lunes, 19 de octubre de 2026

Por qué triunfa el mal

  ¿Por qué triunfa el mal?, YouTube, Raquel de la Morena, 18 oct 2026:

 ¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Alguna vez  os habéis preguntado por qué triunfa el mal?  

Índice:

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

2. Esparta y la Krypteia: el terror de Estado

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

6. El lado oculto del experimento de Milgram

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

8. La teoría de la desconexión moral

9. El peligro de las redes sociales

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

11. La ecuación de Price y el altruismo

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

14. El único antídoto contra el mal

¿El ser humano es realmente un lobo para  el hombre por naturaleza, o es la presión del sistema y del poder lo que nos arrastra  a traicionar, odiar y aniquilar al prójimo? ¿Qué es el mal? 

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

Más allá de monstruos, mitos y  leyendas, la ciencia y la filosofía apuntan a que el mal tiene dos grandes caras. Por un lado, es una herramienta fría y matemática, una estrategia de supervivencia que los poderosos han usado durante milenios para imponerse al resto. Pero por otro, en su forma más profunda, el mal es, en esencia, la desconexión de nuestra empatía.  

Aunque a lo largo de la historia han existido tiranos movidos por el puro sadismo, la gran tragedia de nuestra era es otra. El mal moderno, el de las grandes maquinarias de poder –desde el que provocan corporaciones hasta los crímenes perpetrados por Estados–, triunfa cuando una institución logra que las  personas deshumanicen al prójimo y le causen daño sin sentir siquiera el peso de la culpa. La psicología moderna ha demostrado que provocar esta ceguera moral es bastante fácil. En julio de 1961, en un sótano de la Universidad de Yale, 40 hombres voluntarios de entre 20 y 50 años se sentaron frente a un panel de descargas eléctricas. Las instrucciones de un hombre que vestía bata blanca, el psicólogo Stanley Milgram, eran sencillas: si el alumno de la habitación de al lado –al que no podían ver– fallaba una pregunta, debían pulsar un botón que le propinaría una descarga eléctrica de potencia progresivamente mayor. 

Eso era lo que les contaban a los voluntarios, pero en realidad, los alumnos, que estaban compinchados con los investigadores, no recibían ninguna descarga, simplemente simulaban sentir dolor. A los 150 voltios, el alumno suplicaba a gritos que detuvieran la prueba quejándose de su corazón. Como sabemos, estaba fingiendo, claro, pero el que pulsaba el botón no lo sabía. A los 300 voltios, la víctima golpeaba la pared con desesperación.  

Y a partir de los 330 voltios, caía en un silencio absoluto. Simulaba estar inconsciente... o muerto. Antes de realizar el ensayo, los psiquiatras habían predicho que solo un 0,1 % de la población –apenas una de cada mil personas, los auténticos sádicos– llegarían a aplicar la descarga máxima de 450 voltios. Se equivocaron. El 65 % de aquellos hombres, ciudadanos normales y corrientes que incluían desde obreros hasta profesores, pulsó el último botón. 

A lo largo de la historia, la cultura popular nos ha enseñado que el mal es una anomalía, que los grandes desastres de la humanidad son obra de monstruos solitarios, psicópatas o mentes perturbadas. Sin embargo, la historia y la ciencia no parecen respaldar esa creencia. El filósofo inglés Thomas Hobbes tomó prestada una frase del autor de comedias romano Plauto para definir el estado natural de nuestra especie: “Homo homini  lupus”. El hombre es un lobo para el hombre, una frase que está relacionada con la pregunta que hoy nos estamos haciendo: ¿por qué triunfa el mal? 

2. Esparta y la krypteia: el terror de Estado

Vamos a buscar la respuesta a través de la  historia. Porque la ventaja competitiva del mal, la alta rentabilidad que puede ofrecer la crueldad, no es un descubrimiento de la ciencia moderna. En la Antigüedad clásica, las élites militares ya comprendieron que el terror de Estado –es decir, convertir el asesinato y el miedo en leyes dictadas por el propio gobierno– y la ruptura de los tabúes morales eran un arma que funcionaba muy bien para forjar imperios y sostener sistemas de explotación masiva. Echemos un vistazo, por ejemplo, a la antigua Grecia; en concreto, a la polis más temida, admirada y mitificada de la historia: Esparta. La imagen romántica que nos ha llegado a través del cine y la literatura es la de guerreros heroicos, defensores de la libertad occidental en las Termópilas. Pero el estado espartano era una maquinaria de terror institucionalizado, diseñada por y para el sometimiento absoluto de una gigantesca masa esclava: los ilotas, los miembros de su clase más baja. 

El desequilibrio demográfico entre los amos y los siervos era una bomba de relojería. Según el historiador Heródoto, en la batalla de Platea del año 479 a. C., la proporción era de siete ilotas por cada ciudadano de pleno derecho, a los que se llamaba espartiatas. Siglos después, Jenofonte relataría en su obra 'Helénicas' cómo el líder rebelde Cinadón señalaba que, en el ágora de Esparta, apenas había 40 ciudadanos de pleno derecho rodeados por miles de esclavos dispuestos a “comérselos crudos”, según sus propias palabras. Para evitar su aniquilación, el Estado lacedemonio –nombre oficial con el que se conocía al gobierno y al territorio de Esparta– instauró una prueba de iniciación conocida como la krypteia, palabra griega que significa “cosas ocultas” o “secreto”, y que no era otra cosa que el asesinato  selectivo, legal y sistemático de civiles a manos de los jóvenes espartiatas. Aristóteles documentó el marco jurídico que la amparaba: cada año, tan pronto como asumían el cargo, los magistrados supremos, los éforos, hacían una declaración formal de guerra a sus propios esclavos. Al declarar oficialmente la guerra a una población desarmada que vivía dentro de sus fronteras, el Estado eliminaba la noción de asesinato ilegal. Matar a un ilota ya no era un crimen punible ni conllevaba “miasma”, la temida contaminación religiosa del alma. Era, de hecho, un acto de patriotismo. 

El biógrafo Plutarco nos dejó la descripción más detallada de estos escuadrones de la muerte. Los  magistrados enviaban a los campos a los jóvenes guerreros más implacables, equipados solo con lo puesto y una daga. Durante el día, se dispersaban, dormían y se escondían en las sombras. Pero al caer la noche, bajaban a los caminos y degollaban a cualquier ilota que tuviera la desgracia de cruzarse con ellos. A menudo, irrumpían en las fincas para asesinar a los esclavos más fuertes y robustos y así cortar de raíz cualquier posibilidad de que surgiera un líder rebelde. 

Incluso un pilar de la filosofía moral como Platón, en su obra 'Las Leyes', incluye a un personaje espartano que defiende esta atrocidad, que justifica la krypteia como un ejercicio maravillosamente penoso, necesario para fomentar la resistencia en el combate y el endurecimiento del espíritu. Esparta impuso a sus propios ciudadanos un aislamiento total: prohibió el oro, las artes y cualquier influencia extranjera y logró que su élite se uniera a través de un pacto de sangre y complicidad asesina. 

¿Por qué un pacto de sangre une tanto a las personas? La respuesta está en la psicología de la transgresión y el tabú. Cuando un grupo de individuos comete de forma coordinada un acto atroz, un acto prohibido por las leyes o la moral, el miedo a las consecuencias crea un vínculo de secreto difícil de romper. Esta transgresión compartida genera lo que se conoce como una “mente colmena” o una sincronicidad perfecta. Al cruzar juntos la línea de lo imperdonable, los perpetradores cortan los puentes con la sociedad normal. 

Es exactamente el mismo mecanismo que la criminología y la psicología observan hoy en día en las agresiones sexuales en grupo, perpetradas por las llamadas “manadas”. Quienes participan en ellas no actúan solo por una pulsión individual, sino porque al hacerlo en grupo la culpa se diluye y cruzar ese límite les sirve para demostrar dominación frente a los demás.  

El mal, llevado al extremo, funciona como el pegamento social más potente que existe.

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

Los espartanos no fueron los únicos en descubrir que transgredir los límites forjaba tropas inquebrantables. En el siglo cuarto antes de Cristo, su hegemonía cayó a manos de otra polis que ensayó  un mecanismo de cohesión opuesto, pero igual de transgresor para el campo de batalla: Tebas. El famoso Batallón Sagrado de Tebas perfeccionó la lealtad militar institucionalizando el vínculo emocional y físico llevado al límite. Creado en el 378 a. C., esta unidad de élite estaba formada por un número exacto e inalterable: trescientos infantes, ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. 

En el mundo antiguo, el afecto entre hombres era socioculturalmente aceptado, lo que no se había hecho antes era usarlo como columna vertebral de un ejército regular. Plutarco, en su 'Vida de Pelópidas', explica lo efectiva que resultaba esta táctica a nivel psicológico: “Una banda cimentada por la amistad de los amantes es indisoluble e invencible, ya que los amantes, avergonzados de ser deshonrados ante sus amados, y los amados ante sus amantes, se mantienen firmes en el peligro mutuo”. Los generales tebanos descubrieron que un hombre combate con una fiereza sobrenatural bajo el escrutinio de  la persona que ama. Prefiere el sacrificio absoluto antes que la mirada de decepción, antes que mostrar debilidad frente a su pareja. 

¿Cómo lograba el Estado que estos soldados se enamoraran? La realidad es que no lo hacía. Los generales tebanos no juntaban a trescientos extraños en un cuartel esperando a que surgiera una chispa, sino que reclutaban a parejas que ya estaban muy unidas. En la vida civil tebana, la relación romántica y de mentoría entre un guerrero experimentado –el 'erastés'– y un joven aprendiz —el 'erómenos'— era una institución sagrada, a menudo sellada con juramentos de lealtad.  

El gobierno se limitó a rastrear a las150 parejas más letales y compenetradas de la ciudad, las sacó de la infantería ordinaria y las alojó con los gastos pagados en su fortaleza principal para que se dedicaran en  exclusiva al entrenamiento militar conjunto. 

Sin embargo, todo lo que empieza tiene un final. El hasta entonces invicto Batallón Sagrado fue aniquilado el 2 de agosto del año 338 antes de nuestra era, en las llanuras de Queronea, tras enfrentarse a la imparable caballería macedonia, liderada por un príncipe de apenas 18 años llamado... ¿lo adivináis? Alejandro Magno. Los 300 se negaron a retirarse y cayeron masacrados en sus posiciones, tratando de sostener la línea hasta la caída del último de sus hombres. 

La historia cuenta que el rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro, mientras paseaba tras la batalla entre los cadáveres entrelazados y perforados por las lanzas, rompió a llorar al comprender quiénes eran. “Perezca miserablemente”,  exclamó el rey, “quien sospeche que estos hombres hicieron o sufrieron algo vergonzoso”. Más de dos milenios después, en el año 1890, la arqueología moderna le dio la razón al mito. Bajo la sombra de la imponente estatua del León de mármol de Queronea, las excavadoras hallaron  una fosa común. En ella descansaban los restos de 254 hombres, enterrados cuidadosamente en siete filas estructuradas. Eran el 84% de la fuerza total del batallón. Habían muerto allí mismo, uno  junto al otro. El afecto y el compromiso llevado al extremo habían logrado lo que ningún látigo  podía conseguir: derrotar al miedo a la muerte. 

En Esparta, el Estado había sostenido su poder institucionalizando el odio, la crueldad y el asesinato sistemático de esclavos. Tebas hizo algo muy distinto, pero igualmente revelador sobre cómo funciona el poder: cogió el amor, un vínculo humano puro y totalmente aceptado en su sociedad, y lo convirtió en un arma. Lo militarizó para conseguir que 300 hombres marcharan con el afán de esforzarse al máximo hacia un matadero del que sabían que no iban a regresar vivos. 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

A lo largo de la historia, romper tabúes mediante el derramamiento de sangre fue una herramienta  recurrente para forjar imperios. Pensemos en la que consideramos la cuna de la civilización y el derecho: Roma. Tras sus grandes victorias, los generales celebraban el llamado “Triunfo”, un majestuoso desfile por las calles de la capital en el que exhibían a los líderes enemigos que habían hecho prisioneros. Lo que a menudo olvidamos es que este desfile terminaba a los pies del Templo de Júpiter, donde estrangulaban a los cautivos en público. En esencia, aquello era un sacrificio humano; un acto de gran crueldad disfrazado de justicia y espectáculo, diseñado específicamente para unir a toda la población romana en una misma catarsis de superioridad y sangre. 

La filosofía y la antropología han estudiado a fondo este pegamento social manchado de sangre. El pensador francés René Girard lo explicó a través de lo que llamó la 'violencia mimética' y el 'mecanismo  del chivo expiatorio'. Según Girard, el ser humano no es agresivo por naturaleza, sino imitativo. Deseamos lo que los demás tienen, lo que genera envidias, competencia y rivalidades. En las sociedades antiguas, esta rivalidad tendía a escalar rápidamente hasta convertirse en una especie de locura colectiva, una violencia caótica que amenazaba con destruir a toda la comunidad desde dentro. 

Para evitar su propia aniquilación, el  instinto colectivo desarrolló una solución: buscar una válvula de escape. De forma casi  inconsciente, la multitud enfurecida siempre elige a una única víctima: un grupo marginado, un  extranjero o un estrato inferior de la sociedad –como los esclavos espartanos, los prisioneros romanos o los inmigrantes–, y canaliza toda su tensión acumulada hacia ellos culpándolos  de todos sus males. Al aniquilar de manera unánime a este 'chivo expiatorio', la sociedad experimenta una gigantesca catarsis colectiva que elimina la división interna y restaura la paz y la camaradería. El mal sistémico triunfa, y siempre ha triunfado a lo largo de la historia, porque sabe camuflarse presentándose ante la sociedad como el único mecanismo capaz de garantizar el orden. ¿Os suena esta estrategia? 

Es algo que los extremismos políticos siguen aplicando hoy en día a la perfección. 

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

Si dejamos atrás la Antigüedad y avanzamos hasta el siglo XX, descubriremos que el mal adquirió nuevas formas. Los mayores exterminios de la historia nos han demostrado que para masacrar a millones de personas ya no se necesitaba la furia de los guerreros ni un odio ciego. El mal moderno se ha vuelto frío y calculador. Ha encontrado su arma definitiva en el trabajo de despacho, en los expedientes y en la rutina burocrática. En abril de 1961, la atención internacional se centró en un juicio celebrado en la ciudad de Jerusalén. El acusado era el austroalemán Adolf Eichmann. Quienes esperaban ver a un  monstruo sádico sentado en el banquillo se encontraron con un hombre de lo más normal: de mediana edad, calvo y con gafas. Un individuo gris que encajaba a la perfección en el perfil de un administrativo ordinario. 

Eichmann no era el hombre que apretaba el gatillo ni el que soltaba el gas en los campos de exterminio nazis, sino un teniente coronel de las SS, el jefe de la sección administrativa encargada de la logística. Su trabajo, sobre el  papel, consistía en coordinar horarios de trenes y gestionar el transporte de millones de personas hacia su muerte, principalmente judíos y gitanos.  

Él era un engranaje clave dentro de una maquinaria estatal que también exterminó, a través de otros departamentos, a millones de  prisioneros soviéticos, polacos y disidentes. 

Durante su juicio, la defensa de Eichmann se basó en la premisa de que él nunca había matado a nadie con sus propias manos. Aseguró que no sentía ningún odio personal. Su argumento, repetido hasta la saciedad, fue que sencillamente formaba parte de un engranaje legal, que él solo era un buen trabajador que cumplía con las órdenes de sus superiores y con las leyes de su Estado. 

La filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt, que cubrió el juicio para la revista 'The New Yorker', acuñó al observar a Eichmann uno de los conceptos más debatidos del siglo XX: “la banalidad del mal”. Arendt concluyó que crímenes de proporciones apocalípticas no requerían psicópatas. Para destruir a millones de seres humanos bastaba con burócratas funcionales, individuos irreflexivos que habían renunciado a pensar por sí mismos. Eichmann, según Arendt, era un escalador social cuya única motivación era hacer bien su trabajo para conseguir un ascenso, sin pararse a pensar en las  consecuencias de los papeles que firmaba. 

Hoy en día, gracias al hallazgo de grabaciones secretas de Eichmann en Argentina, donde vivió oculto entre 1950 y 1960 hasta ser capturado por el servicio secreto de Israel, los historiadores saben que, en su caso particular, aquella  imagen de oficinista inofensivo fue una brillante actuación para intentar salvarse de la horca –algo que no logró–. En esas cintas, lejos de mostrarse como un burócrata arrepentido,  se jactaba de las masacres que había presenciado y afirmaba con orgullo que se habría sentido satisfecho si hubieran aniquilado a diez millones de judíos. Eichmann era un nacionalsocialista fanático. Sin embargo, aunque él mintiera en su juicio, la teoría de la "banalidad del mal" de Hannah Arendt había dado en el clavo para explicar el comportamiento de los miles de hombres que estaban por debajo de Eichmann. 

6. El lado oculto del experimento de Milgram

El historiador estadounidense Christopher Browning lo demostró al investigar al Batallón 101 de la policía alemana. Este grupo no estaba formado por soldados fanáticos de las SS, sino por 500 hombres corrientes de mediana edad de la ciudad de Hamburgo. Obreros, camioneros y oficinistas sin apenas ideología. Cuando se les ordenó ejecutar a decenas de miles de personas en Polonia, su comandante les dio la opción de negarse a disparar sin recibir ningún castigo. Entre el 80 y el 90% de aquellos hombres decidió apretar el gatillo. No lo hicieron por odio, sino por pura presión social. Por no ser el “bicho raro” del grupo. Por no dejar el “trabajo sucio” a sus compañeros. 

Esta aterradora realidad –que el mal más absoluto no requiere de monstruos, sino simplemente de la presión adecuada sobre ciudadanos corrientes– es lo que la ciencia quiso medir en un laboratorio. Así que regresemos ahora al punto donde empezamos este documental: a aquel sótano de la Universidad de Yale en 1961 y al experimento de Stanley Milgram. ¿Por qué el 65% de ciudadanos normales llegó a aplicar una descarga letal de 450 voltios a un desconocido?  

Milgram demostró que nuestra convicción moral se desmorona muy rápido bajo el peso de la autoridad.  

Cuando el experimentador de bata blanca daba la orden, el individuo dejaba de verse a sí mismo como el responsable de sus actos y pasaba a considerarse un simple instrumento del sistema.  

De hecho, Milgram descubrió que cuando la figura de autoridad salía de la habitación y daba las órdenes por teléfono, la obediencia caía en picado. La maquinaria del mal necesita ejercer una vigilancia directa e implacable para que no nos atrevamos a pensar por nosotros mismos. 

Durante décadas, la cultura popular y los libros de texto nos han repetido la misma moraleja sobre este experimento: que los seres humanos somos como autómatas, simples engranajes dispuestos a obedecer  ciegamente cualquier orden por muy cruel que sea, simplemente porque nos la da un superior. Sin  embargo, investigaciones recientes lideradas por los psicólogos británicos Alex Haslam y Stephen  Reicher nos han destapado una realidad mucho más compleja... y que, la verdad, da más miedo. Al revisar a fondo los audios originales y los datos del experimento de Milgram, Haslam y Reicher descubrieron un detalle que parece cambiarlo todo. Cuando el hombre de la bata blanca daba una orden directa, estricta y autoritaria, usando frases como “No tiene otra opción, debe  continuar”, los participantes casi siempre se resistían y se negaban a apretar el botón. La obediencia ciega, de hecho, fracasaba.  

Entonces, ¿por qué la gran mayoría accedió a aplicar la descarga letal de 450 voltios? 

La respuesta es lo que estos psicólogos han bautizado como la teoría del “Seguimiento comprometido”. Los voluntarios no electrocutaban al desconocido porque estuvieran acatando órdenes como zombis, sino porque el experimentador apelaba a un propósito superior: el avance de la ciencia y el progreso de la humanidad. Les convencía de que su sacrificio emocional, aunque desagradable, era vital y virtuoso. Y esta es, quizá, la lección definitiva de la psicología sobre cómo el mal a gran escala rara vez triunfa obligando a la gente a actuar en contra de su voluntad. Triunfa porque el sistema logra que nos identifiquemos con una gran causa, convenciéndonos de que, al cometer una atrocidad, en realidad estamos haciendo lo correcto. 

No obstante, la obediencia letal no solo dependía de que los voluntarios creyeran ciegamente en una  gran causa científica; también requería de un escenario que silenciara sus dudas morales.  

Para comprobar hasta qué punto el prestigio de una institución nos sirve como escudo frente a nuestra propia conciencia, Milgram decidió sacar su experimento de los pasillos de la Universidad de Yale. Alquiló unas oficinas comerciales en la ciudad de Bridgeport, en Connecticut, y repitió la misma  prueba, haciéndose pasar por una modesta empresa privada de investigación. Sin el respaldo visual  y psicológico de una gran universidad histórica, la ilusión de autoridad se rompió. La tasa de obediencia letal, es decir, el porcentaje de personas dispuestas a aplicar los 450 voltios, cayó del 65 % al 47,5 %. 

Esta caída nos enseña algo sobre la mecánica del mal: las grandes instituciones, ya sean un gobierno, un ejército o una corporación gigante, actúan como una especie de anestesia moral. Cuanto más prestigioso, poderoso e intocable parece el sistema que nos da las órdenes, más fácil nos resulta delegar nuestra  responsabilidad individual y apretar el botón. 

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

Ya hemos visto que no somos simples zombis que obedecen órdenes por teléfono. Pero¿qué pasa cuando el sistema te da poder absoluto sobre otra persona y te deja actuar libremente? Una década después del experimento de Milgram, el 14 de  agosto de 1971, el psicólogo social estadounidense Philip Zimbardo reclutó a estudiantes universitarios ordinarios, psicológicamente estables y sin antecedentes violentos. Los dividió al azar en dos grupos, guardias y prisioneros, y los encerró en un sótano de la Universidad  de Stanford reconvertido en prisión simulada. 

Para que el sistema funcionara, aplicó mecanismos de deshumanización. A los prisioneros se les despojó de su nombre y pasaron a ser simples números. A los guardias los vistieron con uniformes idénticos y gafas de sol de espejo para garantizar su anonimato. 

El experimento estaba diseñado para durar catorce días, pero se descontroló tan rápido que tuvieron que cancelarlo en el día seis. Los guardias se dejaron llevar por una autoridad sin límites y, al comprobar que sus abusos iniciales no tenían castigo, comenzaron a escalar en su crueldad.  

Obligaron a los prisioneros a limpiar letrinas con las manos desnudas y, en un intento por quebrar su identidad, llegaron incluso a coaccionarlos para que simularan actos de sodomía. 

Aquel estudio resultó muy polémico a nivel ético y metodológico. Durante mucho tiempo la cultura popular creyó que los guardias se volvieron sádicos de forma espontánea por el simple hecho de tener poder. Pero investigaciones recientes han revelado grabaciones donde se escucha a los ayudantes de Zimbardo aleccionando a los guardias para que fueran más crueles. 

El propio Zimbardo, lejos de mantenerse como un observador neutral, fue absorbido por su papel de superintendente. Obsesionado con la seguridad de su prisión, perdió la perspectiva ética y, con  su pasividad, validó los abusos. 

Lo que el experimento de Stanford demuestra realmente no es que el ser humano se vuelva malvado de forma automática al ponerse un uniforme. Lo que nos deja es una lección aún más inquietante, la misma que nos enseñó Eichmann y la misma que demostró Milgram: la crueldad extrema no nace del vacío; a menudo requiere de un sistema, un líder o una autoridad que la legitime, la ordene y la justifique.

8. La teoría de la desconexión moral

Estos experimentos conducen a una conclusión que el psicólogo canadiense-estadounidense Albert Bandura bautizó como la 'Teoría de  la desconexión moral'. Los seres humanos sanos –es decir, personas corrientes sin psicopatías ni antecedentes violentos– son perfectamente capaces de cometer atrocidades si el sistema les proporciona las excusas cognitivas adecuadas, como diluir la responsabilidad en el grupo para no sentir culpa o deshumanizar a la víctima. Pero hay un mecanismo especialmente perverso que usamos para lavar nuestra conciencia: el 'etiquetado eufemístico', es decir, manipular el lenguaje para no llamar a las cosas por su nombre. Bandura documentó ejemplos reales de cómo las grandes instituciones camuflan el mal. El Ejército de EE. UU, por ejemplo, evita la palabra 'bombardear' y prefiere hablar de 'prestar servicio al objetivo' o ejercer una 'diplomacia coercitiva'. Incluso la propia palabra “guerra”  ha desaparecido casi por completo del tablero geopolítico; la han sustituido por términos asépticos como “operaciones militares especiales” –como en el caso de la invasión rusa de Ucrania–  o “intervenciones de paz”. Al cambiar el lenguaje, el Estado intenta convencer a sus ciudadanos y a sus soldados de que no están participando en una guerra de conquista y destrucción, sino en una intervención técnica, limitada y defensiva. 

Promover un golpe de Estado para derrocar a un gobierno extranjero se camufla tras palabras que suenan más inofensivas como “cambio de régimen”. Las masacres de civiles se convierten en simples 'daños colaterales', y los ataques destructivos con misiles o drones pasan a ser 'ataques quirúrgicos limpios', otorgando a la muerte violenta una falsa sensación de precisión médica y legalidad. Incluso la industria nuclear llegó a catalogar las explosiones accidentales como 'desensamblajes energéticos', y a describir la contaminación radiactiva en los informes de sus trabajadores diciendo que 'el plutonio había establecido su residencia' en ellos. 

Al usar estas palabras burocráticas, el mal se vuelve aséptico. Triunfa porque, antes de apretar el gatillo, firmar un expediente de deportación o pulsar un botón de descarga eléctrica, el sistema nos convence de que no estamos destruyendo vidas humanas; simplemente estamos gestionando un problema operativo. Y esto viene de lejos. Un ejemplo histórico de esta desconexión moral lo encontramos en el uso de las bombas atómicas sobre la población civil al final de la Segunda Guerra Mundial. Lanzar un arma de destrucción masiva desde miles de metros de altura nos muestra cómo la distancia física y la tecnología facilitan la deshumanización; al no ver el rostro de las víctimas ni oír sus gritos, quien aprieta el botón no se enfrenta al impacto emocional de sus actos. Además, para que algo así ocurra, el sistema diluye la responsabilidad mediante la división del trabajo: unos diseñan las herramientas de destrucción, otros almacenan el arsenal y otros simplemente pilotan el avión. Cada individuo siente que solo está cumpliendo con su pequeña tarea técnica, sin cargar con la culpa  global de la masacre. Finalmente, entra en juego la herramienta más poderosa, la “justificación moral”: la aniquilación de cientos de miles de seres humanos se presentó como una necesidad dolorosa pero virtuosa para acortar la guerra. Con independencia del debate histórico sobre aquella decisión que les costó la vida a miles de civiles, a nivel psicológico, apelar a un bien superior es un mecanismo eficaz para que las personas puedan tolerar una pérdida masiva de vidas sin que su brújula moral se desmorone. De hecho, Paul Tibbets, el piloto y coronel que lanzó la bomba sobre Hiroshima, llegó a declarar que nunca perdió una sola noche de sueño por aquello, ya que, según explicó, solo había cumplido con su deber militar y aquella misión había salvado millones de vidas al forzar la rendición de Japón. 

Asimismo, durante la llamada 'Guerra contra el Terrorismo', el gobierno de Estados Unidos evitó de manera sistemática usar la palabra “tortura” ante la opinión pública. Prácticas aplicadas en centros como Guantánamo, como el ahogamiento simulado o la privación de sueño fueron rebautizadas bajo el aséptico término burocrático de “técnicas de interrogatorio mejoradas”. 

La psicología nos advierte de que esta desconexión moral no ocurre de la noche a la mañana.  

9. El peligro de las redes sociales

Como demostró el psicólogo Albert Bandura, las personas no pasan de ser ciudadanos pacíficos a cometer atrocidades de un día para otro, sino a través de una progresiva 'pendiente resbaladiza'. 

Todo comienza cuando un individuo realiza un acto un poco dañino que, al principio, le genera cierta incomodidad o culpa. Pero, si ese comportamiento se justifica y se repite, el malestar emocional se debilita. Con el tiempo, nuestro umbral de lo que consideramos inaceptable cambia, y comportamientos que antes nos habrían parecido impensables acaban convirtiéndose en una simple rutina. 

Un ejemplo muy actual de esta pendiente resbaladiza lo vivimos a diario en las redes sociales. Pensemos en una persona corriente, alguien que en su día a día jamás insultaría a un desconocido a la cara. Todo  empieza de forma sutil: dejando a otra persona, en una publicación en una red social, una pequeña crítica o un simple comentario irónico, escudado por la distancia y el anonimato de una pantalla. Al principio, esa hostilidad puede generarle cierta incomodidad al que deja el comentario hiriente, pero el algoritmo premia su indignación con muchos 'me gusta' y validación pública, por lo que el cerebro termina justificando plenamente el ataque. Poco a poco, el umbral de lo inaceptable cede. Al repetir este comportamiento y diluir la responsabilidad entre miles de usuarios anónimos, la empatía se apaga por completo. Así es como un ciudadano pacífico acaba participando activamente en una campaña de acoso masivo capaz de destruir la vida de una persona, para después cerrar la aplicación en su teléfono y marcharse a dormir con la conciencia muy tranquila. ¿Cómo consigue ese nivel de frialdad?  

Recurriendo al último gran mecanismo de esta desconexión moral: culpar a la víctima.  

Para no sentir remordimientos, el agresor altera la narrativa hasta convencerse de que está actuando en defensa propia y de que la víctima es la verdadera responsable de su propio sufrimiento. Desde esta perspectiva distorsionada, las acciones crueles ya no se ven como agresiones injustificadas, sino como reacciones defensivas legítimas frente a una provocación previa. 

La psicología social observa esta misma desconexión cuando un ciudadano estadounidense corriente descuelga el teléfono para denunciar a un vecino ante las autoridades migratorias. Una línea de denuncias que, en muchas ocasiones, ni siquiera se usa contra personas indocumentadas, sino como un arma de represalia racial para intimidar a ciudadanos de piel oscura tras una simple discusión vecinal. Quien hace esa llamada rara vez se percibe a sí mismo como alguien cruel; al contrario, el sistema le proporciona la excusa cognitiva perfecta: se ve como un buen ciudadano que vela por el orden. Al ampararse en el lenguaje burocrático y delegar la violencia en una agencia estatal, la empatía se apaga por completo. En una sola llamada de teléfono vemos operar al mismo tiempo la banalidad del mal de Arendt, la obediencia a la autoridad de Milgram, la desconexión moral de Bandura y la necesidad de castigar a un chivo expiatorio para sentir que mantenemos el orden.Y aquí es donde la ciencia se hace una pregunta clave: si los seres humanos somos tan vulnerables a la presión del sistema, ¿tiene sentido ser buenos, o estamos condenados a que el egoísmo triunfe siempre? Para responder a esto sin dejarse engañar por nuestras emociones, la Teoría de Juegos ha recurrido a las matemáticas.  

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

En 1984, el politólogo estadounidense Robert Axelrod organizó un torneo informático basado en el 'dilema del prisionero'. Este dilema plantea  una situación límite: imaginad a dos cómplices de un delito encerrados en celdas separadas, sin poder comunicarse el uno con el otro. La policía les ofrece el mismo trato a los dos: si ambos guardan silencio y cooperan entre sí, solo cumplirán un año de cárcel; si uno  traiciona al otro, el traidor sale libre y el compañero condenado se enfrenta a diez años  de sombra; pero si ambos se traicionan mutuamente, los dos cumplirán cinco años. La trampa  psicológica y matemática de este juego es que, ante la incertidumbre de lo que hará el  otro, la opción más rentable y segura a nivel individual es siempre traicionar. El objetivo de Robert Axelrod era descubrir qué comportamiento garantizaba la supervivencia a  largo plazo en un entorno competitivo. Para aislar la lógica evolutiva de la psicología humana, organizó el torneo que os hemos mencionado: pidió a científicos de todo el mundo que enviaran sus estrategias escritas en código y puso a estos programas informáticos a competir entre sí. En cada partida, los algoritmos debían elegir si cooperar o traicionar al algoritmo rival –lo  hacían al mismo tiempo, de manera que no sabían lo que iba a elegir el otro 'prisionero'–. Pero  la clave del experimento es que no jugaban una sola vez. Dos programas se enfrentaban a  lo largo de cientos de rondas sucesivas, lo que permitía a cada código recordar cómo se había portado su rival en el pasado. 

Sorprendentemente, el software que aplastó a todos los demás y venció a las estrategias más despiadadas fue un algoritmo muy simple llamado 'Toma y Daca'. Su funcionamiento era básico: en la primera ronda a ciegas, siempre daba  un voto de confianza y elegía cooperar. A partir de ahí, en los siguientes turnos, se limitaba a copiar la decisión que su oponente digital hubiera tomado en la jugada  anterior. Si el rival lo había traicionado, el programa respondía con una traición inmediata en el siguiente cruce; nunca se dejaba pisotear.  

Pero, si el rival rectificaba y volvía a cooperar, el código olvidaba el ataque y volvía a ser amistoso al instante; es decir, perdonaba rápido. Con este torneo virtual, Axelrod demostró matemáticamente algo esperanzador: cooperar no es solo una invención moral humana, es la estrategia evolutiva más rentable para sobrevivir. Eso sí, el bien no puede ser ingenuo: para triunfar, debe dar el primer paso hacia la paz y perdonar rápido, pero tiene que ofrecer siempre una respuesta implacable ante el abuso. El mal solo retrocede si el castigo frente a la traición es inevitable. 

11. La ecuación de Price y el altruismo

Y la ciencia nos explica por qué ese castigo es necesario. En 1970, el científico estadounidense George Price formuló la famosa “ecuación de Price” para intentar entender el origen de la bondad. Lo que descubrió fue matemáticamente desolador: a nivel evolutivo, dentro de cualquier grupo, el comportamiento egoísta siempre tiene ventaja  sobre el altruista. Su ecuación demostró que el individuo que solo mira por sí mismo absorbe los beneficios de vivir en una comunidad cooperativa, pero se ahorra el sacrificio de ayudar a los demás. La biología sentencia que, si un sistema no tiene mecanismos para castigar o frenar el egoísmo, este siempre terminará multiplicándose y aplastando a quienes actúan con empatía. Curiosamente, la propia vida de George Price se convirtió en un reflejo trágico de esta  lucha. Años después de publicar su investigación, experimentó una profunda crisis personal y un radical despertar religioso que le llevó a intentar vivir un altruismo absoluto. Regaló todo su dinero, abrió las puertas de su piso a las personas sin hogar de Londres y acabó... viviendo en la calle. Sumido en la extrema pobreza, se quitó la vida en 1975. Confirmó en su propia piel la parte más oscura de su teoría: el individuo que lo entrega todo al grupo sin protegerse a sí mismo no sobrevive. 

Por suerte, las matemáticas no solo nos traen malas noticias; también una luz de esperanza.  

La misma ecuación de George Price que nos condena demuestra que la selección evolutiva se divide en dos niveles distintos. Es cierto que, a nivel interno, dentro de un mismo grupo, el individuo egoísta siempre tiene ventaja sobre el individuo moral. Pero la ecuación de Price tiene un segundo componente que mide la competencia 'entre grupos'. Demostró matemáticamente que, cuando los grupos humanos compiten entre sí, aquellas sociedades formadas por individuos cooperativos, leales y altruistas siempre superan y sobreviven a los grupos desestructurados o llenos de tramposos.  

Es decir, aunque el egoísmo triunfa a nivel individual a corto plazo, la cooperación y la solidaridad son la estrategia matemática  ganadora para que una sociedad entera no colapse. 

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

Si la historia y la psicología social nos han demostrado lo fácil que es ceder ante el mal a nivel individual, y las matemáticas nos advierten de que nuestra única salvación es cooperar como grupo... ¿qué nos dicen los grandes pensadores? ¿Hay esperanza o estamos condenados por nuestra propia naturaleza? Si retrocedemos hasta las raíces de la filosofía clásica, para pensadores como Platón, el mal ni siquiera tiene entidad propia. Igual que la física nos enseña que la oscuridad no existe por sí misma, sino que es simplemente la ausencia de luz, Platón nos dice que el mal es la ausencia del bien. El mal es, pura y llanamente, ignorancia. En sus Diálogos, Platón defiende el llamado 'intelectualismo moral', la idea de que nadie hace el mal de forma realmente voluntaria, sino por una miopía intelectual, por ignorar lo que es justo y bueno. Esta idea sería recogida siglos después por el pensador neoplatónico Plotino, quien  afirmaba que todo nuestro universo emana de una perfección divina, absoluta y luminosa que él  llamaba 'El Uno'. Para esta corriente filosófica, el mal no tiene sustancia, no es una fuerza creadora con identidad propia, ni es un demonio sediento de sangre; es el punto del universo más lejano y frío, ese rincón oscuro hasta donde la luz de 'El Uno' ya no alcanza a iluminar. El mal no es una presencia agresiva, es la absoluta carencia del bien. Esta idea de la ausencia de luz y calor divino nos lleva a una de las obras cumbre de la Edad Media, que nos ofrece la alegoría perfecta sobre la naturaleza del mal: 'La divina comedia', de Dante Alighieri. En su descenso a los infiernos, Dante nos revela un detalle que rompe con todos los clichés. El núcleo del infierno, el lugar donde habitan los peores pecadores de la  historia, no es un lago de fuego hirviente, sino un lago de hielo. En el último círculo, el Cocito sufren los que han cometido el peor de los males: la traición. Los que han traicionado a su sangre, a su patria o a quienes confiaron en ellos.  

Para Dante, el mal extremo congela el alma, paraliza el espíritu y nos aísla de los demás en una prisión fría y solitaria. Si avanzamos hasta el Renacimiento, la literatura y la filosofía nos alertan de que  el mal pierde su aspecto de castigo teológico para disfrazarse de pura lógica. En 1513, Nicolás Maquiavelo, de quien ya hicimos un vídeo que podéis encontrar en nuestro canal, despojó al Estado de cualquier moralidad en su tratado 'El Príncipe'. Para Maquiavelo, el mal no era un problema espiritual, sino económico y estratégico.  

Llegó a distinguir entre crueldades “bien usadas” y “mal usadas”. La crueldad bien usada, según él, es la que se aplica de un solo golpe para asegurar el poder, evitando así prolongar un sufrimiento que acabaría generando rebeliones. Visto desde la óptica del poder absoluto, el mal, desprovisto de culpa, es pura eficiencia. Si buscamos entender la psicología detrás de este mal absoluto y el orgullo que lo alimenta, debemos acudir de nuevo a la literatura. En el siglo XVII, concretamente en 1667, el inglés John Milton publicó el poema narrativo 'El paraíso perdido'.  

En su obra, Satanás no es una bestia salvaje, sino un líder muy carismático y narcisista. Para Milton, el mal es la soberbia extrema. Satanás prefiere la alienación total antes que someterse a una jerarquía que no encabeza. Como él mismo dice para justificar su rebelión: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo”. Y remata con su célebre sentencia: “Mejor es reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.  

El mal triunfa cuando el ego prefiere destruir el sistema entero antes que cooperar con él. 

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

Ya en el siglo XVIII, el filósofo prusiano Kant intentó explicar las raíces de esta ceguera moral humana en su obra 'Crítica de la razón pura'. Nos explicó que los seres humanos vivimos atrapados en el “fenómeno”, la realidad filtrada y limitada por nuestros sentidos, y somos ciegos al “noúmeno”, a la verdad inalcanzable de las cosas en sí mismas. Encerrados en esta limitación, en esta ceguera, somos presas fáciles de nuestros instintos egoístas y de la desconexión moral. 

Sin embargo, en el siglo XIX, el filósofo alemán  Hegel le dio una vuelta de tuerca a esta idea.  

Para él, el mal y las grandes crueldades de la  historia no son un simple fallo del sistema o una falta de luz, sino el motor indispensable que  hace avanzar a la humanidad. Según su visión, el mundo no progresa quedándose quieto en un  estado de perfección pacífica, sino chocando de frente contra la realidad, sufriendo y superando  grandes fracasos a través de las distintas épocas.  

Para Hegel, la historia es un proceso  continuo en el que el espíritu humano se pone a prueba al enfrentarse a sus propios errores. Desde esta cruda perspectiva, los episodios más oscuros y violentos de nuestra historia serían un precio trágico, pero necesario, para que la humanidad despierte, madure y aprenda. Hasta ahora hemos analizado qué empuja a las personas y a las instituciones a cometer  atrocidades, pero el mal necesita otra gran fuerza para triunfar: nuestra propia inacción. Históricamente, no se expande solo por el poder de los verdugos, sino por el inmenso vacío que dejamos cuando decidimos apartar la mirada frente a la injusticia. Como escribió el activista estadounidense Martin Luther King, en su famosa 'Carta desde la cárcel de Birmingham', escrita en 1963 mientras estaba detenido por protestar pacíficamente: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las palabras y acciones de odio de la gente mala, sino por el espantoso silencio de la gente buena”. Esta pasividad silenciosa de la mayoría no solo condena a las víctimas al olvido, sino que rompe los vínculos de confianza de nuestra sociedad y les envía un mensaje tranquilizador a quienes ejercen la crueldad:  que pueden hacerlo con total impunidad. 

Y es aquí donde la filosofía da un último golpe  sobre la mesa a través del pensador alemán Friedrich Nietzsche. Mientras que Platón veía el mal como un defecto o una ceguera intelectual, Nietzsche planteó que lo que nuestra cultura llama “bien” –la compasión, la piedad, el altruismo– es en realidad una  “moral de esclavos”, un sistema inventado por los débiles para intentar frenar y hacer sentir  culpables a los fuertes. Desde esta óptica, las personas que llegan a la cima del poder pisoteando a otros no lo hacen por ignorancia, sino porque han decidido romper las cadenas de la ética. Ven a los demás como simples recursos, avanzan sin el freno psicológico de la culpa y manifiestan lo que Nietzsche llamaba la “voluntad de poder”. El mal triunfa porque quienes lo ejercen juegan sin las reglas morales que nos atan a todos los demás.

14. El único antídoto contra el mal

Es hora de hacerse otra gran pregunta: ¿existe  un antídoto para el mal? Dante nos da una posible respuesta en el último verso de su obra. Tras  cruzar el infierno y el purgatorio, al llegar a la cima del Paraíso y mirar fijamente la luz  suprema de la creación, la mente del poeta colapsa ante la grandeza del universo. Y allí descubre  que el cosmos no se mueve por matemáticas frías, ni por estrategias de guerra, ni por la voluntad  de poder. Dante cierra su viaje afirmando que todo obedece a una sola fuerza: “El amor  que mueve el Sol y las demás estrellas”. 

Para Dante, este amor no es un sentimiento  romántico o pasivo, sino la fuerza gravitatoria y vital que mantiene unidas a las personas y al  cosmos entero. Si el mal es la desconexión moral, el hielo que nos aísla de los demás, el amor  es la voluntad activa de reconectar. Es la empatía profunda que nos impide deshumanizar  al otro, el valor para negarnos a apretar el botón en un experimento y la fuerza para no  mirar a otro lado frente a la injusticia, por ejemplo cuando se está acosando a alguien en  un colegio o en el trabajo. Frente a un sistema burocrático que nos pide ser simples engranajes  fríos, el amor nos exige recordar nuestra responsabilidad individual y nuestro vínculo  inquebrantable con el resto de la humanidad. 

¿Y vosotros? ¿Qué opináis? ¿El ser humano es  realmente un lobo para el hombre por naturaleza o es la presión del sistema y del poder lo que  nos arrastra hacia el mal? ¿Creéis que el amor funciona realmente como antídoto?

Clásicos, pero raros e inencontrables.

Peter Weiss, La estética de la resistencia.

Péter Nádas, El libro del recuerdo.

Atila, de Aliocha Coll.

Clarisse Nicoïdski y sus poemas en judeoespañol.

Eduardo Haro Ibars: Los pasos del caído, de José Benito Fernández.

Ceija Stojka y el Holocausto gitano (porrajmos).

Ajir Román, novela turca de los bajos fondos de Estambul.

El tazón de hierro, de Félix Novales.

La estilometría identifica una nueva comedia de Lope de Vega

 La inteligencia artificial atribuye a Lope de Vega una comedia de Claramonte, Julián Herrero, La Razón, 16.10.2026:

El congreso sobre el Siglo de Oro celebrado en Madrid descubre la última obra atribuida al Fénix de los Ingenios, la número 362.

Que algo se haya terminado hace 500 años no es sinónimo de que esté pasado de moda. Se cerró el Siglo de Oro a su debido tiempo y, sin embargo, solo hace falta ver las carteleras de los teatros, siempre con reinterpretaciones de los clásicos, para descubrir que lo que nos pasa hoy no dista tanto de lo de entonces; o los festivales veraniegos de teatro, muchos de ellos dedicados en exclusiva a los Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y compañía.

Y curioso es que en esto del estudio áureo también existan las modas. Con los nombres de los citados, los primeras espadas de esto, presentes pase lo que pase, la tendencia actual ha virado hacia otro hombre que a poquitos va haciéndose su sitio entre el resto de autores (y autoras, también en boga en la actualidad gracias a los trabajos para rescatar su memoria). Suyos son Tan largo me lo fiáis, el origen del mito del Don Juan del Burlador, y La Estrella de Sevilla, piezas que los recientes estudios han ido revisando hasta otorgarle a él, y solo a él, un reconocimiento que los caprichos de antaño, tantas veces injustos, le hurtaron.

Pasión por Claramonte en su aniversario

Tal es la pasión, si es que se puede llamar así, por este ilustre murciano, don Andrés de Claramonte, que el Congreso Internacional Madrid en el teatro español del Siglo de Oro, que se celebra estos días, se ha visto desbordado por el interés en su figura aprovechando el cuarto centenario de su fallecimiento. Lo reconoce Germán Vega García-Luengos (Universidad de Valladolid), organizador del evento junto a Luciano García Lorenzo (CSIC). “La gente lo ha querido así”. Abrieron las solicitudes y los expertos se volcaron en él: las 30 sesiones que de inicio se pretendían programar se vieron ampliadas hasta las más del medio centenar. Enterrado en Madrid, en la iglesia de San Sebastián, Claramonte “no es solamente un copión, como algunos –entre ellos Menéndez Pelayo– dijeron de él”, explica el investigador: “Tenemos un autor con bastante más obra de la que tradicionalmente se le ha considerado. Y dentro de ella cuenta con dos textos muy grandes, por lo que tendríamos que considerarle un dramaturgo importante y no dejarle en el cubo de la basura”.

El profesor también es responsable, en esta ocasión de la mano del profesor Javier J. González Martínez, de la exposición que la Biblioteca Regional de Madrid organiza hasta el 10 de enero, Madrid en el teatro del Siglo de Oro. En ella ya se vislumbran los temas que se debaten estos días en el complejo cultural El Águila de Madrid alrededor de los quehaceres de los dramaturgos en la capital. Poco es más significativo que los tres autores más representativos de la fecha, y grandes figuras del teatro universal, fueran madrileños. Igual que otros dos genios como Cervantes y Quevedo.

Óleos, manuscritos, trajes, maquetas y demás componen este recorrido por el epicentro de la Monarquía Hispánica, donde se contaba con las infraestructuras más dinámicas del teatro comercial, factor fundamental para su desarrollo; y al tiempo, en la misma ciudad se encontraban los más destacados enclaves palaciegos para celebrar los espectáculos cortesanos; así como sus plazas y calles, en las que se acogían las formas de representación más diversas.

Un "nuevo" ilustre de las letras españolas

En estas salas, por supuesto, también encuentra acomodo ese “nuevo” ilustre de las letras del Siglo de Oro, Andrés de Claramonte. Un hombre de fama creciente que murió en Madrid, en 1626, y que ha logrado desbancar de la autoría a tipos como Tirso y Lope. No obstante, la moneda no iba a caer siempre de su lado. En esta ocasión, la firma da la vuelta y pasa de Claramonte al mismísimo Lope de Vega, quien se convierte en dramaturgo de pleno derecho de una comedia como El infante de Aragón. Es la principal novedad que trae este congreso. Vega García-Luengos se ha reservado para la última jornada una exposición en la que ha descubierto esta nueva obra de Lope atribuida hasta ahora a Claramonte. Una charla que ampliará en el Anuario Lope de Vega y en la que profundizará en los motivos que le han llevado a dicha conclusión.

Igual que hiciera antes con La francesa Laura (que pasó de ser “anónimo” a pertenecer al corpus de Lope), el profesor castellano ha acudido a la inteligencia artificial para resolver la ecuación de la estilometría: “Son procesos largos, pero el primer chivatazo nos lo da la máquina sin casarse con nadie. Valora únicamente elementos léxicos y está demostrado que tiene una gran eficacia”. Y así, “entrenando” cada día a la IA, asegura que una comedia firmada por Claramonte que nunca se había discutido, “de repente”, apunta, “pasa a irse con Lope. Y luego, todos los elementos que hemos estudiado nos llevan a afirmar con efectivamente es un Lope”.

De las más de 1.500 obras que se sostiene que escribió el Fénix de los Ingenios, ya hay catalogadas 362 con este “renovado” Infante de Aragón. “Y otras dos más que seguro que son de él, pero que todavía tenemos que hacer las comprobaciones oportunas”, añade Vega.

Política y amor como base de la comedia

Se destapa de este modo una nueva historia para una comedia publicada en la primera mitad del siglo XVII con base política y amorosa que pone su atención en el enfrentamiento entre los reinos de Aragón y Navarra; y en la que el infante en cuestión se enamorada de su homóloga de enfrente. “Tiene momentos muy interesantes en los que se ve claramente que es de Lope y a pesar de que han desaparecido algunos versos, que se echan en falta, sobre todo, en la tercera jornada. Pero no perjudica para saber de qué va la acción. Es muy posible que la obra se aplicase a Claramonte porque Lope ya había muerto. Al revés de lo que pasaba con él en vida, que se le atribuían las obras de otros porque él era el gran divo del teatro. Es algo que fue muy frecuente y que gracias a la estilometría y otras herramientas de la inteligencia artificial nos estamos dando cuenta de que hay bastantes más problemas de los que pensábamos. Aparecen dudas donde pensábamos que no había ninguna”.

No duda Vega de la IA. “Hasta ahora, cuando nos dice que una obra es de Lope, o de otro, no hemos encontrado fallo. Los resultados son contundentes y nunca se ha desdicho. Esa es la ventaja de la estilometría, que es neutral y objetiva”: acude a las estadísticas de léxico y mide las 500 palabras más frecuentes para compararlas con las de otros 3.000 textos del Siglo de Oro. “Y con eso te arroja unas cifras de proximidad que te permiten recuperar información de distintos medios”, explica a La Razón un hombre que trabaja incansable en la enseñanza de textos a la IA.

Las salidas posibles al capitalismo según Mark Fisher

 Hoy es más difícil imaginarse el fin del capitalismo que el fin del mundo. Parecería que estamos atrapados en un presente perpetuo, encerrados en el fin de la historia, porque el capitalismo no se presenta como una ideología o como una posibilidad, sino como el funcionamiento natural de las cosas. 

 De ahí el popular dicho de que cuando una persona dice que no es ni de izquierda ni de derecha, en general es de derecha, y se presenta como natural a tal punto de ni defenderse moralmente de lo que genera. No niega el hambre, la pobreza ni la desigualdad. Lo naturaliza porque se presenta como lo único real, como el límite de lo imaginable. Este realismo no postula que el capitalismo es la mejor alternativa, simplemente dice: "No hay alternativa." El realismo capitalista es análogo a la mirada desesperanzada de un depresivo que cree que cualquier creencia en una mejora no es más que una ilusión peligrosa. De esta manera comienza la obra maestra de Mark Fisher, Realismo capitalista, escrita en 2009 por él y traducida por la editora Caja Negra en 2017, el mismo año en el que el autor se quitó la vida.

El realismo capitalista no es una manera de propaganda al sistema, sino una forma de darle entidad de real, de natural, algo que es absolutamente contingente y artificial. ¿Cómo se organiza una sociedad en una época determinada? En palabras de Fisher, es una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos. Es la manera de desideologizar y desmoralizar un sistema para presentarlo como lo dado como la única opción. Y por lo tanto, a la política solamente le resta discutir cómo gestionarlo mejor.

Quienes tenemos menos de 35 años, ya nacimos directamente en un mundo casi sin alternativas reales económicas al capitalismo. Pero además, en términos culturales, MTV volvió pop la rebeldía del punk, ostentoso individualista al rapero del Bronx y un género más del mainstream al rock alternativo e independiente. La inexistencia de alternativas al capitalismo ya ni siquiera es un problema. El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable y esto impacta especialmente los jóvenes que somos una generación esencialmente transformadora. Por eso vivimos sin esperar nada demasiado nuevo. 

Fisher, como docente secundario encuentra que sus estudiantes tienen una edia depresiva. Y es curioso este término porque en general se asocia a la depresión con la anhedonia, es decir, con no poder  experimentar placer. Pero en sus palabras, el cuadro al que me refiero no se constituye por la incapacidad para sentir placer, sino por la incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea la búsqueda del placer.

Estamos deprimidos por la adicción al placer instantáneo y efímero que nos hace vivir un presente absoluto. Y le doy la razón, hace un tiempo que no leía un libro completo como este.

Y si estamos todos más deprimidos, medicados y ansiosos, ¿no habrá algo que nos una? Si bien el capitalismo se esfuerza por mostrar que el estrés y la ansiedad son problemas individuales, desde el auge del neoliberalismo, el consumo de antidepresivos en el mundo creció exponencialmente.

El caso de España, por ejemplo, es muy particular. En dos décadas aumentó 250% el consumo de antidepresivos. Y acá aparece una de las tesis más inquietantes del libro. Fisher no solamente dice que este sistema no se enferma, sino que el propio sistema está enfermo por diseño.

Con sus continuos ciclos de auge y depresión, el capitalismo es un sistema fundamentalmente bipolar que oscila de modo salvaje entre la manía optimista de las burbujas y el bajón depresivo. Que hablemos tanto de depresión económica no es una casualidad. El capitalismo se alimenta del estado de ánimo de los individuos al mismo tiempo que los reproduce. Es decir, en la fantasía de la sociedad emprendedora, tu fracaso no solamente es el espejo del sistema, sino también su proteína. Y como mencionamos al principio, el capitalismo no solamente genera estado depresivos en las personas, sino que él mismo se comporta como un depresivo. La idea de "No hay alternativa" es análoga a la de un depresivo que ve en cualquier oportunidad de mejora una ilusión peligrosa. Por eso, para Fisher, el capitalismo, lejos de ser el único sistema viable, es un sistema inherentemente disfuncional. 

Y acá justamente donde Fisher empieza a encontrar una salida. ¿Es realmente que no hay tal alternativa o es que estamos encerrados en un bucle psicotemporal? Porque si lo pensamos abstractamente, un segundo, la única posibilidad para que el mundo siga subsistiendo es superar al capitalismo, porque si no, el planeta va a reventar a pedazos. Y trascender el capitalismo es pensar en un postcapitalismo, no necesariamente en un socialismo o viejas recetas. De hecho, Fisher orienta la izquierda internacional a salir de la melancolía de lo que pudo ser y no fue.

Uno de los vicios crónicos de la izquierda es su revisionismo permanente, que le quita lugar a la organización del futuro. Lo que debemos dejar atrás es la posición confortable de la marginalidad vencida. Un anticapitalismo efectivo no puede ser una resistencia al capitalismo, sino un rival suyo. Para ello, según Fisher, la izquierda debe ser un agente político y social que desenmascare el carácter realista del capitalismo, centrándose en tres áreas:

1. La explotación medioambiental

2. La burocracia del sector privado

3. La crisis mundial de salud mental.

La emancipación con Fisher viene de distinguir el realismo de la realidad, el diseño de la materia. y así destruir la apariencia de real de aquello que el realismo oculta por volver su sistema incoherente e indefendible. 

Por ejemplo, el desastre ecológico que genera el sistema capitalista. Para 2050, la industria aumentará un 400% su demanda de agua y un 40% de la población va a sufrir estrés hídrico. Es decir, ahora en 25 años, y no es porque bebemos mucho, es por el modelo de producción. Y distinguir realismo de realidad también es politizar el debate sobre la salud mental en una sociedad deprimida y ansiosa con personas que no pueden mantener una charla con su mejor amigo o amiga por más de 5 minutos y miran en celular.

Por eso, según Fisher, más allá de que el capitalismo se disfrace como el único sistema viable, lo que está haciendo es destruir su materia prima y enfermar a la mano de obra que le genera riqueza.

El postcapitalismo se parecerá a la película distópica que más te guste o mejor dicho a las que tus acciones hoy en día conduzcan, porque los futuros próximos están en disputa. Ah.

Ocho del 50, premio Espasa de ensayo 2026

 Ocho del 50, de Antonio Soler, gana el Premio Espasa 2026, Sofía Campos, La Razón, 9.9.2026:

El jurado ha valorado la capacidad del autor malagueño "para convertir la historia literaria en una obra de creación y de recuperación de nuestra memoria cultural".

El jurado del XLIII Premio Espasa 2026 ha fallado este miércoles el galardón, concedido a la obra Ocho del 50, de Antonio Soler. Ha valorado especialmente de la obra ganadora "la capacidad de Antonio Soler para convertir la historia literaria en una obra de creación y, al mismo tiempo, de recuperación de nuestra memoria cultural. Ocho del 50 reúne rigor, originalidad y una extraordinaria calidad narrativa en un ensayo que no se limita a estudiar a ocho escritores, sino que propone una nueva manera de acercarse a toda una generación. Consigue algo que está al alcance de muy pocos ensayos literarios: hacer que la literatura del pasado vuelva a sentirse como algo vivo, cercano y necesario".

El autor ha declarado, ante este reconocimiento, sentirse "muy honrado por unirme a la lista de ganadores de un premio con tanto prestigio. Y especialmente satisfecho por tratarse de un libro sobre libros, sobre la vida y la obra de autores de una generación fundamental en mi formación como escritor y que en algunos casos se convirtieron en queridos amigos". Se une, de esta manera, a una lista de premiados a la que en los últimos años se han sumado Ana Santos (2025), Juan Fernández-Miranda (2024), Javier Solana (2023), Javier Ruiz (2022), Emilio Lamo de Espinosa (2021) y Carlos del Amor (2020).

Ocho del 50 se publicará el miércoles 28 de octubre, y sigue los pasos de Antonio Rabinad, Juan Marsé, Concha Alós, Carmen Martín Gaite, Alfonso Grosso, José Manuel Caballero Bonald, Ángel Vázquez y Jesús Pardo. Ocho novelistas reunidos en cuatro parejas a modo de vidas paralelas y cuya obra está especialmente marcada por la memoria personal, por aquellos episodios decisivos de sus vidas -la infancia, la Guerra Civil, la posguerra, la orfandad, el exilio, la represión o el descubrimiento de la vocación literaria- que transformaron en materia de ficción.

El escritor reconstruye, con una soberbia prosa, precisión y un extraordinario poder evocador, unas vidas marcadas, en muchos casos, por la miseria y, en otros, por una procedencia acomodada, pero siempre profundamente literarias. Soler insiste en que la memoria constituye ya una forma de invención y en que la novela, paradójicamente, puede acercarse más a la verdad humana que unas memorias estrictamente documentales.

Soler (Málaga, 1956) es autor, entre otras, de las novelas Las bailarinas muertas (Premio Herralde y Premio Nacional de la Crítica), El nombre que ahora digo (Premio Primavera), El camino de los ingleses (Premio Nadal), El sueño del caimán, Sur (recibió los premios Juan Goytisolo, Nacional de la Crítica, Francisco Umbral, Dulce Chacón y Andalucía de la Crítica), Sacramento, Yo que fui un perro y El día del lobo. Sus libros se han traducido a una docena de idiomas. Es miembro de la convulsa Orden de Caballeros del Finnegans.

El Premio Espasa tiene una dotación económica de 30.000 euros. El jurado lo integran Leopoldo Abadía, Emilio del Río, Nativel Preciado, Fernando Rodríguez Lafuente y Pilar Cortés, en representación de la editorial. Este año, el Premio Espasa ha superado el número de participantes de otras convocatorias, con más de un centenar de ensayos presentados y una notable diversidad temática y geográfica

Habermas y Han. Los filósofos para ahora mismo.

Jürgen Habermas 

Habermas sin lugar a dudas uno de los filósofos vivos más influyentes y relevantes de nuestro tiempo. Nació en 1929 en Düsseldorf, Alemania, y es uno de los filósofos más influyentes y respetados del mundo. Fue profesor emérito en la universidad de Frankfurt donde enseñó durante gran parte de su carrera su obra profundamente arraigada en la tradición de la teoría crítica aborda los problemas más urgentes de la modernidad por ejemplo la fragilidad de la Democracia que es particularmente importante las tensiones entre la Razón y el Poder y el papel del diálogo en la construcción de sociedades más justas habermas es un pensador que no solo analiza el presente sino que ofrece herramientas del pasado para imaginar y construir un futuro mejor uno de los pilares de su filosofía es la llamada Teoría de la acción comunicativa una obra monumental que redefine la relación entre el lenguaje, la racionalidad, la filosofía y la sociedad. En ese trabajo Habermas argumenta que la comunicación no es solo un intercambio de información sino un proceso es para coordinar la acción social que necesitamos hoy según él el diálogo auténtico que no ha pasado según él basado en la búsqueda mutua de entendimiento es la clave para superar las tensiones y los conflictos que surgen en sociedades complejas. Pero J. Habermas no es ningún ingenuo; este concepto ha tenido un impacto profundo en los campos como la sociología la política y la ética y no hay un solo autor que no conozca Habermas dentro de esas áreas para Habermas la razón no es un instrumento al servicio del poder o de los intereses individuales como muchas corrientes filosóficas contemporáneas han sugerido; en cambio sostiene que existe una racionalidad comunicativa que surge cuando los individuos participan en diálogos genuinos, libres de coerción. Esta idea es especialmente relevante hoy donde el discurso político a menudo está dominado por la manipulación las noticias la polarización y también la falta de pensamiento crítico. Habermas nos recuerda que la democracia no puede sobrevivir sin un espacio público sin edición, donde las personas puedan debatir en vivo, si fuera posible, y llegar a acuerdos basados en razones, no en intereses o emociones pasajeras, y muchísimo peor, en ediciones convenientes.

Otro aspecto central de la obra de Habermas es su defensa de la democracia deliberativa. En un contexto global, marcado por la desconfianza hacia las instituciones públicas y políticas, su propuesta es una democracia basada en el diálogo y la participación activa de los ciudadanos y esto más urgentemente que nunca es decir, ya no solo votar; ese acto ha empobrecido la democracia. Según Habermas, lo importante es que la gente pueda discutir. En libros como entre las verdades y las normas, Habermas explora cómo las instituciones democráticas pueden renovarse para enfrentar los desafíos de nuestro siglo desde la globalización hasta problemas como la contaminación y el cambio climático. Su enfoque no es utópico, pero sí es profundamente esperanzador y optimista. Él cree que, a través del diálogo y el compromiso colectivos, a través de estas instituciones que permiten que el diálogo sea tal como lo planteó hace un momento, las sociedades pueden encontrar soluciones reales a sus problemas, especialmente a los más complejos, si dejamos que las personas puedan racionalizar por ellas mismas en un espacio público no solamente ir a votar en secreto y de forma anónima para que otros piensen por ellos. Habermas también ha sido una voz importante en debate sobre por ejemplo la modernidad y la religión siendo un experto en teología y abriendo grandes diálogos entre por ejemplo el naturalismo y la religión él argumenta que aunque vivimos en un mundo secularizado, las tradiciones religiosas tienen un papel importante que desempeñar en el discurso público. Sin embargo, este papel debe estar mediado por la razón y la reciprocidad, y no solamente por el deseo de tener razón.

Lo que significa realmente es que las creencias deben traducirse en formas de vivir para que los ciudadanos puedan elegir si algo es cierto o no independientemente de lo que alguien diga sino de lo que alguien entienda racionalmente y pueda ver este enfoque equilibre al respeto por la diversidad pero también con la necesidad de un marco común para el entendimiento que nos permita distinguir lo que es mejor de lo que es peor lo que es verdadero de lo que es falso. Lo que hace a Habermas tan interesante y relevante es su compromiso con la acción y la transformación; cuando lo lees te das cuenta que en la parte teórica él domina prácticamente todo el canon filosófico occidental. Lo domina perfectamente. Realmente, él no se limita a describir el mundo: él podría hacerlo como muchos otros filósofos, pero él realmente quiere cambiarlo. Su insistencia en la importancia del diálogo, la racionalidad y la participación ciudadana, realmente son un llamado a la responsabilidad colectiva para volver a la filosofía en un tiempo donde las democracias enfrentan amenazas tanto internas como externas que harán que se destruyan si no aprendemos a pensar y actuar juntos mediante la racionalidad para encontrar soluciones a los problemas y si nuestras instituciones no se prestan para ello debemos tratar de hacerlo puesto que esto, tal como lo ha planteado Habermas, nunca ha sido llevado a cabo, al menos de manera exitosa y sincera.

Habermas, para terminar, nos enseña que la filosofía no es una manera de reflexionar sobre el mundo sino una herramienta real para poderlo transformar, no con utopías, ni con cinismo, sino con comunicación, racionalidad y buena voluntad para cambiar la hoja de ruta que navega las complejidades de nuestro tiempo.

Byung-Chul Han

Nacido en 1959 en Seúl (Corea del Sur) es sin duda alguna uno de los filósofos contemporáneos más leídos y relevantes de nuestro tiempo. Inicialmente estudió metalurgia en Corea, pero más tarde se trasladó a Alemania para dedicarse enteramente a la filosofía, formándose bajo la tradición filosófica alemana. Actualmente es profesor de la Universidad de las Artes de Berlín, donde desarrolla su pensamiento sobre los problemas fundamentales de nuestra era como la actividad, el rendimiento y la alienación en nuestra sociedad contemporánea.

Se ha convertido en uno de los pensadores más leídos y comentados de nuestro siglo él ha capturado como pocos el pulso de nuestra época en sus obras han disecciona con precisión quirúrgica los dilemas existenciales de una sociedad marcada por el agotamiento la hiperconectividad y la obsesión con el rendimiento sea profesional sea emocional es decir en todos los aspectos con un estilo accesible Pero profundamente filosófico su trabajo resuena tanto en el ámbito académico como entre los lectores que buscan entender Por qué el mundo moderno parece habernos arrebatado la capacidad de vivir plenamente es decir que Byung-Chul Han realmente es accesible a todos y eso lo convierte en un filósofo particularmente importante.

El tema central del pensamiento de Han es lo que él llama la sociedad del rendimiento, un concepto que explora con profundidad en su libro La sociedad del cansancio. Según Han vivimos en un tiempo donde ya no estamos gobernados por las figuras autoritarias externas sino por una autoexigencia interna que nos impulsa a trabajar más producir más sentir más y ser siempre eficientes y aparentar ser felices en este modelo los individuos no son víctimas de un opresor sino que se convierten en sus propios tiranos incapaces de detenerse incluso cuando su salud mental y emocional está en juego. Esta idea se conecta también con su análisis de la hiperconectividad que se desarrolla en su obra En el enjambre Han describe cómo la tecnología  digital ha transformado nuestras relaciones humanas y nuestra percepción del tiempo las redes sociales los correos electrónicos los mensajes de texto y la exposición continua a estímulos digitales de las redes sociales nos han convertido en miembros de un Enjambre digital donde la conexión constante reemplaza la reflexión profunda y también el sentido de comunidad y de individualidad que se disuelve en los likes y notificaciones que tenemos. Para Han esta actividad que, aparentemente, es algo muy bueno, realmente no nos hace más libres Nos hace más distraídos, más solitarios, más ansiosos.

Otro aspecto crucial de su obra es su crítica al concepto de la transparencia que desarrolla precisamente en La sociedad de la transparencia, otra de sus obras donde Han argumenta que la obsesión contemporánea con la transparencia de las cosas, instituciones, relaciones, redes sociales no nos acerca a una sociedad más auténtica o justa: todo lo contrario, elimina los espacios de privacidad y misterio que son esenciales para que el pensamiento crítico y la creatividad sincera se den. En este contexto, la transparencia se convierte en una forma de vigilancia que limita nuestra libertad en lugar de expandirla.

En otra de sus obras La agonía del héroe, Han aborda las consecuencias de esta sociedad. Hiperproducciones más íntimas según él el amor entendido como una entrega al otro están en peligro de desaparecer en nuestro mundo, donde todo se mide en términos de utilidad y beneficio personal. Esto, tristemente, ya lo estamos viviendo para han recuperar el amor es esencial para devolverle a la vida humana una dimensión de profundidad y significado que ha sido erosionada por la lógica del mercado y por las lógicas en general, todas las que hemos visto.

Lo que distingue a Byung-Chul Han como filósofo es su capacidad para combinar un análisis agudo de los problemas contemporáneos con su sensibilidad hacia el amor humano. Sus obras no solo critican a la sociedad moderna; más bien nos invitan a pensar en alternativas alternativas profundas, como por ejemplo una vida más pausada, más contemplativa, más conectada con las personas, con la naturaleza, con nosotros mismos; más abierta al silencio, más abierta hacia lo que está más allá de lo que podemos ver en libros como El aroma del tiempo.

Han explora cómo hemos perdido nuestra relación con el tiempo mismo como algo que se experimenta. Ahora solo se gestiona y se mide. Para él recuperar el tiempo no es solo una cuestión filosófica, es una necesidad existencial para toda la humanidad. Byung Chul Han es en esencia un cronista filosófico de nuestra era: alguien que observa con claridad los síntomas de una sociedad enferma y nos ofrece caminos para sanar. Su obra nos reta a reflexionar sobre nuestras prioridades, a cuestionar las estructuras invisibles que rigen las vidas que vivimos y, sobre todo, a recuperar la capacidad de vivir de manera auténtica. Han no es solo un crítico del presente, es un filósofo existencialista que nos invita a redescubrir lo que significa ser humanos en un mundo que parece olvidar su esencia y que tal vez ya la ha olvidado. 

sábado, 17 de octubre de 2026

Isabel Allende, premio Planeta.

 Isabel Allende: «El mundo peligra en este momento», en La Razón, Javier Ors, Barcelona Creada: 16.10.2026

La escritora, que ha ganado el Premio Planeta con la secuela de «La casa de los espíritus», advierte de la deriva autocrática de muchos países y afirma: «Me importa la democracia. Sé lo que es perderla y también lo que cuesta recuperarla después».

Primero, los datos, porque, aunque los libros están hechos de palabras y nos llegan impresos en negro sobre blanco, también tienen una dimensión numérica. «La hora del alba», de Isabel Allende, saldrá con una tirada de 210.000 ejemplares; «La añoranza», de Sergio Hernández, con 90.000. Ambos libros llegarán a las librerías el próximo 4 de noviembre. Ese día marcará un comienzo y también un reencuentro, porque los lectores podrán volver al universo de «La casa de los espíritus». «He tardado 45 años en escribir esta novela. Desde el inicio recibí mensajes de lectores que querían saber qué había pasado con Alba, la nieta del patriarca, que tenía 20 años y que se había quedado sola en una casa llena de espíritus y dramas. En la novela, la protagonista vive aquellos años de dictadura. Sabe que uno vive en la nostalgia cuando está fuera y por eso prefiere quedarse esperando a su amante, un guerrillero que desaparece en los primeros días de la dictadura. Pero lo que sucederá a partir de entonces en esa casa es lo que le ocurrirá al país. La casa se convertirá en una metáfora. La historia también es una historia de amor y, al mismo tiempo, será la historia de la dictadura, del dictador y de cómo termina todo».

La escritora resaltó durante una rueda de Prensa que la novela ganadora y la finalista comparten un rasgo: «Son dos novelas sobre la represión, en un ambiente de censura. Quizá el tema está en el aire y nos atañe. Me importa la democracia. Sé lo que es perderla y también lo que cuesta recuperarla». Explicó que «durante estos años he vivido en un estado de memoria, manteniendo vivo mi país dentro de mis recuerdos junto a todas las personas que perdí y que están ya lejos de mí. El mundo peligra en este momento. Podría haber escrito este libro en 1985, pero no estaba madura. Han tenido que pasar todos estos años para que pudiera realizar este ejercicio de memoria».

La novelista apuntó que, para redactar esta historia, «tuve que volver atrás y revivir cosas que me tocó vivir. Chile nunca aparece mencionado en ninguna de mis novelas, tampoco en esta, pero se adivina que esa es la tierra a la que siempre vuelvo». Después dio paso a una confesión y reconoció que en su vida existe un hilo conductor desde pequeña: la palabra escrita. «Cuando era chica, empecé a leer y, como no había libros para niños, leía los que había. Primero fui lectora, luego periodista y después escritora. La palabra escrita me ha marcado. Desde el golpe militar, soy la misma persona. No he madurado nada. Soy igual; todavía me gusta Antonio Banderas, una obsesión importante».

Minar una democracia

Reveló también que le gusta «escribir sobre gente anónima que parece insignificante y que, de repente, saca a relucir un heroísmo, un coraje y una generosidad apabullantes. Y me emociona porque lo vi, vi cuánta gente solidaria había entonces en situaciones muy duras y cuántos traicionaban también. Pero los primeros todavía me emocionan. También he descubierto que no te haces más sabia con la edad, sino que eres más lo que eres. Así que cuidado con lo que eres».

La escritora ahondó en la situación actual y declaró que «todavía me importa la libertad. En Estados Unidos, las instituciones democráticas peligran. Uno podría pensar que es un país sólido, pero la democracia se pierde: a veces, de golpe; otras, se va minando desde abajo hasta que se derrumba». En ese instante se refirió a la prohibición de «La casa de los espíritus» en Estados Unidos. «En este país basta con que una persona se oponga a un libro para que lo saquen de la lista. También basta con que un maestro lo defienda para que lo devuelvan. Lo que no sé es por qué está prohibido en EE. UU: si es por las escenas sexuales, no puede ser por la violencia, porque EE. UU. vive en la violencia; ¿por contestatario? No sé si esta novela se va a prohibir, pero es un tremendo honor que a uno lo prohíban, porque es una garantía de que me van a leer todos».

Allende, que admitió que, a pesar de haber escrito 32 libros, no ha ganado confianza y que cada texto la obliga a ponerse a prueba, advirtió con seriedad contra las posturas intelectuales cómodas y recordó que «la corrupción, desde el presidente de Estados Unidos hacia abajo, es un escándalo, pero ahora ya está aceptada. Cuando ves a niños separados de sus padres y cómo los deportan a distintos países, sin que pase nada, y acabas aceptando esas cosas que nunca habrías creído posibles... Me asusta la complacencia porque eso le da toda la ventaja al otro».

Sergio Hernández, finalista del galardón por su novela «La añoranza», coincidió con la escritora y recordó qué sucede cuando pasamos una página de nuestra historia sin reflexionar sobre ella. Esta idea está relacionada con su novela, «centrada en la importancia de la memoria histórica en un país hecho de silencios. La memoria es necesaria para no cometer los mismos errores del pasado. Pero creo que ahora es más necesario que nunca saber de dónde venimos y construir un mundo mejor. Esta obra es esperanzadora y mira hacia adelante. Los libros son la salvación y la puerta para combatir el olvido».

El propio Hernández reconoció que le interesaba el exilio de Antonio Machado porque «hablamos de un poeta muy patriota, que pidió que lo enterrasen con tierra de España en Francia. Nosotros mismos hemos decidido que siga enterrado en Collioure. Hemos decidido convertir su exilio en un símbolo, para que Machado sea el exiliado por antonomasia». Aprovechó también la ocasión para despejar algunas dudas y aseguró que «en la primera parte de mi novela veremos a un Machado idealizado y, en la segunda, a un Machado más humano, al que no estamos tan acostumbrados: el hombre derrotado, cercano a la muerte, que sufre porque su país ha sido traicionado por italianos y alemanes. Es un Machado maravilloso, que duele y que, espero, se quede a vivir en el corazón de los lectores. Esta historia sirve para conocer la historia del exilio, que es una cicatriz que todos llevamos por dentro».