martes, 6 de diciembre de 2016

Sobre el narcisismo blasfemo del que acusó Cernuda a Juan Ramón Jiménez y la respuesta que le dio

Cuando leí los estudios de Luis Cernuda contenidos en Poesía y literatura I y II, de 1960 y 1964 (o más probablemente en Estudios sobre poesía española contemporánea, 1957, ya no me acuerdo bien), me llamó la atención su ajuste de cuentas de Cernuda con Juan Ramón Jiménez (Kuan Qamón Ximénez, para los criticones del 27, quienes se burlaban de su odio estético al aspecto gráfico de esas consonantes). Cernuda nunca le perdonó que, bajo el pseudónimo de "El cansado de su nombre" criticase su primer libro, Perfil del aire, acusándolo de ser jorgeguilleniano. Y se vengó al decir que el onubense profesaba un narcisismo blasfemo. No estará de más recordar al respecto la afirmación que abre y cierra su gran poema en prosa Espacio, cuya copia pirata he difundido a través de Internet: "Los dioses no tuvieron otra sustancia que la que tengo yo", etc... Cernuda reiteró esta acusación en alguno de los últimos poemas de su La realidad y el deseo, más en concreto "Juan Ramón Jiménez contempla el crepúsculo", donde le achaca estar más atento a la belleza luminosa y deslumbrante del día que a la nocturna, que también es bella, comparándolo con Ruskin, otro decadente como él era al principio de su carrera.

Hoy estoy leyendo una magnífica reconstrucción de uno de los libros de J. R. J, Vida. Volumen I. Días de mi vida. Madrid / Valencia: Pre-textos, 2014, que había permanecido en parte inédito, y observo en su página 684 que JRJ contestó a Cernuda sin nombrarlo expresamente (para chincharlo más todavía, supongo). Su respuesta es esta que copio en electrones por primera vez, ya que no la he visto en ningún lugar de Internet:

CDXXVIII

IDEOLOJÍA

Dicen algunos que soy un narcisista herético o ateo, porque me considero divino.

A mí me enseñó la relijión católica (hoy soy cristiano y no católico, ni protestante, ni de ninguna secta) que Dios me hizo a mí a su imajen y semejanza; que el alma es divina y que yo tengo alma; que el animal, por no tener alma divina, no es inmortal, etc. Entonces, ¿qué ateísmo, qué herejía, qué narcisismo puede haber en mi creencia?

En último caso, el narcisista sería el dios que me creó a mí a su imajen y semejanza, para perpetuar su divinidad, el dios que no creía en Dios, esto es, un dios ateo, herético, o narcisista.

Yo creo en Jesús el Nazareno, el poeta que creía en su padre, su propio padre que él no cargó de los símbolos con que lo cargó luego la iglesia; que él consideró como orijen y fin suyo, de donde salió y a donde volvió. y creo que esta creencia es suficiente para el hombre.

Yo soy tácitamente cristiano, es decir, soy creyente en la palabra de Cristo, quien se consideró divino; digo, Hijo de Dios eterno, y eterno en Él, como creyó Servet, y lo gritó en su martirio; y me considero divino como cualquier otro ser de la naturaleza: cualquier hombre, cualquier perro o cualquier pájaro, por ejemplo, ya que todos participan, en alguna forma, de Dios. Y, en algunas circunstancias, más podría yo creer en la divinidad de pájaro, por ejemplo, que no es vicioso en su amor, en su alimento, etc., que en la mía; porque me parece que, a medida que la conciencia aumenta, la capacidad pensativa y sensitiva (del hombre, de la abeja, de la hormiga, etc.) sobrevienen los vicios más jenerales de todos los seres de la creación.

CDXIX

MI SOLUCIÓN: UNA RELIJIÓN POR LA CONCIENCIA

...Por ejemplo, el sol. Se supone que el sol es muy importante, y lo es. Nos da muchas cosas: calor, luz, fuerza, salud: jiramos alrededor de él, es un centro físico nuestro. Pero yo, hombre, soy más que el sol; yo sé que él es sol y que yo soy yo y él no sabe quién soy yo ni quién es él.

Yo sé que [en] tal planeta, la estrella X, por ejemplo, puede haber vida, como en esta tierra, y hasta seres concientes. y puedo imajinarme cómo son, por lo que veo y comprendo aquí. Si considero las infinitas variedades, animales, vejetales y minerales de esta tierra, que suman infinitas combinaciones y posibilidades, no tengo por qué estar triste de no conocer las de otro planeta equivalente. Y en cuanto a la posible conciencia de esos seres, ¿será más rica que la nuestra?

Yo puedo con mi conciencia concebir un universo tan grande como sea, puedo pensar en lo infinito y lo eterno. Puedo pensar en un dios y puedo pensar que el dios que podemos tener no es justo. Yo puedo señalar a dios todas las diferencias y las monstruosidades de este mundo. Es decir, puedo ser crítico sereno y (...) de dios, y pensar en el mejor dios posible.

Yo puedo comprender la nada y y puedo comprender la muerte. Si el niño, el joven que yo fui, han muerto en mí, yo estoy triste de ellos, como de otros muertos que no son yo. Pero también estoy contento de ser más que el niño, el joven que fui. Puedo comprender más que ellos y gozar más que ellos. He podido decir: belleza y verdad, amor en plenitud.

Yo puedo dejar de mí en pensamiento, sentimiento, expresión, dejar que se incorpore a otros y sea vida sucesiva con ellos, incorporarme a otras conciencias. ¿Qué más puede ser un dios? yo puedo comprender que no haya dios y aceptarlo; y puedo comprender la nada y aceptarla.

Esta es mi relijión, la relijión de la conciencia humana superior.

La anotación, de Mercedes Juliá y M.ª Ángeles Sanz Manzano (en este caso pienso que más de la primera que de la segunda, porque publicó un trabajo sobre este aspecto) proclama que esta concepción de Dios acerca a JRJ al spinozismo. "A lo único que podían aspirar los hombres, según Spinoza y Juan Ramón, era a crear un dios que se pareciera a ellos. Así, el dios de Juan Ramón es su conciencia superior de la belleza del mundo. Se contesta así a las conjeturas de algunos críticos que aún piensan que Juan Ramón Jiménez al final de su vida encontró al Dios de las religiones positivas", p. 806.