jueves, 14 de abril de 2016

Sin forma definida. La transición cultural en Ciudad Real. Versión definitiva

SIN FORMA DEFINIDA. LA TRANSICIÓN CULTURAL EN CIUDAD REAL

Ángel Romera Valero


Al analizar la digamos “Movida” cultural desde 1978 en Ciudad Real me mostraré algo subjetivo y personal, pues tuve una minúscula parte en ella, principalmente como editor y director de la revista Ucronía de la asociación cultural La Fragua. Escribo, pues, sobre una época que todos o la mayoría conocen, por lo que, antes de criticarme, espero los demás hagan lo mismo (si así lo quieren) y den su versión de los hechos, pues nadie puede tener el monopolio de la verdad, aunque sí, en todo caso, la cobardía de no intentar decirla a todo el mundo. Fuera de que la escribiré desde un punto de vista  ante todo literario y más ceñido a Ciudad Real, pues son los ámbitos en que me he “movido” y no puedo pretender saber de otros sin riesgo de marrar gravemente. Dicho esto, tengo que confesar que me ha costado un cierto esfuerzo evocar esta época porque, cuando nacía la Constitución en el año suprascrito, mis circunstancias familiares no eran muy agradables; no para todo el mundo la década que siguió fue “prodigiosa”.

Por entonces me hallaba muy lejos de saber que investigaría al más feroz defensor de otra Constitución, la de 1812, el ciudadrealeño Félix Mejía. A la vuelta de su exilio estadounidense e hispanoamericano incluso se había encontrado con otra, la reaccionaria de 1845, que establecía una soberanía compartida. La historia muestra que en España siempre a una Constitución progresista ha sucedido una reacción antidemocrática. Y no menos entonces que en 1978 se había confeccionado una para garantizar el poder a la monarquía y a los grupos del régimen que pretendían reciclarse a su sombra, sin contar verdaderamente con el inquieto pueblo más que por procedimientos de elección y propaganda muy discutibles y muy manipulados. Nuestro más importante regeneracionista (si omitimos a Francisco Rivas Moreno), el periodista demócrata de Almadenejos Fernando Lozano Montes, editor de Las Dominicales del Libre Pensamiento (1883-1909), ya había percibido bien el papel inmovilizador (que otros llamarían estabilizador) que el sistema monárquico tenía en España y aprovechó para resumirlo cuando Joaquín Costa le pidió un informe que añadir a los otros 60 de su Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla [1902]:

Me declaro conforme... con cuanto afirma que nos hallamos “gobernados” por una oligarquía corrompida y servida por un caciquismo servil y despótico a un mismo tiempo; que lo mejor en España se halla debajo y lo peor encima; por consiguiente, la revolución debe consistir en hacer que lo que está debajo se coloque encima y viceversa. Pero encuentro en ella una deficiencia de bulto, y es que se mantiene en el terreno de las opiniones, sin elevarse a los principios; y no elevándose a los principios, la resolución del problema planteado es imposible. Así, por ejemplo, al analizar los elementos componentes del régimen oligárquico, pasa como sobre ascuas por aquello que constituye su base y su cimiento, que es la Corona. (1)

No resulta, pues, extraño, que en el único país donde ha triunfado el fascismo (o esa típica versión española del fascismo, despreciable bajo el nombre de fachismo) reciclándose en monarquía constitucional nadie haya querido o podido reformar una Constitución monárquica tan forzada, vieja, desobedecida, anulada y superada como la de 1978, cuando ni siquiera los instalados (y no hay nadie más instalado que el Rey) desea ver otra nueva. Uno de sus padres de hecho y quizá de derecho, Miguel Herrero de Miñón, en sus Memorias de estío [1993], la encontraba muy semejante a las postcoloniales africanas; tendría que haber añadido que es igual de ineficaz y bananera.

Ya que no he visto ni un solo episodio de Cuéntame, creo estar libre de la maldición que el Eclesiastés (VII, 10) asesta a los melancólicos: no idealizo el pasado (quizá porque he aprendido algo en el camino y no al revés), con lo que admiro la atinada frase con que Françoise Sagan tituló sus memorias: La nostalgia ya no es lo que era. Pero me van haciendo viejo y, como los soldados de cualquier guerra, al retornar a casa no me gusta contar las batallitas que solo refieren los mentirosos que no han peleado, sino creído que peleaban en ellas: todavía me duelen los balazos de la refriega y sé que nunca hubo ni habrá victorias. Los resultados de una democracia tan degradada y de tan baja calidad son los que son. Una democracia se construye a golpe de protestas y, acostumbrados durante cuarenta años a no protestar, a que se enmudecieran o reprimieran los gritos, el pueblo sabía o creía saber que las leyes se habían hecho para burlarlas, que eran leyes para poderosos, y han visto en efecto a los gobiernos demasiado a menudo renegar de sus programas electorales e ignorar varias huelgas generales, de suerte que se ha llegado a acuñar la frase, por tantos conceptos tan española, de “usted diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana”. Y, concluido el mitin, entro en materia.

Por supuesto, los que dudan de la existencia de una Movida viguesa o madrileña rechazarán definitivamente la de una manchega; pero he de decir, con los papeles en la mano, que para los que vivimos entonces la hubo (o se la inventaron, si no es lo mismo: incluso en Nueva York Dionisio Cañas, un tomellosero nacido en 1949, intentó crear una movida neoyorkina, el proyecto “Estrujenbank”, culminado con la publicación en 1992 de una colección de textos titulada Los tigres se perfuman con dinamita). (2) Fue, sin embargo, un fenómeno muy disperso por Puertollano, Ciudad Real, Valdepeñas, Madrid… En Puertollano fue cosa de los periodistas Julián Gómez y Alfonso Castro y los políticos Marcelo Expósito y Manuel Juliá, este último también periodista, narrador y poeta, así como del catedrático Alfonso Mugas, quienes editaban el fanzine Necronomicón, también nombre de un sello de casettes de Expósito que empezó en 1984 y llegó a los cuatro números. Esta revista, junto con la que editábamos en Ciudad Real, Ucronía, y los cuatro números de la muy posterior Autopsia, editada por el Círculo de Bellas Artes e impulsada por Alberto Muñoz Arenas y la asociación Dimes y Diretes, en la que participé dandole título y publicando alguna que otra sátira, es uno de los pocos o nulos vestigios de la movida manchega. Aunque, si hemos de remontarnos en el tiempo, y como ha señalado gentilmente mi amigo José Rivero, es preciso señalar que el verdadero manifiesto de la Movida manchega, al menos en el terreno de las disciplinas artísticas, lo escribió el artista y narrador José Luis Velasco Antonino (1937-1999) también conocido como Nino Velasco o Samuel Bolín, en su rarísimo y ya inencontrable libro Ciudad Real, mi amor [1979]. Nino Velasco, un artista itinerante que se había unido a la también escritora ciudarrealeña Carmen Morales Baeza, había fundado ya en Madrid en 1971, junto con Dominique Forest, el “Taller Esdrújulus”, y publicó en 1972 el cuaderno de historietas Seis escenas de interés en la vida de un burgués, un año antes del Rollo enmascarado de Mariscal y Nazario que algunos llaman el primer cómic underground de España y es en realidad el segundo. Velasco era ya un dibujante de vanguardia cuando no se sabía ni lo que era eso; ganó el premio Gran Angular de literatura juvenil y fundó en Ciudad Real el TEAV o Taller Experimental de Artes Visuales junto a varios artistas entre los cuales destacaron ulteriormente Carlos Muñoz Mendoza y Miguel Ángel Mila, este último muy estudioso de la época; el manifiesto de este grupo está firmado por Velasco y Mila en C. Real el 26 de septiembre de 1977.

Es preciso decir en un principio que este carácter “disperso” de la movida, que ingénitamente carece de sustancia local, impide hablar, como se ha hecho, de que fuera “abducida” por Madrid (los novelistas Juan Gracia y Macario Polo, los poetas Miguel Galanes y Pedro Antonio González Moreno; el notorio cineasta Pedro Almodóvar, etc.) o incluso Barcelona (Federico Gallego Ripoll). Pero en efecto algo se movía “sin embargo” por aquí, como en la frase atribuida a Galileo, aunque el magma creativo y revolucionario que contenía esa superficial corteza de naranjito llamada “Movida”, que otros han denominado “generación X” o “Afterpop”, (3) nunca pudo trascender o surtir muy lejos, en parte por su falta de rebeldía social, como veremos más adelante predijo Tierno Galván. Pero tocó algo de la realidad, que no es poco, puesto que dejó testimonios (o “restos mortales”, si se prefiere) que hoy podemos estudiar, si bien, para encontrar algo radicalmente verdadero habría que esperar muchos años después, a movimientos tectónicos más profundos y de verdad despreciados por el poder, como el 15-M, una consecuencia derivada directamente de la Gran Recesión del 2008. Este movimiento, plasmado en una revista de ese año como la referida Autopsia, resulta mucho más genuino y motivado y desde luego menos manipulado (aunque después lo manipularan algunos grupos políticos) que la misma “Movida”, pues la corriente así denominada en los ochenta existía solamente en la superficie, como epifenómeno, y por debajo todo permanecía tan plácida e intrahistóricamente igual como en el posfranquismo, muy al contrario que ahora, cuando el malestar se ha vuelto sísmico y deriva de una angustia cruda y dura.

Enrique Tierno Galván, en el ensayo liminar “Existencialismo sin angustia” de su El miedo a la razón [1986] apercibió claramente la superficialidad del fenómeno, su carácter “indiferentista” y dio razón de tres de sus características fundamentales: la tendencia a vivir naturalmente, la falta de compromisos sociales y políticos y la marginalización.

La tendencia a vivir naturalmente la interpreta como “descubrimiento de la sencillez preindustrial frente a la complejidad de la sociedad industrial moderna”. Lo artesano cobra entonces una gran importancia y al naturalismo se asocian el amor al ocio y a los instintos “naturales” igualmente liberadores de regulaciones convencionales y complicaciones... Pero “detrás de esta liberación no hay ningún utopismo, porque no existe la idea de transformar el mundo ni de enseñar o predicar una vida mejor”. Cualquier cosa que desborde el ámbito del grupo pequeño se realiza como “extraño” a él. Y con esto se llega a la segunda característica, su falta de compromisos sociales y políticos. “Estos grupos tienen conciencia de la necesidad de un estado burgués para poder vivir de modo distinto a como exigen las convenciones burguesas [...] Desde este punto de vista, los grupos marginales apolíticos practican una clase de aristocratismo que tiene mucho de común, en las conductas y en las ideas, con el aristocratismo burgués”. Son unos roussonianos que visten tan arbitrariamente y son tan seminómadas como el propio Rousseau, “al que tanto recuerdan, aristócratas sin blasones ni responsabilidad”. Porque “son el testimonio mejor de los ideales del burgués emancipado” quien, aunque libre de los prejuicios de clase, sigue siendo burgués en su individualismo. Es lo que más tarde se definirá con el término hipster. Esto se ve muy bien en obras teatrales de la época, como Bajarse al moro (1985) de José Luis Alonso de Santos.

Por último, la marginalización voluntaria de algunos grupos de jóvenes respecto de las convenciones y usos comunes procede “en la mayoría de los casos, de la frustración en cuanto a hacer reales las posibilidades personales que no son hacederas en la vida de la sociedad establecida. Los aristócratas con la mentalidad burguesa de superación de la burguesía, que viven una vida marginal, proceden de la frustración”. Y esta frustración conviene con el escepticismo y no con el odio, por lo cual no se rebelan, “se encogen de hombros ante la vida convencional de la gente no marginada, procurándose el trabajo que exija menos esfuerzo y dedicación, para disponer del mayor tiempo libre”. Exactamente lo que desembocará en el llamado “ninismo”, fomentado especialmente por algunas actitudes políticas en exceso complacientes, protectoras y en realidad malcriadoras y manipuladoras de la juventud, a las que quiere podar cualquier posible intervención en el poder, tolerando conductas que en otros países se prohíben, como el botellón, que un ciudarrealeño tan avezado a tratar a la juventud de esa época (en la que ha desarrollado toda su carrera) como el juez de menores Emilio Calatayud condena expresamente y con información de primera mano. (4) Actitudes como estas demuestran hasta qué punto el poder ha manipulado a la juventud para impedir la ruptura con la sociedad anterior, algo en lo que incidirá, ya se verá después, el llamado Informe Petras.

Sigue diciendo Enrique Tierno Galván que este tipo de juventud indiferente hasta el momento no ha aportado “nada especialmente valioso”. Podría decirse que es tan estéril como el franquismo porque no es sino un franquismo disfrazado de posfranquismo:

Detrás del escepticismo, la resignación y la indiferencia, quizá pueda descubrirse un remoto impulso utópico que sea el liberador de la angustia [...] La mayoría de estos grupos vive una vida sin realces que tendría que desembocar en la existencia angustiada como ocurrió entre las dos últimas guerras universales [...] Si esto no se produce, la razón está en una esperanza remota en la salvación por la naturaleza... quieren ser simples, aunque son el resultado compuesto de la decadencia capitalista y de la protesta. No alcanzan la simplicidad y se quedan en la esperanza de lo simple, p. 14.

Ese remoto motivo utópico oculta y evade continuamente la angustia, pero es definitivamente infecundo: la creación cultural requiere imaginación y esfuerzo y los grupos perseguidores de lo “sencillo” solo se limitan a desritualizar la convivencia por medio de todo tipo de actividades de charanga y pandereta: es una, escribe Tierno Galván, “aristocracia sin ritos”.

Por supuesto, esta forma de entender el mundo se podía manipular y de hecho se manipuló: el indiferentismo que señalaba Tierno Galván le vino de perlas a los políticos para hacer de las suyas y crear un cisma generacional que cortara toda posible relación de la juventud con el impulso progresista y socialrevolucionario que las víctimas de la represión anterior estaban ya demasiado viejas para auspiciar; el llamado "desencanto" en aquella época por una película homónima de 1976, El desencanto, dirigida por Jaime Chávarri sobre la dinastía literaria de los Panero. No hubo relevo generacional: UCD, PSOE y PP evitaron cuidadosamente la verdadera “democratización” de los tres poderes de la sociedad y los transformaron en una mera apariencia para guardar los mismos privilegios de siempre. “Hicieron a España ‘parecida’ a Europa”, concluyó el historiador Fernando García de Cortázar en el apéndice de su muy leída Breve historia de España (Madrid: Alianza, 2012). Demasiado pronto esa carta otorgada de 1978, compuesta por los sucesores de Franco para garantizarle un sillón al rey, se inactivó en lo que tenía de esperanzador y se volvió solo un instrumento para legitimar las aspiraciones de unos pocos. En su clasificación del constitucionalismo internacional, Karl Loewenstein no habría dudado en ponerla entre las que llama constituciones semánticas o pseudoconstituciones, esto es, “la aplicada, pero no tanto para regular el proceso político cuanto para formalizar y legalizar el monopolio de poder de determinados grupos sociales o económicos”. 

Y recuerdo que cuando debatimos este tema en la tertulia del Guridi alguien citó el informe sobre la juventud española que Felipe González encargó a un discípulo de Noam Chomsky, el sociólogo estadounidense James Petras; pero no se atrevió a divulgarlo y lo censuró; solo algunos nos enteramos porque lo publicó la desaparecida y minoritaria revista Ajoblanco en 1996 y circuló entre nosotros. Más o menos venía a concluir que las directivas culturales del poder habían desimplicado a la nueva generación, vaciándola de ideas anteriores: mirar atrás se volvió “feo” y la juventud perdió su fuerza, motivación y agresividad volviéndose paradójicamente reaccionaria cuando los tiempos pedían un progreso verdadero. Se hizo creer a la juventud que el progreso era la charanga y la pandereta y no el esfuerzo por cambiar las cosas. La evolución, que no revolución, se había detenido sustituida por una rebeldía sin objetivos, esto es, por una moda. Muchos notaron esa falta de sentido, se drogaron, se murieron, se suicidaron o se escondieron. Y... sin embargo, algo hubo. Los jóvenes éramos sinceros hasta cuando mentíamos.

Eloy Fernández Porta [2010] analiza más específicamente (y diría que más formalmente) la literatura y el arte de esa época que denomina Afterpop. Como ya resumí hace tiempo para otro contexto, son sus rasgos esenciales la fragmentación, la interdisciplinaridad, la sobresaturación mediática y el contraste e hibridación con la llamada “alta cultura” con que constantemente se mezcla. Se trata de una “literatura zapping” poblada por gran número de personajes que vienen y van y no entienden de nudos ni desenlaces, en la que es frecuente el collage y las apropiaciones de textos ajenos en nombre del “noble arte del reciclaje”, en realidad pura derivación de la irónica posmodernidad. Hibridan los idiomas y dominan las estructuras abiertas, con historias que se sabe cómo empiezan pero no cuándo concluyen. Muchos de ellos practican la literatura electrónica del blog o bitácora y mezclan los géneros literarios en una amalgama divagatoria a la manera metaliteraria de un Javier Marías, un Enrique Vila Matas, un Julián Ríos o incluso un Juan José Millás. Inconformistas, publican en editoriales minoritarias y abominan de la literatura convencional con el deseo de distinguirse claramente de los “comerciales”, “tardomodernos” o “modernienses”, como los llaman, aferrados a los géneros clásicos y que apuestan por una literatura de molde convencional: los afterpop quieren tecnologizar la literatura, curiosamente, para hacerla más íntima y cercana (algo por otra parte sumamente discutible). Es común a todos la crítica al poder de la imagen y los media y la superación del concepto de las dos Españas (algo en lo que habría que profundizar en línea al indiferentismo señalado por Tierno… y su también indicado utopismo). Fernández Porta habla de infosfera, frikismo, ciberpunk, página-pantalla, metamedia... y la consabida metaficción. Yo más bien la llamaría posficción: lo que hay después de haber renegado de contar una historia. 

Resume en varios principios “no-logos” esta estética: ironía constante; rechazo del realismo capitalista como una nueva forma de clasicismo; la equivalencia entre texto y paisaje mediático o mediascape, por medio de la propanganga o neonlogismo, que diría Julián Ríos; el reciclamiento de la alta cultura en contextos pobres y vulgares; la asunción seria de la frivolidad como máximo principio; una estética de espectáculo, híbrido al estilo circense, ferial y publicitario; un hedonismo esencial y un odio primitivista hacia el capitalismo; el recurso a la personificación de las cosas como reacción contra el consumismo y el desprecio a la reificación o cosificación de las personas; la revalorización de lo anónimo, como muestra del odio a las marcas; talante satírico (“el pop no es juvenil, sino juvenal”) ya que el punk es en realidad una estafa a la sociedad de consumo. En fin, la actitud fundamentalmente afterpop es la del coolhunter, que el lejano Walter Benjamin describió como “una deriva entre la voluntad de ser absolutamente moderno y la suspicacia respecto de las expresiones del mercado” [2010, 80].

Pero yo, ajeno entonces a esas ideologías de circunstancias, me pasaba el bachillerato entre libros (clásicos, policiacos y de ficción científica… con el tiempo llegaría a invitar a Ciudad Real al gran escritor ciudarrealeño de este género, Carlos Saiz Cidoncha), siendo uno más entre los raritos o frikis y unas pocas chicas demasiado formales, porque todavía no se había generalizado la coeducación; había huelgas de enseñanza y recuerdo especialmente cómo nos pasábamos un mes jugando a las cartas en clases vacías. Existían unos pocos profesores adorados entre los muchos aborrecibles y entre los primeros estaba doña Hortensia, que me inculcó un amor sin límites a la Historia del Arte; esperaba con verdadera ansia sus clases, sus filminas, sus excursiones a museos y castillos, algunas junto a su perra “Melibea”. Ya jubilada, aún la he visto pasearse con un pin oval en la solapa en que aparecía la Joven de la perla de Vermeer, apoyada en un bastón y tan inmemorial como uno de sus cuadros. Por otra parte, un temible profesor de filosofía, López se llamaba, iluminó para siempre mis pobres entendederas con sus clases, que fui uno de los pocos en aprobar; recuerdo con vigor las de fenomenología, neopositivismo y psicoanálisis. De otros malísimos podría hablar también, pero no merecen siquiera sacarlos del olvido. Asistía con agrado a las clases de griego con Róspide, quien nos hacía traducir fábulas de Esopo (lejos estaba de saber que llegaría a editar yo mismo una colección de fábulas de Iriarte y Samaniego) y también a las de literatura con una buena y elegante profesora, doña Blanca, muy sacada de mayo del sesentayocho. En ambas materias usábamos libros buenos; para la literatura, los de Fernando Lázaro Carreter; me gustaban tanto que me leía las lecciones incluso antes de que se explicaran; en mi casa, por otra parte, conseguí que nos suscribiéramos al Círculo de Lectores. También frecuentaba la biblioteca municipal y compraba, conseguía o leía por mi cuenta tebeos y libros baratos de la editorial Bruguera y de la editorial Molino, así como los de Richmal Cropton sobre el anarquista vestido de niño Guillermo, responsable de mis primeros conatos de escritura literaria: me encantaba cómo escribía esa señora e intentaba reproducir su frescura. Luego descubrí que Fernando Savater y Javier Marías, entre otros también picados por el gusanillo, habían compartido también esa afición, y me sentí gratificado por saber que la literatura emana de una raíz común o muy semejante, aunque con ellos me llevaba una decena de años. Los autores de literatura juvenil (Verne, Wells, Salgari) apenas me duraron seis meses; pasé en seguida a todos los autores relevantes de la literatura policiaca (Conan Doyle, Hammet, Chandler, Thompson, Irish...)  y de la ficción científica (odio el anglicismo ciencia-ficción): Asimov, Heinlein, Clarke, Farmer, Lem... Muchos autores menores y también bastantes clásicos: Cervantes, Defoe, Dickens, Melville, Poe... incluso Borges, cuya prosa completa ya me había leído a los dieciocho años. En cuanto a los libros que me obligaban a consumir en el instituto... para qué decir nada; solo disfruté del Lazarillo y del Buscón, así como de la antología que ofrecían los libros de texto y le cogí una antipatía mortal a Ferlosio y su artificioso Alfanhui, hoy completamente olvidado; como narrador no vale lo que como ensayista, a excepción, claro está, de El Jarama, si le quitamos su magnetofónica sequedad. Más adelante habría de leer y anotar toda la poesía de Góngora, Quevedo y Lope de Vega. En tercero de BUP ya leía yo, un mocoso de dieciséis años, a Carl Gustav Jung solo porque me había parecido interesante lo que el profesor López había dicho de él; no pude conseguir nada de Husserl y Wittgenstein, hasta más tarde.

Me había convertido sin darme cuenta en un lector furibundo y en un friki al hipercubo. He llegado a desenterrar las razones íntimas que me produjeron así, pero solo revelaré aquí el motivo externo que desencadenó mi amor no ya a la lectura, sino a la escritura, bastante más trivial. En octavo de EGB me dieron uno de los premios de redacción del hoy veteranísimo concurso de la Coca-Cola, que tantos profesores desprecian. El caso es que a un muchacho como yo, eso de que le dieran algo por escribir en una familia en que se contaban las monedas con la misma codicia que Gollum tenía por su anillo, me hizo tomarme la literatura en serio: compraba los libros y tebeos más baratos y buenos que pudiera encontrar y coleccionaba de todo, hasta catarros, con una codicia de tío Gilito; la literatura era entonces una especie de avaricia que te libraba de otras miserias afectivas o de comunicación. Entonces, en algunas tiendas podías cambiar tebeos a duro, y esto multiplicaba ad infinitum tu capacidad de lectura, relectura y requetelectura, porque cuando no tenías algo nuevo que llevarte a las manos te volvías a repasar los libros que ya poseías. Y, por leer, leía incluso las páginas de la naturaleza: recuerdo en especial los fósiles que buscaba subiendo por las escombreras de las minas de Puertollano, las piritas y cinabrios que me trajo mi padre, siempre de viaje; el yeso cristalizado que encontré en la laguna de Caracuel o las conchas fósiles que compramos en un viaje a la Ciudad Encantada de Cuenca.

Y además estaban las afinidades electivas. Desenraizado de una para mí mítica Jaén a los ocho años, había pasado parte de mi infancia y adolescencia en Puertollano cuando de nuevo nos trasladamos a Ciudad Real, donde estudié el bachillerato y empecé a frecuentar un grupo de escritores jóvenes que se reunía en el antiguo cafetín de San Pedro, donde recuerdo que actuaron una vez el Reverendo pianista y Jesús Monzón, más conocido como “Gran Wyoming”. En el Cafetín se reunía el grupo “Cálamo”, una serie de poetas jóvenes sesgados en 1979 del grupo “Guadiana”, al que llamaban carca y demasiado hijo del arado, del paisaje y del melón de huerta (horresco referens!); en él me introdujo un compañero de tercero de BUP, el poeta y colega de carrera y profesión Fernando José Carretero, un gallego de Pontevedra injertado a la fuerza en el secarral de La Mancha que padecía una saudade sin límites. En el cafetín de San Pedro nos partíamos la crisma casi todos los días jugando al ajedrez; FJ era hijo de un juez tan galaico como él y leía a poetas extranjeros de que yo no había oído nunca hablar. Además, gracias a su padre y el grupo “Cálamo” tenía contactos y se enteraba de cosas como concursos, antologías, subvenciones etc... de lo que empezó a no contarme nada cuando empecé a ganar los premios de poesía de la residencia universitaria “El Doncel” y de la Asociación Marzo, de que él me había informado; entonces se volvió algo remiso conmigo, quizá por pelusa; luego llegaría su turno, cuando le editaron en la Diputación un libro horroroso, como todos los primeros, pecado que logró vencer luego en la Universidad con otro cuyo mecanoscrito original poseo en una carpeta: Interior beige con ausencia (1988); quizá sea porque conozco a su autor y sé de qué va, pero me encanta este libro y creo es por los méritos objetivos del mismo. Lo que escribió después (Los días demorados) nunca igualó ese esplendor fruto de la represión que entonces sufría; pero yo sé que muchos de los que guarda inéditos son bastante mejores.

Este y otros poetas jóvenes (y bastantes más maduros) figuran en su mayor parte en la antología Ciudad Real: poesía última [1984] que tuvo dos ediciones: una sin F. J. y otra ampliada con él y María del Carmen Matute [1985]. El promotor del elenco fue José M.ª González Ortega (1958), uno de los que figuraban en el primer repertorio, que él seleccionó en parte, maquetó y había conseguido financiar con fondos de la Diputación, vendiéndoles el cuento de la novedad y tal, al margen del grupo Guadiana, que odiaba; yo no figuraba entre otras cosas por cuestiones de registro civil: no había nacido aquí, aunque mis padres fueran manchegos (cualquier pijada de estas sirve para excluir, sobre todo cuando le ganas al maquetista y antólogo un premio Doncel de poesía) y había vivido más en estas tierras que otros que se fueron a vivir fuera. Por demás, la mancheguitis en González Ortega era igual que la de sus odiados guadianeros y en eso no se distinguía demasiado de ellos, pese a lo cual incluyó a los levantinos Pillet y Cañigral y Carbonell y al pacense Gutiérrez, gran sonetista este. Más tarde, en 2009, volvió a publicar una antología de quince poetas ciudarrealeños (Detrás de las palabras: Posguerra y Transición en la Poesía de Ciudad Real, Almud, 2009).

Los autores  incluidos en la primera edición de la antología de la Diputación fueron dieciséis, a los que se llamaba en el prólogo "posnovísimos": María Alcocer, Joaquín Brotons, P. Antonio Callejas, Dionisio Cañas, Luis de Cañigral, Raúl Carbonell, el “sensista” Miguel Galanes, Federico Gallego Ripoll, Pedro Antonio González Moreno, José M.ª González Ortega, Antonio Gutiérrez, M.ª del Prado de Juan Lérida, Lorenzo Martín del Burgo, Jesús Martín, José Luis Mora Cuesta y Felix Pillet Capdepon. Muchos de estos eran socialistas (Martín, Pillet, por lo que sé), profesores de universidad (Cañigral, Cañas, Pillet) médicos (Alcocer, Callejas), profesores de literatura de instituto entonces o en ciernes (González Moreno, Mora, Galanes, Martín del Burgo) o actores (González Ortega, Gallego). Cuando ha pasado ya tanto tiempo, los únicos valores líricos sólidos que han quedado de esa panoplia (a juicio de mi sensibilidad, que, por lo que veo, no le va muy a la zaga de los premios de poesía que se conceden) son Pedro Antonio González Moreno y Federico Gallego Ripoll; todos los demás pueden, en todo caso, tenerse por retóricos estimables; la poesía de Cañigral, a la que dediqué antaño un estudio bastante completo en un volumen misceláneo que hoy tendría que reescribir [1993] es, sin embargo, un refinado juego cultural (en parte: también hay algo más oculto), pero que se agota en sí mismo y no ha tenido continuidad (que yo sepa); los otros autores son más irregulares y, aunque puedan tener algún momento de brillo, padecen caídas del tipo “publicar por publicar”, pues si hay algo que debe imponerse un sacerdote de la lírica es respetar a los dioses y no invocar su presencia demasiado a menudo. Otros, sencillamente, no pueden llamarse poetas, sino críticos (Cañas, a pesar de su larga trayectoria o quizás por ella y su siempre problemática lejanía; Cañigral, Carbonell, Galanes, González Ortega) o prosistas (Alcocer, Pillet). O permanecen inéditos todavía (J. F. Carretero Zabala).

Como es natural, unos jóvenes con estas apetencias tuvieron que terminar estudiando Filologías en el reciente Colegio Universitario de Ciudad Real. Era esta una institución que, al abrirse las puertas del empleo universitario con la aparente democracia, había servido de coladero a los que tuvieron el aviso de pegarse a un carnet del PSOE; estaba llenito de profesores de ese sesgo, aunque también de algunos fachistas pendientes de emigrar a mejor puesto y exreligosos que se habían rellenado muy bien el currículo con notas hinchadas en coles de curas e innumerables artículos publicados en revistas del Opus Dei. Esa avalancha sirvió, en fin, para obstruir las vías de acceso a la docencia a los que venían de una generación posterior sin coleguillas ideológicos ni ganas de lamer culos y por eso les llamaron con alguna justicia la “generación tapón”. En el primer año un catedrático venido de las estepas leonesas, Joaquín González Cuenca, que descabezaba colillas contra el suelo con tal furia que les hacía soltar chispazos de soldadura autógena, nos advirtió de que nos iría bastante mejor si poníamos una ferretería; éramos entonces unos sesenta estudiantes; en segundo ya éramos treinta y en tercero quedábamos ya solo unos diez tontolhabas (y dos de ellos venidos del llamado “curso puente” de Magisterio) creyentes en la biblia gramatical. Yo era uno de esos, todos desencantados, por usar el palabro generacional que nos volvía a todos ranas; muchos sin duda más despabilados buscaron acomodo en otros lares o en otros estudios, en parte huyendo del griego y de un legendario profesor de latín, Luis de Cañigral (al que llamaba yo “indeclinable” cuando González Cuenca me corrigió a “defectivo y semideponente”. Este era capaz de hacer llorar a las chicas no de amor precisamente, sino ante los hexámetros de la Eneida, pero es cierto que sabía algo de latín, y lo que es más raro, lo enseñaba. El caso es que entre nosotros algunas de las que prometían más fueron abducidas por el matrimonio pueblerino y la cría de niños y melones, así que no ejercieron otra cosa que sus labores; en la enseñanza solo acabamos cinco, de los cuales tres resultamos plumillas: Fernando Carretero Zabala, José Antonio Alcaide Negrillo (un benetiano que me enganchó a Céline al recomendarme su extraordinario Viaje al fin de la noche) y yo; otros, sin duda con papás más forrados, prefirieron irse a continuar estudios a Madrid, donde había profesores más blanditos, o más lejos incluso. Alcaide, por cierto, me obsequió con algunas de sus novelas, como Los funerales de la pasión; recuerdo con especial agrado su relato La decadencia del coche fantástico, que me hizo reír muchísimo.

Tras el mentado filtro darwinista los que quedábamos aquí éramos unos voraces ratones de biblioteca y bastante chalados, la verdad. Éramos tan pocos que conocíamos a los otros de promociones anteriores o posteriores, entre ellos mi amiga María Elena Arenas Cruz, luego mujer del citado Joseantonio, gran cabeza la suya, que ha dejado estudios de primer orden sobre el ensayo como género y sobre el afrancesado daimieleño Pedro Estala, helenista a quien llamaban “Damón” los arcades salmantinos no por ser un pastorcillo o evocar al músico griego precisamente, sino por ser aumentativo de “dama” (por nuestro XVIII mariposeaba además un Gran Inquisidor, el obispo Bertrán, y un poeta pedófilo y deslenguado como el padre José Iglesias de la Casa, gran perseguidor de culos tiernos, e inspirador de otro poeta tan maricuela como el decimonónico Gabriel y Galán). Yo me había topado con ese tema de investigación y se lo indiqué a Elena, que nos dio luego el libro magistral sobre el personaje que nos faltaba, pues ni yo tenía tiempo ni lo habría hecho mejor. Ella correspondió dedicándome el libro..., junto al ninot Luis de Cañigral, quien, a pesar de ser grecizante por muchos motivos, si he de usar la palabra de Moratín, no tenía ni idea de quién era este quídam.

Por entonces, en 1980, empecé a escribir poesía, arribada ya la Movida. Como entonces no se podía concluir la carrera en C. Real, yo había tenido que marchar a hacer los dos últimos cursos a Madrid. Me instalé en Canillas, al extremo de la línea marrón o cuatro del metro, dos horas de ida y dos horas de vuelta desde la facultad, en el apartamento de un solo dormitorio de mi hermano, un ingeniero de telecomunicaciones medio autista, de forma que tuve que durmir en el sofá cama de su salón durante dos años, muy encogido, porque soy muy alto y me asomaban los pies. Cuando se me agotaba el presupuesto me pasaba hasta tres días sin comer, pues mi hermano tenía un lío y había fines de semana en que no acudía por casa; me nutría de una mezcolanza que entonces denominaba “ensaladilla universal” y cuando se acababa el combustible no había otra salida que mantenerse de agua de grifo y del frío aire de esa orilla de Madrid (más allá de campiña y estercoleros, se atisbaba el aeropuerto de Barajas) hasta que venían los ansiados fondos. Pasaba tardes enteras en la biblioteca resumiendo libros. Por cierto que un día intentó forzar la puerta el marido divorciado del ligue de mi hermano sin saber que yo andaba por allí; abrí la puerta, lo pillé en bragas y el interfecto salió corriendo tan despavorido que aún no sé si fue por mi aspecto barbudo y desgreñado o porque no se lo esperaba.

Mis notas, bastante desiguales en Ciudad Real, aumentaron prodigiosamente; tal vez los profesores de Madrid eran más blandos que los zurrados de aquí. La verdad, algunos eran muy vagos, incluso en el sentido de “difusos”, como Antonio Prieto, a cuyo libro homenaje de jubilación contribuí con un artículo, porque para ahorrarse papeleo y tiempo recurría al examen oral; el pobre no había conseguido acabar la carrera de medicina porque había tropezado con uno de esos profesores hueso que tanto detestábamos. Luego se marchó a la Universidad de Pisa y volvió convertido en un petrarquista. En fin, leía y anotaba yo muchísimo, no como ahora, que casi todo se me cae de las manos y no hago sino pasar pantallas; me despaché a los clásicos: Lope, Quevedo y Góngora, Cervantes, rarillos del XVI y del XVII como Aldana, Bocángel, Villamediana. Poesía francesa (Paul Valéry, sobre todo, y luego Leiris y Jude Stefan, comprados en el boulevard Saint Germain en una excursión para jóvenes —todavía no he conseguido traducir la Letanía del escriba del último: desafío a cualquiera a hacerlo, si puede—); alemana (Goethe, especialmente sus Epigramas venecianos y las Elegías romanas, Feuerbach, Rilke, Brecht, Celan, Benn,...); italiana (el genial y deprimente Leopardi, el irredento Pasolini, y buenas ediciones de Dante y Cecco Angiolieri, compradas en el viaje de fin de curso a Roma, llena de gatos y ruinas, en el camping Flaminio); española (entre los modernos, especialmente Ángel González, el José Ángel Valente de Mandorla, Cernuda y el último Aleixandre; admiré el J. R. J. modernista y el de Espacio, pero no conseguí entusiasmarme con el seco Guillén)... Con el tiempo llegaría a especializarme en posrománticos raros, como Larmig o Campo Arana, de los que creo que nadie sabe tanto como yo; el primero en especial era un portento envidiado por el mismo Núñez de Arce hasta que se rajó de oreja a oreja con una navaja de afeitar. Conocí y traté al hijo homónimo del poeta viajero Ángel Crespo, que acudía por una famosa librería de entonces, Tartessos, pero en esa época solo leía a su padre como traductor de la Divina Comedia; ya se había divorciado y unido a Pilar Gómez Bedate y vivía con ella en Barcelona, después compré y admiré los aforismos de su Claroscuro, sus interesantes ensayos e iluminadora autobiografía y sus últimos poemarios, los mejores.

Sin embargo, la lírica que más me atrajo entonces porque la encontré verdaderamente cercana a mí fue la norteamericana, que ya conocía de tiempos del bachillerato cuando F. J. Carretero me interesó por el canadiense Leonard Cohen, el “depresivo no químico más fuerte del mundo”, cuyos libros compraba o mangaba por entonces. Compré una antología bilingüe de Claribel Alegría y D. J. Flakoll, Nuevas voces de Norteamérica (Barcelona: Plaza y Janés, 1981) de la que me impresionó definitivamente la llamada “Escuela del cuarto cerrado”: Mark Strand, ante todo, aunque también poetisas rebeldes, sociales y feministas como Susan Griffin. De ahí pasé a sus antecesores de la generación Beat: Allen Ginsberg y Gary Snyder; por supuesto, y remontando aún más en el tiempo se añadió un puñado de clásicos imprescindibles: a la Balada de la cárcel de Reading de Wilde se añadieron Walt Whitman y Emily Dickinson, mal vistos y peor leídos; Poe, disfrutado como nunca; el sepulcral Edgar Lee Masters, los Cuatro cuartetos del complejo T. S. Eliot y lo poco que pude descifrar de los frikis decimonónicos Robert Browning y Charles A. Swinburne, ambos aún sin traducir (que parece mentira). Siempre me ha parecido un crimen que, queriendo como se quiere homenajear a Ángel Crespo fundando un premio en La Mancha, y siendo como él era un traductor eminente y no solo excelente lírico, no se haya optado por crear una beca o premio de traducción y edición, siendo como es tan necesario. Tanto y más en cuanto que existen en Ciudad Real las facultades de varias filologías.

Los sábados me iba a la Cuesta de Moyano en busca de gangas y empecé a frecuentar la Biblioteca Nacional con motivo de mi tesina sobre el cervantista, gramático y protestante manchego Juan Calderón, cuya Autobiografía estudié y publiqué (ahora se va a publicar una edición considerablemente corregida y ampliada) viajando en busca de documentos además a varios pueblos y al sótano del colegio El Porvenir de Madrid, en busca de la tercera edición barcelonesa, que doy definitivamente por perdida. En Madrid había encontrado a otros estudiantes con más dinero o con mejor acomodo que se habían instalado allí desde primero sin pasar por el Colegio Universitario de Ciudad Real. Alguno que logró entrar en el círculo del llorado Bousoño, a quien llamaba González Cuenca Bucéfalo... no diré por qué, pues se puede adivinar, se fue a Italia, como el budista valdepeñero Fernando Martínez de Calzada, que fue el primero en adentrarme en esa filosofía. Yo ya era cinéfilo desde que me colaba en el hoy destruido Gran Teatro de Puertollano, un coliseo calado por manchas de humedad, para ver programas dobles; costaba cinco duros que no siempre tenía y me veía cada película dos veces muchas tardes que me pasaba enteras hasta que caía la noche; como procuraba reducir a letra todas mis aficiones me compré libros sobre cine y escribí un pequeño trabajo sobre la materia, además de estudiar más tarde el coleccionismo de programas de mano (de los que me gustaban especialmente los alucinados carteles de color antirrealista por Josep Saligo Tena). Quien quiera ver la sociología oculta de esas obras maestras de la cultura de masas hará bien en fijarse en las pequeñas viñetas monocromas que a sus pies solían burlar crípticamente la censura y que obraban a manera de subtexto. Pero la generación siguiente era aún más cinéfila: un curso después de mí en el instituto ya venía un tal José Luis Vázquez, a quien recuerdo llevaban en silla de la reina por los pasillos del instituto. 

Por entonces ya tenía yo entre mis cercanos algún proyecto de novia que siempre terminaba desastrado; eran unas antimusas gamusinas y aburridas, aunque con más curvas que la cara oculta del As. O nos faltó pasión, o el suficiente hormonaje, pero la más estimulante fue una a la que llevé a ver Terciopelo azul en Madrid del neosurrealista David Lynch; andando el tiempo la dejó embarazada un fotógrafo al que llamaba "Frank" y pasados los años me hizo una de esas llamadas telefónicas descolgadas en el tiempo que son como llamadas de auxilio ya imposible; al menos he recibido tres de esas, que sin duda algunos de mis lectores habrán también recibido, si han sido tan desamorados como yo. Entre lo mucho que vi por entonces puedo destacar Blade runner, cuando nadie entonces le hacía caso; fue una de las grandes películas de la época y ahora muchas listas de las mejores películas de la historia la han encumbrado a primeras posiciones. En esa época solo lograron conmoverme además filmes como La commare seca, de Bertolucci, que vi una inolvidable noche cuando en televisión echaban cosas raras y no solo mierda, y las obras maestras de Bergman en las incómodas lunetas del cine club Juman, cada vez menos “dirigido” por el característico Long Silver Paco Badía (otro coleccionista de programas de cine, cuya colección fuimos a ver yo y mi novia y futura espoa).

Contemplo todo eso a la vez con melancolía y algo de grima, pero cuando veo que hoy hacen tertulia solamente las viejas en cafés donde antes se arremolinaba la juventud estudiosa y la muerte pura y dura de la cultura asesinada por el gobierno, la televisión, la prensa cebollona y tantos adocenadores desalmados, ya sin esperanza de resurrección o metempsicosis, la verdad es que siento que las cosas, en efecto, han ido a peor definitiva e irremediablemente.

La Facultad de Letras del antiguo Colegio Universitario de Ciudad Real era un bar en cuyo entorno se daban más o menos clases; por entonces estaba decorado con pinturas rupestres de Fuencaliente y es cierto que era una nada platónica taberna con tabernícolas que iban a dar clase medio mamados; en su biblioteca, presidida por una marmórea señorita Prado de ojos azules como el mar, me pasé interminables horas traduciendo y midiendo hexámetros de Virgilio y dísticos elegíacos de Ovidio, aunque el latín que entonces aprendí me vino más de forma auditiva e infusa, como la paloma a los apóstoles, y a fuerza de traducir, que por arte de codos. Un cierto tipo de conocimiento no se aprende, se contagia. Y yo me contagié de latín, no sé muy bien cómo: se nota que virus (“veneno”) es palabra latina.

Yo me juntaba con una pandilla de raros de los que luego surgió la tertulia del Guridi. En aquella árida Ciudad Real iba a comprar pipas a una simpática lesbiana llamada H. que luego resultó ser una dolida poetisa; me saqué las oposiciones y di clases en un instituto ciudarrealeño y la veía venir a recoger a su novia, una rubia virago que estudiaba COU y la traía por la calle de la amargura sin hacerle apenas caso; publicó un libro de versos. Un empleado de banco, Federico, que colaboró luego con cuentos en la revista que dirigí, Ucronía, terminó por hacer de conductor suicida en la carretera de La Coruña y se cargó a una familia entera, además de a él mismo. Me caía bien y nunca se me ocurrió pensar que terminaría así esta aparente mosquita muerta (o más bien suicida, pues ya le habían salvado la vida unos amigos de la tertulia; todo cuanto hicimos no sirvió de nada). De un cuento publicado por él en la revista se deduce ya su drama interno. Otro personaje de ese grupo era mi amigo Paquillo, con más cociente que Einstein, a causa de lo cual (y de ciertos problemas a él no debidos) no pudo acabar la Secundaria y fue expulsado del PSOE por faltón. Pasamos noches interminables hablando de libros, de política y de mujeres, jugando al ajedrez y analizando todo lo habido y por haber. Se lio con una profesora divorciada en Murcia y ganó algún que otro concurso de poesía. No lo he vuelto a ver, pero sé dónde está y desde luego no voy a decir dónde a los amigos que lo echamos de menos, pues eso solo le incumbe a él. Si por entonces andaba yo en la Movida ciudarrealeña no me daba cuenta porque la verdad es que por más que estuve tangente, secante o circunscrito en algunos de sus círculos, unas veces dentro, otras fuera y otras mirando desde el burladero, me dejaba ir.

Cuando uno mira atrás, solo echa de menos la gente; eso decía Holden Caulfield al final de El guardián entre el centeno. Pero Holden Caulfield tenía el talón de Aquiles común a todos los adolescentes que su hermana Phoebe, con menos años que él, le soltó a la cara de esta manera: “No sabes lo que quieres”. Y es así: la juventud siempre está abierta a todo, es pura contradicción; es un rasgo tan característico como el de no estar para nuevos trotes en el caso de la vejez. Y eso nos pasaba a todos los adolescentes creciditos de entonces. Muchos se marcharon o murieron, o se quedaron aquí envueltos en la sábana del silencio, que es otra manera de inexistir. Este mismo escrito se debe solo a que alguien quiere que se escriba y se lea y por eso os pertenece más que a mí. Porque habla sobre la gente y lo que hacían y deseaban hacer entonces y, como he dicho, solo la gente es lo que interesa realmente, pues solo ella puede dar significado a las cosas. Luego está la forma, quiero decir la poesía: para ello se requiere la ayuda del yo y unas pocas palabras… o metáforas. Es lo único que puedo aportar a los hechos, pues, como ya dije en un poema, “escribo para ver si es verdad”.

Por entonces Jesús Barrajón, uno de la movida valdepeñera de mis tiempos universitarios con el que coincidí en alguna oposición madrileña, que ahora es profesor en la Universidad de Castilla-La Mancha, publicó una edición eminente del Teatro completo de Francisco Nieva con magníficos grabados (como artista plástico es tan bueno como escritor). Nieva, un antiguo postista, como Ángel Crespo, publicó luego sus magníficas memorias bajo el título Las cosas como fueron, que recomiendo os leáis, pues más friki que este abuelo retozón y viajero nunca nadie lo podrá ser en La Mancha. Junto con el toledano Antonio Martínez Ballesteros (siempre atento a la actualidad, por más que la actualidad no esté atento a él: ha pasado desapercibida su obrita Desahucio, de 2013) y Domingo Miras, autor de La Saturna (1973), son los únicos dramaturgos manchegos viejos que merecen crédito hoy, cuando tanto se insiste en estrenar modernidades que son capaces de olvidar toda la historia de la cultura... y morirse por falta de raíz nutricia. Por demás, hay que encarecer la enorme labor de Miguel Muñoz de Morales, director y creador en 1991 del privado Teatro de la Sensación en Ciudad Real, que se mantiene contra viento y marea y parece imposible: él es el autor del milagro (o truco, ejem: algo muy teatral). Pero, con todo, un defecto, el ya señalado: solo se dedica al teatro de vanguardia. Ni el mismo Bergman se atrevió a tanto, cuando estrenaba a Strindberg y llenaba sus obras de alusiones al teatro clásico sueco.

Siempre he sido asiduo lector de autobiografías, que prefiero a las novelas por tratarse de experiencia genuina calificada por quien la sufrió: no hay nada más directo que eso, cuando en todo busco a la gente, como he dicho. También en la lírica y en el ensayo se puede encontrarla, o más bien sus sentimientos, sus ideas, su concepción del mundo. La narrativa, por el contrario, es biografía degradada con mentira... salvo que tenga componentes autobiográficos, algo bien raro. Pero lo peor de todo son los que confunden la literatura con el paisaje: para algunos escritores, en realidad aficionados, no hay otra cosa que el paisaje manchego, algo que se vería mejor en pintura o con cromos de chaval; se pondrían malos si tuvieran que escribir sobre personas o sobre sí mismos (véase lo dicho sobre la autobiografía). Lo mismo cabe decir de la fotografía: es la aborrecible cultura de la imagen actual. Escribir de uno mismo es escribir de todo el mundo, y solo a través de uno mismo puede uno darle la mano a los demás.

En fin, que poco a poco me fui transformando en un ácrata barojiano sin espoleta (ya en la bachillería me había leído esa especie de breviario de dogmatofagia que es su Juventud, egolatría) y era incapaz de desconsiderar cuestión alguna y ponerme límites, algo que incluso ahora padezco y lamento. 

Tertulias de la época

Pero me he desviado demasiado de mi propósito, que no es otro que el de comentar la cultura tras la Transición tal y como yo la viví. No sé cómo, se empezó a reunir en el Guridi, un local de la pintoresca larga calle Libertad (con su nueva Gata Loca, con su Compás, su Hermandad de la Flagelación y sus prolongaciones y cortes ácratas y tabernarios y sus tres cipreses) que había comprado un ebanista de Piedrabuena llamado Juan, un grupillo de gente de todas edades y sesgos. Me condujo  a esa guarida Javier Trujillo Sánchez, prematuramente fallecido con 57 años de un tumor cerebral. Era un tullido del brazo derecho que pasaba mucho tiempo en la calle y llegó a ser mi más fraternal amistad en una época en que andaba buscando una Arcadia imposible. Lo conocí cuando “echaban” por la televisión una serie que me hizo mucho efecto sobre una novela de Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead. Sus escenas de decadencia y calaveradas juveniles eran muy de nuestra época, aun correspondiendo a los felices veinte: nos sentíamos así, bebiendo cerveza y haciendo concursos de gritos para ver quien levantaba más vecinos (hoy que me cuesta tanto dormir me arrepiento sinceramente). En mi biografía, la entrada de Javier Trujillo fue providencial: fue la ventana por la que entró a raudales un aire vivo que me hizo descubrir a muchos otros buenos amigos y fertilizó un tiempo muerto de estéril sequedad. Cantaba en el Coro de la Universidad y todavía lo echo en falta, como él mismo echaba en falta mover su brazo derecho a causa de una meningitis que lo dejó tullido a edad muy temprana; esa pérdida tuvo unas consecuencias encadenadas imprevisibles: siendo de suyo apuesto, esta minusvalía lo transformó en un paria bohemio y greñudo, que no podía andar correctamente y aparecía desaliñado porque no conseguía manejar el peine y ajustarse la ropa con el arte que todos los que usamos la extremidad natural damos por supuesto. Era difícil también distinguir sus palabras, porque el tener que usar el brazo izquierdo siendo diestro y la mitad derecha del cerebro le había provocado una dislexia oral que perdía al momento cuando arrancaba a cantar como los ángeles (si linguis angelicis / loquar, et humanis...). Era muy devoto del Cristo de la Buena Muerte y la Hermandad del Silencio, a cuya procesión no faltó nunca. Ahora podrá integrarse en los coros de los serafines e incluso tocar la guitarra celestial con todos los brazos nuevos que necesite. Su minusvalía, que podría haberle hecho  solitario y gruñón, era compensada y superada con una gran nobleza y bonhomía y facultad para hacer amigos hasta en las cloacas. Le dedico estas palabras de afectuoso recuerdo, donde quiera que esté, por los buenos ratos que me hizo pasar; a él, a una de esas pocas personas que siempre es grato recordar.

La tertulia del Guridi, que llegó a oficializarse como Asociación Cultural La Fragua, reunía al escritor y sociólogo Francisco Chaves Guzmán, gran lector de Pier Paolo Pasolini y apasionado denigrador de las hordas de la modernidad; a José Luis Margotón (un  cineasta y escritor que era además factor de RENFE, y marxista y sindicalista irredento); al juez de menores, dramaturgo, crítico  y poeta Carlos Cezón, al pintor Paco Carrión, de insuperable fantasía, bohemio, dolido, vividor de Barcelona y hoy mismo víctima de una desastrada operación que le obliga a caminar con bastón, a mí mismo y a unos cuantos más. Juntos editamos y escribimos los cuatro números trimestrales de la revista Ucronía, que dirigía yo, con vistosas portadas de Paco Carrión. Por la órbita de la tertulia circulaban de vez en cuando personajes como el novelista y profesor de informática en la Universidad Macario Polo Usaola, quien junto a Santiago Casero y a Teo Serna, es el único al que con justeza se le puede llamar narrador afterpop y el único al que se le puede asignar la ración de humor, de intrascendencia y de espíritu lúdico que se asocian a esta estética, y el filósofo, poeta y novelista inédito Javier Lumbreras, envuelto en una nube de sospechoso humo, como el Dios del Corán, Gran Duque del Bartolillo y Marqués de La Poblachuela, amigo, por cierto, del gran poeta satírico “fray Josepho”, pseudónimo del historiador José Aguilar Jurado; el poeta ciego y premio Tiflos Maximiliano Mariblanca, amigo mío y provisto de una lengua satírica capaz de despellejar un armadillo; Mari Carmen Matute, autora de brutales cuentos y poemas, el jurista Fernando Martínez Valencia, amante de los aforismos y los cigarros de hoja, y la pintora Olga Alarcón, responsable por cierto de la vistosa decoración del local conocido como La gata loca y adaptadora de los dibujos con que un premiado pintor madrileño, de cuyo nombre no alcanzo a acordarme, decoró mi primer y hasta ahora único libro de versos impreso, Palabras acabadas (1992). De Carlos Cezón guardo el manuscrito de su El discípulo amado, una tragedia al estilo “inmersión” de Buero Vallejo donde se desmonta de forma realista la farsa de la muerte y resurrección de Cristo, y su libro de poemas La tumba de Julio II. Otros lugares molaban entonces, pero sin tertulia: La Gramola, el Ave Turuta… Por cierto que la asociación Quijote 2000, ideada en 1994 por un senador pepero llamado José Luis Aguilera que se estaba muriendo y no odiaba la cultura (aunque la reducía a un solo libro), al contrario que otros de esa mierda, nos requirió para organizar algunos actos antes del Cuatricentenario del Quijote y luego nos olvidó por completo cuando hicimos un viaje a Tomelloso, creo, para dar unas conferencias. Siempre recordaré que, al bajarnos del coche a medio camino, la vistosa pluma de un cometa lucía en el firmamento.

Junto a esta tertulia seguía la añosa del Grupo Guadiana, a la que pertenecí de modo tangencial. Llevé unos cuantos poemas al fallecido Vicente Cano, ya por entonces devorado por un cáncer, que gentilmente accedió a publicarlos. En seguida percibí en él al hombre que ansiaba comunicarse y a un verdadero poeta, de los que nacen con el verso en la boca, que tuvo la escasa fortuna de no poder formarse sino por sí mismo. Me llamaron la atención sus vistosas estanterías de tablas y ladrillos de obra que siempre he soñado reproducir: puro Ikea desmontable y prolongable. Vicente Cano fue un excelente antologista, de gusto infalible para cribar los poemas que recibía la revista del grupo, Manxa, muchos de ellos de Hispanoamérica. Cuando murió la revista dejó de ser lo que era y entró en una decadencia que nadie ha podido ya detener.

El grupo Guadiana, tan odiado por los de Cálamo y por Arcos en particular, y que se había llevado a los niños de papá que no quisieron seguir en el Postismo ciudarrealeño (cuyas máximas figuras eran Ángel Crespo y Francisco Nieva, además del tempranamente fallecido Chicharro, que prometía tanto como los otros dos), tuvo después a excelentes sonetistas, como mi amigo y colega Jerónimo Anaya, Julián Márquez Rodríguez y Raimundo Escribano, pero siempre se mostró poco abierto a corrientes innovadoras. En su seno había un cierto regionalismo manchego y un formalismo que impedía la entrada de cualquier aire fresco, no en vano el crítico Pedro Antonio González Moreno tachó a la mayor parte de su grey, y especialmente a Lara y compañeros mártires, con el marbete, bastante ajustado, de “devocionalismo”. No es así totalmente y yo salvaría y salvo a esos cuatro autores citados, cuyos versos perduran en mi selectiva memoria.

Junto a estos añadiría yo también a unos cuantos amigos míos escritores manchegos que andaban más distantes por vivir en otros lares. Al eslavista Ángel Enrique Díez-Pintado Hilario lo conocí en la entrega de premios de poesía de El Doncel; yo había ganado el primero y él el tercero. Se sacó tres carreras de filología en Granada: la de Hispánica, la de Inglesa y la de Eslava y ahora es profesor de su Universidad. Mantuvimos correspondencia sobre Cernuda y tradujimos a medias poemas del polaco Adam Zagajewski para la revista que dirigía yo entonces, Ucronía. Solo recuerdo un verso: “¿Ha venido por el Vístula?” y vagos poemas sobre la reconstrucción de Varsovia después de la desolación nazi. La feminista Aurora Gómez Campos escribía entonces en Canfali (hoy publica todos los miércoles un artículo memorable en La Tribuna) y me pedía colaboraciones para su periódico a través de su hermana Paloma, una profesora de lengua de Valdepeñas amiga mía. A Aurora se le da muy bien el género y el relato corto y erótico, tanto como el artículo sesudo a Rafael Torres, un filósofo islamófilo (e incluso iranólogo) que se ha trotado todos los países del mundo, desde Estados Unidos a China, Irán y la República Checa; una cabeza de primer orden que de vez en cuando asoma por Miciudadreal, Lanza o La Tribuna, con varios libros publicados (entre ellos Leer Don Quijote en Teherán) y que es bloguero, como yo mismo y Macario Polo, autor este de deliciosas y divertidas novelas como Tendiendo al equilibrio, premio de narrativa de la Universidad de Sevilla, o La ruta no natural, cuyos capítulos estuvo publicando por entregas en el corcho del Guridi (el título es un famoso palíndromo). También publicamos un cuento suyo en Ucronía. Por demás, y volviendo a Torres, siempre me he quedado con ganas de preguntarle qué piensa sobre Marjane Satrapí y su Persépolis en cine o historieta. En cuanto a mi amigo Julián Martín-Albo, autor de Los poemas para un dios (1989), un libro muy marcado por los sonetos de William Shakespeare, de quien es gran estudioso, hay que decir que es un gran director teatral. Conseguí que viniera como profesor a mi instituto entonces, el Hernán Pérez del Pulgar, y allí logró levantar un formidable montaje, de rango profesional, de El mercader de Venecia de Shakespeare, crear un notable grupo de actores, montar varios happenings y dejar a todo el mundo patidifuso, incluido el director del centro, un matemático que, asustado, cerró cuando al fin se trasladó Julián de centro la asignatura de Teatro porque todos los chavales se querían apuntar a ella. Ahora Julián reside en Valencia felizmente casado con su esposo. 

Mucho sufrieron los gays aquella época y la anterior, y sufren todavía, aunque menos: en eso hemos mejorado; tuve la suerte de contar (y cuento todavía) con varios amigos y amigas de ese estilo y durante la Movida salía yo con uno que era como era; algunas veces entrábamos en Tartypas y un camarero lo invitaba “gentilmente” a salir. Luego me enteré que a veces aparecía con el pelo rosa por sitios como El ave Turuta. No es que fuera muy visible su condición, aunque algunas veces algún personaje desconocido le echaba las manos al cuello; por demás, tampoco se podía sentar en el kiosquillo (también admite la academia “quiosquillo”) que hay al entrar en el parque Gasset: lo echaban. No debía ser muy agradable no ser por el estilo de los que no tienen estilo. Por entonces, y en la misma época, en el atestado bar de mi primo, El Crack, una vistosa dama vestida de hombre u hombre vestido de mujer guardaba la puerta. Esa estampa se me quedó grabada, porque no era muy común: ahora, por el contrario, la gente no suele desafiar tanto.

Otro novelista interesante era mi amigo Paco Arenas, profe ultradedicado a sus alumnos y que en esos tiempos andaba enredado en una embarullada relación sentimental, de la que salió felizmente casado hoy, bloguero también, marxiano y autor de Los manuscritos de Teresa Panza entre otros libros de los que, si me extendiera, no podría jamás terminar. Pero tengo que hablar de otros autores un poco más alejados del Guridi y de mí. Uno de los más importantes es Juan Gracia (Ciudad Real, 1966), quien publicó una novela que suscitó mucha glosa: Todo da igual (Barcelona: Mondadori, 1999). Se las arregló para inscribirse dentro de la llamada Generación X con José Ángel Mañas, Ray Loriga y otros de que ya daré cumplida relación más adelante. El concepto de Generación X fue puesto de moda por Douglas Coupland en su novela del mismo título (1991), que pretendía describir una “cultura acelerada”; pero también se la ha llamado generación “de la apatía” o “Peter Pan” y agrupaba a los JASP (“Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados”) que Espido Freire [2006] y [2008] llamó mileuristas. Gracia, que no ha escrito nada más que yo sepa y está missing, fue encuestador, dependiente y profesor de Latín, Filosofía y Religión, entre otras profesiones. Su novela es urbana, centrada en Madrid, bajo la filosofía del no future con niños de papá frustrados por una rutina existencial de la cual intentan escapar a través de excesos de todo sesgo, en particular con relaciones bisexuales e incluso el asesinato. Recuerda bastante al American psycho (1991) de Bret Easton Ellis, pero a la madrileña. Como escribí ya hace tiempo, “los personajes secundarios están bien trazados, como el de la madre, y abundan las dobles lecturas. El estilo está muy cuidado y abundan las referencias culturalistas”.

Antonio-Prometeo Moya Valle (Montiel, 1949), traductor y narrador, aparece un poco descolocado por la cronología, pero su obra es muy moderna, acaso porque se desubicó muy pronto del ámbito manchego, con el que tiene poca o ninguna relación. Sí la tiene, por el contrario, el dramaturgo y narrador torralbeño Francisco Romero Fernández (1961- ), premio Alejandro Casona 2003 por su pieza Terapia y que tiene como narrador muchos otros, concedidos por su novela corta El paraguas y por la extensa Cuatro hilos para un epitafio (2004). También ha sido muy premiado Santiago Casero González (Fuente el Fresno, 1964), un maestro indiscutible de la novela  corta (Huellas de lo humano, finalista del premio Nadal; La memoria de las heridas, Los huérfanos del tiempo...) que demuestra también sus virtudes en el relato corto, reunido en las colecciones Eso te salvará, De noche en ciertas ventanas y Las horas equivocadas. Es un creador imaginativo y un estilista de gran calidad de página, pero se prodiga poco; recuerdo en especial su cuento Orfandad de los zapatos, muy de esta época. La trayectoria del igualmente premiado pacense y amigo mío Emilio Morote Esquivel (1966), educado y residente en Ciudad Real, es más larga. Se trata de un narrador nato: domina estructura, argumento, intriga, personajes... y nos ha dejado una estupenda novela sobre su adolescencia en Ciudad Real durante la década de los ochenta: Los mejores años de nuestras vidas, publicada en el año de la Gran recesión, 2008. La capital manchega aparece en sus obras bajo el nombre en clave de Bahía Nepal y quizá es el narrador más dotado que escribe actualmente en nuestra provincia. Con Náufragos (2005) fue finalista del premio Herralde y el Vargas Llosa, y con El sendero eterno (2007) lo fue lo fue del Fernando Lara. Reunió sus relatos, tan buenos como los de Casero, en el volumen Cuentos nocturnos (2007). Francisco Chaves Guzmán (Ciudad Real, 1947), que estudió sociología, nos ha dejado algunas obras de teatro interesantes, varias colecciones de artículos y una novela satírica sobre la juventud de Ciudad Real, Retrato del héroe sumiso (1993), que ha suscitado algún interés en ciertos círculos de Estados Unidos. En cuanto al cineasta José Luis Margotón, de ya larga trayectoria fílmica para lo que se acostumbra en estos lares, nos dio una novela naturalista sobre sus experiencias marginales en Ciudad Real, La crisálida (2004; 2ª ed. 2006).

Música y cine

Hablaré ahora de música y de cine. Los gustos musicales de mi familia iban del Juanito Valderrama y Pepe Marchena de mi padre al muy Asperger de mi hermano, quien no dejaba de machacarme con los lisérgicos Emerson, Lake & Palmer (el primero autofallecido en este mismo año cuando perdió la habilidad de tocar el teclado), las versiones a sintetizador Moog de Bach del transexual Walter/Wendy Carlos, el caos dentro de un orden del jazz rag dixie Nueva Orleáns y la melancolitis biteliana de The Mamas and the Papas, que pasaban mucho frío en Nueva Inglaterra y parecían creados a propósito para generar trastornos alimentarios.

De ahí pasamos a las grandes canciones de los ochenta, que a mi juicio no son precisamente las punteras de las listas. Había de todo, incluso diagnósticos sociales como el que pinta el comienzo de una letra de Mecano: "No pintamos nada / no opinamos nada / todo lo deciden / y sin preguntarnos nada. / Dicen que preparan / una gran batalla / el este contra el oeste / y nuestra casa / destrozada". Si se lee Derecha por Este e Izquierda por Oeste, se entenderá lo que ya decía Sting en su Russians. Por demás, la canción sigue con una profecía de Isaías respecto a la Gran Depresión de 2008: “No pintamos nada / no pedimos nada / va a haber una fiesta / y después no va a haber nada”. O sea, lo que hoy. Quiero apercibir, sin embargo, que hay dos canciones de la Movida verdaderamente ponzoñosas que constituyen un eje cósmico entre el cenit del despegue afectivo  y el nadir de la dependencia total: “Déjame”, de Los Secretos, con sus eneasílabos estirados, y “El amante de fuego”, de Mecano, que evoca el incendio de la discoteca Alcalá-20 y tres o cuatro lecturas más, todas perturbadoras. Esa es la única materia oscura que he podido hallar en las noches de luna y vinilo de entonces, cuando además todavía se acostumbraban los casetes. Por la televisión era muy vista Paloma Chamorro en su programa La Edad de Oro, y también tenía sus fieles el Popgrama de Carlos Tena y Moncho Alpuente, aunque el más visto sin duda por su horario infantil era La bola de cristal de Alaska y demás. Golpes bajos tenía la virtud de tranquilizarme, pero quien no paraba de sonar entonces era el poeta Joaquín Sabina, coterráneo mío, porque nació en Úbeda. Era autor de floridas metáforas, buenos poemas y excelentes canciones; en eso termina la comparación. La actitud de la gente en esa época, sin embargo, la pinta un texto de Supertramp: "La Canción Lógica"

Cuando yo era joven
la vida me parecía maravillosa,
milagrosa, hermosa, mágica.

Y todo pájaro en los árboles
cantaba felizmente,
me miraban jubilosos y juguetones.

Pero luego me mandaron fuera
a aprender a ser sensato,
lógico, responsable, práctico.

Me enseñaron un mundo
donde podía mostrarme fidedigno,
clínico, intelectual, cínico.

Hay momentos cuando todo el mundo duerme
en que las preguntas se vuelven demasiado profundas
para un hombre tan sencillo como yo:

¿Podrías decirme, por favor, qué hemos aprendido?
Sé que suena absurdo
pero, por favor, dime quién soy.

Pero cuidado con lo que dices
o te van a llamar radical,
liberal, fanático, criminal.

¿No quieres apuntarte?
Nos gustaría sentir que fueras
aceptable, respetable, presentable, un vegetal.

Hay momentos cuando todo el mundo duerme
en que las preguntas se vuelven demasiado profundas
para un hombre tan sencillo como yo.

¿Podrías decirme, por favor, qué hemos aprendido?
Sé que suena absurdo,
pero, por favor,
¡dime quién soy, quién soy, quién soy!

Cuando era joven
la vida era condenadamente maravillosa.

Sin duda el programa televisivo más rompedor y con más gracia (no me lo quería nunca perder) no era musical: Si yo fuera presidente, del inolvidable Fernando García Tola. Había ciertamente personajes pintorescos por entonces: Javier Gurruchaga, Tino Casal, Enrique Urquijo, Loquillo... También solía verme enterito el de debate titulado La Clave, presidido por un José Luis Balbín al que ponían verde en Diario 16 por haber reservado los derechos de autor de ese formato cuando en realidad los había plagiado del famoso programa francés Les dossiers de l'Ecran. En cuanto a la historieta o cómic, y pasados ya todos los clásicos en la infancia y juventud, era difícil conseguir El Víbora y los que nos habíamos educado con Trinca ahora nos teníamos que conformar con El Jueves, que ahora se ha vuelto incluso más extremista que entonces cuando la Corona empezó a perseguirlo y denunciarlo. Los Cano tenían el coco comido con Lorca (sus letras están llenas de reminiscencias del poeta a quien los falangistas llamaban García “Loca” y denunciaron y ¿por qué? mataron) y se les dio bien su duende. Se lo leía mucho, aunque yo apreciaba también al liberador Cernuda y al reciente nobeliano Aleixandre (al que hay que ser un auténtico desesperado para entender), pero la gente nunca apercibía el carácter homosexual y marginado de los tres, como desconocía y sigue desconociendo el asexualismo del impotente Dalí, al que su padre, un notario carca, había vuelto lacio para el amor enseñándole desde niño grabados y fotos de sexos purulentos comidos por enfermedades venéreas. Tal vez por ello se inventó la anécdota de que se hizo una paja ante su padre y se la tiró diciendo: “¡Toma: lo que te debo!”. Recuerdo todavía cuando, en una conferencia en Almagro, el biógrafo de Lorca Ian Gibson tuvo que responder azorado a una pregunta sobre las novias de Lorca sin poner en ridículo a quien se la hacía. Todo un caballero… y todo un símbolo de lo mal que se lee poesía en España.

El pasotismo individualista e impotente de la época está perfectamente resumido en esos versillos de Mecano: “No sé si seré sensato / lo que sé es que me cuesta un rato / hacer las cosas sin querer”. Por demás, la música de entonces era el mero jolgorio de lo intrascendente que ya expresaba como característico de esa juventud el citado Tierno Galván (“la realidad tiene el sentido que tiene en su momento... y no tiene otro”) y se lo reparte la crítica taurina de los Toreros muertos (que citan ocasionalmente a Góngora en “Dejadme llorar” y carecen de las señas de identidad de llamarse Javier), Objetivo Birmania (cuyas birmettes son perseguidas por todo el sofá), “Siniestro total” (con sus pequeños y liberales renacuajos), Radio Futura (poetianos más que poetas en su “Annabel Lee”, cuyo protagonista es el perro melancólico de una niña sureña ante su tumba, no vayan a pensar), la erudita, ronca y mínima Alaska (de quien me encanta su mistérica “Isis” y su vivísimo y elegebetiano “A quién le importa”, coreado hasta por las niñas de la guardería) y, por qué no decirlo, todos los demás, brillantes a su modo, incluso la hipstérica “Chica de ayer”, que podría ser hasta mi abuela, que esa sí que es remota.

Para mí la Transición tiene su epifanía en cierto tipo de cine en el que a veces pueden encontrarse atisbos de quid divinum. Uno podía sentirlos, inconfundibles, en películas como El fantasma y la señora Muir de Mankiewicz, pero en el cine español esos fragmentos de eternidad se dejan ver más raramente, porque su volumen de producción es escaso y padece limitaciones de que otras cinematografías carecen.

Había frescura en el Fernando Trueba de Ópera prima, y la revivió más tarde en su La niña de tus ojos, que logra acuñar un neologismo tan híbrido como castañeten y descuelga la luna de un disparo; se le ve el buen plumero de Billy Wilder y el toque Lubitsch; ahora amenaza con una segunda parte enjaretada en el legendario Hollywood o Bosque de acebo en vez de en la Ufa. Era la llamada entonces Escuela de Madrid, una especie de revoltijillo europeo-carpetano gobernado por una pagana e irreverente diosa Metragirta. En el campo de la imagen puramente emotiva, es difícil superar a Juanma Bajo Ulloa y sus líricas Alas de mariposa, una mariposa negra como la terrible de Nicomedes Pastor Díaz o los Machado. 

Mucho se ha hablado y escrito sobre Pedro Almodóvar, en realidad solo un naturalista amante de épater le bourgeois, y en especial al necio partisano y païsano Diego Galán, dictador de la crítica celuloidítica de entonces, junto a Ángel Fernández-Santos, Augusto M. Torres y Carlos Boyero, o el infumable e infumativo Carlos Pumares, a cual peor; les he leído mucho y sé de qué detesto: le han hecho guerra sin tregua y no han podido con él. Pese a sus resabios norteamericanos, Almodóvar, dióscuro del ahora más oscuro McNamara (quien ha asomado la cabeza en su Fabiografía, 2014), vive aún de su autogénesis (que algún maligno diría es copiarse a sí mismo). Debe mucho (a espuertas incluso) a Eloy de la Iglesia, cineasta injustamente llevado al rincón de pensar y que impresiona con obras tan redondas como Colegas, uno de los mejores papeles de un Enrique San Francisco que parece arrancado de un texto de Joaquín Dicenta, nuestro único maldito verdadero. Es de los pocos que no reniega del tema social, aunque poco de lo que hizo después llega a la altura de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Pero, como escritor, desde luego y desde ya, se disfruta mucho también (Patty Diphusa y otros textos) y, aunque solo fuera por cultivar esa faceta tan manchega que es el humor, de la que tantos hoy repulgan (pues es el género más difícil, que lo diga el maestro del monólogo humorístico manchego de anteguerra, Luis Esteso y López de Haro), ya merecería estar entre los mejores. Me gustó también el indefinible aroma de tiempos pasados que ofrenda el carca José Luis Garci de Las verdes praderas y los híbridos Crack, también por sus sermones de cura devoto del celuloide antiguo; y el Gonzalo Suárez (novelista igualmente, y no malo) de Remando al viento y su shakesperiano Epílogo, con canallesco Paco Rabal y todo. Debo reiterar, desde luego, la labor divulgante del cineclub Juventud Manchega (Juman) y su ya citado pirata informático sin loro electrónico Paco Badía, and José Luis Vázquez (que me evoca al Vázquez dibujante de la historieta, el acosado por sastres asesinos). Aunque para mí el cine de esa época que dicen prodigiosa y otros progidiota consiste también en unos cuantos autores y películas de las afueras de aquí. El Samuel Fuller de Uno rojo, con su matabisoños Lee Marvin, o su filosófico y negrísimo Perro blanco, tan conductista como la genialoide Naranja mecánica de Kubrick, que me acuso de haber visto más de cuarenta veces; el australiano Peter Weir (El año que vivimos peligrosamente y otras) posee el don de los personajes y las historias; el ya citado David Lynch (con sus imágenes surrealistas, sus personajes dobles y triples, sus carreteras de Moebius y su “Club Silencio”, en el que muchos ciertamente estamos tan sedentes o sedantes como descolocados); Ridley Scott, solamente por Los duelistas (1977) y su ya mítica Blade runner (1982), que se puede leer como un evangelio; el último Bergman de Fanny y Alexander, con sus fantasmas latosos, sus judíos medio dormidos (o medio despiertos) y sus desoladoras memorias Linterna mágica; el Scorsese aparentemente ligero y milimetrado de Jo qué noche; Alan Parker con su jodido Expreso de medianoche y su lírico El muro; el John Boorman de Excalibur (Merlín más poderoso como sueño que como realidad); los Monty Phyton, sin duda los cómicos de la década (con perdón de Les Luthiers) por su La vida de Brian, que me querían censurar los curas escandalizados (sí, entonces se escandalizaban; hoy, menos), y su El sentido de la vida; El ansia, de Tony Scott, que me hace sentir muy, pero que muy viejo, casi a punto de guardarme en una caja; Feliz navidad mister Lawrence de Nagisa Oshima, con esos paganos recuerdos más desesperados e intensos que la misma vida; Paris, Texas de Wim Wenders, ni más ni menos que la descongelación de un espíritu; El beso de la mujer araña de Héctor Babenco, que enseña a amar sin libertad alguna; la diminuta flor que subsiste en los Sueños de Akira Kurosawa, que refleja lo poco y lo mucho que cabe esperar ya al borde de la existencia; Sangre fácil y Barton Fink de los Cohen, por la alquimia de lo tragicómico y lo mucho que agota el nihilismo; La tumba de las luciérnagas y El viaje de Chihiro de Takahata / Miyazaki, por sus mitologías dibujadas y remotas; Noche en la tierra de Jim Jarmusch, por su profunda humanidad y comicidad y su cura moribundo; Kevin Smith / Bob el Silencioso... y algunos otros que ahora no acierto a evocar, a veces por un simple minuto o línea de guion.

Instituciones

Las instituciones manchegas, salvo raras y honrosas excepciones, no han hecho nada, o han hecho daño, que tanto da, a la cultura que heredaron de sus antepasados. El rasgo más característico que han insuflado a su política en esas cuestiones es la repetición. Un ejemplo más que trillado es hacer una enésima y plagiaria edición del Quijote, para “variar”. En literatura al menos, que es de lo que menda entiende o “cree entender”, como dice (o cree decir) Casado, esto parece especialmente grave, pues más allá del cervantismo de un solo libro los municipayos y diputeros se ven en pelotas o como si no las tuvieran, con las neuronas colgando, suponiendo que tengan más de una, pues su falta de ancho de banda les impide alzar la vista más allá de las migas y el chorizo en que hozan y los espectáculos deportivos en que placen y pacen. Confunden cultura y dolor de cabeza, pero no, no, no: no es un dolor de cabeza, es pensamiento. Y al pensamiento se llega no por la charanga y la pandereta ni las fotos y dibujos de nuestros desarbolados paisajes, sin aire siquiera para un molino, cuanto más para un suspiro, sino por el esfuerzo y la recuperación de la cultura remota a través de las vías de los renglones escritos, la lectura, la investigación rigurosa, las conferencias, las recensiones y la edición de libros.

Por eso seguramente sonará a marciano, en el contexto citado, que hable de gente como la que hablo, y de eslavistas como el ya referido Ángel Enrique Díaz Pintado o de Antonio Ríos Rojas, compadre de mi ya mentado amigo y colega José Antonio Alcaide Negrillo, doctor en Filosofía por Salamanca y profesor de la misma materia en Viena (que está más allá de Miguelturra, creo), especializado en filosofía medieval (Maimónides y el mundo judío) y contemporánea (Heidegger, Sloterdijk) y desde hace años orientado a investigar la literatura universal, en particular Cervantes, como buen manchego. Resulta sangrante que ni siquiera se haya publicado en estos lares ni una maldita línea de recuerdo y ni una sola reseña de su monumental Lev Tolstoi. Vida y obra (Madrid: Rialp, 2006), pero, la verdad, a folletos de venta de melones como La Tribuna y Lanza, de contenido cultural nulo y sin suplemento ad hoc, tampoco se les puede pedir nada, cuando ni siquiera han reseñado la obra de la mayoría de los que escriben por acá, fuera si acaso de una foto y dos renglones. Ello es porque el fin principal de estos periódicos es declarar su rendida admiración y su ternura y amor, expresada con impar dulzura, a los gobernantes que los subvencionan y controlan. La primera está de hecho controlada por el primer constructor condenado por corrupción política en España (Antonio Miguel Méndez Pozo) y subsiste lamiéndole el culo a La Razón, con el que se vende inseparablemente y pegada detrás. Eso es amor. Antes bien, puede hallarse todavía en la estratigrafía de sus páginas de fango a fósiles como el extinto Pérez Henares, el opusdeílatra Pedro Peral, los coprolitos de Camarena, algún molusco merkelibranquio de Miguel Ángel Rodríguez o a su mudo conmilitón, el áptero insecto José María Barreditas, de oficio endeudador de comunidades y cobrador de política (paleolítica, por lo que dura esta vergüenza bolsillizada), o peorcito aún, si cabe, que cabría, pues eso de cabrear se les da más que dabuten (o debuten, como escribe Galdós). Analfabetismo funcional, que se diz, y dureza tremenda de mollares esa de no leer a nadie cuando quieren que los lean a ellos, ya sean prebendados o prevendidos, que tanto da y es sinónimo a prebandidos. No hacen falta las cuatro operaciones y saber escribir sin faltas de ortografía para señalar qué hay en lo que hay. Y lo que hay es merdocracia y falta de sentido crítico. 

Son los tiempos de la repera, y a los políticos solo les toca tocarse la pera y hacer peradas, como decía mi sargento. Es lo que hacen olfateándose o lamiéndose mutuamente las prebendas y cagándose en el parque de lo público sin que nadie se ocupe de ponerles cadenas o multar a sus dueños, los bancos. Que son gente muy redundante, dos veces ellos mismos o más, y además encantados de haberse conocido y reconocido y vuelto a reconocerse, porque siempre se vuelven a presentar, tan insustituibles se creen, y cierto que lo creen con fundamento, porque para eso está ese impar sistema de aforamientos que se han creado para poder burlar toda justicia y toda ley. Que es mucho lo que hay desde que hay merdocracia, en el espacio y en el tiempo, aunque sea en el seno tragaldabas de un agujero tan negro como el que hay entre las dos nalgas del bipartidismo.

Por demás, y en cuanto a la languideciente, desconectada y marciana sucursal de Madrid que es la desuniversidad manchega o especie de organismo celebrador de simposios absurdos, reuniones pierdetiempo y viajes a tomar por culo siempre que no sea en estos sitios tan feúchos, cualquier excusa es válida para no ocuparse de imbricarse en el tejido productivo editorial o cultural “de aquí”, despreciando por igual y muy democráticamente a alumnos, becarios, exalumnos y doctores y robando fondos de donde sea para satisfacer mezquinos proyectos de ego particulón, en vez de escribir libros impresos aquí (¿no podían crear unos estudios de edición en algún instituto de FP?) o colaborar con los egresados en empresas colectivas que revitalicen la industria cultural local. La universidad manchega no habita en ninguna parte ni se encuentra siquiera fuera de La Mancha, en sus aledaños desconcentrados (cuán mala es la desconcentración para estudiar), que por no poseer no posee ni campus; ¿qué diríamos si dinero?

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