sábado, 5 de abril de 2014

Niñas malas

Hace notar el libertino Casanova en sus caras, pero que lo valen, Memorias, que, entre los numerosos tormentos del Infierno (en mayúscula, como pone Ángel Crespo en su Dante, pues es un lugar propio, quizá incluso de La Mancha) ningún cura ha incluido el aburrimiento. Y entre los solaces que cursan los réprobos arrojados al Báratro, que llaman Profundo los clásicos, está, ejemplarizante, el de hacer largas listas monotema. Para abrir sendero al caos, elaborar pagano rosario de misterios eleusinos o pinchar algunos de los raros y simétricos insectos conceptuales que se alimentan en el podrido cotarrillo de Lo Que Hay. 

Borges, autorizado bibliotequista a quien los españoles han leído con avaricia, lo hacía; también su judaico discípulo, Alberto Manguel, en los dos o tres libros que le he consumido. Lucía también esta rareza mi desaparecido poeta P. Sánchez López de Lerma, alias Paquillo, que tenía un 148 de cociente y no acabó la ESO, quizá por obra del principio de causalidad; y no sé si por esas vías ha llegado el despropósito a este cura y a este artículo, que no tiene padres, como no los tenía el Proyecto de ley de reforma política de Torcuato, que algunos llaman h.... 

Hace listas quien las va a necesitar, pero, ¿quién va a necesitar un catálogo de niñas malas? ¿Los masocas? ¿Los lilas macho, siempre ansiosos de resetearse reinonas? Mae West, Bette Davis, Joan Crawford, Charlotte Ramping (¡huy esta!), Nina Hagen, Madonna, Sinead O'Connor... Ninguna tiene el misterio profundo, intenso e insondable, de fórmula de Coca-Cola, que se mezcla con la más mística ordinariez en la mujer líricamente ofensiva. Así que busco a algún carca romántico que me defina a la mujer pura, tan antigua, esa que no jura ni jode como un alabardero y es capaz de volver azules los ojos de Bécquer. La encuentro en El genio del Cristianismo (1822) de François René de Chateaubriand, obra que enfadaría más de lo que está al señor Fisac y compañeros mártires, por cierto, que ya es decir, y leo esto:

La mujer, naturalmente dotada del instinto de lo misterioso; que se complace en ocultarse; que nunca descubre sino a medias sus gracias y su pensamiento; que puede ser adivinada, pero no conocida; que está llena de secretos como madre y como doncella; que seduce, sobre todo, por su ignorancia; que fue formada para la virtud y el sentimiento más misterioso, el pudor y el amor; la mujer, decimos, ¿renunciará al dulce instinto de su sexo e intentará levantar con débil y osada mano el denso velo que cubre la divinidad? 

La lista precedente, con alguna pequeña excepción, más bien parece una cuadra de niñas repelentes producidas en serie, como la última, Miley Cirus, una guarra de libro tan zorra que ha logrado borrar del mapa la imagen de Pijannah Montana, sin tener ni culimundi. Uno se decantaría más bien por esas opuestas pinas o pin-ups, la Betty Page que sobresalta este artículo, Sam Brown, que demuestra la teoría de la gravitación universal entre los cuerpos, o Mariah Carey, que produce Efecto Doppler y ha sido hecha con mieles del Himeto; si bien, salvo la primera, agradable, voluptuosa y no tonta, terminarían por defraudar la fiebre hormonal de nuestro hipotético masoquista.


Sí, ya sé, es cierto que Sinead ha sido una niña muy mala y que ha ido a todas partes. Pero si buscamos en el ámbito doméstico de España nos encontramos un desierto sin gorgonas, sierpes ni virago alguno; no dan la talla Sara Montiel, ni Lola/Lolita Flores, ni Alaska, salidas de una horma donde lo inconforme y lo incorrecto cabía perfectamente y no escandalizaba lo más mínimo. Tampoco iremos a buscarlas en los realities, porque la fauna de esos infiernillos televisivos carece de la dignidad interior del honesto monstruo de feria. Las malas suelen ser viejas como el ama de llaves de Rebeca, no jovencitas. Buenas aproximaciones, casi perfectas, son Glenn Close, peor que un tango salido del Infierno, nacida en alguna pesadilla del gettho de Praga u obra de algún dios sincrético vudú, en cualquiera de sus caracterizaciones como Isabelle de Merteuil, Atractora fatal o Cruella de Vil. Muchas de ellas se mueven en el filo de la navaja de la ambigüedad sexual, como Aileen Wuornos o Catherine Tramell, la del memorable culo prestado, o son auténticos peligros para la circulación, como Bonnie Parker / Faye Dunaway o Pryce / Daryl Hannah, la elástica arlequino/colombina replicante de Blade Runner. En el fondo, se trata solo de mantener un equilibrio entre la perdición y la atracción, como ocurre en toda femme fatale que se precie; entre las marimachotas y las marimarchosas, entre las lolitas y las lolailos; entre las Michelle Pfeiffer y las Cathy Bates. Un algo así como tortilla de Thelma y Louise. Qué guapas.