lunes, 26 de enero de 2026

El inventor de palabras para sentimientos secretos

 El inventor de palabras para los sentimientos secretos: "No estamos obligados a preservar el vocabulario de hace cuatro siglos si ya no describe el mundo en que vivimos", en El Mundo, por Jose María Robles 25 enero 2026:

El arqueólogo del lenguaje John Koenig ha creado 800 nuevos términos para definir nostalgias, penurias y alegrías. En 'Diccionario de tristezas sin nombre' publica la mitad.

El inventor de palabras para los sentimientos secretos: "No estamos obligados a preservar el vocabulario de hace cuatro siglos si ya no describe el mundo en que vivimos"

Por la ventana del despacho de John Koenig se cuelan algunos haces de luz que le dan a la estancia una atmósfera mágica, como de trastienda de anticuario o librería de viejo. Tal vez el dueño de la vivienda haya bajado la persiana casi del todo para ver mejor la pantalla del ordenador. Pero quizá lo ha hecho para aislarse del exterior: Koenig vive en Mineápolis y la ciudad es desde hace días un polvorín tras la muerte ya de dos vecinos tiroteados por los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y la posterior oleada de protestas callejeras.

"No creo que nadie sepa realmente qué pensar de lo que está ocurriendo, estamos muy poco familiarizados con este tipo de situaciones. Es algo innecesario y brutal", cuenta por videollamada a propósito del clima de tensión quien, durante su época de estudiante en África central, sí se acostumbró a tener que enseñar su identificación cuando y donde cualquier gendarme lo reclamase arbitrariamente.

Por suerte, las vivencias de Koenig en el extranjero no siempre fueron perturbadoras. La década que residió en Ginebra entre los ocho y los 18 años -su padre trabajaba para una multinacional, de ahí su movilidad a edad temprana- explica en gran parte el proyecto al que ha dedicado la vida adulta: el Diccionario de tristezas sin nombre (ed. Capitán Swing), uno de los títulos más especiales de la temporada literaria.

Su condición de expatriado estadounidense en un colegio de la políglota y multicultural suiza le proporcionó a Koenig una cosmovisión ancha donde las palabras representan mucho más que una simple transacción oral o escrita. "Cuando estás rodeado de otras maneras de entender el mundo reflejadas en el lenguaje y la diversidad flota en el ambiente, te das cuenta de que no hay una forma correcta de ser", explica. "Convivía con tantas personas diferentes que no me quedó otra que percibir la vida como un inmenso bufé del que podía coger su creatividad para interpretarla a mi manera".

Cuarentón nacido en Idaho, Koenig se dedica desde hace más de década y media a crear palabras que definen emociones y sensaciones crípticas, algunas de ellas inatrapables desde hace siglos. Semejante labor arqueo-etimológica le ha convertido en el Indiana Jones de los entusiasmos secretos. En Diccionario de tristezas sin nombre explora un centenar de lenguas vivas y muertas de todo el planeta -del latín al japonés, del hebreo al euskera- en un impulso tan conmovedor como admirable por actualizar el lenguaje relativo a la experiencia humana. Sus términos, elaborados como collages saltarines, hacen referencia a dolores, alegrías, ansiedades y otras palpitaciones íntimas de la cotidianeidad.

Así, crisalismo se refiere a la tranquilidad que produce sentirse bajo techo durante una tormenta; exulancia acota la renuncia a hablar de una experiencia propia porque los demás no son capaces de valorarla, ya sea por envidia, compasión o simple extrañeza; anemoia es eso que, por ejemplo, provoca la contemplación de una foto antigua y remite a la nostalgia de una época que nunca hemos vivido; zenosine expresa la percepción de que el tiempo pasa cada vez más rápido; liberosis atrapa el deseo de preocuparse menos de las cosas que producen parálisis; fensividad delimita la reacción de un amigo cuando muestra interés por una de nuestras obsesiones; yráth apunta a la sed de misterio en una época de respuestas fáciles; y sonder es lo que sentimos en medio de un concierto, un atasco o una tragedia colectiva y refleja la consciencia de que cualquier ser humano tiene una historia interesante detrás.

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"Hay un gran punto ciego en el lenguaje de las emociones, inmensos boquetes léxicos que ni siquiera sabemos que nos faltan", anota Koenig en su libro. "Tenemos miles de palabras para referirnos a distintos tipos de pinzones, goletas y ropa interior histórica, pero sólo un vocabulario rudimentario para captar las deliciosas sutilezas de la experiencia humana", denuncia lo obsoleto que se ha quedado el campo semántico referente a los estados de ánimo.

Con la intención de llenar semejante vacío, Koenig ha acuñado en torno a 700-800 entradas para su originalísimo diccionario, que nació con formato de blog, después mutó en canal de YouTube -tiene más de 400.000 suscriptores y 13 millones de visualizaciones- y ahora llega a las librerías de 10 países con una selección de 300-400 definiciones. Se trata de un repositorio deslumbrante gracias también a la labor de Magdalena Palmer, responsable de su traducción al castellano.

"Me gusta decir que parecen más pequeños poemas que cualquier otra cosa. ¿Mi favorita? Veo el resultado como una paleta de colores y no sería capaz de decidirme entre el morado y el naranja", bromea este sociólogo y diseñador gráfico de formación y publicista de profesión, al que un curso de escritura creativa transformó en inventor de palabras. "De todas las que he inventado, la que más impacto ha tenido es sonder", revela. "A mucha gente le resultó útil abrazar una definición como ésta porque, especialmente ahora, cuesta encontrar la humanidad en el prójimo: es demasiado fácil reducir a los demás a simples extras en nuestro día a día".

¿Cómo definiría su labor?

Es como pulir una piedra preciosa o ponerle un asa a una nube: materializar lo que antes no tenía forma y pasaba inadvertido. Los sentimientos son invisibles, te atraviesan la cabeza, pero si les pones nombre puedes hacerlos tangibles y luego compartirlos con alguien más. El lenguaje se creó para unir a la gente. El problema es que se ha vuelto demasiado sofisticado como tecnología. Es como si estuviéramos dentro de Matrix y sólo viéramos su destello, no la realidad que representa.

Explíquese, por favor.

Por una parte, el libro aspira a enriquecer el lenguaje. Por otro, quiere burlarse de la consideración de nuestras palabras como algo por lo que es digno morir. No tenemos que hacer eso. Nuestras palabras tienen 400 años, no estamos obligados a preservarlas si ya no describen el mundo en que vivimos o cómo nos sentimos.

Diccionario de tristezas sin nombre está dividido en seis capítulos: el mundo exterior, el yo interior, la gente que conocemos, la gente que no conocemos, el paso del tiempo y la búsqueda de sentido. Los nuevos sustantivos, verbos y adjetivos parecen más pensados para el autoconsumo que para el uso conversacional. Eso sí, a diferencia de los manuales de autoayuda con pretensión de superventas, el trabajo de Koenig no busca generar ningún efecto imitación.

"No recomendaría a todo el mundo que se pusiera a poner nombre a sus sentimientos", matiza el autor. "Me considero una persona rara y aislada, también bondadosa. Para mí inventar palabras es casi como hacer meditación. Intenté reservar la mayor parte de mis textos para mí. Todo el mundo escribe hoy para un determinado público e intenta darle lo que quiere, así que yo intenté hacer justo lo contrario: hablar conmigo mismo y permitir que otros sintonizaran a través del libro".

Que nadie piense que este yanqui trotamundos lleva 15 años en permanente estado de gracia. Parte de la inspiración se la debe a la mente-colmena sustentada por internet. Al correo electrónico de Koenig llegan mensajes de todo el planeta cuyos remitentes le detallan sus humores más íntimos con la esperanza de que pueda darles nombre. Su bandeja de entrada es, por tanto, más un diván que una pila bautismal.

¿Por qué tenemos más palabras para lo triste que para lo alegre?

Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera... [recuerda el mítico inicio de la novela Ana Karenina]. Si todos los días te encuentras bajo un cielo azul, ¿qué sentido tiene hacerle más de una foto? La vida es más interesante cuando no es lo que te esperas ni lo que sueñas. Personalmente, cuando me sale algo perfecto, me siento un poco triste. A esa sensación la llamo cairoesclerosis.

¿Qué emoción o sentimiento le ha costado más codificar?

Hay algunas que, cuando intentas expresarlas con palabras, se deshacen. Descubrí que el amor romántico es una de ellas. No hay demasiadas referencias al amor ni a las relaciones en el libro, seguramente porque son cuestiones muy íntimas y porque ya se ha dicho todo sobre ellas. Me pasa lo mismo con la tecnología. Cuanto más escribía sobre ella, más me sentía como un anciano gritándole a una nube, porque los cambios se suceden muy rápidamente. Por cierto, escribí el diccionario antes de la irrupción de la IA.

El de Koenig es el tipo de libro que ChatGPT va a tardar en poder escribir, porque implica introspección psicológica, exploración paisajística y celebración de lo esencialmente humano. Pero, sobre todo, porque invita a usar el lenguaje con empatía en un momento histórico en el que éste se emplea con demasiada frecuencia como arma arrojadiza en redes sociales, programas de televisión o atriles políticos.

"El lenguaje es un milagro, un truco de magia", resume. "Deberíamos reflexionar más sobre las palabras en general y ser más cautos sobre las consecuencias que tienen en nosotros".

La actualidad confirma que hablar de neologismos puede dar lugar a debates intensos... por no decir inflamables. "Todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet", confesaba el escritor Arturo Pérez Reverte hace un par de semanas en estas mismas páginas. El también miembro de la RAE refutaba el viejo lema de la institución para denunciar la vulgarización de la lengua debido, entre otros motivos, al alud de coloquialismos incorporados en los últimos años. "Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre", exponía Reverte con amargura.

Diccionario de tristezas sin nombre se sitúa en las antípodas del empobrecimiento del lenguaje. Además, da la casualidad de que en su prólogo incluye un pequeño guiño al castellano: la mención de duende -el pellizco flamenco- junto a otros términos que hacen referencia y emociones supuestamente intraducibles, como hygge, saudade o schadenfreude. "Aprendí español, pero lo fui perdiendo", lamenta Koenig. "Es un idioma hermoso, me aseguraré de que mis hijos lo aprendan. Me encantan los idiomas -es una tragedia que estén desapareciendo tantos pequeños- y coleccionar diccionarios para perderme en ellos".

¿Qué lengua siente más afín a su manera de estar en el mundo? ¿A cuál suele recurrir para inventar nuevas palabras?

Con el griego antiguo suelo dar en el clavo. Por eso muchas de las nuevas palabras suenan a diagnósticos médicos [sonríe]. Es una lengua poética, casi sagrada, pero a la vez muy lúdica.

¿La publicación del libro supone el fin de su proyecto?

Llevo tanto tiempo trabajando en él que no creo que pueda parar. Para mí representa una forma de vida. Sigo tomando notas de cosas que me encantaría poder definir.

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