lunes, 5 de marzo de 2012

Las palabras y el pensamiento son un matrimonio mal avenido.


Este texto viene a desarrollar lo que ya decía Francisco Sánchez el Escéptico: "¿Qué no habrá que no pervierta la retórica?", en su Quod nihil scitur. Pero conviene repetirlo.



John Locke, Lib. III del Ensayo sobre el entendimiento humano, cap. X: "Sobre el abuso de las palabras":


1. Abuso de las palabras


Además de la imperfección que se encuentra de manera natural en el lenguaje, y de la oscuridad y confusión que es tan difícil de evitar en el uso de las palabras, hay algunas faltas intencionales y negligencias de que los hombres son culpables en esta manera de la comunicación, por las que hacen que estos signos sean menos claros y distintos en su significación de lo que naturalmente deben ser.


2. Primero, las palabras se emplean muchas veces sin ninguna idea o con ninguna idea clara.


Dentro de esta clase, el abuso primero y más palpable consiste en el empleo de palabras sin ideas claras y distintas, o, lo que es peor, el de signos sin ninguna cosa significada. De éstos los hay de dos clases:


Primero, se pueden advertir, en todos los lenguajes, ciertas palabras que, una vez examinadas, no significan ninguna idea clara y distinta en su uso apropiado y en su origen. Éstas, en su mayoría, han sido introducidas por las diversas sectas de la filosofía y de la religión. Porque sus autores o promotores, bien por afectar a algo singular y fuera de las comunes aprehensiones, bien por defender opiniones extrañas o por ocultar alguna debilidad de sus hipótesis, rara vez dejan de acuñar palabras nuevas y tales que, si se las examina bien, pueden con justicia calificarse de términos sin significado. Porque no teniendo ningún conjunto determinado de ideas anejos a ellos cuando fueron inventados, o al menos no teniendo ninguno que sea congruente al ser examinadas esas ideas, no es de extrañar que más tarde en el uso vulgar que hacen sus partidarios, no serán sino sonidos vacíos, con ninguna o muy escasa significación, para aquellos que piensan que es suficiente con ponerlos en su boca, como caracteres distintivos de su escuela o iglesia, sin tener la preocupación de examinar cuáles son las ideas precisas que significan. No necesito añadir aquí más ejemplos, puesto que todo hombre puede encontrar un amplio repertorio de ellos en sus lecturas y conversaciones. Y si alguien quiere estar mejor abastecido, los grandes maestros en esta clase de términos, quiero decir los escolásticos y metafísicos (entre los que pienso se pueden incluir los filósofos diletantes, naturales y morales, de estas últimas edades) les pueden proporcionar gran abundancia donde contentarse.


3. Segundo, otras palabras carecen de significados distintivos.


Hay otros que llevan este abuso aún más lejos, los cuales, teniendo la poca precaución de no emplear palabras que en su denotación primaria apenas significan ideas claras y distintas anexas a estas palabras, por una negligencia imperdonable, emplean con frecuencia palabras que la propiedad del lenguaje ha unido a ideas muy importantes, sin ningún significado realmente establecido. Sabiduría, gloria, gracia, etcétera, son palabras que con frecuencia se encuentran en boca de los hombres; pero si a muchos de los que las emplean se les preguntara qué es lo que quieren significar con ellas, se quedarían sorprendidos y sin saber qué respuesta dar, prueba evidente de que, aunque han aprendido esos sonidos, y los tienen continuamente en sus labios, no tienen en sus mentes ninguna idea determinada que deseen comunicar a los demás por medio de dichos términos.


4 . Esto es debido a que los hombres aprenden los nombres antes de tener las ideas que les pertenecen.


Habiendo sido acostumbrados los hombres desde la cuna a aprender palabras que fácilmente adquieren y retienen, antes de haber conocido o forjado las ideas complejas a las que van anejas, o que se encuentran en las cosas que pensaron significaban, continúan a lo largo de toda su existencia haciendo lo mismo; y, sin realizar los esfuerzos necesarios para fijar en sus mentes determinadas ideas, emplean sus palabras para significar sus confusas nociones, contentándose a sí mismos con las mismas palabras que los demás, como si estos sonidos llevaran necesariamente el mismo significado. Sin embargo, aunque los hombres se ajustan a esto en los acontecimientos ordinarios de la vida, en los que encuentran que es necesario que se les comprenda, para lo que utilizan los signos necesarios, esta falta de significación en sus palabras, cuando se ponen a razonar sobre sus opiniones o intereses, ocupa de manera evidente sus discursos con una abundancia de ruidos ininteligibles y palabrería vana, especialmente en los asuntos morales, en los que, al significar las palabras numerosos y arbitrarios conjuntos de ideas, que no están reunidas de manera regular y permanente en la naturaleza, son con frecuencia meros sonidos o, al menos, evocan unas nociones oscuras e inciertas anejas a ellas. Los hombres toman las palabras que encuentran en uso entre sus vecinos, y para no parecer ignorantes de lo que significan, las emplean confiadamente, sin romperse mucho la cabeza, para determinar su sentido exacto; de esta manera, además de la comodidad, obtienen otra ventaja, a saber: que como en tales discursos rara vez tienen la razón, también rara vez se convencen de que están equivocados, pues querer convencer de sus errores a hombres que no tienen unas nociones determinadas es lo mismo que echar de su habitación a un vagabundo que no tiene un domicilio fijo. Yo pienso que ocurre así, pero cada cual podrá observar en sí mismo y en los demás si lo es o no.


5. En segundo lugar, la inconstancia en su aplicación.


Otro gran abuso de las palabras es la inconstancia en su uso. Resulta difícil encontrar un escrito sobre cualquier tema, especialmente sobre alguno controvertido, en el que no se pueda observar, si se lee con atención, que las mismas palabras (por lo general, las de mayor importancia y sobre las que gira la argumentación) se usan algunas veces para significar un conjunto de ideas simples, y otras para significar un conjunto diferente, lo que supone un total abuso del lenguaje. Siendo la finalidad de las palabras el ser signos de mis ideas, para comunicarlas a los demás, no por ninguna significación natural, sino por una imposición voluntaria, resulta un claro engaño y un abuso el que unas veces signifiquen una cosa y en otras ocasiones otra distinta; y si esto se hace intencionadamente, no podrá reputarse más que a una gran estupidez o deshonestidad. Y un hombre, en sus cuentas con otro, podría con la misma equidad hacer que los caracteres numéricos significaran unas veces un conjunto de unidades y otras otro diferente, por lo que, por ejemplo, el guarismo 3 significaría unas veces tres, otras cuatro y otras ocho, pues tendría el mismo derecho para ello que el que le asiste para que, en sus discursos o razonamiento, las palabras signifiquen conjuntos diferentes de ideas simples. Si los hombres actuaran así en sus negocios, me gustaría ver quién los realizaba. El que se expresara de esta manera en los asuntos y negocios del mundo, y algunas veces llamara al ocho siete, y otras nueve, según sus conveniencias, rápidamente sería motejado con uno de los nombres que las personas tanto aborrecen. Y, sin embargo, en las argumentaciones y controversias eruditas, esta misma clase de procedimiento pasa comúnmente por ingenioso y docto, aunque para mí es una deshonestidad mayor que la suplantación de cuentas cuando se va a saldar una deuda; y me parece que el engaño será tanto mayor cuanto mayor es el valor de la verdad y su trascendencia que el dinero.


6. En tercer lugar, la afectada oscuridad, como ocurre con los peripatéticos y otras sectas de filósofos.

Otro de los abusos del lenguaje consiste en una oscuridad afectada, bien aplicando a las palabras significaciones nuevas o desusadas, bien introduciendo términos nuevos o ambiguos, sin definirlos o poniéndolos juntos, de modo que su significado usual resulte confuso. Aunque la filosofía peripatética ha sobresalido en este procedimiento, otras sectas no han sido mucho más claras. Apenas existe alguna de éstas (tal es la imperfección del conocimiento humano) que no intente cubrir con la oscuridad de sus términos sus problemas, pues haciendo confusa la significación de las palabras, éstas impiden, como una neblina ante los ojos de la gente, que se descubran sus puntos más débiles. Que cuerpo y extensión signifiquen en el uso común dos ideas distintas, es algo evidente para quien reflexione un poco; pues si sus significados fueran exactamente los mismos, sería tan acertado e inteligible decir «el cuerpo de una extensión» como «la extensión de un cuerpo»; y, con todo, hay algunos que piensan es necesario confundir el significado de estos dos términos. A este abuso y a los perjuicios que trae consigo el confundir la significación de las palabras, la lógica y las ciencias liberales le han dado su aprobación, tal y como se han practicado en las escuelas; y el admirado Arte de la Controversia ha contribuido mucho a la natural imperfección de los lenguajes, puesto que se ha usado para desdibujar la significación de las palabras más que para descubrir el conocimiento y la verdad de las cosas; y el que quiera adentrarse en el estudio de esta clase de escritos doctos, encontrará que las palabras son mucho más oscuras, inciertas e indeterminadas en su significado, que lo son en la conversación normal.


7. La lógica y las disputas han contribuido mucho.


Inevitablemente tendrá que ocurrir así mientras el ingenio de los hombres se valore por su capacidad de disputar. Y si la fama y los galardones dependen de esta clase de triunfos, directamente relacionados en su mayor parte en las sutilezas y finuras de las palabras, no resulta sorprendente que el ingenio del hombre empleado de esta manera, pudiera confundir, en volver y sutilizar la significación de los sonidos, de manera que nunca le falte qué decir para oponerse o defender cualquier cuestión, ya que la victoria se adjudica no a quien tenga la razón de su parte, sino a quien aporte la última palabra en la disputa.


8. Se la llama sutileza.


Aunque esta habilidad me parece muy inútil y totalmente contraria a los caminos del conocimiento, ha pasado, sin embargo, por recibir los laudables y estimables nombres de sutileza y agudezas, y ha obtenido el aplauso de las escuelas y el apoyo de una parte de los hombres doctos del mundo. Y no resulta extraño desde el momento en que los filósofos de la antigüedad (me refiero a esos filósofos disputantes y enredosos a los que Luciano ridiculiza con tanta gracia como razón), y más tarde los escolásticos, deseando cosechar gloria y estimación por su conocimiento grande y universal, el cual resulta más fácil simular que adquirir de verdad, encontraron en esto un buen motivo para encubrir su ignorancia, mediante un curioso e inexplicable juego de palabras confusas, y para procurarse la admiración de los demás por medio de términos ininteligibles, tanto más capaces de producir asombro cuanto más difíciles resultan de comprenderse. Empero, como se puede ver en toda la historia, esos doctores tan profundos no fueron ni más sabios ni más útiles que sus vecinos, y trajeron muy poca utilidad a la vida humana o las sociedades en que vivieron, a no ser que la acuñación de palabras nuevas sin la producción de objetos a los que aplicarlas, o el confundir y oscurecer la significación de las antiguas, provocando que todas las cosas sean causas de polémicas y disputas, sea algo beneficioso para la vida del hombre, o digno de la alabanza y el galardón.


9. Este saber es muy poco beneficioso para la sociedad.


Porque por encima de todos estos sabios polemizantes, de todos estos doctores sapientísimos, fue a estadistas no escolásticos a los que los gobiernos del mundo debieron su paz, su seguridad y sus libertades; y del iletrado y minusvalorado mecánico (nombre que se desprecia) fue de donde recibieron los avances en las artes útiles. Sin embargo, esta ignorancia artificiosa y esta jerga cultista prevalecieron poderosamente en estos últimos tiempos por el interés y el artificio de quienes no han sabido encontrar un camino más fácil de mantenerse en esa autoridad y dominio que han alcanzado que el de divertir a los hombres de negocios y a los ignorantes con palabras confusas, o empleando el ingenio y el ocio en intrincadas disputas sobre términos ininteligibles, manteniéndolos perpetuamente en esos intrincados laberintos. Además, no existe mejor manera de conseguir la entrada o sostener la defensa de cualquier extraña y absurda doctrina que el de envolverla con una legión de palabras oscuras, dudosas e indefinidas; lo cual, sin embargo, convierte a esos refugios más en guaridas de ladrones o en madrigueras de zorros que en fortalezas de valerosos guerreros. Y si resulta difícil desalojarlos no es por su fuerza, sino por las zarzas y las espinas y la espesura de la maleza con que se han envuelto, pues como la verdad no es inaceptable para la mente, no le queda otra defensa a lo absurdo que la oscuridad.


10. Pero destruye los instrumentos del conocimiento y la comunicación.


De esta manera, la docta ignorancia y ese arte de apartar a los hombres del conocimiento verdadero se ha propagado en el mundo (incluso entre las personas más inquisitivas) y, pretendiendo esclarecer el entendimiento, lo ha confundido en gran medida. Pues vemos que otros hombres bien intencionados y sabios, cuya educación y circunstancias no les han permitido adquirir esa «sutileza», pueden comunicarse de manera inteligible con los demás, y beneficiarse del lenguaje en su uso normal. Pues aunque los hombres iletrados entienden suficientemente bien las palabras blanco, negro, etc., y poseen constantes nociones de las ideas que esas palabras significan, sin embargo hay filósofos que tuvieron la suficiente erudición y sutileza como para probar que la nieve era negra, es decir, para probar que lo blanco era negro. Y como ellos tenían la ventaja de poder destruir los instrumentos y significados del discurso, de la conversación, de la instrucción y de la sociedad, no han hecho, con su gran arte y sutileza, sino embrollar y confundir la significación de las palabras, y de esta manera han hecho el lenguaje menos útil de lo que sus verdaderos defectos lo habían hecho; talento que el iletrado no ha conseguido alcanzar aún.


13. Y no debe pasar por un saber.


No voy a examinar aquí si algunos han sido los causantes de todo esto por el interés de sus profesiones; pero me gustaría que se considerase si no sería bueno para el género humano, cuyo mayor interés está en conocer las cosas como son y en actuar como deben, y no en gastar sus vidas en hablar sobre ellas, dando vueltas y jugando con las palabras, si no sería bueno, digo, que el uso de las palabras fuese llano y directo, y que el lenguaje, que nos ha sido dado para perfeccionar el conocimiento y unirnos a la sociedad, no se empleara en destruir la verdad y camuflar los derechos de los pueblos, para sembrar tinieblas y hacer ininteligibles a la vez la moral y la religión o, al menos, si tiene que suceder así, ¿no tendrían que dejar de tenerse como ciencia y conocimiento?


16. Esto hace que los errores se mantengan.


Pero cualesquiera que sean los inconvenientes que se siguen de estos errores en el empleo de las palabras, estoy seguro de que, por el uso constante y familiar, se provoca que los hombres acepten nociones muy lejanas de la verdad de las cosas. Resulta un asunto muy arduo el persuadir a alguien de que las palabras de su padre, de su maestro, del reverendo de su parroquia o de aquel insigne doctor no significan nada que tenga una existencia real en la naturaleza, lo cual, quizá, no es una de las menores causas que hacen tan difícil el que los hombres abandonen por completo sus errores, incluso en opiniones meramente filosóficas, en las que no existe más interés que la verdad. Porque como las palabras que ellos han estado utilizando durante tanto tiempo están firmemente grabadas en sus mentes, no resulta extraño que sea difícil suprimir las nociones equivocadas que van anejas a estas palabras.


22. Al proceder mediante la suposición de que las palabras que usamos tienen una significación cierta y evidente que los hombres deben entender necesariamente.


En sexto lugar, aún queda otro abuso más general, aunque tal vez menos observado, de las palabras que consiste en que los hombres, acostumbrados por un uso familiar a anexarlas a determinadas ideas, tienden a imaginar que existe una conexión tan cercana y necesaria entre los nombres y el significado con el que los usan, que suponen atrevidamente que uno no puede sino entender lo que significan, y que por tanto uno debe aceptar las palabras como si no hubiera duda de que, en el uso de esos sonidos comunes recibidos, el hablante y el oyente tenían necesariamente las mismas ideas precisas. De donde deducen que cuando han usado en el discurso algún término, han puesto, como si dijéramos, delante de los demás la misma cosa de la que están hablando. Y de esta manera, tomando las palabras de los otros como si naturalmente significaran justo lo que ellos están acostumbrados a aplicarlas, nunca se molestan en explicar sus propios significados, o en entender claramente el significado de los demás. De aquí proceden comúnmente tanto ruido y tantas querellas que en nada sirven a la información, en tanto los hombres tomen las palabras como señales constantes y regulares de nociones aceptadas, cuando realmente no son sino signos voluntarios e inestables de sus propias ideas. Y, sin embargo, los hombres se extravían si en el discurso o en una disputa (en las que a menudo se hace absolutamente necesario) se les pregunta el significado de los términos que emplean; aunque las argumentaciones que todos los días pueden advertirse en las conversaciones hacen evidente que sólo existen unos cuantos nombres de ideas complejas que dos hombres usen para designar precisamente la misma colección de ideas. Resulta sumamente difícil encontrar una palabra que no sea un claro ejemplo de esto. Vida es uno de los términos familiares, y casi resulta imposible encontrar a nadie que no se ofendiera si se le preguntara lo que quería significar con él. Y, sin embargo, cuando surge la cuestión de si una planta que se ha desarrollado de una semilla tiene vida, si el embrión de un huevo antes de su incubación, o un hombre privado de sentidos y movimientos tienen o no vida, es fácil advertir que no siempre acompaña una idea clara, distinta y fija al empleo de una palabra tan conocida como es ésta de vida. Algunos hombres tienen comúnmente ciertas concepciones groseras y confusas, a las que aplican las palabras comunes de su lenguaje, y que un empleo tan difuso de sus palabras le sirve adecuadamente para sus discursos o asuntos habituales. Pero esto no basta para las investigaciones filosóficas: el conocimiento y el razonamiento requieren ideas precisas y determinadas. Y aunque los hombres no serán tan inoportunamente ingenuos como para no entender lo que dicen los demás y no exigir una explicación de sus términos, ni tan críticos a ultranza como para corregir a los demás en el uso de las palabras que reciben de éstos, sin embargo, cuando se aúnan verdad y conocimiento en un asunto, no veo qué falta se puede cometer por exigir la explicación de términos cuyo sentido parece dudoso, o por qué un hombre ha de avergonzarse por su ignorancia sobre el sentido de las palabras que otro emplea, puesto que no tiene otra manera de informarse de su significado que no sea la explicación del otro. Este abuso de tomar las palabras sin examen en ninguna parte se ha extendido tanto, ni ha tenido tan perjudiciales efectos, como entre los hombres de letras. La multiplicación y la obstinación en las disputas, que tanto han perjudicado el mundo intelectual, no obedecen más que a este uso de las palabras. Pues aunque generalmente se crea que hay una gran diversidad de opiniones en los libros y distintas controversias que existen en el mundo, sin embargo, lo único que encuentro que hacen los hombres doctos de diferentes bandos es, en sus argumentaciones encontradas, hablar lenguajes diferentes. Y me inclino a pensar que cuando cualquiera de ellos abandona los términos y piensa sólo en las cosas, sabiendo lo que piensa, piensa lo mismo que los demás, aunque quizá sean diferentes sus intenciones.


34. Séptimo, a menudo se hace también un abuso del lenguaje por las expresiones figuradas.


Desde el momento en que el ingenio y la fantasía tienen en el mundo una mejor acogida que la seca verdad y el conocimiento real, las expresiones figuradas y las alusiones en el lenguaje difícilmente podrán ser admitidas como una imperfección o abuso de éste. Admito que en los discursos en los que pretendemos más el placer y el agrado que la información y el aprovechamiento, semejantes adornos tomados de ellos no pueden pasar por faltas. Sin embargo, si queremos hablar de las cosas como son, debemos admitir que todo el arte de la retórica, exceptuando el orden y la claridad, todas las aplicaciones artificiosas y figuradas de las palabras que ha inventado la elocuencia, no sirven sino para insinuar ideas equivocadas, mover las pasiones y para seducir el juicio, de manera que no es sino superchería y, por tanto, por muy laudables o adecuados que puedan ser la oratoria en las arengas y discursos populares, es cierto que en todos los discursos que pretendan informar o instruir debe ser totalmente evitada; y cuando concierne a la verdad o al conocimiento, no puede sino tenerse por gran falta, ya del lenguaje, ya de la persona que hace uso de ella. Cuál y cuán varias sean, es superfluo señalarlo aquí; los libros de retórica, abundantes en el mundo, pueden instruir a los que deseen informarse. Solamente no puedo sino observar lo poco que se preocupan de la conservación y el aprovechamiento de la verdad y del conocimiento, ya que las artes de la falacia son las elegidas y preferidas. Es evidente en qué gran medida los hombres aman el engaño y el ser engañados, puesto que la retórica, ese poderoso instrumento del error y la falacia, tiene sus profesores establecidos, es públicamente enseñada y ha sido siempre tenida en gran reputación; y no dudo que se tenga por gran atrevimiento, sino por brutalidad, el que yo haya dicho todo lo anterior en su contra. La elocuencia, como el sexo bello, tiene encantos demasiado atractivos para que se permita hablar en su contra. Y resulta inútil intentar buscar los defectos de aquellas artes de engaño cuando los hombres encuentran placer en ser engañados.