sábado, 17 de enero de 2015

La muerte de un viandante

Salgo a dar una vuelta a la ciudad como Juan Sebastián Elcano salió para rodear el mundo, aunque no aspiro a regresar tan estropeado; mis hijas hacen lo mismo pero con móvil, jugando al Ingress, una aplicación informática para la que hay que pasear mucho y en la que dos bandos, azul y verde, se han repartido el mundo, como en Tordesillas; Ciudad Real está ahora en poder de los verdes por culpa de un obseso llamado Pico Largo.

Pero en la realidad los carteles de se vende, se alquila y se traspasa agobian por doquier y llueven rebajas, liquidaciones y desahucios. Me miran los locales vacíos con las cuencas de sus ojos calavéricos. Un ejemplo: se vende entera la calle Pozo Dulce, salvo Pedro Cerro, que aun así está como Paco el de las Rebajas; Ciudad Real entera se vende como una puta, en las calles, salvo el Ayuntamiento (perdón por la obscenidad), que está vendido o eso dicen, al menos desde hace cinco siglos. Va uno desenterrando recuerdos ahora sustituidos por huecos y solares vacíos y no sabe si es real lo uno o lo otro. No hay ya cine y palomitas, sino veinte películas caras a cual peor, sin gallinero ni programa doble, de las que solo valdría la pena ver tres. Yo me colaba por las rendijas del Gran Teatro de Puertollano y contemplaba las mismas películas decenas de veces; eso me hizo cinefílico. 

En Puertollano, lo que tenían que hacer para reanimarse, el día del chorizo, es una falla satírica en que quemar a los corruptos y sacarles así algún calor; tienen minas enteras de combustible y lo que les hayan traído los dinásticos el seis de enero por malos y requetemalos. Aquí, en la vil Ciudad Real, na más hay para entretenerse que una especie de cineclub Juman zombi vuelto a la vida por el sacerdote vudú José Luis Vázquez, el de las camisetas portuguesas, cada jueves en los Cines las Vías, un mamotreto lleno de ventorrillos que hay frente al demolido gallinero de las Eras. Hay también un Ateneo de cornu... perdón, un Ateneo taurino que no se reúne en un bar mugriento, sino en un hotel, por aquello del hispánico savoir vivre de charangé y pandereté. En el kiosko, adonde fui a hacer mis abluciones, veo el número cero de El Churro Ilustrado, un semanario satírico a 3.5 euros, y el tercer tomo de los Diálogos de Platón; escojo este último, porque reír ya me río lo suficiente leyendo el periódico o la tele, aunque no estoy para razonamientos: tengo unos dolores de cabeza más grandes que los de Trotsky; cualquiera diría que me va a salir una Minerva armada de todas armas; serán cosas de mi alta tensión. Veo celebran en los jesuitas el nosequecentenario de San Juan Bosco, en cuyo colegio salesiano puertollanero aprendí los absurdos de la religión católica y fui repetidamente castigado por no haber ido a misa ni resumido el sermón (impedían fumar, pero Bosco fumaba y sin embargo lo canonizaron con humo y todo). Consistía esa expiación en madrugar e ir al colegio a las siete de la mañana; aunque yo iba, nadie me recibía: los curas estaban durmiendo. Creo yo que suponían que un crío como yo no tendría palabra de honor y no iría a cumplir su condena. Y así fue: me pasé muchos días soportando el frío y las nieblas pestíferas de ácido sulfhídrico que venían desde la refinería, formadas además con cenizas de carbón de las minas y vapores del Jabalón; como es lógico, mi fe se resfrió bastante ante la falta de coherencia de tanto santo padre; en Japón los samuráis se someten al mismo castigo que a los que reprenden porque les fortalece el espíritu; pero de eso los santos padres ya tenían bastante y no querían más; otras faltas de ejemplo peores vi y me hicieron descreído; allí padecí además a una buena colección de fachas y carcas antes de que yo supiera siquiera el significado de esas palabras ¡y se tenían por progresistas! Puaj.

Sigo por las calles; anda barata la ropa usada que venden los moros y la Armería el Pilar ofrece catanas a buen precio por si alguien quiere pinchar aceitunas al modo peligroso, recortarle el gañote a un cerdo con mística oriental o cultivar el milenario arte, asunto de particular juicio, de cortar jamón en láminas transparentes. Lo digo porque aquí hay mucha gente que pincha, incluso las nenas del club de esgrima Espadas de Calatrava. Tienen expuestos los maestros armeros esculturillas de la Virgen del Carmen, de San Francisco Franco legionario (para los devotos de su santidad Gregorio XVIII, papanatas de la sagrada y única iglesia universal Palmariana), de Don Quijote y hasta de Cascorro. Además se ofrecen vistosos anuncios kitsch de Leche condensada y Jabón Atila. Está visto cuál es la ideología de los que pegan tiros: antigua. Me voy acercando al parque Gasset pasando por manchones de hoja caduca y el local sin duda embrujado de la Cruz Roja que, junto con el edificio del Seminario, podría dar albergue pintiparado a Vlad el Empalador, de la Orden del Dragón. Por cierto que, según un anuncio que leo en una ventana cuyo poyete contiene medio donut abandonado, entre el día 20 y el 30 se celebrarán aquí las primeras jornadas de modelismo, maquetas y miniaturización; yo, que habría querido competir con una esculturilla de la Aromática, lo deseché cuando no encontré forma de reducir más una cabeza ya de por sí de alfiler, ni siquiera con el asesoramiento de un indio jíbaro que había sido contratado por Rajoy para disminuir el presupuesto educativo; otra dificultad tremenda era rebajar su culo ingente, cuya masa crítica es capaz de deformar el espaciotiempo y sentarse a la vez en C. Real (Ayuntamiento) y Madrid (Charlamento). Eso son ansias de abarcar y devorar, aunque no tantas como las del marido de Cospedal, miembro, según José Miguel Monzón (que escribió No estamos locos y es conocido como El Gran Wyoming y podría haberse llamado sin errar demasiado Jesús Monzón), de 11 consejos donde le retribuyen por no hacer ni decir nada. Sin duda es hombre de mucho consejo, aunque, si eso hace el marido de Mariloli, miedo da pensar en sobrinos, cuñados y parientes "políticos", por no hablar de catarriberas micronicolaítas que, pasando por algo, pasen también por su vera. Monzón imparte doctrina todos los días en la sexta y se escurre como una anguila para que no le partan la cara los del gremio pelado.

Aquí, en la baja Carpetania, se ufana la Aromosa (que miente, sueña y delira más que habla, la muy licenciada) de haber llenado el pozo negro presupuestario del pepoísmo; del aumento del agujero negro de la deuda pública ni habla, ni de los muertos por experimentos presupuestarios sin gaseosa en su escamondada SS (Seguridad Social), cada día más insegura y menos social. Ni de lo que ha costado y cuesta la corruptela; para gobernar Españistán no se necesita ya estadistas, sino epidemiólogos, un brujo bantú o un enterrador, tanto ha hecho por nosotros el gobierno dadaísta y porculista del señor Mariana Rajuela. Desde luego, el agujero abierto por la otra mitad de su partido, del que podría incluso extraerse la obscuridad para las noches, solo pudo hacerlo un gusano más grande que los de Arrakis; no diré su nombre, el lector se lo puede imaginar, aunque alguno dice que es Legión por lo de los cerdos etc... Creo yo que no hay ninguna diferencia material ni espiritual entre Luis de Guindos y un cajero automático; son solo maquinaria de dar excusas y cobrar comisiones; debían cortarle... el corriente y la corriente por pura obsolescencia programada: su política no solo está anticuada (no hay na más antiguo que el pedir), sino que lo es intrísecamente, si es que quiere administrar a gente y no a robots, palabra que en checo significa "trabajador". Leo en las aras del bar que Pedro Sánchez está hecho de cartón y podría no soportar las próximas lluvias y, para variar, una interesante entrevista en La Tribuna con el filósofo anarcopersonalista Carlos Díaz Hernández, autor de casi doscientos libros y setentón, pero aún agudo. Por ahí muchos piensan que los círculos de Podemos podrían volverse viciosos; para mí es evidente que el gobierno les tiene preparado un buen plan de ninguneo. Prosiguiendo mi paseo, veo en la puerta del consulado rumano en Ciudad Real (La Mata, 37) que buscan donaciones de libros en su lengua para hacer una biblioteca pública; estupendo; ojalá hicieran algo por el estilo aquí, aunque lo primero que te dirían es que dónde los meten. Los manchegos son así; no piensan en lo que hay que leer, sino en el bulto que ocupa. Cualquier manchego puede correr cinco mil metros en un tiempo discreto, pero caerá rendido tras recorrer las treinta palabras que contienen los dos renglones en un libro y pedirá además el auxilio del diccionario antes de darse por vencido, agotado por las agujetas de su segunda neurona (la primera se emplea en hablar de fútbol), y quedarse dormido y roncando. Por cierto que mis queridos rumanos montaron ayer en su consulado un recital al piano con textos del poeta nacional Mihai Eminescu. No sé si acudió el patriarca ortodoxo de C. Real. Por último, saco a mi perro, amartelado por amor de una rusa, una husky nada siberiana con él y tan grácil como la SharapovaDixi.