lunes, 9 de marzo de 2026

Identificado el propietario de la Biblioteca de Barcarrota

  [Dossier]

 I

Un hidalgo perseguido por la Inquisición por sodomía emparedó los libros de Barcarrota, en Abc, por Mónica Arrizabalaga, 9/03/2026:

En una vivienda de la pequeña localidad pacense se hallaron once ejemplares y un manuscrito prohibidos, entre ellos un Lazarillo de Tormes de 1554.

La piqueta de albañil tropezó con una sorpresa inesperada en la reforma del 'doblao' de una antigua vivienda de Barcarrota (Badajoz) durante el verano de 1992. Al golpear el tabique del desván de la casa, situada en la plaza de la Virgen de Soterraño, el acero atravesó unas hojas escondidas en un hueco que después había sido tapiado con esmero. Tras el antiguo 'Alborayque' asaetado por la herramienta, una feroz sátira contra los judeoconversos, se descubrieron otros nueve libros, entre ellos la edición más antigua conocida del Lazarillo de Tormes, de 1554, tratados de quiromancia, un manual de exorcismos o una obra erótica de carácter homosexual, así como un manuscrito enrollado en el atadijo. Escritos en diversas lenguas, todos estaban datados en el siglo XVI y todos se ocultaron por un mismo motivo. «Se sabían potencialmente peligrosos a ojos del inquisidor de turno (o de algún vecino fisgón)», explica el investigador Pedro Martín Baños. Este doctor en Filología Hispánica, especialista en Antonio de Nebrija, pero también en temática conversa y la censura de los siglos XV y XVI, cree haber averiguado quién escondió ese biblioteca heterodoxa en la pequeña localidad pacense a finales de 1559 y principios de 1560.

«La clave de todo», señala Martín Baños a ABC, se encuentra en un pequeño amuleto de papel circular descubierto entre los libros emparedados, dedicado a un tal «Fernão Brandão, portugués de Évora, señor de São Manços, cumbre de los ingenios». En esta delicada nómina manuscrita con textos mágicos (como el Tetragrámaton central), aún se observan los pliegues de haber sido doblada para ser llevada al cuello o en el pecho, posiblemente dentro de una bolsita o una joya. «Era un objeto apotropaico, que se usaba sobre todo para la protección ante peligros y viajes, y lo particular de este amuleto es que es el único que he encontrado con una personalización tan afectiva y tan íntima», relata el investigador. En el reverso del papel, de unos 11 centímetros de diámetro, aún puede leerse la promesa que un anónimo amigo le escribió en Roma en 1551: «Perchè io sempre me ricorderó di te» (Siempre te recordaré).

Intrigado, Martín Baños buscó información sobre Fernão Brandão en la plataforma DigitArq, similar al portal español Pares, y la suerte le sonrió. En los archivos lusos encontró varias denuncias registradas en el Tribunal de la Inquisición de Évora entre 1547 y 1549 contra un hidalgo de la familia de los Brandões de Évora, señor de São Manços, que se exilió en Castilla «por los excesos cometidos» en el reino portugués. Se le acusaba de impiedad o irreligiosidad por comer pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar, por no rezar nunca, por jugar a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa o por desaparecer de la ciudad y refugiarse en su casa de campo durante la Cuaresma. También se decía de él que blasfemaba contra Dios y los santos y que poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba rituales de magia o hechicería.

Además, se le acusaba de haberse acostado con varios criados y de poseer «un libro de sodomía, a manera de libro de canto (esto es, forrado como si fuera un libro religioso), en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás». El investigador sospecha que el criado de Brandão que lo denunció tal vez se refería a 'La Cazzaria', del italiano Antonio Vignali (de hacia 1525), una obra de cariz abiertamente homosexual que se difundió en Europa de forma clandestina y se halló entre los libros ocultos de Barcarrota.

Al estudiar por primera vez de forma integral esta biblioteca en su conjunto, analizando cada pieza también desde el punto de vista material, no solo bibliográfico, Martín Baños descubrió una curiosa anotación en una hoja de guarda de uno de los volúmenes emparedados. Era una edición veneciana de la 'Opera chiamata confusiones della setta machometana' de Juan Andrés y el modesto apunte a tinta en portugués que hasta ahora había pasado desapercibido parece registrar el regreso de Brandão del viaje a Italia que menciona el amuleto: «El 29 de julio salí de Génova. El 7 de agosto, a media noche, (llegué) a Barcelona. 1552».

El filólogo, docente de secundaria en el IEA Carolina Coronado de Almendralejo, cree que durante una intensa persecución a los homosexuales en Lisboa, que empezó en 1547, el hidalgo portugués viajó a Roma para tratar de obtener la absolución de la Penitenciaría Apostólica, como ha comprobado que hicieron otros acusados de sodomía por la Inquisición. A varios, sin embargo, el documento no les salvó de la cárcel a su vuelta a Portugal y Brandão, que estaría informado, optó por no regresar y establecerse en España, cerca de la frontera portuguesa, a la espera de tiempos mejores.

Debido a la pérdida de documentos de la época, Martín Baños no ha podido certificar de manera documentada que residiera en la 'casa de los libros', como ahora se denomina a la vivienda donde se encontró el atadijo, pero está acreditado que vivió en Barcarrota y por los indicios hallados en testamentos de quienes fueron sus vecinos, alberga la sospecha fundada de que fue inquilino o propietario de una vivienda en esa calle, posiblemente esa misma del altozano de Nuestra Señora, donde trataría de llevar una vida de hidalgo discreta. La localidad pacense, cercana a Olivenza y a Évora, se hallaba por entonces a solo unos 7 kilómetros de Portugal y desde allí podría haber administrado su extensa hacienda a través de testaferros y amigos.

Expurgo de libros prohibidos

Su tranquilidad se vería de nuevo alterada con la publicación en 1559 del 'Índice de libros prohibidos' del inquisidor Fernando de Valdés, que se difundió con carteles en todas las iglesias españolas. Al menos cuatro de los títulos emparedados figuraban en el listado, entre ellos, el Lazarillo de Tormes de 1554. «Debía de ser un hombre culto, aficionado a la lectura, que tuvo la mala suerte de estar en el peor lugar, tener una vida un poco equívoca en el pero momento y en las peores circunstancias en Portugal y luego en España», cavila el investigador. Porque a diferencia del país vecino, que persiguió con ahínco la sodomía, pero no tanto los libros prohibidos, «España sí y el momento crucial fue a partir del Índice de Valdés», explica.

En ese clima y ante el temor a que una denuncia pusiera en comunicación a la Inquisición española con la portuguesa, Brandão decidiría hacer un expurgo de su biblioteca y emparedar los libros más comprometidos. «Podía haberlos quemado o destruido, como hicieron otros, pero supongo que quiso esconderlos pensando en recuperarlos cuando pasara el momento», explica el experto bilbaíno, que ha analizado la razón por la que cada volumen fue ocultado.

Con bien armada investigación, que presenta en el libro 'La Biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão', publicado por la Universidad de Extremadura y la Universidad Autónoma de Barcelona, Pedro Martín Baños refuta la hipótesis de Fernando Serrano Mangas sobre el médico converso Francisco de Peñaranda. «Se trata de una conjetura carente de una base sólida». En cambio, «todo apunta claramente hacia él (Brandão): el amuleto personalizado con su nombre, la 'Oración de la Emparedada' en lengua portuguesa, la cubierta con un pergamino igualmente portugués del Tricasso de 1525, los libros en italiano y la estancia en Roma, la posesión de 'La Cazzaria', congruente con las acusaciones de sodomía…», recapitula en su libro.

Aunque algunos genealogistas dicen que a través de un sobrino logró ser perdonado por el rey Sebastián, en su búsqueda en archivos de Lisboa y Évora Martín Baños no ha dado con ese perdón y desconoce si regresó o no a su país natal. «Es un personaje como de novela, yo me lo imaginaba como el de El coronel no tiene quien le escriba, esperando siempre alguna noticia y en ese esperar se le fue la vida realmente». Si volvió a Évora, no se llevó consigo sus preciados libros heterodoxos, cuyo descubrimiento en los años 90 tuvo gran repercusión.

La investigación sobre 'La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão', que ha recibido el apoyo de la Junta de Extremadura, se enmarca en los proyectos sobre censura, libros prohibidos y herejía dirigidos por la catedrática María José Vega desde la Universidad Autónoma de Barcelona, en los que trabajan quince investigadores procedentes de seis universidades españolas y cuatro de Italia, Francia, Alemania y la República Checa. En 2024 organizaron una exposición en la Biblioteca Nacional de España que llevó por título 'Malos libros. La censura en la España moderna', en la que los libros de Barcarrota, hoy custodiados en la Biblioteca de Extremadura, ocuparon un lugar destacado.

II

 El “impío y sodomita” hidalgo portugués que resguardó un tesoro bibliográfico tras las paredes de su casa en un pueblo de Badajoz, en El País, por Rodrigo Naredo, Madrid, 9 mar 2026:

Una nueva investigación revela que la popular biblioteca de Barcarrota, uno de los hallazgos literarios más sonados del siglo pasado, perteneció a Fernão Brandão, que huyó de su país al ser perseguido por la Inquisición.

El libro, el Lazarillo de Tormes, encontrado, emparedado en las tapias del doblado de una casa, del pueblo de Barcarrota (Badajoz), constituye un hecho de singular importancia, por tratarse de un ejemplar del siglo XVI.

La biblioteca de Barcarrota fue uno de los hallazgos bibliográficos más relevantes del siglo pasado. La encontró un matrimonio, Toni Saavedra y Raúl Cordón, cuando decidieron reformar su casa familiar, una vivienda antigua en la plaza de la Virgen de Soterrano, en la pequeña localidad de Barcarrota (Badajoz) en 1992. La piqueta del albañil, en uno de sus envites, en lugar de sacar ladrillo sacó papel. En el hueco que había sido tapiado con esmero encontraría, además del libro atravesado por la herramienta, otros 10. Todos datados en el siglo XVI y escritos en varias lenguas.

El más especial: una edición de El lazarillo de Tormes impresa en 1554 y que, como sus compañeros de refugio, había burlado casi intacta el paso del tiempo. Ahora, según una nueva investigación del profesor Pedro Martín Baños, podemos saber que quien los había escondido ahí —hasta ahora desconocido— fue, en realidad, Fernão Brandão, un hidalgo portugués que huyó de su país para burlar a la Inquisición. “Era un personaje”, lo describe titubeante el investigador, “es decir, alguien que se salía un poquito de la norma hidalga”. O, resumido por los inquisidores de la época: “Un impío sodomita”.

La pista clave que llevó al nuevo hallazgo, publicado en el libro La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão, fue un amuleto de papel circular descubierto junto a los libros emparedados, dedicado a Brandão y fechado en Roma en 1551. “Vi que prácticamente no se había tratado nada sobre el nombre que aparece en el amuleto”, cuenta Baños. “Empecé a buscar, a acotar por fechas, tanteando lo que podría ser interesante”. Tuvo suerte: descubrió que se trataba de un hombre de una “familia hidalga muy bien conocida y prominente”, y muy bien estudiada por los genealogistas desde finales del siglo XVI. El hombre había heredado todo el patrimonio familiar “más o menos joven”, y se había “acostumbrado a estar rodeado de criados que le decían amén a todo”.

¿Qué hizo entonces el buen hidalgo portugués para ganar semejantes títulos? Según relatan unas acusaciones en los tribunales de la Inquisición que recoge Baños, “comía pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar; no rezaba nunca; jugaba a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa; desaparecía de la ciudad durante la Cuaresma; no se confesaba; blasfemaba contra Dios y los santos y poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba ciertos rituales”. Y quizá más grave para la época: se le acusaba de tener relaciones homosexuales con sus criados [“le decían amén a todo...”] y poseer “un libro de sodomía, a manera de libro de canto [es decir, forrado como si fuera un libro religioso], en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás”.

Los libros encontrados en el pueblo pacense comprueban tal currículum. Además del Lazarillo, había un Alborayque, una feroz sátira contra los judeoconversos —el libro atravesado por la piqueta—; dos tratados sobre quiromancia; un manual de exorcismos; un ejemplar de una obra polémica de Erasmo de Róterdam; un pequeño libro de oraciones en latín, griego y hebreo; una rarísima Oración de la emparedada (un tipo de oración supersticiosa), escrita en portugués; o un diálogo erótico [por no decir claramente pornográfico] de carácter homosexual, La Cazzaria. Cuatro de ellos figuraban de modo nominal —el Lazarillo incluido— en el índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, publicado en 1559. Esto, además, ayuda a fechar el emparedamiento hacia finales de ese año o principios de 1560.

El hecho de que algunos de los libros no estuviesen incluidos explícitamente en la lista de títulos prohibidos despistaba a algunos investigadores que no entendían el porqué de su escondite junto con los que sí estaban vetados. Aquella disparidad dio luz a algunas teorías, no muy sonadas ni sustentadas, como la de que provenían, en realidad, de un lote de una librería decomisada. Baños lo desmonta. “Lo que hacía la Inquisición era un método perverso. Los límites eran muy poco establecidos y las zonas de gris eran tan amplias que uno no sabía muy bien si los libros que tenía podían ser considerados peligrosos o no: lo que hoy no estaba prohibido, dos años después resulta que sí. Todos los temas tocados en la biblioteca de Barcarrota son temas controvertidos”.

Otra de las incógnitas era la datación del amuleto —“piezas que se debieron de confeccionar por millares en toda Europa, y que la gente llevaba al cuello o en una bolsita”, cuenta Baños— en Roma. La respuesta está en que antes de viajar a Badajoz, el hidalgo hizo una visita a Roma en busca de su absolución y seguramente desde ahí cargó el amuleto encontrado. “En 1547 la Inquisición portuguesa lanzó una cacería de sodomitas que tuvo un impacto enorme sobre todo en Lisboa. Encontré que varios de ellos se habían dirigido a Roma a buscar la absolución a un tribunal que se llama la Penitenciaría Apostólica, [todavía en operación] por un cierto precio”. Lo más probable, afirma Baños, es que el hidalgo no la consiguiera y que por eso, “como no se registraban las absoluciones negadas”, no hay registro en los papeles. Sí hay, en cambio, el de uno de ellos, Antonio Coello, que comparte nombre con uno de los criados de Brandão citados en una de las denuncias en contra del “sodomita”.

Todavía faltaba comprobar que aquel hombre vivió en la casa donde se encontraron los libros y no fue un capricho del azar que su amuleto apareciera junto con ellos. Otro profesor extremeño, Fernando Serrano Mangas, publicó un libro en 2003 en el que afirmaba que el dueño era Francisco de Peñaranda, un médico converso. Sustentaba su afirmación con el testamento de la viuda de un nieto de Peñaranda que ordenaba vender las propiedades que le quedaban en Barcarrota, entre ellas una casa frente a la Iglesia de la Virgen del Soterraño, como en la que se encontraron los libros. Esto también lo desmonta con agilidad Baños. “Eso no quiere decir que la casa fuera del abuelo. Yo creo que ni siquiera era esa casa, era una casa de la zona”, empieza. Y va un poco más allá: “Encontré un papel que certifica que el nieto la compró; pero la compró en 1613, una fecha ya alejada de lo que nos incumbe”.

Luego encontró, aunque no hay una carta de venta o alquiler al tal portugués, “muchos indicios” que “de forma indirecta” lo llevaron a pensar que Brandão sí vivió en esa casa. Por ejemplo: un testamento de una vecina que en 1565 “escribe que deja su casa que está lindera con Gonzalo de Mejía, difunto, y con Fernão Brandão”. En aquellos años no había numeración y la manera de referirse a las casas que uno legaba o vendía era siempre aludiendo a los linderos. Es decir, “esta vecina, hacia la mitad del XVI, vivía al lado de este portugués”.

A los libros les esperaba una parada más, aunque anecdótica, en su periplo. Encontrarlos fue, según, Miguel Ángel Lama, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, y muy cercano al descubrimiento de los años 90, “un milagro. Un hecho de mucha trascendencia y además muy notorio en su momento”. La pareja, “seguramente por miedo a que les pararan la obra”, decidió no informar del hallazgo y guardó los libros cuatro años en una caja de zapatos.

Finalmente el Gobierno de Extremadura terminó pagando al matrimonio descubridor 15 millones de pesetas (unos 90.00 euros, para los más jóvenes) por ellos. “Pero al albañil”, cuenta Lama, “seguramente muy bien asesorado, alguien le dijo que la ley de patrimonio dice que cuando tú encuentras algo, la mitad de los beneficios que produzca ese hallazgo es para el propietario del terreno y la otra mitad para el descubridor material”. Se fue a pleito. Lo ganó y terminó con siete millones y medio. Todavía hoy el matrimonio, por puro pundonor, lo cuenta Baños, asegura a quien le pregunta que el marido, que también ayudaba en las obras, fue el que dio el picotazo al tesoro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario