martes, 24 de febrero de 2009

Un alemán amigo de "Chaleco", el coronel von Schepeler


Berthold Andreas Daniel Schepeler (Gotinga, 1780), militar, historiador, escritor e hispanista alemán del que habla bastante el llorado Hans Juretschke, a quien le he escrito una trabajosa biobibliografía en la Wikipedia, aunque esta la he reservado para mi blog. Me resulta interesante por varios conceptos, entre otros ser uno de los introductores del Romanticismo en España, ser un hispanista y tener alguna relación con los liberales gaditanos, entre ellos quizá Félix Mejía.

Nacido en Gotinga, que por entonces era uno de los emporios fundantes del hispanismo alemán, su padre vivía de las rentas y su madre era de familia de comerciantes. Uno de sus maestros fue Abraham Gotthelf Kastner, profesor de Física y Matemáticas, amigo de Gottsched, escritor de epigramas y admirador de Federico el Grande, lo que quizá le hizo volverse tan patriota que abrazó la carrera militar y es posible que anduviera en alguna de las logias masónicas militares que tan frecuentes eran entonces. A partir de 1798 participó en acciones bélicas en Suiza dentro del ejército austriaco y alcanzó el grado de capitán; combate en la guerta desgraciada que llevó a Federico Guillermo III de Prusia a las derrotas de Jena y Auerstedt {1806) y al tratado de Tilsit del año siguiente. En 1807, Schepeler sirvió nuevamente en las filas austríacas y participó en planes de rebelión armada contra Francia, actuando como enlace entre los Estados Mayores de Prusia y Austria. En Königsberg conoció a Fichte (todavía me acuerdo del tedioso ensayo que tuve que escribir sobre uno de sus libros para Atilano Domínguez Basalo, por más que me pusiera sobresaliente) y se enteró del 2 de mayo de 1808 en España. Escapó de Alemania en 1810 embarcándose hacia Inglaterra en Colberg. Una vez allí, decidió marchar a España para ayudar en la Guerra de la Independencia. El hecho es que muchos de sus camaradas, los oficiales westfalianos, luchaban ya en España, pero al lado de los franceses, en gran parte en contra de su propio deseo, y Schepeler presentó su plan en Londres al Embajador de España, el Duque de Alburquerque, y al Marqués de Wellesley. Con su aprobación, Schepeler y otros varios oficiales, entre ellos el primer teniente von Oppen, tomaron un barco para Cádiz en la primavera de 1810.

Schepeler se quedaría ya en España hasta 1823, primero como militar y en calidad de, diplomático después, hasta que un acontecimiento externo —la ruptura de relaciones con España por parte de Rusia, Francia, Austria y Prusia con motivo de la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis— le obligó a marcharse de la Península. En el curso de estos años se transformó en un hispanófilo o hispanista, hasta el extremo de creerse un español más y casarse con una española, María Luisa de Zarate, que le dio una hija, María Ana.

En España mandó primero un batallón, y algo después fue ascendido a coronel. Estuvo a menudo adscrito al general liberal José de Zayas, cubano de origen; entre pitos y flautas en la segunda mitad del año 1812 combatía al lado de nuestro guerrillero manchego Francisco Abad Moreno, "Chaleco", pero en otras ocasiones estuvo en casi todos los campos de batalla, encuadrado con tropas inglesas o españolas, hasta tal grado que su omnipresencia admiró a Gómez de Arteche. Si en Cádiz asiste a las peroraciones del degenerado Blas de Ostolaza y escucha los comentarios del diplomático inglés Charles Vaughan, a quien luego dedicó Mejía una pieza teatral, si frecuenta allí a menudo el club de los americanos de los que conoce, entre otros, a Mejía Lequerica, al que no hay que confundir con el que yo estudio, interviene, por otra parte, en 1811 en las operaciones militares de Andalucía, Murcia y Extremadura, presencia en 1812 la rendición de Valencia ante Suchet, donde acaso conoció a nuestro franciscano manchego, Juan Calderón, y a su tío el coronel Pedro José Espadero, prisionero igual que su compañero Zayas; él, sin embargo, y diisimulando su nombre, pudo conseguir su canje y en febrero del mismo año ya regresó en un barco inglés de Alicante a Cádiz. Luego lucho en las campañas de Extremadura y Andalucía, siendo así testigo de la situación de Sevilla después de su recuperación. En el otoño del año 1812 tomó Córdoba, distinguiéndose en esta acción por su presencia de ánimo y extraordinario valor, ya que apenas contaba con fuerzas para esta operación. Su conducta en esa capital, conocida por la descripción de Toreno, le granjeó también la simpatía del obispo de aquella ciudad, con quien mantuvo también más adelante relaciones amistosas a pesar de reputarle por afrancesado acomodaticio. Juretschke no halla actividades de Schepeler en 1813 . Con su retiro del teatro de la guerra habrá que relacionar su viaje del año 1814, en que estuvo seis meses en París y quizá en Alemania. Alguien le propuso como Encargado de Negocios de Prusia, y tuvo contactos con el conde de Toreno, más sociales que íntimos. En 1815, estando Schepeler en Málaga, presenció el regreso del Ministro Plenipotenciario de España en San Petersburgo, Cea Bermúdez, al que ya había conocido en 1811 en Cádiz; frecuentaba los mismos círculos que aquél, lo que le facilitaría un conocimiento tan íntimo de sus antecedentes, más curiosos que halagüeños. Al año siguiente, después de haber tomado los baños en Alhama, Schepeler se detuvo en Córdoba para hacer una visita al obispo, quien le regaló varios manuscritos valiosos. Se relacionó luego con Martín Fernández de Navarrete e intercambió correspondencia con él, así como con el Padre Jesús Muñoz, que copiaba manuscritos para él y era culto y virtuoso, tanto que lo propusieron para obispo de Salamanca en 1822, aun que no consiguió ser aprobado por el Vaticano. En la Corte de Prusia, la actuación diplomática de Schepeler no debió de causar desagrado, pues en 1820 se le confirió el predicado de nobleza. Su distinción sería un paliativo para el orgullo de un hombre tan arrojado y seguro de sí mismo que nunca olvidó que seguía siendo coronel y no general, lo que dificultaba sus gestiones.



Aficionado al arte desde su juventud, Von Schepeler era un fanático coleccionista de lienzos de escuela española, aunque también italianos, flamencos y alemanes, para lo cual se asesoraba con un pintor llamado Ducker y un restaurador de nombre Serafino, comprando y vendiendo sistemáticamente cuando creía que podía mejorar su colección, y como su cargo le permitía el acceso a las casas de la nobleza y buenos contactos, llegó a tener una colección impresionante con muchas y verdaderas obras maestras; en 1821 vendió en Berlín un Ecce Homo de Morales el Divino y en 1824 trató de vender y perdió, admitiendo su propio relato, varios buenos retratos que había enviado a Rusia para ofrecérselos al Emperador. En otra ocasión cambió un Miguel Ángel por tres lienzos españoles de Pantoja, Sánchez Coello y Velázquez, respectivamente, con el Museo del Prado. Se conoce todo lo que tuvo porque imprimió un catálogo en 1838 en Aquisgrán para venderla. Su título es este: Catalogue de la Collection des tableaux de Mr. le Colonel de Schepeler, que luúmeme a réunis en Espagne despuis 1815 jusqu'a 1823. El monto ascendía a unas setenta y cinco pinturas de las escuelas de Sevilla, Granada, Valencia y Castilla, incluyendo dos de Zurbarán, dos de Greco, cuatro de Velázquez y seis de Murillo. Este Catálogo y su ensayo Ideen tur Geschichte der Kunst (1834) representan uno de los testimonios más notables de la incipiente comprensión alemana por la pintura de España. Sólo unos pocos quedan hoy, según Juretschke, en el Surmondt Museum de Aquisgrán.


En 1820 estaba plenamente dedicado a la redacción de su historia de la guerra de la Independencia y de las Cortes y se puso a leer para documentar la idea que se había formado de España en la esfera literaria y artística. Los románticos alemanes apreciaban esta última faceta y y él mismo había leído a Tieck y Solder, pero no lograba que le gustase Calderón, a quien odiaba; sí le seducían el Romancero y la lírica popular y escribió un romance al uso antiguo
y tradujo varias seguidillas que se conservan en un folleto que publicó bajo un título bien romántico: La roca de los amantes. El nombre alemán de esta obra hoy difícil de encontrar es Der Fels der Liebendsn, eine Romance vom Obersten Schepeler, Nebsl einigen Seguidillas, aus dem Spanischen Übersetgt von demselben Verfasser (Aachen, 1834, 88 págs.); en ese gusto era muy afín a Félix Mejía, el amigo de los liberales de Cádiz creía que la verdadera grandeza histórica de España se había labrado en las luchas medievales por las libertades civiles. Interpretaciones filosóficas de la historia de España entonces al uso, como las de Sempere y Llorente, entre otras, añadieron a esta creencia un ribete específico que, al margen del despotismo efectivo de la monarquía absoluta, cifraba la falta más perniciosa de la libertad en el ultramontanismo y la Inquisición. Los historiadores ilustrados le daban por el contrario un panorama deprimente y de decadencia en lo político e histórico. Rstudió los libros de Antonio Palomino y Cea Bermúdez.

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