domingo, 3 de junio de 2012

"Edúcalos o sopórtalos", Marco Aurelio dixit.

Era uno de los pocos hombres sensatos que ha dado la historia. Sólo hay que leer sus Meditaciones, libro del que merece la pena agotar todo su múltiple sentido y aplicaciones; lástima que naciera en el estúpido y cruel mundo antiguo, que poco pudo mejorar. Lo dice en el libro VIII, 59: "Los hombres han nacido los unos para los otros. Por tanto, enséñalos o sopórtalos". Tengo mis dudas sobre la traducción del verbo original por "enseñar", que en mi edición, la de Alianza Editorial,  se traduce pésimamente del griego helenístico con un horroroso loísmo; en otras ediciones leo instrúyelos, que creo más correcto, si bien más artificioso, esto es, menos natural; busco el texto en griego, algo más conciso: Οἱ ἄνθρωποι γεγόνασιν ἀλλήλων ἕνεκεν˙ ἢ δίδασκε οὖν ἢ φέρε La traducción más ajustada, creo, sería la siguiente: "Los hombres han nacido unos para otros, así que o edúcalos o sopórtalos". Es una frase que todo profesor debiera conocer, sobre todo cuando le empiezan a flaquear las piernas ante lo que le han preparado las nuevas rereformas educativas y los propios nenes, que le sueltan al profesor toda la mísera urbanidad y toda la pobreza cultural y moral de que se han empapado en casa, en la tele, en la calle, en esta deconstruida sociedad que es la nuestra. Sería maravilloso que alguien se ocupase en sanear la pobreza moral y económica y cultural de las casas, las teles, las calles, pero... como no conseguimos educarlos, ahora los tenemos que soportar. Y nos tiemblan las piernas.

Por lo menos el contacto con la ignorancia es menos lesivo que el brutal contacto con la estupidez, porque la ignorancia puede curarse, pero la estupidez es casi definitiva. Pues la ignorancia, si se deja fermentar, termina por convertirse en el duro cemento de la estupidez. Aunque puede haber estúpidos bastante inteligentes. Me explico: la inteligencia es a menudo echada a perder por el orgullo, causando el fenómeno típicamente español del gilipollas (está en el diccionario, pero mal definido), personaje este que podría definirse como aquel que tiene infinitamente más orgullo que inteligencia: nuestros políticos, por ejemplo. Se les reconoce enseguida porque son incapaces de soportarse entre ellos. Ya es demasiado tarde para educarlos.