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Tuve que ir, de nuevo por cuestiones médicas, a la capital del triángulo. Supuse que, como tengo guardia y José Luis rumia el parte siempre unos buenos minutos al principio, averiguará que falto y me señalará en el mismo, así que me considero eximido de avisar, ya que, por desgracia, he perdido el número de teléfono del Insti. Mi mujer me dice que estoy loco, que por no avisar pueden levantarme un expediente disciplinario. Por otra parte, Adán espera mi artículo corregido; lo está, lo estaba ya el viernes, pero como no lo vi no pude dárselo y este miércoles va a ser imposible. Tampoco me importa un carajo publicar.
Hacía un frío horripilador: me tuve que refugiar tras las escaleras mecánicas, porque tengo una tos ligera pero persistente agarrada a la garganta. Primero en llegar al andén, otros pasajeros me fueron rodeando. Ya en Madrid desayuné un hirviente café con leche y mis pastillas; luego tomé el cercanías; como poseo una mirada opulenta y me divierte muchísimo usarla, saqué la narrativa de su apariencia a los pasajeros; había una pareja de lesbianas, él muy atractivo, aunque taladrado de diversos piercings en orejas y cejas, doquiera menos en el lobanillo; los demás leían, se aburrían o echaban cabezadas; a algunos era fácil adivinarles el pensamiento por su lenguaje corporal y proxémica. Hasta en el número de copias de prensa gratuita se ve ahora que estamos en crisis. Ya en la consulta, había una joven doctorcita prueba palpable del diseño inteligente, aunque no precisamente católico y apostólico, sino más bien pagano; parecía amasada en puro estrógeno, y trotaba por el parqué de compugnidos enfermos como la madonna de Botticelli perseguida por el fiero condottiero. Luego entró una chica tan gorda que podría tener su propio código postal, la pobre; espero no pasarme nunca de mis propias fronteras, que ya amenazo traspasar, por desgracia. A la doctora Clotilde Vázquez le ha mirado un tuerto: tras la muerte de su esposo, su hermano va, coge, agarra y estira la pata; lo estaban comentando las enfermeras. Por eso no pasaba hoy consulta y me tuvo que atender otra jovencita, muy maja ella también, majorera incluso, o majorette; no vi a la auxiliar toda empatía e inteligencia de tantas otras veces y estoy preocupado por ella; ¿qué le habrá pasado a esta buena geisha? ¿Dónde estará? Ojalá le vaya bien, en tierras donde manan ríos de leche y miel; me gustaría volverla a ver, en este mundo o en el otro... En fin, me hicieron las pruebas, tomé los papeles y preparé las citas. Hay un cartelino en una de las consultas que advierte que agredir a un médico está sentenciado con hasta seis años de cárcel. Útil advertencia. ¿Por qué la habrán puesto? Antes no estaba. Se ve que empeoran las cosas, o, más bien, las personas.
Hacía un frío horripilador: me tuve que refugiar tras las escaleras mecánicas, porque tengo una tos ligera pero persistente agarrada a la garganta. Primero en llegar al andén, otros pasajeros me fueron rodeando. Ya en Madrid desayuné un hirviente café con leche y mis pastillas; luego tomé el cercanías; como poseo una mirada opulenta y me divierte muchísimo usarla, saqué la narrativa de su apariencia a los pasajeros; había una pareja de lesbianas, él muy atractivo, aunque taladrado de diversos piercings en orejas y cejas, doquiera menos en el lobanillo; los demás leían, se aburrían o echaban cabezadas; a algunos era fácil adivinarles el pensamiento por su lenguaje corporal y proxémica. Hasta en el número de copias de prensa gratuita se ve ahora que estamos en crisis. Ya en la consulta, había una joven doctorcita prueba palpable del diseño inteligente, aunque no precisamente católico y apostólico, sino más bien pagano; parecía amasada en puro estrógeno, y trotaba por el parqué de compugnidos enfermos como la madonna de Botticelli perseguida por el fiero condottiero. Luego entró una chica tan gorda que podría tener su propio código postal, la pobre; espero no pasarme nunca de mis propias fronteras, que ya amenazo traspasar, por desgracia. A la doctora Clotilde Vázquez le ha mirado un tuerto: tras la muerte de su esposo, su hermano va, coge, agarra y estira la pata; lo estaban comentando las enfermeras. Por eso no pasaba hoy consulta y me tuvo que atender otra jovencita, muy maja ella también, majorera incluso, o majorette; no vi a la auxiliar toda empatía e inteligencia de tantas otras veces y estoy preocupado por ella; ¿qué le habrá pasado a esta buena geisha? ¿Dónde estará? Ojalá le vaya bien, en tierras donde manan ríos de leche y miel; me gustaría volverla a ver, en este mundo o en el otro... En fin, me hicieron las pruebas, tomé los papeles y preparé las citas. Hay un cartelino en una de las consultas que advierte que agredir a un médico está sentenciado con hasta seis años de cárcel. Útil advertencia. ¿Por qué la habrán puesto? Antes no estaba. Se ve que empeoran las cosas, o, más bien, las personas.
Veo a una mujer sentada y llorando, abrazada tenazmente a un hermoso niño de año y medio, sin duda su hijo, asido a su pecho y vientre como si formasen un todo. Está frente a una consulta, en el foco de una exedra que forman otros pacientes y curiosos de pie. Me duele; me gustaría saber qué le ocurre, pero el pudor y el dolor por igual me hacen abandonar la escena. No puedo olvidar la mirada, sin embargo, de ese niño asido a su madre como se agarra un moribundo a la vida o al aire un ahogado. Es la más primitiva de las relaciones entre seres humanos. Distraído como iba, pensando, me topé de manos a boca con un muro beige, más bien un no veis invisible. ¿Qué cosas pensaba? Pues en si una paloma sin alas puede sobrevivir, o un águila sin alas. Que algunos en esta vida son como peonzas y otros como flechas; unos giran sobre sí mismos y otros van lanzados. Sólo estos últimos poseen verdadera libertad, aunque sólo los primeros la valoran y la gozan de verdad. Paf, el muro beige. Hay otra guapa mamá con un hermoso niño sentado en un cochecito; juro que el niño miraba como un rey su reino; o miraba yo, que es igual: los niños pequeños son como espejos.
Tomo el cercanías de vuelta; ya se me ha hecho tarde para volver al instituto, así que aprovecho para dar una vuelta a la Cuesta de Moyano. Hay esculpidas cuatro vacas de colores pastando al pie de la estatua, una de ellas con un cielo azul y tulipanes amarillos. Las chavalas se hacen instantáneas montadas encima. Yo saco dos con mi móvil para que las vean mis hijas. Se me ha vuelto a escapar el cuarto tomo del Diccionario de filosofía de Ferrater Mora, y el quioskero dice que lo ha tenido, mechachis. Tengo poco dinero; peor, pocas ganas de comprar; sin embargo acude mi pasión por los libros, como siempre: me fijo en un Diccionario del siglo XIX que ha publicado Akal, adquiero por cinco euros un grueso tomo de novelas cortas escogidas de Cornel Woolrich, más conocido por su pseudónimo William Irish; me gusta como escribe este autor sus relatos de misterio. De hecho, la entrada en Wikipedia de este autor la elaboré yo. También un repertorio lexicológico y una novela del poeta Juan Van Halen, Memoria secreta del hermano Leviatán, que es una especie de autobiografía novelada de Fernando VII, veo que muy documentada, y laureada con un premio menor, por tres euros.
Ahora estoy en casa; y me pongo a corregir exámenes y trabajos y a preparar actividades y clases.
Tomo el cercanías de vuelta; ya se me ha hecho tarde para volver al instituto, así que aprovecho para dar una vuelta a la Cuesta de Moyano. Hay esculpidas cuatro vacas de colores pastando al pie de la estatua, una de ellas con un cielo azul y tulipanes amarillos. Las chavalas se hacen instantáneas montadas encima. Yo saco dos con mi móvil para que las vean mis hijas. Se me ha vuelto a escapar el cuarto tomo del Diccionario de filosofía de Ferrater Mora, y el quioskero dice que lo ha tenido, mechachis. Tengo poco dinero; peor, pocas ganas de comprar; sin embargo acude mi pasión por los libros, como siempre: me fijo en un Diccionario del siglo XIX que ha publicado Akal, adquiero por cinco euros un grueso tomo de novelas cortas escogidas de Cornel Woolrich, más conocido por su pseudónimo William Irish; me gusta como escribe este autor sus relatos de misterio. De hecho, la entrada en Wikipedia de este autor la elaboré yo. También un repertorio lexicológico y una novela del poeta Juan Van Halen, Memoria secreta del hermano Leviatán, que es una especie de autobiografía novelada de Fernando VII, veo que muy documentada, y laureada con un premio menor, por tres euros.
Ahora estoy en casa; y me pongo a corregir exámenes y trabajos y a preparar actividades y clases.
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