lunes, 23 de febrero de 2009

Literatura egipcia

Una relectura de la Historia de la literatura egipcia de Léon Thoorens, que fue uno de los primeros libros que atesoré, y la lectura de una traducción de Las admoniciones de Ipuwer es la que suscita este post, que podrá aburrir quizá a los que hayan leído a Manetón.

La literatura egipcia antigua es extraña por muchos conceptos; Occidente sólo ha heredado algo de su sustancia a través de la hebrea. Todo lo demás aparece como definitivamente desaparecido en las arenas del desierto o en el fango del Nilo. ¿Quién nos iba a decir que la impresionante desesperación de Ipuwer iba a sobrevivir en el Libro de Job, o en las Lamentaciones de Jeremías, o que algo del Diálogo del desesperado con su alma iba a calar en el Eclesiastés? ¿Que la voz ética de Amenemope, que creía en un Dios único, como el más conocido Akhenatón o Amenofis IV, iba a sonar en Jesucristo veinte siglos después y en el Libro de los proverbios?

Una madre egipcia escribe así a su hijo:

No olvides jamás a tu madre. Ella te llevó en le vientre como un pesado fardo y te echó al mundo cuando tus meses estuvieron cumplidos. Tres largos años te llevó sobre sus hombros y te puso su seno en la boca. Ella te crio sin dejarse desanimar por tu suciedad. Cuando entraste en la escuela y aprendiste a escribir, ella iba todos los días a casa del maestro con pan y cerveza que llevaba de casa

Las redacciones escolares dan homenaje al maestro de escuela "por haber hecho entrar la ciencia en mi cabeza a fuerza de palos en las espaldas".

Extrañará saber que el cuento de Ulises entre los feacios se contaba ya en siglo XVIII a. C., en egipcio, en la XII o XIII dinastía, con el título de Cuento del náufrago, y que es ni más ni menos que la historia de Simbad, algo más despojada de elementos agregados, que se contiene en las Mil y una noches. Hay historias extrañísimas, como el Cuento de los dos hermanos (Bata y Anup), que parece la contaminación de dos historias distintas, la primera de ellas seguramente refundida por los hebreos en la historia de José y la mujer de Putifar, y que llegó a ser tan popular que reaparece, con un antiquísimo origen semítico, en la historia frigia de Atis y Cibeles y la hitita de Ashertu (Ishtar o Astarté) y el Gran Dios. Pero la que más se conoce es la de Sinuhé, que no tiene mayor trascendencia y que en realidad es un relato de orgullo nacionalista. Sorprenderá también conocer que había un teatro, aunque sólo, que sepamos, se representaban dramas religiosos, como si dijeramos autos sacramentales, y tenemos incluso el nombre del más antiguo de los actores occidentales, anterior en mil años a Tespis y su carro, Emheb, que formaba parte de una compañía amblante del siglo XVI a. de C. No tenían otros personajes, porque, la verdad, una de las cosas extrañas que hay que lamentar y explicar en la literatura egipcia es que no poseyeran un texto sagrado común, y mucho menos llegaran a contar con una epopeya nacional, como han tenido las grandes civilizaciones, porque no tenían otros héroes que sus dioses, incluido el propio dios rey faraón. Eran extraordinariamente carcas en el sentido más retrógrado del término, porque su pensamiento consistía solo en buscar precedentes para todo, y así no puede extrañar que el letrado Khekheperre-Subu formulara por primera vez el tópico del "todo está dicho" en el XXII a. de C. nada menos, en la VIII dinastía, y que ya hace más de cuatro mil años se dijera que no había nada nuevo que decir:

¡Por qué no podré yo disponer de palabras desconocidas, de frases e ideas que expresar en una lengua nueva, que no estén ya pasadas de moda y que se encuentren libres de todo lo que ya se ha repetido tanto, algo que decir que no esté gastado, que nuestros antecesores no hayan agotado ya!

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