viernes, 11 de noviembre de 2016

Ha muerto Francisco Nieva. Dossier.

El secretario que Francisco Nieva tuvo a su lado los últimos treinta años, Felipe Camacho, descubrió al escritor muerto dormido en su cama. Es simbólico: morir durmiendo, quien tanto ha soñado y con tanta fantasía por escrito (y eso que vivió más que intensamente). Tenía 92 años y la pareja y mano derecha del autor, el pintor José Pedreira, se mostraba incapaz de pronunciar palabra. La capilla ardiente será instalada a la una de la tarde en el teatro María Guerrero. Aparte de la biobibliografía que le escribí en la Wikipedia, pueden servir de necrológica estos dieciséis textos aparecidos en varios periódicos, revistas y blogs (incluidas cuatro reseñas de sus memorias, Las cosas como fueron), que confeccionan un pequeño dossier; por demás, la Real Academia ha elaborado otro bastante malo aquí y el propio Nieva mantenía un portal en Internet acá.

I

Marcos Ordóñez, "Muere Francisco Nieva, el teatro como vida alucinada", en El País, 11-XI-2016:

El dramaturgo, escenógrafo y director de escena fallece a los 91 años

Imposible resumir en pocas líneas la vastísima trayectoria de un personaje tan tentacular como Francisco Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 1924 - Madrid, 2016), dramaturgo, escenógrafo, director de escena (de ópera, zarzuela y ballet), narrador, ensayista y dibujante, fallecido este jueves a los 91 años. Precocísimo, escribió desde niño relatos y breves piezas dramáticas que recopilaría en Centón de teatro (1996). En la España de posguerra estudió pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) y formó parte del Postismo, movimiento de vanguardia liderado por sus amigos los poetas Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro. Entre 1948 y 1963 vivió en París, donde trabajó como pintor y dibujante. Tras otro año en Venecia, volvió a Madrid en 1964. Trabajó como escenógrafo para José Luis Alonso y Adolfo Marsillach, realizando decorados para espectáculos como El zapato de raso, El rey se muere, Después de la caída y su celebradísima labor en Marat-Sade.

Como dramaturgo no consigue publicar hasta 1971 (Es bueno no tener cabeza, publicada en la revista Primer Acto, que se representa en la Escuela de Arte Dramático de Madrid) y se da a conocer en 1976 con El combate de Opalos y Tasia y La carroza de plomo candente, que dirige José Luis Alonso en el Fígaro, en programa doble, y suponen un revulsivo en la escena española de la transición.

En la década que va desde entonces a finales de los ochenta, Nieva estrena el grueso de su obra, que llevaba escribiendo desde 20 años atrás. Además de las citadas, hay que destacar en ese periodo piezas como Sombra y quimera de Larra (1976), Delirio de amor hostil (1978), El rayo colgado, y Malditas sean Coronada y sus hijas, ambas de 1980. De los ochenta en adelante, estrenará, entre otras, La señora Tártara (1980); Coronada y el toro (1982), que dirige con gran éxito en el María Guerrero; Corazón de arpía (1989), que también pone en escena, en la sala Olimpia. Seguirán, entre otras, Los españoles bajo tierra (1992), en Bilbao, Expo de Sevilla y Madrid; las piezas cortas No es verdad y Te quiero zorra (1988), en el Círculo de Bellas Artes; El baile de los ardientes (1990), de la que es figurinista, director y productor, en el Albéniz; Aquelarre y sombra roja de Nosferatu (1993), dirigida por Guillermo Heras en la sala Olimpia; Pelo de tormenta (1997), escrita 30 años antes, y la más censurada, estrenada al fin en el María Guerrero, y Tórtolas, crepúsculo… y telón, escrita en 1972 y que dirige en el teatro Valle-Inclán en 2011. Su último estreno fue Salvator Rosa, de 1988, presentada en el María Guerrero en marzo de 2015, a las órdenes de Guillermo Heras.

Su teatro, que definió como “vida alucinada, jubiloso furor sin tregua”, nace con voluntad transgresora y alegórica, con el choque de la religión y el sexo como uno de sus ejes, y se caracteriza por un lenguaje muy rico, repleto de imágenes sorprendentes, en el que combina con gran brillantez las improntas del barroco, el romanticismo y la vanguardia, tamizadas por un humor grotesco y esperpéntico. Valle-Inclán, por supuesto, está a la cabeza de su estilo, pero también el castellano arnichesco. Las influencias se multiplican: dramaturgos tan dispares como Brecht, Artaud, Genet y Ghelderode, junto a ensayistas como Bataille o pintores como Solana.

En su Teatro completo, que publica en 1991 y amplía en 2007 en sus Obras completas, clasifica sus piezas en seis categorías: “Centón de teatro” (doce obras cortas), “Teatro furioso”, “Teatro de farsa y calamidad”, “Teatro de crónica y estampa”, “Tres versiones libres” y “Varia teatral”. Entre sus adaptaciones destacan Las aventuras de Tirante el Blanco, sobre la novela caballeresca de Joanot Martorell, estrenada en el Festival de Mérida de 1987, y los primeros episodios de El manuscrito encontrado en Zaragoza, según la novela episódica de Jan Potocki, que estrena en 1994 y dirige en 2002, con notable acogida de la crítica.

Entre su faceta narrativa y memorialística hay que destacar las novelas El viaje a Pantaélica (1994), La llama vestida de negro (1995), Granada de las mil noches (1995), Oceánida (1996) y Carne de murciélago (1998), así como su autobiografía Las cosas como fueron, que aparece en 2002.

En 1990 ingresó en la Real Academia Española, ocupando el sillón J. Ganó dos veces el Premio Nacional de Teatro, en 1980 y 1992. Ese mismo año se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 2011 obtuvo el premio Valle-Inclán por la escritura y dirección de Tórtolas, crepúsculo y… telón.

II

Juan Cruz, "Un artista sin límites", en El País, 11 NOV 2016

Nieva nunca se sintió conforme con nada, ni con su identidad ni con su pasado.

Hace unos meses Francisco Nieva debió de sentir el latido de las despedidas. Había vivido una vida intensa y extranjera, desde que dejó La Mancha, se instaló en el mundo y a este lo llamó París o Venecia. Recibió la puñalada dulce del surrealismo y convirtió su memoria en una colección impresionante de disfraces. Fue un hombre del postismo y también del realismo fantástico al que se aplicó como artista de la pintura, de la escenografía, de la decoración y del teatro. Después de Beckett y antes que Arrabal, fue capaz de imaginar la muerte y la vida como entes de similar vitalidad. Sus colores fueron ocres o disparatados, e incluso sus palabras tuvieron esas dimensiones fantásticas que provenían de una manera de ser: Nieva nunca se sintió conforme con nada, ni con su identidad ni con su pasado. Era un español extraño que al final de su vida, sin embargo, se buscó a sí mismo como si en sus padres, en sus abuelos, en sus tíos, encontrara los retratos en los que explicar sus dibujos.

Escribió diarios, llenos de sus propios dibujos, como si invocara la inspiración provocada por gatos enormes y risueños o perros como pájaros. Uno de esos diarios, envuelto en cuero oscuro como el pelo de plomo candente de alguno de sus personajes, se lo entregó a un amigo antes del verano. Era dadivoso, fantasioso o infantil, como un adulto que volara.

Uno de sus últimos caprichos fue fotografiarse en la cuna final de su vida, la calle Concepción Jerónima de Madrid, junto a su perro, al que hacia ladrar como si estuviera ensayando un diálogo cervantino con lo inexistente. La última vez que lo vi allí con su amigo José Pedreira, pintor, que le cuidó hasta el final sin descanso ni cicatería, Nieva estaba pensando, constantemente, en sus parientes, como si fueran parte de la obra de teatro de su vida. Tenía un sentido tan alto de la amistad que jamás hablaba de ella, era, simplemente, su gimnasia vital, la que lo convocó a ser querido por todos sin otra excepción que la que no se conoce: aquella que nunca dijo, porque el tampoco fue cicatero.

Escuché la noticia de su muerte en su tierra, La Mancha; hubo antes una premonición maldita: decíamos estos días que tendría que ser el Cervantes que no tuvo. De Cervantes hablábamos, de la pirueta carnavalesca del Quijote; Cervantes inventó, en esta tierra, la narrativa de un loco. A esa locura Francisco Nieva añadió centauros, carrozas de plomo candente, pájaros oscuros y gatos terribles. Cuando ya no podía esperar otra cosa que el adiós sintió que el reposo en esa casa barroca que fue su habitación inmensa en las últimas décadas de su vida tenía que tener también la asistencia de la amistad y la canción de un perro con el que quiso ser retratado.


III

Prado Campos, "Muere Francisco Nieva, el eterno viejo autor nuevo", El Confidencial, 10-XI-2016:

Nieva, nacido en Valdepeñas el 29 de diciembre de 1924, ocupaba la silla 'J' de la RAE desde el 29 de abril de 1990, cuando tomó posesión con el discurso titulado Esencia y paradigma del 'género chico'.

Tirso pedía más atención que nadie. Las caricias de su vetusto dueño y del polizón extraño en ese pseudo palacio rococó siempre abierto que estaba a escasos metros del Teatro Calderón no eran suficientes. No era difícil traspasar las  puertas de su casa si en la conversación estaba el teatro y un poco de gastronomía manchego-madrilena. "Soy muy de callos, pero las migas manchegas...", se despidió en el último encuentro que tuvimos tirando de orgullo de nuestras raíces comunes. 

Francisco Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 1924-madrid, 2016) murió ayer a los 91 años . En su currículum sobresalen el Premio Príncipe de Asturias 2011, dos nacionales de Teatro en 1980 y 1992 y el sillón J de la RAE. También la eterna candidatura al Cervantes que nunca llegó, y que mucho mereció. "Me importa más Cervantes que el Cervantes", contaba a El Confidencial en una de sus últimas entrevistas con motivo del estreno de 'Salvator Rosa o El artista'. 


Elegido el 17 de abril de 1986. Tomó posesión el 29 de abril de 1990 con el discurso titulado Esencia y paradigma del «género chico». Le respondió, en nombre de la corporación, Carlos Bousoño.

Esta obra es un claro ejemplo del ninguneo de uno de nuestros grandes dramaturgos y directores de teatro. Tardó más de 30 años en estrenarse en esta España que disfrutó ensañándose con la censura de nuestros autores surrealistas. También después del franquismo. Quizás el estreno el año pasado en el CDN, con su bastón, el oído tocado y en casa con su jersey de rayas azules y su perro fiel Tirso fueron sus últimas concesiones a la popularidad. Aunque demostraba que le importaba un bledo. Los premios, decía, descansaban en una suerte de cementerio en una repisa de su dormitorio. Por eso, lo importante siempre era el teatro. 

Y no se lo puso nada fácil. Al principio Nieva escribía prrácticamente para él. "He escrito mucho teatro sin esperanza ninguna de estrenarlo porque durante la dictadura de Franco era imposible. Hice dos o tres recursos para rescartar de la censura Pelo de tormenta y fue imposible. La pude estrenar como 30 años después y me procuró un gran éxito. Ha sido el gran éxito de mi vida [se estrenó en 1997 en una versión dirigida por Juan Carlos Perez de la Fuente]. Y también Nosferatu. De hecho ahora me estoy enterando de lo popular que soy en los países del Este, México o Argentina. Soy conocido allí, no sé porqué y me sorprende", contaba el año pasado a El Confidencial.

'Pelo de tomenta' fue su gran éxito. Tardó en estrenarse tanto como 'Salvator Rosa' o 'Es bueno no tener cabeza', la primera obra que muchos años después consiguió estrenar por primera vez en España. Era 1971. Aún vivía Franco y consiguió que se subiera a un escenario. Lo recordaba así:  "Era muy comprometida, tanto que se podía tachar de pronorgrafia pero se estrenó porque hubo un insensato, Santiago Paredes, que se propuso ponerla en escena. Yo le dije que estaba loco pero insistió y, al final, me comprometí a hacerle el decorado y a aconsejarle. Finalmente fue un éxito pero intervino la policía e interrumpió a la tercera representación en la Escuela Superior de Arte Dramático cortando la función. Aquello fue una suerte porque en Primer acto se publicó un ensayo que ponía "Franciso Nieva, un viejo autor nuevo". Yo tenía toda mi obra inédita". Y hoy, 45 años después sigue vigente esa misma definición. 

Nieva, el hombre que conoció y se enamoro del teatro con Cervantes y gracias a La Barraca de Lorca (pura teatralidad en si mismo), siempre quiso ser un artista menor "por su libertad". Y lo consiguió siendo un artista mayor. 'Tórtola, crepúsculo... y telón', 'La señora Tártara' o La carroza de plomo candente, Coronada y el toro. "La carrera de dramaturgo es muy difícil. Esta llena de obstáculos pero los he ido salvando milagrosamente. No sé por qué. He tenido suerte, creo. No sé si me la merezco, pero la he tenido". 

Y pesar de los envites de la censura, del exilio y del cainismo español, Nieva ensalzaba cómo le había tratado el teatro en su país. "Muy bien", dijo categórico. "He tenido mucho éxito y mucha suerte desde que comencé haciendo escenografías y me encargué de El zapato de raso, de Paul Claudel, que fue un encargo de Fraga a José Luis Alonso para el Teatro Nacional. Me dieron todos los medios que pedí y tuve un gran éxito. Otro grande fue Marat Sade, con Adolfo Marsillach. Fueron éxitos muy resonantes y con repercusión en el extranjero. Tanto como escenógrafo como dramaturgo he recibido muchos premios. No sé si merecidos o no, pero la verdad es que muchos. En mi habitación tengo una mesa con todos los trofeos y parece el cementerio de la Almudena". 


Siempre fiel a su teatro, criticó desde su visión de izquierdas,que mantuvo toda su vida tanto que en los últimos años mostró su simpatía por Podemos, las políticas culturales del PP y especialmente la subida del IVA, pero también la vulgarización Del espectador. "Va simplemente a divertise y a la crítica directa del sistema. Eso es fácil de hacer, igual que hacer gracia con unos cuantos chistes oportunistas. Me parece demasiado barato. Eso no es literatura dramática, eso es literarura ocasional que tiene un éxito inmediato pero no duradero". El suyo, a pesar del insuficiente reconocimiento, es y será duradero. Por eso Nieva siempre va a ser el viejo autor nuevo de nuestro teatro.


IV


Raúl Losánez, "Muere el teatro español", en La Razón, hoy:

Murió mientras dormía, sin ruidos, él, un hombre todo gestos, palabras y hechos. Un artista completo y exuberante que ha dejado huérfana a la escena española. Gracias por todo, maestro.

Fue un creador total. Pertenecía a ese selecto, y prácticamente extinto, grupo de hombres consagrados a la escena, nacidos en otro tiempo, que eran capaces de dominar en toda su amplitud un arte tan colectivo como el teatro. Un hombre que no se posicionaba con respecto a ese hecho escénico realmente desde dentro, ni tampoco desde una corta distancia que le permitiese encararlo con firmeza, sino desde una privilegiada atalaya en la que se aseguraba contemplar todo el entramado teatral a la vez para operar luego en él a su antojo con la conveniente discreción con la que los dioses operan en los designios del complejo universo. Era autor, director, escenógrafo, dibujante y pensador; pero era mucho más que la suma de todas esas partes: podría decirse que el teatro era él; y que él era teatro puro.

Con alma de diletante y constreñido por la austeridad del entorno manchego en el que vio la luz, con 18 años Francisco Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 1923) ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando para iniciar un interminable periplo en el que la vida, el trabajo y el arte quedaron asociados de manera indisoluble para siempre. En 1953 viaja a Francia para trabajar como pintor y dibujante, y allí se empapa de la estética vanguardista y del talante transgresor que recorría Europa sin llegar a traspasar los Pirineos. Artaud, Beckett, Ionesco y Genet, entre otros, influyen decisivamente en su ideario y en su mirada creadora sobre la realidad. A su regreso a España, en 1974, trabaja fundamentalmente como escenófrafo, pero muy pronto empieza a hacer sus pinitos como autor. Tras Es bueno no tener cabeza (1971), su ópera prima como dramaturgo, llegarían otros textos suyos en los que se atisba su naturaleza inquieta, su siempre original punto de vista dramatúrgico y su afán por abrirse a nuevos lenguajes sin repetirse: Tórtolas, crepúsculo y... telón (1972), Pelo de tormenta (1973), Coronada y el toro (1974) y Teatro furioso y Teatro de farsa y calamidad (1975) son algunos de los atrevidos y sugerentes títulos de aquella época.

Tras conseguir el Premio Mayte con La carroza de plomo candente y El combate de Ópalos y Tasia, en 1977 se atreve a revisitar a Aristófanes, en el marco del Festival de Mérida, con la irreverente La paz. Nada escapa a sus intereses teatrales y nada queda como estaba tras pasar por sus manos. Su prestigio durante esta época empieza a aumentar cuando, curiosamente, su teatro parece salirse de los cauces por los que discurren los autores de posguerra más exitosos. Apartándose de lo que su pulcra visión estética viene a considerar, más o menos, una expresión vulgar del pensamiento, Nieva insiste en devolver al lenguaje escénico el refinamiento que ha ido perdiendo desde el primer tercio de siglo; pero lo hace con propuestas que nunca son calcos del teatro que pudiéramos considerar clásico, sino que aboga por someter esa elegancia y ese barroquismo a una perseguida contemporaneidad que es la que ha de marcar la tendencia siempre en la evolución de todas las artes.

A mediados de los 80, tras su ingreso en la Academia Española, la sucesión de obras suyas en la cartelera española es ya imparable: Tirante el Blanco (1987), No es verdad y Te quiero, zorra (1988), Corazón de arpía (1989), El baile de los ardientes (1990), Los españoles bajo tierra (1992). En 1988 publica su Trilogía italiana, y en 1991 se edita su Teatro Completo. En 1992 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y también el Premio Nacional de Literatura Dramática por Manuscrito encontrado en Zaragoza. Una vez más vuelve a demostrar, con esta adaptación de la complicada y más que confusa novela gótica de Jan Potocki, la pluralidad de su quehacer teatral y su irrenunciable deseo de proponer nuevas cosas o cosas desconocidas por casi todos.

En 1996 se le concede la medalla al mérito en las Bellas Artes, precisamente cuando parece que su interés esté centrado sobre todo en la narrativa, género en el cual ha empezado a publicar algunas novelas: El viaje a Pantaélica (1994), Granada de las mil noches (1994), La llama vestida de negro (1995) y Oceánida (1996).

En 1997 el año del recordado estrenos de Pelo de tormenta en el Centro Dramático Nacional, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, dirige también La vida breve, de Falla, para la reapertura del Teatro Real, y en 2001 la ópera La señorita Cristina, de Luis de Pablo, en el mismo teatro. A esas alturas, a Francisco Nieva nada le asusta ya y con todo se atreve. Lo curioso es que en todas y cada una de las empresas que acomete no solo sale sorprendentemente airoso, sino que deja una rutilante huella a su paso por casa escenario. Zarzuelas, un aplaudido libro de memorias, obras nuevas y reposiciones, premios de toda clase, doctorados en universidades, artículos y más novelas van jalonando su trayectoria en la última etapa de su vida, ya en el nuevo siglo, hasta llegar al estreno, en 2015, de Salvator Rosa o el artista, un texto ácido, crítico y divertido que no se había representado todavía y que Guillermo Heras dirigió en el Centro Dramático Nacional para que el nuevo público pudiera descubrir a un hombre de teatro total que además, cuando quería, podía ser, en un aspecto concreto y aislado, un fuera de serie, como demostraba en esta obra que parecía escrita con la pericia técnica y estilística del más brillante autor de nuestra literatura dramática.


V

Julia Yébenes, "El legado de un hombre renacentista de estilo barroco y transgresor", en Lanza, 11-XI-2016:

Francisco Nieva, Paco para sus allegados, tuvo una visión universal de España que le sirvió de imaginario para alimentar una extensísima y variadísima obra, fruto de su incontenible imaginación. Con su sello de manchego allá por donde viajó demostró ser un hombre diverso y creativo, al estilo renacentista, pero de formas  barrocas y arrebatadoras de cualquier complejo artístico, que le sirvieron para ser un referente en la cultura española y europea. Estudiosos y amigos personales del dramaturgo y escenógrafo valdepeñero cuentan anécdotas de su larga trayectoria vital y profesional que no dejan lugar a dudas de que era un artista transgresor y sarcástico y a la vez un compañero generoso, humanista y valiente.

El alcalde de Valdepeñas, Jesús Martín, amigo personal de Nieva, lamentó la pérdida porque “era un referente de la dramaturgia española y europea”.  A su juicio, la dramaturgia española se sostiene en el triángulo formado por Lope de Vega, Valle Inclán y Nieva, cuyo nombre era Francisco Morales Nieva. “En medio ha habido otros grandes como Martín Recuerda o Buero Vallejo pero eran circunstanciales”, mientras que el literato valdepeñero recién desaparecido “tuvo una capacidad sorprendente y una visión universal de la esencia española”.

Martín, muy afectado por la muerte del dramaturgo, recordó la versatilidad de Nieva en distintas artes, con una desbordante creatividad manifestaciones grotescas pero “de una dimensión cultural re transcendía de su querida Mancha y de la propia España, a la que amaba pero le dolía y cuyo letargo le causó angustia”, declaró a Lanza.

Recordó la aportación humanista del escritor como creador irreverente pero a la vez como revulsivo para una sociedad pacata que no acababa de despertar, así como amigo “Paco era enorme”.

El primer edil valdepeñero, que adelantó que el Consistorio impulsará y participará homenajes en los próximos meses a su paisano ilustre, dijo que Nieva “tiene la gloria, que sólo la alcanzan los grandes”, aunque “se ha quedado en el tintero el Premio Cervantes, por su vasta y amplia obra literaria, una de las más destacadas después de la segunda guerra mundial en Europa”.

Familia burguesa

Era hijo de una familia de burguesa de tradición humanista y culta de Valdepeñas, en la que tanto Francisco como Ignacio, su hermano menor compositor que murió en 2005 en Puerto Rico, se cultivaron desde la infancia con autores de gran transcendencia cultural como Dante o Cervantes.

Ese legado “y la imaginación inabarcable con la nació” hizo que empezara a dibujar y a hacer ilustraciones a los 16 años”, y que empezara a proyectar el imperio mental

Desde el punto de vista existencial “fue un hombre inmigrante en su patria” porque “le dolía y no la veía como la imaginaba”, dentro de una ideología contestataria de izquierdas que lo mantuvo alejado de los poderes” porque opinaba que las instituciones “empobrecían y embrutecían”.  

Martín refirió diferentes anécdotas como la de que se acercó al escritor a raíz de una publicación en el diario Lanza, cuando el ahora alcalde escribió una crítica sobre la representación de ‘Coronada y el toro’ en 1982. “Me escribió una carta de estilo decimonónico y me invitaba a conocerle. Tras unos meses fui y  desde entonces hemos mantenido una relación estrecha”. 

También destacó la visión metafórica de sus orígenes como acreedores de la universalidad, “a los que nunca renunció”, tal y como destacó en un discurso al decir que “uno sale de La Mancha para meterse en el cuchitril del mundo”.

Calidad extraordinaria

Jesús Barrajón, profesor titular de Literatura Española de la UCLM y un experto en la obra de Nieva, también tuvo palabras de afecto para el creador valdepeñero, del que destacó “su carácter polifacético” al cultivar la pintura, la novela, el teatro, la escenografía o el ensayo.

“Es la gran pérdida de un hombre que ha escrito una de las dramaturgias más importantes del teatro contemporáneo, de una calidad literaria extraordinaria que conecta con la modernidad del siglo XX”, señaló el autor de ‘La poética de Francisco Nieva’.

“Lo que más me interesa es el lenguaje”, en el que Nieva aúna “tradición e innovación, desde lo grotesco al género chico, con una fuerza literaria tremenda”, así como la concepción teatral ‘nievana’ “tiene una gran modernidad”. “se dio a conocer en los años 70, estrenó con 45 años con poca repercusión, y a los  50 tuvo más reconocimientos”, aunque desde los 50 y 60 su obra escenográfica registrara repercusión en Italia y Francia (vivió en París y en Venecia).

Incluso a principios de los 70 recibió en España importantes galardones como el de ‘El espectador y la crítica’ de la Asociación de la Prensa de Madrid (1973), y los nacionales de Escenografía (1972) o el de Vestuario (1970), en este caso por los figurines de ‘La marquesa Rosalinda’ de Valle Inclán, según recogen las páginas del diario Lanza.

Barrajón, también encargado de pronunciar la 'laudatio' cuando Nieva fue investido doctor honoris causa por la UCLM en septiembre de 2001, valoró la “capacidad enorme que tenía por lo que que había leído, vivido y visto con sus viajes”, que le hicieron concebir una obra que “en ocasiones parecía ligera, pero que tenía una profundidad que conecta con las teorías filosóficas e ideológicas de su momento”.

En este sentido, el profesor apuntó que sus contenidos teatrales “fueron muy críticos con la España del Franquismo, con la ortodoxia dominante y de la tradición” y tuvieron una representación “muy visual”, pero con un “lenguaje muy hermoso”.

En lo político, su voz “empezó a oírse en los 60, y triunfó a mediados de los 70 y en la transición”, al servicio “de una idea ideológica pero sin corsés partidistas y políticos, lo que le trajo sinsabores”.


Barrajón, que también conoció de cerca a Nieva, dijo que “ha muerto durmiendo, el jueves por la noche”, junto a su pareja José Pedreira, así como personalmente “era una persona buena, generosa, muy cariñosa y muy fácil de estar con él a los que se le acercaban”.


VI

Gerardo Vera, "El artista del espectáculo total. Francisco Nieva murió el jueves a los 91 años. El también director de escena Gerardo Vera rememora su figura y la obra transgresora", en El País, 11-XI-2016:

Con Francisco Nieva se va una parte importante del alma de la Cultura Española con mayúsculas. Sin duda uno de los creadores más personales, más innovadores del teatro español contemporáneo. No dudé un momento en dedicarle una sala en el Centro Dramático Nacional al tomar posesión de mi cargo [Vera dirigió el CDN del 2004 al 2011]. Y la sala Nieva se convirtió en un espacio para experimentar nuevas propuestas escénicas, algo que a él siempre le llenó de satisfacción.

Dramaturgo. No publicó hasta 1971, que empezó con Es bueno no tener cabeza. Después vinieron El combate de Opalos y Tasia y La carroza de plomo candente (1976).

Otras obras. Sombra y quimera de Larra, El rayo colgado, La señora Tártara, Coronada y el toro, Corazón de arpía o Tórtolas, crepúsculo... y telón.

Mi primer contacto con Nieva fue a principios de los setenta. Acababa de llegar de Londres, donde había estudiado escenografía. En mis numerosos viajes a España estuve en contacto con casi todos los escenógrafos del momento. Trabajé incluso de ayudante con alguno: Emilio Burgos, Sigfredo Burmann, Victor María Cortezo en sus últimos años... Y ya se empezaba a hablar en los círculos teatrales de un pintor y escritor con una enorme personalidad. La primera persona que me habló de él fue José Luis Alonso. Luego tuve la oportunidad de ver un espectáculo suyo que realmente me deslumbró: Pigmalión, de Bernard Shaw, en el teatro Goya con la compañía de Adolfo Marsillach. Ese fue mi primer contacto con el mundo de Nieva. Aún me acuerdo de la impresión que me causó. Dominaba el color rojo. La escenografía era brechtiana: un decorado base con distintos elementos sugiriendo los diferentes espacios donde transcurría el espectáculo. Descubrí esa noche el extraordinario talento y la fuerte personalidad de un creador. No era un decorado, era un “espacio escénico” diseñado y pensado desde la contemporaneidad más rabiosa, desde un compromiso estético que rebasaba con creces los límites, a veces muy precarios, en los que se movía la escena española. Era otra mirada al teatro desde otro punto de vista que tenía que ver con el teatro total, con una nueva plástica escénica y con algo que siempre fue una característica el trabajo de Paco Nieva: su vastísima cultura y su poderosa imaginación. Era un transgresor de la realidad. Sus decorados, incluso partiendo de elementos reales, transitaban por mundos imaginarios. No era un escenógrafo al uso. Su aportación al espectáculo era total, impregnaba cada detalle.

Después se acumularon los éxitos. No es casual que ese gran artista plástico y hombre de teatro acabase dirigiendo y escribiendo sus espectáculos, convirtiéndose así en uno de los más importantes autores de la dramaturgia española contemporánea.

Yo seguía su carrera con verdadera avidez. Recuerdo otro espectáculo que marcó una época, o al menos fue el más importante que Paco Nieva y José Luis Alonso crearon juntos: El rey se muere, de Eugène Ionesco, en el teatro María Guerrero de Madrid. Recuerdo el impacto visual que nos causó, porque Nieva creó uno de los espacios escénicos más hermosos y sugerentes de la historia del teatro español.

Luego El zapato de raso, Rosas rojas para mí, El primo, Tartufo, El burlador de Sevilla, La muerte de Danton, Los baños de Argel, Coronada y el toro, y tantos otros. Paco Nieva se convirtió en una referencia indiscutible del mejor teatro y consiguió que la escenografía tuviese la importancia que ya tenía en otros países europeos. Madrid se convirtió en un centro de producción teatral a nivel europeo gracias a Nieva y a los directores con los que trabajó más: Miguel Narros, José Tamayo, Adolfo Marsillach y, sobre todo, José Luis Alonso, quizás el mejor director de escena en nuestro país y, desde luego, el más querido y recordado por nosotros.

No es casual que ese gran artista plástico y hombre de teatro acabase dirigiendo

Sería interminable hablar de todos y cada uno de sus espectáculos, pero no quiero pasar por alto una de sus mejores aportaciones a la historia reciente del teatro español, la que yo considero su obra maestra: Marat-Sade de Peter Weiss. Yo ya había visto la película de Peter Brook y aún conservaba imágenes muy poderosas del filme cuando acudí al teatro Español a ver la producción de Marsillach-Nieva. La simbiosis Artaud-Brecht en estado puro. Fui el último día. Solo pudieron representarla tres veces porque inmediatamente fue prohibida por la censura. No exagero si digo que nunca un espectáculo teatral me había producido tal emoción. Todos los espectadores éramos conscientes de que asistíamos a un hecho histórico. Todo era perfecto: el extraordinario reparto con José María Prada, Serena Vergano, el propio Marsillach como Sade al frente y, desde luego, el espacio escénico de Nieva.

Su ‘Marat-Sade’ fue una de las mejores aportaciones al teatro español


He sido afortunado por poderme considerar su amigo. Tuvimos una relación muy cercana y una enorme amistad. Hemos sido sobre todo cómplices dentro de esta aventura apasionante que es el teatro; dos escenógrafos apasionados por nuestro oficio, sobre todo en nuestros respectivos comienzos, y esa complicidad se ha mantenido a través de los años. Siempre encontré en Nieva admiración, respeto, apoyo y cariño. Aprovecho estas líneas para recordarle, para echar de menos nuestras risas. Siempre tendré presente su talento, su constante rigor y su compromiso con la realidad del tiempo que vivió. Paco, sabes que tu recuerdo me acompañará para siempre.

VII

Miguel del Arco, "Francisco Nieva: El sonido de la palabra", en El Mundo11/11/2016:

Pienso en Francisco Nieva y me recuerdo escuchándole en la clase de arte escénico. Fue mi profesor en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y su voz, aún hoy, me sigue enseñando el verdadero sentido y profundidad del sonido de las palabras. Tengo la impresión de que el lenguaje, a medida que pasa el tiempo, se va achatando, va perdiendo no tanto su eco como su sentido. Y por ello se me antoja tan imprescindible la memoria de un hombre, un hombre al que creí eterno (y, de alguna manera, lo es) y que se negó a hacer de su magisterio una excusa para la triste solemnidad de lo hueco. Al revés, sus intervenciones delante de sus alumnos sorprendidos siempre eran efervescentes, divertidas, únicas y, por todo ello, inolvidables. Le recuerdo como un Góngora gigantesco, florido y bestial. Le recuerdo como un hombre capaz de todo, empeñado en todo y dispuesto a demostrarlo todo. Y todo con un único gesto de genio. ¿Renacentista? Quizá. O simplemente humano. Demasiado humano. Vocacional y hermosamente humano. Pienso en Paco y me duele pensar en lo mal que nosotros, españoles, cuidamos de nuestro legado, de nuestro patrimonio, de nuestra memoria más íntima. Porque, en efecto, y desde ya, Paco es nosotros. A veces me veo con envidia paseando por un pueblo francés, tan esmerado en su limpieza, en su orden y en cada uno de los recuerdos que le hacen ser lo que es. Y me veo con una punta de horror en la garganta en medio de un pueblo español perfecto y, de golpe, herido con un estropicio arquitectónico en mitad de la plaza mayor justo al lado de un palacete del siglo XVIII. Quiera quien quiera que quiera que eso no ocurra ni con Nieva, ni con su teatro, ni con el sonido de su palabra. La obra de Nieva --sea escrita, representada, dibujada o como sea-- está ahí para ser vivida, saboreada y, por ello, disfrutada, no simplemente estudiada. Que también. Ojalá un chaval de 19 años entre mañana, o pasado, al teatro sabiendo que ese teatro es lo que es gracias a personas como Paco. Él, entre otros, es sin duda el responsable de que hoy haya tantas voces, tantas formas, tantos deseos, sobre los escenarios de este país. La voz y la palabra de Paco resuenan. Que lo sigan haciendo. Pienso en Paco y recuerdo una anécdota en un montaje de Tosca que no contaré. No por vergüenza ni por pudor. Hoy simplemente no toca. Pero me asalta el recuerdo y con él una carcajada que no me cabe en la boca. Nadie contaba la vida como Paco. Nadie la reproducía tan viva, tan disparatada y tan genial en cada uno de sus gestos. Ojalá Paco no sufra la tentación que tanto nos define de dividir, de separar, de estigmatizar. Nunca se es lo suficientemente radical en España. En ningún otro sitio la radicalidad molesta tanto como en España. Paco fue radicalmente Paco. Pienso en Paco y aún suena y duele su palabra.


VIII

Félix Población, "El padre de Francisco Nieva", en La Marea, 11-XI-2016:

El dramaturgo, uno de los autores de teatro más importante de España en el último medio siglo, fallece a los 91 años. Su legado literario es inmenso.

El dramaturgo Francisco Morales Nieva ha fallecido este jueves a los 91 años de edad en su domicilio de Madrid, según ha informado la Real Academia Española (RAE). Nieva, nacido en Valdepeñas (Ciudad Real) el 29 de diciembre de 1924, ocupaba la silla ‘J’ de la RAE desde el 29 de abril de 1990, cuando tomó posesión con el discurso titulado Esencia y paradigma del ‘género chico’.

Catedrático de Escenotecnia de la Real Escuela Superior de Arte Dramático y doctor honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha (2001), Francisco Nieva, cuyas memorias se han publicado bajo el título Las cosas como fueron (Espasa, 2002), es autor de más de una treintena de piezas teatrales, así como de novelas y ensayos.

Hace unos años, cuando Francisco Nieva recibió en Almagro el Premio Corral de Comedias 2010, cuentan las crónicas que en lugar de leer las notas que llevaba escritas se dispuso a improvisar con el corazón, según sus propias palabras, para hacer partícipe al público de una confidencia muy íntima. Se refirió a continuación a su primera obra, El combate de Ópalo y Tasia, escrito por un adolescente de 16 años mientras su padre agonizaba en la habitación de al lado. Sintió entonces –contó Nieva– que su progenitor lo abandonaba y que, para recuperarlo, quiso dedicarse al teatro, consciente de que su padre habría querido hacer lo mismo sin que su familia, llena de prejuicios hacia el arte de Talía, se lo permitiera.

En ese texto, escrito en la etapa más dura de la dictadura franquista (1944), quiso subrayar su autor que la expresión sincera de la sexualidad, de los sentidos, era absolutamente urgente en aquella sociedad. “Aquello fue una revelación y una rebelión porque mi padre moría entonces arruinado, fracasado, y quise incorporármelo, quise hacer lo que él no pudo hacer. Os aseguro que estos aplausos –por los que en esos momentos escuchó Nieva, muy emocionado– los recibo con él al lado. Yo soy mi padre, queridos amigos, soy mi padre”.

Se nos ha ido el que sin duda fue uno de los dramaturgos y hombres de teatro más importantes que ha tenido este país en el último medio siglo. Hace cuarenta años, cuando más que como autor empezaba a ser conocido en España como escenógrafo, tuve oportunidad de entrevistarlo en su casa de Madrid, cerca del parque del Retiro. La entrevista se prolongó durante varias horas, suficientes como para hacer una memoria bastante exhaustiva de sus años de bohemia en París, donde recibió el Premio Polignac por el conjunto de su obra artística, y evocar algunos recuerdos escénicos de sus estancias en Venecia, Roma y Berlín. Fue una conversación muy distendida, que a los pocos minutos logró eliminar mi retraimiento de joven reportero. Entre otras curiosidades anoté entonces que Nieva tenía libros al alcance de la mano al lado del retrete, por el gusto que le proporcionaba la lectura en ese asiento.


La obra dramática de Francisco Nieva está compuesta por su “Teatro furioso” y su “Teatro de farsa y calamidad”. Supone una reacción de gran efusión imaginativa y vitalidad escénica frente a la conformista mediocridad del teatro burgués al gusto de las clases medias, mediante un lenguaje y una escenografía barroquizantes y poderosamente mediatizados por la influencia de Ramón del Valle-Inclán, a quien tanto admiraba. Ahora que nos falta, echo de menos no haber leído Las cosas como fueron, su libro de memorias, pero es algo que haré en breve para rememorar algunas curiosidades de aquella larga y agradable plática con una de las personas del mundo de la cultura que mejor impresión dejaron en mí.


VIII


Juan Carlos Pérez de la Fuente, "Tribuna de expertos. Muere el dramaturgo Francisco Nieva. Hoy van y dicen que Nieva ha muerto, pero está vivo y coleando", en El Confidencial, 12-XI-2016:

"En el María Guerrero, por fín, esta noche con el estreno de 'Pelo de tormenta' de Francisco Nieva, hemos asesinado a Benavente, y todo el teatro realista y de mucho asunto verbal". Estas radicales palabras pertenecen a la crónica que hizo Francisco Umbral al día siguiente del estreno de 'Pelo de tormenta'. Fue el 21 de marzo de 1997.

Sin duda era una osadía sin parangón que un director iniciara su singladura al frente de una institución tan importante como el Centro Dramático Nacional con una obra de Nieva. Algunos directores de escena me dijeron cuando anuncié este título en la programación, que no entendían mi apuesta. Sin duda hubiera tenido menos riesgo escenificar cualquiera de las tragedias de Shakepeare, o cualquiera de las obras de Chejov, incluso de Valle-Inclán o de García Lorca. Pero hacerlo con Nieva no era políticamente correcto. Sin duda toda una declaración de intenciones, aunque nunca fui tan ingenuo como para ignorar que si aquella operación no salía, debería hacer las maletas y marcharme.

Aposté por la autoría española contemporánea. Sin remilgos. ¿Pero qué había en aquel texto para tener una certeza tan absoluta? Miro hacia atrás ahora y siento más vértigo que entonces. ¿Por qué?

Parece que fue ayer mi primer día de clase con Paco Nieva. Estábamos en el viejo caserón de la Plaza de Isabel II, donde su ubicaba la Real Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Madrid, como se llamaba entonces. Aquel profesor no se parecía a ningún otro. La ortodoxia de sus métodos de enseñanza de la asignatura de Escenografía, brillaba por su ausencia. Era un fabulador, un contador de historias increíbles -nunca sabré si ciertas o no- que nos tenía embelesados.

“Todo está inventado”, decía, “pero tenéis la obligación de inventarlo de nuevo”. “Jugad, como niños, al teatro, equivocaos, pero jugad”. “No perdáis la perplejidad ante todas las cosas de la vida”.

Recuerdo que me fui a La Avispa, la emblemática librería de teatro regentada por Joaquín y Julia, padrinos de casi todos los alumnos de teatro de entonces. “Dadme todas las obras de este autor”, les dije, “porque me tiene enloquecido”. Y leí a Paco Nieva. Y no podía dar crédito a lo que leía. Aquel teatro estaba allí, pidiendo a gritos: ¡Montadme! ¡Subidme a la escena! Me adviertieron, eso si, que Paco Nieva solía dirigir sus obras. Y que las producciones eran muy caras. Y que 'Pelo de tormenta' había sido la obra más prohibida por la censura franquista. Nieva era para un teatro público. Todo eran facilidades.

Durante los cuatro años que estuve en la Escuela pude conocer un poco más al profesor y al hombre. Y hacer acopio de todo un arsenal de conocimientos teóricos y prácticos que las enseñanzas oficiales de artes escénicas de aquella época permitían. Y llegó el momento de romper el cordón umbilical que nos ataba al mundo plácido y seguro de la Escuela.

Y entonces sucedió esta curiosa anécdota: Era el último día de clase e hicimos una gran fiesta. Al terminar, con esa mezcla de dolor y ansiedad por quedarnos huérfanos, cuando ya nos despedíamos en la Plaza de Isabel II, le dije a Nieva: “Algún día dirigiré un teatro público. No sé si será el María Guerrero o el Español. Ese día dirigiré 'Pelo de tormenta', bueno, si tu me dejas.” Creo que era el año 1986. Diez años después me nombran Director del Centro Dramático Nacional y retomo con Nieva aquella conversación.

Todo fue exquisitamente natural. Todo lo natural que puede ser convertir un sueño en realidad. ¿Pero, por qué esa obsesión con ese texto? Treinta y dos folios, nada más. Era un auto sacramental a la inversa. Era una alucinación, un desate de elementos pocas veces encontrado con ese grado de pureza y ese extraño equilibrio entre clasicismo y vanguardia. Conviene recordar que 'Pelo de tormenta' se escribió en París en los años 50, cuando Nieva se sumergía con su vastísima cultura española en las profundidades de las vanguardias europeas. Así veía España aquel joven con aspiraciones de dramaturgo. En aquel texto prodigioso estaba la tentación, el sexo, la religión, la culpa, el deseo. Y muchas cosas más. Madrid convertido en una nueva corte de los milagros. Siglos negros de España, como un “chicharrón” saltando en una olla de aceite hirviendo.

Todo lo que había aprendido de teoría teatral no servía para nada. Los personajes de Nieva había que agarrarlos por los bajos hasta que vomitaran toda la rabia, la furia y el cachondeo que llevaban dentro. Y por si fuera poco, cantaban, bailaban, hacían piruetas, acrobacias, había fuegos artificiales y todo tipo de “desate de elementos”. La reópera, género acuñado por el maestro Nieva, entraba por la puerta grande de nuestro teatro.


El María Guerrero se convirtió en plaza pública para que allí sucediera el milagro. ¡Y sucedió, vaya si sucedió! Pero de todo esto ha pasado mucho tiempo, casi veinte años ya. Y hoy van y dicen que Nieva ha muerto. No me lo creo. Ahí están sus obras. Si tienen dudas, léanlas. Y comprueben lo vivo que está. Vivo y coleando. Me gustaría invitarles a que asistieran a una representación suya, pero eso no es posible. De esto no tengo ninguna duda. Como aperitivo aquí les dejo unas palabras de Ceferina, (maja salida): “Viva España y la calle del Barquillo, que es mi patria chica”.


Juan Carlos Pérez de la Fuente es director de escena y productor


IX

Cuatro reseñas de las memorias de Nieva:


A)

"Furioso y desaforado", reseña de Vicente Araguas para Revista de Libros1/06/2002:

Francisco Nieva, Las cosas como fueron. Espasa Calpe, Madrid, 662 págs.

Hombre múltiple, también exagerado (como su paisano Almodóvar) y un punto desaforado, y cójase este adjetivo también en su sentido primitivo, Francisco Nieva fue elemento decisivo en la escena española de los años setenta y ochenta. Tiempos, por otra parte, en los que la novedad de un país libre (al menos de elementos represores externos, que los internos ahí siguen estando, y tampoco parecen que tengan intención de irse) incitaba a buscar cosas diferentes, ajenas a la rutina y al tono gris ambiental impuestos por la dictadura. Algunos de sus oponentes llevaban in pectore los mismos estigmas de los por ellos criticados, aunque bien diferente es el caso de Nieva, artífice del llamado teatro furioso, pero además escenógrafo radical y, entre medias, dibujante, articulista, teórico de una cierta provocación. Tanto tiempo después Francisco Nieva, desde hace años académico, nos cuenta su versión de la película en un grueso volumen titulado Las cosas como fueron, título que, por cierto, mereció la ira del poeta Eloy Sánchez Rosillo, quien lo había utilizado con anterioridad en un libro suyo. Pero para los títulos, sospecho, no hay copyright que valga y aviados estábamos en caso contrario. Grueso volumen, decía, y nada espeso, pero que exige un cierto conocimiento de la obra de Francisco Nieva para no perderse demasiado en un tercio de sus páginas (que en conjunto superan holgadamente las seiscientas). Esto, el conocer previamente lo escrito o lo llevado a cabo por el autor, pudiera no ser necesario en memorias menos técnicas (así las de Jesús Pardo o Adolfo Marsillach), más al bulto. Las de Francisco Nieva, al contrario, prefieren entrar en aspectos profesionales por encima de todas las cosas, aun sin desdeñar otros, evitando los ajustes de cuentas, lo que tampoco las convierte –insistamos– en pura asepsia. Sin embargo, justo es advertir que quien busque aquí zurriagazos al por mayor se quedará con un palmo de narices. Ni siquiera Eduardo Haro Tecglen, el mayor damnificado de Las cosas como fueron, en su papel de zoilo inmisericorde y pope de la crítica teatral española durante la transición y los primeros tiempos del felipismo, es merecedor de un trato cruento. Por lo menos no lleva más zurra que las que Nieva administraba a su gato Pomelo (que no Poncelo como inadvertidamente señala el índice). Un índice que confunde al director de cine Ricardo Franco con el dictador Francisco Franco, o a Synge con Singer, cierto que en este caso haciéndose eco de un palmario error niveano (págs. 383 y 426). Con todo, la venganza de Francisco Nieva, si la hubiera, contra Eduardo Haro Tecglen, está en las brillantes páginas (583-585) que dedica a su hijo, Eduardo Haro Ibars, una de las víctimas de ese mal de la modernidad que fueron –y siguen siendo– las drogas, y Francisco Nieva, hombre desaforado ya se ha dicho, asegura haber experimentado con algunas de ellas, bien que sin haber pegado el siniestro peaje que hubieron de aportar algunos de sus más jóvenes amigos. Entre ellos los Panero, quienes también cruzan por estas páginas, alguno –Juan Luis– sin excesivo cariño, quedando Leopoldo María en su sitial adecuado cuando Nieva dice de él: «Algunas antologías lo han de tomar en cuenta, pero su estética puede ser un lío de imprecisión para quien intente ponerla en limpio» (pág. 346). Por cierto que algunos de los mejores momentos, literariamente hablando, de este libro se encuentran en la exposición que Nieva hace de la visita fantasmal hecha por Leopoldo María al umbral de su casa. Una visita que en ningún momento se llega a concretar y que tiene todo el ambiente de un relato gótico: los biógrafos del segundo de los Panero harían bien no desdeñándola (pág. 345). Y si Nieva no se reprime a la hora de hablar de los paraísos artificiales, menos lo hace al tocar los naturales, es decir aquellos suministrados por el cuerpo, solo o en contacto con otros, sin necesidad de recurrir a sustancias extrañas. Y entonces aparece la realidad bisexual en el autor manchego, quien nos ilustra sobre ella sin recurrir a interpretaciones torticeras. Nieva, casado con Ginette Escande, y el retrato de ésta es bastante piadoso, devana en sus memorias el ovillo de una bisexualidad aparentemente gozosa, y en la que (y ahora aparece un conejo que estaba bajo la chistera) le había precedido su apuesto y ambiguo padre, presente (al igual que la madre) en este volumen en el que las circunstancias familiares se nos evitan más allá de lo inevitable. Tomen nota, digámoslo una vez más, los memorialistas que aburren a las ovejas con sus historietas familiares de dudoso interés sino para ellos mismos. Ahora bien, los padres de Nieva, cual hilo sutil, vuelven guadiánicamente para ilustrar determinadas situaciones y reflexiones. Algo semejante a lo que ocurre con Carlos Edmundo de Ory, un ser definitivamente raro en el páramo de la posguerra, y con el que Nieva compartió vivencias y viviendas antes de su marcha a París. Un París que en este libro se descuelga hasta 1968, vivido por Nieva desde una óptica sabiamente escéptica (como la guerra civil, que a Nieva, por manchego, le tocó vivir en el bando republicano del que aquí se trazan unos apuntes bien poco hagiográficos). Porque Las cosas como fueron quiere ser, en la medida de lo posible, un retrato y al tiempo un retablo objetivos de un tiempo y un artista excesivos (y no todos los tiempos, y menos los artistas, lo son). Adobado con un excelente estilo en el que las pausas desempeñan un papel importante para que el grueso volumen no se convierta en materia indigesta. Los parciales del teatro, primeros destinatarios del libro, hallarán además toda una teoría acerca de qué cosa es éste, e incluso los detalles técnicos de cada obra de Francisco Nieva, sin olvidar su génesis. También el análisis humano de los actores que en ellas participaron. Y, por supuesto, esa definición del hecho y circunstancia –seguramente también pompa– teatrales que abre el volumen: si en principio era prosa, Francisco Nieva, aconsejado por Carlos Bousuño, la transformó tipográficamente en verso. Y los dos acertaron.


B)

Reseña de Nuria Martínez para El Cultural 10/04/2002:

Francisco Nieva, Las cosas como fueron. Memorias. Espasa. Madrid, 2002. 622 páginas, 23’25 euros

Cajas chinas en manos del prestidigitador. Otro falso final. Otro testamento de este genial escritor que cierra ahora las puertas de su vivir, poco a poco, como las fue abriendo, también poco a poco

En diciembre, Francisco Nieva cumplirá 78 años. Y, como dando por clausurada su itinerancia, nos entrega sus memorias, Las cosas como fueron. ¿Precipitación? No, manera de ser. Hace una década publicó su Teatro completo, que selló su dramática. Nieva cierra ahora las puertas de su vivir, poco a poco, como las fue abriendo, también poco a poco. 

El dramaturgo se recrea en el colofón. Los finales se suceden. Cajas chinas en manos del prestidigitador. Porque esto no termina aquí, dentro de unos meses Nieva vuelve a los escenarios como autor, director, escenógrafo y hasta músico con su recreación de El manuscrito encontrado en Zaragoza. Otro falso final. Otro testamento ológrafo de este laureado escritor, de aparición tardía, que, en las postreras líneas de sus Memorias, duda de la proyección de una obra que ha defendido a lo largo de 650 páginas: “Me embarga el sentimiento angustioso de que, con la rápida globalización de la cultura, mis escritos queden cada vez más arcanos y distantes, y su lengua sea sólo un galimatías”. Atroz dilema para un autor que apostó por la palabra de Cervantes, a su manera. 

Nieva es un artesano de la obra literaria, sea teatral o no. En sus Memorias también lo es. Y en las partes más sólidas de su trabajo, en sintonía con Proust. “Queremos buscar en las cosas”, confesó el francés en su exploración. Así, Nieva. Las cosas como fueron es un desnudamiento sin pudor. Bueno, habría que decir que con desvergüenza controlada. Los dramaturgos somos muy calculadores. Desde ese “decorum”, Nieva -clásico- estructura sus memorias en tres partes, en tres actos. En el primero, no tarda en mostrarnos su conflicto. Su madre le vampiriza. Enamorada de su marido, pretende y consigue torcer el destino del niño, que ha de ser “otro”. Otro, como su padre, bello y seductor, “el otro”. Su madre será la modeladora; su padre, el modelo. “Aquel ménage a trois me indujo a enamorarme de mi padre”, concluye Nieva. Y comienza la andadura de aquel “otro” forjado en una tiránica esquizofrenia que desemboca en una reconocida bisexualidad. Desde estas premisas, el otro observa con pasmo su España: los sofocantes barros manchegos o los atestados tranvías madrileños. Pero en esos escenarios, junto a la pasión de su madre o el sexo de una generosa Carola, la querencia del bello guardia civil o la mirada del joven del tranvía -Vicente Aleixandre. Es el otro universo, sin compensación en el postismo de Carlos Edmundo de Ory, que vive en su casa.

Hay que huir. Se inicia el segundo acto (1948-1963). El decorado será primero París y luego Venecia. Nieva marcha de Madrid. “De haberme quedado en la España estreñida, militar y fanática, hubiera terminado en Carabanchel o escribiendo El Jarama”, grita “el otro”. 

“Chico listo”, inventa “una llave para entrar en Europa”, la que él llama “la escritura del caos”. Sólo provisto de “pluma, tintero y papel” aborda su “trabajo incantatorio”. Genevieve Escande, Ginette, alta funcionaria del Centro Nacional de Investigaciones Científicas, será la encantada. Al año y medio de estar en París, se casa con ella “por pura necesidad”. Le obliga a abortar por dos veces, pero es reo de Ginette. A través de Ginette, conoce a Barthes, que quiere acostarse con él, o a Genet, que le roba un tomo de una edición exquisita de Robinson Crusoe. Cuando un día Ginette le dice que vaya a devolver unas prendas de lencería, Nieva le contestará: “¿Tienes un marido solo para eso?”. A lo que replica Ginette: “¿Y para qué lo voy a tener? Sin mí tú no serías nada”. La ruptura. Y el fin del acto, en Venecia. Ante el Excelsior, con “todo Venecia social” allí, los baños con Raúl de Carrera, descendiente de un virrey del Perú: “Raúl buceaba y me hacía una gentil felación”. Las pasiones en flor. 

Y tercer acto. “El otro”, en plenitud. La vuelta a España y la incardinación en el teatro. Se abandona la deriva proustiana... Nieva expone su sólida dramaturgia. Aquel postismo desemboca en este posmodernismo. Pero si con Ginette no quiso ser “un anticuario”, ahora no quiere ser “un decorador”. Es autor. Lo es. 

De La carroza de plomo candente -montada por Alonso, en el 76, “ocho meses en cartel, a millón por mes”- hasta Pelo de tormenta -una apoteosis de Pérez de la Fuente, en el 98-, un camino de rosas. Y el sillón J de la Academia y el premio Príncipe de Asturias coronan al “otro”. Pero queda una insatisfacción. Nieva no perdona algunas cosas. ¡La izquierda! Tina Sainz, Pilar Miró y otros, entran en su ajuste de cuentas. Mientras, entre los demonios familiares, Bousoño, Gimferrer o... Haro Ibars son los ángeles. 


Y el final. El desvelamiento de la homosexualidad de su padre, “el otro” buscado: “Mi padre soy yo, nada le puedo reprochar que no me reproche a mí mismo”. Y la muerte de Ginette, “vieja, sola y frustrada”. Y la confesión: “Nieva no deja herederos. Tanto se muere cuanto se vive, tanto se mata cuanto se crea”. Un final. Uno más. De un genio. 

C)

Olga Elwes Aguilar, reseña de F. Nieva, Las cosas como fueron, memorias. Madrid: Espasa Calpe, 2002, en Signa. Revista de la Asociación Española de Semiótica núm. 12, 2003

Hace pocos meses que aparecía en nuestras librerías el libro de memorias de Francisco Nieva. Con el título de Las cosas como fueron, su autor viene marcando ya la intencionalidad de contar las anécdotas de su vida y de su oficio sin tapujos, creando así, desde el principio, la imagen de un personaje que se sabe con éxito y reconocimiento. No en vano alude a su condición de Académico de la Lengua al final de la obra. Se trata, pues, de una obra sumamente esperada que supone no sólo su recorrido vital, sino también el del teatro español de la última mitad de siglo XX.

El extenso volumen está dividido en tres partes. La primera de ellas -«Funeral y pasacalle» (mismo título de una comedia que nunca terminó)- condensa en cierta manera su forma de ver la vida, su cosmovisión humana y artística. Es el relato de los orígenes tanto familiares (la madre obsesiva, la admiración por el padre, la protección desmesurada hacia el hermano menor, su «aquiescente interlocutor»...) como artísticos. A pesar de los negros episodios de sus recuerdos de la guerra, estamos ante un Nieva joven y optimista que anhela ser pintor (de ahí el carácter pictórico y plástico que luego tendrán sus composiciones). Sorprende la narración clara y consciente de su homofilia, de su bisexualidad después, siendo uno de los puntos centrales de estas memorias de juventud el recuerdo del gran amor de su vida: el joven y malogrado Francesco.

El segundo libro, titulado «Fragor y juventud», a su vez está dividido en tres partes; las dos primeras dedicadas a su estancia y recuerdos en dos ciudades míticas para el autor: París y Venecia. En París, rememora sus años en el Colegio de España, de gran efervescencia creadora e inquietud artística. Pero, sobre todo, es allí donde conoce a su mujer, a la que desposará por conveniencia, por hacerse un hueco en la sociedad del momento. Tanto la súbita muerte de Francesco como el aborto que le impone a su mujer suponen una quiebra en su trayectoria; a partir de entonces se convertirá en «el otro: escritor, autor de comedias, director teatral, dibujante, cartelista, escenógrafo, novelista...» (p. 223). Aquí nace el personaje y el mito de escritor maldito.

Los años de Venecia -de escándalos, orgías y amores adúlteros- van a ser el definitivo impulso de lo que estaba por desarrollar en el creador. Precisamente, a partir de la separación definitiva de su mujer, junto al consecuente «suicidio social» que le supuso, empezará a materializar «todo aquello que ya llevaba dentro, amordazado y sin expresar» (p. 297). Es el momento de la escritura de su Pelo de tormenta, de la toma de conciencia de un Nieva que trata de conjugar su amor por la pintura con la necesidad de la dramaturgia, el sueño anhelado -y más tarde conseguido- de realizar montajes operísticos. Es precisamente en esta tercera parte -«La resurrección de las llamas»- donde sus sueños se elevan a categorías de realidad, entrando a formar parte de la intelectualidad bohemia de la época: amistad con Aleixandre, Bousoño, Brines, Claudio Rodríguez...

El tercer y último libro de estas memorias destaca por ser el más importante desde el punto de vista escénico, convirtiéndose en un valioso material de primera mano para los estudiosos. Se trata de la memoria de sus montajes, no sólo como «diario de abordo», sino a la manera de un testamento que recoge lo autobiográfico que germina en todas sus obras. Podríamos elevarlo casi a categoría de poética, al estar ensalzada por doquier su composición de la escena contra la verosimilitud ilusionista, en un deseo constante de que su público no pierda el sentido de que está asistiendo a un sueño, a la materilización de un poema escénico. El amor por el auto sacramental en Coronada y el toro, el montaje de Los baños de Argel junto a Adolfo Marsillach, las confesiones de La señora Tártara -su obra más autobiográfica-, Francesco como figura obsesiva, héroe juvenil en Teatro de Farsa y Calamidad, la madre como el símbolo de la ceremonia obsesiva, destructora y violenta... todo ello conforma el testimonio más emocional que Nieva nos viene a ofrecer en este capítulo final.

Asistimos en todas las peripecias a la consideración de cómo lo autobiográfico está engarzado con la creación ya que, tal y como él reconoce: «casi todo lo que se escribe se ha tenido que vivir de un modo u otro. Surge siempre de una experiencia de vida» (p. 512). Pero al final del libro se plantea el autor si su trayectoria no ha sido más que una función con numerosos «golpes de teatro», una ilusión, los testimonios de sus restos. Viaje por la memoria de un creador que creó y sintió de la manera en que está narrado, este libro conjuga lo vivido con lo soñado y lo temido, pues no en balde el relato es salpicado por un halo mágico y extrasensorial (lo sonambúlico y fantasmal que rodeó su escritura de La carroza del plomo candente, por ejemplo). El mismo halo que le hace «metamorfosearse» al final de las memorias, en las que se siente claro continuador de su padre: «mi padre soy yo», concluye (p. 642). En definitiva, una obra-documento (teniendo en cuenta que el género autobiográfico siempre esconde las dobleces y pliegues de la voz narrativa, furtiva y silenciosa en muchas ocasiones) para conocer al gran autor de teatro que se esconde -y aquí se nos desnuda excepcionalmente- bajo el nombre de Paco Nieva.

Olga Elwes Aguilar, Universidad Complutense de Madrid


D)

Antonio Ruiz Vega: Francisco Nieva, Las Cosas Como Fueron, en Comentarios de libros.com:

Dibujante y figurinista, novelista, evidentemente dramaturgo, Francisco Nieva ha sido un intelectual atípico, como de otra época, dentro del panorama español. Su propia versatilidad, su independencia de criterio, el "venir de fuera", su halo parisino, la originalidad de su arte, fuera de las modas al uso, y una imagen transgesora, misteriosa, son algunas de las razones que le han llevado a una cierta marginalidad, y hay que decir cierta porque el reconocimiento le llegó hace tiempo, aunque con retraso.

No se siente, desde hace mucho, "un hombre de mi tiempo" e incluso no desdeña reconocer (pág. 19) "soy un antiguo". Dice haber pasado como sobre ascuas sobre las grandes ideologías del siglo que "no forman parte alguna de mi vida anterior y casi no me determinaron en nada". Hete aquí otro "caballero inactual".

Como memorias, que es el subtítulo del libro, pertenecen a una modalidad que, según explica Goytisolo, tiene escasa tradición en el país. Son, como las suyas, a calzón quitado, y puesto a confesar atrocidades, va incluso más lejos. Cuesta imaginar con qué tipo de ética o moral puede compaginarse la conducta sentimental (y eso es un eufemismo) de Nieva. Y no me refiero a su bisexualidad, que ya pocas ronchas puede levantar, sobre todo si está teñida de añoranza y poesía, en su pasión por el joven Francesco Auffray, sino al uso meramente mercantilista y de moneda de cambio que hace de su sexualidad sobre todo en una época de su vida, especie de gigoló que usa el palmito para ascender socialmente. Fuera de la moral católica y bien pensante, también lo está de cualquier otra en la que podamos pensar, salvo alguna hecha a medida. Y en las antípodas de los usos del surrealismo en cuya estela se inscribe vagamente su obra. Incluso él confiesa una sensación de culpabilidad.

La expresión de tristeza de casi todas las fotografías, abundantes, que aparecen en este libro, hablan a las claras de un drama íntimo inocultable.

Volviendo a las comparaciones, estas memorias recuerdan bastante más a Mi vida secreta de Salvador Dalí que a ninguna otras, y con eso dejamos claro hasta qué punto carecen de punto de comparación en nuestro país. Huyendo de las falsas memorias de las que nos previene Goytisolo, Nieva no cae en la justificación a posteriori ni en el maquillaje de los aspectos más sórdidos de su biografía, por el contrario parece regodearse en ellos, incluso cuando no aportan nada al argumento central. Por ejemplo la descripción de las orgías gays a las que se libraban los hombres de negocios ingleses en el ferry que recorre el Canal y a las que se unió él en una ocasión...

El aura de decadencia y tristeza que embarga todo el libro es especialmente ominosa en algunos pasajes, como su estancia en Venecia, en un viejo palacio, que es ya puro Nosferatu... Allí es donde conoce a los beatnicks, Gregory Corso y Allen Ginsberg, aunque no parece que le impresionara mucho que digamos. El palacio que ocupa circunstancialmente había albergado antes al pintor Burri, el cual había pintado con blanco industrial los muebles del XVIII, que hubo que decapar laboriosamente. Allí conoció también a Wind Anderson, la amante de James Joyce.

Es difícil pasar revista, aunque sea someramente, a una vida tan larga y tan complicada. Desde los traumas infantiles y manchegos, a su especialísima relación con su madre, que le hizo su confidente sentimental.

Hemos enumerado al principio alguna de las cosas que hacen distinto a Nieva, y hemos olvidado su adscripción, aunque fuera circunstancial, al protestantismo, durante su etapa francesa, por influencia de su hermano. Su protestantismo le abrió algunas puertas en sus primeros años en Francia. Fue en aquel club hugonote donde conoce a M. Escande, que se convertiría en su esposa. Fue un matrimonio sin amor y que le sirvió a él para ascender socialmente, según reconoce.


Imposible describir ni someramente el cúmulo de experiencias y sucedidos. Pero el poso es, como digo, de tristeza, todo tiene como un aura siniestra y decadente. A lo mejor es de lo que se trataba. 


X

Francisco Peña, "A Francisco Nieva" en La Luna de Alcalá, 11-XI-2016:

Ha fallecido Francisco Nieva, ha muerto el cuarto pilar del teatro español contemporáneo. Junto con Valle Inclán, Lorca y Buero Vallejo, Nieva ha establecido las bases de una renovación del teatro español que ha permitido la internacionalización de nuestra forma de hacer teatro. Con Nieva ha muerto el último gran creador del teatro total, del espectáculo, de la magia, de lo que el mismo Nieva define como alquimia del espíritu, jubiloso furor sin tregua.

Cuando comencé mi relación con Nieva para la preparación de un amplio estudio, lo primero que me sorprendió fue su naturalidad, su simpatía y, sobre todo, la magia que emanaba de sus palabras. Vivía cada escena como si de un teatro se tratase. Contaba su infancia con la fantasía de los cuentos, dotaba de vida propia a sus aventuras en Francia, de la mano de hombres como Ionesco, Bertold Brecht, Cousteau, y un largo etc., de figuras de la cultura del siglo XX europeo que permitieron a Nieva hacerle ver que la creación literaria, que el teatro era algo más que ese mundo ramplón al que estaba acostumbrado en la España de los 40 y 50.

Nieva era, especialmente, un “vividor” del teatro. Ha sabido fundir con ensalmo el matiz creador del teatro con el impulso de la vida. Todo lo quiso probar, todo lo quiso vivir… y lo ha hecho. Pocas vidas tan apasionantes como la de Nieva. En sus memorias, publicadas en 2002 con el título de Las cosas como fueron, Nieva desgrana esos momentos que le han hecho ver la vida con el anhelo de la inmersión en la libertad más profunda; no hay límites para la experiencia si quiere probar de todo… y de ahí, de esa vida rica, disfrutada como una explosión de los sentidos surge un teatro maravilloso donde se confunden los límites de la realidad con la fantasía, un don Quijote lanzado a la conquista de los gigantes, pero no con la lanza, sino con la seducción.

En su casa, una de las primeras veces que fui a visitarle, me enseñó con auténtico placer un pequeño teatro de cartón y madera donde “montaba” sus obras antes de estrenarlas. Era una delicia verle vivir con los muñequitos de los personajes las acciones de la obra que tuviera en la mente. No era solo teatro, era la vivencia, la alquimia, la magia de la vida y el teatro.

El estudio que edité en la Universidad de Alcalá -con la colaboración de Castilla la Mancha y la RESAD-  y la edición de la Obra Completa, que tuve el honor de preparar para la edición de Espasa Calpe, me permitió conocer a fondo la obra de Nieva. En las charlas que teníamos me iba descubriendo los matices de su creación. Hablábamos, por ejemplo, de Malditas sean Coronada y sus hijas… y de pronto surgía todo un mundo de experiencias en las que se dibujaban los personajes como seres reales, ¿o era el revés?
Se han estrenado muchas de sus obras. La última, el año pasado, Salvator Rosa o el artista. Es una suerte que Nieva pudiera ver el estreno de esta obra porque es la que simboliza toda su poética. En ella se resume en el principio de la estética teatral que Nieva resume en un poema que será eternamente repetido:

El teatro es vida alucinada e intensa.
No es el mundo, ni manifestación a la luz del sol,
ni comunicación a voces de la realidad práctica.
Es una ceremonia ilegal,
un crimen gustoso e impune.
Es alteración y disfraz:
Actores y público llevan antifaces,
maquillajes,
llevan distintos trajes…
o van desnudos.
Nadie se conoce, todos son distintos,
todos son “los otros”,
todos son intérpretes del aquelarre.
El teatro es tentación siempre renovada,
cántico, lloro, arrepentimiento, complacencia y martirio.
Es el gran cercado orgiástico y sin evasión;
es el otro mundo, la otra vida,
el más allá de nuestra conciencia.
Es medicina secreta,
hechicería,
alquimia del espíritu,
jubiloso furor sin tregua.


XI

Alberto Ojeda, "Escenarios. Francisco Nieva: “La vanguardia hoy es cargante y tópica”", en El Cultural20-II-2015:

Esteta, antisistema, libertario, barroco, vanguardista, vital, decadente, genial... Francisco Nieva ha construido un universo escénico a la altura de todas sus contradicciones íntimas. El Centro Dramático Nacional vuelve a citarle sobre las tablas del María Guerrero, donde Guillermo Heras ha montado su Salvator Rosa o El artista. Una obra en la que el dramaturgo y académico proclama su credo artístico, el de un romántico insobornable, al tiempo que denuncia los abusos de los jerarcas de la política.

El rojo veneciano de un telón y algunos cuadros con su firma, de la época en que coqueteaba con la abstracción, revisten las paredes del salón. Su perro Tirso olisquea al periodista. No detecta nada extraño y permite la irrupción en la estancia de su dueño: Francisco Nieva (Valdepeñas, 1924), dramaturgo “muy antiguo y muy revolucionario”. Así se define él mismo. Esa ambivalencia la acredita tras sacudirse la oscuridad del pasillo: concilia un aristocrático bastón que repiquetea sobre el parqué con un jersey a rayas, tan del gusto de los antisistemas. Camina titubeando por la debilidad pero el ánimo lo tiene por las nubes. A sus 90 años, pocas cosas le ilusionan más que ver uno de sus textos materializado sobre las tablas. El próximo viernes (27) paladeará la consumación escénica de Salvator Rosa o El artista en el María Guerrero. 

Avanza hasta un butacón sobre el que se deja caer. Cede al entrevistador el triclinio que queda a su vera y empieza a rememorar: “Es una obra que he estado meditando y destilando durante casi cuarenta años. La comencé en París, después de leer El señor hormiga de Hoffman, cuya literatura fantástica me marcó muchísimo, como la de Poe. De allí tomé a Pittichinaccio, el enano prodigioso. Fue como una revelación: vi claro que podía sacarse una comedia”. Una comedia que depliega en el convulso Nápoles de 1647, en medio de la revuelta acaudillada por el pescadero Masianelo contra el impuesto sobre la fruta instaurado por Felipe IV. 

La versión de Guillermo Heras trasluce (sin remarcar) el paralelismo entre este levantamiento popular y el movimiento indignado que tomó las plazas españolas para recriminar a la clase política su inoperancia y su corrupción. Nieva le tiene mucha fe al director madrileño desde que en 1993 adaptase su Nosferatu en el malogrado Centro de Nuevas Tendencias Escénicas. Suscribe también la conexión entre ambos capítulos históricos. En el fondo, se siente un “indignado” más: “Aquella tasa del virreinato español sometió a los napolitanos a un régimen de hambre. Aquí los recortes y la puñalada del IVA al 21% han originado un desastre. Yo viví con esperanza la marea indignada, creo que Podemos es una brecha de luz entre tanta oscuridad”. 

En Salvator Rosa me río de mí mismo y del egotismo tan propio de los artistas. Es una autoparodia"

Le duelen a Nieva sobre todo los tajos en educación y cultura: “Lo que provocan es que la gente retroceda ante el teatro serio y refinado, y fomentan un público primitivo y embastecido, que sólo responde al chiste fácil. Eso es lo que tenemos ahora. Echo mucho de menos al público que tenían Ionesco, Beckett... Aunque también es cierto que hoy la vanguardia en teatro es muy cargante, muy tópica y muy aburrida, con esa obsesión de dotar de una estética contemporánea a los clásicos. Yo sigo sintiendo infinitamente la desaparición de Buero Vallejo del panorama escénico español. Nos dejó huérfanos. Por un tiempo tuve la esperanza de que la generación de modernos en la que me incluían pudiera relanzar en nuestros teatros el barroco clásico español. Por ahí iban Las salvajes en Puente San Gil de Martín Recuerda, que tanto me impactó cuando regresé a España. Pero no ha sido así. A autores tan talentosos como Manuel Martínez Mediero no se les hace caso apenas”. 

Él también fue recluido en el anonimato muchos años. La ortopedia moral franquista, escandalizada por los explícitos desnudos de sus piezas, no le dio la más mínima oportunidad. Sus recursos acababan invariablemente en la papelera de los jerarcas culturales del régimen. Y el azar, a su vez, le dio varios portazos en la nariz. En el Teatro Massimo de Palermo, uno de sus templos creativos primigenios, vio cómo su escenografía de La vida breve de Falla se bamboleaba al compás de un terremoto, a punto de desmoronarse. Contemplaba el espectáculo consternado desde el palco real, donde se había quedado solo frente a su mala suerte. Hasta que Rossellini le tomó del brazo, le afeó su terquedad melancólica y se lo llevó a tomar un amaretto a la plaza. 

Inclemencias del azar

Eran los comienzos de los 60 y ambos se habían hecho muy amigos. La coincidencia de atravesar sendos naufragios matrimoniales había consolidado su complicidad. Estuvo además a punto de cuajar una Traviata con Visconti en Milán. Pero justo antes de encontrarse con él en la capital lombarda, en una cita orquestada por Lucía Bosé (amante en su día del hermano del cineasta, el verdadero Conde Visconti), éste quedaba postrado en una silla de ruedas.

La democracia le permitió al fin comunicarse con el público y le reconoció generosamente su labor literaria (tiene tres premios nacionales y el Príncipe de Asturias). Aun así, cierto mal fario seguía fustigándole: una huelga de transportes abortó prematuramente las funciones de El baile de los ardientes en los primeros 90. Y la complejidad escénica de sus comedias, que reclaman dimensiones operísticas, tampoco facilitaba que sus títulos proliferasen en las carteleras españolas. Algunos proyectos se quedaron colgados en el limbo de las obras nunca representadas. Ese era el caso de Salvator Rosa o El artista, que estuvo a punto de montar precisamente en el María Guerrero nada menos que Lluís Pasqual, pero al final no terminaron de entenderse. 

Los recortes en educación provocan que la gente retroceda ante el teatro serio. Tenemos un público embastecido"

Fue otro capítulo frustrante para Nieva. O mejor dicho: especialmente frustrante. El académico de la RAE ha deslizado más de una vez que se trata de su “obra predilecta”. Pero como con La vida breve, con la que reabrió en 1997 el Teatro Real, Nieva tendrá la posibilidad de resarcirse. Su Salvator Rosa, encarnación del artista aventurero y rebelde, será una presencia tangible sobre el escenario. Nancho Novo interpretará al pintor napolitano, figura histórica con la que Nieva empatiza al milímetro. “Representa el romanticismo más puro, como el Conde Potocki”, explica en esta casa anclada a la espalda del Palacio de Santa Cruz, en ese Madrid castizo y populachero que le maravilló a su vuelta de París en 1963. 

Más allá de las aristas sociopolíticas, en Salvator Rosa Nieva reincide en sus disquisiciones artísticas. Establece una tensa dialéctica entre el realismo enarbolado por el trentino y sombrío Ribera (Lo Spagnoleto) y el extravagante Salvator, precursor a su modo del surrealismo. El primero sale muy mal parado: Nieva lo presenta como un lacayo de los poderosos, que no tiene reparo en represaliar a quienes contravienen el credo realista, llegando incluso al asesinato. El Cabal de Nápoles, especie de inquisición pictórica comandada por él, hizo desaparecer a algunos díscolos pintores en el interior del mar. “¡Viva España, viva el realismo, viva la naturaleza muerta!”, brama Ribera en el primero de los dos actos que conforman la comedia. 

El segundo está en las antípodas. Es un libertario que no se arredra ante los talibanes del pincel, otro héroe nievano empecinado en ampliar su libertad individual, como Cambicio (El baile de los ardientes), Villier y Zoe (Te quiero, zorra), Nosferatu... “Estoy maldito de Dios por haber elegido el arte, es el fardo secreto que yo arrastro. Pero he recorrido con fiereza las tierras y los caminos, he ido a escupir en plena boca ardiente del Vesubio, he dormido en los desiertos, visitado los antros de las Sibilas, buscado la compañía de bandidos, los parajes solitarios, los charcos en donde hierve la malaria...”. A través de esta réplica de Salvator, Nieva filtra y sublima su asendereada biografía. Al mismo tiempo levanta acta de sus postulados artísticos, los que ha defendido a capa y espada, a pluma y tintero, desde que se volcó en la escritura dramática como una venganza póstuma brindada a su padre, gobernador civil en Toledo en los años 30. “Él hubiera querido ser un autor teatral pero su familia, poderosa y rica, llena de prejuicios, no se lo permitió. Me dio mucha pena que muriera sin haber desarrollado su verdadera vocación. Él fue quien me inició en este oficio, jugando con un pequeño teatrito de cartón. Su frustración al morir fue el chispazo que desencadenó mi escritura”.

El recuerdo adolescente lo engarza con la confesión provecta: “Salvator Rosa soy yo”, proclama con Tirso por testigo, a su lado durante toda la entrevista. “Es un personaje con el que me descubro y me parodio, a mí y al egotismo tan propio de los artistas. Me recuerda mucho a Fellini, un egotista tremendo, sobre todo en Ocho y medio, y un genio excepcional que alumbró el neorrealismo más puro con I vitelloni y Luces de variedades. Yo me río de mí, de mis excesivas ambiciones artísticas. Es también una autocaricatura, una obra clave para saber quién es Francisco Nieva”.

Algo que resulta todavía bien complejo, y que todas las tesis que han diseccionado su dramaturgia no han terminado de aprehender del todo. A Nieva le resbalan las etiquetas simplistas porque su ideario escénico y personal es una sucesiva confabulación de contradicciones: la espectacularidad y el ornato escenográfico armonizados con la pureza de la palabra, el esteticismo más refinado con el descaro populachero, lo grotesco con lo sublime, la decadencia aristocrática con el vitalismo proletario, la transgresión vanguardista en cómplice alianza con el clasicismo barroco, el símbolo y el mito tatuados en la carne desnuda, la orgía compartida de las pasiones nobles y los instintos de la entrepierna...

Furia, farsa, calamidad

En definitiva, un universo simbiótico único que Nieva ha bautizado con diferentes nombres: Teatro Furioso (La carroza de plomo candente, El combate de Ópalos y Tasia...), Teatro de farsa y calamidad (La señora tártara, El baile de los ardientes...), Teatro de crónica y estampa (Sombra y quimera de Larra)... Y que a pesar de los achaques aparejados a un hombre que ha exprimido ya casi un siglo entero, pretende seguir moldeando con sus propias manos: “No descarto volver a dirigir. Visconti rodó desde la silla de ruedas las magistrales Confidencias y El inocente y hay algunas obras mías que no han sido representadas como me hubiera gustado. Yo moriré sobre el escenario, como Molière”. 

Entre el vodevil y la zarzuela

Francisco Nieva recaló en la RESAD por aclamación popular en los primeros 70. Los alumnos de la escuela madrileña, hartos del acartonamiento general de sus profesores, exigieron una renovación de docentes y contenidos. Guillermo Heras fue uno de los impulsores de la revuelta y nunca se ha arrepentido. “Era un poco energúmeno entonces”, recuerda socarrón. En unos días pasó de estudiar qué era una gola, un bodoque y otros aditamentos indumentarios de época colocados sobre un maniquí, casi como en clases de anatomía forense, a adentrarse en el espacio escénico concebido por las vanguardias del siglo XX. Un territorio que Nieva, fogueado en París, Palermo y Berlín, dominaba al detalle y que, además, había enriquecido fundiéndolo con la tradición barroca española. 


Aquella cercanía con el maestro le dio autoridad para trasvasar su literatura dramática a las tablas. Tras haber cristalizado Nosferatu en 1993 (trabajo que le valió el Premio Nacional de Teatro), la puesta en escena de Salvator Rosa o El artista la ha concebido como un homenaje a su maestro: “Mi idea es dirigirla como si lo hiciera él, siendo muy respetuoso con su estética. Por eso me he rodeado de creadores nievanos. El vestuario, la iluminación, la escenografía, la coreografía, la música... Todos esos apartados están en manos de gente que ha trabajado antes en la puestas en escena de Nieva”, explica a El Cultural. El montaje de Heras se sostiene sobre dos vigas maestras. El vodevil francés, por un lado, imprimiéndole un ritmo endiablado a las apariciones y desapariciones de los personajes en escena por diversas puertas y pasadizos. En este caos circulatorio estalla la vis cómica de su propuesta: “Buscamos el humor, no la risotada”. Y, por otro, el expresionismo de la zarzuela, para algunos un género demodé y populachero, reproche que a Heras no parece importarle. Y menos aun a Nieva, siempre ajeno a modas y corrientes dominantes.


XII

Pere Gimferrer, "Nieva, la última función", en La Razón, 12 noviembre, 2016:

Mis últimas conversaciones con Paco Nieva son recientes, de fines de este verano. Coincidieron con el generoso envío de su último libro publicado y probablemente su último libro escrito: el muy poco conocido «Teatrillo furioso», con dos piezas teatrales escritas entre el año 14 y el 15, y muchos grabados originales e inéditos suyos. Este solo hecho ya indica nuestra vinculación.

Yo había conocido a Nieva en los años 60, a través de Vicente Aleixandre, José Luis Cano, Carlos Bousoño y Paco Brines. Me es difícil recordar en qué orden y cuál de ellos en concreto o varios a la vez me lo presentaron. Por aquel entonces no vivía en Concepción Jerónima, sino en una especie de curioso apartamento en el que él mismo había construido unas literas dignas del «Nautilus» que compartía, cada uno en su litera, con Angélica Bécquer, alguien a quien imagino muy afectada y que era una singularidad en el Madrid de la época, aparecida años más tarde en el Premio Loewe. Por entonces Nieva era un autor enormemente apreciado y escasamente representado y editado, pero su ingenio, su apostura y sus variadísimos talentos le hicieron alguien insustituible e inolvidable.

Una noche, hacia 1968, salimos de una discoteca Paco Brines, Paco Nieva, Carlos Bousoño y yo mismo. Había empezado a sonar el éxito del año en ciertas zonas, y Paco se puso en pie dentro del local y salió bailando por la calle como Gene Kelly en «Un americano en París». Un vigilante nocturno o algo parecido nos quiso llevar a comisaría, pero Paco Brines, con su aplomo de terrateniente y su capacidad para denotar si había bebido o no, le convenció de que éramos gente seria y respetable. Esto lo he contado a veces, pero es una estampa extraña del Madrid de fines de los 60. Con el tiempo, Nieva fue publicando y yo mismo he sido editor suyo, aunque tardíamente. Le convencí para que terminara Viaje a Pantaélica y, de carrerilla, publiqué su dos siguientes novelas, Granada de las mil noches y La llama vestida de negro, la segunda de las cuales presenté en el local modernista de la SGAE. También presenté Viaje a Pantaélica en el oportuno salón oriental del Lhardy junto con otras personas. Incluso intervinimos juntos en la presentación de obra de terceros, como Juan Manuel de Prada.

Más tarde, Nieva ha formado parte de mi vida de manera esporádica y en muchos sentidos. Yo fui de los que acudieron a visitarle cuando se envenenó con matarratas en los bastidores del Marat-Sade que se representaba en Barcelona, creyendo naturalmente que no era matarratas. Entre estos, se encontraban algunos de los «novísimos», como Félix de Azúa y alguno más. En todo este tiempo no he dejado de tenerlo en la línea de visión, en el horizonte. Están, aparte de sus novelas y obras teatrales, unos artículos excelentes y apasionantes, unos relatos sorprendentes, algunos de ellos no publicados en su obra completa hasta hace pocos años y, por añadidura, un extraordinario libro de memorias y que comprende casi toda su vida. Hay algo posterior a ella que está en un texto extenso, inédito y, por lo que sé, inacabado que iba a llamarse Metamemoria: era una mezcla de diario y memorias. De eso ya habrá tiempo de hablar por parte de su sucesión. En todo caso, con no menos fuerza que Carlos Edmundo de Ory, su compañero de armas en la poesía, Nieva ha sido en el teatro español la excepción, pero no la excepción exenta. Su ascendencia está clara y se remonta como mínimo a Valle-Inclán, aunque se ramifique hasta Ionesco y, en cierto modo, hacia cosas ajenas al teatro, a la literatura y a la escenografía y no tanto a la escenografía. Es el caso del parque de Palagonia y el parque de Bomarzo, el primero en Sicilia y el segundo en la Península.

De todo esto se nutre su literatura, pero su primera cualidad es un español extraordinario que casi él únicamente sabía escribir. Con él desaparecido, seguirá escribiéndose, pero no a su manera. Era, creo, una vez desaparecidos Valle-Inclán y Cunqueiro, el último que escribía con un pleno dominio del registro esta clase de español. En esta comunión con la palabra está lo esencial de su legado poético, literario y humano.


La síntesis entre su legado plástico y el literario no está sólo en Teatro furioso o en los cuadros adquiridos recientemente por el Museo Reina Sofía. Está de modo muy singular en un libro que poca gente ha visto y verá: el facsímil editado no venalmente por la Real Academia de Teatro del privado horror, un bloc suyo de los años 70 que reúne a la vez textos y dibujos, esta especie de pesadilla comprimida de todo lo que fue Paco Nieva.