miércoles, 21 de marzo de 2012

Un asesino moral

En un lugar de Toulouse, asediado por la policía francesa, hay un asesino de niños. Es fácil saber por qué ha cometido acto tan reprobable: porque el asesino es musulmán yihadista argelino y ha visto cómo otro asesino, estadounidense, es llevado a su patria tras haber asesinado a una docena larga de niños musulmanes en Afganistán. Claro está, eso no se ha dicho, aunque se dirá... con sordina. Lo único que hizo el imitador es exigir y tomarse la debida retribución.


Si no se perdonase a la manera cristiana, el ojo por ojo terminaría por hacer a todo el mundo ciego. Esa es la superioridad de la moral cristiana sobre la judaica y la islámica, morales que se fundan en la justicia y no en la compasión. Pero quizá estén ellos en lo cierto y tengamos que quedarnos ciegos todos antes de considerar la imposible posibilidad de perdonarnos unos a otros. Quizá tengamos que sacrificarnos como se sacrificó un judío hace más de dos mil años.


Las creencias son hermosas hasta que se convierten en pasiones que obnubilan el entendimiento. Pasiones como el nacionalismo, cuando no hay bandera más hermosa que la blanca o que ninguna; pasiones como la etnia, cuando no hay otra especie que la humana; pasiones como la religión o la ideología, cuando no hay más religión ni ideología que ayudar a los demás a no sucumbir ante la estupidez, simplicidad que no gustará a los teóricos que gustan de complicarlo todo. Pero no sé si esto que escribo ayudará a alguien a ser menos estúpido. Bastante me cuesta ya a mí.


Porque este individuo llevaba una cámara para documentar su hazaña o divulgarla por Internet. Es decir, es un asesino que quiere predicar la moral del ojo por ojo. Es un imitador sin ideas originales, y, acaso, un psicópata paranoide como hay tantos, sin la menor conciencia autocrítica, megalómano, que quiere salir por la tele.


Un político, o sea.