martes, 24 de noviembre de 2020

Babel

Una extranjera dijo que "los españoles hablan en mayúsculas". Que somos gritones. Es lógico: nadie hizo aquí jamás eso tan constructivo de escuchar. La verdad es que nos va, y por eso no diré de ella que le den por las antípodas. El español, la lengua en que mejor se grita (por su tendencia a la sílaba libre) es lengua internacional y de cultura; incluso tecnológica y científica, aunque las estadísticas muestren que en ello nos supera el vietnamita y el húngaro (ojalá se aumenten los presupuestos para la ciencia).

Ahora nuestros propios extranjeros, los nacionalistas, quieren hacer del español una lengua extravehicular. Vamos, que nos quieren arrojar del coche en marcha. Sin embargo, el español es una ventaja, no un inconveniente, al menos en ciertos contextos. Si te atracan en Nueva York, hablarle al sicario en "la lengua de Verdaguer" o de Gabriel Aresti no te permitirá sobrevivir, pero si lo haces en una lengua propia de Latin king's (una mafia peor que la de los Bourbon King's), maras, ñetas, zetas, miamis y demás, existe una pequeña posibilidad. 

En el siglo XVI el español era la lengua del oro, las perlas y las esmeraldas, aunque históricamente fue más importante por ser la lengua del tomate, la patata, el maíz, el cacao y los frijoles; por eso todo el mundo en Europa, en especial los comerciantes que viajaban a Sevilla, querían hablarla; Nebrija tuvo que imprimir por eso la primera gramática de una lengua vulgar, en 1492, en cuyo prólogo se dice que "siempre fue la lengua compañera del imperio"; incluso se imprimieron muchas más después en el extranjero y por extranjeros, entre ellos la de Juan de Luna, el protestante manchego exiliado continuador del Lazarillo. Ahora el español es la lengua de la cocaína y del subdesarrollo. "Porro", una palabra aceptada ya en el diccionario, es una palabra que viene del quechua. Ojalá el español fuera una lengua indígena tan valiosa como el Aymara, que parece construida por un informático: con ella en el cerebro se puede generar una memoria eidética y gestionar mejor la información.

Entre el XVI y el XVII España contribuyó a la estética literaria de Europa con algo que hasta entonces no se había formulado: el realismo. Todas las demás narraciones en Europa idealizaban a sus planos personajes; pero nuestras Celestinas, novelas picarescas y Quijotes se tradujeron hasta al latín. Y en siglos sucesivos los discípulos europeos de Cervantes alzaron la novela polifónica a nuevas cotas, como en Oriente hizo otra genial novelista japonesa, aunque muy anterior, Murasaki Shikibu. En España hubo que esperar a Galdós: el Siglo de Oro cerraba una época y, al contrario que el Grand Siècle o la Inglaterra isabelina, no nos condujo a nada. Reyes y otros militares siempre han detenido el progreso y la diversidad en España: son los famosos tres frenazos: el de Felipe II, el de Fernando VII y el de Franco.

Felipe II no quiso imponer la lengua castellana en América y obligó a los clérigos a utilizar las lenguas indígenas, quizá porque España era entonces más plurilingüe y austrohúngara que ahora. Solo fue el Borbón Carlos III el que impuso allí el castellano a machamartillo. Y no fue mal del todo, aunque se le sublevaran los agobiados incas sometidos casi a la esclavitud en las minas; quisiera ver ahora a todas esas colonias gobernarse bien con más lenguas y dialectos que India, que tiene unas mil quinientas, de ellas quince oficiales, y usando en vez de instancias quipus incas o glifos mayas. 

Pero creo que la estupidez de eliminar el español como lengua vehicular no durará mucho, simplemente por eso, porque es una estupidez más. Claro está que España misma y su enfermiza Constitución es una estupidez tan grande que en realidad hasta podría durar tanto como la misma Constitución, que ya parece más pétrea que los Diez Mandamientos. Habremos de suponer que Suárez nunca llegó a ver la tierra prometida; mejor, se llevaría un chasco y las manos a la cabeza. Y creo que no durará porque vamos por la octava ley educativa y los profesores chiflados que tienen que aprenderse todas esas chorradas burocrático-gilipollescas y entrar poco menos que liofilizados a la aséptica cancha de machaques  ya están tan hartos de tenerse que cambiar tan a menudo la camisa de fuerza y tragar esas píldoras tan gordas que no harán nada. No en vano nunca se les tuvo en cuenta. Y mucho menos con sindicatos perrunos y calados por los políticos como los que hay.



Aprendamos lenguas, aunque nos llevemos tan mal como en Suiza, donde no hay nacionalismo, sino algo menos tóxico llamado aldeanismo, gracias a su Constitución, que deja a todo el mundo en paz. No es tan difícil: las lenguas más abstrusas del mundo son las tonales (en especial el cantonés) y las aglutinantes, que tienen la que más quince casos y una fonología compleja y endiablada, como el estonio. El vasco también es una de las más difíciles, porque en cada caserío tienen su propio y distinto diccionario y no se entienden ni con el vecino, por no hablar de sus siete dialectos; el batua es solo un intento moderno de solucionar con un popurrí el problema; pero quienes piensan en vasco no pueden concebir un futuro, ya que es una lengua sin expresión de lo potencial, si hemos de hacer caso a la hipótesis Sapir-Whorf. Tal vez eso explique el carácter inmovilista de esa gente, amante de los pedruscos y los hachazos; incluso también el de los españoles gritones. En cuanto al seny de la lengua catalana, que se traduce desde antiguo en  el Cantar de mio Çid por mesura, nada hay tan común. Porque, como saben los lingüistas, no hay nada intraducible ni específico en una lengua, sino más factible o no; incluso el alemán schadenfreude puede traducirse en español por regodeo. Por no mencionar que cada lengua está hecha de préstamos de otras; el inglés es un buen ejemplo, y el español también. Nuestra identidad está hecha de retales de indentidades, y eso de encontrar a nuestros ascendientes como míticos es ni más ni menos que uno de los síntomas de la narcisista paranoia social.

La lengua más simple y desconcertante del mundo es el pirahã, que se habla en una aldea de la Amazonia.  Solo tiene diez fonemas, tres de ellos vocales. Pero esto es engañoso, porque es una lengua con tonalidades muy complejas. Su rareza deriva de que en ella es imposible la recursividad, una propiedad que Chomsky considera preinstalada en nuestro software cerebral, de forma que en ella es imposible crear oraciones compuestas, recordar lo que se ha dicho hace tres días, crear pensamiento complejo o contar con precisión. La lengua ideal para los políticos. Lástima que la gran mayoría no alcance siquiera a saber inglés.


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