miércoles, 18 de febrero de 2015

Un resumen de la indignación

Hay una nueva izquierda y una nueva derecha que no son ideológicas ni herederas de otra cosa que el desencanto y la indignación: Podemos y Ciudadanos. Se supone que son la alternativa al pepoísmo dinástico y decimonónico en que militan los prebendados y prevendidos preconsejeros de bancos y multinacionales con tarjetas no de visita. Podemos y Ciudadanos tardarán en desbancar a corruptos partidos, sindicatos, judicaturas y demás aprovechados de la constitución borbónica, meramente semántica, elaborada para perpetuar las estructuras extractivas de la oligarquía franquista, infiltrada en todo el organigrama levantado por la Caquitución; pero lo harán dentro de veinte o treinta años... si no están ya entonces igual de corruptos e infiltrados por los hijos, naturales o no, de esa oligarquía.

Presume el monaguillo de Merkel y "sonrisa del régimen" Rajoy de que ha subido el empleo. Lo concedo; sube el empleo precario y temporal, pero el paro no baja y, si han subido los minusprecarios (suponiendo que los números no engorden), no fue por lo poco que se hizo, sino porque le han bajado el precio del petróleo, droga de nuestra economía. La euforia de Rajoy es la que da el subidón del petróleo barato que no tenemos y tendría que fingirla igualmente si hubiera mirado que las exportaciones no aumentan y que la deuda externa ha crecido hasta hipotecar nuestra economía durante tres decenios en que será imposible, por ese recorte, que pueda haber política social, lo que padecerán los hijos que ni él, ni Cospedal ni Aguirre se han esforzado en parir, educar y mantener, dicho sea todo con las bendiciones de los líderes bancarios de Occidente que dominan las Instituciones Europeas, con mucho banco central pero aún sin política social alguna, y con otra educativa que, tras haberse vendido como única posible, ahora plantea encarecer la universidad a los pobres y desinflarla de contenidos en aras de una mayor mediocridad, tras haber transformado la enseñanza básica de manera "económica" para crear consumidores acríticos de productos de mierda que faciliten la venta de la mierda improductiva, que es lo último que queda por vender, vendidas ya las almas al Demonio. Lo han hecho eliminando las humanidades del currículo y haciendo además a sus inútiles productos de mierda más baratos gracias al tratado con las grandes y cornudas multinacionales de América, enemigas de todo lo gratuito y privatizadoras incluso del pensamiento con su demencial legislación sobre patentes y propiedad intelectual, fraguada en el país con más abogados por kilómetro cuadrado del mundo. ¿Adónde irá a parar la legislación europea?

De momento, ya han transformado a la cultura en un lujo para pobres y, gracias a los nuevos y nada selectivos recortes, la ciencia española empieza a acumular, de nuevo, y como en la época de Felipe II, un retraso en un momento fundamental en que se ha emprendido una productiva carrera para explotar la biotecnología, el proteoma y la farmacología y comenzar a desarrollar la inteligencia artificial. Mientras, el antecedente de esta, la informática, extingue la clase media administrativa y funcionarial y deja como únicos empleos posibles para sus hijos los mecánicos de lavaplatos, friegasuelos, basureros, albañiles y camareros, o les dan para vivir el compaginar dos o tres empleos a tiempo parcial (si tienen suerte, en lugares cercanos), renunciando a los hijos y a la jornada de ocho horas, como ya ocurre en Alemania, Japón y los Estados Unidos. 

Sí, seguirá subiendo el empleo, pero será porque los parados se habrán ido a buscar trabajo fuera de España y porque los de larga duración (¡y qué larga duración ya la del paro en España!) habrán fallecido de vejez o de esas enfermedades que una Sanidad cada vez más privatizada y lenta combate peor, merced a los recortes que no se hacen a los ricos. De los jóvenes no hablemos: están condenados por Rajoy a la miseria, al fútbol, a la ignorancia y, por último, a la mendicidad y, por la sociedad tontificada gracias a los medios de alienación, al móvil, al infantilismo, al aislamiento otaku ante el ordenador y a la vagancia subvenida por los padres, cuya jubilación los alimenta hasta que vayan de patitas a la mendicidad, a la locura o al crimen. La única austeridad que funciona es la que deja de gastar en corrupción, en publicidad y en charanga y pandereta; porque la única moral que mejora colectivamente a una nación es la igualitaria Ley de Jante, que no se estudia precisamente en Políticas, como el chino, que tiene algún futuro, o el griego, que no tiene ninguno, por desgracia.

En el exterior solo existe un capitalismo de pirañas o una economía pirata: hay islas Tortugas y Caimanes no solo en las Antillas, sino en Suiza y otros lugares. Como en el exterior se pierde, con la nacionalidad (incluso con la nacionalidad catalana) la vergüenza (o la ética, pero la palabra está tan devaluada y encogida por los lavados que ha perdido ya todo color y significado) y el derecho internacional es lo que en castizo se llama una merienda de negros, no se combate el blanqueo de dinero negro, oscurito o pringado de mierda, todo ese dinero que huye de la decencia, todo ese dinero cobarde a los impuestos que redistribuyen la pobreza, todas esas manos sucias y culpables de registradores de la propiedad y del egoísmo, siempre al margen de las leyes o reescribiéndolas a su conveniencia. 

Una prueba: ponga su piso a la venta en el mercado nacional, que no encontrará comprador; pero póngalo a la venta en el mercado internacional y no durará sin vender un minuto, siendo incluso posible que lo compre un español. Tan extraño y paradójico comportamiento se debe a que a la gente no le importa lo que compra, sino lo que blanquea. Y, para blanquear la ignominia y el crimen se compra lo que sea: arte, animales, personas, propiedades... Lo único que quieren esos indecentes es blanquear su dinero; aunque una menor parte de ellos son mafiosos y narcotraficantes, el resto son solo criminales de otro pelaje, chorizos simples huidos de la decencia, de la vergüenza y de unas pocas haciendas nacionales que ni siquiera se molestan en infiltrar espías en la banca suiza o en otras bancas con secretitos, como las de las cajas de ahorros tomadas al asalto por los oligarcas de isla Tortuga.

Quienes han provocado la crisis y ahora callan se quejan de verse obligados a repartir. Pero acabar con la crisis es sencillísimo: en vez de enviar el ejército a combatir al estado islámico, envíenlo contra Suiza y los demás santuarios del terrorismo económico; verán que pronto el cobarde dinero vuelve a los lugares de donde salió o qué pronto caen derrocados los gobiernos que hayan propuesto tan extravagante y honesta medida (es medida honesta la que se inspira en la honestidad, esto es, la que no se inspira la política internacional).

Seguro que debe haber unos culpables de todo esto, pero no son solo los de arriba: cada persona que calla una corrupción o tolera una injusticia está poniendo un ladrillo en la construcción de la infamia. Nada me molesta más que aquellos que no se indignan con la corrupción cercana y se indignan con la lejana, porque todo esto solo empezará a cambiar cuando se dé ejemplo a la manera kantiana, porque el mayor mal que hay en España no es el cainismo que decía Unamuno, sino la raíz del cainismo, que es la injusticia. Y es que en la televisión no hay ejemplos de héroes: como nos han educado en la ausencia de valores, todos los canales transmiten ejemplos de guapos indecentes, de mentirosos sin vergüenza, de violentos sin excusa y de fanáticos de la alienación y la compraventa de almas. ¿Esto es España? ¿Esto es Europa?