sábado, 4 de agosto de 2012

Marilyn Monroe, mártir.

Hace cincuenta años, en 1962, murió MM un mes después que yo naciera y más o menos cuando se imprimía La naranja mecánica de Anthony Burgess.  Tanto como se ha dicho y apenas que era buena, tierna, generosa: una criatura benigna en un mundo maligno, algo que en su tiempo nadie supo ver salvo su exmarido y albacea, el beisbolista Joe di Maggio. Sabemos que fue desgraciada, muy bella, de ideas avanzadas, ignorante a su pesar, pero muy inteligente... y todo un talento, o más bien, una fuerza de la naturaleza como actriz: según Lee Strasberg, cuya opinión valía algo y aún sigue valiendo, sólo ella y Brando destacaban en el Actor's Studio. Ha sido muy analizada su mitificación, sus relaciones de pareja con destacados personajes de su tiempo, pero pocos conocen que siempre quiso tener hijos y una particularidad ginecológica se lo impidió; que fue violada a los nueve años, que su madre fue una maniacodepresiva grave y que nunca pudo tener una infancia normal, dada en acogida de casa en casa, siempre en familias humildes sin apenas nada que llevarse a la boca. Y, sin embargo, pese a esas condicionantes, fue la persona menos rencorosa del mundo y nadie ha podido referir de ella ni un solo gesto de maldad consciente o inconsciente, y sí en todo caso una gran pulsión y deseo por ser feliz o, más bien, hacer felices a los demás, a pesar del trastorno que generaron en ella sus genes nerviosos y su educación disruptiva. Es lo que siempre deseó: anular su yo para ser para los demás la otra que había imaginado y habría de enterrarla. En sus memorias queda patente ese deseo de autosacrificio y autonacimiento. De ahí su gran talento como actriz, de ahí también su supuesto suicidio/muerte, de ahí el unánime desprecio que suscitó entre los amantes y consumidores fogosos de su cuerpo quemado por dentro, que no pudieron soportar su tremenda patología border-line más de lo que lo soporta una mariposa abrasada en la llama de la vela a la que se acerca. Tengo para mí que no quiso morir, sino cambiar un mundo por otro mejor y sencillamente se apagó como una vela: la Fénix logró morir. Era muy tentador dormirse cada vez más profundamente para no levantarse otra vez y darse en pedazos a un escenario tan cruel y fatigoso como este; de manera que se durmió una vez tan profundamente en su rectángulo de technicolor que no despertó ni siquiera a los flechazos de los fotógrafos de su noche eterna. La mitificación (163 millones de entradas cuenta Google sobre ella) que sufrió después se debe a que en ella la forma se ha unido al contenido: por una vez en la historia, la cara, el cuerpo, fue el espejo del alma. MM resulta así ser un objeto tan puro, denso y cristalizado como un diamante; aunque ser un diamante, así lo muestra su caso, no es lo mejor para una chica, muy al contrario de lo que cantaba.