pueda darme un ejemplo de lo que es una tragedia?

Finalmente, en el fondo de la clase, un niño pequeño levantó su mano y con voz muy tenue, se animó a decir:

- Si el avión presidencial en el que viajan el Sr. Presidente de España y todo el Gabinete Ministerial es destruido en vuelo por un misil, haciéndolo añicos, eso sería una tragedia.

- ¡Fantástico! -dijo Aznar-. ¡Eso está muy bien! ¿Y podrías decirme por qué eso sería una tragedia?

- Sí, claro -explicó el pequeño-: Porque, en primer lugar, no sería un accidente, y en segundo lugar, tampoco sería una gran pérdida.

 2.

 Un senador estadounidense estaba de visita en Sudamérica cuando recibió una llamada urgente de Trump para reunirse en la Casa Blanca por una cuestión importante. Pero perdió el vuelo de ida, así que tuvo que viajar en la avioneta de un piloto bisoño a la siguiente gran ciudad. Aparte del piloto, había dos pasajeros más en la avioneta: un sacerdote y un soldado licenciado que regresaba a casa. Al volar a 3.000 metros de altura, el motor del avión se paró. El piloto dijo: "Lo puse en modo de planeo y tenemos 5 minutos para el impacto". El piloto tenía puesto su paracaídas, y solo había dos más en el compartimento trasero. El senador dijo: "Tengo una reunión urgente con Trump" y, sin decir más, se puso un paracaídas y saltó tras el piloto. Entonces el sacerdote le dijo al soldado: "Hijo, soy un hombre de Dios: toma el paracaídas". El soldado respondió: "No se preocupe, padre: el senador ha saltado con mi mochila"

 3.

 Un chiste típico serbio: un alemán, un italiano y un serbio esperan frente a la puerta de San Pedro en la fila de los fallecidos por accidentes de tráfico. 

El alemán empieza a contar cómo murió: «Las carreteras alemanas son perfectas y los Mercedes son coches perfectos: todo habría sido perfecto si un turco borracho no me hubiera atropellado en dirección contraria. ¡Así perdí la vida!». 

El italiano empieza a hablar: «Sabes que Lamborghini no solo es un coche perfecto, sino pura poesía; pero, tengo que admitirlo, no todas nuestras carreteras están hechas para un coche así, por tanto, mientras conducía, me salí de la carretera y caí en un barranco».

El serbio dijo: «Yo también fallecí en un accidente de coche». Y los dos anteriores lo presionaron para que contara más detalles. El serbio continúa: «Compré un Yugo. A crédito. Después de dos meses, ¡morí de hambre!».

4

 Un pastor o ministro evangélico y un político llegaron juntos a las puertas del Cielo. San Pedro, tras realizar todos los trámites necesarios, los acompañó para mostrarles dónde estarían sus aposentos. Los condujo a una pequeña habitación individual con una cama, una silla y una mesa, y les dijo que era para el clérigo. 

El político estaba un poco preocupado por lo que le podría deparar. No podía creerlo cuando San Pedro se detuvo frente a una hermosa mansión con hermosos jardines y muchos sirvientes, y le dijo que esas serían sus habitaciones. 

Preguntó: ‘Pero espere, ¿cómo...? Algo anda mal. ¿Cómo es que consigo esta mansión mientras que ese otro hombre, tan bueno y tan santo, solo tiene una habitación?’

San Pedro respondió: ‘Tienes que entender cómo son las cosas aquí arriba. Tenemos miles y miles de clérigos. Eres el primer político que ha llegado a la cima’.