domingo, 13 de octubre de 2013

Stiglitz: así no

Joseph E. Stiglitz, "Cinco años en el limbo", El País, 13 de Oct de 2013:

Aparentemente, cuando el banco de inversión estadounidense Lehman Brothers colapsó en 2008 y detonó la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, se formó un amplio consenso sobre la causa de la crisis.

Un sistema financiero inflado y disfuncional había asignado incorrectamente el capital y en vez de gestionar el riesgo, lo creó.

La desregulación financiera —junto con el dinero barato— contribuyó a una excesiva toma de riesgos. Y la política monetaria sería relativamente ineficaz para revivir la economía, incluso si se lograba evitar el colapso total del sistema financiero con dinero aún más barato. Por tanto, sería necesaria una mayor dependencia de la política fiscal (un mayor gasto público).

Cinco años más tarde, mientras algunos se felicitan a sí mismos por evitar otra depresión, nadie en Europa o Estados Unidos puede afirmar que la prosperidad ha regresado. La Unión Europea está empezando a emerger de la recaída en la recesión (y en algunos casos, de una doble recaída), mientras que algunos Estados miembros están en depresión. En muchos países de la UE, el PIB se mantiene por debajo, o insignificantemente por encima, de los niveles previos a la recesión. Casi 27 millones de europeos están en el paro.

Algo similar ocurre en Estados Unidos: 22 millones de personas que desean un empleo a tiempo completo no logran encontrarlo. La tasa de actividad en la fuerza de trabajo estadounidense ha caído a niveles que no se veían desde que las mujeres comenzaron a ingresar en el mercado laboral de forma masiva. El ingreso y la riqueza de la mayoría de los estadounidenses se encuentran por debajo de niveles muy anteriores a la crisis. De hecho, la renta típica de un trabajador masculino a tiempo completo es menor que hace más de cuatro décadas.

Sí, hemos hecho algunas cosas para mejorar los mercados financieros. Ha habido algún aumento en los requisitos de capital, pero mucho menos de lo necesario. Algunos de los derivados más arriesgados —las armas financieras de destrucción masiva— han sido incluidos en las Bolsas de valores. Eso ha aumentado su transparencia y ha reducido el riesgo sistémico, pero aún se negocia un elevado volumen en opacos mercados no organizados, lo que significa que sabemos poco sobre la exposición al riesgo de algunas de nuestras mayores instituciones financieras.

De igual manera, se ha puesto freno a algunas prácticas crediticias predatorias y discriminatorias y a comportamientos abusivos de las tarjetas de crédito, pero todavía sobreviven conductas con el mismo nivel de explotación. Los trabajadores pobres continúan siendo explotados demasiado a menudo a través de anticipos salariales con intereses de usura. Los bancos que dominan el mercado aún obtienen elevadas tarifas por las transacciones con tarjetas de débito y crédito a los comerciantes, quienes se ven obligados a pagar varias veces el precio que toleraría un mercado verdaderamente competitivo. Esto es, sencillamente, un impuesto que enriquece las arcas privadas en vez de destinarse a propósitos públicos.

Otros problemas continúan sin ser tratados y algunos han empeorado. El mercado hipotecario estadounidense aún sigue conectado a un respirador: el Gobierno ahora asegura más del 90% de las hipotecas y la Administración del presidente Barack Obama ni siquiera ha propuesto un nuevo sistema que garantice préstamos responsables con términos competitivos. El sistema financiero se ha concentrado aún más, algo que exacerbó el problema de los bancos, que no solo son demasiado grandes y están demasiado interconectados y correlacionados para caer, sino que también son demasiado grandes para ser gestionados y para pedirles responsabilidades. A pesar de un escándalo tras otro, desde lavado de dinero y manipulación del mercado hasta discriminación racial en los créditos y las ejecuciones hipotecarias ilegales, ningún funcionario de alto nivel ha sido señalado como responsable; cuando se impusieron sanciones financieras, fueron mucho menores de lo necesario, no fuera a ser que las entidades sistémicamente importantes pudieran verse en peligro.

Las agencias de calificación de riesgo han sido declaradas responsables en dos juicios privados. Pero también en este caso lo que pagaron fue una fracción de las pérdidas que causó su actuación. Algo más importante aún, el problema subyacente —un sistema de incentivos perversos en el que reciben dinero de las empresas a las que califican—, aún debe cambiar.

Los banqueros presumen de haber pagado totalmente los fondos de rescate que recibieron del Gobierno cuando comenzó la crisis. Pero nunca parecen mencionar que cualquiera que hubiera recibido enormes créditos gubernamentales a tasas de interés cercanas a cero podría haber ganado miles de millones con el mero hecho de prestar nuevamente ese dinero al Gobierno. Tampoco mencionan los costosos impuestos al resto de la economía: una pérdida acumulada del producto en Europa y EE UU que supera largamente los 5 billones de dólares.

Mientras tanto, resultó que quienes sostuvieron que la política monetaria no sería suficiente estaban en lo cierto. Sí, todos fuimos keynesianos, pero durante demasiado poco tiempo. El estímulo fiscal fue reemplazado por la austeridad, con efectos adversos predecibles —y predichos— sobre el desempeño de la economía.

Hay en Europa quienes están contentos porque la economía puede haber tocado fondo. Con el regreso del crecimiento del producto, la recesión —definida como dos trimestres consecutivos de contracción económica— oficialmente ha terminado. Pero sin importar cómo se la mire en busca de resultados significativos, una economía en la cual los ingresos de la mayoría de la gente se encuentran por debajo de sus niveles previos a 2008 aún está en recesión. Y una economía en la cual el 25% de los trabajadores (y el 50% de los jóvenes) están desempleados —como ocurre en Grecia y en España— continúa deprimida. La austeridad ha fracasado y no hay perspectivas de un pronto regreso al pleno empleo (no sorprende que las perspectivas para EE UU, con su versión más limitada de la austeridad, sean mejores).

El sistema financiero puede ser más estable que hace cinco años, pero eso implica un bajo listón: en aquel momento se tambaleaba al borde del precipicio. Quienes se felicitan a sí mismos en el Gobierno y el sector financiero por el regreso de los bancos a la rentabilidad y por las tibias —aunque difíciles de conseguir— mejoras regulatorias deben centrarse en lo que todavía resta por hacer. Solo un cuarto del vaso está, como mucho, lleno; para la mayor parte de la gente, las tres cuartas partes están vacías.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es catedrático de la Universidad de Columbia.

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