sábado, 29 de julio de 2017

Modismos últimos en la lengua

Lola Pons Rodríguez, "Esta expresión se ha puesto de moda no, lo siguiente. "Mazo de bueno", "taco de bueno"... Nos encantan los intensificadores", en El País, 29 de julio de 2017:

Los que dicen “bueno no, lo siguiente” y los que jamás dirían algo así. El mundo (al menos el mundo hispanohablante) parece dividirse entre los que aman y los que odian esta expresión. Como todas las modas lingüísticas, hay quienes se abrazan a ellas y quienes las ven más feas que un pie de otro. Entre los que no son partidarios, está la divertidísima cuenta que gestiona Óscar Mora en Twitter, @eslosiguiente, que se dedica a “ayudar a la gente a encontrar lo siguiente”, rastreando todos los tuits de gente que ha usado la expresión y rectificándolos:

Los antisiguientistas que han iniciado esta cruzada nos hacen preguntarnos: ¿qué es lo siguiente? Lo que sigue a “bueno” podría ser “muy bueno” o “buenísimo” o “megabueno” o “hiperbueno” o “requetebueno” o “tela de bueno” o “la pera de bueno” o... Todos estos elementos del español se llaman elementos de superlación, y los usamos para hacer que una palabra intensifique su significado. Con ellos hacemos que suba peldaños en una especie de escalera de significación.

Tenemos muchísimas expresiones para intensificar. Algunas son históricas y constantes en nuestra lengua, como “muy bueno”. Otras son más o menos recientes. Los lectores de Verne recordarán que este “no, lo siguiente” se empezó a poner de moda hace unos diez años como mucho. Nuestros hijos tal vez digan “las croquetas de mi madre son espectaculares no, lo siguiente”, pero de chicos, nosotros no lo decíamos de las croquetas de nuestras madres (y eso que lo merecían).

Y esto es porque con los elementos que indican valoración estamos siempre ante la misma batalla: los utilizamos, parece que se gastan, como se gasta la suela de un zapato, y nos gusta reemplazarlos por otros nuevos. Por eso, hay modas de intensificadores que aparecen y otras que desaparecen o se quedan conviviendo con las nuevas expresiones. Normalmente, la mecha prende en el lenguaje juvenil y de ahí salta a otros sectores. Tal fue el caso de “mazo”, usado solo o acompañando a un adjetivo (“me gusta mazo; mazo de caro”), que entró en el lenguaje de los jóvenes hace unos años. No se usa en toda la comunidad hispanohablante: en Andalucía se prefiere “taco de bueno” o “un viaje de bueno” antes que “mazo bueno” aunque, obviamente, Camilo Sesto es mucho Camilo y esto no hay nadie que no lo cante en cualquier guateque que se precie de la geografía hispanohablante:

La intemporalidad de Camilo Sesto contrasta con la temporalidad de los intensificadores. Este carácter cambiante es, de hecho, uno de sus rasgos típicos. El otro, para el caso del español, es que nos gusta más la intensificación por la izquierda que por la derecha. Y no nos referimos a esta frase de Rajoy (los españoles son mucho españoles y muy españoles):

Lo que queremos decir es que típicamente el español pone los intensificadores antes de los elementos que valora: super, mega, ultra, mazo, hiper… E incluso los acumula: lo has visto en el hiper mega ahorro del supermercado o en el super ultra limpio de la oferta de detergente. El tamaño sí importa en la lengua, y tendemos a pensar que las palabras más largas significan más.

De hecho, es de alguna forma raro que en español usemos de forma tan extendida la terminación superlativa “–ísimo”, que existía en latín (-issimus) y que otras lenguas hermanas, como el francés, usan poquísimo (o muy poco, tela de poco). Es una intensificación a la derecha, y su rareza se explica porque se extendió desde el lenguaje culto. ¿Cómo te suena decir en español actual “guapérrimo”? Pues algo así era usar “-ísimo” en español hasta finales del siglo XV, cuando por moda y desde sectores literarios se empezó a propagar este -ísimo. De todas formas, todavía en el siglo XVII había muchos españoles que no lo usaban, sobre todo los más alejados de esos sectores literario: por eso Cervantes, siempre tan acertado recreando el lenguaje de la calle, pone a Sancho Panza liándose al usarlo: “Aquí está y el don Quijotísimo asimismo, y, así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos” (Cervantes, Quijote, II, 38).

La subida de los escalones de la intensificación se hace, pues, con elementos muy cambiantes. E incluso en esa escalera podemos observar que hacemos subir a palabras que aparentemente no pueden subir más peldaños: “perfecto”, “infinito”... ¿Algo puede ser más perfecto que “perfecto” o aún más infinito? ¿Hay un “lo siguiente” para “perfecto”? Parece que sí. En lo de intensificar, no son los significados de las palabras quienes ponen los límites, sino los hablantes, dueñísimos de la lengua, aunque a veces se nos olvide.