martes, 27 de marzo de 2012

El pronunciamiento carlista de Talavera en 1833.


Antonio Pirala, Historia de la Guerra Civil y de los partidos liberal y Carlista. Escrita con presencia de memorias y documentos inéditos. Madrid: Tipografía de Mellado, 1856, t. I, pp. 403-404:

PRONUNCIAMIENTO EN TALAVERA. VI.

Tan organizada estaba, mucho hacía, la insurrección carlista, que no se esperaba más que la muerte del rey para empuñar las armas.
El primero que las tomó fue don Manuel María González, en Talavera de la Reina. Esta circunstancia excita el interés hacia una persona que legó su nombre a la historia.
 Nació en la villa que inmortalizó Cervantes (el Toboso), y ayudó a sus padres a labrar la tierra.
No tenía aún cuatro lustros, cuando casó con doña Felipa Barbaza, que mejoró su situación. Liberal en 1820, fue alcaide constitucional, miliciano de caballería y afiliado en la sociedad masónica. Encausado y perseguido por sus opiniones, tuvo que acogerse al amparo de su hermano don Rufino, superintendente general de policía del reino, quien consiguió no sólo que se sobreseyese en la causa y cesase su persecución, sino que se le confiriera la administración de correos de Talavera de la Reina, adonde marchó a fines de 1823 con su mujer y cuatro hijos.
Su buena presencia, sus facciones, su genio alegre, sociable y franco (no ocultaba sus ideas, a pesar del sistema que a la sazón regía), le conquistaron las simpatías de todos y hasta llegó a verse nombrado por les realistas comandante del batallón número 15 y comandante de armas del partido, en el que se comprendía a Guadalupe.
De nobles sentimientos, nadie acudió a él en vano y sólo olvidaba su bondad, se desviaba de tan laudable propósito, cuando mediaban resentimientos de rivalidades amorosas, a cuyas aventuras era aficionado.
Así corrió dulcemente su existencia, hasta que en 1832 pasó por Talavera desterrado a Cádiz, donde murió a poco, su hermano don Rufino, consejero ya de Hacienda. Tales consejos le dio, y le hizo tales prevenciones el desterrado, que varió de carácter. Volviose triste, taciturno, y se aisló hasta de sus mejores amigos. No acostumbrados estos a verle de esta manera, empezaron a desconfiar de él y a tratarle con prevención, lo cual aumentó su disgusto, y más que todo el ver que los liberales evitaban las conversaciones políticas en su presencia reputándole afiliado al bando contrario. No se equivocaban.
Dejole su hermano don Rufino recomendado a sus amigos políticos, quienes, desde luego, contaron con él y le iniciaron en los planes de la Junta de Madrid a la cual pertenecía Maroto, que mandaba militarmente en la provincia de Toledo. Ya hemos manifestado el resultado que tuvieron y la prisión de los individuos de aquella junta. Frustrada esta tentativa, volvió González con asiduo afán a sus tareas de la administración hasta que llegó a Talavera un comisionado del gobierno que le formó causa y le condujo preso a Madrid.
El 30 de setiembre, día siguiente al de la muerte del rey, apareció como por encanto en Talavera de la Reina. Oculto, preparó la rebelión, aunque no tan secretamente que no se apercibiese la autoridad, y, al anochecer del 3 de octubre (no del 2, como dice el parte oficial), reunió González las dos compañías de realistas, única fuerza que había en la población, y la distribuyó en varios pelotones, mandados respectivamente por sus hijos don Francisco y don Manuel, bachilleres ambos en leyes, hallándose de alférez en el provincial de Toro el hijo mayor don Juan José (se pasó a las tropas carlistas: sirvió con Cabrera y en 1846 estaba en Marsella y era brigadier).
Depuso a las autoridades, hizo algunas prisiones y se apoderó de los recursos necesarios (de los 500.000 reales que había en la Administración de rentas, sólo dispuso de 60.000), y de algunos caballos y carros.
A la mañana del siguiente día, alumbró el nuevo sol el pendón de Carlos V, proclamado en la plaza por el pregonero público con alarde militar.
A las siete de la mañana marchó a Calera a reunirse con los realistas de este pueblo y con los del batallón de Monbeltrán, ya avisados; mas no acudieron estos. Desordenáronse temerosos los de Talavera, y, puesto al frente de los de Calera y con los jefes que le acompañaban, se dirigió al Puente del Arzobispo. Adversa le fue la suerte; hostilizado por la misma población con que contaba, perdió entre los prisioneros a un hijo. Conducidos a Talavera estos desgraciados, fueron condenados por una comisión militar, expresamente formada, a la última pena, y pasados por las armas, el joven don Manuel González, don Celestino Pabal, Diéguez, el cadete López Salas y el alférez don León Nieto, enrojeciendo el suelo español la sangre de hermanos inmolados en aras de la feroz discordia en la flor de su vida.
Los que siguieron a don Manuel González fueron tenazmente perseguidos por las fuerzas de Guadalupe y otros pueblos, siendo alcanzados en las inmediaciones de Villanueva de la Serena y presos por un destacamento de caballería. Conducidos también a Talavera, otro consejo les condenó a la pena que habían sufrido sus compañeros.
González no llora su suerte: se indigna contra sus amigos políticos que le han abandonado y los desprecia, pensando sólo en su hijo, por quien tanto padece y a quien trata de inspirar valor en el postrer instante. Estrechados cuando ya sus compañeros estaban de rodillas, ahoga su voz el llanto y, sin el consorcio de morir abrazados, riégase de nuevo aquel sitio con su sangre y la de otros cinco compañeros.