martes, 24 de abril de 2018

La muerte de un comunero

Estaba escribiendo sobre una serie de cosas que pasaron a fines del siglo XVIII en el convento de las Terreras, pero el artículo sobre los comuneros de Marcelino y la celebración del día del libro me han impulsado a variar de tema y transcribirles una magnífica poesía desconocida de un escritor ciudarrealeño de comienzos del siglo XIX que fue el mejor periodista manchego de ese siglo, Félix Mejía (1776-1853). Cuando la descubrí me conmovió y sentí que era la mejor que se había escrito sobre el tema. El autor militaba en una sociedad secreta prodemocrática del Trienio Liberal (1820-1823) que tenía el nombre de Confederación de Caballeros Comuneros. Dedicó a Juan de Padilla este poema en un número triple de El Zurriago (67-68 y 69), [octubre] 1822, pp. 7-10:

A LA MUERTE DE JUAN DE PADILLA.

Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni, Lucano, Farsalia.

“La causa de los vencedores plugo a los dioses, pero la de los vencidos plugo a Catón”.

Cúbrese el cielo y rompe horrisonante
el rayo su prisión; el ronco trueno
en los cóncavos montes se repite
con tremendo zumbar, áspero silbo
lanza el ábrego airado
y se estremece el orbe consternado.

Ruge el abismo y de su seno arroja
la desgracia y la muerte, y no a su aspecto
hace temblar al justo, que, inmutable,
sigue de la virtud que venerara
el sagrado sendero:
más fuerte el justo es que el orbe entero.

Ciñera España con la regia insignia
de un extranjero la ambiciosa frente,
y él, cual maligna sierpe que devora
al mismo incauto do encontrara abrigo,
ingrato maltratara
la nación que hasta el solio le elevara.

El capricho fue ley; a sus mandatos
tembló la humanidad. De oro sediento
la Iberia saqueó que so la grave
mole del duro trono estremecida,
opresa, quebrantada,
maldijo tarde su elección errada.

Y calló envilecida y ni un suspiro
osó exhalar. ¿Qué fuera de su esfuerzo,
de su antiguo valor? ¿Del gran Pelayo
los belicosos hijos sus cervices
así inclinan al yugo
que imponerles a un déspota le plugo?

Uno sólo se alzó. Sólo Padilla
de libertad el grito penetrante
osara al aire dar. Lo oyó el tirano
y en su solio tembló. Pálido tinte
vierte el miedo en su frente
y mil espectros en su opaca mente.

Empero, luego los rabiosos ojos
gira en torno de sí y a sus legiones
llama a lid fratricida. ¡Y hay soldados
que sostienen al monstruo que, insolente,
hace una befa impía
de un pueblo sin el cual nada sería!

Le obedecen y marchan. Truena el bronce
mil muertes arrojando y, al impulso
del acero español, sangre española
los campos enrojece y… ¡Oh destino!
¡Oh, patria desgraciada,
en Villalar por fin encadenada!

Atroz sonrisa al contemplar su triunfo
baña la faz del déspota ominoso.
Arde ya en sed de sangre. “Muera” –dice–
“el que rebelde a mi mandar se opuso,
y España en su exterminio
a respetar aprenda mi dominio”.

Dice y, bajas las cejas y reunidas,
sus pupilas ocultan. Blanca espuma
vierten los negros labios, humo arroja
por la abierta nariz, convulso tiembla,
le sofoca la ira:
sólo venganza el corazón respira.

Parte el héroe al suplicio. Débil lloro
lanzan los viles que lidiar no osaron.
Los venales traidores que vendieran
a su patria infeliz el pecho sienten
de horrenda angustia lleno,
y él, que marcha a morir, marcha sereno.

“¿Y qué yo he de temblar? ¿Será la muerte
la que pueda espantarme e impetrando
un indigno perdón ante las plantas
de mi opresor caeré? ¿Y él sonrïendo
mirará su victoria,
y mi flaqueza realzará su gloria?

¡Ah! No, nunca será. Tiembla el malvado,
pero no el inocente. Sea Padilla
fuerte en morir cual en lidiar lo fuera,
no se diga temió. Y más no admire
el orbe confundido
a Carlos vencedor que a mí vencido.

¿Será que pueda un bárbaro decreto
cubrir de infamia la virtud honrosa?
Me apellidan traidor, mas dondequiera
que exista un solo pecho de la patria
en amor inflamado,
será mi nombre sin cesar loado.”

Con tan dulce esperanza envanecido
a la muerte camina. Su cabeza
con majestad se alza, y en sus ojos
brilla un fuego de gloria. Firme el paso,
la presencia imponente,
virtud y honor respira solamente.

Parece que va al triunfo. El aparato
ve de su muerte sin temor. Tan sólo
con una tierna lágrima un suspiro
lanzara por su esposa; luego, ufano,
“Adiós” –dice– “Castilla”,
y ofrece el cuello a la feroz cuchilla.

Hay textos muy divertidos y profundos del autor manchego que no se conocen todavía; algunos, como ya descubrí en un artículo más o menos reciente, se esconden en los dos años en que redactó íntegramente el suplemento de El Eco del Comercio al volver de su exilio en Estados Unidos, Guatemala, México y Cuba. Conseguí hacerme con una colección completa de este suplemento que merecería una edición facsímil. Al menos para la historia de las letras manchegas, si es que tal cosa interesa a alguien. Es nuestro mejor escritor del siglo XIX, autor de dramas, obras históricas (la Vida de Fernando VII y los Retratos políticos de la revolución de España) y una de las primeras novelas históricas conocidas en español, el Jicotencal, publicada en Filadelfia en 1826.

lunes, 23 de abril de 2018

Endogamia universitaria

El remeidio es muy sencillo, tan sencillo que nunca ustedes lo verán ni siquiera mencionado y mucho menos en una ley. Que sea extremadamente difícil de demostrar es una cosa y otra que un tribunal decida, antes de iniciarse el concurso, que la plaza la obtenga el candidato de turno, cosa que sospechamos que pasa habitualmente ¡Es un delito como la copa de un pino! Pero aunque sea casi imposible de demostrar, ves los resultados y tienes más que sospechas. La solución es cambiar drástica mente las normas para esos concursos y se puede hacer por supuesto, que los tribunales sean objetivos. El primer paso es volver a las convocatorias nacionales y dejar a un lado los chiringuitos regionales. El sorteo de 3 de los miembros y la inclusión de miembros, presidente y secretario, de universidades extranjeras de muy reconocido prestigio, es un ejemplo y hablaríamos de otra cosa.

La endogamia en la universidad, al descubierto con el máster de Cifuentes
HUGO GARRIDO El Mundo, 23  ABR. 2018 07:11

Cristina Cifuentes, el pasado 4 de abril, en el Pleno de la Asamblea de Madrid convocado para dar explicaciones sobre su máster BERNARDO DÍAZ

El análisis de más de 40 concursos demuestra cómo catedráticos de Derecho Constitucional controlan desde hace años concursos de acceso en la UNED, Granada, Valencia y la URJC

«No es el caso Cristina Cifuentes, es el caso Universidad. Lo de Cifuentes sobresale porque es demasiado grosero, demasiado escandaloso, hasta el extremo de falsificar actas y cambiar calificaciones». Así valora la polémica que rodea a la presidenta madrileña Andrés Betancor, catedrático desde 2003 de Derecho Administrativo en la Universidad Pompeu Fabra. En 2012, Betancor decidió denunciar de forma pública las irregularidades que a su juicio se produjeron cuando optó a una plaza de catedrático, tres años atrás, en la Universidad Carlos III de Madrid. Semanas antes de que se celebrara aquel concurso, el presidente del tribunal le animó a desistir porque ese puesto ya tenía nombre: estaba reservado para un profesor de la casa. Aun así se presentó, con el resultado que le habían anticipado: la plaza fue para el hombre que ya trabajaba en el departamento que la sacaba a concurso.El suyo no es un caso aislado. «La clave está en la composición de las comisiones, el tribunal que juzga el acceso», advierte Betancor, al tiempo que habla de «corrupción» para referirse al sistema de selección de funcionarios (profesores titulares y catedráticos) en las universidades públicas españolas.

ÁNGEL NAVARRETE

El análisis de El MUNDO de más de 40 procesos de selección revela cómo una serie de catedráticos, junto a otros de la universidad que convoca la plaza, ocupan la mayoría de los puestos en los tribunales de acceso a catedráticos del Área de Derecho Constitucional en las universidades de Valencia, Granada, Rey Juan Carlos (Madrid) y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Una muestra clara de uno de los grandes males que se atribuyen a la universidad española: la endogamia.«Cada cual elige cómo defenderse y he decidido no hacer declaraciones a ningún medio». Al otro lado del teléfono, la catedrática de Derecho Constitucional en la Universidad de SalamancaÁngela Figueruelo se niega a explicar su vinculación con Enrique Álvarez Conde, suspendido hace unos días como director del Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos, el centro en el que Cristina Cifuentes obtuvo un título de máster. La firma de Figueruelo es una de las cinco que habrían sido falsificadas en las actas de convalidación de tres asignaturas de Cifuentes, según publicó eldiario.es. La catedrática sí afirma a EL MUNDO haber «emprendido las acciones legales oportunas», sin dar más detalles.

Por qué triunfan las universidades que no contratan a sus alumnos

Tribunales a medida

Después de más de dos décadas como profesora titular, en 2010, Ángela Figueruelo decidió postularse para la cátedra de Derecho Constitucional que convocó la universidad salmantina. Ganó el concurso. Entre los cinco miembros del comité de acceso, presidido por Enrique Álvarez Conde, se encontraban los catedráticos de la Universidad de Granada Gregorio Cámara (diputado en el Congreso por el PSOE desde 2015) y Francisco Balaguer Callejón, y la de la UNED Yolanda Gómez Sánchez. Meses antes, la Universidad Miguel Hernández, en Elche (Alicante), anunciaba una plaza de profesora titular, que obtuvoRosario Tur Ausina, compañera sentimental de Álvarez Conde, miembro de aquel tribunal, como lo fue del que en 2017 la seleccionó para un puesto de catedrática en el mismo centro. El nombre de Ángela Figueruelo aparece en los dos procesos.

De izquierda a derecha: Ángela Figueruelo, Rosario Tur y Enrique Álvarez junto a Alicia López de los Mozos, Alfredo Allué y Lauro Nuño. Integraban el tribunal que hace unos meses concedió la plaza de profesora titular en la URJC a López de los Mozos

Gabriel Doménech, profesor titular de Derecho administrativo en la Universidad de Valencia, se muestra muy crítico con el sistema de selección de profesorado: «Funciona en dos fases. La primera, de filtro, en la que una agencia nacional (la ANECA) acredita que los profesores cumplen unos requisitos mínimos. A partir de ahí, mandan los departamentos de las universidades, y en la mayoría de los casos acaba ganando el candidato de la casa porque es el que elige al tribunal. La publicación en el BOE es mera formalidad».Sobre el papel, cada centro anuncia las convocatorias en el BOE, donde se incluyen las bases y el nombre de los profesores que formarán las comisiones de acceso: 5 miembros titulares y 5 suplentes que evalúan y seleccionan al candidato que luego nombrará el rector. Constituido el tribunal, este es el que fija los criterios de evaluación en un concurso basado en el mérito y capacidad de los participantes. Eso sobre el papel. La realidad parece otra.El departamento de González-Trevijano y Álvarez CondePedro González-Trevijano -rector de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) entre 2002 y 2013, hasta que fue nombrado magistrado del Tribunal Constitucionala propuesta del Gobierno de Rajoy- y Enrique Álvarez Conde fueron los primeros catedráticos del Área de Derecho Constitucional de la URJC. Hoy, les acompañan otros tres hombres, que ya formaban parte del departamento cuando se convocaron los concursos por los que consiguieron la cátedra. En los tres procedimientos, González-Trevijano presidió la comisión de acceso y Álvarez Conde fue secretario o vocal titular. Coincidieron con Yolanda Gómez Sánchez (UNED), que formó parte de la lista de miembros titulares o suplentes de los tres tribunales. EL MUNDO ha intentado contactar con Álvarez Conde, sin respuesta hasta el momento.

Los catedráticos de la URJC

Enrique Arnaldo Alcubilla

Vocal del CGPJ entre 1996 y 2001, ocupó la presidencia del Tribunal Administrativo del Deporte (TAD) hasta primeros de año. Fue nombrado durante el mandato que Miguel Cardenal -catedrático en la Rey Juan Carlos- estuvo al frente del Consejo Superior de Deportes (CSD). Aparece en las escuchas a Ignacio González en la Operación Lezo, con el que comenta supuestas maniobras dentro de la Fiscalía General, tal y como publicó La Sexta

José Manuel Vera Santos

González-Trevijano, Álvarez Conde, Yolanda Gómez y Remedio Sánchez Férriz (Universidad de Valencia) ocuparon 4 de los 5 puestos de su comisión de acceso.

David Ortega Pérez

Portavoz de UPyD en el Ayuntamiento de Madrid en la legislatura 2011-2015, accedió a la cátedra en el año 2012. Entre los cinco titulares del tribunal estaban González-Trevijano, Álvarez-Conde, Vera Santos y Yolanda Gómez

Las conexión con la UNEDEl de Yolanda Gómez Sánchez es otro caso paradigmático. Antes de adquirir la condición de catedrática en la UNEDlo hizo en la Universidad de Valencia (UV), en 2002. Dos concursos en centros diferentes en los que repiten tres de los cinco integrantes de la comisión titular: Remedio Sánchez Férriz, de la UV; Teresa Freixes, de la Universidad Autónoma de Barcelona, y el ya mencionado Gregorio Cámara, de la Universidad de Granada. Una cuarta persona aparece en las dos convocatorias, en una de ellas como suplente: María Luisa Balaguer Callejón, magistrada del Constitucional desde 2017 a propuesta del PSOE y hermana del ya citado Francisco Balaguer Callejón, compañero de departamento de Gregorio Cámara en Granada. Puestos en contacto con Yolanda Álvarez, la profesora no ha respondido a EL MUNDO.

Otra convocatoria de la UNED, en 2016, volvió a reunir caras conocidas. Carlos Vidal Prado, profesor titular en el mismo departamento que Yolanda Gómez, fue nombrado catedrático en un concurso en el que fue el único aspirante y cuya comisión titular la integraban la propia Gómez, Teresa Freixes o Pedro González-Trevijano. Entre los suplentes, Enrique Álvarez Conde, María Luisa Balaguer y Ángela Figueruelo.

Carlos Vidal y Figueruelo volverían a encontrarse un año más tarde, tras ser designados a propuesta de PP y PSOE, respectivamente, como dos de los cinco vocales de la Junta Electoral Central (JEC) nombrados por el Congreso de los Diputados. El candidato de Ciudadanos fue Andrés Betancor. El puesto se retribuye con algo más de 3.300 euros trimestrales a los que se suman 150,25 euros en concepto de dietas por cada sesión, según ha confirmado a El Mundo la JEC.
La familia Freixes en la Autónoma de Barcelona
La catedrática de la Universidad Autónoma de Barcelona Teresa Freixes comparte departamentocon su hija, Nuria Saura Freixes, que trabaja como profesora asociada a tiempo parcial, según consta en la página web.

Además de participar en los dos tribunales de acceso a la cátedra de Yolanda Gómez Sánchez, la vinculación del apellido Freixes con Gómez Sánchez salta entre generaciones: la catedrática de la UNED fue la directora de tesis de Nuria Saura.

Un indicador para medir la endogamia en la universidad es el de profesores que trabajan en la misma institución en la que obtuvieron el doctorado, título necesario para ascender en la carrera académica como docente. El Ministerio de Educación situaba el dato en el 69,8 % para el curso 2014-15, último con información disponible.

Todo queda en casa

En la Universidad de Granada, Francisco Balaguer Callejón supervisó muy de cerca la carrera de sus dos compañeros de departamento Antonio Montilla y José María Porras. Dirigió sus tesis doctorales, presidió los tribunales que les otorgaron las plazas de profesores titulares y estuvo presente en las comisiones de acceso que les dieron las cátedras. En las convocatorias de Montilla, primero para catedrático en Extremadura y tres años más tarde en Granada, el 60 % de los integrantes de las comisiones fueron los mismos. Puestos en contacto con Francisco Balaguer y Antonio Montilla, los profesores no han contestado a EL MUNDO.

El caso de la plaza desierta en Extremadura

Extremadura. Año 2004

La universidad extremeña convoca una plaza que, sorpresivamente, no termina en manos de un profesor local. José Antonio Montilla Martos, profesor titular de Derecho Constitucional en Granada, consigue la cátedra.

Granada. Mayo de 2007

La universidad andaluza publica un puesto para catedrático en el departamento que Montilla Martos abandonó tres años antes. ¿El resultado? José Antonio Montilla vuelve a casa.

Extremadura. Noviembre de 2007

La universidad tiene que cubrir la vacante que deja Montilla. En la comisión de acceso no hay un solo profesor del centro extremeño. Entre los miembros titulares aparecen el propio José Antonio Montilla y sus compañeros en Granada, Gregorio Cámara y Francisco Balaguer, además de Teresa Freixes.

Al mismo tiempo, José María Porras, que ha hecho toda su carrera académico en paralelo a Montilla, sigue sin plaza de catedrático. A finales de abril de 2008, la Universidad de Extremadura anuncia que la plaza queda desierta "no habiendo concurrido ningún candidato".

Granada. Marzo de 2008

Un mes antes de que se conociera el desenlace de la convocatoria extremeña, Granada aprueba otro concurso para catedrático. ¿Quién ganó? José María Porras. La composición de la comisión de acceso titular es idéntica a la de Extremadura. Entre los cinco suplentes repiten los profesores del País Vasco Miguel Ángel García Herrera y Alberto López Basaguren, además de María Luisa Balaguer, de Málaga.

La dinámica se repite en el Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia (UV), donde es catedrática Remedio Sánchez Férriz. Allí trabajó Enrique Álvarez Conde antes de ir a la Rey Juan Carlos.Tribunales de las características ya descritas han otorgado en los últimos años la cátedra en Derecho Constitucional a al menos cinco profesores titulares del departamento.El pasado verano, la UV sacó tres puestos al mismo tiempo. Los tres terminaron en manos de profesores titulares del departamento. Son los casos de Carlos Flores y Lorenzo Cotino -miembros del Consejo de Transparencia de la Comunidad Valenciana, a propuesta de PP y Ciudadanos, respectivamente- o de Vicente Garrido Mayol, que tuteló la tesis doctoral del expresidente de la Generalitat Valenciana Francisco Camps.

miércoles, 18 de abril de 2018

Los clientes más odiosos para los camareros

LOS CLIENTES QUE MÁS ODIAN LOS CAMAREROS
Pelmazos. Déspotas. Babosos. Enfermos con el culo al aire. Varios camareros hablan de los peores clientes que han tenido que soportar, y sus anécdotas son oro puro.

A estos señores en algún momento les van a tocar las comandas. 

MIGUEL ÁNGEL PALOMO  18/04/2018 - 08:03 CEST

“Jefe, ¿y mi cafelito?”. “¡Oye, pollo, la cuenta!” Cuando hay que insultar a España, se nos reduce a un país de camareros, pero uno de los gremios más desprestigiados aguanta estoico el peso de la rutina diaria. El primer carajillo del día, la comunión de la niña, el desfase nocturno, la comida de empresa, la despedida de soltero. El horror. Detrás de cada representación de esparcimiento hay un camarero sudando la gota gorda. Y frente a él, un cliente: el plasta, el borrachuzo, el intenso, el agonías, el gritón, el indeciso, el impaciente, el grosero y hasta el ladrón.

Si no reparamos en nuestra actitud como clientes, tampoco en la santa paciencia que estos currelas acumulan, en las toneladas de bilis que tragan o en el equilibrismo circense que demuestran al desfilar con una bandeja a pulso llena de peligros. Lidian con jornadas interminables, les obligan a veces a cobrar en negro y, de premio, han de memorizar comandas imposibles y sufrir la liberación ociosa del cuñadismo. Nos olvidamos de que trabajar en un chiringuito de playa equivale a muchos másteres de Cifuentes y derretirse con la pajarita anudada convalida una tesis doctoral en antropología cañí, donde la firma en el aire para pedir la cuenta es la marca del zorro del biotipo español.

Caballeros adormilados y argentinas que se embadurnan la cara con jamón. Chalados con el culo al aire y tuppers de pil-pil en la disco. Hasta fiestas salvajes de swingers, aunque esa sea una historia bajo secreto de sumario. Nos quejamos mucho de los camareros; que si no son profesionales, que si son bordes. Pero ¿cómo somos los que permanecemos al otro lado de la barra? Ellos nos retratan con su testimonio: necesitan desahogarse, porque el cliente no siempre tiene la razón.

El cliente plasta/impaciente/insufrible vs listillo

“Con los clientes pesados desarrollas un filtro que te permite apagar la frecuencia en la que emiten para centrarte en tu trabajo mientras contestas amable y mecánicamente con monosílabos”, se arranca Carmelo, un joven aunque ya experto camarero de un bar de tapeo del madrileño barrio de Conde Duque.

La tralla de 30 años como camarero, 24 de ellos dentro de uno de los locales imprescindibles en la noche bilbaína, explica el expediente de alguien como Íñigo que lo ha visto casi todo y que se las sabe todas. Sin el casi. “No soporto al impaciente. Es muy típico el que te dice que lleva media hora y acaba de llegar”, dispara Íñigo, que reconoce detectar a este tipo de listillo “a kilómetros”. El responsable del bar admite que “normalmente los camareros sabemos quién va a intentar irse sin pagar. Lo lleva escrito. Por su lenguaje corporal está diciendo te la voy a liar. Los fines de semana fuerzas para que te paguen al instante porque hay un tipo de cliente que parece estar mirando a la luna”. A Íñigo también le irrita el cagaprisas: “Podría entender más impaciencia en un sitio de menú del día, pero si vas a pasar la noche en el bar… ¿Qué prisa tienes?”; y los pesados: “Los que creen que en el precio está incluido el camarero psicólogo, los que te dan la chapa y tú te tienes que aguantar”. El plasta de diván, un clásico.

Una versión alternativa del cliente fatigoso es con la que suele lidiar Óscar, desde los 16 años trabajando en el restaurante familiar, en una localidad playera del norte del país, y hoy ya propietario. Por su cercanía con un hospital, al restaurante “vienen muchos médicos que son un poco altivos. Siempre tienen prisa y quieren que les atiendas rápido”, nos pone en antecedentes. “Y luego se tiran cuatro horas hablando en la mesa y quieren que les saques chupitos”, sentencia Óscar algo amargado.


"No soy fan de oír lo que la gente tiene que decir". EZGIF.COM
El cliente tostado

“Un día abro el bar a las diez de la mañana y se me cuela un tío todo pedo”, da comienzo a su vibrante relato una camarera de un bar de Alonso Martínez, en Madrid. “Como soy tan buena, le serví lo que me pidió, creo que un whisky, y se puso a darme la chapa. El pavo era un faltoso. Empezó a decir bobadas”, recuerda. “Me dijo: ‘¿No crees que el papel de las camareras es el de dar coba al cliente?’ Yo le dije que no pero él soltó: ‘pues haberte dedicado a otra cosa’. Ahí ya fue cuando le dije que se pirara”.

No quedó ahí la cosa: “Lejos de hacerlo se acomodó en una mesa. Entonces amenacé con llamar a la policía, pero al tío le daba igual. Al final me vio bastante cabreada y se piró”. Un valiente, “un tonto”, en su retrato robot de este cliente que no pasaría de los treinta y pico. “El tío ya me estaba tocando la vaina como mujer”, continúa, “además de como persona. Estábamos solos en el bar y se me subió a la chepa.”

Es su peor vez, aunque no la primera: “Nada más abrir la gente ya quiere entrar en el bar. Me preguntan: ‘Oye, ¿ponéis música y servís?’ No sirvo alcohol hasta una hora para que no se metan los del after”, puntualiza. Otro trance de dudoso gusto fue con “un cliente que ya había venido el día anterior. Me había quedado con su cara, era como raruno. Estaba sin dormir o algo así, y me pidió vino. Se sentó y el tío se quedaba sopa. ¡Por la mañana!”, grita la pobre sin dar crédito. “Yo le decía: ‘Perdona, es que te estás quedando dormido’. Da una imagen bastante chunga. Y él: ‘Sí, lo siento’. Fui como tres veces a decírselo. La última me dijo: ‘Ay, es que se está tan a gusto aquí, con la musiquita… Si ves que me duermo, vienes y me lo dices’. Otro le hubiera echado, pero yo aguanté el chaparrón. Tampoco me estaba faltando al respeto”, acaba reconociendo.

Menos desagradable fue para Carmelo la siguiente situación kafkiana: “Tuve que convencer a un cliente, que llevaba una merluza importante, de que ya me había pagado y que no hacía falta que me diese otros 500 euros. Casi una hora enseñándole el recibo de la tarjeta con su propia firma y que él no reconocía. Cada mes te pasan de media dos bizarradas parecidas”.


El gorila que lo quiere todo 
El cliente provecto

También el restaurante de Óscar se nutre de “gente mayor que se ha pasado el día con su familiar en el hospital y te quieren contar su vida”. Retrata así a esa tercera edad que “por el mero hecho de ser mayor piensa que tiene derecho a todo”. Pone un ejemplo ilustrativo: “Un señor que ya conozco y con el que tengo mucha paciencia estaba comiendo en una mesa y me llama:

– Oye, tú, ¡capullo! Este rabo estofado es el más rico que me he comido en mi vida. ¿Me puedes poner lo que sobra para llevar?

– Claro, pero ¿por eso me tiene que llamar capullo? ¿Era necesario?” El perfil mezcla edad vetusta y espíritu impertinente, véase a continuación.

El cliente faltón

Al actual responsable de la restauración de un grupo hotelero en Granada, con otros 4 años más de experiencia en un hotel de lujo en Ibiza, casi tuvimos que taparle la boca. “Los peores son los maleducados”, arremete José sin esperar a los preliminares. Una última “movida” en la que unas chicas reservaron un cumpleaños en el restaurante y le “montaron un pollo que no veas”, le sirve para defender que “el cliente muchas veces no lleva la razón”.

A tumba abierta, rememora alguna jugarreta sonada. “En Ibiza tuvimos un grupo de 300 judíos franceses celebrando la Semana Santa judía y fue la peor experiencia de mi vida laboral”, nos cuenta. “Las personas más maleducadas, exigentes y sinvergüenzas que te puedes echar a la cara. Te dan ganas de pelearte con el cliente: usted me revienta, yo le reviento… Alucinante”. Glups. José sigue con aquel infierno: “Tiraban los cubiertos al suelo para que los recogiéramos, como si fuéramos sus esclavos. Lo camareros hicimos un motín en mitad del restaurante para no servirles nada más hasta que la organización nos pidió perdón”.

“Aquí gozamos de un 95% de clientela de calidad”, nos cuenta al otro lado de la barra un camarero venezolano. Nótese que gradúa al público como lo haría con sus pócimas alcohólicas en un bar que prepara sus propios macerados. “No tenemos gente pesada, tenemos muy buenos clientes”, continúa con la sana publicidad. Habrá que quedarse entonces con el 5% restante. ¿Qué es lo que más odias de un cliente?, ataco. “Más que la indecisión, es la forma de hablar”, nos dice. Venden un tipo de alcohol distinto y al explicar de qué se trata “ese 5% suele ser un poco arrogante”. ¿En plan yo sé más que tú?, pregunto. “¡Sí!”, responde conciso. Bingo, nos suena de algo esa gente.

“Tengo un restaurante de menú y doy con gente que se las da de millonario”, nos cuenta Óscar. “El típico que te da palmaditas o que te chista, gente muy maleducada que luego resulta ser la más miserable. Gente que te pide que le hagas descuento por cualquier razón. Y si no, se lleva las naranjas, las manzanas o las botellas de agua”. A José le silban no por piropearle sino para pedirle la cuenta. “Yo me acerco educadamente”, recrea el camarero andaluz, “y le digo: disculpe caballero, no veo ningún perro por aquí”.

El cliente guiri

Además de explicarnos la extraña manera de pedir la cuenta que tienen los japoneses, “haciendo una cruz con los dedos”, al tirar de anecdotario profesional Carmelo se acuerda de una clienta argentina “a la que le habían dicho que la grasa del jamón era buena para la piel, por lo que se frotó una ración de jamón ibérico por los brazos y la cara ante la atónita mirada del personal del bar”. Un testimonio espeluznante que merecería sin duda engrosar asimismo la categoría de cliente rarito.

Sin embargo, si para la joven camarera de Alonso Martínez, la “gente borde, desagradable y maleducada es el pan de cada día”, coincide con el camarero venezolano en su análisis del cliente español, al que según él le falta “un poquito a la hora de pedir por favor, dar las gracias, entrar y decir buenos días, buenas tardes”.

 El cliente rencoroso y cibernauta

Nuestro Óscar no evita tocar un tema espinoso: TripAdvisor. “Un señor me había reservado una mesa en pleno verano, un sábado a las tres. Eran las tres menos cinco y el señor muy nervioso. A las tres y tres minutos tenía la mesa lista, pero con sus santos cojones me puso en TripAdvisor un pésimo como una catedral. Tiempo después, el hombre volvió. Me dijo que lo sentía, que se había equivocado. Pero con sus santos cojones no rectificó en TripAdvisor”, concluye demostrando que lo tiene superado. “Otro vino con una familia de ocho personas sin reserva en pleno verano”, prosigue un Óscar lanzado. “Les hice esperar un poco, obviamente, pero les puse una mesa y quedaron todos encantados. Menos este tocahuevos que me plantó una nota negativa en Tripadvisor diciendo que no iba a volver. La familia sigue viniendo y él también. Sé que es él, pero no le he dicho nada”, revela resignado.

“Tienes que tragar ahora con demasiadas cosas para no recibir una mala crítica”, admite. “Te dicen que has tardado más de la cuenta, que no les gusta como está decorado el local, que el papel del baño les raspa el culo. Me parece injustísimo”, se queja Óscar antes de brindarnos el extra de un bonito simpa: “Un matrimonio se levantó, dijeron que se iban a fumar un cigarro y se piraron”.

El cliente rarito

“Das con cada loco que alucinas”, conviene el mismo Óscar. “Me ha llegado a salir un tipo del hospital con la bata y el culo al aire a tomarse chupitos porque le iban a dar una mala noticia y venir luego a buscarle los enfermeros”.

El pozo inagotable de batallitas que es José comparte su recuerdo más álgido. “Lo más gracioso que me ha pasado fue en Ibiza cuando tuvimos a un grupo de 400 swingers”, recuerda divertido. Ante mi estupor por la impresionante cifra y mi consiguiente avidez de detalles, José sólo nos contó que “un hombre se acercó a la barra a pedir un cóctel fuerte porque su mujer se estaba cepillando a otro enfrente de él”. Mal de Amores, se llamaba el cóctel. Un contrato de confidencialidad le impide hacer más sangre de aquello.

El cliente comidista

Un bar como el de Íñigo ha visto pasar varias generaciones de clientes fieles, por lo que su anecdotario tiene mucho de inconfesable. Para compensar nos regala un par de chascarrillos que rebosan espíritu 100% Comidista. “Las cosas gastronómicas más raras que nos hemos encontrado en el bar…”, anticipa. “¡A una señora se le cayó un tupper con bacalao al pil-pil a las cinco de la mañana!”, clama todavía pasmado. Cosas de Bilbao. “Hace un par de semanas a una señora”, otra distinta, suponemos, “se le cayó una botella de aceite de oliva. Imagina la que lías en un bar, ¡cómo patina!” La gente viene a tu bar con cosas muy raras, hacemos ver a Íñigo. “Sí, ese es el rollo”, y se parte la caja. “Y un tío, del que nunca supimos nada”, insiste a modo de colofón, “se dejó una paella de metro y medio de diámetro. Nunca volvió. Vendría de un txoko, iría muy pedo, no sé… ¿Por qué vas con una paella de metro y medio? En aquella época no debíamos tener portero”, apunta intentando hacer memoria. Está claro: la noche es infinita. Y más en Bilbao.

E·l buen maestro

Olivier Ayache-Vidal: "No por ser más serio eres más inteligente"
ENTREVISTA
JAVIER ESTRADA

14 ABR. 2018 16:58

El director parisino debuta como realizador de largometrajes con un drama con toques de comedia que reivindica la educación pública a través de la figura de un profesor que lucha contra las injusticias

Crítica de la película: 'Educación pública o nada', por Luis Martínez

Un profesor inflexible con sus alumnos, un instituto de los suburbios de París repleto de alumnos rebeldes y todo un curso por delante. El cóctel que presenta El buen maestro, el debut como realizador de Olivier Ayache-Vidal (París, 1965), no puede ser más propicio para un drama. Pero, en manos de Ayache-Vidal, la cinta contiene momentos cómicos gracias a situaciones, la mayoría de ellas inspiradas en hechos reales, que surgen a partir de la convivencia entre François Foucault (Denis Podalydès, De Nicolas a Sarkozy, Monsieur Chocolat) y sus jóvenes alumnos, así como con el resto de profesores que sufren en sus carnes los problemas de todo educador hoy en día.

¿Fue complicado encontrar el colegio en el que rodar y los alumnos idóneos para aparecer en pantalla?

La verdad es que, cuando me puse a pensar dónde grabaría la película, tuve muchas dudas. Pero enseguida cambié mis ideas sobre lo que es hoy una escuela llena de jóvenes. Por ejemplo, que en ellas no siempre se dan las mejores condiciones para educar. Todo vino poco a poco y, por suerte, profesores y alumnos acogieron la idea con entusiasmo. En el caso de los maestros, les ilusionaba que alguien viniera de fuera a contar la verdad.

¿Puede que esos profesores vieran en ti, como director, una persona que comparte ideales con ellos?

Puede que sí (risas). Como dices, nuestras profesiones tienen bastantes puntos en común. Y hasta el protagonista de esta película se parece mucho a mí. No en la parte intelectual, pero sí en cómo se comporta con sus nuevos alumnos y en sus ganas de descubrir cosas.

¿Y cómo te has visto al lado de tanto joven sin experiencia previa ante las cámaras?

Eso ha sido muy curioso. No quise contar con actores profesionales, sino que decidí que aparecieran los mismos chicos que estudian en el colegio donde se ha rodado todo. Ahí me di cuenta de lo difícil que es ser profesor. Cuando iba a un chaval y le decía "tienes que hacer esto, colocarte ahí, etc...", muchas veces me encontraba con caras de enfado. Fue paradójico verme como un profesor intentando generar interés en adolescentes que, en apariencia no lo tenían. Y llegué a la conclusión de que no vale de nada hablarles mal y enfadarse. Es mejor dialogar y ser "un buen profesor". Pero entiendo que éstos pierdan los nervios. Al fin y al cabo, tratan con niños que están en camino de convertirse en adultos.

¿Y cómo recibió Denis Podalydès, con una amplia experiencia actoral, la idea de trabajar con tantos jóvenes?

¡Muy bien! Estaba muy animado y se alegró cuando se lo propuse. Él me dijo que, cuando era joven, soñaba con ser profesor. Al fin y al cabo, su madre lo fue. Así que, de alguna manera, ha cumplido su objetivo con esta película. Encima, ¡con estudiantes de verdad! Él se ajustó al guion cuando fue necesario, pero también improvisó mucho para que todo resultara más real. Es decir, se convirtió en profesor.

No es la primera cinta que viene de Francia y retrata a un profesor que debe aprender a tratar con sus alumnos. ¿Que crees que hace tu filme diferente a otros?

El sentido del humor. Para mí, la vida es una comedia. Ya tenemos suficientes problemas graves y afrontamos situaciones duras en nuestras existencias como para ponernos serios. Ojalá nos divirtiéramos todos en nuestros trabajos tanto como cuando estudiábamos en el instituto. Cuando me puse a escribir esta película vi que, pese a que retrata un asunto serio, se muestra multitud de emociones por parte de los personajes que aparecen en la historia. Así que, para conmover, debes reflejar la realidad. Y hacerlo con humor y de una manera divertida. Siempre he pensado que no por ser más serio eres más inteligente. Ni más profundo.

Por cierto, ¿cómo se han visto esos alumnos cuando les mostraste la cinta ya terminada?

Fue un momento muy bonito y mágico. Me sentía como si fuera su profesor. Me cuesta decirlo, pero he de admitir que ha sido una experiencia única en mi carrera. Y, a ellos, participar en este filme les ha hecho madurar. Todavía hoy coincidimos en festivales y charlas a las que acudimos para presentar el largometraje. Para esos chicos, viajar y hablar en público significa mucho. La mayoría nunca antes habían salido por ahí. Ni siquiera de su barrio...

¿Cree que el público adulto agradecerá ver lo que ocurre, aunque sea en la ficción, en el interior de una escuela?

Puede que sí. No todo el mundo puede ver lo que pasa hoy en día en clase. Pero, más que eso, a mí me ha sorprendido la reacción que tienen espectadores de la misma edad que los alumnos que aparecen en esta historia. Mi propio hijo, por poner un ejemplo. Y yo que pensaba que era una historia que sólo iba a resultar interesante a los adultos... (risas).

¿Ha podido conocer la opinión de algún profesor que la haya visto?

Sí. Y, por suerte para mí, les ha encantado. Me han señalado que les agrada que haya incluido a buenos profesores tanto como a otros que no lo son tanto. Casi como ocurre en la vida real. Esa opinión me deja mucho más tranquilo. Pensaba que, tras rodarla, muchos estarían cabreados conmigo... 

El buen maestro
Género: Comedia

Cada vez que Francia nos envía una película sobre la educación necesariamente laica y pública (ni privada ni concertada) se nos saltan las lágrimas. No es tanto envidia, que también, como estupor. ¿Por qué les preocupa tanto algo que nosotros o ignoramos o simplemente despreciamos? Desde Cero en conducta a La clase pasando por Adiós muchachos, la tradición les asiste. La tradición, el gusto y la capacidad para abrir un espacio de libertad en el territorio siempre inexplorado de la infancia o primera juventud. El buen maestro, de Olivier Ayache-Vidal, es otra cosa. Mucho más obvia, por predecible, la cinta se limita a reproducir, con sencillez y buen tono, el patrón anglosajón del maestro que, de repente, descubre que las reglas, las de siempre, no sirven. Piensen en Rebelión en las aulas. Y sin embargo, cuesta ponerse en contra. Todo es evidente, sí; pero oportuno. Y aquí, de nuevo, la envidia.

Un profesor de Literatura encarnado por el siempre convincente Denis Podalydès es trasladado de un instituto de élite en el centro de París a lo más profundo de la banlieue de extrarradio. De nuevo, como en la recientemente estrenada Una razón brillante, se trata de enfrentar a las dos "francias", a la privilegiada y a la condenada. Lo que sigue no está pensado para sorprender. Y pese a ello, qué placer. La consciencia de una educación pública, republicana, universal y no segregadora se impone con la claridad del que se sabe poseedor de una verdad cada vez más interesadamente discutida y, por ello, más necesaria y reivindicable.

Cuando los políticos no son creíbles, cualquier populista puede serlo

La periodista de la Cadena Ser Pepa Bueno ha recurrido a una afirmación del presidente de Francia, Emmanuel Macron, para lanzar una contundente advertencia al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras la renuncia de la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, a su máster fantasma en la Universidad Rey Juan Carlos.

"Dice Macron que las democracias europeas deben escuchar la cólera del pueblo para evitar que caigan en brazos de los populismos autoritarios", ha comenzado su reflexión Bueno, antes de avisar a Rajoy de que "ese aviso de la cólera debería obligar a reflexionar a Mariano Rajoy".

"La presidenta de la Comunidad de Madrid sigue huyendo de su máster y no ha encontrado ya mejor manera de hacerlo que renunciar a un título que tiene bajo sospecha", ha continuado la periodista, quien ha matizado que "no se sabe muy bien a qué renuncia Cifuentes".

En este punto, Bueno ha recalcado "el hartazgo, la cólera que provoca una manera de actuar tan repetida en el PP: primero negar la evidencia, después de esparcir basura alrededor, y por último, quizás al borde de perder el poder, entonces ya sí dejarla caer".

Según Bueno, con este modo de proceder, los populares "se llevan por delante lo que sea menester, la dignidad y el respeto a instituciones como la Presidencia regional o la universidad pública y la propia credibilidad de los políticos".

Sentencia Bueno: "Cuando los políticos no son creíbles, cualquier populista puede serlo".

jueves, 5 de abril de 2018

El método Froilán

El Quijote es obra pesimista. "Cada uno es como Dios lo hizo, y aun peor muchas veces", dijo el gobernador de gobernadores Sancho Panza. Hogaño vemos incluso cómo una política al parecer impodructa y nada fangosa, doña Cristina Cifuentes, recurre al método pedagógico Froilán, infalible para que niñatos bitongos y descerebrados alcancen rango académico, a fin de pasar un grado que nombran máster. Pero hay quien dice, y yo lo creo, que doña Cristina no es rubia tonta, ni una Pajín, aunque se haga pasar por tal en un partido tan entero y aun entérico como el suyo, así que el hecho resulta tanto y más inexplicable. A lo mejor es que padece un trastorno por déficit de atención, un comienzo de alzhéimer, y se le olvida presentarse a los exámenes o presentar trabajos. Pero quia, no hay tal: no se le olvidó presentarse en las listas o cobrar la suculenta nómina. Ni siquiera olvida las palabras o la lógica como su jefe, que es el modelo de desmemoria de su partido, aunque por lo menos empieza ya a asimilar el narcinismo de la missing Esperanza Aguirre, que era de aguírrete y no te menees. Todos los poderosos terminan pareciéndose entre sí, como si los hubiera parido el mismo gilipollas ancestral.

Tal vez se trate en el fondo de El Método Grönholm de Jordi Galceran (2003), donde se demuestra que la competencia por los puestos cría no precisamente a gente eficaz para resolver los problemas, sino a psicópatas maestros en el arte de aislarse de un sufrimiento que necesitan para perpetuarse en el poder.

Quizá el extraño trastorno de la señorita Cristina Cifuentes se curara con una dimisión. Pero este procedimiento sanador es propio de épocas oscuras y de moralidad primitiva y bárbara. Además de muy embarazoso: en tiempos más democráticos, incluso se recurría a motoristas para producirlo o a jubilaciones emeritadoras. Pero como una reina de la colmena debe estar rodeada de pieles y mieles y no de hieles, de obreros obedientes y de soldados cumplidores, no se le puede imponer algo que no se impone siquiera don Marrano Rayado. Lo suyo es poner huevos para que los fecunden los zánganos de su monárquica colmena, donde ya solo cabe esperar que le den, ahora que ha demostrado sin género de dudas que también es corrupta,  fuera de la cera necesaria para los cirios que proclaman su santidad, una patada hacia arriba por el estilo de la que dieron a la aromática, o según algunos, pestífera Rosa Romero, repelenta niña Vicenta.

Pero tardaremos en ver algo así, ya que aquí nunca pasa nada para que todo siga igual... o peor, como dice ese antepasado del señor Murphy, Sancho Panza.

martes, 3 de abril de 2018

50 años de los Novísimos

Antonio Lucas, en El Mundo, 1 de abril de 2018: "50 años de los novísimos: la última tormenta de la poesía española":

Una nueva estética sacudió el final de los 60. Gimferrer, Félix de Azúa, Carnero, Vázquez Montalbán, Panero, Martínez Sarrión... rompieron amarras y tripularon la modernidad en tiempo de miseria

Cuando Mayo del 68 en París, algunos de los poetas españoles que forzarían un cambio de agujas en la literatura del final de la dictadura no habían publicado aún su primer libro. Estaban haciéndose a su manera y mirando a los predecesores con recelo aniquilador. Varios de aquellos pimpollos dieron cuerpo algo después, en 1970, a la antología firmada por el crítico Josep Maria Castellet, Nueve novísimos poetas españoles (Seix Barral). No fue el único trabajo de la época que intentó acuñar un relevo de juventud en la poesía. (Antes lo apuntaron José-Miguel Ullán en la revista malagueña Caracola; la selección de nuevos poetas en la revista leonesa Claraboya; o las ediciones de Enrique Martín Pardo y de Francisco J. Carrillo en la colección El Bardo). Pero la de Castellet levantó más ruido, más estímulo y más animadversión. Fue el trabajo que determinó que algo mudaba de nuevo en la poesía. Y no sólo anunciaba un cambio modal, sino de espíritu. Los Nueve novísimos (y Castellet como zahorí) apostaban por fundar una nueva astronomía con la potencia del que busca inaugurar su sitio. En sólo unos meses la antología vendió los 5.000 ejemplares de la primera edición, una cifra insólita para el momento y, sobre todo, para la poesía de un grupo de jóvenes aún por descubrir.Los escogidos eran ocho hombres y una mujer: Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pedro (hoy Pere) Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero. Habían nacido entre 1939 y 1948. Tenían Barcelona y Madrid como sedes comerciales. Casi todo sucedía entre las dos ciudades, infestadas de franquismo. Ellos ondeaban contra la dictadura un fuerte desprecio. «Aunque no todos podíamos ser considerados activistas de izquierdas. Y los cambios políticos y culturales no empezaron en este país ni en 1968 ni en 1970. En ese mismo año, por ejemplo, ocurre el Proceso de Burgos. Y en 1974 el asesinato de Puig Antich», apunta Gimferrer. Eran días de soflamas en medio mundo. De apetito por lo nuevo. En España existía la censura, dominaba el ambiente un nacionalcatolicismo paralizante, la mojigatería sexual y una moral cuartelera y casposa. Aquellos jóvenes buscaban otras tradiciones literarias fuera de este terruño, que a la vez mostraba algunos síntomas postizos de evolución en el ámbito del arte: el informalismo español se había desplegado en la Bienal de Venecia de 1958 y algunos de esos creadores protagonizaron en 1960 la exposición New Spanish Painting and Sculpture en el MoMA de Nueva York. Aún así, la cutrez medioambiental todavía tiznaba como el monóxido. Los poetas de la Generación del 68 (término acuñado, entre otros, por el profesor Juan José Lanz) acumulaban referentes mundanos que extraían del cine europeo y norteamericano («verdadero aglutinante del grupo», según Molina Foix), de la música, del pensamiento, del arte. Lo sugerente venía para ellos de cualquier lugar que no fuese este. Rechazaban el intimismo primario y el realismo social que habían sido seña de identidad de generaciones anteriores. Su desafecto era el correlato estético de una corriente de cambio social y político. Mantenían, de algún modo, afinidad con el espíritu volatinero que impulsaron los hombres y mujeres del 27, rebanado pronto por la Guerra Civil. Los jóvenes poetas que dieron sentido a la Generación del 68 tomaron el testigo contra todo lo demás. Contra todos los demás. «Éramos gente culta y muy exhibicionista», subraya Martínez Sarrión. Algunos de sus primeros libros pasaron a ser casi manifiestos fundacionales de lo por venir: Teatro de operaciones (1967), de Martínez Sarrión; Museo de cera (1978), de José María Álvarez; La muerte en Beverly Hills (1968), de Gimferrer; Dibujo de la muerte (1967), de Guillermo Carnero; Baladas del dulce Jim (1969), de Ana María Moix; Así se fundó Carnaby Street (1970), de Leopoldo María Panero.Castellet tomó la idea de su antología de aquella otra que Einaudi publicó en Italia, I novíssimi (1961). El grupo que confeccionó el crítico catalán, con Gimferrer de consejero áulico, no tenía vocación generacional, pero sí articulaba una promoción. Tampoco practicaban una estética común, aunque sí cómplice. No todos eran amigos. Y entre los mayores y los más jóvenes existía una cierta distancia emocional. Pero la propuesta funcionó. Medio siglo después de aquella aventura, seis de los protagonistas (tres han fallecido) repasan aquel tiempo que algunos de ellos han fijado en libros de memorias, en textos misceláneos o en novelas documentales. Medio siglo después, mantienen impresiones dispares sobre lo que entonces sucedía. Lo único más o menos claro es esto: unos jóvenes vinieron a postularse como recambio de la poesía española. Aunque algunos de esos jóvenes (con otros que quedaron fuera de la antología tutelar) se dispersaron después por distintas sendas (todas literarias). España estaba revolviéndose contra el bozal de otro modo. Y el hombre, entretanto, ensayaba saltitos para pisar la Luna.

MAYO DEL 68 ESTABA IMPLÍCITO EN EL ÁNIMO DE MATAR A TODOS LOS PADRES POSIBLES Y EN EL INTENTO DE ESCRIBIR DE OTRO MODO. EN NUESTRA POESÍA Y EN NUESTRA INTENCIÓN
VICENTE MOLINA FOIX

¿Qué significó Mayo del 68 para los poetas novísimos? Antonio Martínez Sarrión dispara: «Influyó, pero creo que de una manera bastante oblicua. Por mandato de las autoridades fascistas, la prensa obvió menciones sobre el asunto que pudieran perjudicar a la dictadura. Algunos pudimos ir a París y a Londres, donde vimos mucho cine y comprábamos libros que en España no se encontraban. En los que teníamos la suerte de poder salir, Mayo del 68 sí influyó de algún modo». Félix de Azúa no cree, sin embargo, que aquello dejara huella clara en lo que fueron los Novísimos: «Poco o casi nada. Se cabrearon los poetas del Régimen y también los del Partido Comunista. Hubo críticas histéricas y comentarios soeces, pero ni un sólo artículo serio. Típico». Guillermo Carnero sí encuentra algún eco favorable: «Entre el Mayo de 1968 en París y la resistencia antifranquista de los 60 hay semejanzas y analogías que los historiadores y los sociólogos conocen mejor que nadie. Para quienes éramos jóvenes entonces, aquel tiempo significó el descubrimiento de la lectura, del cine, del sexo y de la escritura en una Barcelona que fue enormemente generosa con nosotros. Viva moneda que nunca se volverá a repetir». Y Vicente Molina Foix detecta algún vaso comunicante entre lo que ocurrió en París y ellos: «El espíritu de Mayo del 68 estaba implícito en el ánimo de matar a todos los padres posibles (salvando a Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y algunos autores extranjeros) y en el intento de escribir de otro modo. Eso estaba en nuestra poesía y en nuestra intención. Era una lucha pública y privada a la vez».Junto a los Novísimos había también otros poetas que buscaban senda nueva de expresión y completaban la Generación del 68: Antonio Colinas, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Carvajal, Marcos-Ricardo Barnatán, Diego Jesús Jiménez, José-Miguel Ullán... La aparición de Arde el mar de Pere Gimferrer, en 1966, fue un acontecimiento que comenzó de algún modo el principio de desalojo. Preferían a autores como Ezra Pound, T.S. Eliot y ee cummings frente a Celaya, Blas de Otero o José Hierro. Respetaban a Valente y a Gil de Biedma, pero arremetían contra el realismo social con más desinterés que esfuerzo. Rescataban a autores coetáneos. «Uno de los que más me interesan de los mayores es Carlos Edmundo de Ory, que vivió una suerte de olvido quizá porque pasó más de la mitad de su vida en Francia. No tenía nada que ver con nadie», recuerda Gimferrer. Carnero también echó la vista a los poetas del Grupo Cántico. La poesía que entonces circulaba era de alta gradación masculina. Los referentes también buscaban otros espacios distintos: cine, jazz, el barroco, lo camp. El poema asumía una condición collage y los estímulos eran múltiples y lejos de cualquier sentimentalismo. Su escritura significaba un ventarrón necesario. Les asestaron el título de venecianos (por la Oda a Venecia ante el mar de los teatros, de Gimferrer) y culturalistas. La suya era una militancia cultural que apostaba por romper costuras en todas direcciones. Incordiaban y eso les seducía. Aunque hoy no se ponen de acuerdo en concretar si eran o no una generación, a la manera del 27. Gimferrer lo plantea así: «Más que una generación fuimos un momento y un movimiento respecto a otras poesías. Estábamos menos configurados que los poetas del 27 cuando aparecen en la antología de Gerardo Diego de 1931. Luego hay quien afirmó que los Novísimos fueron la última manifestación sociológica del franquismo, que suena paradójico». Molina Foix también descarta la vitola generacional: «Compartíamos intereses, nos leíamos, pero no teníamos ese espíritu. Predominaba una mezcla de lo político con lo pop, igual que un extremo esteticismo con un cierto desgarro de lo popular en algunos. Fueron los detractores que nos salieron al paso los que hicieron de los Novísimos una generación, no nosotros». Carnero carga con distinta pólvora: «No éramos un grupo cohesionado. Castellet hizo una apuesta con gran riesgo, y sólo en parte acertó. La antología se limitaba a los poetas, y varios de los nueve no habían demostrado serlo entonces, ni lo han demostrado después, aunque hayan destacado en novela o ensayo. La antología era sólo una parte, prematuramente configurada, de la generación, si bien algunos habíamos publicado libros que permitían presentir un fenómeno colectivo. Pero creo que sí nos considerábamos generación».

NO ÉRAMOS NI GRUPO NI NADA. GOZÁBAMOS DE LA BOBERÍA PROPIA DE LA EDAD Y TENÍAMOS FOBIAS COMUNES, PERO DESDE LA INDIFERENCIA DE LOS SOMETIDOS A LA DICTADURA 
FÉLIX DE AZÚA

Y Félix de Azúa huye al galope de esa acepción: «No éramos ni grupo ni nada. Algunos teníamos amistad, pero no todos. Y aunque inusualmente leídos, gozábamos de la bobería propia de la edad. Eso de las generaciones nos daba más bien un poco de risa. Teníamos algunas fobias comunes, pero más bien veíamos el panorama con la indiferencia de los sometidos a la dictadura. Con el humor negro de los pobres súbditos soviéticos».El caso es que Nueve novísimos se hizo con el centro de la poesía española de los años 70 y fue uno de los pernios en los que apoyó la hoja de ventana que se abría. Los 80 tuvieron a su grupo opositor, La nueva sentimentalidad o llamada a lo bruto poesía de la experiencia, pero esa es otra historia: guerrillas poéticas que hoy nada dicen. La herencia de la estética novísima tiene su rastro en algunos poetas (mujeres y hombres) de las últimas promociones. Sigue pesando su apuesta. Quizá no fuesen lo que pareció, pero dentro de aquella antología estaba el destello de algo distinto, de una nueva posibilidad de expresión poética por desencofrar. Medio siglo después de la que se denominó (años más tarde) Generación del 68, la poesía española les debe la apertura de compuertas hacia una expresión más libre, más abierta, más dispersa. Un mejor cuarto final de siglo XX.
Gimferrer, la mano que armó a los 'novísimos'

En marzo de 2001 la editorial Península reeditó 'Nueve novísimos'. Se cumplía poco más de 30 años de la antología armada por Josep Maria Castellet. Y de nuevo volvió el bullebulle de lo que supuso la aparición de aquel volumen en el proceloso mundo de la poesía española. Muchos de los convocados volvieron a apuntar a Pere Gimferrer como hacedor en la sombra de la sonora escudería. Él no niega intervención, pero rebaja la leyenda. "Sólo sugerí algunos nombres y di información". El resultado fue un pleno acierto. La poesía tuvo una boya nueva. Castellet le debe mucho (en este caso) a su informante.

miércoles, 28 de marzo de 2018

La sensatez no se oye. Entrevista a Emilio Lledó.

Antonio Lucas entrevista a Emilio Lledó: "Sin las humanidades, nada es posible". El Mundo, 28 MAR. 2018:

Este ilustre profesor que ha enseñado Filosofía durante décadas publica ahora 'Sobre la educación', y del libro y de lo que ahora nos acontece (Universidad, posverdad, nacionalismo, Humanidades) habla aquí

Antes de nada, Emilio Lledó (Sevilla, 1925) es el profesor que no ha perdido la vocación de las aulas, que no ha desfibrado su entusiasmo por enseñar. En Valladolid, en Heildelberg (Alemania), en La Laguna, en Barcelona, en Madrid. En institutos y universidades. Lledó es de esos hombres honestos y satisfechos que han desplegado Filosofía en miles de alumnos, generando gratitudes y una irremediable vocación de pensar. El lenguaje es otra de sus jurisdicciones razonadas. Y todo se concreta en un humanismo claro, desenvuelto, provisto de la lucidez de saber mirar al otro. Lledó no juega a impostar modales de posmodernidad, sabe que la lucidez de su pensamiento tiene mucho de plena vigencia. Como aprende en Platón, Aristóteles, Kant y Nietzsche. La verdad es lo sencillo. Este hombre habla acumulando sentido en lo que dice. El último de sus libros de ensayos y artículos es Sobre la educación (Taurus), donde insiste en algunos de los temas principales de su ideario: la necesidad de la literatura y la vigencia del pensamiento. Por dentro de estos textos asoman igual Juan de Mairena y Clineas, Schiller y Ortega.

La cultura, el saber, es una de las últimas coartadas sociales para la multitud. De ahí el desafío de este conjunto de ensayos. De ahí la palabra de Lledó.

Pero este libro no nace con afán de desafío. Es sólo el resultado de mi experiencia como profesor, que suma más de 50 años. La escritura de estos textos ha sido una tarea espontánea a lo largo del tiempo. Me alegra dejar testimonio de una vida, aunque parezca un desafío cuando tendría que ser una normalidad.

La tecnología va tomando cada vez más espacios de realidad, algo que de algún modo colisiona con los propósitos del Humanismo que usted reivindica, fomenta y defiende. ¿Los pone en peligro?

Ya lo están. Y no es fácil especular hasta dónde aguantará la filosofía y la literatura, tan necesarias sin embargo, en los planes de estudio y en la sociedad. Yo no me encuentro muy cómodo en este presente. Es nuestro mundo, lo sé, aunque también sospecho que estamos cometiendo entre todos un grave error.

¿Cuál?

Creer que las Humanidades son algo secundario de la vida humana. Es cierto que el aspecto utilitario en las Humanidades no parece inmediato como el de la tecnología, pero sin ellas no es posible nada. Nos aportan conocimiento y capacidad de reflexión crítica. La importancia y necesidad de los grandes conceptos (Justicia, Bien, Verdad) es algo que aprendemos de leer filosofía, de leer literatura.

Y en el auge de la confusión irrumpe el concepto de «posverdad».

Ese término me inquieta mucho. No sé qué significa exactamente: quizá sea el suplemento de pasión que ponemos en lo que creemos verdad y luego no lo es. La posverdad desfigura aquello que intentamos interpretar. Es un grave error de la política educativa el que se pueda tener en cuenta la posibilidad, aunque sea de un modo solapado, de abandonar lo que se llama Humanidades. En ellas reside la esencia misma de los seres humanos: la literatura, el lenguaje, el sentido exacto de las palabras para poder detectar quién nos manipula y para qué nos manipulan.

Y a la vez se estrecha la idea de libertad individual.

Naturalmente, la libertad es la libertad de poder cambiar, de poder pensar, de poder mejorar. Y para mejorar hay que ser libre. Si estás atado a unos conceptos que no tienen futuro en tu mente no eres libre, estás esclavizado. La libertad es fluencia y, a la vez, una manera de aprender cómo hay que vivir. Cómo es la vida colectiva, no sólo la individual. Por eso me sorprende tanto el resurgir del nacionalismo.

Que va a más.

El nacionalismo es un error, más cuando lo que necesitamos urgentemente es globalizar algunos sentimientos humanos.

Y razonarlos, ¿no hay un cierto miedo a razonar?

Lo hay. Y es muy desalentador. Hemos aceptado el que sean otros los que nos resuelvan el pensamiento, los que razonen por nosotros. En este sentido, la tecnología también tiene una gran responsabilidad.

Y la política también, que se ha ido vaciando de referentes vitales.

Eso es tremendo. Tiene que ver con la pérdida generalizada de sentido crítico. La cantidad de medios de comunicación que tenemos facilita resbalar si no se tiene una mínima base de comprensión. De ahí que sea tan importante que los chicos y chicas se acostumbren a leer desde temprano, que se familiaricen con la riqueza del lenguaje y con la posibilidad de impregnar de libertad las palabras.

Defiende también el lenguaje como uno de los rasgos constitutivos de la identidad de los individuos.

Lo creo plenamente. Lo más difícil, ya lo decía la tradición griega, es conocerse a uno mismo. Y a esa posibilidad sólo se accede desde el lenguaje. Con un lenguaje lleno de humanidad, de sentimientos, de ideas. No vale sólo patinar por el lenguaje que se nos entrega, sino que hay que profundizar en él.

Las últimas noticias sobre una de las universidades públicas de la Comunidad de Madrid no son muy alentadoras sobre esto que habla, parece que la inmundicia de cierta forma de entender la política se ha instalado en ella.

La Universidad es una apertura, nada tiene que ver con esa inmundicia a la que algunos y algunas la someten. La Universidad ha sido mi vida, así que sé bien de lo que hablo. Al releer estos textos veo que reúnen algunas de mis preocupaciones esenciales, que vienen directamente de la experiencia.

De ahí esa defensa sin fisuras del educador.

Claro. Frente a esos políticos que piden un ordenador por cada alumno, yo reivindico más profesores para más alumnos. Los ordenadores, sin alguien que los llene de sentido, te atropellan.

domingo, 25 de marzo de 2018

Prehistoria hispánica del divorcio

La lectura de las memorias de Pilar Bardem y la de una pieza de Chejov con motivo de la huelga feminista ha motivado este artículo; hablaré de ello más adelante, pero antes diré que para muchos las mujeres han sido y son el sexo fuerte no en corpulencia, sino en todo lo demás. Con el golpe de una mirada, sonrisa, atención o cualquiera de las gracias mil que atesoran, derriban a los mequetrefes como yo. Como si se cumpliera al revés lo que decía Simone de Beauvoir en su clásico ensayo sobre el feminismo, El segundo sexo: que a lo largo de la historia las mujeres nunca han tenido un papel sustantivo, sino que siempre han ocupado una función ancilar, vicaria o adjetiva, esto es, siempre han sido madres, hermanas, esposas, hijas de alguien superior y subordinante. Y eso que muchos nos sentimos hijos, esposos o hermanos rendidos a su servicio, lo que nos gratifica y no nos discrimina hasta el punto de tenerlo no ya por un placer, sino por un honor. 

Y es que esta sumisión suministra una clase de gratificación comparable a la que sentían mujeres más tradicionales, supongo, por servir a los demás. La brutalidad del macho se encerraba antaño en la jaula de control que era el honor o dignidad; pero la sociedad actual no es honorable, aunque pretenda evolucionar a unos valores superiores que no ha podido de ninguna manera engendrar, y mucho menos desde el mero amor al dinero. 

Ahora se entiende que no hay que servir a las mujeres, sino colaborar con ellas (que no ayudarlas) y equipararse en los dominios en que hay dominio por uno u otro sexo. Aunque la neurología y la constitución física hagan menos aconsejable esa igualdad en algunas áreas. 

Pero de lo que no cabe duda es de que del mayor poder físico del varón alienó a la mayoría de las mujeres a lo largo de la historia y en especial en muchas culturas. Por lo cual la actual disolución o redefinición de estructuras antaño consideradas inmutables como el matrimonio o la familia. Que se empezaron a desdibujar cuando Nora dejó a su marido Torvald y a su hijo con un portazo y se dejara de juegos en la Casa de muñecas de Ibsen, ya que "más sagrados que los deberes con ellos eran los deberes consigo misma..." No estará de más decir que muchas mujeres, pese a lo que ha llovido, siguen tan pintadas y cosificadas por normas extrínsecas como las dichas muñecas.

Para ser un varón quizá he leído a demasiadas feministas. La más radical que recuerdo es sin duda una poetisa estadounidense, Susan Griffin. Se me quedó grabado un corto poema suyo, traducido por la recientemente fallecida Claribel Alegría:

Este es un poema para una mujer lavaplatos.
Este es un poema para una mujer lavaplatos.

Debe ser repetido
Debe ser repetido

Una y otra vez
Una y otra vez

Porque la mujer lavaplatos
Porque la mujer lavaplatos

No puede oír bien
No puede oír bien.

De esta cosificación, que padecieron en especial las mujeres españolas durante el franquismo, pueden dar cuenta las caudalosas (seiscientas páginas) memorias de la actriz Pilar Bardem. Admira la dureza de su temple: sobrevivió a dos cánceres y a un exmarido machista y gilipollas que casi nunca sostuvo a su familia, según lo pinta en el libro, que pese a todo parece muy objetivo. Pese a haberse fumado tres paquetes de cigarrillos durante casi toda su larga vida, Pilar Bardem acaba de cumplir 78 esplendorosos años. Quizá por sus apellidos de origen judío por ambos lados estaba genéticamente condicionada a sobrevivir a tan duras vicisitudes.

En efecto, su matrimonio se fue pronto al garete; el marido, de buena familia, era un calzonazos chulesco que nunca tuvo trabajo fijo: ni siquiera le decía el que tenía o le daba dinero para dar vestido y comida a sus hijos y pagar facturas. Ella tenía que trabajar y robar en las tiendas para mantenerlos. "No había en casa más dinero que el que yo ganaba y la pensión de mi padre": 

Carlos era un hombre encantador, con un gran sentido del humor y muy inteligente. Gran conversador. Lo era la mayoría del tiempo pero cuando le daban esos raptos de enfado y de furia yo no sabía qué hacer. Si me callaba era no te calles, si hablaba era no me des la razón como a los locos. si me iba, tú te quedas aquí para escucharme. si contestaba, tú a mí no me replicas. Las posibilidades de diálogo eran nulas. Me sentía desarmada, sin opciones, salvo la ilusoria de desvanecerme en el aire o que me tragara la tierra. Solo tenía una cosa clara cuando volví a mi casa, que lo único que me importaba en este mundo eran mis hijos. Por ellos aguantaría lo que fuese (p. 199)

Fue a ver a un psicólogo que le recomendó que aguantase al marido... ¡y su confesor desde niña, el jesuita suizo Sthaellin, por el contrario, que se separara!

El psiquiatra pseudocientífico atrezado con su consulta, enfermera y diplomas, me recomendaba paciencia y humildad ante los arrebatos de mi esposo y señor. Sumisión. Pero el cura, convenientemente ambientado en la sobriedad de la casa de su orden, me recomendaba separarme. De locos. [...] Solo la libertad cura, y esto lo digo en el sentido literal de la palabra. El nacionalcatolicismo recetaba paciencia y humildad ante la injusticia, ante la tiranía: del esposo, del jefe, del Generalísimo.

El marido, casi siempre ausente, exigía camisas planchadas y comidas mejores que las de sus hijos y mujer, quien además tenía que cargar con el cuidado de un padre con alzhéimer y alimentar, según dice, algunas bocas más, hasta siete. Resulta curioso que fuera otra mujer, la madre de Carlos, la que con frecuencia socorriese a la mujer de su hijo y solventase los numerosos agujeros que iba dejando a su familia, aunque le tenía más miedo a su hijo que su propia mujer. Carlos, Pilar e hijos se fueron  a Canarias por un trabajo que en realidad no tenía. De nuevo a sobrevivir en el barrio de Escaleritas de Las Palmas. Allí la actriz se encontró con un escenario en plena calle:

Una vez, de visita con mis hijos, rodeé un edificio y descubrí que era como un decorado, una fachada balconada pero sin casa detrás. Había varios trampantojos de estos, construidos con motivo de una visita de Franco. algo así como los pueblos falsos que levantaban al paso de Catalina la Grande, en Rusia, para que no viera la miseria en la que chapoteaban sus mujiks. Detrás de aquellas fachadas de Escaleritas no había nada sino pobreza, desnuda y terrible. 

El trabajo de una actriz es tan discontinuo como el movimiento de una lagartija, y cuando se ejercía en el teatro era agotador: entonces se daban dos funciones, no una sola. Pilar solía hacer de puta, el papel más frecuente para una mujer en la filmografía y comediografía de entonces; respondía a un estereotipo sociológico. Se hacían dos versiones de las películas, unas con desnudos para el extranjero y otras sin ellos para los visigodos franquistas. Pero una vez se confundieron de versión en un cine de Santiago de Compostela y constituyó un taquillazo hasta el punto de que se fletaban autobuses para verla: Las melancólicas, se llamaba la curiosidad sociológica. El libro está lleno de anécdotas por el estilo. Los trámites entonces para poder despegarse de un marido no eran cosa liviana. Así los cuenta:

Había encontrado un abogado [...] me pidió una provisión de fondos para iniciar los trámites. Veinte mil pesetas de la época, un dineral para mí que ganaba mil diarias y vivía con el agua al cuello.

El marido le hizo comer la carta del abogado con sobre y sellos, y le dijo que se llevaría a los hijos y que si había sacado dinero para iniciar los trámites él podía impedir como marido que trabajara, porque las mujeres en su época necesitaban autorización del marido para hacerlo. Una de sus compañeras le dijo que se calmara, que si le impedía actuar en el teatro se le podía denunciar por alteración del orden público y hacerle pagar el aforo completo. Pero el marido revisó sus papeles y encontró la cuenta corriente

Donde estaban las cuatro putas pesetas que había conseguido reunir con mi trabajo. "Bueno, esto mañana lo sacas y me lo das. ya sabes que las mujeres casadas no podéis tener cuentas propias". Era cierto, en aquella España del Caudillo.

Consiguió guardar algo de dinero fiado en una cuenta de otra compañera actriz. Él denunció a su mujer "por ejercer una profesión indigna: actriz". Y la sometió a lo que hoy en día llamaríamos acoso. Llegó al extremo de darle una pistola para que lo matara cuando estaba a punto de explotar y ella, en efecto, apretó el gatillo. Dos veces. Pero él había sacado las balas. Al fin se encontraron los abogados para la separación. 

Recuerdo la separación eclesiástica como una historia macabra y tenebrosa. Yo me presenté en el obispado, en la calle de la Pasa, me recibió un cura y yo, con total ignorancia del proceso, le prenté qué papeles tenía que aportar para dicha separación. Primera sorpresa: -¿Separación o divorcio? -me preguntó como quien pregunta ¿té o café?. ¿Cómo divorcio?, solté estupefacta y aun diría que (a veces me salían las monjas) escandalizada. ¡En España no existe el divorcio! El cura me explicó, de manera un tanto farragosa, que había un procedimiento excepcional y costosísimo de nulidad eclesiástica. Así pues, hecha la ley, hecha la trampa, aprendí que en la católica España de 1973, supongo que desde mucho antes, te podías divorciar si tenías bastante dinero para contentar a la iglesia. [...] El sacerdote insistía en los aspectos más escabrosos o abiertamente sexuales, en si nuestras relaciones eran satisfactorias, en su frecuencia y hasta en sus formas. Me sentí violada. Además, todo aquel interrogatorio iba dirigido a demostrarme mi error, a hacerme ver que estaba equivocada al pedir la separación.

Pilar Bardem empezaba a cabrearse.

Le dije a mi marido que estoy sin trabajo y que me pase la manutención de los niños. A lo que él me ha contestado que si estoy en el paro me lo gane con el coño. El cura carraspeó y empezó a dictar a la señorita auxiliar: "Ponga usted que el marido dijo si estás en el paro gánatelo con el comercio de tu cuerpo".

Pero la Bardem consiguió que figurara en el documento el coño original. Como puede suponerse, el marido jamás dio el dinero de manutención asignado y que firmó ni entonces ni después. En el lenguaje elíptico que se gastaba el obispado incluso se dijo que "andaba en amores con una cananea", esto es, con una iraquí.

En una sesión de espiritismo un mes antes de la muerte de Franco se apareció Carrero Blanco y le preguntaron si sabía cuándo iba a morir. Casi acierta, pues dijo que el 19 de noviembre. Bardem afirma que "o el espíritu mintió, cosa poco probable porque para qué, o al tipo lo mantuvieron vivo para que su fallecimiento coincidiera con la fecha del de José Antonio, convirtiendo así el 20 de noviembre en una fecha simbólica y evocadora para los fascistas españoles". La casa donde vivía con sus hijos se transformó en una especie de comuna libertaria para la chiquillería del barrio y se caía a trozos. Hacía tanto frío que

Mi hijo Carlos, que siempre fue muy teatrero, cuando tenía que salir del comedor donde nos hacinábamos en torno a una estufa de butano, abría la puerta, sacaba un  pie al pasillo y lo recogía veloz diciendo: "¡Los pingüinos, los pingüinos nos atacan, me han mordido! 

En fin, que la separación llegó y con ella una discontinua y difícil felicidad. Trabajó en condiciones tan extremas que incluso tuvo que irse a Macao para comer bacalao. Llegó la democracia y Carlos le dijo a su exesposa "Vota a Fraga que me coloco". Tuvo al gran amor de su vida en Agustín González, pese a compartirlo con otra grande de la escena, María Luisa Ponte; sus conocidos hijos empezaron a despuntar, en especial el pequeño Javier.  Habría mucho que contar también sobre La institutriz de Chejov etcétera,. pero creo que con esto y un bizcocho / hasta mañana a las ocho.

sábado, 24 de marzo de 2018

Superdotación intelectual

Superdotados, el puzle de las altas capacidades, José Luis Barbería, en El País Semanal, 24 MAR 2018

De cada cien personas, dos o tres tienen una mente maravillosa. ¿Pero ser superdotado es el paraíso o el infierno? Las altas capacidades intelectuales hacen pensar y sentir de otra manera. Y obligan a convivir con el estereotipo y los tópicos que provoca el miedo a lo desconocido. Esta es la historia tras las etiquetas.

YA NO BUSCO causas a mi pensamiento desmesurado, ya no me comparo. Conocer mis capacidades era la pieza perdida del puzle y el diagnóstico es la tregua con el pasado que me permite reconstruir el presente y disponer de un filtro precioso con el que ver la vida”. Es la reflexión de una joven universitaria de 20 años diagnosticada como superdotada que en su pasada crisis emocional llegó a creer que padecía un trastorno mental.

Dos o tres de cada cien personas piensan y sienten de manera diferente al patrón general. Discurren, aprenden y procesan más rápido. Son mentes excepcionales, capaces de desarrollar una actividad neuronal tan intensa que los neurobiólogos han acuñado la expresión “cerebro en llamas” para describir las imágenes registradas mediante escáner que dan cuenta de su rendimiento intelectual. Lo suyo es el pensamiento arbóreo: una idea conduce a otra idea y esta a otra creando ramificaciones. Sienten también de manera distinta porque poseen una elevada sensibilidad emocional que puede hacerles más vulnerables. Su hábitat es un bosque intrincado de ideas y sentimientos, cercado por tópicos y estereotipos. Y atacado, a veces, por la animadversión que suscita la diferencia. Los superdotados huyen de ese estigma y reivindican su personalidad, conscientes de que el cociente de inteligencia (CI) puede ser una trampa, un arma de doble filo. ¿Ser superdotado es el paraíso o el infierno, una fortuna o una maldición, motivo de regocijo o de desgracia? ¿Y qué es la inteligencia?

“Miraba a mi hijo y sentía como si tuviera delante a dos personas: una era el adulto a quien se le podía hablar de cualquier cosa; la otra, el niño que en realidad era y que no comprendía ciertas actitudes propias de las debilidades humanas. ¡Y yo nunca podía saber con cuál de las dos personas iba a hablar!”. Es la impresión más vívida que Montserrat Martí Sol, barcelonesa de 53 años, conserva de la niñez de su hijo, Jaume.

El 60% de los niños llamados “superdotados” pueden estar abocados al fracaso escolar

En la infancia de las personas con altas capacidades intelectuales, el niño y el adulto cohabitan en el mismo ser en una simbiosis singular. Su alto grado de desarrollo mental —tres, cuatro, cinco años superior al que les correspondería por su edad— se asienta en un fondo emocional tan infantil y vulnerable como el de sus compañeros, si no más. Bajo su aparente desgana escolar, que les lleva en muchos casos a ser diagnosticados erróneamente con un trastorno de déficit de atención (TDA), late en ellos un desbordante entusiasmo por el conocimiento, una desmesurada pasión por las palabras y una querencia obsesiva por los números. Textos y ecuaciones, problemas y enigmas desfilan incesantemente a gran velocidad por sus bien engrasadas autopistas mentales sin que el sueño pueda actuar siempre de eficaz interruptor.

El incremento sostenido del cociente medio de inteligencia, registrado a lo largo del siglo XX gracias a la mejora nutricional y tecnológica, ha empezado a detenerse en los países más desarrollados. Mientras tanto, se intensifica la búsqueda global de talentos con que hacer frente a los nuevos retos de la humanidad. Aunque los porcentajes varían en función de los criterios aplicados, es un hecho que al menos el 2,28% de la población mundial está capacitada para alcanzar los 130 puntos en los test de inteligencia, la línea establecida convencionalmente a partir de la cual se declara la superdotación intelectual. El número de alumnos de estas características detectado en España en el curso 2015-2016 ascendió únicamente a 23.745. Se calcula que solo en la enseñanza no universitaria existen otros 180.000 no identificados y, en consecuencia, privados de las ayudas escolares previstas para ellos. El 60% de los niños llamados “superdotados” puede estar abocado al fracaso escolar. Talento que no se cultiva ni identifica correctamente, talento que corre riesgo de malograrse. ¿Es la falta de aprovechamiento del ingente caudal de inteligencia que se pierde por los sumideros de la desinformación, la inercia y la rigidez estructural del sistema educativo lo que explica la pobre representación de los alumnos españoles clasificados como “excelentes” en los informes PISA?

Muchos alumnos con altas capacidades optan por mimetizarse en el paisaje escolar convencional para librarse del sambenito de raro y no desatar rechazo. Hay que olvidarse del arrollador chico listo triunfador líder de la clase. Y fijarse más bien en aquella alumna despistada, habitualmente abstraída en sus pensamientos, que no puede dejar de discutirle al profesor aquello que no le parece razonable. Observe también a ese otro chico que está solo en un rincón del patio mientras los demás corretean tras la pelota. O al niño que cuenta los peces de la pecera y construye su propio mundo de objetos. Los que se autoproclaman sobresalientes y dicen que sacaban muy buenas notas contribuyen al error que lleva a la gran mayoría de profesores a identificar erróneamente como superdotados a alumnos que manifiestan buen rendimiento escolar. Hay de todo en el muestrario de los superdotados ilustres o glamurosos declarados: Stephen Hawking, Steve Jobs, Bill Gates, Bobby Fischer, Gary Kaspárov, Marilyn vos Savant, Arnold Schwarzenegger, Geena Davis, Paris Hilton, Shakira, Nicole Kidman, Sharon Stone, Quentin Tarantino… Pero lo que no resulta extraño es que el estudiante de altas capacidades sea visto como el tonto, por despistado, de la clase.

“Yo veía a mis compañeros de clase como brutos gritones. Y ellos, a su vez, me veían diferente”

Lea Vélez, 47 años, madre de Michael (10) y Richard (8), tiene en casa sendas muestras del cambio brusco de personalidad que experimentan muchos estudiantes con altas capacidades. Es la prueba de cómo niños comunicativos, dinámicos y felices en casa se transforman en estudiantes pasivos, retraídos e infelices en el colegio. “Los mismos que en casa no se callan ni debajo del agua y no paran de hacer preguntas y observaciones difíciles e ingeniosas enmudecen en clase porque se aburren mortalmente”. Guionista y escritora, Vélez sostiene que el sistema no sabe muy bien qué hacer con los superdotados pese a que, sobre el papel, se ofrece la posibilidad de ampliarles o enriquecerles el temario, añadirles dos asignaturas e, incluso, pasarles de curso. “Nuestros métodos educativos están basados en la reiteración, cuando, precisamente, estos niños, que tienen su fuerte en las áreas intelectual y verbal, abominan de la repetición y la rutina”, prosigue Vélez. “Los profes los consideran vagos, pero ¿cómo no se van a aburrir de conjugar el verbo croar si ya a los cinco años me pedían que les indicara las partes del oído, me preguntaban de qué estaba hecha la lengua por dentro y me explicaban que los cables son la venas de la electricidad? Fíjese, cuando tenía ocho años, Michael me planteó la siguiente cuestión: ‘Mamá, ¿por qué los astrofísicos creen que el origen del universo fue el Big Bang? Si es el inicio de todo, ¿cuál es el detonante? ¿Cómo puede una explosión ser el origen de todo sin detonante?’. A mí me han enseñado a fascinarme por cuestiones de física, química y astronomía. Aprendo mucho con ellos”.

A juicio de esta escritora, la alternativa pasa por mejorar la formación del profesorado y aumentar las clases extraordinarias de enriquecimiento escolar. “El mismo niño que a grito pelado se aferraba a la barandilla porque no quería ir al cole, se levantaba, se vestía él solo y me esperaba impaciente junto al coche para que le llevara al curso de enriquecimiento de física y química”, dice Vélez. “Y al revés: uno de mis hijos ha tenido soriasis y ataques de asma ante la proximidad de una de esas pruebas tediosas que tanto les horrorizan. Ver el ejercicio y empezar a rascarse por el cuerpo es todo uno”. Los estudios de la asociación internacional de superdotados Mensa confirman una prevalencia mayor de las enfermedades asociadas al estrés y la ansiedad entre las personas con alto cociente intelectual.

Muchos superdotados han pasado por la escuela, la vida social y el trabajo sin problema alguno. Más bien, bendecidos por sus capacidades: su potencia de aprendizaje, su creatividad, facilidad para los idiomas o las matemáticas. Pero otros conocen bien, por experiencia propia, el acoso escolar. “Yo era el pitagorín que no caía bien a nadie, tampoco a los profes, dada mi tendencia a hacerles preguntas incómodas”, dice José Beltrán-Escavy, doctorado en Robótica por la Universidad de Tokio y examinador en la Oficina Europea de Patentes de La Haya. “Con 14 años, un grupo de alumnos me colgó del cuello con la cuerda de una persiana y les faltó poco para haberme matado. Me quedó una marca morada en el cuello durante tres semanas. A los 21 años, entré en la asociación Mensa. Probablemente, eso me salvó de convertirme en un amargado insoportable y solitario”.

—¿Qué le ha aportado tener un alto CI?

“Hay quienes no manifiestan su condición de superdotados ni siquiera a sus parejas”

—Una capacidad de sintetizar muy grande que me permite retener información y encontrar conexiones entre datos separados. También una memoria bastante buena y facilidad para los idiomas: aprendí catalán en 15 días, japonés en 6 meses, alemán básico en 2 meses y rumano en 6 días. A cambio, tengo una ligera discalculia (dislexia para los números). Para cualquier cálculo matemático necesito tirar de lápiz y papel, o de calculadora.

—¿El CI ha contribuido a su felicidad?

—En conjunto, supongo que sí. Si me hubieran hecho esta pregunta a los 14, mi respuesta habría sido diferente.

Muchos superdotados no han olvidado la percepción de ajenidad que les produjo el primer encuentro con sus compañeros de clase. “Yo los veía como unos brutos gritones y ellos, a su vez, me veían a mí diferente”, recuerda Ramón Campayo, 52 años, natural de Albacete, campeón del mundo de memoria en nueve ocasiones. “Me mantuve en mi mundo, en un rincón, sin amigos. Supe que tenía que tratarme a mí mismo con cariño y aprendí a aceptar que siempre habrá personas a las que les caerás mal”. Con más de 190 de CI, este hombre puede leer 2.500 palabras por minuto y memorizar 124 números en cuatro segundos. Dice que la técnica y el ejercicio memorístico pueden más que las capacidades innatas. Y añade que, cuando compite, el voltaje de su actividad neuronal se le dispara hasta los 42 grados de temperatura. En una ocasión tuvo que ir al médico porque su cabeza estaba a punto de estallar con “la fiebre de la inteligencia”.

La maldición de la inteligencia es el título del libro en el que la psicóloga clínica Carmen Sanz Chacón aborda los problemas que conducen, según ella, al fracaso personal y profesional a la mayor parte de las personas superdotadas. En Demasiado inteligente para ser feliz, la psicoterapeuta francesa Jeanne Siaud-Facchin sostiene que las altas capacidades conllevan fragilidad emocional y sufrimiento asociado a la sensación de inadaptación permanente y grandes dificultades para seleccionar, gestionar y organizar la ingente información que reúnen. Algunos expertos han detectado de manera inequívoca en los superdotados un dolor existencial intrínseco. Les atribuyen un particular compromiso con la justicia, la verdad y la solidaridad/empatía hacia quienes sufren. Cabría añadir una acusada sensación de incomprensión permanente y la necesidad de salir de la soledad y de buscar al “otro” entre sus pares, preferentemente. De ahí que sean tan frecuentes las parejas formadas por personas con altas capacidades.

“No está probado que la inteligencia y las altas capacidades supongan mayor tolerancia”

“La superdotación es una forma de ser, pensar y sentir distinta, pero por sí misma no impide alcanzar la felicidad”, indica Maite Garnica, pedagoga y autora del libro ¿Cómo reconocer a un niño superdotado? “Las características cualitativas emocionales se manifiestan como diferentes a la mayor parte de la gente”, prosigue Garnica. “Tiende a cuestionar su valía, posee una baja tolerancia a la frustración, es altamente susceptible, soporta mal los motes y resulta víctima de un afán perfeccionista que conduce a la insatisfacción”. Establecido que cada superdotado posee un perfil diferente, esta pedagoga detecta en esos niños individualismo derivado de la falta de intereses compartidos con sus compañeros y de su gran capacidad de comprensión de los conceptos abstractos, además de una curiosidad temprana por las cuestiones filosófico-religiosas trascendentales. Disponen, igualmente, de un elaborado sentido del humor y una percepción sensorial de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto más acusada de lo normal. La precocidad y la memoria serían indicativos de un alto CI, aunque no marcadores definitivos. El mismo CI es visto cada vez más como una referencia mejorable, de contornos difusos. ¿Qué pasa con los que obtienen 129 puntos en lugar de los 130 establecidos? ¿Acaso la distancia entre estos últimos y los que superan los 160 puntos no es mayor que la que existe entre los “raspados” y el resto que, en el 70% de los casos, se sitúa en la banda entre 87 y 114 puntos?

Atendiendo a su experiencia, Garnica subraya la necesidad de combinar la inteligencia intelectual con las técnicas de “inteligencia emocional” que permiten conocerse mejor, gestionar las emociones y desarrollar la empatía y la asertividad hacia los demás, de forma que la tendencia al fracaso que se observa en muchas personas con alto CI se transforme en éxito personal y social, en bienestar anímico. “Si el superdotado no aprende a controlar y a poner consciencia sobre sus pensamientos, son estos los que dominan su mente, sus emociones y su vida”. Como directora del madrileño Centro Especializado en Superdotados (CES), Garnica ha visto a madres romper a llorar al saber la condición de superdotado de sus hijos. Este es su consejo a los padres: “No teman, su hijo podrá ser feliz. Hay que contarle que tiene un alto cociente intelectual y que no es raro, sino especial. Este es un paso primordial, cuestión de salud pública, porque ellos se sienten mejor cuando saben lo que les pasa y constatan que no es nada malo”.

De hecho, abundan los testimonios que ratifican la compatibilidad entre las altas capacidades y un razonable bienestar emocional. “No comulgo con quienes lo asocian con la desgracia”, señala Jesús Landart, 57 años, vecino de Irún. “Más vale ser listo que tonto, pero no tenemos mérito ni demérito por ser como somos. Todo el misterio es que nacemos con mayor dotación intelectual. El esfuerzo, el tesón y el trabajo pueden dar mejores resultados que la inteligencia no aprovechada”. Landart piensa que el rasgo común es la curiosidad por el conocimiento resultante de la mayor facilidad para entender conceptos abstractos. “Es lo que en euskera llamamos jakinmina (dolor, ansia de saber)”, concluye.

Matemático, ingeniero electrónico y filósofo, Jesús Landart forma parte de Mensa, el club de superdotados que en España cuenta con 2.300 socios y 160.000 en todo el mundo. Agrupa a personas que superan la barrera de los 130 puntos de CI en los test psicológicos, un espectro en torno al 2% de la población. “Somos una asociación de gran biodiversidad que se propone fomentar la inteligencia y crear un ambiente estimulante en la educación”, dice Elena Sanz, 54 años, química, natural de Errenteria (Gipuzkoa). “La inteligencia es una herramienta para la vida y el desarrollo de la razón. Pero ya sabemos que la razón no da la felicidad, de la misma manera que ser alto no te convierte en el mejor jugador de baloncesto ni en mejor persona”. Sanz no padeció el acoso de niña. “Me juntaba con las chicas malas de la clase. Con la diferencia de que yo aprobaba sin estudiar y ellas no”. Presidenta de Mensa entre los años 2013 y 2016, Sanz niega que este club responda al propósito de formar una comunidad dentro de la comunidad, aunque acepta la imagen de refugio que permite compartir inquietudes en un ambiente festivo, aderezado de refinada ironía humorística. “Hay socios que fuera de aquí no manifiestan su condición de superdotados, ni siquiera se lo cuentan a sus parejas. Los expertos en recursos humanos nos aconsejan no incluir el CI en los currículos. Hay que preguntarse por qué gente que acepta con naturalidad las diferencias en la estatura, el pelo o el color de los ojos, y aplaude a los deportistas de élite, soporta mal que otros tengan mayor capacidad intelectual”.

Carmen Po Marquina, de 44 años, trabaja de teleoperadora en un call center de Zaragoza y, como tantos otros superdotados, particularmente las mujeres, está habituada desde pequeña a disimular. “He tenido que callarme muchas veces. Supongo que tampoco es fácil mandar sobre personas de nuestras características porque nos gusta que nos expliquen las cosas para luego analizarlas. Esto es algo que yo no puedo evitar, pese a que con frecuencia mi opinión se toma como un ataque”. Po Marquina dice que en el cole se aburría. No entendía por qué los profesores explicaban una y otra vez lo mismo. Perdió los hábitos mínimos de estudio y renunció a ir a la universidad. “No he tenido una vida de éxito profesional, nunca me sentí más inteligente que los demás. Ser lista no te soluciona la vida”.

Tampoco Joseba, 35 años, vecino de Vitoria, soldador de profesión, llegó a la universidad. “Al contrario que otros chicos superdotados que optaban por aislarse, yo supe adaptarme. Pero preferí ponerme a trabajar y no me arrepiento porque vivo feliz. Siento alivio al mirar hacia atrás. Cuando mis compañeros de clase todavía se comían los mocos, me dio por reflexionar intensamente sobre la muerte. Pasé por un periodo de gran ansiedad. Ahora veo que lo mío no era tan raro”.
A la teoría, casi nunca explicitada pero subyacente, de que las personas con altas capacidades son también más bondadosas, sinceras y solidarias, a causa de su supuesta mayor sensibilidad y conciencia de los problemas, la psicóloga Cristina Surroca, de 55 años y vecina de Barcelona, con dos hijos de 19 y 18, contrapone: “No está probado que la inteligencia suponga mayor tolerancia”. Su experiencia como socia y supervisora de los test que se exigen para ingresar en Mensa le lleva a concluir que el mundo no iría necesariamente mejor si los órganos de decisión estuvieran formados por superdotados. “La tolerancia reina entre nosotros, pero tenemos opiniones muy dispares. Tampoco estamos libres de las disputas, ni del peligro de creernos en posesión de la verdad. No disponemos de soluciones únicas ni contamos con unanimidad en nada. Entre personas, lo mejor es la mezcla”.

¿Qué es la inteligencia? A falta de un criterio unificado sobre la superdotación —tampoco hay un protocolo de actuación escolar común a todas las comunidades autónomas españolas—, el doctor en Psicología Roberto Colom define la inteligencia como “la capacidad general que nos permite razonar, resolver problemas y aprender de la experiencia”. Contra lo que establece el psicólogo Howard Gardner en su Teoría de las inteligencias múltiples (intelectuales, lingüísticas, lógico-matemáticas, visual-espaciales…), Colom reconoce una inteligencia general que controla las demás capacidades cognitivas: “Hay una inteligencia general compuesta de diferentes capacidades que están relacionadas. El alumno que hace bien las pruebas de matemáticas hace bien también lenguaje y ciencias, aunque puede haber excepciones”. Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, Colom encuentra en la figura del candelabro —una base única con varios brazos—, la analogía más adecuada para su tesis. Tener conocimientos enciclopédicos, buena memoria, dominio del lenguaje o ser muy creativo no implica, en su opinión, por sí solos, ser muy inteligente. “Si quieres medir la capacidad atlética de una persona no le pongas solo a correr los 100 metros, ponle también con saltos de altura, a levantar pesas…”.

Este especialista español asegura que las altas capacidades pueden objetivarse gracias a las nuevas técnicas de neuroimagen. “Podemos analizar lo que ocurre en el cerebro, comprobar hasta qué punto las conexiones entre diferentes áreas cerebrales cambian según el nivel intelectual de los individuos”. Colom considera necesario combatir los estereotipos y contradicciones ambientales. “La idea de que la inteligencia del grupo es mayor que la suma de las inteligencias individuales de sus componentes es objetivamente falsa. Las altas capacidades mentales son vistas como algo perturbador y hasta facha, cuando resulta que tenemos que movernos en contextos muy competitivos que nos obligan a cuidar el capital humano, a no desperdiciar el talento. De hecho, la sociedad sí premia a los más inteligentes. No hay más que ver quiénes se sientan en la dirección de las compañías de éxito: o son superdotados o son personas que suplen con esfuerzo y tesón su menor potencia intelectual. Sería interesante que la selección para los puestos de responsabilidad estuviera en manos de la gente más capacitada, aunque ser más inteligente no te convierte en mejor persona”. Seguro que es así, aunque uno termine el reportaje con la sensación de haber estado en contacto con almas delicadas, hermosas