martes, 13 de noviembre de 2018

Qué engañifa

Cuando se leen los ditirambos con que lame al Rey y a las Españas el verde pepino Cascado no puede uno sino confirmar la verdad de los universos paralelos. Su realidad es fumativa; pergeña una Españifa increíble, sin futuro: no soluciona nada y lo empeora todo. En los balcones ha visto banderas, pero no los más abundantes letreros de "se vende": tampoco a los viejos que se arrojan por no poder pagar hipotecas.  Es más, ignora a los crecientes independentistas y republicanos alérgicos a su pestazo a franquilidad. Recuerda a los rancios septuagenarios que escriben en La Razón: Ussía, Cañizares, Amilibia, etc.  No extraña, pues, que el Rey haya ido a su fiesta; no en vano puso su papá a Franco bajo la cruz de la que él no ha tenido la iniciativa de sacarlo: respeta mucho cosas tan viejas como el nacionalismo del que se nutre.

Para alguien tan poco Astérix e hysteric como Macron, el nacionalismo es un mal y la principal causa de muertos en Europa desde el siglo XIX. No digamos desde antes: la costumbre de matar compañeros de raza humana no estaba entonces mecanizada ni atomizada. En su discurso ante los muertos de la Gran Guerra lo ha dicho, y además ha añadido a esos males el fanatismo místico.

Es verdad que el eurotismo no debería haberse extendido a la moneda, controlada por mafiosos de toda la vida. Pero debería haberse extendido a las monarquías, que son también una forma de nacionalismo. La rana Leticia (perdón, me confundí de cuento: quise decir reina, aunque a esta también la haya besado un príncipe), que no es una Rania como la de Jordania, sino una Rania de Espania, aunque bautice a sus hijas con moras aguas del Jordán, ha conseguido vulgarizar la ya de por sí vulgar monarcaca, pero no sé si la habrá popularizado, por guapas y rubias que resulten sus ricas ninias (el alcance que tienen los programas de Tele5 me hace ser pesimista al respecto). En fin, sobre estética y política hay demasiado escrito y no pretendo añadir nada más. Ya lo dice Voltaire, a quien cita hoy el manchego Raúl del Pozo: "Preguntad a un sapo qué es la belleza, y contestará que es la hembra de su especie".

lunes, 5 de noviembre de 2018

Giacomo Leopardi dando ánimos

Tutto è male. Cioè tutto quello che è, è male; che ciascuna cosa esista è un male; ciascuna cosa esiste per fin di male; l'esistenza è un male e ordinata al male; il fine dell'universo è il male; l'ordine e lo stato, le leggi, l'andamento naturale dell'universo non sono altro che male, né diretti ad altro che al male. Non v'è altro bene che il non essere; non v'ha altro di buono che quel che non è; le cose che non son cose: tutte le cose sono cattive. Il tutto esistente; il complesso dei tanti mondi che esistono; l'universo; non è che un neo, un bruscolo in metafisica. L'esistenza, per sua natura ed essenza propria e generale, è un'imperfezione, un'irregolarità, una mostruosità. Ma questa imperfezione è una piccolissima cosa, un vero neo, perché tutti i mondi che esistono, per quanti e quanto grandi che essi sieno, non essendo però certamente infiniti né di numero né di grandezza, sono per conseguenza infinitamente piccoli a paragone di ciò che l'universo potrebbe essere se fosse infinito; e il tutto esistente è infinitamente piccolo a paragone della infinità vera, per dir così, del non esistente, del nulla. (4174, Bologna, 17 aprile 1826; 1898, vol. VII, pp. 104-105)

Todo es malo. Esto es, todo aquello que existe es malo; que cada cosa exista es un mal; cada cosa existe para el mal; la existencia es un mal y ordenada al mal; el fin del universo es el mal; el orden y el Estado, las leyes, el curso natural del universo no son más que el mal, ni están dirigidos a nada que no sea el mal. No hay otro bien que el no ser; no hay nada más bueno que lo que no es; las cosas que no son cosas: todas las cosas son malas. El Todo existente; el complejo de los muchos mundos que existen; el universo; no es más que un lunar, un moratón en la metafísica. La existencia, por su naturaleza y esencia propia y general, es una imperfección, una irregularidad, una monstruosidad. Pero esta imperfección es una pequeñísima cosa, un lunar real, porque todos los mundos que existen, por muchos y grandes que sean, no siendo ciertamente infinito ni en número ni en tamaño, son en consecuencia infinitamente pequeños en comparación con lo que el universo podría ser si fuera infinito; y el todo existente es infinitamente pequeño en comparación con el infinito verdadero, por así decirlo, de lo inexistente, de la nada. (4174 , Bolonia, 17 de abril de 1826; 1898, vol. VII, pp. 104-105)

sábado, 3 de noviembre de 2018

La banalidad del mal en TV

"Sobre la banalidad del mal en la parrilla televisiva"

David Navarro Martínez, Doctorando en Estudios Literarios, Universidad Complutense de Madrid
y Carmen M. Méndez García, Profesora de literatura norteamericana, Universidad Complutense de Madrid. En Público,  03/11/2018:

Poco después de la muerte de Adolf Eichmann en 1962, Hannah Arendt publicó su libro Eichmann en Jerusalén (1963), en el cual la filósofa alemana de origen judío detalla el proceso judicial que culminó en la condena a muerte del que fuera coronel de las SS, por genocidio y crímenes contra la humanidad. En este ensayo, que hoy se ha convertido en texto de referencia para el estudio de la psicología nazi, Arendt intenta desentrañar las razones que pueden llevar a un ser humano corriente, aparentemente despojado de maldad innata (así define ella a Eichmann) a responsabilizarse de las atrocidades que se produjeron durante la época del Holocausto.

Las conclusiones de Arendt sembraron una considerable polémica: no se trataba de una cuestión moral. Para entender Ravensbrück, Mauthausen o Auschwitz, había que prescindir de los conceptos del bien y del mal, y aceptar que el motor del asesinato de seis millones de judíos era, simplemente, la fuerza de la fidelidad a una adscripción política. Así, Eichmann y los demás criminales de guerra no se llegaron a cuestionar (y esta es la clave) las implicaciones éticas de su participación en la Segunda Guerra Mundial. Actuaban motivados por un sentimiento de colectividad que les llevaba a dejar de lado cualquier reflexión moral. Los nazis no tenían que ser necesariamente “malas personas”. Y esto lo escribió una judía.

De esta manera, Arendt acuñó el concepto de “banalidad del mal”, que hoy por hoy puede ser aplicado (salvando las distancias) a multitud de fenómenos sociales. Es particularmente interesante analizar cómo el espectador de televisión, al incluirse a sí mismo dentro de la colectividad de la audiencia, pierde la perspectiva crítica de lo que ve y relativiza las categorías éticas.

Otros autores más modernos, como el sociólogo marroquí Gérard Imbert, añaden a la tesis de Arendt la posibilidad de que la violencia pueda funcionar como espectáculo.

Se conjugan dos perspectivas complementarias: por una parte, el espectador no reflexiona sobre las implicaciones morales de los contenidos que está consumiendo, y por otra, disfruta realmente viendo a otras personas sufrir.

Por poner un ejemplo, el escritor americano Don DeLillo es muy elocuente acerca de este hecho en su novela White Noise (1985): cuando vemos morir a alguien, nuestra posición de testigos nos tranquiliza de alguna manera, porque eso significa que nosotros seguimos vivos; le hemos ganado a la muerte, mientras otros han sucumbido a ella.

En la actualidad existe, según Imbert, una disolución de la categoría clásica “placer-dolor”, en la medida en que, como espectadores, reivindicamos el derecho colectivo del sadismo, de ver sufrir a otros desde nuestra cómoda posición de “individuos desindividualizados”. El espectador se convierte en testigo, y la maquinaria televisiva tiende a la producción del performance, porque la emoción del sufrimiento es real. El dolor, el tormento, se han erigido en show, en un espectáculo social al estilo del teatro sangriento de Séneca.

Todos recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre de 2001, y en compañía de quién veíamos la televisión: una consecuencia directa de la ritualización del dolor, cuyos elementos coinciden con los elementos del espectáculo. De hecho, el cine ha reflexionado acerca de las características del espectador-testigo de la violencia en producciones como Funny Games (Michael Haneke, 1997) o la saga Saw (James Wan y otros, 2004-).

Los límites del humor amarillo

La banalidad del mal y el sadismo están detrás de una tradición de formatos televisivos más o menos inocentes o amables, encabezada por el concurso japonés Humor amarillo (1986-1989) y que en España siguió su curso con El Gran Prix del verano (1995-2009).

Hoy en día encontramos otros concursos en los que el error del concursante es penado con castigos físicos leves o un simulacro de ellos (Ahora caigo, Boom, Crush, la pasta te aplasta) o de reality shows en los que los participantes son sometidos, al menos aparentemente, a condiciones más o menos extremas de supervivencia (Supervivientes o La isla son los más populares, pero existen otros formatos mucho más duros, como Solos, Fear Factor o Kid Nation, entre otros).

Desde luego, y aunque el éxito de estos formatos pueda venir en parte justificado por el sentimiento sádico de la audiencia, sus consecuencias a nivel de sufrimiento ocasionado no pueden compararse de ninguna forma con las atrocidades de Eichmann. Pero, probablemente, sí pueden ser estudiados desde los mismos paradigmas.

¿Dónde está el límite? Recordamos el polémico caso de aquel reality show de supervivencia preparado para filmarse en Siberia en torno a 2017, en el cual, teóricamente, estarían permitidos los asesinatos entre concursantes (así lo decía el contrato del programa, aunque, lógicamente, las autoridades rusas no lo habrían permitido). Un proyecto, llamado Games 2 Winter en clara alusión a Los juegos del hambre, que tuvo que dar marcha atrás después incluso de que los concursantes estuvieran ya seleccionados, y que hoy en día es justificado por su productor como una mera estrategia de marketing para darse a conocer a sí mismo (en realidad, seguimos sin saber si esto es cierto o si, realmente, el proyecto tuvo que suspenderse por cuestiones legales).

En todo caso, no es descabellado pensar que parte de la producción televisiva de entretenimiento pueda ser analizada acogiéndose a las teorías de Arendt o Imbert.

Lo que sí está claro es que, cada día más, es necesario hacer una reflexión seria sobre los contenidos que demandamos como consumidores, y qué tipo de necesidades buscamos satisfacer con ellos.

martes, 30 de octubre de 2018

Clases de alumnos, según el AS


1. El empollón
No confundir con aquel que es un hacha en alguna asignatura. El empollón supera al especialista en Historia o Matemáticas sin despeinarse. Sabe de absolutamente todas las materias y responde cualquier pregunta del profesor, incluso aquellas que parecía no tener respuesta.

2. El que come en clase
Siempre hay alguien en clase que aprovecha cualquier momento para darle un bocado a ese sándwich, bolsa de patatas o bizcocho que tiene para el recreo. Tiene mucho apetito y las clases no son impedimento alguno para saciar su gula.

3. El del móvil
Los millennials nacidos hasta 1992 o 1993 afortunadamente no han vivido el boom de los smartphones. De haber tenido conexión a internet en los móviles, muchos no se habrían sacado ni el graduado escolar, como ese estudiante que no para de utilizar el móvil en clase.

4. El que siempre llega tarde
Un día es el atasco, otro la climatología la que le juega una mala pasada pero lo cierto es que siempre hay un estudiante que jamás llega a la hora a clase. La impuntualidad es una falta de educación pero él siempre le echará la culpa al empedrado.

5. El que tiene siempre excusas
Miente más que habla para disimular su vagueza extrema. Siempre hubo un compañero de clase que dijo que su perro se había comido los deberes. Pues bien, es este tipo de estudiante el que siempre tiene excusas.

6. El pelota
No es brillante como el empollón pero tiene cierto encanto y sabe medir bien el momento de piropear al profesor y ganarse así su confianza. Es un adulador nato siempre y cuando pueda conseguir algo de la persona a la que adula.

7. El de las chuletas
Siempre hay un estudiante que pone en riesgo su continuidad en el examen fabricando varias chuletas y utilizándolas en los exámenes. Normalmente suelen pillarle porque no es lo suficientemente inteligente para no ser descubierto pero él lo sigue intentando.

8. El que siempre se queja
Porque el profesor va muy deprisa, porque le ponen deberes en época de exámenes o porque no le dejan terminar un control en la hora del recreo. Se queja por activa y por pasiva de todo lo que ocurra en el instituto. Es más quejica que contestatario.

9. El que hace los deberes en clase
Llamado también 'monje copista' si además de hacerlos en clase los copia de un compañero. Se ha pasado toda la tarde anterior sin hacer nada y aprovecha la misma clase para hacer los ejercicios. Todo un clásico.

10. El cotilla
Se entera de absolutamente todos los líos y tejemanejes de la clase y además es una persona que le encanta criticar a los demás. En ocasiones es capaz de crear bulos y así provocar conflictos.

11. El despistado
No se suele enterar de cuándo tiene excursión y es el típico que se queda solo esperando en clase a que venga el profesor cuando todos los alumnos ya están en clase de audiovisuales. El despiste es parte de su vida y sufre a menudo las consecuencias.

12. El que se cree gracioso
No es el gracioso de la clase sino esa persona que se quiere parecer al gracioso. De su boca saldrán los chistes más fáciles y estúpidos posibles. Suele provocar sentimiento de vergüenza ajena tanto en profesores como en el alumnado.

13. El que se chiva de los deberes
El profesor se ha olvidado de corregir los ejercicios pero siempre está el típico listo, muy cercano al empollón, que dice que tiene deberes que corregir y que debe pasar lista. Poco solidario con sus compañeros.

14. El deportista
Es capaz de traerse pesas a clase, de hacer flexiones en el cambio de clase o de jugar con la pelota de fútbol entre pupitre y pupitre. Vigoréxico desde joven.

15. El que pide cosas todo el rato
No tiene lápiz, ni bolígrafo ni seguramente cuaderno, folios o goma de borrar. O es un absoluto desastre o no tiene dinero para comprarse lo básico para ir al instituto.

16. El que huele mal
Persona totalmente rechazable debido a la falta de higiene aunque posiblemente él no sepa que huele un 'poco' fuerte.

17. El repetidor
Tiene tres o cuatros años más que el resto de alumnos de la clase y parece tu padre. Seguramente trabajó durante unos meses en un taller o en una obra como peón antes de volver al instituto por mandato de sus padres. Suele tener barba cerrada

Más memorias de manchegos olvidados

En mis estantes figuran tres libros que cuentan historias poco conocidas (digámoslo así, en vez de oscurecidas) de manchegos que vivieron la penosa y hambrienta posguerra civil antes de que los americanos sacasen al militar genocida Franco del agujero en que él mismo se había metido, y el pueblo (que no sus dirigentes) pagase la deuda nacional mediante las divisas de los trabajadores emigrantes y del turismo de masas que venía atraído por el bajo precio del sol y la miseria.

La del detective Eugenio Vélez-Troya es sin duda la más apasionante; la del preso y poeta popular Manuel Altozano Ortiz posee bastante valor costumbrista y la del maquis Francisco Blancas "Veneno" es históricamente relevante por haber sido el último líder de la II.ª Agrupación de Guerrilleros de Ciudad Real entre 1940 y 1955, unos doscientos hombres traicionados por el "topo" Honorio Delgado "René", infiltrado por el teniente Eulogio Limia. Por ser de otro siglo, dejaré para otro momento la monumental biografía de Adrian Shubert Espartero, el Pacificador (2018), que estoy todavía leyendo.

Empezaré por Eugenio Vélez-Troya, Las otras huellas. Memorias de un detective privado (Madrid: Obelisco, 1996), un libro ya muy raro (ni siquiera en la red mundial ViaLibri se encuentran ya ejemplares) que cuando lo leí me impresionó al darme cuenta de la corta distancia que había entre la novela negra barcelonesa de un maestro como Francisco González Ledesma y la pura realidad de los hechos. Con su estilo llano y su perspectiva profundamente ética el detective decano de la criminología española, emigrado a Barcelona desde su natal Torre de Juan Abad, donde había nacido en 1921, ofrece un panorama impresionante de la hipocresía y la mediocridad de la España franquista en una ciudad condal entre charnega y catalana, aunque algunos casos lo llevan a Madrid, a América y a Europa. De Madrid de posguerra dice lo siguiente:

Objeto del mayor y más gigantesco acoso de codicia que jamás conoció su historia. El Madrid apagado y triste de los bombardeos, de las estrecheces, del escaparate sin luz donde se exhibía para el mundo entero el más alucinante surtido de lacras humanas...

Recuerda las páginas mortíferas del San Camilo 1936 de Cela, o de esa visión más soportable, La Colmena. Desfilan por el libro cazadotes, viudas negras, pícaros, degenerados, drogatas, donjuanes, exiliados, psicópatas, ladrones, sindicalistas ilegales, contrabandistas, estafadores, suicidas, lesbianas, adolescentes encoñados, chantajistas, anarquistas, desapariciones, espías, desfalcos, secuestros, asesinos en serie, braguetazos, empleados que apenas tienen para comer con tres sueldos y se duermen trabajando (más o menos como ahora) e incluso una versión curiosa del asesinato de Trostky, que fue hecho por dos y no solo un asesino, según le informaron. De vez en cuando debe contratar una paliza para asustar a un moscón, o proceder con inaudita mano izquierda. Le contratan para exonerar a Tita Cervera de un robo de joyas cuando tenía diecinueve años, para investigar el secuestro de la farmacéutica de Olot o para averiguar la desaparición de grandes sumas de dinero. En su estilo educado y realista se notan muchas lecturas sustanciosas y cita a Somerset Maugham, a Graham Greene. Se ve patentemente como la realidad va por un lado y la justicia por otro; no en vano cita a Lutero: "La justicia es temporal, la conciencia es eterna". A pesar de su amplio historial, siempre encuentra "en la vida misma" algún misterio que no hay por donde tomarlo.

En fin: debería hacerse un buen guion (y hasta tres o cuatro, o una serie) con todo este material: la película tendría por fuerza que ser por lo menos excelente.

lunes, 22 de octubre de 2018

Caminar

Caminar es actividad redundante; se empieza buscando otra cosa pero se termina siempre en uno mismo o en casa. Al menos esto permite constatar que hay cruces, bifurcaciones, otros caminos distintos que a veces confluyen. Muchos van deprisa pensando que van a alguna parte, que lo suyo importa; en moto incluso lo señalan con harto ruido. Parecería como si hubiera muchos sentidos y direcciones diferentes. Pero no.

Aunque la sociedad y la información parecen redes complejas, no lo son. Cualquiera que vaya a un punto de reunión cualquiera (llamémosle bar) encontrará siempre los mismos periódicos de derechas... o nada; el mismo fútbol, la misma conversación. Desde luego, La Razón es un periódico moderno y al día, con sus columnas fijas de los septuagenarios Cañizares, Ussía, Amilibia etc. De La Tribuna no digo nada: ha mejorado mucho desde que la critiqué; quien tenga el mérito de ello, que se lo arrogue. 

Inspeccioné otros lugares públicos de reunión en Ciudad Real, y saqué algunas conclusiones. Los únicos suscritos a publicaciones contestatarias (El Jueves, por ejemplo, que esta semana es el único que habla de la corrupción del rey emérito) son la taberna Living Room, cierta peluquería para caballeros regentada por gays y la Biblioteca Pública. Deduzcan lo que quieran. Menos mal que las infantas no son elefantas, al emérito se le podrían escapar algunas balas sin querer (que ya le ha pasado), como a su amigo el príncipe saudí.

La capital está llena de letreros de se alquila y se vende. La mayoría son antiguos, pero hay muchos nuevos. Evidentemente, la libido está bastante baja; hasta el único sex-shop que hay va a cerrar y está vendiendo rebajadas sus existencias al cincuenta por ciento de su valor. Las damas del alba están por los rastrojos. A cambio, proliferan las casas de apuestas, las tiendas que compran oro, las clínicas dentales, las peluquerías. Hay mucha desesperación encubierta y sobre todo que se quiere encubrir incluso con un buen peinado o una buena sonrisa. De los pocos jóvenes que hay, unos cuantos que ven la tele (muy pocos) lo único que aprenden es a discutirlo todo: es lo que ven a diario en la tele, discusiones, problemas, angustia. La mayor parte de ellos están simplemente acojonados; no se extrañen si se aficionan a la botella o al botellón, la esperanza se vende cara y la sonrisa falsa o la mordedura (clínicas dentales) están a la orden del día. Que no les engañe tanta hipocresía. 

Son días grises estos días. Dentro de poco habrá que homenajear a algunos de nuestros muertos, los que tienen nombre y un lugar donde estar.

sábado, 20 de octubre de 2018

Ramón Tamames y Dios

Ramón Tamames: "Dios existe... como existen Don Quijote o Hamlet" , en El Mundo,  20 OCT. 2018 por SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

(Madrid, 1933) Economista, político, ex diputado constituyente, uno de los firmantes de los Pactos de la Moncloa... Ahora se plantea el sentido de la vida en su nuevo libro: Buscando a Dios a en el Universo (ed. Erasmus).

Ha estado usted buscando a Dios por el universo. ¿Lo ha encontrado? ¿Lo ha visto?

Lo intuyo y sigo buscándolo, pero todavía no lo he visto. Espero verlo algún día.

¿De dónde venimos?

Del Big Bang.

¿Qué somos?

El fruto de la evolución.

¿A dónde vamos?

A la Inteligencia Artificial, a una transformación de la especie, al transhumanismo y a no sabemos qué cosas más.

Los seres humanos, ¿seremos como dioses?

No, no seremos como dioses, pero seremos capaces de destruir la civilización humana con una guerra atómica.

¿Está todo previsto?

No. Existe el libre albedrío y además Dios no puede romper las leyes físicas, a no ser, claro está, que haga un milagro. Muchos, incluidos varios científicos, creen en los milagros.

¿Dios no está reñido con la ciencia?

En absoluto. El 40% de los científicos creen en algo. La inmensa mayoría no son religiosos, pero un 40% piensan que hay algo. Algunos de ellos tan importantes como Pasteur, Lemaitre o, ya en la actualidad, Collins, quien sostiene que el genoma es el alfabeto de Dios.

¿Estamos solos en el Universo?

Es probable que no. El universo en muy grande, y además puede haber otros universos. Pero las distancias son tan grandes que, como dijo Fermi, nunca veremos a los hombrecillos verdes. Si enviamos a la estrella más próxima, situada a cuatro años luz, una sonda a la velocidad máxima que podemos tardaría en llegar 70.000 años, y si a eso se suma el viaje de vuelta nos ponemos en 140.000 años. Si no estamos solos, es como si lo estuviéramos.

¿Es necesario que exista Dios?

Eso se lo ha preguntado mucha gente, incluido Stephen Hawking, quien en La historia del tiempo dice que cree en Dios. Hay una serie de misterios que a pesar de los avances de la ciencia no se han llegado a desentrañar, y es posible que nunca se desentrañen. En su último libro, Espejismo de Dios, Hawking cambia de idea y piensa que es todo un efecto de la fuerza de la naturaleza y concretamente de la fuerza de la gravedad. La pregunta es: ¿quién ideó la gravedad?

¿Y usted por qué considera necesario que exista Dios?

Por el sentido de la vida. En las religiones más avanzadas, y especialmente en la cristiana, Dios es un ideal de justicia, de paz, de amor. Y Dios existe, en cualquier caso. Dios existe como existe don Quijote, como existe Hamlet. Hemos creado un personaje, así que Dios existe. Incluso si como dice Feuerbach Dios no existe y sólo es una creación del hombre, sería una gran creación del hombre.

Y si hay un dios, ¿no debería manifestarse y poner fin al debate milenario sobre su existencia?

¿Y cómo quiere que se manifieste? ¿Con una voz en off que diga: "Yo soy Dios"? Además Dios, según algunos, ya se ha manifestado, depende de si crees o no a Moisés, a Santa Teresa... Yo no voy por la vía de la revelación o del misticismo, pero opino que cuando dejas de creer en Dios puedes creer en cualquier cosa.

¿Siempre ha creído?

Siempre he tenido un fondo. Mi madre era cristiana practicante, me quedé sin ella muy pequeño pero guardo un gran recuerdo. Mi padre era todo lo contrario, no creía en nada, aunque al final de su vida me parece que tuvo un cambio de orientación. Yo a los 14, 15 años dejé de lado la religión y empecé a leer a Freud, a Marx, a Darwin. Pero nunca dejé totalmente de creer porque, como le ocurría a Rahner, el teólogo, creo en Dios porque lo aprendí de mi madre.

Si Dios existe, ¿por qué permite el holocausto, que haya curas pederastas y todo el horror del mundo?

Porque Dios respeta sus propias leyes. Y sus propias leyes permiten el libre albedrío, y el libre albedrío permite que seas un especulador o un santo, un político corrupto o un profeta.

¿Existirá la humanidad dentro de mil años?

Ése es el reto. Los grandes peligros que nos acechan están relacionados con la destrucción de la naturaleza, el calentamiento global, la lucha comercial, la pobreza y, el más inmediato, la guerra atómica. Cualquier hacker puede un día entrar con un ordenador en los monitores rusos o americanos y cargarse el mundo.

Me va a perdonar pero esta vena mística, ¿le ha dado porque tiene una edad venerable y, ejem, ve más cercana la hora final?

No, para nada. Este libro me ha llevado siete años de trabajo y no lo habría podido hacer en otro momento. Pero las cuestiones que planteo en el libro -¿de dónde venimos, qué somos, a dónde vamos?- siempre me las he planteado y nos las planteamos todos.

Clásicos del género chistes malos

Chistes malos clásicos del género 

-¿Usted no nada nada?
-No, no traje traje.

-¡Mama, sangre! ¡Mama, sangre...!
-Calla, niño, o te pego otra puñalá.

-Mamá, en el cole me llaman despistado.
-Niño, que esta no es tu casa.

- ¿Nivel de inglés?
+ Alto
- Diga “memoria”
+ Memory
- Póngalo en una frase
+ Salté por una ventana y memory

 - Hola, buenas, ¿es esta la academia de inglés?
- If, if. Between, between

-Nivel de inglés
-Alto
-¿Cómo se dice mirar?
-Look
-Construya una frase con la palabra
-Look yo soy tu padre
-Contratado.

¿Nivel de inglés?
-Alto
-Traduzca “night”
-Noche
-¿CÓMO QUE NO CHABE? ¡Fuera de aquí!

 Dos tipos que se encuentran. Uno le dice a otro:
-Oiga, lleva usted un plátano en una oreja.
-¿Perdone?
-Que lleva usted un plátano en una oreja.
-¿Cómo dice?
-¡Que lleva un plátano en una oreja!
-Mire, dígamelo a este oído, que en el otro llevo un plátano.

—María!! Han robado en el apartamento contiguo.
—¿Conmiguo? Conmiguo no!

Llama un químico por teléfono a otro un viernes por la noche:
- ¿Qué haces ? ¿Sales?
- Sí, un bromuro de potasio.

-Tú traes las cervezas, tú ginebra, tú whisky y tú ron
- ¿De suchard?
- Tú no vienes

- Me he comprado 20.000 palomas.
-¿Mensajeras?
-No te ensajero nada.

–Buenas, ¿tiene pelotas para jugar a tenis?
–Sí señor.
–¡Pues a las ocho en la pista!

-Doctor, después de la operación ¿Çpodré tocar la guitarra?
- Claro hombre!
- Qué ilusión, siempre había querido saber y no tengo ni idea.

—Doctor, tengo todo el cuerpo cubierto de pelo. ¿Qué padezco?
—Padece uzté un ozito

- Doctor, doctor, sudo mucho por las noches. 
- Es que usted necesita un colchón poroso. 
- Y usted uno por hijo puta.

-¿Como ha ido el parto doctor?
-Bien, aunque al niño le hemos tenido que poner oxígeno.
-Vaya, con la ilusión que nos hacía ponerle Arturo como mi padre.

- Papá, papá ¿qué queda más lejos, la luna o Australia?                                      
+ ¿Tu desde aquí ves Australia?

Un niño a otro:
- Tu padre es un proscrito.
Y el otro responde:
- Y el tuyo un tigretón...

Mamá, mamá, me tragado la aguja del tocadiscos y no me ha pasaó na, no me ha pasaó na, no me ha pasaó na, no me ha pasaó na... (Los millenial no lo pillan)

 Se abre el telón y se ve a dos trufas discutiendo acaloradamente,título de la peli?
-Trufas too furious

- ¿Dónde cuelga Superman su supercapa?
- En superchero

 Se abre el telón y se ve al uno y al dos llamando a una puerta ¿cómo se llama la película?
- ¿Star trek?

- ¿Qué le dice un .gif a un .jpg? 
+ ¡Anímate hombre!

Una cereza se mira en el espejo y dice:
- Ceré eza?

Para chiste malo el del hombre entre las 2 vallas. 
¿Lo sabéis? ¿No?
¡Vaya, hombre, vaya!

- Te sabes el chiste del orinal?
- Nooo
- Pues es para mearse

martes, 9 de octubre de 2018

En la clase de lengua

En la clase de lengua. Hay aspectos de la enseñanza del lenguaje que alejan de lo fundamental: saber expresarse, leer con gusto y hablar en público

LOLA PONS RODRÍGUEZ

9 OCT 2018

De la larga lista de preposiciones que aprendíamos en el colegio dos me resultaban intrigantes: cabe y so. No recuerdo si alguna maestra se apiadó de nosotros y nos explicó que esas preposiciones ya no se usaban (como sí antiguamente: cabe el monte, so pena), pero igualmente ahí quedaron ambas en la lista, año tras año. Las preposiciones —en la gramática, básicamente palabras que vinculan elementos entre sí: lápiz con goma, libro sobre arte— se convirtieron para el alumnado de mi generación en una cadena de unidades que funcionaban solo en esa lista. Sabérsela era un fin en sí mismo.

Enseñar la lengua es, claro, enseñar un lenguaje especializado (que llamamos técnicamente metalenguaje, en tanto que usamos las palabras para hablar de las palabras); tecnicismos de la lingüística son etiquetas como sujeto, oración coordinada o la propia de preposición. Este metalenguaje respalda a una teoría que puede ayudar a mejorar nuestra práctica del idioma: saber de metalenguaje, entre otras cosas, sirve para conocer los componentes que usamos al hablar y sus estructuras subyacentes, y puede ser un buen auxilio cuando se aprende una segunda lengua. Nadie niega que este sea un contenido relevante en el proceso educativo, pero viendo cómo están las cosas en nuestros libros de textos y qué conseguimos con ellos en los resultados de nuestros alumnos, a lo mejor es necesario pararse a reflexionar sobre cuánto metalenguaje enseñamos y, sobre todo, cuándo lo hacemos.

Entre los contenidos que los escolares españoles de primaria estudian antes de los nueve años se incluyen conceptos como saber qué es un determinante, qué es la sílaba tónica o qué es un adjetivo. La que firma es una profesora de Lengua a la que esto le parece espeluznante, ya que, en la práctica, supone que al tiempo que se está enseñando a los niños a leer y a escribir, el maestro se ve obligado a explicar (lo dice la normativa, lo pone en los libros) que un adjetivo acompaña al sustantivo y lo explica o especifica según su posición, o a exponer que este y otro son determinantes, o que hay sílabas átonas y tónicas. La hipertrofia del metalenguaje en primaria resulta llamativa en tanto que estos contenidos no resultan particularmente difíciles de entender ni de aplicar en secundaria. Es lógico que los estudiantes piensen que la gramática sigue siendo para ellos un intangible que les causa extrañeza y es lícito que los profesores bufen porque los alumnos ya no recuerdan un contenido que se les lleva enseñando desde pequeños; transmitir ese metalenguaje en edades cortas roba tiempo para lo fundamental: aprender a expresarse, a leer con gusto, a saber hablar en público... Son los otros objetivos que se recogen en los programas y que resultan perjudicados por el peso de la enseñanza teórica: la inflación de contenidos metalingüísticos en las escuelas merma la capacidad de los profesores para enseñar a expresarse.

Desconfiaríamos de una profesora de flauta que no consiguiera tras un año entero de clases que nuestro hijo tocase al menos una melodía fácil

Desconfiaríamos de una profesora de flauta que no consiguiera tras un año entero de clases que nuestro hijo tocase al menos una melodía fácil con el instrumento. Pídale a un niño de primaria que explique qué pasó ayer por la tarde en la plaza y verá si es capaz de hacer un discurso coherente, con riqueza léxica y argumentando un punto de vista. Tal debería ser el objetivo de una clase de Lengua impartida a un niño. De su logro se beneficiarían todas las otras materias escolares.

Por supuesto, las sucesivas reformas educativas (o sea, la reforma de la contrarreforma de la enésima ley educativa no consensuada) han ido introduciendo la necesidad de enseñar a usar la lengua. Y claro que hay maestros que se esfuerzan por poner a sus alumnos a hacer cosas con palabras: los espacios docentes en la Red nos han permitido asomarnos a los blogs de clase de profesores que nos muestran a alumnos escribiendo de forma creativa, argumentando, explicándose. Pero, cuidado: también ellos han tenido que perder un buen rato explicando a los de segundo de primaria qué es un adjetivo.

No tiene sentido que saber usar la lengua sea lo que nos queda cuando olvidamos lo que aprendimos en las clases de Lengua del colegio. Por eso, si usted ve que el maestro de Lengua de su hijo lo pone a preparar una entrevista, o a hacer fotos de carteles de la calle para que entienda que vive en una sociedad multilingüe, si su hija tiene que hacer un trabajo de Lengua que consiste en leer y contar a los demás una noticia de prensa, si la profesora del niño monta una obra de teatro en clase, si entre los deberes del fin de semana está aprender un poema o ir a una biblioteca y hacer una ficha de un libro, o si en el colegio lo están estimulando a leer dos libros al mes, piense que su hijo está recibiendo la enseñanza de Lengua más importante. Está aprendiendo a hacer cosas con, contra, de, para, por, sobre las palabras. Y el resto de preposiciones de esta frase las puede completar el lector si aún recuerda la lista que le enseñaron en la clase de Lengua.

Lola Pons Rodríguez es profesora de Historia de la Lengua en la Universidad de Sevilla.

lunes, 8 de octubre de 2018

Medir los sentimientos

No hay aparato que pueda medir los sentimientos, pero los romanos, gente práctica donde las haya, inventaron el lacrimatorio, una pequeña vasija de cristal donde podían guardarse las lágrimas por cualquier desgracia. Se han encontrado muchas de estas pequeñas ánforas en las tumbas: así se podía cuantificar la tristeza que había producido el óbito del difunto... aunque muchas de esas lágrimas hubieran sido compradas y procedieran de las plañideras.

Uno podía conservarlas y al final de la vida averiguar cuál había sido el mayor dolor de la misma: si la pérdida de la primera esposa o la segunda, si la de un hijo o una hija, si la de un perro o una esclava... Pero nosotros desperdiciamos las lágrimas, a pesar de lo que cuestan. Hoy el dolor es la sustancia más desaprovechada y despreciada del mundo: solo le importa al que lo sufre. Así nos va. No hay cumpassio, compasión, verdadera, y ni siquiera συμπάθεια, simpatía, que es el vocablo griego que el término latino calca. Para medir los sentimientos actuales haría falta algo parecido a un sismógrafo y serían solo los que uno siente por sigo mismo.

Solo hay que leer la prensa de derechas (o sea, toda la impresa y la mayor parte de la otra) para constatar el miedo que la acojona y la caga ante el terror de una izquierditis. Se entiende. Han dicho que el castillo de naipes de las pensiones se vendrá abajo en diez años, o antes quizá, si vuelve otra más que posible Gran Recesión, no habiendo podido salir siquiera de esta (salvo los islandeses, que encarcelaron a todos sus banqueros y se negaron a pagar la deuda; ahora les va mejor que a nosotros, putillas de madame Merkel). Dicen los de Europa que no adoptemos solos la tasa Tobin a la banca, que da cosa y yuyu y después el diluvio... Después de que encima les hayan sacado los colores por sus comisiones ilegales, posibles gracias al fascismo financiero heredado de la Franquicia (el cuerpo corrupto del santo dicen que va a la Sagrada Familia, pero hay una propuesta que quiere enviarlo a una cuneta desconocida; no sé, incinerarlo estaría bien, como al genocida Ben Laden). Pero alguien tiene que ser el primero. 

Seguramente temen que fuera un precedente gravísimo eso de que la banca empezara a pagar cuentas (lo que, por otra parte, es casi lo que hace: hay quien roba los bancos por fuera y hay quien los roba por dentro, decía el cantautor Quintín Cabrera). Causaría una seria pandemia de virus islandés y se propagaría de forma irreparable para el capitalismo, ahora que empezaba a perder el rostro humano que había adquirido en su combate con las socialdemocracias avanzadas y el dizque comunismo. Precisamente don Lorenzo Trujillo, el antiguo rector del Seminario, va a publicar una distopía situada en el año 2040, El rostro,  donde se refleja la evolución que espera a nuestra sociedad. La presentará mañana en el museo López Villaseñor; sin duda será una obra valiente sobre lo que nos espera, pues a muchos nos asusta mirar al futuro, que es algo que se hace no solo con la imaginación, sino con la mente. 

El posible retorno de la socialdemocracia caga que no veas a los partidos bancarios y a los medios que les lamen el apetitoso culo. Su sentimiento predominante es el miedo por el futuro. Pero el de los pobres y el de los débiles es uno peor: es la tristeza, es el dolor por lo presente. Que no cotiza en los medios.

domingo, 30 de septiembre de 2018

De tiranías (y II). Memorias manchegas de la Guerra Civil.

Uno ha ido coleccionando autobiografías de manchegos y por eso echa de menos algunos manuscritos que averiguó se escribieron y Dios sabe por dónde andarán. Se sabe (así lo dijo Pedro Sainz Rodríguez), que Franco hizo buscar y destruyó los manuscritos de memorias de sus generales, entre ellos el de Queipo de Llano, que leyó el propio Sainz en Roma y han reconstruido en parte. Pero casi no pudo hacer lo mismo con los de los generales demócratas. Para nosotros es el más importante, sin duda, el escrito a lápiz por el general valdepeñero y masón Juan García Gómez-Caminero (1871-1937). Autor de alguna novela, tratadista militar (se le debe un De la guerra de casi quinientas páginas) y avezado conspirador republicano, fue uno de los pocos que se dio cuenta de la que tramaba Emilio Mola y escribió informando de ello al ministro de la guerra, que no le hizo ni puto caso. Está en manos de una de sus descendientes.

Otro interesante es el de mi colega Carlos Calatayud Gil, un profesor de lengua y litteratura que llegó a dirigir el Instituto Maestro Juan de Ávila y es abuelo del famoso juez Emilio Calatayud. Yo me encontré en un gordo libro de viejo en papel biblia que compré, Cátedra 1960-61. Prontuario del profesor (Madrid: Dirección General de Enseñanza Media, 1960, p. 972) una pequeña biografía suya, con foto y todo. Además recuperé de Internet una portada de una obra que escribió en que aparece su caricatura con uniforme falangista.


Nació en Valencia, el 24 de enero de 1894. Antes de la Guerra Incivil colaboró en El Pueblo ManchegoVida Manchega y fue "profesor de Terminología". Estuvo de director en el Instituto de Peñarroya (Jaén) hasta que estalló la contienda y fue luego secretario en Córdoba y director de nuevo en Cádiz. Licenciado en Derecho, fue maestro de primera enseñanza y oficial del Cuerpo Técnico de Gobernación por oposición. También por oposición, fue delegado de Información y Turismo y asimismo profesor numerario de institutos locales, presidente de la Diputación de C. Real, secretario de la Junta Provincial de Beneficencia, Presidente del Patronato de Protección a la Mujer, Delegado Provincial de Educación Popular, Secretario Provincial de FET y de las JONS "desde la liberación hasta 1942" y decano del Colegio de Abogados durante trece años. Lo incorporaron al cuerpo de catedráticos de lengua y literatura en noviembre de 1941. Se puede añadir a esto que dirigió el Instituto de Estudios Manchegos al menos desde 1970. En su haber tenía tres discursos falangistas en alabanza de la Victoria (dos de 1939 y uno de 1940) y En pos del Caudillo. Colaboración al logro de la España una, grande y libre (C. Real, imp. Alpha, 1942), ciento setenta y cinco páginas de las que habla muy poco la Historia de la literatura fascista española de Julio Rodríguez Puértolas. Y he aquí lo importante: un manuscrito inédito, Memorias de mi cautiverio, en tres volúmenes.


Duro debió ser el cautiverio de este señor si se extendió por tres volúmenes, pero la familia haría bien en donarlo a alguna biblioteca o editarlo al menos en Internet. Es cierto que poseía la Medalla de sufrimientos por la patria y era caballero de la Cruz de Cisneros y Cruz de Peñafort. Vivía en la calle Caballeros, número 15 y tenía por teléfono el 1058, así que hoy seríamos más o menos vecinos. Es una lástima que haya tantos manuscritos inéditos por ahí, entre ellos la famosa traducción dieciochesca en verso y anotada de la Iliada de Homero hecha por el jesuita expulso, manchego de Oropesa, Manuel Rodríguez Aponte (1737-1815), localizada hoy en la Biblioteca Vaticana y tan alabada por su amigo Moratín, o la del manuscrito original del Bernardo del Carpio o La derrota de Roncesvalles del poeta barroco valdepeñero Bernardo de Balbuena. ¡Qué vergüenza!

Gianna Prodan escribió e imprimió además una deliciosa autobiografía de su marido, el escultor Joaquín García Donaire. De la guerra cuenta barbaridades como que al obispo mártir Narciso Estenaga lo pusieron a sacar agua de un pozo tirando de una noria como un burro, pero en lo que yo más me fijé fue en los chismes que cuenta sobre Ángel Crespo. Usa su nombre entero en los que se podían contar, pero recurre a las siglas Á. C. cuando habla de sus presuntas correrías por las casas de putas y cómo le pillaron ganando un premio de poesía provincial con un poema copiado de Rafael Morales. ¡Lo que sabe esta señora! En fin, hay otras memorias de manchegos en mis estanterías, de esta y de otras épocas, de las que ya les contaré si hace al caso.

martes, 25 de septiembre de 2018

Entrevista a Albright con motivo de su libro Fascismo. Una advertencia

Pablo Pardo, Entrevista a Madeleine Albright: "Lo que vemos en España con Cataluña ya lo vimos en Yugoslavia" en El País, 25 SEP. 2018:

Primera mujer que alcanzó el cargo de jefa de la diplomacia en su país e impulsora de la intervención militar en Kosovo, publica ahora un libro que describe el fascismo como una forma de alcanzar el poder fomentando la división social

Cosas de los estadounidenses: el despacho de trabajo de Madeleine Albright en la consultora y gestora de patrimonios que lleva su nombre -y con la que trabaja la ex ministra de Exteriores española Ana Palacio- es más pequeño que el de un jefecillo de tercera en cualquier empresa de España. Por tener, hasta tiene las paredes de cristal. O sea, es más una "pecera" que un "despacho". 

Probablemente, Albright haya rumiado en esa oficina la frustración que se llevó en la noche del 8 de noviembre de 2016 cuando, contra todo pronóstico, Donald Trump ganó la Presidencia. La primera mujer que fue secretaria de Estado de Estados Unidos recuerda que se encontraba en Nueva York, lista para celebrar la victoria de Hillary Clinton, su amiga y, además, esposa de su mentor, Bill Clinton -en cuyo Gabinete ejerció de impulsora de la intervención militar en Kosovo-. "Fue un golpe muy duro. Me quedé estupefacta, en shock. Y aún lo estoy", confiesa. En los meses siguientes, Albright empezó a ver de manera cada vez más crítica la política de países como EEUU, Hungría, Polonia, Turquía y Venezuela, hasta el punto de escribir el libro, que ahora publica Paidós en España, 'Fascismo. Una advertencia'. Es un volumen que "algunos dicen que es alarmista. Bien, es que quiero que sea una señal de alarma", recalca. Si alguien sabe de los peligros del fascismo es la católica y estadounidense Albright, que nació judía en Checoslovaquia hace 81 años con el nombre de Marie Jana Korbelová, y que perdió más de dos docenas de familiares en los campos de exterminio nazis. La tesis del libro es que el fascismo no es tanto una ideología como una forma de alcanzar y mantener el poder basada en fomentar las divisiones de la sociedad, y que, para que se dé, requiere tres factores: una fractura social, la debilidad del liderazgo político, y la aquiescencia de las fuerzas conservadoras.

Uno de los ejes del libro es el desprecio de Gobiernos y partidos por el sistema judicial y, en general, por la idea de Estado de Derecho. Para ellos, el líder -o el grupo social al que representa el líder- está por encima de la ley.

Depende en cada caso. Trump hace cosas como insultar a un juez que tiene un nombre hispano [Gonzalo Curiel], minusvalorar los aspectos legales de sus acciones y considerarse a sí mismo por encima de la ley. En otros países, como Polonia y Hungría, los Gobiernos están tratando de minar sus sistemas judiciales. Y una de las bases de una democracia es un sistema judicial independiente.
La idea de que las leyes o los acuerdos internacionales están solo para limitar a las sociedades y que éstas deberían empezar de cero se está extendiendo. El mes pasado, Max Boot [que es republicano, pero se opone a Trump] equiparaba en el 'Washington Post' lo que está pasando en Cataluña con el Brexit, en el sentido de que se trata de comunidades que creen que deben romper con el resto y seguir por su propia cuenta.

La globalización ha beneficiado a todos los países del mundo, pero también ha creado el problema de la identidad. Todos tenemos nuestra identidad étnica, religiosa, lingüística... Pero, si mi identidad odia o rechaza tu identidad, es un problema. Muchos países en Europa Central y Oriental fueron creados tras la Primera Guerra Mundial sobre la base de la identidad y eso, en algunos casos, lleva a la idea de que esas naciones tienen que tener una población homogénea. Para mí, eso es un error, como estamos viendo ahora en Hungría con Viktor Orban, que quiere que solo voten los que son étnicamente húngaros, vivan donde vivan, y no los inmigrantes o extranjeros que residen en el país. Eso también lleva a la creación de 'microestados' étnicamente homogéneos. Es algo que estamos viendo en España, y que ya vimos en la ex Yugoslavia. Es, insisto, un error, porque las sociedades multiétnicas son más estables.

En EEUU muchos culpan también a su partido, el Demócrata, de seguir una política de identidad, en la que cada uno debe votar por lo que es, no por lo que cree. En EEUU, los hombres -y muchas mujeres- blancos, y personas de nivel educativo bajo, votaron por Trump. Las minorías y los blancos con más educación, por Clinton. ¿No son responsables los dos?

No. La diversidad no es un problema para los demócratas, porque vivimos de ella, y somos conscientes de que ésa es la gran fuerza de EEUU. Nosotros no tenemos problemas con que nos voten más hombres. Sí creo, sin embargo, que la manera en que las sociedades se ven a sí mismas ha cambiado mucho en los últimos 20 años. Cuando yo llegué a EEUU [en 1948] este país era un crisol de razas y de culturas. Después, empezó un movimiento hacia la política de identidad con los afroamericanos, y el crisol se transformó en mosaico.

En su libro, usted cita una frase de Hitler, en la que éste alardea de que la clave de su éxito era presentar problemas complejos de una forma muy básica. Eso suena, y mucho, a lo que hacen las redes sociales hoy. ¿Empobrece la tecnología el debate público?

Mucho. La tecnología es como la globalización: tiene cosas buenas, pero también genera problemas. Recuerdo cómo una granjera keniana me contaba cómo había cambiado su vida ahora que no tiene que caminar kilómetros para pagar las facturas porque puede hacerlo con el teléfono. Eso es lo bueno. Lo malo es que la tecnología y las redes sociales han desagregado las voces. La gente vive en su propia cámara de eco, y solo oye lo que quiere oír, lo que confirma sus puntos de vista, y así no se puede hacer uno una idea fiable de lo que está pasando, lo que genera expectativas que no se cumplen, y rompe los partidos políticos. Y yo creo en los partidos políticos, porque, en mi opinión, ayudan a que la gente ponga sus puntos de vista en común y forme coaliciones con otras personas con las que tal vez no esté de acuerdo al 100%, pero sí en lo fundamental. Otro problema es la tiranía de la inmediatez. A mis alumnos [de la Universidad de Georgetown] les digo siempre: "La primera información que recibes siempre es equivocada".

Usted no menciona a Benjamin 'Bibi' Netanyahu en su libro, a pesar de que sus políticas y su retórica encajan en lo que usted define como fascismo: explotar divisiones, cuestionar la Justicia...

En esta cuestión de la evolución de la relación entre los israelíes y los palestinos, en este momento, es exactamente lo que usted está diciendo. Solo puedo decir que no estoy de acuerdo con lo que Netanyahu está haciendo, y con cómo ha capturado la misión de un Estado judío, porque un Estado judío no significa que tengas que eliminar la presencia de otros grupos. Democracia es, sin duda, gobierno de la mayoría y derechos de la minoría. Por eso, el tribalismo de un grupo contra otro impide la democracia. Sin compromiso, no hay democracia.

Breve historia de la prohibición del humor

Javier Bilbao, "Humor, Ocio y Vicio. Breve historia de la prohibición del humor", en JotDown

Que tras contar un chiste no se ría nadie no es lo peor que uno puede esperar. Sótades de Maronea allá por el siglo III a. C. escribió unos versos humorísticos sobre ciertos aspectos de la vida sexual de Ptolomeo II y acabó encerrado en una caja de plomo y tirado al mar. Hay gente que no encaja bien las bromas. Especialmente cuando ostentan algo de poder, siempre tan necesitado de un aura de pompa y solemnidad. Así que no es de extrañar que a menudo la sátira y la caricatura hayan sido prohibidas y sus autores generalmente acabaran cayendo en desgracia, como veremos con algunos ejemplos.

Probablemente El nombre de la rosa es la mejor descripción que se haya hecho nunca de esa capacidad subversiva del humor. Como recordarán si han leído el libro o visto su fascinante adaptación al cine, a finales del año 1327 el erudito y audaz franciscano Guillermo de Baskerville llega acompañado de su novicio a una abadía en la que están sucediéndose una serie de crímenes. Durante su investigación nuestro protagonista acude al scriptorium, donde tendrá una disputa dialéctica con el bibliotecario ciego Jorge de Burgos (en evidente alusión a Jorge Luis Borges). Este sostiene que la risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono. La risa es signo de estulticia y hay que evitar los chistes como si fuesen veneno de áspid, concluye, puesto que Cristo no reía y además la risa fomenta la duda. Pero Guillermo no puede estar más en desacuerdo: no hay constancia de que Cristo riera pero tampoco de que no lo hiciera. La risa es signo de racionalidad, asegura, sirve además para confundir a los malvados y poner en evidencia su necedad. Esta primera discusión es una buena pista de la causa última de todas las muertes ocurridas en la abadía, debidas a que Jorge quería mantener a toda costa oculto el libro segundo de la Poética de Aristóteles. Una obra sobre la que hay varios indicios de que existió realmente y que estaba dedicada a analizar la comedia y su capacidad catártica en el espectador. Tal como dice en su discurso final, una vez desenmascarado por la investigación de Guillermo:

La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo (…) Si la risa es la distracción de la plebe, la licencia de la plebe debe ser refrenada y humillada y atemorizada mediante la severidad. Y la plebe carece de armas para afinar su risa hasta convertirla en un instrumento contra la seriedad de los pastores que deben conducirla hasta la vida eterna y sustraerla a las seducciones del vientre, de las partes pudendas, de la comida, de sus sórdidos deseos. Pero si algún día alguien, esgrimiendo las palabras del Filósofo y hablando por tanto como filósofo, elevase el arte de la risa al rango de arma sutil (…) si algún día alguien pudiese decir: me río de la Encarnación… Entonces no tendríamos armas para detener la blasfemia.

Como vemos Jorge simplemente está intentando mantener el orden establecido. El poder de la Iglesia podía ser enorme, pero como todo poder necesita ser aceptado y/o temido por sus súbditos. Sin ese acatamiento final de la base social, la autoridad se desmorona. Dado que la sátira y la burla atacan tales cimientos este anciano bibliotecario podía ser perverso, pero desde luego no estaba loco. Algo parecido debía pensar el emperador Septimio Severo cuando mandó ejecutar a varios senadores, según se recoge en Historia Augusta:

Eran condenados a muerte en gran número, unos por haber hecho algún chiste, otros por haberse callado, algunos por decir cosas de doble sentido como «he aquí un emperador que hace honor a su nombre, que es verdaderamente Pertinaz, verdaderamente Severo».

Por su parte, el antiguo escritor de comedias Éupolis ridiculizó a Alcibíades en una obra titulada Baptae («Los que se zambullen») y este no encontró mejor forma de vengarse que haciendo que se ahogara en el mar. Pero no todos los antiguos reyes, generales y emperadores eran tan ceñudos y susceptibles. El emperador y filósofo Marco Aurelio tenía una esposa que le era infiel y él, lejos de tomar represalias, incluso favoreció la carrera de algunos de sus amantes, como uno llamado Tertulo. Según se cuenta en cierta ocasión se representó ante el emperador una obra cómica sobre un marido cornudo que preguntaba a su esclavo quién era el amante de su mujer, a lo que le respondía que Tulo. Dado que debía ser algo duro de oído le pedía que le repitiera el nombre, por lo que el esclavo finalmente replicó: «ya te lo dije tres (ter) veces, Tulo se llama». Bueno, esto contado en latín tiene más gracia. La cuestión es que a Marco Aurelio no le debió sentar mal, dado que el osado autor no solo conservó la cabeza, sino también su empleo. Y es que para que haya censura y prohibición previamente se requiere que haya autores lo suficientemente audaces o inconscientes. Tras la instauración de la Inquisición uno de ellos fue Quevedo, que sería denunciado a tal institución por su «indecencia del discurrir, la libertad del satirizar, la impiedad del sentir, y la irreverencia del tratar las cosas soberanas y sagradas». Sería en el siglo XVIII, con los ilustrados, cuando la sátira alcanza su apogeo. Autores como Voltaire y Diderot alcanzarían gran renombre en Francia gracias a sus agudezas, y de vez en cuando algún encarcelamiento, paliza y quema pública de sus obras por parte de las autoridades. Mientras que en Inglaterra, publicaciones como The Spectator y The Tatler buscarían lo que denominaban «true satire», en la que no se dirigían las burlas contra alguien en concreto con intención de difamarlo —a la manera de las actuales tertulias televisivas, para entendernos—, sino que el objetivo era abstracto y el tono moderado y basado en la racionalidad.

Con la llegada al poder de Napoléon vino también el cierre de las publicaciones satíricas francesas y fue precisamente un autor inglés, llamado James Gillray, el que lograría sacarlo de sus casillas con una parodia de su ceremonia de coronación. Le sentó realmente mal el dichoso dibujo, hasta el punto de prohibir la introducción de copias en el país y presentar una queja diplomática ante Londres. De hecho, unos años antes ya había intentado incluir una cláusula en el Tratado de Amiens para que los caricaturistas ingleses que lo retrataran fueran exiliados a Francia. Una vez reinstaurada la monarquía, Luis Felipe I pasaría por un mal trago equivalente cuando otro caricaturista, Charles Philipon, lo retrató con forma de pera (que en francés significa también bobo) en una revista llamada precisamente La Caricature. Los ejemplares fueron secuestrados por las autoridades y el autor llevado a juicio, donde se justificó diciendo que a quien realmente debían detener es a todas las peras de Francia, por parecerse al rey. Pasaría en total dos años en la cárcel a cuenta del chiste. La aprobación de leyes que requerían nada menos que la aprobación previa de la persona caricaturizada hacían que esta práctica se volviera realmente complicada. Pero las cosas siempre son susceptibles de empeorar.

peraLa llegada de los regímenes totalitarios del siglo XX llevarían estas preocupaciones hasta extremos en sí mismos involuntariamente cómicos. Tras la revolución soviética fue objeto de debate si las sátiras debían ser permitidas en el nuevo orden y, como era de esperar, la conclusión terminó siendo que no: dado que el sistema era perfecto la función de denuncia de la sátira ya no debía tener sentido. El nuevo código penal calificó las sátiras y los chistes como propaganda antisoviética penada con el gulag. Aun así siguieron contándose incluso aludiendo al propio castigo que suponía contarlos, como el referido a los trabajadores forzosos del canal entre el mar Báltico y el Blanco: «¿Quién cavó el canal? La parte derecha los que contaban chistes, y la izquierda, los que los escuchaban». Con la muerte de Stalin la situación mejoró, aunque ya en los años sesenta autores de sátiras como Valeri Tarsis fueron ingresados en centros psiquiátricos. Dado que el sistema era perfecto, quien lo cuestionase debía de estar loco. No cabía otra explicación. Mientras tanto, en la Alemania nazi, a partir de 1934 quedó prohibido difundir comentarios maliciosos, lo que incluía chistes contra el partido, el régimen o sus dirigentes. Aun así siguieron difundiéndose, o tal vez precisamente por ello, pues basta que no pueda bromearse con algo para resultar irresistiblemente gracioso. Pero las autoridades eran implacables y en 1943 una trabajadora resultó condenada a muerte por contar a una compañera el chiste: «Hitler y Göring están de pie, en lo alto de un radiotransmisor. Hitler dice que quiere dar a los berlineses un poco de alegría. Göring le replica: “¿Entonces por qué no saltamos desde la torre?”». Respecto a la situación en España durante el régimen franquista, poco podremos añadir a los innumerables estudios y comentarios en torno a su censura y a la existencia de figuras como Buñuel, Berlanga o Boadella.

Penas de cárcel o de psiquiátrico, palizas, asesinatos… ¿Y qué hay de la situación actual? Ahí está el ejemplo del caricaturista sirio Ali Ferzat, pero como no es cuestión de que hablando de humor acabemos deprimidos, recordemos también —por si alguien aún no lo conoce— uno de los más hilarantes discursos políticos que se han hecho durante los últimos años, obra de Stephen Colbert.

El autor desconocido denominado Pseudo-Jenofonte hacía una observación, hablando de la democracia ateniense, que me parece particularmente interesante: «No permiten que el pueblo sea objeto de burla en la comedia ni que se hable mal de él para que no se tenga mal concepto de ellos». Es decir, que cuando el poder pasa a manos del pueblo ya no está bien visto burlarse de él, puesto que la gente se dará por aludida y no tolerará ni una broma. La autoridad caprichosa de un tirano no pasa a ser sustituida por un paraíso de la libertad de expresión, sino por un enjambre de censores-ciudadanos no necesariamente más tolerantes. Personalmente, nunca deja de sorprenderme la inmensa provisión de gente dispuesta a indignarse muchísimo por cualquier ocurrencia. Desconozco si es que son los mismos que cada día se muestran airados por un motivo distinto o es que van turnándose, pero ya puedes bromear sobre un santo del siglo XII, una película candidata al Óscar, una exnovia imaginaria, un grupo de heavy o una facción política que inmediatamente surgirá algún lector que por la rabia que expresa parece sentirse él como persona directamente agredido. No sé cómo será en otros países, pero en España se diría que cada uno espera no solo respeto para sí mismo, cosa muy razonable, sino también una completa ausencia de burlas o chascarrillos en torno a cualquiera de sus aficiones, ideas, creencias, series favoritas o edificios de Calatrava que contenga su ciudad. La vida no es para reír, en definitiva. Lo peor de todo es que nuestra legislación ampara esta especie de sentido del ridículo hipertrofiado, como el artículo 525 del Código Penal que prohíbe «hacer escarnio de dogmas, creencias, ritos o ceremonias» de una confesión religiosa. Así que por ejemplo La vida de Brian difícilmente podría pasar ese filtro… y si lo hace entonces estamos ante una ley que se aplica arbitrariamente

lunes, 24 de septiembre de 2018

Historia crítica de la derecha española, de José Manuel Lechado

Reseña de Ramón Cotarelo publicada en su blog Palinuro, martes, 6 de marzo de 2012:

La incompetencia nacional.

Estupendo libro este de José Manuel Lechado (El mal español. Historia crítica de la derecha española, Hondarribia, Hiru, 2011, 480 págs). Ya el título encierra una ambigüedad, ignoro si querida o no, que coincide con su espíritu, porque no significa lo mismo según se tome "mal" como sustantivo y "español" como adjetivo o "mal" como adjetivo y "español" como sustantivo. Son dos significados en órdenes completamente distintos pero ambos claros en los valores que presuponen. Ciertamente el título anuncia y el libro trata del mal que es propio de España, específico suyo, lo genuinamente español.

No es una historia en un sentido académico de investigación historiográfica sino un relato que podríamos llamar militante, interpretativo del devenir de España según un enfoque de izquierda y de carácter divulgativo. La lectura trae al ánimo el eco de la tradición arbitrista, al menos la de la segunda hornada, la regeneracionista. Recuerda El problema nacional de Macías Picavea y se inserta en la tradición de Los males de la patria, de Lucas Mallada. ¿En qué se parecen? En que todos buscan una explicación para la decadencia de España porque todos coinciden en que está en decadencia. Lechado la da ya prácticamente por liquidada y augura su implosión a lo largo del siglo XXI en las unidades previsibles de Cataluña, País Vasco, Galicia y quizá otras menos previsibles.

Es decir, el libro está en la tradición arbitrista por el hecho de buscar y haber encontrado la causa de la postración de España que reside en la fabulosa incompetencia de sus clases dominantes, su falta de patriotismo, de sentido nacional, su egoísmo, su cortoplacismo, su ignorancia, su grosería y, en definitiva, su estupidez. Todos epitetos que se encuentran en el texto y no son los únicos. El autor dice estar indignado y escribe con verdadera pasión, pero muy bien, con un estilo elegante, culto, conversacional, que atrapa al lector desde el principio y le hace leer la obra de corrido, como si fuera una novela. Cosa que en buena parte es, una especie de gran novela dickensiana cuya protagonista, una infeliz España, vive una vida de humillación, miseria y explotación que dura quinientos años a manos de quienes tradicionalmente no han sabido sino desgobernarla a causa de su egoísmo y su estulticia.

Mi alto juicio sobre el libro no procede solamente de su estilo sino, sobre todo, de su contenido con el que estoy de acuerdo. España no ha conseguido cuajar como nación ni como verdadero Estado por la inutilidad, el carácter antinacional de su clase dominante tradicional y la cobardía y cortos vuelos de las políticas burguesas liberales. La vieja tesis marxista (Lechado parece orientarse mucho en la historia a través de la obra de Tuñón de Lara) de la especificidad de España por no haber hecho la revolución burguesa emerge de nuevo aquí y, si no la principal, sí es una de las causas de la ruina nacional que, después del 98, culmina con el franquismo del que la IIª restauración no es más que una prolongación plana y pobre de espíritu.

Al propio tiempo, también la izquierda española (que no es objeto del libro pero sobre la que se habla mucho) ha probado ser consistentemente inepta, si bien es cierto que se le reconocen condiciones más difíciles y, en función de la ideología del autor, se le atribuyen intenciones nobles. Todo lo cual no impide que el resultado de su acción haya sido siempre desastroso, como también lo es el de la derecha si bien no para ella misma que suele prosperar en el desastre que sistemáticamente provoca. La izquierda en cambio queda afectada por el desastre de su acción y se hunde con él.

En definitiva, la tesis del libro es que España es un fracaso como Estado prácticamente desde su fundación que sitúa en 1492, no sin dejar de recordar que ese hecho portentoso del nacimiento de España como Estado, dependió de una pura contingencia. Si Fernando el Católico, viudo de Isabel y casado en segundas nupcias con Germana de Foix, veintitantos años más joven que él, hubiera tenido con ella descendencia masculina, no habría habido unión de Castilla y Aragón ni, por lo tanto, España. El caso es que el Estado ya nace con mal pie, empieza por expulsar a los judíos y adopta luego a lo largo de los siglos y como si fuera una maldición todas las decisiones equivocadas que se puedan adoptar en el orden interno y en el internacional porque no se adoptan en interés del Estado sino de la clase de señoritos cortijeros, nobles estirados. inútiles y empobrecidos, burgueses ennoblecidos que lleva siglos administrándolo como si fuera su cortijo; en interés de la sempiterna derecha, cruz con la que parece tener que cargar España a lo largo de su triste historia igual que los suizos con la de ser un país montañoso o Finlandia la de ser frío.

Lechado resume su tesis de la incompetencia general del país en una observación absolutamente cierta que se repite a lo largo de la obra: el ejército español no sirve para nada porque jamás ha ganado una guerra (pp. 150, 308) como no sea contra su propio pueblo. Pero para eso sí sirve. Y por ello mismo, ha sido un molesto protagonista de la vida política española en todo el siglo XIX y buena parte del XX con dos dictaduras, una de ellas de cuarenta años. A esta continua injerencia militar en la política, característica española que heredarán las "naciones hermanas", dedica el autor bastante atención, centrándola luego en el "africanismo" del ejército. Resulta curioso que otros países hayan conocido épocas de llamado "militarismo" (por ejemplo, el Japón) , pero el término no se haya aplicado nunca a España a pesar de la continua presencia de militares en la política. Quizá se deba ello a que, en el espíritu del libro, los militares españoles no sirvan ni para establecer su propio régimen.

Todo esto forma parte la historia que se cuenta y que lleva su ironía al extremo de detectar que es el triunfo máximo y omnímodo de la clase dirigente en el franquismo precisamente el que causa "la desaparición de España como nación y como Estado soberano en sentido político, económico, social y cultural." (p. 291). No se anda luego el autor con circunloquios a la hora de enjuiciar los acontecimientos posteriores: la transición fue un "bonito remate de la victoria de 1939" (p. 348), el "felipismo" que es "corrupción más sometimiento al capitalismo internacional más conservadurismo político socialdemócrata de 1982 a 1996 y terrorismo de estado." (pp 397/398) ha "acabado con la izquierda" (p. 399). Aznar significa "patrioterismo castellano, catolicismo a ultranza, sueños imperiales, chulería, derroche y culto al líder" (p. 409). Finalmente, la situación es calamitosa pues el PP y el PSOE son inindistinguibles, dos agencias de colocación (...) encargadas por turnos de la gestión del protectorado español" (p. 431). Lo del "protectorado español" tiene su miga.

Discrepo de la igualación entre el PP y el PSOE (aunque es evidente que ese riesgo -para el autor una realidad patente- existe) y de la evaluación final del "felipismo" así como de la valoración negativa que hace de los matrimonios de homosexuales pero, en todo lo demás, suscribo por entero un libro de lectura muy recomendable.

Fecudnidad y utilidad de las humanidades

Adela Cortina, Fecundidad y utilidad de las humanidades, en El País, 24 de sept. de 2018:

Las Humanidades proporcionan beneficio económico y diseñan marcos de sentido que permiten a las sociedades comprenderse a sí mismas y orientar cambios hacia un auténtico progreso

El escaso aprecio por las Humanidades que suelen mostrar quienes diseñan planes de estudios y financian proyectos de investigación tiene su origen sobre todo en la convicción de que no ayudan a incrementar el PIB de los países, no resultan rentables, a diferencia de las ciencias y las tecnologías, que son fuente de innovación y riqueza. Fomentar la investigación y la docencia en estos campos sería, pues, prometedor, y relegar las Humanidades, dada su inutilidad, una buena medida.

Pero lo curioso es que en dar por bueno que las Humanidades son saberes inútiles coinciden sus detractores y buena parte de sus defensores, con la diferencia de que estos últimos atribuyen su grandeza a su presunta inutilidad: a la utilidad de lo inútil, por decirlo con el título del libro de Nuccio Ordine. Un buen número de clásicos de la filosofía y la literatura coinciden en subrayar que la sublimidad de lo inútil consiste en no estar al servicio de otras metas, sino en valer por sí mismo, como ya avanzara Aristóteles al referirse a la Filosofía Primera: “Así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma”.

Sin embargo, y a pesar de la belleza del texto, las cosas no son tan simples. Por muy atractivo que sea el discurso sobre la superioridad de los saberes inútiles, resulta ser que las Humanidades son también útiles, pero tienen la peculiaridad de conjugar la utilidad con lo que cabría llamar “fecundidad”. A mi juicio, conviene reservar el término “utilidad” para las actividades que valen porque sirven para otras cosas, y recurrir al término “fecundidad” para los saberes que valen por sí mismos y, precisamente por eso, promueven la formación de las personas, el cultivo de la humanidad.

Se adjudican a las ciencias descubrimientos que proceden del campo humanístico

En este sentido, es aconsejable acudir a textos como el de Rens Bod A New History of the Humanities, en el que defiende que las Humanidades también han contribuido al progreso económico y han resuelto problemas concretos. Según Bod, lo que sucede es que se han escrito muchas historias de la Ciencia destacando sus logros para el bienestar de la humanidad, pero no se han escrito historias de las Humanidades en su conjunto. Si conociéramos esa historia, nos percataríamos de que sus visiones han cambiado el curso del mundo, lo cual —a mi juicio— es sin duda un síntoma claro de fecundidad, pero además muchas de esas concepciones han tenido aplicaciones muy concretas que han permitido resolver problemas. Es el caso de descubrimientos como el de Panini, hacia el 500 antes de Cristo, de que el sánscrito está basado en una “gramática”, lo cual contribuye al desarrollo de los primeros lenguajes programados muchos siglos después; por no hablar del crucial descubrimiento de la piedra de Rosetta. Pero como la Historia de las Humanidades no se conoce, se adjudican al haber de las ciencias un conjunto de descubrimientos que proceden del campo humanístico. Por eso el afán por distinguir y separar ámbitos, que se refleja en los planes de estudios y en los campus universitarios, más se debe a un interés burocrático y administrativo que a un interés por ajustarse a la realidad del saber.

En efecto, en nuestro momento se transfiere conocimiento humanístico en productos cinematográficos, discográficos, audiovisuales, editoriales, en museos, fundaciones, en centros responsables de educación, en asuntos referidos al patrimonio histórico-artístico, al turismo o a los medios de comunicación. Grupos de arqueología trabajan con empresas de la construcción, gentes de filosofía elaboran índices que permiten medir la calidad de las organizaciones.

Todavía en este ámbito de la utilidad conviene recordar que cada vez más los jóvenes prefieren tiempo de ocio para disfrutar de relaciones familiares, amistosas y diversiones, a trabajar sin descanso para lograr una mejor posición económica; prefieren tener derecho al uso que poseer. Algo está cambiando en este sentido, y sucede que la cultura del ocio, en la que tan implicadas están las Humanidades, es también una fuente de riqueza económica cada vez mayor.

Las Humanidades son, pues, también productivas como saberes que contribuyen directamente al aumento del PIB de los países; una contribución que crecerá día a día.

Sucede que la cultura del ocio es también una fuente de riqueza económica cada vez mayor

Con todo, no es ésta su principal aportación al progreso en humanitas, sino la que vienen proporcionando desde sus orígenes en el campo de la formación. Porque ayudan a conocer reflexivamente la historia para poder encontrar el propio lugar en el mundo, la historia de cada país y la del género humano, que es ya sin duda intercultural. Permiten detectar en ella qué tendencias queremos cultivar desde los valores morales que preferimos, desde los principios éticos por los que debemos y queremos optar. Despiertan el espíritu crítico para arrumbar fundamentalismos y dogmatismos desde un uso público de la razón, propio de sociedades abiertas. Ayudan a forjar la propia conciencia, en diálogo, pero sabiendo que al fin es preciso asumir las propias decisiones y responsabilizarse de ellas. Orientan las investigaciones científicas y las aplicaciones técnicas desde principios éticos. Promueven la formación de profesionales, conscientes de las metas de su profesión. Propician el cultivo de la humanidad, del que hablaba Herder, la formación y no la mera instrucción, desarrollando la capacidad del juicio y del buen gusto, que abre la base de la comunicabilidad universal. Fomentan la imaginación creadora que nos permite trasladarnos a mundos nunca vistos y potenciar el sentimiento de simpatía por el que nos ponemos en el lugar de cualquier otro. Hacen posible superar la trampa del individualismo, que es falso, y fomentar el reconocimiento recíproco de los seres humanos como personas, haciendo patente que somos en relación. Colaboran en la tarea de sentar las bases de democracias auténticas, desde una ciudadanía madura, a la vez local y cosmopolita.

Carece, pues, de sentido afirmar que las Humanidades no influyen en el progreso humano. Por el contrario, son útiles, proporcionan beneficio económico, han sido y son fuente de innovación, porque ofrecen soluciones para problemas concretos, que se traducen en “transferencia del conocimiento” al tejido productivo; y sobre todo son fecundas, porque diseñan marcos de sentido que permiten a las sociedades comprenderse a sí mismas y orientar cambios hacia un auténtico progreso, propiciando el cultivo de cualidades sin las que es imposible alcanzar la altura humana a la que las sociedades democráticas se han comprometido.

Fomentarlas y articularlas estrechamente con las ciencias y las tecnologías, es una de las claves del buen desarrollo humano

domingo, 23 de septiembre de 2018

De tiranías (I)

Decía el ensayista siciliano Vincenzo Consolo que los dictadores nacen del fracaso. Y esa es la sensación que produce la lectura del Diccionario de tiranos (2016) de José Manuel Lechado. El autor de El mal español: historia crítica de la derecha española (2011) y de La globalización del miedo (2005) pasa revista a un dantesco regimiento formado por sátrapas de la mítica Babilonia, tiranuelos griegos y toda la piara de cabezas coronadas, generales y espadones cubiertos de medallas en ardua lucha contra sus propios pueblos... Como no se merecen la inmortalidad de los libros y de la cultura, tratan ellos mismos de perdurar a base de monumentos, panoplias y desmanes, dejando un legado de dolor, de ignominia y a veces incluso de ridículo.

Se ve que el autor sabe no solo escribir, que ya es algo, sino pensar. Copio aquí algunas de sus conclusiones.  "El autoritarismo aparece, se mantiene, perdura y sobrevive  porque es lo más fácil... una vez que se crea el Estado". Solo después de él. El mono dominante, con menos pelo pero el mismo talento, reaparece una vez que lo difícil ha sido hecho. Así que la tiranía no es exclusiva de países pobres y atrasados: suele ocurrir que cuanto más complejo sea el gobierno de un país más fácil es que un matón más o menos imbécil lo dirija. La pereza, la inercia, la dilación son los aliados de la dictadura. Todas las modalidades del fracaso, en fin. Resulta más sencillo dejarse guiar, ser una oveja en la Granja de animales de Orwell que un caballo que tira del carro. Balar a lo que siempre dice el que manda.

La pereza y la inercia han sido y son las grandes directoras del devenir humano; no se mide con los éxitos, siempre más aparentes, sino con las oscuridades, las omisiones y las cifras de muertos de los que nadie se acuerda; esto afecta tanto a los administrados como al líder. "Los gobiernos, en general, tienden a la esclerosis, pero el del tirano mucho más. La tiranía es siempre ineficaz por definición, ya que su función casi única consiste en mantener la superestructura del poder que favorece a los privilegiados" (p. 14).

Las armas principales de la tiranía son la injusticia, el abuso, la arbitrariedad y la violencia. A estas se añaden el nepotismo, la corrupción y el terror. "Hay quien se refiere a la tiranía como la gestión del Estado fuera del Derecho, pero es un error: nadie legisla más y se atiene más a Derecho que las tiranías, ya que el Derecho se inventó para justificar el dominio de unas personas sobre otras". La tiranía procede de dos fuentes: la herencia y la usurpación. "El tirano heredero suele ser un gestor de circunstancias recibidas, mientras que el usurpador crea su propia pesadilla". La tiranía no tiene lugar en las sociedades nómadas, sino en las sedentarias que reclaman más "vagancia", porque solo en ellas se desarrolla el concepto de propiedad.

Un tirano necesita un equipo que maneje la tramoya del escenario donde debe brillar. Alfonso X el Sabio, fundador de esta ciudad, antes villa, mandó escribir que es un tirano aquel que con el pretexto del progreso, bienestar y prosperidad de sus gobernados, sustituye el culto de su pueblo por el de su propia persona. Pero hay muchas modalidades: locos, viciosos, elegidos de Dios, déspotas mesiánicos, teócratas, tiranos ascéticos, militares salvapatrias y títeres de imperios y grandes potencias. "Quizá la única característica común de los tiranos es la plena convicción de estar haciendo lo correcto, pues todos son grandes moralistas, incapaces de ver sus propios errores, porque 'no los hay'". Las tiranías de religión única fueron sustituidas por despotismos de partido único, pero estos últimos son peores, porque el discurso religioso suele incluir un sentido moral, cualquiera que este sea, mientras que la ideología, al ser "científica", sirve para justificar las aberraciones y brutalidades más terribles; pero para quien sufre ambas tanto da la Inquisición como la Okrana, el KGB o la CIA.  Como remata Alfonso X, "tyrano es el que ama más su pro, tomando el señorío que era derecho en torticero". Cicerón y Santo Tomás indican que es obligación moral matarlo. Pese al respeto que siento por estos autores, no estoy de acuerdo: basta con encerrarlos en prisión con las leyes previas a su corrupción, porque la violencia siempre ha sido privativa de la tiranía.

Los gobiernos autoritarios han esgrimido también pretextos menores para justificar atrocidades concretas: la razón de Estado para el jefe y la obediencia debida para el subordinado. La razón de Estado es el subterfugio para justificar la represión y los crímenes políticos. Y no solo en las tiranías. Se trata de convencer a la opinión pública de que las detenciones ilegales, las torturas o los asesinatos se hacen por el interés del país y muy a disgusto de los funcionarios encargados de estas prácticas que remiten a la idea genérica, y muy socorrida, de un "mal menor" hecho "en nombre del bien común". En este caso no es  raro que el tirano y sus cómplices asuman esta tarea como una "penitencia", algo que hacen a disgusto, porque no tienen más remedio. Remitirse a una "razón superior" es probablemente la justificación criminal más antigua que existe, sea esta superioridad la de los dioses, el pueblo, la raza o la patria, lo mismo da que da lo mismo.... y de paso se quedan con el dinero y las propiedades de las víctimas. La obediencia debida ha librado de la cárcel  criminales reconocidos que lucían con orgullo un pecho lleno de entorchados y medallas. Pero la verdad es mucho más simple: una religión o una ideología no valen lo que una sola vida y alma humana. Es esta una verdad muy dura pero insoslayable que si se asume basta para desarmar todas las maquinaciones malignas. Pero quien se niega a ser ejecutor suele convertirse en víctima o paria, como suele ocurrir con los ejemplos más dignos de la especie humana.

La tiranía se ejerce también con cara de democracia. Lechado distingue cuatro: las falsas democracias como las del decimonónico turnismo de partidos en España, el México postrevolucionario, las democracias populares de inspiración soviética, la "democracia orgánica" franquista o la "democracia dirigida" de Sukarno ; la democracia restringida, que hace apartheid de un grupo concreto de sirvientes, esclavos, mujeres, pobres o extranjeros, como actualmente en Israel o antaño en Sudáfrica, en la Atenas clásica o en el estado confederal sudista; actualmente los retrocesos de Reagan, Thatcher, Bush, Blair y Merkel pretenden volver a este tipo de democracia; y la democracia conculcada: cuando accede al poder el tirano por medios democráticos, como Hitler. Entonces tiene lugar un proceso de "conducción" al despotismo por medio de ethos y pathos (sin nada de logos) que utiliza el miedo al terrorismo y a la crisis económica (aporofobia). Este proceso configura una ideología excluyente y unas leyes draconianas que van acentuando la paulatina pérdida de derechos ciudadanos. Son ejemplos los nacionalistas de toda laya. Por último, quizá la menos mala, el presidencialismo, con muchos ejemplos en América, cuyos males se proyectan al interior y sobre todo al exterior mediante servicios secretos que funcionan como verdaderas policías políticas causando más males de los que solucionan; así funciona por ejemplo la sustitución del demonio comunista por el yihadista, algo que permitió dar respiro a la industria armamentística tras la caída de la URSS: la guerra es uno de los principales negocios del capitalismo. De hecho, es el negocio que protege los otros negocios.