jueves, 27 de abril de 2017

Norberto Bobbio: El ideal igualitario y el no igualitario. Rousseau - Nietzsche


I

De Derecha e izquierda
Norberto Bobbio

El conflicto entre Rousseau y Nietzsche se puede ilustrar bien, precisamente, por la distinta actitud que cada uno asume con respecto a la naturalidad y artificialidad de la igualdad y de la desigualdad. En el Discurso sobre el origen de la desigualdad, Rousseau parte de la consideración de que los hombres han nacido iguales, pero la sociedad civil, o sea, la sociedad que se sobrepone lentamente al estado de naturaleza a través del desarrollo de las artes, los ha convertido en desiguales. Nietzsche, por el contrario, parte del presupuesto de que los hombres son por naturaleza desiguales (y para él es un bien que lo sean, porque, además, una sociedad fundada sobre la esclavitud como la griega era, y sobre todo debido a la existencia de los esclavos, una sociedad avanzada) y solo la sociedad con su moral de rebaño, con su religión basada en la compasión y la resignación, los ha convertido en iguales.

Aquella corrupción que para Rousseau generó la desigualdad, generó para Nietzsche la igualdad. Allí donde Rousseau ve desigualdades artificiales, y por lo tanto que hay que condenar y abolir por su conflicto con la fundamental igualdad de la naturaleza, Nietzsche ve una igualdad artificial, y por lo tanto que hay que aborrecer en cuanto tiende a la benéfica desigualdad que la naturaleza ha querido que reinase entre los hombres. La antítesis no podría ser más radical: en nombre de la igualdad natural, el igualitario condena la desigualdad social; en nombre de la desigualdad natural, el no igualitario condena la igualdad social. Baste esta cita: la igualdad natural "es un gracioso expediente mental con que se enmascara, una vez más, a manera de un segundo y más sutil ateísmo, la hostilidad de las plebes para todo cuanto es privilegiado y soberano"

[...]

Nunca antes en nuestro tiempo se han cuestionado las tres principales fuentes de desigualdad: clase, raza y género. La igualación progresiva de la mujer al hombre, primero en la pequeña empresa familiar y luego en la más grande de la sociedad civil y política, es una de las señales más seguras del viaje imparable de la humanidad hacia la igualdad. Y ¿qué pasa con la nueva actitud hacia los animales? Debates cada vez más frecuentes y extendidos, sobre la legalidad de la caza, los límites de la vivisección, la protección de especies animales se han vuelto cada vez más raro, el vegetarianismo... ¿Qué cosa representan si no signos de una posible extensión más allá del principio de igualdad, incluso de los límites de la raza humana, una extensión basada en la conciencia de que los animales son iguales a nosotros, los hombres, al menos en la disposición a sufrir? Entendemos que para tener una idea de este gran movimiento histórico se debe levantar la cabeza de las escaramuzas diarias y mirar alto y más lejos.

II

De Teoria generale della politica, p. LVIII:

Derechos del hombre, democracia y paz son tres momentos necesarios del mismo movimiento histórico: sin derechos del hombre reconocidos y protegidos no hay democracia; sin democracia no se dan las condiciones mínimas para la solución pacífica de los conflictos. En otras palabras, la democracia es la sociedad de los ciudadanos, y los súbditos se convierten en ciudadanos cuando les son reconocidos algunos derechos fundamentales; habrá paz estable, una paz que no tenga la guerra como alternativa, solamente cuando seamos ciudadanos no de este o aquel Estado, sino del mundo.