martes, 21 de abril de 2015

El único valor político es la vergüenza

No se entiende que guste tanto la política, porque debe gustar, ya que se vende y se alquila, y hasta se exhibe en Bruselas, aunque no en Suiza, de la que ni siquiera se habla más allá de Heidi, Rato y otras inocencias. Así que la política gusta; supongo que la mierda tendrá buen sabor, pero nunca he tenido gana de comprobarlo, pese a lo cual siempre nos están cagando encima los medios con ese encanto de moscas, telediarios y debates; la vierten sobre nosotros sin compasión. ¿Es que no hay series de ficción o documentales sobre los monos bonobos? En el último episodio (XI) de una serie que trata más o menos sobre lo mismo, Black sails, por lo menos aparecen el Quijote y La Galatea de Cervantes, aunque también se corta una cabeza, se lía un trío o partouze y hay un par de parejas, una de lesbianas y otra comme il faut que se ponen a "obrar según natura", muy a lo vivo, por cierto.

Si escribo sobre esos desechos sociales que me tiran encima es por asco y exorcismo. Cualquiera en su sano juicio procura quitarse de la cabeza tanta mentira y vomitar lo que le sienta mal. También por pena: no soy capaz de ver a alguien sin vergüenza sin ayudar a sacársela para que el muñeco se vuelva humano. Algo imposible para un vendedor de aire: la política saca al muñeco que todos tenemos dentro y entierra la vergüenza como un esqueleto bajo quintales de tierra hedionda. Los políticos están hechos de cartón o papel de periódico; antaño, en un soneto, Quevedo lo decía con su castellano clásico:

¿Miras este gigante corpulento
que con soberbia y gravedad camina?
Pues por dentro son trapos y fajina
y un ganapán le sirve de cimiento.

Con su alma vive y tiene movimiento,
y a dondequiera su grandeza inclina,
mas quien su aspecto rígido examina
desprecia su figura y ornamento.

Tales son las grandezas aparentes
de la vana ilusión de los tiranos:
fantásticas escorias eminentes.

¿Veslos arder en púrpura y sus manos
en diamantes y piedras diferentes?
Pues asco dentro son, tierra y gusanos.

Si en vez de "diamantes y piedras" ponemos tarjetas black es lo mismo, porque el Barroco no se ha ido de España. Del banco tenemos un banquete, o, propiamente, una merienda de negros con tarjeta negra. O, en vez de negros, de tapados por Rajoy o cualquier otro gigante o cabezudo corpulento que con soberbia y gravedad camina. Si les muestras un espejo no se conocen. Los bonobos al menos se reconocen. Si les deformas el espejo por medio de la vergüenza, tampoco: no ven ni siquiera el espejo, solo a ellos mismos; ni saben qué es ni dónde empieza y acaba. Cela, un corrupto, lo escribió en San Camilo 1936 (y también, pero en su único libro de versos, que "en la mente de Dios habita el olvido"). La vergüenza no interactúa con ellos; la materia del político es ordinaria, pero la vergüenza es materia oscura y, como es más abundante que la otra, la ningunean y desprecian. Su razonamiento es así, meramente cuantitativo.

Carlos Luis Álvarez, "Cándido", tras mucho escribir de política en dictadura y "democracia", dijo lo mismo en sus Memorias prohibidas, que más que prohibidas han sido primorosamente escritas:  en los políticos hay un corte cerebral profundo entre lo que ellos creen que hacen y lo que hacen en realidad, entre lo que ellos creen que son y lo que son realmente. Su verdadero espejito mágico es su propio yo; son incapaces de disociarse o de empatía; algún psicólogo ya reveló cuánto abundan los psicópatas entre los políticos y a la vista están. Pero ese narcisismo (y no hay narcisismo benigno o maligno) nos destruye a nosotros, no a ellos, porque les hemos hecho creerse el cuento con los votos manipulados por ellos. Porque no son políticos, sino manipuladores de votos, de personas, de conciencias en su propio beneficio.

Si se pide un ejemplo de cuán general es este principio basta un caso (también podría probarse con los diez mil aforados, con la desactivación de la iniciativa legislativa popular, con...): las comisiones de investigación en España y cómo no dimite nadie después de ellas, al contrario que en otros países. Dimitir es para un político español verbo transitivo y no como aparece en el DRAE; los dimiten, y por tanto nos dimiten a nosotros, nos echan del gobierno para el que los hemos elegido, rompen toda relación con el ciudadano y hacen leyes para ellos mismos, no para nosotros; no nos queda otra que reunirnos en otra plaza, la de Sol, y esperar que salga por Antequera. A nosotros nos dejan en las cárceles, en las que hay en cada casa y elaboran con sus leyes; pero el dinero público de los bancos y de los impuestos, así como los puestos de las instituciones que los dirigen, no son para los honestos y los técnicos, sino para ellos, para la casta. De ahí la inutilidad de las comisiones de investigación, que presuponen la vergüenza donde no la hay y la dimisión en quien no conoce ni siquiera qué es eso. De ahí la inutilidad de la democracia española, que es una democracia sin vergüenza, una pseudodemocracia.