domingo, 15 de abril de 2012

El cazador de elefantes

El monarca Borbón de España, que sigue siendo un reino, como en los cuentos, desde que nos leyeron el de la Constitución y el de la Cenicienta con calzado de tacón alto, se ha fracturado la cadera, no la cara, que esa siempre la han tenido dura los Borbones; gracias a Dios los elefantes están bien, no piensen que no nos preocupamos. Es uno entre los muchos vicios que soporta Don Juan Carlos, a quien le tengo la debida y obligada simpatía que exige la ley (ley que no tiene por qué ser justa, ya que ley y justicia son cosas distintas). Esos vicios los adquirió en su adoctrinamiento al lado del genocida Paco (en el sentido africano del término; llamaban "pacos" a los francotiradores marroquíes por el ruido que hacían sus disparos), que estaba en las monedas de una peseta y sigue estando en la ética hipócrita y falsaria heredada de los cuarenta. Pero, entre las mierdas que se le pegaron en tan infame compaña, decía, figura la afición, que parece infición, a la caza mayor, y la de darle demasiado a la botella, que también es algo propio de militares sin nada que destruir. Otros españoles van al África por motivos diferentes: por ejemplo, un médico que precisamente ahora está secuestrado en Senegal, pero eso importa poco al rey león; el caso es que lleva cuatro días cazando elefantes pagado por un magnate sirio de los que cazan a sirios, y seguramente sin haber visto Cazador blanco, cazador negro de Eastwood. En esta selva pelada, por el contrario, tenemos los lamentos de su nietecillo con la metralla de piedrecillas en los pies, pero él, quia, quítame allá esas pajas. Es militar, ama las armas y se va, con setenta y cuatro añitos, que más que rifles necesita muletas, de caza mayor, cuando el mayor es él, y sin despeinarse, porque es calvo, ni jubilarse, aun en preciosas condiciones, después de haber sufrido una brutal rebaja en su sueldo del dos por ciento, y mucho después de haber cobrado su primera pieza por arma de fuego en su propio hermano, que queda muy guerracivilista y hasta de Montiel, qué hombre; ni quito ni pongo, que parece ministro japonés, pero hace falta ser muy duro y aun seis pesetas, que es más que duro, para poder sobrevivir medianamente honesto y equilibrado a una educación así y unos compañeros asá, y pasarse la vida sonriendo a su amargo pueblo, tirándose a una larga ristra de amantes (un diario italiano afirma que este que llama tombeur de femmes, secondo un suo amico intimo, «ha avuto 1.500 amanti, nessuna gli resisteva e tutte si offrivano», la última la divorciada princesa Sayn-Wittgensteiny pasando pensión a sus cuatro o cinco bastardos. Alguno podría llamarlo peste borbónica, pero aunque es majizo y no mal rey y podía haber sido peor y es simcopático y heroideo y está mal pagado y todo lo que ustedes quieran, yo, la verdad, prefiero ninguno.


Y luego viene la particular grandeza de Juan Carlos: pedir perdón. Juan Carlos podrá no ser rey, pero nadie puede negar, ni yo siquiera, que es noble, aunque no precisamente por sus antecesores (los nobles, digo).