jueves, 17 de abril de 2014

Hotel Chelsea

Guillermo Fesser, "Una noche en el cuarto de Uma Thurman", El País, 15 de abril 2014:

El hotel Chelsea de Nueva York parece esta tarde de marzo un caserón abandonado a la deriva bajo la intensa lluvia que azota la calle 23. Rodeado de andamios, tapiadas sus cristaleras con tableros; solo un par de placas en recuerdo de Arthur Miller y Dylan Thomas, apenas iluminadas en la fachada por una bombilla mortecina, recuerdan que aquello fue la meca de la cultura en tiempos no muy lejanos. En la puerta que da al viejo lobby, despojado ya de arte en sus paredes, han colgado un cartel que dice “closed for restoration” junto a un aviso de que está prohibido enfocar con la cámara hacia adentro y sacar fotografías. Tampoco hay mucho que retratar: al portero, que desde el mostrador saluda con desgana a los pocos inquilinos que entran y salen de los apartamentos del edificio como si protagonizaran una escena de The walking dead. Lo único que permanece en pie es El Quijote; el restaurante español que, a base de paella y bogavante, viene desde 1930 aliviando las resacas de muchos de los grandes artistas norteamericanos.

En Palm Springs, California –lejos del cielo plomizo que sobrevuela la isla de los rascacielos– localizo a Viva, la carismática actriz que Andy Warhol convirtió en superestrella, que accede a repasar conmigo los entresijos del hotel en el que residió largos años. “Vivir en el Chelsea era como estar en casa. Nada que ver con esos hoteles con señoras pidiendo hora para la manicura y personal actuando como mayordomos de la reina Victoria. Las habitaciones estaban bastante descuidadas, con agujeros en la tarima y los baños cayéndose a trozos. Las lámparas fluorescentes del pasillo tenían dos dedos de polvo encima… pero era un ambiente familiar. Un sitio informal lleno de escritores, músicos y cineastas. Lo mismo te cruzabas con Arthur C. Clarke, que escribió allí su 2001: una odisea en el espacio; que con Milos Forman cuando preparaba Alguien voló sobre el nido del cuco. Era una vida maravillosa. Y cómoda. Podías enviar paquetes desde la recepción sin tener que acercarte a correos, almacenar todo tipo de trastos en el sótano o dejar a tus hijos al cuidado de las camareras haitianas. Había una, llamada Bunuel, que me daba baños vudús con plátanos para conseguir que volviera mi marido de Marruecos”.

A partir de los setenta, el Chelsea funcionaba casi como una comuna. Había pintores que pagaban el alquiler con cuadros y artistas subvencionados por las altísimas rentas que Stanley Bard, el administrador, cobraba a los hijos descarriados de multimillonarios. “Siempre hubo esa mezcla –reconoce Viva–, pero Stanley nunca osó sacar un anuncio diciendo que podías vivir junto a Jane Fonda o Dee Dee Ramone. De vez en cuando alguien gritaba por el pasillo, ¡que viene un guía!, y aparecía un tipo seguido por un puñado de turistas que se ponía: ‘En esta habitación residió Dylan Thomas’. Y le corregíamos: ‘Se equivoca, caballero, Dylan vivió en el piso de arriba”. Stanley, considerado por algunos inquilinos como el casero más bondadoso del mundo y por otros como el mayor starfucker (persona obsesionada por codearse con famosos) de la historia, tenía un modo peculiar de administrar el inmueble. “Lo bueno de Stanley es que, si no tenías dinero para pagar la renta, no te echaba a la calle. Te daba la vara. Bueno, a mí no, porque era uno de esos tipos machistas incapaces de negociar con mujeres. Amenazaba a mi marido o encerraba a mis hijas en su despacho y les asustaba diciendo que si yo no pagaba le iban a echar a él del hotel. ¿Quién te va a echar a ti, Stanley, le preguntaban Alex y Gaby, si tú eres el dueño?”. Al final sus socios terminaron deshaciéndose de él para vender el negocio. “Yo ya vivía en California pero me acerqué a visitar a algunos amigos y me lo encontré sollozando en el vestíbulo. ‘Viva, Viva, ¿qué va a ser de mí? No me dejan ya ni entrar a mi propio hotel’. No te preocupes, le calmé, voy a escribir una carta al New York Times. ‘Sí, hazlo, por favor’, me rogó. Lo hice, pero no sirvió de nada”.

El emblemático edificio de ladrillo, el más alto de Manhattan cuando sus doce plantas fueron levantadas en 1885, forma parte del patrimonio histórico de la ciudad. Nadie teme, pues, por su pellejo. Tras el derribo de la antigua estación de Pensilvania, Nueva York creó en los años setenta una comisión de conservación para garantizar la posteridad de reconocidas construcciones como el puente de Brooklyn y enclaves con encanto como la casita de Louis Armstrong en Queens. Desde entonces, las barandillas de hierro forjado de los balcones del Chelsea, a los que tantas veces se asomaron Patti Smith, Bob Dylan o Tom Waits, están a salvo. No preocupa por tanto el envoltorio. Lo que mantiene a la gente en vilo… es el destino que se le vaya a dar a su alma.

El Chelsea nació como una cooperativa con vocación de procurar apartamentos de renta baja a los artistas que llegaban a intentar fortuna en Nueva York. Estaba en el corazón del distrito del teatro, que luego se mudó a Broadway, y pronto fue el lugar donde los artistas querían vivir. Pobres o afamados. Personajes de la talla de la primera gran dama del cine, Sarah Bernhardt, se contaron entre sus originales moradores. Luego, tras una época de esplendor que abarcó la segunda mitad del siglo XX, el hotel dejó de aceptar residentes permanentes. Pero quienes tenían contrato firmado antes del cambio siguen dentro y andan preocupados. “Quieren convertir el hotel en una especie de Disneylandia cultural para que los turistas puedan reservar una habitación junto al apartamento de un famoso”, se queja Suzanne Ruta, que vive con su marido, el célebre pintor Peter Ruta, a la vuelta de la esquina. El nuevo propietario, Ed Scheetz, que afirma haber inyectado 130 millones de dólares en la renovación, intenta apaciguar los ánimos: “El espíritu del Chelsea llevaba abandonado varias décadas y vamos a tratar de recuperarlo. Respetarlo, además de lo correcto, resultará lo más beneficioso para nuestro negocio.”

“Se suponía que había un apartamento por planta y que el ayuntamiento controlaba las rentas –me explica Viva–; pero el único piso que quedaba íntegro era el del compositor Virgil Thomson, que llevaba alquilado desde los años treinta y, como le daba vergüenza pagar una renta mucho más baja que la del resto, decidió renunciar voluntariamente al servicio de habitaciones. Tenía la planta que perteneció al primer dueño del edificio, con muebles de caoba, y me invitaba a cenar muchas noches. Su casa era como el hotel de los líos. Era amigo de todo el mundo, de Picasso, de los Kennedy… Pero el resto de los apartamentos habían sido divididos ilegalmente en dos, tres o cuatro habitaciones y Stanley nos cobraba lo que le parecía. Yo empecé pagando 160 dólares, luego me subió a 400 y al final a 900. Un día unos amigos israelís supieron que la inquilina de al lado acababa de dejar el cuarto y tiraron el muro para agrandar su vivienda. Stanley no pudo decirles nada. Así que cuando se marchó mi vecina, decidí hacer lo mismo. En mitad de la noche le di un martillo a mi hija Gaby y entre las dos hicimos un agujero en la pared para pasar al cuarto contiguo. A la mañana siguiente llamé a un obrero para que me ayudase con los escombros. Stanley se puso furioso y tuvimos una pelea. Yo me fui al ayuntamiento a buscar los planos originales para demostrar en un juicio que el apartamento que me alquilaba no existía legalmente. Los conseguí y, mientras estaba bañando a mis perros en el hotel, como solía dejar la puerta abierta, Stanley entró y me los robó. Volví al ayuntamiento de nuevo… pero ya no los tenían. Stanley tenía un topo dentro que los había volatilizado. Ya lo dejé por imposible y me fui a California porque Gaby comenzaba una serie en televisión”.

En su casa del pueblo de Woodstock, Nueva York, un campamento al que solían retirarse muchos artistas en los años sesenta y setenta para componer bajo la tranquilidad de los pinos, hablo con Sally Grossman, la viuda del hombre que inició su fortuna como manager de Peter, Paul and Mary, y que ocupó una de las habitaciones del hotel como oficina. “Recuerdo mis encuentros con el poeta Gregory Corso o con Harry Smith, el creador de la Antología de la música folclórica norteamericana de la que tantas melodías sacó Bob Dylan. Y a Janis Joplin”. Al mencionar a la reina de la psicodelia muerta por sobredosis de heroína en 1970, Sally para un momento y remata: “Claro que había droga. Con ella experimentaron algunos, pero la mayoría sabíamos que la frontera terminaba en la heroína. La heroína era un ‘no’ definitivo. El caballo era entonces un tema de excéntricos o de pobres; ahora es cuando la heroína se ha convertido en una plaga de la clase media americana”.

Lo cierto es que, junto al romanticismo de un momento de explosión creativa, sobre el Chelsea planea una leyenda negra de crimen y perversión. “Pero eran los tiempos, no el Chelsea”, se defiende Viva. “Le pasó lo mismo que a Andy Warhol, que tenía una reputación de ser mucho más loco de lo que en realidad era. Es cierto que hubo una época en que se hospedaba en un cuarto un profesor de física de instituto que era un camello y tenía una fila de yonquis siempre en la puerta. Le suplicábamos a Stanley que le echara porque no podíamos pegar ojo por la noche con el ajetreo de sus clientes. Pero Stanley se ponía: ‘¿Por qué le tengo que echar? Es un tipo decente. ¡Es un profesor!’. Al final se lo llevó la policía. También tuvimos viviendo a un grupo de chaperos que iban vestidos con trajes y sombreros rosas. Y prostitutas. En fin… Sí, hubo algún asesinato. Sid Vicious mató allí a su novia y recuerdo un par de suicidios. Un tipo saltó de una ventana y traspasó el techo de cristal de la sinagoga. Lo sacaron aún con vida en una camilla. Me acerqué y le pregunté que por qué lo había hecho. ‘Porque acaban de matar a John Lennon y me quiero ir con él’, me dijo. Pero aquel universo no era ni más ni menos violento que el de la ciudad de Nueva York en esos años”.

Una pieza de historia sobre cuya terraza la nueva propiedad planea montar ahora un bar de copas. Un ascensor en el costado oriental de la fachada permitirá el acceso directo hasta lo que no hace mucho fue el ático de la cineasta Shirley Clarke. Y dentro se volverán a colgar los cuadros para recuperar el espíritu del Chelsea… a base de talonario. Alójese en el cuarto que habitó Joni Mitchell. Dúchese en el baño de Uma Thurman. Tome un aperitivo en la mesa en que Jack Kerouac escribió On the road.