martes, 9 de septiembre de 2008

Plagios

Es muy común que algunos autores consagrados recurran al plagio; su fuente se seca, y recurren a la de otros. Eso se llama en tradición poética Culturalismo: ponerse la máscara del personaje con quien más te identificas y darle vida otra vez. Puede hacerse de una manera creativa, usando el monólogo dramático al estilo de Robert Browning, o de forma más pedestre, empedrando un poema de plagios.

La historia del plagio en nuestras letras es enorme; no me atrevo a llamar plagiarios a Berceo o Juan Ruiz ni a otros escritores medievales porque ellos se consideraban artesanos, no artistas. Tampoco a Isidoro de Sevilla, pero sí a Pedro Toledano, Juan Maldonado, Juan Luis de la Cerda, Alfonso Fernández, Lorenzo Ramírez de Prado y Andrés Laguna. Más adelante, el cantante Enrique Bunbury recurre al poeta suicida Pedro Casariego; Lucía Etxebarría, a Antonio Colinas; en la obra de José María y Nacho Cano, es posible encontrar versos y genuina inspiración de Federico García Lorca; Camilo José Cela y Francisco Umbral copiaban que era un primor; Cela recurría con frecuencia a negros para multiplicar su fecundidad de articulista a precio de Nobel. Algo parecido han achacado a Antonio Gala. Hay canciones de Radio futura que son poemas enteros de Edgar Allan Poe y otros de la movida contienen versos enteros de Góngora, Bécquer y Machado. Claro está que algunos plagiarios son excelentes escritores algo envidiosillos, empezando por el mismo Ramón María del Valle-Inclán, como demostró el libro arrojadizo de Julio Casares. Mateo Alemán, que se las sabía todas, hizo que su plagiario, Mateo Luján, transformado en personaje, se arrojase al mar, porque el adagio dice que el plagio perfecto termina matando al modelo, así que no sólo se anticipó al criminal, sino que imitó su segunda parte en la suya y además lo mató. Luis Racionero, Luis Alberto de Cuenca, Quim Monzó, Bryce Echenique etc.

No hay comentarios:

Publicar un comentario