jueves, 30 de julio de 2015

Coplas de arte mayor y un romance a la muerte de Diego de Almagro

Obra en metro sobre la muerte que fue dada al illustre don Diego de Almagro, la qual dicha obra se dirige a su magestad, con çierto romançe lamentando la dicha muerte. Y no la hizo el autor del libro [Alonso Enríquez de Guzmán] porque es parte y no sabe trobar


Comiença la obra:


   Cathólica, Sacra, Real Magestad,
Çésar augusto, muy alto monarca,
fuerte reparo de Roma y su harca,
en todo lo umano de más potestad,
rey que procura saber la verdad,
crisol do se funde la reta justiçia,
pastor que, no ostante qualquier amiçiçia,
conserva el ganado por una igualdad.
    Aver sido ungido no fué syn misterio
y darle el estoque, señor, que se entiende
que a la cathólica iglesia defiende
y libra de todo qualquier vituperio.
Las Yndias, questavan so grand catiberio,
de nuevo reduze, convierte y liverta,
poniendo justiçia que no les perviercta
mas les ampare por todo el ymperio.
    Y puesto que todos lo tal colegimos
de vuestra potente persona ymperial,
así como a rey y señor natural
a bozes muy altas justiçia pedimos;
a vuestras Cortes, señor, ocurrimos
para espresar el caso de yuso,
pues Dios en su audiençia, grand Çésar, os puso
y en su lugar por vos nos regimos.
    Sabed un proçeso que fué fulminado,
que diz que se hizo muy contra derecho,
que contra don Diego de Almagro fue hecho,
en todas las cosas no bien sustançiado.
Hernando Piçarro, por nos acusado,
al qual acusamos por esta presente,
hizo de hecho, señor, lo siguiente,
no siendo juez por vos delegado.
   En estos sus reynos muy público á sido
que don Françisco Piçarro e don Diego
tubieron las Yndias en mucho sosiego,
y la amistad que entre ellos á avido,
y que entre los dos quedó dibidido
lo del Perú con su comarcano.
Hizo Piçarro theniente a su hermano
Hernando Piçarro, que está detenido.
   Partida que fué la governaçión,
Hecho Hernando Piçarro theniente,
entró en lo de Almagro con tanto açidente
que puso los yndios en alteraçión.
Almagro, llegando con su provisión
a la çiudad do estava este reo,
defiende la entrada, mostrando deseo
que Almagro perdiese la yndibisión.
   Almagro en serviçio de vuestra corona,
biendo a Piçarro que así resystía,
entró con la gente, señor, que tenía,
poniendo a peligro su estado e persona.
El qual, su adverso biendo, aprisiona
y por así se aver hecho fuerte,
hallando en la causa ser dino de muerte,
se la relieva, remite y perdona,
   Con pleitomenaje que hizo el Hernando
que, luego que puesto en su livertad,
vernía ante Vuestra Real Magestad
preso a esta Corte, así lo jurando.
Suelto que fue, grand gente juntando
puso en el Cuzco çerco a don Diego,
mandando le velen a sangre y a fuego,
a la vatalla le desafiando.
    Don Diego de Almagro por la protesión
de vuestro ynterese salió a la vatalla,
do tanto el contrario tan fuerte se halla
que el adelantado fué puesto en prisión.
Aquesto fué causa de grand perdiçión
d'estados y vidas de tantos cristianos,
y que los yndios les llamen tiranos
a muchos d'España por esta ocasión.
   Puesto en la cárçel escura y fragosa,
haze Piçarro proçeso es arruto,
en todo mostrando poder absoluto,
como persona que fué muy odiosa,
no consintiendo don Diego que cosa
ante él alegase de justo descargo.
Da la sentençia, concluso su cargo,
no reta ni justa, mas muy rigurosa.
    Diziendo que manda quel adelantado,
la apelaçión del todo remota,
le saquen y pongan en una picocta,
do le condegna que sea degollado;
y antes de ser a la plaça sacado,
temiendo quel pueblo por él se alborote,
dentro en la cárçel le den un garrote
hasta del todo dexarle ahogado.
    Con lágrimas nega las tristes mexillas
el triste don Diego que oyó la sentençia.
Pidiendo humillmente que hubiese clemençia
ante Piçarro hincó las rodillas.
Mas él sus plegarias no quiso admitillas;
antes en todo le más desconsuela.
Y el adelantado le dize que apela
para el Consejo que está en vuestras sillas.
   La apelaçión le fue denegada
y lo mandado cumplirse en efetto.
En esto Piçarro no tubo respebto
a vuestra persona real, sublimada.
La apelaçión que fué presentada,
si en esto Piçarro hodioso no fuera,
no su sentençia cumplirla hiziera
syn desta grand Corte le ser confirmada.
   Pensando aplacalle, rogóle que viera
su cana cabeça, con muchas heridas
por vuestra persona real resçebidas,
por ver si piedad alguna tubiera,
diziendo: «Señor Piçarro, no quiera,
pues tanto he servido a Su Magestad
hasta en el tiempo que estoy de mi edad,
que yo tan sin culpa de tal muerte muera.
   «Mirá que en mi muerte, señor, no matáys
a mí solamente, mas muchos que an sido
en mi compañía, que al Rey han servido,
que agora huydos y presos dexáys.
Suplico clemençia de todos tengáys.
Y si queréys mi governación,
de aquí, señor, hago tal remisyón
a vos y a los vuestros que en ella rijáys».
   Visto don Diego que no se admitía
lo que al contrario le fué suplicado,
salvo morir qual fué condegnado,
para testar notario pedía.
Piçarro se sale, y a bozes dezía
la gente que tiene, con nuevo furor:
«¡No se dilate! ¡muera el traydor!
¡Salga, el morisco de tal compañía!»
   Proçede el illustre por su testamento,
en todo mostrando cathólicas bías.
Y manda primero poner mandas pías
y lo conviniente a su enterramiento;
y a algunos que fueron de su ayuntamiento,
muertos y puestos en nesçesidad,
reparte sus bienes, husando piedad,
con que sus hijos tubiesen sustento.
    El testamento por él hordenado,
dixo: «Asentad, notario, que quiero
a Su Magestad hazer mi heredero
de todo, pues todo en su nombre he ganado;
que puesto que Dios un hijo me á dado,
don Diego de Almagro de mí natural,
herede mis bienes Su Alteza Real
y quede mi hijo a su sombra arrimado.
    Por testamentarios a çiertos nombró:
a don Alonso Enrríquez primero,
que es de Gudmán muy buen cavallero,
para cumplir lo quél hordenó
al qual en secreto más quenta le dió
que a otro ninguno de todo su hecho.
Oculto questava, sellado en su pecho,
así como amigo leal declaró.
   Fué don Alonso de tal calidad
en las discordias de aquestos adversos
que a entranbos les dava consejos diversos
segund convenía a vuestra lealtad.
Almagro creyó por su avylidad;
y si Piçarro así lo hiziera,
digo, grand César, que no proçediera
contra don Diego con tanta crueldad.
   Demás que alvaçea fué Enrríquez nombrado,
puso ansimismo con él juntamente
a otro de sangre muy clara, exçelente
ques de la línea de los de Alvarado,
el qual se halló quando hubo otorgado
Hernando Piçarro el pleitomenaje
y está en vuestras Cortes pidiendo el gaje
en vuestra presençia, sy fuere mandado.
    A Françisco de Prado asimismo nombró
por albaçea, segund aquí nocto,
el qual es letrado muy rico e muy docto,
y Almagro contino por él se rigió;
al qual con los otros, señor, encargó
que en vuestra grand Corte le representasen
y a vuestro Consejo, señor, ynformasen
de quánd syn justiçia tan mal padesçió.
   Ved, pues, oíd, poderoso señor,
la grand sinjustiçia que a Almagro fué hecha,
porque se judgue por vía derecha
no ser don Diego alborotador,
que los pregones, segund su tenor,
que por Piçarro dar fueron mandados,
don Diego y los suyos por tal fueron dados,
de vuestro poder tomando color.
   El testamento signado e firmado,
llega de presto el verdugo cruel.
Y hecha un garrote y un grueso cordel
a la garganta del adelantado,
dale una buelta; el cordel fué quebrado.
Y como de nuevo con otro apretó,
naturalmente don Diego murió.
Mas bive su fama y le tiene encunbrado.
   Antes que Muerte le sobreviniese,
con su confesor su vida dispone,
a Dios suplicando que a todos perdone,
y que ninguno su muerte pidiese,
y como padre, señor, le absolviese,
pidiendo perdón a Dios de lo herrado.
Muere el illustre, segund he espresado,
por vuestro real y propio ynterese.
    Sácanle luego con grand diligençia
a la grand plaça do estava la gente,
con los pregones que públicamente
dizen a todos la ynjusta sentençia.
Dixo el pregón por tal consequençia:
«Manda el grand Çésar que muera este hombre
y el noble Hernando Piçarro en su nombre,
por ser causador de tanta pendençia.
   «Y porque por fuerça tomó esta çiudad,
quemando las calles con pura maliçia,
do entonçes morava la reta justiçia
que governava por Su Magestad,
como a traydor sin fedelidad
mándale luego ser descabezado».
Y en la picota, señor, le an cortado
su cana cabeça con grand cueldad.
    Todos los suyos le desanpararon;
solo en la plaça sin ellos estava.
Pero la gente de Yndias llorava
y a muy altas vozes sobre él lamentaron.
Con tristes clamores su pena mostraron,
sus grandes gemidos, señor, reteñían
toda la tierra doquier que se oýan,
diziendo que todos syn padre quedaron.
   Como si el sol entonçes faltara,
que es a quien ellos veneran y adoran,
sobre don Diego lamentan y lloran;
cada qual dellos su pena declara.
«El çielo,» -dezían,- «nos ya desampara,
pues tal padre nuestro tan presto faltó.
Maldiga la tierra quien tal le paró,
hasta que compre su muerte muy cara».
    Dezían, mostrando su tribulaçión,
otras palabras que agora no espreso
porque bolvamos a nuestro proçeso,
pidiendo justiçia por tal sinrazón.
Así que, grand Çésar, tened atençión
a la querella que nos presentamos.
La qual siendo vista, señor, suplicamos
castigue al que es digno de tal permisión.
    Aver pronunçiado tan contra derecho
Almagro aver sydo traydor a su Rey,
quien dió tal sentençia meresçe por ley
que pase lo mismo por tal satisfecho;
que en caso que fuera traidor o sospecho
el adelantado, -que niego aver sido-,
deviera Piçarro de ser bien comedido,
dandôs notiçia, señor, deste hecho.
   Tomar la çiudad con fuerça de gente
digo y alego no ser trayçión,
pues vos probeístes su governaçión
por carta real copiosa y patente.
Así, esclaresçido monarca prudente,
Piçarro fué falto de su lealtad,
pues governava por su autoridad
syn ser para ello juez competente.
    Si alegava que estava en lugar de su hermano,
luego que Almagro mostró provisión
deviera sin más poner defensyón
dar la çiudad de muy llano en llano;
mas pues que quiso hazerse tirano
y vuestros pueblos poner en devate,
digo que fué muy justo el combate
que hizo don Diego, señor, por su mano.
    Deve juzgar con grand retitud,
pues por enxemplo de vos la tomamos,
porque las Yndias por quien nos quexamos
se pongan de nuevo en toda quietud.
No pongáis hombre que soliçitud
ponga en solo su propio ynterese,
que como esto, gran Çésar, no hubiese,
a Dios y aun a vos ternán por señor.
   Y en lo demás pedimos castigo
contra quien bea se deve hazer,
y al otro mundo le mande librar y absolver
de todo lo ynpuesto del otro enemigo.
Grand Çésar, por pura justiçia os obligo;
lo mismo al Consejo de Yndias eleto.
Mandéis que sepamos, señor, en efeto,
quál de los dos fué más vuestro amigo.
    Todo lo qual aquí suplicamos;
así se pronunçia por vuestros preçebtos.
Y al presidente e oidores tan retos
sus justas conçiençias, señor, encargamos,
para que todos enxemplo tengamos
y nadie se atreva a hazer otro tal.
Vuestro poder y Consejo real,
justiçia pidiendo, señor, ymploramos.
    Y si a Piçarro se diere traslado
desto que digo, espreso y alego,
¿por qué no quiso tomar en don Diego
y en su clemençia espejo y dechado?
Quando lo tubo por sí aprisionado,
soltóle, creyendo que hubiera temor
a Dios defendelle y al Emperador,
mas muy a la contra, señor, lo á mostrado.
   El adelantado matarlo pudiera,
por ser tan notorio hazer alboroto;
mas tubo, señor, por muy mejor voto
pasase tal hecho por vuestra tijera.
Piçarro no hizo de aquesta manera
con desacato de vuestro poder,
siguiéndose en todo por su paresçer,
quiso tan claro mostrarse quién hera.
Debiendo Pigarro aver de cumplir
el pleitomenaje por él otorgado,
venir a esta Corte y a vuestro mandado,
donde el juez le mandó remitir,
no solamente no quiso venir
mas quebrantarlo con otros tiranos,
y la vengança tornó por sus manos;
sólo por esto se deve pugnir.

Fin de la obra de arte maior.

   Esta justiçia se deve hazer
contra quien hizo tan gran desacato,
porque demás de a todos ser grato,
en vuestras corónicas se á de poner.
Si esto, señor, dexáys suspender,
desimulando delito tan grave,
daréis ocasión quél dello se alave
y a cosas mayores se ose atrever.

Síguese el romançe hecho por otro arte sobre el mismo caso, el qual se ha de cantar al tono del «Buen conde Fernand Gonçález»


   Porque a todos los presentes
y los que dellos vernán
este caso sea notorio,
lean lo que aquí berán
y noten por ello visto
para llorar este afán,
la más cruel sinjustiçia
que nadie puede pensar,
contra el más illustre hermano
de quantos son ni serán;
el más servidor de Çésar
que se vido en guerrear,
que por valor meresçía
ser otro Gran Capitán,
así en el pro de las rentas
y patrimonio real
como en reduzir los yndios
so nuestro yugo do están.
    Sepan todos quién es este
que estos loores se dan:
el gran don Diego de Almagro,
fuerte, noble y muy leal.
El qual en el mar del Sur
hizo hechos de notar,
tales que por qualquier dellos
se deve coronizar,
y si alguno coronasen
en pago de bien obrar,
sólo a éste se devía
qualquier corona le dar.
Por sí mismo meresçió
nombre de illustre alcançar,
con el adelantamiento
de aquellas costas del mar
que son tierras del Perú,
con poder de governar.
Con él, Alexandre calla
su fama de liberal.

El autor, donde proçede la muerte del cavallero

   Por ser varón qual dezimos
de tanta fidelidad,
con don Françisco Piçarro
tubo ýntima amistad,
que asimismo hera notable
de grand género y solar.
Los dos comían a una mesa
syn de un plato se apartar,
haziendo hechos notables
en una conformidad.
Estando en esta amiçiçia
y en tanta tranquilidad,
puso a Hernando Piçarro
don Françisco en su lugar,
para que, como teniente,
por él pudiese mandar
en çiertas partes de aquellas
que le dió Su Magestad.
Y él alçose con el Cuzco,
ques una ynsigne çiudad,
la qual convenía a Almagro
por la patente real.
    Yendo a la posesión della
com poder de la tornar,
dixo Hernando Piçarro
que no la quería dar.
En caso que fué exortado
por la carta ymperial,
dixo que la obedesçía,
mas que resyste el entrar.
El claro varón illustre
puso fuerça en la tomar,
no porque a él tocava,
eçebto por escusar
que no la tiraniçase
quien no tenía potestad.
Y puso a Piçarro preso,
no para le castigar,
pero para remitirlo
a la persona real
y a su muy alto Consejo
de Yndias en su lugar.
    Contra el qual hizo proçeso,
para mejor ynformar
del qual halló ser culpado,
digno de muerte le dar.
Lo qual y, pues que pudiera,
no lo quiso executar;
tomóle el pleitomenaje
de venirse a presentar.
Y suelto con este boto,
húbolo de quebrantar,
haziendo juntas de gente
para Almagro despojar
de lo que con causa justa
tenía con facultad.
Con la qual asentó sitio
en torno de la çiudad,
pidiendo al adelantado
que saliese a pelear.
El qual por el ynterese
de solo Su Magestad
salió y también por efetto
de la tierra asegurar.
    Donde los dos se encontraron
y gentes de cada qual
pelearon bravamente
quanto les pudo bastar.
Hera lástima muy grande,
digna de se publicar,
ver la sangre d'españoles
por el campo derramar,
presos, muertos y heridos
syn se poder escapar,
de parte de los de Almagro
por su adverso capitán.
El qual fué causa y los suyos
de las Yndias alterar
diziendo: «Ved los d'España
que para se despojar,
siendo todos de una tierra
y de una parçialidad,
travan entre ellos discordias
hasta venirse a matar.
Nosotros contra quien bienen
¿qué podemos esperar?»
    Proçediendo nuestra ystoria,
Almagro se hubo de dar
a la prisyón de Piçarro,
no por fuerça en la verdad,
mas creyendo él le soltara
como él le hizo soltar;
al menos le remitiera
preso ante Su Magestad.
Mas salióle esto al revés,
porque le puso en lugar
do no dava sol ni luna
ni le podían visitar.
Hallóse desamparado
de los que comían su pan;
no tiene quien le consuele
en este grave pesar.
    Así que, lloremos todos
este dolor general,
llorando a los que murieron
en la vatalla campal
con Almagro y en defensa
de la corona real.
Murió allí Pedro de Lerma,
su escogido capitán,
y el buen don Rodrigo Orgoños,
su theniente general,
el qual hera tan varón,
tan fuerte en el guerrear,
que, a bivir los Doze Pares,
ante ellos fuera sim par.
Otros muchos cavalleros
que aquí dexo de contar,
porque en fin soy enemigo
de toda prolixidad.
    Dexando aparte los muertos,
un bivo quiero nombrar
que preçede de la casa,
de línea y sangre real,
en estos reynos tenido
por hombre muy prinçipal,
veynte e quatro de Sevilla,
probinçial de la Hermandad,
Hernand Ponçe de León,
de Castilla natural.
El qual en estas discordias
tubo grand sagazidad,
entre ellos soliçitando
la paz y conformidad,
como don Alonso Enrríquez,
uno de los de Guzmán.
A los quales salió en vano
su mucho soliçitar,
porque Hernando Piçarro,
queriendo disymular,
aseguró a los terçeros
para su hecho acavar.
   Estando preso don Diego,
sin nadie le consolar,
començó Hernando Piçarro
su proçeso a fulminar,
muy sin horden de derecho
y sin sustançia legal,
dándole términos breves,
mostrando su enemistad.
Conclusa que fué la causa,
mandó su gente ayuntar y
otro día en el audiençia
mandó al illustre sacar,
sin hazer los cumplimientos
que requiere a buen judgar
el juez no competente
por su propia autoridad.
La qué dixo ser sentençia
pronuncia en su tribunal.

Sentençia

   «Mando quel adelantado
saquen a descabeçar
a la plaça en la picota
do suelen acostumbrar
justiçiar los delinquentes;
y que antes de le sacar,
aquí le den un garrote
por escándalo escusar,
hasta tanto que don Diego
muera muerte natural.
Lo qual mando se execute,
no embargante su apelar,
y ansí lo pronunçio y mando
por sentençia executar,
y en las costas del proçeso
asimismo condegnar,
las quales en mí reservo
para averlas de tasar».
Y más le ympuso otras penas
que dexo aquí de espresar.
    La sentençia pronunçiada,
oyda asý platicar,
el illustre adelantado
creyó la muerte escusar
y llegóse ante su adverso,
donde se ubo de humillar.
Y puesto ante él de hinojos
començóle a suplicar
quel mando tan riguroso
dexase de efettuar;
que no sólo a él matava
con esta muerte le dar,
mas a otras muchas gentes
pornía en nesçesidad.
Y mostróle la cabeça
cana con mucha humilldad,
guarnesçida de heridas
que de propia voluntad
resçebió, serbiendo a Dios
y a la corona real.
A lo qual el riguroso,
mostrando reguridad,
le dize al adelantado
sin se mover a piedad:
«No aquí Vuestra Señoría
muestre tanta poquedad.
A lo qual dize el paçiente:
«Poquedad no es en verdad
tener temor a la muerte,
pues en quanto humanidad
Cristo la temió orando,
aunque de su voluntad
a la tomar se ofresçía
para nos dar livertad.
Así que, señor Piçarro,
todo lo considerad.
No pase más adelante
esta vuestra crueldad.
Hazed lo que con vos hize
estando en mi potestad».
Piçarro a todo responde:
«Quisiera, mas no á lugar».
    Visto que no aprovechava
su ymportuno suplicar,
a vozes dize que apela
para ante Su Magestad
o para do de derecho
convenga y deva apelar;
y que esta su apelaçión
la mande luego otorgar.
Responde que la deniega
y que no á de aprovechar.
Respondió el varón illustre:
«Pues así es, quiero testar.
Mando mi alma ante todo
a quien la devo mandar,
que es aquel Rey de los Reyes,
Redentor universal.
Y mando el cuerpo a la tierra
después dell alma dexar,
que quien de tierra es formado
en tierra se á de tornar».
Hizo otras mandas pías
que no quiero aquí nombrar;
y todo lo remanente
lo herede Su Magestad,
al qual haze y estableçe
su heredero universal.
E no embargante que tiene
solo un hijo natural,
lo que á ganado por Çésar
lo quiere a Çésar dexar
y quél ampare su hijo,
qual con otros suele usar.
Y haze sus alvaçeas
para esto executar:
al buen don Alonso Enrríquez
del linaje de Gudmán,
privado; buen cavallero,
de la persona ymperial,
con otros que aquí no espresso
por no usar prolixidad.
    Acavado el testamento
y sus hierros confesar,
davan gritos los de fuera:
«¡Salga, si lo an de sacar!»
Y luego Alonso de Toro,
alguazil de executar,
haze llegar el verdugo
que este ofiçio suele usar.
Con el cordel y garrote
comiença luego apretar.
Quiebra a la buelta primera
que no le puede ahogar.
Luego Almagro a grandes vozes,
no sin falta de llorar:
«Suplico a Dios que perdone
a quien me manda matar,
y a sus gentes y consortes
syn quenta les demandar».
Aprieta la vez segunda
el cordel por le acavar,
y murió naturalmente
el que Dios quiera heredar
de la gloria perdurable
donde esperamos gozar.
   Ansí, después de ahogado,
comiençan a pregonar.
Dizen: «Esta es la justiçia
que mandan executar
el cathólico monarca
y Piçarro en su lugar,
porque á tomado por fuerça
con gentes esta çiudad,
y por traydor, y otras cosas
dinas de caluniar.
En pago de su delitto
le mandan descabeçar».
Llegados a la grand plaga
do le abrían de justiçiar,
le cortan en la picota
su cabeça con crueldad.
Los yndios hazen endechas;
comiençan a lamentar.
Dizen: «Muerto es nuestro padre.
¿Quién nos á de reparar?
Sepa estas cosas el Rey;
váyanselas a ynformar».
Otras palabras dezían,
mostrando muy gran pesar,
tales que a los que entendían
provocavan a llorar.
   Dexemos estar a ellos
y al cavallero sin par.
Sepamos sy sus amigos
bienen a se querellar.
Agora esperan en Cortes
que venga Su Magestad,
donde está preso Piçarro,
para averle de acusar.
Creo, segund la justiçia
nuestro Rey suele judgar,
que no quedará este hecho
sin pugnir ni castigar.