viernes, 8 de febrero de 2013

Un manchego toma el expreso de medianoche

Está bien documentada la actividad teatral de los cautivos españoles del Siglo de Oro en Berbería para solazarse en la adversidad y reafirmar su identidad nacional y religiosa. Fray Antonio de Sosa insiste en ello en la Topografía e historia general de Argel, que mi sufrido amigo -¡vaya si las ha pasado canutas!- Daniel Eisenberg atribuye al propio Cervantes, muy relacionado con él, según demuestra; pero contamos además, y es lo que nos interesa, con el testimonio de un manchego que, para variar, era enteramente ajeno al autor del Don Quijote. Se trata del consaburense Diego Galán, quien escribió su autobiografía con el título Cautiverio y trabajos de Diego Galán (por cierto que hay una hermosa edición crítica -Cuenca, 2001- de este clásico, obra del profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y valdepeñero de pro Matías Barchino). 

Acaeció que este manchego vino a caer cautivo en Argel hacia 1590, cuando ya hacía unos años que Cervantes había sido rescatado. Contó por extenso sus miserias, incluso su traslado a Constantinopla (Cervantes estuvo a pique de marchar allí también cuando llegó justo a tiempo la suma completa de su rescate). Es más, da pelos y señales de su ulterior fuga, tan aventurera como el expreso de medianoche de Billy Hayes. Pero nosotros, que nos interesa la literatura del asunto más que las cosas que tienen los turcos, nos centraremos solo en el capítulo tercero, en que refiere con prolijidad el lamentable episodio del intento español de hacer comedia en los baños y el final no de comedia, sino de tragedia que tuvo, que hubiera podido esperarse, habida cuenta del tema que escogieron para la pieza teatral, que debía escocer con rabia y en especial a los moriscos que habían huido allí desde las Alpujarras donde don Juan de Austria les había dado hule. He aquí el pasaje, que copio de otro blog hallado en Internet

En el baño del  bajá, que es donde están recogidos los más cautivos que hay en la ciudad, adonde estaban al presente quinientos y cincuenta que tenía mi amo, y se juntan otros muchos de particulares de diversas naciones y provincias, y ordinariamente se aúnan españoles con españoles, italianos con italianos, y así todos los demás de una región y provincia, y se entretienen unos con otros, sucedió que los italianos, por aliviar sus penas, hicieron una comedia de Santa Catalina de Sena, con la cual se entretuvieron una tarde. Los españoles, visto que los italianos se habían holgado con la farsa, tuvieron envidia […]. En fin, envidiosos, ordenaron de hacer otra comedia de La toma de Granada, repartiendo a cada uno papel según su sujeto. Y, después de estudiada, apariencias y armas como de pobres cautivos, porque tenían morriones y petos de papel, espadas de palo, y a este modo todos los demás pertrechos de guerra. Y la persona que había de hacer el papel del rey don Fernando, no contento con armas de papel  –principio de la futura desdicha–, intentó que un capitán inglés que a aquella sazón estaba en el puerto de Argel –que entran allí de paz los ingleses–, con una industria que buscó, pedille prestado un peto, espaldar, morrión y espada […] pidiéndole un billete para el inglés  diciendo que, porque los cautivos se querían holgar haciendo una representación, le hiciese merced de prestalle las armas referidas […].

Maliciaron los turcos […] que los cautivos se querían alzar con la ciudad, pues iban a pedir armas al inglés. Y sin detenerse un punto salieron del navío, entrando por la ciudad dando voces: “¡Al arma, al arma, que los cautivos se quieren levantar con Argel!”. Y en un instante se movió tanta confusión y alboroto contra los pobres cautivos que parecía haber llegado nuestro fin […].

Luego cogieron a los que habían llevado el billete y, dándoles tormentos, confesaron que para hacer una comedia, con orden del doctor Juan Blanco, habían ido al navío y pedido al inglés las armas referidas. Vista la confesión por el bajá, mandó traer a su presencia al doctor Juan Blanco, y así como le vio, dijo:

—Perro, si no dices la verdad te tengo de hacer pedazos a tormentos.

Y aunque confesó lo propio que los demás, le dieron crueles tormentos, visto lo cual por el pobre doctor y que padecía sin culpa, dijo al bajá:

—Para que tu alteza desengañe, haga traer los petos, morriones, espadas y broqueles, que todo es de palo y papel, que estaban apercibidos para la comedia, y echará de ver cómo no hay malicia.

Y al punto mandó el bajá que fuesen por  ello y, traído a su presencia, parece que mostró algún género de desengaño. 

Mas era tanta la turba de la gente bárbara que daba voces diciendo “¡Mueran todos!”, que el bajá, no pudiendo resistir la bárbara fiereza del vulgacho, les entregó a seis de los comediantes para que hiciesen en ellos su gusto […].

Luego el pueblo bárbaro se entregó en los infelices cautivos, ejecutando en ellos más tormentos y crueldades que se cuentan de Diocleciano, emperador de Roma, pues arrastraron a uno atado a las colas de cuatro caballos, a otro empalaron, a dos ahorcaron a la puerta de Babazón, y a los otros dos quebrantaron los huesos con mazos de hierro a la puerta de Babalbete. Y estos dos últimos eran andaluces, y se llamaba el uno Alonso de Vera, hombre gracioso, y el otro Juan de Buendía, los cuales habían salido juntos de España, y los cautivaron juntos y eran de un propio amo que se llamaba Chafor, genovés renegado, y habían remado juntos, y juntos fueron a gozar de Dios, adornados con la preciosa corona del martirio. (cap. 3, p. 94-99)

No terminan aquí las aventuras del audaz Diego Galán, que no tiene nada de crítico cinematográfico, aunque sí lo sea su portentosa vividura; lo realmente curioso es que Jerónimo Alcalá Yáñez, en su picaresca novela Alonso, mozo de muchos amos,  II, 7, narra un episodio tan parecido y con tanto detalle que la semejanza no puede ser casual, como hábilmente ha descubierto Miguel Zugasti. No obstante, nos importa más ahora hablar también de otro manchego de la orilla de enfrente, el ciudarrealeño de nación y morisco por más señas llamado Amurates que, expulsado de su patria, donde se ganaba la vida como honesto zapatero, por esas cosas absolutas que de vez en cuando les dan a tontolhabas como Felipe III, tuvo que ganarse la vida haciéndosela imposible a los valencianos por medio de una formidable flotilla con patente del Gran Turco con que invadió, saqueó, secuestró, robó y pirateó a mansalva practicando el bandolerismo de agua, no sin algún regodeo vengativo por su parte, lo que no nos excluye de sentir legítima y torera vergüenza por su espantosa muerte, digna de figurar en los anales de la tortura junto al mismísimo becerro de Falaris del que tanto se escandaliza Cicerón. Pero eso es otra historia.