martes, 24 de marzo de 2026

"Así entrené a la IA que me quitó el trabajo"

 Así entrené durante meses a la IA que me quitó el puesto de trabajo, en El País, Raúl Novoa, 24 mar 2026:

En esta crónica en primera persona un periodista explica cómo un medio pidió a sus trabajadores que supervisaran y corrigieran las torpes noticias que una inteligencia artificial generativa creaba a partir de teletipos. El final le sorprenderá (o no)

“Partidos de fútbol que nunca existieron, frases sin sentido, las cabezas de presidentes de Estados con caras diferentes… ¿soy el único que cree que esto es distópico?”, preguntan en un chat para trabajadores de un grupo de medios de comunicación europeo donde trabajé durante poco más de dos años. “Llevo tiempo pensando lo mismo”, responde otro empleado. El medio en cuestión es una de esas plataformas que bombardean nuestros teléfonos con notificaciones y alertas de última hora donde, hasta mediados de 2025, todo funcionaba de una manera normal: un grupo de periodistas con sus agendas informativas editaban artículos sacados de teletipos. Pero el grupo empresarial dejó de tener interés en el medio, unos jóvenes alemanes se hicieron cargo y decidieron intentar que la Inteligencia Artificial generativa creara artículos por su cuenta a partir de agencias de noticias y resúmenes de periódicos.

A partir de ese momento, los humanos de la redacción tuvimos los días contados, y nuestro trabajo se convirtió en corregir y entrenar a la IA para sustituirnos. Pasábamos la jornada laboral, en turnos de cuatro horas, evaluando la calidad de los textos, las imágenes escogidas y verificando datos de las informaciones que elaboraba el robot. En definitiva, lo ayudábamos a parecer menos robot. Si había errores, los apuntábamos en un excel colaborativo especificando su grado de gravedad: bajo, medio, grave o muy grave. El tipo de fallo que debíamos detectar eran faltas de ortografía, imágenes inconexas con el titular o titulares demasiado largos, y se había previsto que acabáramos el trabajo en dos meses, julio y agosto. Tres en caso de que el entrenamiento se complicase. Después, nos sustituirían definitivamente por máquinas.

El funcionamiento de esta nueva IA nos sorprendió a todos, por decirlo de alguna manera. Parecía titular después de haberse comido un bocadillo de telegramas: Díaz reclama garantizar seguridad flotilla Gaza; Abinader urge: Consejo Seguridad vote plan EEUU-Panamá Haití; Sánchez ve necesario: Países árabes reconozcan Israel... Lo peor no era solo que el robot publicase automáticamente en la web tales despropósitos, sino que enviaba notificaciones de última hora con esos titulares. ¡Y más de una vez! Como si pagara a alguien para pulsar compulsivamente el botón. Y su criterio para enviar alertas era, como mínimo, arbitrario: notificaba varias veces el resultado de los cuartos de final de un torneo de tenis antes que las cifras récord de calor o los disturbios racistas en Torre Pacheco. Pero la fe en el cacharro de nuestros jefes no decaía, y tampoco nos dejaban crear artículos nuevos si estos no salían de una noticia generada por el editor web de la IA.

¿Qué debíamos hacer entonces? “Corregid el titular y lo volvéis a notificar”, fue la primera orden del manager. Enviábamos hasta tres veces la misma notificación a cada usuario. Hasta que nuestro superior se dio cuenta de que podía causar molestias a los lectores y cambió el rumbo: “Lo editáis, lo arregláis y lo dejáis estar”. Un plan sin fisuras.

Lo más preocupante es que, como era previsible, aquellos enloquecidos titulares podían inducir a fake news o a errores de interpretación. Congreso: 751.421 euros pagados a Ábalos. Gobierno aprueba: Violencia vicaria delito penal. Delegada comparece: Congreso investiga fallos pulseras. Los titulares sobre crímenes eran demasiado escabrosos como recuperarlos aquí. En general, si al lector le quedaban fuerzas para llegar al cuerpo del texto, veía párrafos de 13 líneas mezclados con otros de cuatro sin ningún punto seguido. Eso sí, al final de cada artículo un faldón de texto advertía educadamente que el artículo se había hecho con IA. Un aviso por si a alguien le quedaba alguna duda de que allí no había ningún cerebro humano al volante.

La IA generaba imágenes de partidos del FC Barcelona contra el Real Madrid con jugadores que no existían —pero se parecían— a Modric, Lamine Yamal o Mbappé.

El lenguaje minimalista del robot no convencía a los editores. Lo que ocurría en la edición de España pasaba en la de Italia, Polonia o Francia. Y se sumaron nuevos problemas. Al alertar de que las noticias que el servidor notificaba a los usuarios eran poco relevantes, la IA decidió dejar de crear tantas para evitar errores. Sin éxito. “Dos noticias creadas en cuatro horas”, lamentaba una editora italiana. “Los titulares no tienen sentido y son demasiado cortos”, se quejaba el francés.

“¡Hola, Raúl! La IA nos dice que en general la calidad de los artículos en España es muy buena. ¿Es así?”, me preguntó mi jefe. No, Luis (nombre falso), le contesté. A un titular con seis palabras, sin preposiciones y con un subtítulo de diez líneas no lo considero un buen resumen periodístico. “No despubliquéis las noticias sin interés. Probemos a ver qué tal funciona tener muchas”, me respondió cuando le planteé la posibilidad de eliminar los artículos más flojos. Periodismo de volumen y acumulación pero sin periodismo.

A pesar de que algunos lectores empezaron a quejarse por la pésima calidad de los artículos, los editores pisaron el acelerador. En agosto, decidieron que la IA generara automáticamente las imágenes de los artículos para, sospecho, dejar de pagar a las agencias de noticias por las fotos originales. “Veréis que hay ciertos errores, como caras de presidentes o de famosos. Quitadlas y dejad imágenes genéricas”, avisó Luis. Así que nos dedicamos a buscar todas las caras reconocibles del servidor y generar una nueva imagen pidiéndoselo a la IA. En España corregimos 6.000 fotos. Con desigual resultado.

La IA generaba imágenes de partidos del FC Barcelona contra el Real Madrid con jugadores que no existían —pero se parecían— a Modric, Lamine Yamal o Mbappé. También le gustaba practicar vexilografía: una vez vi una bandera con los colores de Andalucía, pero con el escudo heráldico de la española. Asustados, los dueños decidieron extender su entrenamiento hasta septiembre. Porque las imágenes eran aún más desconcertantes a medida que se subrayaba la importancia de la temática o se pedía verosimilitud: un soldado con pose firme mirando con actitud serena y estoica para una noticia de la guerra de Ucrania, o un accidente de coche con bomberos y policías —con logos y palabras ilegibles— en medio de una avenida. Así que nos seguimos quejando. La implantación de aquellos dispositivos no solo amenazaban nuestros empleos sino también nuestros valores más básicos. Para colmo era un trabajo repetitivo, insatisfactorio y muy controlado. Pura degradación, a lo que se sumaba que los managers cuestionaban nuestras correcciones aunque no supiesen decir cinco palabras seguidas en español. Pero querían que continuáramos. Daba igual que las fotos no fueran verosímiles. Daban igual los titulares sin sentido. Daban igual las quejas de los lectores. Había que seguir entrenando.

El lenguaje minimalista del robot no convencía a los editores. Lo que ocurría en la edición de España pasaba en la de Italia, Polonia o Francia.

En medio de esta experiencia, una editora me confesó que llovía sobre mojado: en Italia ya habían intentado sustituir a los redactores por máquinas. “En diciembre de 2023 despidieron al equipo para reemplazarlo con IA, pero tres meses después se vieron forzados a contratar trabajadores freelance porque la tecnología aún no era capaz de reemplazar periodistas”, contó. Con el fin de septiembre llegó el fin del trabajo. La plataforma no estaba preparada para generar noticias, clasificarlas, editarlas y priorizarlas. En la última reunión editorial avisaron de que la IA iba a empezar a generar newsletters y vídeos automáticamente. “Vienen cosas curiosas y grandes retos”, fueron las últimas palabras de Luis.

Por ahora la IA no parece capaz de sustituir a los periodistas. No tiene curiosidad, no distingue y no contrasta. A día de hoy, ese pseudomedio donde trabajé sigue siendo una cobaya dificilísima de leer. Por ahora el periodismo real está relativamente a salvo. Por cuánto tiempo, ni idea.

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